29.9.12

Todo lo que no he leído todavía

 


Existe la creencia de que los libros que aborrecemos en la adolescencia son libros que amamos en la edad adulta. No ha sido así en mi caso. Lamento que La tía Tula, Ana Karerina o La regenta no engrandezcan con su noble literatura mi estatura como lector. Deshice mis reticencias y probé a descubrir el placer que manuales y profesores me vendían como si fuese oro. Sí que disfruté leyendo Moby Dick, la novela monumental de Herman Melville. Nadie me la recomendó. Llegué a ella gracias a Gregory Peck y a la película de John Huston. Fue una de esas noches épicas de la 2 en la que uno podía vencer al tiempo con sus mismas armas y salir de la batalla ennoblecido, jubilosamente triunfal y hasta mejor persona. Nadie me vendió Moby Dick, aunque recuerde todavía el instante preciso de la compra en una librería de Córdoba que ahora (signo de los tiempos) está ocupada por una enorme tienda de zapatos.
Bastó John Huston para enviarme al libro y quedé varado en la zozobra del agua encrespada por las acometidas furiosas de la gran ballena blanca que perturbó ya para siempre el alma del capitán Ahab. No siempre fue el bendito cine el que me transportó a los libros en esa edad delicada en la que uno no conoce todavía los placeres de las letras ni se esfuerza en allanar ese obstáculo. Me encantaría recordar cómo fue la primera vez que reconocí la voz de Jim Hawkins y de Long John Silver, esa primera y asombrosa ocasión en la que Robinson Crusoe medita sobre la fugacidad de la vida y sobre el abandono de todas las militancias y servidumbres que esa vida exige o cómo el Capitán Nemo negaba al hombre y se negaba a sí mismo con su Nautilus por las procelosas soledades del mar. La lista es inabarcable: Peter Pan, Dick Turpin, Willy Fogg, Ricardo Corazón de León, Hércules Poirot, Frodo, Sherlock Holmes. Temo, en cierto modo, volver a abrir La vuelta al mundo en 80 días o, mejor, dentro del maestro Verne, Viaje al centro de la Tierra (mi favorito entre los favoritos). Cada libro es otro libro cada vez que lo leemos. Cada lector es otro lector en cada lectura. Nadie vuelve dos veces a las aguas del mismo río. Ni el río ni uno mismo somos los mismos.
Lo sabía Heráclito. Y Borges, claro. No me imagino mi yo lector sin el concurso de Borges y La casa de Asterión o el poema del ajedrez o Las ruinas circulares, y agradezco que el azar o la desgracia hubiesen puesto sobre mi mesita de noche alguno de esos monumentos de la palabra como parte indisoluble de alguna nota en alguna asignatura. Algo falla en el sistema educativo y en el fomento de la lectura en el alumno. En mí el edificio de la motivación se vino abajo con estrépito y me dejó afectado hasta que el rumor de algunos nombres ya dichos (Stevenson, Lovecraft, Poe, Cortázar, Melville, Verne, Nabokov, García Márquez, Faulkner) me empujó a un laberinto en el que todavía, pasmado, asombrado, sobrecogido, iluminado, deambulo.
Quiero proteger el recuerdo de Jasón y los argonautas, que me hizo amar el cine. Temo perder la fascinación del primer western, pero ya he perdido irremisiblemente las caras, la aventura, la épica de aquella novicia película de indios y de vaqueros que amenizó (y cómo) tardes gigantescas de mesa camilla y brasero en casa de mis padres. Tenía tal vez diez años. Algo más tal vez. El blanco y negro puro de una televisión Telefunken (me acuerdo de su chasis, de sus botones grandes y robustos) me regaló un ciclo de Buñuel mejicano en la 2, un repaso al melodrama de Douglas Sirk y Mis Terrores Favoritos, una serie antológica, magistral del ínclito Narciso Ibáñez Serrador. Es cosa de ir a hemeroteca (google puro) y ver cuándo fueron programadas esas sesiones de alegría en forma de cine.
