3.4.25

El camino largo

 




Creo que los poetas eluden entender la realidad. Manifiestan incógnitas, abren zanjas a las que caer, ofrecen extravíos. Como Cavafis en su célebre poema, ocultan los atajos, exhiben los caminos más largos. La travesía del poeta tiene una vocación de pérdida. El lector de poesía es un aventurero: sale al campo abierto sin brújula y sin arnés: es un valiente al que le interesa más perderse y no buscar afanosamente una salida que ir siempre bien guiado y divisar salidas al enigma, aunque prevalezca su misterio, la consistencia de su fragilidad. Probablemente la poesía nos aproxima más que ningún otro género literario a la vida. Hay una educación sentimental a la que la poesía, la alta, la limpia, la que más tozudamente nos hurga adentro, contribuye con más certero ahínco que la novela. " Un cuento no es una novela fracasada, no es la ficción que quedó sin completar". Esa apreciación la vertió Borges y la recoge la nota previa de "La lengua es fascista" (Huerga y Fierro editores, 2017) escrito por Juan Calabuig y Justo Serna, y que Juan ha querido que tenga. Las tramas novelescas emulan a la realidad, de alguna forma la duplican, la escudriñan, la abren a la busca de un significado válido que merme o cancele las incertidumbres de vivir, pero a la poesía no le interesa recrear la vida: lo que el hace es acometer el juego de intrigarla, sacrificando el cálido cobijo de la razón en beneficio del caos, de la pérdida, de la herida abierta por la que el lector muere y renace en un mismo verso. Y es verdad que los poetas renuncian a entender la vida: se pierden en la boscosa impostura del verbo, se alistan en el ejército de esa oscuridad de la que nacen después todas las luces posibles. Yo me contento al decirme a veces que no entiendo la realidad. Cómo podría. Por fortuna, se me escapa, se aleja conforme más creo arrimarme a ella. Acabo recomendando el libro al que aludo. En su lectura ando. Feliz, arremolinado de ficciones y de jardines de senderos que incansablemente se bifurcan y se bifurcan y se bifurcan... 

2.4.25

Como un abrazo de las nubes



Tomada como una contrariedad, la edad es siempre cosa de otros, no nuestra. La mía no se resiente si me la echan en cara. No es que la lleve bien, sino que ni se me ocurre llevarla mal. Lo que no tengo es conciencia de que todos esos años sean de mi propiedad. Algunos, los más antiguos, se me van descabalgando, adquieren la sustancia de la sombra, se afantasman, pero la memoria obra sus prodigios y extrae de ellos su parte hermosa, la que todavía cuenta. En realidad, no sé cuáles fueron de verdad míos. Andan algunos muy a la deriva. Como si otro los hubiese llevado encima, no yo. La felicidad es una propiedad prestada. Se tiene, se suelta, se aleja, regresa. Todo es bucle. Feliz bucle. Hasta en un solo día es posible comprobar esa montaña rusa formidable de estados de ánimo. Uno cumple años sin que intervenga la voluntad de hacerlo. Los años se persiguen, los días se acumulan. Qué jolgorio, qué precipitación de cosas, qué de alegrías y de penurias, qué bien, qué mal. No hay nada que nos distinga  de quien ayer era un día más joven. Al tiempo se le encomiendan las cosas que nosotros mismos no nos aventuramos a hacer, pero soy feliz hoy. El de ayer, festejado, fue un día bonito. Uno cumple años a veces sin percatarse de que los está cumpliendo, no sé si me explico. En esa comisión del tiempo, se congracia el espíritu con la incertidumbre, que es una forma de la felicidad. Y no saber y no querer que nos expliquen. Como una metafísica doméstica, sin pulir. Como un abrazo de las nubes. 

31.3.25

La virgen blanca

 No sé si es respeto lo que le tengo a a la página en blanco. Lo único que temo es no dar con qué ocuparla. Las muchas veces en que he franqueado ese temor (no es temor en sí, es inquietud, también sobrecogimiento y gratitud) he adquirido uno de los más placeres mayores que conozco: el de vaciarme en la escritura o el de, paradójicamente, llenarme mientras me voy desvaneciendo en ella. Al final del texto, cuando la palabra ha sido alojada en el lugar que se le ha asignado, me encuentro felizmente armónico: el aire (loco) danza en mis pulmones, la sangre brinca (loca) en mi corazón, advierto el sentido de mi existencia. 

