True detective es una serie que habla sobre la enfermedad. Lo hace sin que en momento alguno apreciemos de qué dolencia se trata. En cierto modo apela a lo que no se ve más que a lo manifiesto. Hace que indaguemos en la trama, produce que nos involucremos en la resolución del conflicto que plantea, pero logra que no importe el desenlace o que importe menos que la forma en que ese desenlace se va formando. No es una serie comercial, no busca serlo: la historia que nos cuenta es alambicada, está narrada con la confianza del que sabe que no hay otra forma de hacerlo. True detective se expande. Meses después de haberla acabado sigue agrandándose, componiendo en mi cabeza su propia suerte de residencia, mezclándose con la poca metafísica de la que uno dispone. Porque True detective es un thriller teológico. Esta noche, en un gimnasio, le decía a un amigo que es el único thriller teológico que conozco. Podrá ser muchas cosas, y de hecho hay material para construir un puzzle de géneros, pero el que se impone, el válido después de que se aposente la serie dentro de uno, es el de la teología. Una cosa muy extraña eso de que se persigue a un asesino en serie, uno absolutamente retorcido, y se introduzca a Dios y se componga un libro de salmos alrededor de esa investigación. La filosofía es una investigación, bien mirado. Los pretorianos de las series solemos mirarlas con la perspectiva de que se asienten en la memoria: las vemos en la creencia de que es un acto relevante su visionado al modo en que lo es leer un libro o una película. El cine de ahora es la televisión. No es nada nuevo esto que digo. La edad de oro de la televisión permite que unos showrunners privilegien la hondura moral al actioner puro, premien el discurrir antes que la mera presentación de una trama clásica, aunque la borden. True detective es de una consistencia narrativa absoluta. Lo que los agentes Cohle y Hart buscan durante 17 años no es al asesino sino al mal puro, que batalla contra la belleza. Siempre existió esa batalla. Quizá es la única que existe. La del mal contra la belleza. La de lo hermoso contra lo malsano. Luego está McConaughey. No hay cómo dejar constancia del hecho de que el actor se involucra en el personaje. No hay forma de entender la serie sin la presencia de McConaughey. Tenía que dejar yo también registro de True detective. Se lo debía a mi hermano norteño Alex, me lo debo yo mismo, que quise escribir nada más acabar de ver los antológicos ocho episodios y no supe o no quise, no sé. Tampoco ahora, merced a la petición de otro amigo al que se la referí en el inexpresivo contexto de un gimnasio, sé cómo contar lo que vi. Uno nunca sabe contar lo que vio cuando le importa mucho. Espero que la disfrutes, Manolo, aunque no hay forma de que no conmocione, guste más o menos, se adentre con más o con menos hondura en el alma. Porque el cine o la literatura - la belleza convulsa de Breton - se alojan en el interior, viven en el interior, perduran como si fuesen algo impregnado a uno de forma indeleble. Eso es.
31.7.14
30.7.14
Un Bartleby con Coppertone
Sospecho que no tengo suficiente experiencia como para escribir una novela. Desisto a poco que encaro hacerlo, me impongo cierta rutina que luego sé que no podré obedecer, admito que mi edad no es la adecuada y que no habrá ninguna que lo sea. Está la escritura y está la voluntad de ser escritor, pero no me siento suficientemente cómplice de mis vicios. Como si ellos fuesen por un lado y yo, desganado quizá, los contraviniese, les diese de lado, consintiese que no son relevantes y que lo importante es otra cosa, pero no sé qué cosa será ésa que cierra la puerta de hacer lo que hace tanto tiempo que ando buscando. Quizá hoy, ahora, sea la última vez que plasmo en palabras esta especie de pequeño dolor al darme cuenta de que la vida, la muy cabrona, impone su voluntad, hace que todo se pliegue a su antojo voladizo. Así que dejo de insistir, no me muestro en el escenario como el único actor de mi trama, abandono, abdico, soy un rey que decide no reinar en el país que ha ido pensando. Se está bien en la pereza consentida, razonada, de no hacer lo que, en buena medida, no procede. No sabemos cuándo procederá, no tenemos esa certeza redonda, no va a importar no tenerla. Leyendo como estoy buena novela este verano (Amis, McEwan) no tengo deseos de ir más allá del terreno abonado a mí, cómplice conmigo, por donde piso, a diario, sin reglas, hecho a capricho mío. Ahí entra la bondad absoluta de este blog. No porque lo valore yo, que lo hago; no porque crea que tiene algo que pueda ser considerado y apreciado, que algo tendrá, sino porque es el país verdadero en donde me expando. Está bien expandirse, evadirse, hacerlo todo elástico y obediente. Escribir es un oficio duro, pero no es de una dureza que no compense. Ha muerto la novela: capítulo final. Dejo de dar la tabarra, me meto en otros asuntos, me inclino a lo que mejor hago o, mejor expresado, a lo que hago con menos impedimentos. De todas maneras no es el verano época para grandes empresas. Ya he escrito por aquí de la desgana, del placer de preferir no hacerlo. Seré un Bartleby con Coppertone.
