23.6.26

Jazz / 22 / Kind of blue





i

 La niña lee los créditos del disco. Por ver quién toca el piano, quién la batería. Tal vez no tenga las herramientas que descerrajen las palabras y se acaben comprendiendo. Las palabras son oscuras y temibles cuando no se sabe leer. Pueden encerrar monstruos, nubes de tormenta, cimitarras de hierro. La portada del disco no es la alegría de la huerta: una cara negra en un fondo negro, los ojos entornados. Carece de los colores con los que suele entretenerse la mirada, toda esa sublime opulencia de las cosas cuando se las mira con los ojos del asombro o los de la fascinación. Más que otra cosa, en la espléndida portada a ojos adultos, se aprecia la negrura, desmentida por el metal de la trompeta, bien embocada. No se sabe en qué momento se produce el resplandor de la belleza ni cómo se adentra y ocupa lo que antes era un erial o un hueco triste o solo. El disco que gira en el plato, girando, le estará produciendo una zozobra dulce y áspera al tiempo. También con la edad se percibe esa ambivalencia: lo dulce y lo áspero, el candor y la violencia. La belleza no tiene un patrón, carece de nomenclaturas, no se aviene al discurso de las palabras, las esquiva, se prefiere en lo inefable, en el estupor, en la ensoñación. La niña se está dejando conmover, aunque se arredra, no hay nada en la melodía que la haga entusiasmarse, entender que se está divirtiendo o no entenderlo en absoluto, pero feliz por ese cosquilleo en la boca del estómago y esa sonrisa levísima con la que agradecemos la restitución de la dicha. Hay una especie de contención voluntaria. Ahí están Miles Davis en la trompeta, Cannonbal Adderley en el saxo alto, John Coltrane en el tenor, Wynton Kelly y Bill Evans en el piano, Paul Chambers al contrabajo y Jimmy Cobb a la batería obran el milagro. Siguen deslumbrando. No importa la edad. Se precisa que esté el ánimo abierto, las orejas de par en par postradas al aire, el corazón ensimismado, el alma sensible. Nada que no tenga una niña. Nada que le haga falta tan pronto, por otra parte, pero qué prodigio que ese tumulto de sonidos la engolosine, la haga salir de su caparazón y echar a volar. La música echa a volar a quien la escucha. Estará sonando mi pieza favorita del jazz, lo cual es mucho: So what. Tengo una camiseta en la que se ve una figura que representa a Miles, echada hacia atrás, tocando. En letras grandes se lee So what.

