24.10.12

Dietario del caos

1
Qué te importa el infinito futuro si perdiste el infinito pasado. Lo dejó escrito Borges. Solo está el presente. Nada hay salvo este editor del blog que avanza y me informa sobre la irrelevancia doméstica de Borges. Ah Borges, qué manipulador. Fabula cuatro tramas metafísicas y te hace suyo. No sale uno nunca de Borges. Qué importan el resto de los autores si hay Borges. Dejo ahora esto escrito, pero no es del todo cierto. Fabulo, maquino, manipulo, finjo, someto a la voluntad ajena una idea mía que no acabo de sentir enteramente propia. Al fin y al cabo los demás fabulan, maquinan, manipulan, fingen, someten bla bla bla. Me ha sentado mal la pequeña siesta del martes. No sé qué habré soñado. Está saliendo ahora. Lo que sea que ande por ahí adentro me está forzando y está venciendo.

2
A diferencia del eminente Walter Bishop, el mad doctor de Fringe, esa trama bipolar y huidiza, no tengo interés alguno en saber si hay otro mundo en un desquiciado borde cuántico del actual. No me interesa un doble que en la realidad paralela escriba en un blog, enseñe inglés en una escuela, pasee bares, ame el sello Verve o no soporte a Wert en televisión. Me pregunto si habrá otro Wert en otro universo. Si el caos se habrá apoderado de los pasillos de la escuela y enseñar y aprender sean verbos carentes de significado alguno. Si (como pasa aquí) el maestro se esté convirtiendo en un registrador de la propiedad didáctica y ocupe una considerable parte de su horario lectivo (y el no lectivo cuenta a veces más) en cumplimentar documentos, en rellenar formularios, en dar cumplida cuenta de las veces que se irrita en clase, tose o se pregunta (a lo callado, sin exteriorizarlo, en una admirable actitud de prudencia que nadie va a agradecerle) el porqué están convirtiendo la escuela en un lugar sin alma. No encuentro respuestas. Es que no soy el eminente Bishop y carezco de la formación adecuada. Además no me meto sustancias tóxicas (al menos las que se mete mi amigo Walter) ni tengo una vaca en mi estudio. 

3
Me dice K. de qué van a hablar los informativos cuando la economía alce el vuelo y la prima de riesgo sea una prima lejana a la que no vemos desde la primera comunión. Volverán a las guerras coloniales, le digo.Sacarán de archivo imágenes de los dictadores ajusticiados por el pueblo. Inventarán un género nuevo. Llamarán a los guionistas de Cuéntame y les pagarán una morterada indecente de pasta para que escriban una segunda parte exclusivamente financiera. Música de Vetusta Morla, Love of Lesbian, Russian Red y en ese plan. Escenas de manifas en las calles. Perroflautas  Plazas hasta la bola de antisistema. Luego está la opción Messi. K. es culé. Es curioso que la travesía triunfal del Barcelona por los estadios del mundo haya coincidido con la crisis. En cuanto Mourinho gane tres o cuatro grandes cosas volverá la luz a las sombras y el agua correrá por la acequia. 

4
Frank Capra: hace falta un Capra para sacarnos del bache, del revés, del agujero, del no sé qué me pasa que ni yo mismo me entiendo. Uno a tope, claro. No el Capra documentalista de guerra, propagandístico, subido de barras y estrellas, sino el bienintencionado, el idealista, el pequeño poeta de las pequeñas cosas. Un buen Capra en un ministerio, haciendo un comentario aquí, dando un toque de ternura allá. No sé si haría que todo funcionase, pero seguro que sería un grupo humano formidable. De esos que en navidad se regalan montones de cosas y celebran en la intimidad la armonía del mundo en un prodigioso blanco y negro.

5
Echo en falta algunas caminatas que antes daba a poco de caer la noche. No las hago porque guardo un recuerdo extraordinario de todas ellas y temo estropearlas si éstas no están a la altura. Es fácil malograr una caminata. Se te puede acabar la batería del ipod. A veces pienso que no soy nada sin los inventos del señor Jobs. Soy un hombre de mi tiempo de un modo brutal. Soy un feliz adicto de las tecnologías. De todas. No soy delicado. Teniendo botones, pudiéndose programar, si tienen puerto usb y un perfil actualizable por la red, me siento satisfecho. Por eso últimamente no ando. No tengo perdón de Jobs.

