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31.1.21

Dibucedario 2021 / 29 / Zacundo

 


Este menda chupasangre es de traca con su espada en la boca y el hilillo de sangre en el diente. Las mismísimas trompetas de Jericó anunciando el pandemónium no rivalizan con el castigador zumbido de sus alas cuando se te viene encima con la bastarda intención de libarte el juguillo, si no te cae algo más gordo y la palmas presa de convulsiones y espumarajos asquerosos. Así se las gasta Zacundo. Se prodiga poco, menos mal, pero en su época combativa puede causar el estrago al que no se acercan otras especies que, en apariencia, causan peligro mayor. Es que a Zacundo no se le ve venir: sólo lo oyes. El sonido a veces es la antesala del infierno. Piensa en Apocalypse Now, recuerda el cielo sobre el Mekong: hueles eso, lo hueles, ¿verdad? Es Napalm. Nada en el mundo huele como el Napalm. Me gusta el olor del Napalm por la mañana. He aquí las palabras del Coronel Kilgore, el fanático del surf, antes de bombardear una aldea del Vietnam con el demoníaco coro de la cabalgata de las valquirias de Wagner sonando en los helicópteros como una manta de sinfónico caos. Ese es Zacundo. Zacundo es Wagner y huele a napalm como la sangre huele a óxido y a metal quemado. Es Drácula sin pedigrí ni memoria atormentada. Zacundo es el mal en estado puro. La banda sonora de la destrucción es Zacundo en bélico vuelo. Tu piel es el escenario de la devastación. Hinca sus estiletes (no es uno, son seis, qué tío) en la indefensa carne y te arranca el espíritu. Dicen que el olor a limón los aleja. Qué sencilla es a veces la salvación. Qué ridícula también. El limón. Con lo feliz que a muchos nos harían abrirles la tripa y rociarla con todas las plagas de la Santa Biblia. Ahí dejo eso. Creo que me he excedido. Es que odio a Zacundo. Qué mala bestia. 


30.1.21

Dibucedario 2021 / 28 / Yubarta



Es aparecer Yubarta y apartarse los demás de grande que es. Si hace las acrobacias recaba la atención de los eventuales y de los avisados de circenses que son. Yubarta se ha ganado a pulso (pirueta aquí, canto allá) un lugar de prestigio entre las criaturas del vasto océano. No es de presumir, por lo que una vez que ha finalizado sus cabriolas se hunde y no mira atrás. Ahí piensa en qué fue y en qué ha quedado. Yubarta es de un pensar profundo, no crean que es un juego de palabras. Cuando pequeña, fíjense qué equivocadas pueden llegar a estar las palabras, escuchaba historias de antaño. Una antepasada ilustre llegó a tener un tamaño tan descomunal que el descomunal tamaño que gastan ahora parecía ridículo. Sola como estaba, sin nadie que apreciara sus arabescos en el aire o su melifluo cántico, decidió desaparecer en los abismos y no regresar jamás. Yubarta, en las ocasiones en que decide retirarse de la actividad pública y se confina en esas profundidades, ha creído verla en alguna ocasión, pero no la ha agraciado la fortuna. Si emergiera arrasaría costas y reinos. El agua ocuparía la tierra y el cielo se entenebrecería como si fuese el último de los días azules y de las noches negras. Como Yubarta es de buen corazón, reza para que ese antepasado monstruoso no despierte de su soledad prehistórica. Eso de ser una criatura de pensar hondo tiene sus inconvenientes. Querría (sin que ese deseo tenga más tarde consecuencia alguna en la realidad) no haber sido bendecida con los dones de la desmesura. Porque da gusto contemplar su opulenta (majestuosa a veces) elocuencia cetácea: ese brincar grácil, a pesar de lo descomedido de su apariencia: ese armonioso tremolar de la voz como una bandera de agua, sin que canse la melodía o abrume la contundencia de la salmodia. Oh, Yubarta, qué peso terrible a tus espaldas, canta una canción de los mares que los marineros a veces entonan en cubierta al divisar una joroba que corona un risco de agua. Oh, Yubarta, contén la locura de ahí abajo, no dejes que despierte la bestia. En algunos pueblos costeros de Japón, las muchachas casaderas  y virgo intacto ruegan en las noches previas al connubio que la bestia siga durmiendo y les permita ser desfloradas en el tálamo nupcial y puedan conocer la ventura de la carne antes de que el mar devaste su casa. 

24.1.21

Dibucedario 2021 / 24 / Viuda Negra

 


Viuda Negra desdeña a sus congéneres salvo que tenga hambre y no tenga otro manjar a mano. Es aparearse y darse el capricho de zampárselos, de ahí que su condición natural sea la de viuda y la de sus fortuitos y sacrificados amantes contribuir hedonistamente a perpetuar la especie, asunto que tampoco le preocupa, puesto que Viuda Negra, una vez deposita los huevos sobrevenidos tras el caníbal fornicio, sigue  a lo suyo, en su ascético mundo de cópulas, de partos y de gastronomía. Por lo demás, es criatura de enorme y exótica belleza, pero eso le trae a ella al fresco, porque su único aliciente en esta vida es el ayuntamiento carnal y la anuencia del maromo de turno a dejarse engullir (son treinta veces más pequeños, conste) por su intimidante compañera galante. Veneno que tú me dieras, muerte  quisiera yo. 

