26.9.06

LA INCREÍBLE PERO CIERTA HISTORIA DE CAPERUCITA ROJA : Caperucita late night show




Lo que trae de cabeza a las multinacionales del entretenimiento made in USA es dar con la fórmula mágica que lleva de la mano a padres y a niños a la cola del cine y salgan luego todos ufanos del espectáculo, alegres como panderetas en una feria de pueblo.
Hasta Shrek, a mi entender, nadie dio con pócima semejante. Walt Disney abrió brecha. Nadie discute la valía de las películas del mago del cartoon, su corrección cromática, su taller de futuros genios, pero no ha habido escaso consenso intergeneracional y cuando sale el padre alegre, el niño se ha aburrido. O viceversa. Es muy díficil armonizar vicios.
Ahora se estila esto: el cocktail multifamiliar, el gazpacho doméstico. Esto de la caperucita roja es un revoltijo inteligente de ingredientes varios, todos los cuales están destinados a contentar a un sector de la tribu, que acoquina sin metafísica los cuartos para entretener la tarde de los domingos. Y si llueve, mejor todavía.
¿ Qué encontramos en esta nueva entrega de cine de niños que pueden ver adultos ? Está Freud, claro. Y el deconstructivismo de Derrida, si queremos incomodar al intelectual que, a regañadientes, acude al cine para regocijo de su prole, pero en el fondo, es una película de animación, y bien hecha, claro está. Muy bien hecha, añadiría, aunque se echa en falta una sensatez dramática y no se perdona el alambicado puzzle de personalidades trucadas. Gags hay los justos, y algunos ya los habíamos oído antes, pero no recordamos en qué película.
Todo así, artificial y frío, sin contentar en exceso a nadie, pero gustando en lo estrictamente necesario a todos. Y hay algo de humor. Y hasta su pizca de sexo, convenientemente aligerado de espesura para que entre sin excesos en el equipaje doméstico.
Los directivos de Miramax han dado en la diana: han reescrito la épica de los cuentos de antaño con aderezos modernos. Cabe la posibilidad de que un día acabemos empachados de tanta modernidad y queramos que nuestros hijos vean en pantalla la Caperucita original, el lobo original, los Tres cerditos de antes.
Para la crítica severísima que algunos gastan, La increíble pero cierta historia de Caperucita roja será un empalagoso experimento, una absoluta boutade no apta para puristas, pero yo insisto ( y últimamente tengo este concepto bastante claro ) que el cine es, ante todo, entretenimiento.
Como no está el olmo para pedirle peras, quede éste en entretenimiento light, pero nuestra inquietud cinéfila no se alimenta con lobos y con abuelitas: prefiere drogas más duras, mucho más adictivas, perlas de Orson Welles con textos de Shakespeare, interpretaciones soberbias de Max Von Sydow en películas suecas de los sesenta, robos en hipódromos filmados por Kubrick, botellas que no tienen vino y que Hitchcock usaba para revivir el filón de la guerra fría y el resurgir nazi.... En fin, lleve usted a sus hijos a este Frankenstein multicultural, dígales que cuando sean mayores, el cine les hará felices y que esa felicidad les hará, también, más inteligentes, más libres. Caso de que el amable lector no tenga progenie a la que sentar en butaca, vea Alatriste, que todavía está en cartel. Euros más aprovechados: es que es más larga. Ah, el protagonista habla raro. Los personajes de Perrault, no.
Y siempre está el dvd para las noches más tristes. Se me ocurre Blade Runner para tener sueños replicantes.

