17.3.07

Hemos visto mucha televisión



Para ver la pantalla, rompa la realidad.

SNEAKERS ( LOS FISGONES ) : El Ojo que todo lo mira


Sneakers o Los fisgones transcurre enteramente en algún capítulo de novelas de espionaje de la época de cuando los rusos espiaban y los americanos se sentían vigilados. O era al revés o sucedían ambas cosas al tiempo y nosotros le poníamos pinchos de tortillo a los turistas en Fuengirola. Sneakers no es material digno de un Clancy o un Forsyth, pero en cine constituye un digno ejemplo de entretenimiento con mensaje, aunque aquí todo se diluya amablemente gracias a la habilidosa capa de comercialidad apabullante que llena todo el metraje. Esconde, no obstante, un discurso relevante sobre las consecuencias de la alta tecnología en la sociedad altamente tecnificada y, puesto a bordar la broma, hacernos bucear (sin botella de aire, a dulce pelo ) en la responsabilidad de abrir alguna que otra conciencia cívica a propósito del desmán que el argumento propone: una suerte de decodificador que accede a cualquier red informática del mundo ( he aquí el Dios omnisciente, el Ojo que vigila, la antigua teoría del demiurgo constantemente en alerta por la barbarie de su creación ).Sneakers opta por no apabullar con ramificaciones sociales: no estaba Robert Redford entonces como para liarse la manta a la cabeza después de los fiascos de Havana o de Una proposición indecente, y aquí se pone en manos de un director capacitado, que le pone en bandeja de oro un espectáculo cinematográfico efectista, novedoso, en donde hay secundarios de auténtico lujo ( Dan Aykroyd, River Phoenix antes de caerse al suelo sobrevitaminado de adrenalina, Sidney Poitier, Ben Kingsley o James Earl Jones... ).El guión toma de aquí y de allí hasta que el mcguffin hitchcokiano nos ha prendado y nos pueden contar la historia que quieran porque ya tragamos. La intrascendencia final, ese no saber a qué estamos jugando de verdad, pero qué bonito juego hemos tenido, nos remite (lejanamente) a Juegos de guerra, de John Badham, pero son films distintos hechos en épocas muy diferentes aun cuando son diez o quizá menos los años que las separan. Así corren los tiempos. Los guionistas de aquella son los guionistas de ésta. Caso de que Snekers hubiese sido filmada en Europa por mano europea, tendríamos una cinta más genuinamente social, un producto escorado a la explotación de la bis política que arañara ( a zarpazos si pudieran ) la conciencia del espectador sin tampoco gastar cuartos excesivos.Como la película es made in Hollywood, más que arañar conciencias, roza, levemente toca, eriza la piel con muchísimo tacto, no vaya a ser que el flamante fuego de artificio que nos han vendido nos afecte en demasía y descreamos del sistema al punto de que no le sigamos la corriente como hasta ahora hemos venido haciendo. Todos estos signos son evidencias del rumbo que el cine americano de los primeros noventa iba cogiendo: carencias narrativas compensadas con brío y oficio, con repartos de campanillas y expectativas (casi siempre) mesuradas.Hoy (nuevamente) los tiempos están cambiando. Bob Dylan lo dijo. Y Loquillo con sus trogloditas. Y ahora lo digo yo porque haberla visto algunos años después da una información extra, una especie de plus en lo meramente objetivo, esto es, en la idea fundamentada de que a lo que asistimos es a un buen film, uno bueno, de verdad, sin dobleces, directo, dotado de los suficientes encantos como para olvidar su naturaleza frívola en el fondo, aunque la historieta expuesta tenga su miga y su mala leche.

