Hay desórdenes alegres que disuaden de la tristeza y de la grisura. El que más he practicado consiste en desprenderme de toda medida del tiempo, pero no creo haber llegado a detentar una pericia mayor que la sobrevenida al hacer la cama correctamente o estar al tanto del horno cuando se dora el pollo de los domingos. Hay una desaconsejable impaciencia cuando uno se envalentona y decide descuidar cuerpo y alma y dejar que las cosas sucedan a su antojadizo capricho. Siempre hay algo que malogra esa épica privada, ese tumulto hueco. No se sabe cómo renunciar a la costumbre. Ni siquiera tenemos la certeza de que podamos hacer los desempeños habituales sin que la rutina nos asesore y corrija cuando de pronto acometemos una empresa inédita y nos da por mirar el cielo hasta que los ojos únicamente entienden de nubes o cuando la música que suena inesperadamente por una ventana de la calle que paseamos nos hace regresar a la infancia y escuchamos los ruidos de los juegos y hasta olemos el pan en la talega que llevábamos a casa para el almuerzo. Lo más formidable de esta intendencia de uno mismo es no saber qué vendrá después. Porque todo lo tenemos medido y en todo aplicamos una tasa y una expectativa. La verdadera felicidad consiste en abandonar cualquier perspectiva razonable y convidarnos a la novedad y al misterio. De todos los caminos que hemos recorrido recordamos el que nos turbó, no el franco y asequible. Es esa confianza en lo clandestino, en lo que no ha sido examinado ni se le ha adjudicado un nombre o un recuerdo. Uno de estos días probaré a desentenderme del tiempo. Por ver qué hay ahí, en esa bruma. Por volver más tarde y hacer la cama y dorar un pollo.
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