
1.3.07
Sunset Blvd.

Los días son números ( habrá de cesar el cómputo )
Ser James Stewart
Afuera
Borges y los cerdos
Borges, que no poetizaba con cochinos, lo decía de más elegante manera:
" Sólo es nuestro lo que perdimos ".
Vagos licores de la nostalgia
La cafetería, cerca del Barrio Viejo, en Córdoba, olía a tabaco insoportable ( entonces, casi como ahora, yo no fumaba ) y Luis Antonio acaparó con asombrosa facilidad la atención de quienes aspirabamos a diletantes y concurríamos, piadosos y humildes, a un Encuentro de Poetas Andaluces organizado por la Junta de Andalucía o por el Ayuntamiento , no recuerdo ahora bien. El caso es que le sentaba estupendamente el bigotito, el amago de macferlán y el tono evanescente de su prosa, que parecía recitada, percutida por algún revólver mágico que entregaba, a racimos esplendorosos, palabras de una honda hermosura en un atrezzo sintáctico invariablemente perfecto. Contó, creo recordar ahora, algo sobre sus filiaciones en materia poética y la necesidad de que el Arte lo impregnase todo, como si la Cultura y la Vida ( esto se lo he leido no hace mucho en un suplemento dominical de prensa ) anduviesen en armónica comanda, y una no fuese sin la otra.
Asisto ahora ( veinte años después ) a un penoso espectáculo de contertulios en una cadena de televisión privada: no hay disidencias, no hay riqueza verbal, no hay dandysmo, tampoco vuela el spleen de Baudelaire o el alambicado verbo de Luis Antonio. Hay, crudamente escrito, mierda masiva, alentada por una turba de psicópatas que hurgan las heridas abandonadas al público voraz por un coro de alucinados, carentes de vergüenza y de amor propio.
¿ Qué haría el poeta de aquella luz, el artista del verbo, en una ceremonía así ? Me lo imagino y disfruto especulando en cómo desmontaría la impostura. Todas las mentiras acaban, tarde o bien temprano, descabalgadas, aunque tal vez los años no perdonan a nadie y el propio De Villena se haya plegado al festín de la infamia y no tarde mi ocio en asistir, como en el bar de Córdoba, a un programita de variedades y cotilleos de ésos en los que muchos invitados destripan a un cerdo y un orador, embelesado por el despiece, eclipsado por el fragor inútil de la carne bochornosamente expuesta, estipula unas oraciones para el sacrificio. No sabemos nunca nada y nada nos es permitido aceptar como durable ni como sagrado.
Leo sus poemas y me reconforta el hálito decadente de sus barcos de perlas y sedas atracando en Corinto. ¿ O era Manhattan ?
Nada
Artificios de la inteligencia creativa. Páramos de recreo verbal. Debilidad de todos los sentidos.
La vida queda entonces en novelita frívola. Hoy, que el día tira a gris y mi cerebro se embota con la rutina del regreso al trabajo, he escrito en mi cuaderno de notas que esta página requiere más tiempo del que se le puede honestamente entregar. O claudicar unos días y volver con el cerebro menos peguntoso: libre, ágil, ufano.
Hoy no hacer nada, no tener tampoco conciencia lguna de ese abandono enteramente premeditado, manso y lúcido, pero acaba uno poniendo siempre nombre a la pereza, consintiendo que las palabras ocupen su lugar y todo sea previsible. El acto de no hacer nada se transmuta en una empresa fatigosa y traducible a términos de éxito, de fracaso. Consiste todo esto en modificar el decurso rutinario de las horas, improvisar, sobre todo improvisar.
LA VIDA ABISMAL : Spleen y caducidad

Ventura Pons me ha parecido siempre un director literario y no porque se deja arruinar un film por un exceso de prosa hablada sino por imaginar que debajo de la película había un novela y, en la mayoría de los casos ( pienso ahora en Quim Monzó, un escritor prodigioso ), una novela buena. No es éste lamentablemente el caso. Pons tira de una obra de Ferran Torrent que cuenta la iniciación de un joven en los ambientes crápulas de la nocturnidad. Entonces hay putas, gente canalla y de mal vivir. O a lo mejor ésa es la vida y lo demás son flecos, apéndices, rellenos. El joven virginal abre ese catecismo perverso y lo estruja con voluntad de aprender en poco tiempo lo que la vida entrega en años. Esto es, la experiencia. La vida abismal decepciona por una más que inconveniente puesta en escena, que no es creíble, que se advierte chapucera por más que el argumento deslumbra en escenas sueltas ( tal vez el principio ). No he visto a Óscar Jaenada haciendo de Camarón, pero aquí anda atribulado, confundido, despistado, deprimido, como la canción de Hilario Camacho. No se le ve a gusto y está el personaje como deseando que la película acabe.El Chino ( así se llama ) está de vuelta de mucho, pero el actor que nos lo pone en pantalla no lo explicita: se queda en una impertinente gestualidad y en un rostro con intenciones, aunque inexpresivo.Personajes que viven al límite no llenan una película por mucho que haya lo que uno supone que va a haber contando la historia que sospechamos que nos van a contar, pero todo se aviene a la precariedad cuando lo que pide es apasionamiento ( enfermizo si se quiere cuando los temas que se narran son grandes y requieren grandes palabras o una voluntad también grande de no arruinarlo todo por no cuidar detalles ). Me viene ahora a la memoria la escena ( patética ) de la declaración de amor con la chica francesa. Si ponen un tráiler y dan esas escenas, ¿ va uno al cine ?Ventura Pons hizo El porqué de las cosas (1993)-, su mejor film, y Anita no pierde el tren (2000). Busque el amable lector en algún videoclub alguna de ellas o las dos y verá que hay oficio y maneras. La primera fascina. Aquí no hay encantamiento, ni por asomo.
Breviario de vidas excéntricas /40 / Carla y Ezequiel
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