Suelo escribir atropelladamente, no consiento que la idea a la que debo hacer salir se demore en demasía, preciso que surja. Más que nada, lo que anhelo es deshacerme de ella. 

La orfandad del que escribe se parece a la de ese mismo aire o a la de esa misma sangre. Los pulmones ejercen su trabajo estajanovista: los músculos intercostales y el diafragma se contraen, el aire entra en ellos. Escribir vendría a ser expirar, relajar esos músculos, permitir que el aire salga. El corazón es también un órgano perseverante, demos gracias a Dios por esa costumbre: cada flujo de sangre que ocupa las válvulas maniobra con ciega obediencia hasta que la arteria aorta la precipita al resto del cuerpo. Escribir vendría a ser bombear, cada palabra podría ser un latido.

 Nunca me ha intimidado una página en blanco. Bien al contrario, me ha conmovido su ofrecimiento. Quien no la ha cortejado, no tiene ni idea de lo promiscua que puede llegar a ser. Es insaciable, puede extenuarte, colmarte, hacerte sentir vivo como pocas disciplinas de los sentidos, tiene la virtud de no tener virtud alguna o, si se prefiere, se deja hacer lo que te plazca, es la lascivia pura, no sabe contentarse, querría que únicamente existieses para que te volcases sobre ella y la agasajaras sin interrupción. No es ella de adular a quien se arroga el papel de amante y la cubre con la entera extensión de su alma. Aquí el cuerpo es irrelevante, es un estorbo, no cuenta nunca. Entre tener algo que decir y decir algo está la clave para que el amante esté siempre atento a sus requerimientos. Yo creo que soy de tener algo que decir, pero a veces me he visto diciendo algo, no pensando más de la cuenta en el propósito de lo dicho. De hecho, más que decir, prefiero recurrir al verbo contar

Si el amable lector se para a pensar un momento, advertirá que esto que lee tiene un sentido, avanza hacia un lugar, deja atrás otros, hace que parezca que al autor (hola, aquí estoy) le sobrevino algo que lo urgió a escribir. Ya saben: el aire bendito en el fuelle del pecho, la sangre gloriosa yendo y viniendo por su aprendida casa. Puedo asegurar que no es así en absoluto. No hay nada a lo que aferrarme para que la escritura fluya, yo me vacíe y usted se llene. Puedo asegurar también que nada de lo que yo aquí consigne debe ser apreciado, tenido en cuenta, considerado con seriedad, admitido a compartir una estancia con otros asuntos que en alguna ocasión hayan sido relevantes y dignos de recordarse y apreciarse, tenerse en cuenta, considerarse seriamente, en fin, ustedes ya saben. A veces sucede esto que estoy contando (o diciendo, no lo tengo claro del todo): es la escritura la que impone su criterio, no algo mío que la haga comparecer y sugerirme la posibilidad de que es completa propiedad mía. Qué va a ser. En el momento en que el texto concluye, dejo de pensar en él. Si me da por concederle una lectura, es de otro de quien pienso que procede. Mi responsabilidad es casi nula. Mi labor es una intermediación entre la nada y lo que quiera que haya cuando la nada se desdice y fluye. Creo que es la segunda vez que uso el verbo fluir. De no haber flujo, no habría escritura. De no haber ciega obediencia (como la del corazón, como la del pulmón) escribir sería un acto parecido a cualquier otro, pero es un acto único, no hay otro que se le parezca. 

La primera vez que alguien escribe algo (a Borges le gustaba decir: lo impone a la realidad), quiero decir algo con intención literaria, siente una epifanía singularísima. De ser yo alguien creyente, diría que es Dios quien ha confiado su elocuencia en nosotros y ha hecho que los dedos se muevan sobre el teclado o la mano sobre la hoja. 

Ahora iba a escribir algo sobre la benefactora costumbre de manuscribir, pero temo que abriría un melón nuevo, cuando todavía estoy calando este. No creyendo, albergo la esperanza de creer algún día y recibir la noticia de los porqués de la escritura de primera mano, nunca mejor dicho (o contado o escrito, las palabras pugnan, algunas acaban logrando cierta preeminencia). Vendría Dios y me susurraría al oído: "Hola, escritor, he venido a aclararte algunas cosas, déjame que empiece por el principio". Y el principio no es la página en blanco, me diría. Ni siquiera la necesidad de expresar algo (he omitido contar, decir, escribir adrede, no sé por qué de pronto esa preferencia léxica) o de vaciarte o de llenarte. Sería un misterio el principio, un destello, una reverberación, un clic. 

