30.6.17

La invasión de las cabras


            Cabras abrevando en la piscina privada del Hotel Refugio Alamut, Valle de Abdalajis,                                                                                                                                     Málaga


A veces la naturaleza toma partido, se embravece, cobra el peaje por la afrenta que el hombre le causa cuando le socava la tierra y le quema los árboles. Ni siquiera el aire permanece indemne. Tampoco el agua, que ha enfermado. La vida salvaje, la que no se ha dejado domesticar, padece al ser humano, que es una criatura interesadamente invasiva.  Por eso un día bajaron las cabras al hotel. No creo que fuese una decisión mesurada, tomada la noche de antes, viendo el panorama, comprendiendo la gravedad del asunto. Simplemente bajaron, admiraron la extensión limpia de agua y hocicaron la testuz para abrevar el agua sagrada. En otras ocasiones, en televisión, nos ofrecen imágenes de lobos que han bajado a los pueblos o de osos deambulando por las calles en poblaciones de alta montaña. Quizá estas anomalías, que no suceden casi nunca, que sabemos que no sucederán con frecuencia en el futuro, evidencien el deterioro de la naturaleza, el deterioro que nosotros le estamos causando. Nos equivocamos al pensar que vivimos en nuestras casas, confortablemente instalados en nuestro salón, cubiertos de los lujos que nos hemos agenciado para hacer esa residencia más habitable y que la vida en ella sea más placentera. Vivimos en la tierra, somos como esas cabras que arriesgan su bienestar en las cumbres para saciar la sed. No sé a qué piscina acudiremos nosotros cuando esa sed u otra cualquiera nos atenace, no sé qué recurso usaremos para sobrevivir. Tenemos los humanos algo que de lo que los animales carecen: tenemos la facultad de la prevención. Podemos pensar en qué pasará mañana y cuidar de que todo responda cuando esa hipótesis de futuro irrumpa y confirme las sospechas que vaticinamos. De hecho estudiamos para adquirir conocimientos y competencias que nos permitan conseguir un buen trabajo, organizamos nuestras vacaciones meses antes para que sean más baratas o inventamos el ajedrez, que es un juego donde importa lo que no ha sucedido, más que lo que está pasando o lo que ocurrió. En lo que no somos inteligentes, en lo que fallamos estrepitosamente, es en cuidar la madre tierra, en respetarla, en organizar el futuro de modo que su salud, la de la tierra, sea la conveniente. Duele que se la queme, duele que el fuego la reduzca a la ceniza gris de nuestra incompetencia absoluta. 

Al final las cabras entrarán en nuestro domicilio, buscarán lo que les robamos. Será un sencillo acto de guerra o una venganza. Al final tendremos lo que nos merecemos. Somos ciegos o torpes o, peor, malos. La nuestra es una maldad consciente. Ya existen suficientes voces de socorro y se han levantado los suficientes protocolos (todos más o menos baldíos) para que los Estados se ocupen de los campos y de los mares y no atiendan únicamente la subida de los precios o la precariedad laboral o los dispositivos antiterroristas, y ninguna de esas obligaciones puede ser desdeñada o rebajada por ocuparse de la ecológica. Dejaremos el caos a nuestros hijos. Su herencia será la más triste, si es que alguna hubiera.

28.6.17

Vida de fantasma


Fotografía: Mario Giacomelli


 A Rafa Padillo

El mejor tiempo es el que no necesita ser contado. El mejor día es el que no delata su transcurso. El mejor sueño es el que no permite que se analice y se cuente. El mejor amor es del que no se alardea. Vivimos en la velocidad de las cosas, no en su esencia, no en su hondura. Un amigo me dijo hoy que dedicaría el verano (entiendo que no todo, no puede ser todo) a ver pasar las cosas. No será fácil, ya me contará. Siempre está uno buscando razones a todo, hurgando, buscando palabras con las que explicar lo que sintió y lo bien o lo mal que lo pasó. Quiere, sobre todo, afianzar su opinión, convidar a los demás a que la rebatan o a que la refrenden. Se anhela no estar al margen, no pasar desapercibido, pero basta ocultarse, no exhibirse, ni ofrecerse, para que la realidad se apacigüe y cobren un nuevo peso las cosas que antes no apreciábamos. No creo que sea algo que se decida, no es un convicción de la que se parte para afrontar el día. Hay días en los que se prefiere no estar. Quizá sólo por el placer de volver. Deberíamos tener la facultad del fantasma, la de moverse sin ser percibido, la de observar a los otros sin que nadie se percate de nuestra presencia. Existe esa efusión inmediata de apasionamiento, existe el entusiasmo del regreso; tal vez por ver qué ha ocurrido en nuestra ausencia. Si todo sucede como solía o algo extraordinariamente sutil ha sucedido. En el fondo cuesta ser invisibles, por mucho que apetezca. La vida de los fantasmas debe ser de una tristeza inconsolable. No tienen relojes, no tienen con quién compartir la zozobra de las horas, el trémulo goteo de los días, el insostenible vértigo de las noches. 

