17.11.24

Cien mil locos

 No hay sólo miedo, ni sensación de que prospere el miedo: lo que hay es hastío, constatación de que los bárbaros, a su pedestre manera, alcanzan cotas de poder, ocupan despachos y toman decisiones. Se les ve en televisión sin que parezca que sean en verdad bárbaros, se pavonean delante de las cámaras, exhiben su grandeza, la que les sobrevino cuando entendieron que debían actuar sin que se delatase la barbarie, haciendo como que escuchan o escuchando poco o a medias, aunque después nada de lo escuchado durase y todo fuese expuesto al sacrificio, pero no estamos a su merced, no vencerán los bárbaros, no hay ranuras, no hay fisuras, no hay resquicios por los que franqueen nuestra integridad o nuestra moral o como quiera que se llame lo que hace que no seamos como ellos.

Uno no sabe bien en qué bando está. En ocasiones, cree en lo que postula alguno y, en otras, no le satisface y se escora a otro. No es normal que sigamos pensando lo mismo, no entra que el modo de entender el mundo sea el mismo. Ni siquiera ese mundo que anhelamos entender es el mismo mundo, ni los mismos son quienes lo administran ni quienes son administrados, los que escriben las leyes y los que las acatan. No se sabe dónde estamos, pero se tiene una certeza rotunda sobre dónde no queremos estar.

Se sabe que no queremos a los bárbaros, no les necesitamos, el mundo es un lugar hermoso cuando no están, incluso lo es cuando aparecen. Esa percepción íntima, la de saber qué es lo que no nos gusta, planea inalterablemente. A falta de saber lo que queremos, bien está (al menos) saber lo que no. Esa certidumbre es la que hace que salgan algunos de estos textos de vocación combativa, pero estériles en el fondo, a poco que se los lee en detalle y se extrae lo que aportan. No aporto nada, no aparto nada. Se conforma uno con contarse el mundo y decir: he aquí a los bárbaros, he aquí a los que no lo somos. Algo así. Es posible que únicamente sirva para conciliar con más propiedad el sueño y dormir sin que nos atormente nada. Tampoco eso lo tengo claro.

A los bárbaros se les debe poner muy difícil dormir con esa sobria armonía. Se deben despertar en muchas ocasiones, deben tener sueños pesados, qué podemos saber, deben tener la sensación de que sólo son bárbaros cuando abren los ojos y empieza la vigilia. Puede suceder que sus sueños sean la parte bondadosa de su existencia y no se les desboquen como a los demás nos ocurre. Soñarán con cosas hermosas de las que luego no guardarán recuerdo alguno. Uno, que no se tiene por bárbaro, sueña en ocasiones episodios bárbaros. Si nos coge Freud, nos echa a llorar, seguro. Los sueños tienen esa facultad: la de dejarnos actuar sin normas, la de hacer y deshacer sin que nos guíen o temamos que nos reprendan o que nos sancionen.

No hay miedo, no, lo que hay es tristeza. Acude al ver a tanto bárbaro por ahí suelto, al comprobar la comparecencia de los acólitos jaleando sus proclamas. Son un ejército. Tienen sus mandos en plaza, enarbolan sus lábaros, no se arredran al vocinglar sus dicterios. Se les ve en televisión, se lee en prensa que hacen esto o hacen lo otro. Tenemos bárbaros en las calles, en nuestra comunidad de vecinos, en las asociaciones de padres de alumnos. Son gente cazurra y de modales inexistentes, gente que te empuja y te quita el aparcamiento, por mucho que lo hayas señalizado y te pertenezca, aunque sólo sea moralmente. Es la moralidad la que no se advierte que prospere, no la hay, o la hay a trompicones, a bocados. Algunos, amigos de encontrar palabras para todo, llaman a este desquiciamiento imperante relativismo moral. Ese constructo moderno consiste en darle a todo un sentido, en razonar hasta aquello a lo que no debe concedérsele posibilidad alguna de que algo suyo cuaje y se le permite explayarse, en dar idéntico peso a todas las opiniones, no dejando que ninguna (por predicamento y arraigo que posea) prevalezca y cuente la desquiciada más que la motivada por el sentido común o por la mera lógica de las cosas. Así, vemos bárbaros en puestos de responsabilidad, desoyendo las admoniciones de los sabios, conculcando los principios más elementales de la convivencia y del proceder civilizado. En ese mirar abierto de las cosas, el bárbaro podría dejar de serlo, o quien no lo haya sido ni tenga asomo de que se acercara a serlo podría de pronto mutar en bárbaro estándar, amateur, todavía algo sensible y reflexivo, uno prometedor y paciente. La verdad es que no está muy descaminado eso del relativismo. Al menos tenemos un nombre para entender esta deriva. Los ríos traen aguas revueltas. Estamos en manos de cuatro locos. Cien mil andan detrás. Un millón. El mundo entero se está volviendo loco.