No podemos saber nada de los motivos. Cualquier conclusión fiable se desvanece cuando otra más ardorosamente la reemplaza. Porque es el fuego el que dirá cuándo apremiarnos a escribir a los que escribimos. Yo mismo he sentido esta tarde su calor. Como un dios, como en un sueño, el fuego me ha hablado: "Hola, escritor, haz lo que debes, no salgas a pasear, no hables con tu mujer, no veas más televisión, abre el ordenador, busca el procesador de textos, mira la página en blanco, escribe". Antes de que nos invadieran las máquinas, el fuego pediría que se escribiese en la pared de la cueva o en la arena de la playa o en la piel. 

En el glorioso momento en que un cortesano chino llamado Ts'ai Lun pensó en abandonar el bambú y la seda y encontrar un soporte más duradero para escribir (gloria al papel, gloria eterna) el hombre intimó con los dioses, los tuteó, vio que podía crear, convidarse de lo real para transcribir lo real, empaparse de verdad para mentir con desempeño. Yo llevo años escribiendo a diario y sigo sintiendo una punzada novicia cada vez que afronto la página en blanco. No me creo un dios, pero lo soy, en cierto sentido. Cualquiera que imponga a la realidad lo que no estaba en ella lo es. Cualquiera que se arrogue esa empresa, la de escribir, es alguien que se ha desentendido de sí mismo para entenderse mejor. 

Se va del dolor a su alivio, escribí una vez. El pecho henchido, la voz tremolando en el aire o en la sangre, el corazón y los pulmones en el compromiso de cubrir su cuota de asombro. Locos. Escribir salvará de algo, supongo. Patricia Esteban Arles (estupenda escritora, léanla) imaginó que escribir es nadar a solas. Que el agua y la hoja en blanco te llevan en brazos. En volandas, añado yo, o ya lo hice, no recuerdo. 

Escribir es también una forma de hablar sin que te interrumpan. Alguien lo habrá dicho (o contado o escrito, permitidme el rizo semántico), pero cuadra ahora. Vila-Matas constata que los escritores "acaban solos y acaban mal". quién no. Bolaño decidió ser escritor "en un instante de locura total. Escribir no es normal, no creo demasiado en la escritura. 

La literatura es un ejercicio aburrido y antinatural. Los escritores no sirven para nada. La literatura no sirve para nada. La literatura se instala en el territorio de las colisiones y los desastres, en aquello que Pascal llamaba, si mal no recuerdo, el paréntesis, que es la existencia de cada individuo, rodeado antes de nada antes del principio, rodeado de nada después del final". El texto (sacado de Bolaño por sí mismo) añade que "en la literatura es casi imposible mantenerse a salvo. Todo mancha". Y lleva razón. Claro que mancha, claro que escribir no es normal, claro que sí a casi todo, pero discrepo en lo de que la literatura no tiene utilidad alguna. A mí me sirve. 

Con fortuna o sin ella, apreciando únicamente la estadística, esto es, el número de palabras que escribo al cabo del día y que me hacen declararme escritor, yo escribo para ser feliz. Me salva, me hace mejor persona, me ayuda a elevar la cumbre penosa (a veces) de los días. Todo lo que hay alrededor mío y más aprecio (mi mujer, mis hijos, mi biblioteca, mis amigos, mis discos, mis películas, mi colegio, mi cerveza) cobra sentido cuando me lo cuento en un texto. No sabría vivir si no escribiera. En el fondo, es penoso eso. Creo que se vive mejor sin que esa voluntad exista. Bastaría leer. Ni leer, si me apuran, garantiza una vida mejor, pero yo amo una página en blanco. La he amado siempre. 

