31.7.07

Bergman III


El Caballero se está confesando. Tras la reja está la Muerte. (El Caballero todavía no lo sabe). De vez en cuando mira a un crucifijo situado en una pared.
El CABALLERO: Quiero confesarme y no sé qué decir. Mi corazón está vacío. El vacío es como un espejo puesto delante de mi rostro. Me veo a mí mismo, y al contemplarlo siento un profundo desprecio de mi ser. (Pausa) por mi indiferencia hacia los hombres y las cosas me he alejado de la sociedad en que viví. Ahora habito un mundo de fantasmas, prisionero de fantasías sin sueños.
LA MUERTE: Y a pesar de todo no quieres morir.
EL CABALLERO: Sí, quiero.
LA MUERTE: Y entonces a qué esperas.
EL CABALLERO: Deseo saber qué hay después
LA MUERTE: Buscas garantías.
EL CABALLERO: Llámalo como quieras. ¿Por qué, al menos, no me es posible matar a Dios en mi interior? ¿Por qué prefiere vivir en mí de una forma tan dolorosa y humillante, puesto que yo le maldigo y desearía expulsarlo de mi corazón? ¿Sabes? Estoy a punto de llegar a una conclusión... Creo que Dios es una especie de realidad engañosa, de la cual los hombres como yo no podemos desprendernos. ¿Me escuchas?
LA MUERTE: Te escucho.
EL CABALLERO: Por ello, yo quiero saber. No deseo creer. Ni suponer, sino saber... Deseo que Dios me tienda su mano, ver su rostro y que me hable.
LA MUERTE: Pero se calla.
EL CABALLERO: Así es... Le grito en medio de la noche, pero es como si no hubiera nadie en ningún sitio.
LA MUERTE: Puede ser que no haya nadie.
EL CABALLERO: Sí, ya lo he pensado. Pero, en ese caso, la vida sería un horror absurdo. Nadie es capaz de vivir con la Muerte ante sus ojos y creyendo que todo ha de desembocar en la nada más absoluta.
LA MUERTE: La mayor parte de los hombres no piensan ni en la Muerte ni en la Nada.
EL CABALLERO: Sin embargo, tiene que llegar un día en que se encuentren sobre el borde mismo de la vida.... y entonces habrán de mirar hacia la Noche.
LA MUERTE: En efecto. Y ese día puede ser cualquiera...
EL CABALLERO: A veces pienso que tal vez fuera necesario que los hombres hiciésemos una imagen de nuestro miedo y que a esta imagen la llamáramos Dios.LA MUERTE: Te encuentro inquieto... Demasiado.
EL CABALLERO: Es que la Muerte ha venido a verme esta mañana. He comenzado a jugar con ella una partida de ajedrez, con lo cual puede decirse que me he comprometido a cumplir una misión urgente.
LA MUERTE: ¿Y cuál es esa misión?
EL CABALLERO: Mi vida ha sido algo completamente vacío, sin sentido. He cazado, he viajado, he convivido con todo el mundo. Pero todo ha sido inútil... Lo digo sin vergüenza y sin remordimiento, porque sé que la vida de los hombres está hecha así. Es precisamente por eso por lo que deseo utilizar mi aplazamiento: para realizar aunque sólo sea un único acto que tenga alguna significación.
LA MUERTE: ¿De modo que ese es el motivo por el que juegas al ajedrez con la Muerte?...
EL CABALLERO: Sí; aunque no ignoro que es un adversario muy considerable. Sin embargo, hasta ahora, no he perdido ni una sola pieza.
LA MUERTE: ¿Y cómo has planteado tu juego ante tal adversario?EL CABALLERO: Pienso jugar con una combinación de alfil y caballo, de la cual todavía no se ha dado cuenta mi contrincante. En la próxima jugada, atacaré su flanco izquierdo.
LA MUERTE: Lo tendré en cuenta.Por un instante, la Muerte muestra su rostro tras la rejilla del confesionario.Y desaparece en seguida.
EL CABALLERO: Esto es una traición. Pero nos volveremos a encontrar. Hallaré una salida...
LA MUERTE (invisible): Nos encontraremos en el albergue. Y allí continuaremos la partida.El Caballero se incorpora.Y, levantando su mano, la contempla a la luz de un rayo de sol que penetra en el interior de la iglesia a través de una pequeña ventana.
EL CABALLERO: Esta es mi mano. Puedo moverla. Mi sangre corre por mis venas. El sol está aún alto. Y yo, Antonius Block, juego al ajedrez con la Muerte.

Bergman II

La Parca artera, jugadora de ventaja, ha tardado lo suyo, pero ha dado cuenta del jugador aventajado, del hombre tranquilo que buscaba, entre las piezas, el significado del juego.

