19.4.10

Desde París con amor: Shoot 'em up again...



Soy un escéptico. No creo que el cine esté siempre al servicio de la belleza ni que esté cimentado en ideas nobles ni que, por supuesto, ilumine, inspire, concite todo eso que los sesudos de las academias recogen limpiamente con la palabra cultura. en este sentido, Desde París con amor no ilumina ni inspira. Ni siquiera de una forma lejana, caprichosa o tangencial se acerca a la cultura de los académicos. La suya, pues un trozo del pastel de la cultura está dentro, es de calle. Cultura pedestre. Entretenimiento sin alambique intelectual. Lo que sí da es un vertiginoso festival de acción casi vacía, consciente de su propia evanescencia, instalada en el cómodo diván de los enfermos que no se esfuerzan en medicarse y se obstinan en sacarle partido a sus achaques. Por eso la cinta no es desdeñable enteramente. Posee brío, gana conforme la trama se va desenredando, eso en el hipotético y feliz caso de que el amable lector consiga vislumbrar alguna trama reseñable. Es un noble producto de consumo al punto de que incluso se permite jugar con la cinefilia del espectador más formado cuando el superagente Charlie Wax - un John Travolta absolutamente memorable - se convierte de nuevo en Vincent Vega al mando de un Royal con queso.
Luc Besson es un francés a la americana cuando siempre ha sido el americano el que se ha afrancesado. Besson explota los clichés que sirve graciosamente Hollywood. Le basta buscarse un secuaz con ingenio (Pierre Morel, Venganza) para no gastarse detrás de las cámaras y, sin embargo, seguir contribuyendo a la nómina de films palomiteros con los que satura desde hace ya casi dos décadas al cine europeo.
De hecho todo se reduce a una espídica travesía por los barrios bajos de París a la caza de un célula terrorista que planea reventar una alta reunión política. A Jack Bauer no le hubiese incomodado echar una mano y cargarse unos cuantos yihadistas. Wax se vale solo. Su valía como héroe de acción agota. En cierto modo, el molde del que sale el tal Wax es el mismo del que nace Jason Bourne, aunque en este conflicto los guionistas se han desembarazado de toda posible indagación psicológica y se han ensañado con el material fungible. Disparos, piruetas, persecuciones a pie, en coche: todo extremadamente bien ensamblado para que el visionado sea convincente y aturda en la medida justa. Nada hay que ofenda en el film: tampoco nada que trascienda. Me parece que estamos entrando en una espiral peligrosa de cine vacuo. Formalmente impecable, pero no miremos dentro. No busquemos. No nos extraviemos en el interior. Ahí todo es vulgar y desangelado de encanto. Ni Travolta, al que admiro en estos papeles de cafre puro, salva el estropicio. Así que hete aquí que este escéptico que últimamente ve menos del cine del que quisiera se encontró a gusto en la butaca. Sin babear, no crean, pero gilipollescamente feliz. Ya está dicho: el cine a veces está en ocasiones al servicio de la mediocridad. Y funciona.

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18.4.10

14:38

I
El libro que más veces he intentado leer se llama Finnegan's wake. Lo escribió Joyce. Lo tengo en una estantería alta. Está entre El libro del desasosiego de Pessoa y Campos de Castilla de Machado. No se contagia de ninguna de los dos. La pesadumbre de Pessoa no infecta la hermética belleza de Joyce. La limpieza sintáctica de Machado no contamina la belleza críptica de Joyce. Ahí están los tres, a mi espalda, mientras escribo, en la estantería alta. Para cogerlos debo hacer un esfuerzo o coger un banquillo. Me pregunto si existe alguna ley invisible que gobierna la forma en que colocamos los libros en las baldas. Fernando Savater junto a Paul Auster. Borges a la vera de Baroja. Las mil y una noches junto a José Antonio Marina. Son habitaciones extrañas. Como dos personas que duermen juntas y se dan la espalda o se abrazan o copulan y después se levantan y hacen vidas divergentes. Uno va a la oficina. Otro a una gran superficie para hacer llenar la despensa. De noche vuelven a encontrarse en el mismo sitio. Se dan la espalda. Se abrazan. Se dicen palabras bajo la sábana. Se aman con ternura infinita o se descosen a besos.