16.11.24

Nuevo regreso de Heráclito

 No haber visto una película húngara en un cine de verano. No haber leído a Mann en un balneario. No haber escuchado la quinta de Mahler en un festival vienés. No haber aprendido lenguas germánicas medievales. No haber sido Jimi Hendrix en Woodstock. No haber despachado mate con Borges en un zaguán porteño. No haber tenido la voluntad de haber aprendido a tocar el piano. No haber bebido bourbon con Bukowski en un tugurio. No haber escrito un haiku en Japón. No haber escuchado las variaciones Goldberg tocadas por Michel Petrucciani. No haber cortejado a Wendy el 27 de diciembre de 1904 en un teatro de Londres. No haber conversado con Cortázar sobre cronocopios y famas. No haber dormido en el hotel Chelsea. No haber sido instruido en las bondades del campo. No haber tenido ninguna educación para el dolor. No haber estado en el delta del Mississippi, en un antro en donde toquen blues sucio. No haber sido licántropo, no haber sido fantasma, no haber sido el hombre del saco. No haber registrado los sueños que en ocasiones recobran su trama en mi cabeza. No haber conversado con mi amigo Antonio sobre la bondad del género humano después de ingerir una cantidad escandalosa de cerveza. No haber contado a nadie que amé a Kim Novak. No haber visitado el Louvre, no haberme perdido un día entero en el Louvre. No haber confesado a nadie que por la noche, cuando voy conciliando el sueño, elijo cuál fue el mejor momento del día. No haber caído en la cuenta de que quizá convenga dejar de escribir, no haber sentido de verdad la necesidad de dejar de hacerlo, no haberme convencido de que ya está todo dicho y que sólo me esmero en disimular el bucle en el que ando. No haber tenido un foxterrier y haberlo sacado a pasear por la Gran Vía. No haber participado en un certamen floral con un poema sobre el pubis angelical de las ninfas de mis sueños. No haber ejercido alguna profesión bohemia y fumado Gitanes con La Maga. No haber escrito un calambur en el Pont Neuf. No haber tenido unos armónicos puros, de terciopelo, y cantar la hondura del alma. No haber sido aquel en cuyos brazos desfallecía Matilde Urbach. 


14.11.24

Can you see me crawling?


