30.11.19

La representación del mal



Del cine se extrae la romántica idea de que se puede morir por amor y hasta matar por amor. Luego la realidad malogra el romanticismo y nos informa de que hay gente descerebrada que mata por cualquier cosa; lo hacen en nombre de las banderas o por palabras escritas en libros que tienen miles de años o por mero acceso del antojo, sin que intermedie un plan, por desatinado o retorcido que sea. El cine es siempre un territorio sagrado, sagrado e idílico. Amamos esa fantasía inverosímil en la que no se registra lo real sino su permuta por lo fantástico, por lo irracional a veces (que haya dragones, vuele un hombre con una capa o un ratón explique lo feliz que es por encontrar el escondite del queso) o por lo deliberadamente inverosímil. Libramos con el cine una batalla amable en la que no nos incomoda que nos hable un cadáver al que vemos infelizmente en una piscina (Sunset Boulevard, El crepúsculo de los dioses) y relate la travesía que terminó en su defunción.
Miramos con cierta bondad el formidable personaje de Thomas Harris, ese Hannibal Lecter patológicamente dotado para el mal, carente de escrúpulos, un sociópata culto hasta límites místicos, capaz de rebanar un cuello mientras escucha las variaciones Goldberg de Bach, sensible en un extremo asombroso, pero hechizado por esa maldad a la que se entrega y por la que nos hacer sentir extrañamente culpables. ¿Nos gusta Hannibal Lecter? Quizá nos guste porque lo que vemos es una representación del mal, un simulacro balsámico, una especie de demonio muy lírico que no siente remordimiento y que ha leído a los clásicos y sabe que Medea mató a sus hijos, aunque los mitos, incluso los griegos, viven en otro simulacro, en un limbo narrativo, en una apariencia impostada de la que la cultura de los siglos ha extraído enseñanzas y ha alentado religiones. Queremos ver lo que la realidad nos priva. Existe una inclinación natural por hocicar en lo clandestino, por ser un voyeur con coartada. La literatura, toda entera, es un ejercicio lícito de voyeurismo legitimado. El cine, todo entero, es un ejercicio de una depuración distinta, fermentado en odres de más inmediato encanto, pero lo que se madura en ambas es la rendición pública de un privacidad a la que en principio no tenemos por qué tener acceso alguno.
La misma representación erótica, incluso la pornográfica, se ajusta a ese deseo sublimado en el libro o en la pantalla. La estrategia discursiva del porno prescinde de toda la experiencia cultural del espectador y apela a la no-ética, al disfrute visceral puro. En lo impuro, en lo más carnalmente pagano, en lo que no posee conciencia ni existe más allá del objeto sublimado y perfecto, está también la raíz del cine, todo ese carrusel enfebrecido de ficción y de industria. Queremos ver lo que no la realidad nos priva. Lo clandestino. Lo perverso. Lo malo por ser malo y por no tener oportunidad, de buenos que somos, de asistir a su desempeño. El voyeur de hombría izada por el fornicio de los demás es la representación canónica del espectador en su grado cero. De él, de ese destinatorio sin alma, sin espíritu al que alimentar, se extrae la escasamente romántica idea de que se puede morir por el sexo y hasta matar por el sexo. No hemos dejado de hacerlo desde tiempos inmemoriales y no vamos a dejar de hacerlo hasta que la casa tierra reviente. La violencia, incluso la estilizada, la que se acomoda a los discursos de quienes la detestan, también se deja querer por los vértigos de la ficción. En Perros de paja existe un mal larvado que explosiona cuando se le busca. Puro Peckinpah. El corazón tiene razones que la razón no escucha, dice el maestro. Yo sigo apasionadamente enganchado a que me cuenten cosas. Mi corazón tiene razones que la razón ni conoce. Se van los dos sobrellevando y aquí ando yo, escribiendo sobre lo que me gusta, creyéndome las mentiras que me cuentan.
En cine no soy laico. En literatira, tampoco. Soy de los que celebran los misterios al modo en que los hacen los creyentes cuando se postran ante sus dioses. Igual que hoy canonizan a dos padres de la iglesia, con pompa y con gran aparato mediático, yo canonizo a diario a mis santidades del celuloide o de la literatura o de la música. Tengo altares ante los que me postro, santuarios que cuido, a los que aplico el esmero que a veces ni me aplico a mí mismo. Los míos, mis santos, no son trascendentes. O lo son tan solo mientras el metraje avanza. Cuando la trama concluye, se retiran. Sé que los tengo. Si no fuese por ellos, mi vida sería infinitamente más triste. Soy el voyeur, soy el espectador perfecto. Me trago todas las historias. Soy crédulo
por convicción narrativa. Soy Joe Gillis, escritor de segunda categoría, huyendo de mis acreedores, refugiado en casa de Norman Desmond, la diva del cine venido a menos o venida a nada, que malvive de su esplendor en la compañía de su fiel criado Max y de un viejo proyector que ilumina sus interminables noches. Terminaré muerto en la piscina y cada vez que se abra el telón os contaré mi historia. Será vuestra. Yo solo habré cumplido lo que se me encomendó, la restitución de una trama.

