22.9.08

Sobre la importancia de transportar libros...


La vida diaria esta alicatada de pequeñas anécdotas, episodios banales que la hacen llevadera, me dijo K.. Me contó que las iba anotando en una libreta de gusanillo firme y pasta dura que guardaba en el bolsillo del abrigo. El invierno es la estación perfecta para dar rienda suelta al escritor que llevamos dentro, Emilio. En verano, bien al contrario, K. me confiesa que pierde toda esa voluntad notarial y se conforma con apuntar en word, horas después, ideas sueltas, menudencias sintácticas, apuntes sobre lo que la memoria escamotea al olvido. A mí me sucede algo parecido con los abrigos: los atiborro de libros y de libretas. El frío es quien inspira las ideas, insiste K. No sería nada sin mis abrigos. Es fantástico salir a la calle con un libro de poemas de Ruben Darío, que puedes ir mirando en una parada de autobús e ir de las inclitas razas ubérrimas a la letanía de Nuestro Señor Don Quijote con arrobo adolescente que llevar el peso formidable de las memorias de Stockhausen, que alguna casa especializada en el stress de los tiempos modernos se encargará de publicar en esas perfectas y manejables ediciones diminutas. Igual que según dónde vayamos nos colocamos una ropa u otra, así deberíamos elegir qué libros echar al abrigo.
Como ayer comenzó el otoño y parece que el frío principia ya en el tacto de las cosas, he ido sacando libros de las estanterías altas, a las que la vista no alcanza para leer los lomos, para amenizar esperas en los cafés o la rutina de los lunes y los miércoles cuando mi hija sale del Inglés y la espero en la vuelta a casa. Mi mujer, que lee también lo suyo, lo tiene infinitamente más fácil que yo. Que cualquier hombre. Hasta en esto K. me daría la razón. En verano. En invierno. Sólo es cosa de abrir el bolso y meter a Panero o a Faulkner. Tal vez por esto de los bolsos las mujeres, por lo general, son más listas que los hombres. La mía, al menos, mucho.

21.9.08

Los extraños: Miedo puro...


Funny games, preferentemente en su versión nativa, daba una clase magistral sobre el miedo y sobre la perturbada inercia de una sociedad insensible que deja a sus retoños juguetear con el mal y, ante nuestra mirada atónica, convertirlo en una distracción burguesa. A su modo Los extraños hurga también en esa perversión del inefable Estado del Bienestar en el que creemos vivir. Todo tal vez provenga de la zozobra que legó el 11-S. El miedo, la sensación de que nuestra casa está siendo invadida y de que nada podemos hacer para frenarlo, hizo su agosto en el cine, en la literatura: insufló al mercado del terror un aire nuevo, doméstico, desprovisto de argumentos que lo justifiquen. El terror moderno, en manos de creadores jóvenes como Bryan Bertino, director y guionista de Los extraños, exhibe claves modernas, lecturas que obvian la herencia clásica. Lo que antes exigía al espectador una atención sobre la trama, sobre el discurso lógico de lo que veía, ahora reclama un cierto abandono, una especie de perplejidad positiva, que excusa darle cara, nombre o argumento al mal. De hecho, en Los extraños, Bertino renuncia a esa nomenclatura de lugares comúnes y se abraza, sin pudor, a la sobria exposición de los hechos, sin que tengamos nunca certidumbres sobre la causa que los provoca. Estamos en el mismo nivel de asombro que la pareja protagonista, que ve cómo su hogar se ve invadido por una fuerza caótica, absurda, iluminada por la barbarie. La sensación final, la que al menos ha quedado en este cronista de sus vicios, es de extrañeza. Igual somos los espectadores los extraños y todavía no tengamos preparación suficiente para paladear estos artefactos de terror del siglo XXI, bien facturados (la película es buena, no lo duden en ningún momento) pero carentes de ese apego a lo real, a lo desmontable en categorías lógicas que, a mí en particular, me sigue pareciendo el sustento primario del cine entendido como prodigioso contador de historias.

20.9.08

No es Woody ni es Diane Keaton


No saber quiénes son, aunque sepamos sus nombres. No tener certezas sobre de qué puedan estar hablando, aunque oigamos la conversación por encima de la mentira en blanco y negro de la fotografía. Así ensimismar la mirada, perderse en las sombras, dar con la clave que ilustre nuestra ignorancia acerca de las relaciones humanas y de cómo dos personas pueden conquistar el júbilo apurando dos copas sin otro atrezzo que un cielo gris (estoy mirando la foto) y una especie de bruma semántica en mi cabeza. Me desconecto diez horas. Vuelvo mañana con la sonrisa puesta.

