6.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 6 / Lisinda Arévalo


La moza Lisinda Arévalo, la que a orillas del Tormes iba a lavar la ropa y, siguiendo las enseñanzas del Buen Señor, mitigaba la sed del caballero que iba o volvía a su hacienda, no tenía ademanes rudos, no se hurgaba la nariz, no decía palabras inconvenientes, no exhibía la tosca compostura de otras mozas de su apaño. Era el todo Lisinda cabal en su trabajo, correcta en el trato y prudente en las confianzas. El agua de su odre era famosa en la comarca y hasta se le concedían prodigios curativos al acudir a ella. Menos por la sed que por el buen ver de la moza, los viajeros casuales, luego fijos, los precisados de ternura, haciendo un alto en el que daban descanso a las bestias, engolosinaban, entre buche y buche, el cansado ojo. 


Tenía Lisinda la vocación del servicio tan a honra y cuidado que la provisión del agua quedaba, en su entender, corta, por lo que se determinó a cargar las alforjas de la mula con buenas piezas de morcilla y de chorizo, unos trozos generosos de queso y un canto de pan de tan escandaloso tamaño que el animal torcía peligrosamente el andar y amenazaba con tirarla a ella ya las ricas viandas al suelo, desbaratando la empresa a la que dedicaba todos sus desvelos.


Dio el buen Señor a la servil Lisinda magra  elocuencia y carnes prietas, de las que se festejan en los sueños privados de los hombres. Lo que Dios, allá en su cúpula de bondades, regidor primero de las primeras cosas, le privó a la bella Lisinda fue alcances. Los suyos, cortos y felices, no daban para mucho más que cargar al mulo con las alforjas, llenar los odres con agua del pozo de su finca y recorrer, sin desviarse ni distraer la atención, el camino hasta el recodo del río, en donde ya era pieza habitual que los caballeros descansasen, se recreasen con el hermoso paraje y alimentasen, por pocas y bendecidas monedas, la tripa y, en los más de los casos, la vista. No estaba en el ánimo de Lisinda el lucro, por más que en su familia no viese mal un dinero con el que sobrellevar la intendencia de la casa. A fe de quien les cuenta esta historia, lo que la muchacha ansiaba era otra cosa que ahora no sabría a ciencia cierta exponer. Quizá eran buenas obras lo que buscaba, las que le ganaran un pedacito de cielo, aunque no fue jamás muy de iglesia. Tal vez únicamente disfrutaba saciando la sed de todos esos varones, aliviando, ya se verá este detalle, la carga dolorosa de algunas hombrías largamente reprobadas



Fundó Lisinda en el generoso remanso del Tormes una fonda al paso de los años. Era una de esas casas modestas, de las levantadas hospitalariamente en los caminos, que prefieren pasar inadvertidas y que, con una mano ágil y un espíritu valiente, prosperan y se convierten en dignas. Pobre de planta, apenas agasajada por el buen gusto en su frontispicio (un portón de maderas viejas y un par de ventanas muy grandes enrejadas sin atino) la casa daba una silla decente, una mesa fuerte, fuego en invierno y sombra entretenida, en la frondosa entrada, en verano. Las escasamente esmeradas manducas de antaño (el duro pan y los hoscos trozos de carne seca o de queso duro) mudaron a otras de más pensado efecto. El hondo búcaro de vino, el plato de pescado en salazón o de carnes asadas, la sopa con sus garbanzos y el tabaque con frutas del tiempo como postre haciendo aplaudir a la tripa del viajero al punto de que, antes de montar y continuar camino, echaban el solaz de una siesta ligera bajo los árboles, a pierna muy suelta, contenta la boca y alegre la panza. Qué mansedumbre de remanso, qué holganza, qué divino el arte de contentar a quien precisa contento. 



Lisinda, infeliz todavía con el manejo de su hostería, animada a agrandarla. se las ingenió para que los comensales más entusiastas concedieran levantaran una casa más generosa, obsequiada de dormitorios y bañada por el limpio sol por ventanas amplias y limpias de telarañas. De pocas entendederas, corta en meninges, como ya se ha quedado dicho, Lisinda prefirió que los cuartos que se usasen en ella contribuyesen a mejorar la ya existente. Ganó fama el establecimiento por las comarcas cercanas por la amabilidad de su posadera y por la rotunda hospitalidad de sus carnes, entiéndase esto como el buen lector decida. Sola en su negocio, apartado del mundo, Lisinda ocupó una de las habitaciones. No la quiso resuelta en lujos. no había nada en ella que la distinguiera de las demás. El precario catre le bastaba para dejar caer el cuerpo, más que cansado al final de la jornada. De noche soñaba que un caballero la rondaba. Siempre era el mismo. Le incomodaba que un hombre gobernara su hacienda, pero le agradab,a que uno calentara su cama. Como el caballero de sus sueños no llegaba, la buena de Lisinda, absorta en la contemplación del techo de su habitación humilde, decidió que era la última noche que dormía sola.


Debió ser la ligereza de cascos o la promiscua gentileza de sus sueños o ambas circunstancias conchabadas con el único propósito de malograr la desgracia de la fonda. Debió ser también el hambre de moza de algunos caballeros o la sensación de que la pequeña posta, vista en detalle, tiraba más a burdel, a pesar del búcaro de vino y la rica ristra de viandas colgadas del techo. Lo único malo es que la única meretriz de la casa era Lisinda, y a veces no daba abasto para apaciguar las idas y las venidas, las entradas y las salidas de la cuantiosa nómina de inquilinos. Anhelaba que uno estuviese tocado por la gracia y buena verga, puesto que hay razones que la cabeza desconoce y sólo gobierna la entrepierna. 


No queriendo que nadie se involucrara en su faena, se las apañó como buenamente pudo. No dejó cliente insatisfecho ni en la mesa ni el catre. Alguno, soltero o viudo, enamoradizo, la conminó a que dejara las labores de Venus y se animaran a gobernar la lejana suya. Otros, escarmentados de la rutina o aburridos de ayuntar siempre en la misma hacienda, le rogaron, en el más cumplido protocolo, que trajese mozas de los burdeles aledaños. Debe aclararse que la palabra burdel no era del agrado de Lisinda. Lo que ella ofrecía en su negocio era bondad a espuertas, cristiana bondad, si el lector así lo prefiere, la generosa evidencia de que el amor al prójimo que pregonan los evangelios se cumplía en su mesón y en su tálamo. Dios no tenía que censurar que ella llevase su palabra tan lejos. Por eso no hubo otra mujer. Nunca la hubo. 