II
Ayer sábado estuve en un festejo admirable. Se conmemoraba que un colegio lleve en pie cincuenta años. Es un colegio de barrio y un poco de esa felicidad doméstica de calle de barrio, rutinaria y jubilosa, de juegos en las plazas y de pequeñas tiendas en las que la vida se abre como un atlas, se dejó ver en los pasillos, en los patios, en la alegría sin metafísica. Uno es alegre sin metafísica. Se le agria el gesto y se le turba el ánimo cuando se convierte en filósofo. Ayer sábado, en el colegio de mi pueblo que cumplía cincuenta años, me sentí feliz sin metafísica. Me bebí la vida en cinco vasos largos y fumé como Humphrey Bogart cuando era Sam Spade. Y escuché, mientras comía un arroz antológico, un vals de Shostakovich que Kubrick me enseñó en un cine.

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3.4.10

Frank Zipnatra


No tengo ni idea de dónde conseguirlo, pero sé que me encantaría volver a fumar (es un decir, ya fumo en circunstancias extraordinarias) y encender los cigarrillos con este zippo maravilloso. Hace veinte años tuve uno que encontré en el suelo de un antro oscuro y dulzón en San Fernando, en Cádiz. Lo usé con vehemencia y fumé con un extraño aire de aristocrática tristeza. Luego lo perdí en otro de esos antros, creo. Como un objeto mágico digno de Propp o de los cuentos fundacionales del primer Tolkien, el mechero igual ha vuelto a su dueño y ahora está leyendo este comentario escrito a título casi estrictamente personal. No manejo certezas sobre la utilidad de lo que escribo para un lector. Incluso para el eventual lector cómplice que sepa de qué pie cojeo y hasta qué punto estoy dentro de lo que escribo. Y hoy, buscando una foto del bueno de Frank con la que ilustrar el post anterior a éste, encuentro esto. Me encantaría que alguien sensible y generoso, al que el azar le premiara con la posibilidad de comprarlo, me lo regalara. No tomen nada al pie de la letra. De hecho, no entra en mis cálculos volver a fumar seriamente.

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28.3.10

Domingo de Ramos



Soy un hombre de poca fe y a veces no tengo ninguna. Me siento bien en ese traje pagano. Vivo al día, vivo adrede, vivo con mi tiempo y vivo, sobre todo, alerta, sensible, razonablemente preocupado, convencido de que éstos son buenos tiempos y de que al paso que vamos, si nadie se obstina en aguarnos la fiesta, el mundo va a ser en breve un mundo mejor, uno más limpio, menos hipócrita, uno en el que sea posible ser un hombre de poca fe o incluso de ninguna y que esa opción moral no le afecte en su vida. También un mundo en el que los hombres de mucha fe o incluso de toda la fe posible vivan sin que esa opción moral les afecte también en la suya. Hablo de un mundo en el que tener o no tener fe no sea importante en absoluto. Que a todos se nos enjuicie por lo que hacemos o dejamos de hacer y no por la adscripción a un credo religioso. He visto cristianos faltos de todo sentido cristiano y laicos con un comportamiento cristiano intachable. Veo todavía casi a diario gente a la que los asuntos del alma sólo les incumben si vienen con el sello epistolar del obispo de turno y que niegan que un descastado, un impío, un blasfemo, un laico tenga algún valor en el sostenimiento de la sociedad, en el levantamiento de los valores que ellos han creído llevar durante siglos. Lo humanista no es únicamente lo religioso. Darwin no excluye a Kant. Se puede enteder el universo desde la ciencia y se puede querer entender el universo desde la luz de la fe, pero la beligerancia subsiste y hay todavía fricción entre quienes matan al mono y los que lo miran con ternura y se ven en sus ojos y se entienden en sus gestos. Y vamos sorteando obstáculos, ganando y perdiendo batallas absurdos, convirtiendo la convivencia en un barrizal, creyendo que lo nuestro vale más que lo ajeno. Hasta el desmayo de la especie. Tal vez la religión sea un impedimiento para que nos entendamos. Hoy, que es uno de sus días grandes, comprenderán que no me sienta particularmente emocionado. Me afectan otros asuntos. Quizá de menor hondura mística, pero me sirven para ir tirando. De eso, al cabo, trata esta tragicomedia. De ir tirando. Feliz Domingo de Ramos.


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Moon over Bourbon Street...





25.3.10

Las tetas de Jayne Mansfield y el quesito rosa...