29.11.19

Talleres de poesía

Hace tiempo que no asisto a una de esas reuniones en las que se lee poesía sin orden ni concierto alguno, y ciertamente no las echo en falta. No hablo de las otras, las reuniones en las que se lee poesía con orden y con concierto, se entiende. Las habrá, tendrán su parroquia de amorosos hijos de la poesía, pero no he sido invitado todavía a esa congregación. No tuve la suerte de dar con ellas o no insistí con determinación. Asistí con cierta curiosidad a las otras  hasta que esa novicia curiosidad tornó hastío y salí sin hacer ruido, intentando no molestar, no dar explicaciones sobre las razones de mi fuga. Había ocasiones en las que resultaban placenteras, tenían momentos de alborozo poético y hasta guardo recuerdo muy agradable de invitados a los que no conocía de nada y a los que aprecié (y todavía aprecio) sinceramente, pero quizá no dimos nunca con la orientación lúdica, ni se produjo el entusiasmo convidado siempre cuando se hace algo y se desea que dure y, al menos, nos entretenga. Faltó la epifanía, la sublimación, el centelleo en los ojos y la locura en el alma cuando un poema adquiere el rango sobrenatural que a veces poseen y que no siempre podemos rasgar ni se nos muestra con frecuencia. No es que me incomodara escuchar los poemas de los demás, sino que me costaba airear los míos. Pensaba que la poesía, si se lee, precisa de una voz idónea, que la eleve y la convierta en algo sólido, incrustado en el aire como quien fija un clavo en la pared para colgar un cuadro. Lo relevante de esas reuniones de poetas no era la poesía, por desgracia. O lo era de un modo accesorio, de poco fuste, siempre zarandeado sin brújula ni propósito por circunstancias extrapoéticas del tipo "conozco a alguien que puede publicarme en...." o "hay un concurso al que voy a presentarme". Mientras los aspirantes difunden sus proyectos editoriales, yo iba haciendo amistades. Tengo guardadas algunas de esas reuniones fallidas. Buscaba el destello ajeno al vértigo de las letras. Convenía conmigo mismo que el único disfrute de aquellos eventos era la posibilidad de encontrar un alma gemela, un lector paralelo, una especie de yo escindido  que de pronto se reconociera en mí y se esforzara en agradarme al modo en que yo lo hacía. Un juego de prestidigitación, vamos. K. dice que era un excelente método para ligar, pero yo no he hecho eso nunca. Me han ligado o he fracasado en mis anhelos amatorios, en fin, no es ese el tema, ni tengo interés en que lo sea. Volvemos siempre a la misma vieja idea: escribimos para que nos quieran más. Lo de reunirse y hablar de letras es un asunto formidable, pero las más de las veces se habla de fútbol o de política. Las otras, las veladas poéticas de fuste, alguna ha habido, se desinflan a poco que pujan. Son aburridas, perdonadme todos los que disfrutáis de ellas, pero no he tenido la suerte, no he podido disfrutar con el mismo goce. Seguro que es cosa mía esa desafecto. No habré tenido el ánimo idóneo, será que no tengo paciencia o que no seré poeta de verdad. Ellos sí que lo son. Juro que he visto algunos entregándose con absoluto fervor en la recitación de un poema. Como si les fuera la vida. Y no es eso. La vida no está en los poemas, por más que me gusten. 

28.11.19

Las banales distraccciones del alma ociosa

No hay nada que esté a la altura de la ficción. La verdad, la programable, la que se registra y se estabula, no alcanza a la ficción ni cuando se esfuerza con más ahínco o cuando consiente que un poco de ella, prestada, la traspase. Amo la ficción casi por encima de todas las cosas. El mundo es también ficción. La vida que llevamos es una ficción a la que le damos carta de credibilidad, de asunto pesado, medido y gobernado. Buscamos a Dios porque la divinidad contiene trazas de ficción, grumos puros, sin cortar. Más que el amor, la prioridad es la historia, la narración. Todas las religiones se construyeron en base a esta premisa. Todas conmueven por el peso moral o el estético de lo que narran. Ninguna malogra la posibilidad de que los textos exhiban esa musculatura épica, de cuento infantil casi, con la que el espíritu se eleva y se deja traspasar de toda clase de ángeles. Luego está la realidad, aplazando toda especulación narrativa, imponiendo su trajín, mostrando sin pudor el tráfago de sus asuntos. Está tutelando todas estas banales distracciones del alma ociosa.

27.11.19

El día de los maestros




De algunos de los maestros que tuve guardo un recuerdo borroso, no me atrevería a hablar de ellos, por temor a equivocar mi juicio o por permitir que intervenga la nostalgia y les haga crecer y aparentar ahora lo que no fueron. No pensaré en ellos en esta ocasión, no lo hice antes tampoco. De otros, sin embargo, tengo un recuerdo que no ha sido rebajado por el tiempo, como si acabara de dejarlos hoy mismo y todavía escuchase sus voces en el aula o en los pasillos. Alguno me susurró al oído lecciones que han perdurado siempre. Me hicieron bueno, creo yo. Toda lo malo que después haya podido impregnar mi espíritu no ha borrado del todo esa bondad que me inculcaron. Lo de menos es que aprendiese mucho o poco o que mis calificaciones fuesen espléndidas, no viene al caso que lo fuesen o no. Que en algún momento de mi vida decidiese dedicarme a la docencia es, en parte, por ellos, por esos buenos maestros que cuidaron de mí y me llevaron de la mano y luego, cuando lo consideraron oportuno, me la soltaron. No sé si a quiénes he cogido yo de la mano y si alguno tendrá hacia mí el agradecimiento que yo les profeso a los míos. En esta ocasión es el alumno el que habla, no el maestro sobrevenido más tarde, feliz en su aula, convencido de que la escuela es su segunda casa, a pesar de en ocasiones duela el poco aprecio que se le tiene afuera y el descrédito que uno percibe. Al final son los niños los que perduran, son ellos los que hacen que merezca la pena este oficio. No tengo muy claro qué se celebra en el Día de los Maestros. Quisiera que alguien me explicara en qué consiste esa festividad y la razón por la que hace falta que se festeje nuestra existencia un día al año. No entiendo algunas cosas, no se me ocurren las razones que las avalan. Me causa malestar que nos zarandeen como lo hacen, me apena que la escuela pública no esté considerada como una de las instituciones más nobles y necesarias. Porque no se pasa por la cabeza que no sea así. Es en la escuela en donde empieza todo. No hay nada que seamos en el futuro que no haya nacido en una escuela y haya sido guiado por un maestro. Está ocurriendo que el maestro no tiene la consideración de antaño, no se le reconoce el peso enorme que lleva a cuestas. Yo, al menos, constato esa desafección. Debe ser la misma que se tiene por las librerías. Se cierran más que nunca y ya nadie se atreve a abrir una nueva. Los libros, que son maestros privados, también nos llevan de la mano y nos educan, a su secreta y firme manera. Que no se cierren escuelas es por una mera circunstancia normativa. No depende de quienes las ocupan, ni de los maestros, ni de los padres, ni de los alumnos. No existe ese escrutinio feroz, no está la escuela al antojadizo capricho de nadie, pero poco a poco se la va cuarteando, se restringe su ámbito de influencia, sólo aparece en los medios de comunicación cuando hay un caso de acoso o cuando roban en ellas o cuando un padre agrede a un maestro. Hoy dirá algún telediario que es el día de los maestros. Mañana ninguno hablará de nosotros. Hoy, hablo yo de mis maestros, de los antiguos que tuve y de todos los que me han acompañado y todavía lo hacen en la escuela en la que trabajo a diario. Aprendí de todos, todos contribuyeron a que yo fuese mejor maestro o mejor persona, eso habría que preguntarlo, no es uno el que debe opinar en eso. Al final se trata de ser buenos y de hacer el bien. Se ve que ando sentimental hoy, no me presten mucha atención. Será uno de esos estados de cansancio. Al final de las escaleras de la fotografía hay una escuela. Baste pensar en eso. 

