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27.8.19

Cuentos de Tokio



Ya no sabe uno si seguir amando los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles, no sabe si decantarse definitivamente por el activismo o por ser el chico ostra, encapsulado, conversando con su sistema operativo, a riesgo de amarlo como el pobre Theodor, el protagonista de Her. No se sabe casi nada y lo poco que se cree saber se tambalea a diario. Hacen que zozobre, todos colaboramos tarde o temprano en esa operación de declinación y derribo. Quizá pase todo esto porque estamos saturados. Contra la saturación no podemos hacer mucho, salvo procurarse de vez en cuando una pequeña desconexión, un refugio pensado por el chico ostra, uno a medida, convincente, cálido, rico. Conviene, limpia, sana. Saber que existe ese abuso, el de la información, el de la plenitud en los medios, a lo sumo. Aceptarla, si no tiene uno demasiada gana de dar guerra. Caso de querer darla, está el activismo, pero no me veo en las calles, enarbolando pancartas, vociferando proclamas. Estoy en una edad en que las cosas se ven desde la periferia las más de las veces. No es bueno, aclaro. No me veo, no me sitúo, no logro posicionarme del todo, aunque haya alguna manifestación muy mía, en la que se dicen cosas que comparto. En lo más íntimo, prefiero ser el chico ostra, sin llegar al extremo de ser Theodor, por más que adore mis discos duros y el sistema operativo que los hace trabajar.

Admiro a quienes salen a la calle. Es una admiración sincera. Es posible que el futuro esté en las calles, ya es presente, y entonces yo me lo esté perdiendo. En casa, contemplando la realidad como espectador, se pierde uno la épica. El chico ostra, por variados motivos, no sale, no se involucra. Las ve venir, mala iniciativa. Theodor, por esos y por otros más retorcidos, tampoco sale, tampoco se pringa. Viven los dos en un mundo espiritual, de absoluto goce estético. En ocasiones les envidio. Ojalá pudiésemos vivir fascinados por la cultura. Que nada perturbase ese enamoriscamiento. Que los días fuesen intensos y felices al modo en que lo son ciertas novelas o tramas cinematográficos o que la música nos transportase a un paraíso completo en el que todo adquiere un sentido y el mundo gira armónicamente y la luz en el cielo brilla con un esplendor al que no estamos acostumbrados, un fulgor sin par, una especie de epifanía en la que todo está sublimado y perfecto.

Debemos ser chico ostra de vez en cuando. Incluso Thedor de vez en cuando también. No todo el tiempo, no es bueno ese encapsularse. Volver después a la realidad, entendernos con los primores de lo real, como quería el poeta, pero haber estado antes en el otro lado, haber perdido el tiempo absolutamente, haber convocado el mal y haber visto cómo nos corrompe (no puedo dejar de pensar en Walter White, en mi Walter White de la maravillosa Breaking Bad) o haber dejado que el bien nos tiente, saber lo firme que acude y rechazarlo con fiereza también, como si supiésemos que la bondad absoluta, en su concepto, es un mal en sí misma. El rato en que uno es bueno coincide con el que más expuesto se está al influjo del mal, que con más ardor penetra y hace casa adentro, donde creemos estar a salvo. No se está a salvo. Nunca se está a salvo. Walter White estaba a salvo hasta que le diagnosticaron un cáncer y decidió ponerse a hacer meta en el desierto, en una caravana, en peligro y feliz, y luego a colocarla en el mercado.

Admiro al walter white que todos llevamos dentro. No porque espere que en momentos de flaqueza saquemos el mal puro, si es que alguno está en nuestro interior, por si sirve par algo. Es porque la supervivencia siempre atrae, la llevamos dentro, la idea de que la adversidad nos convierte en héroes, en villanos, en emperadores de nuestra sangre. Lo que no hacemos nunca es seguir haciendo lo que hacíamos, ni siendo lo que éramos. Uno prefiere ser un Walter White (a ser posible que no delinca) antes que insistir en uno mismo, ser un chico ostra en algún momento de la semana, mientras afuera el mundo se entenebrece. El mundo lleno de trumps y de mafias. El mundo se entenebrece a diario. No lo había pensado hasta ahora. El mundo se entenebrece una barbaridad. Los walterwhites del inframundo han venido y están vigilando lo sutil, lo ingrávido y lo gentil. No tienen buenas intenciones. El chico ostra vuelve a su cuarto de vicios. Esta noche me voy a poner una película japonesa en blanco y negro. . El cine hace que salgamos de un mundo y logremos entrar
en otro. Hay billete de vuelta. Cuentos de Tokio.

