31.7.14

True detective / Palabras sueltas




True detective es una serie que habla sobre la enfermedad. Lo hace sin que en momento alguno apreciemos de qué dolencia se trata. En cierto modo apela a lo que no se ve más que a lo manifiesto. Hace que indaguemos en la trama, produce que nos involucremos en la resolución del conflicto que plantea, pero logra que no importe el desenlace o que importe menos que la forma en que ese desenlace se va formando. No es una serie comercial, no busca serlo: la historia que nos cuenta es alambicada, está narrada con la confianza del que sabe que no hay otra forma de hacerlo. True detective se expande. Meses después de haberla acabado sigue agrandándose, componiendo en mi cabeza su propia suerte de residencia, mezclándose con la poca metafísica de la que uno dispone. Porque True detective es un thriller teológico. Esta noche, en un gimnasio, le decía a un amigo que es el único thriller teológico que conozco. Podrá ser muchas cosas, y de hecho hay material para construir un puzzle de géneros, pero el que se impone, el válido después de que se aposente la serie dentro de uno, es el de la teología. Una cosa muy extraña eso de que se persigue a un asesino en serie, uno absolutamente retorcido, y se introduzca a Dios y se componga un libro de salmos alrededor de esa investigación. La filosofía es una investigación, bien mirado. Los pretorianos de las series solemos mirarlas con la perspectiva de que se asienten en la memoria: las vemos en la creencia de que es un acto relevante su visionado al modo en que lo es leer un libro o una película. El cine de ahora es la televisión. No es nada nuevo esto que digo. La edad de oro de la televisión permite que unos showrunners privilegien la hondura moral al actioner puro, premien el discurrir antes que la mera presentación de una trama clásica, aunque la borden. True detective es de una consistencia narrativa absoluta. Lo que los agentes Cohle y Hart buscan durante 17 años no es al asesino sino al mal puro, que batalla contra la belleza. Siempre existió esa batalla. Quizá es la única que existe. La del mal contra la belleza. La de lo hermoso contra lo malsano. Luego está McConaughey. No hay cómo dejar constancia del hecho de que el actor se involucra en el personaje. No hay forma de entender la serie sin la presencia de McConaughey. Tenía que dejar yo también registro de True detective. Se lo debía a mi hermano norteño Alex, me lo debo yo mismo, que quise escribir nada más acabar de ver los antológicos ocho episodios y no supe o no quise, no sé. Tampoco ahora, merced a la petición de otro amigo al que se la referí en el inexpresivo contexto de un gimnasio, sé cómo contar lo que vi. Uno nunca sabe contar lo que vio cuando le importa mucho. Espero que la disfrutes, Manolo, aunque no hay forma de que no conmocione, guste más o menos, se adentre con más o con menos hondura en el alma. Porque el cine o la literatura - la belleza convulsa de Breton - se alojan en el interior, viven en el interior, perduran como si fuesen algo impregnado a uno de forma indeleble. Eso es. 

30.7.14

Un Bartleby con Coppertone

Sospecho que no tengo suficiente experiencia como para escribir una novela. Desisto a poco que encaro hacerlo, me impongo cierta rutina que luego sé que no podré obedecer, admito que mi edad no es la adecuada y que no habrá ninguna que lo sea. Está la escritura y está la voluntad de ser escritor, pero no me siento suficientemente cómplice de mis vicios. Como si ellos fuesen por un lado y yo, desganado quizá, los contraviniese, les diese de lado, consintiese que no son relevantes y que lo importante es otra cosa, pero no sé qué cosa será ésa que cierra la puerta de hacer lo que hace tanto tiempo que ando buscando. Quizá hoy, ahora, sea la última vez que plasmo en palabras esta especie de pequeño dolor al darme cuenta de que la vida, la muy cabrona, impone su voluntad, hace que todo se pliegue a su antojo voladizo. Así que dejo de insistir, no me muestro en el escenario como el único actor de mi trama, abandono, abdico, soy un rey que decide no reinar en el país que ha ido pensando. Se está bien en la pereza consentida, razonada, de no hacer lo que, en buena medida, no procede. No sabemos cuándo procederá, no tenemos esa certeza redonda, no va a importar no tenerla. Leyendo como estoy buena novela este verano (Amis, McEwan) no tengo deseos de ir más allá del terreno abonado a mí, cómplice conmigo, por donde piso, a diario, sin reglas, hecho a capricho mío. Ahí entra la bondad absoluta de este blog. No porque lo valore yo, que lo hago; no porque crea que tiene algo que pueda ser considerado y apreciado, que algo tendrá, sino porque es el país verdadero en donde me expando. Está bien expandirse, evadirse, hacerlo todo elástico y obediente. Escribir es un oficio duro, pero no es de una dureza que no compense. Ha muerto la novela: capítulo final. Dejo de dar la tabarra, me meto en otros asuntos, me inclino a lo que mejor hago o, mejor expresado, a lo que hago con menos impedimentos. De todas maneras no es el verano época para grandes empresas. Ya he escrito por aquí de la desgana, del placer de preferir no hacerlo. Seré un Bartleby con Coppertone.

