12.9.08

Cuéntame

Hay quien se alivia el dolor hurgando en el ajeno. Mi abuela decía que las telenovelas americanas, las de fuste y viñedos, las que se emperifollaban de glamour y de mobiliario indecentemente caro, las ponían para que el pueblo llano contemplase la ruina moral de sus habitantes, como si la miseria no fuese patrimonio exclusivo de la gleba obrera, del ciudadano invisible y anónimo, aunque ella lo contaba de otra forma y siempre con desperpajo y gracia. Los ricos también lloran. Pienso en esto ahora que las series televisivas están nuevamente en boga. Tanto lo están que algunas le comen audiencia al cine. Los que escriben el diario de sesiones del mundo no ignoran que la televisión es un excelente conformador de voluntades: que la política se vende mejor si es retransmitida y que el contacto directo, la cercanía de los líderes, mengüa su encanto, rebaja el interés que nos causaban y hasta les niega toda posibilidad de éxito. Por eso los asesores de imagen y los gabinetes de mercadotecnia que escoltan la carrera de un político aplican a la campaña la fórmula mágica que combine con mayor fortuna la fotogenia, la sensibilidad social y esa retahíla previsible de tópicos verbales y de gestos más o menos casuales que contagian alegría, empatía y complicidad absoluta con el votante, convertido en una especie de cliente espiritual. La mercancía es un simulacro, un limbo esplendoroso de promesas y de soluciones, de espejismos y de fantasmas, pero lo que importa (lo decía mi abuela) es que nos creamos importantes. Tanto como quienes no lo son. Las heridas son las mismas: nos afectan, en lo íntimo, de igual forma, pero nada mejor que una buena teleserie yankee, de las de antes, de las añejas, para sentirnos ufanos de nuestra mediocridad material. Como los tiempos son otros, tenemos a House, a Dexter, a CSI, a 24. Fatiguen ahí su incredulidad: dense el gustazo de comprobar que ya no nos venden los mismos trucos. Son otros. Habrá que investigar qué fin persiguen. Seguro que no son gratuitos ni casuales.

11.9.08

Lo ha escrito hoy Luis Felipe...




Quien concreta, se pierde las otras mil posibilidades.
Luis Felipe Comendador



Después:



A mí tampoco me gusta en exceso la belleza. André Breton ya lo sentenció mejor que nosotros, Luis: la belleza será convulsa o no será. Y la que hay a ras de calle no alcanza convulsión, combustión. Ni siquiera enajenación. La jalea quien no la conoce de verdad. Vista de cerca, justifica el mundo, justifica tu bitácora de confesiones, Luis, por encima de citas, fotos, photoshop de varia ralea y juegos de niño culto que ha visto en la página en blanco un cosmos en el que ser dios rudimentario, caprichoso y lúdico. Sobre todo lúdico. Así que estamos de acuerdo en eso, en que después de la belleza ya no debe haber, por definición, nada más, ¿y entonces, Luis, y entonces?



Tú sigue bombardeando historias. Hazlo. La belleza no es el destino. Sólo explicarse uno y darse a todos. Tal vez únicamente eso. El oficio secreto y hermoso de escribir.



Che II

Lo dice Jon Lee Anderson, uno de los biógrafos del Che: tal vez hace treinta la revolución era una referencia moral, una especie de imperativo intelectual que oscilaba entre el romanticismo y la astracanada, aunque la legión de adeptos, perdida en la zozobra de la recién proyectada sociedad del consumo, asqueada del mercantilismo, sensible a la incapacidad del materialismo para forjar una clase social sensible y consciente de la nobleza y de la dignidad de los pueblos, abrazaba sin aspavientos cualquier evidencia de liderazgo en un terreno baldío que podía empantanarse de charlatanes de feria y de politiquillos de taberna. Hoy en día no hay espacio sentimental para la revolución: la contracultura no existe porque no hay cultura a la que enfrentarse. El universo es mediático, digital, globalizado y aséptico. Únicamente se le pueden aplicar argumentos empresariales y es la medida del comercio la que gobierna el estado de las cosas. Por eso el Che, en estos tiempos, es un símbolo desafectado de contenido, vaciado por la supremacía de las multinacionales, que colonizan los deseos del ciudadano y abren franquicias mentales en sus esperanzas de una vida mejor. Como la juventud actual está despolitizada, nada de lo que dijo o de lo que hiciera el Che contiene signo alguno de relevancia.
La película de Steven Soderbergh tampoco beneficia al esclarecimiento de la vigencia del mito; más al contrario, envilece la posible legitiminad de una revisión en profundidad de cuanto significó este médico argentino que diseñó una refundación moral de América desde la base misma del pueblo. La izquierda que tutelaba su discurso está ya sepultada por el mejunje ideológico que salpica los parlamentos del mundo civilizado. Salvo la Cuba que amó, ningún país ha seguido la consigna: todos, en su defecto, han adoptado el hijo icónico, el póster que Giangiacomo Feltrinelli, un avispado cronista levógiro usó para vender más periódicos. La incombustible fotografía, el mágico dispositivo visual que ha sobrevivido incluso a la obra política al punto de contaminarla de capitalismo puro y duro la hizo Alberto Korda. Mi amigo K. sostiene que el Che fue un producto de su época. Todos los políticos y los líderes de masas lo son, a su modo. Ninguno se escapa al vacío que tanto conviene a la propaganda comercial. El Che, cómplice de la idea de la violencia como único bisturí para extirpar la injusticia, ha sido injustamente sublimado. Debe ser cosa de la fotogenia, del halo de misticismo que la fotografía de Korda recoge con eficacia, pero es una imagen, una tal vez a salvo del olvido, que surte de una falsa cultura a quienes no hocican en la Historia y buscan en los textos la verdadera razón de la contienda.
El experto en guerrillas, el hombre que pregonaba que el analfabetismo era la puerta de todas las pandemias de un pueblo, el panfletista que ocupaba la calle y llenaba las aceras de hipnotizados soldados, de labriegos expoliados, de mujeres sin esperanza, fue también un terco mercenario de un ideal que, a día de hoy, nos sigue pareciendo el preámbulo fatídico de una manera intolerable de entender la acción política. Fascinado por la violencia, por su uso y por su abandono cuando la violencia daba los frutos que se le exigía, el Che reconcilió la administración de lo públicos con los administrados y se embarcó en el periplo apostólico (y bien lejos estaba la fe en su doctrinario) que no recoge la foto que encabeza el post. No hay nada en esa fotografía que explique el mito. El capitalismo, que es un amante obsceno, se apropia de los objetos sentimentales que le salen al paso: los vacía de pasado, los convierte en objetos vendibles. Me sigue fascinando la idea de que el Che haya contribuído a la rapiña de los mercaderes. Eso es lo que la revolución jamás previno: que sus instrumentos de guerra, su discurso flamígero y su reforma del Estado haya quedado reducida a una taza de te en cuya cerámica china reposa la foto de Korda como un estandarte de lo que no se entiende.

