31.10.18

jonás escucha la voz de dios en la panza de una ballena / salmo john coltrane número uno

esta caligrafía de bruma sin brahms ni mordisco se hace polvo de estrellas, se hace escritura, boca o túnel o fábula, un pequeño incendio bebop que vence la oscura, la quemada historia de las palabras y asciende la tarde hasta pesar como un adjetivo sin romper todavía, los adjetivos tienen la vida interior de la que a veces carecen quienes los manuscriben en una servilleta de un bar de copas, mientras suena john coltrane en un solo que parece provenir de la panza de una ballena, miro hacia adentro en la propiedad más oculta del tiempo, me queda toda la vida para desabotonarme del todo y tumbar mi cuerpo en la cosecha infame de las horas, todas matan, la última hora debe ser la hora de la poesía, morir debe ser entregar un último verso, en ti todos los versos se parecen a un único gran verso con sordina, john coltrane en la panza de la ballena, como jonás el profeta escuchando la voz de dios ir y venir, como un solo de john coltrane en su cabeza, el verso abierto con el que el universo celebra  su festín de secretos, un pequeño incendio acecha en las avenidas, en los índices de las novelas de amor, en las calles del sector sur en córdoba, en la playa de mil novecientos setenta y ocho, mi abuela cuidando de que no falte ningún nieto, estamos jugando en la arena, recuerdo a mi prima rosa riéndose como si fuese la primera risa depositada en el mundo, reírse es negar a dios, el que se ríe no le tema a la muerte, no tiene que pensar en cómo se salvará, en quién vendrá a echarle una mano cuando el agua le llegue al cuello, reírse es una síncopa con colmo, un arpa terrible en el fondo del alma, donde el dolor y donde la lujuria, está la tarde gris y amenaza lluvia, anochecerá pronto, no tengo nada con lo que consolarme, acabo de despertarme de una siesta larga, he soñado que la ballena me daba un bocado, zampado el poeta, convertido en pláncton lírico, estamos en un vértigo de niebla, le digo a dios, estamos los dos apedreando perros, mintiendo en los púlpitos, él tiene la barba blanca, yo tengo la barba blanca, escribo porque pronto olvidaré lo que digo, porque john coltrane me escolta, porque la ballena me viene grande

30.10.18



Es más fácil negar que asentir. Cuando dices que sí, justo en ese instante, abres la puerta de tu casa, ofreces tu corazón, extiendes tus manos. El no es el silencio, es el vacío también. Se abstiene uno para no manifestarse del todo. No conviene darse, ni acostumbrar a los demás a que te des. En lo que me incumbe, creo que he sido más del sí que del no. A veces porque asentir es una invitación a la intriga. Porque el no es una puerta cerrada. Hay puertas que, una vez cerradas, cuesta abrirlas. Incluso, abiertas, no muestran lo que antaño. El paisaje que hay detrás es otro. Si era tu casa, ahora no lo es. Se tienen muchas puertas abiertas, pero la edad te enseña a ir cerrando algunas. Es cierto que no hay nada mejor que invitar a todos a la fiesta o que la generosidad, aunque no luzca ni se venda como un modo de vida, te permita dormir mejor y conciliar el sueño en paz contigo y con el mundo. No sé a qué viene todo esto. Se me ha ocurrido al ver el no gigante y rojo que vi por ahí y he guardado en el disco duro. Se le tenía que dar uso. Un no da para escribir una novela o para conducir una vida. El sí, ah el sí. Eso es un asunto más delicado. La mano abierta es el sí. El abrazo dispuesto. El gesto limpio. Es verdad (decía K.) que uno se bandea mejor si hay obstáculos de por medio. Te hacen estar alerta. El mundo es ancho y ajeno, dijo el poeta. De todas maneras sólo es un desahogo. En realidad escribir (el entero ejercicio de escribir) es (sobre todo) un alivio, una manera de echar fuera lo que no conviene guardar. Y conforme se van contando las cosas se advierte que ya no le pertenecen a uno. Hay gente que corre o bebe hasta que se le nubla el salto sináptico o escucha a Brahms hasta que amanece o rastrea la red para ver si hay algo que lo aturda y le haga no considerar la realidad. Tampoco tengo muchas certidumbres. Las justas. Algunas con las que me manejo. A un amigo se le ocurrió que lo mejor es no involucrarse en muchas cosas y consolidar la firmeza en algunas. No sé cómo le va. Una vez me hizo ver que la vida le había dado los palos suficientes como para acuartelarse y poner centinelas por las noches, por si el enemigo asoma y se pone levantisco. A los personajes de las novelas rusas les pasa más cosas en un capítulo que a mí en el decurso de una vida. Se escribe para contarse el mundo, aunque algunos, al pasar, recojan la noticia de las que nos hemos hecho eco. Los que escribimos somos gente extraña. Hay días que, al no hacerlo, al no dejar nada escrito, falta algo.  Como si no pudieras comportarte como sueles e hicieras las cosas sencillas que sueles y escucharas lo que se te dice y también tú hablaras y todo fuese la cosa más natural del mundo  De verdad que somos unos exhibicionistas. Tendría que atenderse en serio esta especie de fractura de nuestra paz interior. Ves un no en un archivo en el disco duro y se te embala la cabeza y largas lo que nadie te ha pedido. En fin. La misma vieja historia. El sí, sin embargo, tiene más predicamento entre la gente de buen corazón. Se ha construido este mundo en base al sí rotundo de algunos contra el no tozudo de otros. Que vaya bien el martes.