29.7.14

Elogio desganado de la pereza

"Seamos perezosos en todas las cosas, excepto al amar y al beber, excepto al ser perezosos".
Lessing

Estoy alertado contra la pereza, se me ha informado de lo que alcanza, mi voluntad está avisada de que posee malas artes y de que caer en alguna no es infrecuente ni, en la mayor parte de los casos, desagradable, pero por mucho empeño que pongan en contarme el mal que me causará no pongo obstáculo alguno para que me abrace. En cierto sentido, facilito el acceso, dejo abiertas la cancela, abro las ventanas, dejo que mi cabeza no se oponga y le pido al cuerpo que se deje hacer como tantas veces, que no se ponga tenso ni exhiba en ningún momento un gesto reacio, un indicio de que está siendo invadido. De la pereza, de lo que me incumbe de ella, amo su absoluta intimidad, amo que no me obligue a nada, amo que me mime sin tocarme. De cuanto la pereza ofrece es su comprensión lo que más admiro. Está ahí siempre, espera siempre, conoce el placer que concede y la rutina formidable del regreso. La pereza comprende que a veces la desechemos, no aceptemos su confort indolente, no queramos tumbarnos a su raso, contemplando el manso sol que regala. No sé quién fue el que antepuso tener hambre y sed al hecho de beber y de comer, de modo que únicamente así la bebida y la comida serían de verdad apreciadas. La pereza se ama cuando uno ha merecido tenerla, en todo caso. Si la religión es cosa de domingos, la pereza es de veranos. Tardes enormes en las que se sestea y luego se ameniza la espera a volver a dormir con libros y con música, con cerveza servida en terrazas frescas, con conversaciones amenas (la de hace un par de noches con una pareja de amigos a propósito de las familias numerosas y de su ética y de su responsabilidad o falta de ella). Tardes que se derraman en noches ocupadas por cine, por sesiones de música de cámara y aparatos antimosquito colgados de la pared como testigos del convite. 

28.7.14

Vidas prestadas / Un verano de Carver y de Hopper



No sé la de películas que habré visto con moteles como éste. Las sigo viendo. Los moteles baratos, de carretera, los de la periferia de las grandes ciudades, dan mucho juego narrativo. Hay vidas enteras que caben en una de esas habitaciones. De hecho son el refugio de quienes las han malogrado y deciden apartarse de lo que han sido y ser otros. Las habitaciones de hotel permiten la posibilidad de ser otro. Basta regresar a casa para volver al confort de la rutina. Lo que no proporciona el hogar es la representación del viaje que el hotel cumple con absoluta eficacia. No es únicamente el hecho de poseer una residencia nueva, eventual y precaria, pero nueva, sino la sensación formidable de que ha sido residencia de otros antes que tuya y de que de alguna forma esa habitación se ha ido impregnando de vivencias y de azares, de vidas prestadas también. El obsequio de la estancia consiste en saber que es eventual. Se trata de colaborar, sin un empeño especial, dejándose ir, en una trama de la que sabemos poco o incluso nada. Es un lienzo y no sabemos quién está pintando detrás. El hotel ofrece una vida coral, canjeable por otras vidas, que huele a literatura, aunque no sepas qué es la literatura y para lo que sirve. Como en un cuento de Carver. Llevo un verano muy de Carver y muy de Hopper, muy de libros pequeños, enjundiosos y completos, y de cuadros que son libros también.

El de la fotografía es un motel cercano a Las Vegas. No hay un autor que citar, pero la imagen es la de cientos de películas que se inspiran en ella. 