10.9.08

Máquinas que buscan a Dios a cien metros bajo tierra


A fuerza de mirar la realidad con ojos incrédulos uno acaba por desconfiar enteramente de sus manifestaciones más sensibles. Si ya cuesta creer en coros arcangélicos y en la bondad del cielo que a todos los puros de corazón aguarda más debería costar creer en la física subatómica, en la materia oscura que se esconde debajo de la materia visible, en el corazón íntimo del universo. Yo ya no me creo que existan manzanas y puertas de acero reforzado. Tampoco que tenga ahora delante una pantalla de 19" a la que miro por si los dedos viajan demasiado deprisa y escribo lo que no debo. No me creía casi nada, pero ahora estoy dispuesto a cerrar el resto de credulidad que me quedaba. La culpa la tienen unos cientifícos que andan mareando la perdiz del origen del Universo en un aparato carísimo enterrado cien metros bajo el suelo cerca de la neutralísima ciudad de Ginebra.
El LHC, la máquina total a la que se le encomienda encontrar a Dios debajo de la alfombra de 20 siglos, por lo menos, de teologías tozudas y de bélicos efectos secundarios, es un proyecto faraónico que diagnostica el estado moderno de la ciencia y de la especulación mística en estos tiempos de relativismo y de globalización. Hoy, 10 de Septiembre de 2.008, en el corazón de Europa un haz de protones habrá recorrido la longitud de ese anillo tremebundo de metales formidables a cien metros bajo las flores y el estiércol de las vacas. Ese haz misterioso buscará su par, que fue lanzado en sentido contrario al mismo tiempo. Del ayuntamiento de estos prodigios de la naturaleza saldrá el escenario hipotético en el que se forjó el universo tal como hoy lo conocemos. Como sabemos casi todo lo que he pasado a la criatura naciente de esta coyunda microscópica, interesa ahora hurgar en la nada, en el espacio hueco que surje cuando no encontramos formas, volúmenes, líneas, colores, trazos, rugosidades, hendiduras...
Lo que más asombra no es que la tecnología avance hacia Dios o hacia el limbo en el que siempre hemos colocado a Dios: lo verdaderamente fascinante es que un ejército de empollones con coeficientes de inteligencia ofensivos para el resto de los mortales planteen, a lo tonto, como el que pisa una mierda de caballo y se excusa por el hedor que desprende su zapato, una teoría alternativa a la ya digerida a través después de estos dos milenios de probaturas, concilios de la fe y de la razón y demás engendros de la imaginación y del talento humano. Me imagino el dolor que causará saber que no existe la manzana o que existe de un modo tan inextricable que ya no será posible moderla a gusto, sentir la carne pulposa perderse en la garganta, que ya no será nunca jamás una garganta y pasará a engrosar la lista de objetos fabulosos en donde antes estaba el cuerno del Unicornio o el vellocino de oro o la piedra filosofal.
A la manera en que en la antigüedad el hombre depositaba en las catedrales la grandeza de su espíritu a los ojos de la posteridad, el hombre del siglo XXI crea fortalezas subterráneas cuyo fin, a la postre, viene a ser hermano del medieval. Antes buscaban a Dios con la elocuencia de la piedra de las catedrales: ahora lo persiguen en la intimidad inconcebible de lo que no se ve, pero existe. En eso, por fortuna, estriba la diferencia más sutil, y también más hermosa, entre los alquimistas de la fe de antaño y los cruzados de las ecuaciones del hoy. Mientras ven cómo galopan bajo la tierra sus lenguas de luz, nosotros abonamos el misterio, sentimos el fragor interno de la duda, que es un bicho terrible cuando se domicilia en el alma y nos elige para sus andanzas.