Una mosca en un patio

Al ver ayer a mediodía la primera mosca en el patio, pensé en su desocupación, en el trabajo de ser mosca. Daría igual rana (vi este sábado en la desembocadura marbellí del arroyo Guadalpín unas cuantas que me fascinaron) o un volandero pájaro. Nosotros no somos de ser moscas o ranas o pájaros. Tenemos remordimientos, tenemos ese invento de la culpa alojado en las mismas meninges. Se hace uno a aplazar las cosas, y luego, al acometerlas, se tiene la impresión de que debieron hacerse en su tiempo, no después, cuando acuden las prisas y no hay apetencia ni empeño en que salgan bien, sino prisa y desgana. Cunde la apatía, también el miedo a afanarse en algo y, sobre todo, la certeza de que dará igual hacer o no hacer, empezar algo y no acabarlo o ni empezarlo siquiera, que la vida va a continuar y ese encargo no cambiará su trayectoria, ni habrá beneficio o perjuicio nuestro. Mucho de lo que nos duele proviene del hecho incontestable de que no sabemos bien lo que queremos o que, una vez querido, alojado el anhelo cierto de que será bueno lo que deseamos, su apropiación es irrelevante. Si he estado bien sin tenerlo, podría pensarse, a qué urgirme a conseguirlo. He aquí la verdadera enfermedad de estos tiempos. No hay medicamento a mano que palie sus efectos ni prevención fiable que los aleje y evite que nos contagie. Tal vez estemos hechos de esa despreocupada pasta, la de que hagan otros y yo tenga mi esparcimiento y mi disfrute sin que nadie me reclame ni apure a que corra, que es malo moverse o involucrarse y sólo trae quebranto ir y venir, cuando es mejor estarse quieto, no darse por aludido, concederse un abandono, quedarse en casa o salir a propio antojo, sin recado en que ocuparse, como una mosca en un patio. Esa apatía hace que se irrite quien está en movimiento, es cosa vista muchas veces. Quien anda trajinando, en ese vértigo, más percibe la indolencia ajena. Al gandul le parece escandalosa la brega. En todo caso, el vago se inclina a cancanear, que es en estas tierras ir de un lado a otro sin propósito, sin oficio ni beneficio, decía mi abuela. Como la mosca en el patio. En el cancaneo hay matices aristocráticos y es asunto propio de individuos a los que se les ha retirado el imperativo (la perentoriedad, la urgencia, el vamos mismo) y todo lo realizan con dulce demora, retardados y felices, suspendidos en la comisión del cumplimiento de algo, pero sin llegar a abordarlo, no sea que los violente o cause alguna afección de la que no puedan librarse y caigan en desgracia o malogren cometidos de más noble hondura a los que están (ellos no lo sabrán con certeza) impelidos, secretamente conjurados. Es época de apáticos, que es término menos lesivo que holgazán o haragán. Hay que cuidar el lenguaje, no vaya a sentirse alguien nombrado, zaherido. Quién no ha deseado el ejercicio de la zanganería. Ayer domingo, en ratos, la ejercí yo, falta hacía. Vuelvo a traer a esta consideración semántica de hoy lunes a mi querida abuela, que tenía una palabra para cada cosa y bien hermosas que esas palabras eran. La zanganería era preciosista vocablo suyo traído siempre que, estando ella en faena, descubría a quien despachaba el tráfago de las horas en despreocupada figura, confiado al albur de la nada. Pienso en ella de vez en cuando. La de cosas que se le ocurrirían si estuviera por aquí y tuviese oportunidad de ver en qué desidia de tiempos andamos. Tengo que traer más a mi abuela a este rincón cibernético. Da juego.

30.3.25

La realidad de la ficción

 A mí me gusta mucho Vila-Matas. Hasta cuando no me gusta, en esos valles de mansa medianía, me parece un escritor admirable, un urdidor de ficciones portentoso, alguien dotado de un músculo narrativo único. F.C. me dijo: es un escritor de escritores, más que de lectores.  Publica en estos días "Canon de cámara oscura". En una entrevista sostiene que anhela crear una novela sin trama, en la que se mezclen todos los géneros. Qué bien propósito. Escribir a ciegas, sin conciencia del lugar al que nos dirigimos. Porque somos dos, al menos en mi caso: el yo que no tiene necesidad alguna de leer o de escribir y el yo determinado a esas dos actividades con absoluto arrojo. Ha sucedido ya que ambas entidades (parezco un alien o un fantasma) son indistinguibles. Hace Vila-Matas artefactos metaliterarios, es decir, escribe sobre la escritura. Creo que no se precisa esa voluntad: ella irrumpe, arrima su decir ontológico. Me agrada pensar que la novela es una extensión de la vida. No creo haber sido original. Muchas de las que he leído han creado en mí la perdurable sensación de que la realidad es indistinguible de la ficción. Que ambas se anudan o se ensamblan o una se guarece en la otra y se confunden. Que sea el mismo el cuerpo inventado que el real. Los dos vez lo sean, qué sabremos de eso. Leer timonea esa pesquisa dilucidatoria. Hay días en que, si leo poco, creo que vivo menos. Y la realidad, aun vasta, queda corta, y la ficción, infinita, me asiste en gozo, me da cobijo. 