23.10.12

Dios es inalámbrico, yo soy inalámbrico


Se me ocurren muchas razones para que la tribu se congracie con la divinidad y la adore. Ninguna de esas razones apela a la razón ni se construye acudiendo a ella y pidiéndole auxilio. A los dioses se les invoca comunitariamente. Se extiende más vivamente el sentimiento de unidad con lo divino si tenemos a la vera a otro que actúe como espectador y como actor de la trama. Se va trenzando un hilo invisible, se va tejiendo una red de metáforas. Las catedrales antiguas, a su modo, servían de puente entre el hombre y su Dios. No poseyendo ninguna de esas razones, careciendo de la promiscuidad espiritual que advierto en gente a la que aprecio o a la que estimo amigos, no estaré sentado alrededor del Gran Ojo de Dios. No sé qué me pierdo al negarlo, pero no me preocupa el vacío. A los ojos de los próceres de la Iglesia seré un descarriado, uno de esos que corrompen el buen funcionamiento de la moral y que agitan a los demás, incitándoles a no dejarse llevar por el éter de la fe. Solo hay que observar con cuidado los titulares y luego enfangarse en el discurso excluyente de los jerarcas de la Conferencia Episcopal. Me incluyen en una historia en la que no he pedido entrar. Dan por hecho que es mi historia, creen que no hay otra, sostienen que ninguna de mis tribulaciones rivaliza en dignidad y en ardor espiritual con las suyas, me instalan en el limbo de los descreídos, cuando la verdad es que uno cree de cierta forma, pero no en absoluto la que ellos predican. Tampoco sé si a los ojos de mi conciencia obro con inteligencia. A la fe la mueve el corazón en el deslumbrante modo en que maquina sus cuitas el enamoramiento. Asunto tan serio como la fe no puede ser vendido como la mercancía que algunos pretenden. No hace mucho un obispo del ramo, Munilla, ofrecía la idea de que el mal que asola el mundo (la sociedad española más en concreto) provenía infelizmente de esa falta de valores cristianos de la ciudadanía, del ateísmo feroz de la juventud, más finamente expresado. Echa en hombros como los míos la causa del caos. En otra declaración de principios sanadores, pretendían misionar España, evangelizar los asentamientos paganos, en fin, conducir la palabra de Dios allá por donde no precisan su presencia. Y no ve uno mal en ese periplo pedagógico. Lo inaceptable es ese afán descalificador que exhiben cuando hablan de la masa laica. Lo que no entra en cabeza razonable es que pretendan con ese empeño admirable que aceptemos el error de nuestras vidas y las emboquemos hacia la luz de la religión. Errado andaré, perdido sin norte, pero feliz en mi laberinto. Ufano de mi causa, adepto de mis vicios, igual a los otros, a quienes declaman su fe en endecasílabos y la pregonan (bien que hacen en enseñar lo muy suyo) en las plazas y en los cafés. Y el día en que mi alma desee hincar la rodilla y escuchar la llamada de la fe, seguro que habrá quien me asiste y conduzca, quien allane mi camino hacia la salvación y me asegure (ay) un puesto en el coro celestial de los elegidos. Y si no es así, a pudrirme en la tierra, a regresar al vacío total de donde provengo. Amén.

14.10.12

En casa


Salvo el sombrero, que nunca he usado, el que mira la línea del horizonte, el skycraper de Manhattan, puedo ser yo. De hecho cada vez que me asomo a esta fotografía encuentro más razones que lo confirman. No hay (que recuerde ahora) paisaje en el que me sienta más identificado. Ninguno con el que me encuentre más en casa. Nada (o casi nada) que me cause una más cómoda sensación de refugio.