28.10.18

Oh cielos














La mirada se apresta siempre a perderse en el cielo, lo contempla con la misma vehemencia con la que observa el mar. Es nuestro el paso, el suelo firme, nuestra la convicción de que somos dueños de la tierra, hasta otra convicción es nuestra también, la de saber qué será nuestro morada cuando todo concluya, pero no el cielo ni el mar, ellos son ajenos. La aventura del cielo es más metafórica. Se la apropian las religiones, alguna con más énfasis. El cielo es el reino prometido, no así el mar, no se explica bien el porqué. Somos más de agua que de aire. Vinimos del mar y tal vez deberíamos regresar a él. No tengo soltura en ritos funerarios. Lo cierto es que es lo mismo que podamos volar o podamos navegar: por mucho que el progreso nos permita ocuparlos, el cielo y el mar, no nos pertenecen, no se dejan jamás gobernar. A veces se dejan manejar por la poesía. El mar y el cielo son materiales del género metafísico. 

El de ayer en Granada fue un cielo bondadoso. Cuando se esperaba que prorrumpiera en lluvia, se arredró, dejó escapar unas gotas amenazadoras, pero después respetó el paseo hermoso por la Carrera del Darro y el Paseo de los Tristes. Lamenta uno (será un lamento compartido) lo inevitable cuando visita una ciudad con la idea de pasearla y admirar lo que ofrece: que todos tengamos el mismo anhelo y queramos hacer las mismas cosas. Se puede probar a pasearlas a horas tempranas, a poco de amanecer o incluso antes, expresó en voz alta un amigo, seriamente conmovido por el imponente reclamo monumental de Granada. Ahí, al alba, no habría la bulla de la tarde, bulla de ayer tarde que, en cierto modo, tampoco impidió que pudiéramos disfrutar a placer, sin atropellos, a pesar del gentío. Lo demás fue perfecto también. Anduvimos de bares. No se comprendería Granada sin ellos. El cielo nos protegió a pesar de las advertencias de las autoridades climatológicas. De no haber sido así, si hubiese caído a plomo sobre nuestras cabezas, como en el cómics de Astérix, habríamos modificado muy levemente el plan. Los bares son un refugio, uno de los más fiables. No es únicamente el afán etílico (dicho de una manera elegante) sino la sensación de estar en casa. Algunos cumplen esa función más modélicamente que otros, pero todos (a su secreta manera) te acogen y te hacen sentir bien.  

Un apunte añadido: los granadinos, no cabe réplica, no descuidan las tapas. En algunos bares habría que hacer reverencia al entrar y al salir, por lo espléndidas que son. Quienes no estamos acostumbrados lo apreciamos sinceramente. 

El cielo de hoy en Córdoba fue de un gris tenebrista hasta que lo interrumpió un sol sin pudor. Esa prevalecencia de la luz duró poco. Si uno miraba con paciencia, con interés entomológico, como si fuese algo que no es fácil de ver o como se temiera que no se pueda ver de nuevo, asistía a un espectáculo fantástico. Lo es por no tener la costumbre de practicarlo. Tan a mano se tiene que no se le mira. Suele suceder que desatendemos lo que sabemos que nos pertenece, pero el cielo no tiene propiedad. Volviendo en coche a casa (no conduzco) he podido admirarlo sin estorbo. No ha sido el mismo en ningún momento. Su piel es siempre otra. El mapa del cielo es un simulacro de mapa. Fue hermoso en nubes. Las hubo de todas las formas y de todos los tamaños. Tampoco hay un atlas de las nubes a mi antojo. El que hay me parece demasiado frío, no tiene nada de lo que espero. No sé si alguien las fotografía y compara después. No habrá dos iguales. No habrá dos fotografías que se parezcan. No hay dos cielos idénticos. 