9.9.08

Estadísticas

Uno de cada cuatro niños en España roza el umbral de la pobreza. Dos de cada cinco es obeso. Uno de cada tres jamás ha leído un libro. Tres de cada cuatro conocen varias plataformas de videojuegos. Todos ven infames horas de televisión. La estadística da escasa tregua a la alegría. Estamos convirtiendo el futuro en un pedregal de fracasados. A la televisión le incumbe parte del mal, pero no conviene representar el mal en su figura totémica. Ese mal no se ataja mutilando el miembro infectado. En todo caso sería la escuela la que formaría un espíritu crítico lo suficientemente sólido y maduro como para entender los mensajes que transmite y extraer de sus contenidos los que en verdad estimulan la creatividad y el manejo racional de toda esa oferta. Por leer un libro o por no ser fácilmente engañado y manipulado por los medios de masas no va a decrecer el número de niños en el intolerable umbral de la pobreza. Ni tal vez exhiban una figura apolínea y derrochen salud en cada gesto. Tampoco hay que criminalizar la realidad ya imparable de los videojuegos. El 20% de la población española es pobre. Entonces, ¿tiene sentido que exista la ps3? ¿Que nos extasiemos viendo a Nadal en Roland Garros? ¿Que discutamos sobre la pertinencia de alienar a Raúl en la selección?¿Es razonable que el gobierno ahombre esfuerzos por sacar una ley del aborto o una sobre la memoria histórica? Aceptando que cualquier de esas dos realidades merecen un máximo de atención, tal vez haya que atajar (antes) problemas de más enjundia social. El hambre. La liviana línea que separa la miseria del bienestar en un país que principiaba (hace pocos años) fulgores y destellos en logros jurídicos, económicos, políticos y ciudadanos y ahora (como tantos otros, no nos engañemos) naufraga en el proceloso oleaje de la incertidumbre. Del caos, dirían algunos. La estadística sentencia. Lo de los niños orillando eso de la pobreza se entiende que sucede en países del Tercer Mundo. Igual éste nuestro, proclamado primero, conserva en su subsuelo extensas capas de tercermundismo. Niños que pasan hambre cerca de tu casa. Televisiones que intoxican al espectador con la previsible ración de miseria ajena que tape, en lo que pueda, la nuestra. Siempre ha sido así. No hemos progresado mucho. Duelen los mismos órganos, pero ahora la prensa se sincera más de lo convenido y suelta estadísticas con la asepsia habitual. Todo muy bien diseñado. Pobres a la carta. Lea usted, señor. Esperamos, en el fondo, que no le hayamos estropeado el desayuno. De usted depende que nuestra empresa no entre en números rojos. Otra estadística. Que vuelva Azcona. Nadie como él para contar estas cosas.