19.9.08

El rey de la montaña: Una pequeña obra maestra


Qué alegría: El rey de la montaña es una película española. El cine patrio precisa de osadías de este calibre. Porque El rey de la montaña, siendo en apariencia, contando aéreamente el guión, un film de consumo adolescente, una de esas películas de acción en la que, cámara en ristre, la historia depende casi en exclusividad del impacto de sus imágenes, una de ésas que guardan en la recámara literaria una sorpresa, un desvío al asombro que justifica (tal vez) hora y media de tedio, luego deviene astuta mirada sobre la atrofia moral de una sociedad ensimismada en sus gadgets, en sus sólidas atracciones de barracón de feria...
La historia es, en principio, una vuelta sobre las vivencias extremas de un tipo anónimo que, por milagro del azar, que es un dios rudimentario, cabroncete e infantil, entra en el juego del cazador y de la presa en el apoteósico atrezzo de la naturaleza agreste, desafectada de alambiques tecnológicos, tratada con mimo, filmada con el respeto de un cineasta que conoce la importancia de ese paisaje en la lógica imposible de su criatura. El rey de la montaña sorprende por su crudeza expositiva, por su parquedad en líneas de texto, por su atrevimiento plástico. Gonzalo López-Gallego retuerce el bagaje cinéfilo del espectador, y pronto nos hace abandonar la certeza inicial de estar asistiendo a un remake hispano de Defensa, la obra capital de John Boorman.
Lo fascinante, lo que aturde al espectador ensimismado en la grandilocuente belleza del paisaje y absorto en la resolución dramática del thriller que contempla, está escondido en su pletórico cierre. El rey de la montaña guarda su as fabuloso para los minutos finales y ofrece perplejidad, la idea de que el mundo está mal construído y de que estamos alimentado déspotas y pervertidos, pequeñas bestias a las que se les ha desconectado toda sensibilidad y que desempeñan en la sociedad el oficio antiguo del depredador, pero aquí el francotirador insistente, el malvado constructor de la asfixia que empapa todo el film no es un sujeto que posea un ideario, un armazón moral que justifique su barbarie. Ni siquiera, a la manera de los cafres salidos de Perros de paja, posee una coartada patológica, una especie de asidero psiquiátrico que dé pie a un cuadro de descargos en un hipotético juicio. Lo que López-Gallego muy hábilmente plantea es la responsabilidad de la sociedad en la creación de esos francotiradores. Y va a ser posible avanzar más sin que una parte considerable de esa sorpresa sea manifestada. Disfruten.



