31.8.18

Sillas


(Fotografía: Emilio Calvo de Mora, Praga)



Hay sillas que no sólo tienen el oficio de que se las ocupe. Valdrían incluso sin ese cometido. No son sillas en realidad, no se ha acuñado la palabra con la que referirse a ellas. De antiguo sabemos que lo que no se nombra no existe. De noche, tarde ya, cuando la calle registra menos o ningún trasiego, inquietan las sillas, dan la sensación de que, al modo de las puertas, ocultan algo. 

21.8.18

El alma a medio hacer


Queda a consideración del amable lector la posibilidad de creerse la realidad o cuestionarla. Caso de decantarse por la opción sencilla (creérsela) tendrá una vida plácida, escasamente hostil, aderezada de júbilos varios, si bien no es descartable el advenimiento de alguna inconveniencia de la que saldrá sin excesivas cavilaciones. Caso de agarrarse sin rubor a la opción de interrogarla, sepa que la vida le pondrá en más de un jaque, dormirá poco y a veces mal y dedicará cada vez más tiempo a tratar de entenderse a sí mismo porque ya ha desistido en el noble empeño de entender a los demás. No sabrá a qué obedecen sus cambios de humor, sus subidas de ánimo. Tendrá la zozobra que otros tuvieron, las humanas. Se vive mejor en la zozobra, en la incertidumbre, en el caos. Los días en que lo tengo todo claro me aburren, transcurren sin chispa, no tienen nada a lo que aferrarse, se parecen a los demás. Lo peor de los días es que unos se parezcan a otros. Incluso los días en que todo cuadra y la alegría te abraza como si de verdad te amase no deberían parecerse. Hasta en ellos convendría una variación, cierta mudanza. No me creo la realidad para poder hurgar en ella con más empeño. Cuando no se indaga, en los días en que se deja uno vivir, se vive a medias. No hay muchas vidas que vivir para andar desperdiciando la única fiable de la que disponemos. A K. le parece que es mejor no saber, no tener más información de la precisa. Él es de los de la opción sencilla, el grupo de los poco exigentes; de los que, en cuanto acaece un percance, espera sin estridencia que remita, sin mayor pesadumbre. En el fondo, los admiro. Yo no sabría. No sé la causa. Quizá haber leído ciertos libros o haber tratado cierta gente o tal vez sea el mapa genético. Prefiero la zozobra, sin que tampoco abunde, no crean: una dosis pequeña, soportable, lo suficiente como para tener los apetitos abiertos y el alma a medio hacer. 

En mil novecientos ochenta y dos

El mundo era mío en mil novecientos ochenta y dos. 
Yo era un voyeur novicio despeñado en el escote de Kim Novak, un aburrido maquinista de una vida sin riesgo. 
Kafka todavía no es nadie en mil novecientos ochenta y dos. 
Bajo un sol sin Kafka, la vida custodia desvaríos y almanaques y nos dirigimos hacia la semilla infinita del tiempo sin instrucciones precisas. 
Soy un niño supersticioso que describe milagros y toma rehenes estériles en las novelas de Julio Verne.
Soy el vértigo feliz en mil novecientos ochenta y dos  y confío en el futuro. 
Impúdico y hermoso, en un jardín británico, echo de menos el escote de Kim Novak, echo de menos las novelas de Clark Carrados y echo de menos el paseo marítimo de Fuengirola a la caída de la tarde, cuando los turistas se abalconan en los chiringuitos y huele a coppertone en las aceras. 
Ahora escribo sin inocencia, enfermo, huido, en una fuga sin aviso que no se aleja jamás . 
Yo era el dueño del mundo en mil novecientos ochenta y dos. 
Está Kafka aquí a mi vera, lee lo que escribo. 
Kafka tutelando mi viaje, gobernando mis vicios, contándome el final de la historia sin habérsela pedido. 
Es Kafka. 
Ya lo decía el gran Agustín González en Las bicicletas son para el verano¿Quién coño es Kafka?
Yo te lo digo, Agustín: Kafka es el tío que me acompaña algunas mañanas cuando voy al trabajo, el que me susurra en las barras de los bares lo gris que es el mundo y lo poco que podemos hacer para desgrisarlo, el que me enseña que el peso del mundo no es amor, pese a lo cantaba el bueno de Hilario Camacho, sino asombro. 
Asombro siento a diario: asombro y perplejidad. 
Igual convienen esas formas de la peripecia de lo humano para ir sobrellevando el viaje. 
En mil novecientos ochenta y dos, Kafka y yo era dos completos desconocidos. 
En mil novecientos ochenta y dos, mi amigo Raúl descubría a Frank Zappa. 
Escuchábamos a Frank Zappa en un radiocassette Sanyo.
Zappa y Kakfa, de conocerse, se habrían llevado bien.
Tienen en común la disidencia, no huelen a rocío de la mañana, no pasean los bosques sintiendo la armonía del cosmos, no tienen planes de futuro. 
S0n dos filósofos, dos poetas, dos ángeles, Kafka y Zappa. 