26.6.17

habla el señor conejo



a veces los pájaros acuden si los llamo, 
vienen en bandadas, se atropellan en el alféizar de la ventana, miran qué hago, observan los libros encima de la mesa, parece incluso que escuchan a wagner invadiendo polonia, 
pero en realidad no hay trama más allá de la impresión poética, no acuden si los llamo, están convidados por el azar, están sin que yo intermedie en ese prodigio, en otro modo de entenderlo todo, nosotros somos como pájaros, 
acudimos si nos llaman, vamos en tropel, nos atropellamos sin concierto, observamos qué hay detrás, si la cosecha o tan solo la semilla, si el final severo o el entusiasta acto de inicio, 
importa la trama, nos importa construir la memoria, tenerla a mano, conferirle el rango de libro y abrirlo en cuanto se nos ocurre, consultar, ver qué podemos hacer para que no sintamos el peso del mundo, que no es amor, hace tiempo que no es amor, lo fue, estuvo ahí el amor, codiciando amantes, copulando sin brida al modo en que lo hace la lluvia cuando lame el aire, invisible, puro, gozoso y alto, 
escribo porque soy un conejo, 
a veces me da por imaginar que no soy emilio calvo de mora villar, 
no tengo el ideal de la justicia, 
no tengo el sencillo amor a la vida, 
no comparto con los otros la alegría que en ocasiones me ocupa el pecho, 
soy un conejo, el señor conejo, 
voy de campo en campo, olfateo, sobre todo olfateo, 
muevo la nariz como la movieron mis antepasados en los tiempos remotos de los conejos,
siendo conejo he desarrollado enormemente el sentido del olfato, donde otros aguzan la vista, donde se esmeran en sublimar el gusto, yo he puesto toda mi sangre en el crecimiento de mi olfato, está grande mi olfato, estoy satisfecho de cómo funciona, salgo al campo, olisqueo sin parar, muevo los bigotes, nunca me he visto, son cosas de conejos, imagino,
las mujeres de wichita falls tendrán también las suyas, no conozco una sola mujer nativa de wichita falls, cabe la posibilidad de que alguna se me haya cruzado, pero no podido decirle nada, contarle la historia de mi vida, la breve historia del insomnio, el sonido que hace mi bigote cuando se me cruza una zanahoria, 
sobre la superficie herida de la zanahoria voy rindiendo diente a diente toda mi nerviosa boca, 
sé que me espera el manjar, cuanto más me espera, más intenso es el placer y más lo dilato, 
si vuelvo a mi condición humana no recuerdo nada de mi vida como señor conejo, no sé nada de mi promiscuidad de conejo, 
vuelvo a la mesura, 
escribo distraídamente en un banco de un parque, observo una iglesia, a lo lejos, la gente entra con respeto, entran animosamente, creo que luego dios los amonesta, secretamente los amonesta, 
dios censura, es un catón, es un terrible ojo imposible, 
pero los conejos no tenemos moral, no sentimos el peso del mundo, solo olfateamos, fornicamos, entendemos el mundo según lata el corazón más o menos aprisa, 
la vida como señor conejo tiene sus ventajas, no nos escandalizan los asuntos habituales, solo nos concierne la procreación, no se puede pensar en otra cosa, solo olfateamos, oteamos, nos encaramamos a la hembra y la cubrimos, 
cubrir es un verbo manso, 
cubrir es el verbo más importante del diccionario,
uno cubre lo que puede, cubre sin apuro, un poco también desinteresadamente, sin caer en la cuenta de que se está cerrando un ciclo o de que se está abriendo, 
el hombre tampoco razona estos brincos del alma, 
no estoy hecho para llevar registro de todo lo que me sucede, quizá un apunte, un breve comentario, dejar constancia del prodigio del vino en la boca, constatando la brutalidad de las horas cuando la resaca te pasa por lo alto, 
el señor conejo ya no bebe como antes, escribe más, pero bebe menos, 
me cruzo con él en el portal de la casa, lo saludo, no parece conejo, no debe parecer conejo, siendo conejo no tendría los beneficios de ser hombre, 
soy hombre, tengo beneficios, 
soy conejo, olfateo, copulo, en la cópula se quintaesencia toda la prosa del señor conejo, el estilo barroco, el estilo ampuloso, el vuelo, el asalto al verbo, la certeza de que las palabras me abandonan, no es posible aprehenderlas enteramente, se escurren, no se avienen a que tú las sometas, 
tiene que haber un pie en el cuello del adjetivo, no hay que mimarlo, no hay que pensar que el adjetivo está ahí porque nosotros lo hemos llamado, como si fuese un pájaro, no acude si le llamamos, 
ahora estoy buscando un sentido a lo que digo y solo encuentro vértigo, 
el vértigo expandido, 
las palabras del señor conejo yendo y viniendo por mi boca, 
el sexo fugaz, 
la obra completa de mozart en un montón de cedés, 
la obra completa de benito pérez galdós en una caja  o en dos o en tres, en un trastero, cerca de la bicicleta de mi hijo, 
mi hijo estudia alemán, no sé cómo se dice conejo en alemán, no sé alemán, quizá sea tarde, no estoy por la labor, no sé a qué labor afiliarme, con cuál excederme, hace falta excederse, ver que se duele uno, apreciar el dolor, 
sale el texto del dolor mismo, 
si no hay sufrimiento no puedes ser escritor, 
escribes para cualquier cosa, pero no se te considera oficio, no entra en lo razonable que escribas porque no es posible eludir esa responsabilidad contigo mismo, 
el lector cae, se involucra, se afana a veces en entrar, pero la literatura está en otro lado, no en lo que registras, en el cuerpo orgánico del texto, en el conejo abatiendo a mordiscos la zanahoria, como si no tuviese otro cometido, como si eso que le encomendara lo aturdiese y no le dejara que la sangre fluyese por dentro, 
la sangre es el texto también, 
uno es la sangre de la herida, 
en la herida se intuye un aviso del texto que está por venir, 
algunos escribimos antes de la dentellada, no podemos esperar, nos falta la paciencia para ofrecer el texto una vez que el diente ha hecho cuartel en la carne, la carne libra entonces una batalla más alta, de más noble fuste, 
el conejo se encoge de hombros, se sienta en la sala de espera, mira a un lado, a otro, espera que lo entiendan, pero a los conejos no se les ve nunca como realmente son, 
es una pena ser solo conejo o ser solo walt whitman o ser solo eco, 
más allá de la voz, por encima de la sangre incluso, apartando la memoria, ser solo eco, el eco libertino nuevamente izando banderas de placer en el aire recién libado, el aire convertido en luz misma, la luz mecida después por el eco, reverberándose, convocando el secreto numen de las cosas, 
pero ah emilio calvo de mora villar, estás saliendo del territorio del conejo, lo estás abandonando, no será posible después el ayuntamiento con su causa, morirá en un rincón, 
abandonado el conejo, vendrá el cáncer, se lo comerá entero, no quedará nada, no habrá un resto, 
el señor conejo será venerado, edificarán iglesias, la gran iglesia del conejo, tocarán fugas de bach, se escucharán desde lejos, incomodarán a los que no entienden qué lujuria los preñó, 
la carne libra entonces otra batalla más alta todavía, la voz se convierte en salmo, el señor conejo se retira a contemplar su obra
en realidad no es preciso velar durante toda la noche al conejo, 
señor conejo tuvo una vida admirable, 
un conejo feliz, 
el conejo al que los cuentos cortejan, en el que se observa la rotunda armonía del cosmos, 
no sé si los conejos tendremos dioses a los que adorar, si habrá un señor conejo plenipotenciario, uno al que agradecer el olfato o las zanahorias o las coyundas en mitad de la noche,
oh gracias Señor Conejo, tú provees, tú cuentas los días y cuentas las noches, etc, 
no hay muchos animales en los que advertir esta evidencia de orden metafísico, ningún fabulista ha logrado hacer converger en un animal la filosofía antigua y la new age moderna, toda la sabiduría de los próceres del alma y toda la mierda patrocinada por los bancos, pero el mundo sigue, 
ah amigos, hemos estado aquí, mirando al conejo, observando cómo se arruga el gesto, aceptando que la vida es siempre una aventura involuntaria, 
he aquí al héroe, se agolpan en la puerta todas las amantes, vibran en escorzo, cimbrean la cintura, arquean el torso, ponen el alma en cada acometida de la sangre

