27.3.07

TIME : Reloj, no marques las horas



En un cuento de Benedetti, muy resumidamente escrito, un hombre encuentra en una mujer lo que no encuentra en la suya. Esta infidelidad no es tal porque en realidad es su propia mujer la que se ha tirado a la calle y se ha convertido en quien la suplanta. La Maga de Cortázar ( Rayuela ) viene a decir que "Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos ".
Este juego de identidades da pie a una comedia y también proporciona suficientes elementos para construir un melodrama o un thriller. En este caso, el coreano Kim Ki-Duk ejerce su derecho a facturar un film metafórico, levemente entristecido, comedido en sus concluciones, pero lírico en su desarrollo.
Esta historia de celos enfermizos se escribe con materiales ya conocidos. Balzac o Zola ya habían perfilado la angustia del ser humano ante la impotencia de no encontrar el amor del modo en que cree que el amor debería encontrarse. Con todo, Time no es un novelón decimonónico ni un melodrama a lo Sirk: su naturaleza ofrece una más ambigua evidencia, la del tiempo cercando las pasiones, la del tiempo resquebrajando la belleza y varándola en un limbo impreciso de emociones entre lo rutinario y lo cómodo. Y sus protagonistas son seres enlimbados, permítaseme, sujetos de un destino invariablemente canalla que opera al margen de las consideraciones morales o filosóficas de sus afectados.
La mujer que modifica su rostro y sus maneras para volver a engolosinar a su amado no es un canto nuevo: tiene Time rasgos de tragedia griega, abundan los diálogos ( cosa nueva en el director de la hermética Hierro 3 ) y el fluir de los acontecimientos remite a modelos clásicos, planeados bajo patrones ortodoxos, entendibles siempre, sujetos al timón cartesiano de la lógica. Esa novedad, digna de aplauso en un director como Kim Ki-Dak, tampoco ( no crean ) entusiasma. No hay nada aquí que chirríe, aunque tampoco hay bellos arpegios, subidas en la musicalidad ramplona del conjunto. Los simbolismos de antaño han sido ahora reajustados a la disección naturalista de la psicología de unos personajes siempre escorados a los extremos de la balanza. Como esas estatuas del parque que representan el amor y el dolor, los dos puntos más alejados del espectro de las emociones.
A Time la pierde un punto de inverosimilitud que, en absoluta, deja abolido el interés, que sobrevive gracias a un montaje práctico en donde no hay nada superfluo y todo se engarza con sobria eficacia.

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