11.10.12

Sin plan B / El último disco de Van Morrison




Con muchos de los discos de Van Morrison tengo una relación absolutamente pasional al modo en que uno entabla pasiones con las personas o incluso con algunos paisajes. Pasional en el sentido vírico del término o en el otro, en el que acude la vocación etimológica, el sentir o el padecer latino de donde procede. Van Morrison es un estado afectivo más que un señor gordo con unas gafas de sol negras y un sombrero calado, muy cinematográfico, que canta con una voz áspera, telúrica, esdrújula y cósmica. Creo que no hay canción de Van Morrison que sea mala del todo. Ninguna que no contenga algo extremadamente hermoso. Como un brochazo de arte puro y sin concesiones, aunque el tapiz en donde trabaja el hombre sean texturas musicales cultivadas en el pop (ese género mediocre, dirán algunos) o en el jazz o en el blues o en el soul o en el country. No hay chasis en el que no trabaja por bien de la canción. Porque Van Morrison es un escritor fantástico de canciones, uno de ésos que las estrujan hasta que no pueden extraerle más emoción ni mejores luces. La música de Van Morrison (insisto en esta línea laudatoria) es un formidable compendio de las músicas que ha parido el siglo XX. De algún modo secreto y maravilloso este hombre perpetúa la labor educativa de su admirado Ray Charles y afina el oído y el alma para que los músicos que lo escoltan en el escenario y en el estudio creen una banda sonora completa, un inventario en donde copulan (alegre cópula, bendito fornicio, gloriosa coyunda) el jazz con el soul y el country con el rock. El último disco (al que le he dispensado dos buenas escuchas) es un regreso a Blue Note, en donde grabó What's wrong with this picture? y en donde se ha fajado el mejor jazz (con permiso de Verve) de la Historia. Born to sing / No plan B es una declaración de principios, una rendición de voluntades, de afectos por la música como un instrumento imprescindible para ser feliz. De acuerdo, Van Morrison no es el tío más simpático del mundo. Es un malasombra de mucho cuidado, pero he aquí al maestro en plena posesión de sus facultades, haciendo que los que estamos ahí, a la espera de algo nuevo, estemos entusiasmados. De los demás no sé nada. De Van Morrison poseo un sentimiento muy egoísta. Como si fuese un hombre que hace discos para que yo los escuche (como ahora) en casa, solo, mientras todos estén en la calle, a un volumen considerable, notando la presión de su voz en doce mil saltos sinápticos. De camino le vuelvo a dar las gracias a mi buen amigo (al que veo poco) Maljamo (he knows) que me puso en la pista de uno de los mejores discos que yo haya escuchado (A night in San Francisco, doble en directo, tre-men-do)



29.9.12

Todo lo que no he leído todavía

 


