El quinto álbum de Mark Knopfler tras el cierre de Dire Straits regresa a la cadencia íntima del folk labrado a golpe de inspiración celta. No hay huellas del rock. Tampoco el pop inteligente de Golden heart. Knopfler persiste en la narrativa tradicional de riesgo escaso, que adorna con su voz arrastrada y el contenido apoyo de una guitarra eléctrica, desafectada de los prodigiosos desarrollos de antaño, pero convencida de la eficacia de las melodías. Si Shangri-La o The Ragpicker's dream, el mejor hasta el momento, contenían piezas de fácil tarareo, Knopfler ofrece aquí un muestrario más puro, desabastecido de guiños a la radio comercial o a adolescentes despistados que oigan, de refilón, el disco en casa, comprdo por papá para no perderla la pista a quien contribuyó tan magistralmente a su educación musical. Tal es mi caso y ahí siempre existe un agradecimiento.
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