6.10.06

WORLD TRADE CENTER : El 11-S hecho blockbuster






Lo mejor de World Trade Center, la última película del polémico Oliver Stone es que no parece una película de Oliver Stone y que se aleja de toda posibilidad de que podamos relacionarla con la polémica. No está el horno americano para bollos y la herida del 11-s está abierta todavía, y gangrenando, a su modo, la geopolítica, ese concepto nebuloso de partida de ajedrez entre gobernantes donde una pieza mal movida puede ocasionar un cataclismo en mi pueblo, pongo por caso.
World Trade Center evita entrar en la barbarie del terrorismo. Pudiendo haber sido una película explícita y dura, es una visión amable y minimalista de un hecho que se ha posicionado, por tristes méritos propios, en el referente patriótico de la reciente Historia norteamericana ( mundial, añadiría yo ). No vemos a los aviones impactar sobre las torres gemelas: percibimos el rumor del impacto, el sordo y tenebroso sonido que producen. Todo se deja acunar por un sentido documentalista escorado en exceso al panfleto dulce de un Discovery Channel con mucho presupuesto.

Todo nos suena a blando: quizá querríamos una visión más dura, mejor narrada, más apegada a la vida. Y World Trade Center es una película de factura plana que no engancha con la realidad de la emoción, a pesar de que filme Oliver Stone, ese azote de la tradición yankee, ese traidor al stablishment que igual se deja caer por Cuba para echarse un purito con Fidel Castro y hacer otro panfleto laudatorio que cuestiona el magnicidio en Elm Street dando un puñetazo en la mesa de los ortodoxos.
Uno podría abstraerse de la iconografía ya aprendida ( impacto de los aviones, cuerpos cayendo desde las plantas superiores ) y ver World Trade Center como una película de catastrofes más. Los dos policias ( McLoughlin y Jimeno ) son personajes de un dramatismo contenido. Son parcialmente creíbles. Nos creemos, no obstante, el derrumbe de un modo de vida, la evidencia de que de esos escombros va a nacer un siglo nuevo y de que nosotros vamos a ver el parto. Lo vimos en la CNN, en directo, o en la cadena favorita del amable lector, pero Oliver Stone nos da ahora un giro más de tuerca y monta un espectáculo entre lo intrascendente y lo sublime de la vida de una serie de personas que luchan, sobre todo, por salvar la vida. Por eso podemos abstraernos y considerar que la película es una ficción y que no hay detrás un correlato fidedigno de unos hechos que todos conocemos y que a todos, de una u otra forma, nos calaron.
El excesivo metraje podría haber sido reducido si hubiesen eliminado la morralla de la vida sentimental de los policias, que no interesan y hacen que perdamos el sentido primario del film. Da todo esto la impresión de que a Oliver Stone le han metido en una habitación para advertirle. Le han dicho: " Mira, Oliver, tú eres un tío estupendo y ya está bien de hacer películas que ponga al personal de mala leche. Date un respiro. Cuéntale al país que Dios existe y que estuvo allí, entre los escombros. Que el mundo sepa que los americanos somos gente noble y gente buena. Que no hay una verdad oculta. Que no hay una teoría de la conspiración. Oliver, tío, descansa un poco. A lo mejor hasta nos da beneficios, que va siendo hora ". Y Oliver, el hombre, recapacita, acata la petición y nos suelta este cuento blandengue, correcto, sobrio, pero sin esa pizca de mala uva que todos pedimos.
En muy reducidas cuentas, quienes queremos el cine de Oliver Stone, no gustaremos de esta película. Fans del cineasta apartados, la película es buena, limpia como el amanecer que la cierra.
World Trade Center, en manos de Stone, con Nicolas Cage de héroe diminuto y doméstico, huele a redención, a liturgia. Si Michael Mann hubiese estado en las riendas, tendríamos una versión acelerada, hiperrealista, extrema sin caer en el gore y, por supuesto, exenta de cualquier apunte religioso.
Me pregunto qué haría Tarantino. Sería muy curioso ver en qué convertiría nuestro amigo Quentin estas torres de la fe, dónde pegaría la patada.