Mis alcances cinéfilos no dan para nombrar sin titubear una sola película de Jayne Mansfield. En el Trivial Pursuit me manejo cuando el quesito es rosa y te piden un director japonés de los cincuenta o un título de la Hammer y suelo perder miserablemente cuando te asedian con himenópteros, nombres de reyes godos o científicos que ganaron el Nobel de Química.
Hay actrices (o actores) que únicamente trascienden por circunstancias extracinematográficas, ajenas por lo común al talento y más embarrancadas en el glamour, en vidas privadas desbocadas o en escándalos en barbacoas. Hollywood no vive sólo de películas. Si eso fuera así no existiría Jayne Mansfield. El cine no habría perdido mucho, pero el negocio del espectáculo requiere peones combativos, galanes atolondrados que ocupan en pantalla el lugar reservados a los galanes atolondrados y damas de medidas indecentes que ocupan casi toda la pantalla aunque ninguno de sus parlamentos nos emocione. La Mansfield exhibe escote allá donde la Hepburn rebosaba desparpajo dramático o la Davis empaque, esa excelencia casi gélida con la que a veces el cinéfilo se topa cuando la mira a los ojos y busca al ser humano que hay adentro. Jayne Mansfield es la quintaesencia mamaria, la carnalidad hueca de la guerra fría, la ecuación con dos grandes incógnitas, el teorema según el cual uno puede escalafonar en Hollywood siempre que tenga algo de lo que carezcan los demás. Sofía Loren, que no era precisamente un palo y daba sensualidad a espuertas, era un entretenimiento extranjero. El espectador yankee se ponía bizco al mirar una cuarta por debajo de la barbilla de Jayne Mansfield.
La Loren, de la que sí que doy datos y me llevo el quesito rosa, era un exotismo, un imposible, un objeto mítico, una ficción pura.
Jayne era la vecina de toda la vida, la que se fue del barrio con el virgo sin mancillar, la sonrisa estajanovista y hambre ancestral en las caderas. Así se consigue un papelito. Jayne era un posible, un objeto vulgar, una realidad pura. El lector excusará que me haya puesto un punto cafre y haya dejado las abstracciones de costumbre, la metafísica de andar por casa, los incendios del alma y esos nobles accesos de melancolía que en ocasiones me invaden el pecho y se instalan (sin permiso de quien los hospeda) en sus labios. O será la primavera, que ha entrado en plan bárbaro, desmontando las románticas estampas de lluvia triste en los cristales, trayendo júbilo, moviendo la sangre, levantando mástiles de alegría sencilla allá donde antes campaba horizontal y cansina la tristeza de la carne. He visto ya un par de blogs en donde se renuevan los posts (su temática habitual) con estas acometidas de índole cárnica. Algún lector cómplice sabe de qué blogs hablo.
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24.3.10

Kaplan, Kaplan, Kaplan, Kaplan, Kaplan, Kaplan


Siempre que veo este fotograma pienso en los trajes de Cary Grant. Pienso en un anuncio de trajes de marca y unos tipos jugando al baloncesto, en una de esas canchas de barrio negro en Nueva York. Pienso en Tiburón, la película de Steven Spielberg. Pienso en el terror ocupando un espacio infinito y no recluído en un sótano o en una habitación comida de sombras con un repunte de violínes en el aire. Pienso en Kaplan, en lo bien que suena. Kaplan. Kaplan. Y me quedo mirando el fotograma y vienen el baloncesto y el tiburón y la palabra Kaplan en tromba. Aturdiéndome.

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21.3.10

I'm in a New York State of Mind...


Sospecho que se trata de un vicio cinéfilo porque nunca he estado en Nueva York, pero me fascinan las fotografías del skyline, su bizarro amasijo de ladrillo izado hacia el cielo, la inagotable posibilidad de fabular historias a partir de la visión de esos edificios mayúsculos. Es cine. La extensión anínima del cine. De hecho hay películas que me atraen por encima de lo estrictamente cinematográfico y eludo, al verlas, razonar si son buenas o si cumplen los parámetros que le exigimos al cine los que disfrutamos a conciencia de su embrujo. Películas (insisto) que se sostienen porque me regalan calles de Nueva York. Billy Joel lo expresó mejor. Qué canción más hermosa. En las teclas del piano está Gershwin. Juro que lo he oído.
Recuerdo tardes enteras en casa de Rafa Roldán estudiando Pedagogía. ¿Qué tendrá que ver la Pedagogía con el cine o con la música? I'm in a New York state of mind...

