30.6.17

La invasión de las cabras


            Cabras abrevando en la piscina privada del Hotel Refugio Alamut, Valle de Abdalajis,                                                                                                                                     Málaga


A veces la naturaleza toma partido, se embravece, cobra el peaje por la afrenta que el hombre le causa cuando le socava la tierra y le quema los árboles. Ni siquiera el aire permanece indemne. Tampoco el agua, que ha enfermado. La vida salvaje, la que no se ha dejado domesticar, padece al ser humano, que es una criatura interesadamente invasiva.  Por eso un día bajaron las cabras al hotel. No creo que fuese una decisión mesurada, tomada la noche de antes, viendo el panorama, comprendiendo la gravedad del asunto. Simplemente bajaron, admiraron la extensión limpia de agua y hocicaron la testuz para abrevar el agua sagrada. En otras ocasiones, en televisión, nos ofrecen imágenes de lobos que han bajado a los pueblos o de osos deambulando por las calles en poblaciones de alta montaña. Quizá estas anomalías, que no suceden casi nunca, que sabemos que no sucederán con frecuencia en el futuro, evidencien el deterioro de la naturaleza, el deterioro que nosotros le estamos causando. Nos equivocamos al pensar que vivimos en nuestras casas, confortablemente instalados en nuestro salón, cubiertos de los lujos que nos hemos agenciado para hacer esa residencia más habitable y que la vida en ella sea más placentera. Vivimos en la tierra, somos como esas cabras que arriesgan su bienestar en las cumbres para saciar la sed. No sé a qué piscina acudiremos nosotros cuando esa sed u otra cualquiera nos atenace, no sé qué recurso usaremos para sobrevivir. Tenemos los humanos algo que de lo que los animales carecen: tenemos la facultad de la prevención. Podemos pensar en qué pasará mañana y cuidar de que todo responda cuando esa hipótesis de futuro irrumpa y confirme las sospechas que vaticinamos. De hecho estudiamos para adquirir conocimientos y competencias que nos permitan conseguir un buen trabajo, organizamos nuestras vacaciones meses antes para que sean más baratas o inventamos el ajedrez, que es un juego donde importa lo que no ha sucedido, más que lo que está pasando o lo que ocurrió. En lo que no somos inteligentes, en lo que fallamos estrepitosamente, es en cuidar la madre tierra, en respetarla, en organizar el futuro de modo que su salud, la de la tierra, sea la conveniente. Duele que se la queme, duele que el fuego la reduzca a la ceniza gris de nuestra incompetencia absoluta. 

Al final las cabras entrarán en nuestro domicilio, buscarán lo que les robamos. Será un sencillo acto de guerra o una venganza. Al final tendremos lo que nos merecemos. Somos ciegos o torpes o, peor, malos. La nuestra es una maldad consciente. Ya existen suficientes voces de socorro y se han levantado los suficientes protocolos (todos más o menos baldíos) para que los Estados se ocupen de los campos y de los mares y no atiendan únicamente la subida de los precios o la precariedad laboral o los dispositivos antiterroristas, y ninguna de esas obligaciones puede ser desdeñada o rebajada por ocuparse de la ecológica. Dejaremos el caos a nuestros hijos. Su herencia será la más triste, si es que alguna hubiera.

28.6.17

Vida de fantasma


Fotografía: Mario Giacomelli


 A Rafa Padillo

El mejor tiempo es el que no necesita ser contado. El mejor día es el que no delata su transcurso. El mejor sueño es el que no permite que se analice y se cuente. El mejor amor es del que no se alardea. Vivimos en la velocidad de las cosas, no en su esencia, no en su hondura. Un amigo me dijo hoy que dedicaría el verano (entiendo que no todo, no puede ser todo) a ver pasar las cosas. No será fácil, ya me contará. Siempre está uno buscando razones a todo, hurgando, buscando palabras con las que explicar lo que sintió y lo bien o lo mal que lo pasó. Quiere, sobre todo, afianzar su opinión, convidar a los demás a que la rebatan o a que la refrenden. Se anhela no estar al margen, no pasar desapercibido, pero basta ocultarse, no exhibirse, ni ofrecerse, para que la realidad se apacigüe y cobren un nuevo peso las cosas que antes no apreciábamos. No creo que sea algo que se decida, no es un convicción de la que se parte para afrontar el día. Hay días en los que se prefiere no estar. Quizá sólo por el placer de volver. Deberíamos tener la facultad del fantasma, la de moverse sin ser percibido, la de observar a los otros sin que nadie se percate de nuestra presencia. Existe esa efusión inmediata de apasionamiento, existe el entusiasmo del regreso; tal vez por ver qué ha ocurrido en nuestra ausencia. Si todo sucede como solía o algo extraordinariamente sutil ha sucedido. En el fondo cuesta ser invisibles, por mucho que apetezca. La vida de los fantasmas debe ser de una tristeza inconsolable. No tienen relojes, no tienen con quién compartir la zozobra de las horas, el trémulo goteo de los días, el insostenible vértigo de las noches. 