Película indigna, en cierto modo, para un suceso infame.

5.10.06

CLICK / Epifanía del zapping



Click no es una comedia al uso, aunque sus trazas así lo prefiguren: carece de la grosería de la comedia al uso, esto es, la historia que se desarrolla alrededor de inevitables gags que, buenos o malos, lastran su unidad, despistan al espectador y lo conducen, premedita y sibilinamente, a la anuencia, a considerar lo que ha visto del modo más inocente, naïf y frívolo posible. Maestros de la comedia moderna ( los hermanos Farrelly, pongo por caso ) apuran estos preceptos y no defraudan en lo suyo, en su marca de la casa. Quizá por todo esto Click no sea una película mediocre: testimonia el mundo en el que vivimos y nos cuenta la vida de quien para ver cumplidos sus sueños usa un objeto mágico ( un mando a distancia ) que le hace ser un dios pequeñito de su cosmos de fantasía.
Adam Sandler cumple con creces en un papel que ha hecho ya demasiadas veces. Su comicidad es ya conocida, no huye de ella: lo succiona, lo hace previsible y, por tanto, nos hace reir menos. No siendo un mal actor, tampoco actúa.
Otro caso a destacar es Christopher Walken, un actor absolutamente brillante, una de esas caras que están esculpidas en carne para que la pantalla la amplifique y nos mire y nos taladre con sus gestos, con su mirada, pero aquí el amigo Walken patina, se escora al aburrimiento y no convence. Hace tiempo que ya ha dejado de emocionarnos. Recuerdo ahora ( y me estoy yendo por las ramas, como a mi me gusta ) un papel menudo, pero imponente, en la desaprovechada Atrápame si puedes, del maestro Spielberg. En fin...
Click es una película de verano que ha caído en este novicio otoño. Además sale el icono de lo hortera, el rey del pecho peludo, David Hasselhoof.
No se han cortado en producción a la hora de tirar de este mito de la televisión cutre, que probablemente haya disfrutado como un cosaco en las ruedas de prensa en Europa. Se aburría, supongo, sin su tabla de salvación playera y sin su coche fantástico.
El amable lector estará dándose cuenta que Click tiene poca chicha ya que estas líneas la merodean, la esquivan, evitan entrar en el fango de su tibia eficiencia. Es del todo cierto. Tiene, no obstante, su poso de tristeza, la evidencia cuasimetafísica de que la vida no puede reducirse a un zapping y que el tiempo, su escudero inapelable, no admite frivolidades. Por eso, en algunas partes del metraje, a mí me pareció, en su mínima trascendencia, una película curiosa, aceptable, entretenida, extensión de Como Dios o Atrapado en el Tiempo, mejores películas con los mismos mimbres.

SERPIENTES EN EL AVIÓN : Serie B de estantería trasera de videoclub de barrio....pero entretiene