Sólo existe el Mesolítico. Ni Bahía de Cochinos ni Batalla de las Ardenas. No hay alambique ni júbilo de mujeres de Cartago. Sólo la niebla que lastima el aire y ese rumor como de bosque ciego con el que la luz intima sin propósito con el agua. De entonces surge el fulgor, esa elocuencia sublime que prospera en la tierra como un salmo en la memoria de los hombres. Dios escribe en un pétalo. Ni catedrales góticas ni camisetas con la cara del Che. Ni ácido lisérgico ni arias de Verdi. Era el bautismo de una ninfa. Era el sueño de Caín antes de desnucar a Abel. Los asteroides colisionan en el firmamento. La luz es una sílaba átona. Hay cráteres del tamaño de la península de Crimea. La vida unicelular no da para epopeyas. Es todo penumbra y clausura, arena en la boca del que tiene sed. Fango que respira, trémulo flujo de fuego. Gilgamesh espera, Euclides no pasea las populosas calles de Alejandría. Tom Sheridan bebe en un cuartucho de Salt Lake City con los hijos de todos los muertos de las guerras púnicas. Un poeta reclama fatigosamente un alejandrino, una princesa con un doctorado en literaturas germánicas medievales. Todo es de piedra vasta, todo es lujuria ensimismada. El silicato de aluminio es el rey de los compuestos minerales. Hay sindicatos en Polonia que erigen iglesias en la periferia de las ciudades para que los ancianos reciten todas las oraciones de los misales muertos. A Chet Baker le partieron la boca en Amsterdam. Tocará con un músico húngaro esta noche en un garito que huele a tristeza. Dicen que es bueno, tiene todos los dientes sanos. Una boca dura. Un futuro prometedor. El bebop es un insecto con las alas rotas. Un elefante que festeja la generosidad del aire. Dios me habla en bebop, me habla en cuartetos, me habla en sonetos, me habla en privada métrica. A veces susurra; a veces no está. Poseo la sensiblidad pertinente para apreciar esos susurros divinos. Los percibo con absoluta nitidez incluso aunque preste poca atención. Hay días en los que estoy verdaderamente atento, días de receso, días en los que poco me conforta y casi nada me parece relevante y sin embargo, a pesar de esas adversidades, noto que Dios está a mi vera, tutelando mi ingreso en el sueño, conduciendo mi yo zaherido hacia la dulce armonía del cosmos. El cosmos es un libro. El cosmos es el libro de Dios y todos somos lectores y todos escribimos en ese libro absoluto. La literatura del cosmos es la palabra de Dios, la palabra de Dios es la literatura del cosmos. Anoche, sin ir más lejos, vi a Dios en una loncha de jamón de york que mi hija estaba colocando sobre la rebanada de pan de molde. Era un Dios sin mayúscula, un dios caprichoso, rudimentario, de escaso apresto filosófico. Dios contra la soledad o contra la desesperanza. Un dios sin Kant ni conferencia episcopal. Un dios izado a capricho después de pensarlo durante años, de conformarlo a beneficio propio. Un Dios cercano, de verdad. Pensado con arrobo sintáctico y luego desmenuzado. Dios hecho grumo de palabra. Sentí una presión el pecho y una punzada en el costado. Es el dios de las pequeñas y de las grandes ocasiones, el del sol en la almohada nada más clarear el día. El dios del bourbon con tres cubitos de hielo y el dios del solo que Miles Davis usa para abrir So what. Un dios o un Dios. Se mueve uno con comodidad entre las grandes palabras. Me sería imposible numerar los dioses a los que venero. Hay noches que me zambullo en Coltrane y pierdo la entera noción de las cosas. Creo en Dios y en Coltrane porque creo en la armonía secreta del cosmos. Coltrane es un prodigio divino. Un creer contra un crear. Un mirar arriba, ensimismado, contra un mirar abajo, perplejo. La incertidumbre absoluta. El fuego divino ardiendo alma adentro. La ceremonia universal de la genuflexión ante lo que uno no conoce y ante lo que se hace pequeño. En realidad, oh amigos míos, oh compañeros de travesía, uno cree en Dios o en dios o en d-i-o-s a medida que empequeñece. Que yo pese ciento seis kilos y mida metro ochenta y tantos no importa. Lo que verdaderamente importa es la sensación de fragilidad o de irrelevancia. De punto en el universo. Ni eso. Somos Coltrane soplando en un club, somos el hombre de pronto convertido en un obrero del más allá, en un operario diminuto que labra su porvenir a sabiendas de que le rezarán unos cuantos de los suyos muy a pesar de advertirles de que no le recen. Lo malo de morirse uno es que luego no puede comprobar si se cumplen o no los puntos del testamento. Se muere uno y se encuentra con Coltrane en un vórtice especular de masa deconstruída. O se encuentra con Coltrane en un fragmento de realidad invertida en un universo paralelo. No tengo ninguna duda de la existencia de universos paralelos. En un universo paralelo no se cree en Dios ni en el diablo ni en el hombre Coltrane soplando en un garito de Chicago My favourite things. No se cree en la iglesia ni en la salvación de las almas. Se cree en una cimitarra de hierro. Hay universos alternativos en los que el ser humano es más humano que en éste. No existen primas de riesgo ni strippers ni niños pijos saqueando el fondo de inversión del padre mientras se derrumba Occidente. Es que no existe occidente. El dios en el que creo es un experiencia sensible intransferible. Así debería ser el dios en el que crean todos los que creen únicamente en uno. Escribir es un anomalía. Si uno callara lo que piensa acerca del dios en el que cree no habría guerras ni se levantarían templos para contar a los demás que se comparten creencias y que todos han sido diseminados con la misma pura semilla. La semilla no me alcanzó. La vi cerca, la observé con cuidado, la miré con la idea de que podría decirme algo que me enriqueciera, pero pasó de largo y no hice absolutamente nada por pillarla. Adiós, semilla. Hola, Wilder. Hola, Coltrane. Can you see me crawling? El caso es tener a alguien a mano cuando llegan esos momentos de flaqueza y uno precisa un sostén. A mí me gustaría perderme en el de Roberta Pedon, una hippie de California que triunfó en el posado retro sin caer en el porno duro. Hola, Roberta. Dios me habla en haikus. Sílabas con metafísica. Un dios contenido, un dios filatélico. Símbolos embutidos en un traje muy precario. El dios en el que creo es el Dios de las catedrales. Hay miles. Veo una ahora. Creo con el mismo énfasis con el que los demás lo hacen. Igual hasta por las mismas circunstancias. De pequeño rezaba a Dios cuando intentaba conciliar el sueño. Probaba frases. Hacía (en esa intimidad en la que uno piensa casi en voz alta y hace un balance de cómo ha ido el día o de cómo va la vida) de escritor en ciernes. Todos los niños son, en el fondo, teólogos amateurs. Dicen cosas que luego, en la edad adulta, les produciría rubor. Ay, si fuese sólo rubor. El niño es un ser puro al que la pureza le llama con insistencia. Por eso el preceptor religioso le inculca el catecismo fundacional. La idea de un Dios y la idea de un coro arcangélico de devotos que están en el cielo, a salvo de las inclemencias del dow-jones y de la cirrosis hepática. Yo me quiero morir sin más, mire usted, grazna algún personaje. No sé si creer en Dios puede ser un contradiós. Es la excusa para perfecta para tanta barbarie que dan ganas de creer un poquito y hacer el ganso con coartada. Sobre dios (o sobre Dios o sobre d-i-o-s) se han escrito más páginas que casi sobre ningún otro personaje histórico. Yo vi a Dios en la comisura de los labios de mi abuela muerta. Yo vi a Dios en los campos de fresas en una mañana de mil novecientos ochenta. Yo vi a Dios con absoluto colmo. La línea más pequeña y la más irrelevante habla de Dios aunque su autor, el más estulto entre los autores, el más zopenco y el de menos talento, no lo sepa. Dios está en la barra de los bares, en la cubierta del Potémkin, en la barba de Walt Whitman. La literatura del cosmos. Esa gran literatura del cosmos. Está en las tripas de la máquina, en el corazón de la bestia, en el circuito más inteligente de mi teléfono inteligente. Dios en banda ancha, Dios en un fino hilo de cobre que recorre la salita en la que escribo. La acabamos de pintar. Está reluciente. Huele todavía a limpio, a desinfectante, a amoniaco y a lejía. Dios está en la lejía y en los átomos de la leche. Dios en el Jack Daniel's y Dios en el solo de Chet Baker en Amsterdam poco antes de que le partieran la boca unos traficantes. Dios es un no-argumento. Es un atentado contra todas las potencias cartesianas. Se cree sin cortarlo. Al contarlo, al formularlo, se desvanece el efecto y todo es un compromiso intelectual, un querer porque haber visto a tantos haber creído. Siempre pensé en los constructores de catedrales. Entré en la catedral de Lugo en 2011 y me sentí empequeñecido. La catedral me hizo pensar en Dios como nunca antes había pensado. Estuve días pensando en lo que había sentido.Hay quien, con menos, se hace feligrés. Quizá salí antes de que la perturbación me aniquilase del todo. Con eso contaba los constructores. Con el efecto empequeñecedor. Con la certeza de que el que entraba en ese templo perdía, por el hecho de entrar, poder sobre sí mismo. Era un acto bélico, una batalla ganada nada más poner el pie en la piedra y contemplar la construcción. Soy un fan de las catedrales del mundo: las visitaría todas. He visto muchas, quiero ver más, soy el que entra en ellas y sale herido, vulnerado. Iría de una en una, tomando notas, haciendo fotos, escribiendo en las pinceladas iniciales. Descubriendo el aire en el aire. Perdido en la secreta armonía del cosmos. Buscando a Dios en la palma de mi mano. Contando al mundo cómo fui bendecido por la gracia. La gracia llena de fulgor el pecho. Tengo un dolor en el pecho a cada palabra que no digo. Cada bocanada de silencio aviva más silencio. Se me abre cartesianamente el alma. La tengo abierta y la ven todos y la discuten en las plazas. El alma visible. El peso del mundo es amor. La luz es un vértigo. El vértigo es luz que piensa en sí misma. Dios me asiste y me conforta. Son cosas felizmente duras a las que aplicamos el esmero del que no siempre se dispone para las más blandas. En esa diatriba el día. Darse sin interrupción o menguar las ganas. Precaverse ante lo adverso o no sentirse aludido. Amarrarse o flotar. Una tibia ocupación la de fijar un vértice y afinar el paso. Se deshace el camino si se anda: su mapa de pasos antiguos lo emborronan, su vocación de fuga lo entenebrece. Sólo luz en tregua. La certeza diminuta de haber comenzado algo.