20.8.18

Viva Boris Grushensko



En el muy noble arte de vender mitos, el negocio se iría a pique si dependiésemos de este tipo tristón con aspecto de funcionario aburrido que jamás ha salido de las faldas de mamá y de su colección de tebeos de la Marvel, pero sólo se trata de saber con certeza qué es lo que tenemos entre manos. Debe ser muy malo mezclar los pósters centrales del Penthouse con las obras completas de Kierkeegard, que fue lo que nuestro héroe hizo, aparte de empaparse toda la nouvelle vague y la integral de Ingmar Bergman. O tal vez esa mezcla venenosa potencie recónditos circuitos creativos del cerebro que el resto de los mortales tenemos anestesiados por el peso formidable de la rutina. Lo cierto es que no podemos pasar sin él ni un solo año. Buscamos en la prensa todo lo concerniente a su persona como si se tratara de una estrella rutilante que nos tuviese sorbido el seso, el criterio y el sueño. Da igual que un día salga mal en los titulares y otro, según quien opine, esté limpio de culpa y no se ajuste al perfil del depravado que a veces algunos vende, Mia Farrow a la cabeza. Da igual que  salgamos del cine menos en trance de lo que querríamos. Importa escasamente que el genio de gafas de pasta y verbo adrenalítico no esté a la altura requerida. Tenemos a mano algunas obras maestras y siempre es posible echar dos horas frente al televisor enchufado a una sesión en DVD de las fobias, manías y fetiches que han hecho del tipo de la fotografía uno de los más recomendables amigos que uno pueda echarse frente a una pantalla. Y eso, en los tiempos en los que estamos, no está al alcance de casi nadie. Yo llevo con él más de veinte años y parece que fue ayer. No ha habido ninguna película suya que no haya visto. Las últimas no son las mejores, pero es que está mayor. Al tito Clint Eastwood le pasa cosa parecida. Viva Boris Grushenko. 

Cántico y tiniebla / Tras leer a Valente



Cántico 
Fe  en la palabra, en lo que la palabra abarca y no expresa, en la extensión exacta en donde la palabra proclama su reino, lo tendido a modo de vínculo entre el vacío y lo revelado.
Fe en la armonía, en el alfabeto, en la sílaba, en la materia oscura y purísima, la materia intrascendente, la abrasada por el  caos, la que inútilmente sangra y tiembla para ser rescatada y puesta al servicio de la belleza.
Fe en el corazón fundado en el asombro, mecido en el asombro, ocupado entero por el asombro primero con el que el mundo fue hecho.
Fe implacable, fe lúcida, fe lírica, fe total.
La fe izada al distinto cielo, volada sin discurso, a punto de sobrevenirse en luz.
La fe como un nudo de misterio en el poema.
La fe en los días sucesivos, en los días venideros, en los días de la ceniza y del salmo. La fe cruzando un desierto y su secreta desolación sin nombre.

Tiniebla
 Estoy solo frente a la única muerte posible.
Toco el centro del dios y oigo el ruido que hace mi alma adentro cuando contemplo este ocaso en el espejo.
Solo inclinado hacia lo que soy, ensimismado en la serena vigilia de lo que arde y no se extingue.
Solo y gris, vaciado de contenido, ofrecido al silencio como un signo puro. Solo, embebecido y cándido, inocente como la música de las estrellas, solo, en tiniebla, ardido y solo, comprendiendo en la soledad el significado de la pérdida.

