Hoy pondré Suzanne y escucharé la letanía evocadora de Leonard Cohen, su susurro familiar, su invitación a vivir por encima de todos los obstáculos. Hoy ha muerto Leonard Cohen, pero escuchando Suzanne no parece que morir sea una circunstancia que impida que continúe cantando. Quizá a estas horas de la mañana sepa ya si Jesús caminó por las aguas. En el fondo le importó poco si lo hizo o no. Lo que le fascinaba era hacer que otros pensaran en si pudo o fue disuadido. Es una forma triste de empezar la mañana, sin embargo. No por contada, por avisada con antelación, su muerte duele menos.
11.11.16
6.11.16
Los deberes escolares son el ruido de fondo
Lo primero que se me ocurre cuando escucho que los deberes escolares deberían ser eliminados es que los que hablan no son maestros o no son padres. Los primeros, salvo quienes ejerzan el oficio a ciegas o no se involucren a conciencia en lo que se le exige, saben que la escuela no se acaba en el edificio que la acoge ni que su horario finaliza cuando toca el timbre o cuando se cierran las puertas y las cancelas del centro. Los segundos, salvo quienes ejerzan la paternidad a ciegas o no se involucren a conciencia en lo que se les exige, saben que la educación no acaba en casa, sino que se extiende en la escuela y, en cierto modo, en la misma sociedad, que es la que en última instancia afina o malogra lo que padres y maestros han ido construyendo a lo largo de muchos años. Los dos, salvo que no pertenezcan a este mundo y lo transiten sin fijarse en lo que les rodea, saben que todo nace o muere en estas edades tempranas en las que se forja la educación, se crean los hábitos de trabajo y se adiestra al ciudadano del futuro a que valore el esfuerzo, respete al prójimo, sea honesto, responsable, solidario, constructivo, sensible y todo cuanto conduzca a que el mundo en el que viva sea mejor que éste y convivamos en armonía en él. En esa tarea, no pequeña ni fácil, andamos los maestros y andan los padres.
Se mandan deberes porque la escuela no acaba a las dos de la tarde o porque hay que afianzar lo que se aprende o porque el trabajo en casa implica una disciplina de trabajo y un tiempo en el que se toma conciencia de todo lo que se ha ido impregnando en el transcurso normal de las clases. Toda esta agitación sobre la pertinencia de los deberes está equivocada de base. No son los deberes los que lastran el tiempo libre de los alumnos, justamente el que reclaman algunos padres. No en mayor medida que todas las actividades extraescolares que se programan desde casa y que ocupan las tardes. Quizá el debate estribe en si asistir a unas clases de karate, ballet o teatro rivalizan con el tiempo que se precisaría para que las tareas se hiciesen en casa. El problema no es el hecho de que existan deberes (pues claro que deben existir) sino la cantidad y la calidad de los que se envíen, con independencia de que se manden para un jueves o para el fin de semana. Quienes desean abolirlos o reducirlos a una expresión mínima, por contentar un poco al afrentado maestro, no pueden usar el argumento de que la familia, asfixiada por ellos, no podrá hacer lo que es legítimo, esto es, salir de paseo los domingos, ir a misa o visitar museos. Hay tiempo para que todas esas nobles ocupaciones tengan su hueco en el horario de la casa sin que se sacrifique la comisión del deber escolar.