21.9.06

EL PERRO MONGOL : Un viaje a la pureza



Se insiste con frecuencia en apuntar que el cine que carece de medios rezuma ingenio. Este argumento no es monopolio del séptimo arte, pero se afirma en él con más ampulosa evidencia. Un estudio no se deja una pasta gansa en un film si sospecha que en taquilla el producto puede flaquear. Excepciones hay, por supuesto.
Estamos muy acsotumbrados a ver películas americanas que huelen a dinero en cada fotograma. Esto no es nuevo. Lo que sí se me antoja novedoso es que haya un nuevo cine europeo de planteamientos comerciales muy semejantes a los que se estilan en Hollywood. El cine es arte y es negocio. O incluso es negocio y, en ocasiones, arte.
Como yo llevo ya un montón de tiempo sin ver arte en películas de producción reciente, suelo distraerme revisando clásicos. Magnífico invento el home cinema y el dvd. Remeda uno en casa las condiciones que querría en el cine, que suele ( además ) estar contaminado de molestos ruidos de palomitas vertiginosas y melodías febriles de semitono en la fila nueve.
Viene todo esto al caso porque acabo de ver una película que, en el fondo, es europea, aunque también es asiática. Nunca va a competir en taquilla con majors de postín. Muy raras veces será comidilla de ejecutivos en el café a las once, pero llenará el corazón de mucho amante del cine que busca, entre tanta morralla y tanto fuego de artificio, un reposado viaje a otro mundo.
La película en cuestión se llama El perro mongol y, más que película al modo clásico del término, es un documental que nos invita a pensar de otro modo. ¿ No debe el cine hacer eso de cuando en cuando ?
Trata de una niña ( Nansal ) que lleva a su casa a un perro que ha encontrado en una cueva, un cachorro, en realidad. El padre se obstina en no hospedarlo por cuanto lo imagina descendiente de los lobos. La superstición ocupa todo el imaginario familiar y la trama se centra en imponer a la superfechería ancestral un poso de raciocinio.
El conflicto no es enteramente mongol: es universal. Se enreda en la religiosidad popular y echa su lazo, vigorosamente, al más íntimo de los sentimientos humanos: la creencia de que hay otro mundo y de que nuestra alma no muere. A falta de cielo cristiano y Derecha del Padre, el nómada mongol cree en la reencarnación y, de algún arcano modo, sospecha que cuando haya muerto, su espíritu recorrerá plantas, árboles, animales pequeños... hasta que dé con un perro, y de ahí pueda saltar a un hombre.
Lo más excitante de El perro mongol es su carácter de rara avis. Al verla, sabemos que estamos asistiendo a un hecho único, al tránsito de un mundo a otro. Los nómadas mongoles se ven abocados a buscar la ciudad, que es una extensión de la ciudad occidental, comida de vértigos, enfebrecida por su disipación moral, volcada en crecer a expensas del hombre. Y el espectador ajeno a ese estertor, se queda literalmente pasmado por la fuerza de los sentimientos que el film exhuma. A borbotones. Esto es arte. Desintoxicación mental. Apertura a un lenguaje antiguo, pero al que no estamos últimamente acostumbrados.
No vi La historia del camello que llora, de la misma directora mongol. Prometo ir al videoclub y pillarla.
Caso de que no esté ( y eso que mi videoclub es una joya entre las joyas para el aficionado al cine ) volveré a casa y pondré alguna película iraní, de ésas de planos larguísimos y músicas hipnóticas, cuando no ausentes. Me dormiré pensando que todos los semáforos de mi pueblo se convierte en crisantemos.
Corran al cine. Vaya que la quiten y pongan en su lugar una mamarrachada de cualquier niñato pijo con gancho entre las mesnadas de féminas anfetamínicas y hormonadas.

12.9.06

DESAYUNO EN PLUTÓN : De travestis y nacionalismos...