Si por algo tendremos que recordar Serpientes en el avión en un futuro será por su trastienda más por que la película en si misma. Es fast food cinematográfico en estado puro: una pizza cuatro estaciones que comemos en un antro infecto, pero que devoramos con glotonería porque, aparte de que tener hambre, nos mueven pasiones más bajas, vicios no comentables. Todos tenemos, en el fondo, un regusto cuasimasoquista por ver cine basura y, en el trayecto, disfrutar de su patetismo, de su aceptada renuncia a la calidad.
Serpientes en el avión es una película mala de solemnidad. Escuece cuando la vemos y escuece horas después cuando nos preguntamos qué oscuras razones nos mueven, en ocasiones, a traicionar nuestra fidelidad al cine bueno, al cine que dice cosas y las dice de forma agradable, con belleza.
La trastienda a la que me refiero es su trampa, el punto de partida de su engañoso guión pues resulta, amable lector de esta página de cine, que nadie ha escrito el guión y ha sido escrito por todos. Esto es, New Line Cinema, padres del engendro, perpetraton la novedosa idea de rebuscar guionista en la Red, de ofrecer pedacitos del film para que el internauta, verdadero depositario de la maquinaria implacable de Hollywood, aporte su miguita de pan o su barra entera, según ganas, según ingenio.
Fueron los blogs, y no la habilidad narrativa de un tipo encerrado en la buhardilla de su casa, los que gestaron el puzzle de la trama, aunque le faltan piezas y las que están se ofrecen manidas, oxidadas, comidas por una herrumbre letal.
Si este es el camino por el que van a ir los tiros en el cine del futuro, yo vuelvo de cabeza al glorioso pasado, que tanto placer ha proporcionado a mis inquietudes. Regreso a los clásicos y a los que, no siéndolo, rezuman honestidad, ganas de facturar un producto decente que pueda entretener ( el cine es muchas cosas, pero sobre todo es ENTRETENIMIENTO ).
Serpientes en el avión será recordada por su trastienda ( insisto ) y porque nuestra Elsa Pataky, rubia bombón que Garci supo aprovechar en Ninette, aparece en tres sueltos del metraje en su primera incursión USA.
La juventud pletórica de adrenalina que quiere verse arrojada a una montaña rusa de ofidios asesinos en un marco insólito ( !un avión ! ) verán satisfechas sus demandas. Los demás, los que acudan, jóvenes o talluditos con más de un dedo de frente y tres cuartos de cabeza pensante para no admitir que les engañen con tanto descaro, no irán a la sala: no dilapidarán los euros de sacrificio.
Si le restamos el bizarro aparato de mercadotecnia que la secunda, Serpientes en el avión hubiese ingresado directamente en las estanterías de los videoclubs de barrio, junto a Jackie Chan, Steven Seagal y esa pléyade musculosa de actores de quinta categoría que engrosan sus cuentas corrientes con atropellados espectadores que no piden mucho a algo tan serio como es el cine. Ignoramos si la deglución consciente de una bazofia de este calado afectará de modo irreparable el paladar del adolescente que se la trague, sin patatas fritas ni medio litro de coca-cola light.
Hasta hay una serpiente que se cuela bajo las faldas de una dama dormida que, entre sueño y sueño, cree ver atendidas sus fantasías clitoridianas. He aquí ( en esta metáfora de lo burdo ) el verdadero símbolo de esta cosa.
No sé si perdonar a Samuel L. Jackson, que me encandiló en Pulp Fiction, que me encantó en Jackie Brown ( ay Tarantino, que estás en todas ), pero la mano se abre sola y los dólares van cayendo como maná del cielo de los ignorantes.
Hasta Anaconda, otra serie B de videoclub de barrio, me entretuvo más. Será por Jennifer López.