El padre no es un maestro ni debería serlo. Tampoco el maestro puede arrobarse la función de padre. Hay cosas que se enseñan en casa y que son de incumbencia paterna, aunque al maestro se le encomiende en cierto modo continuarlas o, en todo caso, no hacer nada que las malogre. También hay cosas que se enseñan en la escuela y que están asignadas al maestro, aunque el padre pueda colaborar en ellas y, en cualquier caso, no desautorizarlas, no hacer pensar al hijo que la casa y la escuela están en abierto enfrentamiento. Es la intersección de esas dos realidades la que hará que ambas funcionen. La supresión de los deberes es tan aberrante como su abuso. El término medio de la virtud se decide cuando el maestro y el padre poseen una información clara de qué precisa el alumno o el hijo. Basta con que se vean y hablen. Seguro que llegan a un acuerdo. Seguro que hay una voluntad o un compromiso. Los deberes no son buenos ni malos por sí mismos. Nada, en cierto modo, es bueno o no lo es sin que intervengan matices, sin que se observe con atención, por apreciar cualquier anomalía, por no dejar pasar un error que estropee la bondad prevista. Hay tareas mecánicas que no sirven para nada (restitución de ejercicios vacíos, repetitivos) y tareas mecánicas que son imprescindibles. Pienso ahora en la lectura, en el tiempo en que los primeros cursos de primaria los padres se sientan con sus hijos y les hacen leer. No es cosa de abolir o de mantener, sino de medir qué se suprime y qué se cumple. Ese compromiso lo decide el maestro y lo acata el padre. Se entiende que es el maestro el que tiene a su disposición toda la información y que, en base a ella, escoge y desecha, aplica con corrección la cantidad de deberes que mandará para casa. Lo que no es posible que gobierne, ni debería gobernar nunca, es el uso del tiempo del que dispone su alumno en casa, con sus padres. Si los padres le tienen cuatro horas de frenética actividad extraescolar, consagrada a que baile, aprenda inglés en academias con nativos o juegue al baloncesto en un club, la cosa cambia drásticamente. Porque el tiempo es el mismo y no se puede estirar más de lo que ya estira. Entonces es cuando se vulneran los derechos del niño, cuando se fractura el insobornable principio de que la infancia no debe cargarse con responsabilidades propias de los adultos.
Antes que debatir la vigencia de los deberes, deberíamos pensar en si la enseñanza está bien considerada en la Administración que la gobierna. Si se la prestigia desde dentro o se van sucediendo carteras, despachos y órdenes sin que haya una voluntad firme de coherencia y no de deriva, de peregrinaje de un modelo a otro, sin decisión firme de cuál es el más idóneo, si alguno es coherente y propicia un verdadero cambio en los resultados, en la confianza que la escuela da a la sociedad y en la profesionalidad que los políticos de turno aplican a su oficio. En el nuestro, en el día a día de tiza en mano y paseos entre las mesas, tengo una idea muy clara de lo sacrificados y eficientes que somos. Si no nos jaleamos nosotros mismos, no debemos esperar a que otros, sin saber o sabiendo mal, lo hagan. En todos los países en donde brillan los resultados escolares hay una buena financiación detrás. El gasto educativo en España está en consonancia con los resultados educativos que exhibe. Los países de evaluación modélica (Finlandia a la cabeza, aunque luego sea el país con el mayor índice de suicidios, en fin, no se puede tener todo) no tendrá este tipo de controversia, no se tendrá al maestro en una estima social tan baja como aquí se estila, no será la educación una de las preocupaciones menores de sus habitantes. Allí ya están en un modelo escolar en el que no hay exámenes, ni horarios rígidos, pero eso es ciencia-ficción aquí. En España, a poco que uno se fija, advierte que sólo se trae lo educativo al escaparate cuando interesa que ocupe titulares o cuando se exhibe la desgracia de que un alumno ha sido agredido en las aulas o en el patio. Interesa el acoso, interesa que se sepa bien lo largas que son nuestras vacaciones. Todo lo demás es secundario. La escuela no está todavía involucrada en la sociedad, no se la mira con el respeto con el que se debe. Ahí empieza el roto que luego deshace todas las costuras y deshilacha completamente el traje de la Educación, por demás viejo, gastado y muy poco renovado.
Ahora andan pidiendo un Pacto, no otra ley que derogue la antigua insatisfactoria, algo inédito en los últimos cuarenta años. "Preparamos a nuestros estudiantes para trabajos que aún no existen, en los que tendrán que usar tecnologías que no han sido inventadas para resolver problemas en los que no hemos pensado todavía". Lo dejó escrito Richard Riley, un secretario de Educación estadounidense. Sí, todo eso es cierto, pero no llegaremos a preparar para el incierto futuro si no pensamos con tranquilidad en el balbuceante presente. Y el centro de toda esta vocación de futuro es el maestro de ahora, el que ahora parece un fanático de los deberes, como si ésa fuese la única traba que impide que la escuela avance. Ojalá este gobierno recién formado, esta legislatura de pactos, concite la voluntad mayoritaria y no sólo prosperen las ideas de unos, sino que se concilien las de los todos y salga una verdadera senda por la que transitar, como han hecho otros países, y no tengamos que aficionarnos a usar el verbo derogar, tan triste a veces, y a ver pasar modelos educativos como el que, sentado en un parque, ve pasar perros desamparados, sin dueño ni sitio al que ir.
