Por
la gracia de la palabra, comido
por la fiebre de lo inconsútil,
de lo libre de fragmentarse,
acudo a lo evanescente.
Me
congracio con lo etéreo,
me
sustancio en lo sublime,
distingo
entre lo mucho lo único
y
con arrobo novicio lo flipo.
Yo fui Syd Barrett diez minutos. Supe del éter y de las voces en la cabeza. Aprendí el rumor de las moléculas intrépidas. Vi los teja...
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