Este es el atlas de las nubes:   https://cloudatlas.wmo.int/home.html

26.10.18

La aventura del orden

a Manolo Lara Cantizani, poeta del orden


Al orden no le incumbe la belleza del mundo. Es el caos el que la alumbra. Del orden puro solo se percibe la rigidez, el estado matemático de las cosas, su concilio cartesiano y puro. L pureza nunca reveló la naturaleza humana. El desorden es el principio, el vértice donde empezó todo. Siempre me manejé felizmente  en el desorden, en la improvisación, en la periferia, en la lírica dulce de lo que no sabe uno. No creo que el orden me termine por conmover e ingrese en el ejército de sus adeptos, pero hay días en que me desdigo y gustosamente lo abrazaría. Uno va aplazando las cosas de importancia y llega un momento en que termina comprendiendo que no importa lo tarde que se llega a ellas sino la convicción con la que se llega. Ahora estoy en el periodo de transición modélica. Tengo en casa los cajones como Dios manda y no amontono los libros en las baldas, en horizontal, apilados de cualquier manera, sino que los alojo en donde deben estar. Ayer, buscando un libro en mi biblioteca, me sorprendí separando los cuentos de Poe (la vieja edición de Alianza con portada de Alberto Corazón) de una selección de poemas de Alberti. Pensé: no terminarán bien, no tienen nada que ver, son dos visiones completamente diferentes del mundo. A Poe le interesaba el caos y a Alberti, más que el caos, la luz del caos, el sonido del caos, todo lo que trae el caos y no exactamente caos. Me abrumó esa idea absurda, la de poner distancia entre Poe y Alberti. Si la llevara a término en toda la biblioteca, sería una empresa que no tendría fin. No sé quién sería compañero de lomo de Bukowski. Henry Miller tal vez. A Bécquer lo pondría con Ruben Darío. A Stephen King con todos los demás libros de Stephen King. Con Stephen King no habría problema. Tampoco con Borges, el ciego de manos precursoras y más libros en su cabeza que en las propias baldas.  Los libros se abrazan cuando no estamos, dialogan, pensé una vez. Lo conté en una clase de alumnos de instituto. Se quedaron a cuadros. Creo que  fue ahí, en la historia de los libros que se buscan, cuando algunos desconectaron definitivamente. Eran las cosas menos razonables que escucharían cuando acabase el día. Algunos tendrían examen de matemáticas en el siguiente tramo y estaban perdiendo el tiempo escuchando a un tipo grande que hablaba sobre la inconveniencia de que unos libros estén a la vera de otros o de que jamás podrían estar juntos los Ensayos de Montaigne con cualquier librito de Coelho. Una alumna levantó la mano y me dijo que haría eso con sus discos, nada más llegar a casa. A veces tiene uno ideas absurdas que fascinan a otros. Las mismas palabras que decimos podrían ordenarse para que unas no estén arrimadas a otras o, venido el caso, hacer justamente lo contrario: afanarse en que las palabras que se dicen sean las justas, las que puedes revisar sin que falte ni sobre ninguna y el texto (el hablado, el escrito) sea el único posible de entre millones posibles. El verdadero milagro es que podamos elegir de qué hablar y, una vez rebasada esa primera brecha, podamos elegir cómo hacerlo, con qué instrumentos nos haremos entender. El orden es, en el fondo, un milagro. Uno de los que nos salvan, probablemente. Toda la belleza que hay en el mundo proviene del desorden, pero es su anverso (su indeclinable anverso, el maravilloso orden) el que nos apacigua y nos hacemos mirar con detenimiento esa belleza y apreciarla enteramente y disfrutarla sin pérdida. El orden es una aventura y a veces tiene su métrica. 

25.10.18

El poeta y el frío



Están por venir los días fríos, los días a los que no le aplicamos esmero alguno, los días sin resplandor, los vacíos, los días de Bill Evans en una habitación de la planta de arriba, tocando el piano sin que nadie lo escuche, pero saber que Evans está arriba, el poeta está bebiendo whisky directamente de la botella, busca en el paisaje que le ofrece una ventana muy grande árboles, árboles grandes, nubes tocadas de tragedia. La pieza que toca puede llamarse Tree. Tres es hermoso como título. Me sigue pareciendo inquietante que una pieza instrumental pueda llamarse de una forma o de otra. Que se llame Tree o se llame Aspecto número tres o I fall in love too easily. Aceptamos el título, lo integramos en la melodía. No tenemos la misma voluntad con el frío. No le permitimos ninguna excentricidad. El frío carece de ceremonias. A Evans le subimos un sandwich frío de pollo, pero no lo toma. Hace días que apenas habla. Está flaco, está nervioso. Parece un recluso. Tiene tabaco para un par de temas. Le amarillean los dedos. El humo pesa en el aire. Bill Evans es un poeta con gruesas gafas de pasta. Se ha dejado barba. La tiene descuidada. El jazz es una cárcel. Mañana es posible que el frío sea lo único de lo que hablemos.

23.10.18

Benditos pleonasmos

Decía Savater el pasado sábado en El País que la literatura fantástica es un pleonasmo. Lo que redunda en la expresión no es sólo que todo lo que se escribe proceda de la fantasía (es así, aunque se aderece con brochazos gruesos o delicados de realidad pura y dura, como se dice) sino que no puede proceder de otro lado. En el momento en que contamos algo, en cuanto se airea y accede al otro, al que lee o al que escucha, se desvirtúa, se corrompe, se aparta del motivo que lo inspiró y se inclina a otro, no necesariamente el original ni el exigible. Lo que se dice, en el instante en que se transmite, pierde una parte de su contenido, no satisface el cometido que se le asignó, incluso posibilita que pueda entenderse algo enteramente contrario. En lo que me afecta no tengo casi nunca claro si lo que expreso es lo que de verdad he deseado expresar, si al volcarlo (cuando se articula en palabras) acabo por malograr la intención que lo animó. En este instante, mientras escribo, noto que no afino, percibo que la idea sobre la que partí se está desmenuzando en algunas ideas secundarias, que pueden (si se hace largo el texto) derivar en otras ideas.