23.1.21

Dibucedario 2021 / 23 / Urogallo

 



Urogallo no es de pendencias, pero cuidado si se le increpa o abochorna por esa estrafalaria prestancia suya de gallina asilvestrada y caótica o de faisán venido a menos. Es en lo que pueda entonces ave levantisca, de arresto enconado, obstinado en intimidar a su ofensor, pero sin logro remarcable. Es de cacareo ostentoso, una especie de estridencia en forma de chasquidos que no llegan nunca más allá, por lo que sus maniobras de intimidación son mayormente acústica. Hay quien se desquicia en esa hipnótica secuencia de gritos. Cuando se ponen los machos en plan alfa total se reúnen en un cantadero del bosque y se entabla un disonante y casi siempre insoportable para el desavisado duelo de chirriantes quejidos del que sale el ejemplar de virilidad más notable. Es fama que Urogallo puede copular sin desmayo una jornada entera. Aparte esa manifestación estrictamente hormonal, es criatura que no tiene otro atractivo a reseñar. La imponencia de su aspecto no amedrenta a satisfacción, por lo que Urogallo, cuando se envalentona y predispone a la gresca, teme que sea baldía la estrategia y acabe (como suele) en un estado depresivo que no remedia ni la ingesta masiva de brotes de hayas, crisálidas de hormigas, larvas, arándonos o hasta (si empuja la necesidad) pequeñas serpientes incluso. De penosa simulación de vuelo, Urogallo es más de encaramarse sin alardes en la copa de un árbol y proferir sin fatiga su escandaloso canto de celo o echarse a dormir en la seguridad de esa altura. No tiene afición conocida, salvo la de fecundar hembras, oficio al que se aplica con sobrada eficacia. Una vez que la monta, Urogallo se desentiende por completo de la fémina y de la asegurada progenie. No huye de la presencia humana: se les puede observar sin que esa intromisión les parezca un peligro del que resguardarse. 

Dibucedario 2021 / 22 / Tucán



A Tucán le va la vida contemplativa, pero no le acompaña la pinta. Una vez que se aposta en lo alto de un árbol, por más que exhiba un gesto adusto y su pensamiento se engolosine con las variaciones del paisaje o con la música de las nubes, siempre hay alguien que lo mira con frívolo arrobo y distrae con alguna charla sin enjundia, inane o hueca, con lo que se interrumpe el flujo de la inspiración y entra en un estado melancólico del que únicamente sale si regresa a su atalaya y recupera la postura y la mirada. Incluso el hambre le incomoda. Hay veces en que llega a tal estado de concentración que los apetitos son un estorbo y hasta el propio cuerpo, que reclama atenciones, le supone una incómoda esclavitud. Quisiera Tucán carecer de colores, no tener ese pico mayestático, haber sido investido con tonalidades grises, las menos llamativas, por favor, (eso acaba de decir), no me deis festejo, que yo sólo quiero evadirme de la realidad y hacer recuento de mis cuitas y de mis cogitaciones, pero el azar es cabrón por naturaleza y no atiende exigencias por lo que Tucán no acaba de sentirse en completo bienestar. Ah, dicha, qué lejos te me insinúas, recita con morosa delectación en el fraseo de la sílabas. Ah, placer, qué esquivo tu abrazo, qué pasajero y tenue. En las noches de iluminada perfección, cuando la oscura bóveda celeste aminora el trasiego de la selva y puede encomendarse al libre desempeño de sus vicios, Tucán es metafísico. Es capaz de apreciar la respiración cadenciosa de la divinidad y le susurra su pequeña oración arbórea: Oh, Dios, concédeme la gracia de la contemplación. Ignoro tus planes conmigo, pero aún me pregunto con qué propósito me esculpiste con estas trazas. Si conveniste en adjudicarme este cromatismo a todas luces imprudente, habida cuenta de las facultades cognitivas que tuviste a bien concederme. No tendrás más excusas, me he explayado a gusto. Anochece en la selva. Rezo mis plegarias. 

21.1.21

Dibucedario 2021 / 21 / Sardina

 


En ninguno de los setenta y ocho opúsculos que Plutarco escribió sobre teología, ética, política, filosofía o ciencia hay alusión alguna a la sardina. Schopenhauer no la cita cuando critica la fenomenología de Kant. Ninguna antología de poesía luctuosa del siglo XVIII la menciona. Ni se invoca en el libro segundo de los macabeos que recoge la Biblia apócrifa. No se registra que la sardina ocupe ninguna de las reflexiones que San Agustín vertió en su Dialéctica ni en las palabras con las que Patroclo da vivas muestras de regocijo al colocar en la mesa comunal las viandas ofrecidas a Áyax, a Ulises y a Aquiles para que calmaran sus apetitos y pudieran colmar de ofrendas a los dioses. Ni siquiera Mozart, tan suelto en diversiones, compuso una sinfonía en honor suyo. Tampoco la escandalosa obra de Galdós la incluye, salvo alguna referencia sesgada, de vocación liviana, apenas una cita en un párrafo alusivo a la dieta de los pobres de los barrios más pobres del Madrid pobre de entonces.