2.10.06

PALÍNDROMOS / Cuentos de hadas psicodélico




Posee Solondz un exquisito sentido del riesgo, una responsabilidad autocomplaciente que tiene en el viaje de una niña su fundamento narrativo. No se trata de un viaje físico, aunque la película se desmembra en un abanico fantástico de escenarios: lo que evidencia es una denuncia muy bien trabada y escenificada del mundo de la infancia.
Aviva Víctor, la protagonista, quiere ser madre. La encorsetada vida familiar censura sus deseos por lo que se ve abocada a buscar en la calle la realización de sus sueños. No va a ser fácil. En realidad, no va a ser posible.
Solondoz tira de un personaje al que interpretan muchas actrices. Trata ( imagino ) de que todos podamos sentirnos cómplices de su pericia vital. Intenta ( insisto ) en crear una empatía, un estado natural de las cosas, un ejercicio sofisticado, pero minimalista, en el fondo, reconciliable con todos los vicios que el espectador lleva a la sala de modo que la película no deja indifierente: cala en cualquier tipo de público, incluso en aquel que no conecta con la mente ( retorcida ) de un director estimulante como pocos, que indaga en el alma humana y extrae de ella el material más sensible, el menos contaminado por los condicionantes sociales, políticos o sentimentales.
Usar la figura del palíndromo como título de esta pirueta cuasicircense también tiene su miga. El palíndromo es la frase que se lee igual del derecho que al revés. " Ana lleva al oso la avellana ".
Es la metáfora de que todos somos iguales: de que no existe viaje, de que no hay cambio.
Querrá el espectador cómodo, hecho a que se le de la comida mascadita. Aquí se precisa un avituallamiento de buenas intenciones, cierta complicidad ética y estética.
O sea que esto es una película de campeonato, que no va a triunfar en caja, como tampoco lo hicieron Happiness o Bienvenido a la casa de muñecas, las otras creaciones de este autor inclasificable.
Hay, no obstante, una indolencia en el retrato de las situaciones más dramáticas, cuando no escabrosas, de la trama. Se ve todo, en ocasiones, excesivamente distante, frío, hierático casi. No hay calor: se obvia el componente más a mano de las emociones humanas, que es la naturalidad. Todo muy bien compartimentado, estabulado: todo preparado para que no sepamos si asistimos a cuento de hadas moderno o a un leyenda urbana.
Lo que tengo muy claro es que cuando uno ha terminado de ver la película, el runrún de su historia colea en la memoria, martilleando nuestra plácida vida burguesa de ciudadanos complacidos con la mansedumbre de este (falso) Estado del Bienestar, cacareado por Gobiernos democráticos como Sello de la Casa.

26.9.06

LA INCREÍBLE PERO CIERTA HISTORIA DE CAPERUCITA ROJA : Caperucita late night show




Lo que trae de cabeza a las multinacionales del entretenimiento made in USA es dar con la fórmula mágica que lleva de la mano a padres y a niños a la cola del cine y salgan luego todos ufanos del espectáculo, alegres como panderetas en una feria de pueblo.
Hasta Shrek, a mi entender, nadie dio con pócima semejante. Walt Disney abrió brecha. Nadie discute la valía de las películas del mago del cartoon, su corrección cromática, su taller de futuros genios, pero no ha habido escaso consenso intergeneracional y cuando sale el padre alegre, el niño se ha aburrido. O viceversa. Es muy díficil armonizar vicios.
Ahora se estila esto: el cocktail multifamiliar, el gazpacho doméstico. Esto de la caperucita roja es un revoltijo inteligente de ingredientes varios, todos los cuales están destinados a contentar a un sector de la tribu, que acoquina sin metafísica los cuartos para entretener la tarde de los domingos. Y si llueve, mejor todavía.
¿ Qué encontramos en esta nueva entrega de cine de niños que pueden ver adultos ? Está Freud, claro. Y el deconstructivismo de Derrida, si queremos incomodar al intelectual que, a regañadientes, acude al cine para regocijo de su prole, pero en el fondo, es una película de animación, y bien hecha, claro está. Muy bien hecha, añadiría, aunque se echa en falta una sensatez dramática y no se perdona el alambicado puzzle de personalidades trucadas. Gags hay los justos, y algunos ya los habíamos oído antes, pero no recordamos en qué película.
Todo así, artificial y frío, sin contentar en exceso a nadie, pero gustando en lo estrictamente necesario a todos. Y hay algo de humor. Y hasta su pizca de sexo, convenientemente aligerado de espesura para que entre sin excesos en el equipaje doméstico.
Los directivos de Miramax han dado en la diana: han reescrito la épica de los cuentos de antaño con aderezos modernos. Cabe la posibilidad de que un día acabemos empachados de tanta modernidad y queramos que nuestros hijos vean en pantalla la Caperucita original, el lobo original, los Tres cerditos de antes.
Para la crítica severísima que algunos gastan, La increíble pero cierta historia de Caperucita roja será un empalagoso experimento, una absoluta boutade no apta para puristas, pero yo insisto ( y últimamente tengo este concepto bastante claro ) que el cine es, ante todo, entretenimiento.
Como no está el olmo para pedirle peras, quede éste en entretenimiento light, pero nuestra inquietud cinéfila no se alimenta con lobos y con abuelitas: prefiere drogas más duras, mucho más adictivas, perlas de Orson Welles con textos de Shakespeare, interpretaciones soberbias de Max Von Sydow en películas suecas de los sesenta, robos en hipódromos filmados por Kubrick, botellas que no tienen vino y que Hitchcock usaba para revivir el filón de la guerra fría y el resurgir nazi.... En fin, lleve usted a sus hijos a este Frankenstein multicultural, dígales que cuando sean mayores, el cine les hará felices y que esa felicidad les hará, también, más inteligentes, más libres. Caso de que el amable lector no tenga progenie a la que sentar en butaca, vea Alatriste, que todavía está en cartel. Euros más aprovechados: es que es más larga. Ah, el protagonista habla raro. Los personajes de Perrault, no.
Y siempre está el dvd para las noches más tristes. Se me ocurre Blade Runner para tener sueños replicantes.