Todos mis textos son una opulencia de ideas terciarias. Desbarro, me explayo más de la cuenta, paseo la periferia y miro desde esa distancia el centro seminal, el origen y el fundamento. No difiere este procedimiento al que practico cuando hablo. También ahí equivoco el propósito. Empiezo hablando sobre el predicamento de la banca en la judicatura y termino enredado en la crisis abierta en el Real Madrid. Si es a mí a quien habla viene a suceder más o menos lo mismo. Quien me confía lo que piensa no tiene la convicción de que yo lo recoja íntegramente y lo entienda sin pérdida. Hay mucho que se queda por el camino, no sabemos nada de esa información sacrificada (esos sentimientos sacrificados), no podemos rescatarla, hacerla valer, imponer su realidad a la realidad para que se difunda.

Toda la literatura (la bendita literatura) es un estado de ánimo y, puestos a apurar el pleonasmo, una transcripción de ese estado de ánimo. En lo transcrito siempre hay pérdida. La literatura es un archivo comprimido, una especie de MP3, aunque a veces sea de una calidad asombrosa. No sabemos cómo funciona la cabeza del escritor, ni la de quien no escribe, no se sabe bien qué excluye y por qué o las razones por las que algunas cosas sobreviven y se vuelcan en el texto y otras se sacrifican, no prosperan, se quedan en el camino y no ingresan en la elección de un modo de expresarse o de una trama. En la novela en la que ando (no la he dejado, sigo en ella) escribo como si no fuese cosa mía lo contado. Siento que los personajes toman propiedad de mi persona, la zarandean, imponen su criterio, irrumpen en mi quehacer diario.  

Siendo la primera vez que escribo algo que pase de las tres hojas, entiendo que será lo normal. No sé si alguien ya curtido en novelas podría decirme si es correcto o no eso de que lo novelado ingrese en lo real y perturbe su decurso. Ahora me caigo de sueño. Aunque sea una hora, voy a cancelar la realidad, nada me suele apetecer más a esta (bendita) hora.

22.10.18

La verbena del espíritu



Querría uno no volver a incurrir en los errores cometidos, pero flaquea, los comete con pasmosa insistencia, cae en ellos como si las advertencias no hubiesen hecho efecto alguno. Tal vez hay cosas que van con nosotros al modo en que van los gestos o el timbre de voz o la manera en que dormimos o cogemos los cubiertos. Se tiene de ellos una propiedad dolorosa, se esmera la voluntad en apartarlos, en cuidar que no irrumpan y perturben todos los propósitos de mejora, pero a veces pueden más que nosotros, nos zahieren, nos crean la inoportuna sensación de debilidad o de falta de madurez. Da igual la edad. Todas poseen su inventario de flaquezas. Azora, al verlos venir, que no le podamos poner obstáculo; duele, cuando suceden, que no hayamos podido evitarlos. Quienes nos conocen y quieren, ellos también con los suyos, excusan que caigamos, hasta compartimos algunos, lo que rebaja en cierto modo la pujanza de los propios. Querríamos ser otro, siempre tenemos ese anhelo, el de parecernos a alguien. La única posibilidad de no venirnos abajo es confiar en que el tiempo nos modele y mejore. A él fiamos lo que nos viene grande. No haber sido un buen padre o un buen marido o un buen hijo o no haber cuidado como merecen a los amigos son las faltas previstas.

Abundan los prontuarios de autoayuda: no hay negocio más floreciente en las novedades editoriales. Tuve un amigo (lo tengo aún aunque nos prodiguemos poco) que se marcaba propósitos sencillos. Para no olvidarlos o para sentir más perentoria la necesidad de cumplirlos, escribía cada uno de ellos en un post-it y lo fijaba al frigorífico. No los retiraba hasta que percibía que estaban cumplidos. Cuando lo visité, me explicó todo con cuidado, sin atropello, pero con la preocupación de quién está acometiendo una empresa importante y está al cabo de sus progresos y de sus dificultades. Me llamó la atención uno en particular: sonreír, exhibir la alegría que (me confesó) no siempre disponía. Aunque a mí me parezcan terapias industriales, entiendo  que gente como Coehlo o Bucay o Espinosa sean útiles y tengan su adeptos, gente con muchos post-its en blanco y un buen frigorífico. Albert Espinosa dice (lo leí ayer en prensa) que las puñaladas se devuelven con sonrisas. No es mala la recomendación, pero es demasiado ambiciosa. También es un poco impostada.

Estos apóstoles del bienestar espiritual terminan produciendo el efecto contrario al que predican: no se sabe bien el porqué de las sonrisas y se entienden mal las puñaladas. Dice Espinosa que ames tu caos. Por ser tuyo, imagino. Yo amo el mío. No tengo otra. Podría desoírlo, reprobarlo o enfurecerme cuando no sepa cómo gestionarlo. Ese es un verbo frecuente en estos filósofos de la verbena del espiritu: gestionar. Encuentran una palabra grandilocuente y la explotan. Su oficio es el de las palabras grandilocuentes, las que hurgan adentro y rebañan el alma caída o triste o huérfana. Sus lectores, legiones de ellos, escuchan y leen y practican lo escuchado y lo leído. Al final terminarán pareciéndose entre ellos. Podríamos incluso identificarlos. Tú eres muy de Coehlo o muy de Bucay. Igual yo debiera plantearme seguirlos. Por mejorar, por no caer siempre en los mismos errores, por ser mejor persona, por tener de mí el conocimiento del que carezco. De joven leí tanto a Nietzsche que temí no desear leer a ningún otro autor. Por esa época me encariñé de las historietas de Astérix y Obélix. Creo que me marcó más el druida de la barba blanca que Zaratustra. Cada uno se toma las píldoras que quiere y hay colores para elegir.

