Viene el verano con su boca de esparto. Está ya el cuerpo hecho a rendirse ante los rigores del calor. La memoria climática, la que todos llevamos adentro como una especie de termostato sentimental, exige un cambio, un sacar las prendas ligeras y guardar las que hemos tenido al retortero en entretiempo. Confieso que miro los partes metereológicos con el suspense con el que me manejo en otros asuntos de más hondura emocional, pero no albergo esperanzas, todo me sabe a viejo amigo al que debo la rotunda rutina del trato. Miro los mapas a la búsqueda de un indicio de renovación, pero no me dan los placeres que busco y sigo abriendo la ventana del dormitorio cuando me acuesto o enciendo el split para que me acaricie su frío sin historia. Ahora mismo estoy dialogando con una cerveza bien fría. Me conoce bien. Sabe de mí. La miro con gratitud.
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