25.6.17

Teoría de las primeras veces



Hay gente que no va a ningún sitio y tampoco parece que vengan de ninguno, gente que alienta la idea de que están incrustados en un paisaje o de que siempre estuvieron ahí. Ningún gesto delata lo que sienten. Se desconoce, al mirarlos, si anhelan escapar o están encantados del lugar que les tocó en suerte. Esta misma ocurrencia podría aplicarse a quienes no paran de moverse. Da lo mismo que ayer desayunasen en Londres y hoy almuercen en Atenas. El movimiento no es una cosa enteramente física. Hay gente que recorre distancias enormes y no experimenta viaje alguno. Por otro lado, es razonable que exista gente que no haya movido un pie y tampoco haya dejado de ir y de venir. No todo es topográfico, no todo es cartografía. Siempre aprecié los libros de viajes. Está uno en las selvas tropicales sin que tenga que vacunarse o puede andar las calles de cualquier barrio marginal de Los Ángeles sin temor a que lo tomen por un negro o por un paria y le descerrajen dos tiros. Es mejor el riesgo, ya lo sé. Lo ideal es combinar el viaje interior y el otro, el que hace sudar al cuerpo, el que deja huellas en la cara. El alma es otra cosa. Al alma, si se la adiestra bien, se la puede sacar de paseo sin tener que salir siquiera a la calle, no digo ya coger un avión y plantarse en la otra parte del mundo. El otro día me preguntaron sobre dónde iba a ir cuando me tocase disfrutar las vacaciones. No tengo nada elegido todavía, dije. Me da igual el sitio, añadí, un poco diciendo la verdad y otro poco no. Un verano en el que recorrimos cinco mil kilómetros en coche no disfruté más que otro en el que estuvimos un mes entero en un piso en primera linea de playa. Recuerdo que todos los días eran un viaje. Volvía por la noche con la sensación de plenitud, de haber visto más cosas de las que podía procesar, de haber sentido más de lo que podría entender, pero las sensaciones no entran en el catálogo de lo comprendido. Leer es la única actividad en la que puedes desgajarte de tu residencia física (por decirlo adornadamente) e ir lejos. Siempre hay un regreso. Que sea duro o placentero o incómodo depende de lo mucho o de lo poco que te empleaste en la lectura. Hay libros de los que no sales nunca. Estás incrustados en ellos. Como la azafata de la fotografía de mi amigo Fernando. Hay vidas de las que no puedes escindirte. Eres lo que eres y no hay regreso o fuga o constatación de que es posible regresar o fugarte. Se nos ha concedido un cuerpo y se nos ha colocado en un paisaje. Yo soy Emilio Calvo de Mora Villar y vivo en Lucena. Hay días en que no voy a ningún sitio y días en que no parezco venir de ninguno. Son los días de tránsito, los días grises en los que los más allegados te dicen si estás bien, te dicen tienes mala cara, te dicen te pasa algo. No siempre tienes contestación. Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa que ni yo mismo me entiendo, cantaba Aute. Luego están los días de las expediciones, los días grandes en que sales de tu casa o sales de ti mismo. Esos son los mejores. Vas a un sitio en el que nunca has estado. Da igual que sea un libro o una calle. Da lo mismo que ya lo hayas leído o que ya la hayas paseado, pero tienes la sensación de que es la primera vez. Vivimos añorando las primeras veces y están siempre a mano. Se entra en un libro como se entra en un cuerpo. Has entrado ahí cientos de veces, sabes qué hacer y tienes memoria física de lo que esa entrega produce, pero hay veces en que no recuerdas nada y crees que se te ha concedido la oportunidad de olvidar y de volver a sentir limpia y primerizamente. Como si el mundo acabase de empezar y te tocara ser el dios rudimentario y caprichoso que tuviese que fecundarlo todo. La azafata de la foto está pidiendo que alguien la rescate y le diga he venido a buscarte, vamos a Estocolmo, vamos a Atenas, seguro que no has estado nunca

Pájaros y dioses II

A Marina Perezagua, que cree en los milagros y los busca a conciencia y sin ella a diario.


A los milagros se les tiene la consideración que a veces no merecen. Suceden sin que podamos entrar en razones al modo en que lo hace la fe o el enamoramiento y tienen más tarde una existencia longeva. A los que yo me refiero no les asigno una causa divina, aunque no me importaría que fuesen una injerencia  espiritual la que los alumbrase. Es milagroso lo que asombra, lo que produce perplejidad, todo lo que tiene más de prodigio que de asunto cosido a la rutina, hecho a que se le vea y no levanta ni admiración ni atención a veces. En ese sentido, creo en los milagros, creo mucho además, creo con convicción, creo con la firme voluntad de que serán los milagros los que salvarán mi existencia de la mediocridad o del aburrimiento o del vacío. Amo lo sobrenatural, lo etéreo, lo que se adhiere a la metáfora más que al logaritmo, pero aún así me cuesta aceptar que haya cosas que no puedan ser entendidas bajo una lupa cartesiana. Por otra parte, ha sido la fe la que ha hecho que el mundo esté donde está ahora. Nos diferenciamos de los animales en la posibilidad de hablar sobre lo que no existe. Incluso organizamos parte de nuestras conversaciones alrededor de lo que no está. Decimos que nos protege un espíritu o que los astros han sido generosos con nosotros o que tal o cual Dios ha tenido la consideración de escuchar las plegarias y atenderlas a nuestro entero favor. La religión, que es la hacedora principal de milagros, se ha valido de estas efusiones sentimentales para mantener su preeminencia en los pueblos. Nos dieron el cielo para que no nos pareciera escasa la tierra. En el fondo, si se piensa con calma, es un ardid espléndido. Se vive mejor en la ilusión, más poblada de colores, que en el gris invariable de la realidad. Otro asunto es la manera en que las ilusiones forjan la cohesión de las sociedades. Ilusionados, pertrechados de esperanzas y de sentimientos forjados en la comunidad, se avanza mejor. No hay sociedad que no haya depositado en esas ilusiones, en esos milagros, su progreso entero. La ciencia contribuye a nuestro bienestar, hace nuestra vida más fácil y nos permite vivir más o vivir más placenteramente, pero son los milagros los que nos conceden la bendita bondad de los sueños. Lo que no existe tiene más literatura que todas las criaturas y todos los objetos que han poblado el cosmos. Los primeros registros literarios (por llamarlos de una manera que conviene a esta reflexión) son inventarios de anhelos, deseos plasmados en frases sencillas. El lector hipotético de esas manifestaciones emocionales es el Dios local, que luego, al paso de los años, se globalizó y mutó en Dios Universal. Cuando los pueblos creían en la existencia de diferentes dioses, la vida era más pacífica. Nadie hacía esfuerzo alguno en hacer valer la importancia del suyo sobre el resto. Si hay cien dioses disponibles, hay cien milagros razonables. Cuando se estrechó el parnaso de las divinidades, se empezó a fracturar esa cohesión limpia y todo se vino un poco abajo. Debería haber más milagros de los que hay. Sería la constatación de que volvemos a tener una legión de dioses. Los humanos tenemos esa voluntad creadora: la de construir ficciones, la de buscar continuamente el cielo lleno de promesas que nos ofrecieron de pequeños y del que no hemos podido substraernos. Claro que hay que creer en los milagros. Da lo mismo que uno sea creyente o que no lo sea. El milagro es la poesía, la evidencia de que adoramos la belleza de las cosas, no su valor, no su peso mercantil, ni su influencia. La única forma de que la vida sea un regalo es concediéndole la posibilidad de que nos sorprenda, de que pueda alentar prodigios, de que sepa cómo producirnos perplejidad, zozobra, asombro. El milagro es el asombro hecho luz. Ahora, mientras escribo, sucede el milagro del día. Afuera se oyen unos pájaros. La oscuridad se ha desvanecido. Todavía no se ha adueñado de la calle el ruido que luego no desaparecerá. Al final volvemos a hablar de pájaros y de dioses.