20.10.18

Adorar a Faulkner

Hay una cita de Faulkner que abre un libro del Vázquez Montalbán poeta, que suele ocupar un lugar secundario frente al articulista o al novelista. He tardado en dar con el libro (Memoria y deseo, una antología), estaba en una balda alta que necesitaba una escalera y los viernes me dejo querer por la pereza, pero ha merecido la pena la búsqueda. "Porque - me dijo- jamás se ganó batalla alguna. Ni siquiera se dan batallas. El campo de batalla no hace sino revelar al hombre su propia estupidez y desesperación, y la victoria es una ilusión de filósofo y de locos". Pertenece a "El ruido y la furia", la historia decadente y pesimista de los Compson, su declive, la evidencia de que es el tiempo, tratado con maestría por Faulkner, mezclando (recuerdo lejanamente) personajes que cuentan una parte de la trama o, en cierto modo, una visión de la trama completa, el que nos modela y curte. Que la experiencia es un un cuchillo que nos rebana el pescuezo continuamente sin que brote sangre alguna o sin que percibamos dolor alguno por el tajo. Pillada en la radio casi a su término, escucho una entrevista a un autor (del que no he conseguido saber el nombre, será cosa de buscar el podcast del programa) en la que dice que le influye Faulkner sobre todas las cosas. También le encantaba a Cuerda. En Amanece, que no es poco, José Sazatornil "Saza" reprobaba a un escritor que hubiese plagiado a Faulkner, novelista adorado en ese pueblo. Estaría estupendo que un pueblo entero adorase a Faulkner o a Cervantes o a Neruda, qué más da. Lo fantástico sería que la literatura uniese a un pueblo.

16.10.18

Una alboronía austrohúngara

Hay palabras que en ocasiones aparecen en tu cabeza de improviso y no hay manera de apartarlas. La de ayer fue alboronía, que es un guisado de berenjena, tomate, pimiento y calabaza. No sabiendo bien dónde calzarla, me obstiné en traer otra que ocupara su lugar y pudiera ser usada a propósito, bien ajustada a otras, cumpliendo su labor, ayudando a que las demás cumplan la suya. En parte uno no es responsable de lo que dice. Irrumpen palabras que no cuadran o incluso no convienen. La alboronía es una invasión léxica amable e inocente, no trasciende, no peligra el orden de la conversación, ni su propósito. A modo de relevo, querríamos que quien la escuchara la hiciera propia y la difundiese. Por no arruinar su periplo léxico, por darle oficio y prestigio. Berlanga no perdía ocasión de meter la palabra “austrohúngaro” en sus películas. Son promesas fáciles de cumplir, deudas intimas, compromisos privados que salda uno a veces fácilmente.
Un amigo mío escribió hace tiempo en un billete el apodo con el que se le nombraba en la esperanza de que el azar se lo devolviera en un futuro, más pronto que tarde. No sé si le sonrió la fortuna. Hasta es posible que ese billete caiga en mis manos. En cierto modo, es nuestro, le marcamos como una propiedad y luego lo dejamos marchar. Hay amigos de los que nos despedimos sin la certeza de que volvamos a encontrarlos. En realidad no hay nada a lo que aferrarse con la convicción de que nos pertenece. Todo es volátil y transitorio. Ni siquiera uno mismo posee esa claridad ontológica. La metafísica es una disciplina fantástica. Dios es un personaje de una saga mitológica. Nosotros somos actores menores. La trama de la realidad es un vértigo. Ojalá la alboronía mía de ayer, por obra de este texto irrelevante, un texto entre millones, palabras entre otras palabras, alcance un destino más duradero que éste, tan diminuto, tan etéreo.

14.10.18

Tempo Pub

Los vasos cómplices. El humo íntimo. Un blues en la misma nuca. Irse más tarde a casa con el silencio dentro como una música. La noche siempre cobra sus aranceles.