La memoria tutela esos recuerdos y los aleja del ingrato vértigo de los años. Mi infancia fue una suerte de viaje fantástico que me liberó del aburrimiento. Como carezco de hermanos, mi ocio requería de estas precisas compensaciones. Recuerdo fines de semana batallando con los tigres de Mompracén o contemplando las excursiones a tierras infieles del Capitán Trueno o de mi adorado Jabato. Esa labor callada de la fantasía quizá modeló al inquieto lector de ahora. Por eso no es recomendable, aunque sí posible, lamentablemente posible, vender la isla del tesoro a quien no necesita comprarla. Ya la buscará. Lo único ciertamente triste es que la encuentre tarde y no sepa cómo latía el corazón de Jim cuando se escondía en el tonel de manzanas.
Hay gente que no ha pisado esa senda en su vida. Ninguna buena historia les atrapó cuando tenían diez años y el mundo era todavía una isla con un tesoro dentro. El lado contrario a la imaginación es la ciencia, esa búsqueda metódica de la verdad y de los mecanismos que sustancian el modo en que la verdad o la certeza ordena el universo y gestiona el natural periplo de sus criaturas.La ciencia no indaga para engrosar el capítulo de preguntas que nos hacemos de continuo: indaga para formular respuestas a unas pocas. La fantasía fatiga ese mismo camino, pero desoye la razón y la cordura y prefiere la incertidumbre, el asombro puro.
Lo que está muy visto no asombra. El cuento mágico da una dimensión laica del mundo. Blasfema. El cuento de naturaleza mágica informa de la tragedia de la vida con artimañas hermosas. Sabemos que la princesa muere o descubrimos la traición del héroe, pero ninguna de esos avatares escandalosos para nuestra mente inocente nos traumatiza. Advertimos dentro de la trama las razones de la barbarie y terminamos creyendo en ella y admitiendo su concurso en el devenir de la historia. No ocurre así con la vida, a la que no perdonamos que tenga caducidad y que aleje de nosotros a quienes queremos.
La literatura o el cine o la música, disciplinas de la misma categoría (¿La belleza, tal vez ?), contribuyen a normalizar nuestra orfandad espiritual. Quienes encuentran respuestas lo que de verdad van buscando son enigmas. La belleza es un añadido no necesariamente relevante. El creador es un demiurgo, un dios pequeñito y caprichoso, rudimentario y juguetón. La religión no deja de ser literatura. La religión es otro formulario fantástico de asideros espirituales para sobrellevar el absurdo de la muerte. A ese absurdo la religión le coloca la chapita de la salvación y nos hace firmar un contrato tácito con la esperanza, con la fe y con toda la maquinaria fabulosa de la palabrería celestial, que acaba negando los horrores de la vida y levantando un mullido edificio de mentiras o, al menos, de verdades insostenibles. Las religiones reclutan su ejército fiel de novelistas, que vienen a ser los prosistas del credo. Estos apóstoles no hacen otra cosa distinta a la que hizo Julio Verne o Robert Louis Stevenson o William Shakespeare: forjar héroes, inventar mundos, contar gestas, izar la divisa de la palabra como único instrumento de la verdad. Quien domestica el verbo, gobierna el mundo. Eso lo sabían todos los profetas y apresuraron su paso por los caminos para que todos escucharan la Voz y a ella entregasen su alma. Siendo muy reduccionista, acudiendo a un pensamiento muy primario, se me ocurre que a lo mejor debiéramos crear en los alumnos la necesidad del mito, esa vocación insobornable por querer saber más y conocer más historias al modo del peligroso sultán de Las mil y una noches y su imaginativa Sherezade. Y puede ser que si cubrimos esa necesidad el mundo sea mejor, gire mejor y termine siendo un lugar más agradable y la vida en sus dominios una actividad menos fanática, pero esto lo digo a pie de teclado, consciente de que soy, en el fondo, crédulo, bobo y un punto nostálgico y que me queda todo por leer todavía.