24.6.17

El mundo es de los escaparates

No faltan quienes se dicen católicos y descreen en la intimidad o quienes se dicen descreídos en público y buscan a Dios en privado.
No faltan quienes presumen de saber manejar los rigores de la vida y se desmoronan cuando esos rigores los atenazan o quienes a todo ponen reparos y hacen montañas de llanuras y luego salen a flote sin esfuerzo, sobrados de recursos, inflados de confianza.
No faltan quienes exhiben sus reticencias o su rechazo abierto a una facción política y después les otorgan su voto en la urna o quienes se declaran simpatizantes de esa facción, aunque más tarde le nieguen su adhesión en los comicios.
No faltan quienes adoran cualquier tiempo pasado y se esmeran en argumentar esa inclinación estética o política o moral y, a la primera ocasión, se arriman al futuro y refrendan esa vocación en todas las redes sociales.
No faltan quienes son educados en lo cercano, ejemplo de civismo y de buenas maneras, adulando a veces, pasando la mano por el hombro o cediendo el paso y después, cubiertos por el anonimato salvaje de la masa o de internet, sacan a la bestia interior y arramblan con todo, vapuleando, humillando, ninguneando a diestro y a siniestro.
Es el doblez el que reina, es la apariencia la que triunfa, es ese enmascaramiento el que está arruinando la sociedad.
Vivimos en la periferia de las cosas. Somos lo que negamos. Estamos en la cuerda floja. Nos alimentamos de nuestra incertidumbre.
Lo idóneo sería empezar de cero, volver a la ilustración, al imperio de la luz. Convendría un reseteo.
No son los valores, su desprestigio, los que están mandando todo a la mierda. Es la mutación de las costumbres. Es esa sutilidad brutal en el fondo de no ser ya personas, sino consumidores. Aquí gana el que paga.
El mundo es de los escaparates.
Todo es mercancía, a todo se le da una tasa, no hay nada que no exhiba un precio.


Cafetería Nebraska, Córdoba, apurando un café descafeinado. He aquí también la paradoja, en descafeinarlo todo. Pago. Me voy a comprar algo que me guste.

Casa

Se me ocurre que empieza a su manera el verano que cada uno inventa o el que le permiten inventar. Vendrá el descanso cuando venga. Vendrán las noches en las terrazas de los bares y las tardes, quien pueda, en las playas o bajo la playa importada del split del salón. Está ahora negro el cielo y no corre aire. Acaban en la escuela las lecciones y pronto acabará el registro frío de las cosas que buenamente se han hecho. El deseo que se me ocurre ahora es sencillo y tiene mucho de anhelo, que es la forma más noble y elevada del deseo. Es el descanso, la evasión, el cierre de algunas rutinas y la apertura gozosa de otras. Luego vendrá otra vez el stress, las prisas, las incertidumbres y la sensación de que uno hace lo que de verdad le gusta, pero no es posible no mirar con sincero afecto el finiquito, las firmas en los documentos y los adioses a los compañeros. Será un buen verano. Da igual que luego sea como todos. He salido a fumar a la puerta del bar y escribo a la fresca, solo y extrañamente feliz. Corre una brizna de aire. Ahora toca volver a casa. Esa es la meta, la casa.

18.6.17

La historia que contó Klamm / Sobre El castillo de Kafka

Leí El castillo con miedo a no entenderlo. Avancé, creo recordar, con titubeo, pensando en si dejarlo para una edad más propicia. También fue miedo al propio Kafka. Había devorado La metamorfosis, que es un cuento asequible, con traveseras metafísicas, con bruñida y apocalíptica hondura, por lo que me envalentoné. Lo acabé en uno de esos días de verano en los que amanecía sin mucho que hacer, salvo leer o poner orden los libros. Lo retomé hace unas semanas y anoche zanjé mi deuda antigua con esta novela. No sé en qué cambiado ella o en qué he cambiado yo. Me sigue gustando la nieve del pueblo sometido al castillo, me sigue gustando K. y su bastón, me sigue gustando esa afición del autor por demonizar la administración y hacerla oscura y caprichosa, aunque El castillo no trate exactamente de eso. Trata del amor o trata de la búsqueda del amor: el amor a uno mismo, si así convenimos.

K. empieza en soledad su travesía por el pueblo y, al concluir la trama, sigue solo, incluso consciente de que lo está. Leerla, veinte años largos después, me ha hecho pensar en alguien que, a su modo, era el K. de Kafka. Le diré A. No usaba bastón ni era agrimensor, pero se tenía de él la misma impresión que se tiene del protagonista de El castillo: la de inventar una historia, la de creerse personaje y no persona. Se vive mejor en la ficción. A. nos hizo creer a muchos que tenía un oficio y un cometido. En realidad tanteaba, buscaba, indagaba sobre sí mismo como lo hace cualquiera, aunque A. llegó más lejos, se atrevió más, novelizó su vida. Se me ha cruzado varias veces A. mientras leía la historia de K. De un modo muy kafkiano, agradaba esa facultad de ser niebla, digamos. A. iba y venía, tenía peso mientras estaba (era trágicamente obeso, añado) y producía en los demás el afecto que buscaba. Invariablemente se granjeaba la simpatía de cualquiera que se le presentase. También, si se hurgaba más adentro, su rechazo. Si El castillo es contradicción pura, la vida de A. lo era también. Si Frieda era para K. el vínculo con las personas nobles de la sociedad, yo era para A. un puente que lo conducía a las orillas en las que yo paseaba. Y entonces eran muchas y en todas había gente suficiente como para que A. tuviese el público que anhelaba. El castillo es también trama simbólica, preñada de subtramas imposibles. No supimos qué había en las tramas paralelas o en las tramas inferiores de la trama principal en la que A. nos introdujo. Alguien, muchos años después, me informó de la impostura. Me confío la verdad sobre sus andanzas, el motivo por el que actuaba como lo hacía. No viene al caso exponerlas. Tampoco Kafka se esmera en contar los porqués. Importa todo lo demás. Hay más evidencias que emparejan a los dos. Ninguno de los dos está terminado. Kafka no acabó la novela y yo, en lo que alcanzo, imagino a A. prodigando sus artes sociales.