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New York State of Mind


Some folks like to get away
Take a holiday from the neighbourhood
Hop a flight to Miami Beach
Or to Hollywood
But I'm taking a Greyhound
On the Hudson River Line
I'm in a New York state of mind

I've seen all the movie stars
In their fancy cars and their limousines
Been high in the Rockies under the evergreens
But I know what I'm needing
And I don't want to waste more time
I'm in a New York state of mind

It was so easy living day by day
Out of touch with the rhythm and blues
But now I need a little give and take
The New York Times, The Daily News

It comes down to reality
And it's fine with me 'cause I've let it slide
Don't care if it's Chinatown or on Riverside
I don't have any reasons
I've left them all behind
I'm in a New York state of mind

It was so easy living day by day
Out of touch with the rhythm and blues
But now I need a little give and take
The New York Times, The Daily News

It comes down to reality
And it's fine with me 'cause I've let it slide
Don't care if it's Chinatown or on Riverside
I don't have any reasons
I've left them all behind
I'm in a New York state of mind

I'm just taking a Greyhound on the Hudson River Line
'Cause I'm in a New York state of mind


La versión final es la primeriza. Impagable el look setentero de Joel.




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20.3.10

Savater en Lucena



I
Una de las cosas asombrosas que le suceden al ser humano es la reverencia hacia sus semejantes. Gente a salvo de la mediocridad a los que con justicia nos apresuramos a venerar porque parte de nuestro aprendizaje emocional procede de lo que han dicho o han escrito. Luego los años eliminan de esa lista a quienes se introdujeron en ella sin los méritos suficientes. Digamos que es la edad la que criba ese inventario casi siempre prolijo de individuos portentosos, de gente de la cultura que se obstina en hacer pedagogía continuamente, que trabaja para el progreso de una sociedad que a menudo se limita a nombrarlos, a contar que han publicado tal o cual libro, pero que en ocasiones peca de frívola y no se empecina en hurgar dentro, en revelar lo que la cultura de un país les debe. Uno de esos hombres asombrosos ha dado una especie de conferencia brevísima sobre la educación en el instituto Clara Campoamor de Lucena.

II
El acto, organizado por la Escuela de Padres y Madres de Lucena en las Jornadas Educar con co-razón, empezó tarde y terminó pronto. Esa brevedad, impuesta por circunstancias que se me escapan, ha perjudicado la hondura de lo contado. Savater ha tirado de oratoria, en media hora amena, sin caer en esa costumbre de algunos conferenciantes que consiste en oírse más que en garantizar la más razonable posibilidad de ser oídos. Savater no necesita escucharse: lleva años en conversación consigo mismo. Los filósofos hacen básicamente eso: cuestionarse todo, interrogar al mundo y contarlo después. Algunos lo cuentan farragosamente, conscientes de que su obra va a ser purgada por iguales, por filósofos, por intelectuales, por espontáneos cómplices de ese corpus complejo, y otros prefieren el lenguaje asequible, la propaganda eficiente del mensaje, la certidumbre de que se le lee. Eso hacen Fernando Savater y José Antonio Marina. En esa cercanía didáctica no se maneja con igual soltura Eugenio Trías ni tampoco Agustín García Calvo, ambos de peso en la historia del pensamiento, aunque menos involucrados en la arena llana del pueblo, en auditorios pequeños, provincianos, llenados por padres involucrados en la educación de sus hijos o en ciudadanos interesados en la educación propia y en la de sus semejantes.