Es pues Sardina especie de muy escaso predicamento literario. Exégetas con probada nombradía aducen que está por venir un paradigma que finalmente la dignifique. Mientras tanto queda la mención a su entierro cuando el carnaval concluye o la legislación que sobre ella se arbitra en los ministerios de pesca de los estados o su precio en un espeto en las playas malagueñas. Sardina no chista: es por natural humilde y no se advierte queja o quebranto. Va a su antojadizo capricho con su banco evitando que nada desquicie su pacifica existencia. Urde en sus ensoñaciones húmedas un destino de más fuste, un parnaso, un pequeño renglón en las oraciones de los creyentes, pero luego olvida lo fabulado en esa tiniebla y sigue a lo suyo, brincando con alegre vistosidad, desafiando las leyes de la subsistencia.

20.1.21

Dibucedario 2021 / 20 / Rinoceronte

 



Confía Rinoceronte en que no se le subestime. Una cosa es no tener enemigos naturales (quién podría intimidarlo) o que distraiga el hambre con frutos silvestres, hojas o hierba y otra que no despierte entre los vecinos el respeto que admira cuando es dispensados en otros animales de menor reciedumbre física, así que se pasea con pose altiva, haciendo alarde de cuerno. Como no hay quien le tosa, ha perdido el coraje y teme que cualquier advenedizo no se arredre y lo apabulle. Tímido y solitario, ameniza su longeva existencia con refrescantes baños de barro o permitiendo que pajarillos lo liberen de insectos molestos o alerten si algún peligro se presenta. Así Rinoceronte lleva quince millones de años. No hay constancia de que tenga registro de todo lo que ha visto, pero tal vez se le puede animar a que revele cuanto conoce. Ha visto la edad primera de las cosas. Su memoria es un inventario de la prolijidad de lo real. Ahí está la novicio galanteo de las primeras bestias. Ahí el oro del aire y la sobria elocuencia del tiempo. Cuando se le subestima, si está malairado o le arrebata algún quebranto antiguo, mueve desconsideradamente su cuerno (y su vasta extensión de tosca carne) y amedrenta con furia al ignorante que lo provoca

19.1.21

Dibucedario 2021 / 19 / Quirquincho


Mi hechura es de otros tiempos. Por pellejo gasto una armadura que, en los caballos, da a quien lo monta apresto de noble, pero no doy el tamaño y es ridículo que un jinete me encasquete una albarda y me ponga a trotar. A quienes vician mi hermoso nombre y me dicen Peludo diré que soy Quirquincho, aunque si es de su gusto no me descuadra que usen Armadillo, por mentar el recio caparazón, cual arma, con el que me resguardo del frío y ahuyento a las bestias. Muy de agrado es guarecerme en lo oscuro, pues la luz delata mi deambular perezoso, cuando recorro los páramos con el recado antiguo de procurarme manduca. Soy frugal en mi dieta: me bastan unos tubérculos, unos pequeños moluscos, unos descuidados insectos, pero no soy delicado y el hambre me ha sorprendido engullendo huevos de serpiente o ingeniándomelas para hundirme en una llama muerta y mordisquear la carne podrida. He aprendido que de noche es más provechosa la ganancia del apetito, por lo que duermo de día (excavo profundas madrigueras, hago residencia en la honda tierra de mis ancestros) y me engalano para satisfacer mis vicios gastronómicos o galantes. Cubro a mi hembra a la luz de la majestuosa luna y hago un templo de su vientre para que no se descuide el futuro de mi estirpe. Debido a mi predilección por los huevos de mis vecinos, no soy el preferido de la comarca. Me tienen justificada manía. El hombre, que no hace ascos a lastimarme, pues mi carne (dicen) se asemeja a la del lechón o al cabrito, es (con mucho) mi manjar predilecto. Fue descubrir los cementerios de los hombres y ganarme su odio para siempre. En algunos poblados a los que por lo común me desplazo se les ha ocurrido aprovisionar de maderos gruesos las tumbas con objeto de hacerme menos franco el acceso a su interior. No diré que les afeo ese gesto, pero no me excusaré, no diré lo que no siente mi corazón. No es mi culpa que en los muertos hagan reino los gusanos, ni que su sabor me entusiasme de manera tan extraordinaria. Cuando los cristianos dieron con la tierra en la que milagrosamente subsiste mi especie, se escandalizaron al vernos, pero pronto abandonaron los remilgos y nos dieron caza. No diré lo que no me conviene, pero corre entre nosotros la leyenda que si se deja en sal nuestra carne un día entero no estragamos el estómago de quienes nos comen. Hablo con esta soltura porque estoy en el mundo y sé lo que cuesta sobrevivir. Lo que no soporto es que nos esquilmen para hacer con la concha de nuestras espaldas tazas y platos que vender en mercados a buen precio. Parece que, una vez tostado y molido hasta conseguir un polvo liviano, mi cola alivia las molestias del embarazo si se mezcla en infusiones. Esa misma sustancia es beneficiosa cuando se la diluye en agua en la remisión de la resaca, pues es sabido que el hombre es por naturaleza aficionado a pervertir el tino con la ingesta de algunos líquidos peligrosos. Por último, el caldo de la masa completa de mis uñas hace que el acto del fornicio sea más placenteramente duradero en el hombre y los hijos que de ese ayuntamiento acuden al mundo exhiben una inteligencia sin par, comparable a la de los sabios que hablan con los dioses. Hay noches en que sólo anhelo ser rana o búho o llama. Ser Quirquincho es duro. Anoche, no voy más lejos, en esas abstracciones mías un pájaro de gran envergadura descargó un acopio incómodo de heces. No es lo peor que me ha pasado, pero me indigné. Algo le habré hecho. 