Doomsday, el juicio final: El apocalipsis en la MTV


Más allá de filigranas artesanales, de introspectivas epopeyas del alma, la industria cinematográfica prefiere el espectáculo puro, las películas que no ofrecen matices del alma sino pliegues de la epidermis. Da más crédito a la incontinencia visual, al despliegue técnico, que al matizado drama de unos personajes bien perfilados y a los que, a lo largo del metraje, le suceden (piel adentro) cosas que merecen la atención, asuntos que a todos nos pueden ocurrir cualquier día de estos. A mí me parece increíble que me sucedan las aventuras que acabo de ver en Doomsday, el día del juicio. Su fibrosa protagonista (Rhona Mitra) apabulla sin pudor la retina del espectador: lo machaca en la butaca, le obliga a asistir a un programa de actos tan deliberadamente inverosímil que, por fuerza, se hace (en su grumo global) creíble. O nos lo creemos o salimos de la sala embadurnados de estulticia, convencidos de que tal vez no debamos repetir ingesta tan masiva de acrobacias visuales, escenarios peregrinos y, sobre todo, argumentos tan exóticos.
Doomsday ofrece asombro, pero es un asombro mecánico, carente de conflicto, asombro de formulario, tipificado y registrado. Nada de Doomsday huele a nuevo, aunque Neil Marshall no se toma en serio la cinefilia militante y acomete la empresa de entretener sin que, en el trayecto, se avergüence de piratear escenas y estilos, soluciones plásticas y parlamentos inconsistentes. Porque estos tiempos de reciclado y de globalización se caracterizan por exhibir la impudicia de copiar malos originales. Y si no malos, al menos, no excesivamente brillantes. Brian de Palma clava en su corcho de ideas las fórmulas de Hitchcock. Almodóvar mira a Siodmak y a Cukor y Woody Allen se refugia en su adorado Bergman. Un mediocre modelo reciente acude a una obra maestra del pasado. Aquí Doomsday es una extensión episódica de Underworld o de 28 días días después, es decir, productos que merodean el blockbuster instantáneo, la fama volátil de un par de semanas en cartelera y un mes en la estantería de un videoclub. Hay también huellas de Mad Max, que es ya cine de más enjundia. Y está ese personaje fascinante, aunque escasamente explotado, que ejecuta con la asepsia habitual Malcolm McDowell y que remite, en la distancia, en su figura de dios de sus acólitos, al coronel Kurtz de Apocalypse Now. Y está John Carpenter, su magisterio inefable, sobrevolando páramos enteros del film, induciéndonos (con el cariño que le tenemos) a que seamos indulgentes y aceptemos por buena la desvaída fotocopia de sus texturas, el clonado, mecánico y simplista divertimento que tenemos enfrente.
Marshall, no obstante, no defrauda del todo y ofrece una narración (o lo que sea) de aliento épico y tan cabalgada por tantos géneros que uno termina por pillarle, en el trance, en la oscuridad de la sala, cierto sentido a este embrollo apocalíptico. Eso sí, la incapacidad de cerrar un campo se arregla creando otro. Si Marshall no personaliza su obra es porque las exigencias de estos tiempos, el ojo del productor y el temor a que la clientela no muerda el anzuelo en taquilla son pesos muy considerables que le asfixian y que, al final, mutilan la calidad de su producto.
Doomsday es un experimento retro, un vertiginoso remanso de furia y de adrenalina en el tórrido verano de la ciudad, un ventilador macarra, un desinhibido artilugio de entretenimiento tan ampuloso como hueco en el que los estímulos visuales (grosería punk trenzada con clasicismo medieval) despistan nuestra atención, rebajan toda posibilidad de crítica furibunda y así (hipnotizados por las imágenes) no caer en la cuenta de sus carencias.
Marshall no es sutil, no es su oficio: le contrataron porque Dog soldiers o The descent no son, entre la morralla de cada año, zafias, aburridas o descuidadas. Doomsday posee una limpieza expositiva que ya quisieran obras aparentemente mayores: todo se hace creíble, expuse al principio, porque hay interés en que todo se exhiba ametradalladamente, sin la contención que el buen cine exige.

El disco de hoy: The Moody Blues: Long distance voyager



Los fans de los Moody Blues lo colocan como un disco menor en la discografía del grupo, una especie de ingreso en la ortodoxia AOR, en el negocio de las ventas masivas y en las concesiones pop. El rock sinfónico de la banda había escamoteado pasajes épicos y hasta el teclista de toda la vida, Pinder, había perdido interés. Desde Every good boy deserves favour, la obra maestra de 1.971, The Moody Blues no habían hecho nada a derechas. Octave es un disco pésimo, a mi gusto. Justin Hayward recluta a Patrick Moraz, un mercenario de los teclados, que había estado previamente en Yes (Relayer) y que entendía a la primera los patrones musicales del grupo. El sonido E.L.O. quedaba patente en portentosos singles como The voice o Gemini dream. La excelencia melódica se reservaba a Nervous o a Talking out of turn (la mejor canción del disco). Veteran cosmic rocker es el epílogo circense, la resolución bufa de un disco que, sin llegar a ser conceptual, manejado como una historia al modo en que se hacía en los gloriosos setenta, alcanza un lirismo narrativo sobresaliente. No es únicamente que los temas posean una hebra invisible que los engarza (que la hay) sino que el oyente cree asistir al espectáculo sorprendente de un guignol callejero en esa Inglaterra victoriana que, sin conocer, sin estar ajustada a nuestra mediterránea manera de entender la vida, nos parece cercana, sensible, cómplice. He pensado que este disco ha educado mi forma de entender la música. Long distance voyager hizo por mí más de lo que ahora puedo razonar. Me condujo al oyente que ahora soy. Todavía encuentro la delicia de entonces. Sin albergar ninguna duda, no es el mejor disco que yo haya oído, pero sí es el más sentimental, el que se ha quedado más adentro. Como esos amores adolescentes que nunca han desaparecido del todo. Hoy estoy sentimental. No debo descuidarme.
Mi amigo Rafael Torres estará totalmente de acuerdo conmigo. A él le brindo este arrebato emocional. Por los viejos (buenos) tiempos, Safo.