28.7.14
Vidas prestadas / Un verano de Carver y de Hopper
No sé la de películas que habré visto con moteles como éste. Las sigo viendo. Los moteles baratos, de carretera, los de la periferia de las grandes ciudades, dan mucho juego narrativo. Hay vidas enteras que caben en una de esas habitaciones. De hecho son el refugio de quienes las han malogrado y deciden apartarse de lo que han sido y ser otros. Las habitaciones de hotel permiten la posibilidad de ser otro. Basta regresar a casa para volver al confort de la rutina. Lo que no proporciona el hogar es la representación del viaje que el hotel cumple con absoluta eficacia. No es únicamente el hecho de poseer una residencia nueva, eventual y precaria, pero nueva, sino la sensación formidable de que ha sido residencia de otros antes que tuya y de que de alguna forma esa habitación se ha ido impregnando de vivencias y de azares, de vidas prestadas también. El obsequio de la estancia consiste en saber que es eventual. Se trata de colaborar, sin un empeño especial, dejándose ir, en una trama de la que sabemos poco o incluso nada. Es un lienzo y no sabemos quién está pintando detrás. El hotel ofrece una vida coral, canjeable por otras vidas, que huele a literatura, aunque no sepas qué es la literatura y para lo que sirve. Como en un cuento de Carver. Llevo un verano muy de Carver y muy de Hopper, muy de libros pequeños, enjundiosos y completos, y de cuadros que son libros también.
El de la fotografía es un motel cercano a Las Vegas. No hay un autor que citar, pero la imagen es la de cientos de películas que se inspiran en ella.
26.7.14
El mar antiguo y el cielo protector
El mar tiene la facultad de embravecerse más allá de donde termina. En los juegos de los niños el mar es un paisaje incluso cuando lo tienen enfrente y la baba de las olas les mojan los pies en la orilla. Lo malo de ser adultos es que dejamos de ver el mar. Ni siquiera advertimos su presencia cuando está a la vista, inmenso y azul, manso o encrespado, amenazando con engullirnos. Amo el mar sin la necesidad de otros de nadarlo o de bucear bajo sus aguas. De hecho nado o buceo poco o a veces, según tercie el ánimo o la pereza, nada. Mi amor al mar es de otra índole, es de una extraordinaria pasión, pero está manumitido de una intimidad más procaz, que suele ser de la que otros se valen para animar las charlas o para pavonearse y decir he aquí lo que hago, mirad hasta dónde soy capaz de llegar. El mar es la arena también; la arena y las montañas a lo lejos y la bruma cerniéndose como un refugio. No hay que vez que el mar no me cuente algo cuando lo miro, ocasión en la que su imponencia no me anonade. No hay otro paisaje que me rebaje más, que me haga sentir pobre y perdido y también privilegiado por asistir a un espectáculo tan maravilloso.Ni las montañas, cuando se van juntando unas con otras y caracolean y se ponen levantiscas y miran al cielo caprichosamente, me provocan una sensación tan poderosa. Por eso admiro a los héroes del mar, toda esa gente que se adentra en sus dominios y abandona la tangible cercanía del suelo, el cobijo antiguo del suelo ofreciéndonos una casa. Pero el mar es también una casa, la casa de la que venimos, dicen. Yo creo que los personajes de la foto saben todo esto y libran su batalla con ardor y con entusiasmo. El mar es una ola que no descansa, la misma terca ola desde el principio absurdo de los tiempos hasta el hoy frágil y brumoso. Durante todo ese tiempo no ha dejado de batirse y de encresparse y de izarse y de caer bajo el cielo protector. Todos los cielos protegen: el que cubre el mar lo hace con mayor afecto. Todos los mares son, en cierto modo, los mares de la infancia. Al mirar el mar se vuelve a la niñez, cuando se le mira sin literatura. Luego se mete la experiencia del mar en la visión del mar, luego se deja uno llevar por todo lo contaminado que lleva dentro.
