14.8.18

Amo el rojo



A elegir, si hubiera que tomar uno, mi color sería el rojo, no habría manera de explicar por qué se descartó el azul o el negro o el rosa, el porqué del rojo. No me inclino al negro, siendo el que en el fondo más me gusta, por los prejuicios que uno tiene siempre, por el oficio impuesto que tiene el negro en las adversidades y en los duelos, pero entre el rojo y el negro, si me forzaran a escoger, me quedaría con el negro. Es de una contundencia absoluta, no es débil, no se le puede encontrar una flaqueza, no esconde nada. En verano, quizá tan sólo en verano, podría decantarme por el azul. Se deja uno engolosinar por el mar o por el cielo. En las otras estaciones no hay ningún color al que inclinarse. Tal vez el gris en el otoño, pero está muy manida la imagen. Todas lo están. Las metáforas tienen su caducidad también. No me visto casi nunca con tonos claros. Salvo como fondo a la hora de escribir, detesto el blanco. Se le asocia con la pureza, pero es una convención, una entre muchas. La misma circunstancia de la pureza, cuando se la alía a un color, evidencia una especie de consenso moral. La paloma es el símbolo de la paz. Un corazón representa el amor. Todo en ese plan. El rojo, mi favorito, es además aviso de un peligro. Se ponen banderas rojas en las playas y, en otros tiempos, los rojos eran los comunistas, los apestados. Los peores números son los rojos, que constatan un saldo negativo. Por otro lado, el rojo es la sangre, que constata la vida, su pulso. Todo es cosa de que haya más o menos luz. Cuando no abunda, vemos en blanco y negro. Irrumpe el color cuando se estimula la retina con determinadas longitudes de onda. Al final todo se resuelve con otra luz, la de la ciencia. Uno es del rojo o del azul porque nuestra retina es más o menos sensible. Todos los millones de conos y de bastones que tenemos en cada ojo, en cada retina, más precisamente, hacen el mismo trabajo: Al parecer somos sensibles al rojo, al azul y al verde. Todo lo demás es un añadido cromático. Yo amo el rojo sin que tal vez haya ninguna decisión mía de por medio. Se ama sin saber, se vive sin decidir.

13.8.18

Antes




Tuitea Rafael Reig que a partir de cierta edad uno no sabe el pasado que le espera. A K. le intriga qué podrá encontrar en lo que hizo, en todos esos años que ya no existen, en si vendrán y le cobrarán factura. Los años no perdonan. Parece una letra de bolero o de tango, que en ciertos aspectos comparten un dramatismo, un sentir del alma. Es curioso que ni siquiera el día de ayer nos pertenezca. El mío fue extraordinariamente irrelevante. No hubo nada que más tarde pueda recordar. Fue uno día entre los demás días, uno sin el esplendor de algunos, pero son esos los que de verdad trascienden, los que se arriman al grumo fundamental de la existencia y conforman un bloque sólido y estable. A cierta edad queremos solidez y estabilidad, dice K. Yo a K. le respeto y le escucho, pero se está haciendo viejo muy rápido, no tiene los recursos de antes, las ganas de antes, el pronto resolutivo con el que antes nos entretenía y fascinaba. Lo único que hizo al día de ayer diferente a otros, al sábado pasado o al anterior, fue que recuperé el amor al cine negro. He sido infiel mucho tiempo, le he dado la espalda, he petardeado en otros géneros de menor fuste. En verano, no hay excusa, se deja uno llevar por cierto cine comercial, con muertos, con robos, con trucos a la vista y aceptados, qué se le va a hacer. De ahí que el de ayer fuese el día del reencuentro con Edward G. Robinson. Reig lo dice muy bien: uno no sabe el pasado que le espera. El futuro es inasequible, no existe, no tenemos ninguna certeza, ninguna fiable, de que sea nuestro, tan sólo es una promesa, una previsión cartesiana y limpia, esperanzada. El futuro es la fe del descreído.

La zambullida más grande



                                                     A bigger splash, David Hockney

De pequeños jugábamos a ver quién hacía la zambullida más grande, la que salpicaba más o la que hacía un ruido mayor. Solía ganar yo, por mover más peso, pero nunca dejamos de jugar, no interesaba que alguien venciera sino la sensación de plenitud absoluta al invadir el territorio mítico del agua. Lo curioso es que uno se conformaba con lo contado por los demás, no tenía evidencia tangible de que su salto hubiese sido el deseado. Tampoco contaba la estupidez de tirarse solo, sin que nadie apreciara el gesto. Se necesita público, no hay juego si no se tiene un espectador al que asombrar y con el que luego conversar sobre la hazaña. Los amigos de entonces, los de los juegos, eran notarios de nuestras proezas y de nuestros fracasos, festejaban o consolaban, según conviniera. En los patios de la escuela se reproduce la misma comisión de los hechos. Unos saltan más que otros o corren más rápido que otros. Buscamos a los amigos que se parecen a nosotros, no los que no disfrutan al saltar, si es que tú eres de saltar mucho, o los que no saben chistes, si es que tú eres de chistes. De mayores leemos la prensa que se parece a lo que pensamos o es idéntica al inventario completo de nuestro pensamiento, comemos lo que sabemos que nos ha gustado y viajamos a lugares donde ya hemos estado. La vida, cuando adultos, se basa en esa transmisión espontánea de satisfacciones conocidas. No cambiamos de canal de televisión, no paseamos por calles inéditas, no entablamos charlas con quienes no sabemos cómo son, ni nos abrimos a ellos, ni (por supuesto) les ofrecemos nuestra mano o nuestra casa. No nos gusta estar solos; en parte por la necesidad de que lo que hacemos luzca, trascienda, no quede en la intimidad, en lo privado y no mostrado nunca. Una de las pérdidas más enormes de este tiempo es la negación de la soledad, la importancia de arrojarnos al agua sin que nadie lo sepa, ni admire la belleza o el vigor de la zambullida. Lo ideal sería saltar solo, no necesitar a quien refrende nuestros actos, ser (dicho de una manera brusca y eficaz) nuestro espectador favorito, como si no tuviésemos confianza ni intimidad con nosotros mismos y deseáramos ir probando, por ver si algo que anduviese oculto, al forzarlo, aflorara y nos confortara. Preferimos, en una escala de valores, ver qué hacen los otros, pero sin acompañarlos, sin el concurso de nuestra presencia. Las redes sociales son una piscina vacía en la que todos nos damos un baño, pero no a la vez. El verano es el cómplice ideal de estas distracciones morales. El verano, que es la constatación brutal del ocio, nos guarda en casa, nos empuja a ver sin ser vistos. De pequeños, en otra época, saltábamos por el placer de saltar: ahora saltamos para que alguien lo sepa. No se nos inculca el valor de la soledad, ese placer irrenunciable a estar solo y con uno.