Existe la creencia de que los libros que aborrecemos en la adolescencia son libros que amamos en la edad adulta. No ha sido así en mi caso. Lamento que La tía Tula, Ana Karerina o La regenta no engrandezcan con su noble literatura mi estatura como lector. Deshice mis reticencias y probé a descubrir el placer que manuales y profesores me vendían como si fuese oro. Sí que disfruté leyendo Moby Dick, la novela monumental de Herman Melville. Nadie me la recomendó. Llegué a ella gracias a Gregory Peck y a la película de John Huston. Fue una de esas noches épicas de la 2 en la que uno podía vencer al tiempo con sus mismas armas y salir de la batalla ennoblecido, jubilosamente triunfal y hasta mejor persona. Nadie me vendió Moby Dick, aunque recuerde todavía el instante preciso de la compra en una librería de Córdoba que ahora (signo de los tiempos) está ocupada por una enorme tienda de zapatos.
Bastó John Huston para enviarme al libro y quedé varado en la zozobra del agua encrespada por las acometidas furiosas de la gran ballena blanca que perturbó ya para siempre el alma del capitán Ahab. No siempre fue el bendito cine el que me transportó a los libros en esa edad delicada en la que uno no conoce todavía los placeres de las letras ni se esfuerza en allanar ese obstáculo. Me encantaría recordar cómo fue la primera vez que reconocí la voz de Jim Hawkins y de Long John Silver, esa primera y asombrosa ocasión en la que Robinson Crusoe medita sobre la fugacidad de la vida y sobre el abandono de todas las militancias y servidumbres que esa vida exige o cómo el Capitán Nemo negaba al hombre y se negaba a sí mismo con su Nautilus por las procelosas soledades del mar. La lista es inabarcable: Peter Pan, Dick Turpin, Willy Fogg, Ricardo Corazón de León, Hércules Poirot, Frodo, Sherlock Holmes. Temo, en cierto modo, volver a abrir La vuelta al mundo en 80 días o, mejor, dentro del maestro Verne, Viaje al centro de la Tierra (mi favorito entre los favoritos). Cada libro es otro libro cada vez que lo leemos. Cada lector es otro lector en cada lectura. Nadie vuelve dos veces a las aguas del mismo río. Ni el río ni uno mismo somos los mismos.
Lo sabía Heráclito. Y Borges, claro. No me imagino mi yo lector sin el concurso de Borges y La casa de Asterión o el poema del ajedrez o Las ruinas circulares, y agradezco que el azar o la desgracia hubiesen puesto sobre mi mesita de noche alguno de esos monumentos de la palabra como parte indisoluble de alguna nota en alguna asignatura. Algo falla en el sistema educativo y en el fomento de la lectura en el alumno. En mí el edificio de la motivación se vino abajo con estrépito y me dejó afectado hasta que el rumor de algunos nombres ya dichos (Stevenson, Lovecraft, Poe, Cortázar, Melville, Verne, Nabokov, García Márquez, Faulkner) me empujó a un laberinto en el que todavía, pasmado, asombrado, sobrecogido, iluminado, deambulo.
Quiero proteger el recuerdo de Jasón y los argonautas, que me hizo amar el cine. Temo perder la fascinación del primer western, pero ya he perdido irremisiblemente las caras, la aventura, la épica de aquella novicia película de indios y de vaqueros que amenizó (y cómo) tardes gigantescas de mesa camilla y brasero en casa de mis padres. Tenía tal vez diez años. Algo más tal vez. El blanco y negro puro de una televisión Telefunken (me acuerdo de su chasis, de sus botones grandes y robustos) me regaló un ciclo de Buñuel mejicano en la 2, un repaso al melodrama de Douglas Sirk y Mis Terrores Favoritos, una serie antológica, magistral del ínclito Narciso Ibáñez Serrador. Es cosa de ir a hemeroteca (google puro) y ver cuándo fueron programadas esas sesiones de alegría en forma de cine.
La memoria tutela esos recuerdos y los aleja del ingrato vértigo de los años. Mi infancia fue una suerte de viaje fantástico que me liberó del aburrimiento. Como carezco de hermanos, mi ocio requería de estas precisas compensaciones. Recuerdo fines de semana batallando con los tigres de Mompracén o contemplando las excursiones a tierras infieles del Capitán Trueno o de mi adorado Jabato. Esa labor callada de la fantasía quizá modeló al inquieto lector de ahora. Por eso no es recomendable, aunque sí posible, lamentablemente posible, vender la isla del tesoro a quien no necesita comprarla. Ya la buscará. Lo único ciertamente triste es que la encuentre tarde y no sepa cómo latía el corazón de Jim cuando se escondía en el tonel de manzanas.
Hay gente que no ha pisado esa senda en su vida. Ninguna buena historia les atrapó cuando tenían diez años y el mundo era todavía una isla con un tesoro dentro. El lado contrario a la imaginación es la ciencia, esa búsqueda metódica de la verdad y de los mecanismos que sustancian el modo en que la verdad o la certeza ordena el universo y gestiona el natural periplo de sus criaturas.La ciencia no indaga para engrosar el capítulo de preguntas que nos hacemos de continuo: indaga para formular respuestas a unas pocas. La fantasía fatiga ese mismo camino, pero desoye la razón y la cordura y prefiere la incertidumbre, el asombro puro.
Lo que está muy visto no asombra. El cuento mágico da una dimensión laica del mundo. Blasfema. El cuento de naturaleza mágica informa de la tragedia de la vida con artimañas hermosas. Sabemos que la princesa muere o descubrimos la traición del héroe, pero ninguna de esos avatares escandalosos para nuestra mente inocente nos traumatiza. Advertimos dentro de la trama las razones de la barbarie y terminamos creyendo en ella y admitiendo su concurso en el devenir de la historia. No ocurre así con la vida, a la que no perdonamos que tenga caducidad y que aleje de nosotros a quienes queremos.
La literatura o el cine o la música, disciplinas de la misma categoría (¿La belleza, tal vez ?), contribuyen a normalizar nuestra orfandad espiritual. Quienes encuentran respuestas lo que de verdad van buscando son enigmas. La belleza es un añadido no necesariamente relevante. El creador es un demiurgo, un dios pequeñito y caprichoso, rudimentario y juguetón. La religión no deja de ser literatura. La religión es otro formulario fantástico de asideros espirituales para sobrellevar el absurdo de la muerte. A ese absurdo la religión le coloca la chapita de la salvación y nos hace firmar un contrato tácito con la esperanza, con la fe y con toda la maquinaria fabulosa de la palabrería celestial, que acaba negando los horrores de la vida y levantando un mullido edificio de mentiras o, al menos, de verdades insostenibles. Las religiones reclutan su ejército fiel de novelistas, que vienen a ser los prosistas del credo. Estos apóstoles no hacen otra cosa distinta a la que hizo Julio Verne o Robert Louis Stevenson o William Shakespeare: forjar héroes, inventar mundos, contar gestas, izar la divisa de la palabra como único instrumento de la verdad. Quien domestica el verbo, gobierna el mundo. Eso lo sabían todos los profetas y apresuraron su paso por los caminos para que todos escucharan la Voz y a ella entregasen su alma. Siendo muy reduccionista, acudiendo a un pensamiento muy primario, se me ocurre que a lo mejor debiéramos crear en los alumnos la necesidad del mito, esa vocación insobornable por querer saber más y conocer más historias al modo del peligroso sultán de Las mil y una noches y su imaginativa Sherezade. Y puede ser que si cubrimos esa necesidad el mundo sea mejor, gire mejor y termine siendo un lugar más agradable y la vida en sus dominios una actividad menos fanática, pero esto lo digo a pie de teclado, consciente de que soy, en el fondo, crédulo, bobo y un punto nostálgico y que me queda todo por leer todavía.