15.9.08

Maestros

No estoy seguro de la conveniencia de cerrar el lunes escribiendo sobre el infame atropello con el que el otro día se despacharon en A3 a costa del gremio de maestros. Trajeron a pantalla a un lindo puñado de infantes que confesaron su animadversión hacia la escuela y, en particular, a la figura del maestro. Condenaron el inglés como asignatura y redujeron al recreo la posible bondad de todo el sistema educativo. No es culpa de los entrevistados: les pudo más que la sinceridad la posibilidad de no desentonar en exceso con lo que oyen en casa. La escuela está en desprestigio, no me cabe ninguna duda. Ni siquiera una diminuta, una de un tamaño menguado que luego consienta un engorde paulatino hasta que desaparezca su insignificancia. Y por si el maestricidio no fuese plato televisivo suficiente para satisfacer la jauría de espectadores ávidos de carnaza funcionarial, pusieron la cara enjuta de una madre que razonó, a su manera, con la parquedad expositiva que dan los veinte segundos de gloria que le concedieron, el fastidio que supone el hecho de que el cuerpo de maestros tenga un periodo de vacaciones tan excesivo. Le faltó pedir que nos congelasen el sueldo o, más canallescamente todavía, que nos retribuyesen el trabajo conforme al número de aprobados que diésemos a final de curso. Y por si el doble maestricidio no fuese todavía ensañamiento suficiente, advierto en otras cadenas que el patrón ético es similar. Donde no colocan al maestro como un holgazán al que le toca, a mediados de septiembre, guardar la tumbona y dar el callo, lo sitúan en el resbaladizo terreno de la siempre cerniente violencia escolar. Porque la escuela interesa en estos tiempos si es foco de conflictos o si acaba o comienza un curso y conviene rellenar minutos con las tiernas escenas de los alumnos madrugando con sus carteras nuevas y sus (muy) escasos deseos de romper la orgiástica rutina en que habían convertido su pereza estival.
Y no son los alumnos el problema o, al menos, el único ni el más grave. Por supuesto que hay padres bendecidos por la razón que entienden que parte considerable de la educación de sus hijos reposa en la eficacia y en la dignidad de esos señores y que no es prudente vilipendiarlos, ningunearlos o zaherirlos con inquina, ignorando que el ingreso de sus retoños en la sociedad civil está reglado por ese cuerpo de funcionarios del Estado.
Al modo en que la posguerra española el NO-DO hacía propaganda de la bondad de las cosas, aunque por debajo costra y óxido las estuvieran pudriendo irremisiblemente, a día de hoy existen todavía noticiarios televisados (prosigo el mismo hilo discursivo) que impostan la voz de sus locutores y recitan las frivolidades y las ocurrencias habituales sobre los madrugones, la carita de sueño y el sufrimiento indecible de reventar de cuajo todos los momentos dulces del verano.
Existe una escuela mala y concedo que haya maestros deplorables como hay políticos corruptos o sacerdotes pederastas. El oficio de enseñar es un acto sagrado en donde el que domina una materia y sabe compartir su conocimiento entabla con otro individuo un diálogo enriquecedor. Lo están maleando. Han iniciado un proceso de desprestigio que no puede traer, a la larga, nada bueno. A principio, a mitad y a final del camino está el alumno, el niño al que jalean para que en televisión haga la gracieta de criticar al maestro y contar lo que ya casi todo el mundo sabe: que la escuela es una especie de prisión y que hay que destrozarla. Desde dentro. Desde fuera.
Debajo de la orquestada operación de degüello público contra el cuerpo docente se esconden pandemias ancestrales de la sociedad española y vicios burgueses de padres que aman con arrobo a sus hijos, pero que se sienten liberados cuando el colegio maternal y responsable los acoge bajo su sacrosanto cobijo.
Como estoy completamente seguro que hay padres que agradecen el trabajo docente y aprecian el titánico esfuerzo que supone educar (quizá porque también ellos lo hacen) considero que este escrito de desquite, en el que me he sentido plácidamente desintoxicado de ira, no pretende otra cosa que publicar argumentos conocidos, traídos y llevados en barras de bar y en parques de pueblo, en las colas de la pescadería y en las tertulias a media tarde de la radio. De la escuela puede hablar cualquiera. Todo el mundo posee una opinión, y todo el mundo está razonablemente autorizado para propagarla. Pues eso.
Tal vez piense yo así como pienso porque mi escolaridad fue ejemplar en todo. No porque yo fuese un alumno sobresaliente sino porque me enseñaron a pensar, a sentir también. Porque la escuela es una fuente inagotable de conocimiento sobre la vida, pero antes de entrar de bruces en ella.

