7.1.26

Cavilar

 

Hay jazz en Ravel. El bolero no es únicamente una danza con una moderada y uniforme invitación a repetir una armonía y un ritmo, roto más tarde por un desquicio orquestal. La flauta, el fagot, el oboe, la trompeta, el clarinete, el corno inglés, el saxofón, el trombón, los bombos y los platillos destilan negritud, huelen a sudor y a canto espiritual. Rezuman la verdad antigua de los campos de algodón. En ese alambique de sexo puro, Ravel está pensando en un local en Harlem y en Duke Ellington, que todavía no era Duke Ellington. Quiero pensar en Stravinski escuchando el bolero de Ravel. Estaría sentado con un whisky en la mano, absorto, cavilando. Qué hermoso es ese verbo. Se cavila sin querer a veces. Está el bolero invitándonos a que oigamos por primera vez. Como si estuviésemos recién echados al mundo y se nos agasajase con un ostinato obstinado en que apreciemos ligeras variaciones, una especie de crescendo moroso, apocalíptico cuando se ha quedado sin aire o roto o determinado a no abundar más y dejar ahí una semilla, un túnel, una promesa de futuro también. La música continúa cuando ni música se escucha. Creo que cualquier pieza musical contiene a las demás. Podemos encontrar a Miles Davis en una saeta o a Billie Holiday en Jacques Brel. Hay que saber escuchar, hay que cavilar. Dice el diccionario que es "pensar con intención". Como si hubiera otra posibilidad. Se me ocurren sinónimos útiles: elucubrar, ensimismarse, rumiar, abstraerse. No sé si elucubramos, nos ensimismamos, rumiamos o nos abstraemos con la frecuencia que elucubrar, ensimismarse, rumiar o abstraerse merece. Son todos verbos maravillosos. Haría falta que nos prodigáramos más en su desempeño. Tal vez el mundo funcionaría mejor. 


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