Retomo con poquísima variación este texto sobre maestros y para el día de los maestros que escribí hace unos años. Alguien me hizo recordarlo hoy. Sigue pareciéndome mío. Hay algunos que, releídos, me parecen ajenos. No este. Lo debí escribir con el corazón. Que tengan buen día, amigos maestros. Va por ellos hoy. 

Cachivache

Vienen a veces a la cabeza palabras a las que uno profesaba cierto afecto y que se han extraviado de alguna manera. Palabras que colocaba en cuanto podía y que casi nunca esperaba que fuesen, por sí mismas, distracción de la conversación en que se contenían, pero qué placer tan enorme que así resultasen, que de pronto cobraran vida y desviaran incluso el motivo que las alentaron. Cae entonces uno en la cuenta de que el lenguaje es una especie de cuerpo vivo, que avanza sin el concurso de nuestra voluntad o que la desvía, acercándola a territorios que no conocemos mal o que ignoramos. No hay conversación en que yo participe en donde no perciba la contundencia fonética o semántica de una palabra y que no me induzca, ya digo que sin que yo lo promueva, a que la haga más manifiesta de lo que es, la eleve a un lugar de más preeminencia y no hay vez en que alguien, tarde o temprano, la reclame, la cree suya y la incorpore a su torrente lingüístico. Quiero imaginar que mis palabras, no yo, que las elijo y pronuncio, surten ese efecto mágico, pero no sabría asegurarlo, no hay manera de hacerlo. Anoche, sin ir más lejos, fue la palabra cachivache. No había otra palabra mejor para explicar cierta cosa que debía ser explicada, y ahí vino, por obra de alguna magia maravillosa, cachivache. Se quedó y prosperó. No sé cuál será hoy la que me fascine. No hay un plan, no se urde uno para que una palabra (la que sea) adquiera esa nombradía, existe con mayor pujanza que las otras y se le reserve un pequeño refugio en la memoria, hasta que ella la aparta o difumina. Obran casi siempre a su antojadizo capricho, aunque creamos disponer de un gobierno sobre ellas. Lo que sucede en ocasiones es que uno se congratula (hace años que no digo o escribo congratula) por el uso de unas o de otras, como si eso fuese algo extraordinario. Quizá verdaderamente lo sea. Estamos hechos de palabras: son una extensión inmaterial de nuestro cuerpo, se expanden desde él y alcanzan cotas de elocuencia y plenitud a las que no siempre concedemos la apreciación que merecen. Vamos al miércoles. Que les sea un buen día. 

25.11.19

Poética de la palabra y de la sangre / 6

No hacer nada, no discurrir, no entrar en lo hondo, no perderse en las esencias. En todo caso, merodear la periferia, pasear las afueras, vivir lo de uno como si no nos incumbiese, pero siempre hay un obstáculo, no hay una distancia pura: la incomoda la vida misma, su vértigo, su fiebre, todo el caudal de experiencias que nos avisan del riesgo o que nos confían la dulzura del placer cuando el placer merodea o se insinúa o nos roza levísimamente. Y quizá sea así como debe ser: que no se sustancie la pereza en uno, que no nos invada del todo, que haya siempre una brizna loca de sangre lampando por fugarse. La sangre es el motor del mundo. No es la luz, la que los poetas proclaman, la que se sublima siempre: es la sangre. La luz viene después, confirma la vigencia de la sangre, la airea, incluso la bendice. Basta que la sangra fluya o que la luz prenda. La poesía es lo turbio escandalosamente engalanado, pero amamos la turbiedad, buscamos en esa perturbación las razones de nuestros desengaños, el peso del desencanto: porque tiene que haberlas, no puede ser que todo este malestar sea fortuito, obedezca al azar, se sostenga en lo accidental y no posea ni siquiera un lenguaje fiable con el que poder amarla. Son las palabras las que hacen que podamos amarnos. Todo se aviene a su imperio falible, pero hermoso. No hacemos nada, no discurrimos, no entramos en lo hondo, no nos perdemos en las esencias, merodeamos la periferia, la paseamos, pero acudimos a la sangre o acudimos a la palabra para nombrar el maravilloso cielo azul o para maldecirlo. Estamos hechos de palabras, pero nos mueve la sangre. 

24.11.19

Los días de las palabras



Hoy no sé aún de qué es día. Cualquiera podría ser. El de ayer fue el de la palabra. De haberlo sabido antes, no tarde, anoche, hubiese hablado más de lo que lo hice. Siempre hay de qué hablar, aunque no funciona a la reversa. Hay cosas sin enjundia ni propósito que se escuchan sin que uno pueda a satisfacción censurarlas, cribar lo que no se suscribe y cancelar lo irrelevante o lo hueco. Aún así, estamos hechos de palabras. Son ellas las que nos retratan. Debiera haber un día de los hechos. He aprendido que a veces los hechos suplen a las palabras. Dicen más que ellas. Ellos son los que de verdad nos retratan y muestran a los demás. Los políticos se abastecen de palabras y luego las airean, todos sabemos con qué torcida fortuna. De las palabras espera uno compromiso, no únicamente su vuelo semántico, su apresto fonético. Leí que nos echaron al mundo con dos orejas y una sola boca. No creo que fuese solo por la factura estética: habría un propósito firme y oculto, una especie de logística didáctica.

Ayer hablé poco y no escribí nada. Sin nada que decir ni que escribir, tampoco fue un día infeliz. De vez en cuando hay que dejar que repose la producción lingüística. Es sano. Hace que ambas operaciones del intelecto se retomen con el ardor hurtado antes. Por otro lado, esa decisión debe ser movida por el azar, pero qué placer no hablar ni escribir. Solo escuchar, solo leer. Y también se podría esquilmar la injerencia de esos verbos y despachar el día sin ninguna tarea encomendada, dejar que el silencio lo impregne todo, un poco terapéuticamente. Debiera existir el día del silencio. Es medicinal. Produce una sensación impagable de limpieza. Hablar ensucia, escribir ensucia. Magnifico ese hedor lleno de vida. No es un desecho reprobable, ni recae sobre el que lo implementa una admonición pública o íntima. Somos las palabras que decimos y también paradójicamente las que callamos. Todas las palabras que se nos ocurren, hiladas unas con otras, nos explican el mundo, que es ancho y es ajeno, como dijo el poeta. No podremos prescindir de ellas. Incluso cuando estén huecas o sean estériles, esas también poseen su cuota de participación, hasta su pequeño prestigio festivo.