Priego de Córdoba, Abril 1992

Casa abierta

I
Salmo
La luz codicia un extravío lentísimo de caballos en un sueño.
II
Solitude
Yo tensaba el plectro del alma; tú observabas la tarde demorarse en las cuerdas como pájaro.
III
Poema
Un poema es una cosa enteramente inútil. Vaselina que mengua la brusca fornicación de las horas.
IV
Poema II
Un poema no es siempre hermoso. A veces un poema ameniza tardes de domingo en el jardín si a la familia le da por venir y el café no garantiza conversación más allá del tiempo que hizo ayer o de aquel julio en la playa cuando la abuela se dejó fotografiar con los nietos.
V
Mahler
Una bonanza antigua llena en ocasiones el sueño. Fuegos de artificio sublimes. Rumor de sábados muy dulces en las calles de la infancia, nombres de cosas que dispersa más tarde el vértigo de los días, que se persiguen.
VI
Esponsales
Vastos y nocturnos, copulan invisibles jinetes.
VII
Milton
En la luz está la belleza, el ampuloso oleaje de su cántico, la rosa breve y la rosa perfecta con su rojo cifrando el mundo.
VIII
Zoom
Una lentitud de algas ocupa la tarde. Ancho, no obstante, me está viniendo un párpado.
IX
Dios
Tienta el azar duras comisiones de sangre. Descienden, muy secretas, al centro de la palabra y ahí rescatan la semilla, el fugaz numen de todas las cosas.
X
Tarde nuevamente con Faulkner
La caligrafía es siempre el cuerpo, su pulso herrumbrado, la sangre abolida.

12.10.18

En el día de España


En cierto modo uno es de aquí como podríaa haber sido de cualquier otro lugar. Se es cristiano o musulmán o escandinavo o de Argelia sin que exista una voluntad para alcanzar ese destino en lo universal. Celebrar la Hispanidad es un exabrupto obviable, pero tiene su lado lírico, el de ser de algún sitio o el de sentir que el país en el que vivimos es parte nuestra al modo en que lo es el salón de la casa o los amigos que buscamos. No tengo yo una querencia íntima hacia lo español, pero tampoco rehuyo que, en ocasiones, la españolidad sea una parte mía, una en la que me identifico y que, como a los del noventa y ocho, me duele. Los festejos de las Fuerzas Armadas me quedan grandes, aunque uno entienda que los Cuerpos de Seguridad del Estado existan y cumplan (esperemos que con honradez y arrojo) al cometido que se les impuso, el de salvaguardar el bienestar al que aspiramos o el poco o mucho del que disponemos. No fui un buen soldado, no entendí que la patria contara conmigo, pero hice mi trabajo lo mejor que pude y acabé comprendiendo que no puede uno ir por la vida en una anarquía militantes. Quienes la ejercen, la anarquía, la negación de los símbolos de la nación, me inspiran respeto, aunque difiero más de ellos que del ciudadano mesurado que mira con educación la bandera y acata las normas de la cosa pública, va a votar, acepta que su voto no sea el dominante y no entre a misa si entiende que nada de lo que se dice dentro del templo no le incumbe o, caso contrario, maravilloso caso contrario, comulga con los preceptos de la curia y reza para que todo se alivie y el sol brille con esplendor cuando amanece. 

Pensé en España, como país, cuando murió el francés-armenio Charles Aznavour hace pocos días. Aquí no se estilan los funerales de Estado al modo en que se tributan en Francia o Estados Unidos. Tenemos la equivocada idea de que habrá quien lo repruebe, quien mire el carnet político del difunto y poco o nada su legado o el talento con el que se granjeó la admiración popular. También la de no tener el sentimiento del agradecimiento. Un país que no homenajea a sus mitos propende con más facilidad a cuartearse y con mayor rapidez se escinde. No hay nada que nos cohesione como nación. De hecho ni esa misma idea de nación entusiasma: sólo moviliza fragmentadamente, únicamente cuenta con adhesiones parciales. Aquí avergüenza despedir con honores a nuestros muertos ilustres. España se echó a perder como casa común en algún  momento de la Historia. Sólo la euforia deportiva extrae ese apasionamiento. Ahí no escuece alardear de país, enseñorear la bandera, entonar con titubeos el himno, hasta amañarle una letra. No es que flaquee el pueblo, no es el pueblo el que escatima muestras de dolor: es algo más inasible, es el cansancio o la pereza, la maldición de que no nos gustamos, de que España no es nada a considerar, salvo cuando el orgullo nos engorda el pecho al ganar un concurso internacional de canciones o una competición deportiva. Luego está el desamor hacia nuestros ídolos. No queremos ídolos, no somos lo suficientemente agradecidos hacia quienes tienen algún tipo de magisterio en alguna disciplina artística, política o social. Criticamos a Nadal si no se remanga y ayuda en las labores humanitarias en una zona devastada por la lluvia y lo criticamos si se queda en casa y no coopera. Siempre habrá quien encuentre razones para una cosa o para la otra. Lo de Aznavour, que fue un francés extraño, dicho sea de paso, me conmovió. Cuando murió Monserrat Caballé hicimos lo previsible, no caímos en la cuenta de que fue ella la que paseó el nombre de su patria por los escenarios de todo el mundo de un modo magistral, nos guste la ópera o no. Hay que cuestionar siempre lo que se ve, no vale la obediencia a ciegas, es mejor no ser español por los cuatro costados y serlo a sabiendas de que ese oficio es más natural que su contrario. Somos españoles, tenemos a España como madre patria, aunque las madres a veces nos perturben y extraigan de nosotros la parte turbulenta que no aflora con otros semejantes. Uno a veces querría que no avergonzara la bandera o el himno o decir España en lugar de este país. Los eufemismos miden la riqueza emocional o espiritual de un país. 