Las vidas nunca acaban. Prosiguen incluso cuando quien las vivió ya no está. Da igual que haya muerto (ojalá él esté alegremente vivo) o que el tiempo o la distancia nos lo haya apartado. K. quería, en el fondo, quedarse en ese pueblo. El trabajo de agrimensura que le había llegado era una excusa; en realidad no era ésa la razón verdadera. Toda la historia de El castillo es de amor. Como todo en Kafka, un amor simulado, lejano, casi hostil. Yo debo ser Klamm, el funcionario de la puerta, sobre el que (a pensar de K.) reside el poder. Me pueden contar todas las palabras para que me disuadan de mi naturaleza reacia a abrirla, pero ninguna será válida. Y sin embargo, soy el que está en la puerta, ésa es mi residencia, podría decir.

Escribir es escuchar las cosas que nos dicen y verterlas en las historias que uno después maquina. A lo mejor A. lee esto, se ve reflejado y me cuenta qué es de él. Así a veces funcionan las cosas. No sabemos qué puerta hemos abierto y a qué otra nos conducirá. Hay vidas ajenas sobre las que avanzamos con titubeo, pensando en si dejarlas para más adelante o incluso si dejarlas definitivamente. Se les tiene miedo, se cree que nos harán daño, pero proseguimos, las propiciamos a veces y nos enseñan lo que ya sabíamos. Todo tiene ese traje con el que Kafka vistió a sus personajes. Sólo hay que haber leído a Kafka, sólo hay que dejarse llevar y abrir bien los ojos.

Pequeña coda:
No sé si leeré otra vez El castillo. Anoche, bien tarde, al cerrarla, caí en la cuenta de que posiblemente no vuelva a leerla nunca. No porque no haya disfrutado: lo he hecho. Lo que me hace no desear volver a ella es que me ha cansado. También que hay mucho nuevo por leer. No obstante, ha sido una lectura fatigosa, provechosa y dolorosa, todo juntamente. Imagino que todo Kafka funciona así. Ese no es el asunto de esta entrada. Carmen Anisa sabe de Kafka más que yo, un principiante, y uno no especialmente hoy animado.  Que ella opine.

All that's jazz / Mingus, Haynes, Monk y Parker conmigo aliviando los rigores del domingo




Charles Mingus, Roy Haynes, Thelonious Monk and Charlie Parker jam at The Open Door in Greenwich Village, Sept. 1953.


Puede que estén tocando What is this thing called love? All the things you are
El gordo del traje blanco es mi favorito, es Charlie Parker, quizá el que llevo la etiqueta de maldito más a la vista, el que voló como un pájaro, el que hizo que Cortázar le metiera en un cuento, el que hizo que un blanco de aquella época abriera mucho los ojos y abriera mucho las orejas, porque aquella música era celestial. 
Los demás no son ángeles, no son puros, ni aspiraron a ninguna pureza. 
Monk toca el piano como si Dios mismo le mirara. Cada nota, incluso las notas bastardas, las que no seguían el canon, eran una genuflexión. Mírame, Dios, estoy aquí, soy tu hijo, haz que la música fluya por mis manos y se eleve y te alcance. Eso le dice. Hay más fe en estos cuatro descarriados que en muchas iglesias de domingo en mi pueblo, reventadas de feligreses, pero es una fe contaminada, una que no sigue un patrón, ni obedece unos preceptos. 
Monk golpea las teclas como si fuese sábado por la noche y tuviese el alma empeñada en contrariar al cuerpo. Está bendecido, pero toca el piano como si fuese la primera vez y suda como si fuese la primera vez. 
Mingus está pensando que si falla una nota estará llorando toda la noche. Es un perfeccionista. 
Mingus es el que más ama el jazz, pero no presume. Hace su oficio oscuro, toma el mando sin que nadie lo note. El contrabajo en el jazz es el instrumento secreto. Se vendría abajo media historia del género si lo borráramos. 
El jazz es de los que se equivocan. Un jazzman de los buenos hace oro de un error. De hecho el jazz entero podría ser considerado un error. No hay regla que no se salte, no hay certeza que no se pervierta, no hay canción que suene igual dos veces. Eso es lo más importante. Que el jazz sea siempre nuevo. 
Roy Haynes los mira con los ojos cerrados porque los tiene a los tres metidos en la cabeza. El jazz es un matrimonio de tres o de cuatro o de cinco. Cada uno sabe lo que piensa el otro, pero le permite abrir una brecha, darse aire, crear una distancia desde la que mirarse todos. Lo glorioso es cuando están todos muy lejos y logran escucharse, saber qué va a hacer cada uno, aunque ni ellos mismos, antes de acometer la siguiente línea del texto, sepa por dónde va a tirar. Si seguirá la melodía y la estrujará o la alargará y la convertirá en otra cosa, pero sin abandonar jamás el cuerpo principal, la parte invariable que hace que estemos escuchando Summertime o Body and soul. 
Es jazz. Es júbilo con síncopa. Mis amados B&W aplauden por dentro cada vez que los premio con estas exquisiteces. 