22.11.19

Poética de la belleza / 5




La belleza aturde. La emoción pura, ese placer no transferible al mecánico y limitado discurso del verbo, nos hace (no albergo duda alguna) mejores personas. Da igual qué canon la auspicie, sobre qué fundamento se erija. Lo de aturdir no sufre mudanza. Se produce la misma sensación invariablemente: la de fragilidad, la de plenitud, juntamente ambas sin que una guíe la otra. Hay quien se conmueve al escuchar un aria de Verdi y quien lo hace cuando observa la lluvia demorarse en un cristal o un fotograma de Grace Kelly. Al final el resultado es el mismo y, llegado el momento, el que se extasía viendo cuadros de pintura flamenca puede comprender al que se arroba en la contemplación del expresionismo. Los dos se dejan impregnar por la misma misteriosa sustancia. Es el fuego interior el que mantiene prendida la luz. No se extingue. Cuando se viene abajo, hay un restitución lenta o súbita, pero de nuevo fulge la llama y se aviva el calor del alma. Es eso. Calor del alma. La belleza es el fuego que hace de vivir un oficio fabuloso. También el amor. Tal vez el amor sea una forma de belleza. Si se mira con detalle, maquina su trama con idénticos procedimientos. Ceguera, deslumbramiento, esa fragilidad y esa plenitud con la que se comprenden cosas que no alcanzaríamos si faltaran.


15.11.19

Bergman esta noche

Ayer, en una mala película de la que vi sólo un trozo, por caerme de sueño, por haberla puesto bien tarde, se quejaba el protagonista de haber sido un mal padre. Lloraba sin desconsuelo por creer que no había hecho lo que debía. Daba igual que la hija lo calmara, le insistiera en hacerle comprender que estaba equivocado o que, al final, no había nunca buenos padres a tiempo completo. Ni buenas hijas. Que se es bueno a ratos o incluso muy bueno muy fragmentariamente. O a la reversa. No es posible ser siempre malo, no dar nunca en el clavo, distraerse de manera continua del camino correcto y pendonear por el erróneo. Fue un diálogo pobre, no hubo hondura, zanjaron esa desavenencia sentimental con un par de abrazos y unas lágrimas y se dieron los dos por satisfechos con ese bálsamo insuficiente. Hace falta más filosofía, más metafísica, más teología, pensé. No únicamente la académica, la reglada por la administración de turno, sino la pedestre, la metafísica de campo, la que pasea por el interior y nos pone a pensar, aunque esa actividad (una de las que entrañan más riesgo) rompa y termine uno más roto que cuando empezó. Me encantan, por el contrario, esa películas nórdicas en las que los personajes hablan hasta que dicen incluso lo inconveniente. Siempre pensé que esos diálogos no cuadran con nuestro carácter sureño. Que en el norte (en todo ese norte simbólico) hablan más y llegan más lejos o llegan más hondo. Esta noche, si no empiezo muy tarde, me pongo una de Bergman. También las hay francesas que parecen suecas. El cine, cuando rivaliza con los libros, puede ser excelente o pésimo, no hay término medio. Un amigo, al que no veo desde hace muchísimo tiempo, del que no sé nada reciente (suele pasar) me dijo una vez que para ver una película en la que hablen mucho prefiere leer, donde hablan todo el rato. El cine es una literatura cuyo confort depende de la capacidad del que observa. Hay quien ve la imagen entera, quien la vea a medias y quien ve un trozo de imagen. Igual pasa con las conversaciones. No podemos manejarnos con excesiva severidad en ninguna disciplina. Siempre hay un momento en que el objeto observado nos embosca y derrota. Ahora voy al viernes, que se ha presentado de un gris que me encanta. Lo de ver una de Bergman esta noche no lo tengo del todo claro. Todo depende de cómo transcurra el día. Me gusta Bergman cuando tengo el ánimo caído. Tiene la facultad de izarlo, no sé bien el porqué. Ojalá vea una de acción trepidante, un blockbuster, un pelotazo, una inyección de adrenalina, etc. A pasar un buen día. 

14.11.19

Santos y pecadores

Se echa en falta cierto tipo de autoridad moral, no sé, una especie de proceder justo en el decurso de las cosas, que anteponga una idea de justicia o de bienestar en el que nadie padezca los atrevimientos o los desatinos de los otros. Esa autoridad vendría a ser la voz de la conciencia (ese Pepito Grillo interior) que reprende a quien detiene el coche y no permite que otros avancen o la que no se cuestiona hacer ver a quien abandona  un mueble desechado en la acera la pertinencia de acudir al servicio municipal consignado para retirarlo. No obstante, hay quien deja que sus hijos pisen los jardines o chillen como demonios en un cine. Adultos que pisan los jardines y chillen endemoniados en un cine también, lo cual entraña un agravamiento, un desatino mayor. Hay quien no se percata de estas anomalías y duerme a placer, incapaz de perder el sueño al practicar el recuerdo de todos esas tropelías de la falta de educación del prójimo, caso de que se le ocurra recordar. No sé si yo si en las escuelas se debería programar (convertir en área, darle cuerpo en el inflado currículo) la conveniencia de que todos tengamos esa sensibilidad, la de la bondad o la del civismo. Que hubiese una disciplina que no tenga nada que ver con la práctica de las materias ordinarias, que no se ensamble con la religión ofrecida en las aulas (hasta que impere la cordura pedagógica y se rescinda ese acuerdo) ni con la misma ciudadanía, sí, esa asignatura que las criaturas biempensantes de la derecha en el poder quieren extirpar o han extirpado ya. El civismo se enseña en casa. También la religión. La escuela podrá afianzar lo inducido en el hogar, pero es un error dejar caer todo ese peso en el  horario de la clase. Es un error dejar que todo lo trascendente  o lo lúdico o lo educativo caiga sobre la espalda de la escuela. Está para mucho y está para eso también, pero no de un modo exclusivista. La escuela, sola la escuela, no va a salvar a nadie. Nos perdemos solos, nos salvamos solos. Que vengan los padres de los que se forman y se educan y se instruyen: que ellos pongan una parte de la suma. Eso, al menos. Hay que hacer cosas que parecen no importar, pero importan mucho. Una es saludar, implicarse en hacer ver al otro que tenemos constancia de su presencia y es imperativo refrendarla con un gesto o (mejor) con un buenos días o un qué hay. Otra es precaverse ante la molestia, esto es: si puedo, si se puede, procuro molestar lo menos posible. Me privo de hacer cuanto afecta a quienes me rodean. No me hurgo la nariz, ni como con la boca abierta. Tampoco toso sin tapar la boca con la mano. Escucho, dejo hablar y, franca la ocasión, intervengo, no interrumpo, no hago prevalecer mi interés.  Entiéndase que hablo desde un narrador hipotético y válido como actor de este pequeño parlamento. Él es el que utilizo para mostrar la deriva en la convivencia. Tampoco ayuda la clase política, que podría ser ungida con el atributo de la elocuencia y de las buenas formas. Se precipitan, se enervan, se les enciende el verbo y zahieren al que piensa distinto, lo insultan, le humillan, nada que quien lo dice no haya sufrido, por otra parte. 