Las cosas más sencillas

Hay cosas que uno dice y no cree pero convencen a quien escucha. De cuanto se dice una parte no pertenece a nadie, no hay propiedad de lo dicho, ni tampoco de lo registrado. Lo que se salva, asuntos de fuste más pedestre, es tal vez lo importante, todas esas conversaciones sin propósito, la del ruido del café cuando sube o la manera en que anudas los zapatos o elegir una mantequilla u otra en el supermercado o decidir qué sinfonía de Mozart ocupará la primera hora de la mañana o contar sílabas de un haiku para un amigo o corregir exámenes de matemáticas antes del almuerzo u ordenar el escritorio del ordenador, empresas livianas, que acuden sin alharaca y se van discretamente. Todas las otras conversaciones, las cosas que hacemos y las que no, cuestan, se las aparta, un poco por pereza y otro por temor a que se adueñen de la realidad y la afeen o la enturbien, pero nada es nuestro, ni lo claro ni lo oscuro, ni la felicidad ni su anverso, que es la brújula con la que avanzamos. Se afianza el paso a ciegas, se vive con la idea continua de no saber nunca nada con certeza, todo es de los otros. Por eso importa atarse los zapatos de una firma de otra o elegir a Mozart o a Bob Dylan o ponerse una camisa - una a cuadros como de leñador hoy que me encanta - o un polo. Creo en los dos, en Mozart, en Dylan. Me consuelan, me dejan afianzar a ciegas el paso, elevar la cumbre de los días, como pedía el poeta pensando en el Dios al que no terminaba de encontrar. Poesía para celebrar la Hispanidad...

10.10.18

The river

mansions of glory in suicides machines

Era una de esas canciones viriles y melancólicas de Bruce Springsteen de náufragos en la ciudad y novias de dieciocho años en asientos traseros de Cadillacs prestados. El río, que siempre es de Heráclito, dejaba en las orillas su manso inventario de prodigios cotidianos, su temblor íntimo, su sangre novicia, su himno perfecto. A lo lejos parpadeaban las calles y Mary dijo que estaba embarazada. No hubo flores en la boda. Ni viaje a moteles junto al mar. Ni siquiera el novio llevó un buen traje, pero el río siempre vuelve, los llama, les invita a que aparquen el Cadillac (que era de un hermano) y vean las estrellas de New Jersey por los cristales empañados de sudor.

8.10.18

El poema de Peter Pan y Wendy Moira Angela Darling


Incurre a veces el amor en rampas, en fiebre, en fuegos; cae entonces en la cuenta del vértigo, broncamente amarra las riendas antes del roto, pero luego abre decidida altura y zurce a besos los harapos del aire. A Wendy se la ama así, no es posible esgrimir otro poema. Peter Pan vuela los tejados de Londres con el corazón henchido. No ha dejado de hacerlo nunca, sigue en vuelo, enamorado, inmortal y perfecto.

5.10.18

Peces


Al principio hacerle fotos a peces muertos fue una ocurrencia sin propósito. Me agradaba esa quietud triste como de trofeo a la que luego se le pone tasa y se sirve en la mesa. Están los peces exhibiendo su dignidad ciega, tienen el cáncer en los ojos, miran con intención de sombra, lo que ven es una perversión de su memoria. No podemos saber nada, es una de esa tramas invisibles que ocupan el aire y lo vician y nos perturban. Morir es un contratiempo, una clausura de la luz, un desquicio del tiempo. No se alcanza a entender los motivos de la muerte, el libro cerrado de las horas, el pulso oxidado de los días. Lo que no hay es pudor. Se muere uno y lo exhiben toscamente. La muerte es tosca y es impúdica. Quienes la observan tienen un aplazamiento, se les ha concedido una pequeña dilación. La vida es un viaje del que no tenemos propiedad, da lo mismo ser pez que hombre. Es el mismo viaje y finaliza con idéntica brusquedad. No hay cese razonable, ninguno lo es. Uno querría no haber sido informado de la brevedad de la travesía, ir a ciegas, desavisado, no tener la presencia de las muerte de los otros, sea cercana y dolorosa o ajena y aséptica. Lo que tenemos es esa constatación brutal del presente, pero conforta no haber nacido pez o insecto, tener el refugio de la palabra. Tampoco sabemos si el pez, en su condición de criatura afásica, tendrá la fantasía del deseo de haber sido otra cosa o si en su intimidad invisible hay una trascendencia que el hombre cercenó a beneficio propio. No se les tiene a veces el afecto que se le dispensa a nuestros semejantes, no aplicamos piedad cuando acucia el hambre, pero duele verlos en la plancha con hielo de las pescaderías, duele su sencilla fragilidad fúnebre. Ahora está mi mujer pagando. El almuerzo de hoy tiene dedicatoria.
Sábado 29 de septiembre, Mercado de Abastos de Cabra.

