31.12.08

Migajas de lo real...

Voy a entrar esta noche en el limbo de los sueños, bien contento de viandas y lamido de licores, escuchando un post de La Rosa de Los Vientos, sin Cebri, qué le vamos a hacer. Acabo de pensarlo y estoy encantado conmigo mismo por el atino nocturno. Buscaré alguna Zona Cero de interés y me perderé en la charla adictiva de mis amigos invisibles. Haré eso y me levantaré mañana ufano y promiscuo de buenos deseos para que el 2.009 entrante me releve de la pesadumbre de ver que el mundo va mal y que uno, en su doméstico empeño, poco o nada puede hacer para que las pandemias aligeren su rigor perverso. En ningún momento he pensado que desaparezcan. Y eso ya es evidencia del pesimismo que irremediablemente nos ocupa el sentido común y hasta nos arrebata el júbilo de ser felices siempre y de compartir la felicidad como uno sepa. No es posible. Así que mañana arrancaremos de nuevo la página. O pasado. Y contaremos lo que importa. Poca cosa. Migajas de lo real. Feliz 2.009, otra vez.

A quemarropa: El vengador cansado

Ya no hay actores como Lee Marvin. Y tal vez tampoco películas como A quemarropa. De simple, de sencilla y de bien resuelta, produce la sensación de que no transcurre. Boorman, que debía ser un excelente espectador de cine francés, construye un thriller modélico, resuelto con un prodigioso sentido del ritmo, hipnótico, frenético cuando la acción exige nervio y minimalista, casi autista, cuando los personajes reposan su odio y se sientan en bares y se miran largamente como si mirando pudieran conversar lo que las palabras nunca podrían decir. Luego A quemarropa es la película en la que conocí a Angie Dickinson, y eso es marca la cinefilia de cualquiera. Recuerdo haberla visto en la gloriosa segunda cadena de nuestra sacrosanta televisión española y recuerdo haber disfrutado enormemente con aquel modo reflexivo de contar una historia que, en manos de otro, hubiese sido un vértigo de persecuciones y un carrusel sincopado de tiroteos y luchas en las sombras. Aquí hay de todo eso, y lo hay en un grado superlativo, pero John Boorman hace otra cosa: frena la acción, la corta de cuajo, la envuelve en un frío y distante ropaje de embelesamiento y se dedica, con pasmoso desparpajo, a retratar la vacía vida interior de sus personajes. Hoy, más de veinte años después, he vuelto a verla y el disfrute ha sido idéntico. Quizá mayor.
Crepuscular y psicodélica, impulsada por una briosa y lisérgica banda sonora firmada por el jazzman Johnny Mandel, es la película en la que Lee Marvin se come la pantalla y en donde uno piensa que sería el actor perfecto para Quentin Tarantino. De hecho, tal vez Tarantino haga cine por haber visto muchas películas de Lee Marvin.