Neil Jordan es un director competente que se deja convencer por el cine de Hollywood( Entrevista con el vampiro ), pero que mira de reojo ( con corazón ) a un cine de raíces, que algunos llaman de autor, aunque tendría tal marchamo mucha tela que hilvanar.
En esta entrega, hurga en la Irlanda en la que nació y, sin rehuir el trasunto político, indaga en el melodrama directo y sin ambages. Como Jordan no es Douglas Sirk, la película se queda a medias porque abusa de los clichés y se escora en exceso al lugar común, al espacio dramático que el espectador ha visitado en demasiadas ocasiones.
Lo que vemos es una Irlanda de catálogo, que rumia la siesta provinciana del sosiego. Lo que amenaza esta quietud quebradiza es el personaje de Cillian Murphy, nacido hombre, pero vocacionalmente hembra, que prefiere que lo llamen Gatita y que dedica su turbada vida a encontrar a la madre que no conoció. Tiempo habrá en este periplo sentimental de identidades perdidas para que la Irlanda política ( IRA, vecinos encontrados, revueltas callejeras ) también se arrogue su particular universo de tópicos.
Todo está muy acelerado y brilla, por encima del conjunto narrativo, una banda sonora precisa y una composición actoral sobria en la que, aunque sobreactuado, Cillian Murphy, que recordamos en Batman begins o en ese engendro de secuestros en aviones del ya caduco Wes Craven, da empaque a un personaje difícil.
Desayuno en Plutón es un melodrama con ribetes de comedia que no podemos llamar tragicomedia enteramente por cuanto el humor que presenta es oscuro, sórdido, en ocasiones.
Tiene en la música (insisto) un aliado impagable. Del punk rock a Haëndel, del folclor local a la música disco. Hasta Bryan Ferry tiene su papelito, perverso, por más señas.
Pareciera, al modo en que Tarantino modela sus guiones, que Jordan quisiera que los giros de la historia bebieran del soundtrack de la película. De hecho, Patricia "Kitten"Braden, el personaje de Murphy, vive para esas canciones y guían su crecimiento como persona a lo largo del metraje.
Me vino a la memoria El Juego de lágrimas, mejor película que ésta, firmada también por Jordan. Ambas tratan el travestismo. Ambas retratan la violencia terrorista. Aquí todo se ha quedado en un tono menor, amanerado hasta lo dulzón, pero tierno, por momentos.
Liam Neeson como párroco abnegado y valiente y Stephen Rea ( un fijo de Jordan ) como el mago escasamente tradicional bordan, en mi opinión, sus personajes.
En fin, el amable lector tiene en la cartelera una ración abigarrada de conductismo práctico y también, he aquí la magia absoluta del cine, un entretenido rato de cine europeo, lastrado por las huellas del vecino americano, tan ladrón, tan amado, tan nuestro.
No dudo que algún festival con ínfulas de autopromoción rápida le asigne un estrellato que no merece, pero que tampoco criticaríamos en exceso.
Hay tanta morralla y se vende con tanta complacencia que estas dos horas y poco de cine saben, a ver, qué le vamos a hacer, a poco.
Esta noche veré Con faldas y a lo loco. No tiene nada que ver con todo lo escrito, pero echo de menos a Jack Lemmon y a Tony Curtis.


Olvidaba a Marylin Monroe.

