30.11.10

Anoche


No soy de ningún equipo de fútbol. Puedo ser de Poe o de Jimi Hendrix, puedo sentirme repentinamente español o romántico, adepto hasta el desmayo al blues del delta o amante de los vinos de la Ribera del Duero, pero me cuesta ser de un equipo de fútbol. Quizá me desquicia el hecho de que los jugadores van y vienen, se aferran a un escudo y luego lo sueltan con el mismo entusiasmo con que lo besaron. Se es de Poe porque la literatura del maestro del cuento no varía ni sufre los vaivenes de la moda. Se mantiene intacta, sin rebaja; se exhibe siempre como un triunfo de la inteligencia y de la belleza. En el fútbol hay inteligencia y hay belleza: lo advierto en muchos partidos y disfruto con esa revelación mundana, pedestre, casi animal, del arte. Me molesta (hasta cierto punto) que el fútbol se esté convirtiendo en un arma arrojadiza entre iguales. O es que no somos en realidad tan iguales y el fútbol extrae de cada uno su esencia y la proyecta a los demás.
Mi esencia de anoche fue la del disfrute y eso no cuenta con que yo sea más merengue que culé o que me incline por Messi o por Ronaldo. Probablemente haya que inclinarse ante el fútbol y agradecer que el bueno exista y podamos darnos el gustazo enorme de verlo. Todo lo demás es una distracción bastarda de los sentidos, un querer entrar en la morralla mediática, en el ejercicio funambulesco de los que buscan siempre la periferia de la noticia, sus extremos menos gratos, los que han visto en Mourinho al salvador del siglo, al que va a hacerles caja a falta de argumentos de más sólido fuste. El festín balompédico de anoche fue como esas sesiones dobles de cineforum universitario en las que empezabas con Wilder (El crepúsculo de los dioses) y terminabas con Sirk (Escrito sobre el viento). O como una comida pantagruélica, adornada de cháchara, representada en un restaurante discreto mientras afuera llueve y ningún camarero te agobie para que termines pronto, pagues y dejes el local para que otros ocupen tu mesa.
Anoche perdió el eco, perdió el vacío, perdió el fútbol entendido como un negocio infinito. Y el Madrid dio muestras de flaqueza cuando se le vaticinaba una pujanza y un brío que ayer, en el Camp Nou, no se vio en ningún momento. Las dio porque enfrente se topó con un equipo proverbial, inspirado como casi nunca yo haya visto (salvo un también excepcional partido contra el Arsenal en el curso anterior en Liga de Campeones) y centrado en demostrar en el césped que todavía el fútbol está impregnado de pedagogía y que el talento de un puñado de asombrosos jugadores precisa del concurso casi mágico de un entrenador iluminado, respetuoso con el contrario, sabedor de que las circunstancias son favorables en un momento y absolutamente desfavorables en otro.
Guardiola es, frente a Mourinho, un hombre sencillo: no se arredra ante la adversidad, la entiende como un ingrediente imprescindible del duelo futbolístico y acomete su oficio como el artesano renacentista que manejaba a capricho las muchas artes que contribuyen a forjar un solo arte, el visible, el que queda para la eternidad. Mucho de lo que este Barcelona está fraguando con Guardiola quedará para las vitrinas de la memoria de los aficionados al fútbol. Cuando Mou necesita un foco y un micrófono, Guardiola se escapa pasillo abajo. Busca perderse, encuentra en la soledad un refugio en donde apreciar el tamaño del triunfo. Recuerdo su paseo por el campo en donde ganó la Champions League en su edición de hace dos años: se le veía ensimismado, lírico, enfrentado al escenario después de haberse vaciado completamente en él. Parecía casi rehuír el abrazo de su jugadores, parecía molesto con tener que rendir cuentas de su felicidad al intruso pagado del periodista, que es el otro ingrediente de este circo asombroso y al que en mayor o meno medida se ofrecen todos sus actores.
Anoche hubo un partido de fútbol colosal. Ganó la mesura a la urgencia. Se vio a la lucidez comerse a dentelladas a la especulación. El espectador (el sufrido, el que paga por ver fútbol por capricho de ese mercado sanguinario) fue el que ganó anoche en un par de horas de gozo insultante. Daba lo mismo que uno fuera de un bando o del otro: importaba el fútbol. Como cuando a Ronaldinho le premió con aplausos hace unos años la exigente grada del Bernabéu. Como cuando el buen Madrid de este mismo año fulmina a sus contrincantes y da una lección de contundencia física y de eficacia goleadora. Los números cantan: el Madrid es un equipo en ciernes, uno muy prometedor, uno al que se le podrá empezar a considerar en breve, pero sin cuajar. Necesiariamente precisa reposo. El Barcelona, incluso cuando empata o pierde o hace un partido mediocre en uno que gane, es un equipo a salvo de las dudas. No se puede pedir que siempre salga todo a pedir de boca. Messi, a pesar de todo, no es Dios. Ni Dios es Dios, qué quieren que les diga.