25.6.17

Teoría de las primeras veces



Hay gente que no va a ningún sitio y tampoco parece que vengan de ninguno, gente que alienta la idea de que están incrustados en un paisaje o de que siempre estuvieron ahí. Ningún gesto delata lo que sienten. Se desconoce, al mirarlos, si anhelan escapar o están encantados del lugar que les tocó en suerte. Esta misma ocurrencia podría aplicarse a quienes no paran de moverse. Da lo mismo que ayer desayunasen en Londres y hoy almuercen en Atenas. El movimiento no es una cosa enteramente física. Hay gente que recorre distancias enormes y no experimenta viaje alguno. Por otro lado, es razonable que exista gente que no haya movido un pie y tampoco haya dejado de ir y de venir. No todo es topográfico, no todo es cartografía. Siempre aprecié los libros de viajes. Está uno en las selvas tropicales sin que tenga que vacunarse o puede andar las calles de cualquier barrio marginal de Los Ángeles sin temor a que lo tomen por un negro o por un paria y le descerrajen dos tiros. Es mejor el riesgo, ya lo sé. Lo ideal es combinar el viaje interior y el otro, el que hace sudar al cuerpo, el que deja huellas en la cara. El alma es otra cosa. Al alma, si se la adiestra bien, se la puede sacar de paseo sin tener que salir siquiera a la calle, no digo ya coger un avión y plantarse en la otra parte del mundo. El otro día me preguntaron sobre dónde iba a ir cuando me tocase disfrutar las vacaciones. No tengo nada elegido todavía, dije. Me da igual el sitio, añadí, un poco diciendo la verdad y otro poco no. Un verano en el que recorrimos cinco mil kilómetros en coche no disfruté más que otro en el que estuvimos un mes entero en un piso en primera linea de playa. Recuerdo que todos los días eran un viaje. Volvía por la noche con la sensación de plenitud, de haber visto más cosas de las que podía procesar, de haber sentido más de lo que podría entender, pero las sensaciones no entran en el catálogo de lo comprendido. Leer es la única actividad en la que puedes desgajarte de tu residencia física (por decirlo adornadamente) e ir lejos. Siempre hay un regreso. Que sea duro o placentero o incómodo depende de lo mucho o de lo poco que te empleaste en la lectura. Hay libros de los que no sales nunca. Estás incrustados en ellos. Como la azafata de la fotografía de mi amigo Fernando. Hay vidas de las que no puedes escindirte. Eres lo que eres y no hay regreso o fuga o constatación de que es posible regresar o fugarte. Se nos ha concedido un cuerpo y se nos ha colocado en un paisaje. Yo soy Emilio Calvo de Mora Villar y vivo en Lucena. Hay días en que no voy a ningún sitio y días en que no parezco venir de ninguno. Son los días de tránsito, los días grises en los que los más allegados te dicen si estás bien, te dicen tienes mala cara, te dicen te pasa algo. No siempre tienes contestación. Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa que ni yo mismo me entiendo, cantaba Aute. Luego están los días de las expediciones, los días grandes en que sales de tu casa o sales de ti mismo. Esos son los mejores. Vas a un sitio en el que nunca has estado. Da igual que sea un libro o una calle. Da lo mismo que ya lo hayas leído o que ya la hayas paseado, pero tienes la sensación de que es la primera vez. Vivimos añorando las primeras veces y están siempre a mano. Se entra en un libro como se entra en un cuerpo. Has entrado ahí cientos de veces, sabes qué hacer y tienes memoria física de lo que esa entrega produce, pero hay veces en que no recuerdas nada y crees que se te ha concedido la oportunidad de olvidar y de volver a sentir limpia y primerizamente. Como si el mundo acabase de empezar y te tocara ser el dios rudimentario y caprichoso que tuviese que fecundarlo todo. La azafata de la foto está pidiendo que alguien la rescate y le diga he venido a buscarte, vamos a Estocolmo, vamos a Atenas, seguro que no has estado nunca

Pájaros y dioses II

A Marina Perezagua, que cree en los milagros y los busca a conciencia y sin ella a diario.