III
Algo de todo esto contó Savater ayer por la mañana. Dijo que la causa de la educación es cara para las arcas del Estado y dijo también que más caro es abandonarla porque el pueblo se asilvestra, se embrutece. Del bruto, del inculto, del que no manifiesta interés por cultivarse, dijo que engolosinaba su ocio con objetos, con lo que el dinero podía ofrecer al modo en que un país que carece de un producto lo importa; en cambio, el culto, precisaba de muy escasos medios para ocupar ese ocio vacío. Paseos, libros, contemplaciones estéticas, conversaciones. Como lo que le interesa al mercado es la creación de una demanda de objetos, la sociedad de hoy en día cree en el bruto, lo mima, le ofrece multitud de reclamos a los que cae sin excesivo rubor. Los hijos de ahora no se pierden en las páginas de Edgar Allan Poe sino en el videojuego sobre sus cuentos. He ahí la diferencia entre cultivarse y adocenarse. Los hijos de hoy en día no leen o leen menos porque encuentran más placer en lo sencillo, en el cine menos exigente, en la rendición absoluta a esas redes sociales que les convierten en sujetos activos en lugar de en espectadores. Lo patético es que esa actividad únicamente merodea los alrededor de lo que de verdad importa. Estamos todos conectados, pero el núcleo de la función está vacío. O vaciado a posta. No sabemos. Tenemos la impresión de que algo bueno hay por debajo, y que nos perdemos el tiempo (miserablemente) en la superficie, raspando lo visible, sin viajar hacia dentro. Todos los viajes son hacia adentro. Y la cultura es un viaje, una travesía hermosa de la que sales siempre robustecido.

IV
Savater no es pesimista: su cultura evita que lo sea. Hay más cosas que no sabemos que cosas que sabemos, dijo. Esa realidad insobornable espolea la inquietud vital del poeta, del filósofo, del que indaga en la realidad y extrae de ese escrutinio racional los asideros sobre los que desplazarse por ella sin que lo aturda. Y Savater privilegia ese asombro, lo convierte en el instrumento fundamental. Del asombro nace el arte y el pasmo ante la Belleza. Dijo también que hay una orfandad ante la belleza. Seguimos emocionándonos ante ella, pero nos resbala más. Y es la escuela la que debe educar para la belleza. ¿Qué le importa realmente a la Escuela hoy en día? La estadística, los informes, las actas numéricas sobre logros que satisfacen congresos y que llenan páginas en los diarios. A menudo incluso lo único que le interesa a esos políticos que administran la escuela es que los ciudadanos del futuro (que serán también políticos y bajo cuya responsabilidad residirá el progreso del país) sepan datos, se adiestren en disciplinas ineludiblemente de peso en la vida laboral ordinaria, pero no se preocupan (o no en la medida en que debieran) en crear ciudadanos sensibles, capaces de persuadir y de ser persuadidos, de contagiar entusiasmo a los demás y dejarse entusiasmar por los otros. En esa sociedad es en donde Savater encuentra la felicidad que persigue. No en la sociedad de padres caníbales que fomentan que sus hijos se coman a sus semejantes. No en la sociedad de apatía cultural en la que compramos a mansalva objetos y luego no entramos en ellos. No en la sociedad en la que se desatiende a la política y se descree de su importancia. Todos somos políticos, proclamó el profesor. No hay nada fuera de la política. La información, el conocimiento y la sabiduria, sobre las que vertebró el entendimiento humano, necesitan administradores, obreros cualificados que gestionen ese material precioso. La cultura es un objeto barato, al cabo. Sale más caro, en general, su desprestigio.

V
Mientras oía a Saveter pensé en Haneke y en La cinta blanca, su reciente película. Debería ser programada en centros de Secundaria de todo el mundo. En esa edad permeable en la que todo puede ser entendido y razonado o todo puede ser desatendido y pervertido por la ignorancia y por lo cómodo que es, en el fondo, ser ignorante. En la película de Haneke se expresa muy nítidamente el peligro de la sociedad ágrafa, enfebrecida por radicalismos religiosos o políticos, reducida a un rebaño manso de bestias camufladas. Pensé en Haneke y pensé en lo solos que estamos los maestros. La lucha en el aula es diaria y una parte de los contendientes ignora que está en una batalla. Mientras que los padres se crean en la propiedad de los hijos y los privaticen, la lucha será más enconada. Porque hay familias abiertamente enfrentadas a la escuela, a la que creen semillero de maldades, lugar en el que se inoculan a sus hijos ideas bastardas sobre la vida. Insistió Savater en algo que yo siempre he tenido muy claro: la educación es un ejercicio compartido. Lo comparte la familia, la escuela, los medios de comunicación, los amigos. Hasta Facebook colabora sin empeño. Si una de esas partes se arroga el derecho exclusivo de educar, el sujeto educando se asfixia, se ahoga, se pierde, se convierte en un zombi, en un mercenario de la causa que le están vendiendo. Savater, sin ser tan explícito, sin encender a un público dispar, religioso en una parte, abiertamente progresista en otro, vino a decir que la derecha clerical, la que se obstina en ningunear asignaturas tan necesarias como Educación para la Ciudadanía, es la que está torpedeando la Educación en España. Que los logros de otros países se han conseguido consensuando intereses, cediendo unos y otros, buscando lugares comúnes en los que trabajar al unísono. El maestro, el pobre, es el indefenso, el que está perdido, el que se pierde entre la obligación de educar a sus alumnos y la obligación (añadida) de persuadir a los padres de esos alumnos de que hay ciertos riesgos que hay que afrontar y que los peligros de afuera se pueden reducir si se trabaja bien dentro.