Así que anoche fui de Xavi y de Pep: fui razonablemente consciente de que los colores son un obstáculo para que el fútbol te llene por completo y seas capaz de apreciar la fina orquestación de una banda antes de acometer una sinfonía. La que se pudo ver en el Camp Nou fue sublime. Importa escasamente que enfrente estuviera el gran rival, el Madrid de Florentino, el de los fichajes de relumbrón, el que devora titulares y pierde (con más frecuencia de la deseable) fuelle en el tablero, en donde está la acción. Lo demás es literatura. Mala, por cierto.
Al duelo. al clásico, le sobró polémica. Le vino grande el traje de batalla con el que siempre lo visten. Dolió ver cómo esos portentosos jugadores (los del Barcelona preferentemente: los otros huyeron de la responsabilidad, se achicaron, se concedieron una noche libre) caían en la gratuidad de la trampa, en hacerse la víctima, en forzar al máximo la leña física para desahogarse y aliviar la humillación (relativa, no crean) sufrida en el césped. Y Sergio Ramos, que vive de su buen fútbol y es un sólido defensa en su club y en la selección, se encrespó en demasía, se convirtió en un energúmeno, perdió la dignidad y agredió (en el lance del juego y en el guiragay posterior) a Puyol. Pero nadie es un santo. Sólo Iker Casillas, el pobre, ayer tan pobre, tan desvalido, puso paz entre los animales. Y ganó el fútbol, claro. Aunque yo sea de Poe y de Hendrix y de Cukor. En ellos encuentro siempre el mismo placer. No me defraudan: me conquistaron una vez y me tienen a su merced.
Ah, es la primera vez que me extiendo sobre fútbol en este Espejo. Quizá sea la última. Nada es lo mío, pero esto lo es menor medida. Lean a Santiago Segurola en Marca o a John Carlin. en El País. Ellos sí que saben.


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28.11.10

Cuerpo



Ayer contemplé otra vez la belleza inconsolable de Ingrid Bergman. Pensé en cómo se matrimoniaba esa belleza con el talento. No pienso así cuando veo a Peter Lorre o a Charles Laughton, dos de mis actores favoritos. Pienso en el atractivo casi infantil de Norah Jones y no me fijo en lo poco agraciado que es Tom Waits. Ah claro, es que a Tom Waits le va ese aspecto retorcido, ese gesto al que le han extirpado el control y campa intoxicado de vértigo: le va el temblor, le va la fiebre. Michael Buble, ese crooner de diseño al que le acompaña una voz perfecta pero sin drama, es un hombre al que jamás encomendaríamos que cantase el repertorio de Kurt Weill. Somos crueles, pero exigimos una devastación del cuerpo, un sacrificio. Los registros más hondos del alma humana no se entregan a quienes puedan distraernos. Tal vez debamos cerrar los sentidos y abrir únicamente el alma. Sin la traba de lo físico.
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27.11.10

Estúpido





En parte, cómo no, cinco minutos al día, al menos. Uno es estúpido por solidaridad. Por no caer en un gremio de elegidos que está de vuelta de todo y le sobra carisma e inteligencia para hacer frente al mundo. Estúpido se es casi por imperativo orgánico. Estúpido como síntoma de un mundo absurdo que no da tregua y se empecina a diario en contradecirnos, en cuidar de que la felicidad sea un objeto precioso y distante, exhibido como una utopía. Uno es estúpido sin que un asomo de rubor delate nuestro fracaso. Estúpido sin coartadas. Estúpido analógico. Estúpido digital. Da lo mismo ser un exégeta de la obra de Canetti que un tarugo de taberna. La estupidez es un rango inherente a lo humano. Como si uno de esos bucles del ADN la tuviera impregnada. Como si cada pequeño gesto que hacemos la llamara a voces y pidiera que hiciese nido en nuestra alma. La mía es estúpida por variadísimas razones. Tengo un alma retorcida que disfruta con asuntos retorcidos. Tengo un alma expuesta a continuos quebrantos que no termina de levantar cabeza nunca. La azota el dolor de no tener certezar y la azota el dolor de tenerlas. Mi alma no va a ir ni siquiera al infierno. Se va a perder en el limbo, en el olvido, en el éter cósmico, en la memoria a veces poco fiable de quienes están conmigo y me guardan afecto y o me demuestran amor de vez en cuando. Cuando yo muera, morirá mi estulticia conmigo. Morirá mi temperamento quebradizo y se irán todos los vicios que me ayudan a sobrellevar el peso inmenso de estar vivo. A lo que no voy a renunciar mientras lo esté es a presumir de estupidez. Quizá porque todos somos estúpidos un rato al día. Yo, anoche, mientras intentaba volcar a un disco duro recién comprado, cometí la estupidez de pulsar la tecla equivocada y mandé a la mierda un trabajo de casi un día completo. Por estúpido. Porque soy un gilipollas digital cuando se me pone la cabeza embotada y me vibra el pecho por los nervios propios de mi adicción. Y ahora de pronto me siento reconfortado por la lluvia en Córdoba y reconozco que soy un poco menos estúpido que ayer y que he superado con nota muy alta el fracaso de anoche. Soy un privilegiado.

