El reclamo óptico no debe hacer pensar que este cronista de sus vicios va a cerrar durante el verano el kiosko. La confortable pereza del verano no desarma mi constancia bloguera. Rebaja otros asuntos a los que uno se ha confiado durante el resto del año y que, en la mayor parte de los casos, no eran casi en ningún caso nacidos de mi voluntad. Sólo me alivia lo que yo barrunto. Uno hace de operario de lo ajeno con el entusiasmo que puede y se emplea con fiereza en sacar el trabajo por el que le pagan y del que disfruta, pero cuando empieza el verano se ilumina una bombilla íntima y el cerebro doméstico engendra distracciones. Luego, a su término, se entiende que no se hizo tanto como uno pensaba y que la pereza, la bendita pereza del sur, venció como de costumbre. Incluso eso no tiene excesiva importancia. Así que eso es todo, amigos. Mañana empiezo a leer a conciencia. Como antaño. Mañana (palabra refugio de quien no tiene las cosas claras en demasía) preparo el arsenal de películas. Mañana quemo toxinas andando y desandando mi pueblo. Ojalá sea verdad. Débil de espíritu que es uno.
30.6.11
28.6.11
Córdoba 2016
Que Córdoba sea la Capital de la Cultura en 2.016 no dependerá de los cordobeses ni de los que visitan la ciudad y confiesan lo hermosa que es y la Historia que almacenan sus calles. Imagino que las otras ciudades candidatas manejarán en el fondo parecidos argumentos, pero los esgrimidos por Córdoba apelan a factores de los que las otras carecen. Ninguna exhibe un patrimonio cultural que se le acerque. Ninguna amalgama un crisol de pueblos tan opuestos. Córdoba ha crecido durante varios milenios con una vocación cívica única. Quizá por eso Córdoba sea cultura por encima de cualquier otra consideración: cultura entendida como belleza y como inteligencia. Y mi ciudad es hermosa y el arte da a quien lo observa sensiblidad, inteligencia, felicidad. Ojalá el siguiente post, el que escriba esta noche, festeje la belleza y la inteligencia, la hondura estética, la religiosa y la más acendradamente humana, la que hace que las personas que la habitan o las que acuden a la llamada de su oferta turística se sientan cómplices de un sentimiento también único, difícilmente explicable si no se ha sentido el deslumbramiento de su luz. A oscuras incluso, Córdoba es un prodigio.
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27.6.11
En lo mío mando yo
Luego dicen que el verano viene flaco de noticias. La de hoy es una repetida, que produce ya hartazgo. No porque no sea legítimo su hondo pálpito ético sino porque se trata, en el fondo, de una que se administra desde la letra del Estado y no desde la palabra de Dios. El orden legal no es el moral y conviene que sigan avanzando cada uno en su parcela. Sucede, no obstante, que el sujeto que se inclina por la moralidad debe cumplir la ley mientras que el otro, ay, el pagano, el blasfemo, el que desoye las admoniciones de la cúpula episcopal (allá ellos con sus barruntos y con sus dogmas) únicamente se siente obligada por las leyes sin que ese cumplimiento le exima de poseer una moralidad, una distinta a la que la Iglesia concibe, por supuesto.
Es cierto que las leyes no son justas por el mero hecho de haber sido aprobadas por las mayorías democráticas, es cierto, pero también lo es que la moral de la iglesia tampoco debe erigirse (por parecidas circunstancias) en un ejemplo de justicia y de modelo de comportamiento. Pasiva o activamente, yo soy dueño absoluto de mi vida. Y debiera respetarse esa propiedad y ese modo de conducir su finiquito. No tengo ningún tribunal celestial que me juzgue. Que se rijan por él quienes crean en que existe. Nada hay en este mundo más privado que las creencias religiosas. Ni nada que sea privado puede ser manifestado como norma de conducta. Por eso el Estado debe deslindarse de esas parcelas de lo anímico y no sólo llamarse laico sino ejercer esa laicidad con el mismo entusiasmo con que los feligreses ejercen su confesión.
