30.7.18

Te reciben como te presentas, te despiden como te comportas


Pasan tantas cosas a la vez y algunas son de tanta trascendencia que uno no sabe en qué esmerarse, a qué trama de lo real aplicarse con más ahínco. Se levanta pensando en los taxis o en Ryanair (en verano el movimiento es la esencia del mundo) o en el relevo de CR7 en el Madrid o si hay suficiente cerveza en el frigorífico. Todas estas distracciones conmueven mucho o no lo hacen en modo alguno, pero hacen que la maquinaria siga haciendo ruido. En el fondo, lo malo y lo bueno bien mancomunado, todo contribuye a que la vida siga transcurriendo, los días con sus noches juntamente. Mientras que algunos buscan el significado primero de las cosas, otros se empecinan en buscar el último. Está el mundo dividido entre adoradores del big bang y fanáticos del apocalipsis. Hay gente a la que de primeras caes bien y otra que, por mucho que te manifiestes, no caerás bien nunca. Te reciben como te presentas, te despiden como te comportas. Un amigo me confió esa frase, que suele decir un señor mayor en Córdoba cuando entra o sale de los sitios, en sus paseos. Se trataba de un hombre singular. Impecablemente vestido, traje con corbata y zapatos con lustre, coronaba su cabeza con un sombrero mejicano, no muy llamativo, pero lo suficiente para que cualquiera recalara en su presencia y le echara un ojo. De no ser por el sombrero, no estaría escribiendo ahora. Fue eso, el elemento discordante, lo que hizo que la planta del caballero se guardara en mi cabeza y haya aparecido ahora, sin motivo. Estoy de acuerdo a medias con la frase. Es verdad que uno es recibido según se presente, pero no siempre te despiden a razón de cómo te hayas comportado. De ser así, el mundo giraría con más armonía. Pasan muchas cosas, algunas malas de verdad. Pasarían menos de las malas si nos fijáramos en lo que hacen los demás, en agradecer el buen comportamiento que tuvieran o en no recrudecer el nuestro, caso de no ser el idóneo. Estamos con las uñas dispuestas a arañar lo que surja, pero nada estropea la sensación de que todo termina pasando, no dejando ninguna huella duradera. Si nos vamos a la mierda es porque no escuchamos a los demás. Incluso a quienes dicen lo que no deseamos. Falta que se eduque el oído. Si implantamos  esa pedagogía, nos salvaremos. Mi amigo Antonio estará de acuerdo conmigo. 