Wanted (Se busca): Prodigios de la mediocridad


Al cine de acción, por naturaleza adrenalítico y espasmódico, le incomoda el guión elegante, la sutileza dramática. Existe un desapego natural porque se ha entendido, equivocadamente, que los mecanismos de adicción del cine de acción pide cerebros poco exigentes, público de fácil contento y complicidad en lo evidente, en el atractivo de la imagen en puro movimiento. Agregamos que se mueve con mucha más soltura por la mediocridad, insistiendo en la naturaleza lúdica de lo que oferta sin valorar la inteligencia del espectador, que suele quedarse desarmado de argumentos para declarar, sin pudor, que la acción es, en una pantalla de cine, una forma madura y noble de prestigiar un género.
Timbur Bekmambetov, un ruso desembarcado en Estados Unidos gracias a su pericia infográfica y a una apabullante tarjeta de presentación (Los guardianes del día/Los guardianes de la noche) infla Wanted (Se busca) de testosterona, la rebaja de filosofías high-end (al estilo Matrix, que puede ser un referente y hasta un ascendente) y la llena de estrellas de Hollywood reconocibles (Freeman, Jolie) y emergentes (McAvoy) para ocupar el frontispicio de todos los cine del mundo.
Wanted asume su esencia tebeística, justifica el indecente markéting habilitado para su temporal reinado en las carteleras y se presenta como el blockbuster perfecto. Una edición en blu-ray, que magnificará el film en las sublimes pantallas de alta definición recién alunizadas al mercado, debe cerrar su periplo comercial. Es ahí en donde los mercaderes que la han alumbrado verán cumplidas sus expectativas crematísticas. Cine hay poco o lo hay a trompicones: Wanted no carece de atractivos visuales y no merece que se ningunee en críticas de cinéfilo recalcitrante, pero vamos camino de que no nos asombre ya nada que podamos ver en una pantalla. Corren mucho los tiempos y el ojo ha visto ya prodigios suficientes como para que cueste despertarlo de su pereza.
El recetario de milagros tecnológicos, piruetas circenses, imposibles de la física newtoniana y alambiques absurdos del guión desplaza la posibilidad de ser malévolos y soltar, sin pudor, que Wanted es la peor película del año. Está lejos de ser una mala película, pero bastan cinco minutos para que tengamos la secreta convicción de que la memoria, que es un artilugio inteligente y sabe filtrar la morralla y dejar únicamente los prodigios, sabrá dar cuenta de ella.




14.9.08

Gángsters, fiambres y hamburguesas holandesas


K. me recordó a Vincent Vega. El gorila lánguido y colocado de Marcellus Wallace merece tratamiento propio. A ver si Quentin, consciente de que va quemando argumentos y de que la ceniza de los fotogramas escribe V-I-N-C-E-N-T en el suelo, abre la caja de pandora de su perturbado cerebro y manuscribe el guión sobre los tres años de Vega en Amsterdam. O cómo se hizo mafioso. A mí me gusta más decir gángster. Había una canción de Johnny Guitar Watson que hablaba de todo esto: gángster del amor, tipos que sacrifican los principios morales que nuestro Señor Jesucristo proclamó en los evangelios por el amor de una mujer, aunque ese tránsito deje un rastro infame de fiambres. También me gusta muchísimo esa palabra: fiambre. Y Vega, a falta de dar la talla de galán con más reciedumbre, ofrece ternura cuando mira a la mujer de su jefe. La contempla con arrobo adolescente. Secretamente la ama y, como dice frente al espejo del cuarto de baño, mejor irse a casa y entregarse al onanismo que faltarle a Wallace con su hermosa mujercita. Respeto.
A falta de una precuela de Pulp Fiction en la que nos cuenten la adolescencia lisérgica de Vincent Vega o una resurrección de Travolta (qué bueno puede ser) en un film de estos mimbres, me programo esta noche (otra vez) la película original y flipo con Mia y con las guitarras surferas.