Dicen los prelados que la dignidad de la persona queda afectada negativaemente si puede someter a voluntad el cese de la vida. Espero vivir muchos años y acepto incluso que el decurso de esos años hiciera que descreyese en esto que ahora siento tan alojado en mi forma de pensar y que expreso con absoluta confianza en lo que creo, pero sostengo que quizá sea ese acto último el que haga que las personas sean más dignas. En mi vida, en lo que hago y en lo que no hago, en lo que pienso y en lo que dejo de pensar, el jurista soy yo. No hay nada que interfiera en la jurisdicción privada de mi alma, si es que hay alguna adentro, y no hay tampoco ninguna circunstancia que me prive de administrar lo que atañe a lo más mío, que es mi cuerpo. Ningún viciado cuerpo de clérigos va a legislar sobre lo que no les concierne. Porque sencillamente no les concierne. No tienen derecho sobre mi voluntad y sobre el proceder vital que esa voluntad me dicta. Lo tendrán, a seguro que lo tienen, en millones de feligreses y quizá deban explayarse en soflamas y en discursos beligerantes en misa, en un púlpito que domina un teatro de iguales, de personas cómplices. A los que no nos sentimos cómplices, no nos afecta el texto. En nada. Sólo podríamos, en todo caso,(ay, también eso podría ser peligroso si no se gobierna con inteligencia) sentirnos vinculados por el orden legal. En esa legalidad es en donde (quieran o no) nos movemos.
Cómo uno acorte su vida es cosa de uno mismo, valga el perogrullo. O cómo la alargue. Se puede poner tibio de verduras, andar a diario hasta que se le rompan los pies y hacer yoga en el sótano de su casa o puede apostarse en la puerta de los bares (ay, ya no se puede fumar dentro, qué pena más grande) y castigarse a base de licores, de grasas animales y de nicotina a tutiplén. Podemos ver cumplido el plazo de estancia en este mundo habiendo satisfecho lo que más nos convenía o, bien al contrario, reconocer (aunque sea en el instante previo al colapso final) que nada de lo que hicimos convino a que la vida fuese más larga. Uno es emperador de su corazón y asombra (por lo menos el sentimiento del asombro asoma ahí, tímido, prudente y vigilante) que otro (qué sé yo, Rouco Varela, Martínez Camino) lo ponga en duda o se encone abiertamente en negarlo. No tienen autoridad sobre quienes no comulgan con lo que piensan. Ni deberían influir en las decisiones del Parlamento, que es un templo pero erigido para que emane la voluntad democrática de las personas y no, en cualquier cosa, su filiación religiosa. El pobre médico, pagado con erario público, al que involucren en esta práctica médica deberá pensar si acatar o no la ley por la que se está ganando un sueldo o desoírla y acatar la ley moral por la que se rije su corazón. Agradezco, en todo caso, no ser médico en esas circunstancias. El oficio que ejerzo no se impregna de estos flecos de lo moral, pero diremos como aquél dijo: todo lo humano no es me ajeno. O algo así.
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26.6.11
25.6.11
El verano
Las crónicas del verano, sobre todo si se manuscriben a pie de tumbona, tienen siempre un principio activo extra-semántico, una coyunda catedralicia entre el sudor y la cosmética cara, semiótica de saldo para abastecer cursillos aliñados de espeto y cerveza en tanque. El verano triste, en el fondo, con su elenco de mafiosos paseando rubias y coches, como si fuese una canción de Bruce Springsteen, pero sin épica ni corazón, aristócratas de lentejuelas en la conciencia y caravanas de jubilados, todos conjurados a escribir páginas gloriosas, muescas de coppertone y paella de marisco en la tripa, que ahí es donde se esculpen los misterios de la carne, los vicios absolutos y los pecados frugales.