28.7.18

A ghost story / El fantasma lento



No tengo la costumbre de leer nada sobre el cine que elijo ver. Lo hago a posteriori, adrede, abierto a confirmar alguna opinión o rechazar otra, por escuchar de quien la ha visto y tiene el predicamento previsto, una visión inédita o, en algún caso, redundar la propia. No siempre ha sido así, ha habido ocasiones en que no es evitable tener cierto conocimiento, haberse dejado convencer por la publicidad o por el enfático empeño de alguien cercano. De la película de David Lowery había leído, sin entrar en mucha sustancia, que era lenta y poco comercial. Se subrayaba la existencia de varios planos fijos inusualmente largos, como si se congelara la imagen y no hubiera nada que la forzara a avanzar. La sustancia de A ghost story es delicada, no es del gusto de la mayoría y, puesto a ser sincero, salvo que uno se haya armado de muchísima paciencia, puede llegar a exasperar e invitarnos a que no la acabemos o a que se tenga de ella la idea de que no es un cine popular. No lo es, no lo es en absoluto. Tampoco es una historia de fantasmas al uso, ni cómica, a la vista de su protagonista, un músico que, muerto en un accidente, regresa al mundo de los vivos cubierto con la sábana de la Morgue, abiertos dos agujeros como es preceptivo, en la que lo instalan y deambula la vida de los demás y, con más dedicación, la de su mujer, devastada por su ausencia. No hay terror en lo que se cuenta, no más allá del que impone la muerte, representada por este fantasma que ocupa casi todo el metraje y sufre (creemos que sufre, imaginamos que sufre) debajo de esa sábana icónica a la manera de la imaginería gótica o de los cuentos infantiles. No hay, entre otras muchas cosas, agilidad narrativa, no interesa que la haya, es de más interés el avance lento, la creación de una sensación de reposo o de irrealidad o de ensoñación, como si fuese el propio fantasma, el muerto, el narrador omnisciente, el que discurre para sus adentros las razones de la existencia y pasea inadvertidamente, sin que se le aprecie, como buen espectro, la rutina de los que quedaron. Es una de esas películas fascinantes en donde cada cual se fascina por un aspecto diferente de su provocadora propuesta o por todo el conjunto, que es premioso en demasía, abundando en planos fijos en donde lo que sucede funciona a un ritmo pausado, demasiado pausado en ocasiones. Si alguien decide dejar de verla en la escena en la que la protagonista regresa a casa tras la muerte de su pareja (marido, novio, no interesa eso, no es lo relevante) y David Lowery, el director, atrevidamente, se entretiene en filmar los más de cinco minutos en que se come una tarta. Es uin plano fijo en que sólo se escucha el ruido que hace el tenedor en el plato. No ocurre nada más. No hay nada que pueda añadirse a ese acto irrelevante en apariencia, pero que ocupa una parte considerable del metraje y se incrusta en la cabeza del espectador. De ahí que no podamos clasificar A ghost story, no hay ningún asidero fiable al que aferrarse para entender a la primera qué se nos cuenta. Hay que dejarse llevar, no se puede renunciar a las primeras de cambio, pero una vez se alcance cierto tramo, la película se hace fuerte y avanza a su manera, sin ningún golpe de efecto narrativo remarcable, salvo tal vez el del fantasma tirando los platos en la cocina al ver cómo su pareja ha rehecho su vida y le ha sustituido pronto (a su parecer) en la cama.

A ghost story habla de un fantasma, que es una memoria sin camino de regreso, una especie de tesoro clausurado y sin futuro ni dueño. Habla de la pérdida y de la posibilidad de que, una vez muertos, tengamos la tristísima certeza de que no nos pertenece el tiempo, pero estamos todavía incrustados en su fluir, observando lo que acontece, sin que podamos interferir. Rodada en formato 4:3, A ghost story huye de los formalismos, no se deja influir por nada, parece que inaugura un género (el de fantasmas filosóficos, el de fantasmas poéticos) y, a la misma vez, permite que otros la conduzcan en ciertos tramos y creamos (es una ilusión) que es una cinta de terror o, a la manera de Malick o Tarvoski, una historia oscura y extraña, que funciona mejor cuando han pasado días tras su visionado y de la que no se sale indemne. Lowery fija las imágenes, las detiene morosamente, hace creer que no hay movimiento, pide (a gritos) que seamos nosotros los que elaboremos un mensaje y formemos un discurso, anticipándonos al relato, indagando en cómo avanzaría, en si podríamos aventurarnos en su interior, en su propuesta tenebrista, íntima hasta lo indecible. En su contra, la película peca de ensimismada. Cuando un relato se encapsula, pierde el fuelle narrativo. Al cine le exige cada uno lo que le viene en gana. A mí, anoche, me sedujo muchísimo este atrevimiento, me desconcertó, me hizo reconocer que en el cine quedan maneras de contar las cosas, aunque alguna, por evidente falta de práctica, pueda exasperarnos, pueda (en definitiva) alentarnos a no entrar en la historia y buscar otra de factura más rutinaria (que no quiere decir mala), una de esas en las que hay mucho diálogo, las escenas fluyen con cierto ritmo y suceden cosas. Aquí sucede el amor, sucede su finiquito, sucede la memoria.

