7.8.07

Ratatouille: "...There are rats in the kitchen"




1
El trabajo del crítico es sencillo en más de un sentido. Arriesgamos muy poco, y sin embargo usufructuamos de una posición situada por encima de quienes someten su trabajo y su persona a nuestro juicio. Prosperamos gracias a nuestras críticas negativas, que resultan divertidas cuando se las escribe y cuando se las lee.
2
Pero la cruda verdad que los críticos debemos enfrentar es que, en términos generales, la producción de basura promedio es más valiosa que lo que nuestros artículos pretenden señalar. Sin embargo, a veces el crítico realmente arriesga algo, y eso sucede en nombre y en defensa de algo nuevo.
3
Anoche experimenté algo nuevo, una comida extraordinaria hecha por alguien único e inesperado. Decir que ese plato y su cocinero pusieron a prueba mis preconceptos equivaldría a incurrir en una subestimación grosera, cuando lo cierto es que ambos lograron conmover lo más profundo de mi ser.
4
Antes de este suceso, nunca escondí mi desdén por el lema del Chef Gusteau: “cualquiera puede cocinar”. Pero, me doy cuenta, recién ahora comprendo sus palabras. No cualquiera puede convertirse en un gran artista, pero un gran artista sí puede provenir de cualquier lugar.

Anton Ego, el crítico gastronómico

Por todo eso, aunque fuera sólo por ver este personaje, hay que ir al cine y disfrutar durante dos horas de un banquete animado excepcional, un artilugio descaradamente comercial, escrito y diseñado para engolosinar a la platea infantil y juvenil, pero cubierto de una pátina de honradez adulta incuestionable.
No basta que las técnicas de animación sean asombrosas. Tampoco que la acción copa buen parte del metraje. Hay ocasiones en las que este confiable y previsto arsenal de bondades cinematográficas no garantizan un film redondo ( Cars, pongo por caso, aunque mi amigo Stipey se empecine en lo contrario ), pero Ratatouille es un fascinante ejercicio de cine de mucha altura que, sin llegar a ser la Obra Maestra que muchos críticos ( léase el introito de la reseña ) creen ver, se convierte en la mejor película del verano, época de flacos favores al entretenimiento inteligente y habitualmente nutrido de pastelazos sin defensa posible ( Next ) o clásicos ( por repetitivos ) artefactos de grandiosa aceptación y menor integridad estética ( Los 4 fantásticos, Harry Potter, La Jungla... )
Toda esa liviandad dulzona que se atribuye a priori a las películas orquestadas para el beneficio de la algarada infantil existe en Ratatoille. Tiene el sobresaliente mérito de matrimoniar de forma armoniosa y casi imperceptible ( ése es otro punto a su favor ) el brochazo de cartoon universalmente aceptado y la línea subliminal de texto lúcido, bien construído y, sobre todo, didáctico.
Es la película que habría hecho Frank Capra de haber disfrutado estos tiempos de técnica impecable. Y James Stewart se habría emocionado en la butaca.





( Ahora la canción de UB-40 cobra un significado nuevo... )

Trabajo ajeno




"Para escribir el guión de una buena película hacen falta dos años, para rodarla dos meses, para efectuar el montaje dos semanas, para dar los últimos retoques dos días, para verla dos horas, y para olvidarla dos minutos."

Joseph Leo Mankiewicz

El blues de la estricnina


Cruce de caminos en Mississippi: un negro invoca al diablo y le pide que le enseñe a tocar el blues. Hay gente que pide la vida eterna o el confort absoluto. Este dandy murió por un esposo cornudo y su tumba no tuvo leyenda que explicara en qué consistió su osadía y qué heróica marca ( 29 inmortales canciones ) había legado a la posteridad. El blues de la estricnina le privó de morirse de viejo esperando Greyhounds en polvorientos caminos para mostrar al mundo su talento inimitable. Al final será verdad que el diablo existe y le dio la inmortalidad, aunque fuese bajo la veleidosa forma de la fama. Que se lo digan a Clapton: ahora se ha sincerado y ha rendido el tributo obligado, pero ha bebido siempre de esta fuente. Éstos son otros tiempos...