La bella y entregada moza devino fulana piadosa, oficio lúbrico, poco o nada evangélico, pero que la contentaba al punto de que creía, a cada fornicio que realizaba, merecer un trocito más grande de cielo. No hubo mandoble o mentula que no la meciese, en volandas, camino del Señor, aunque íntimamente supiera que a cada embestida más lejos de él se hallaba; en su desviado pensar, en su descarriado proceder, no hubo puya de macho que no la hiciese sentir la más recta de las mujeres; no hubo, por más que una tiniebla de duda le atenazase el sueño, recodo de su alma en donde no se creyese pura, aunque el cuerpo se le descoyuntara por las acometidas viriles y el dolor la quebrase a veces y el nombre de Lisinda, por merecimiento, de pueblo en pueblo, por las lomas y por las veredas, en conventos y en tabernas, fuese el nombre mismo del pecado. Nada de eso la incomodaba. Las habladurías la reconfortaban. Si venían más hombres, mayor sería el bien que hiciese. Hasta que un día, enferma del mismo fornicio, rota en su eje, Lisinda cayó en cama, floja como un junco al que desmayase el viento, incapaz de servir mendrugos de pan y tacos de morcilla en el abarrotado comedor de la planta inferior, inútil para abrirse de piernas o para montar a horcajadas en la izada hombría de sus peregrinos e ir juntos al doble paraíso. 


Como el hombre, en particular el putañero, es criatura de escasa sensiblidad y sólo se anima cuando hay prevista jodienda, quedó Lisinda en el más triste de los olvidos. Encamada y sola, cerró el trajín de la cocina y de la fonda. Los jinetes pasaban de largo, decepcionados. Alguno se ofrecía, en discreto gesto cristiano, a procurarle un médico que la sanase, pero Lisinda quiso irse muriendo en paz, a decir de alguno de los asiduos más antiguos. Se fue apagando poco a poco, sin ruido, sin querer molestar a nadie. Así lo hizo antes de llegar a los treinta años, edad en la que una mujer todavía puede traer hijos al mundo y llevar una casa. 


En el pueblo, pocos recuerdan a Lisinda. En los caminos, refieren la historia de una mujer de carnes firmes y generosas, de ubres como campanas de iglesia, que llevaba agua en un odre a los cansados caballeros que iban y venían a sus cosas. Que luego mudó el agua en vino, como quien obra una especie de milagro, y la prieta rueda de longaniza por un pequeño plato caliente, que aliviase el hambre e invitase al sueño. Que sospechó, en sus flacas meninges, que el caballero también precisa verterse en hembra, cubrirla entera, vaciarse completo. Se dio a quien la quiso, arrimó su cuerpo al de los otros, buscó en el abrazo más humano la virtud más divina, y creyó que obraba con la vehemencia del juramentado en una empresa mayor que sí misma. No se refiere a día de hoy qué fue en verdad de la moza Linsida, no hay quien sepa algo de lo que fiarse. Que si dejó este mundo en temprana edad. Que si todo lo que de ella se pregone es materia de malos poetas y de chismes de plazuela.  Que tuvo diez vástagos. Que murió viejita. Otros refieren que nada hay de cierto en la narración de la moza Lisinda. Que es letra de una canción antigua que se oye por las orillas del Tormes. No se encuentran escritos que glosen su cruzada. 

4.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 5 / Nibelungo

Nibelungo desconfía de los gatos y, contrariamente a lo que hacen el resto de los perros que conozco, no consiente entre sus vicios callejeros la intimidación ni el ladrido disuasorio. Jamás se solivianta, ni permite que una brizna de saña animal desbarate el ángel de su cara. Mi Nibelungo es animal de arrestos muy retraídos, se engolosina con las palomas en los parques y arrima su lomo a mi paso cuando la calle se vuelve ruidosa o levantisca o advierte la cercanía de otros perros a su rabo con el (cree él) propósito de intimidarle o lastimarlo. Otro de los asuntos que hace que Nibelungo destaque y se granjee el cariño (juntamente con el asombro) de quien lo trata es su elevada afición a la ópera y al cine negro americano. En cuanto escucha una voz barítona o un crescendo orquestal en mi sala de escucha se agita apreciativamente, como si anduviera en celo, como si el numen de la belleza lo cruzara de parte a parte, y ladra con emoción no contenida y pone los ojos en blanco, transidos de luz, en éxtasis. 


A poco que preste uno atención, si se le observa con detalle, se advierte que en algunos arias particularmente hermosos de Verdi, en los que las voces son arcangélicas y los violines suenan celestiales, Nibelungo sigue el trayecto invisible de las notas moviendo delicadamente la cabeza o el rabo, a veces en alegre comandita, y hay ocasiones en las que podría parecer que conoce las partituras y actúa como el director de la orquesta, subiendo o bajando la pata, escorándola a izquierda o a derecha como si fuese una batuta. Tampoco pierde oportunidad de echarse en su alfombrita de paño turco y acompañarnos a Natalia y a mí cuando ponemos El cartero siempre llama dos veces o Perdición, obras cumbres del cine negro de los años cuarenta. Cuando asesinan a alguien, por la espalda o a cara descubierta, ladra y se advierte que el ladrido perruno y el llanto humano son, en el fondo, la misma secreta y enternecedora cosa. En los títulos de crédito, Nibelungo no se levanta de inmediato. Agacha el morro, entorna los ojos y se diría que mastica las cosas que ha aprendido. Luego se yergue, estira su cuerpo pequeño y sale al patio o se retira a su colchón. 


Nibelungo comparte conmigo estas extravagancias sin que yo las aliente.Le tengo yo el cariño que a veces no dispenso a ninguna criatura de mi raza. Le saco de paseo al parque o le llevo a una tienda de animales domésticos en donde lo asean, lo pelan y le hacen sentir el perro más maravilloso del cosmos. En ese ir y venir por las calles jamás me puso en evidencia al modo en que lo hacen los perros de los demás. Nunca cortejó a hembra alguna ni marcó con su micción su territorio de andanzas y distracciones. Esas pasiones del corazón perruno no le interesaban lo más mínimo. Tampoco se arrimaba a las peleas con las que suelen adornarse los parques que frecuento. Al verlas, escandalizado ,alzaba una pizca el morro, movía ligeramente el rabo y abría con verdadero interés los ojillos, pero ahí acababa todo su interés en la pendencia. 


Igual que Cátulo cantó al gorrión de Lesbia y Antonio Gala dedicó un librito a su perro Troilo, lo mismo que los ingleses adoran los gatos o los hindúes saben que la vaca es un animal sagrado, yo consagro este capricho literario a mi adorado Nibelungo, que anoche se fugó de casa con otro perro no sé si de su raza, torpe y aburguesado como él, a lo poco que vi, cuyo dueño me confesó el amor que su mascota, Traviato, tenía por las óperas de Verdi. 