11.8.18

El arte de no aburrirse

"El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento"
Erasmo de Rotterdam

No creo haberme aburrido hace años o, puestos a ser más estrictos, no me he aburrido nunca. Siempre he tenido a mano con qué entretenerme o divertirme. No se tienen conciencia de esas cosas, se producen sin que uno pueda meter mano, gobernarlas, hacer que funcionen mejor o, llegado el caso, cancelarlas. Como la fe, como el amor, el arte de vivir, en palabras de Erasmo de Rotterdam o en las del vecino del primero, no tiene instrucciones fiables, con las que se cuentan a diario. Se cree o se ama o se vive sin que podamos decir que creer, amar o vivir es voluntad nuestra, una especie de plan previsto que cumplimos a rajatabla, como quien va al gimnasio, sigue una tabla y consigue, meses o años después, el cuerpo que anhela. Hoy leí en un azucarillo, al que no pude hacer foto, una lástima, la frase. La memoricé con idea de pensar en ella o de escribir sobre ella. En mí se produce a la par el hecho de pensar las cosas y de escribirlas, no sé si es algo bueno o no, pero lo he apreciado en muchas ocasiones. Es más, cuando no escribo las cosas, no las pienso con la misma claridad, hace falta que las registre para que pueda tener dominio sobre ellas. En todo caso, el arte de vivir qué es, no sabemos nada, no podemos saber. Lo de aburrirse o no es una pieza secundaria, aunque no enteramente desdeñable. Cuando me he aburrido (admitamos que un principio de aburrimiento siempre puede cernirse a la manera de una nube con lluvia sobre un campo por el que paseas) he puesto en danza los recursos necesarios para que ese aburrimiento adelgace y acabe perdiéndose. Creo que lo he conseguido la inmensa mayoría de las veces. Puede que exagere, pero entra en lo normal que uno no tenga propiedad completa de lo que recuerde y, a veces, ni de lo que dice. Incluso el hecho de aburrirse, considerado con calma, sin dramatismos, no es malo en sí mismo. Puede que sea útil en algo o provoque algo que, sin su concurso, nunca hubiese sucedido. Al final, llevará razón el humanista y todo es cosa de que uno se conozca a sí mismo. Quizá no sea bueno conocerse del todo, saber de antemano por dónde iremos, qué haremos...Es posible que eso, a la larga, aburra, aburra mucho. ¿Se conocen ustedes? ¿Se han aburrido ustedes alguna vez?

10.8.18

De cañas con Pascal, Buñuel y Góngora




No hay más que tres clases de personas: unas que sirven a Dios, habiéndole encontrado; otras que trabajan en buscarle, sin haberlo encontrado; otras que viven sin buscarle ni haberle encontrado. Los primeros son sensatos y felices; los últimos, locos y desgraciados; los del medio, desgraciados y sensatos.
          Blaise Pascal, Pensamientos, 257