18.1.21

Dibucedario 2021 / 18 / Pelícano


 Pelícano muere de amor si son sus hijos los que mueren de hambre, así que se abre el buche para alimentarlos. Se concede que recurre a lastimar su pecho para que mane la sangre y los polluelos la beban y repongan el ánimo y no desfallezcan. Esa generosidad comúnmente atribuida lo entroniza en el parnaso de las criaturas con las que el Buen Dios pobló el mundo recién creado. Una gota de esa sangre puede salvar el mundo. Lo recoge Santo Tomás de Aquino. Altruista, Pelícano es en la mitología cristiana el mismo Jesucristo, que dio su vida por la nuestra. En el Antiguo Egipto fue, sin embargo, alojada en la representación de la muerte y era considerada una diosa, madre de reyes. La iconografía india lo dibuja malvado y arrepentido. Hizo resucitar a sus crías, a las que destrozó a picotazos, con esa efusión de sangre. Isabel I de Inglaterra, que era sensible a la literatura zoológica, adoptó a Pelícano como símbolo de la Iglesia. Su imagen es habitual en copones eclesiásticos. Es también pieza habitual en retablos, en escudos heráldicos y en ilustraciones bíblicas. Los mahometanos creían que socorría a los peregrinos cuando eran devastados por la sed en la travesía del desierto. Leonardo da Vinci, en su Bestiario de vicios y virtudes, sostiene que es ave que abriga gran amor por sus hijos, con frecuencia encontrados en el nido de la serpiente, teniendo la facultad de empaparlos en su propia sangre para que la vida fluya de nuevo en sus cuerpos. No hay boleros en los que haya pelícanos, ni es costumbre que la poesía renacentista los acoja en la gracia de su boscoso inventario de criaturas, pero no hay casi cultura que no posea leyenda en la que no aparezca. 

17.1.21

Dibucedario 2021 / 17 / Ornitorrinco


A medio camino entre rata y pato, hay quien sostiene que su imposible anatomía proviene del fornicio de esas dos criaturas escandalosamente disímiles, Ornitorrinco mama sin ubre en la que hocicar su pico: se las ha ingeniado para lamer la leche de la piel de su madre, cual sudor o maná o elixir lácteo. Su extravagancia es incontestable, pero Ornitorrinco no la esconde, no es un fraude de la naturaleza, sino una consecuencia de lo maravilloso de su progenie más insólita. Que ponga huevos hace pensar en que tal vez en la lontananza de los tiempos hubo un tris del que pudo derivar en ave, pero la maquinaria de las especies es oscura y no tenemos herramientas con las que descifrarla. Que el espolón de sus patas genera un veneno potente los adhiere a los ofidios, pero no tiene la sinuosa y estilizada complexión de aquéllos y exhibe extremidades. Todo este cúmulo de paradojas hizo que a alguien se le ocurriera decir que Ornitorrinco era una prueba de que Dios tenía sentido del humor. A Gloria Fuertes le pareció que era pájaro y se entretuvo haciendo que hablara y dijera que tenía pelo y pico, pico pato, amamanto, vivo en tierra, en agua y ni la trucha me adelanta. Tengo pluma y, si me dejáis, pongo huevos en la luna. A Víctor Frankenstein, el perturbado doctor (aunque no muestre título reglado) de la novela de Mary Shelley, hubiese estado encantado con Ornitorrinco. Le habría hecho cien preguntas. No soy un monstruo, habría dicho Ornitorrinco nada más empezar a contestar. Soy lo que los demás seréis. Soy la evolución. Soy la eclosión de todas las bondades de todas las especies. Dios hizo un fino trabajo conmigo. Y nada más soltar todo eso se habría zambllido a comer cangrejos.              

16.1.21

Dibucedario 2021 / 15 / Ñandú


 Ñandú es feo, pero todos sus amigos son feos también, por lo que la idea de fealdad no reviste mayor trascendencia. Cuando exhibe una apostura algo más llamativa, es inmediatamente apartado de la comunidad y sólo se le conmina a que regrese cuando ha deslucido lo suficientemente sus facciones y no destaca sobre sus congéneres, como ese deslustre de la belleza no siempre sucede, encontramos ejemplares que viven la mayor parte de su existencia (diez años los más longevos) en el exilio, maldiciendo su mala suerte, pidiendo a la divinidad ñandú (habrá una que los escuche y conforte) que lo retire de su penosa vida y le permita disfrutar de la bondad de su providencia. Es de poco pensar Ñandú. El ejemplar que demuestra sesera algo más ilustrada es invitado a marcharse igualmente de la comunidad. No alcanzando embrutecimiento mensurable que satisfaga al resto de los ñandús, suele suceder que no regresan nunca y comparten con los especímenes hermosos el exilio de los raros. Por el contrario, es especie particularmente corredora, ya que no se le concedió la facultad del vuelo. Son notables las competiciones atléticas que en ocasiones congregan a variados machos y hembras. Hay pocas criaturas que rivalicen con Ñandú en rapidez. No todo va a ser fealdad y tontura, suelen decir cuando concluyen la carrera y reciben las felicitaciones de rigor. Son parientes lejanos de los kiwis y, más cercanamente, de los avestruces, con los que no guardan buena relación. Tenemos un dedo más en cada pie, Avestruz, le dice Ñandú cuando el azar las reúne. Ni se te pase por la cabeza creer que somos iguales. Ese rasgo de orgullo de raza no es del todo aceptado por los ñandúes de más edad. No hay que alardear de cinismo, ni puede atribuírsenos alguna brizna de humor. Lo nuestro es correr y comer serpientes. No nos pidan desempeño de más hondura. Los ñandúes guapos y listos reclaman intervenir en las decisiones familiares, pero son sistemáticamente censurados. Ser hermoso no te hace correr más, suelen decir en la intimidad, cuando inevitablemente la cabeza va a lo suyo y se ponen a darle vueltas a su condición ontológica. 

