30.12.17

Frenadol blues

Andaba estaba mañana enredado en una página seria en apariencia en la que se contaba amenamente que unos científicos han descubierto que el tiempo puede fluir hacia atrás. Me iba entusiasmando con la idea de que el trasegar de las horas no fuese una línea continuamente lanzada hacia adelante cuando un anuncio de Frenadol rompió ese idilio mío con la ciencia. Como uno no está suelto en el manejo de la cosa cuántica y cuesta entender el mapa subatómico de la realidad, un anuncio a destiempo puede descolocarte del todo. Torpe como a veces soy, no supe apartar esa intrusión, no hubo manera de que el video de Frenadol desapareciera de mi pantalla, así que decidí cerrar la página, vinculada a un diario bien conocido, y clicar de nuevo, sobre todo por ver si la invasión publicitaria no regresaba. Baldío intento, inútil anhelo. Frenadol volvió por sus fueros, ocupó un cuarto de mi pantalla, me disuadió a las bravas del interés grande que me animaba, me impidió acercarme a la ciencia y entender la filosofía del tiempo. Ver Dark tampoco ayuda. Dark, ya saben, una serie alemana estupenda, una especie de Ministerio del Tiempo o de Stranger Things o de X Files, pero sin concesiones a la dulzura, muy cruda a veces, absolutamente desconcertante. En mis pesquisas matinales, tras ir al súper, ver a mi padre y arreglar un poco el cuarto de los libros, donde escribo y escucho a Brahms (el Réquiem inglés, una maravilla, una inyección de paz) he vuelto a la mecánica cuántica, sobre la flecha termodinámica del tiempo y sobre la madre que parió al big bang. De verdad que pongo interés, mucho la mayoría de las veces. Soy un frustrado estudiante de Ciencias que vio la luz en Borges, en Cortázar y en Lovecraft en la edad en que otros despejan incógnitas en ecuaciones muy complejas. Lo de Frenadol me ha dejado k.o. Juro que en adelante vuelvo a la poesía romántica inglesa. En esa epifanía de la realidad no hay temor de que se incruste un anuncio. Al menos de momento, quizá sólo por ahora, no tengo confianza en que todo se impregne de comercio, no habrá nada que podamos salvar de la quema. Ni siquiera la poesía, ni la filosofía, ni la remota esperanza de entender qué coño hacemos en este mundo.

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