9.9.06

CORRUPCIÓN EN MIAMI : Alta definición








Esta ola de revivalismo que nos recorre tiene, en un muy sesgado y personal punto de vista, cuerda para rato. Se trataría de revisar al alza ( la técnica actual al servicio de la nostalgia ) los hitos del siempre glorioso pasado. Como la memoria es golosa y gusta de regresar allá en donde fue feliz, las salas de cine se van a llenar cuando empiecen a caer, trufados de modernismo, episodios ñoños de adolescencia. La maquinaria imparable del merchandising pondrá su ejército de creativos a buscarle tres pies al gato y todo se avendrá, con mansedumbre, al dictado de la caja, que (como todos sabemos) gobierna con mano durísima los entresijos de lo que, en principio, bien pudiéramos llamar Arte.
Bien, la caja de Pandora está abierta. Y ojalá lo que viene ( y mucho de cuanto hubo ) se parezca a esta Corrupción en Miami de Michael Mann, más que competente director que atina en dar a este producto de videoclub ínfulas de película de altura con un uso sobresaliente de la alta definición.
No siendo buen cine, que no lo es, es entretenimiento de muy alto nivel. No se le niega su frivolidad, su decaimiento en la trama estrictamente argumental, pero brilla poderosamente cuando Mann, versado en refriegas policiales desde su Miami Vice televisiva o desde la muy aceptable Heat, ataca la filmación de la violencia.
El plantel de estrellas hace lo que se les dice: ponen el gesto, dan la talla en la compostura, aunque tampoco tienen parlamentos profundos, ni atormentadas almas a las que redimir en noventa minutos de metraje. Me gustó muchísimo Jamie Foxx, que ya ha demostrado que toca todos los palos, y todos los hace con dignidad. Sobra Colin Farrell, que no es un actor con empaque todavía.
¿Y las lanchas? No espere el amable lector de esta página de cine la lancha vertiginosa y molona fatigando las aguas sucias de los cayos de Florida, aunque alguna hay, claro. Tampoco el machacón ritmo de la melodía de Jan Hammer. Hay ( y a tutiplén ) intrigas mafiosas, infiltrados, tiros, crimen organizado, redadas, drogas, prostitutas.... Como un C.S.I., pero sobredotado económicamente.
Luego está el final mayestático, una coreografía absolutamente recomendable de tiros en las calles, que deja al espectador sin aliento: literalmente.
Corrupción en Miami es un producto de marketing, es un guiño descarado a un producto de éxito, es un videoclip largo y costoso, pero no debemos restarle eficacia y sobriedad, amor por el puntillismo, cierta querencia por el trabajo artesano ( esa profundidad de campo con cámaras de alta definición en tomas nocturnas ).
Mimbres muy notables como para ser excesivamente riguroso con lo que, a ciencia cierta, no pretende otra cosa que entretener. Y lo hace sobradamente.
Al fin y al cabo, la serie ochentera era ñoña, abusaba de Armanis y cochazos imponentes sin venir a cuento y Don Johnson era un actor resultón, pero mediocre.... ¿ O valía el hombre ?






6.9.06

ALATRISTE : Sesión acelerada de Historia




Quizá carezca de la perspectiva necesaria para entender las razones que hacen de Alatriste la película más cara de nuestro cine, en el fondo, una de las más decepcionantes.
No le niego su ambición. Tampoco la ampulosidad de su oferta iconográfica. La película entra bien, aunque una vez que la imagen ha depositado su poso en nuestra retina, la historia que cuenta flaquea, se tuerce, escora su narrativa fundamental a derroteros fraudulentos, donde importa más la truculencia de la sangre y el retrato a brochazos de la España cochambrosa de la época que un interés verdadero en demostrar la hondura de unos personajes con nombradía.
Hay un exceso de enanos. Los de Velázquez y los que, en el guión, no vieron que este esfuerzo majestuoso ( 25 millones de euros, dicen ) conduce al espectador a sensaciones muy dispares, pero todas confluyentes en el fiasco. Se tiene la impresión de que uno ha asistido a una pinacoteca en la que los enanos, los espadachines, Quevedo y los validos de España hablan.
Menos mal que Diego Alatriste habla poco porque no se acaba de entender ese susurro como de borrachín con asma que arrastra durante el escaso parlamento que le permiten.
No escatima Díaz Yanes conocimientos históricos y pone el énfasis allá donde hasta ahora el cine histórico únicamente depositaba lugares comúnes, tópicos de folletín. Faltaba que, encima de cara y con guarnicionería actoral de postín, la película la pifiase en el entramado de la Historia, así, con mayúsculas. En fin.... Que los euros que nos cobran los pagamos a gusto porque estamos así educados y nos conmueven las historias de valerosos hombres que defienden a España con sudor y olor a orín en las manos. Que también Coppola pintó, cual Velázquez, su Flandes particular en el Mekong y nadie le ha tirado los trastos a la cabeza.

¿ Apocalypse now versus Alatriste ? Ambas tratan la misma miseria: la injerencia del hombre en los asuntos de otros hombres, que es el simplificado argumento de la Guerra.
Si el amable lector tiene alguna crítica amable a propósito de Alatriste que tener en cuenta, téngala. Acuda al cine. Oiga la vocecita de Viggo Mortenssen.
Y cuando llegue a casa, saque de su colección de películas "Platoon". Oliver Stone, antes de venderse tanto a ideales tan confusos.