- Les pierde el bel canto, las masas orquestales, la épica de esos héroes románticos - comentó atravesado por una congoja indecible. 

Desde que Nibelungo no está en casa, todo va mal y camino de ir a peor. He perdido casi completamente el apetito, apenas me interesan las cosas que pasan en el mundo, no asisto al trabajo con la alegría de antes, no hablo con mi mujer e incluso he abandonado pequeñas normas de higiene a las que antes me entregaba con absoluta eficacia. He dejado crecer mi barba. La tengo agreste y salvaje. Falta que hagan nido un par de mariposas en su boscosa mata y me adopte como gurú una plétora de jipis piojosos. Tampoco me importaría, la verdad. Igual me dan compañía en las noches y les tomo cariño y ellos me lo toman a mí. El mundo necesita amor. En el fondo soy un sentimental, ya ven. Uno de los que se arrugan cuando le hablan con ternura o cuando, pongo por caso, un perro se hace extensión de tu sombra y disfruta de tus cosas como nadie ha disfrutado nunca. 


No pongo el pie en la calle salvo que, jaleado por Carmen, mi mujer, tenga que ir al médico a que me examine por si este mal que padezco tiene una cura a la que pueda contribuir la medicina. Yo sé qué hará que sane. Ni el psicólogo que ella quiere que visite (al que mira con los ojos con los que me miraba a mí hace veinte años) ni todas las pastillas de colores del mundo obrarán el milagro. Lo que quiero es que un alma caritativa, un gentil señor o una buena señora, un niño gordo de altas capacidades o una niña con trenzas y cara de acelga llame al timbre de la puerta y me entregue a mi Nibelungo. De verdad que la vida es insoportable sin él. Ni mi muy amada ópera me conforta, ni el antes adorado cine negro americqno. 


He pensado muchas veces en lo idiota (iba a escribir pueril) de mi comportamiento. He razonado que hay personas que pierden seres queridos y levantan cabeza y vuelven a tomar el mando de sus vidas y toman café en las terrazas y hacen las compras en los mercados. Sé que la vida sigue, ella se encarga de curarlo todo, y que todas las heridas, incluso las más terribles, cicatrizan, pero no hay manera de que todas esas buenas cosas que pienso me las crea y me hagan efecto. La vida, si no fuese tan cruel, tan puta iba a escribir, sería una de esas películas con argumentos terribles que uno ve y de las que se olvida a los diez minutos, pero mi vida es una película triste, de mala serie B, y sigo sentado en una butaca, mirando la pantalla, contemplando la secuencia patética de mi existencia. 

Hace un par de días que me dejó mi mujer. Dejó una sencilla nota debajo del imán en forma de perro de peluche que tenemos en el frigorífico. Decía: 

"A Nibelungo es posible que lo encuentres. A mí me perdiste el día en que el maldito chucho puso el pie en esta casa"

No he quitado el papel prendido al frigorífico todavía. Lo miro para que me recuerde que Nibelungo no está. No me altera lo más mínimo que Carmen se haya ido. Lo acabaría haciendo, intervenga el chucho o no. Uno no le desea su mal a nadie, desde luego, pero no de vez en cuando me recreo en la posibilidad de que alguno de los que consideran que estoy loco o que solo me mueve el capricho y la frivolidad sientan en sus carnes el dolor que siento. No sé expresarlo con la hondura que merece, me faltan las palabras, acuden cuando las solicito, pero siempre se fugan o se enredan unas con otras y escribo sin tino, mediocremente. Tampoco lo entienden mis jefes, antes tan comprensivos con todos mis asuntos. No me dijeron nada cuando llegué tarde el primer día. Se limitaron a hacer una pequeña broma con el despertador, pero cuando mi indisciplina horaria malogró la firma de un contrato lucrativo, me llamaron seriamente al orden. Luis María , te la estás jugando. No permitiremos una falta como esta en adelante. Daba igual que llevase casi treinta años de pulcro desempeño en la oficina. Puedo incluso llegar a entender que les irritara la forma en que había descuidado mi aspecto, mi desaliño, la barba montaraz, la higiene abandonada, el desarreglo en el vestir,  las uñas sucias y sin cortar, la cara de estar deseando que algo malo me suceda e importarme poco. Lo que no comprendo es que se tomaran a broma el extravío de Nibelungo. 

Hace algo más de una semana que no salgo de casa. Entretengo mi ocio viendo libros sobre temas caninos y salgo a la terraza a fumar  y a ver pasar coches y señoras con perro. Qué felices son. Con qué alegría se manejan por las aceras. Con qué delicado primor se agachan y recogen en una bolsita las deposiciones. Lo que daría yo por agacharme y depositar en una de ellas las alegres evacuaciones de mi Nibelungo. Me pregunto si esas nobles y amables criaturas que despiertan mi envidia y alegran mi tristeza serán aficionadas a Verdi y a Wagner. Si, como mi llorado Nibelungo, se plantarán delante del televisor de plasma y no perderán ningún detalle de todas esas películas de cine negro que a mí me entusiasman. Envalentonado, venido arriba, anoche salí a la calle. En uno de mis sueños, en uno particularmente lamentable, un coche atropellaba a Nibelungo. Voy a liberar al amable lector de este informe de mis desgracias de la incómoda restitución de los detalles. No hablaré del cuerpo roto, ni de su carita contrahecha. Solo diré que fatigué el barrio entero. Anduve por calles en donde nunca había estado. Paseé parques oscuros en donde los jóvenes, felices como un caracol en un espejo, se bebían la vida en un vaso de plástico en donde cabe un litro de algo. A ninguno se me ocurrió preguntarle por Nibelungo. Nunca se me dio bien abordar a un extraño, hacerme el simpático, ganarme su confianza, darles el palique requerido para que suelten prenden y me den lo que solicito. En eso soy como mi Nibelungo, un ser amable en el fondo, pero de una timidez enfermiza. Por eso me cuesta tanto trabajo entender qué hace mi perro en las calles, solo, sin mi protección, sin Wagner, sin la alfombra de paño turco bajo su panza, viendo películas de Raoul Walsh o de Billy Wilder. Seguro que el sueño es una premonición. Seguro que está en el depósito de cadáveres, aunque ahora que lo pienso, ¿tendrá el ayuntamiento de mi ciudad un servicio para estas inconveniencias urbanas? Un perro muerto, a la vista de todos, expuesto al dolor de sus dueños y a la visita de las moscas, debería ser recogido, tratado con el respeto que merece. No me dejen ir por aquí, que voy a echarme a llorar. 