posdata: agradezco a mi amigo Ramón el préstamo involuntario de la imagen que preside este quebranto sabatino. Sabré recompensarle.

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26.11.10

Download







Lo qué no sé es a qué oscuro virus moral acuden los de la SGAE para emular a sus amigos americanos. Mis humildes principios bucaneros contaban con el soporte magnético de marcas de confianza como Tdk o Basf o Sony. Luego llegó el cromo: qué placer registrar un vinilo en una cinta de cromo. Una de noventa minutos, claro. Cabían dos discos por cara, salvo que el disco durara más de 45, y entonces te obligaba a hacer unas matemáticas sencillas o a gastar un dinero extra. Este arranque sentimental no incluye la presencia de la Sociedad General de Autores. Teddy Bautista hacía discos que escuchaban diez amigos y la palabra mp3 no se había incorporado a la RAE. Ahora hasta los muertos de los cementerios, en las psicofonías que les practican los de siempre, devengan derechos de autor. Y en los USA buscan fantasmas del Este y los ejecutivios planean métodos legales para exterminar a los delincuentes del ADSL.
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25.11.10

El juramentado


by El Roto


Qué despojado está el juramentado. Qué limpio y qué firme. Se ha protegido el corazón con un fajo de billetes. Mira al frente sin abrir los ojos. Se ha atrincherado detrás del capital. No hay temor en su gesto. Se sabe a resguardo. No existe arma de destrucción masiva más devastadora que un buen fajo de billetes exhibido a tiempo, izado junto al corazón como advertencia. Los dueños del capital son hackers: entran en un sistema y lo revientan, lo configuran a su antojo, lo adoctrinan sibilinamente. Una vez que el sistema está colonizado, el agente invasor avisa al resto de su acólitos. Conviene que se vea quién manda, pero sin dar la impresión de que el Jefe está solo. El poder es un instrumento de manejo muy delicado y puede volverse en contra de quien lo ejerce. El capitalismo cainita se cuida de no asfixiar del todo al pueblo. Si lo extermina, si lo arruina y lo deja insensible, el capital se vacía de significado. El juramento, el que se pega el fajo al pecho y mira al infinito en puro arrobo, es en el fondo un pastor. Su oficio invisible es la conducción del pueblo hacia la tierra prometida, que suele ser un gran centro comercial en un sábado por la tarde. Preferentemente a principios de mes, cuando la nómina ha hecho ruido en la cartilla de ahorros y el dinero pide a gritos aire y el alma exige a dentelladas bienes de consumo, golosinas desechables, algo en lo que sentirnos plenos y notar un escalofrío de placer bestial y primario. Esta misma noche salgo a la calle y comulgo.

La cabeza cortada de Yukio Mishima se presenta en sociedad...