19.8.18

Un laberinto

Escribo en vez de leer. 
Leo en lugar de salir a pasear. 
Veo cine cuando podía tomar café en un bar. 
Leo en vez de escribir. 
Salgo a pasear en lugar de leer. 
Tomo café en un bar cuando podía ver cine. 
Los días son cortos. 
Andan persiguiéndose, se abrazan, se muerden, fornican. 
El tiempo no nos sacia. 
Es lo único que no sabemos qué es.
Uno persevera en sus vicios y la realidad ejerce el virtuoso plan que un dios rudimentario y caprichoso le encomendó en algún oscuro principio de los tiempos: incomodarnos, no servirnos, agazaparse en la sombra y darnos palos cuando menos lo esperamos. 
Soy trascendente, una trascendencia novicia, recién adiestrado en el abismo: tengo el ánimo metafísico, tengo planes nobles para mi alma, tengo la sensación de que soy único y de que estoy malgastando miserablemente el tiempo escribiendo cuando podía leer en lugar de estar paseando o viendo cine cuando podía estar tomando café en un bar, pero soy más feliz cuando dejo la metafísica y sencillamente me dejo vivir y no disimulo la felicidad absoluta de esa certeza. 
No estoy casi nunca absolutamente feliz con nada de lo que hago si me paro a pensar en qué estoy haciendo. 
Pensar es una actividad de riesgo.
Pensar es una invitación al desorden, una desobediencia moral.
Escribir es ordenar el riesgo, considerar las amenazas y estabularlas.
Vivir es siempre algo que no coincide con lo vivido.
Las vidas que deseamos son las ajenas, casi nunca las nuestras.
Sólo es nuestro lo que perdimos.
Se vive el margen, se vive afuera.
Lo ideal, lo que he concluido que puede liberar mi poco satisfecha mente, es no pensar en que hacemos sino hacerlo. 
No escribir sabiendo que estamos escribiendo y razonando los motivos de la escritura y no salir sabiendo que estoy saliendo, razonando los motivos de la salida. 
No leer sabiendo que leemos. 
No pasear sabiendo que paseamos. 
Vivir un poco sin metafísica, aunque en el fondo todo se deje gobernar por la metafísica. Vivir como si fuésemos incapaces de hacer otra cosa. 
Como si vivir sin tramas subsidiarias, escasamente interesados en llegar adentro, en conocer quién mueve los hilos de esta trama, eso del dios que detrás de dios la trama empieza que hace tiempo me sabía de memoria y ahora, quién puede decirme las causas, ya no recuerdo. La sensibilidad es una especie de tormento. 
La inteligencia es una especie de tormento. 
En el caso de que yo sea sensible e inteligente, en ese modus operandi fácilmente desmontable, admito que alguna vez he disfrutado muchísimo la metafísica. 
He sentido un quebranto dulcísimo en el pecho. 
He hablado con algún dios sin que intermediara la iglesia  ni los evangelios de los libros de misa. 
He sido deliciosamente blasfemo al mirar al infinito y haberme sentido elegido para entender alguna brizna del argumento metafísico absoluto. 
Lo natural no es la metafísica: lo sencillo hubiese sido no escribir, no dejar constancia de nada para que luego pueda echárselo a uno en cara o para que los demás sepan cómo soy sin que yo tenga idea de cómo son ellos. 
Me gusta ese desorden moral: el ofrecerme, el darme, aunque como el tahúr enamorado de su manga sonría hacia adentro al pensar que escribir es siempre una impostura: que estoy abriendo un pecho que no es mío.

18.8.18

A mí me pasa como a Sinatra




A mí me pasa también de vez en cuando. Me siento como está sentado Sinatra, dejo reposar la barbilla sobre la mano izquierda y hago como que el mundo está ahí justo para que yo lo observe. Contemplado desde esa distancia, el silencio ocupando las palabras, la mirada alojada en la esencia más serena de las cosas, el mundo es hermoso. Está ahí para nosotros. Sin el concurso de nuestra mirada, sin que pensemos en él, el mundo no existe. Londres vive en el momento en que pienso en la ciudad cosmopolita, en sus bares, en sus calles, en los parques. Mis libros se convierten en libros, en objetos armados de sustancia, de belleza, cuando los elijo y abro sus páginas. En el momento en que nombro la dicha, el mundo sucede. El buen lector, el avezado en estas digresiones de sábado tórrido de agosto en Córdoba, puede evitar la pose Sinatra, el desvanecimiento postural, esa actitud de demiurgo razonando la mecánica celeste. Sí, ya sé que me estoy perdiendo, que desde Frank Sinatra sentado en el estudio de la Columbia, esperando grabar You do something to me o Love and marriage o Love for sale y antes, hasta los griegos o más abajo incluso, hay mucha voluntad de explicar el mundo y mucho desatino semántico, pero es que hoy me he levantado espeso y no me salen otros desahogos del alma. Sabrán entenderme.