En lo visto hasta ahora, en lo que se advierte en la escuela del día a día, parece que la preocupación más urgente es la de transcribir todo lo que acaece en el aula, la de registrar las toses y los ruidos, las risas y los bostezos. El fracaso escolar, que no dudo que exista, no se palia con el nuevo modelo curricular que pretenden que adquiramos. Pesan más las anotaciones que propicia la explicación que la explicación misma. Ah, perdonen, no son explicaciones lo que ahora hacemos. Son otra cosa, no sé cómo llamarla. Lo único que a veces parecen que hacen los teóricos de despacho es innovar en lo semántico, en los pilotajes, en las competencias, en lo que antes fue y ahora no hay ni que mentarlo. No se nos pregunta a los maestros, no estamos en las reuniones en donde dirimen qué vamos a hacer y qué no, no se nos confía la sustancia de fondo, ni se nos interroga sobre los males que apreciamos, las soluciones que nuestra modestia inventa. Y mientras tanto el ruido es la tarea, no calidad de la tarea, ni siquiera la necesidad de mandarla, los porqués. No es cosa de inventar libros blancos o de reunir a los maestros en reuniones donde quienes las convocan se enredan en la espesura del lenguaje que manejan y no bajan a la arena, no miran de frente la realidad que pretenden modificar. Al paso que vamos, repetiremos este argumento (el de los deberes, el de la financiación escolar, el del prestigio de los maestros, el de la cobertura de las bajas, el de la consigna masiva de datos en registros inútiles) de aquí a un par de años. Porque no sería de extrañar que viniesen otros magos y sacaran de la chisteras conejos que no conocemos, justo ahora que estamos empezando a domesticar a estos.
Lo desacertado de que cunda en casa la idea del desacato sí que me parece grave. Lo digo por lo resuelto por los padres de la CEAPA que reclaman la posibilidad de que un menor de edad haga huelga. Si en esa temprana edad anida en la mente del alumno que puede rebelarse contra la opinión o la decisión de su maestro, no sabremos qué modo de manifestar su descontento adoptará de mayor. Es el camino equivocado. Es una célula pequeñita que se convertirá en un alien y colonizará la escuela y, por añadidura, la sociedad, resquebrajando su convivencia. Si en casa se menosprecia la escuela, si se habla mal de ella o se discute su proceder o se pone en entredicho lo que allí se decide, estamos perdidos. Lo que ha puesto sobre la mesa el debate sobre los deberes es a la educación misma, la ha hecho pensar, se ha producido eso tan importante (y tan educativo, permítanme) de dialogar y de entender que a veces no lleva uno razón o que la lleva en parte y aceptar la razón contraria y dormir después con la conciencia tranquila y en paz con uno mismo. No sé cómo dormirán los padres y los maestros finlandeses. Imagino que con edredones de IKEA.
3.11.16
Kandinsky en mi escuela
En mi colegio los alumnos de cuatro años saben quién es Vasili Kandisnky, el precursor de la abstracción en pintura. A este paso, conforme avancen los años y progresen en sensibilidad y en conocimientos, en actitudes y en competencias varias, acabarán comprendiendo todas las corrientes pictóricas o, en todo caso, apreciarán cuánta belleza dentro de ellas les aguarda. Sabrán el porqué de los trazos, los motivos, la elocuencia o la desnudez del color, la intensidad o la liviandad de las líneas. Kandinsky, en Infantil, es el punto de partida. Yo pido un aplauso a las maestras que están detrás. Los maestros, de vez en cuando, tenemos que jalearnos de esta manera, darnos ánimo, poner un poco de respeto y de prestigio al oficio. Kandinsky en los cursos novicios. Luego Manet o Sorolla o Warhol. Afuera, a poco que nos descuidemos, nos arrebatan a manotazos el prestigio. Sólo hay que poner la televisión o leer la prensa o escuchar algunos comentarios, casi nunca bien intencionados, con los que se nos zahiere y ofende. Y por hoy ya está bien la cosa. Viva Kandinsky y las maestras de Infantil de mi estupendo colegio. Yo lo descubrí muchísimo más tarde.