26.9.12

Pequeño poema de amor



Qué importa ahora
Entregarnos tan lúcida y meticulosamente
al delincuente júbilo de estos desatinos
Si la edad nunca está de nuestra parte
Y el tiempo, esa puta provecta, niega
El festín más carnoso de los días.

Qué importa
El pecho acribillado a horas,
La palabra
Postiza en el disparo,
Los viejos sentimientos
Que nos dispensan del frío.

19.9.12

Tempest / Bob Dylan



Dylan, en asamblea consigo mismo, consciente de la levedad del tiempo, bendecido por todos los dioses del delta, ha mirado a su corazón y ha encontrado nuevamente el pulso del universo. Es muy dificíl ese hallazgo cuando has estado cincuenta años en el centro exacto de la vida, de la propia y de la ajena, o cuando has creado treinta y cinco discos. El de ahora, éste que ha facturado el abuelo Zimmermann es el  menos crepuscular de los suyos. A la vejez, Dylan está viejo de voz y de pose, lo sencillo es tirar de crepúsculo, pero Dylan es un tahúr de los buenos, uno de esos iluminados que poseen absoluta confianza en la bondad de lo que ofrecen. Da igual que sea un bodrio (Dylan ha escrito unos pocos) o una de esas obras maestras de los años mozos (Blonde on Blonde, en ese plan) o de los tiempos modernos (desde Time ouf of mind hasta hoy, exceptuando el capricho navideño). Y Tempest, a pesar de nacer con vocación bíblica, en palabras del propio autor, es un disco de una vitalidad animal, un crisol de géneros al servicio de un poeta en plena posesión de su genio. En lugar de faltar al respeto a sus seguidores, al modo en que otras leyendas del rock lo hacen, repitiendo clichés, grabando la misma genial toma de siempre, Dylan tira de memoria y saca el grumo del folk y lo amasa con el grumo del blues. Viendo que la argamasa no le agrada como espera, añade un punto sucio de rock o un aliño de country higiénico y clásico. Amo Narrow way, una de esas piezas hipnótica, de blues majestuoso, enérgico, montado sobre una idea sencilla que los músicos de Dylan (obreros agradecidos de que el maestro tenga a bien hacerles mercenarios de su obra) explotan para que él demuestre que no hace falta cantar bien para hacerte llorar de emoción. Amo Duquesne whistle, una invitación a la alegría a través de la belleza de una melodía. Hay que ser un genio (uno de los más grandes) para servir el veneno con la dulzura con la que él lo hace. Y en Tempest, que es oscuro y es festivo al tiempo, sucede justamente eso: que Dios y el Diablo se dan la mano y pasean por las ruinas de la criatura que inventaron. Amo (ya acabo) la larguísima canción que da título al álbum: un alarde de texturas del folk que vino de Irlanda con el barco hundido (el Titanic) del que la pieza habla. Luego está Muddy Waters, como un fantasma, en dos temas al menos. Early roman kings, una de ésas, es la quintaesencia del blues. En el siglo XXI. Yo no sé si Tempest es un disco bíblico, bíblico en el sentido en que Dylan quería que lo fuese, despachado como una obra compacta, que contara una redención o una culpa y anduviesen los ángeles y los demonios de por medio. Es, de eso no me cabe duda, la oración, la plegaria, el mantra.

17.9.12

Arriba



De estos me creo casi cualquier cosa que me cuenten. Dos que se saludan a dos palmos qué cosas no harán a ras de tierra. De lo que hicieron en el cine se alimentó mi primera juventud mitológica, la que veía películas en la bendita segunda cadena de la ahora un poco más triste Televisión Española. Es cierto que luego viré en mis apetencias cinéfilas y cambié el claqué y la alegre música de Gershwin o de Porter por el blanco y negro tristísimo de las historias de Bergman. No hay comparación, ahora que lo pienso. Ganan Kelly y Astaire al gris genio nórdico. Lo miran al centro exacto de la cordura y de la alegría de vivir, allá donde esté eso, y le hacen unos pases aquí y allá, perdiéndose en las sombras, regresando como alegres fantasmas con el ritmo atado al corazón. Será que con los años uno se hace sencillo de corazón y ya no gusta en dejarse embaucar en las otrora lúdicas tramas de la metafísica. Me muero por dar un brinco, pero ya no estoy para piruetas. Ciertamente, cosa de la prudencia y no haber estado jamás en forma, prefiero ver las acrobacias ajenas. Las que jalea la alegría. Mañana, bajado de la nube de la foto, igual me dan ganas de tirar de estantería y me busco unas fresas salvajes y las dejo que me abatan un poco. Una fiesta también las fresas, por supuesto. Todo depende del momento. El de ahora es ingrávido y sincopado. Un día de estos, sin pensarlo mucho, se lo cuento a mi amigo Antonio y nos encontramos a dos palmos del suelo.