30.12.08

El derecho a pensar de otra manera


No creo que la familia cristiana esté al borde de la extinción. Ni que el gobierno la amenace. Los tiempos son otros y a ellos conferimos la caprichosa facultad de reformular el modo en que se entiende las cosas. A falta de ángeles y demonios, convencidos de que la fe es una opción íntima y en modo alguno, bajo ninguna circunstancia, un credo religioso pueda interferir en el aparato del Estado, caminamos hacia una tiniebla de moral difusa, en voz de algunos, o hacia un territorio feliz, contaminado de alegre progreso y jubilosamente representado por la laicidad de una sociedad que se obceca en adquirir cierta soltura en el manejo de problemas que antes pasaba por alto y que ahora está en disposición de franquearlos. La religión no maneja los mismos parámetros sociales que un gobierno o una asociación de vecinos (de vecinos laicos, claro); ni siquiera la religión, repujada de preceptos y alicatada de severas normas de conducta, representada por la cúpula eclesial, puede emitir juicios acerca de lo que, fuera de su estricto ámbito de militancia, le compete. A la Iglesia le convienen las masas como las del domingo, que reventaron Colón y clamaron (legítimamente) por lo que les afecta. A la Iglesia le conviene magnificar un modelo de familia que ha subsistido dos milenios al amparo de sus bendiciones y conforme al (según ellos) modo natural de celebrar la vida en comunidad. La pareja que no podía divorciarse, unida canónicamente, festejada su alegría vital ante los ojos de Dios, se divorcia ahora y festeja que el Estado, investido para ese menester, rompa ese vínculo y repare el error. Porque el ser humano, a pesar de que lo vigile el ojo de la divinidad, yerra, comete faltas que luego quiere enmendar. Vino el otro día Rouco Varela a decir que el Gobierno ha facilitado esta frivolidad amorosa al crear un marco jurídico cómplice y malévolo. Ignora la cúpula eclesial que el Estado no conmina a sus ciudadanos a que se divorcien o a que aborten. Tampoco premia al homosexual por serlo, aunque haya medidas que intenten paliar el déficit de ayudas sociales a que su diferencia sea razonablemente compensada. El Estado elabora leyes que preveen anomalías en el funcionamiento natural de las cosas (qué sé yo: una pareja que deja de amarse, una joven que decide abortar, un homosexual que desea contraer matrimonio...) pero no fomenta el desamor ni anima a la interrupción del embarazo ni a la creación de comunidades gay a diestro y siniestro. O la Iglesia se equivoca o se equivoca el Estado, pero el pueblo, a la luz de lo visto, a pesar de Colón, se divorcia y aborta y va menos a misa y recela cada día más de una institución caduca, que no progresa con los tiempos y que se obstina en moldear a su capricho la moralidad de la sociedad, cuando hace tiempo que la sociedad (o una muy considerable parte de ella) ha descreído de este patrón de comportamiento y ha buscado (fatigosamente) otros modos de felicidad. También hay leña política a punto de prender cuando la Iglesia se afilia a la derecha o cuando la derecha se enroca con la Iglesia: en democracia, cuando Aznar escribía las leyes, también había divorcios y había abortos. Evidencia de que los tiempos no son tan terribles es que el Episcopado pudiera cortar una ciudad o una parte inmensa de ella y que una misa fuese celebrada en una plaza a la vista de quienes no la comparten y retransmitida como lo que es, un acto multitudinario que requiere un seguimiento informativo. Por lo demás, no hay hostilidad. A mí me parece muy bien que la gente vaya a misa. Cosa distinta es que los asistentes piensen que lo que hacen, aparte de confirmar sus creencias y sentir el júbilo de la fe, mueve a quienes no van a pensar como ellos piensan. Bien podría haber sido al contrario y que el pueblo laico, el que respeta a los demás, pero no comulga con lo que piensan, hubiesen ocupado Colón para ejercer su derecho a la disidencia y manifestar (fue una manifestación lo de Colón, una manifestación vestida de homilía) que se puede pensar de otra manera. De hecho, algunos pensamos.