24.7.18

Trabajos de amor baldíos


Mi amigo K. es un vago sublime, uno de esos tipos que podría estar días enteros enfrascado en las obras completas de Chesterton. Dice que es un trabajo que haría con brillantez. No hay trabajo en leer a Chesterton, en escuchar a Parker o en dejarse los ojos en todo el cine alemán de Lang, le informo. Todas esas cosas no son trabajo, labor remunerable. No lo entiende, no le entiendo, pero no he dejado de darle vueltas al hecho de ejercer de forma impecable un oficio inútil, que no rinda al resto. Se puede ser perezoso de un modo absoluto. La cosa, al cabo, es hacer algo en lo que no se escatime ninguna brizna de talento. Luego está eso de en qué cosas uno posee algún talento. En leer a Chesterton, por ejemplo. No digo ya en confiar luego lo leído a alguien o en presumir de que la lectura ha sido altamente provechosa. Es únicamente el hecho físico, privado, de una intimidad brutal, en el que uno coge algo de Chesterton, no necesariamente una novela, mejor un volumen de ensayos, y entabla un diálogo. A K. le encanta esa certidumbre, la de que no debe haber una descomposición posterior del texto, que todo permanezca atesorado adentro, como una cosa muy frágil que los lances de lo exterior pueden malograr. En esas andamos los dos. 

23.7.18

Lenguaje de hombres y de mujeres





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El lenguaje no inclusivo no es inocente, impone tácitamente una ideología, claro. La idea de que no existe lo que no se verbaliza es cierta en el mismo grado en que hacer visible mujeres y hombres de manera rigurosa lastra y empobrece alarmantemente el discurso lingüístico, lo extiende sin motivo, hace que flaquee y enferme. Se trata de elegir entre la conveniencia ética y la gramatical, entre las convenciones que favorecen la eficacia lingüística (no alargar escandalosamente las frases) o la prescripción normativa, políticamente correcta, sobrevenida por requerimientos ajenos a la lengua, no prácticos, ni legítimos. Desaparece la concordancia fluida y natural, se encalla el ritmo, se vulnera el propósito primero de esa lengua, el que concierne a su diligencia, no retardada ni entorpecida por cuadrar sustantivos, determinantes, adjetivos o pronombres. 

Erradicar el lenguaje sexista en la escuela o en la calle, en el Parlamento o en los periódicos, cambiar la Constitución o inducir a la Academia a que integre en sus estatutos y en sus dictámenes no posee la misma eficacia que la inclusión real, no la semántica. Hay, no obstante, cosas que se pueden hacer: evitar palabras abiertamente reduccionistas o lesivas como “señorita” cuando se puede utilizar “señora” igual que, en ese hilo de la conversación, se usa “señor” o, en los colegios, el pomposo “Don”. Ahí hay una discrimimación que puede ser extirpada a través de la lengua. Se comprende que exista una defensa de lo inclusivo, cómo no, más si uno no peca de machista ni es ciego a las reivindicaciones razonables. Lo peliagudo, lo que no debiera ser admisible, es la maximización de esa reclamación, volteando el patrón entero de la lengua que usamos, de su gramática.

La llamada gramática feminista provoca injerencias lesivas a la gramática en sí misma, que debe ser aséptica, además fomenta un estereotipo de sexo que tampoco es garante de que la mujer prospere en su reivindicación prioritaria, la igualitaria. No debe ser, al menos no únicamente, el lenguaje. En todo caso, aparte de las consideraciones normativas, las que emanen de lo legislado y la RAE pueda o no incorporar a su logística de uso, el hablante se guardará el derecho a acatar lo prescrito o a sublevarse y campar con su lengua a su entero y privado antojo. Se puede estar a favor de que se espoleen campañas de sensibilización a favor de la inclusión y la eliminación de las barreras sexistas, se puede estar incluso a favor de que no exista diferencia real entre hombres y mujeres, pero el lenguaje debería ir al margen. Hay lenguas (el turco, parece) que no tienen masculino ni femenino y no se aprecia, a pesar de esa bondad lingüística, que la sociedad turca sea particularmente integradora y tolere o normalice la paridad en los géneros a nivel político, laboral o de puertas adentro, en los hogares, que es donde debería empezar la igualdad.  

