El amor, a decir de Ovidio, dispara dos flechas de efecto contrario. Una, forjada en oro, procura júbilo y placer mientras que la otra, cerrada en plomo, entrega quebranto y clausura a quien sufre la ponzoña del metal. El amor, oh nudo dichoso, oh gran capital del alma, tela bordada por Himeneo, luz invisible que mueve el sol y también las estrellas, conviene de vez en cuando, pero hay quien sostiene que harta igual que embelesa, que satura en la misma medida en que conforta. Que el amor absoluto hiere más que sana y que su falta, en ocasiones, protege de las penurias de los años y hasta cuida de que sobrevivamos al vértigo y a la fiebre y no precisemos ángel de la guarda que nos guía ni mano noble que nos acaricie.
Era, permitid el hipérbaton, el enano Flavio Piernaflaca hombre preocupado por estas frivolidades del apetito metafísico. No disimulaba su emoción al escuchar el fervor con el que su párroco ponderaba las glorias del amor. Leía con devoción y hasta recitaba en público, con mejor dicción que compostura, achispado en ocasiones, poemas de un candor notabilísimo, pero siempre con magisterio y sabiduría los elegidos versos, subiendo y bajando el timbre, declamando como solo los actores muy expertos y confiados saben hacer cuando se entregan en el escenario a su público. Flavio era la crema misma de la sociedad pudiente de su pueblo. Se le respetaba por su posición social, por su árbol genealógico y por el escandaloso tintineo, casi sinfónico, que hacían sus monedas en los bolsillos. Desgraciadas las facciones, deslenguado, culto, solía codearse (es un decir esto del codo habida cuenta de su muy escasa estatura) con nobles de sangre y con autoridades y a todos entretenía con su chanza y con sus ocurrencias. Huérfano de pudor, se exhibía lo que podía, entrando y saliendo de las fiestas que la aristocracia de la villa organizaba para olerse los unos a los otros el ombligo y escucharse las historias de los ancestros, las de las guerras de antaño, las de las putas que se trajinaron y la de los bastardos que dejaron por los reinos vecinos. Nunca faltaba el concurso de Flavio, su visión de los hechos, la forzada evidencia de que los Piernaflaca fueron amigos de reyes, sufragaron ejércitos y compraron y vendieron voluntades con el único propósito de fijar el apellido, de engrandecer su heráldica, pero sobre todo con la firme convicción de que la tierra y la fortuna podían enmendar un apellido en descrédito, arruinar a capricho el linaje de quien importunara el suyo o, si la ocasión así lo exigía, borrarlo de las crónicas y de las églogas, enfangarlo, convertirlo en algo impronunciable, casi pecaminoso.
En lo que Melquíades jamás se sintió cómodo, en lo que su dinero y su apellido no pudieron hacer nada, en lo que ni siquiera su cháchara alegre y su saber libresco alcanzaron épica alguna fue en el amor, en el amor de Ovidio y de todos los poetas clásicos, los que ocupaban metros silenciosos de anaqueles en la inmensa biblioteca de la casa antigua. Y de noche, cuando cerraba la luz de la lámpara y depositaba el libro en la mesita, Flavio pedía a Dios, al Dios al que jamás visitaba en su iglesia pero con quien sostenía muchas conversaciones íntimas, que le diese otra vida y que le privase de fortuna y de heráldica, con la prebenda de que le naciese alto y ganase el amor de las mujeres sin que interviniese la plata en la faltriquera y el miedo a que negarse al comercio carnal trajese infortunio a los suyos, negándole el pan, cubriéndoles de pobreza.
Era Flavio, como su padre, como su abuelo, putañero y avaro. No había moza concupiscible en el pueblo con la que no hubiese retozado y que no hubiese maldecido su estampa de enano berraco y rico. Clarisa, una fulana que no cobró lo que creía merecer y que estaba de paso por el pueblo aireó la historia de que el enano calzaba la hombría justa y que cumplía el fornicio con precoz resolución, vertiéndose entre gritos ridículos nada más entrar en faena. Hizo ver que si nadie había revelado antes este asunto era por miedo y que ella, fajada en muchas camas, molida a palos muchas veces, concubina de obispos y de autoridades, de paso por el pueblo,,no le tenía miedo ni al mismo diablo, al que vio con frecuencia y con el que departía en cuanto los dos disponían de un alto en sus quehaceres.
Contrariamente a lo que el lector avezado en estos trasuntos de lo más acendradamente humano piense, esto es, el tamaño de las vergas, los honores de la estirpe y la maledicencia de las furcias, el enano Flavio Piernaflaca, tocado en su honor varonil, no vilipendió a la furcia Clarisa , tampoco la echó del pueblo ni le amenazó con quemarle el alma hasta que sus chillidos se oyense por todos los fulanarios de la provincia. La acogió en aprecio, la entendió a su manera e incluso hizo que uno de sus lacayos más diligentes la trajese, de buenas maneras, eso sí, sin forzamientos ni peligros, a su dormitorio, a probar de nuevo las bondades de la carne y hacer que la verdad resplandeciera, y quizá por una vez en su muy licenciosa y aristocrática existencia no fuese el dinero ni el temor popular o el influjo de su lrespetado y antiguo escudo el que lo liberase del rumor que lo oprimía. Preparó unos versos alambicados y dulces, extraídos de un antiguo libro galante que usaba cuando la soledad le devastaba el pecho y pasaba las horas muertas en su alcoba, pensando en la hondura del alma y en la infame trayectoria que iba tomando la suya propia. Y hete aquí, oh lector cómplice, a la furcia Clarisa, toda rotunda en carnes, a quien jamás la flecha bicéfala del alado Cupido rozó ni en el ubérrimo pecho ni en la promiscua lengua, entrando en casa señorial, evitando que la familia (una hermana ciega y un padre desmemoriado y enfermo) notasen su ingreso en la alcoba, puesto que su cliente, lúbrico a su pesar, jamás pecó bajo el techo familiar. No sabía el enano putañero, el enano endecasílabo, que ése sería el último de sus días en la tierra. Que la muerte le descubriría asaetado de amor, emponzoñado de esa luz absoluta que el amor entrega a quien, ciego, inocente, le abre el corazón y le entrega el alma..