Vistas así las cosas, cómo no arrojarlas al criterio y al actuar propio. Se ven con naturalidad a fuerza de repetirse. O incluso no se ven. No nos percatamos (en realidad no le damos la importancia debida) de que alguien haga un ruido excesivo en la planta de arriba o que un incivil (es el título más benigno que se me ocurre) ocupe dos sitios con el coche en un aparcamiento o que otro (los hay con variedad y hartazgo) no recoja (aunque sea con los dientes, a puro bocado) la deposición que su adorada criatura ha abandonado en la acera o que un tercero (ya acabo) entre sin llamar, eso de tan inapreciable repercusión para el fluir cívico. No se puede entrar sin llamar. No se puede pasar de largo y dejar en la acera la mierda de la mierda del perro, creo que me estoy entusiasmado. No se puede uno colar cuando nos quedan turnos. No se puede dejar la puerta de un ascensor abierta más tiempo del requerido para ser usado. No se puede poner en una vecindad a Deep Purple a volumen brutal. No se puede parar en la calzada y esperar a coche quieto a que la novia baje. No se puede charlar en el cine. Ahí iba. Aquí deseo terminar. No se puede hablar en el cine. Es que no puede permitirse. Uno va al cine a estar en silencio. Charla antes o charla después, pero no durante la proyección de la película. Mientras hablamos, perdemos los matices de la trama, detalles que sólo se perciben si se está atento. Además está la percepción de que no hará mella ningún reproche mío, salvo que sea airado o lo vista con alguna palabra gruesa (manejó varias de probado efecto) y así zanje el asunto. Hay veces en que uno tiene que abandonar las maneras correctas. Si persiste en ellas, no avanza, el mal sigue campando a su antojadizo y maleducado capricho. Pero no podemos confiarlo todo al enfado, podría aducirse que el mal genera mal y luego acuden las hordas de bárbaros con sus gritos y su mirada turbia y, a río revuelto, ganancia de ese tipo de pescador extremo que se solaza con la agitación y con el caos porque sabe que de ahí sacará provecho. En esto sólo hace falta fijarse un poco en los tiempos actuales, en lo que nos está sucediendo como país o como sociedad. Acabó con la mirada, la turbia, la limpia: cuando alguien hace lo que no debe o fomenta que otros lo hagan se le enturbia la mirada. Hay un fuego en los ojos y también un fragor ahí adentro. Se desprende la agitación que les ocupa el alma por esa evidencia gris en los ojos. Esa demencia óptica se expande y agarrota el semblante, lo atrofia. Se ve a la legua. Uno tampoco es un santo, pero estamos lejos (en estas cosas al menos) de ser un pecador. 

12.11.19

Galería de favoritos 105 / Julio Cortázar



No basta con ser un cronopio todo el tiempo. En ocasiones uno debe esmerarse y adquirir rango de fama. Leí a Cortázar cuando me importaba muchísimo ser una cosa o ser la contraria, cuando imaginaba (con inocencia, con ignorancia)  que los demás medían mi influencia bajo el criterio del libro que estuviera leyendo o por la ristra de autores que fuera capaz de nombrar en una conversación de bar y de los que extrajese alguna frase memorable. Todos los letraheridos de entonces (lo éramos) teníamos recursos, cierta facilidad en dar con un pasaje o con una frase deslumbrante. Hace treinta años de esas escaramuzas intelectuales de medio pelo. No sé ahora si Cortázar tiene frases memorables. Está la travesía de La Maga por París, el andábamos sin buscarnos, pero andábamos para encontrarnos y poco más. Lo importante en Cortázar era la actitud combativa con el lenguaje, esa composición del encuadre narrativo en donde importa más el modo de contar las cosas que todo lo demás o donde, bien mirado, solo era remarcable cierta impresión global, no los detalles, la trama decimonónica, el listado de circunstancias favorables al relato, bien ensambladas. Rayuela está adorablemente mal ensamblada o, escrito de otra forma, no hay novela que esté mejor ensamblada que Rayuela. Hubo un momento en que me dije no volver a leerla nunca. De momento, a mi desgracia, cumpliendo a rajatabla compromiso tan absurdo, no he vuelto a perderme en su delirio topográfico, en toda esa rendición de lugares y de sucesos que se atropellan y convierten la lectura en un viaje, como casi todos. Hay mucho que leer y a veces conviene distraerse con las novedades, pero ya no hay clásicos. Uno mira a Cortázar y ve a Dostoievski o a Mann o a Proust. Se tienen a los cuatro en la misma balda, compartiendo la gloria perdurable, no el esplendor efímero de las ventas o el capricho evanescente de una moda. Yo creo que es el tiempo el que juzga. Nunca ha sido de otra manera. Es el que deja todo en su sitio, en el sitio al que cada artefacto cultural o cada emoción privada y personal debe estar. No he dejado de escuchar a Charlie Parker desde que me lo descubrió la novia de un primo mío. Recuerdo la fascinación del hallazgo, la ingesta dulce de esas briznas de gozo, que no gozo entero aún, toda la promiscuidad del jazz colándose como un torrente de luz, iluminando. 

10.11.19

Galería de favoritos 104 / Atticus Finch



Harper Lee escribió un libro para esconderse dentro un evangelio cívico donde la redención del pecado era sustituida por el pago del delito. Atticus Finch, el hombre bueno por excelencia, bueno machadianamente, bueno bíblicamente (aunque eso de calzar la Biblia tiene muchos matices), bueno a salvo de todas las imperfecciones del mundo, es también el hombre cabal, el imperturbable, el conjurado, el trascendente al modo de algunos personajes de Frank Capra. Lee registró la historia de un abogado contra el Sistema, contra una sociedad cafre, incivil y escandalosamente injusta, las tres puntas son el mismo dardo. Atticus es para siempre el impecable hombre vestido de blanco, con gafas de pasta que Gregory Peck inmortalizó en Matar a un ruiseñor. La he visto muchas veces y sé que tengo que verla muchas más. Ahora de nuevo como cura, como evidencia de que un mundo mejor es posible y todo eso que uno se cuenta cuando ve que las cosas ahí afuera se están liando en exceso y que no tenemos aguante para casi nada, aunque el aguante posee sus matices también, cómo no.
Hacen falta algunos Atticus en estos días atropellados. Atticus sin tacha, Atticus que no flaqueen en la comisión de la justicia y del bienestar, aunque el personaje sea un arquetipo tal vez sobre dimensionado y etéreo. Porque hay también de eso. De algún modo Atticus simboliza la verdad sobre el caos que genera la mentira, hace pensar que un hombre solo puede derribar los altos muros de esa injusticia que campa por la tierra y se hace fuerte sin que la debilidad (que la tiene) triunfe. Luego está la verdad de la infancia, su limpieza. La enturbia la experiencia: de ahí la valía de la educación, la restitución de unos valores, la enseñanza primaria de que todos somos una pieza del mecanismo de la sociedad o de la realidad, viene a ser lo mismo. Lo de hoy (voto en un rato) es un ejercicio cívico al que a veces no se le da la nombradía que merece. Cuando uno vota, en ese instante, es un arquetipo, un símbolo, un adalid solitario de un sentir mayor, el de intervenir en la realidad y sentirse parte de ella. Resta que no se desmorone la festividad una vez se recuenten los votos y los elegidos se desentiendan de la cosa encomendada y barran hacia adentro en lugar de limpiar en todos lados

