Por
la gracia de la palabra, comido
por la fiebre de lo inconsútil,
de lo libre de fragmentarse,
acudo a lo evanescente.
Me
congracio con lo etéreo,
me
sustancio en lo sublime,
distingo
entre lo mucho lo único
y
con arrobo novicio lo flipo.
El horizonte, mar adentro, es una hucha millonaria. El cielo, un testigo ciego. La moneda de oro se pierde en el hondo azul. Se lo contaba...
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