19.7.14
Vicios de verano II
En ocasiones conviene estar triste, declararle al mundo que algo dentro de uno está roto o simplemente censurar el entusiasmo, esa urdimbre invisible de esplendor orgánico, la trama feliz con la que resistimos el oleaje canalla de los días. Conviene la tristeza, a pesar de algunos indicios fiables de alegría que mansamente nos distraen, pero se tarda muy poco en regresar a la mullida estancia de la tristeza y menos todavía en encontrar pasto confortable a los sentidos, que están a salvo del vértigo. El vértigo atropella, el vértigo invade, el vértigo devasta. Cerrado, concluido en uno mismo, relevado de ninguna responsabilidad social, nàufrago de sus vicios, consciente de la ilusoria mentira de la felicidad y conjurado para acceder al limbo perfecto del equilibrio, pero no es posible todo esto, oh my friends: la realidad atropella, la realidad invade, la realidad devasta. Lo real, por real, por su sustancia invasiva, aturde. No hay escapatoria posible: se vive para los demás, se firman a diario infinidad de contratos, se abren hipotecas emocionales y se constata que el eremita, el que gobernaba la travesía de su alma a antojo, sin administración ajena, era en el fondo un pobre imbécil, un descarriado al que la vida lo había arrojado a ese abismo de grises y de silencios en el que el tiempo no existía o, en todo caso, únicamente existía bajo la obscena especie de sus movimientos peristálticos. Son tiempos de bonanza a pesar de la crisis: tiempos fantásticos para quien huye de la tristeza: huir hacia adelante, empitonando lo que se presente, cuidando de no involucrarse en demasía en nada para así poder lamer las aristas visibles de todo. Tiempos de banda ancha y twitter, espejos deformados de una sociedad acelerada que deposita su vértigo (el vértigo, ah el vértigo) en el infinito inventario de entretenimientos servidos con lujuria de adornos y ávidos de que se les manosee, pero no vayan a creerse dueños del objeto recién adquirido. Nada nos pertenece: todo es estacionario. Confusa está mi alma, pero a sabiendas de la confusión avanza, bracea, repta, escala, empuja, escala, se hace y se deshace a cada instante, alerta por si la señal wi-fi flaquea y nos quedamos en mitad del coito sentimental con las horas, que se dejan penetrar y hasta arquean su cintura mística para que nuestras acometidas sean más profundas y gozosas. Por eso en ocasiones conviene estar triste, desprenderse de todo historial y mirar el mar, cuando anochece, como si fuésemos el único habitante de esta franquicia del ocio. El mar, ah el mar, qué plenitud la suya, qué catedral sin dios, qué hondura sin alma, o la tiene y por eso obra como suele el mar, por eso las olas, por eso la soledad infinita de sus adentros, a los que no llegamos. Pero en verano, en días grises como el de ayer, el mar sustancia lo hermoso como casi nada a lo que yo ahora pueda agarrarme. Uno se esmera en las palabras, en lo que puede, pero no alcanza a nombrar todo lo que observa. Ayer, el Atlántico, mirándome, mirándolo. Fue un diálogo inapreciable por los demás. Lo tuvimos un par de minutos en los que lo miré y nos miramos, insisto. Nada que yo sepa organizar en palabras, nada que me libere de la sensación de hermandad, de la paz que me produjo saberme espectador de una obra tan sublime. De cosas sublimes, es cierto, del mar cuando de vez en cuando nos conmociona. Somos frágiles, somos poca cosa, la verdad. No sé si conviene al final la tristeza, la sobrevenida, la que te calma y hace que te concentres en lo que te rodea. El entusiasmo, ese júbilo inargumentable a veces, conviene también. Escribir es un acto de entusiasmo absoluto. El verano hace que lo haga menos. Se distrae uno con tanto.