El tren de las 3:10: Bucle, belleza y nostalgia


El western, a pesar de las puyas de las tecnología y del auge de otros géneros que engolosinan más al público semiadulto, que es el que hace caja y el que dirige los patrones narrativos en boga en el cine, sobrevive como puede. Entendido como un viaje iniciático, como una especie de mapa de la épica de la construcción de un país, ha escrito página memorables en los anales de la industria del entretenimiento. Algunas de las mejores películas jamás hechas son westerns y su legión de fans se abastece de la nostalgia y tira de Samuel Fuller, de Sam Peckinpah, de Budd Boetticher, de John Ford o de Anthony Mann, por citar sólo cinco grandes, para ajustar su deseo con la realidad y no sentir que la cartelera le desprecia. En realidad es así.
El último gran film del Oeste, la grandiosa Sin perdón de Clint Eastwood, era (a su modo) un epitafio a la crónica del género. Eastwood rendía cuentas pendientes y tributaba el homenaje de un cineasta fascinado por la poética de un modo de contar historias indisolublemente afincado en el paisaje en que suceden y en la gesta primordial de los hombres que conquistan ese paisaje. De hecho el western clásico, el que sitúa al héroe en su periplo topológico, manifiesta sus códigos y sus vicios, su iconografía adusta y brutal, con pasmosa eficiencia. Sabemos, con muy sucintos elementos, qué nos van a contar con sólo ver al jinete acercándose al pueblo y se nos informa, con también minúsculas claves, la empresa a la que debe entregarse a costa de su vida, pero sin que salga perjudicada su dignidad o su rectitud. Da igual que el héroe haya sido un mercenario o un modesto granjero (casi como en esta película de James Mangold).
Lo que sustancia el relato es la arquitectura moral de su empeño. El viaje que el héroe realiza no suele incluir regreso: siempre hay praderas que fatigar, hogueras que prender en la noche. El héroe del western, como una especie de Quijote, no busca el conflicto, pero es incapaz de renunciar a su participación en su desenlace. Esta trascendencia, en ocasiones, las más, precisa de su bizarro despliegue de violencia, pero a diferencia de la que recorre el cine negro o los blockbusters de acción pura al estilo La Jungla y derivados, la violencia que explicita el western se asienta en razones convincentes, en principios arquetípicos universales como la venganza limpia y sin saña o la supervivencia en un medio hostil, sin dueño, expuesto a la barbarie que supone el nacimiento de toda sociedad. El No man's land. El vestigio fragmentado de un mundo que está creciendo y cuyos novicios habitantes crecen con él. Se entiende que existan ciudades sin ley, pueblos en los que la justicia se manuscribe siempre con caligrafías torcidas, reducidas a litigios sobre menudencias y, sobre todo, donde todo el mundo está dispuesto a medrar y a hipotecar su vida en ese legítimo empeño.
El cine encuentra en el western un material noble y muy digno: enseña valores humanos y combina, sin rubor, la concesión comercial, que es un reclamo indiscutible del género, con la fabricación de un subgénero que, escorado o interno, siempre a la vista si el espectador es cómplice de su semántica, busca el melodrama, el tormento del alma, como le gustaba a Dostoievski, esa desazón dulcísima que conduce al hombre a perderse por amor o por codicia, por la justicia que no se cumple o por la salvaguarda de un código al que jamás renuncia.
El western es un género tan rico que cuando un cineasta mete la pata lo hace estruendosamente. Ahí tenemos fiascos recientes como Rápida y mortal o la incomprensible reivindicación en clave de chanza titulada Wild wild west. Pienso, no obstante, sin mirar a los clásicos de John Ford o del propio Delmer Daves, que hizo este tren a Yuma por primera vez, en Bailando con lobos, la pieza magistral de Kevin Costner, pero tampoco olvido los spaghetti-westerns, inflados de clichés, relamidos de soberbia cinematográfica y al que los lectores de Marcial Lafuente Estefanía se entregaban con absoluto ardor. En mitad de todo este barullo teórico está esta película. Y además lo está con cierto orgullo de producto muy bien hecho.
El tren de las 3:10 es, junto con El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford (Andrew Dominik), la demostración de que la industria de Hollywood es, cuando quiere, nostálgica y da cuartelillo a estas pequeñas andanadas de cinefilia militante. Mangold confía en las convenciones del género. No sólo confía: administra su pulso narrativo conforme al catecismo de la ortodoxia más reconocible. Filma con entusiasmo la grandilocuencia del paisaje y, al tiempo, afina en la voluntad de no perder de vista las relaciones entre personajes. Así Bale y Crowe, entre el estupendo recital de escenas de acción, tienen tiempo para reflexionar sobre la redención y la culpa, sobre el amor y sobre la insobornable capacidad del ser humano para reconocer la valentía y el buen corazón de los demás. Incluso cuando nada incite a buscar ese limbo de buenos sentimientos y de actitudes honradas. Y ese cuidado en la profundidad psicológica de estos dos personajes, el criminal de imposible redención y el granjero responsable que sólo busca dinero para sacar a su familia del fracaso, posibilita que el final del film sea, en su ya demasiado estirada lógica, creíble y uno salga de la sala de cine con la idea (publicable, eso hacemos) de que no ha visto ningún western digno de figurar en hipotéticas listas de clásicos, pero que la película de Mangold es una aire fresco y muy limpio. Puestos a exhibir prejuicios, El tren de las 3:10 es una película más del Oeste. No albergo duda alguna a ese respecto. No enseña nada nuevo, pero hace tiempo que, a falta de novedades, me he propuesto disfrutar con lo que ya conozco.

6.9.08

Che, el argentino: El origen del logotipo



Nunca me fascinó la fotografía del Che. Ni siquiera cuando los libros me contaron las razones del mito. Tenía un amigo que paseaba Córdoba con una camiseta negra en la que estaba la cara desafiante, la gorra calada y la barba desigual. Supongo que tampoco este amigo argumentaba el icono. Nadie le pidió explicaciones, pero de alguna forma todavía hoy (veinte años después) relaciono la figura de Ernesto Guevara con la involuntaria camiseta de mi amigo adolescente. Algo parecido me pasa con la película de Steven Soderbergh: que no consigo abstraer la contaminación de ese icono que se ha ido maleando, escorando de su apresto primitivo para convertirse en un fetiche pop, en (quizá) el fetiche pop por excelencia. Y la cinta, a pesar de su estimable vocación de tributo, no pasa de un documental al que desacredita la hagiografía del héroe de Sierra Maestra, del revolucionario idílico. Tal vez todos necesitemos una revolución, y el argentino en busca de ideales a los que entregar su fiereza moral y su firme voluntad de conducir a los pueblos oprimidos a cierto tipo de nirvana social (luego devenido falso o romántico en exceso) imanta esos deseos y los expulsa, amplificados, convertidos en pura fotogenia, en chapa en una chaqueta, en póster en una carpeta de apuntes de Filosofía. El pobre Che, el Comandante sacrificado por la Historia, terminó fragmentado en dos: el que practicó el marxismo y quiso que los pueblos gestionaran su propio destino y el que iluminó la vacuidad moral e intelectual de varias generaciones que se apropiaron de una imagen y la exhibieron como mercancia. Curioso que el Che Guevara, cruzado anticapitalista, haya entregado su rostro a un inabarcable negocio.
Soderbergh, sobrio hasta el tedio, renuncia al colorido didáctico en el que caen otros biopics (pienso en la fallida, en el fondo, historia de El último rey de Escocia) y enfatiza lo prosaico, la sentimentalidad de un líder, su disciplina ética (censurable y encomiable al tiempo).
Primera parte de un díptico, con Guerrilla finiquitándola, Che, el argentino abruma por lo aséptico de su discurso, por la obsesiva dependendecia de la palabra del biografiado, que navega el metraje como un texto interesante, en ocasiones, pero plúmbeo e irrelevante, en otras: llegó un momento en que me sentí abrumado por la repetición de situaciones, de modelos narrativos que sustentan una historia no muy sencilla de contar, pero que acaba por perderse en deshilachados flashbacks, en brumosos episodios que en poco benefician al soporte dramático de la historia, despeñada en una frialdad innecesaria. A mi amigo adolescente, perdido en el tiempo y en la cartografías de la memoria, igual le ha fascinado este prospecto sobre su camiseta. Si me lo encuentro, se la recomiendo enfáticamente. Por los viejos tiempos, camarada.