14.8.18

Amo el rojo



A elegir, si hubiera que tomar uno, mi color sería el rojo, no habría manera de explicar por qué se descartó el azul o el negro o el rosa, el porqué del rojo. No me inclino al negro, siendo el que en el fondo más me gusta, por los prejuicios que uno tiene siempre, por el oficio impuesto que tiene el negro en las adversidades y en los duelos, pero entre el rojo y el negro, si me forzaran a escoger, me quedaría con el negro. Es de una contundencia absoluta, no es débil, no se le puede encontrar una flaqueza, no esconde nada. En verano, quizá tan sólo en verano, podría decantarme por el azul. Se deja uno engolosinar por el mar o por el cielo. En las otras estaciones no hay ningún color al que inclinarse. Tal vez el gris en el otoño, pero está muy manida la imagen. Todas lo están. Las metáforas tienen su caducidad también. No me visto casi nunca con tonos claros. Salvo como fondo a la hora de escribir, detesto el blanco. Se le asocia con la pureza, pero es una convención, una entre muchas. La misma circunstancia de la pureza, cuando se la alía a un color, evidencia una especie de consenso moral. La paloma es el símbolo de la paz. Un corazón representa el amor. Todo en ese plan. El rojo, mi favorito, es además aviso de un peligro. Se ponen banderas rojas en las playas y, en otros tiempos, los rojos eran los comunistas, los apestados. Los peores números son los rojos, que constatan un saldo negativo. Por otro lado, el rojo es la sangre, que constata la vida, su pulso. Todo es cosa de que haya más o menos luz. Cuando no abunda, vemos en blanco y negro. Irrumpe el color cuando se estimula la retina con determinadas longitudes de onda. Al final todo se resuelve con otra luz, la de la ciencia. Uno es del rojo o del azul porque nuestra retina es más o menos sensible. Todos los millones de conos y de bastones que tenemos en cada ojo, en cada retina, más precisamente, hacen el mismo trabajo: Al parecer somos sensibles al rojo, al azul y al verde. Todo lo demás es un añadido cromático. Yo amo el rojo sin que tal vez haya ninguna decisión mía de por medio. Se ama sin saber, se vive sin decidir.

13.8.18

Antes




Tuitea Rafael Reig que a partir de cierta edad uno no sabe el pasado que le espera. A K. le intriga qué podrá encontrar en lo que hizo, en todos esos años que ya no existen, en si vendrán y le cobrarán factura. Los años no perdonan. Parece una letra de bolero o de tango, que en ciertos aspectos comparten un dramatismo, un sentir del alma. Es curioso que ni siquiera el día de ayer nos pertenezca. El mío fue extraordinariamente irrelevante. No hubo nada que más tarde pueda recordar. Fue uno día entre los demás días, uno sin el esplendor de algunos, pero son esos los que de verdad trascienden, los que se arriman al grumo fundamental de la existencia y conforman un bloque sólido y estable. A cierta edad queremos solidez y estabilidad, dice K. Yo a K. le respeto y le escucho, pero se está haciendo viejo muy rápido, no tiene los recursos de antes, las ganas de antes, el pronto resolutivo con el que antes nos entretenía y fascinaba. Lo único que hizo al día de ayer diferente a otros, al sábado pasado o al anterior, fue que recuperé el amor al cine negro. He sido infiel mucho tiempo, le he dado la espalda, he petardeado en otros géneros de menor fuste. En verano, no hay excusa, se deja uno llevar por cierto cine comercial, con muertos, con robos, con trucos a la vista y aceptados, qué se le va a hacer. De ahí que el de ayer fuese el día del reencuentro con Edward G. Robinson. Reig lo dice muy bien: uno no sabe el pasado que le espera. El futuro es inasequible, no existe, no tenemos ninguna certeza, ninguna fiable, de que sea nuestro, tan sólo es una promesa, una previsión cartesiana y limpia, esperanzada. El futuro es la fe del descreído.