26.9.12

Pequeño poema de amor



Qué importa ahora
Entregarnos tan lúcida y meticulosamente
al delincuente júbilo de estos desatinos
Si la edad nunca está de nuestra parte
Y el tiempo, esa puta provecta, niega
El festín más carnoso de los días.

Qué importa
El pecho acribillado a horas,
La palabra
Postiza en el disparo,
Los viejos sentimientos
Que nos dispensan del frío.

19.9.12

Tempest / Bob Dylan



Dylan, en asamblea consigo mismo, consciente de la levedad del tiempo, bendecido por todos los dioses del delta, ha mirado a su corazón y ha encontrado nuevamente el pulso del universo. Es muy dificíl ese hallazgo cuando has estado cincuenta años en el centro exacto de la vida, de la propia y de la ajena, o cuando has creado treinta y cinco discos. El de ahora, éste que ha facturado el abuelo Zimmermann es el  menos crepuscular de los suyos. A la vejez, Dylan está viejo de voz y de pose, lo sencillo es tirar de crepúsculo, pero Dylan es un tahúr de los buenos, uno de esos iluminados que poseen absoluta confianza en la bondad de lo que ofrecen. Da igual que sea un bodrio (Dylan ha escrito unos pocos) o una de esas obras maestras de los años mozos (Blonde on Blonde, en ese plan) o de los tiempos modernos (desde Time ouf of mind hasta hoy, exceptuando el capricho navideño). Y Tempest, a pesar de nacer con vocación bíblica, en palabras del propio autor, es un disco de una vitalidad animal, un crisol de géneros al servicio de un poeta en plena posesión de su genio. En lugar de faltar al respeto a sus seguidores, al modo en que otras leyendas del rock lo hacen, repitiendo clichés, grabando la misma genial toma de siempre, Dylan tira de memoria y saca el grumo del folk y lo amasa con el grumo del blues. Viendo que la argamasa no le agrada como espera, añade un punto sucio de rock o un aliño de country higiénico y clásico. Amo Narrow way, una de esas piezas hipnótica, de blues majestuoso, enérgico, montado sobre una idea sencilla que los músicos de Dylan (obreros agradecidos de que el maestro tenga a bien hacerles mercenarios de su obra) explotan para que él demuestre que no hace falta cantar bien para hacerte llorar de emoción. Amo Duquesne whistle, una invitación a la alegría a través de la belleza de una melodía. Hay que ser un genio (uno de los más grandes) para servir el veneno con la dulzura con la que él lo hace. Y en Tempest, que es oscuro y es festivo al tiempo, sucede justamente eso: que Dios y el Diablo se dan la mano y pasean por las ruinas de la criatura que inventaron. Amo (ya acabo) la larguísima canción que da título al álbum: un alarde de texturas del folk que vino de Irlanda con el barco hundido (el Titanic) del que la pieza habla. Luego está Muddy Waters, como un fantasma, en dos temas al menos. Early roman kings, una de ésas, es la quintaesencia del blues. En el siglo XXI. Yo no sé si Tempest es un disco bíblico, bíblico en el sentido en que Dylan quería que lo fuese, despachado como una obra compacta, que contara una redención o una culpa y anduviesen los ángeles y los demonios de por medio. Es, de eso no me cabe duda, la oración, la plegaria, el mantra.