La lengua no precisa que se use como trinchera. Sucederá, al paso que vamos, que el instrumento interpuesto (el lenguaje) se pervertirá, no cumplirá una de sus funciones fundamentales, la de la economía, sin doblar sujetos o adjetivar de más. Chirría que alguien, por mor de la corrección, por la inclusión, diga: Todos y todas estemos contentos y contentas. Tampoco deberíamos privarnos de usar una palabra (felices) si deseamos manejar otra (contentos). El escenario de este problema no es la gramática, que tiene un comportamiento eficaz y no se le deberíamos esquilmar esa eficacia, sino la sociedad. Creo que andan algunos grupos reclamando el uso de la palabra "criatura" para evitar caer en decir niño o niña. Por otro lado, como hablé el otro día con un amigo, usar la palabra "niñez" para zanjar el problema lo que hace es agravarlo: la niñez es otra cosa, no el vocablo que pudiera sustituir a niño y a niña. En Francia no se contempla este desdoblamiento de sexo, que no de género. No ha habido, que se sepa, no al menos al modo en que la ministra Carmen Calvo lo ha reclamado, reacciones en contra. 

La igualdad estricta y necesaria entre hombres y mujeres (ahí sí que uso un desdoblamiento, aquí sí que es absolutamente necesario) no es un asunto lingüístico sino social. La igualdad no (por último) emanar de la normativa gramatical: la RAE se limita a escuchar el ruido de la lengua en la calle y trasvasa lo escuchado a su diccionario, registrando más que otra cosa, siendo albacea del decir de las personas (hombres y mujeres juntamente, niños y niñas a la vez). Es la calle la que hará que esta iniciativa caiga en olvido o siga avanzando, adquiriendo pujanza. El juez es uno mismo y, en extensión, la ciudadanía completa. Vamos a dejar que sean los artículos los que solucionen la batalla: que digamos la juez, aunque jueza no desentone; que digamos la médico, aunque médica no tenga una conclusión fonética tan redonda. Lo que no tiene discusión, ninguna en absoluto, es que el médico supere en ingreso a la médico o que la mujer, por serlo, tenga una consideración civil (social, educativa, política, etc) diferente a la que se le arroga al hombre, por serlo. Que en las casas, en la privacidad de los hogares, los trabajos domésticos no distingan género y se realicen de forma natural por ambos sexos, que no géneros. El lenguaje, por no hacerlo ambiguo, por permitir que sea eficaz y fluido, no es el lugar en donde se debería solucionar el problema. Que sea patriarcal no es doloroso. Sí que duele lo patriarcal aplicado a otros ámbitos en donde todos los que creemos tener dos dedos de frente (y otros pocos más de sensibilidad) estamos de acuerdo. Hay que vigilar el lenguaje, pero no destrozarlo. Hay que buscar las vías de normalizar la vida en común: ya se hacen en las escuelas y, en mi opinión, muy satisfactoriamente. Quizá en pocos años no tendremos estas controversias y nuestros hijos (o nietos) lo hagan mejor que nosotros. Obsérvese que he escrito "nuestros hijos o nietos", en lugar de molestarles escribiendo "nuestros hijos e hijas y nietos y nietas".

Hay sexismo en la violencia doméstica (en su lacra, en su barbarie) y lo hay en la publicidad. Hay sexismo en el uso concreto de algunas frases hechas que no han sido modificadas o retiradas directamente, por dañinas o por humillantes o por ambas cosas. Una de ellas, escuchada hace poco en una serie española en televisión fue "no seas nena". Ahí es donde debería aplicarse la fuerza, en ese uso despreciativo, infame. Luego está (que recuerde) el recurrido verbo ayudar aplicado a lo que un hombre hace en casa. No es que el hombre ayude en casa, es que trabaja en ella y lo hace en igualdad a su pareja, sin que uno de ellos (da igual cuál) tenga el depósito del esfuerzo y el otro, por la circunstancia de tener pene en lugar de vagina, no. Tampoco debería ser ése el argumento (el de ser hombre o mujer) a la hora de hacer un grupo de trabajo, ya sea de carteras ministeriales o de miembros de un equipo laboral, sea cual fuere: debería importar la valía de quien lo ejerza, no el hecho (intrascendente, insustancial) de que sea hombre o mujer. La discriminación contra la mujer no se soluciona favoreciendo que sea escogida por el hecho de ser mujer, en lugar de atender su eficacia, su capacidad de trabajo o su idoneidad intelectual al puesto. Imagino que ninguna feminista querría ser reclamada para un puesto por ser mujer. Sin embargo, no sucede así, se espolea una paridad a veces artificial, que usa únicamente la aritmética. Es cierto que hacen falta mujeres en puestos de toma de decisión, en los elevados, en los que hacen que la sociedad funcione correctamente en términos de igualdad. Ahí sí que convendría considerar la pertinencia de cierto tipo de cuotas. 

