La política, la que se cuece en estos tiempos extraños, la que se coció, dejadme que en mi pesimismo sostenga que también la venidera, es un alucinógeno: peyote en el córtex cerebral, psicodelia en el lado ingenuo de la masa gris. El gobernado, a fuerza de ingerir fármacos legislativos, confunde la realidad con el Boletín Oficial del Estado. Ebrio de decretos, hechizado por la oratoria de quienes administran su destino, el ciudadano se convierte en un adicto a la narcosintaxis y se ciega de programas y de promesas cada cuatro años, que es el umbral natural en el que el político se mira al espejo y observa el estado de conservación de su sonrisa (todos los dientes están perfectos) y la prestancia orgánica de su gesto. No es que haya desafecto por la política en España: ese desdén es global. Se puede estar en contra de España o a su favor, entenderla o desentenderse, pensar qué podemos hacer para que mejore o no tener inclinación personal alguna hacia su mantenimiento y sustento. La idea de la patria es complicada. Parece que el hecho de nombrarla delatara algún tipo de adhesión ideológica, cuando no debería inferirse pronunciamiento político de ningún tipo: es otro el invocado. Al modo en que uno cuida su propia casa o a su familia y se esmera en que medren en bienestar, los países reclaman atenciones, no siempre discursos. Los países nacen, crecen, se desmembran, mueren. No sabemos cuáles habrá en el año 2134. Ya no hay Roma. No conviene hablar mal de ellos. Ni del país propio ni del ajeno. El hecho de que hayamos nacido en uno es aleatorio, bien podríamos haber pertenecido a otro, pero tampoco la vida que se tiene es la que se planea de antemano. No hay un propósito fiable. Todo es tan frágil.
El lugar en donde vivimos, lo escuché anoche en una de esas tertulias de radio o lo soñé anoche y esta mañana creí haberlo escuchado en esa tertulia, es una extensión del mismo cuerpo, una especie de prolongación abstracta, pero de fácil manejo, si no nos ponemos belicosos y a todo le ponemos traba y reparo. Hay quien disfruta en ese manejo de las cosas. Quien evita nombrar a España y dice "este país", como si el refrendo semántico alentara una querencia de la que no se desea alardear o como si no conviniera pronunciar la palabra que la nombra. España no es abstracta, eso no lo escuché o no lo soñé. Es tangible, tiene memoria, historia, cicatrices, ceniza. Incluso si le extirpamos la parte exportable, todo cuanto se usa para representarla y de lo que habría que prescindir para entenderla, España es más que una ordenación territorial, mucho más que una bandera que hacer ondear cuando se gana una competición deportiva. También es una incógnita, una tentativa de algo, un bien común, un mal conocido, un tema de conversación. No creo que haya muchos países a los que les preocupe tanto su noción de nación, perdonen (si pueden) la aliteración. Nunca he visto un francés renunciar a su condición de francés. No hace falta extenderse en la dimensión moral que para un británico (da lo mismo que abrace Europa o la rechace) tiene Gran Bretaña. Aquí hay un empacho de patria o es hambre de ella lo que hay. Nos gustan los extremos. Será nuestro carácter. El termino medio es de tibios. Los tibios del mundo se mancomunan en su tibieza y no declaran jamás nada que los señale. Preferimos callar, no darnos, no comprometernos, hacer que prevalezca lo privado
Es que todo es política, nada queda afuera de ella. Cualquier consideración, por peregrina y mundana que sea la materia de la que trate, acaba arrimada a la política. Sales a la calle a comprar el pan y haces cola y lo más normal es que irrumpa la política. Algo hecho o dejado de hacer nos la trae de cuajo. Ves a un pobre pedir limosna en la puerta del supermercado y es a la política a la que ves. La argamasa de las relaciones que unos y otros vamos teniendo está hecha de ella. A veces se advierte el grumo mismo; otras, por delicadeza o por magisterio del operario, cada pieza se ensambla con la siguiente sin que se perciba ese engorroso excedente de la logística. Cuando la política no hace su habitual corrillo de entusiastas es porque no hay nada que moleste o perturbe. Luego está el que retira la política de entre sus conversaciones. Más que por tibio o por reticente a mostrarse, lo mueve la prudencia, ha aprendido a comedirse, se ha visto muchas veces comprometido y ha sentido que no ha valido la pena esa sinceridad. Estamos hechos de política. La usamos a diario, sin que sepamos.