La zambullida más grande



                                                     A bigger splash, David Hockney

De pequeños jugábamos a ver quién hacía la zambullida más grande, la que salpicaba más o la que hacía un ruido mayor. Solía ganar yo, por mover más peso, pero nunca dejamos de jugar, no interesaba que alguien venciera sino la sensación de plenitud absoluta al invadir el territorio mítico del agua. Lo curioso es que uno se conformaba con lo contado por los demás, no tenía evidencia tangible de que su salto hubiese sido el deseado. Tampoco contaba la estupidez de tirarse solo, sin que nadie apreciara el gesto. Se necesita público, no hay juego si no se tiene un espectador al que asombrar y con el que luego conversar sobre la hazaña. Los amigos de entonces, los de los juegos, eran notarios de nuestras proezas y de nuestros fracasos, festejaban o consolaban, según conviniera. En los patios de la escuela se reproduce la misma comisión de los hechos. Unos saltan más que otros o corren más rápido que otros. Buscamos a los amigos que se parecen a nosotros, no los que no disfrutan al saltar, si es que tú eres de saltar mucho, o los que no saben chistes, si es que tú eres de chistes. De mayores leemos la prensa que se parece a lo que pensamos o es idéntica al inventario completo de nuestro pensamiento, comemos lo que sabemos que nos ha gustado y viajamos a lugares donde ya hemos estado. La vida, cuando adultos, se basa en esa transmisión espontánea de satisfacciones conocidas. No cambiamos de canal de televisión, no paseamos por calles inéditas, no entablamos charlas con quienes no sabemos cómo son, ni nos abrimos a ellos, ni (por supuesto) les ofrecemos nuestra mano o nuestra casa. No nos gusta estar solos; en parte por la necesidad de que lo que hacemos luzca, trascienda, no quede en la intimidad, en lo privado y no mostrado nunca. Una de las pérdidas más enormes de este tiempo es la negación de la soledad, la importancia de arrojarnos al agua sin que nadie lo sepa, ni admire la belleza o el vigor de la zambullida. Lo ideal sería saltar solo, no necesitar a quien refrende nuestros actos, ser (dicho de una manera brusca y eficaz) nuestro espectador favorito, como si no tuviésemos confianza ni intimidad con nosotros mismos y deseáramos ir probando, por ver si algo que anduviese oculto, al forzarlo, aflorara y nos confortara. Preferimos, en una escala de valores, ver qué hacen los otros, pero sin acompañarlos, sin el concurso de nuestra presencia. Las redes sociales son una piscina vacía en la que todos nos damos un baño, pero no a la vez. El verano es el cómplice ideal de estas distracciones morales. El verano, que es la constatación brutal del ocio, nos guarda en casa, nos empuja a ver sin ser vistos. De pequeños, en otra época, saltábamos por el placer de saltar: ahora saltamos para que alguien lo sepa. No se nos inculca el valor de la soledad, ese placer irrenunciable a estar solo y con uno.

11.8.18

El arte de no aburrirse

"El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento"
Erasmo de Rotterdam

No creo haberme aburrido hace años o, puestos a ser más estrictos, no me he aburrido nunca. Siempre he tenido a mano con qué entretenerme o divertirme. No se tienen conciencia de esas cosas, se producen sin que uno pueda meter mano, gobernarlas, hacer que funcionen mejor o, llegado el caso, cancelarlas. Como la fe, como el amor, el arte de vivir, en palabras de Erasmo de Rotterdam o en las del vecino del primero, no tiene instrucciones fiables, con las que se cuentan a diario. Se cree o se ama o se vive sin que podamos decir que creer, amar o vivir es voluntad nuestra, una especie de plan previsto que cumplimos a rajatabla, como quien va al gimnasio, sigue una tabla y consigue, meses o años después, el cuerpo que anhela. Hoy leí en un azucarillo, al que no pude hacer foto, una lástima, la frase. La memoricé con idea de pensar en ella o de escribir sobre ella. En mí se produce a la par el hecho de pensar las cosas y de escribirlas, no sé si es algo bueno o no, pero lo he apreciado en muchas ocasiones. Es más, cuando no escribo las cosas, no las pienso con la misma claridad, hace falta que las registre para que pueda tener dominio sobre ellas. En todo caso, el arte de vivir qué es, no sabemos nada, no podemos saber. Lo de aburrirse o no es una pieza secundaria, aunque no enteramente desdeñable. Cuando me he aburrido (admitamos que un principio de aburrimiento siempre puede cernirse a la manera de una nube con lluvia sobre un campo por el que paseas) he puesto en danza los recursos necesarios para que ese aburrimiento adelgace y acabe perdiéndose. Creo que lo he conseguido la inmensa mayoría de las veces. Puede que exagere, pero entra en lo normal que uno no tenga propiedad completa de lo que recuerde y, a veces, ni de lo que dice. Incluso el hecho de aburrirse, considerado con calma, sin dramatismos, no es malo en sí mismo. Puede que sea útil en algo o provoque algo que, sin su concurso, nunca hubiese sucedido. Al final, llevará razón el humanista y todo es cosa de que uno se conozca a sí mismo. Quizá no sea bueno conocerse del todo, saber de antemano por dónde iremos, qué haremos...Es posible que eso, a la larga, aburra, aburra mucho. ¿Se conocen ustedes? ¿Se han aburrido ustedes alguna vez?