Uno a veces hace de Pascal en privado, por si no cuaja el nuevo traje y se me pilla en un descuido, en un roto. Como Pascal era muy de pensar en Dios, me puse a ello. No es la primera vez, pero sí la primera convertido en Pascal, el Pascal privado, al que no se le puede desmontar la pantomima. Pensé en si ya he encontrado a Dios, si trabajo en buscarlo o si no lo busco y me privo de la plenitud de encontrarlo. Son largos los días de verano y hay tiempo para estas cogitaciones del alma sensible, nada que marque, se pueden abandonar con la misma ilusión con las que las acometimos. Convencido de que no alcanzaría una respuesta que me contentara enteramente, opté por amenizar la tarde con asuntos que no requiriesen demasiado empeño y me puse a ordenar los discos. Andan siempre en el caos, no sé nunca dónde anda lo que quiere escuchar, es la misma historia de todos los veranos. A veces cae uno en la cuenta de que el tiempo, al fijarnos en él, es cuando cobra verdadera importancia o cuando exhibe su dimensión trágica. Por eso es mejor no pensar, no ahondar, no exponernos al espectáculo miserable del interior. De ahí lo de ordenar los discos. Adoro las tareas mecánicas, dan el alivio que muchas veces no procuran las de peso, las importantes en apariencia. Conozco gente que disfruta enormemente de la vida sin pensar en demasía en ella y quien, bien al contrario, se la amarga porque no deja de pensarla, de considerar a cada momento en si ha encontrado a Dios o si lo busco afanosamente o le es indiferente. La vida no debe ser pensada, me dijo K. Cuanto más cae uno en ella, más nos hiere. A Pascal lo invitaría esta noche a una ronda de cañas por mi pueblo. Hace menos calor, se pueden pasear las calles e ir de bares. No sé si en el tiempo de Pascal la gente iba de bares. Creo que sería un rato instructivo, ahora que el calor ha remitido y se está más o menos bien en las calles. Tengo amigos que hacen las veces de Pascal en las barras de los bares. Nos enfrascamos en una metafísica de rango etílico que nos reconforta considerablemente. Nos creemos en posesión de alguna verdad inasible, de escaso afecto por manifestarse, que solo prorrumpe si se alcanza cierto estado más o menos espirituoso, una de esas epifanías (no tiene que concurrir el alcohol para abrazarla, pero se acepta su concurso) con las que nos sentimos congraciados con la vida y con nosotros mismos. Pascal está con nosotros. También Buñuel. Vino una vez a decir que sólo lamentaba no saber que pasaría una vez que muriese, esa ignorancia de abandonar el mundo en pleno movimiento, en sus palabras. En el transcurso de una vida siempre se le concede una parte a considerar su naturaleza, lo que nos resta de ella y, sin que ese esfuerzo rinda un resultado, la mejor manera de que no nos soliviante más de la cuenta. Queremos, más que nada, vivirla sin dolor, no sentirnos rehenes del rigor con el que a veces nos trata. De ahí que filosofemos y busquemos, a nuestra manera, según el alcance de cada uno, los alivios habituales. No hay prontuario fiable, ninguno con el que aventurarnos. Se viene a ciegas y se deja a ciegas. Con Buñuel, ir de bares sería otra cosa. Buñuel era un ateo supersticioso, lo cual es una paradoja que no le preocupó nunca. De lo que no se tiene duda es de que vivió sin buscarlo y no se le apareció y fue sensato y feliz y loco y desgraciado, como todos. Al final, no temo contrariar a mi amigo Pascal, viene a ser lo mismo, todos andamos, a la manera de Góngora, descaminados, enfermos, peregrinos, en tenebroso noche, con pie incierto, buscando posada en donde se nos de algún tipo cobijo, aunque sea el de una buena cama y un caña con una tapa y que Dios, pendiente o desatento, haga su oficio. 


40 segundos


En el fondo de la piscina, buceando sin mucho estilo o sencillamente ejerciendo una apnea frívola, como de submarinista novicio, pienso en todo lo que hay arriba, por encima del agua; pienso en el ruido y en el caos de los que aquí abajo no tengo noticia alguna; pienso tozudamente, sin que nada me aparte de esa idea de pronto trascendente, en la realidad a la que pertenecemos y a la que rechazo ahora, un poco juguetonamente, por entretenerme más bien,  considerándola, la ficción que a veces encuentro en los libros o en las películas. Se nos tendría que haber concedido una condición anfibia, aunque solo fuese para permanecer así, bajo el agua, perdido en uno mismo, contemplando la nada azul que desinteresadamente nos retiene. Si el dios en el que algunos creen hubiese comprendido algo de lo que se tenía entre manos, en ese instante molecular y pristino en el que abrió todos los prodigios y los repartió a destajo, estajanovista, en una epifanía de generosidad, habría dispuesto un sofisticado sistema de ventilación a la criatura recién alumbrada y la habría dejado elegir entre la tierra firme, el agua voluble o una mezcla alegre de ambas. No ha sido posible nada de esto. Por eso el búnker es el agua. Por eso acude uno a ese limbo accesible, levísimo, en el que discurre sin las ataduras físicas del aire, ingrávido y fiero, como una burbuja a la que de pronto se le hubiese (ahora sí) administrado la facultad de la inteligencia. Como un tripa materna. Abajo (ya digo) no se piensa al modo en que se hace arriba. Todo el oxígeno del que nos hemos abastecido se reparte de una manera morosa por el cuerpo. No se da prisa, no se inquieta por llegar tarde a lugares a los que antes acudía con presteza. Y el cerebro, ah el cerebro, se concentra en sí mismo, en su función primordial, en pensarse, en tener toda la máquina de la que es encargado a rendimiento pleno, a satisfacción de su dueño. Como si el dios del que antes daba yo una pincelada creacionista, ahora pusiera su empeño único en hacer una especie de balance de sus actos y durante cuarenta segundos (el Chesterfield y la baja forma física me impiden acometer inmersiones de más fuste) dejase de ser Él mismo y fuese otro, de una naturaleza distinta, incapaz de comportarse como antaño, libre y resuelto, concentrado absolutamente en entenderse. Luego viene el aire, haciendo acomodo en los pulmones. Luego vendrá el viernes. 