24.11.10

David Mamet no va a salvar a la industria del cine


»Me gusta el entretenimiento de masas. Yo mismo he escrito entretenimiento de masas. Pero es lo contrario del arte, porque la función del entretenimiento de masas es seducir y adular a los consumidores, para transmitirles la idea de que aquello que consideran cierto es realmente cierto, y que sus gustos y su gratificación inmediata son la máxima prioridad para el proveedor. La función del artista, por el contrario, es decir: ¡Un momento! Al contrario, todo lo que habíamos pensado es incorrecto. Debemos revisarlo.» (David Mamet)


A David Mamet le incomoda la presencia de espectadores pasivos: le violenta que el público no esté a la altura de las circunstancias. A Michael Bay le sucede justo lo contrario: le molestan los espectadores curtidos, los que pagan la entrada y luego informan de la presencia de bazofia en la pantalla. Pero Mamet sabe que es Bay el que hace que el negocio funcione. Los cines continúan abiertos porque el señor Bay alumbra cada año su pastelazo digital. Los piratas que machacan horas de rapidshare bajándose cine en avi no buscan cine de Lubitsch o de Haneke, salvo hermosísimas excepciones. Lo que buscan (ay) es Skyline, Transformers, Crepúsculo, todas esas horteradas que hacen que el cine siga siendo una industria. La revisión que se plantea Mamet es filológica: una especie de investigación interna, un informe endógeno que no reviste mayor trascendencia. Para que Mamet haga cine tiene que haber un Bay. Detrás de cada buen director hay siempre un obrero abnegado. Les debemos tanto...



20.11.10

"La ermita de mí mismo..."


Mientras otros se esmeran en la elección de un aire bueno y se preocupan singularmente por hallar una morada saludable, tú estudia el trato humano y sé juicioso en elegir tus compañías. Los aspectos, conjunciones y configuraciones de los astros, que mutuamente varían, intensifican o reducen sus influencias, no son sino las variedades de la conversación más cercana o más lejana de unos con otros, y son como la compañía de los hombres, por la cual éstos se hacen mejores o peores e incluso intercambian sus naturalezas. Dado que los hombres viven por ejemplos y de continuo están imitando alguna cosa, ordena tu imitación con arreglo a tu mejora, no a tu perdición. No busques rosas en el jardín de Atalo o flores sanas en una plantación ponzoñosa. Y como apenas hay nadie malo, sino que otros son peores para él, no tientes al contagio por proximidad ni te arriesgues a la sombra de la corrupción. Aquel que no haya sufrido tempranamente este naufragio, y en sus días juveniles escapara a esta Caribdis, puede tener un feliz viaje y no entrar en el puerto con velas negras. La conversación con uno mismo, o estar solo, es mejor que esa compañía. Algunos escolásticos nos dicen que está solo en estricto sentido aquel con quien no hay ningún otro de la misma especie en el mismo sitio. Nabucodonosor estuvo solo, aunque estaba entre las bestias del campo, y se puede decir aceptablemente que un hombre sabio está solo aunque esté rodeado de una turba de gente poco mejor que las bestias. Aquellos que no piensan, que no han aprendido a estar solos, se encuentran en una prisión para sí mismos si no están con otros, mientras que, por el contrario, aquellos cuyos pensamientos están en una feria prefieren en ocasiones retirarse en compañía, estar fuera de la multitud de sí mismos. El que necesita tener compañía tendrá necesariamente a veces mala compañía. Sé capaz de estar solo. No pierdas el beneficio de la soledad y la sociedad de ti mismo, ni te limites a conformarte, antes bien deléitate en ser solo y único con la Omnipresencia. Para el que está así dispuesto, el día no es inquieto ni la noche negra. La oscuridad podrá atar sus ojos, no su imaginación. Yacerá en su lecho como Pompeyo y sus hijos, en todos los puntos cardinales, especulará sobre el Universo y gozará del mundo entero en la ermita de sí mismo. Así, la antigua ascética cristiana encontró un paraíso en un desierto, y con poca conversación en la Tierra tenía una en el cielo; así, aquellos hombres hacían astronomía en cuevas y, aunque no contemplaban las estrellas, tuvieron la gloria del cielo delante de ellos.


Thomas Browne
(1605-1682)

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19.11.10

Iconos: Jules and Vincent


Me falta muy poco para ser un friki de Pulp Fiction. La he disfrutado solo y la he disfrutado en compañía. Me he sentido feliz al recomendarla y que se me agradezca y me he sentido incomprendido cuando me han mirado con cara de tú no sabes lo que es el cine, hombre. Y probablemente no sepa. Uno disfruta siempre hacia adentro y a veces es muy difícil explicar las cosas invisibles. Ni las que se ven se dejan manejar por las palabras así que en esto de contar uno sus vicios hay que esperar cualquier cosa. Pulp Fiction está entre las primeras. Ah, lo de iconos se lo he copiado vilmente a mi amigo Álex. Sé de antemano que le habrá encantado mi absoluta falta de imaginación.

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Una trama inverosímil

  Hay intrigas mínimas sobre las que se construyen novelas enteras, días sin fuste que preludian epopeyas. Así que tenemos a un hombre que g...