5.9.08

La literatura celular: José María Merino hace cuentitos


Metateoría de los cuentitos

Donde se cuenta una teoría de las teorías de los cuentitos en forma de cuentito
José María Merino



La primera sabiduría

La ficción fue la primera sabiduría de la humanidad, cuando la realidad exterior parecía sólo un conjunto de adversidades incomprensibles, hostiles, violentas, la ficción ayudó a entenderla: el sol es una brasa que una mano inocente lanzó una vez al cielo, el viento nos trae la voz de los muertos, la lluvia derrama de repente sobre nosotros las lágrimas perdidas, en los sueños nos habla lo que deseamos o lo que tememos. La ficción fue la primera forma comprensible de la realidad.


La paradoja fundacional

No fue el ser humano quien inventó la ficción, fue la ficción lo que inventó al ser humano, pensó el profesor Souto, y se sintió más acuerdo que nunca.


Las historias de siempre

«Desde que la ficción nos inventó, contamos las mismas historias, una y otra vez. El día que contemos una historia realmente nueva, diferente, nuestra especie ya no podrá llamarse homo sapiens sapiens» Y alguien entre el público exclamó: pues yo creo que eso es una historia nueva, profesor.


Páginas puerta

El profesor Souto, después de pensar tantas y tantas páginas de ficciones, comprendió que eran puertas, y después de cruzar tantas y tantas puertas, descubrió el Jardín Literario.


El Jardín Literario

El Jardín Literario ocupa el mismo territorio que en su día ocupó el Edén. En él habitan miles de Adanes y de Evas, en él hay toda clase de plantas y numerosos árboles de la ciencia del Bien y del Mal. Por él pasea Dios, una vez con tricornio, otras con turbante, otras con solideo, pero siempre con barba blanca. También pasea por allí Zeus y danza Siva, y Manitú afila sus flechas, pero hay ocasiones en que las que ningún dios existe, y se escucha una flauta que entona la melodía de la misteriosa soledad humana. También anda por allí Satanás, a veces en la forma rastrera de la serpiente, otras vestido de rojo, incluso disfrazado de sacerdote, imán o rabino. Hay ángeles acorazados, de espadas flamígeras, y ángelas con los pechos al aire y libros de versos y rosas en las manos. En el Jardín literario conviven todas las identidades humanas y todas las conductas animales. Abundan los héroes y las heroínas, los malvados y las perversas, las gentes abnegadas, traidoras, cobardes, visibles e invisibles. Hay dragones y gatos, leones y cuervos, asnos y águilas bicéfalas, ruiseñores y monstruosos insectos. Las manzanas son allí fruta común, y no sucede nada catastrófico al comerlas, o al menos regalarlas, o al verlas caer de los manzanos.


La historia del corazón

El profesor Souto, a lo largo de sus investigaciones, descubrió que la verdadera historia de la humanidad se encuentra en el Jardín Literario, porque solo allí está la historia del corazón humano, con todos sus latidos, sus pasiones, sus quimeras, sus infartos.


Orientaciones

En el Jardín Literario resuenan los versos y los diálogos teatrales, se habla en todas las lenguas y desde todas las formas de la conjugación verbal. En él se suceden los senderos, las escalinatas, los bosquecillos, las colinas, los estanques, las acequias con sus puentecitos, los cenadores. Está la pérgola de las elegías, el camino de los netos laureados, los parterres de la poesía de la experiencia y el pabellón en cuya columnata se enredan los poemas del conocimiento, las colinas de las novelas totales y la loma de los best-sellers, hacia la parte de los lavabos. A veces hay laberintos, y en ellos pueden encontrarse lectores de mirada extraviada, que ya ni siguiera recuerdan cómo se pregunta por la salida de emergencia.


La glorieta miniatura

En uno de los extremos del Jardín literario, lindando con los alcorques de la leyenda, los macizos de la fábula, los parterres y pabellones de la poesía y las praderas del cuento, se halla la Glorieta Miniatura. Hay muchos que al llegar allí quedan desorientados, porque los relatos diminutos no les permitan ver el inmenso bosque de la ficción pequeñísima.


La ficción pequeñísima

En el inmenso bosque de la ficción pequeñísima, que rodea la Glorieta Miniatura del Jardín Literario, hay también innumerable especies vegetales, y en él pululan hombrecillos y mujercitas, pájaros casi microscópicos y toda clase de objetos y animales de tamaño también muy reducido. Para que os hagáis idea, allí los dinosaurios tiene el mismo tamaño que las musarañas en el resto del jardín. Y cuando la gente se despierta, esos dinosaurios siguen allí.