13.11.24

La noche de arena / Trifón Abad

 



A las historias que se cuentan bien se parecen a la vida, que es una historia absoluta que codicia un narrador severo que no permita que las distracciones le aparten del cometido primoroso de contar. Hay historias que avanzan con esa naturalidad, que nos hacen reconciliarnos con la literatura. De ellas apreciamos que nos permitieran prescindir de la realidad que azarosamente nos rodeaba en el momento en que nos embebecíamos en su lectura. Después de haber leído mucho, aunque nunca se lee lo suficiente, uno desea a veces volver a esa época en que las novelas aplazaran nuestras penurias o cancelaran hasta la misma injerencia de la felicidad: toda ella, esa felicidad tan deseable, estaba en las páginas que engolosinadamente íbamos pasando, convertidos en improvisados (y también privilegiados) depositarios de un secreto, del cual no debía anticipar el propio ingenio nada, y esperar con paciencia y con asombro, con fascinación y con asombro, que el desenlace nos dejase huérfanos, como si algo precioso que se nos entregó fuese de pronto retirado. Es así como funciona el temblor mágico de la lectura. Da el lector más aprecio a lo que se le cuenta que al modo en que se le está contando. Cuando el fondo y la forma casan, en ese momento sublime, sucede el arte de la escritura. Hay matices en este insobornable posicionamiento de quien lee y tiene conciencia del influjo de la lectura. Se da ahora valor a la pirotecnica formal, a cierto sentido de la mecánica cuentística: se aplaude la construcción novedosa, todos esa artesanía metalingüística y, en casos muy puntuales, el juego que la inteligencia del autor propone a la inteligencia del lector, retándolo a suspender la credulidad o a aceptar que la inverosimilitud sea una herramienta de trabajo pertinente, de la que extraerá, si sabe manejarse por sus arcanos, un logro, una especie de epifanía. Dar con ese deslumbramiento no requiere de un adiestramiento: basta la pericia narrativa, la sencilla elocuencia de lo que se nos va diciendo, esa sensación maravillosa de que somos depositarios de un secreto, que hemos sido elegidos para que ese milagro no se desvanezca y podamos hacer que comparezca. 