14.1.21

Dibucedario 2021 / 14 / Narval




El imaginario de zoología fantástica tiene pocas criaturas que conciten la unánime opinión de que son de verdad fantásticas. Lo asombroso es que una de ellas no sea invención o abono de leyendas sino tangible y absolutamente real. Hasta el nombre, narval, tiene resonancias de fábula o de épica. El propio unicornio es extensión mitológica suya. Su colosal cuerno, estilete fabuloso, lo sublima. Es fama que Isabel I de Inglaterra tenía uno de ellos como valioso talismán. Dentado y tímido, es criatura que vuelca embarcaciones de gran calado en la imaginación de Julio Verne. El profesor Aronnax y el arponero Ned Land se proponen capturar uno en la incomensurable 20.000 leguas de viaje submarino. Arrojados sobre él cuando le dan caza, comprueban que el lomo del la bestia "está hecho de planchas atornilladas". Nemo es el mismísimo Ahab y el narval es su Moby Dick enfebrecido y cruento. No sé si Lovecraft lo habrá traído para representar alguna presencia maligna, uno de esos monstruos ancestrales que pueblan el fondo del mar y perturban el sueño de los navegantes. En mi recuerdo de lecturas adolescentes, veo calamares gigantes, krakens descomunales que abrazaban barcos enteros y los sumergían en un aterrador abrazo o veo al leviatán, monstruo emanado directamente de la mismísima divinidad, representado por una especie de ballena con hambre de hombres (excusad la redudancia fonética) y capaz de alojar en su vientre una flota de mercantes o un drakkar vikingo. Lo que no podré olvidar (aparece de vez en cuando, inevitablemente esas imágenes perduran con asombrosa nitidez) es al narval, al delicado (a pesar de todo) unicornio del mar. 

12.1.21

Dibucedario 2021 / 12 / Libélula



Libélula es ala que festeja el vuelo. No hay nada que le agrade más que dejarse convidar por el aire y copular en pleno vuelo sin que intermedie cortejo previo, proeza motivo de envidia entre otros insectos alados e incluso entre la fauna terrestre más atenta a estas frivolidades amatorias. Todo en Libélula es una extensión de ese ansia suya por emular al viento. Es criatura precursora de leyendas ancestrales. Aparecen en escudos samurái y en hexámetros clásicos: en ambos lo que prospera es la épica, pues Libélula siempre tuvo un predicamento bélico en la historiografía al uso. Se han visto a Libélula acometer la ingesta de congéneres, pero no es pieza común y se entrevé un insólito episodio de hambruna para que se dé esa circunstancia. Son capaces de realizar travesías transoceánicas sin rebajar la tensión de su vuelo y poseen la capacidad de ser impredecibles, sin que el cansancio las extenúe. Cuando el cielo se entenebrezca y se anuncie el final de los tiempos, habrá una libélula sobre la última cabriola del aire, espléndida y pura, celebrando su muerte en un batir orgásmico de alas. 

Dibucedario 2021 / 11 / Kiwi


 Kiwi es curioso como podría haber sido introspectivo o gruñón o metepatas. Va antojadizamente a lo suyo y no es conveniencia suya agradar sin más, así que no es la alegría de la huerta ni del bosque de su antípoda patria y, con triste frecuencia, se le encuentra deambulando parsimoniosamente, escarbando con su pico por si las lombrices no se coscan de su presencia y le resuelven el almuerzo o la cena. No hace ascos a insectos, pero cuesta atraparlos y su sabor no compensa ese alarde atlético. Porque Kiwi no ha sido bendecido por madre natura con muchas habilidades y se las compone como puede con las que buenamente venían de fábrica y pasan los siglos y ahí están los de su especie, raros, pero heroicamente a salvo de pandemias o extinciones. Es solitario a sabiendas, ya que está más que visto que es muy de su gusto encariñarse de la hembra y construir una familia. Se acurrucan en sus madrigueras de día y salen de parranda gastronómica cuando cae la noche. Si Kiwi se enamora es para toda la vida. Que sea ave y carezca de alas ya no le causa rubor, pero hubo un tiempo en que le azoraba caminar, con esas patitas sin encanto, como si arrastrara una maldición ancestral de la que su raza no lograra deshacerse. Cómo voy a ser pájaro, suele decir, si en lugar de pluma es pelo lo que cubre mi cuerpo. Contrariamente a lo que su complexión hace suponer, Kiwi es veloz como casi ninguna otra criatura de su tamaño, lo cual es de agradecer cuando alguien decide hincarle el canalla diente. A lo que no se le pone trabas es a que Kiwi es amoroso por naturaleza. Es lo que tienen los espíritus curiosos: sienten una querencia singular por lo que les rodea, nada de cuanto está a su alcance les es ajeno. Como no abundan, se guardan mucho de hacer vida social: prefieren no alardear de nada, cuando puedan alardear de algo, y parecer feos e idiotas, aunque en el fondo de su corazoncito sepan que son hermosos y rebosen inteligencia. 