17.6.17

Pequeña borgiana / Once more

El tigre, ebrio de rayas y de hondura,
el laberinto de los efectos y de las causas,
el azogue en el infinito espejo,
el alba en una quinta porteña,
el fuego que purifica,
la conversación entre jazmínes,
los nombres de los libros no leídos,
Whitman en un bosque, pensando en Dios al mirar un árbol,
los arduos alumnos de Pitágoras,
el tiempo feliz de las espadas,
la delicadeza del ocaso en un desierto,
el Ganges, donde todos los seres humanos nos hemos bañado,
el Golem, la arcilla primordial, el poeta vacío,
la trivial creencia de que moriremos enteramente,
el jardín de senderos que nos bifurcan,
la rosa de Milton, su tacto al despertar,
todas las permutaciones invisibles de la ficción,
los poetas menores de una perdida casta de poetas,
los reyes antiguos en sus tronos de odio,
la espléndida bondad de los adjetivos,
el hoy fugaz y el ayer ya eterno,
el olor acre de la sangre en la noche,
Homero y todos los griegos cabales,
la alquimia secreta que inventa un dios en el oro más puro,
los arquetipos y los esplendores, 
el destino de ser siempre uno mismo y saberlo,
los ángeles hablando con Swedenborg por las calles de Londres,
la ilusión de que existió un principio para todas las cosas,
la muerte de un hombre en el campo de batalla,
el épico sueño de soñarse,
la gloria inversa del traidor en su postrer patíbulo,
un libro entre los libros,
un río inconcebible ahondando su cauce en la memoria,
los días persiguiéndose,
la fiera en el negro crepúscula, acechando,
el otro en un banco a la vera de un río, fabulando,
la Inglaterra tejida en pesadillas y en torres gloriosas que miran al mar,
la custodia preciosa de las palabras,
el eco de Virgilio en el Ulises,
la luz encendida que nadie ve salvo Dios
la ardua escritura de un evangelio apócrifo,
el elogio de la sombra,
el secreto centro del cosmos, que es una sílaba de la divinidad,
el álgebra hermosa y la cábala dramática,
el consabido y no apreciable manejo de unas destrezas al coronar la vejez,
el plano del universo bosquejado por Schopenhauer,
la triste lluvia en el frío mármol,
la luna ajena y la que te persigue,
los haikus del amado Japón,
Abel o Caín dictando un cuento infinito,
Shakespeare descendiendo al corazón del hombre,
el alma cautiva en el frágil cuerpo,
el hidalgo hechizado por caballerías y por amores,
el ciego indice de cosas que no alcanzó,
el amor, del que se ocultó o del que huyó,
la sangre gaucha, su fe en el mate, la patria más íntima,
la métrica metálica de las sagas normandas,
la fantasía de Coleridege con una flor como prueba,
el eco marcial del apellido paterno,
la cierva que cruzó un segundo el sueño y no volvió jamás,
los prólogos y los epíligos monumentales de los libros,
el goce interminable de la memoria, que trae batallas antiguas y trae oro en un cuenco,
el puñal impaciente de Marco Junio Bruto en la pluma del bardo inglés Shakespeare,
un escritorio de caoba que guarda unas cartas de amor que nunca se mandaron,
las comunes frivolidades del vivir y la certera brasa de la muerte,
el convergente, divergente y poliédrico aleph en un sótano en la calle Garay,
el emperador chino que mandó quemar todos los libros anteriores a él,
la línea de Verlaine en la memoria de un bibliófilo,
el mar registrado en una runa,
el imposible fervor del sexo,
la historia íntima de la infamia,
la felicidad que precede al caos,
la diversa enumeración de prodigios del mar,
la clepsidra en un cuento antiguo,
la memoria y el olvido de los muchos días,
el sur para velar a un muerto,
la sórdida noticia de una venganza leída en un periódico,
el eclesiastés recitado en la oscuridad,
el hierro de los clavos del judío,
la errancia y el refugio de un poeta,
la patria en su pompa de mármol,
el Islam, siglos de espadas, disciplina y agua,
el hábito de un aljibe,
los ayeres como si fueran uno solo,
el goce de los laberintos,
las trompetas del día final escuchadas por un teólogo,
la música, en donde es posible que estén las demás artes,
las vastas enciclopedias de los hombres,
el panteísmo, ah el inevitable panteísmo,
la ballena blanca en la oscuridad de su dueño,
los pulcros hexámetros latinos que tutelan el ingreso en un sueño,
la suma de todas las cosas que hacen al hombre ser un hombre,
el peso de la moneda en la boca del muerto,
el cofre de joyas en el patio del soñado,
las sílabas en las que se esconde el nombre de Dios,
todas esas sutiles cosas, y otras que no sé y otras que no nombro,
son las que le hicieron ser Borges.


Escribí esta borgiana en un patio encalado, emboscado de pinos, y a la vera del mar, hambriento de libros, gozoso en todo lo demás, perdido en mi memoria y en un deseo absoluto (no más adjetivos, ninguno es bueno) de volver a leer todo Borges. Empecé hace hoy un año. Como tributo cuelgo este poema. Pido (como Kavafis) que el camino vuelva a ser largo. No me importa no llegar a la última línea. No se acaba nunca el libro. Es de arena. Eso es. Es de arena.

Marbella, 20 de Agosto de 2.011

13.6.17

Creo que sólo escribo sobre el tiempo

Lunes
Los lunes vienen atormentados. Da igual que la luz haga cabriolas delante nuestra o que se conciten los astros para que la armonía nos impregne y bendiga. Los lunes son una anomalía de la existencia. Estoy dispuesto a escuchar versiones alternativas. Me parece que siempre tuve esa impresión de los lunes, pero con la edad se hace más patente esa especie de aversión sencilla, no virulenta, en modo alguna dañina. Uno se hace a los lunes como a tantas cosas. Los domingos por la tarde rivalizan con los lunes. Hay quien opina como yo. Lo dirá, vendrá y dirá que llevo toda la razón. Quizá esto lo escribo para que en esta ocasión él me consuele o me anime. ¿Verdad, Raúl?

La noche
De noche, cuando no hay constancia de que afuera la vida bulla, se plantea una contarla en la intimidad, contársela, hacer el papel de registrador de lo que está silenciado, apaciguado, pero que brinca a la luz del día. Ahora mismo empieza a entrar la noche. Se la oye venir, se escucha (si se presta la atención suficiente) su respiración.


Los días extraños
Hay días que ocupan la extensión de muchos. El de hoy ha sido extraño. Todos, a su modo, lo son. Si un día, cuando finiquita, no causa extrañeza, no produce esa inquietud, esa zozobra, piensas que no fue bueno del todo. Los días en los que no pasa nada no cuentan en absoluto, pero apetece de vez en cuando que irrumpa uno que no hurgue, que no te busque el roto y se ensañe.