¿Qué hace Trifón Abad en La noche de arena? La respuesta es sencilla: contar, escribir muy bien, construir un ecosistema lumpen, sin la mención marxista, sin su historicidad, pero amasado con los mimbres de lo auténtico y compuesto con rigor entusiasta, con pulcra devoción al cañón de lo desarraigado. El mapa de la novela es movedizo: hay tramas que van y vienen, todas se buscan y todas acaban encontrándose  Uno cree estar ahí: ese es el mérito mayor, uno de los muchos que La noche de arena trae. Y qué costoso debió ser armar ese mapa, darle tangible cuerpo, y qué feliz ocupación la de escuchar, la de descubrir y acabar sabiendo. Pareciera, leyendo esta novela, que escribir es sencillo. Ese es otro logro primordial: el de hacer fácil lo que no lo es, el de procurarnos un camino despejado dentro del laberinto, el de saber que se nos ha cogido de la mano y se nos está mostrando el gran espectáculo del mundo. Es turbio el de La noche de arena y lo cruza la desgracia. Para desplegar ese mapa de la desolación, Trifón Abad se arroga el papel de sensible cartógrafo. Inventa un personaje maravilloso, Robles, un padre que busca a su hija desaparecida, un detective en horas bajas (no piensen que Abad tira de tópicos, habiendo tantos en la rendición del género negro), un ser sin acabar de romper, perdido también, frágil, titánicamente impelido a descubrir las razones de la desaparición y poder encontrar a Berta (qué gran personaje) y encontrarse. Para acometer esa empresa, Abad se las apaña para que todo fluya con asombrosa naturalidad. Todo encaja, todo parece que no pudiera haber ocurrido de otra manera. Como si nada sobrara o faltase. Esa excelencia narrativa. Y la luminosidad del texto procede de la misma luz que barre lo real y conduce a que intimemos con él. Hasta el paisaje contribuye a que la construcción de la novela esté firmemente anclada en esa realidad a la que trata de dar alguna explicación.

 Este lector ya no podrá separar la huerta de Murcia de los barrios bajos de todas esas películas y novelas con las que el género negro se ha hecho imprescindible para contarnos este tiempo en el que vivimos. No me imagino mejor herramienta para descerrajar la intemperie de la oscuridad que la propia oscuridad. El detective atormentado avanza a ciegas, se vale de su instinto, se precave en lo que puede; más que la venganza, desea el conocimiento, cierta liberación, la posibilidad de que su cabeza se apacigüe y pueda cerrar los recuerdos: abiertos, duelen, hacen que todo gire alrededor de Berta, la hija desaparecida. Apabulla la pericia narrativa de Trifón Abad: hace que todo ensamble prodigiosamente, logra ese raro prodigio que consiste en hacer creer a quien lee que la historia que se le cuenta está siendo confiada a él únicamente. Como si todo consistiera en una especie de confesión. Hay lecturas que tienen la misma textura que los cuentos, aunque por fortuna alarguen su desarrollo y registren varias tramas que acaban ensambladas, primorosa y deleitosamente cosidas, produciendo la sensación de que la literatura debe ser también esto: hambre de historias, deseo absoluto de que llegue el momento en que puedas abrir de nuevo un libro, volver a perderte y encontrarse más tarde en ese laberinto de pronto abrazado.  En ese marasmo, en esas badlands murcianas (jamás pensé que alguna vez escribiría esas dos palabras juntas, pero he aquí) Robles, Wolfe (qué peso el del animal, qué ternura), Berta, Frías, Charo, Céline, el Chamorro, el Champi, el Dani, el Piblas, el Dani, el Limas, el Pulga, Charlie, Susana, Jonás, la mafia ucraniana transitan como fantasmas, sin saber qué habrá más adelante, qué mañana. Pesan los escenarios, duros, en esa orfandad de lo que no tiene luz: las raves ilegales, los desguaces, los clubs de alterne, los descampados, los chonis... y la arena ocupando el aire de la noche. Si el amable lector desea leer una buena novela negra (murciana, por más señas) abra esta, concédase la bondad de las cosas bien hechas. 




Poética de la luz


Arde, alucinada, la tarde,

Un latido desciñe el aire.

El otoño es un violín roto.

La música, un delirio de oro sin cuerpo.

Un río de luz la atraviesa. 

Rumor secreto. Voz impura.

Dicha hecha cántico en el agua.

Clamor de la palabra en el poema.

Júbilo hacia el centro sublime 

donde las alas festejan vuelo.

11.11.24

Borgiana 23

 

Se han precisado espejos, 

blondas de seda,

puentes sobre ríos ancestrales,

poemas de Kavafis,

solos de Chet Baker,

proscenios, báculos,

altas noches con sus largos días,

espadas en Escandinavia,

tigres en Sumatra,

naufragios en el proceloso mar,  

islas en el Egeo

y un ruido de algas en un mapa muy viejo

para que mi amor te encontrara

y tu pelo viajara por mis dedos en las noches.

Yo he llegado aquí

tras dar de beber mi corazón a los pájaros.

Mi sangre ha sido instruida en el desorden.

Mis ojos han visto las lagunas estigias.

Mi boca ha pronunciado todos los verbos.

 He sido temblor,

he sido piedra,

he sido tercamente el que en la noche

vigila la inminencia de la luz,

el que ocupa la dulce majestad de la flecha

que atraviesa la piel del aire

y escribe sobre la confirmación de la herida.

Todo este dispendio de palabras

debe acercar tu mano a la mía.

Esa es la humilde vocación del poema. 