A los milagros se les tiene la consideración que a veces no merecen. Suceden sin que podamos entrar en razones al modo en que lo hace la fe o el enamoramiento y tienen más tarde una existencia longeva. A los que yo me refiero no les asigno una causa divina, aunque no me importaría que fuesen una injerencia  espiritual la que los alumbrase. Es milagroso lo que asombra, lo que produce perplejidad, todo lo que tiene más de prodigio que de asunto cosido a la rutina, hecho a que se le vea y no levanta ni admiración ni atención a veces. En ese sentido, creo en los milagros, creo mucho además, creo con convicción, creo con la firme voluntad de que serán los milagros los que salvarán mi existencia de la mediocridad o del aburrimiento o del vacío. Amo lo sobrenatural, lo etéreo, lo que se adhiere a la metáfora más que al logaritmo, pero aún así me cuesta aceptar que haya cosas que no puedan ser entendidas bajo una lupa cartesiana. Por otra parte, ha sido la fe la que ha hecho que el mundo esté donde está ahora. Nos diferenciamos de los animales en la posibilidad de hablar sobre lo que no existe. Incluso organizamos parte de nuestras conversaciones alrededor de lo que no está. Decimos que nos protege un espíritu o que los astros han sido generosos con nosotros o que tal o cual Dios ha tenido la consideración de escuchar las plegarias y atenderlas a nuestro entero favor. La religión, que es la hacedora principal de milagros, se ha valido de estas efusiones sentimentales para mantener su preeminencia en los pueblos. Nos dieron el cielo para que no nos pareciera escasa la tierra. En el fondo, si se piensa con calma, es un ardid espléndido. Se vive mejor en la ilusión, más poblada de colores, que en el gris invariable de la realidad. Otro asunto es la manera en que las ilusiones forjan la cohesión de las sociedades. Ilusionados, pertrechados de esperanzas y de sentimientos forjados en la comunidad, se avanza mejor. No hay sociedad que no haya depositado en esas ilusiones, en esos milagros, su progreso entero. La ciencia contribuye a nuestro bienestar, hace nuestra vida más fácil y nos permite vivir más o vivir más placenteramente, pero son los milagros los que nos conceden la bendita bondad de los sueños. Lo que no existe tiene más literatura que todas las criaturas y todos los objetos que han poblado el cosmos. Los primeros registros literarios (por llamarlos de una manera que conviene a esta reflexión) son inventarios de anhelos, deseos plasmados en frases sencillas. El lector hipotético de esas manifestaciones emocionales es el Dios local, que luego, al paso de los años, se globalizó y mutó en Dios Universal. Cuando los pueblos creían en la existencia de diferentes dioses, la vida era más pacífica. Nadie hacía esfuerzo alguno en hacer valer la importancia del suyo sobre el resto. Si hay cien dioses disponibles, hay cien milagros razonables. Cuando se estrechó el parnaso de las divinidades, se empezó a fracturar esa cohesión limpia y todo se vino un poco abajo. Debería haber más milagros de los que hay. Sería la constatación de que volvemos a tener una legión de dioses. Los humanos tenemos esa voluntad creadora: la de construir ficciones, la de buscar continuamente el cielo lleno de promesas que nos ofrecieron de pequeños y del que no hemos podido substraernos. Claro que hay que creer en los milagros. Da lo mismo que uno sea creyente o que no lo sea. El milagro es la poesía, la evidencia de que adoramos la belleza de las cosas, no su valor, no su peso mercantil, ni su influencia. La única forma de que la vida sea un regalo es concediéndole la posibilidad de que nos sorprenda, de que pueda alentar prodigios, de que sepa cómo producirnos perplejidad, zozobra, asombro. El milagro es el asombro hecho luz. Ahora, mientras escribo, sucede el milagro del día. Afuera se oyen unos pájaros. La oscuridad se ha desvanecido. Todavía no se ha adueñado de la calle el ruido que luego no desaparecerá. Al final volvemos a hablar de pájaros y de dioses.


24.6.17

El mundo es de los escaparates

No faltan quienes se dicen católicos y descreen en la intimidad o quienes se dicen descreídos en público y buscan a Dios en privado.
No faltan quienes presumen de saber manejar los rigores de la vida y se desmoronan cuando esos rigores los atenazan o quienes a todo ponen reparos y hacen montañas de llanuras y luego salen a flote sin esfuerzo, sobrados de recursos, inflados de confianza.
No faltan quienes exhiben sus reticencias o su rechazo abierto a una facción política y después les otorgan su voto en la urna o quienes se declaran simpatizantes de esa facción, aunque más tarde le nieguen su adhesión en los comicios.
No faltan quienes adoran cualquier tiempo pasado y se esmeran en argumentar esa inclinación estética o política o moral y, a la primera ocasión, se arriman al futuro y refrendan esa vocación en todas las redes sociales.
No faltan quienes son educados en lo cercano, ejemplo de civismo y de buenas maneras, adulando a veces, pasando la mano por el hombro o cediendo el paso y después, cubiertos por el anonimato salvaje de la masa o de internet, sacan a la bestia interior y arramblan con todo, vapuleando, humillando, ninguneando a diestro y a siniestro.
Es el doblez el que reina, es la apariencia la que triunfa, es ese enmascaramiento el que está arruinando la sociedad.
Vivimos en la periferia de las cosas. Somos lo que negamos. Estamos en la cuerda floja. Nos alimentamos de nuestra incertidumbre.
Lo idóneo sería empezar de cero, volver a la ilustración, al imperio de la luz. Convendría un reseteo.
No son los valores, su desprestigio, los que están mandando todo a la mierda. Es la mutación de las costumbres. Es esa sutilidad brutal en el fondo de no ser ya personas, sino consumidores. Aquí gana el que paga.
El mundo es de los escaparates.
Todo es mercancía, a todo se le da una tasa, no hay nada que no exhiba un precio.


Cafetería Nebraska, Córdoba, apurando un café descafeinado. He aquí también la paradoja, en descafeinarlo todo. Pago. Me voy a comprar algo que me guste.