La obra de una vida

El profesor Souto ha dedicado buena parte de su vida, más de veinticinco años, a l investigación de los especimenes en los alrededores de la Glorieta Miniatura, y su exhaustivo trabajo sobre las ficciones brevísimas alcanza la suma de diez mil y uno caracteres (con espacios), es decir ¡casi siete folios completos!


A primera vista

Uno de los principios de jardinería en la Glorieta Miniatura es que el microcuento más largo y el cuento literario más corto tiene la misma extensión, lo que suele confundir incluso a los especialistas.


La podadera

Para el vigoroso crecimiento del cuento minúsculo es muy conveniente el arte de la poda: hay jardineros enloquecidos que sueñan con conseguir un minicuento que no precise texto, ni título.


De saprofitas

Así como las setas son saprófagas y se alimentan de materia orgánica en descomposición, gran número de relatos hiperbreves se alimentan de materia literaria ya muy macerada por el tiempo y las relecturas. Las variedades de microficciones son tan numerosas como las de setas. Y también es preciso conocerlas lo mejor posible, para no intoxicarse, aunque lo ciento es que nadie ha muerto envenenado por un microcuento.


De simbiosis

Hay entre muchos relatos mínimos una fuerte tendencia a vivir de la energía de la memoria del lector. Esos microrrelatos cobran la figura de una ficción, y el lector pone casi toda la sustancia. En el proceso de lectura, el minicuento segrega un peculiar fluido hipnótico, de manera que tal vez el lector está leyendo algo ya conocido que, bajo la forma de tal minificción, tiene sabor de primera lectura.


De acoplamiento

Los mejores microrrelatos son los que toman tanto como dan: ellos se fortalecen con la memoria del lector, y él se regocija con la nueva apariencia del mito: un toma y daca tan perfecto y satisfactorio como una buena cópula.


Floración repentina

El espectáculo más memorable desde la Glorieta Miniatura es ver cómo florecen las minificciones: a cualquier hora del día y de la noche, con lluvia y con sol, bajo la helada y contra el viento, abren imprevisiblemente sus pétalos de infinitas formas y colores, y los vuelven a cerrar casi antes de que el curioso pueda advertirlo claramente. Hay que tener buena vista, y paciencia.


Sobre velocidad

¿Relatos vertiginosos, ficciones súbitas, cuentos fugitivos? De acuerdo, pero el buen microrrelato debe moverse con mucha rapidez mientras permanece inmóvil.


Minicuentos carnívoros

Ojo, entre las formas de la ficción brevísima hay algunas carnívoras, que llegan a morder. Pero solo se las puede identificar desde la experiencia. Lo mejor es no acercarse. Si las ves muy hurañas, da un rodeo.


Otras especies

Aparte de las especies más comunes, hay minificciones aerófagas, y pirófagas, y otras que viven en el agua y del agua, y otras del gusto de reír, y otras del gusto de sufrir, porque los posibles nutrientes son innumerables. Un minicuento podría brotar incluso en este mismo texto, si es que no ha brotado ya.


Mutaciones

También las mutaciones son interminables, y solo el talento del jardinero, que también debe saber lo suyo de biología, permite que encontremos un minicuento nuevo y sorprendente en eso que tantas trazas tiene de aquel relato brevísimo que nos deslumbró una vez, y que acaso escribió un tal Chuan Tzu hace cientos y cientos de años.


Hibridaciones

Lo más sorprendente del jardín de los microcuentos es que son capaces de polinizarse, o diseminar sus esporas, para conseguir infinitas hibridaciones. Un poema acaba fecundando a una fábula que pone un huevo en forma de aforismo y termina con un beso ávido o una puñalada entre los protagonistas. Muy difícil encontrar los patrones de comportamiento, las pautas biológicas y reproductoras: así hablaba el profesor Souto.


Una mordedura

Investigaba las especies del Jardín Literario: los ecos del cenador de los monólogos lo ensordecían, el rincón de las elegías le producían algo de alergia, solía ortigarse en la glorieta de los sonetos, en el sendero de la poesía de la experiencia daba demasiado el sol, a veces le sofocaba el intenso aroma de las novelas totales, le aburrían cósmicamente los best sellers. Solía descansaren uno de los prados que rodean la Glorieta Miniatura, entre los relatos brevísimos, pero un día se quedó dormido y un minicuento carnívoro le mordió en el brazo. La mordedura se infectó, y quedó manco. Así fue como se le ocurrió escribir el Quijote más breve del mundo.


Historia de Don Quijote

En un lugar de La Mancha vivió un ingenioso hidalgo y caballero que estuvo a punto de derrotar a la Realidad.


Corpus y Canon

Perseguido por el Canon, el Corpus llegó a un callejón sin salida.—¿Por qué me acosas? —preguntó el Corpus al Canon—. No me gustas— añadió.—El gusto es mío —replicó el Canon, amenazante.


Sin título I.

El IV Congreso sobre Minificción comenzó en la tarde del día 8 y terminó en la mañana del día 6. Los asistentes se sintieron confusos, porque les parecía que se había desarrollado con demasiada rapidez.II.—Si supieras lo que he menguado —dijo el relato, y terminó-


Genética

Microrrelato se casó con minificción y tuvieron muchos minicuentos pero todos les salieron bobos, menos uno al que llamaron Cuentín.