11.6.17

Espuma de domingo



Fotografía: Aliza Razell


Los otros
Creo que no conocemos nunca los motivos de los demás. Ni los nuestros propios a veces. Tenemos la impresión de que nos manejamos bien y sabemos cómo son los que nos rodean y hasta predecimos sus actos, pero es la apariencia la que vemos, es la capa visible, lo que es fácil llevar a cuestas y mostrar. Debajo está la realidad. La que hace que seamos difíciles en el fondo, no los de temperamento pausado y trato sencillo que perciben los que nos rodean. En la intimidad escuchamos música de cámara a las tres de la madrugada o asaltamos el frigorífico por si queda un yogur cremoso de coco o leemos poemas del siglo de Oro o paseamos a solas hasta que deseamos ardorosamente volver a casa o imaginamos que la vida que tenemos no es nuestra del todo. En esa intimidad es cuando se produce el verdadero diálogo, el que no es factible en ninguna otra circunstancia, el que nos reconcilia con nosotros mismos y permite que podamos seguir avanzando. Se trata de avanzar. A veces es bueno hacer algo que los demás no esperan. Escribir es concedernos esa ilusión de que algo nuestro va a ser restituido a la realidad y que va a tener vida propia.

Perder
Perder es hermoso, te hace pensar en la victoria.

Tokio, niños, pescado, fútbol
Anoche soñé que vivía en Tokio. Como el cine impregna los sueños, el mío era un Tokio a lo Blade Runner. Eran las calles que recorre Deckard. A falta de replicantes o de geishas, vi ejércitos de niños. Niños japoneses. Iban y venían entre los puestos de pescado o miraban escaparates en donde televisiones gigantescas retransmitían un partido de fútbol. En cierta ocasión pensé en escribir los sueños. No su trama, no la parte narrativa, sino su contenido. El de anoche contendría Tokio, niños, pescado, fútbol. De alguna forma imaginaba que si leía ese resumen injusto el sueño volvería con cierta nitidez o mi cabeza lo recompondría de modo que quizá saliese un cuento o un poema. Todavía me fascina la gestación de los cuentos. De no haber nada, de ese silencio o de esa oquedad limpia, nace una historia. La literatura es un sueño memorizado.


9.6.17

En memoria de Ignacio Echeverría



No sé si héroe u otra cosa, pero seguro que Ignacio Echevarría luchó por todos nosotros, por todos los que no éramos íntimos suyos ni le tratábamos siquiera. Hizo lo que probablemente muy poca gente haría, hizo que el mal no pudiese envalentonarse, lo afrontó, le plantó cara, aunque le salió mal. En realidad fue a nosotros a quienes nos salió mal, somos nosotros los que perdimos, aunque en las noticias hablen del chico que practicaba skate, iba a misa y se abría futuro en la City de Londres. No hay ya futuro que abrirse: se lo cercenaron, lo censuraron, alguien pensó que no podría ir más allá de ese día, alguien tuvo la idea de adquirir la propiedad de su vida y de deshacerse más tarde de ella al modo en que nos deshacemos de los objetos que ya no nos sirven o incluso de los que, sin haberlos usado, no nos interesan, no tienen atractivo alguno para nosotros. El modo en que estos bárbaros piensan en la vida ajena es impensable. La manera en que actúan. Esa voluntad que exhiben en la que el daño ha de ser máximo y todos los demás son enemigos.

Hace mucho que no me pongo a pensar en serio en estas cosas. Deja uno de hacerlo porque no va a ningún sitio, no avanza, no encuentra soluciones que exponer y que puedan ser útiles para los otros. Soy quien se lamenta, no soy otra cosa. Soy el tipo de persona que no coge su skate y se abalanza contra los que de pronto se han convertido en enemigo, en invasores, en el mal absoluto puesto enfrente nuestra para que nuestra civilización se derrumbe. Supongo que eso es lo que andan buscando: una especie de demolición lenta de nuestro modo de vida. Es el suyo el que importa. Valen los discursos que esgrimen, no los nuestros. Lo malo (tal vez) es que sólo usamos discursos de este lado. No enarbolamos otro instrumento de disuasión que el discurso y las flores y las canciones que evidencian el dolor que nos han causado. Ellos se vienen arriba con todo eso de los discursos, de las flores y de las canciones. Cuánto más cantemos, más sentido hallarán a su desatino, con más ahínco acometerán el próximo atentado. El hecho mismo de cantar, de calzar la lírica dentro del caos, nos eleva en dignidad, nos hace más humanos, pero no contribuye a que el mal se desvanezca o a que el enemigo se arredre.

En cierto sentido la guerra que tenemos no tiene visos de que acabe. De ella duele que, aparte de duradera. sea invisible, no se la pueda hacer frente al modo en que se han acometido otras guerras en las que hemos entrado y de las que, ganando o perdiendo, hemos salido. La de ahora es una broma pesada que no tiene gracia ninguna y mina la moral y nos hace sentirnos frágiles y también desamparados. Lo que buscan es eso, el desamparo, la sensación de que estamos a su merced. No importa dónde estés ni la implicación que tengas en el conflicto. Eres un objetivo, puedes ser atropellado por una furgoneta, reventado por una bomba o destripado con un puñal largo. No se me ocurre nada más que decir. No tener nada que decir es una de las cosas con las que cuentan los terroristas. Ponen la televisión y ven que nuestra defensa contra sus actos es una manifestación o un concierto. No sirve la letra del Imagine. No es ése el inglés que practican, ni el que entienden. Les anima una vocación que no podemos llegar a comprender nunca y me temo que a nosotros nos anima otra que ellos tampoco están en disposición de entender.

El hecho que más subleva a cualquiera que tenga una brizna de sensibilidad o de humanidad o de justicia o de todo juntamente es la posibilidad de que alguien decida cobrarse la vida de otro, arrebatarle todo ese futuro, no permitirle que sus penurias o sus venturas avancen o mengüen, impedir que vuelva a pasear sus calles favoritas, bese a sus seres amados o cambie de coche cada cierto tiempo, todas esas cosas que hacemos todos, da igual que profesemos el cristianismo, el islamismo, el budismo o no tengamos filiación religiosa alguna. El escenario es global y no hay ejército. Escribo esto porque no sé qué escribir para honrar a Ignacio Echevarría, no tengo otro homenaje que ofrecerle. Tampoco éste valdrá para nada. Es un discurso, son flores, es una canción, cosas que nacen del corazón. Ellos no lo tienen, lo han demostrado ya hasta la saciedad. Estamos a su merced, pero la victoria está de nuestra parte. Parece el final de una de esas arengas que se pronuncian antes de que los soldados pisen el campo de batalla. Lo que no tienen los soldados de nuestro lado es el desafecto a la vida que tienen los otros. Esa es la parte en la que perdemos: ellos están dispuestos a darlo todo, pero de alguna manera Ignacio Echevarría lo dio todo, se sacrificó por un bien mayor, por una victoria, aunque sea moral y dure unos días hasta que su memoria se pierda y hablemos de otras cosas y cantemos más canciones. Y me sigue doliendo que alguien arrebate una vida, que decida que le pertenece, que la aparte del futuro y la arrumbe al pasado. Mi canto inocente y puro de hoy viernes es ése: el de desear que nadie mate a otro. No está mal levantarse de vez en cuando con esa inocencia, con esa pureza. Es posible que la sintiera Ignacio cuando arremetió con el skate en ristre y fue apuñalado. Somos inocentes, somos puros, somos épicos. Afortunadamente no todo está perdido.