Casa

Se me ocurre que empieza a su manera el verano que cada uno inventa o el que le permiten inventar. Vendrá el descanso cuando venga. Vendrán las noches en las terrazas de los bares y las tardes, quien pueda, en las playas o bajo la playa importada del split del salón. Está ahora negro el cielo y no corre aire. Acaban en la escuela las lecciones y pronto acabará el registro frío de las cosas que buenamente se han hecho. El deseo que se me ocurre ahora es sencillo y tiene mucho de anhelo, que es la forma más noble y elevada del deseo. Es el descanso, la evasión, el cierre de algunas rutinas y la apertura gozosa de otras. Luego vendrá otra vez el stress, las prisas, las incertidumbres y la sensación de que uno hace lo que de verdad le gusta, pero no es posible no mirar con sincero afecto el finiquito, las firmas en los documentos y los adioses a los compañeros. Será un buen verano. Da igual que luego sea como todos. He salido a fumar a la puerta del bar y escribo a la fresca, solo y extrañamente feliz. Corre una brizna de aire. Ahora toca volver a casa. Esa es la meta, la casa.

18.6.17

La historia que contó Klamm / Sobre El castillo de Kafka

Leí El castillo con miedo a no entenderlo. Avancé, creo recordar, con titubeo, pensando en si dejarlo para una edad más propicia. También fue miedo al propio Kafka. Había devorado La metamorfosis, que es un cuento asequible, con traveseras metafísicas, con bruñida y apocalíptica hondura, por lo que me envalentoné. Lo acabé en uno de esos días de verano en los que amanecía sin mucho que hacer, salvo leer o poner orden los libros. Lo retomé hace unas semanas y anoche zanjé mi deuda antigua con esta novela. No sé en qué cambiado ella o en qué he cambiado yo. Me sigue gustando la nieve del pueblo sometido al castillo, me sigue gustando K. y su bastón, me sigue gustando esa afición del autor por demonizar la administración y hacerla oscura y caprichosa, aunque El castillo no trate exactamente de eso. Trata del amor o trata de la búsqueda del amor: el amor a uno mismo, si así convenimos.

K. empieza en soledad su travesía por el pueblo y, al concluir la trama, sigue solo, incluso consciente de que lo está. Leerla, veinte años largos después, me ha hecho pensar en alguien que, a su modo, era el K. de Kafka. Le diré A. No usaba bastón ni era agrimensor, pero se tenía de él la misma impresión que se tiene del protagonista de El castillo: la de inventar una historia, la de creerse personaje y no persona. Se vive mejor en la ficción. A. nos hizo creer a muchos que tenía un oficio y un cometido. En realidad tanteaba, buscaba, indagaba sobre sí mismo como lo hace cualquiera, aunque A. llegó más lejos, se atrevió más, novelizó su vida. Se me ha cruzado varias veces A. mientras leía la historia de K. De un modo muy kafkiano, agradaba esa facultad de ser niebla, digamos. A. iba y venía, tenía peso mientras estaba (era trágicamente obeso, añado) y producía en los demás el afecto que buscaba. Invariablemente se granjeaba la simpatía de cualquiera que se le presentase. También, si se hurgaba más adentro, su rechazo. Si El castillo es contradicción pura, la vida de A. lo era también. Si Frieda era para K. el vínculo con las personas nobles de la sociedad, yo era para A. un puente que lo conducía a las orillas en las que yo paseaba. Y entonces eran muchas y en todas había gente suficiente como para que A. tuviese el público que anhelaba. El castillo es también trama simbólica, preñada de subtramas imposibles. No supimos qué había en las tramas paralelas o en las tramas inferiores de la trama principal en la que A. nos introdujo. Alguien, muchos años después, me informó de la impostura. Me confío la verdad sobre sus andanzas, el motivo por el que actuaba como lo hacía. No viene al caso exponerlas. Tampoco Kafka se esmera en contar los porqués. Importa todo lo demás. Hay más evidencias que emparejan a los dos. Ninguno de los dos está terminado. Kafka no acabó la novela y yo, en lo que alcanzo, imagino a A. prodigando sus artes sociales.

Las vidas nunca acaban. Prosiguen incluso cuando quien las vivió ya no está. Da igual que haya muerto (ojalá él esté alegremente vivo) o que el tiempo o la distancia nos lo haya apartado. K. quería, en el fondo, quedarse en ese pueblo. El trabajo de agrimensura que le había llegado era una excusa; en realidad no era ésa la razón verdadera. Toda la historia de El castillo es de amor. Como todo en Kafka, un amor simulado, lejano, casi hostil. Yo debo ser Klamm, el funcionario de la puerta, sobre el que (a pensar de K.) reside el poder. Me pueden contar todas las palabras para que me disuadan de mi naturaleza reacia a abrirla, pero ninguna será válida. Y sin embargo, soy el que está en la puerta, ésa es mi residencia, podría decir.

Escribir es escuchar las cosas que nos dicen y verterlas en las historias que uno después maquina. A lo mejor A. lee esto, se ve reflejado y me cuenta qué es de él. Así a veces funcionan las cosas. No sabemos qué puerta hemos abierto y a qué otra nos conducirá. Hay vidas ajenas sobre las que avanzamos con titubeo, pensando en si dejarlas para más adelante o incluso si dejarlas definitivamente. Se les tiene miedo, se cree que nos harán daño, pero proseguimos, las propiciamos a veces y nos enseñan lo que ya sabíamos. Todo tiene ese traje con el que Kafka vistió a sus personajes. Sólo hay que haber leído a Kafka, sólo hay que dejarse llevar y abrir bien los ojos.

Pequeña coda:
No sé si leeré otra vez El castillo. Anoche, bien tarde, al cerrarla, caí en la cuenta de que posiblemente no vuelva a leerla nunca. No porque no haya disfrutado: lo he hecho. Lo que me hace no desear volver a ella es que me ha cansado. También que hay mucho nuevo por leer. No obstante, ha sido una lectura fatigosa, provechosa y dolorosa, todo juntamente. Imagino que todo Kafka funciona así. Ese no es el asunto de esta entrada. Carmen Anisa sabe de Kafka más que yo, un principiante, y uno no especialmente hoy animado.  Que ella opine.

All that's jazz / Mingus, Haynes, Monk y Parker conmigo aliviando los rigores del domingo




Charles Mingus, Roy Haynes, Thelonious Monk and Charlie Parker jam at The Open Door in Greenwich Village, Sept. 1953.