9.8.18

Claudio se me está yendo de las manos

Hay libros que leo a ratos, libros que me ocupan un verano entero y a los que les profeso un afecto sincero, pero que no llenan, no completan nada a lo que le faltara una pieza o, mucho más sencillamente dicho, no entretienen, pero hay libros que empiezo y acabo en días, en uno a veces, si me envalentono y dispongo del tiempo, no dándoles tregua, mordiendo las horas, pensando en qué sacrificar para que la lectura dure más de lo que suele. También hay días que parecen libros, días que ocupan una vida entera y a los que uno se acoge como si fuese un refugio, pero la verdadera vida está en otro sitio, siempre está por ahí, en un lugar que no es el nuestro. No sabemos qué sacrificar para que se nos plante delante. Tampoco sabríamos qué hacer con ella. Quizá por eso existe la literatura. Sirve para llenar el alma o para entretenerla, cuando es preciso. Al alma hay que saber llenarla, pero incluso se acepta un llenado ligero. Interesa que no esté vacía. No hay forma de saber si uno atina en el contenido elegido, si se puede entrar en valorar el llenado ajeno. Uno no es lo que lee ni lo que, en mi caso, escribe. Uno es casi siempre lo que desea leer o escribir. Yendo más lejos, uno es lo que desea vivir, aunque en ese anhelo entre la literatura si se le hace paso. Al final va a ser cierto eso de que no es posible conocerse. Que andamos mudando. Que a lo sumo alcanzamos a conocer a los que amamos, y hay días como libros ligeros y días que huelen a novela que atrapa, de las que te hacen daño mientras la lees y cuando la has acabado. Las de este verano (La carne, Rosa Montero, no su mejor novela, pero buena; La desaparición de Stephanie Mailer, Joel Dicker, el más grueso y el más flojo de todos;  Ordesa, Manuel Vilas, una maravilla Vilas,  y ahora El ejército furioso de Fred Vargas, otra delicia del comisario Adamsberg, uno más de la familia) me han restado tiempo de escribir la mía, que avanza a trompicones, lamentando que no tenga madera de novelista (tal vez de poeta o de cuentista, y madera endeble y sin lustre la usada, por supuesto) y se precise una vida alternativa para acabarla, más siendo (a mi edad, qué poca cabeza) la primera. Hay maravillosas ocupaciones alternativas cuando uno no lee ni escribe, pero este verano (por muchas razones) era el verano de los libros, los propios o los ajenos. Ahora sigo, en cuanto acabe el post, con mi novela, hace mucho que no hablo de ella, por cierto. Tengo amigos que me preguntan y les cuento lo primero que se me ocurre, que va bien y va lenta, que he pensado dejarla varias veces y siempre encuentro el camino de vuelta y que los personajes (cuatro o cinco) se me aparecen en la calle, al pasear, cuando entro en el supermercado o en el bar a comprar tabaco o pedir un café. Por decirlo de un modo brusco, estoy en disposición de hacer con ellos lo que se me antoje. Probablemente ese es el mayor placer, el de hacer que avance a capricho la historia y de que sus personajes la crucen a completa decisión mía. A uno de ellos, Beatriz Acevedo, la acabo de hacer sufrir lo indecible, está padeciendo lo que no se esperaba. Quizá sea un poco culpa suya. Hay veces en que las circunstancias de la trama corren solas, no precisan mi intervención o, en todo caso, lo que necesitan es una leve vigilancia, un temple, por si se desmanda todo o por si tiene que llegar papá y poner orden en el cuarto de los juegos. Tengo que atar en corto a Claudio, se me está yendo de las manos. Peor que ese detalle, el írseme, es el haber borrado accidentalmente (torpeza mía, gran torpeza) un puñado de hojas recién hechas, doce, una locura. No hubo, por más que me empeñé, manera de resucitarlas. Quizá no se hayan perdido del todo y anden por ahí, en mi cabeza, pidiendo que se las rescate y hagan su oficio de contar, que es el único desempeño que se les pide. Yo, mientras tanto, lamentando mi descuido y tratando de dar con el hilo desde el que enmendar el roto. 

5.8.18

Por fortuna, no soy pez, ni mosca




Por suerte uno no es pez. En cierto modo, no habría sido extraño que nos hubiese tocado en suerte nacer lubina, boquerón o atún, es sólo esa fortuna, la de que el azar nos decantara a ser alumbrados bajo la forma humana y no, de verdad que no sería tan difícil, la de reptil o ave o pez. De hecho, ese escrutinio aleatorio podría haberse inclinado a que naciéramos criaturas de menor fuste zoológico; se me ocurre una garrapata o un mosquito. En lo estrictamente humano, las leyes secretas que configuran el mapa genético podrían haber decidido que nuestra madre fuese de alta alcurnia y nuestra vida (al menos en lo material) hubiese estado felizmente resuelta o de baja extracción o muy inferior extracción. Siempre me fascinó que un solo espermatozoide de entre una masiva cantidad de ellos fecundara un óvulo; más aún fascina que nazcamos en un país y no en otro, en una casa y no en otra, pero tampoco el pez sabe que es pez, no tiene metafísica, no es capaz de discernir y avanza a ciegas, como hechizado por el caudal del agua. Creo recordar que un amigo, hace más tiempo del que ahora sé reconocer, sostenía que la vida de las moscas era la más infeliz de entre todos los seres vivos que pueblan la Tierra. Sin ánimo de rebatirle, añadía yo que esa lista de criaturas desdichadas es inabarcable: están las ovejas, están los gorriones o están las hormigas. Con ánimo de contrariarme, él me rebatía: no hay vida más triste que la de la mosca, pero no debemos envalentonarnos mucho con ellas. Por cada uno de nosotros hay diecisiete millones de moscas. Además hay más de mil especies diferentes. Tienen la terquedad que a veces se echa en falta en especies de más contrastada inteligencia. Si yo fuese mosca (decía) ya habría aprobado latín. A mi amigo le costó sacar esa lengua muerta, aunque era muy bueno en inglés. De haber sido mosca, proseguía, habría aprobado o perecido en el intento. A B. le duró un par de años el latín y cada vez que pienso en él me viene a la cabeza la reflexión académica de la mosca. Hoy pensé en qué virtud tiene el pez. Hice la foto ayer, en un supermercado. Me produjo una zozobra increíble ver todos esos peces, expuestos con abigarrada estética, tasados y ofrecidos. No caigo en esos pensamientos retorcidos o excéntricos cuando veo el expositor de una carnicería: no hay animales enteros, salvo un despellejado y patético conejo o un pollo sin desmembrar todavía. Como mi cabeza va a lo suyo, pensé en si un boquerón aprobaría latín en el instituto. A decir de B., al que no veo, del que no sé nada, una mosca podría sacar limpiamente una carrera universitaria; lo harían en el poco probable caso de que una carrera universitaria durara un mes, que es lo que vive una mosca en su periodo adulto. Por cierto, hay políticos que parecen moscas. Sacan las carreras sin despeinarse. Me sigue preocupando el caso del pez. Esta noche le buscaré un oficio. 