Vida de hotel

Tu cuerpo se refleja en le espejo del cuarto de baño, el rostro borrado por el vaho. Temes que el vaho se despeje.


Final infeliz

Un cuentín y una cuentina se encontraron en una mesa redonda y se escaparon juntos, pero un profesor los logró atrapar de nuevo y los devolvió a la antología. A ella la puso en la jaula de las minificciones y a él en la de los microrrelatos. Nunca más volvieron a encontrarse.


Plaga

En poco tiempo, la casa se le llenó de microrrelatos. Se multiplicaban incesantemente, y empezaron a ser muy dañinos en la biblioteca. Ni trampas ni venenos pudieron exterminarlos, y tuvo que trasladarse a otra vivienda. Ahora cree que sus libros están a salvo, sin saber que miles de microrrelatos están rodeando la casa y que nada podrá evitar la invasión.


Sorpresa peligrosa

Luisa Valenzuela nos dijo que acaba de descubrir que «funicular» era un verbo. Al escucharla, el tren acostumbrado a bajar y subir en una aburrida e interminable rutina, sintió tal sorpresa que se detuvo un instante en mitad de la pendiente. Si no hubiese recuperado instantáneamente el sentido del motor, hubiéramos caído marcha atrás, cuesta abajo, y seguro que habríamos quedad todos completamente funiculados.

Altos designios

Inspección general del universo. En el sistema solar, encuentran al tercer planeta hecho un desastre. «Estos bichos lo han llenado todo de porquería», dice el Espíritu Santo. «Habrá que limpiarlo», replica el Hijo. «De acuerdo. Desde mañana, Cambio Climático», ordena el Padre.


Pie
De soltero ha pasado a solterón y está bien acostumbrado a dormir solo. Una noche lo despierta la sensación de un contacto insólito, uno de sus pies ha tropezado con la piel cálida y suave de un pie que no es suyo. Mantiene su pie pegado al otro y extiende su brazo con cuidado para buscar el cuerpo que debe de yacer al lado, pero no lo encuentra. Enciende la luz, separa las ropas de la cama, allí dentro no hay nada. Imagina que ha soñado, pero pocos días después vuelve a despertarse al sentir de nuevo aquel tacto de suavidad y calor ajeno, y hasta la forma de una planta que se apoya en su empeine. Esta vez permanece quieto, aceptando el contacto como una caricia, antes de volver a quedarse dormido. A partir de entonces, el pequeño pie viene a buscar el suyo noche tras noche. Durante el día, los compañeros, los amigos, lo encuentran más animoso, jovial, cambiado. Él espera la llegada de la noche para encontrar en la oscuridad el tacto de aquel pie en el suyo, con la impaciencia de un joven enamorado antes de su cita.


Final no sexista

Abejas y abejos, ardillas y ardillos, arañas y araños, cigarras y cigarros, focas y focos, golondrinas y golondrinos, jirafas y jirafos, lampreas y lampreos, langostas y langostos, merluzas y merluzos, morsas y morsos, moscas y moscos, nécoras y nécoros, nutrias y nutrios, ranas y ranos, ratas y ratos, truchas y truchos, urracas y urracos, os saludo a todas y a todos, y os vaticino que, tal como se están poniendo las cosas en este planeta, tenéis los días contados.



Textos fruto del latrocinio del libro de José Mª Merino, La glorieta de los fugitivos. Minificción completa. Páginas de Espuma, Madrid, 2007
Microcuentos, breviarios de la imagínación, cuentitos (como Merino escribe), en todo caso, un placer absoluto que debe leerse con reposo y distancia, sin agotarlos en un arrebato causado por el deslumbramiento. Entonces se produce el prodigio de la literatura.

4.9.08

Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto: De martillos, pobreza y redención