La igualdad no se fuerza a golpe de ley como desea el gobierno actual, que desea un reparto en cargos administrativos paritario. No sé si esa medida, cuando se implemente, tendrá futuro. No porque uno crea que no se podrán poner de acuerdo hombres y mujeres, sino porque habrá candidatos (no diré candidatas, no después de todo lo aquí expuesto) que se sientan desplazados por razón de su sexo. Se habrá mirado más eso, el sexo, que el talento. Si debe haber ocho mujeres en un consejo de administración, pues que haya ocho mujeres. Tampoco debería importar que hubiera ocho hombres. La sospecha de que una mujer posee un cargo de responsabilidad por ascendencia de su sexo es tan improcedente como la de que no esté por el mismo argumento. Ese argumento podría ser usado a la inversa: que un hombre detenta un puesto de trabajo por ser hombre. Ser mujer o ser hombre no debería tener importancia relevante. Lo somos (hombres y mujeres) para todo lo demás. No debemos perpetuar estereotipos machistas, por supuesto; no debemos perpetuar maneras machistas de hacer las cosas, pero tampoco debemos hacer recaer la solución al problema (que lo es, yo no lo dudo) en la controversia gramatical. El feminismo debe existir, debe ser activo, debe continuar su trabajo, pero lo ideal es que llegue un día en que desaparezca, en que no sea necesario y parezca un recurso del pasado, uno que usaron hombres y mujeres (ojalá ambos) para corregir ciertas fracturas. Una de ellas es que sólo el nueve por ciento de mujeres sean alcaldes o que en el Parlamento la cifra no llegue al tercio en las bancadas ocupadas. Lo que sí veo cada año, en mi escuela, imagino que en otras, es que las niñas, por sufragio del aula, son las elegidas para representar a sus compañeros. Y ahí no hay corrección política: los niños votan con el alma. 

20.7.18

Días de verano que huelen como discos de Bob Dylan





Los días de verano huelen a pereza. Las noches son otra cosa. El olor de la noche, en verano, no se parece a ninguno otro. Dicen que el olor es una marca que se impregna más adentro que las palabras. El estímulo de lo que olemos tarda más en desaparecer o no desaparece nunca. Recordamos de modo asombroso cosas que creíamos olvidadas si un olor las trae de vuelta, si percibimos en el aire el aroma que nos las entregó por vez primera. No sé si será cierto o se trata de otra de esas informaciones escandalosas que ocupan las páginas de los diarios cuando no hay nada relevante que las ocupe, pero los que saben de estos asuntos sostienen que nuestra nariz es capaz de distinguir un billón de olores. Un uno seguido de doce ceros de sensaciones diferentes, de historias diferentes también. Las noches del verano huelen a bares cerrándose y a tabaco dulce. Huelen a óxido, huelen al cloro de las piscinas recién usadas, huelen a sexo. Hasta los libros tienen un olor, libros livianos que dejamos en la mesita de noche antes de conciliar el sueño. Es probable que nos despertemos porque nos agrade o nos moleste un cierto olor incorporado a lo que fantaseamos. Abrimos las ventanas de la nariz en cuanto abrimos los ojos, nos llenamos de aire, buscamos refugio en el aire. Una muchacha que conocí hace un escándalo de años olía a discos de Bob Dylan. No había vez en que, al besarla, cuando nos encontrábamos, no pensara en la portada de un disco en el que una mujer lo coge del brazo mientras pasean por el centro de una calle, entre coches. A veces, cuando escucho a Bob Dylan, los pasajes folk más que los eléctricos, pienso en S. y en cómo olía. Y recuerdo su voz y la forma en que me hablaba y la dulzura con la que me largó cuando le aburrí con mis cosas. De eso hace treinta años, es decir, unas cuantas vidas juntas. No sabe nunca a qué olemos, qué olor hace que los demás reparen en nosotros y ocupemos sus recuerdos. No sabemos en qué recuerdos andamos ahora. Ojalá yo no huela a Coehlo. Es posible que tenga un olor y nadie me lo haya entregado en confidencia. Preferiría yo estimular con instrumentos más de mi gusto. No sé. Un solo de John Coltrane largo. Un poema de Pizarnik. Incluso un buen chuletón de buey escoltado por una botella de rioja generoso. Los días de verano, ahora que he comenzado mis vacaciones, hacen que escriba descuidadamente. Que no afine en lo que cuento. Será la pereza. 