El odio


"El odio es, de lejos, el placer más duradero. Los hombres aman a la carrera, pero odian sin prisa" 
Lord Byron

Que recuerde, nunca he odiado, tal vez muy de pequeño, sin tener la entera convicción de que era odio lo que sentía. Nada malo que me haya sucedido me ha llegado tan hondo como para alojarlo y dejar que madure ahí adentro. A lo sumo, he manifestado mi ira, la he verbalizado o la he convertido en un gesto o en varios, ninguno violento en demasía, ninguno del que arrepentirse. Debe ser raro que no haya nada que odiar. Tendría que probar. Igual el odio curte. Se odia para sobrevivir. No hace falta actuar, una vez que se te impregna el odio. Es odio también desear el mal a otro, alegrarse cuando la adversidad le acucia o cuando la desgracia lo ronda. No es bueno odiar, no lleva a ningún sitio, le he dicho a K, pero es fácil, no se precisa argumentar la razón de la inquina. A la manera de Pascual Duarte, se puede decir: yo no odio, pero no me faltarían motivos para hacerlo. Lo que sí he visto es el odio de los otros, nos lo muestran a diario en la prensa o en la pantalla de la televisión. No puede ser otra cosa lo que les mueve, haciendo lo que hacen. El motor de la sociedad, la que hace que avance, es el odio, aunque no sea exactamente igual y lo llamen de otra manera. Al final, cuando se trata de defenderse, nada mejor que una ración de odio. Él hace que la violencia aflore con más naturalidad, sea más creída, haga su oficio con mayor desempeño. A nadie se le escapa que, a falta de cordura, cuando las palabras no sirven, bien porque no sabemos usarlas o porque el adversario las maneja mejor, es a la violencia a lo que acudimos. Una vez escuché: primero golpea, luego pregunta. Lo dijo alguien cercano, del que no esperaba un argumento semejante. Quizá no sea tan salvaje el pronunciamiento. Mi madre me decía que no dejara que abusaran de mí, cuando pequeño. Si hace falta, pega tú también, recomendabaLas madres no consienten que sus hijos sean maltratados sin que se contrapreste una respuesta, una devolución del gesto en la misma moneda o en una peor. De ahí que no sepa bien a qué atenerme, tal vez mi infancia fue un combate continuo, un estar a la defensiva sin descanso, por si alguien me empujaba o se reía de mí (un poco gordito, las gafas de pasta, el peinado perfecto, es decir, el perfil idóneo) o me humillaba. Si logras salir de esa edad idílica, la de la infancia, sin haber magullado a nadie, sin haber merecido el apodo de matón, puedes afrontar con confianza las demás etapas, será difícil que tengas que recurrir a la fuerza bruta, aparte de que no está bien visto. No hace mucho vi a dos conocidos arrimarse hostias limpias. No fue poca cosa, allí había odio verdadero, del macerado en barrica de roble y no importunado por los rigores de los calendarios. Se fueron calentando, dijo alguien, y a M. no le hace falta mucho para que lo prendan y arda. Como no era cosa mía, no entré en la disputa, no convenía, fui frenado cuando tuve el volunto de acercarme y separarlos, no es la primera vez que el pacificador sale trasquilado. La vehemencia de la pelea cesó con la misma presteza con que empezó, hasta se les vio calmar los ánimos en la barra del bar, entrando en detalle, dando argumentos, giros sintácticos en lugar de tortas. Uno de ellos dijo que le gustaba la gente que venía de frente, los que se les apreciaba la voluntad (buena o mala) nada más encarártelos. No hace muchos días, en una cena con amigos, alguien dijo lo mismo, dándole yo la entera razón. Al final se le da autorización al odio. No sólo las madres, protegiendo a sus hijos, sino uno mismo, a razón de que lo ve y lo que ha ido aprendiendo de ver tanto. Baudelaire dijo del odio que era un borracho al final de una taberna, solo y a oscuras, renovando la sed con la bebida. Shakespeare, que siempre tiene una frase para cualquier asunto, dejó escrito que el amor nace sin motivo y se maravillaba de que la gente le buscara razones al nacimiento del odio. Volvemos a Lord Byron, que es quien animó la entrada: el odio es más duradero que el amor, no se anula con la misma facilidad, no decae por imprevistos, no es tan fácil de cancelar. Vale el haz como existe el envés. Igual creemos una cosa y es la contraria la que pervive y anhela el triunfo, creemos que no albergamos odio adentro, pero lo hay, anda ahí, agazapado, sin dar la cara, alimentándose de sí mismo, como el borracho en la oscuridad apartada de la taberna. Falta que algo lo espolee y aflore: que algo justifique su injerencia. Seguro que habría razones para que acudiera y nos auxiliara. Mientras no sucede, sigamos bebiendo con calma, sin que el don de la ebriedad nos domine y no sepamos ya tener a recaudo al monstruo. 