Nibelungo está con Traviato. Volverá a casa. Un día de estos, sin que yo lo espere, sin que una señal en el cielo me avise, sin que me lo pronostique un sueño, rascará la puerta con sus patitas, ladrará todo lo fuerte que sabe y moverá el rabo con el ardor de antaño. Yo le pondré la cabalgata de las valquiria en el equipo de alta fidelidad, le dejaré que elija película por la noche y lo sacaré de paseo por los parques cada mañana, bien temprano. En esa bendita felicidad, me afeitaré la barba, rogaré a mis jefes que me permitan volver al curro y buscaré a mi mujer sin descanso solo para pedirle perdón y hacerle ver que la amo y que mi vida, sin ella, es un completo desastre. Tenemos que ver otra vez los tres El cartero siempre llama dos veces. Es nuestra película favorita.

3.3.26

Breviario de vidas excéntricas / 4 / Inesita Bocángel



Igual que la Salomé de Gustav Klimt muestra un pezón entero y un amago de otro, Inesita Bocángel tiene un ojo sano y otro comido por la tiniebla. Es ese ojo de mal mirar por su aviesa torcedura y por un pestañear vibrante que únicamente se amansa cuando contempla paisajes de obsequiada belleza o se clausura al ingresar en la otra tiniebla, la del sueño. No se tiene a Inesita por resuelta en amores, pero es tapar el ojo defenestrado para que no afee su porte cabal y generoso y el cuerpo se le alegra sin disimulo. Retorna el recato si lo muestra. Es entonces cuando la memoria obra el prodigio de borrar la lúbrica inclinación de su alma y la moza Inesita no condesciende al flirteo ni a la providencia de los hombres. Los de ansia más desbordada bendicen el ojo muerto. Festejan que no lo enseñoree ni vindique. Se congratulan por la ciega obediencia de la carne, que tira al monte o al río o a cualquier linde en la que haya varón disponible. Hay trovadores que glosan las proezas venusinas de su dueña. Las cantan en las tabernas portuarias y en los ateneos de la aristocracia cuando se les desquicia la boca. Elogian las bondades de la anatomía de su promiscua benefactora y hacen hostil escrutinio de turnos. Hay quien propone lastimar el ojo sano por si tener ambos en deterioro, aparte de inspirar lástima y ternura, propicia acometidas más frecuentes, pero la moción es censurada con razonado pudor y vence la conformidad o la gratitud por los favores prestados o la admonición del párroco, que tiene la administración exclusiva del perdón, incluido el suyo. 


En días de lucidez, Inesita Bocángel descree de la filantropía y somete a su íntimo juicio el hábito contraído con la población masculina de la comunidad. Las féminas damnificadas por este arrebato lúbrico (que recaba la casi unánime aprobación de sus maridos) andan en conversaciones con las autoridades para que se proceda al destierro de Inesita o que se proceda a sanar definitivamente el ojo herido, pero el consejo municipal nunca concede tal amonestación y hasta han propuesto que se le conceda el título de hija predilecta de la villa y una calle tenga por nombre el suyo. Ella sueña con varones tras haber yacido con ellos. Pueblan su fantasía, la colman de claros efluvios de luz y de gozo, la festejan y subliman. Cree Inesita que su cuerpo es un templo y le crecen adentro ángeles y capiteles. Hay feligreses convencidos de que han visto en su altar una especie de inminencia de milagro. Como si el mismo cielo, en el momento exacto en que la cinética de la coyunda propicia que se viertan los jinetes sobrevenidos, se partiese en dos y se entreviese la cara de la divinidad. Inesita no dice esta boca es mía, no presume de cabalgaduras. No es mucho de decir, no vaya a ser que luego tenga que arrepentirse de algo. Su madre la ha sancionado severamente: hija, es menester que salgas menos, que tienes en sobresalto al vecindario. Un día de estos vas a venir encinta. Quién diremos que es el padre, me pregunto. Podrá ser cualquiera, madre. Mi hija será el del pueblo, pues hija vendrá. Crecerá amada por todos. Tendrá algo de cada uno, tendrá un ojo sano y otro comido por la tiniebla. 

2.3.26

Breviario de vidas excéntricas/ 3 / Bonifacio Trigueros

  El pastor Bonifacio Trigueros se queda dormido con el libro de Kafka en las manos, echada la espalda en el grueso tronco de un álamo negro. Es hombre de buen leer y le agrada la quietud de los campos. El libro termina cayendo. Una oveja se acerca y lo olisquea. Le da fuerte con el hocico y ve con interés que no se rompe. Persevera, aprecia la dignidad de empeño y la resistencia del libro. Entonces abre la boca y empieza a buscar el modo de comérselo. Se la ve con entusiasmo, se aplica en la mordida, en la masticación más leve y en la más severa, en la ingesta de las hojas, Las rumia con inédito embeleso y finalmente se desentiende de ellas. 

De pronto la oveja bizquea, da arcadas, mueve arriba y abajo la cabeza y suelta un eructo no muy sonoro, la verdad, pero que despierta a Bonifacio de su hechizo libresco. No es la primera vez que escucha a una de sus ovejas manifestarse en regüeldos, pero nunca había visto ninguna de ellas con un sucio caparazón en la propiedad de la espalda y un número grosero de patitas pronunciándose en los costados. 


Bonifacio, cuando regresa a la aldea y confía a sus cercanos las proezas de la oveja, no se arredra en explicaciones, alardea del prodigio y lo declara indiscutiblemente puro milagro, pero la intendencia de la parroquia, al habla con el mismísimo obispo, ha zanjado la cuestión y achacado la conversión de la res en insecto a la afición del pastor al anís seco nada más principiar la mañana, y al vino blanco, cuando ya se ve venir la tarde. A pesar de ese desaprecio, Bonifacio sabe que fue el libro lo que terció la maravilla que vieron sus ojos. 


La oveja afectada no ha sido vista de nuevo. Andará por esos campos, tampoco eso le preocupa. Ha pensado en que si es Madame Bovary el libro que arrime a la siesta bajo el álamo negro podrá transmutar la oveja en dama distinguida de París  o si lo que zampe la glotona oveja fuese Anna Karenina será una hermosa joven rusa y podrá hacer que ninguna de las dos cometa el suicidio narrado en esas trágicas tramas. 


Cualquier día es bueno para que aparezca del brazo de alguna de ellas por las calles del pueblo. Dirá que las conoció un verano en que viajó por Europa. Les advertirá que callen, si se les pide opinión en algo, no vaya a ser que irrumpan en balidos o tuerzan la boca al modo en que lo hacen sus ovejas cuando se las estresa en demasía o tienen miedo porque han sentido, en la fronda del bosque, olor a lobo. Los hay a espuertas. Siempre tienen hambre. 