16.3.07

Teología de calle

Con mucha mala fe, si no mala leche, sacando el más rancio de los posibles machismos, ha visto la luz en la Red ( lo cual hoy en día es asunto baladí y de no excesivo asombro ) cierto chiste que veo triunfar en comidillas y reuniones de pasillo. Viene a decir que el matrimonio es un acto en el que se gana un Cristo y se pierde una vírgen. La frase es, a la luz del hoy liberal y de los vientos que van sacudiendo, abiertamente falsa. Al menos en lo que toca al asunto de la virginidad: se pierde antes del matrimonio. Tampoco esa pérdida es trágica, como antaño, salvo para católicos muy recalcitrantes o para gitanos. Lo del Cristo es matizable. No se gana la definición con el matrimonio: ya se trae. Uno es un Cristo desde que nace. Nos hace Cristos la vida y así parece que deba ser para no tener que esperar cielo alguno.

Otra de Borges






Contra la opinión de que escasas memorables caben en la vida de un hombre, están los libros, ese tesoro inagotable, esa fuente infinita de júbilo durmiente. Y aquí está quien cuida de ellos. El Bibliotecario Supremo, el Celador de sus páginas. Él está siempre que se abre un libro y se oficia la liturgia sublime de la lectura. " No me jacto de los libros que he escrito... "

El señor de la guerra


Este graffiti anónimo revela la dolencia más vergonzosa de este mundo globalizado que no atiende a moralidades ni a sentimientos cuando lo que está en juego es el negocio. Lo evidencia Diamante de sangre, por nombrar un película de consumo masivo que tiene entre algunos de sus méritos el de alertar sobre la barbarie de los niños de la guerra y cómo el mundo occidental, el civilizado, el que se arroba el bienestar como máxima de sus criterios democráticos, mira hacia otro lado o directamente no mira porque se sabe causa y efecto, árbitro y estilete. Este Papa Pitufo mercenario está ahí pintado en las paredes no sabemos qué ciudad para que le miremos y, mirando, pensemos. ¿ Hemos pensado ya bastante ? Probablemente falta que la caja rebose, aunque luego, una vez esquilmada, tengamos que volverla a llenar. Y Papá Pitufo, pertrechado de armas, nos mira desde la pared, convencido de la naturaleza bárbara de nuestros instintos y del escaso amor que nos profesamos.

VOCES EN LA NOCHE : Oír por oír




Apático e impostado ejercicio de thriller melodramático con un Robin Williams centrado y solvente, desafectado de tics, creíble, untado de la seriedad que el personaje demanda, aunque uno pueda evitar que en cualquier momento haga un mohín, tuerza un ojo o, si esto es posible, mire a la cámara y nos pregunte, socarrón, pícaro, si nos está gustando el embrollo.
En este Escuchador nocturno que aquí se intitula Voces en la noche ( no puede haber título más manido y sospechoso ) hay asuntos delicados que no obtienen respuestas pertinentes. Toda la exquisita exposición de los hechos se derrumba farrulleramente cuando el director, habida cuenta del castillo de indicios que ha levantado, advierte que no tiene mano ni encanto para finiquitarlos.
Huérfana de licencias creativas, arrumbada al estante de los proyectos fallidos, Voces en la noche entusiasma tímidamente: la historia de un locutor de radio fascinado por la existencia de un libro escrito por un joven de catorce años deviene en manifiesto existencialista sobre el amor y la soledad, sobre los sentimientos y la necesidad de inventar a alguien para sobrellevar el peso de la rutina, la durísima evidencia de saber que no tenemos verdaderamente a nadie que nos ame o para quien contemos. El libro de marras abre la pandora de unos seres oscuros, desangelados, desencantados al punto de que Gabriel Noone ( Robin Williams ) termina preguntándose si el niño/escritor y su madre ( con quienes sólo ha hablado por teléfono ) existen verdaderamente.