El verano se derrama en los paseos marítimos del mundo, que son como una enciclopedia orgánica del capitalismo y de sus daños colaterales. Verano diseñado para jóvenes aupados al éxito, sofisticados jóvenes con 3G en el bolsillo y visa oro en la cartera, que lampan por encontrar el polvo de la noche en el servicio de un local de copas mientras en los altavoces se fragua la demolición de todos los cánones, la tenebrosa advocación del dios hortera de la evanescencia total. Nada grave, al cabo, porque la vida sigue y en su discurso cabe lo cutre y lo sublime, lo místico y lo burdo sin que, en ocasiones, se advierta fractura visible.
El verano llega como una epifanía del despilfarro, que ya llegará el invierno con sus rigores y todos los maniquíes aquí sublimados se convertirán en obreros de su deudas y madrugarán el odio y la esperanza de que el tiempo, el inexorable, cumpla su cometido y los abandone en la playa del sur junto al chiringuito abastecido de huevos con bacon y alguna guiri concupiscente a la que convencer de lo inofensivo de la caza.
El verano administra venenos gratos. Qué dulce pereza la siesta, qué lírico el abandono mientras el mundo fatiga sus ecuaciones y redobla los desvelos para que el giro salga perfecto y nada se escape de su ancestral mecánica. Detrás de la evidencia del verano hay un reconocible rastro de trasiego doméstico que exhibe su gallarda oriflama de sombrillas y sillas de playa, neveras enfermas de cerveza y bolsas donde las palas compiten con los rastrillos por presidir el aire caliente del plástico. Piezas clásicas del turista, al cabo. Lo que el mar suministra es esa certidumbre de eternidad, de desalojo del stress. La ficción confía a la realidad su visión apocalíptica de las cosas y el mar lo que acaba entregando en las costas son huestes miserables de africanos que no van a llegar a la Gran Vía ni van a vender discos piratas de Lady Gaga en las calles del mundo civilizado, pero hay un chiringuito cerca de donde escribo en donde la cerveza la sirven directamente de un tanque de salmuera. La cerveza la aliñas con un buen plato de pulpo o con coquinas y el mundo adquiere una redondez inédita. Éstos son los verdaderos placebos, los que te arriman al placer con más diligencia sin que luego quede ningún resto visible de culpa.
El verano fomenta este regreso a lo animal, a la superficie sin limpiar de la Historia, que consiente treguas, agujeros de gusano, hamburguesas king size, sótanos quemados de soledad, óxido de una pureza brutal acomodándose en el envés de las palabras. El amable lector no tenga duda alguna del propósito de este aislado (por necesidades del guión) texto veraniego. Se trata del cronista reconciliándose con la materia de la que están hechos los sueños: se trata de la puesta al día de los mecanismos más sólidos de su formación intelectual, pero ahora el bagaje cultural está embadurnado de la toxina de la pereza, que se ha hecho fuerte en alguna remota región de mi raciocinio y no me permite escribir con soltura sobre lo que acostumbro y me sale del tirón este texto impuro, como casi todos, rebajado a reproche de la rutina, concebido para no perder del todo el contacto con el escritor convulso de una entrada al día durante los últimos seis años. Uno tiene la secreta convicción de que el lector casual, no entendiendo, podrá extraer alguna conclusión fiable sobre el estado mental del autor. El otro, el lector habitual, alguno siempre hay, concederá un receso en las exigencias y me dará la licencia de perderme por una vez en el registro caótico (cuándo fue otra cosa) del verano.