Addenda:
Y el azar, esa extremidad de la muerte, que matrimonia la miseria y lo sublime, también se ha llevado a Antonioni.

Alex le dio las gracias a Miss Ice y yo se las doy a él.

Voices inside my head ( Hey Sabina )


Dice Sabina que Woody Allen parece el pijoaparte de Marsé, personaje literario del lumpenproletariado catalán . A ver si Joaquín lee este blog mío, se para en este suelto pequeñito y me confía las razones de su frase. Más que todo porque no alcanzo.

... y Herrmann

¿ Algo que decir, Alex ? Imagina que no supieras nada.
Que no tuvieses información sobre Psicosis. Que jamás
hubiéses visto la película de Hitchcock.Ves esta foto y en-
tonces, ¿ qué ?

26.7.07

Gritos y susurros: La gramática del dolor






No entendí Gritos y susurros cuando la vi por primera vez y tal vez ahora tampoco haya llegado, en profundidad, a comprender el discurso fílmico de Ingmar Bergman, su devastadora panorámica del dolor y de la muerte. Hay ocasiones en las que me parece el director más aburrido y cargante de la Historia del Cine y otras en las que es inevitable admirar su talento y concluir con la certeza de que es uno de los cineastas capitales del siglo XX: el que suscita adherencias encendidas y el que provoca bostezos mantenidos.

Me animé a ver películas de Bergman cuando leí que Woody Allen lo admiraba. Por él llegué a Kurosawa de igual forma. También así escuché a Bach con interés cuando supe que Keith Jarrett, el pianista que tuteló mi ingreso en los pirados por el jazz a mediados de los ochenta, lo tenía como su música favorito. Estas cosas suelen pasar: lee uno un cuento de Cortázar, se queda prendado y desea leerse las Obras Completas. Hasta se marca un plazo. Al principio, en honor a la santa verdad, no vi yo en la filmografía del director sueco nada que despertara mi asombro.

Gritos y susurros es la historia de una mujer a la que el cáncer de matriz devasta y el hermoso bodegón familiar que ameniza sus últimos días formado por dos hermanas y una sirvienta. En las manos equivocadas, barrunto que con este episodio de tintes absolutamente dramáticos podría haber facturado un film sensible, pero escorado involuntariamente al amarillismo, a cierto impudor en mostrar el dolor como si de un objeto cuasierótico se tratase. En este caso, Bergman hace un estudio sobrio del dolor, un documento visual que lacera la dormida visión modernizada del espectador, en exceso alimentado por soluciones narrativas de intensidad menor. La fe, la muerte y la incomunicación, los grandes temas del Bergman, aparecen aquí, pero no están escritos con la incontinencia metafísica de antaño. Lo que aquí se narra es el devenir de la enfermedad, la opresión del palacio familiar, el rojo como pulsión del alma. Bergman va de la realidad a la fantasía, del presente imperturbable al pasado como hélice que todavía acciona los mecanismos de la frustación y de los conflictos visibles. Las mujeres que escoltan a Agnes hacia la muerte están también muertas, vaciadas, despojadas de todo hálito vital e internadas en un gris tenebrismo, capaz de hacer aflorar odios secretos, iniquidades, los fundamentos del miedo a afrontar la visión y la existencia del otro, aunque sea la hermana, la que ha crecido en su interior y ha consignado todas las vicisitudes de la vida en una misma página de un diario.

Bergman filma con descaro los rostros de sus heroínas muertas, de las mujeres abocadas al silencio y al rutilante esplendor de una vida burguesa que no procura ninguna felicidad espiritual. Gritos y susurros es un descarnado viaje al centro mismo del desencanto: no hay amor, no hay humanidad en esos personajes espectrales, que rezuman miseria y exhiben comportamientos propios de quienes han perdido todo y saben que nunca van a recuperar cuanto anhelan.

La revisión de la cinta me ha dolido como antes no lo hizo: tal vez consista en eso el mensaje subliminal o descaradamente explícito, no lo sé, de Bergman: el ofrecimiento de un prolijo inventario de emociones únicamente traducibles si la edad o la experiencia del espectador posee los instrumentos de lectura adecuados. Imagino que si le doy una tercera revisión en treinta años encontraré significados nuevos: el buen cine es esto, la posibilidad fastuosa de que cada película sea distinta cada vez que nos enfrentamos a ella. El buen cine o la buena literatura o la buena música, el Arte, en definitiva.

Fotografía justamente merecedora del óscar en la ceremonia de 1.972: Sven Nykvist, habitual de Bergman, apabulló al jurado con su genialidad a la hora de crear atmósfera opresivas.