4.9.06

LA NOCHE DE LOS GIRASOLES : Thriller rural


Esta es la película que habrían firmado los hermanos Coen, caso de haber nacido por estos lares. O es la película a la que un Camilo José Cela hubiese puesto su firma como guionista, que es decir mucho de esta opera prima de truculencias moderadas y tragedias provincianas de las de toda la vida.
También he visto a David Lynch: como esos personajes de Terciopelo Azul que fatigan las calles en busca de redención y que, al final, encuentra en la desolación de su vida el paraíso que venden los púlpitos y los venderos de bíblias a domicilio.
Cabezudo esboza el ocre de la España profunda, ese color tristísimo que escala los muros y devora sin compasión el verde de los tejados. Es la España que alguna vez hemos visto esbozada en la rancia iconografía de algún pasado no necesariamente remota, remozado aquí, investido de una liturgia opresiva.
Los actores bordan los personajes, que son extremos, y se arraciman alrededor de un tour de force narrativo complejo que, en ocasiones, puede despistar al espectador poco cómplice. Basta consentir que los capítulos en los que se monta el guión pertenecen a un hilo necesariamente alambicado, pero estricto, útil, sin fisuras.
Para ser una obra maestra, la que algunos querrían para echar a volar nuestro alicaído thriller nacional, si es que así queremos llamarlo, le hace falta un tono menos grandilocuente. La magnificencia de los sentimientos que pueblan la película no beben en la dramaturgia de Shakespeare sino en el nutritivo corpus de la tradición folclórica rural.
Si Lynch la viese, la vería suya.
Y eso es un piropo enorme.

30.8.06

CONGO : Gorilas en el videoclub




Anoche vi Congo de nuevo. Lo hice cuando salió, allá en 1995. Hoy me sigue pareciendo igual de pobre. Explico por qué los años no han cambiado mi forma de entenderla y su lugar en estos tiempos de cine comercial destinado al consumo de palomitas y medio litro de Coca-Cola light.
La banalización del cine contemporáneo proviene de cierto regusto frívolo que gusta de insultar la sensibilidad del espectador con productos de consumo inmediato, fast food en forma de fotogramas, cine coyuntural y muy light, fomentado por una estrategia de marketing masiva que, en algunos casos, supera con muchas creces, en el sentido meramente estético, en el plano meramente profesional, al propio producto que publicita.
El trailer, como enganche al producto, posee la virtud del impacto porque extrae lo más granado, el espectáculo generoso, filtrado para mayor gloria del asombro del respetable. El trailer abusa de la inocencia del espectador, que creerá a pie juntillas que todo el monte es orégano, que todos los fuegos son de artificio. El engaño, bien tramado, se hace cimiento de futuros abordajes para películas de la misma índole, esto es, bucaneros desmelanados ( Jack Sparrows a go-gó ), héroes varios de acción, que hay muchos.
Como no todo está diseñado para convertirse en obra de arte, tendremos que ser bondadosos y conceder a este cine ( cine para las masas anónimas, decía Canetti, masas sin crítica ) un punto, aunque pequeño, de simpatía. Lo único reprobable es que el público infantil o juvenil, que devora filmes como Congo, no paladea, subrepticia y lentamente, como veneno culto, buen cine. Ese público va entendiendo, puertas adentro, que el cine es una industria. Que el arte será otra cosa, siempre.
La educación cinematográfica pasa por adecuar cierto tipo de films con determinada edad y acompasar El acorazado Potémkin a los veinte años o a los treinta y no querer ser, por mor de lo bonito que queda ser culto, verla a los dieciséis, comido de acné y de fiebres varias. Conviene ver, por tanto, Congo, de Frank Marshall, un tipo sencillo que ha crecido con el rótulo enorme de las colinas de Hollywood frente a la terraza de su dúplex.
La película parte del best-seller del mismo título del jurásico Michael Crichton. Congo tiene un gorila que no se cree nadie, pero tampoco imaginamos al King Kong de los treinta como paradigma de la verosimilitud. Cierto que los tiempos son otros, pero la inocencia es tan bonita que hay que darle a la producción un diploma por dar al bicho un toque vintage, casi de prehistoria del cine, pero tierno. Una infografía mal aconsejada, me comentó un amigo, al verla.
La historia promete. Luego la promesa se diluye en un entramado tosco y torpe. El entramado se adorna de tópicas de ciento veinte películas anteriores y bebe, gloriosamente, todo hay que decirlo, de la gloriosa serie B que animó las siestas de la adolescencia y los cines de verano de las terrazas de zinc caliente.
Marshall, padre de Viven y Aracnofobia también, obra con brío y construye un mundo creíble cuando los protagonistas, planos como estepas en Kenia, buscan las Minas del Rey Salomón en la selva de Angola, la ciudad perdida, el Eldorado negro.
Cuando la encuentre, la ciudad defrauda. Uno echa en falta el Shangri-La de Horizontes perdidos. Aquel blanco y negro sí que era esplendoroso. Frank Capra es un maestro.