18.7.18

Una catedral en el mar






He vuelto a Carver estos días. Leo de manera caótica y Carver cuadra bien con el caos. Se lee sin que se necesite sacrificar nada. Hay novelas que se leen bien cuando cancelas la realidad que las rodea. No pasa así con Carver. No conozco otro autor al que acuda con más frecuencia. Me pongo de pie frente a las estanterías de mis libros y cojo un libro de Carver, ninguno en especial, uno cualquiera. Anoche cogí Catedral. Abrí al azar y releí en pocos minutos uno de los cuentos. A Carver se le puede leer de pie. Se le puede leer mientras estás haciendo cosas. Pones en la cocina un huevo a hervir y ocupas los minutos en que el huevo se desentiende de sí mismo y procede a obedecer las leyes de la naturaleza en leer un cuento. Ninguno pasa de las treinta páginas. Algunos tienen seis a lo máximo. Nuestro Raymond Carver es Quim Monzó. En Catedral hay doce cuentos. Un libro corto. Se puede despachar en una mañana, si es de verano, en una tumbona, cerca del mar. La primera vez que leí a Carver fue en Fuengirola. Mis hijos eran pequeños. Salimos la noche de antes y pillamos una librería a punto de cerrar. Mi mujer quiso entrar, era cosa de ver si había algo para los niños. De camino ella compró algo, yo también. La librería se llama Teseo, es estupenda. Arriba tienen una planta para pequeños y adolescentes y a la entrada, hacia las escaleras (creo que había unas escaleras) están todos los demás libros, los de adultos, no entiendo bien esa fractura entre edades, pero debe ser la política de empresa, no es la primera vez. El libro que compré fue Catedral, edición de Anagrama. Lo leí al día siguiente o quizá tardé un par de ellos, no puedo recordarlo ahora. Sé que Carver, leído en la playa, es una cosa asombrosa. Los cuentos, a diferencia de la ascendencia novelística, pueden ser retomados a placer, sin contar las veces. Puedes leer veinte veces La casa de Asterión, el mejor cuento de Borges. O Parece una tontería, el mejor de Catedral. Hubo una época en que recordaba de qué iba cada historia, pero se va diluyendo uno, no es capaz de tener la plenitud memorística de antaño. Es bastante que me acuerde Teseo y de la lectura de Carver en la playa, en el chiringuito de Salvador. Seguro que bebí cerveza mientras leía. Se puede hacer esas cosas: leer con una buena lata de cerveza en la mano. Lees un poco, levantas la vista, observas el mar, te sientes reconciliado con el cosmos y con la mecánica celeste y después de dar un sorbo largo vuelves a la lectura. Anoche releí Parece una tontería, A small good thing, en inglés. Trata de pasteles y de hijos y de los deseos que se cumplen y de la realidad estropeándolo todo al final. Volvemos a Cernuda, no sé por qué se me ha ocurrido que no tienen nada que ver Cernuda y Carver, pero hablaban de la misma pequeña cosa, tonterías probablemente. No prueben a dejar un huevo y darse a la lectura. A veces sale bien, pero no es lo normal.