10.8.18

De cañas con Pascal, Buñuel y Góngora




No hay más que tres clases de personas: unas que sirven a Dios, habiéndole encontrado; otras que trabajan en buscarle, sin haberlo encontrado; otras que viven sin buscarle ni haberle encontrado. Los primeros son sensatos y felices; los últimos, locos y desgraciados; los del medio, desgraciados y sensatos.
          Blaise Pascal, Pensamientos, 257

Uno a veces hace de Pascal en privado, por si no cuaja el nuevo traje y se me pilla en un descuido, en un roto. Como Pascal era muy de pensar en Dios, me puse a ello. No es la primera vez, pero sí la primera convertido en Pascal, el Pascal privado, al que no se le puede desmontar la pantomima. Pensé en si ya he encontrado a Dios, si trabajo en buscarlo o si no lo busco y me privo de la plenitud de encontrarlo. Son largos los días de verano y hay tiempo para estas cogitaciones del alma sensible, nada que marque, se pueden abandonar con la misma ilusión con las que las acometimos. Convencido de que no alcanzaría una respuesta que me contentara enteramente, opté por amenizar la tarde con asuntos que no requiriesen demasiado empeño y me puse a ordenar los discos. Andan siempre en el caos, no sé nunca dónde anda lo que quiere escuchar, es la misma historia de todos los veranos. A veces cae uno en la cuenta de que el tiempo, al fijarnos en él, es cuando cobra verdadera importancia o cuando exhibe su dimensión trágica. Por eso es mejor no pensar, no ahondar, no exponernos al espectáculo miserable del interior. De ahí lo de ordenar los discos. Adoro las tareas mecánicas, dan el alivio que muchas veces no procuran las de peso, las importantes en apariencia. Conozco gente que disfruta enormemente de la vida sin pensar en demasía en ella y quien, bien al contrario, se la amarga porque no deja de pensarla, de considerar a cada momento en si ha encontrado a Dios o si lo busco afanosamente o le es indiferente. La vida no debe ser pensada, me dijo K. Cuanto más cae uno en ella, más nos hiere. A Pascal lo invitaría esta noche a una ronda de cañas por mi pueblo. Hace menos calor, se pueden pasear las calles e ir de bares. No sé si en el tiempo de Pascal la gente iba de bares. Creo que sería un rato instructivo, ahora que el calor ha remitido y se está más o menos bien en las calles. Tengo amigos que hacen las veces de Pascal en las barras de los bares. Nos enfrascamos en una metafísica de rango etílico que nos reconforta considerablemente. Nos creemos en posesión de alguna verdad inasible, de escaso afecto por manifestarse, que solo prorrumpe si se alcanza cierto estado más o menos espirituoso, una de esas epifanías (no tiene que concurrir el alcohol para abrazarla, pero se acepta su concurso) con las que nos sentimos congraciados con la vida y con nosotros mismos. Pascal está con nosotros. También Buñuel. Vino una vez a decir que sólo lamentaba no saber que pasaría una vez que muriese, esa ignorancia de abandonar el mundo en pleno movimiento, en sus palabras. En el transcurso de una vida siempre se le concede una parte a considerar su naturaleza, lo que nos resta de ella y, sin que ese esfuerzo rinda un resultado, la mejor manera de que no nos soliviante más de la cuenta. Queremos, más que nada, vivirla sin dolor, no sentirnos rehenes del rigor con el que a veces nos trata. De ahí que filosofemos y busquemos, a nuestra manera, según el alcance de cada uno, los alivios habituales. No hay prontuario fiable, ninguno con el que aventurarnos. Se viene a ciegas y se deja a ciegas. Con Buñuel, ir de bares sería otra cosa. Buñuel era un ateo supersticioso, lo cual es una paradoja que no le preocupó nunca. De lo que no se tiene duda es de que vivió sin buscarlo y no se le apareció y fue sensato y feliz y loco y desgraciado, como todos. Al final, no temo contrariar a mi amigo Pascal, viene a ser lo mismo, todos andamos, a la manera de Góngora, descaminados, enfermos, peregrinos, en tenebroso noche, con pie incierto, buscando posada en donde se nos de algún tipo cobijo, aunque sea el de una buena cama y un caña con una tapa y que Dios, pendiente o desatento, haga su oficio. 