13.9.12

Verdi banalizado



Asombra el hecho de que en la época en la que hemos alcanzado una mayor cota de bienestar tecnológico, cuando el ocio se restituye en alta definición y llevamos en el bolsillo teléfonos inteligentes y cientos de libros caben en  increíbles pantallas digitales de cómodo transporte, hemos inventado formatos que reducen la calidad del sonido, rebajando la excelencia con que se registró la música, llevando  la experiencia audiófila al lugar en donde quizá jamás estuvo. Seguro que los contemporáneos de Verdi escucharon La Traviata mejor que los que la reproducen hoy en día en mediocres aparatos o la descargan (mal ripeada, la mayoría de las veces) de una de las miles de páginas habilitadas a ese efecto. Consta en quienes aman el mundo de la alta fidelidad que el mercado de ese vicio (lo es de un modo absoluto) no ofrece la variedad de antaño. Ah el antaño, el antañazo (que diría Umbral): uno se contenta viendo las maravillas de las grandes marcas en la Red o en revistas del ramo (What hifi, Alta Fidelidad, On/off) pero cuánto cuesta verlas en una tienda, comprobar cómo suenan, alimentar (en fin) el amor a las etapas de potencia, a los amplificadores integrados, a los altavoces de alta gama. Y en ningún caso estoy hablando del desembolso que estas piezas exigen para hacernos con ellas. Lo que el buen aficionado echa en falta en estos tiempos es cierta normalidad en el mercado. Un profesional de una cadena bien conocida me confesó hace muy poco su temor a que el cliente futuro se atrofie del todo y se conforme con coloraciones opacas y timbres oscuros. Clientes que se gastan lo que haga falta en una pantalla de última generación (3D, wifi, dlna) pero que no concibe aflojar el bolsillo en un equipo de hifi decente y se conforma con alguna cadena sencilla, de marca industrial, que incluya un pequeño puerto usb que la alimente con lo que buenamente ha pillado con el rapidshare. Ya digo: una oferta majestuosa, pero hueca. Hemos banalizado a Verdi. La Traviata es un anuncio de Coca-Cola.




27.8.12

La noche y la ciudad

Soy urbano de un modo absolutamente obsceno. Rehúso con torpe amabilidad si me invitan a dar un paseo por el campo, distingo el placer fiable de las ciudades en las que viví del placer antojadizo y hostil de la montaña o de la campiña que circunstancialmente me rodea, acepto (en fin) un paseo entre buganvillas o la contemplación gozosa (lo es) de unos riscos en los que se advierte con más entereza la mano de la belleza, pero amo la ciudad. La amo de un modo absolutamente desinteresado. Mi entrega no pide un peaje al objeto amado. Ando las calles de las ciudades con la secreta certidumbre de que estoy asistiendo a una especie de película proyectada solo para mí. Importa escasamente que sean calles repetidas y que los personajes que las pueblan sean cercanos. Lo que me entusiasma, el hecho que activa la fascinación de la que hablo, es el atropello feliz de las cosas, el vértigo de las aceras, la vida misma como un carrusel, ofrecida a destajo, derramada, oliendo y oliéndose a sí misma, contándome a cada instante que soy espectador privilegiado. Amigos a los que cuento esta desviación mía me amonestan con afecto, sancionan la parte de mis vicios que no es sana del todo. Admito cualquier cosa que digan. Digo lo que alguien dijo sobre un asunto de más espinoso trato que no viene a cuento: estar en la ciudad es una forma de no estar en el campo. En las anchurosas lomas de las afueras, más allá de la periferia de las ciudades, donde apenas es apreciable la mano del hombre, no hay cafeterías ni tampoco ese amable río de gente en el que me pierdo y en donde me encuentro. La agitación de lo que sucede alrededor de uno lo envuelve, lo anula de algún modo. No hay día en el que la ciudad que paseo me parezco la misma ciudad. Ni siquiera el pequeño pueblo en donde vivo (felizmente) suprime esta querencia mía hacia los emplazamientos grandes. De lo que se trata es de que el viaje sea novedoso cada vez que se emprende. Da igual si visitas la Itaca del poema de Kavafis o sales por la noche a andar sin un destino fijo. Lo importante es la sensación de plenitud que se adquiere cuando uno verdaderamente ama algo y sabe que no se agota. En ese no agotarse, en esa infinita maquinaria de asombro que es la realidad, está la felicidad tal vez. Dichoso el que la encuentre en la cima de una colina o ensimismado en la belleza del mar de olivos que veo si me asomo ahora mismo a la ventana de la habitación en donde escribo. Mi viejo amigo Juan Aragonés la encuentra en la visión de sus pájaros, cámara en ristre, pertrechado de paciencias y gigas, esperando que la criatura haga bendito acto de presencia para que él pueda registrarla. Lírico Juan, que has provocado que escriba esto. Yo soy un ser de ciudad. Mía es y en ella me entiendo en lo que puedo, pero ah mis deseos, ah la luz que me aturde, no me pidan que renuncie al mar. Es frente al mar o es en el mismo mar, sumergido en su visión pristina y mitológica, en donde creo que de verdad me hallo en paz conmigo y con lo que mis desajustes emocionales barruntan. Mañana dejo la ciudad (ésta, al menos) y busco el mar y no escribo en unos pocos de días. Ni sobre el mar ni sobre John Coltrane. Ahora mismo esta ensimismado, en un trance de no salir jamás del altavoz derecho por donde suena.