Australia: Las antípodas de la épica


La épica es otra cosa. Épica es Monument Valley con John Ford detrás de una cámara y un paisaje bíblico en el que sangra la tierra y los hombres deambulan, místicos y poderosos, buscando el fermento exacto de la leyenda, el aliento intacto de lo indómito y de lo vírgen. Épica es, a su modo, la historia de Tara y de sus legendarios habitantes y cómo el tiempo ha respetado el vigor de sus héroes, la inquebrantable salud de la historia contada y de la emoción salvada. Épica es Lawrence de Arabia o Doctor Zhivago. Si me apuran, hasta la trilogía de Stars Wars contiene una épica esplendorosa, un modo limpio y bien hilvanado de contar un cuento en el que sus personajes dirimen cuestiones más grandes que sus pobres almas, pero Australia no es épica, por más que el márketing navideño, el zorro dispositivo de carantoñas estéticas y mimos visuales que nos hace pagar la entrada y pegar el culo al asiento casi tres horas, disponga que Australia lo sea.
No lo es porque Australia no forja héroes sólidos sino que garabatea personajillos tercos, hombres y mujeres y hasta un niño que se obcecan en conducir vacas por un espectacular territorio de fotogenia impecable y que sólo tuercen la testuz cuando los japos les cortan el vuelo y sajan, de cuajo, el anhelo romántico y los besos tórridos bajo el imponente cielo de las Antípodas.
Australia no puede ser una gran película porque, en el fondo, carece de interés por serlo: su objetivo es saquear las taquillas y llevarse el premio a la película de las Navidades. En ese aspecto, a lo leído en periódicos y en blogs bien informados, ya está ahí, en la cima, convenciendo a la ciudadanía que el mejor modo de terminar el año, cinematográficamente hablando, es perderse en esta historia chunga de amores imposibles entre aristócratas y rudos cowboys de barba cerrada y torso moldeado en cualquier gimnasio de Beverly Hills con música de Mariah Carey de fondo. Australia es mentira al modo en que el cine debe serlo, pero con la pecualiaridad de que no disimula su impostura, su planteamiento engolado, mimetizado de un ciento de cintas pespuntadas con los mismos (débiles, en este caso) hilos.
No llegas a darte cuenta del tostón megalómano que es Australia hasta que llevas dos horas de ecología, redención histórica y parches cinéfilos y piensas, entre el bostezo y la anarquía mental, que el mejunje narrativo podría haber colado de perlas en una de aquellas series que veíamos en el pasado, que es la estación más propicia para la melancolía y para los poetas: Grandes Relatos, creo que se llamaban. Los programaban a diario y de lunes a jueves te colaban la Historia de una familia de Kentucky desde que el tatarabuelo encontró pepitas de oro en un río de Alaska hasta que el guaperas del tataranieto, embutido en Armani y con un Lamborghini Diablo en el ocupadísimo garage, dilapida la fortuna entre furcias, empresas puntocom y maría colombiana de la buena.
Hugh Jackman, un Rhett Butler abstemio que desayuna anabolizantes y zumos multifrutas, y Nicole Kidman, una no-creíble dama de alcurnia que deja todo su esplendor victoriano para perder el culo por unos acres de polvo, ubres de vaca y nativos místicos, han apostado por seguirle la corriente al mesiánico Luhrmann y se han dejado engolosinar por la peregrina y fantasiosa idea de que iban a protagonizar un drama bigger than life, cuando lo que han hecho (con su consentimiento) es un colorista y terriblemente largo panfleto sobre las bondades de los medios técnicos, que escora entre la comedia precariamente risible y el dramón de hondos designios cuasimetafísicos.
Con retales de un ciento de películas que todos hemos visto, adorado y hasta olvidado (yo vi un Cocodrilo Dundee en algún tramo que ahora no sé o no quiero recordar), Australia se despereza entre la incontestable grandilocuencia cromática y su anoréxica pereza narrativa. Harticos de ganados bovinos, ovinos o porcinos, es lo mismo, que fatigan las infinitas praderas bajo un atronador manto orquestal, creemos que la materia estrictamente literaria va a tomar vuelo con la historia de amor entre la moza inglesa repentinamente convertida en patrona de un terreno tan grande como Segovia o como Extremadura entera, yo qué sé, y el cachas Jackman, que se desmelena en cabalgadas impregnadas de glamour, donde falta que el director, ensimismado en su gran obra de arte, pare la cámara y la vuelva a encender, y haga que el jinete luzca más sobre su mágica montura. Salvar a Kipling Flynn, un estupendo Jack Thompson, el único personaje que cae bien de verdad y al que uno quiere perder en el metraje, aunque luego las cosas, no es cuestión de quemar el poco interés que le quede a alguien, se tuercen.
¿Tan mala es? Hay tal vez mil películas peores que merecen prosa y difusión para que el espectador incauto, no avisado, se aleje de ellas, pero Australia duele más íntimamente porque uno, en su inocencia, creyó ver en esta superproducción una especie de Lo que el viento se llevó versión siglo XXI. Lady Sarah Ashley, una cargada de mohínes Nicole Kidman, cada vez más perdida en su divismo post-Cruise o post-Kidman, quedará en la retina del espectador interesado en salvar algo de la quema como una especie de Deborah Kerr en Mogambo, pero menos pacata, más afectada por el honor y por la pérdida de su Tara particular, un palacete exótico incrustado en mitad de ninguna parte que responde al muy sinfónico nombre de Faraway Downs, que repiten hasta que Faraway Downs sale por tus orejas y se te va derramando, sílaba a sílaba, pecho abajo, como una mala (y larga) digestión...Juro por la panza danzarina de un canguro auténtico que la película no es mala de solemnidad, pero que tardé cinco minutos en olvidarla. He guardado unos trozos de contienente para escribir estas líneas. Ahora, permitidme, formateo esa parte de mi disco duro. Feliz Entrada de Año.
posdata: Ah, y Over the rainbow, la pieza del Mago de Oz, la que canta Judy Garland, la termines aborreciendo. Y eso que hasta Eric Clapton, que no es hombre dado a estas delicadezas del star-system hollywoodiense, se tiró de cabeza a la piscina del riesgo y la cantó en un concierto del que tengo una estupenda copia en DVD. Me la pongo esta noche para recuperar el aire.