29.3.25

El día de la armonía

 Hay personas a las que nada más conocer se les concede la más alta estima. Se festeja esa concesión festiva, hasta se alardea de ella a terceros, por el placer de expresarla, sin que se busque confirmación ajena ni aplauso. Por expresar un estado del corazón. También sucede a la inversa y es el impresentable el que conoces, y callas para que no prospere el malestar que te causó. Se prefiere no caer en ese regalo, el de duplicar lo molesto, no difundiendo nada de cuanto supimos, ni dando vuelo a quien te perturbó. Es más sano hablar de la bondad, hacer alarde de los que nos agradaron, evitar en lo posible dedicar tiempo a difundir el lado dañino. Así el mal no tiene recorrido, no hacemos de transmisor de su discurso enfermo. Hasta sienta bien hablar únicamente de lo bueno. Nota uno que respira mejor. Aprecia el aire dulce. Se sonríe a lo bobo, no teniendo noticia fiable de la causa de nuestra repentina alegría, pero convencido de que le ha sido confiado una noticia preciosa, una especie de confidencia que nos enriquece.La bondad debe incluso hacernos más longevos. Damos los buenos días a los demás con agrado porque una parte de ese saludo la guardamos nosotros y nos conforta. Nos damos los buenos días a nosotros mismos.  Cedemos el paso o damos las gracias en la absoluta convicción de que somos nosotros los agasajados, los invitados al festín de las buenas maneras. De las otras nada queremos saber, no nos conciernen, se las deberían desoír, no darles ni crédito ni asiento. Cuanto más se repiten, más verdad poseen; si se omiten, cuando se silencian, se les cancela la posibilidad de que se explaye su mensaje (se viralice, dicen ahora). 

No siempre puede uno cumplir esta condición. Hay veces que nos sobrepasa la mala educación ajena, la que en ocasiones también es nuestra. Caemos en lo que criticamos, se da con infortunada frecuencia esa circunstancia no buscada, ni alentada. Cuenta la concurrencia favorable, de la que nos abastecemos, con la que se avitualla el alma. En estos tiempos de zozobra espiritual (no es religiosa mi observación) deberían prestigiarse las buenas formas. Ellas nos salvarán de la barbarie y de todas sus malas franquicias cotidianas. Ellas harán que no proliferen los odios. En ellas depositamos la esperanza, que es un trasunto de la felicidad. El día de hoy es festivo, es el día de las buenas maneras, el día de la confianza en la esperanza, que también es una extensión de la armonía. Así he querido que sea. Se emplea poco la palabra armonía. Hoy es el día de la armonía. No voy a nombrar a Trump o a Musk o a Putin o a todos los adalides de la mala educación. Si fuera únicamente eso. Hace tiempo que me he encomendado la tarea de escribir sobre lo que me gusta. Por eso ayer por la mañana, yendo al colegio, le dije buenos días a una señora mayor que se me cruzó. Ella se paró, me miró como el que mira a un hijo y sonrío como si le hubiese alegrado el día. Fue a mí a quien se lo alegró. 

28.3.25

Retrospectiva


Una bonanza antigua 
llena en ocasiones el sueño. 
Fuegos de artificio sublimes. 
Rumor de sábados muy dulces 
en las calles de la infancia, 
nombres de cosas que nunca nombra
la vigilia de las palabras,
el vértigo de los días, el duro
almíbar de la sangre.