II
El hecho de que haya días en los que no oiga ni una sola nota de Miles Davis no incomoda mi absoluta rendición a su genio, no modifica la certidumbre de que está a mi lado, atento a que le llame. Este obrero estajanovista de mirada perdida y apasionados diálogos con su alma a través de la trompeta hizo cientos de discos, se hizo acompañar de cientos de sidemen e influyó a cientos de músicos que influyeron a cientos de músicos. Una especie de facebook sin números binarios de por medio. Él anduvo siempre arriba, presidiendo la comunidad del jazz como llave para abrir la nueva sensibilidad del ciudadano moderno. Porque el jazz es la música clásica de nuestros tiempos igual que antaño el Barroco o la época de la grandes sinfonías lo fue en los suyos. Escribir sobre Miles Davis es un placer: uno no necesita acudir a otro sitio que no sea el corazón y es ese músculo el que consiente las palabras y da la medida exacta del amor que se puede profesar por un músico. Da igual no saber qué es el bop, el cool, el hard bop, el jazz modal, el jazz fusión. Solo hay que escuchar. Esa encomienda.
III
So what, los minutos más maravillosos que este cronista de sus vicios ha escuchado. Me perderé como suelo en la perfección. Existe. Dura poco más de nueve minutos. Es una catedral acústica. Una catedral dentro de otra. Como una Matrioska de sonidos. Como un milagro con un dios al tanto de las leyes de la física o de la química. Miles está en pensando en Dios. A su manera, reza, aunque parece que esté descansando o incluso durmiendo. Quien habla solo hablará con Dios un día, escribió el poeta. A Miles se le puede oír hablar solo cada vez que se agarra a la trompeta. En directo era un punto huraño, uno de esos genios adscritos al desequilibrio, en continua gresca con el mundo. Yo, que soy un descreído en esos asuntos de Dios, pienso que Miles entraba en una especie de trance y entonces no era posible ser un tipo sociable y exhibir la sonrisa enorme que Louis Armstrong ponía en su cara gorda y simpática. A Miles, en cambio, se lo imagina uno creyente, devoto, dando gracias a las alturas por la gracia recibida y recitando pasajes de la Biblia en la intimidad, después de una jam session o en la cama, antes de conciliar el sueño. Todo muy cool, por supuesto. Un Dios cool y sincopado. Miles está pensando en Dios y le está contando que ha encontrado el equilibrio cósmico en un solo, en un pulcro acabado de la melodía que el azar o la inspiración o el talento le regalaron la noche de antes. Charlie Parker, hasta arriba de heroína, hablaba también con Dios y le explicaba el secreto centro del mundo, encontrado en el prodigio de una improvisación. Debe ser estupendo creer en Dios así, improvisando, metido en la restitución de un don, sin que intervenga la heroína, debo añadir. Imagino también a John Coltrane con los ojos cerrados, acariciando con mimo exquisito su saxofón, pensando en el cosmos. Coltrane es una especie de Carl Sagan inculto, rociado de talento, convertido en un sacerdote del más allá en este acá tumultuoso, tóxico y lírico. Debe ser magnífico ver a Dios y luego poder traducir esa visión prístina en una pieza de jazz o en un verso o en un plato de spaghetti a la boloñesa. Por otro lado, hay cientos de obras maestras por donde no está Dios por ningún lado. En algunas incluso hay un esfuerzo titánico por parte del autor por razonar su absoluta inexistencia. Que se lo cuenten a Buñuel. Imagino a don Luis en un rodaje, en su silla de director, echando una cabezadita, pensando en un plano, en un diálogo que no acaba de cuajar. Y llego a la conclusión de que los dos (mi Miles y mi Luís, porque ambas son de alguna forma una posesión personal) han contribuido a mi felicidad.
IV
El arte será mestizo o no será. Miles Davis llevaba tatuada esa frase en los pulmones. Sin haber leído a Breton, supongo. La apuró hasta que no le entró ni una sola brizna de aire. No dejó de mezclar texturas durante los más de cuarenta años en que mantuvo entre sus manos una trompeta. Lo de menos es que a esos mejunjes sónicos le llamaran cool, bebop, hardbop o jazz-fusión. Importa escasamente que las músicas tengan la etiqueta con la que las pretendemos comprender. De hecho, podríamos prescindir de las nomenclaturas. No saber nada más que el nombre de los músicos y el título que le pusieron a la pieza que tocan. Ni eso siquiera. Podríamos ir más allá y prescindir de eso incluso. Por eso a veces me gusta poner jazz en la radio. Porque no sabes qué estás escuchando. A Julio Cortázar o a Boris Vian (declarados amantes del jazz) no les hubiese importado recrear la vida huraña y austera de un melómano que únicamente escuchara discos de jazz de principio a fin. Uno a salvo de las inclemencias del tiempo o de los gobiernos, encapsulado acústicamente, privándose de las rutinas de los demás, misántropo selectivo, capaz de turbarse ante un solo de Michel Petrucciani, tocando So what, e insensible a un abrazo o al amor que una madre exhibe cuando besa a un hijo. Hitler amaba a Wagner y despreciaba al pueblo judío, qué dislate. Está el arte ahí, dispuesto a asistir en gozo al noble de corazón y al impío de alma, en igual medida. Por eso no imagino a nadie inclinado al mal escuchando jazz. Digamos que el jazz adiestra y predispone al corazón a que maniobre con bondad por donde pase. Que la sangre fluya limpia y no se malogre con los venenos habituales. Sí, reconozco que me ha salido un post moralmente generoso. Miles Davis podía ser, en la intimidad, un verdadero cabrón y, sin embargo, hacer temblar el cosmos cuando entraba en un estudio o subía a un escenario con Bill Evans, John Coltrane, Cannonball Adderley, Jimmy Cobb y Paul Chambers y grabar uno de los mejores discos de la historia de la música, Kind of blue. No se puede ser un cabrón integral pensando esa música, sintiéndola ir y venir por dentro, como un río de alegría. Pero ya digo, ando hoy inclinado a la inocencia. Me trepa el candor como una lagartija mística. Si tuviera que elegir una canción que borrase a todas las demás sería So what. Enfebrecido, cólericamente. Conforme escribo y la escucho, me declaro insolvente para escribir nada más. Habrá otro día. El día será tonal, prescindirá de los acordes habituales, irá como saltando, haciendo olitas pequeñas. Kind of blue es espontáneo, deliberadamente frágil: las tomas que se hicieron fueron las definitivas, no hubo excesivo retoque. Cuenta Bill Evans que el grupo no sabía nada de las piezas que iban a tocar. Miles llegó con bocetos sonoros horas antes de empezar a tocar. Evans escribió un texto que se colocó en la contracubierta del vinilo. Transcribo un trozo: "Existe un arte visual japonés en el que el artista está obligado a ser espontáneo. Ha de pintar sobre un pergamino terso y delgado con un pincel especial y tinta negra al agua de tal forma que un accidente o una interrupción quiebre la línea o rompa el pergamino. Las correciones o cambios son imposibles. Estos artistas han de ejercitar una particular disciplina, permitir que la idea se exprese en comunicación con sus manos de una manera tan directa que no permite deliberación alguna". Es el disco más vendido en la historia del jazz, el más reverenciado, el álbum de jazz que tiene quien no tiene al jazz como música favorita. Una catedral. Un cielo.

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