17.7.18

Loving Vincent / Loving Hopper



A propósito de Loving Vincent, la extraordinaria  e hipnótica película de pinturas animadas que indaga en los cuadros de Van Gogh y, más apartadamente,  en el propio Van Gogh, dice Javier Marías en su columna de El País de este fin de semana que el oficio del pintor es exclusivamente pintar, no ofrecer un relato, ni siquiera una brizna de trama que suscite un alargamiento, al modo en que suceden los cuentos o, con más convicción o insistencia, las novelas. Que pintar no es escribir ni hacer cine. No es que uno no esté de acuerdo con el novelista Marías (que no lo estoy) sino que esa decisión, la de ir más allá de lo visto, la de extender la mirada y hacerla precursora de una historia, es de quien observa. En lo que a me concierne, de lo que conozco, Edward Hopper es un hombre que pinta, de acuerdo, pero lo pintado invita a que se narre, por decirlo sin extensión. La imagen propicia un relato en la misma medida que el relato, en su condición narrativa, fomenta la fundación de imágenes, concatenadas, hiladas a la manera en que se sustenta el cine o los sueños, que son un género literario en sí mismo. Discrepo con Marías con convicción. La misma con la que él urde su argumento y sostiene que no hay que buscar más allá en un cuadro que lo que se observa. Él lo llama "el tiempo sin transcurso", pero la imagen lleva el tiempo dentro. La misma luz, quiso Juan Ramón Jiménez, contiene el tiempo, lo recoge y lo hace avanzar y cumplir su función. 

Loving Vincent, por otra parte, es una película fascinante. Se pidió a 125 artistas que replicaran los óleos de Van Gogh. Se crearon más de 60.000 fotogramas en los que se exponen convicentemente (no es un chiste fonético) los trazos de muchas de las 800 obras que pintó. No interesa mucho la vida del pintor, su locura. Lo de menos es que se quitase de en medio con un disparo y muriera en la soledad de una habitación alquilada, sin comprender (quién sabe) las razones de su desencanto, el que convirtió en otra cosa, en luz, en su pintura. Dorota Kobiela y Hugh Welchman dirigen la cinta, la miman, la hacen un viaje al fondo de la naturaleza artística. 



La siesta

Que La siesta, una de las pinturas que más conozco, sea o no una historia no depende de otro factor que el aportado por quien la mira. Se puede pensar en la pintura, en lo que no dice y, sin embargo, pudiera andar por ahí, no oculto, sino disimulado, a la espera de que alguien lo capte y se intrigue. La literatura es intriga por encima de cualquier otra consideración. Intriga y belleza y dolor, todo juntamente. 

16.7.18

No iré al cine nunca más


El propósito firme de no pisar un cine en una buena temporada o, caso de no ceder, en la hipótesis de que mi convicción no flaquee, no pisarlo nunca, crece en mi cabeza. No es algo que se decida a la ligera, ni que se disfrute, pero lo tengo tan claro como tuve ir deleitosa y convencidamente antaño, cuando el público era respetuoso y nada malograba esa comunión absoluta, idílica y sentimental como pocas entre la pantalla y quien se inclina a ella y lo contemplado cancelaba la realidad durante un buen par de horas. Ese trance amoroso no puede ser interrumpido de ninguna manera. No es admisible que la linterna de los móviles ilumine la oscuridad, ni que el crujir de las patatas en la bolsa, ni que alguien detrás o delante tuya comente lo que ve o lo que buenamente se le ocurra. Tampoco que sea uno el encargado de amonestar al infractor, oficio ingrato, poco deseable, pero que, al menos yo, he ejercido con la certeza de que es legítimo, moleste o no. Que el acomodador, uno de esas labores casi inexistentes, cumpla no es lo habitual: no cierra la puerta al iniciar el metraje, deja que la luz del pasillo distraiga. No quedan proteccionistas rigurosos: desatienden su trabajo, no saben si el volumen es el adecuado o si atruena en la sala. En casa, el cine lo administra uno, lo configura a placer, no permite que nada lo perturbe. Y sin embargo, a pesar de las bondades del cambio, qué pérdida más enorme, qué elección más atroz. Igual no he tenido suerte y no es ésta la norma. Ya es mala suerte, qué le vamos a hacer.   