1.3.26

Una novela futura

 

Fotografía de Marina Sogo

No saber qué hacer cuando no se escribe. No tener lenitivo, emoliente, bálsamo, delicado placebo que reemplace la ocupación de la escritura, refugio más útil, terraza para dejar pasar el tiempo y ver gente. No aducir cansancio, ni siquiera colar la idea de que la musa se ha fugado o que de cuando en cuando conviene un receso, un armisticio, un hoy soy ágrafo, una especie de vacaciones de uno mismo, que es escritor enfermizamente y a todo le adjudica una conjetura de texto y que se cree roto o huérfano o triste o tal vez esas tres cosas juntamente cuando pasa un día o pasan diez y no da con una frase desde la que armar otra y otra hasta que ese texto irrumpa en lo real, se imponga, haga de la nada un cuerpo, si es que lo hace y el cuerpo se vale solo y no es suyo.

Hay algunos textos que salen si se les llama: están en la cabeza y la abandonan cuando no se espera. Un escritor es alguien que se plagia a sí mismo. Tengo un amigo que escribe y tiene periodos de infertilidad, como casi todos los que escribimos. Cuando le sobreviene la pájara, M. nada o corre o monta en bicicleta o pasea. Escucha clásica o ve series de espías en la tele o lee atemorizado de que lo leído haga resurgir al escritor y se acabe la feliz estancia en la pereza. Se está mejor sin escribir. Mi cuerpo no nada ni corre ni monta en bicicleta. A lo sumo, pasea o va martes y jueves al gimnasio a descubrir la orfandad de los músculos.

El hecho de pasear o de levantar pesas o de ver series de espías es un preámbulo de la escritura. Uno va anotando cosas que dan para empezar algo. Al principio es una frase. Puede estar hasta enteramente armada o tan sólo insinuar un comienzo, un lugar desde donde partir. Lo que derrota cualquier posible prestigio de caminar es que una circunstancia insólita (o una familiar que no se ha visto en detalle) tenga la facultad de interrumpirlo. Creo no haber caminado jamás movido únicamente por la voluntad de desplazarme. Todos los movimientos suceden antes en la cabeza: el cuerpo es un actor secundario. Toda la memoria es una formulación de esa idea de lo estático. A veces refrenda lo que gesta la imaginación, pero no es fiable nunca.

Hay países en los que he estado sin haber puesto un pie en ellos. Pero sigue la escritura. Ocupa lo que la realidad en ocasiones no consigue. Por oír la luz la boca estraga su latido. Por reparar el dolor el corazón se desoye. Una sinestesia orgánica. Una alquimia. A M. anoche se le ocurrió no escribir y leer más: un Borges convencido. Eso me dijo. Tal vez lleve razón. Que escribir no sea algo de lo que pueda uno jactarse. Que probablemente acabe cobrando algún peaje. Que no tenga otra utilidad que la de distraerse, no la de entender ni la de guiar, sino la de entenderse o guiarse. Esa pequeña contribución a la felicidad. Pero escribir es un pulmón que continuamente se ocupa y se desocupa de aire. Un corazón que da a la sangre el sublime recado de ser únicamente sangre. Una sístole, una diástole. Una sístole, una diástole.

A Bukowski le pasaba que si se tiraba una semana sin escribir enfermaba. «No puedo caminar, me mareo. Me tumbo en la cama y vomito. Me levanto por las mañanas con arcadas, necesito escribir. Si me cortaras las manos, escribiría con los pies». Era su mala vida, ese rango de perdedor sublimado, el que lo impulsaba a hacer algo que lo reconciliara con la belleza o con la franqueza o con cualquier consideración moral que lo extrajera de la sencilla rutina de vivir y arrimara algo más hondo, quién sabrá qué cosa será la arrimada y qué es la hondura. «La creación es un don y una enfermedad». Se escribe porque no queda otra, se vale el escritor de esa ocurrencia paradójica porque tal vez no sepa hacer otra cosa o, si es de verdad severa la enfermedad, crea que escribiendo podrá sanarse.

Por fortuna, tengo vicariamente a alguien que escribe cuando yo no tengo ganas de hacerlo. Lo reclamo, sin entusiasmo. Acude pronto. Se envalentona, abre algo que no sé yo abrir y empieza a escribir por mí, que no estoy por la labor, que no doy una a derechas y temo perder la costumbre o temo que la falta de inspiración sea lo suficientemente evidente como para desgraciar cualquier tentativa futura. Escribir es de tozudos. Se hace por costumbre, uno es escritor con el mismo entusiasmo (iba a decir obligación) que se es padre o hijo o amigo. Ese que comparece y ocupa mi lugar, dónde andaré yo, qué me habrá movido a disponer de su entereza y su vocación, es indistinguible de mí, doy eso por seguro, pero de alguna forma barajo la posibilidad de que seamos dos y llegue un momento en que el uno no quiere saber nada del otro o en el que escriba sin que yo le reclame, aunque firme con mi nombre y, sin margen de duda, parezca que soy yo quien determinativamente se ha animado a dejar constancia de algo, a registrar alguna epifanía, algún susurro, algún propósito de verdad o de belleza. Ahora, vuelvo a Borges, no sé quién de los dos está escribiendo este texto.

No creo en que escribir requiera un rito. Las palabras siempre están a mano. Unas van tirando de otras, se buscan, ajustan su brillo, administran el contorno hasta que ocupan el lugar que les corresponde. El hecho de que se las nombre hace que existan. Se incorporan a la realidad, la cincelan. Es posible que el texto ya estuviera y uno únicamente se encargara de apartar la bruma y adecentar las partes vistosas, las que más se impregnan y con más visible ahínco nos interrogan. Como el escultor que extrae del mármol lo que nadie ve y el mármol esconde.

Mann hizo de su literatura una crónica del declive, un inventario pormenorizado de cuanto alienta o contribuye a que esa decadencia prospere con el fulgor de lo reservado a lo espléndido y vivo. «La montaña mágica» (inolvidable Hans Castorp y el sanatorio en Davos) debió alimentarse de esos apuntes. Yo la querría haber escrito y no Mann, pero todavía puedo envalentonarme y ser Pierre Menard en esta noche de viernes. Sé que es una novela sobre la enfermedad o sobre el aburrimiento o sobre la disipación considerada una de las nobles virtudes del género humano, pero la novela avanza con mórbida seguridad y las mil páginas (tantas serán) parecen ocupar un otoño entero, aunque las hayamos franqueado en cinco días (enfermos, aburridos, disipados días).