Los fantasmas y la máquina

Mujeres espectrales, Maher Attar
------
Lo que da a estas mujeres el aspecto fantasmal es el chador. Detrás del negro ominoso que las circunda en la fotografía se celebran los Juegos Islámicos para Mujeres. Momias de sí mismas, como leí una vez a Francisco Umbral. No ha habida excesiva publicidad del evento. En todo caso hubiese ocupado algún programa de zapping en las madrugadas del verano entre anuncios de baterías de cocina y publireportajes sobre las bondades de las bicicletas estáticas. O tal vez alguna controversia de contertulios fajados en burkas, ayatolas y capitalismo salvaje. Entre todos entretienen al espectador occidental, ajeno al misterio de la fe ajena y, por tanto, incapacitado para ejercer ninguna crítica. La fe obvia el alambique cartesiano de la razón y construye sus mitos alrededor de muy crípticos y a menudo incomprensibles preceptos, alentados hasta el desmayo en las escuelas coránicas, pero al final de toda esta algarada semántica las mujeres de la foto carecen de epidermis y eso, a la luz de nuestra imperfecta sociedad, vibrante de cosméticos y de cultos desaforados al dios cuerpo, nos sigue pareciendo digno de asombro. Y en los paseos marítimos del mundo, entre zapatillas de marca cara y aceites sublimes para engañar al tiempo, pasean su flechazo místico, sus arcanos y sus ojos enormes y profundos que aquí, por exigencias del arte fotográfico, están también censurados.

Wallander

Tal vez sea un imposible, pero debería haber algún procedimiento que nos permita ver Las uvas de la ira por primera vez después de haber visto a Tom Joad fatigar el polvo. Envidio a quien me confiesa que jamás ha leido los cuentos de Borges y me imagino el placer absoluto pacientemente oculto en los libros. Tengo la idea de que la vida es más soportable si se la abastece de cultura, término ampuloso que todavía no entiendo enteramente, pero que contribuye a que se fije y amplíe otro que sí me parece más explicable, la felicidad. Uno es feliz por este enriquecimiento de índole subjetivo. Lo que a mí me fascinó en la música de Van Morrison aburre a quien se ha sentido pleno y dichoso escuchando a un cantaor atacando una bulería. Yo todavía no he visto en el flamenco nada que me asombre y seguro que habrá quien aplique en mí el cuento que yo ahora me estoy contando hacia los demás. No sé si me explico. Tal vez sea un imposible, pero me encantaría no haber tenido el gusto de perderme en la prosa barroca y poética de Nabokov o no haber estado toda la noche bajo un flexo emboscado en las tramas hipnóticas de Patricia Highsmith. Me han recomendado la literatura de Mankell, un autor nórdico cuyo creación fundamental, el detective Kurt Wallander, asombra a todos los lectores que crecieron con Agatha Christie. Me han recomendado un tomo impresionante, un tocho de grosor intimidatorio, de ensayos de Gore Vidal. Me han recomendado Fast food nation. El verano da para perderse en esas tentaciones. Yo no suelo recomendar libros o discos o películas. Me parece legítimo escribir sobre Las uvas de la ira en mi blog, pero sería incapaz de venderla, atropellada, nerviosa y tal vez fanáticamente, a nadie a viva voz. El mejor gesto, en estos casos, es regalarla. Se va perdiendo esa sana costumbre: regalar aquello que a nosotros nos ha hecho más felices con la secreta intención de provocar en quienes queremos la misma emoción que nos ha embargado a nosotros.
Tú eres el regalado, decía Cortázar al final de un texto pequeñito que ahora han enfangado los publicistas y que conoce ya casi todo el mundo, incluso los que nunca han puesto un ojo en Cortázar. Qué alegría, al cabo, no haber caído en ese vértigo. Ojalá yo pudiera ahora regresar a mi época universitaria con algunas de las certezas que ya manejo. Claro que también desde otra edad y otras lecturas habrá alguien que mire mi bagaje y desee un poco del asombro que todavía no he gastado.
Mañana empiezo con Wallander, ya lo tengo en la mesita de noche.

