Mis caballos están en la mesa de trabajo y de lectura de mi amigo Luis Felipe Comendador. Me ha dicho que los lee "con hambre" y le gusta que haya un texto cortito con dedicatoria. Junto al Zippo (del que no se separa nunca) y el viejo Mac en el que habrá escrito algunos de los mejores poemas que este poeta pequeñito haya leído. Está bien mi libro entre esos objetos sentimentales: el Zippo, el Mac, el Winston, el cenicero ejerciendo de cenicero a destajo y los libros (Ezra Pound, qué bien, qué loco estaba, a la vera del mío). Vino desde Béjar a Lucena a leer poemas de su Galería de estrafalarios (al delicado cuidado de Jacob Lorenzo) y a contar cosas del orden del mundo, que está ahora un poco sin brújula. Habló de vida, aunque la trama que hila esa galería sea la de los poetas suicidas, cosas suyas. La poesía hará que todo acabe ensamblándose, una pieza con otra, una vez y otra, en una danza infinita, de eso hablamos en una terraza con un café, antes de que empezara el acto, o a lo mejor fue otra cosa, pero yo entendí eso, cosas mías. Además de escribir tan bien, qué bien recitó sus poemas. Me dijo que ojalá pudiera recordarlos, no contar con el libro en la mano, poder decirlos como el actor que ejecuta un parlamento. Que la memoria, serán los años, ya fallaba. Será lo único. Leyeron con magisterio José Manuel Pozo Herencia y Antonia Jim Rod, y presentó con soltura y emoción Jacob Lorenzo. Un clavinova y un violín (magníficos ejecutantes) hicieron que no faltara la alada música.
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