7.6.17

Los árboles íntimos

Lo peor es que tu vida sea igual que la de muchos. Tal vez aspire uno a no tener a nadie que se nos parezca. Tener vicios de una extravagancia absoluta. Cometer pecados de una singularidad extrema. Cuanto más se esmera nuestra educación en no desentonar, más infelices somos. La vida está en la periferia. Se van trayendo las ideas, se exponen conforme acuden, cree uno que ahonda, pero solo rasgamos la superficie, la violentamos un poco. Todo lo que verdaderamente importa no se puede expresar con coherencia. Se acaba en los márgenes, en la generosidad del extrarradio. Yo siempre fui un enamorado de la diferencia, pero la edad te hace ser como los otros. Haces lo que los otros. Dices lo que ellos. Por eso tal vez escribir siempre sea reparador. La escritura es un acto de independencia. Da igual que lo escrito no trascienda. Importa muy poco que lo lean los amigos y los eventuales, los acostumbrados y los accidentales. A K. le fascina que yo tenga voluntad de escribir. K. sostiene que escribe quien no tiene pudor, quien desea ser observado. Anoche pensé en qué decirle para convencerle de lo contrario. Quizá, en el fondo, anhele eso: el exponerme, ese ofrecerse a veces un poco obsceno que ocurre cuando uno escribe y registra lo que antes no estaba. De unos papeles hacer un árbol, dejó escrito Sexton. Pues a los árboles.

6.6.17

El ruido y el silencio









A veces anhela uno sentir más afuera el espíritu, invitarlo a que se arrime a la superficie y conversar con él, por ver qué se saca en claro, si podemos intimar, si hay algo suyo que me esté perdiendo, si al final no existe nada más allá de lo que vemos y lo que tocamos y no hay espíritu y todo resulta ser un invento, un plan para que sea soportable la vida en la creencia de que otra más deleitable nos aguarda. En la ignorancia no se vive siempre mejor. Hay ocasiones en que uno debe pringarse, tomar partido, presumir de que se tiene fe o de que no se tiene ninguna. En cierta ocasión, creí que pude acercarme a ella y que me impregnase al modo en que todo se dejan impregnar. No me importaría, no le tengo ninguna aversión, no existe en mí la voluntad de que todo lo concerniente a la religión me sea ajeno. De momento, hasta el día de hoy, martes en que me he convidado al descanso y en donde he encontrado una especie de pequeña paz en el trasegar de las cosas, no hay indicios fiables de que un servidor hinque la cerviz y acate con humildad la llamada de las alturas, si es que alguien llama y si es que abajo alguien tiene la sensibilidad de escuchar. No he visto nada de eso, no hasta ahora. He comprendido que una música lo envuelve todo. Se percibe a poco que se presta atención. Ayudan las catedrales, de verdad que lo hacen. Falsos los deleites, como dijo el poeta, pero aun falsos, no poseemos la propiedad moral de que no tengamos otros, así que nos abrazamos a ellos, los festejamos, olvidamos tal vez que el verdadero festín está adentro o, en todo caso, estaría bien que hubiese uno y que lo sintiéramos pujando, pidiendo paso, como un hijo que de pronto cobrara brío y pugnase por ser alumbrado. La fe es ese alumbramiento que no siempre llega. Como los enamoramientos. Lo bueno de vivir al margen de la fe es que en cualquier momento puedes sentir que brota, lo cual viene a decir que la tienes dentro y nunca lo supiste, o que te penetra, lo cual quiere decir que es una influencia externa y no se cruzaron en ningún momento vuestros caminos. Lo que más me fascina de no tener esa fe de la que ahora hablo es el hecho de que casi continuamente me interrogue sobre ella, piense si estoy perdiendo un tiempo precioso y no la disfruto o si hago bien y en el fondo todo es una historia que se cuenta y que unos creen y otros no. Con lo que yo adoro las historias, debería ser un buen creyente. Mi educación espiritual ha sido laxa, no ha tenido el suficiente acopio de inquietudes o incluso estoy por decir que no tuvo ninguna. Soy un descarriado feliz, si se me permite la expresión, uno del tipo que se cuestiona su condición de apartado y que no tendría problema en dejarse convencer o en aceptar que un buen día (debe ser bueno) sienta la herida, la sienta fuerte, comprenda que ya no es posible ir atrás y viva los años que me resten en la esperanza de que hay otra vida después y todo eso que ahora, contemplado en mi lealtad actual a mí mismo, me parece una invención. Pienso a veces en eso que escribía Borges sobre la religión cuando la ubicaba en la literatura fantástica. Pienso en algunas representaciones de la fe por quienes la profesan y afianzo mi reticencia. Pienso en la fe ciega, en esa fe que no ve o que ve tumultuosamente, enfebrecida, convertida en un espasmo, en un delirio. Pienso en la quietud del espíritu cuando conversa con su divinidad y en el vértigo y en la fiebre del pueblo cuando extrae de su interior otra faceta del espíritu, no la mansa, no la que conversa, sino la que se convierte en masa, en vorágine, en estrépito, en locura. No tengo ninguna opinión que deba servir a nadie. Habla quien no ha entrado en esa conversación y al que, por tanto, le está vedado expresarse sobre su contenido. Mientras llega o no llega la fe, prosigo en mi descreimiento, convencido de que esa búsqueda es provechosa, haya o no hallazgo, entre o no el deslumbramiento.