Hasta donde yo sé, por lo oído o por lo entrevisto, por lo leído o por lo entendido, no hay manera de que salgamos del marasmo sentimental de la patria, no hay forma de que unos y otros la sintamos propia al modo en que es propia la casa o la calle en la que vivimos. Se es más de barrio o de ciudad, se es de Córdoba más que de Andalucía y, por supuesto, hay quien se postula andaluz o aragonés o catalán antes que español. La españolidad ha quedado en cosa pintoresca, en argumento literario, en cosa de refriega dialéctica. No sé bien qué hubo, algo tuvo que haber, para que se desmontara la idea de España, que estaba en proceso de montaje para algunos y montada, bien montada tal vez, para otros. Se ha contaminado la propia palabra que la explicita: España. También la otra: política. A la primera solo la consideramos nuestra cuando hay (ya se ha dicho) un evento deportivo (fútbol las más de las veces) o cuando los desestabilizadores de la periferia la zahieren, la cogen a dos manos y la arrojan a los perros. Ahí, cuando la atacan, sacamos el fuego interno, el larvado; ahí nos declaramos españoles por la gracia de Dios y exhibimos la bandera en el balcón o el pin en la solapa. Lo que no hay es un término medio. La segunda, la política, creemos ignorarla o que podemos pasar de ella, pero se persona con enconada frecuencia. Hay quien ama a su país, supongo. Hasta podemos entender que se produzca ese arrobamiento puro. El amor es de naturaleza extraña, un poco o un mucho teatral. Se puede amar el país en donde uno ha nacido sin que intermedie la tragedia. La de ahora, la partición de España en fases, la demolición brusca de la convivencia, la contienda infame de los políticos, todo ese guirigay de corral, es una tragedia de la que saldremos, a qué ponerse triste o pesimista. Acabaremos saliendo, sí, créanme. No porque seamos fuertes o porque España merezca el esfuerzo. Quizá salgamos por mera inercia. La naturaleza siempre corrige sus desvaríos, enmienda sus errores. No estaría de más que arrimáramos nuestro trabajo para que no todo dependa del azar, ese gobierno en la sombra.
En el problema de España, como querían los noventayochistas, hace falta una pedagogía, un vademécum en el que se compendien los fármacos que precisa para que progrese como país igual que otros lo hacen, pausada y casi imperceptiblemente. Yo, de entrada, no le tengo un fervor excesivo, pero tampoco la repudio. Hay días que me noto un español subido. Tengo ratos en que me duele (tan arraigado eso de que duela) y otros en los que no me preocupa lo más mínimo. Podían haberme nacido italiano o de Mozambique, pero quiso el azar que mi madre me alumbrara cordobés y es esa la marca que me fue impregnada. Pasa con los países como con la religión: o se cree o no se cree. España es un asunto de fe, tal vez sea cierto. Quizá las nacionalidades sean en el fondo religiones camufladas, convertidas en un apaño político o histórico o folclórico. El territorio, leí una vez, es el grado cero del paisaje, pero primero es el paisaje, primero son los árboles y los ríos, el campo que se extiende donde acaban las calles del pueblo. Puestos a amar, yo amo el paisaje, el que he visto siempre, con el que he crecido. Todo lo demás es un añadido interesado. Recuerdo eso de los ingleses de que allá donde deje el sombrero, ahí está mi casa. Es una hermosa reflexión, dice mucho, demuestra mucho. En ese hilo de las cosas, la liturgia de la patria importa más que el objeto ofrecido en ella. Somos más de iglesia que de Cristo. Si mañana nos pidieran que hiciéramos algo por salvar a España, vaya usted a saber si no sucede, cosas más extrañas estamos viendo, deberíamos empezar por sentir orgullo. No el tipo de orgullo belicista del que cree que lo suyo es lo mejor, ninguneando lo ajeno. Se suele entrar en ese emponzoñado (en el fondo) vicio de sostener que los raros son los otros. Esa idea de que los que no nacieron aquí no entienden, no pueden ni siquiera entender, si se les instruye. La patria se aprende también. No hace falta haber nacido en ella para apreciarla. Ese orgullo es incluso balsámico. Este verano, verán como no marro, tendremos las banderas de nuevo en las ventanas. Hay fútbol. Juegan unos países contra otros. Como si alguno fuera de verdad diferente. Como si no ganáramos todos cuando vence únicamente uno.
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