Puede que estén tocando What is this thing called love? All the things you are
El gordo del traje blanco es mi favorito, es Charlie Parker, quizá el que llevo la etiqueta de maldito más a la vista, el que voló como un pájaro, el que hizo que Cortázar le metiera en un cuento, el que hizo que un blanco de aquella época abriera mucho los ojos y abriera mucho las orejas, porque aquella música era celestial. 
Los demás no son ángeles, no son puros, ni aspiraron a ninguna pureza. 
Monk toca el piano como si Dios mismo le mirara. Cada nota, incluso las notas bastardas, las que no seguían el canon, eran una genuflexión. Mírame, Dios, estoy aquí, soy tu hijo, haz que la música fluya por mis manos y se eleve y te alcance. Eso le dice. Hay más fe en estos cuatro descarriados que en muchas iglesias de domingo en mi pueblo, reventadas de feligreses, pero es una fe contaminada, una que no sigue un patrón, ni obedece unos preceptos. 
Monk golpea las teclas como si fuese sábado por la noche y tuviese el alma empeñada en contrariar al cuerpo. Está bendecido, pero toca el piano como si fuese la primera vez y suda como si fuese la primera vez. 
Mingus está pensando que si falla una nota estará llorando toda la noche. Es un perfeccionista. 
Mingus es el que más ama el jazz, pero no presume. Hace su oficio oscuro, toma el mando sin que nadie lo note. El contrabajo en el jazz es el instrumento secreto. Se vendría abajo media historia del género si lo borráramos. 
El jazz es de los que se equivocan. Un jazzman de los buenos hace oro de un error. De hecho el jazz entero podría ser considerado un error. No hay regla que no se salte, no hay certeza que no se pervierta, no hay canción que suene igual dos veces. Eso es lo más importante. Que el jazz sea siempre nuevo. 
Roy Haynes los mira con los ojos cerrados porque los tiene a los tres metidos en la cabeza. El jazz es un matrimonio de tres o de cuatro o de cinco. Cada uno sabe lo que piensa el otro, pero le permite abrir una brecha, darse aire, crear una distancia desde la que mirarse todos. Lo glorioso es cuando están todos muy lejos y logran escucharse, saber qué va a hacer cada uno, aunque ni ellos mismos, antes de acometer la siguiente línea del texto, sepa por dónde va a tirar. Si seguirá la melodía y la estrujará o la alargará y la convertirá en otra cosa, pero sin abandonar jamás el cuerpo principal, la parte invariable que hace que estemos escuchando Summertime o Body and soul. 
Es jazz. Es júbilo con síncopa. Mis amados B&W aplauden por dentro cada vez que los premio con estas exquisiteces. 

17.6.17

Pequeña borgiana / Once more

El tigre, ebrio de rayas y de hondura,
el laberinto de los efectos y de las causas,
el azogue en el infinito espejo,
el alba en una quinta porteña,
el fuego que purifica,
la conversación entre jazmínes,
los nombres de los libros no leídos,
Whitman en un bosque, pensando en Dios al mirar un árbol,
los arduos alumnos de Pitágoras,
el tiempo feliz de las espadas,
la delicadeza del ocaso en un desierto,
el Ganges, donde todos los seres humanos nos hemos bañado,
el Golem, la arcilla primordial, el poeta vacío,
la trivial creencia de que moriremos enteramente,
el jardín de senderos que nos bifurcan,
la rosa de Milton, su tacto al despertar,
todas las permutaciones invisibles de la ficción,
los poetas menores de una perdida casta de poetas,
los reyes antiguos en sus tronos de odio,
la espléndida bondad de los adjetivos,
el hoy fugaz y el ayer ya eterno,
el olor acre de la sangre en la noche,
Homero y todos los griegos cabales,
la alquimia secreta que inventa un dios en el oro más puro,
los arquetipos y los esplendores, 
el destino de ser siempre uno mismo y saberlo,
los ángeles hablando con Swedenborg por las calles de Londres,
la ilusión de que existió un principio para todas las cosas,
la muerte de un hombre en el campo de batalla,
el épico sueño de soñarse,
la gloria inversa del traidor en su postrer patíbulo,
un libro entre los libros,
un río inconcebible ahondando su cauce en la memoria,
los días persiguiéndose,
la fiera en el negro crepúscula, acechando,
el otro en un banco a la vera de un río, fabulando,
la Inglaterra tejida en pesadillas y en torres gloriosas que miran al mar,
la custodia preciosa de las palabras,
el eco de Virgilio en el Ulises,
la luz encendida que nadie ve salvo Dios
la ardua escritura de un evangelio apócrifo,
el elogio de la sombra,
el secreto centro del cosmos, que es una sílaba de la divinidad,
el álgebra hermosa y la cábala dramática,
el consabido y no apreciable manejo de unas destrezas al coronar la vejez,
el plano del universo bosquejado por Schopenhauer,
la triste lluvia en el frío mármol,
la luna ajena y la que te persigue,
los haikus del amado Japón,
Abel o Caín dictando un cuento infinito,
Shakespeare descendiendo al corazón del hombre,
el alma cautiva en el frágil cuerpo,
el hidalgo hechizado por caballerías y por amores,
el ciego indice de cosas que no alcanzó,
el amor, del que se ocultó o del que huyó,
la sangre gaucha, su fe en el mate, la patria más íntima,
la métrica metálica de las sagas normandas,
la fantasía de Coleridege con una flor como prueba,
el eco marcial del apellido paterno,
la cierva que cruzó un segundo el sueño y no volvió jamás,
los prólogos y los epíligos monumentales de los libros,
el goce interminable de la memoria, que trae batallas antiguas y trae oro en un cuenco,
el puñal impaciente de Marco Junio Bruto en la pluma del bardo inglés Shakespeare,
un escritorio de caoba que guarda unas cartas de amor que nunca se mandaron,
las comunes frivolidades del vivir y la certera brasa de la muerte,
el convergente, divergente y poliédrico aleph en un sótano en la calle Garay,
el emperador chino que mandó quemar todos los libros anteriores a él,
la línea de Verlaine en la memoria de un bibliófilo,
el mar registrado en una runa,
el imposible fervor del sexo,
la historia íntima de la infamia,
la felicidad que precede al caos,
la diversa enumeración de prodigios del mar,
la clepsidra en un cuento antiguo,
la memoria y el olvido de los muchos días,
el sur para velar a un muerto,
la sórdida noticia de una venganza leída en un periódico,
el eclesiastés recitado en la oscuridad,
el hierro de los clavos del judío,
la errancia y el refugio de un poeta,
la patria en su pompa de mármol,
el Islam, siglos de espadas, disciplina y agua,
el hábito de un aljibe,
los ayeres como si fueran uno solo,
el goce de los laberintos,
las trompetas del día final escuchadas por un teólogo,
la música, en donde es posible que estén las demás artes,
las vastas enciclopedias de los hombres,
el panteísmo, ah el inevitable panteísmo,
la ballena blanca en la oscuridad de su dueño,
los pulcros hexámetros latinos que tutelan el ingreso en un sueño,
la suma de todas las cosas que hacen al hombre ser un hombre,
el peso de la moneda en la boca del muerto,
el cofre de joyas en el patio del soñado,
las sílabas en las que se esconde el nombre de Dios,
todas esas sutiles cosas, y otras que no sé y otras que no nombro,
son las que le hicieron ser Borges.