En esta línea destructiva, alarma la hilarante velocidad con la que se resuelve todo el misterio y la falta de recursos legítimos para profundizar en lo que, convenientemente narrada, hubiera podido ser un digno ejercicio de cine selvático en los 90, en la línea de un John Boorman remozado.
En el lado benigno, que lo hay, se impone bajar un peldaño la hostilidad y convenir que Congo, ya lo he advertido, se dirige, y lo hace con suma autocomplacencia, a un público infantil.
Suprimidas algunos escenas, como la del reyezuelo de la civilización con gorra y chaqueta militar, el film se conduce solo y entretiene, en gran parte, por la audacia con la que se aborda un género normalmente denostado, que huele a Tarzán en demasía y que nunca ha dado frutos épicos de nombradía.
Frank Marshall no tira de casting de relumbrón y se abastece en actores semi-desconocidos: uno entiende que el director no se excedió en los registros. Como tampoco se esmeró en que el equipo de maquillaje diese con el mono vistoso que todos hubiésemos deseado....
Algo de todo esto sucedía en Parque Jurásico, igual novela de Crichton, aunque en ese caso era el mago Spielberg el que movía, con oficio, con genio, los hilos. Allí los protagonistas "famosos" no precisaban entregarse en demasía. Ni Goldblum, ni Neill, ni Attenborough.... Primaba el Rex y asustaba su dentadura.
Cuando mi hijo me pida verla ( lo hará en cuanto tenga información de su existencia o vea en el videoclub su vistoso (!!!!) afiche ), le diré que busque en la dvdcoteca y se deje fascinar por Las Aventuras del Barón de Munchaüsen. Cine propedeútico, cine con miras de llegar a otro cine, pero cine digno.
Yo, anoche, quede ahíto de monos, pero paso en treinta la edad adecuada para visionarla con limpieza de miras. Yo ya estoy muy contaminado. Otra vez me cuelgo de Alfred Hitchcock, que no defrauda nunca.

27.8.06

UNITED 93 : La película digna de un suceso infame


La maquinaria de Hollywood no tiene piedad con la sangre de sus hijos. Cuando asistimos, perturbados, conmocionados, al ataque terrorista al World Trade Center, sabíamos que no tardaría en aparecer una película que narrase, entre el comedimiento que merece el respeto a las víctimas y cierta osadía para hacerle los debidos guiños a la taquilla, los avatares de los gravísimos acontecimientos a bordo de los aviones.
Han tardado, pero aquí está, junto al proyecto 11-s, Word Trade Center, parido por Oliver Stone, tan excesivo siempre con la Historia de su país, Platoon, JFK, Nixon, aunque en este caso, ya lo hemos dicho, comido por una mansedumbre inusual, limpio en las aristas y sincero, objetivo casi, en el discurso narrativo.
La difícil golosina de abordar esta película se entrega a Paul Greengrass, director del blockbuster El mito de Bourne, pero también artífice de films de más calado social como Omagh o Bloody Sunday, films que narraban también hechos reales acaecidos en la Irlanda más violenta.
Lo que sí obvia Greengrass es el panfleto: no cae en ningún dogmatismo, no busca la lágrima fácil, no insiste en la brutalidad de los terroristas. Lo que hace y, en mi opinión, muy certeramente, es un bodegón vivísimo de las víctimas, cuyo trágico final sabemos nada más apagarse las luces de la sala de proyección.