25.7.07

Smiley II: crónicas de verano

La España provinciana restalla en los pasquines católicos a pie de altar que la feligresía cincela a verbo puro para que este gobierno laicista, gallardo y filantrópico sepa que no tragan con los fastos de la ciudadanía y con los desprendidos gestos igualitarios de ZP. Esa España perturbada ve cómo un líder socialista resultón y épico deconstruye a golpe de decreto el legado humanista, toda la catedral milenaria de su causa, victoriosa siempre sobre los embates paganos, republicanos, marxistas y hasta gubernamentales. La España escandalizada por el intervencionismo estatal, que es como una competencia inaudita en lo que, antaño, era privilegio del cura párroco, de la curia capitalina y de los catecismos bendecidos por la Santa Sede. Así que España hace aguas monclovitas y se ahoga en su lento ingreso en el laicismo, que es una palabra novísima, aunque lleva toda la vida en los diálogos de iniciados y en las tertulias de barra de bar. La España laica abroncada por la España creyente es la historia antigua de los dos bandos súbitamente conjurados a ningunear la voz del otro. La España rústica de los veranos de doctrina diminuta se anima con estos alzamientos verbales. Hasta Polanco, señor del feudo libresco, es decir, de la cultura organizada como tutora de las masas, ha muerto en días claros, rebajados de la tensión política habitual y preámbulo de lo que ya sabemos que trae agosto, la vida amortiguada, los periódicos menguados, todo muy new age para que España no se agite en exceso y consienta, en su vértigo bimilenario, un receso pequeñito, un alto el fuego dialéctico. Por eso Polanco, el hombre al que todos los demás conceden trono y voz de mando en la Historia reciente, ha muerto en julio, en rumor de reverencias y desafectos, pero en primera página, sin que ninguna artillería de mayor calibre le reste pompa y circunstancia. Los sociales y los populares le han rendido tributo en columnas y en improvisados testimonios de calle y no sabremos nunca qué hubiese pasado si en lugar de conducir la nave complejísima de la patria desde la trastienda, en timón invisible, hubiese ocupado plaza electoral y sometido a sufragio popular su cruzada mediática, pero hay gobiernos invisibles (Bruno Cardeñosa dixit) y poderes sutiles que tutelan el diario de un país y le proporcionan su caligrafía doméstica, barroquizada o infantil, críptica o femenina, es lo mismo, de lo que se trata es de darle prosa al castillo de naipes de la patria y traer al disparadero las filigranas amatorias de los príncipes para que el pueblo, la grey, la otrora gleba conformista, regrese al debate antiguo sobre las monarquías. Lo de El jueves, ya saben, es baladí, cosa que el verano acabará por esconder y dar paso a asuntos de mayor trascendencia. Tal vez espías rescatados del sótano de la corte: topos en La Gran Vía. La España condenada a buscarse todavía porque no le ha bastado su periplo de siglos y quiere verse en este siglo XXI convulso y relativista, arrodillado al dios de la tecnología y cada vez más escorado, cuando no fugado, del dios de la cosecha y de los evangelios. Por eso triunfa entre la población lo cívico, la cartografía exigente de la libertad y de la igualdad, que ZP ha descubierto y ha ofrecido a beneficio de campos y asociaciones de vecinos.Eso es capítulo aparte y habrá que volver a John Le Carre. Smiley ha vuelto a lomos de una ola salvaje para enseñarnos que nada ha cambiado en exceso.

24.7.07

500

El amanuense digital pillado en un arrebato creativo.


Recuerdo que hace un año por estas fechas me rompí el dedo del pie. Lejos de perderme en lamentaciones y monólogos blasfemos, decidí cosas que me gustan y a las que normalmente no dedico el tiempo que merecen. Leer y ver cine. El incidente óseo me sorprendió de vacaciones en la playa y me sentí como Edmundo Dantés en su castillo de If, si bien yo tenía un portátil a mano y una conexión rápida a la red, generosa contribución a la causa de un cuñado fantástico que tengo. Presa del tedio y azuzado por Víctor Trujillo, demiurgo impecable de Muchocine, una página formidable para estar al día sobre películas, abrí este blog que empezó siendo de cine y ha acabado convirtiéndose en una especie de diario de este activista mental por el que me tengo. Luego hay que afinar el pensamiento y revisar los dislates de la escritura, los ripios, las cabalgaduras fonéticas y todos los vicios semánticos y sintácticos de los que uno se acaba de retirar nunca. Todas las buenas intenciones terminan después despeñadas, descarriladas, arrumbadas estrepitosamente, al menos para mí. En fin...

El Espejo de los Sueños, tal es su nombre, nostalgia de un libro de poesía que la Diputación de Córdoba tuvo a bien publicarme hace ya unos años, ha crecido hasta llegar a las 500 entradas. Nada de fanfarrias, no vienen al caso ni tampoco sabría cómo mutarlas a texto. Me vale la libertad absoluta de escribir lo que me viene en gana y alojarlo en este diario. También el júbilo pequeñito de ver cómo los usuarios crecen en el chivato que me informa sobre sus visitas. Gente que viene y repite y hasta tiene el detalle de dejarme un comentario a pie de entrada. Mañana empezamos otra vez. Este acceso sentimental finaliza aquí. Todavía estoy a tiempo de no publicarlo.

Rambo de circo


¿ A qué no esperaban menos ?

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...