4.8.18

El infierno

El infierno son las calles en Córdoba hace una hora. 
El infierno está también en las librerías.
El infierno está en los anaqueles.
Está en Melville tatuándole a Ahab al diablo en el mismo cerebro.
En Conrad, en su hijo sobrevenido, en Kurtz, cuando dibuja un río y hace que lo atraviese el mal puro.
En la mentida inocencia de Perrault.
En el hombre sin atributos de Musil.
En los insectos en la boca de Kafka.
En la memoria infinita de Funés.
En el club de los suicidas de Stevenson.
En las resacas de Bukowski.
En De Quincey considerando el asesinato como una de las más bellas artes.
En la flor emponzoñada de Baudelaire.
En el barril de amontillado de Poe.
En la vida cartesiana de Walter Benjamin.
En Mann con asma baviera.
En Beatriz perdida en círculos concéntricos.
En Murakami aburriendo a todos los habitantes del Japón y la periferia.
En Morel inventándose una isla.
En los abismos primigenios que Lovecraft encerró en Providence.
En el desquicio endecasílabo de Leopoldo María Panero.
En el rey del que Shakespeare hizo un Dios.
En Dios, sin el bardo, permitiendo el caos, la miseria y la muerte.
En la crónica del submundo de Orfeo.
En Ripley tomando café en una terraza en Florencia, en la cabeza obscena y turbia de mamá Highsmith.
En Maquiavelo y Montesquieu hablando.
No hay otro infierno.

Gun crazy



Escribió el gran Julio Camba a propósito de Nueva York en La ciudad automática (Alhena Media, Barcelona, 2.008) que le fascinaba "la organización criminal de sus negocios y la organización comercial de sus crímenes". Me viene a la cabeza, sin que haya una razón cercana, Lorca y su Poeta en Nueva York. A las ciudades le convienen los poetas: saben sacar de ellas lo que no está a la vista, su enferma vocación de enjambre. Volviendo a Camba: a él le gustaba contar que siempre hay un matón que negocia o un negociante que mata. Michael Sullivan, el pistolero funcionarial que interpreta Tom Hanks en Camino a la perdición no era un matón al uso. Seguro que le hubiese encantado a Camba ese personaje Sullivan fascina porque se aleja del arquetipo. Mata como el que sirve bebidas en un bar o el que ordena albaranes en una oficina. Es un hombre normal con una vida enteramente normal, pero se la gana quitando de en medio a quien le digan. La ciudad, en el noir tradicional, es una armonía bastarda de policías psicóticos con nula o irrelevante vida doméstica, de patéticos asesinos que respetan códigos de honor y otra suerte de códigos deontológicos para granjearse el favor del jefe, que suele ser un burdo y zafio don nadie que escalafonó por alguna osadía de importancia. La ciudad es un muestrario caótico de mujeres de una obscenidad trágica. El cine negro es (compositivamente) una apoteosis de lo sórdido: una implacable radiografía de la sociedad inmoral que normaliza el crimen, el latrocinio y la corrupción, los convierte modelos de conducta. El cine negro dilata la sensación de precariedad y de desencanto como casi ningún otro género. No he estado nunca en Nueva York. Cuando vaya, algún día sucederá, quién sabe, pensaré en todo el cine negro que he visto, pasará por mi cabeza atropelladamente, pasarán todos los mafiosos, sus narices torcidas, sus ojos turbios, los sombreros de ala ancha, las pistolas. No tengo ninguna duda. 