16.7.14
Vicios de verano I
No sabe uno no hacer nada, no comprende la esencia de ese abandono, que no es pereza en sí misma, sino otra cosa, más cerca de la voluntad de no interferir en nada, de no involucrarse en nada y de estar a salvo del esfuerzo físico o incluso del intelectual, pero no hay manera, no se cumple del todo la inactividad o se cumple sin brillo, cayendo en ocasiones en pequeños oficios, en tareas que no querríamos hacer y a las que, sin embargo, nos inclinamos. Las vacaciones nunca lo son de una manera absoluta. Las verdaderas vacaciones deberían empezar por no ser uno mismo, por ser otro, por canjear eventualmente nuestra vida por la de los demás y vivir lo que ni imaginamos. Lamentablemente no podemos liberarnos de lo que somos. Hay opciones que se acercan a este ideal formidable. Hablo de la ficción que procuran los libros o el cine. Las historias que nos cuentan logran lo que abastece la realidad que se cuenta uno mismo, a diario, en el trasiego de los días, en la rutina de las cosas, pero aún así, incluso aceptando su eficacia, no bastan las historias, lo que escuchamos y sabemos externo a lo real, impuesto a lo real para frenar lo real, pongamos. Lo ideal, de lo que estamos hablando, es de ser otro, de renunciar temporalmente a lo que nos hemos ido labrando durante nuestra vida y aceptar la propiedad eventual, como una especie de préstamo, de lo que han labrado los demás. En el verano se incurre con demasiada frecuencia en estas especulaciones improductivas, se desean las cosas que durante las otras estaciones ni pensamos siquiera. Anoche mismo, paseando por el real de la feria del pueblo en el que paso unos días, costero, no contaminado por el progreso turístico, pensé en la posibilidad de ser otro sin dejar de ser yo mismo. Encontré la solución allí mismo, en las calles de las atracciones, entre trenes de la bruja, coches de tope y caravanas dispensando perritos calientes o hamburguesas. Estaba de vacaciones porque no me conocía nadie. Nadie reparaba en mí o en los míos. Paseaba con esa sensación de anonimato perfecto que te permite fantasear con un mundo nuevo, con uno en donde no exista nada que te vincule con él. Malogró ese idilio mío con mis fantasías el saludo muy afectuoso de una antigua alumna, a la que hacía más de quince años que no veía, que me confesó lo dura que es la vida de los feriantes, lo rápido que pasa el tiempo, lo poco esperanzador que está el futuro, pero esa es otra historia. El hecho mismo de estar escribiendo en mi blog, en mi apartamento alquilado, en mis vacaciones, cuenta lo poco inclinada que está mi voluntad a liberarse de las rutinas del pasado, aunque hable de ellas. Claro, que escribir no cuenta como algo de lo que deba zafarme, de que deba alejar bajo ningún aspecto. Ese es un vicio que no es estrictamente veraniego. No sé si sirve para algo nombrar lo que uno desea y registrarlo para que, compartido, quizá cobre fuerza.
15.7.14
Novelas de verano
Soy lector un poco enfermizo de novela negra, pero no desdeño la blanca, la roja o la que combine, sin estridencias, cuantos colores hagan falta para que yo sienta esa restitución estética, moral e intelectual que consiste en conocer una historia y en admirar la forma en que alguien nos la cuenta. El lado endeble de las novelas, da lo mismo qué color blanden, es que flaquee la trama. Hay históricas extraordinarias a las que les falta un envoltorio digno. Se puede escribir esta apreciación a la inversa: trajes impecables que esconden cuerpos irrelevantes. Leí hace poco que la novela perfecta es la que no se advierte como novela mientras se va leyendo. Como los buenos árbitros en el fútbol: son mejores cuanto más inadvertidos pasen. Dicho de un modo muy concluyente: la calidad lo debe impregnar todo, nada puede descuidarse, ningún ingrediente mediocre debe malograr la excelencia de los otros. Lo que sí aprecio, como lector de novela antiguo, hecho a transigir en ocasiones, en no caer en exigencias mayúsculas que me diezmen la oferta evasiva de mucha literatura, es