17.9.12

Arriba



De estos me creo casi cualquier cosa que me cuenten. Dos que se saludan a dos palmos qué cosas no harán a ras de tierra. De lo que hicieron en el cine se alimentó mi primera juventud mitológica, la que veía películas en la bendita segunda cadena de la ahora un poco más triste Televisión Española. Es cierto que luego viré en mis apetencias cinéfilas y cambié el claqué y la alegre música de Gershwin o de Porter por el blanco y negro tristísimo de las historias de Bergman. No hay comparación, ahora que lo pienso. Ganan Kelly y Astaire al gris genio nórdico. Lo miran al centro exacto de la cordura y de la alegría de vivir, allá donde esté eso, y le hacen unos pases aquí y allá, perdiéndose en las sombras, regresando como alegres fantasmas con el ritmo atado al corazón. Será que con los años uno se hace sencillo de corazón y ya no gusta en dejarse embaucar en las otrora lúdicas tramas de la metafísica. Me muero por dar un brinco, pero ya no estoy para piruetas. Ciertamente, cosa de la prudencia y no haber estado jamás en forma, prefiero ver las acrobacias ajenas. Las que jalea la alegría. Mañana, bajado de la nube de la foto, igual me dan ganas de tirar de estantería y me busco unas fresas salvajes y las dejo que me abatan un poco. Una fiesta también las fresas, por supuesto. Todo depende del momento. El de ahora es ingrávido y sincopado. Un día de estos, sin pensarlo mucho, se lo cuento a mi amigo Antonio y nos encontramos a dos palmos del suelo.

13.9.12

Verdi banalizado



Asombra el hecho de que en la época en la que hemos alcanzado una mayor cota de bienestar tecnológico, cuando el ocio se restituye en alta definición y llevamos en el bolsillo teléfonos inteligentes y cientos de libros caben en  increíbles pantallas digitales de cómodo transporte, hemos inventado formatos que reducen la calidad del sonido, rebajando la excelencia con que se registró la música, llevando  la experiencia audiófila al lugar en donde quizá jamás estuvo. Seguro que los contemporáneos de Verdi escucharon La Traviata mejor que los que la reproducen hoy en día en mediocres aparatos o la descargan (mal ripeada, la mayoría de las veces) de una de las miles de páginas habilitadas a ese efecto. Consta en quienes aman el mundo de la alta fidelidad que el mercado de ese vicio (lo es de un modo absoluto) no ofrece la variedad de antaño. Ah el antaño, el antañazo (que diría Umbral): uno se contenta viendo las maravillas de las grandes marcas en la Red o en revistas del ramo (What hifi, Alta Fidelidad, On/off) pero cuánto cuesta verlas en una tienda, comprobar cómo suenan, alimentar (en fin) el amor a las etapas de potencia, a los amplificadores integrados, a los altavoces de alta gama. Y en ningún caso estoy hablando del desembolso que estas piezas exigen para hacernos con ellas. Lo que el buen aficionado echa en falta en estos tiempos es cierta normalidad en el mercado. Un profesional de una cadena bien conocida me confesó hace muy poco su temor a que el cliente futuro se atrofie del todo y se conforme con coloraciones opacas y timbres oscuros. Clientes que se gastan lo que haga falta en una pantalla de última generación (3D, wifi, dlna) pero que no concibe aflojar el bolsillo en un equipo de hifi decente y se conforma con alguna cadena sencilla, de marca industrial, que incluya un pequeño puerto usb que la alimente con lo que buenamente ha pillado con el rapidshare. Ya digo: una oferta majestuosa, pero hueca. Hemos banalizado a Verdi. La Traviata es un anuncio de Coca-Cola.




Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...