El verano recién aprendido, tatuado de promesas de libros y de paseos, de familia bien cerca y de siestas lujuriosas. La de hoy, aunque bien corta, tuvo un introito estimable: de la casa de al lado, arañando el aire tórrido de Marbella las notas de Gershwin, el Summertime proverbial, versión Fitzgerald-Satchmo. Pensé (como suelo a veces) que hay piezas que escuchas de pronto por primera vez. Da igual que las haya sentido adentro mil veces. Uno siente el alma quebrarse un poco. Ante la belleza, la mía se desquebraja, se abre a trozos, aunque después sepas que todo regresa a su molde previsible y haces una vida del todo mecanizada, amiga de rutinas y de juegos en los que disfrutas lo justo, pero sin los cuales no podrías practicar los tuyos íntimos, esos vicios privados con los que soportas en ocasiones el estrago de los días.
El verano es una celebración de la carne y del alma: el verano conquista el tiempo y lo convierte en una melodía pop, tarareable, consumible en una terraza de paseo marítimo a la que acuden los feligreses de costumbre, los llamados a compartir un deseo idéntico, no escrito. Se cerraron las escuelas, pero abrió el verano. Ya lo dijo la canción: vivir en verano es fácil. Un palimpsesto, eso es el verano.
23.6.11
Un par de buenas tetas vascas
A la razón sin pulir se la engaña siempre con razones de peso porque la cabeza sin suficiente riego de sangre se deja convencer con mucha facilidad y se enturbia el tino y se malea hasta el desmayo la cordura. Una inteligencia mal conducida puede creerse soberana y capaz de afear, malear y pervertir inteligencias menores. Sirva esta reflexión temprana para apuntalar los cimientos narrativos de la historia de mi buen amigo Hilario y de cómo terminó como terminó. El lector avezado sospecha que mal y sospecha bien. Quizá porque dispone de un hábito y sabe que en la mayor parte de las ocasiones el malhechor paga por sus fechorías y el tonto no sale de su tontería. Sabe (además) que cuando un tonto coge un camino, cabe la posibilidad de que el camino termine y él prosiga su invisible curso. Hay tontos de fe probada y tontos ateos, pero ninguno de los dos lo es taxativamente y sólo falta una cabeza con más sedimento sanguíneo para que les lleven y les traigan hacia donde el interlocutor disponga. (sigue en Barra Libre)
22.6.11
Un día de libros y de cerveza
Uno de esos días perfectos en los que divagas sobre teología en la barra del bar y encuentras la felicidad en las palabras, en su mágico progreso aéreo, en su verdad acústica y en su hondura doméstica.
Un día en que llueva como si fuese la primera vez que lloviera y suene de fondo algún disco de Charlie Parker.
Un día en el que no tienes nada que perder y te has comprometido a no hacer cosas de las que puedas enorgullecerte o de las que arrepentirte.
Uno de esos días sin prodigios en los que piensas en trenes o en la novia de los quince años, en algodón de azúcar o en Atticus Finch defendiendo el honor, la dignidad y el amor infinito del cosmos.
Un día de libros y de cerveza.
Un día absolutamente inútil en el que confiar al azar la completa gestión de la alegría.
Un día en que llueva como si fuese la primera vez que lloviera y suene de fondo algún disco de Charlie Parker.
Un día en el que no tienes nada que perder y te has comprometido a no hacer cosas de las que puedas enorgullecerte o de las que arrepentirte.
Uno de esos días sin prodigios en los que piensas en trenes o en la novia de los quince años, en algodón de azúcar o en Atticus Finch defendiendo el honor, la dignidad y el amor infinito del cosmos.
Un día de libros y de cerveza.
Un día absolutamente inútil en el que confiar al azar la completa gestión de la alegría.
20.6.11
El tipo grande de los conciertos del Jefe
“Clarence vivió una vida maravillosa. Llevó el amor a mucha gente y fue correspondido. Amaba el saxofón, amaba a nuestros fans y lo daba todo cada noche cuando subía al escenario. Su pérdida es incomensurable y estamos orgullosos y agradecidos de haberle conocido y haber tenido la oportunidad de estar a su lado durante casi 40 años. Clarence fue mi gran amigo, camarada. Su vida y sus recuerdos y su amor permanecerán en la historia de nuestra banda”.