El vuelo 93 de la United Airlines se convertía en el cuarto avión siniestrado en el 11-s. Nada sabemos con seguridad sobre la vivencia de sus ocupantes. Hay conversaciones telefónicas salidas ahora a la luz, pero nada que pueda considerarse verídico.
Greengrass, guionista del asunto, rueda un documental digno. El suculento filón catastrofista levantado por el cine americano en las últimas tres décadas tiene, sin quererlo, un triste hito en este United 93, aunque bien estaría que no fuese así y el espectáculo al que asistimos no sea sino ficción pura, narración figurada. De guión conciso, Greengrass tira de un elenco de actores prácticamente desconocidos. Esa descontaminación cultural conviene a su mensaje: que lo que vemos es un crudo brochazo de la reciente Historia, quizá de la menos asumible por el pueblo americano.
Quienes busquen emociones fuertes, tienen en este film su película. Una de ellas: una sustentada en argumentos que nos son muy directamente propios, aunque el vuelo sea americano y todos sepamos que Hollywood, cuando le tocan su fibra sensible, es una escuela de cine mayúscula.
Cine meticuloso, preciso, desalambicado de guiños a su eficacia comercial, pero necesario.

12.8.06

UNA HISTORIA DE VIOLENCIA : El origen del mal








David Cronenberg es un director enfermo que se regodea con los avatares y las peripecias de su enfermedad. Ninguna de sus películas podría haberlas hecho Steven Spielberg, pongo por caso, pero él sí habría realizado, con éxito, no me cabe duda, La Terminal o El imperio del sol. Las habría facturado con ese humor corrosivo suyo, escondido en los flecos menos perceptibles de la historia, solventes siempres.







Con Una historia de violencia, Cronenberg hace una película que, en principio, no era suya. Parecía más un proyecto de Brian de Palma o de Tony Scott. Este material ajeno carece del habitual aparato formal con el que Cronenberg hurga en sus obsesiones y explicita visualmente sus perversiones. No tiene Una historia de violencia absolutamente nada que ver con La mosca o Crash o Vinieron de dentro de...o Spider.... O ya no hablar de Inseparables, joya del cine insano, cult movie y probablemente la mejor interpretación que yo haya visto de la muy notable filmografía de Jeremy Irons, pero bueno, no desbarremos. Una historia de violencia trata de la supervivencia de un estilo de vida y la mutilación, cuando no la eliminación absoluta de la memoria. Tom Stall ( Viggo Mortensen, formidable, comedido y sobrio como siempre ) borra su pasado y comienza una nueva vida. El azar rescata ese pasado y se inicia una cruzada por recuperar su identidad, cosa que, al final, en una imagen portentosa, contenida, se evidencia. Luego está Ed Harris, un actor magnífico al que todavía le falta un bombón absoluto para que la gente lo reconozca por la calle y los estudios le confíen papelones de relumbrón y no, como ahora, como casi siempre, segundones sobresalientes. Lo que merece capítulo aparte es el tratamiento de la violencia en la película.

Al margen del regusto del director por los instintos más bajos del ser humano, la película obvia la violencia de una forma casi cartesiana, pero la extrae del subsuelo del alma de sus personajes cuando las famosas necesidades del guión así lo exigen. Como cuando el destape hispano. " Lo manda el guión ". Y allá iban y venían muslos y pubis hirsutos para encabritar al personal, novato en estas lides icónicas. Aquí se manifiesta la violencia en dosis muy medidas, pero contundentes.

Leí que Cronenberg quería una violencia natural, brutal, del tipo que se ve en la calle, sin elaboración, descontaminada de piruetas, coreografías y toda esa morralla simbólica de gestos innecesarios y patadas falsas a lo Bruce Lee que pueblan las cintas de acción de estos días. Esa visión pura de la violencia, desmaquillada, da al film una inocencia. Quién iba a decirlo tratándose Cronenberg y con un guión de asesinos natos y de venganzas y rencillas hiperbólicas.El metraje, hora y media muy escasa, no enfanga el propósito del director.