Escribí esta borgiana en un patio encalado, emboscado de pinos, y a la vera del mar, hambriento de libros, gozoso en todo lo demás, perdido en mi memoria y en un deseo absoluto (no más adjetivos, ninguno es bueno) de volver a leer todo Borges. Empecé hace hoy un año. Como tributo cuelgo este poema. Pido (como Kavafis) que el camino vuelva a ser largo. No me importa no llegar a la última línea. No se acaba nunca el libro. Es de arena. Eso es. Es de arena.

Marbella, 20 de Agosto de 2.011

15.6.17

El árbol de niebla

Un apunte sobre el cuento

Estamos en la idea de reflotar la Barra Libre. Será tras el verano, me asegura mi amigo Ramón. Siento que esta vez lo lograremos. Siempre hubo impedimentos en otras ocasiones. Siempre había algo que nos disuadía. Anoche releí este cuento que escribí hace unos años. En esta ocasión, al volcarlo, he corregido algunos pasajes. Otros han sido borrados. Hay un final distinto y hasta el tono difiere de la historia pensada entonces. Iré cogiendo algunos de esos cuentos en estos días. Los reescribiré. Como si fuesen de otros y me tocara desmontarlos, montarlos de nuevo, hacer como si fuesen nuevos. En una época no corregía nada de lo que escribía. De poco tiempo a esta parte, estoy particularmente puntilloso con la escritura. Deben ser etapas normales. La de no tocar una línea y dejar el texto como fue vertido ha durado muchos años. Ésta que parece tomar cuerpo ahora no será definitiva. Echa uno en falta ese vehemencia, esa exigencia primera de las cosas. 



Sergio Garval, Naúfrago, óleo sobre tela


EL ÁRBOL DE NIEBLA

A ratos tengo la sensación de que no estoy solo. En mi voluntad de no caer en la locura o en el deseo de no anhelar la muerte prefiguro la idea de que, si no un mal sueño, uno de verdad triste o trágico, estoy ocupando un fragmento accidental de una trama invisible en la que yo soy el náufrago y el resto del mundo, sin exceptuar a criatura alguna, se afana en dar conmigo, mueve cielos y tierra por encontrarme, buscando en todo momento el consuelo del que ahora carezco, procurándome los afectos que en este instante no poseo. Así, en esa maquinación de mi cabeza, paso los días en este isla. Es una propiedad que no me interesa, pero me he ido acostumbrando a reconocer sus accidentes y a veces, sin que me entusiasme ese acceso de afecto, he pensado que es bonita a su manera. 

Ningún naufragio es razonable. Ninguno del que después uno pueda extraer una enseñanza o siquiera un buen relato, un relato admiable, del hombre considerado en sí mismo como un verdadero héroe, enfrentado por el gobierno del azar al rigor más terrible, empujado al infierno mismo, exterminada su vocación de vida, rebajado a la condición más pobre del alma. En mi delirio, el poco que tuve o el inventado ahora para aliviar mi penuria, imaginé también una suerte de ficción en la que cada ingrediente dramático contribuía formidablemente a que la historia fuese épica, fuese sublime, y concitara la admiración del público eventual que la escuchara, del lector fortuito o, bien mirado, del amigo cercano, ávido de que le cuentes todo y comprenda que has regresado del reino de los muertos como Lázaro en las Escrituras. 

A ratos caigo en el desánimo absoluto, me lamento de lo funesto de mis pensamientos y lloro a salvo del pudor, puesto que nadie me observa, aunque mis manos tapan ridículamente mi rostro y mis ojos entre los dedos, avizorando aquí y allá, cuidando de que nadie repare en esa flaqueza mía. Porque soy un hombre entero todavía o porque no creo haber llorado nunca al modo en que en ocasiones  lo hago. Carezco de la firmeza que otros exhiben al advertir el mal cerniéndose sobre ellos. No poseo tampoco la paciencia o la confianza que alguno manejará, especulo ahora. Manejos que distraen el curso imbatible de las horas. Argucias que combaten el desquiciamiento al que me acerco a diario. Tengo abandonadas todas las buenas costumbres de antaño. He comprendido que la vida en esta isla sería insoportable para el hombre que fui. He comido pescado crudo. He dormido en la orilla y me han despertado las olas. He hincado mis dientes en el cuello de un ratón y he saboreado la carne dulce hasta que mi estómago dio varias arcadas y mi cabeza reventó de pánico. He dejado de ser quien era, sí, he dispuesto ser otro, soy inamoviblemente otro. Esta victoria sobre la isla la trajiné durante años, en soledad, escribiendo en mi memoria los prodigios a los que tendría que recurrir para que la isla entera desapareciese. Ese es mi propósito. Lo que mi imaginación febril ha fabulado es la impostura más fantástica. Ninguna iguala a ésta mía en fascinación. Voy a borrar el paisaje, voy a vivir dentro de mi cabeza.