De gira


El Papa Santo de Roma ha pedido en París que el mundo huya de los ídolos. También que el dinero es la raíz del mal y que lo materialista separa al hombre de Dios. De camino lanzó el deseo de que la juventud siga la senda de Cristo entrando en los seminarios y propagando la palabra del Señor. Los feligreses arracimados para recibir estos mensajes se encargarán de multiplicar ese discurso. Quienes no lo comparten, desoirán la súplica y ahombrarán esfuerzos para que otro mensaje cale también en la población. Y así avanza este juego de influencias ha abierto, en ocasiones, brechas visibles en la sociedad, fracturas que activan guerras. Al modo en que se organizan las campañas políticas, el Vaticano adopta la forma inquisitiva, tozuda e intransigente de un partido política que se descubre en la oposición y alerta al ciudadano de los peligros de quienes los derrotaron en las urnas.
El Papa no es Rajoy, pero a veces exhibe su misma obcecada letanía. Cuando a Rajoy le preguntan sobre el aborto, arranca con la declamación de la lección aprendida en los despachos de Génova y dice que Zapatero juega al despiste y a la maniobra zafia de hablar de abortos cuando la gente no puede pagar su hipoteca. El registro de despistes acude también a las fosas comunes de la Guerra Civil o a la eutanasia. A lo mejor es que no hay otra manera de haber las cosas en política y es esa manifestación sencilla de argumentos inapelables la que verdaderamente conviene para que el votante (o el feligrés o el que ya no es feligrés pero lo fue o el que nunca lo ha sido pero es posible que lo sea o el que ni lo fue ni lo será bajo ninguna circunstancia) recapacite, analice con el sesgo distanciado de la razón final de las cosas y admita a trámite emocional la posibilidad de que el Papa Santo de Roma haya dicho verdades como templos. De ahí a ingresar en el ejército de Cristo hay ya tan sólo un trecho accesible, un camino de recorrido fácil a cuyo término se abrirán las puertas de la fe, que son cálidas (a juicio de los que se siente guarecidos tras ellas) y liberan al ser humano del siglo XXI de las pandemias de esta modernidad vacua y de asideros fragilísimos. La política y la religión, por mucho que Ratzinger desee que caminen separadas, están fabricadas con la misma masilla moral. Lo mismo que se compra el periódico que va a confirmar lo que ya sabíamos de modo que tras la lectura salgamos reforzados en nuestra apreciación intelectual de nosotros mismos, el votante ingresa su papeleta azuzado por parecidos mecanismos mentales. Por eso la Iglesia recomienda a sus fieles que no cometan el error de entregar su cuota de responsabilidad civil a quienes, en su programa, en su vida diaria, desprecian el ideario catecúmeno. Por eso los partidos de laicismo militante, sin caer en la virulencia discursiva de sus adversarios, también recomiendan que no se caiga en la hipocresía moral de entregar la confianza al contrario político.
A la postre, nunca llega la sangre a ningún río y hasta el inquilino del Eliseo de la laica Francia, el estirado, ambiguo y mediático Sarkozy, ha dispensado al Papa un trato exquisito y le ha abierto de par en par, como no podía ser de otra manera al ser una figura de relevancia entre millones de personas, las puertas de su casa, que es (no lo olvidemos) un país de fuertes raíces aconfesionales y que lleva medio siglo de laicismo operativo en las calles, en los bares y, sobre todo, en la escuela, que es el santuario cívico en donde se forja al futuro votante, perdón, quise decir feligrés.
El dinero es el mal, pero antes servía para borrar el pecado.
Y además, en estos tiempos de relativismo y de fragmentación de la unidad familiar y de los preceptos espirituales que antaño iluminaban la Historia, la Iglesia mira ahora más a los ministros de finanzas de los países en los que se asientan, para que participen del sufragio económico, que al Espíritu Santo. Y se siente más dolorosamente atacada cuando se abre en la sociedad el diálogo sobre la conveniencia de que la Escuela Pública abandone de una vez todo vínculo con las filiaciones religiosas de los padres de sus alumnos, aunque luego los jefes de la curia romana visiten España y el Presidente de turno le abra las puertas que haga falta y lo agasaje con honores de Estado.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...