Colar media hora más de material irrelevante podría haber distraido al espectador de la función primordial del espectáculo principal, esto es, el destino como una magnum del 32 encañonándonos la sien, aunque pasen los años y no nos demos cuenta de la presión del cañón en la piel.

Eso le pasa a Tom Stall, básicamente. Que ha vivido años prestados y ahora viene la memoria a cobrarse su cuota de pantalla.Al final, no voy a destripar el desenlace, no se preocupen, ganan los buenos, como siempre, pero no sabemos quiénes son. Hoy no voy a recomendarles que abran el armarito de los dvd's y tiren de archivo. Si después de este atracón de violencia, estaría bien colocar en la bandeja del reproductor El hombre tranquilo de John Ford. Y si se fijan, notarán, que en el fondo, en el mismo abrupto y descarnado fondo de siempre, se trata de la misma película. John Ford omite la pornografía inherente a toda violencia y dulcifica el tópico del hombre que no puede abandonar su pasado ( Sin perdón de Clint Eastwood ) con relajadas praderas irlandesas y generosas tabernas que huelen a whisky de malta y lluvia de octubre. En fin.

Somos unos románticos.



11.8.06

SUPERMAN RETURNS : Traca vistosa de fuego baldío




Este filón Blockbuster puede conducir a la confusión porque contiene la semilla de una franquicia, con todo cuanto el negocio el cine es capaz de producir, y también ciertos rasgos de cine bien hecho con retazos de cine digno tratándose de un producto tan premeditamente pergeñado a la chiquillería golosa de trajes que vuelan y poderes sobrenaturales escondidas bajo una gabardina. Y Bryan Singer, director fetiche del mundo del cómic tra sus dos competentes X-men ( no así el tercero, manoseado por un ramplón Ratner, cuela en las dos horas y media de metraje alguna evidencia de su particular visión del héroe, ignoramos si con la anuencia de la productora, que podría ver peligrar la caja si Superman nos sale un parlanchín dramático o un gurú de la mística posmoderna. Singer hace, ahí es nada, un Superman religioso, adulto y hasta débil, esto es, humano.

Quiere Singer demostrar que se puede perpetrar un film de superhéroes sin bajarse el pantalón en exceso y lo hace con un plantel de actores muy bien buscado ( tampoco el Superman de Donner era manco en este aspecto ) y un guión milimétrico que traba el forma meramente visual ( cebo para devoradores de cómics, pongo por caso ) con el fondo metafísico. Sí. Lo que pasa es que toda esta arquitectura de propósitos se desmembra cuando la película lleva veinte minutos y ya hemos visto prácticamente todo lo que esperábamos ver. Kevin Spacey, que deja su teatro londinense para hinchar su cuenta con un personaje nutritivo, es un Lex Luthor más cercano al Hannibal Lecter más morboso que al malo-malísimo, blando en el fondo, caricaturizado en anteriores entregas, al que estábamos acostumbrados. Satura el merchandising, pero esto es inevitable. Más cuando el estreno es en verano y las colas del cine se amogollonan de familias enteras en busca de dos horas de plácido asueto trufado de un par de kilos de efectos especiales. Mi hijo disfrutó de lo lindo. El padre ejerció de padre responsable y recordó que también, a su edad, fue llevado por un tío a ver la película del primer Christopher Reeves. Si el futurible espectador tiene hijos, dele un ración de héroe. Es un icono de este último siglo fugado. Sí carece de este perfil, vaya a ver Zulo, que va de otra cosa y también es cine. Y bueno. O encienda su dvd doméstico, active el 5.1 y perpétrese de quietud emocional para emocionarse con Apocalypse now, de Coppola. Hace unos días lo hice yo, y todavía lo agradece mi mimada memoria.

Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel

   La idea de la vanidad enfermiza de un Dios ofendido por los que no creen en él a la que alude Bertrand Russell cuando se determina a expl...