la novela de rango menor, la que se lee morosamente en la playa, crujiendo el sol en la espalda, distraído sin enfado a poco que la realidad, la de afuera, nos alerte de alguna circunstancia. Leí a Poe en la playa de Fuengirola. Casi todo Poe cayó en la arena bulliciosa, vaciando latas de cerveza o cambiando de postura, en la toalla o en la silla, dejando caer la vista al horizonte puro, permitiendo que los olores empapen la lectura y se integren en la trama. No sé si Poe, tan atormentado, con la bendita locura que lo malquería, es apropiado para leer en la playa. Si el maestro del cuento conviene para el invierno, si el verano trae su propia maleta de libros. Si uno lee sin rubor visible serie B, a cielo descubierto, sin que ese acto infeliz le afee el perfil de lector fajado en lides de más fuste, pero no hay fuste que valga, no hay acto felices o infelices, no hay niño que se pierde en el bosque y aparece treinta años más tarde sin recordar nada de lo que pasó en la floresta. No sabemos nunca qué hace posible el disfrute de esa trama imposible, de la que no se puede esperar gran cosa, e incluso sabemos, antes de leer, que no conseguiremos gran cosa, pero nos embarcamos en la aventura del niño en el bosque, cargamos con la tristeza de los que lo echan en falta, recorremos placenteramente las pesquisas de los que no han perdido la esperanza y esperan que un día, treinta años más tarde, salga del bosque sin saber dónde estuvo, qué aprendió, en fin, todos esos asuntos domésticos. No queremos, en verano, literatura que nos haga mejores personas. Si nos enturbiamos, habrá tiempo de aclararse y de volver a la pureza, pero habiendo visitado el burdel de la calina, las novelas infumables de papel barato, toda esa literatura armada con vísceras, escrita atropelladamente, concebida para que las mañanas en las playas sean perfectas? A ese vamos. En cuanto deje de leer a Borges, con quien llevo un par de meses de amorosa aventura, me arrimo a un bestseller. Ojalá haya niños perdidos que vuelven treinta años más tarde sin conciencia del mundo en el que habitaron. Seguro que no había libros de Coelho en ese limbo maravilloso.
10.7.14
Jack White: Lazaretto / El blues del futuro
Al blues le incumbe el relato de los orígenes. Jack White es el trovador que está obstinado en hacer que el blues cuente el futuro y Lazaretto, su último disco, es un intento de narrar ese futuro, sin renunciar al legado pegajoso del género, al recital de plañideras a la orilla del río, bendiciendo al muerto, deseando que el cielo le abra sus puertas. Las historias de White son las del blues de toda la vida, pero restauradas con barnices modernos. White es un músico enorme, siente que el material que trata es digno del más grande los respetos, pero mira al frente, se recrea en la turbulencia del rock, la que llevó a un extremo sublime en The White Stripes, y se las ingenia para facturar un disco sucio y lírico al tiempo, accesible con piezas tarareables (Three women, Just one drink), hecho para perdurar. Ambicioso, Lazaretto recorre todos los palos del blues, algunos del rock y hasta merodea el folk-country (Entitlement) y lo hace sin dejar de experimentar, acudiendo al ruido, distorsionando guitarras, martilleando baterías, acariciando violines y mandolinas. Lo que hay que agradecer a discos como éste, sean de White o de The Black Keys, es la voluntad de rendir tributo al pasado y la de hacer guiños a la música que se fabricará en el futuro. Todo lo que pueda sonar a rudimentario en Lazaretto remite a las grabaciones analógicas (de las que White es un ferviente adorador) y a cierto romanticismo sonoro que huye de la perfección audiófila y abraza texturas viscosas, tramas brumosas. Jack White nos invita a un paseo por el blues, al que ama. Pensé, en ciertos pasajes, en los primeros discos de Led Zeppelin, en Jimmy Page cuando era Jack White. El rock o el blues tienen vasos comunicantes. Por dentro se destilan licores sabios. Los ángeles que tutelan al poeta escuchan, alucinados, el repertorio.