40 segundos


En el fondo de la piscina, buceando sin mucho estilo o sencillamente ejerciendo una apnea frívola, como de submarinista novicio, pienso en todo lo que hay arriba, por encima del agua; pienso en el ruido y en el caos de los que aquí abajo no tengo noticia alguna; pienso tozudamente, sin que nada me aparte de esa idea de pronto trascendente, en la realidad a la que pertenecemos y a la que rechazo ahora, un poco juguetonamente, por entretenerme más bien,  considerándola, la ficción que a veces encuentro en los libros o en las películas. Se nos tendría que haber concedido una condición anfibia, aunque solo fuese para permanecer así, bajo el agua, perdido en uno mismo, contemplando la nada azul que desinteresadamente nos retiene. Si el dios en el que algunos creen hubiese comprendido algo de lo que se tenía entre manos, en ese instante molecular y pristino en el que abrió todos los prodigios y los repartió a destajo, estajanovista, en una epifanía de generosidad, habría dispuesto un sofisticado sistema de ventilación a la criatura recién alumbrada y la habría dejado elegir entre la tierra firme, el agua voluble o una mezcla alegre de ambas. No ha sido posible nada de esto. Por eso el búnker es el agua. Por eso acude uno a ese limbo accesible, levísimo, en el que discurre sin las ataduras físicas del aire, ingrávido y fiero, como una burbuja a la que de pronto se le hubiese (ahora sí) administrado la facultad de la inteligencia. Como un tripa materna. Abajo (ya digo) no se piensa al modo en que se hace arriba. Todo el oxígeno del que nos hemos abastecido se reparte de una manera morosa por el cuerpo. No se da prisa, no se inquieta por llegar tarde a lugares a los que antes acudía con presteza. Y el cerebro, ah el cerebro, se concentra en sí mismo, en su función primordial, en pensarse, en tener toda la máquina de la que es encargado a rendimiento pleno, a satisfacción de su dueño. Como si el dios del que antes daba yo una pincelada creacionista, ahora pusiera su empeño único en hacer una especie de balance de sus actos y durante cuarenta segundos (el Chesterfield y la baja forma física me impiden acometer inmersiones de más fuste) dejase de ser Él mismo y fuese otro, de una naturaleza distinta, incapaz de comportarse como antaño, libre y resuelto, concentrado absolutamente en entenderse. Luego viene el aire, haciendo acomodo en los pulmones. Luego vendrá el viernes. 

9.8.18

Claudio se me está yendo de las manos

Hay libros que leo a ratos, libros que me ocupan un verano entero y a los que les profeso un afecto sincero, pero que no llenan, no completan nada a lo que le faltara una pieza o, mucho más sencillamente dicho, no entretienen, pero hay libros que empiezo y acabo en días, en uno a veces, si me envalentono y dispongo del tiempo, no dándoles tregua, mordiendo las horas, pensando en qué sacrificar para que la lectura dure más de lo que suele. También hay días que parecen libros, días que ocupan una vida entera y a los que uno se acoge como si fuese un refugio, pero la verdadera vida está en otro sitio, siempre está por ahí, en un lugar que no es el nuestro. No sabemos qué sacrificar para que se nos plante delante. Tampoco sabríamos qué hacer con ella. Quizá por eso existe la literatura. Sirve para llenar el alma o para entretenerla, cuando es preciso. Al alma hay que saber llenarla, pero incluso se acepta un llenado ligero. Interesa que no esté vacía. No hay forma de saber si uno atina en el contenido elegido, si se puede entrar en valorar el llenado ajeno. Uno no es lo que lee ni lo que, en mi caso, escribe. Uno es casi siempre lo que desea leer o escribir. Yendo más lejos, uno es lo que desea vivir, aunque en ese anhelo entre la literatura si se le hace paso. Al final va a ser cierto eso de que no es posible conocerse. Que andamos mudando. Que a lo sumo alcanzamos a conocer a los que amamos, y hay días como libros ligeros y días que huelen a novela que atrapa, de las que te hacen daño mientras la lees y cuando la has acabado. Las de este verano (La carne, Rosa Montero, no su mejor novela, pero buena; La desaparición de Stephanie Mailer, Joel Dicker, el más grueso y el más flojo de todos;  Ordesa, Manuel Vilas, una maravilla Vilas,  y ahora El ejército furioso de Fred Vargas, otra delicia del comisario Adamsberg, uno más de la familia) me han restado tiempo de escribir la mía, que avanza a trompicones, lamentando que no tenga madera de novelista (tal vez de poeta o de cuentista, y madera endeble y sin lustre la usada, por supuesto) y se precise una vida alternativa para acabarla, más siendo (a mi edad, qué poca cabeza) la primera. Hay maravillosas ocupaciones alternativas cuando uno no lee ni escribe, pero este verano (por muchas razones) era el verano de los libros, los propios o los ajenos. Ahora sigo, en cuanto acabe el post, con mi novela, hace mucho que no hablo de ella, por cierto. Tengo amigos que me preguntan y les cuento lo primero que se me ocurre, que va bien y va lenta, que he pensado dejarla varias veces y siempre encuentro el camino de vuelta y que los personajes (cuatro o cinco) se me aparecen en la calle, al pasear, cuando entro en el supermercado o en el bar a comprar tabaco o pedir un café. Por decirlo de un modo brusco, estoy en disposición de hacer con ellos lo que se me antoje. Probablemente ese es el mayor placer, el de hacer que avance a capricho la historia y de que sus personajes la crucen a completa decisión mía. A uno de ellos, Beatriz Acevedo, la acabo de hacer sufrir lo indecible, está padeciendo lo que no se esperaba. Quizá sea un poco culpa suya. Hay veces en que las circunstancias de la trama corren solas, no precisan mi intervención o, en todo caso, lo que necesitan es una leve vigilancia, un temple, por si se desmanda todo o por si tiene que llegar papá y poner orden en el cuarto de los juegos. Tengo que atar en corto a Claudio, se me está yendo de las manos. Peor que ese detalle, el írseme, es el haber borrado accidentalmente (torpeza mía, gran torpeza) un puñado de hojas recién hechas, doce, una locura. No hubo, por más que me empeñé, manera de resucitarlas. Quizá no se hayan perdido del todo y anden por ahí, en mi cabeza, pidiendo que se las rescate y hagan su oficio de contar, que es el único desempeño que se les pide. Yo, mientras tanto, lamentando mi descuido y tratando de dar con el hilo desde el que enmendar el roto. 