En las notas de Mann, las que propiciaron algo de su obra publicada, habrá otras novelas ocultas, invisibles. Me pregunto si en mis notas (ahora escribo en el móvil, ese es mi cuadernito rojo de anillas y pasta dura) estará mi novela futura. Ya hice una. La por venir tratará de algo que no alcanzo a comprender, pero sé que tendrá sentido y hablaré de ella a tres amigos. Uno escribe para tres amigos. A veces poemas o cuentitos o una novela. También escribe para el escritor afantasmado, el que está por ahí adentro, el tímido.

Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa, que ni yo mismo me entiendo, escribió Aute, ahora lo escribo yo. También habla del tiempo y de la enfermedad. Mi novela futura es una tentativa de dolor. No ha habido hoy forma, al releer las cincuenta escasas páginas que llevo escritas, podrán ser cien, no sé cómo contar páginas (una podrá valer por tres y otra restar al conjunto y adelgazar el cómputo), de dar con un título. Saldrá más tarde. Ruego perdonen si alargo las frases. No es adrede, no sé con qué podarlas, aunque lo cierto es que me agrada en ocasiones que se extiendan. Semejan una apnea de Dios. Si luego irrumpe el título (esta noche si no me visita el sueño) escribiré con más ardor. Ninguno tan redondo como el de Mann. Debió ser un infeliz el infeliz Mann. Se ve al leer que escribía para no pensar en su desdicha. Bendito él.

En la elección de los títulos intervienen circunstancias extrañas. Hay cuentos que provienen del hallazgo de un título deslumbrante, de los que te parecen perfectos y a los que intentas acoplar una trama pareja, pero te puedes tirar horas, reemplazando unos por otros, creyendo que uno ha superado la criba definitivamente para más tarde comprobar que ha caído y no te agrada, hasta lo consideras pésimo. No creo que hoy resuelva mi propósito, el del título para mi novela. Manejo tres, dos muy parecidos. No será ninguno de ellos, tendré la epifanía cuando no me lo espere y me asaltará en el lugar menos propicio, no sé, en la cola de la charcutería (hace falta embutido en casa) o en la cama, cuando se te empiezan a nublar los ojos y la mente adquiera esa cualidad asombrosa de ver al tiempo lo velado por los sueños y lo revelado por la realidad. Sé sin margen de duda a quienes se la daré, esos primeros lectores que siempre serán temibles. Tengo tres o cuatro insobornables. Ellos lo saben.

Seré escritor para aplazar la certeza de mi desdicha, me pregunto. Seré Castorp, ese joven alemán que ya se me empieza a desdibujar en la memoria, en el invierno en Davos, en ese sanatorio en el mismo limbo, al aventurarse en la nieve con la sangre ocupada de Oporto y el alma soñando con la muerte y burlándose de ella. Escribir es dolerse del aire al entrar y salir de los pulmones y, no obstante, no dejar de respirar. Por lo demás, nunca querría ser Castorp, deben ser aburridas esas clínicas temerariamente surgidas entre montañas suizas.

Ser Thomas Mann el tiempo indispensable para escribir «La montaña mágica» tendría su punto. He visto fotos de Mann y amedrenta esa cara sin sentimentalismo alguno, como comida por alguna devastadora afección particularmente dotada para retirar de las facciones cualquier atisbo de ternura, uno de esos rostros que manifiestan a gritos no haber tenido infancia. Yo no querría ser Thomas Mann. De hecho, ni tengo una familia que favorezca una rica vida interior de la que más tarde extraer episodios dramáticos, pasajes de una hondura humana inconmensurable. La mía es de una sencillez maravillosa. Es admirable su poco aprecio a la extravagancia. Nunca sucedió nada en ella que no pudiera haber sucedido en la tuya. A lo sumo, podría echar mano de alguna de esas historias que contaba mi abuela Luisa, tan narrativa ella. Escribo porque mi abuela contaba historias. Escribo para hacer más larga la vida.

28.2.26

Breviario de vidas excéntricas/ 2 / Edgar Allan Poe

 

Acabo de escribir un cuento y se lo leo a mi perro. Mi perro se llama Edgar Allan Poe. Hace mohines de aprobación. En tramos, son de vivo interés; en el nudo, cuando las circunstancias avanzan con más penoso empuje, se distrae, bizquea, hace como que busca algo con lo que amenizar el rato incómodo que le hago pasar. Es exigente Arquímedes y me acucia a que yo lo sea. Que yo escriba es entera causa suya. Por advertir su entusiasmo. Por cualquier causa en la que él no me parezca un perro. Ese es el tamaño de mi soledad. Si algún cuento le enternece, no se cohibe en exhibir un llanto menudo, como de cosa rota, que aparta sin demora cuando lo animo al indicarle que saldremos al parque y le prometo que, a la vuelta, comenzaré otro de más alegre compostura. Se lo leo mientras lo escribo. Lo hago a mano para que el ruido de las teclas no importune su atención y pueda centrarse con más vivo empeño. Como no está facultado para la risa, si la pieza es jocosa, menea el rabo, da unos ladridos humildísimos que a mí se me antojan aprobatorios. En mis momentos de flaqueza narrativa, al no dar con qué ocupar la página en blanco, entra en una tristeza que no tiene consuelo y se diría que pierde hasta las ganas de vivir. Lo recogí en la calle y él se desvive para agradecérmelo. Le llamo Perro, le llamo Edgar o Poe, según me da. Él me llamará Hombre, me llamará Carlos, según le dé. Vi en sus ojos anteriores al mundo una razón para izar mi desánimo literario, vi la luz que ven los poetas, vi milagros del Concilio de Nicea cuando los apóstoles maquinaban la erección de un imperio por la fe y por la garantía de la eternidad de las almas. No sé vivir solo. Probé con un gato, pero iba a lo suyo. Tuve un hamster, pero era necio. Ni el uno ni el otro tenían las virtudes de Poe. De entre todas, la que más aprecio es la que responde a mi necesidad de que se me escuche: es una criatura adorable, atenta, sumamente disciplinada, agradecida. No es perro de poesía bucólica, ni de ensayos sobre literaturas germánicas medievales. Sus preferencias son los cuentos. No se cansa si se exceden en líneas, aunque he comprobado que paladea con verdadero agrado los más cortos. En las muy contadas ocasiones en que la lectura se alargaba inapropiadamente, Arquímedes pierde todo interés y sale al patio de la casa o se sube a la planta de arriba a dejarse desfallecer en un cojín mullidito que le agrada muchísimo. Es un elegido, tiene porte de mesías, escucha música de cámara con arrobo inefable. Hago propósitos para que su vida sea placentera. Un día le paseo por los cementerios de París en donde reposan los grandes nombres de las artes. Charles Baudelaire, Marcel Proust, Edith Piaf, Jim Morrison, Honoré de Balzac, Oscar Wilde. Él les oirá y luego me contará qué dicen. Murieron locos, me dirá. Poe sabe de muertos. Yo entiendo de esas cosas. Hemos llegado a un nivel de comunicación en el que podemos omitir la injerencia de las palabras y hasta de los gestos. Vuelvo a los muertos de París. Dejaron el mundo por iniciativa propia, le responderé yo. Morir es un acontecimiento simultáneo al de vivir. Se va uno yendo conforme va llegando. Mi perro sabe de ausencias, se lo noto. Quién sabe qué vida tuvo antes de que acompañara la mía. Espera que no decaiga mi extraordinaria capacidad para saber qué desea en cada momento. Anoche le puse un disco antiguo de blues del delta. Hoy me he demandado unos huesos de ave estinfálida, unos huesos de cabra vieja. Se conmueve al escuchar el ruido de la lluvia en el alféizar de la ventana. Lo he descubierto mirando los retratos de mis padres, que presiden la chimenea. Le he contado que no fueron buenos. Bebían, Poe. Me desatendían, no supieron que tenían un hijo. Los atropelló un coche. Ella murió en el instante. A Padre lo tuve en casa hasta que decidió apagarse del todo. Hay personas que no saben estar en este mundo, le susurro. Le digo que le leía mis cuentos. Padre, ahora uno de piratas, te va a encantar. Mañana haré uno de gente que roba bancos. Él callaba. Escuchaba y callaba. A veces hacía mohines de aprobación. Reía si era de reír lo que escuchaba y hasta en alguna ocasión le vi llorar, aunque de inmediato apartaba las lágrimas y se avergonzaba por haber dejado abierta la puerta de su corazón. No había corazón en su pecho. Ni la sangre corría por sus venas. Murió loco, imagino. Nunca nos entendimos. Yo a Poe le entiendo. He tardado una vida entera en adquirir esa competencia de mi inteligencia, pero ahora no dejaré que desaparezca. Nos tenemos los dos. Temo que un día se canse de las historias que le cuento. Se me ha ocurrido que mañana le leeré este cuentecito que me está saliendo. 