El matrimonio secreto


Dante dejó escrito para su Beatriz que el amor mueve el sol y también las estrellas. Incluso el poeta menos inspirado tendrá su modo de entender la razón primera de las cosas, la que hace que todo pugne por ocupar un espacio en el cosmos y conspire para que la luz triunfe y la armonía engulla al caos. Solo hay que fijarse en algo tan sencillo como el hecho de que dos personas se casen. Hay quien lo hace todavía, da igual la manera en que se refrende y dónde. La sencillez proviene del hecho de que compartan sus vidas. En esencia es esa la prueba que asienta la existencia del amor, la de que dos personas decidan que el resto de sus existencias van a estar juntas y de que todo lo que suceda les sucederá a los dos. Suele recordar aquí, en este elogio que a veces me viene, la cita de Woody Allen, en la que sostiene que el matrimonio es una carga tan pesada que, en ocasiones, para sobrellevarla, hacen falta tres. Este no va a ser el texto en que se detallen la bondad o la maldad del matrimonio. Tiene lo que tiene la vida: el mismo peso de felicidad y de tragedia, idéntica porción de belleza y de fealdad. Este es el texto en el que el autor se maravilla de la consistencia del amor cuando acaba de nacer, ese enamoriscamiento, palabra que volví a encontrar en "El dios de la luz eléctrica", la novela maravillosa de mi amigo José Luis Martínez Clares de la que ayer di cuenta. No creo que haya nada más firme que esa voluntad de fascinarse por el otro y de hacer que todo gire bajo el hechizo de esa manifestación pura de dependencia. El enamoramiento, al modo en que sucede la fe, carece de un protocolo, no es posible adiestrarlo, no se puede administrar, ni forzar. Va a su antojadiza bola y no valen estudios sesudos ni ecuaciones. 

El amor y la fe son tal vez los dos hechos incontestables de la locura del alma humana. Nos enamoramos o sentimos la llamada de la religión sin que podamos verter argumento alguno que justifique ambas decantaciones del espíritu. Recuerdo una canción de Sting que habla de un matrimonio secreto. Lo son todos, en cierto modo. Funcionan en privado. Existe uno público, el de la pareja que funda un hogar y sale a la calle del brazo y compra en el súper el viernes o lleva a los niños al médico cuando enferman. Luego está el íntimo, el privado, el matrimonio secreto. De ese hay una literatura riquísima. Sucede puertas adentro, respira corazón adentro, en la intimidad portentosa o atroz del salón de la casa, donde no hay música de Brahms o las ocurrencias cosmológicas de Dante. No importa qué tipo de pareja sea, ni qué tipo de familia construya. Lo que me parece extraordinario de verdad es que perduren en el tiempo y se amen cuando la vejez les hace flaquear y empiezan a doler todos los huesos, los huesos del cuerpo y los del alma juntamente. Es de una ternura asombrosa la visión de la pareja de ancianos cogidos del brazo, paseando o yendo de compras o regresando de casa de los hijos, que acaban de casarse tal vez o les han anunciado que ya no es posible ir más lejos y separan sus vidas y empiezan de nuevo. El amor es no empezar de nuevo o quizá empezar de nuevo diariamente, pero sin cambiar el decorado del tránsito. Da igual que la fotografía del casamiento sea de un gris que da pánico o que el novio, por impericia del fotógrafo o por una pericia absoluta, no se vea del todo y esté tapado por el volumen de la novia, que mira las flores y piensa probablemente en qué hará con ellas o en si la tela del traje, tan mimada, acabará estropeada por lo abrupto o lo sucio del terreno. No importa, se dirá en sus adentros. El sol se mueve por lo que hago y, a su par, en danza, hablan las estrellas. El amor es el que escribe todas las páginas memorables. Las otras, las que no merecen elogio, no hacen que el sol brille en el cielo y la luna vigile el acecho de la oscuridad en la noche. Ahí es cuando acuden los días huecos y el corazón envejece. Tengan un día de amor, no se cohíban, abrácenlo, agradezcan que comparezca, bésenlo. 