14.8.12

Prometheus / La gran fiesta de Dios / Texto desenfocado




I/ Lágrimas en la lluvia
De la ciencia ficción en el cine siempre me gustó la limpieza visual, todo ese borrado de la experiencia previa con la que nos adentramos en el espacio sideral. Al modo en que la nave surca la trama negra del cosmos hacia lo inédito, mi mente se enfrenta también a lo desconocido. Luego está la metafísica, como dice mi amigo Ramón Besonías, la incertidumbre de lo humano, la partida de ajedrez que el hombre entabla con la divinidad que, en el futuro hipertecnológico, desde el Hal 9000 a los replicantes o al fantástico androide de Prometheus, es también la partida del hombre con sus máquinas. El desamparo espiritual, más allá de las acometidas de las criaturas alienígenas o de las guerras de las galaxias, es el que mueve la ciencia ficción a la que acudo reverencialmente. El atrevimiento de Ridley Scott con el primer Alien consistió precisamente en retirar del imaginario colectivo (al menos durante dos horas de proyección) la frialdad cósmica de Kubrick y su pieza fundancional del género (2001, una odisea en el espacio, 1968) y volcar texturas terroríficas, privilegiando el suspense sobre el romanticismo, haciendo posible que la ciencia ficción se convirtiera en un producto rentable en taquilla. Imagino que la saga de Stars Wars tuvo algo que ver con esta refundación del género, pero Alien es la primera cinta enteramente adulta y en ella se depositó la esperanza del futuro. No sé si la mediocridad habitual ha dañado ese noble propósito, pero uno confía en directores como Duncan Jones, el hijo cómplice del padre Bowie, con su espléndida Moon. Confia en que se cumplan las palabras que el replicante Batty susurra al atribulado Deckard y mis ojos vean naves arder más allá de Orión. Momentos que se perderán en el tiempo. Lágrimas en la lluvia.

II/ Buenos tiempos para la criogénesis
El lugar en el que me he encontrado más solo en toda mi vida ha sido en mis sueños. Los de la teniente Shaw (Noomi Rapace) son rigurosamente observados por el androide que cuida su periodo de hibernación, interrumpiendo sus sesiones cinematográficas. Como los replicantes de Blade runner, el androide sospecha que son los recuerdos (los propios o los ajenos) los que le pueden hacer humano. No somos lo que decimos ni tampoco lo que amamos. Es en los recuerdos en donde verdaderamente existimos. Por eso reproduce frases en la falsa intimidad de un camerino y aspira a comprender las razones de los que lo crearon al modo en que sus creadores, los tristes hombres con sus pequeñas dudas, también indagan en la naturaleza del Creador en quien depositan su origen. Hasta ahí la sucinta metafísica de Prometheus, la que algunos hipercríticos han vapuleado hasta convertirla en materia de teología de feria provinciana. Pero Scott no pretende hacer ningún manual de supervivencia espiritual: factura un más que digno blockbuster de verano para que la caja tintinee como solía (hace mucho que el bueno de Ridley no da el pelotazo...) Cierto que sobran la mitad de los personajes, insostenibles en su breve libreto sin fuste y cierto también que toda esa narrativa de lo primitivo con la que se abre el film no impresiona (por vista, por quemada, en los ojos del aficionado serio) pero Prometheus es un alarde de belleza (salvo tramos plúmbeos como la parte en que se pierden en la pirámide algunos científicos o el de la pelea en la rampa de la nave) en estos tiempos de pendejadas estivales. No se zafa del oportunismo que supone sacar del olvido a la saga Alien (tan satisfactoria en taquilla, por otra parte) pero si alguien podía refundar la franquicia era el señor Ridley Scott, que es un perro viejo y ladra como le place. Estos de ahora han sido los mejores en mucho tiempo.