9.11.24

Las plegarias de los pirómanos





 Ayer tarde  Eloy Tizón en La República de las Letras de Córdoba nos habló de Plegaria para pirómanos y uno agradece que lo que escuchó fuese una continuación del libro que leyó y que todavía respire en mi cabeza. Hay libros que adquieren esa permanencia tangible y algunos de esos el prodigio de que parezca que acaban de ser leídos. Pueden los libros exponerse a que se los desmonten y armarlos tan ricamente después. Así son, ese atributo poseen, el de ser abiertos y vueltos a cerrar y probarse en ese escrutinio feliz de lo que dicen. Plegaria para pirómanos es dócil, es cercano, es de los libros que agradecen que se les hurgue. Es promiscuo para el lector encendido. Hubo llamitas pequeñas en el modo en que Eloy Tizón rubricó su firma en los ejemplares que firmó. El incendio de las letras en su república, el festejo sencillo de la palabra. 


8.11.24

Escribir, leer, ser

 A escribir se aprende leyendo o se aprende observando, pero hay gente que lee mucho y observa mucho y no alcanza el rango de escritor, aunque se obstine y formule su tentativa en poemas, en cuentos, en un novela o en un blog en donde sentencie de qué está hecho el mundo o registre los porqués más escondidos de las cosas. Si uno lee con cierto entusiasmo, si al tiempo que lee inclina su talento natural (el que disponga, a veces no se precisa mucho) a husmear en las maneras en que los otros escriben, está recorriendo un trecho grande del camino. 

A escribir se aprende al conjeturar. Se hace escrutinio severo de las palabras: se las mide y pesa, se las sanciona cuando no dan de sí lo que deben, se las prende para que el fuego tenga la elocuencia anhelada. Son del fuego las palabras, de esa luz que combate la ambición de las sombras. 


Hay quien lo hace, escribir bien, digo, con mansedumbre admirable, y quien exhibe rudeza y hasta precisa de esa rudeza para que su escritura salga y se instale en el mundo. Tengo la idea de que el escritor, el que lo hace a diario y se toma en serio el oficio, es alguien que vive una vida más que el resto. También viven más o viven en ese gozoso desdoble quienes leen y adoptan el punto de vista del escritor e incluso se transforman en él. Se lee sin que haya obligación de escribir, pero se escribe para seguir leyendo. Hay un lector, uno fiero y estricto, en el escritor. Conforme las palabras van saliendo y se van ensamblando unas con otras, hilando su trama, avivando su llama, avanzando a su antojadizo capricho, el escritor las va gobernando, desecha las que no convienen, consiente las prudentes, mima las maravillosas. 


Ahora mismo andaré yo ahí, sin saber a qué lugar acudiré, quiénes me cogerán la mano y caminarán conmigo. Escribo para no dejar de escribir. En este viernes de luz, mientras hago tiempo para ir a la escuela, administro esa voluntad demiúrgica, de dios pequeño y rudimentario, caprichoso hasta el hartazgo, que ensucia y limpia continuamente el texto, poniendo y quitando aquí y allá, como si estuviese de fondo (escondida, alerta por si nos escoramos en demasía) la belleza o la inteligencia y temiese que las traicionásemos y alumbremos un texto mediocre o uno declaradamente baldío. Suele pasar que el texto no es el deseado, casi nunca lo es. Hay un secreto y el escritor lo divulga, pero no lo cuenta todo, se reserva una condición valiosa del secreto y solo muestra las evidencias con las que el lector lo desvelará. La literatura entera es un gran secreto. Uno quizá fragmentado en millones de piezas. 


Lo que anoche leí cuando me fui a la cama (unos cuentos de Saki, nuevamente leídos y disfrutados) me hizo pensar en ese secreto que uno, como lector profesional, voluptuoso y febril, va descubriendo. La vida es también literatura. A veces literatura de la buena y también alberga secretos y tiene criaturas que escriben (las que marcan los guiones, las que diseñan la trama) y criaturas que solo observan los acontecimientos, participando mínimamente, sintiéndose una parte aceptadamente secundaria. Hay quien vive como lector y quien se arroga el cometido de escritor, con más o menos fortuna. Yo no sé qué tipo de criatura soy. Sé, sin embargo, muy modestamente expresado, que escribo y que leo, que no me entiendo sin escribir ni leer. Parece una confesión vulgar, la que cualquiera puede expresar sin que asombre a quien escuche o haga que arrime una incertidumbre, una especie de zozobra, pero no se me ocurre una afirmación de algo mío de la que me sienta más orgulloso. Hay orgullo en esa propiedad, la de la escritura, la de la lectura, no podré ahora decir cuál antes. Hay días en que no leo nada y lo escribo todo. Pero escribir es leer lo que nadie ha escrito todavía, esos textos invisibles. No sé si este idilio con las palabras durará para  siempre. Supongo que me irán abandonando. Tampoco sé qué hay que dure para siempre.  