1.11.16
Todo es de color
No dudo que estemos en los límites absolutos de la abstracción, ni que algunos, al ver Untitled (Yellow and blue), el cuadro que cuelgan los dos operarios, o Orange, red and yellow, la segunda fotografía, la de la señora pasando inadvertidamente frente a la obra, piensen en Rothko como un genio absoluto de la pintura del siglo XX. Al final va a ser verdad que lo etéreo emana o que el nihilismo transpira como un atleta de maratón en el tramo final o que el drama humano se exhibe con absoluta y descarnada fiereza. Soy capaz de prestar toda la atención de la que dispongo y escuchar lo que me cuenten sobre este cuadro famoso. No se me ocurre que mi ignorancia interrumpa a quien me esté ilustrando con alguna ocurrencia jocosa, del tipo mi hijo era capaz de hacer eso en cuarto de primaria. De llevar yo razón, no se habría vendido en una subasta en Sotheby's por 46,5 millones de dólares. De verdad que no soy enemigo de lo abstracto; de hecho, en ocasiones, me he sentido tentado de volver a estudiar Filosofía, como antaño, cuando más joven, pero me ha disuadido la realidad, que va siempre muy rápida y no da tregua a nadie, ni siquiera a un voluntarioso aprendiz como un servidor. Tal vez no tenga la sensibilidad que el ingenio de Rothko exige a su público. Porque será público, imagino. O igual, en este rango de hondura pictórica, es otro el nombre con el que se les llama.
En mi entendederas, cortas a más no poder, alcanzo a razonar que lo trascendente de esta obra no es lo pintado en sí, sino la idea de que nadie había hecho nada parecido. En el arte a veces no triunfa la belleza sino la historiografía de la belleza, una especie de acuerdo consensuado entre los críticos que hace que se privilegie el discurso que precede a la observación del cuadro más que el cuadro por sí mismo. Leo con infinito asombro que la obra de Rothko es compleja. Me informo de que era un ruso judío que anhelaba sentir la vibración del espíritu en lo que pintaba. Lector de Nietzsche, fascinado por la música sinfónica rusa del siglo XX, Rothko debió ser un tipo inteligente. Lo es sin duda el que hace que los demás inteligentes ocupen su tiempo en hablar de él y hacerlo con absoluta devoción. No hay ningún texto (de los que he ojeado) en el que el articulista decline la posibilidad de ensalzar al pintor o de rebajar la monumentalidad de su obra. Será cosa de leer más (pero no lo haré) o de ver los cuadros a un par de metros, en un museo, en donde verse los cuadros. Quizá ahí adquieran todo su incuestionable esplendor. Lampo por encontrar alguien que zanje mis contradicciones. Seguro que hay un amable lector que entiende el arte más que yo. Acabo. Rothko se suicidó en 1970. Sus obras, conforme se acercaba ese desenlace funesto, abandonaban los colores vivos y abrazaban sin disimulo los grises, los marrones, incluso negros empalidecidos. Como siga escribiendo, voy a terminar por comprenderlo todo de manera íntegra y limpia. Me van viniendo las palabras. Se me ocurren ideas que antes no vislumbraba siquiera. Creo que estoy viendo la luz. Veo la angustia, veo el conflicto, veo con imprevista claridad la armonía del cosmos y estoy dispuesto a defender mi súbita epifanía con cualquiera que la rebata.
31.10.16
Hoy me he levantado Leonard Cohen
A veces hay que hablar con los mayores. Por pedirles que nos guíen, sí, pero también para escuchar dónde flaquearon, en qué no fueron buenos, ni quizá desearon serlo. Por curiosidad. Por el puro placer de hacer nuestro lo que no nos pertenece o lo que no vivimos. Por saber con qué aplomo afrontan el final del trayecto o por dejarnos entusiasmar por la constancia con la que llegaron a ese punto final. Siempre pensé que Leonard Cohen era un señor mayor. Me lo parecía en las portadas de sus discos cuando los descubrí en la adolescencia. Luego está la voz adulta, la hondura a la que nos dejábamos caer. Ahora lo veo como si fuésemos un poco iguales. Hemos estado en hoteles, hemos escrito poemas, hemos ganado y hemos perdido, hemos buscado a Jesús en el mar y no lo hemos visto. Soy una especie de Leonard Cohen sin la pose de gentleman de anuncio. Hoy me he levantado escuchando su último disco, I want it darker, y no se me ocurre nada más que agradecimiento. No hay forma de que pueda expresárselo. No la hay de ninguna manera, no existe el conducto que una el leonard cohen improvisado de aquí (impostado, usado para la gestión del texto) y el leonard cohen verdadero, el que dice que se está muriendo y que ese disco es el último. Las cosas póstumas no deberían existir. Lo que sabemos que se realiza por última vez. Las últimas veces son las más tristes, pero igual alguien nos ilustra, nos pone en la senda del conocimiento y nos hace ver qué belleza hay en la vejez, qué dulzura, qué formidable valor lo recordado, lo transmitido, toda esa experiencia acunada a conciencia, convertido en himno o en bandera o en asunto de taberna cuando la tarde flaquea y la lengua se despeña en intimidades.