21.9.06

EL PERRO MONGOL : Un viaje a la pureza



Se insiste con frecuencia en apuntar que el cine que carece de medios rezuma ingenio. Este argumento no es monopolio del séptimo arte, pero se afirma en él con más ampulosa evidencia. Un estudio no se deja una pasta gansa en un film si sospecha que en taquilla el producto puede flaquear. Excepciones hay, por supuesto.
Estamos muy acsotumbrados a ver películas americanas que huelen a dinero en cada fotograma. Esto no es nuevo. Lo que sí se me antoja novedoso es que haya un nuevo cine europeo de planteamientos comerciales muy semejantes a los que se estilan en Hollywood. El cine es arte y es negocio. O incluso es negocio y, en ocasiones, arte.
Como yo llevo ya un montón de tiempo sin ver arte en películas de producción reciente, suelo distraerme revisando clásicos. Magnífico invento el home cinema y el dvd. Remeda uno en casa las condiciones que querría en el cine, que suele ( además ) estar contaminado de molestos ruidos de palomitas vertiginosas y melodías febriles de semitono en la fila nueve.
Viene todo esto al caso porque acabo de ver una película que, en el fondo, es europea, aunque también es asiática. Nunca va a competir en taquilla con majors de postín. Muy raras veces será comidilla de ejecutivos en el café a las once, pero llenará el corazón de mucho amante del cine que busca, entre tanta morralla y tanto fuego de artificio, un reposado viaje a otro mundo.
La película en cuestión se llama El perro mongol y, más que película al modo clásico del término, es un documental que nos invita a pensar de otro modo. ¿ No debe el cine hacer eso de cuando en cuando ?
Trata de una niña ( Nansal ) que lleva a su casa a un perro que ha encontrado en una cueva, un cachorro, en realidad. El padre se obstina en no hospedarlo por cuanto lo imagina descendiente de los lobos. La superstición ocupa todo el imaginario familiar y la trama se centra en imponer a la superfechería ancestral un poso de raciocinio.
El conflicto no es enteramente mongol: es universal. Se enreda en la religiosidad popular y echa su lazo, vigorosamente, al más íntimo de los sentimientos humanos: la creencia de que hay otro mundo y de que nuestra alma no muere. A falta de cielo cristiano y Derecha del Padre, el nómada mongol cree en la reencarnación y, de algún arcano modo, sospecha que cuando haya muerto, su espíritu recorrerá plantas, árboles, animales pequeños... hasta que dé con un perro, y de ahí pueda saltar a un hombre.
Lo más excitante de El perro mongol es su carácter de rara avis. Al verla, sabemos que estamos asistiendo a un hecho único, al tránsito de un mundo a otro. Los nómadas mongoles se ven abocados a buscar la ciudad, que es una extensión de la ciudad occidental, comida de vértigos, enfebrecida por su disipación moral, volcada en crecer a expensas del hombre. Y el espectador ajeno a ese estertor, se queda literalmente pasmado por la fuerza de los sentimientos que el film exhuma. A borbotones. Esto es arte. Desintoxicación mental. Apertura a un lenguaje antiguo, pero al que no estamos últimamente acostumbrados.
No vi La historia del camello que llora, de la misma directora mongol. Prometo ir al videoclub y pillarla.
Caso de que no esté ( y eso que mi videoclub es una joya entre las joyas para el aficionado al cine ) volveré a casa y pondré alguna película iraní, de ésas de planos larguísimos y músicas hipnóticas, cuando no ausentes. Me dormiré pensando que todos los semáforos de mi pueblo se convierte en crisantemos.
Corran al cine. Vaya que la quiten y pongan en su lugar una mamarrachada de cualquier niñato pijo con gancho entre las mesnadas de féminas anfetamínicas y hormonadas.