29.12.08

21 gatos para un regalo de cumpleaños


Cannery Row es un libro que huele. Leído con mimo, como se deben leer las cosas, hasta forma una película nítida y fluída en el cerebro. Si hubiese sido una versión clásica la habría dirigido John Ford, por supuesto. Él le da a sus personajes hondura metafísica, aunque sean estibadores o sean obreros de una conservera sucia y pestilente. Si la dirección corriese a cargo de alguien actual, me pido a David Mamet, que convierte las historias sencillas en pura épica, pero tampoco tengo muy claro que deba ser llevada al cine ni que Mamet la conduzca. Con Ford no albergo dudas. De hecho, quien me regaló el libro hace pocos días, vía postal, me contó que había ya una versión filmada de la que no recuerdo dato alguno. Mejor así. Me quedo con la impresión fiable de las palabras, de los olores, de la historia de Doc, que tuvo al final su fiesta y de Lee Chong, con su Ford T y su ojo natural para los negocios y para la supervivencia. A ratos, Cannery Row (inevitablemente) me llevó a Bruce Springsteen, y escuchando algunas canciones de Bruce Springsteen, ayer, en mis paseos urbanos, quise ver las calles de Monterrey y oí los silbatos de los barcos que salen a faenar y cosas así. Eran sensaciones livianas, que se escapaban al poco de pensarse, ideas frágiles que desentumecían la rutina y conducían mis pasos (alegremente) como si me empujara una fuerza mística. Extraño, para ser Navidad y andar como loco comprando regalos en las calles de Lucena. Hay libros que no se dejan ni cuando los cierras. Permanece el placer como un fuego cuidado que ilumina otros libros y te permite abrazar, en cuanto te place, pasajes sueltos. A mí me sigue encantado, por encima de todos, el poema del capítulo 2, que me sobrecogió y me hizo leerlo (del tirón) tres veces, al menos. Steinbeck hace una lírica declaración de intenciones y cuenta que la virtud, la gracia, la pereza y el deleite desfilan con el amor por las avenidas de la naturaleza y se pregunta de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si luego debe sobrellevar una úlcera de estómago, una próstata enferma y gafas. El mundo está descarriado y lo conducen al desquicio ciegas bestias que no miran por dónde van ni cuidan el paraíso que han encontrado, pero Lee Chong envió a su abuelo a través del oceáno para que descansara en tierra de sus antepasados y galones de whisky del bueno corren por Cannery Row. Ah, por poner caras, he decidido que Doc sea Nick Nolte, versión talludita. Quizá alguien pueda llevarme alegremente la contraria.

28.12.08

El jazz se ama así


Y la nave va...


Me dan cierta grima emocional los discursos en los que un preboste de la sociedad, uno con un micrófono a mano y un púlpito mediático desde donde extender sus tesis, o un ciudadano de a pie afirma que la única verdad posible es la que se desprende de sus palabras. En este hilo narrativo, el cardenal arzobispo de Madrid Rouco Varela ha levantado hoy a su feligresía de la España azotada por la canalla laica para decirles que la única familia verdadera es la cristiana. Ha insistido en la infamia del divorcio express, ése que faculta a quienes ya no se aman a dejar de compartir techo, desayunos y almohada y poder seguir viviendo tan ricamente, sin ejercer el masoquismo como oficio diario. Luego ha encendido el verbo, aunque sin zaherir al gobierno zapatista, con la salva de proclamas contra el aborto, lo cual no deja de ser el único argumento rigurosamente legítimo y razonable al que pueden agarrarse y al que cualquiera que no sea cristiano también puede unirse, cerrando el discurso con una buena tunda de palos a los homosexuales, que no son dignos para muchos asuntos, pero sobre todo para educar a unos hijos, como si la familia tradicional hubiese demostrado que sí lo es y que se le puede confiar esa noble y delicadísima tarea. Se equivoca el clérigo en que un hombre y una mujer, por definición, por alguna ley sagrada o por algún retorcido manifiesto metafísico, puedan amarse para siempre.
Y cuando el amor se muere, cuando desaparece la ternura y el afecto, el embelesamiento y la tolerancia, la alegría y el mancomunado esfuerzo de llevar una vida hacia adelante, entonces qué hacer. Tendremos que pedir asilo emocional a quien nos lo de, pero si nos quedamos en el mandato parroquial de hoy en Madrid, no hay que hacer nada salvo aceptar que (en palabras del cardenal Rouco) un hombre y una mujer deben amarse para siempre. Sólo dejar correr el desafecto, la falta de ternura, la ausencia de alegría y soportar la atroz embestida de los días cuando los escribe la tristeza y los rubrica la rutina, el tedio o la desolación. Así debe ser porque así está escrito. Y la nave va...

