Por
la gracia de la palabra, comido
por la fiebre de lo inconsútil,
de lo libre de fragmentarse,
acudo a lo evanescente.
Me
congracio con lo etéreo,
me
sustancio en lo sublime,
distingo
entre lo mucho lo único
y
con arrobo novicio lo flipo.
Da miedo pensar que se acaba uno muriendo sin haber sido el coronel Kurtz en el Mekong, Paul enjabonando a Jeanne en un apartamento sin mu...
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