VI
Hay (digamos) bombardeos preventivos. Andanadas de metralla balsámica. Ráfagas de balas de miedo. Se trata de hacer que el ciudadano del futuro sea una réplica del ciudadano de ahora. El padre cristiano quiere un hijo cristiano. El modelo de familia tradicional quiere modelos de familia tradicionales. El homosexual desea adoptar para que sus hijos prediquen la causa que ellos sufren, aparte de dar amor y de sentirse padres, por supuesto. El hooligan del Madrid se lleva a su hijo a la tasca y lo enfrenta a la pantalla de 50 pulgadas, al griterío y a la comunión mística de la peña con sus ídolos. Todos nos obstinamos en crear clones de lo que somos. Porque nadie se siente mal en lo que es. Savater duda hasta eso: siempre está bien caer en la cuenta de que estoy en un error. Qué triste es no saber pedir perdón, vino a decir. Siempre conviene realizar esta travesía bien acompañado. Qué hermoso es, en el fondo, sentir la diferencia como un bien, más que como un obstáculo. Lo que vendió ayer Savater en el (feo, pero cálido) salón de Actos del Instituto Clara Campoamor en Lucena, mi pueblo y el de cualquiera que venga y lo viva, fue un evangelio laico. Palabras mayores contadas con voz amena, que la acústica del recinto a veces no permitió oír con claridad y que la brevedad del acto convirtió en un bocado exquisito, en un delicatessen de sábado por la mañana que no llegó a llenar a casi nadie. Luego nos metimos bajo un porche, a salvo de la lluvia tímida que mojaba el patio, y nos dedicamos a saquear unos platos de paella y a beber a morro quintos de cerveza. El maestro no se quedó. Se fue a otras obligaciones supongo. Antes del acto lo vi entre la gente, entre perdido y desubicado. Parecía hasta frágil en esa soledad involuntaria, pero luego se sentó y desde la tarima se dio casi al completo. Que vuelva.



Mi amigo Paco García rubricó la emoción con este impagable documento gráfico.

posdatas:

I
Pero a mí el Savater que más me gusta es el que no vi ayer. El que habla o escribe de Charles Dickens o de Robert Louis Stevenson, el que sostiene que Chesterton es una de las mejores opciones para divertirse teniendo un libro delante, el que piensa que quien lee a Defoe o a Salgari o a Scott con doce años no debe ser mala persona cuando sea mayor, el que adora los marcianos de Wells, las hadas de Tolkien, los espejos de Borges, los tigres de Mompracen, las tramas de Conan Doyle, las lianas de Rice Burroughs o la pata de palo de John Silver El Largo. Ese es el Savater que siempre releí con más placer. De eso precisamente le hablé. De recuperar la infancia. Hay un libro suyo que está por encima (en ese aspecto) de casi todos los demás libros posibles. Me faltó (ay) llevárselo y que le echara una firma.




II
No faltó que un asistente, Miguel Marchán, al que conozco y al que después me acerqué para alabarle la intervención, le expresara a Savater, en la ronda de preguntas, la gratitud de quienes, al margen del activismo polìtico, pero sensibles a la barbarie y a la lucha de unos cuantos por erradicarla, apreciabamos su labor en el País Vasco, el empeño de un filósofo por hacer expresarse a ras de calle, contra la voluntad de los que silencian a los que no comparten sus ideas, contra el pánico a que le silencien del todo, contra el terror puro. Miguel habló por mí. Habló por mucha gente. Y Fernando Savater, en algún fondo sencillo de su alma, seguro que agradeció las palabras. Ya lo dijo él mismo: políticos somos todos...





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Un cuento antiguo

 L as máquinas de coser Singer, retratos de un abuelo que muere cada noche en el frente, la patria grande, unitaria y libre, una virgen cosi...