El último libro del año...




A pocos días de entregar el caprichoso balance musical, cinematográfico y literario de 2.008, me embarco - con cierto recelo - a la lectura de Los hombres que amaban a las mujeres, de Stieg Larsson. La empiezo esta noche y descreo, en principio, de que sea tanto como todo el mundo dice. En libros, en música, más que en cine, suelo no dejarme llevar por la crítica visible, la que coincide cada sábado en los suplementos del periódico en machacar o elevar al cénit de la excelencia al libro que les ha tocado reseñar. De momento, enciendo esta noche el flexo, apago el mundo y me encierro en esta historia de flores enviadas cada uno de noviembre...

27.12.08

Tres cuentos navideños versión 2.0


La Nueva Antártida de mi amigo Álex ha vuelto a reclutar a dos amanuenses eventuales y he aquí el noble y voluntarioso resultado. Tres cuentos navideños, one more time, y van 2...Alojo los 2 vínculos para que el lector novato en estas manías nuestras (el mundo entero tal vez) pueda ejercer la crítica con más elementos de juicio. Los escribas somos los de siempre: Álex, que acoge y tutela el empeño, Mycroft y un servidor. El encabezado gráfico quiere (sin asomo de éxito) parecerse al que ha usado Mycroft en su Micronesia. Los dos, a lo visto en la actualidad, están condenados al éxito mediático.
Primera entrega: 2.007. Segunda entrega: 2.008....