5.8.18

Por fortuna, no soy pez, ni mosca




Por suerte uno no es pez. En cierto modo, no habría sido extraño que nos hubiese tocado en suerte nacer lubina, boquerón o atún, es sólo esa fortuna, la de que el azar nos decantara a ser alumbrados bajo la forma humana y no, de verdad que no sería tan difícil, la de reptil o ave o pez. De hecho, ese escrutinio aleatorio podría haberse inclinado a que naciéramos criaturas de menor fuste zoológico; se me ocurre una garrapata o un mosquito. En lo estrictamente humano, las leyes secretas que configuran el mapa genético podrían haber decidido que nuestra madre fuese de alta alcurnia y nuestra vida (al menos en lo material) hubiese estado felizmente resuelta o de baja extracción o muy inferior extracción. Siempre me fascinó que un solo espermatozoide de entre una masiva cantidad de ellos fecundara un óvulo; más aún fascina que nazcamos en un país y no en otro, en una casa y no en otra, pero tampoco el pez sabe que es pez, no tiene metafísica, no es capaz de discernir y avanza a ciegas, como hechizado por el caudal del agua. Creo recordar que un amigo, hace más tiempo del que ahora sé reconocer, sostenía que la vida de las moscas era la más infeliz de entre todos los seres vivos que pueblan la Tierra. Sin ánimo de rebatirle, añadía yo que esa lista de criaturas desdichadas es inabarcable: están las ovejas, están los gorriones o están las hormigas. Con ánimo de contrariarme, él me rebatía: no hay vida más triste que la de la mosca, pero no debemos envalentonarnos mucho con ellas. Por cada uno de nosotros hay diecisiete millones de moscas. Además hay más de mil especies diferentes. Tienen la terquedad que a veces se echa en falta en especies de más contrastada inteligencia. Si yo fuese mosca (decía) ya habría aprobado latín. A mi amigo le costó sacar esa lengua muerta, aunque era muy bueno en inglés. De haber sido mosca, proseguía, habría aprobado o perecido en el intento. A B. le duró un par de años el latín y cada vez que pienso en él me viene a la cabeza la reflexión académica de la mosca. Hoy pensé en qué virtud tiene el pez. Hice la foto ayer, en un supermercado. Me produjo una zozobra increíble ver todos esos peces, expuestos con abigarrada estética, tasados y ofrecidos. No caigo en esos pensamientos retorcidos o excéntricos cuando veo el expositor de una carnicería: no hay animales enteros, salvo un despellejado y patético conejo o un pollo sin desmembrar todavía. Como mi cabeza va a lo suyo, pensé en si un boquerón aprobaría latín en el instituto. A decir de B., al que no veo, del que no sé nada, una mosca podría sacar limpiamente una carrera universitaria; lo harían en el poco probable caso de que una carrera universitaria durara un mes, que es lo que vive una mosca en su periodo adulto. Por cierto, hay políticos que parecen moscas. Sacan las carreras sin despeinarse. Me sigue preocupando el caso del pez. Esta noche le buscaré un oficio.