Pensé: no hay una isla, no hay un árbol a mi izquierda, no estoy sentado bajo su sombra. Es un árbol de humo o es un árbol de niebla. Mi conciencia no admite el árbol ni admite la isla. Todo eso, hechizado, pensé. Y mi esperanza o mi fantasía o mi instinto rubricaron con el sueño mi anhelo. Dejé la vigilia, olvidé la luz, abandoné la oscuridad de las noches, renuncié al sabor de la fruta, censuré los peajes de mi cuerpo. Con el tiempo advertí que mis deposiciones eran más espaciadas y que el hambre no me acometía con la saña del pasado. El árbol a mi izquierda, el que me deparaba la solaz sombra, era un árbol solo en mi sueño. Era el árbol de niebla. Ahí estaba a salvo de la lluvia o de la ausencia de lluvia, liberado de todas las servidumbres de las horas y de las nubes y de la tierra dura sobre la que orgullosamente se yergue. Anoche urdí este simulacro . No intervino la inteligencia, pues poseo la justa y no sabría administrarla con éxito. Fue la belleza la que acudió anoche en mi ayuda. Yo la llamé y ella vino. Fue la poesía o fue el milagro de las palabras, acunadas con mimo infinito, recitadas como un salmo, invocadas para que algún dios me premiara y regalase la posibilidad de escapar de aquí, aunque mi cuerpo no abandone jamás la sombra en la que en este mismo instante yazgo.

Son las palabras las que sustentan el mundo. O mi mundo. Ya no tengo las ideas todo lo claras que querría. Querría poder contármelas con más convicción, ocuparme sólo en encontrar el vocabulario exacto. Sé que si yo ahora dejase de escribir o de pensar que escribo, me quemaría el sol, me dolería la cabeza, me aturdiría dolorosamente el hambre. Si en este momento interrumpo el relato, mi corazón entero dejaría de latir, mis ojos no percibirían el cielo azul, atravesado de nubes muy blancas, que se mueven aprisa y que me ignoran. Si no me cuento el mundo, desaparece. Si perezco, el mundo perece conmigo. Soy como el árbol, soy de niebla.

Temo que un día mi cuerpo desista de lo que mi cabeza le ordena. Temo que se malogre este bienestar magnífico. Que el frío importune mi voluntad de escribir o de pensar, no sé, son la misma cosa ambas dos. También que el calor me despierte. En este prodigio no cabe la vigilia. Y con todo, en la ensoñación en la que habito, nada me es en absoluto ajeno. Todo lo siento mío y a todo me aplico con ardor. Concibo con precisión el río y escucho a mis espaldas su fluir dulcísimo. Aprecio el rumor de su caudal y el chapoteo sencillo de los peces cuando saltan. De una manera que no podría explicar sin entrar en contradicciones o en sinsentidos, el río fluye porque yo pienso en que fluye. Sé que si despierto, no habrá peces ni la hierba glauca en la que el agua se abandona y donde hocican las bestias. Las bestias que modela mi ingenio, con las que entablo diálogos asombrosos. Como si fuesen criaturas humanas y me concedieran el inestimable privilegio de que yo converse con ellas.

Creo que todo me pertenece y que nada de lo que me circunda desafía mi mando. Soy un dios pequeño y rudimentario, soy la luz y la sombra, soy el que discurre la trama entera del cosmos. En mi afán por adquirir en este mundo impostado una vida similar a la del mundo que abandoné, he consentido que los animales se reproduzcan y que el cielo riegue los campos y me moje a mí, el que sueña. Es una temeridad, me ha reprochado una especie de tigre o de pantera con la que tengo unos parlamentos extraordinariamente inteligentes. En cuanto la lluvia arrecie con fuerza, ha insistido, te mojarás, enfermarás, despertarás, yo me moriré, dejaré de hablarte, se acabará el mundo. Por eso ando pensando en prohibirles la coyunda. Suprimo ese acto noble y evito que mi reino se pueble de excesivas criaturas.

Miro el mar, ahí enfrente, observo el vaivén loco de las olas, escudriño barcos que nunca llegan, me ciego  con el vértigo del sol, me quemo con la fiebre de sus rayos. También soy un dios torpe y desaliñado. Un dios sin un templo. Un pobre dios abandonado que solo habla con los personajes de su locura. Que cree estar contándole a alguien el dolor que está sufriendo. Que se muere todos los días o que ya está muerto y está descubriendo poco a poco que el cielo y el infierno no existen. Que todas las almas del mundo, las antiguas y las novicias, duermen aquí conmigo, bajo el árbol de niebla, en una isla terrible al final del tiempo. 

Poco a poco entreveo lo absurdo de mi empresa. No es una cosa que se descubra de golpe. Viene despacio esa convicción. Duele que no pueda interferir en el ruido que hace el viento al agitar las hojas de los árboles o en la velocidad con la que la sombra malogra el imperio de la luz. Anoche soñé que me rescataban. Hombres serios, con una cruz al pecho, de conversación sencilla y ruda. Me tumbaban en una cama, me consolaban a su manera, un poco bruscamente, pero con noble intención en el fondo. Les agradecía que me hubiesen salvado, pero sin estar convencido del todo. Echaría en falta el árbol de niebla, las noches infinitas en la isla,el rumor de las olas cuando se retiran, todas esas evidencias primordiales de la novela de mi soledad. Si nadie acude en mi auxilio, me encerraré en mi delirio. Se está bien dentro. Cree uno que nada hay afuera. Se me escaparán los días y las noches, irán por ahí sin que yo consienta su fuga. Me quedaré en mi encierro, me perderé en mis recuerdos.