Hago a pie el camino que va de mi casa hasta el colegio en donde trabajo. Apenas me ocupa cinco minutos, diez si voy sin prisa, lo cual sucede con frecuencia. Esa circunstancia es en sí misma lo suficientemente estimable como para que ninguna otra deba concurrir y hacerla más disfrutable, pero uno es exigente en lo suyo y requiere aditamentos, pequeñas colaboraciones de la gracia sensible. Tengo por costumbre acoplarme unos cascos y buscar en la plataforma de música que contraté (Tidal, excelente en todo) alguna canción que amenice ese breve paseo mañanero. De su comparecencia no depende el devenir del resto del día, pero albergo la creencia de que una parte de mí, tal vez la más honda, se contagia de esa música y hace que todo fluya con más armónico brío.
La idea es que la canción no exceda el tiempo que dedico en llegar. Cuando finaliza, guardo los auriculares en su funda y me siento bien, agasajado, colmado. Es maravillosa la sensación de sentirse repentinamente bien, bien adrede, bien como si nada pudiera lastimarme. Tengo también la certeza de que sé a qué acudir para arrimarme esa sensación de bienestar prosperando en mi ánimo, aunque se desvanezca a su antojadizo capricho sin que yo pueda evitarlo. La canción hace que la realidad se desvanezca también. De vez en cuando es recomendable cancelarla, darle un descanso. Elegir esa pieza no es algo en lo que titubee. Ignoro qué me impulsa a elegir un género u otro, el porqué de que la guitarra de Joe Pass me agrade más que la voz de Ella Fitzgerald.
Ayer escuché a Radiohead, puse Creep, la he escuchado cien veces, más veces. Hoy ha sido Johnny Cash versionando a Nick Cave. Me levanté pensando en ese poeta roto, en su voz de crooner salvaje, y no dudé cuando mi cabecita recordó The mercy seat, una melodía que bien pudiera provenir de las mismas tripas del dolor, del corazón cuando la sangre lo envenena, pero que es una declaración de amor y un testimonio de la fe del hombre en el hombre. Cave habla de la misericordia y de la muerte, del anhelo de seguir vivo. Su letra es estremecedora: Cristo nació en un pesebre y murió en la cruz como un andrajoso, Cristo tenía un trono de oro, no de madera ni de alambre. Cave habla de que su cuerpo está en llamas y ve a Dios cerca, como si lo tutelara. Se ha subido al asiento de la piedad y nota en sus manos el temblor de la despedida. Acaba diciendo (lo repite con ímpetu) que no tiene miedo a morir, lo pronuncia lírica y melancólicamente. La versión de Cash me satisface mucho más: elimina el ruido y deja el texto más expuesto, sin distracciones que censuren el mensaje crudo. La silla eléctrica. El alma enferma, izada. Ojo por ojo, diente por diente y voy andando hacia el colegio con estremecimiento.
Lejos de que lo triste triunfe, motivos habría, me siento particularmente investido de luz al acabar la canción. Luz hecha pétalo, pétalo incluso vestido de fuego. Habrá quien considere que hay opciones más joviales, elecciones de menor calado moral, pero sé lo que me hago, eso se suele decir, eso sé. Tengo conciencia del lugar en donde estoy y al que me acerco, y no es una consideración topográfica. El lunes pondré a Madness (ska bueno) o a la Pasadena Roof Orchestra (swing, nervio, júbilo). No suelo repetirme, tengo buena memoria. La música me lleva en volandas, en serio. Nunca malogro la elección, ni tardo en dar con ella. Joe Pass. Ella Fitzgerald. Madness. La Pasadena. Cave. Cash. Siempre me hacen bien. Está bien que haya cosas que nos hacen bien, saber dónde están. Me gusta pensar que se hicieron para que yo las disfrutara.
Nick Cave las pasó canutas (el hijo muerto, las drogas, su cabeza en llamas, el infierno, la baba del diablo) para que yo vaya al colegio escuchándole: me susurra, me confía el quebranto, le abro mi corazón, le doy mi sangre más humana. En esos momentos, esa pieza rescatada de todas las piezas posibles es una sinfonía o una catedral o un paisaje al que la vista no da fin y nos embarga y sublima. Ejecuto el mismo rito en el camino de vuelta a casa. A veces pongo la canción que escuché por la mañana y convengo conmigo mismo que nunca es la misma, no puede serlo. Como el río de Heráclito. Como la sangre prosperando sin motivo por el cuerpo. Ni yo soy el mismo, ni el rÍo, ni la sangre. En un tramo corto del día somos el de antes y somos otro de manera fiable. No me dice las mismas cosas el poeta, no me embarga y sublima de igual manera.
Escucha la versión de Johnny Cash aquí
La canción original de Nick Cave aquí