27.10.16
26.10.16
18.10.16
El amor empieza en la persona primera del verbo
Estoy alertado contra la pereza, se me ha informado de lo que alcanza, mi voluntad está avisada de que posee malas artes y de que caer en alguna no es infrecuente ni, en la mayor parte de los casos, desagradable, pero por mucho empeño que pongan en contarme el mal que me causará no pongo obstáculo alguno para que me abrace. En cierto sentido, facilito el acceso, dejo abiertas la cancela, abro las ventanas, dejo que mi cabeza no se oponga y le pido al cuerpo que se deje hacer como tantas veces, que no se ponga tenso ni exhiba en ningún momento un gesto reacio, un indicio de que está siendo invadido. De la pereza, de lo que me incumbe de ella, amo su absoluta intimidad, amo que no me obligue a nada, amo que me mime sin tocarme. De cuanto la pereza ofrece es su comprensión lo que más admiro. Está ahí siempre, espera siempre, conoce el placer que concede y la rutina formidable del regreso. La pereza comprende que a veces la desechemos, no aceptemos su confort indolente, no queramos tumbarnos a su raso, contemplando el manso sol que regala. No sé quién fue el que antepuso tener hambre y sed al hecho de beber y de comer, de modo que únicamente así la bebida y la comida serían de verdad apreciadas. La pereza se ama cuando uno ha merecido tenerla, en todo caso. Si la religión es cosa de domingos, la pereza es de veranos, pero no desoye al frío, ni lo desecha. Se tiende a la pereza sin instrucciones. Entramos en su residencia como quien entra en casa y sabe dónde está el libro que dejamos a medio leer o las zapatillas de paño a las que dejamos para calzarse de calle y afrontar el día. Hay días en que uno desea con fiereza que un poco de esa mansedumbre nos invada. No se busca, no hay maneras de que ese acceso de lentitud nos alcance a posta. Es como el amor o como la fe: llega sin que sea invitado, acude aunque no sepamos de la visita. De la pereza amo precisamente eso: su naturaleza ajena, su voluntad de no contar con la mía, toda esa bendita lujuria que consiste en no tener nada que hacer o nada que los demás esperen que hagamos. Vivimos muy pendientes de los otros. De cuando en cuando hay que sentirse hospitalarios con nosotros mismos. El amor empieza en la persona primera del verbo.