6.11.24

Las casas vacías

 

Vaciaron la casa. Dejaron las baldas, se llevaron los libros. Abrieron los armarios, desocuparon las perchas. Todos los cajones estaban a medio abrir y no había nada dentro. Vieron el frigorífico y lo despojaron de su dignidad, sólo quedó un olor a rancio y unos tuppers muertos. Entraron al patio y descolgaron de un muro tres macetas que todavía contaban la danza de la luz y del tiempo. Fue un acto de amor lo que hicieron. No debía quedar nada que indicase cómo eran los moradores. Lograron que la casa dejara de ser una casa. Era cualquier otra cosa, pero no una casa. Luego estaba el silencio. Parecía colocado adrede. Como si lo hubiesen traído de afuera y dejado allí para que colaborase  al expolio. Pesaba como un fardo al que se le hubiera encomendado guardar todas las palabras. Una casa es un eco infinito de palabras que se fueron diciendo y que permanecieron en el corazón invisible del aire. Quisieron llevarse el silencio, conversaron sobre cómo sacarlo de la casa. También el frío, que era un metal con su ponzoña y su herida. Alguien se lamentó de la impericia. Otro sostuvo que el silencio es imposible de gobernar y que campa a su antojadizo capricho. Lo mismo que el frío, lo mismo que el miedo. Hay casas que viven en ese limbo sin sustancia, en ese temblor secreto. Las ves desde la acera o desde un coche. Las persianas están echadas o están rotas. Piensas que nunca fueron habitadas. Dan esa sensación de orfandad. Te parece inverosímil que antes contuvieran risas, llantos, afectos, actos de amor y de odio, pequeñas o grandes evidencias de que la vida pasó por allí y se animó a quedarse. 


Están proliferando las casas vacías, las casas tomadas por la nada, descompuestas, desoladas, ciegas y grises. Las hay en número que rivaliza con el de las ocupadas. Incluso cabe la posibilidad de que muchas de las que contienen inquilinos estén vacías por dentro y el silencio las impregne de su oquedad absoluta y el frío y el miedo se hayan envalentonado y ocupado la superficie de los muebles. Toda esa abundancia obscena de bloques a medio construir o de pisos no estrenados hace pensar en el desvarío de quienes las levantan, en su vanidad, en esa especie de Babel horizontal que emite una luz blasfema, un lamento tenebroso. Una vez que hemos prestado atención a una casa deshabitada todas acaban haciendo comparecer su voluntad de que se las desaloje. Como si un mandato ajeno las conminara a que nada las importune ni distraiga de algún cometido arcano también del que no sabemos nada. Duelen esos bloques afantasmados, todas esas casas muertas, las que no llegaron a ser hogar siquiera, las que languidecen en la sombra, en las afueras, en la vigilia del abandono. Las otras, las habitadas y dejadas, pronto se enmohecen, se cuartean, ofrecen la impresión de que algo extraordinariamente perverso las ocupa. Una casa deshabitada es como un libro que no se ha abierto nunca o como un corazón que no ha amado nunca o como una palabra que nunca se ha dicho. Hay una inminencia trágica, una terrible presencia que se esfuerza por contarnos su dolencia íntima, su absoluta flaqueza, su deseo de que la poseamos y nos volquemos en ella fieramente al modo en que el amante se vacía en su amada y la colma. 


Las casas, como los cuerpos, adquieren vicios; malos, en muchos casos. Los propietarios las colman en atenciones durante una época, las miman con delicadeza, les conceden la gracia de que perdurarán más allá de ellos mismos y luego, en cuanto son ellos los que decaen o algo les aflige, hacen que esas casas decaigan también, se aflijan. Es entonces cuando más inadvertidamente las desatienden, cuando dejan de cuidarlas con ese esmero de antes y permiten que mueran poco a poco. Se aprecia, en algunas, el señorío que tuvieron, el apresto de residencia noble y fastuosa, pero incluso en las más historiadas y colmadas de lujo o en las severamente humildes, en las bendecidas por la felicidad de haberlas disfrutado y sentido parte suya, penetra con idéntica voracidad el tiempo, hace cruento acto de presencia el caos, la fiebre del olvido. Siempre pensé que las casas son organismos vivos y actúan al modo en que todo lo vivo. Sufren a su privada manera, se desmoronan poco a poco, imitan el ánimo de quienes las hicieron, perturban al observador desavisado, al que de pronto asiste a esa representación de la decadencia o del olvido y fantasea con la posibilidad de que el tiempo obre con alguna de sus arteras mañas (magia, alquimia, milagro) y podamos ver la plenitud absoluta de lo que fueron, cuando tuvieron alma y latía, en su adentros, un corazón poderoso.


Las ciudades son cada vez más de la niebla. El hombre es cada vez más niebla. Las casas son cada vez más absurdas. Hay extensiones enormes de bloques vacíos, expuestos al desorden y a la soledad. No hay nadie que los observe. Nadie se fija en ellos. Cuanto más grandes son, menos atención se les da. No sabemos si tuvieron inquilinos o nadie los habitó. Si alguien pensó en cómo amueblarlos e imprimirles vida, en hacer que fuesen una extensión de su mano o una proyección amorosa de sus ojos. Todos ocupan ahora un lugar infame en la historia del progreso. No hubo dinero con el que acabarlos o la sinrazón o las corrupciones (vaya usted a saber) se desentendió de ellos y no les dio carta de habitabilidad, luz, agua. También el cuerpo es una casa a la que se despoja de su intimidad más noble. No damos con el modo de que no acabe lastimado. Ni siquiera tenemos apetencia de dar con él. 