10.1.21

Dibucedario 2021 / 10 / Jilguero


 

Jilguero carece de formación musical, lo cual no le ha impedido dedicar su entera existencia a cantar. Facultado para ese desempeño, ha afinado su instrumento al punto de conseguir notas de una solvencia técnica asombrosa. Hay trinos suyos que tienen la elocuencia lírica de un divo de la ópera cuando acomete un aria de Verdi. El delicado tintineo de su canto conmueve por su deliciosa melodía. Hace Jilguero gorjeos hermosísimos que no siempre tienen al público adecuado: pasan desapercibidos, se arriman sin concierto a otros sonidos circundantes y acaban desoídos, convertidos en un rumor inaceptablemente chirriante. En un tiempo, Jilguero se probó en la declamación de la alta poesía de género bucólico y era pieza común, si se afinaba la atención, escuchar sus versos, ora de arte mayor, ora de arte menor, según el motivo del poema. Cuando la poesía le hartó, pues es de ir aquí para allá sin tener que dar cuentas a nadie, Jilguero se atrevió con la canción protesta y hasta unos jilgueros adolescentes reclamaron su adhesión a una iniciativa subversiva a la que él opuso amable resistencia. Con el tiempo, ya en una edad talludita, encontró la gloria de su arte en el rock pesado, pero no tenía la vocalización ruda requerida para esa disciplina, por lo que se sentía deprimido. Sus compañeros de canto, por animarle, le conminaban a que regresase al canto limpio de su especie, que no buscase la fama y se contentase con trinar para cortejar a las féminas o para agradecer la irrupción del sol cuando se esconde la luna, pero no hay quien le gane en testarudez y siguió en sus trece. Quiero ser un jilguero heavy, sentenció una tarde de lluvia a unos amigos de toda la vida que atacaban lo que parecía un bolero. Ahora busca banda. Quiere hacer un tour modesto por la zona y sacar una maqueta. Se empieza por algo. 

9.1.21

Dibucedario 2021 / 9 / Insecto Palo


 Insecto Palo es de un introspectivo amoroso. Tímido hasta el hartazgo, no comulga con las efusiones del vulgo boscoso. Prefiere cierto anonimato pacifico. Carecer de esa voluntad pública, lejos de deprimirlo, lo conforta y ha hecho de esa apatía social un signo de distinción entre sus casuales convecinos. Rehusa opinar cuando se le reclama decantarse en algún asunto. Pasa a veces desapercibido hasta para sí mismo. Insecto Palo suma a su condición estática la sensible y, cuando el frío irrumpe con su crudeza o el calor arrecia con la suya, se duele de la fragilidad ajena y llora quedamente, con disimulo y rubor. Si su ánimo flaquea, pues tiene accesos melancólicos, sopesa largamente cancelar su hierática compostura. Se defiende con austera diligencia de quienes lo hostigan: no exhibe una violencia recriminable, sabida su mansedumbre. Es más de perderse. Prudente y meditabundo, disfruta con las cogitaciones de su entera y satisfecha quietud. Tiene tiempo para pensar en los males del mundo, aunque apenas entrevé que pueda solucionar algo, por lo que se deja llevar por los colores del entorno y se engolosina con los olores verdes del tronco de su residencia arbórea. No hay criatura en la vasta foresta que no le tenga aprecio. Su aparente fealdad no afecta a que se le considere un miembro respetado en la comunidad. No es cosa que le incumba: ninguna opinión acerca suya le ocupa más de la cuenta. 


