Por la gracia de la palabra, comido
por la fiebre de lo inconsútil,
de lo libre de fragmentarse,
acudo a lo evanescente.
Me congracio con lo etéreo,
me sustancio en lo sublime,
distingo entre lo mucho lo único
y con arrobo novicio lo flipo.
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Admiro la gente que extrema su cautela para no perder el ingenio, la chispa, esa destreza en lo exquisito que los hizo alguna vez grandes ...
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