9.7.14
Un país herido
No creo que un país entero aletee de placer o se hunda en la miseria porque un encuentro deportivo en el que participe se salde a su favor o en su contra. Creo en la cultura, en el prestigio de la cultura, en el criterio de los gobiernos para que la cultura lo impregne todo. A Brasil anoche le zurraron a base de goles, muchos, excesivos, pero el verdadero partido no estaba en el estadio. De hecho hubo barridos de cámara que registraban el dolor de la torcida, las lágrimas incontenibles. Afuera, en las calles, no hay cámaras que aireen las lágrimas del pueblo o su dolor. Se ha escatimado toda esa parte luctuosa a beneficio del espectáculo. Pan y circo. Sangre, sudor y lágrimas. Lo que importa es la distracción. Una vez que nos distraen, todo puede seguir como estaba, es decir, mal. Que un pueblo, malogrado su sueño deportivo, pase página muestra la madurez de ese pueblo. No sé si la patada a España, tan pronto, sin que los bares amorticen el gasto en pantallas en las terrazas, se parece a la de Brasil. Nosotros estamos todavía viviendo de la renta de Sudáfrica. Los españoles somos, en la digestión del fracaso, más inteligentes que otros pueblos. Una inteligencia sentimental, del tipo que no se ensimisma ni se lamenta más de lo recomendable. Tenemos aquí una facilidad enorme en el ejercicio de inventar héroes y luego, a poco que flaquean, defenestrarlos. Anoche se vio muy claramente que la afición brasileña, no los insurgentes, los que se partían la cara en las calles, reclamando derechos, reivindicando el progreso del que habla su bandera, no va a saber asumir la derrota. La atribuirán al salvajismo - un lance del juego - con el que el jugador colombiano destrozó la espalda de Neymar Jr. O a la doble amarilla - y consecuente baja al siguiente choque - de Thiago Silva, un extraordinario defensa. Dirán que no había amaño, que no lo hubo, a pesar de que lo parecía tanto antes de la debacle que le infligió la zaga bávara. Alemania es un pueblo tan avanzado que no habría caído en desgracia si los hubiesen despacho ayer o antes. Tienen con qué amenizar la vida. Brasil, que está en construcción, como tantos otros países, se vino anoche abajo. Despertaron de un sueño hermoso, les hicieron abrir los ojos. Lo que continúa igual es el sueño de las calles, la voluntad de que la sociedad adquiera los logros que la hagan sólida. No hay mucha solidez fuera de Brasil tampoco. Tendría que organizar un evento de estas características un país nórdico. Tampoco un emirato árabe. No solo por el calor. Se mide la entereza de un pueblo en circunstancias como éstas. La de las personas también. Fue una humillación retransmitida urbi et orbi. Quizá eso eso lo doloroso: la difusión del fracaso, no el fracaso en sí mismo, sino su transmisión, su globalidad. La culpa la va a tener el twitter. El partido de Brasil contra todos se sigue jugando en las favelas, en los despachos, en las playas de Copacabana. Viva Barry Manilow.
5.7.14
Catedrales
Foto: Daniele Copedé
Tendré que escribir sobre las catedrales, tendré que dejar registrada mi fascinación absoluta por las catedrales, tendré que visitar todas las catedrales del mundo y tendré que buscarme dentro en cada una de ellas. Hay pocas cosas en este mundo que me conmocionen más que la voluntad del hombre y su anhelo de divinidad. No sé qué sentirá un creyente al entrar en ellas, en las catedrales, pero este descreído, este descarriado de la fe se arrodilla cuando cruza su puerta y mira hacia arriba y comprende, de una manera precaria y frágil, sin la hondura de quien ve a Dios y cree que Dios lo ve a él, la armonía del cosmos, el ruido que hace la lluvia cuando azota los cristales o la música que produce el viento en las hojas de los árboles. Debe haber un sentido de las cosas que se oculta y solo se manifiesta bajo ciertas condiciones. Yo creo que las catedrales son puertas hacia ese significado invisible. No es esto una proclamación de una fe recién adquirida, no es una declaración de un bautismo, pero jamás cerré ninguna puerta, no cancelé esa voluntad íntima de interrogar y de interrogarme, de perder quizá cuando uno se pierde en los laberintos del espíritu, pero qué viaje más hermoso, qué placeres deben aguardar. Mientras, amaré las catedrales, las miraré con un respeto profundo, sentiré que las construyeron para lo que no entiendo, y será entonces cuando las mire con más ahínco, cuidando más la mirada, procurando que me atraviese la luz de la vidrieras y me impregne de armonía cuando escuche, a poco que me esmere, el silencio de sus piedras. Por otro lado, no me inclino ante la autoridad que las tutela, no creo que nada de lo que dicen verdaderamente tenga algo que ver con el Dios al que adoran, no están a la altura del templo en el que actúan. Todo lo cual conduce a que observe las catedrales de un modo paradójicamente neutro, si es que esto puede suceder, sin caer en la cuenta del servicio que presta al cristiano que las ocupa. Nunca quedó claro que la metafísica fuese un asunto público o estrictamente privado. El alma, cuando busca trascender, no necesita, por otra parte, ningún altar en donde refugiarse. La mía, en lo que le afecta, obra a su antojo, se conduce como puede, se refugia en donde pilla. A veces en lo que yo escribo.
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