12.9.06

DESAYUNO EN PLUTÓN : De travestis y nacionalismos...




Neil Jordan es un director competente que se deja convencer por el cine de Hollywood( Entrevista con el vampiro ), pero que mira de reojo ( con corazón ) a un cine de raíces, que algunos llaman de autor, aunque tendría tal marchamo mucha tela que hilvanar.
En esta entrega, hurga en la Irlanda en la que nació y, sin rehuir el trasunto político, indaga en el melodrama directo y sin ambages. Como Jordan no es Douglas Sirk, la película se queda a medias porque abusa de los clichés y se escora en exceso al lugar común, al espacio dramático que el espectador ha visitado en demasiadas ocasiones.
Lo que vemos es una Irlanda de catálogo, que rumia la siesta provinciana del sosiego. Lo que amenaza esta quietud quebradiza es el personaje de Cillian Murphy, nacido hombre, pero vocacionalmente hembra, que prefiere que lo llamen Gatita y que dedica su turbada vida a encontrar a la madre que no conoció. Tiempo habrá en este periplo sentimental de identidades perdidas para que la Irlanda política ( IRA, vecinos encontrados, revueltas callejeras ) también se arrogue su particular universo de tópicos.
Todo está muy acelerado y brilla, por encima del conjunto narrativo, una banda sonora precisa y una composición actoral sobria en la que, aunque sobreactuado, Cillian Murphy, que recordamos en Batman begins o en ese engendro de secuestros en aviones del ya caduco Wes Craven, da empaque a un personaje difícil.
Desayuno en Plutón es un melodrama con ribetes de comedia que no podemos llamar tragicomedia enteramente por cuanto el humor que presenta es oscuro, sórdido, en ocasiones.
Tiene en la música (insisto) un aliado impagable. Del punk rock a Haëndel, del folclor local a la música disco. Hasta Bryan Ferry tiene su papelito, perverso, por más señas.
Pareciera, al modo en que Tarantino modela sus guiones, que Jordan quisiera que los giros de la historia bebieran del soundtrack de la película. De hecho, Patricia "Kitten"Braden, el personaje de Murphy, vive para esas canciones y guían su crecimiento como persona a lo largo del metraje.
Me vino a la memoria El Juego de lágrimas, mejor película que ésta, firmada también por Jordan. Ambas tratan el travestismo. Ambas retratan la violencia terrorista. Aquí todo se ha quedado en un tono menor, amanerado hasta lo dulzón, pero tierno, por momentos.
Liam Neeson como párroco abnegado y valiente y Stephen Rea ( un fijo de Jordan ) como el mago escasamente tradicional bordan, en mi opinión, sus personajes.
En fin, el amable lector tiene en la cartelera una ración abigarrada de conductismo práctico y también, he aquí la magia absoluta del cine, un entretenido rato de cine europeo, lastrado por las huellas del vecino americano, tan ladrón, tan amado, tan nuestro.
No dudo que algún festival con ínfulas de autopromoción rápida le asigne un estrellato que no merece, pero que tampoco criticaríamos en exceso.
Hay tanta morralla y se vende con tanta complacencia que estas dos horas y poco de cine saben, a ver, qué le vamos a hacer, a poco.
Esta noche veré Con faldas y a lo loco. No tiene nada que ver con todo lo escrito, pero echo de menos a Jack Lemmon y a Tony Curtis.