17.10.16
Los escritores son lectores agradecidos
Los escritores son lectores agradecidos. Cuanto más se lee, es más hondo ese agradecimiento. En un extremo, el argumento invalida al mismo escritor, lo recluye en la lectura. El hecho de escribir es apartarse del vicio mayor y afanar la voluntad en la comisión de uno de rango menor. He aquí la paradoja: todo escritor, por serlo, renuncia a ser el lector que quisiera. Un avance más: el lector que de verdad se cree el oficio que ha elegido no se convertirá jamás en escritor. En lo personal, el tiempo que empleo en escribir es el que no le dedico a leer lo que los demás escriben. En ocasiones, he dejado un libro porque no he podido sustraerme del deseo voraz de escribir. Si tuviera que elegir entre seguir escribiendo o seguir leyendo (puestos a que tuviera que escoger, pensando en que se me obligara a esa disyuntiva terrible) elegiría la lectura. No sé vivir sin leer. Prefiero las ocurrencias de los otros a las muy privadas y modestas mías. En todo caso, todo es baladí. No se produce nunca una diatriba íntima tan drástica. Tras una novela, sin discontinuidad, abro otra. Vengo de La vida sexual de las gemelas siamesas (Irvine Welsh) y anoche comencé (de nuevo, años después) Mil cretinos (Quim Monzó) Hubo un tiempo en que me propuse anotar qué leía, consignar en una libreta los libros que iban cayendo. De hecho inicié ese labor muy agradable de hacer constancia de lo consumido. No sé cuándo dejé de anotar. Imagino que no le vi interés. Ahora no tiene sentido. Estaría bien si fuese el de esta noche el primero de todos los libros. No lo es, nunca lo será de nuevo. Qué maravillosas son todas esas primeras veces. Nunca vuelven, jamás aparecen. Ni uno es el mismo. Lo dijo Heráclito, lo registró Borges más tarde, lo cuento yo ahora como quien entona una especie de plegaria. Agradecida también. Es bueno no perder la costumbre de dar las gracias por las que cosas que nos hacen felices. Creo que es mucha escritura por hoy. El día ha sido intenso, mucho, bien pensado. Los cuentos de Monzó son cortos. Entran bien. Duran dentro, pero entran muy bien, sin estridencias. Welsh no me parece un escritor altamente recomendable. Se traba en un lenguaje quizá un poco hosco. Tiene su momento esa liberación de las formas, pero en estos días prefiero que se me hable con menos fiereza.
16.10.16
Prensa
A mi hermano del alma, Antonio Sánchez , que compra el Córdoba y lo lee a entera satisfacción, sin que nada se le escape, sin que algo no le afecte.
Un periódico recién comprado es un cuerpo enfermo al que se le practican unos primeros auxilios inservibles. Tomamos contacto con las heridas, las miramos con atención, nos preguntamos cómo es posible que las cosas hayan llegado a ese lamentable estado y si existe alguna posibilidad fiable de reanimación, pero el cuerpo no manifiesta mejoría, las heridas se multiplican conforme hurgamos dentro. Nada nos conforta, no hay alivio. Va uno de lo previsible o a lo que no se espera y se detiene con empeño en unos fragmentos más que en otros. Hoy no salí a comprar la prensa. Me gusta hacer eso los sábados y los domingos. No hay placer mayor que el de vestirse en domingo (pongo por caso que sea el domingo) y andar dos o tres calles hasta que ves el kiosko. Lo que disuade de ese rito fantástico es precisamente el objeto idílico que lo promueve. Se lee con temor, como si fuese inevitable caer en la cuenta de que estamos perdidos o de que la maldad triunfa. Creemos, conforme nos vamos enterando de cómo va el mundo, que no habrá nadie que le ponga la brida al caballo que dejaron desbocarse. No se advierte que las cosas vayan a mejor, no hay evidencias tangibles de que nos pongamos de acuerdo. Puestos a pensar en eso, casi no recuerda uno cuándo sucedió eso de que nos pusiéramos de acuerdo en algo. Y si en algo encontramos un consenso, duró poco o hicieron que durara poco. Siempre hay quien gana con las malas noticias. Tiene que haber un gremio de ganadores en la oscuridad. Porque imagino que estarán a oscuras. Me pregunto con qué cara se mostrarán a la luz a sabiendas de que los hemos descubierto, pero una cosa es que uno sepa de qué va la cosa (no crean, no se acaba nunca de saber certeramente) y otra bien contraria que decidamos perder la ingenuidad, esa inocencia bendita con la que te pones la ropa de los domingos (un chandal muchas veces, unas zapatilla de las que la gente usa para correr) y paseas tres o cuatro calles hasta que ves el kiosko o la estación de gasolina o el local que subsiste con las revistas, el tabaco y los cuatro periódicos que todavía se venden. Hoy no he salido (ya digo) a comprar mi prensa dominical. Y ahora la echo en falta. No me vale que todo esté tan a mano y baste pulsar un par de botones para que la tableta te ilustre de lo que está pasando en el mundo. Es el papel, la sensación de que es a ti a quien le están contando las cosas. Lo otro, la parte digital, esa restitución estupenda, pero fría, no posee intimidad alguna. En este hilo del relato, pienso en los libros, en que la frialdad es la misma cuando coges un ebook y empiezas (hoy lo he hecho yo) una nueva novela. Será que eso de la ingenuidad o de la inocencia o del romanticismo. Todo juntamente.
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