27.2.26

Escribir / Escribirse

 Uno no siempre sabe dar la cara o no quiere darla. Está en ese pudor de no darse la antigua convicción de que no es bueno que lo conozcan a uno del todo. Que conviene reservarse, esconder lo que consideramos más nuestro. El escritor, por el hecho de serlo, suele fomentar en ocasiones la idea de que está ahí, expuesto, vulnerable, practicando una especie de nudismo moral, regalando al lector trozos de alma, evidencias de un corazón que late o de un alma que sale del pecho y vuela o se afinca en la tierra y se arrastra. El lector no tiene fotografía. Quiero decir que no se da al modo en que lo hace el que lo escribe. No tiene una imagen reconocible. Ni siquiera una pasada por el photoshop en la que pueda decir he aquí mi cara, pero la he manipulado para que no me conozcáis del todo. El lector, incluso el buen lector, asume también sus riesgos, pero ninguno es ese. Está bien el anonimato, el ingreso consentido en la casa ajena y el paseo moroso por las estancias, viendo dónde están los muebles, qué cuadros presiden las paredes, qué hay en el cajón de la mesita de noche.  Y luego está el vacío del que se reconoce como actor de una obra de teatro en la que apenas conoce al público y del que ignora (en la mayoría de los casos) su reacción ante la trama. Un vacio dulce, al cabo. Uno convertido ya en rutina, en acto instalado en el rumiar silencioso de la sangre, en el vértigo y en la fiebre diaria de levantarse, acometer los trabajos ineludibles y querer uno a los suyos de la mejor manera que sabe. En mitad de todo esa travesía de accidentes ineludibles está la necesidad de escribir, vuelvo a repetir, el vicio de abrirse uno y compartir lo que lleva dentro. Será quizá por eso por lo que se escribe, en el fondo: por contar lo que no está a la vista y, en el cuento, en la restitución de ese argumento invisible, convertirse también uno en espectador, en lector, en el voyeur consentido que de pronto está en la platea, atento y goloso de novedades, esperando que algo relevante o hermoso o tierno salga del tiempo empleado en la representación. 

Breviario de vidas excéntricas / 1 / Wendy Wallace

  Wendy Wallace ya está madura. En una terraza del promiscuo Sena, un joven neurólogo de Salt Lake City aficionado a Proust le hace mojar magdalenas en el café.

Wendy ya está en edad de merecer. Un joven sindicalista entrado en años de una aldea perdida de Soria la instruye en la historia de los movimientos obreros mientras llueve con desatino en el jardín en donde la tarde se ha puesto de un feo anarquista. 


Wendy ya está convencida de que se la puede cortejar. Un joven cartógrafo de la Baja Sajonia le cuenta que todavía no se ha hecho un mapa del corazón.


Wendy ya está en edad de merecer. Un joven cartógrafo con un máster en métrica poética la instruye en la biografía de Ptolomeo mientras el mundo tangible colisiona con los mundos etéreos. 


Wendy ya está plena y rotunda. Un joven crooner de Las Vegas le canta "Blue moon" mientras el barman prepara un White Russian y duele en el aire la noticia de la muerte de todos los pájaros del siglo XIX. 


Wendy comprende el rumor oculto que se aboveda en las alturas catedralicias y anhela que un ángel la desflore en un altar de pétalos místicos.


Wendy ya ha dicho adiós en casa. Un joven rapsoda de Trinidad y Tobago le cuenta la influencia de Walt Whitman en la poesía caribeña, pero antes de que todo sea armonía métrica y dulce clamor de sílabas, comido por una fiebre venusina sin par, se incendia en endecasílabos y la colma de sonetos y de semen con su cesura y sus sinalefas mientras en la radio suena un bolero de 1956.


Wendy ya es una señorita deliberadamente concupiscible. Se le atormenta el vientre cuando en la hondura de la noche un descuido hace que sus deditos tremolen entre sus piernas una obertura sinfónica, un aria inspiradísimo, un solo de trompeta en la cima de un volcán infinito. Un joven nigromante del Cáucaso le cuenta en un inglés primoroso que su himen no continuará intacto ni veinte minutos. 


Wendy ya tiene una idea de cómo funciona el mundo. Un joven revolucionario checo le llena la cabeza de soflamas y la hace redactar panfletos en una buhardilla pobre y digna desde la que se ve el puente de San Carlos y el Moldava como si fuese una postal en la zona Duty Free del aeropuerto de Praga.