Olvidaba a Marylin Monroe.

9.9.06

CORRUPCIÓN EN MIAMI : Alta definición








Esta ola de revivalismo que nos recorre tiene, en un muy sesgado y personal punto de vista, cuerda para rato. Se trataría de revisar al alza ( la técnica actual al servicio de la nostalgia ) los hitos del siempre glorioso pasado. Como la memoria es golosa y gusta de regresar allá en donde fue feliz, las salas de cine se van a llenar cuando empiecen a caer, trufados de modernismo, episodios ñoños de adolescencia. La maquinaria imparable del merchandising pondrá su ejército de creativos a buscarle tres pies al gato y todo se avendrá, con mansedumbre, al dictado de la caja, que (como todos sabemos) gobierna con mano durísima los entresijos de lo que, en principio, bien pudiéramos llamar Arte.
Bien, la caja de Pandora está abierta. Y ojalá lo que viene ( y mucho de cuanto hubo ) se parezca a esta Corrupción en Miami de Michael Mann, más que competente director que atina en dar a este producto de videoclub ínfulas de película de altura con un uso sobresaliente de la alta definición.
No siendo buen cine, que no lo es, es entretenimiento de muy alto nivel. No se le niega su frivolidad, su decaimiento en la trama estrictamente argumental, pero brilla poderosamente cuando Mann, versado en refriegas policiales desde su Miami Vice televisiva o desde la muy aceptable Heat, ataca la filmación de la violencia.
El plantel de estrellas hace lo que se les dice: ponen el gesto, dan la talla en la compostura, aunque tampoco tienen parlamentos profundos, ni atormentadas almas a las que redimir en noventa minutos de metraje. Me gustó muchísimo Jamie Foxx, que ya ha demostrado que toca todos los palos, y todos los hace con dignidad. Sobra Colin Farrell, que no es un actor con empaque todavía.
¿Y las lanchas? No espere el amable lector de esta página de cine la lancha vertiginosa y molona fatigando las aguas sucias de los cayos de Florida, aunque alguna hay, claro. Tampoco el machacón ritmo de la melodía de Jan Hammer. Hay ( y a tutiplén ) intrigas mafiosas, infiltrados, tiros, crimen organizado, redadas, drogas, prostitutas.... Como un C.S.I., pero sobredotado económicamente.
Luego está el final mayestático, una coreografía absolutamente recomendable de tiros en las calles, que deja al espectador sin aliento: literalmente.
Corrupción en Miami es un producto de marketing, es un guiño descarado a un producto de éxito, es un videoclip largo y costoso, pero no debemos restarle eficacia y sobriedad, amor por el puntillismo, cierta querencia por el trabajo artesano ( esa profundidad de campo con cámaras de alta definición en tomas nocturnas ).
Mimbres muy notables como para ser excesivamente riguroso con lo que, a ciencia cierta, no pretende otra cosa que entretener. Y lo hace sobradamente.
Al fin y al cabo, la serie ochentera era ñoña, abusaba de Armanis y cochazos imponentes sin venir a cuento y Don Johnson era un actor resultón, pero mediocre.... ¿ O valía el hombre ?






