La nostalgia es un territorio de riesgo al que uno puede entrar entero y salir demediado o irremisiblemente perdido o incluso, está comprobado, izado, sublimado. A veces me da por colarme en una película de Frank Capra que vi en la adolescencia y salgo indemne, pero es posible salir triste y exhibir esa tristeza durante unos días por parques y avenidas hasta que un disco de Dizzy Gillespie te pone otra vez en órbita y sonríes y el mundo entero sonríe contigo, como le pasó a Satchmo. La primera vez que te introduces en un disco de jazz sales perplejo. No cabe otra opción. El jazz, en un sentido muy primario de entender las cosas, es excluyente. Hay un atropello, una decantación alocada de las melodías, una turbulencia inédita hasta en los pasajes de más blando cometido. Si te has abonado a la sensibilidad de Bill Evans luego no puedes entusiasmarte con Bad Bunny, ese cazurro léxico erigido en paladín del panhumanismo, salvo que estés de parranda y hasta arriba de efluvios etílicos.
El jazz es flirteo del alma concupiscible. Ahora escucho (no sé cuántas veces van ya, no sé las que me quedan) "Pre-bird", un disco de 1.960 grabado por Charles Mingus, que era un caballero de oronda presencia, mirada esquiva y cara de estar buscando la fuente de la eterna juventud en el frágil vuelo de una nota de su contrabajo. Mingus es el tipo que tituló uno de sus discos con la repetición (salmódica casi) de su apellido: Mingus, Mingus, Mingus. Aquí estoy. Aquí estoy. Aquí estoy. Miradme. Soy el gordo que os va a poner jazz en los oídos. Luego nada será lo mismo. Os lo aseguro. Parece que Mingus oyó a Duke Ellington en la iglesia de la base militar en la que nació cuando tenía ocho años. Yo nací en Córdoba y la primera música que oí fue en un tocadiscos monoaural Stibert que mi padre tenía en un mueble del salón, junto a la tele en blanco y negro Telefunken. Cuando yo tuve edad suficiente, ese concepto nunca es registrable en términos objetivos, me las ingenié para que los escasos ahorros pudieran ser empleados en discos. No he parado desde entonces. No conocía entonces a Sir Duke Ellington ni a Thelonius Monk. Eran otros tiempos y mi cultura fonográfica se quedaba en los hits de la FM. Tiempos en los que no existían las radio-fórmulas y la gente de Radio Córdoba FM (los tengo en el alma, Pepa, Rafael, Ramón) programaba rock progresivo, blues del delta, jam sessions o superventas, pero de los que luego perdurarían, de los que ahora (sin pudor) llamamos clásicos. Pero Mingus oía a Ellington en la radio de la capilla. Podríamos ver a Charles ensimismado o moviendo los pies. Tal vez se puedan hacer las dos cosas a la vez. Tal vez eso sea el jazz: ensimismarse y brincar. a la misma vez.
Hay mucho Duke en Pre-bird. En cualquier tema. Sólo hay que dejarse contaminar por el swing afrodisíaco de mi pieza favorita, Take the A-train. La usaban The Rolling Stones para abrir sus conciertos igual que Yes cogían El pájaro de fuego . Son sellos de identidad, formas solventes de que el espectador sepa en qué terreno se mete. No es igual escuchar Start me up a palo seco, nada más abrir el show, que sentir el riff de Keith Richards después de los vientos de la orquesta de Duke Ellington. Tampoco suena igual la voz de Jon Anderson sin el acomodo melódico que la introduce, la monumental obertura de la suite de Stravinski. Ahora me voy a parecer a Loquillo: Si yo tuviera un banda de rock (cosas más peregrinas ha fabulado mi inquietud en materia artística), haría que antes de cada concierto sonasen algunos compases de So what. Miles Davis sirve para estas cosas. Me vale Milestones. Incluso la agitadísima It don't mean a thing...
El jazz es una música impredecible que se adhiere con más fortuna al asombro que al camino previsto. Es precisamente esa posibilidad de pérdida (topográfica y moral) la que sigue arañando la piel del que escucha jazz y, aunque lleve toda la vida haciéndolo, tiene la certeza de que acaba de comenzar a entenderlo. No haría falta tal entendimiento. Mingus es el mago absoluto de la impredicibilidad y Pre-Bird, que ahora da sus últimos acordes, ha sido una mañana útil, (treinta y pocos minutos de júbilo total), es un canto sublime de alegría por vivir y de amar la música casi como a uno mismo. Y ahora no es, en absoluto, nostalgia, sino celebración del presente, festín del reloj cuando se pavanoea de que sus manecillas (febriles, juguetonas) marcan el paso de quien se detiene y las observa.
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