8.1.21

Dibucedario 2021 / 8 / Hipocampo


Plinio, Ovidio, Dante, Shakespeare, Quevedo o Milton dedicaron hermosas páginas al ave fénix, pero no hay literatura que prestigie al caballito de mar. Ha habido una especie de deliberada omisión, un consenso tácito para que ningún autor (ni clásico ni contemporáneo) pondere sus bondades, enumere sus cuitas y haga estiloso panegírico de su causa, aunque sea laico y frívolo. Ni una pequeña entrada en un volumen menor. A lo sumo, algún librito de inspiración infantil. Se ha perdido el caballito de mar, El caballito de mar ha encontrado un tesoro o Don Caballito de Mar y el coral mágico son maravillosos títulos para animar a la lectura. Qué gracioso el caballito, qué bien se mueve. Cuidado, que viene el tiburón. Lo que no puede usted encontrar es alguna referencia adulta fuera del rango científico. Tampoco crea que usar su nombre noble (hipocampo) puede mejorar el panorama. Pobre criatura, qué desliz narrativo, con qué escasa aplicación se ha representado su lugar entre las criaturas que pueblan el diverso mundo. Con lo bien que suena su denominación elegante: hipocampo. Pronúnciela, por favor. Dígala con la rotundidad fonética de quien está sentenciando. Hipocampo. El sueño del hipocampo, se me está ocurriendo ahora mismo. ¿No dirán que no es un estupendo título para una novela de ciencia-ficción? Una revista de crítica literaria podría llamarse así. Sin adorno. El sustantivo en su seca orfandad semántica. Si yo tuviese un perro, cosa que no va a suceder jamás, tengo mis razones, le llamaría Hipocampo. Si me envalentono, hasta cuadra que le dé un apresto clásico de más hondura y lo macere en latino modo y lo bautice como Hippocampus. Me encantaría ir por el parque y dar una voz para que acuda: Hipocampo, que nos vamos, no te entretengas. La gente me miraría. Qué de nombres vulgares hay en la nomenclatura de las mascotas. Algunos dan verdadera grima. El nombre es el santo y la seña de nuestra dignidad. No es lo mismo llamarse Francisco Martínez González que Borja de Roncesvalles o Luis Ricardo de Trastámara y Gómez de las Heras, excusadme los franciscosmartinezgonzalez que hayan recalado en este escrito y se sientan aludidos. A falta de tener a mano caballitos de mar, perdón, hipocampos con los que distraer el ocio doméstico, se embebece uno recreando sus gráciles movimientos, disfrutando con la hechura erguida de su porte y la asombrosa (no cabe otra cosa que asombro) anatomía de su planta. Tengo que mirar con más cuidado: no me extraña que algo se me haya pasado y Dante o Shakespeare o Borges se hayan ocupado de glosar su minúscula (pero hermosa) existencia. 

7.1.21

Dibucedario 2021 / 7 / Gamba


 Harta de que nos cuezan o nos sirvan a la plancha, eso para empezar, pero ya puestos, agradezco el saber culinario de los que nos exponen con brevedad, una ebullición sin alargamientos innecesarios, de lo contrario (eso he escuchado) la carne se endurece más de la cuenta, qué sabrán ellos de dureza, si no han sido sumergidos en el mismísimo infierno (que es acuático para nosotras, las gambas) y luego, una vez probado el rigor de ese fuego, no han pasado por la humillación de ser introducidas en agua helada. No sé el momento exacto en que pasamos a mejor vida, sea eso lo que quiera que sea, no tenemos la costumbre de la fe en nuestra especie, pero nuestra defunción debe ocurrir en el momento en que pasamos del agua quemada al agua gélida, para que nos entendamos, en ese brevísimo instante en el que la lucidez ocupa todos tus sentidos y sientes cómo se apagan uno a uno todos tus abrasados órganos. Podemos soportar días enteros fuera de nuestro medio natural, pero hay tormentos a los que no sabemos dar respuesta. Algunos son más particularmente insoportables que otros. Se me ocurre que no debe ser tampoco agradable que te congelen. Hasta perdemos sabor, eso parece. Si en el trajín que va desde la captura hasta la humillante exposición en el mármol de la marisquería se advierte algún desperfecto en la concha, suelen retirarnos, no confían en el producto guarde la calidad anhelada. El producto, el producto. Lo digo con orgullo y con satisfacción de especie: fui desovada por mi madre y salí con entusiasmo de ese limbo prenatal. Es dura esa etapa infantil. La mayoría no la superamos, pero si entramos en la adolescencia, en nuestra particular edad de la langosta (no hay pavos en alta mar) tenemos un futuro más o menos prometedor, salvo que alguna malla diabólicamente tejida en forma de embudo arrastre el fondo fangoso y caigamos en ella o alguna otra criatura (hay más de la que parece) se deleita con nosotras, qué le vamos a hacer. La tragedia de mi familia es antigua y tampoco podemos hacer nada para que mengüe o desaparezca: nos acompañará hasta que nos extingamos, si es que eso puede suceder, ya que somos de desove fértil. Somos exquisitas, he ahí el motivo de nuestro quebranto. Salvo la concha, que es apartada, y la cabeza, que tiene otra función a la que lamentablemente acudiré más tarde, todo en nosotras es comestible, quién soy yo para poner objeciones a eso. No entra en nuestra condición la del canibalismo, así que entenderán que carezca de un juicio sensato en estos asuntos, pero hay algo que nos hierve la sangre y que hace turbulentos nuestros sueños: consiste en el salvaje acto de que se mordisquee nuestra cabeza y se la succione como si la vida del comensal estuviese en juego y se le disipara si no la deja cabalmente seca. Tenemos algo con lo que exhibir nuestra melancólica desaprobación, una especie de venganza en la que no concurre la muerte de nuestro enemigo ni el derramamiento salvaje de su sangre. Es de ricos la dolencia que causamos, qué sé yo la diferencia entre ricos y pobres, yo me contento con mis pequeñas distracciones marítimas. La causa una sustancia que tengo en abundancia a la que han dado por nombre purina. Pues bien, la tal purina (pura orina en su latina etimología) metaboliza en el interior de las células y produce ácido úrico, veneno que yo te dé, placer que tú me entregas. Lo que hace la purina en quien ingiere mi cuerpo en cantidades imprudentes (ojalá bastase un solo bocado, una pequeña brizna mía en los labios) es quebrarle la salud. Lo llaman gota y viene a ser (ya me traducirá alguien, no alcanzo a entender este vocabulario humano) una artritis caracterizada por repentinos e intensos ataques de dolor, con hinchazón, enrojecimiento y extrema sensibilidad en los miembros afectados, mayormente articulaciones y, las más de las veces, las del dedo gordo del pie. La fase avanzada de esta afección (mi favorita, no lo duden) puede extenderse a codos, dedos de las manos o hasta el tendón de Aquiles, partes de la anatomía humana que terminan por conducir al estragado por estos padecimientos al desquicio mental. Qué malo es el dolor, yo puedo decirlo con probada experiencia. Hay quien, habiendo sentido en carnes propias esta enfermedad, desiste en procurarse el gusto de chupar nuestras cabezas, permitid que me tiemble el pulso al pensar en esa horrible libación de nuestras meninges. Preferimos la ociosa vida submarina, aunque entre en lo razonable que en un descuido seamos pasto de algún pez. Por lo menos es una muerte rápida, no hay refinamiento en su ejecución. 