26.12.08

Pabellón de tristeza




Están los pobres de la navidad al raso frío de las avenidas y tienen empuñada el hambre como una levísima arma arrojadiza, pero se mueven sin prisa, no les duele la densa verdad de los escaparates ni el peso sin propósito de los contenedores. Están mirando cómo nace el niño Jesús en una pantalla de plasma que emite en alta definición todas las cosas importantes que pasan estos días en el mundo. Es una pantalla enorme que se ve desde el cristal. Las caras parecen que perdieran píxeles y ganaran aire para colarse por las rendijas de los bolsos de las señoras y las estanterías reventonas de cachivaches eléctricos hasta hocicar con la cara del pobre ensimismado con los colores y con la evidencia formidable de que el mundo está infinitamente mal repartido y él está en el lado equivocado sin que nada parezca que vaya a sacarlo de ahí y meterlo en danza, en la fiesta estomacal, la que festeja que el niño Jesús ha venido y nadie sabe cómo ha sido.
La navidad es magia para quien la paga y estos pobres de hoy que me han cortado el paso de camino al Corte Inglés no tienen con qué abonar la pitanza. Van como zombies y entonan una letanía en un idioma que no nos pertenece. Ni a ellos. Se atreven con un español precario y funcional que les sirve para reblandecer oídos cómplices. El mío está duro y sobrevivo como puedo al gentío de pobres de la navidad que me regalan incógnitas igual que yo les regalo indiferencia. No puedes pararte y editar el hambre, borrar con algún sofisticado artilugio infográfico la cara oxidada, el pelo brumoso, las ropas tullidas del frío y de la costra de mierda que las levanta a peso del frío suelo de Ronda de los Tejares, en Córdoba, hoy, a eso de las tres, cuando volvía de charlar con mi amigo Rafa Roldán las historias nuestras. Me ha dicho que en el blog falta humor, pero hoy precisamente no tengo el argumento jocoso. No tienen la culpa los pobres de la navidad ni los muertos de la carretera ni tan siquiera la franja de Gaza, que aperece esta noche mientras preparo a mi hija una pizza y escucho la CNN, que es un boletín de desgracias como otro cualquiera, pero neurálgicamente conectado a toda la fibra sensible del jodido mundo. Me ha extrañado que no hablen de los pobres de la navidad.
En Madrid tiene que haber un millón de pobres, según las últimas estadísticas. Y como Don Dámaso a veces por las noches me incorporo en este nicho mullido y levemente aristocrático en el que hace poco más de cuarenta años que me pudro y paso largas horas oyendo el ruido de la tristeza, que es un ruido sin alboroto que se agarra al pecho y no te suelta. Y como el poeta me paso muchas horas preguntándole a Dios por qué se pudre lentamente mi alma y por qué la grandeza del ser humano es un verso en un soneto o es un alto pensamiento de alguien que supo manejar las palabras y juntarlas con razón y con belleza y no un acto heroico, uno del tipo que soluciona de cuajo la infamia y la miseria, el ejército de pobres que cercan el Corte Inglés en Ronda de los Tejares, en Córdoba, y te impiden que puedas desplazarte a la velocidad que te apetece para no perder el autobús número 6, que va al Sector Sur, a la Avenida de Granada. Ahí te esperan con la mesa puesta y la sonrisa abierta y te preguntan si hace frío, pero tienes una urdimbre esponjosa de caras de pobres que te anula el desparpajo, te bloquea el júbilo y te arrumba en una tristeza de viernes de navidad que tenía que llegar tarde o temprano.
Y mi amigo K., que me da en estos casos consejos sabios, no atina a colocarme ahora uno válido. Me ha soltado tres lugares conocidos y una ristra de frases previstas, pero la ciudad es un pabellón de tristeza y los coches enfilan las largas avenidas del centro como caballos salvajes que quisieran perderse en la distancia y no regresar jamás. Mi amigo K. lee a Chesterton y le sale una prosa de lo más enjundiosa, pero no sabe que ser cristiano en estos tiempos equivale a tener que justificarte continuamente. Antes, me cuenta, los que se justificaban eran los ateos. Los pobres de la navidad no se justifican. Los ricos que hoy me han parecido muy ricos caminan a la vera de los ricos que luego son unos muertos de hambre en la intimidad y abren latas de conserva en un mantel antiguo de cien mil pesetas. Todos los que aquí paseamos las calles de la tristeza, que según las últimas impresiones avanza sin cautela y devora edificios y muda el color de los semáforos, sabemos que la miseria o la gloria va por tocas y que el azar, ese bicho cabrón, da y quita a capricho. Está siempre el azar comprometiendo la bondad del mundo y azuzándole leones y serpientes y luego brokers recién despojados de la gracia infinita y abandonados en el asfalto como bestias bautizadas en sangre y dispuestas a romper los escaparates y llevarse la cesta entera de la navidad. Maadof tutela la travesía desde alguna celda y cien mil hijos confiados se suicidan en los servicios de las cafeterías. Un pobre no se suicida. Se suicidan los que lo tuvieron todo y perdieron ese recuerdo. Los ateos del mundo viven la navidad con el corazón encogido y no le echan la culpa a ningún dios en las alturas. En eso hay una pedagogía: en no caer en el fanatismo semántico ni en la cuenta cruenta de cadáveres que la Historia, por ser historia, ha ido abandonando por el camino.
Rojos, nacionales, judíos, demócratas, chinos, marxistas, fascistas, hijos de la MTV y parias del underground: todos son por navidad muertos ilustres de las páginas de las enciclopedias o son pobres sublimes que recorren las calles de la tristeza con la mano horizontal y el ojo avizor, como deslumbrantes aves rapaces que perdieron la capacidad de vuelo y arrastran zapatos quemados en las avenidas definitivas de Suburbia, ¿verdad, Álex?. Y aunque la noche esté cerrando ya las persianas del verbo y uno entienda que no se puede alfombrar el barro, duele que en Madrid y en Córdoba y en las calles de Londres y en las de Varsovia los pobres vayan a seguir siendo pobres y los ricos de raza o de azar (las dos palabras se contienen y se buscan: raza, azar) sigan en su riqueza inasequible al desaliento. Yo mismo, hoy, de vuelta a casa, camino del almuerzo familiar en un día de navidad, me he visto atropellado por una turba obscena de pobres que me han regalado cien incógnitas en un par de miradas y otras cien en el recuerdo ineludible de esas miradas, de esos ojos metafísicos que buscan en los escaparates (había uno cerca que presidía el encantamiento) pantallas de plasma que emitan en alta definición la realidad que a pie de calle, en la tristeza infinita de las calles de mi ciudad, no conocen todavía. Los pobres, por serlo, no conocen la realidad. Se niegan la razón que les faculta para aceptar que todo lo que les está pasando sea realidad, contenga trozos de realidad, exhiba trazas de realidad, parezca de lo más real y se puede ver desde dentro y desde fuera como algo inevitablemente real. Y no lo es. Debe ser mentira o debe ser ficticio o debe ser falso todo lo que no se ajusta a la belleza ni al común denominador de la razón empírica. Pobres hechos paisaje. Mendigos hecho atrezzo. Caigo ahora en la cuenta de que los pobres de la navidad son pobres todo el año y les asiste (qué infamia) la rutina y el miedo.

Caballos que nadan

A Juan Ramón Mansilla, que los hizo ver el mar  El amor es un delirio sin nadie que lo observe. Allí la luz torpe, su jauría de sangre. Se o...