Wendy ya está encinta. Un joven arponero del Báltico le ha dicho que todas las ballenas gimen el nombre de su novicio vástago. El arponero, aficionado a la numismática magiar, alto, fornido, rubio como la cerveza, la lleva a congresos estivales, a mares que no aparecen en los mapas, la corteja en todas las terrazas de los paseos marítimos, la mima con colmo de sintaxis y metáforas con el propósito de que el amor recién fundado prospere y la criatura por venir nazca con el pelo rubio y los brazos como martillos. De lejos creen escuchar ballenas. 

Wendy se ha tendido en la hierba. Un ejército de avaras hormigas la olisquean, le hacen unas cosquillas que la turban y mueven a pronunciar, entre risas y gemidos, unos versos del surrealismo más canalla. "Poeta negro, un seno de doncella / te obsesiona". "Nace en las ingles un calor callado".


Wendy abre su pecho cada noche al claustro de los númenes. 


Wendy masca los cabellos de la nieve, acaricia con el corazón la espuma de los hijos de los ángeles, se cree hija de la virtud de los primeros hombres. Tiene Wendy el cereal esdrújulo del mundo en la comisura de su alma.


Wendy cree vergel lo que los ojos rubrican como páramo, ve dioses en la voz andrajosa de los pobres, se desajusta el alma cada vez que la tormenta abate la terquedad del silencio y le duele la tripa como un adjetivo sin acabar o un pájaro al que le falte una sílaba.


Wendy ya está plena y rotunda. Un joven crooner de Las Vegas le canta "Strangers in the night" mientras el barman prepara una ambrosía de ginebra y zumo de cereza y se escucha en el aire la noticia de la muerte de todos los poetas del siglo XVIII.


Wendy se ha prendado de la historia de las sociedades secretas de los países del Este en la etapa soviética. Un joven nigromante del Cáucaso que dice haber conocido a Bakunin le cuenta en el primor de una lengua romance que su himen, sendero al parnaso, brocal del tiempo, brújula del porvernir, se deshará en una blonda de néctares cuando un mirlo cante al alba.


Wendy ya está nuevamente encinta. Un joven trompetista de una big band de Wichita Falls le ha dicho que el hijo que tengan se parecerá al Miles Davis de la portada de Tutu. Que tendrá el ceño permanentemente fruncido y tocará por los escenarios de los mejores festivales de jazz del mundo con la cabeza agachada, sin mirar al público, ensimismado, pensando en Dios. 


Wendy se dejó largo el pelo en su verano en Marienbad. Un nocturno de Chopin al declinar el día amenizaba el hall del hotelito en donde estudiaba literaturas germánicas medievales y departía con las señoras adineradas sobre la futilidad de lo real.


Wendy arde en deseos de ser cubierta por efebos dionisíacos. Los dispone idílicamente en filas. Ocupan un campo de fútbol abandonado a las afueras de una ciudad industrial de la cuenca del Rhin. Algunos, entusiasmados por el ejercicio lúbrico, retoman la fila nada más abandonarla. No les importa esperar un día completo. Nadie conversa mientras esperan. Si alguien hace algún comentario improcedente, se le conmina a que se vaya . 


Wendy ha leído mucho sobre la trashumancia, sobre el aroma de las avellanas, sobre la hidrografía de la cuenca mediterránea, sobre columnas de alabastro, sobre insectos en ámbar, sobre triglicéridos, sobre aldeas perdidas en los Cárpatos, sobre las iglesias al borde de los acantilados, sobre la tectónica de placas, sobre los cinco hijos de Juan Jacobo Rosseau, sobre los efectos narcóticos de la poesía birmana, sobre los embajadores venezolanos que adoran el dixieland. Memoriza los capítulos más granados y los recita, desnuda y entusiasta, ofrecida a quien la quiera colmar de atenciones, en la puerta de un destacamento de soldados de la Reina.


Wendy ya está madura, un joven poeta sarraceno la ronda con versos cada noche, le besa el aura, la conmina a que deponga cualquier resquemor, le cree ninfa húmida en un soneto, la ve Eco sin Narciso. 


Wendy ha encontrado en la presentación de un libro de repostería hindú a un clarinetista bielorruso que le dio la mano al mismísimo Stravinsky. Conmovido por la gracil compostura de Wendy, el clarinetista le ha compuesto una pieza delicadísima en la que se escucha crujir el musgo de los tejados de su casa natalicia cuando el viento tiene fe en sus dientes de nácar. 


Wendy bebe a morro con un exégeta de la obra pía de Santa Rosa de Viterbo que le canta canciones de Jacques Brel. Ella le dice cosas de su vida, de sus andanzas amatorias. Le dice que un astronauta zurdo la cortejó vestido de gondolero por videoconferencia. Que un sacristán reprobado por su parroquia por mirar con impropio desatino los escotes de las feligresas le pidió que viajara con él a Roma para que el Papa se conmoviera vivamente y le escribiera un documento exculpatorio. Que un joven taxidermista del Bajo Ampurdán aficionado a las literaturas germánicas medievales la llevó a congresos estivales en un Cadillac Seville que compró a una estrella del hip hop. Que un arponero (otro arponero, en realidad) septuagenario de la isla de Thule aficionado a la numismática soviética la llevó a congresos estivales y la cortejó en los intermedios de las grandes óperas que se representan en las ciudades portuarias. 


Wendy ama los pasajes bíblicos en los que colisionan imperios y la sangre del incesto rivaliza con los milagros de la nueva Jerusalén celestial. Hay quien ha visto crecer su barba, quien ha caído enfermo por hambre o por melancolía, escuchando a Wendy interpretar pasajes del Antiguo Testamento, del Nuevo Testamento, de los evangelios apócrifos, de las páginas de una revista eclesiástica humildísima de una parroquia de provincias. Un obispo luterano la ha elegido para la conversión a la fe de los espíritus más enconadamente reacios a la gracia de la divinidad. 


Wendy pasea con un tractorista con un máster en agrimensura babilónica por las calles de su infancia mientras unos jóvenes músicos tocan polkas vienesas. 


Wendy acaba de iniciarse en los rudimentos de la metafísica. Un bufón de la corte de Felipe III el Piadoso se la presenta a la reina María Margarita de Austria que de inmediato la introduce en las intrigas palatinas para que proteja a su primogénito varón de las malandanzas y lo curta en el arte de seducir a las hijas casaderas de las monarquías europeas. 


Wendy contempla de cerca el ojo de un caballo. Cree ver en esa hondura ancestral la geometría de las tormentas, la perfección del silencio que precedió a la fundación de los cielos, la lluvia incesante en los prados de la glauca tierra primeriza.



Breviario de vidas excéntricas/ 6 / Lisinda Arévalo

La moza Lisinda Arévalo, la que a orillas del Tormes iba a lavar la ropa y, siguiendo las enseñanzas del Buen Señor, mitigaba la sed del cab...