Su precariedad sentimental ( ha sido abandonado por un amante infectado de sida ) hace que se obsesione por el muchacho que, para colmo de males, está igualmente infectado ( unos abusos en la infancia ) y vive sobreprotegido por su madre ( una estupenda Toni Collette ). El avispado ( y apesadumbrado ) locutor nocturno se nos hace investigador privado y vuela a Montgomery ( Wisconsin ) para someter al polígrafo de su ojo la veracidad de la historia y descubrir ( he aquí el muy frágil punto central de la historia contada ) si madre e hijo no serán, en el fondo, un solo y perturbado ser, y aseguro ( oh querido lector ) que no hago daño al visionado por cuanto ya en los primeros minutos es el propio Noone/ Williams quien pone en danza esta especulación.
El pulso narrativo de Patrick Stettner es más que decente: no peca de resultadista, no hurga en lo que otros bien pudieran haber rebañado, esto es, el aspecto meramente detectivesco de la historia, y ofrece un magnífico reparto para rellenar lo que, a buen seguro, no olvida: que el argumento flaquea hacia su mitad y que, avanzando hacia su desenlace, el interés va retrocediendo hasta que no existe interés alguno. El reclamo de estar basado en hechos reales puede ser un lastre más que una golosina: hace falta un guionista inteligente que descuadre la ortodoxia de la verdad y lo embadurne todo de pura ficción. A mí (hoy) pueden espiarme y hacer una película sobre mi tráfago diario: haría falta un maestro de maestros para que un día mío ( hoy, a qué ir más lejos ) diese un film notable. Caso distinto, caso deseable, sería que sobre mi aburrida rutina de viernes ( oh es viernes, qué bien ) un guionista espabilado introdujese los mínimos elementos de disgresión como para que Ethan Hunt, a mi lado, fuese un tímido funcionario de la Administración pública. No es éste, ni hablar, el asunto del que hablamos. No basta que Robin Williams esté soberbio o que el tratamiento de la luz sea un personaje más: hace falta ( dicho está muchas veces ) que la historia sea atractiva y no tengamos al final la impresión de haber sido engañados, aunque dure menos de hora y media y ( a decir verdad ) todo pase en un plis plas.
Vale tanto la pena como un paseo por la orilla del río en una tarde de lluvia. Todo vale si no nos importa mojarnos. La mojada cinematográfica ( avanzo ) es mayúscula, pero siempre habrá quien ( excéntrico, aburrido, caprichosito ) desee ese momento de intimidad con los rigores de la madre natura.





Self-made man


Aznar, retirado de la política o, al menos, apartado de la ejecutiva política, no ha dejado de reirse. Su risa es franca, no lo duden. Risa de haber hecho las cosas con dos pies encima de una mesa y luego no dar cuenta de las facturas que esos gestos tan machotes traen, pero mejor verle así que no encabronado, echando pestes con ese tono de voz entre lo lánguido y lo filibustero con el que entonaba sus cánticos de guerra, su épica de batalla. Y lo peor de todo esto es que los que ahora rijen nuestros destinos patrios tampoco tienen gestos mesurados. Tampoco gastan cordura cuando dan rienda suelta a toda su fantasía de civilización armónica en paz con el vecino y con la Historia. En fin. Así vamos tirando, convertido el parlamento en ateneo de deslenguados que azuzan venenos e insultos como quien saca un perro a echar a una meada.

15.3.07

EXPRESS ( Un corto de Sánchez Arévalo )

Express, un corto de Daniel Sánchez- Arévalo antes de que lo conociéramos por Azuloscurocasinegro.
Dura lo justo para considerar que los cortometrajes son cine en esencia, en ocasiones, absolutos prodigios de concisión, creatividad y, sobre todo, ganas de agradar al respetable para después dar el salto al largometraje, como se decía antes. Lástima que sean eso, trampolínes, puntos de apoyo, pero sin voluntad de duración. Tampoco los jerifaltes de la cosa cultural se marean mucho su ajetreada cabeza fomentando que haya circuitos de distrubución estables y que el cine en este formato disponga de un escenario propio, ajeno a los vaivenes del mercado ( ¿qué mercado hay en un corto ? ) y accesible (siempre). Dele al vínculo. El omnipresente youtube hace el resto.
Éste es una maravilla. Cinco estrellas. Cinco estrellas duras como un fin de semana en Guantánamo.
Qué vida.