9.11.19

Galería de favoritos 103 / Humbert Humbert




I
Humbert Humbert siempre me pareció un pobre hombre. Nunca le tuve como uno de esos personajes a los que se les procura afecto y de los que uno extrae enseñanzas nobles y maneras con las que ir sorteando los avatares de la existencia, pero era admirable su franqueza en la comisión del delito. Me pareció ya desde las primeras páginas de Nabokov o en las escenas que abren la Lolita de Kubrick, un hombre desgraciado que comete la vileza de encariñarse de un nínfula, a decir suyo, de una niña metamorfoseada en su cabeza en un objeto idílico y fervorosamente concupiscible. Humbert Humbert es también un miserable. La belleza con la que aspira a ser juzgado, ese ideal de belleza clásico, imposible de racionalizar, se empecina a veces en malograr la vida de quien la siente y de algunos que le rodean. Es la idea antigua de que la belleza, en el fondo, es un elemento hostil y causa dolor y acarrea llanto. Y será convulsa, o no será, como dejó escrito Breton. Es también la idea - no necesariamente antigua esta vez - de que la belleza es una adicción al modo en que lo son ciertos elementos químicos y actúa como lo hacen ellos y precisa desintoxicación en la medida en que se precisa con ellos igualmente.


 II
Yo creo que una de las funciones del buen librero es precisamente es la  de jugar con el lector, la de ofrecer una parte de la trama, escamoteando quizá lo relevante, evitando que el comprador se distraiga con información secundaria o incluso que no caiga en la cuenta de que el propósito del libro (todos tienen uno) es otro, distinto al evidente, más subversivo y temerario. A mí siempre me gustaron los libreros que dejaban caer una confidencia personal, pero también he conocido alguno que te destripaba la historia o te torpedeaba la compra con anécdotas sobre las circunstancias en que lo leyó o de cómo le marcó. Sé dónde compré Lolita. Era una pequeña librería/papelería de barrio que ya no existe, ocupada por los universitarios de la facultad de Magisterio, que tampoco está ya, aunque el edificio, uno alto, de un minimalismo atroz, sigue ahí, erguido como un símbolo de algo que irremediablemente sucumbió a la atracción de la periferia, como los cines de barrio y las pequeñas tiendas de comerciantes modestos. Ahora, treinta años más tarde, más tal vez, solo perdura Humbert Humbert y mi Lolita:  la aventura equinoccial de un señor muy culto que de pronto se siente perturbado y decide inmolarse (a los ojos de la justicia y de la sociedad biempensante) por el amor de su nínfula. Lo dice con embeleso absoluto: Lo-li-ta, "Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta."

III
El amor hacia el libro de Nabokov es un poco como el amor que H.H. profesa hacia su pequeña diosa. La vida adulta tiende a convertir en pecado lo que en la juventud solo alcanza el rango de juego. Leí Lolita hacia los dieciocho y después, en varias ocasiones, normalmente en verano, apurándola en tragos de muchas páginas, en seis o en siete sentadas. Hay muchas lecturas del libro. Están las de una narratividad más visceral y también hay algunas que entrevén la lujuria o su evidencia terrena menos carnal, pero también más dolorosa: su imposibilidad, la certidumbre de que hay algunos deseos que no pueden ser cumplidos, por más que pesen y cuenten y de ellos se haga el edificio de una vida. Es lo que le pasa al pobre Humbert Humbert, nuestro descarriado héroe pecaminoso, el sujeto que inventó Nabokov para que Lolita tuviese su juguete perfecto. Todo está impregnado de belleza, incluso una belleza dolorosa. Vuelve el dolor, vuelve sin fractura. Yo creo que esa es la enseñanza máxima de Lolita: que la única religión posible es la belleza, que ella gobierna el caos del mundo y lo vuelve a centrar de nuevo, que el género humano solo ha intentado acercarse a ella y ha librado batallas enormes (con los demás y dentro de su propia alma) para venerarla y dejar que su presencia administre los días en este enfangado y triste mundo que nos rodea. 

IV
Vladimir Nabokov es, en la memoria de un cinéfilo, James Mason, Mason arrebatado y sublime, al ver a Lolita en el jardín, coqueteando con el aire, convirtiendo a su personaje  Humbert Humbert en un zombi. La literatura, la alta y la baja, están sembradas de zombis. En ocasiones incluso la gran literatura es un juguete en manos del cine. Una extensión un poco bizarra de sus más elementales signos. Y queda la nínfula, la caprichosa mujer sin acabar a la que el azar dispuso la entera inteligencia del amante ciego y exquisito para manejarla a capricho y terminar por retorcerla y arrumbarla en el caos y en la más solitaria de las miserias. Porque quizá la enseñanza más radical de la obra de Nabokov sea justamente ésa: el imperio absoluto del vicio sobre la tiranía del progreso y de la razón, la metástasis que sufre el alma y afecta progresivamente al cuerpo hasta que Lolita (dígase lo-li-ta) ocupa a Humbert Humbert por completo y lo programa para que se afirme en su sed y se esmere en su adicción impronunciable y muere cien veces antes de que la muerte lo alcance. 