5.1.21

Dibucedario 2021 / 5 / Escarabajo Rinoceronte


No especialmente grácil en maniobras aladas, que son particularmente cortas y de escasísima altura, Escarabajo Rinoceronte se desplaza con tímida disciplina a ras de suelo. Por la excesiva lentitud de su deambular, ocupado en precaverse de rapaces, pájaros de menos fuste como abubillas o urracas y hasta de meloncillos o alguna timorata gineta, es manjar popular en los bosques. Ni sus toscos élitros, ni la intimidante erección de su cuerno impiden que sea una presa fácil. Constante y parsimonioso, inofensivo y sentimental, Escarabajo Rinoceronte se lamenta en su intimidad inasequible de que no se le facultara con las habilidades de otros insectos. Ah, Creador, qué crueldad la tuya, con qué desprecio me urdiste, susurra cuando se oculta en los troncos carcomidos de los árboles. Es inútil que sea la criatura más poderosa de la naturaleza, continúa. En tu bondad infinita me has agasajado con recia coraza, pero me alimenta la savia de los tallos y algunos frutos. Me pongo a salvo, en lo que puedo, no niego que escarbo con diligencia, pero no exhibo el coraje de otras criaturas tuyas. Necesito poco, no preciso ingestas masivas. Quizá esa frugalidad mía ha marcado mi endeble carácter. En las noches más oscuras, cuando el cielo es una bóveda infinita, medito sobre mi condición terrena. Toda la posible prosperidad de mi especie reside en la cobardía de nuestra ánimo. Tampoco soy hermoso. También ahí fuiste ruin. En lo demás, ocupo mi existencia en vagar sin rumbo. Mi vientre arrastra tierra húmeda y excrementos. Mi corazón es tierno como un pétalo de gardenia. De noche, cuando me muevo con más confianza, lo escucho crujir. Más que latir, cruje. Parece a punto de derrumbarse, pero prosigue su burda melodía. En el Egipto Antiguo se me atribuyó la creación del Universo. No es algo que me quite el sueño.

4.1.21

Dibucedario 2021 / 4 / Dragón


 

Contra la idea de que el dragón es criatura de índole fantástica está la que lo adhiere al rigor de lo real, ya que cuenta con la virtud de mutar en cualquier otra especie con la que trabe alguna afinidad moral, por irrelevante o fugaz que sea. Es fama que fue un dios en los tiempos en que los dioses eran reprobados por el hombre, aunque se ganó el afecto de emperadores y sacerdotes y encontró un altar en los templos. Hay menciones que lo describen con una cabeza humana. El agua en la que concedía aliviar su sed tornaba veneno, por lo que se le confinó en el sueño de una de las meretrices del palacio en donde, por temor a que se extraviara y causara el caos, había sido recluido. Cuando se le atribuyen cualidades humanas, el dragón torna en siniestro su acostumbrado plácido gesto y se deleita en hacer que arda el aire en el que lo ensalzan. Abundante narrativa heroica advierte que es inmortal, aunque se le pueda dar muerte con la prosperidad del acero. Una vez que su corazón se detiene, el cielo se quiebra en nubes, censura la luz y, en esa oscuridad anterior al tiempo y al espacio, susurra en un sortilegio una palabra que lo anima. Hay quien entiende que todas estas leyendas son intrascendentes y únicamente ocupan los miedos de los niños. Es privilegio de algunos poetas escuchar su voz cuando alguien deja este mundo y su alma comienza a abandonar el cuerpo. No siendo transcribible su idioma, se cree que encomiendan al espíritu del finado que vague por la tierra convertido en caballo o en rana o en pez de colores hasta que la fatiga de esa vida agradezca la posibilidad de morir definitivamente y no dejar huella alguna en la tierra. Los vikingos recrean un dragón en su escudo, pero no conocen la literatura ancestral de esa deidad a la que confían la salvación de su alma. Ya no abundan los dragones. Quien posee fino oído para las maquinaciones de la materia, intuyen su presencia en animales insignificantes: en insectos que se demoran en una rama de olivo, en perros que ladran cuando los baña la luna de agosto.

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...