 Las casas son palimpsestos: hay restos de lo transcrito antes, se puede descubrir la huella de esas familias que las habitaron, lo que no se pudo salvar o lo que permaneció más o menos a la vista u oculto, en la espera de que alguien lo reconociera, vislumbrara el secreto que pacientemente tutelaba y regresara el esplendor perdido. Repararlas y conservarlas es lo bastante costoso como para no acometer arreglo alguno, ni para imaginar que alguien las habite y vuelvan a tener el brillo de antaño. De ahí que sigan desvencijadas, informando de un pasado de gloria, a la espera de que se abran de nuevo las ventanas, se cuelguen cortinas, se escuche el rumor de la vida yendo y viniendo por sus plantas. Probablemente no suceda, no se echarán abajo ni tampoco se reconstruirán. Quedará como la vemos, expondrá su decadencia maravillosa, soportará cien años más e inspirará más lástima aún. Serán como cadáveres sin acabar de pudrirse, despojos con un destello tibio de grandeza.  Las casas vacías, unas más que otras, inspiran lástima, provocan en quienes las visitan la sensación de que poseen vida, un resto de ella. Se las mira como a animales moribundos. Cuanto más las perjudicó el abandono, paradójicamente más vida cobran, más lástima producen. Son el testimonio de nuestro decaimiento. 

2.11.24

Lorquiana



El rey de Harlem camina entre cocodrilos sin ojos.

El agua harapienta que burla la turbiedad de los números

danza por las escolleras del sueño.

Aquellos ojos míos de mil novecientos diez 

no saben que el aire muge 

con la rueda de la sangre. 

No me preguntéis nada. 

Hay que soñar un toro de agujeros 

y con una herida en la mano 

en la que beben los ángeles. 

Los caballos con su luna de mirlo 

detenida en la crin. 

Ahí el vals con la boca cerrada, 

el te quiero con una costra de cardo seco. 

Ahí los judíos por el East River vendiendo fauna, 

comprando caricias sin desmayo, 

suspirando el foxtrot de las primeras novias. 

Al cristito de barro no le han terminado de cortar todavía todos los dedos. 

La luna con sus abanicos. 

Los maricas del Bronx con sus libros de amor. 

Sangre de pato en la última homilía de los condenados. 

Tengo miedo debajo de todas las palabras del mundo. 

Se quedaron solos. 

Oían el temblor de los pájaros en un sueño. 

Era un silbo con ademanes de cortesana 

el que ponía blondas de luz a la sombra. 

Gime el hombre, se duele de todos los pecados del fuego. 

Un día seremos jinetes para que nos reciban en el templo. 

La luna tiene el eco de la nieve en Manhattan. 

El rubor de los primeros besos lleva una tristeza parecida a un pozo. 

Yo sé a qué vinieron las madres con el delantal azul de las noches frías. 

Tenían la verdad, tenían un susurro 

con el que abrían todos los corazones muertos. 

La vaca demacrada y sola pace 

en el aire musgo de una catedral quemada. 

El cielo es una máquina con la que todos los enfermos del mundo 

encuentran sosiego antes de que se mueran 

en el negro torpe de la aurora de un cementerio judío. 

Antes de que los ojos fueran una fiebre sin cerrar, 

yo era un muchacho al que acariciaban los pastores. 

Mi corazón boga con sucia vocación de barro. 

Cuando el hermoso Walt Whitman regrese de entre los muertos, 

yo seré un efebo con la piel encendida y la boca abierta 

como un adjetivo en la sangre. 

Te quiero, te quiero, te quiero. 

En el río que cruza la ciudad 

hay fermento de obispo y herrumbre y prez

y nadie sabe dónde desemboca el asco. 

Llevo siete hormigas en el bolsillo. Están sedientas. 

Yo les doy consuelo con el aguijón de las gárgolas puras. 

Yo, que fui un niño con el laurel de los grandes poetas griegos. 

Yo lamiendo el envés de los hierros esdrújulos 

cuando Nueva York era una jaula rota. 

Biblias de azúcar. Luces de naftalina. 

La mujer que amamanta a las cebras en Wall Street 

tiene la voz de una piedra que gira. 

Todo el mundo en Battery Place 

sabe que estoy desnudo. 

Yo con espuma de nube que finge. 

Yo cuando flotaba dios en el pulmón de las primeras madres. 

Yo en la ebriedad más dulce, 

en el vals de las ninfas, 

en el llanto de las hormigas. 

"Equivocar el camino / es llegar a la nieve". 

El blanco planea por los rascacielos, pero nadie lo mira. 

El blanco susurra por los rascacielos 

su ecuación de fuego sin barroco. 

Todos los perros se dejan llevar por las canciones de los borrachos. 

Caen al Hudson. 

Bailan hacia el mar un salmo de cuchillos negros 

para que el sol rompa la tibia compostura de los tejados. 

Un limón duro. 

Un cansancio sordomudo. 

Un cuento antiguo

 L as máquinas de coser Singer, retratos de un abuelo que muere cada noche en el frente, la patria grande, unitaria y libre, una virgen cosi...