2.8.18

Un día de playa



La playa fue un invento de los aristócratas, pero luego la ocuparon los pobres. El sol es el prototipo poético de la justicia divina. Un espeto vale a poco más de siete euros. Sale a euro la sardina. El pan no cuenta. El capitalismo patrocina las sombrillas. Los niños no saldrían jamás del agua. Llevo un rato mirando el horizonte, no sabría decir cuánto. Hay un momento en que lo comprendes todo, pero te distrae el vigor de una ola y pierdes lo entendido. Eliot lo dejó escrito: tuvimos la experiencia, pero perdimos el significado. Echaba de menos esa hora inglesa en la que los paseos marítimos son un vértigo de adolescentes y el olor a coppertone descansa en la luz como un pájaro en el alambre. Días de malta y lúpulo y la pereza justa para no sentir el peso dulce de las toallas al hombro, ni las bolsas, ni las sillas. Días felices de azul limpio. Me he traído dos libros: los Pensamientos de Pascal y uno de cuentos de Edgar Allan Poe, gótico de fantasmas, acantilados reventones de leyendas y cuervos que hablan no matrimonian con la arena entre los dedos de los pies, pero yo me apaño bien con estas fracturas de la lógica. Los dos de Alianza, en su colección de bolsillo. A pesar de todo, no he leído. Nada. Está la tarde aristocrática, pero hoy estamos aquí todos los pobres del mundo. Pobres en algo que el mar surte. Desde aquí oigo el azul primordial con el que echó andar el mundo. Luego levantaron edificios enormes. Pusieron los espetos a siete euros. Ponen una bandeja de pan y un par de cubiertos. El espeto se come con los dedos. El pan es prescindible. Una mujer muy embarazada no se quiere meter en el mar. Hay medusas. Han venido a la caída de la tarde. Un ejército. Son la salvación de los juegos de los niños. Uno ha venido con una bolsa en la que tiene una medusa. Parece una criatura de un cuento de Lovecraft. Es hermosa, aún así. Está todo pensado. La playa es un parque temático gratuito. El mar es una ola que no descansa. El rumor cuando rompen en la orilla es una canción pop. El olor a mar es mayor que el mismo mar. Mi iPhone tiene un tres por ciento de batería. Ya no se ven muchos Calipos de fresa. Un padre hace un agujero enorme delante mía. El hijo no le está haciendo aprecio. En pocas horas no quedará nadie, algunos pescadores. No volveré a leer en la playa. Escribiré. Haré un poema épico. No tendrá título. Ninguno valdría. El título distrae del contenido.

Una vida inventada

Del acontecimiento más relevante de mi vida digo como Chesterton del suyo: me he tragado, sin rechistar y casi supersticiosamente, un cuento que no me fue posible comprobar, a tiempo, a la luz de la experiencia del juicio propio. Me hallo, por tanto, firmemente convencido de que nací el primer día de abril de 1.966 en Córdoba y que fui bautizado conforme al rito de la iglesia cristiana, la única entonces posible, ahora pululan otras, hay más oferta salvadora, ante el alborozo de familiares, amigos de la familia y algún que otro feligrés accidentalmente testigo de ese protocolario y festivo acto. Siendo poco  o nada crédulo en tantas cosas, lo soy con fiereza en ésta: debí nacer como dicen que lo hice y debí crecer como los míos cuentan que crecí. Creo en ellos, creo en la veracidad de sus comentarios. No obstante, algo tengo muy claro: soy sentimental por naturaleza. Incrédulo y sentimental. Fantasear con el nacimiento de uno mismo te deja siempre en una especie de zozobra existencial: crees en que todo se ajusta al texto que te han recitado durante años, admites que nada de importancia fue saboteado de ese relato y que ningún episodio silenciado puede contribuir a desequilibrar tu vida. Sé de mis cosas lo que se me ha contado, no se tiene nunca más información que la ajena, sin saber hasta qué punto se ajustará a lo sucedido o habrá sido conmovida por el correr del tiempo. Es decir, uno cree que las novelas son novelas y que la vida, aunque roce y hasta casi se contamine en ocasiones de lo meramente novelesco, discurre en paralelo a la ficción y que los hilos que la manejan están cogidos con firmeza por nuestra voluntad más férrea. Hay partes de esa trama que sé extraer yo, sin que nadie se aplique en explicarme nada, sin que se precise rellenar los huecos, habrá cientos de ellos, aunque tampoco creo que haga falta ocuparlos todos. Mi amigo K. sostiene que se vive mejor sin pasado: sólo el hoy y el mañana, añade. El ayer no trae nada más que problemas. Como si comenzaras a vivir a diario, Emilio, me dice. Te cuentan que naciste en Córdoba el primero de abril de 1.966 (repito) y que creciste sano y robusto, alegre y ocurrente, dicharachero y amigo de juegos y de distracciones frívolas; ignoro si hay alguna posibilidad de rehacer el libreto, si hay manera de que podamos, al modo en que lo hacen los novelistas, agregar personajes, interrumpir un hilo de la trama y enhebrar otro uno que ni siquiera beneficie al argumento principal y decidir eliminarlo en el capítulo doce, pongo por caso. Haber leído literatura rusa te permite divagar sin pudor sobre la tragedia y sacar drama de donde solo, en apariencia, se pueden extraer dulces cuentos de amor y romanzas con orquestina. En esto opino como Woody Allen: nada como un buen Tolstói bajo el brazo para arruinar una buena tarde de domingo. Ucrónico, dispuesto a acometer la ficción de ser otro, piensa uno qué hubiese pasado de haber nacido en una estricta comunidad de mormones, con retratos de Joseph Smith sobre la chimenea y biblias en la mesita de noche.. ¿Seguiría escuchando bebop de noche? ¿Leería de forma obsesiva a Borges? ¿Bebería cerveza amorosamente como hago ahora? Y sobre todo, ¿mantendría abierta esta página en la red? Tal vez mi infancia me haya sido ocultada, por no violentar mi adolescencia, ni malograr mi edad adulta, todo por mi bien, ya digo. Ni mis padres serán mis padres, ni siempre fui el niño bueno que se engolosinaba con los libros. Es posible que todo haya sido un plan urdido a conciencia que ahora, cincuenta años más tarde, nadie tiene interés en revelar. Ni quizá yo mismo en que se me revele. Opino como Chesterton: no hay manera de comprobar la fiabilidad del relato, pueden colarnos episodios que no nos pertenecen, nada hay más fácil, sólo hace falta repetir un par de anécdotas unas cuantas veces para que tengan verosimilitud. Nos pueden inventar una vida. 