29.5.19

Un limbo

No sé en qué parte de mi infancia descubrí que la realidad tiene costuras fantásticas. La cuestión de que a veces sea al revés, esto es, que la fantasía tenga costuras reales, llega más tarde. Lo que primero irrumpe es esa revelación. Es a partir de ella de donde se compone el adolescente que luego mudará en adulto. Le damos a veces poca o ninguna impotancia a la fantasía, pero tiene el mismo peso que su anverso tangible y mesurable, la realidad. Creemos en Dios porque una parte de ese milagro sensitivo no se ha ido del todo y continúa irradiando su halo de metáforas y de ingenios imaginativos dentro de la cabeza. No conozco a nadie que desdeñe una buena historia real, fundado con preceptos cartesianos, narrada sin que nada extraordinario suceda. En cambio, conozco a mucha gente que reprueba el concurso de la fantasía. No creen en que existan dragones o haya viajes en el tiempo o los monstruos más implacables acechen en las esquinas y tengan el aspecto de un señor corriente, de esos a los que nunca les prestarías atención si te los cruzaras en la acera o estuvieran a tu vera en la cola de la charcutería, pongo por caso. Ayer soñé que el mundo que dejé por la noche no era el mismo que se me ofreció por la mañana. Eran otras las calles, otros los modelos de coches (muy soviéticos, muy de guerra fría) y hasta mi mujer tenía otros rasgos, aunque su voz era la misma, cosa que me alivió mucho en la narrativa del sueño y pude continuar de asombro en asombro. Lo más llamativo es que nadie parecía percatarse de mi existencia. No me reconocían. A pesar de que les saludaba, no demostraban la cercanía que yo daba por cierta. He despertado con una congoja terrible, apurado y decidido a comprobar que las calles siguen como las dejé (la mía a medio terminar de hacer, llevan cuatro meses las obras, no lo entiendo) y que los rasgos de mujer son los mismos. No tengo mucha más información. No tengo la facultad de quedarme con todo lo que sueño. Traigo retazos, esbozos, mapas sin terminar, aproximaciones de un mundo que no me pertenece. La realidad tampoco es propiedad mía. Funciona como los sueños. Estás en su trajín, pero no tienes nunca la certeza de que seas el que decide qué hacer en él. Tenemos la sospecha de que hay cosas que se nos escapan y también la de que hay cosas que, muy al contrario, dependen enteramente de nuestra voluntad. El territorio más atractivo es el que se sitúa entre ambas circunstancias. Ese limbo.

7.5.18

Política y paisaje

Vuelvo a leer hoy una cosa de Unamuno que siempre me gustó mucho: la de la pena que da que los españoles no estemos a la altura de nuestro paisaje. Creo que no hay mejor declaración de amor a la patria que la ocupada en prevalecer sus paisajes a sus ideologías. Porque el paisaje no cambia, pese a que la mano del hombre lo perturbe y el tiempo también haga su obra lenta y durísima, pero las ideologías son de variada ralea moral y no siempre sirven, ni valen para todos los que alguna vez enarbolan una bandera o una causa. Me hace mucha gracia, gracia que en ocasiones vira a pena, que la política de un país como el nuestro haya quedado únicamente en la vindicación de sus pequeñas patrias, esas provincias que creen estar mancomunadas históricamente por una lengua o por un afán o por un ideal y declaran abierto un conflicto y se arrojan a él combativamente, sin pensar en lo que queda atrás cuando se inicia una batalla. La de las independencias nunca tira de paisajes, sólo exhibe soflamas lingüísticas y tramas parlamentarias. No tiene poesía. Antes, recuerdo yo, corto en edad para ir muy atrás en la historia de estas cosas, pero talludito para otras, salían a la calle los poetas y los cantantes y llenaban las plazas y los auditorios de las facultades universitarias. Ahora son otros los tiempos, más tristes, menos épicos. Hemos arrumbado las metáforas, las hemos apartado con fiereza, y hemos convidado a los eslóganes, que son frases resolutivas, algunas con buena factura, que se quedan en una invitación, sin entrar en más hondura. Todo está mucho más pobre ahora. La gente se tira a la calle para reivindicar lo suyo (la patria, ah la patria) y llena los estadios con pancartas enormes que ocupan graderíos enteros y silba el himno español, pero no mira el paisaje, no tira de paisaje, como quería Unamuno: no estamos a la altura de nuestros ríos, ni de nuestros bosques. Ni siquiera estamos a la altura de algunos antepasados nuestros, que solicitaron lo mismo que los de ahora, pero no hicieron el ridículo, ni dejaron que la gente votase en urnas improvisadas en las plazas, ni sacaron las armas (las sacaron porque las tenían) para quitar de en medio a los que pensaban de otra manera, ni se encapucharon para salir en televisión y airear sin pudor su locura. Son tiempos de penurias intelectuales. No hay gente con la cabeza bien amueblada, muy leída y muy trabajada en el debate y en la confrontación limpia de las ideas. No hay políticos con la suficiente honestidad como para retirarse cuando la derrota es manifiesta. No retirar de su cabeza la idea que los animó al enfrentamiento, lícito, de cualquier manera, sino la retirada de unos planteamientos y la invocación de otros. No he visto a nadie que en la batalla sólo desee usar la misma espada, usando un símil bélico. De gente obcecada y negada al diálogo está el mundo lleno. No sólo en el lado en el que no estamos ni deseamos estar, sino también en el nuestro, el que nos parece legítimo y válido.

Habermas dijo el otro día que ojalá no hubiese filósofos en ninguna cartera ministerial. Ni poetas. Me parece que tendrá más elementos de juicio el filósofo y poeta alemán que este servidor. Seguro que habla con el conocimiento del que yo carezco, pero me sigue pareciendo que hace falta un poco de sensibilidad en los procedimientos de la política, en sus textos, en su discurso. La poesía es el paisaje mismo. Lo dijo Unamuno, a su manera. El paisaje es la interpretación del paisaje. No todos nos mueven igual, no hay dos que se parezcan, todos tienen su historia y alguien la saca a relucir o la cuenta para que todos sepan a qué atenerse. Hasta el paisaje puede politizarse. La lengua se ha convertido en mercancía política. Pronto caerán los árboles, los ríos y las colinas ondulando en el horizonte.

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...