6.9.06

ALATRISTE : Sesión acelerada de Historia




Quizá carezca de la perspectiva necesaria para entender las razones que hacen de Alatriste la película más cara de nuestro cine, en el fondo, una de las más decepcionantes.
No le niego su ambición. Tampoco la ampulosidad de su oferta iconográfica. La película entra bien, aunque una vez que la imagen ha depositado su poso en nuestra retina, la historia que cuenta flaquea, se tuerce, escora su narrativa fundamental a derroteros fraudulentos, donde importa más la truculencia de la sangre y el retrato a brochazos de la España cochambrosa de la época que un interés verdadero en demostrar la hondura de unos personajes con nombradía.
Hay un exceso de enanos. Los de Velázquez y los que, en el guión, no vieron que este esfuerzo majestuoso ( 25 millones de euros, dicen ) conduce al espectador a sensaciones muy dispares, pero todas confluyentes en el fiasco. Se tiene la impresión de que uno ha asistido a una pinacoteca en la que los enanos, los espadachines, Quevedo y los validos de España hablan.
Menos mal que Diego Alatriste habla poco porque no se acaba de entender ese susurro como de borrachín con asma que arrastra durante el escaso parlamento que le permiten.
No escatima Díaz Yanes conocimientos históricos y pone el énfasis allá donde hasta ahora el cine histórico únicamente depositaba lugares comúnes, tópicos de folletín. Faltaba que, encima de cara y con guarnicionería actoral de postín, la película la pifiase en el entramado de la Historia, así, con mayúsculas. En fin.... Que los euros que nos cobran los pagamos a gusto porque estamos así educados y nos conmueven las historias de valerosos hombres que defienden a España con sudor y olor a orín en las manos. Que también Coppola pintó, cual Velázquez, su Flandes particular en el Mekong y nadie le ha tirado los trastos a la cabeza.

¿ Apocalypse now versus Alatriste ? Ambas tratan la misma miseria: la injerencia del hombre en los asuntos de otros hombres, que es el simplificado argumento de la Guerra.
Si el amable lector tiene alguna crítica amable a propósito de Alatriste que tener en cuenta, téngala. Acuda al cine. Oiga la vocecita de Viggo Mortenssen.
Y cuando llegue a casa, saque de su colección de películas "Platoon". Oliver Stone, antes de venderse tanto a ideales tan confusos.

4.9.06

LA NOCHE DE LOS GIRASOLES : Thriller rural


Esta es la película que habrían firmado los hermanos Coen, caso de haber nacido por estos lares. O es la película a la que un Camilo José Cela hubiese puesto su firma como guionista, que es decir mucho de esta opera prima de truculencias moderadas y tragedias provincianas de las de toda la vida.
También he visto a David Lynch: como esos personajes de Terciopelo Azul que fatigan las calles en busca de redención y que, al final, encuentra en la desolación de su vida el paraíso que venden los púlpitos y los venderos de bíblias a domicilio.
Cabezudo esboza el ocre de la España profunda, ese color tristísimo que escala los muros y devora sin compasión el verde de los tejados. Es la España que alguna vez hemos visto esbozada en la rancia iconografía de algún pasado no necesariamente remota, remozado aquí, investido de una liturgia opresiva.
Los actores bordan los personajes, que son extremos, y se arraciman alrededor de un tour de force narrativo complejo que, en ocasiones, puede despistar al espectador poco cómplice. Basta consentir que los capítulos en los que se monta el guión pertenecen a un hilo necesariamente alambicado, pero estricto, útil, sin fisuras.
Para ser una obra maestra, la que algunos querrían para echar a volar nuestro alicaído thriller nacional, si es que así queremos llamarlo, le hace falta un tono menos grandilocuente. La magnificencia de los sentimientos que pueblan la película no beben en la dramaturgia de Shakespeare sino en el nutritivo corpus de la tradición folclórica rural.
Si Lynch la viese, la vería suya.
Y eso es un piropo enorme.

Elogio interior del mar

  Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. Recorrerlos sin prisa, bajar luego a la orilla y ver el mar desde...