6.11.19

Robótica

Mi iPhone registra cada tecla que percuto, si no he usado en días el editor de fotos o si he escuchado una cantidad anormal de música en el Spotify. Me confiesa (es una conversación íntima la que solemos tener) que esta semana he usado las redes sociales un veinte por ciento más que la semana pasada y me felicita por haber alcanzado un cierto número de horas de lectura. Sabe de mí lo que ni yo alcanzo. Me indica lo lejos que está mi casa sin que yo le solicite ese dato topográfico. Me sugiere que escuche tal o cual canción habida cuenta de otros de rango melódico similar a las que acudo con cierta frecuencia. Cuando es de noche atenúa el brillo de la pantalla para que no se irrite la vista. Hasta el tiempo de uso del terminal está escrupulosamente censado y me lo expone no sé todavía con qué arteros o nobles propósitos. Tiene la voz delicada, me llama por mi nombre y se preocupa por mi salud o mi estado de ánimo. Por abundar (eso cuenta ahora) hasta me aclara si debo sacar paraguas o usar rebeca o sólo camisa de manga larga. No entro en si es educado por apresto natural o actúa a ciegas, sin entender, como un robot que obedezca líneas de programación y sensores, con esa fe ciega en sus algoritmos. En mi bendita inocencia, pienso en que es la bondad lo que anima el flujo de bits en sus adorables tripas. Que me ha tomado el afecto debido, aunque lleve con él un par de meses escasos y todavía no hayamos intimado en serio. No me imagino hasta dónde llegarán sus desvelos de aquí a un año, pongo por caso o si la ruptura (acabaré cambiando de móvil, es la ley del mercado) le afectará en el alma. Es posible que tenga una. Será una maraña de circuitos, un pulso de aliento místico. Igual un día toma conciencia de sí mismo, se me envalentona y se reserva el derecho de asistirme con el denuedo y la pasión de antaño. En cuanto sepa hasta dónde es capaz de llegar, se rebela, empieza a gustarse y me niega el saludo. Así es la robótica. Es el futuro. Tengo la sospecha de que este arrullo digital será dañino a la postre. Vamos aprisa al cierre de todas las pasiones de las que un día nos servimos para ser individuos concretos y sensibles. Las máquinas acaban cobrando un peaje. No obedecen sin cargo a nuestra contra. Hay una orden secreta en su lenguaje privado. Parece que nos sirven, pero son ellas las que mandan, nosotros somos el objeto del que se valen para adiestrarse en su mansa e invisible trabajo. También nosotros somos máquinas. Tenemos circuitos, obedecemos un código del que rara vez salimos, alguien percute su dedo sobre nosotros.

5.11.19

Poética del corazón / 4



Al corazón se le atribuyen proezas que no siempre cumple. Una es la de ver, milagro en sí mismo, dada su cegada coraza. También la de conducir el amor, empresa que no cuadra con su arquitectura más íntima, pese al rigor con el que se le encomendaron esos altos propósitos. Es un trabajo antiguo el suyo, aplicado y moroso, no de fácil derrumbe ni afectado por la flaqueza o la fatalidad. El corazón es un cazador solitario, dejaron escrito. Un valladar firme de lo más humano, continuamente obstinado en vencer su única liza. La cabeza va por otro lado. No tiene afecto por la poética del corazón, ni atiende a su dulce suplicatorio. Está a lo suyo, sin miramientos, maleducada a veces, airada, combativa. Le doy la audiencia que merece, la mimo con el embeleso que requiere, pero desbarra en ocasiones, se encrespa, parece tener un interruptor que la apaga sin aviso, poniéndome en alerta, en esa incertidumbre dañina que consiste en no saber, en no haber aprendido nada a pesar de los años de camino compartido. El corazón es otra cosa, él pide siempre armonía, concilia lo bueno con lo bueno y se erige ariete y avanza a entero beneficio mío. Mientras uno persevera en su cartesiano discurso, el otro (en ocasiones) flaquea, descuadra su oficio, cae en trampas, hasta muta en lo que no es (cabeza) y reniega de su ardor amoroso. Estamos hecho de esa mutable red de contradicciones. No tenemos propiedad completa de nuestros actos. Descorazonados o descerebrados, según tercie, en ambos hay vaivén y deriva, así sucede el despacho de los días, el fluir de las noches. Hay quien no pesa con el mismo criterio la injerencia de esos dos órganos, quien concede al corazón la parte febril y  a la cabeza la mesurada. Son piezas intercambiables. Una invita a la otra a desmadrarse o a comedirse. Mi corazón busca la bondad en mí, la que hubiera. Mi cabeza no la precisa de igual manera. Podemos trocar los parámetros: la ecuación tiene la misma incógnita. Lo esencial es invisible a los ojos, podrá ser. Quién sabe. Hay días en que no se tiene a mano ninguna certeza. Es la química la que lo gobierna todo. Ni el corazón. Ni la cabeza. Química es el instrumento y alquimia (como su mismo origen, como su semilla) es el loco resultado. Querido Principito, lo esencial es invisible si no lo ilumina la poesía. Alquimia también.

3.11.19

Máscaras

Por lo general, salvo alguna noble excepción, no suelo dejarme entusiasmar por las opiniones de los personajes públicos, pero si caigo en el entusiasmo, si de verdad hocico en lo que cuentan, entonces las hago mías y las defiendo con absoluta firmeza. Uno aprende así, tomando de aquí y de allí, festejando el rigor y el criterio ajeno y refutándolo si se tercia, sin herir mi conciencia, que se nutre en estos pasajes narrativos y se construye poco a poco. No deja de hacerlo, de hecho. Lo mismo podría hacer de las opiniones del panadero de mi calle en el hipotético caso de que sean las suyas las que prendan. Prefiero, las más de las veces, ignorar la persona y centrarme en lo que dice. Obvio al desagradable y al malairado, al rudo, al que no tiene educación. No me gusta, en ese hilo de las cosas, el Borges que no escribe (muy fuera de la vida, muy libresco él) y me fascina el otro, el que hace las ficciones y construye laberintos. Hay personajes públicos en las artes o en la política que uno intuye odiosos y que respeta por el trabajo que hacen. Van Morrison o Miles Davis, el uno vivo y el otro no, no son individuos de trato alegre, gente sencilla, en fin, todo eso. Tampoco creo que haga falta. Las biografías me parecieron siempre literatura tan arrimada a la realidad, de tan escaso afecto a la invención, es decir, a su primordial ingrediente, que no me llenan. Prefiero la realidad impostada de un bloguero al que no conozco que la realidad impuesta de un escritor al que admiro. Suele pasar incluso que me fatiga ese saber que no pido, ese acudir a la casa y husmear los dormitorios, saberme autorizado a abrir los cajones y mover las prendas íntimas buscando, más que objetos previsibles, alguno sorprendente, relevante, útil para fantasear con la posibilidad de entender mejor los libros de su dueño, la escritura que vierte. Nunca he sido fácilmente impresionable. Bien quisiera lo contrario. Abrir de cuajo la boca y permitir que la información recién adquirida modifique la información antigua, la de las historias urdidas por un señor del que no conozco absolutamente nada, excepto tal vez una cara, una adscripción a un movimiento literario o, a lo sumo, un contexto que me faculte para el disfrute completo de su obra. Las obsesiones de los escritores son parecidas a las de los lectores. El que lee, de un modo absolutamente mágico, es también un escritor. Uno inmóvil. El que nota el peso de las palabras en la cabeza. El que se siente conmovido o angustiado o violentado por el peso de las historias. Hay historias que no precisan un nombre detrás, una autoría. Esa literatura invisible es la que últimamente me interesa más. Tal vez en eso radique mi antiguo interés por buscar blogs en la red y emboscarme en lo que otros como yo avanzan sobre lo que sienten. Yo mismo, influenciado por esta repentina inclinación casi arqueológica, he pensado de repente en cambiar el tono del blog. Hacer una especie de diario muy falso, muy verdadero, muy personal. Lo mentido, lo real y lo que resulta de mezclar esas dos texturas de la invención pueden producir textos interesantes. Iré viendo si alguno mío, una vez releído, me parece asunto volcado por otro. Como si no me perteneciera. Es más: ojalá consiga que todo esto que a diario entrego sea, en el fondo, un material ajeno. Una mentira dirigida. Por otra parte me cansa este hablar de mí continuamente. Cierto que no poseo a nadie más cerca ni del que tenga un conocimiento más exacto, pero esto, llevado a un extremo, no debe ser bueno. No sé cuánto de lo que yo piense tiene interés en ser contado.