El problema del cine es su desprestigio como entretenimiento noble, su conversión en entretenimiento bastardo, más comercial que artístico o, mejor expresado, más intereado en lo comercial que en lo artístico. No se sabe bien a qué va la gente al cine. Yo sé a qué voy. Muchos sabemos a qué vamos, y no coincide con la opinión popular, con la extendida. En clase, cuando pongo una película, educo en lo que puedo. Hago cumplir las normas que no se cumplen afuera, restauro lo perdido afuera. No sé el alcance de esa modesta pedagogía. Yo no fui instruido, a mí no se me instruyó en ese respeto. Tampoco veíamos cine en el colegio, en el aula, no era posible. Hubo (recuerdo) sesiones en sábados, en un salón de actos, por la mañana. Recuerdo las bobinas gigantescas y el proyector y la sensación (al salir) de plenitud. El colegio abría para que fuese al cine quien quisiera. Ver cine por la mañana, qué placer. No recuerdo ningún título de todas aquellas películas que vi. Recuerdo que no podías ir al sábado siguiente si no traías un resumen (un resumen, eso creo que era) de la que habías visto el sábado anterior. Tal vez ahí empezó todo. Es posible que ese fuese el principio. 

1.7.18

Summertime

No saber qué va a ocurrir, no hacer planes, no permitir que otros lo hagan por ti. En cierto modo el verano idílico es ése, el de las incógnitas, el de las incertidumbres. Habrá mañanas en que únicamente leas. Te sientas en el sillón, el que hay cerca de la ventana, pones un poco de música clásica (vale Shostakovich, me gusta cada vez Shostakovich) y dejas que un mundo deje de existir (qué sano es eso) y otro cobre vida durante unas horas, reemplazando al apartado, dejando que la realidad no prospere como suele, no cobre sus peajes habituales como suele, no exija como suele. Habrá mañanas en las que salgas a la calle temprano, desayunes en una terraza y ocupes las horas hasta el almuerzo en ir de compras por el centro de la ciudad, demorándote en los escaparates, entablando conversaciones casuales (qué deliciosas algunas, qué teatrales y narrativas otras) con conocidos o amigos que te vas encontrando, hasta que al término de la jornada (tres o cuatro bolsas en las manos) decides buscar una terraza, pides una cerveza y sacas el móvil por ver si te han enviado whatsapps y alguno es de verdad interesante. Habrá tardes en que no duermas la siesta, pero lo normal es que lo hagas a diario. No se precisa alargarlas innecesariamente, pero quién podría convencernos de qué es necesario y qué no. De hecho es lo innecesario, lo superfluo, lo que no es relevante, a lo que uno se entrega con más enconada fruición. Habrá noches en que veas tres episodios seguidos de The Terror (magnífica serie de magníficas aventuras, de las que ya no se hacen) o ver por fin la última de Woody Allen, que no has visto porque no has podido, por más que hayas programado hacerlo durante semanas y hayas comprobado que nunca se daban las benditas circunstancias de que pudieras. El verano es propicio para hacer las cosas aplazadas, sobre todo. Puedes meterte en un gimnasio de diez a once de la mañana (una hora para empezar debería ser suficiente) o escribir una novela (Beatriz, ah mi dulce Beatriz, así empezará, no hay comienzo que más me entusiasme que ése) o subir al trastero, sacar todos sus enseres (me encantan las palabras que no tienen singular o que se les da poco uso) y tirar lo que no sirve. Habrás días enteros en los que te sientas la persona más sentimental del mundo o la más dolida o la más promiscua. Luego acabará el verano, que es la estación en la que el cuerpo se reconsidera a sí mismo y hace propósito de enmienda y actos de contrición, pero a la espera de que concluya, no saber qué va a ocurrir, no hacer planes o hacer los justos, no permitir que otros hagan planes por ti o hagan los justos. Ahora, nada más cerrar esta confesión doméstica, almorzar, procurar no dejarse vencer por el sueño y ver cómo España le mete cuatro a Rusia. Ahí es nada.

Vicios

  No tener vicios declarados es, más que sospechoso, lamentable. Quien no tiene un vicio por el que se le conozca a la luz de su vigilia, lo...