27.3.25

El dios de la luz eléctrica / Las palabras de la memoria

 



Es a la memoria a la que se le debe rendir el mayor de los agradecimientos. Como no podemos cartografiarla con la pulcritud anhelada, aplicamos en su cuerpo voladizo la bondad de la ficción. No hay recuerdo que no esté entretejido por los hilos de la fabulación. Incluso los más leales, esos de los que tenemos una certeza fiable, se arrogan cierta querencia a que maniobremos en ellos y les demos un apresto robusto, uno que abone la restitución de un tiempo que us no está. Lo que hace José Luis Martínez Clares al escribir "El dios de la luz eléctrica" es oficiar una liturgia pagana, una especie de ejercicio de resucitación (permitidme traer la palaba que él mismo suscribiría) cuyo propósito no es nostálgico (también eso lo registra en la novela), sino testimonial o probatorio de un mundo desaparecido, tal vez suyo propio o de quienes decidió incorporar a la realidad, aunque esa circunstancia, la de que podría ser de sí mismo de quien narre, no tenga mayor relevancia. Porque la historia que leemos es la de cualquiera, el trazo casi periodístico (y lírico y simbólico) con el que manufactura (dejadme ahora usar el sustantivo artesanal) la trama podría provenir de cualquiera, ser parte de la historia privada de cualquier familia o la crónica de una época, varias serán, que devino en esta. 

Siempre pensé en que en una novela cabe todo. Su virtud más sólida es la de confirmar la benevolencia de la palabra para perseverar en el tiempo y declarar la prosperidad de su uso. El mérito de esta novela, uno de ellos, más tarde haré cuenta de otros, es el fijar un léxico precioso para armar el alambique de lo que debe contarse. La decantación de la trama es limpia, avanza con respeto, se esmera en traer vocablos en desuso, convocados con escrupuloso tacto. Martínez Clares escribe un español limpio, respetuoso, al que afinca registros locales, realizaciones semánticas de una más que pensada participación en la construcción de la trama. 

"El dios de la luz eléctrica" es un prodigioso artefacto literario cuya primera encomienda es la de arrogarse el oficio de albacea de un tiempo y de un lugar. Interesa más ese bosquejar un contenido sentimental que fijar un continente, aunque el mapa que se traza es del siglo XX y hay en ese dibujo un recorrido por la intrahistoria de España, por sus penalidades, por sus alborozos, pero qué bien se ensamblan esas dos instancias, la de la emoción y la de la crónica, con qué talento narrativo José Luis elige la forma y urde el fondo. Tiene dentro una codicia secreta, revelada sin florilegios extraños, exhibida con tesón (qué de cosas cuenta, cuántas calan) y, finalmente, dejada a su aire, confiada a que la propia sensibilidad del lector extraiga las enseñanzas y convenga en qué lugar de su memoria (la personal, la literaria) las depositará. Es una novela de la memoria que apela a que se la respete. También un delicado retrato de una España sin cerrar todavía, aunque ignoro si cerrar un país haría que urgiera olvidar lo que padeció para que se forjara otro .

El narrador es de obituarios, un decantador de muerte, pero no hay tragedia en esas defunciones tristísimas, en ese paisaje de negrura y de olvido. Nunca se recrea en enterrar, sino en exhumar. "Una precaria técnica de resucitación", arguye. Todos esos muertos cuentan y hablan, se enseñorean por la vida que abandonaron, hacen que valiese la pena trasegar los días que se les entregó, alguien se ha obligado a perseverar en la ausencia para que los recuerdos impongan su bruma y su sangre a la realidad, que será siempre espectral, igual que su anverso, todo ese tiempo perdido, imposible (no creo que imposible del todo) de recuperar. Qué de espectros surgen. Fueron fantasmas perseverantes, de los de fatigar las tardes en El cielo (que está en la canción de Lapido que da título al volumen) o en las calles, en la conversación de quienes los conocieron más tarde, cuando cumplieron su plazo en la tierra. El de Thaddeus Gadly, eminencia del jazz, el de las mujeres ancianas que vivieron para los demás y, a veces, por probarse, para sí mismas, con escaso desempeño. Así de duros fueron aquellos años. Lo serán todos, imagino. No cito decenas de personajes, darían para tres reseñas  