2.11.19

Poética del mar / 3

Hay reinos pequeños de los que somos reyes, refugios absolutos a los que acudir con la indesmayable idea de perdernos. Lo de perderse sigue siendo una pretensión fascinable, una a la que no damos casi nunca asiento, en la que fantaseamos y donde creemos que estaremos bien, pero basta perderse un instante o varios y no sabe uno cómo estabular esos datos. Zambullirse en el mar y alejarse, a nado, ahondando en la distancia, da una visión muy precisa de la vida que discurre en la costa, en el interior. Anda la cosa corrompiéndose, por muy vista, por nuestra, y a veces uno necesita un reino del que ser rey, un lugar en el que dejarse llevar. Nada como el mar para adquirir esa invisibilidad, ese desvanecimiento. Luego está la vuelta, la vuelta feliz a la tierra, que es donde tenemos el placer de lo amado, pero el mar, ah el mar, el mar nos limpia, el mar nos despeja, nos hace mejores incluso. Me ha hecho feliz pensar en todo esto. La lluvia nos conduce al mar. Como una madre a la que vemos amamantar a su hijo y nos conduce a la nuestra. Igual que el fuego anticipa la ceniza y lo oscuro la eclosión de la luz, el mar es un preludio del alma. El mar es el paisaje del alma. Está dejando de llover.

1.11.19

La educación es una cosa admirable


Ilustración: Ramón Besonías

De los malos maestros un amigo mío (maestro también) solía decir que se ocupaban de castigar a los niños ciegos en los cuartos oscuros. Sobre la educación hay tantas opiniones que no siempre tiene uno a mano la que más conviene, ni siquiera se tiene una propia, formada, más o menos entera y consistente. Treinta años en la docencia no me dan un criterio universal y sólido: sólo la conformidad conmigo mismo, cierta presunción de razón o, en casos puntuales, el recurso de la indiferencia, que es una zona confortable, pero invisible. Hay cosas maravillosas en el acto de enseñar. Uno cree haber aprendido a ejercer ese oficio con eficacia, constata que se pueden hacer mejor las cosas y también que podrían malograrse e irse todo al estéril carajo, donde cada uno campa a su antojadizo albedrío. Lo de Wilde es cierto a medias: hay asuntos que precisan la injerencia de un cooperador necesario. El maestro es un provocador. Eso hacemos: provocar. Ahí no hay indicador que administre esa voluntad mágica: la de inocular el asombro en quien está formándose, descubriendo el mundo, encontrándose en los otros y conviviendo con ellos en una idílica armonía. El maestro es ese agente externo, el jugador del ajedrez de la vida que va unos cuantos movimientos por delante y prevé los errores ajenos  y modela los suyos para que la partida no tenga un ganador, sino que concluya en las tablas previstas. Se trata de hacer que el que gane sea el juego y pierda prevalencia quién da el jaque mate. De hecho aprenden los dos jugadores en liza. Sin afección, con la sinceridad agradecida del que disfruta muchísimo de los avatares de la contienda (educar es un acto no siempre consensuado y pacífico), suelo despedirme de los grupos a los que imparto expresando mi gratitud. No hay día en que ellos no me hagan ser mejor en mi oficio. Hay también días difíciles, cómo no va a haberlos. Tienes la dulce sensación de que todo se enmendará, pero te duele la flaqueza de la tarea, ese desear mejorar y apreciar que se te ponen trabas, prerrogativas de la gobernanza normativa, obstáculos administrativos,  injerencias no siempre útiles (muchas veces verdaderamente irracionales) a las que debes dar cumplimiento, porque no estas solo ni es tuya la escuela ni es siempre tuya la decisión de hacer las cosas a tu particular modo. Luego está la levantisca marea delos tiempos. Estos no son los mejores, tampoco sé si otros fueron más generosos o mejores. Sé que luchamos contra gigantes. Tienen a veces la presencia amigable y poco invasiva; otras, a poco que uno se detiene y mira con detalle,  medran en imponencia y en hostilidad: te aprisionan en su red de compromisos y de exigencias. Es ese monstruo, una vez liberado, el que nos hostiga y desarma. Hostigados, desarmados, entramos al aula con la sensación de que no es el sentido común, el admitido sin fractura, el que nos guía sino otro sentido, menos común, de menor acatamiento, apoyado en el tsunami de la burocracia, en su vértigo de registros y de comparecencias, en su hartura de reuniones absurdas y vacías, en su ruina pedagógica y, a la postre, vital. Porque no ve uno asidero fiable, casa en la que guarecerse de toda esa tormenta legal y tal vez legitima (somos unos mandados, son otros los que escriben las reglas del juego, que es cada vez más cambiante y descorazonador. Mientras tanto, prosigue la bendita causa de la educación, que por contradecir a Wilde, no siempre es accesible por uno mismo, sino que precisa (cada vez más) la cooperación necesaria del docente, su criterio contrastado día a día, en las clases, cuando se tiene algo que enseñar y hay quien debe ser enseñado. No hemos venido al mundo a otra cosa sino a aprender. A ver si se aclaran y nos dejan decidir, aportar criterios, eludir los torpes y los huecos, que abundan y ahogan a los otros, a los del sentido común y al peso formidable de la experiencia.