3.10.18

El corazón más pequeño, el corazón más grande

Con frecuencia suelo caer en la cuenta de que me siguen resultando placenteras las mismas cosas que hacen treinta o cuarenta años. Ocurre ahora que pienso en ellas, las evalúo como si acabara de adquirirlas, las ajusto al tamaño de mi cabeza, no al del corazón, donde se alojaban antaño. Con la edad, la cabeza impone su criterio con mayor convicción, no permite que se la desatienda, impone su carácter y finalmente dicta las normas. Al corazón, al pobre, se le permiten ciertas veleidades, algunos caprichos, pero tiene todas las de perder y, las más de las veces, hinca la rodilla. El corazón no sólo tiene rodillas que hincar, sino una cabeza que lo hace recular, no aventurarse tanto como solía. Es una cosa curiosa la del corazón, ahora que lo pienso. Se le atribuyen virtudes que no posee: es un músculo, es un órgano con una misión en la que los sentimientos no caben, por más que la poesía romántica y los troncos de los árboles nos hagan pensar que en él reside el amor, el amor grande y los amores pequeños. Al final todo lo convertimos en pensamiento, lo traducimos en palabras, lo escrutamos. Sólo de vez en cuando dejamos que las cosas sucedan sin que pensemos mucho en ellas. Pensar, en la mayoría de los casos, es contraproducente, es contrario al riego normal de la sangre por los órganos y al dispendio lúbrico y a la alegría sana de quien abre mucho los ojos y vive sin nada que lo coarte en demasía. No conozco a nadie que conceda al corazón todo el peso de la trama de su vida, no sería ni bueno, seguro que al final acaba por despeñarse, por arruinar su existencia. Lo normal (imagino) es concederle los mandos a la inteligencia o a la experiencia.

Son los niños los que hacen que la esperanza en la bondad se abra paso en la fronda tosca de los adultos, son ellos quienes brillan cuando la oscuridad se cierne en torno y la sentimos bien encima de nosotros, ocupando el aire que respiramos, los espacios que dejan las palabras cuando se piensan. Lo que más aprecio de mi trabajo (soy maestro) es la posibilidad de que tenga niños cerca, que unas horas al día sólo trate con ellos o con compañeros de oficio que (lo perciban o no, lo expresen o no) también se alimentan de esa inocencia y la alojan en su interior, con más o menos fortuna que yo, pero inevitablemente sucede así. Luego salimos a la calle, encendemos la televisión, contemplamos las perversiones de unos y las maldades de otros y agradecemos que tengamos en nuestras manos el depósito de esa bondad y la responsabilidad de una parte de su tutela; la otra es de los padres, aclaro por si alguien piensa en que toda esa responsabilidad recae en la escuela. El corazón más grande lo tienen ellos. Después se va empequeñeciendo, se encallece. Después se quita de en medio, no está siempre que se le precisa, no nos echa una mano, una de las manos que tiene, aparte de las rodillas o de la cabeza. El corazón es un cuerpo completo en sí mismo, pero conforme se hace mayor, a medida que se gasta, pierde órganos, los deja en el camino, va perdiendo las manos, los ojos, el corazón dentro del corazón que conocemos. Al final todo es cabeza, plenipotenciaria y sibilina y ruda cabeza. Todo es pensar, al sentir se lo arrumba, al niño lo olvidamos, no contamos con él, no pensamos en si queda algo por ahí, susceptible de ser izado a la superficie y puesto en marcha. Ahora me voy al colegio.

2.10.18

El mar

Hace mucho tiempo que no veo al mar. No lo suficiente como para ir y zanjar la añoranza, imagino. Sé lo que me conforta mirarlo, apostarme de pie frente suya y no considerar que haya nada que pueda malograr ese estado de equilibrio, el equilibrio al que no alcanzo si cierro los ojos y miro a otro lado o miro adentro. Ningún paisaje me conforta como el del mar, nada me hace más pequeño y más grande a la vez, como cuando se entra en una catedral. Uno tiene el mar dentro también. Lo acuna, siente cómo se desplaza y se agita o aprecia la calma cuando irrumpe. El mar, de mucho mirarlo, se expande en nuestro interior. No hay forma de explicar cómo puede ser tal cosa, pero igual hay un adiestramiento que permite esta obra de ingeniería anímica. El mar, una vez vertido en el interior de cada uno, no vuelve a salir. Yo ahora noto que me hace falta ir y verlo, por si al mirarlo se obra nuevamente el prodigio, pero no creemos por pereza, por no ocuparnos en pensar o en sentir, se prefiere quedar al margen, no tener más compromisos de los que se tienen, no depender de nada o depender de las cosas equivocadas, las que pueden ser retiradas sin que duela. Puede que no se me acabe de comprender bien en esto de que yo esta mañana de octubre me haya levantado pensando en el mar, en lo lejos que está, aunque lo tenga adentro. 

1.10.18

El beso alado

Escribe Rafael Pérez Estrada que hay un copón del siglo XVII en la Basílica de Santa Gloria de Ferrara que conserva un beso del Arcángel San Gabriel. Justo Gómez de la Lastra añade que el beso es joven y aletea dentro del copón, que las mozas con el virgo entero advierten más nítidamente la respiración angustiada de sus alas. En las catedrales y aun en las iglesias de menor esplendor o de más recatado fuste, se guardan con celo las evidencias milagrosas de los santos y de los mártires, sin que se precise exhibirlas ni difundir que se tienen. Hay quien, movido por la codicia, se ha procurado compradores, pero cuando el objeto sagrado sale del templo se desvanece su prodigio y se malogra el comercio.