He dejado la idea de que José Luis Martínez hace de su voz la voz de muchos, pero hay de la suya suficientes huellas como para extraer la idea de que le toca en lo íntimo lo que narra. Su herencia, su Almería. Hace un descenso a las raíces. Igual que sus personajes. Que su Carolina, que su Europa, que su Barrabás. Todos fluyen con el rigor de quien, al traerlos de nuevo a la vida, imprime un sesgo amoroso. Porque hay amor en lo contado, hay desvelo por arrimar el afecto mayor a las palabras (y lo que las palabras urden) para que el conjunto (la trama, la hay, espléndida, lenta y segura de su desempeño) avance con sobriedad, con intimidad también. Parece que se nos contara a nosotros, no a nadie más. Como si el autor, eso me parece de verdad un acierto, hubiese dado con un recurso espléndido: el de la cercanía, el de contar para alguien concreto, a quien conoce. Para ti, para mí. Las fotografías de las que se vale el novelista , las que hizo Caravaggio (el apodado, no el conocido) las precisadas de la luz de los ojos, las que hacen que la novela exista,  y repito: es de imágenes su aliento primero; también de palabras que convocan imágenes que se ven, que son accesibles y podemos olerlas, sentir que estamos en la Estación de Francia o en el campo antiguo de los años pobres o en los tiempos turbulentos de la infame y cruenta guerra y los aviones acaban de emborronar de odio el azul del cielo. Ah, y la fotogenia es cosa del retratista, dice Caravaggio.

Hay que dejar consignado aquí lo bien escrita que está la novela. No una escritura encantada de conocerse, primorosa sin motivo, de alarde privado, sino la escritura puesta al servicio de la historia. Se regocija el lector en el vocabulario llano, en el poético, en el meramente inductor del caudal de los recuerdos que invoca. Toda ella es invocación. Las calles de la niñez se cuentan como si el tiempo no las hubiera convertido en otras calles. Porque no son las mismas y, sin embargo, el narrador niega el tiempo (esa es también la virtud de la literatura) y hace que suenen o que giman o que el que las mira por primera vez reconozca lo que fueron, cuanto ha sido cancelado por la intemperie del tiempo, que es un juez y un cabrón de cuidado. Martínez Clares es el desempolvador, permitidme el sustantivo: disfruta con adecentar lo que los años desasearon. No solo los recuerdos, sino las palabras de los recuerdos. Y él, el narrador omnisciente, misericordioso, demiurgo de un ecosistema abocado al olvido, el Joseluis con el que la madre le llama (con casi cincuenta años y un par de hijos en el libro de familia), intima con la eternidad, entierra y desentierra, abre y cierra, da y quita, hace que la realidad no sea una circunstancia temporal (hoy, aquí) sino algo mucho más enternecedor o didáctico (ayer, allí), y su regreso al pueblo, cuando la pandemia se relajó, cuando la memoria imploró que se la agasajara, se convierte en un recado ineludible: el de sucumbir a la devoción del terruño, el de acariciar los árboles de la niñez, el de pasear el paisaje de la mole volcánica (en todos los sentidos) de Gata, ese territorio mítico, el de todas esas regiones imaginarias, como Macondo o Comala o (dejadme ahora que me explaye) la Ínsula Barataria o la innombrable (cómo podría decirse sin titubear) Yoknapatawpha. 

La imaginación es a veces más verosímil que la realidad. Sin ella, cómo podría haberse fraguado la investigación narrativa, que tiene su poso de pesquisa policiaca o forense. El novelista es un declarado interventor, un funcionario fértil, un cronista aventajado, alguien que sabe mirar a la muerte y dar luz al oscuro silencio de los muertos. Esa es la consigna del que narra cuando “no queda nadie a quien preguntar”. Tal vez no se deba escribir "de oídas", pero sucede que no siempre disponemos de los testigos, todos los que conocieron de cerca, los que escucharon y recordaron, los que supieron y guardaron. De ahí la encomienda del escritor, no sabremos si el propio Martínez Clares o el narrador buscado, al que se le dé el recado de contar. Ahora lean, no hagan como yo, que tardé en abrirla y en sumergirme en ella. Ahora eso no importa. El viaje ya está hecho y se disfrutó. 

26.3.25

Lo

 

 Por la gracia de la palabra, comido 

por la fiebre de lo inconsútil, 

de lo libre de fragmentarse, 

acudo a lo evanescente. 

Me congracio con lo etéreo, 

me sustancio en lo sublime, 

distingo entre lo mucho lo único 

y con arrobo novicio lo flipo. 

El camino largo

  Creo que los poetas eluden entender la realidad. Manifiestan incógnitas, abren zanjas a las que caer, ofrecen extravíos. Como Cavafis  en ...