4.6.17

Las graduaciones escolares y otras festividades de la modernidad

A este paso vamos a terminar celebrando el aire que respiramos y el suelo que pisamos. Dejaremos de respirar y dejaremos de andar y festejaremos esos dones sencillos de la existencia. Lo que está pasando es que hemos perdido el sentido de las cosas. No sabemos lo que son, no tenemos ni idea de lo que representan. Una de las primeras cosas que hemos dejado por el camino ha sido el valor del esfuerzo, esa consideración antigua (transmitida de padres a hijos, contada con ahínco en la escuela) que consiste en trabajar sin que luego el trabajo devenga un premio. Los premios nos están volviendo locos, dicho de una manera seca, sin adorno. Hacemos lo que se nos encomienda para festejar el éxito cuando la tarea ha concluido. No porque sea nuestra obligación, ni porque el futuro, esa frágil idea con la que se nos tatúa desde pequeñitos, lo exija,  el futuro bueno o el malo. depende de cómo nos preparamos, de cuánto llenemos las alforjas de la inteligencia o las de la responsabilidad. Abruma, abochorna, entristece que todo sean, en estos días, fiestas y más fiestas. Tiramos cohetes porque un equipo de fútbol gana un campeonato, brincamos en las calles porque otro no ha descendido de categoría, descorchamos botellas porque un partido político no ha sido barrido completamente por otro y no ha muerto como preveíamos en los comicios de turnos.

Lo que es extraordinariamente grave es ese hábito reciente de las graduaciones escolares. Empezamos celebrando que pasamos de un curso a otro y terminamos creyendo que la vida es una fiesta continua y que nos lo merecemos todo. Festejamos que pasamos de infantil a primaria sin que el festejado, el inocente e ignorante párvulo, entienda ni una palabra del jolgorio. Esa es la primera de muchas. Luego vienen las demás, vienen sin que importe mucho si hemos brillado en su acometida, si hemos sacado notas buenísimas o tan sólo nos dieron un aprobado raspado. El caso es que no nos perdamos la suelta de los petardos, la música festiva y los discursos de rigor. Debe quedar claro que la graduación en sí no es mala: pervierte su sentido la repetición, su uso indiscriminado. Cuenta a favor de ellas la mesura; las distorsiona su rutina. Si a un niño le premiamos con una fiesta cada vez que acaba un grado y empieza otro, acabará exigiendo que se le premie llegar a casa a las dos sin que se le haya puesto un parte de disciplina o sin que el profesor haya anotado en su agenda la evidencia de un altercado en la convivencia o la constatación de que no hizo la tarea de Matemáticas o se le olvidó traer el libro de Inglés. Estamos destrozando una idea antigua y maravillosa: la de la obligación. Llegará un día, a este paso, en que nada será obligatorio. O que lo obligatorio será secundario en el mejor de los casos.

Otro asunto a considerar es el que se extrae de la implantación de ese hábito nefasto en las familias, en la casa, en la conciencia de los padres o de algunos de ellos. El lector avezado puede ampliar la influencia tóxica, la de hacer una celebración sin que un motivo razonable la auspicie, a las comuniones, ahora tan numerosas. Las hay íntimas, prudentes, en todo familiares, que no se salen mucho (todas se salen algo, es el signo de los tiempos) del sentido común o de la mesura. Otras, bien al contrario, rivalizan en pompa y en ornato con algunas bodas de mucho postín. Si todo va a más en esta vida y uno espera que el acontecimiento posterior sea siempre más sofisticado y excelso que el previo, no me entra en la cabeza qué sucederá con esos críos cuando el futuro no les permita abordar una boda que se parezca a la comunión que les regalaron sus padres. Y aquí el lector cristiano pondrá otras objeciones, otros reparos, todos remarcando (supongo) la falta de actitud religiosa, pero no es ése el asunto de este escrito.

No sé quién pondrá el cascabel a este gato. Una de las responsabilidades es de la escuela o de los institutos, no de todas o de todos ellos. Hay centros con dos dedos largos de frente que no aspiran a convertirse en un parque temático de felicidad académica, y se limitan a festejar lo razonablemente festejable. También son las familias las que jalean estas celebraciones. Su injerencia en la vida escolar no sólo aprueba estas cosas, sino que en algunas casos las bendice. Quienes saldrán perdiendo son las graduaciones normales, las legítimas, las que se montan con esmero y tacto a partes iguales. En cualquier caso, el cuidado se debe poner en quien se sube al estrado y recibe la banda o el birrete de rigor. Habría que explicarle dónde acaba ese teatro, cuándo vuelve la realidad. No es entendible que cuando un alumno salga de bachillerato haya tenido cuatro graduaciones. Algunos, más.  Quizá el problema estribe en cierta pérdida de valores. Serán los tiempos modernos, será el ir y el venir de las modas, será esa rebaja creciente en la cuota de cultura que se le asigna a la ciudadanía. Porque importa brindar, aunque no sepamos bien el motivo que hacen que los vasos choquen en el aire y vuelen las risas y los abrazos. Todo sea por beber, por reír, por abrazarnos. Ya vendrán tiempos peores y nos morderán con más saña.




1.6.17

Darth Vader de Monet



Mujer con el parasol, Claude Monet

Lo malo de haber nacido Darth Vader es que luego no puedes quitarte la Estrella de la Muerte, la respiración cavernosa y los problemas paterno-filiales. Uno nace con un fondo de armario, aunque el tesón modele esa herencia y haya puertas disponibles y, una vez franqueadas, podamos deshacernos del traje o de los gestos o de todo cuanto ha sido invariablemente nuestro y haya sido difundido y sea del dominio público. Por eso siempre miramos igual a Kafka. No hay manera de que le imaginemos en una playa, en plan dominguero, leyendo la prensa, bebiendo cerveza de lata y echando un ojo disimulado a las mozas concurrentes. Poe es la absenta, los callejones oscuros, las primas problemáticas y la pobreza. Un Poe extraído de su Boston e incrustado en el alegre París de los veinte es difícil de montar en la cabeza de quien lo haya leído a fondo y aprecie su decadencia y entienda que quizá sólo puede escribirse El gato negro si has bebido mucho o has trasnochado en tugurios infames. A Darth Vader le tenemos un afecto que no es posible argumentar. Supongo que los afectos no precisan justificaciones. De ahí que este juego en el que la dama del parasol de Monet deja su sitio al caballero oscuro que ruge de venganza y ha sido poseído por el mal. Por otra parte, visto así, en esa actitud desenfadada y primaveral, Darth Vader no impone. Todo es cuestión de atrezzo. Te quitan el casco y eres un don nadie.