Bruce Springsteen
19.6.11
Creer y no creer
Unos medran en certezas y otros las van dejando por el camino, convencidos de que una vida consolidada, manejada con el desparpajo de quien todo lo tiene gobernado y previsto, es mejor que una vida mecida a capricho por el azar, convertida en una de esas tramas frágiles que entusiasman a los lectores de novela barata. Pero es que la vida es una novela barata. La escriben muchas manos y, al modo en que se fraguan los episodios de las series televisivas, el nudo se discute hasta que uno se erige como el único nudo posible. En el desenlace operan mecanismos mucho más tenebrosos. El desenlace es, por naturaleza, ingobernable. Da igual que tengas las ideas claras y vayas por la vida en plan rompedor y la palabra triunfo se te dibuje en el rostro.
Lo que me sigue dejando perplejo es la naturalidad con la que los que creen y poseen una fe fiable y sólida afrontan la muerte, la envidiable convicción con la que despachan para sus adentros la pérdida de los que aman en la absoluta seguridad de que están con Dios y allí disfrutan de otra vida en la que ellos también ingresarán. Es verdad que lamento este descreimiento mío en asuntos de esta índole. Mi convicción consiste en la muy gris evidencia de que no hay más allá o, dicho de otra forma, que el desenlace impredecible es el cierre de válvulas total, el cierre innegociable de los saltos sinápticos y del sol brillando en el cielo cada mañana. No hay que pueda hacer para modificar una brizna este sentir brumoso de las cosas del cielo. A veces incluso pienso que me alejo a diario de la adquisición de ningún credo religioso. Me limito a ver el efecto que ese credo produce en quienes me rodean y lo practican. Hago de espectador sano y curioso y me siento también a diario un espectador privilegiado, engañosamente colocado en el lado de los descreídos, pero ávido de aprendizaje, de querer ver lo invisible. Imagino la fe como un deslumbramiento al que yo todavía no he accedido. Uno se enamora sin advertirlo. Cae en el amor (eso lo expresan los ingleses muy atinadamente) a ciegas y, en ocasiones, sale cegado.
Me producen hartazgo los fanatismos. Me aturden. Los hay en lo que se ve y en lo que se esconde. En la creencia de algo maravilloso que nos tutela y nos protege y en la decisión de no permitir tutelajes y ni protecciones y vivir así sin titubeos ni pudor. Siempre he visto grupos de creyentes exhibir con orgullo su fe. Exhibir la falta de fe no es lógico. Tampoco uno se vanagloria de no amar el golf o el free jazz. Pero ya lo he dicho: estamos en la incertidumbre, vivimos en esa tiniebla. Ojalá que podamos convivir en paz sin que lo que nos mueve el corazón cargue nuestras armas.
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Me producen hartazgo los fanatismos. Me aturden. Los hay en lo que se ve y en lo que se esconde. En la creencia de algo maravilloso que nos tutela y nos protege y en la decisión de no permitir tutelajes y ni protecciones y vivir así sin titubeos ni pudor. Siempre he visto grupos de creyentes exhibir con orgullo su fe. Exhibir la falta de fe no es lógico. Tampoco uno se vanagloria de no amar el golf o el free jazz. Pero ya lo he dicho: estamos en la incertidumbre, vivimos en esa tiniebla. Ojalá que podamos convivir en paz sin que lo que nos mueve el corazón cargue nuestras armas.
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15.6.11
Crónica un seductor adolescente II
... y lo que queda a beneficio de lectores morbosos es la narración de una serie de acontecimientos que más valdría convidar al olvido salvo que, he aquí el milagro de la literatura, se extraiga de ellos alguna enseñanza, alguna tibia siquiera, que adiestre al seductor futuro y lo convierta en un galán, en un ligón, en uno de esos seres que uno envidia en silencio y a quienes querríamos parecernos.
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