III/ En las montañas de la locura
Posiblemente no haya tiempo en una película convencional para alargar hasta el agotamiento narrativo todas las posibilidades discursivas de la trama. Quizá no tengamos que llegar a esos extremos, pero me tengo por un vicioso de lo mío y soy capaz de disfrutar en los extremos como algunos, menos retorcidos que yo, de mayor sentido práctico de las cosas, merodean y disfrutan lo cercano, no la bendita periferia. Se echa en falta, hecho uno a devorar series en el cómodo sofá de casa, que la historia de Prometheus tenga diez episodios de cincuenta minutos. Que los showrunners de la serie dejen pistas de que hay una segunda temporada. Que la HBO aproveche la soberbia plasticidad de los primeros minutos de Prometheus (David yendo y viniendo por la nave, masticando Lawrence de Arabia, espiando las pesadillas ajenas) y le dedique un episodio a uno de mis replicantes favoritos. Que en otro Shaw batalle por su Dios y libre con la crema intelectual de la tropa de a bordo conversaciones que harían disfrutar a Bergman y al propio papá Dick (alguien habrá que discurra, alguien habrá que parezca un personaje de Woody Allen en una fiesta en el upper Manhattan) Nada ocurre a capricho de nuestras inclinaciones estéticas o morales. Ojalá (cierro este excurso doméstico) H.P. Lovecraft hubiese firmado el libreto de la cinta. Aceptos adhesiones a pie de post.

IV/ Algunos todavía no han salido de la Nostromo
Hace tiempo que la realidad dejó de interesarnos como espectadores. No nos interesa la película sino el material adicional. Hemos aceptado un modo de hacer las cosas que consiste en escamotear contenidos y favorecer la información complementaria. Queremos saber cómo se hizo, entrar en la bambalina del asunto, aunque ese conocimiento signifique sacrificar el visionado clásico, al que le prestamos una atención menor. Hay quien opina que todo lo que ha rodeado a Prometheus, su campaña viral, la de bajo coste y amplia propaganda, crea un estado de shock mayor que la propia cinta en sí. Quien se vuelve loco viendo una y otra vez esta pequeña golosina colgada en el youtube, aperitivo jugoso, no me cabe duda,  y desprecia el plato principal con todos los monstruos en pantalla grande. La enfermedad de nuestro tiempo es la saturación. Toda la bazofia cósmica que he visto en interminables (y placenteramente las más de las veces) sesiones nocturnas, bajo el split, en los veranos sin piedad que se gasta por aquí, no me ha impedido apreciar Prometheus como el entretenimiento que pretende ser. Una vez que dejamos la butaca y volvemos a casa, en el camino despejado, escoltado por los faros de los coches, pienso en todo lo que he aprendido y en el precio que uno paga por ese aprendizaje. En cómo he perdido la inocencia y en cómo lucho por sentirme inocente de vez en cuando, libre de mí mismo, de todo lo que hace que no disfrute como otros y me encabrone (es un decir, uno malo, entiendan) cuando considero que de algún modo he salido timado de la sala. Soy yo el que maquina esos chantajes contra mi disfrute. Soy yo el que no ha salido de la Nostromo todavía. A lo mejor soy Ash, el otro androide. Tengo que buscar esta noche a Dios en mi disco duro.