Hay vidas modélicas, untadas de éxito, infatigablemente bendecidas por el concurso más generoso de los astros, pero al cine como espectáculo narrativo le fascina la tragedia, el caos, cierta imprudencia (casi temeraria) en abordar el riesgo, sobarlo con delectación y hasta encamarse sin pudor con su más vírica y canalla carne. Quien nace martillo le caen clavos del cielo, contaba Pedro Navaja. Algo de esto tiene Gloria Duque, la maldecida por la suerte protagonista de la ópera prima de Agustín Díaz Yanes. A Gloria le caen todos esos clavos, le caen a destajo como una letanía y los clavos la van amortajando en vida. El cine español de posguerra, cuando no metía la inspiración en el ciego folclor de la copla para negar la crudísima realida, abundaba en personajes condenados al desprecio, plebe gris que fundamentaba su escaso júbilo en placeres de muy sencillo alcance y que ahora, ahogados como estamos en esta sociedad del consumo obsesivo y de la oferta homicida, nos parecen (invariablemente) humildes y vacíos. De hecho el personaje formidablemente escrito por Díaz Yanes, que no es rico en parlamentos, me hizo pensar en el cine en blanco y negro de esa época, pero aquí la historia tiene hechuras modernas y pronto se abandona uno al simbolismo (noir, por supuesto) de su propuesta: el personaje de Yanes, Gloria Duque, habla en los actos, y ve caer la lluvia perturbada hecha vendetta en que en ocasiones se convierte la vida sin que en ningún momento tengamos certidumbres sobre la naturaleza del castigo. Pero Nadie hablará con nosotras cuando hayamos muerto nunca renuncia al sobrio espectáculo de puro cine negro al que se acoje desde su primera (y demoledora) escena de apertura, aunque se deje querer por un costumbrismo de increíble factura técnica y que está encauzado por la película subterránea que transita todo el metraje: la que protagoniza una Pilar Bardem (igual que la inconmensurable Victoria Abril) investida por la gracia del espíritu dramático. De hecho la cinta es, al tiempo, un díptico: uno que exhibe solapas frágiles, pero visibles. Se trataría, en el fondo, de contar las cartas de esa tragedia mascada desde el inicio (ese diestro corneado, la voz temblona de la mujer al contarnos el desastre, los bajos fondos en Méjico y la truculencia de la escena sobre la que gira toda la película, al más puro estilo Tarantino) y la lenta confirmación de que la esperanza en el porvenir, como decía la letra del tango, es legítima. Esa esperanza la llama fe el cristiano, pero la heroína de la historia aquí vertida no mira hacia ningún Dios y difícilmente su atropellada mente podría centrarse para entrar en juegos teológicos. Su naufragio es de una naturaleza enteramente material y ya se basta ella para deshacer lo que el azar le tatuó en el futuro. Sí es, no obstante, la fe y la maquinaria simbólica a la que ésta se afilia para deslumbrar a sus adeptos la que organiza la redención del sicario que persigue a Gloria/Victoria, un también estupendo actor como es Federico Lippi, al que le caen también sus clavos. Todos somos martillos y hay por encima de nuestra timorata presencia humana los clavos que venían el pack.

1.9.08

Historia de España nuevamente contada



Aznar suelta que la foto de las Azores (16 de marzo del 2.003) es el momento más sublime de los últimos doscientos años de Historia. Se le nota el punto de nostalgia en la frase, ese tufo a mitómano de sí mismo con el que tal vez duerma mejor. Los políticos organizan así su memoria: se permiten postales exóticas, viajes a países recónditos en los que les recibieron con vítores, fanfarria y confeti. Como el Coronel Kurtz en Apocalypse Now, via Conrad, que terminó de reyezuelo de una comunidad de alucinados. Al político, venga de donde venga, tenga la doctrina que tenga, se le da bien el trato con el pueblo. Contra pronóstico, la función pública no se abandona jamás. Aznar, en el fondo de su alma, continúa en la foto de las Azores o en la escalinata de Moncloa recibiendo a los gerifaltes del mundo. Uno no puede estar muy alto y después renunciar con facilidad a esa ingravidez aristocrática. No es un reproche: le puede pasar a cualquiera. Lo curioso de la política es que la puede ejercer un individuo sin la cualificación específica para desempeñarla. Tenemos ejércitos de abogados, notarios, catedráticos de Sociología, maestros, novelistas, inspectores de Hacienda, asesores en un holding noruego de telecomunicaciones. Esos gremios pueden convenir para escalafonar a la política. Y más curiosamente todavía, una vez que el político abandona el cargo puede zanjar la excedencia temporal y regresar al origen laboral o usar el despacho y las influencias para medrar en otros circuitos de trabajo. Si yo dejara la docencia a la que me dedico no imagino qué podría hacer. Soy un ignorante en casi todo y me he descubierto huésped perfecto de mi oficio. Seguro que esta firme convicción mía la comparte cualquier lector. Los héroes del curro son los que capean las circunstancias adversas y se sienten capacitados para echar las horas laborables en lo que toque. Admiro a esa gente más que a la clase política. Luego, al despeñarse del cargo, cogen una foto, le ponen un marco y la miren extasiados, en arrobo completo. Airean que la Historia de España sufre una inflexión con la instantánea y viajan para dar conferencias sobre lo que le echen. Tienen las alforjas tan prietas de episodios que nunca se les atraganta la posiblidad de ir publicando, en fascículos coleccionables, la novela de su éxito. ¡Si al menos hubiese sido el nuestro! El amable lector no se ciegue con el apellido Aznar: como si este cronista de sus vicios le tuviera alguna antipatía al hombre, que no es cosa ahora de confesarnos del todo. También González tiene sus exabruptos mitómanos, su desembarco en los medios, en El País, en los altavoces afínes, y ahí se deslengua sin rubor. Todo político, más si está en retiro, sabe que hay un público entusiasta que le abanica el aire al paso y le sonríe las gracietas. Todo depende del grado de fidelidad al ideal que vendió en su programa. Lo de las Azores igual ilumina el patriotismo y la exaltación de los valores identarios de nuestra nación en la parroquia aznariana, que existe y espera, empachada de líder, el regreso del prócer sacrificado. A mí, de cualquier manera, todavía me dan repelús, que es una palabra preciosa, las cumbres de los poderosos, esas reuniones al más alto nivel en donde se cartografía la salud del mundo y se decide el reparto del bienestar de sus ciudadanos. Me temo que es una responsabilidad demasiado exigente como para que pueda ser despachada en una reunión trimestral. Con los pies en la mesa. Además (foto que cierra la entrada) se lo pasan en grande. Unos más que otros. Cosa de la novedad en las risas.
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Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...