Tengo necesidad de leer (vale releer) microcuentos de cuando en cuando. Hacen que encuentre en lo pequeño toda la opulencia de lo infinito. Me fascina, más que ninguna otra circunstancia, la posibilidad de que el milagro del cuento suceda en un parpadeo, en una especie de miniatura que, al modo de las matrioskas, se expande y adquiere la notoriedad de una novela apenas esbozada. Como si el autor, al dar con una idea maravillosa, se hubiese conformado con el apunte meramente argumental, una especie de resumen de la misma sinopsis narrativa que, a su modo, lo contiene todo, lo expresa todo y nada sobra ni falta. Vuelvo al "Cuento de horror", de Juan José Arreola en esos momentos de mono de lo breve. Todavía puedo transcribirlo de memoria. «La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de las apariciones». He escrito microficciones con la voluntad con la que a veces se pone uno a encontrar aforismos. De hecho, muchos de los que se me han ocurrido podrían haber pasado por cuentos de lo breve. No sería capaz de recordar ni uno solo si se me pidiera traer ahora alguno. No son ni fantasmas siquiera. Tampoco yo el paisaje de esas ensoñaciones.
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