V/ Encerrado en una habitación con los mejores juguetes del mundo
Con frecuencia he pensado que solo estoy hecho para ser feliz, pero a poco que entro en estas reflexiones filosóficas caigo en la cuenta de que no soy especial en nada y que una legión de personas como yo pensarán lo mismo y con idéntica frecuencia. Es del dolor de lo que huímos. Lo tememos más que a la misma muerte. Uno de los dolores más finos es el de no ser amado. Mi amigo K. sostiene que el amor es prescindible si uno tiene una buena biblioteca. O una buena colección de películas, le corregí. De los libros y del cine extrae uno vidas que no se encuentran en la vida de verdad, momentos de esa felicidad absoluta, ensimismada y embebecida, en la que la realidad se diluye, a sabiendas de que el viaje tiene regreso, y se impone una realidad alternativa, el territorio mítico de la ficción. No hay nada mejor que la ficción. Ninguna cosa, ni siquiera el amor, sustituye al placer de que nos cuenten una historia y de que nos la cuenten de la mejor forma posible. El amor, el buen amor, es un cuento dirigido que uno desea que trascienda y no se extinga, pero es un cuento al cabo. A K. le debe fascinar la figura del androide que pasea la Prometheus durante los primeros (y magníficos) minutos de la película de Ridley Scott. Se cambiaría por él. Yo también sería un androide feliz si me aseguran que después de la soledad interestelar, de todos esos años en compañía de un proyector y de quizá una biblioteca, podré volver a lo que me espera. Lo hermoso es que haya algo que nos esté esperando. Que uno se vaya y sepa que el regreso será una fiesta compartida con quienes aceptaron el viaje. Los detractores de esta especie de onanismo cultural me convencerán sin esfuerzo de que estoy equivocado. No pienso rebatir lo que sé que no es rebatible. No se vive entre libros ni entre películas. Los miles de discos que tengo ahora a mi alrededor no van a proporcionarme la felicidad que hoy he tenido al pasear por mi pueblo, con mi mujer, ensimismado y embebecido por la precaria perfección de esas distracciones irrelevantes. Siempre puede uno encerrarse en una habitación con los mejores juguetes del mundo y bendecir que la llave no esté echada. Una vez pensé que podría estar escuchando obsesivamente Hallellujah en la versión de Rufus Wainwright hasta el asqueroso final de los tiempos. Qué feliz fui, Ridley, con tus nuevas criaturas. Sí, sobran cuatro personajes y hasta sobra el guionista, pero me devolviste cosas que ya no creía volver a encontrar. K. te manda un saludo. Es muy tímido.





30.7.12

London calling





En ocasiones, en tramos de la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres, creí estar asistiendo a un concierto de U2. Es lo que tiene estar tan avisado en estos asuntos: que cuesta provocar el asombro absoluto, la loa total, ese rendirse ante la evidencia de que lo que está uno viendo es algo inédito. Lo de la otra noche en la capital británica fue un caos hermoso, una especie de ópera bufa en la que lo costumbrista, lo bucólico, lo cómico y lo teatral (soberbia banda sonora incluída) se acoplan en uno de esos alardes de creatividad impune en donde se pueden mezclarse, sin que chirríe el fornicio, decenas de emparaguadas Mary Poppins con el rocoso y lacerante sonido de los Arctic Monkeys contándole al mundo que el britpop fue un invento genial y que, en materia musical, la pérfida Álbion sigue a la cabeza del hit parade. Todo ese personal, carente del músculo chino que les precedía, fue guiado por un Danny Boyle más pendiente de editar un bluray con todos los extras (y sonido envolvente 5.1 con los Kinks, Bowie, Queen y todos los grandes) que de hacer que la maquinaria estrictamente teatral (un libreto, un aforo, un escenario) fluyese con agilidad y no cayese (como lo hizo en más de una ocasión) en un desparpajo histórico, en un arrebato heroico de patriotismo. Y no es que fuese un espectáculo olvidable, que no lo fue en absoluto. Fue, en cierto modo, una puesta de largo del Imperio Británico al mundo, a todas esas tierras de ultramar con las que soñaron o en las que plantaron la Union Jack, esa bandera rebajada a mercancía vaciada de contenido, como la célebre y hueca cara del Che. Fue también una puesta en valor del pasado. Un país que ha alumbrado a Shakespeare, a Sherlock Holmes, a Lennon y McCartney y a Hitchcock, una brizna del elenco, entiendan ustedes, no puede defraudar del todo. Eché en falta, para completar el lado humorístico de la ceremonia, al salido Benny Hill persiguiendo a una pastora de ubres ubérrimas por la campiña improvisada en el estadio. UK no quiere mirar al terrorífico futuro. Se entretienen, a la espera de mejores tiempos, con hurgar en el glorioso pasado. Tienen para llenar cuatro Juegos más.

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...