BANKSY / LOS DIOSES DEBEN DE ESTAR LOCOS








Las composiciones son del anónimo Atila londinense Banksy, un grafitero excéntrico más por vocación de provocar que por arrogarse una fama que en ningún caso busca. Va camino de ser un proscrito, un agitador social a la antigua usanza. Todo eso tiene un mérito en estos tiempos globales donde todo pasa por la evidencia y por el tamiz constrictivo del Google o del Youtube. Visiten su web y disfruten de su concepto transgresor de arte urbano, de su asombrosa capacidad para generar imágenes que se pegan a nuestro cerebro y no nos abandonan durante el día. Hoy una de ellas ha estado conmigo en la cola de la charcutería y casi pido cuarto y mitad de anarquía en lugar del chopped habitual.


SCOOP : Dios salve a los cómicos









Lo que Woody Allen ha perpetrado no es una comedia de las que antes le salían redondas: es un misil con lacitos directo a la línea de flotación de la sociedad bienpensante británica, que viene a ser esa aristocracia con participaciones en asociaciones filarmónicas y poco o ningún gusto por remangarse los prejuicios y avenirse a confraternizar con la grey llana, con el pueblo obrero que sale a trabajar y no tiene ni idea de Henry Moore ( hay uno en una mesa regalado por el propio artista ) ni de clavicémbalos del siglo XVIII.. Y lo hace deliberada y hasta frívolamente porque este Scoop ( Primicia, en inglés ) es, ante todo, un perfecto entretenimiento, un vehículo de lucimiento para Scarlett Johannsson (cada vez más carnal, cada vez más rotunda en sus gestos y en su presencia ) y un regreso a la confianza en un director genial al que, es de justicia esta humilde reprimenda, no le salían las cosas como querríamos ( Un final made in Hollywood, Todo lo demás o Granujas de medio pelo son mediocres ) con la excepción sobresaliente de Match Point, alejada ( curiosamente ) de la escritura humorística y alojada en el drama cuasifilosófico.
Las clases altas inglesas son las que Allen nos muestra: las que todavía se rebajan a reir con el cómico ( el mago de tercera metido a detective o a petrolero que Woody Allen borda ) mientras les hace trucos de cartas en un “typical english garden” al que no le falta ni laberinto ni mesitas rococó para el té de las cinco.
La abundancia de gags excusa la liviandad de la trama: una joven aspirante a periodista americana que pasa una temporada en Londres recibe una confidencia de ultratumba: la identidad del asesinato del tarot, que asola Londres matando prostitutas de pelo negro y corto. El acusado es un hombre de éxito, hijo de un Lord, flemático en su modernidad, asombrado de la espontaneidad de quien, en busca de pistas que diluciden la verdad de los asesinatos, acaba enamorándose de su objeto investigado, como ella bien reconoce.
El enredo no garantiza carcajadas: Woody Allen no pretende tal cosa. Su humor ( siempre ha sido así ) es lingüístico, sólidamente anclado en la solvencia de su lenguaje, que rebusca la complicidad con un espectador ya al tanto de sus giros y completamente entregado a su muy particular forma de entender la vida. Scoop, en este sentido, no es Misterioso asesinato en Maniatan, de la que es ciertamente deudora, pero nos brinda la oportunidad magnífica de recuperar ese rato entre lo tradicional y lo cinematográfico que supone ir al cine ( yo desgraciadamente la he visto en su formato de dvd ) y dejarnos llevar por las ocurrencias de este geniecillo neoyorkino. Scoop es una obra menor, no cabe duda. Quienes esgrimen su ligereza no están faltos de argumentos, pero Woody Allen puede hacer otro Scoop este año y este escribiente no tardará en acudir al estreno. En el reino de los ciegos dicen que el tuerto es el rey y esta inocente ( en apariencia ) comedia de situación que Allen regala después del puñetazo en la mesa que supuso Match point abunda en escenas antológicas que bien pudieran haberse colado en cintas de más tronío. No faltan ni siquiera esos guiños cinéfilos tan suyos: el Aqueronte funesto, la barca con los muertos y la insobornable querencia de Woody Allen al cine de Bergman, que nunca le ha abandonado del todo.






Seis aforismos

  Los espejos   Al mirarse en los espejos hay que precaverse. Duplican lo que no entendemos. A pesar de la luz, exhiben sin pudor nuestro le...