5.8.07

Un apóstata

Consiste la apostasía, muy corta y sesgadamente escrito, en negar la fe católica y conducir, a renglón seguido, la negación al amparo administrativo de modo que la sacrosanta institución eclesiástica pierda el numerario recién cesado y el Estado, pongo por caso, con cifras en la mesa, reconsidere los beneplácitos habituales, traducidos en ingresos y en parabienes concertados. Ahí es donde la curia, escocida en sus carnes, niega el suministro del cómputo de esas bajas que son, a lo oído, muchas. Es que el pueblo llano, ahora, está más engolosinado con otros asuntos y no se deja fascinar por la derecha del Padre, el episodio mágico de los peces y los panes y hasta la historia del resucitado: estos tiempos son más ligeros, más relativistas, como dice Ratzinger no sin razón. La mística más alta no la provee la fe y su prolijo recetario de consuelos sentimentales sino la suntuosa nómina de gadgets o cachivaches tecnológicos que nos susurran placeres a los que, ciegos, acudimos. Perdemos la fe y ganamos en plasma. Perdemos la devoción a cambio de banda ancha. Hemos sustituido graciosamente la misa de doce por otras liturgias cuyos santos patrones son el móvil, la pda y el reproductor de mp3. Quizá todo pueda ser matrimoniado y el feligrés cuerdo y en pleno uso de sus facultades mentales (las modernas, también) pueda sobrellevar el peso de la biblia y sus dogmas y la maquinaria formidable de estos bombones materiales tan gratos y que hacen la vida tan agradable. Hemos dado la espalda a la ortodoxia -hombre casado con mujer- por lo que no se aviene al dictado de la tradición - hombre ama a hombre o mujer ama a mujer, por ser correcto en todo -. El apóstata, azote de cruces, procede de la izquierda republicana o de las lecturas juveniles de Nietzsche o de un BUP muy culto con una biblioteca bien surtida de textos paganos visitada por una pandilla revolucionaria a la que se le atragantó -quizá- una misa de doce o un comunicado de la Conferencia Episcopal. Viene esto porque anoche vi en televisión a un apóstata pagado de sí mismo, diplomático y prudente, pero irremediablemente escorado a terminar sus parlamentos con pellizcos a quien no comulgase con su política animista. El estado actual de las cosas permite apóstatas y discípulos de Cristo, fomenta católicos enganchados al ipod y tecnófobos subscritos a la palabra de Dios. Lo lamentable es la gana de hacer la puñeta que tenemos unos contra otros: como si aquí lo que en verdad valiese es privilegiar nuestra verdad sobre la verdad ajena. Como si todo se resumiese al pobrísimo discurso de los símbolos. El apóstata de anoche, bien trajeado, convincente en su papel de adalid de los apóstatas españoles en la sombra, no dijo nada que no se supiese previamente. Que unos creen y otros no. Que tal vez la Iglesia debería considerar que su hegemonía ha bajado un escalón en las preocupaciones del ciudadano. Todo eso puede ser cierto: lo es, si lo razonamos con calma, pero estamos escribiendo con excesivo ardor lo que probablemente debe ser conversado con más cabeza. Y se nos ve el plumero místico y todos los demás plumeros a poco que abramos el pico y digamos este boca es mía. A lo mejor todo es una cuestión administrativa y hemos topado no con la Iglesia, como dice el latiguillo, sino con la burocracia de la Iglesia, que ésa sí que se antoja más exasperante.

París, Texas: El viaje infinito




Road movie: el sol abrasa la cabeza de Travis, que lleva un sombrero ridículo y un traje de ejecutivo triste y desaliñado. No sabe quién es: como casi todos. Está solo y fatiga el desierto despojado de heroísmo, desafectado de esa épica viril de los que regresan de la nada, del infierno, para resolver las incógnitas que no despejaron antes de la fuga. El infierno es también la ciudad y el neón de sus sueños: Travis, un incomensurable Harry Dean Stanton, es un John Wayne amnésico, un pistolero pacífico que busca la recompensa clavada en el árbol, ese tipo taciturno, quemado por una vida burda y patética, pero conjurado a encontrarse de nuevo y a recabar los hilos que no anudó y que todavía son agitados, ajenos a la biografía de su dueño, por el viento cancerígeno del desierto de Texas. Errático, no viaja por la tierra, no ocupa veredas y caminos, moteles cutres de carreteras secundarias y paisajes abismales que parecen no consolar la vista jamás: lo que hace Travis es andar hacia dentro, descubrirse en su estajanovista periplo de ciudadano puro y fascinado por la incertidumbre de no saber. ¿ O es que nosotros, aparentemente cuerdos y dueños de nuestros destino, sabemos quiénes somos ?

Film escasamente dialogado salvo en su tramo final cuando verdaderamente las palabras son precisas. Antes, durante el viaje de Travis hacia su redención, hablan las imágenes, que son portentosas como pocas veces hemos visto en el cine reciente.


Alrededor, como un manto de serenidad, la música de Ry Cooder, una banda sonora fascinante que se matrimonia a la perfección con la historia de pérdidas y de fracasos, de azar y de perdón que Sam Shepherd, un autor muy injustamente infravalorado, adapta para que Wenders haga su mejor película. Una Obra Maestra del Cine.

4.8.07

Rodando

Sostiene Millás en El País de hoy que Woody Allen está trabajando en condiciones lamentables con esa caterva infame de público abalconado al set de rodaje en Barcelona y en Asturias a la búsqueda de un escarceo entre Javier Bardem y Scarlett Johannsson o una visita inesperada de Bono, que algunas revistas del ramo ( y hasta la estimable prensa seria ) colocan en el disparadero de parejas de Penélope Cruz. La frivolidad y el morbo se encaraman al sombrerito de Allen y no sabemos ( Millás así lo manifiesta ) si todo eso afecta de alguna forma al resultado final del film, que al fin y al cabo es el propósito de esta reunión formidable de talentos. Luego habría que acercarse a la película descontaminados de todo esta información secundaria, pero que suscita el beneplácito de la concurrencia, ávida de lo tórrido, consciente de que el cine no es únicamente el desfile estelar de personajes, argumentos y luces doradas sino también la geografía íntima de esos actores y actrices que, de una u otra forma, engolosinan el ocio industrial de estos tiempos de aspirantes a estrellas y de feligreses encantados.

El astronauta zurdo

Dos lunáticos

Dr. Strangelove





We'll meet again, don't know
where, don't know when,but I
know we'll meet again, some
sunny day.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...