1.8.18

Relojes


No siempre tiene uno toda la vida por delante. En ocasiones tiene media vida o un cuarto escaso y magro de vida o incluso un trozo irrelevante de vida. Lo malo es que se acaba. Lo bueno es que no sabemos cuándo, no se nos da esa información. La vida no acaba nunca, no hay nada en la realidad que nos haga pensar en su finiquito, en que va más lenta, cada vez más lenta, y después cesa o, en el peor de los casos, se interrumpe abruptamente, sin notificaciones, sin educación. Nada estropea el festín del tiempo, su opulencia. Se contenta uno pensando en eso, pero el polvo se acumula en los muebles (lo dijo ayer K.) y la barba se pone cana y el cuerpo, por más que uno decline saberlo, flaquea, no responde como solía, se hace frágil. Ahí, en esa finta filosófica, en ese limbo, es en donde campa a su antojo la diosa incertidumbre, que es la diosa fundamental en estos tiempos de relativismo brutal. No siempre tiene uno toda la vida por delante: la vida se adelgaza, se obceca en contradecirnos, en malgastarnos. Vivimos en esa tiranía: en el reloj homicida, en el tiempo que no podemos gobernar. Cuantos más relojes tenemos, más preocupados estamos por el tiempo y menos tiempo disponemos. El resto, todo lo demás, se aviene a nuestra causa, pero el tiempo no se deja, no se doma, no se retiene. Se puede decir a la reversa: siempre tiene uno toda la vida por delante, no media vida, ni siquiera un cuarto escaso y magro de vida o incluso un trozo irrelevante de vida. 

Toda la filosofía es un guirigay obsceno de palabras que únicamente buscan entender qué es el tiempo. Todas las religiones ofrecen en su quincalla espiritual bálsamos que curan el espanto del tiempo, pastillitas de colores. Porque el tiempo es espanto, es toxina, es miedo. Toda la literatura, incluso la más frívola, la de menor fuste y de más superficial hondura, se entrega a ese enigma: qué es el tiempo, de qué oscura materia estamos hechos, a qué tenebroso final nos empujan las horas. Todas las canciones de amor cuentan las horas. Toda la poesía es un enorme bolero. 

31.7.18

Bach es el hijo favorito de Dios


Al principio fue el pecado, el peso hueco de la culpa, la baba oscura de los dioses. Luego se construyeron las catedrales. Una catedral se mide por el hambre y el padecimiento de quienes las construyeron y por la fascinación eterna que causa en quienes las miran desde afuera, embebecidos de pequeñez, convertidos en piezas de un mecano gigantesco que no se alcanzan a entender por mucho que crean o descrean. Yo me tengo por un descreído feliz y no albergo sustancia reprobatoria que me aleje de esa idea primaria, pero me inclino todo lo que puedo ante el asombro de las catedrales. Cuando las veo, pienso en el sufrimiento y en la injusticia, en Dios y en el hombre, en la fe y en su ausencia, en la vigilia de los siglos y en la absurda cuenta del tiempo. Y el hecho de que a veces estén cerradas conmueve más si cabe. Las catedrales no deberían cerrar nunca. Como si fuesen cajeros automáticos. Pienso en la belleza protegida, en toda esa opulencia cerrada al público, gobernada por el clero, que es un administrador ciego y torpe. No entienden lo que tienen a su cargo, no saben mucho más del templo en el que se postran que nosotros, incluso nosotros, los que no tenemos la homilía ni la derecha del Padre. Una catedral es una tentativa de infinito, un poema cósmico, un libro en el que caben todas las almas. El hecho de que existan justifica que haya Dios y la salvación sea el reclamo de las liturgias, que se obcecan en las mismas mecánicas frases. No hay frases, no debiera haberlas, debiera bastar el peso de las piedras, su volumen, la antigua nombradía de sus sombras y de sus luces. Anoche, escuchando a Bach, pensé en todas las catedrales del mundo. Bach es el hijo de Dios, su más adorado hijo, el primero y el elegido, una especie de Adán iluminado y fiel. Se escucha a Bach y se escucha la respiración de Dios. La música religiosa, la sagrada, la litúrgica de la Misa en si menor, ennoblece mi espíritu, derrotado por el calor de julio, poco sensible últimamente. No sé si Bach ya estaba ciego cuando la compuso. Se dejó los ojos anotando las notas a la luz de un candil levísimo, dejó que la música fluyese por su cabeza y murió en la restitución de esa revelación, en la caligrafía de esa epifanía absoluta. A la puerta de todas las catedrales del mundo debiera haber un agradecimiento a Bach. Se inclinarían ante él todos los incrédulos del mundo. No hay ninguno que no sienta el esplendor de la música de Bach, él es el hijo favorito de Dios. Lo entendí anoche. Me vi solo, como alguna vez he estado, en una catedral, da igual cuál, hay alguna que me produjo más zozobra, la de Lugo, que probablemente no sea de las más reconocidas, pero ahí da lo mismo, uno hace suyas las catedrales, las convierte en una extensión de sí mismo, como si hubiese participado en su construcción, como si Dios le susurrara al oído trabaja, trabaja. En la oscuridad de lo insondable, Dios debe mimar a Bach. Le mirará y le dirá te amo, te amo, te amo. Una catedral es un cajero automático en el que no tienes que preocuparte del saldo.