26.7.14

El fuego oculto



Decían sacar de sí mismos partes que conocían cuando tocaban música. A gente como John Coltrane o como Bill Evans no les fascinaba la posibilidad de ser otros, al modo en que a veces incurren quienes escriben. Lo que buscaban era encontrarse ellos mismos. Como si el fuego oculto del que hablaba Miles Davis fuese el que contase quiénes eran y no el fuego visible, la inclinación natural a ser sociables o a disponer de una sonrisa cuando se requiere que aparezca. Luego están las drogas, la idea de que no se puede extraer esa locura interior si no la espolea la química. Sin embargo Coltrane y Evans eran tipos tímidos, de los que no necesitan airear su talento o se refugian en la intimidad, en el pudor, en cierta vida contemplativa en la que la música que practicaban contribuía a reconcentrarse más. Si uno es capaz de limpiar todos los instrumentos que acompañan al piano de Evans o al saxo de Coltrane podrá encontrar ese pudor, esa limpieza en el trato a las notas. No sé qué busca otro aficionado al jazz. La verdad es que no tengo, entre mis amigos, muchos de ellos. Sé que yo busco la grandeza, la certidumbre de que se me está alimentando. Que se produce la comunión entre quien toca y el que escucha. A veces lo siento en la literatura, pero ningún escritor me ha transportado a su casa, al fuego oculto de donde mana su creatividad y su talento, como ciertos músicos. No solo Evans, no solo Coltrane. Será cierto lo que me decía, no hace mucho, hablando de otros asuntos, mi buen K. La música cuenta todo lo que no cuentan las demás artes. Y lo hace con más eficacia y rapidez. 

El mar antiguo y el cielo protector


El mar tiene la facultad de embravecerse más allá de donde termina. En los juegos de los niños el mar es un paisaje incluso cuando lo tienen enfrente y la baba de las olas les mojan los pies en la orilla. Lo malo de ser adultos es que dejamos de ver el mar. Ni siquiera advertimos su presencia cuando está a la vista, inmenso y azul, manso o encrespado, amenazando con engullirnos. Amo el mar sin la necesidad de otros de nadarlo o de bucear bajo sus aguas. De hecho nado o buceo poco o a veces, según tercie el ánimo o la pereza, nada. Mi amor al mar es de otra índole, es de una extraordinaria pasión, pero está manumitido de una intimidad más procaz, que suele ser de la que otros se valen para animar las charlas o para pavonearse y decir he aquí lo que hago, mirad hasta dónde soy capaz de llegar. El mar es la arena también; la arena y las montañas a lo lejos y la bruma cerniéndose como un refugio. No hay que vez que el mar no me cuente algo cuando lo miro, ocasión en la que su imponencia no me anonade. No hay otro paisaje que me rebaje más, que me haga sentir pobre y perdido y también privilegiado por asistir a un espectáculo tan maravilloso.Ni las montañas, cuando se van juntando unas con otras y caracolean y se ponen levantiscas y miran al cielo caprichosamente, me provocan una sensación tan poderosa. Por eso admiro a los héroes del mar, toda esa gente que se adentra en sus dominios y abandona la tangible cercanía del suelo, el cobijo antiguo del suelo ofreciéndonos una casa. Pero el mar es también una casa, la casa de la que venimos, dicen. Yo creo que los personajes de la foto saben todo esto y libran su batalla con ardor y con entusiasmo. El mar es una ola que no descansa, la misma terca ola desde el principio absurdo de los tiempos hasta el hoy frágil y brumoso. Durante todo ese tiempo no ha dejado de batirse y de encresparse y de izarse y de caer bajo el cielo protector. Todos los cielos protegen: el que cubre el mar lo hace con mayor afecto. Todos los mares son, en cierto modo, los mares de la infancia. Al mirar el mar se vuelve a la niñez, cuando se le mira sin literatura. Luego se mete la experiencia del mar en la visión del mar, luego se deja uno llevar por todo lo contaminado que lleva dentro. 

25.7.14

La escuela



El maestro, el bueno, contagia felicidad. No creo que exista una transmisión de valores, formativos y cívicos, sin que la impregne la emoción de sentirse feliz haciéndolo. El entusiasmo es el combustible de la educación. Educar es conseguir que la voluntad del niño, sus deseos, sus esperanzas, se amolden y se integren con los deseos y las esperanzas de la sociedad en la que está inmerso. Eso de la prosperidad y del mundo mejor que en ocasiones airean los políticos, henchidos de gozo, conscientes de estar diciendo las grandes palabras, no es un milagro, uno de esos prodigios del azar. El mundo, si va hacia un estado mejor del que posee, será por el concurso benefactor de la escuela, que es una especie de gran teatro en el que se mueve el maestro, que es un actor y desempeña todos los matices de la trama. Se adquieren esas formidables cosas si se van buscando desde edades tempranas, si la escuela, la escuela pública, de esa es de la que hablo, fija en su organigrama un pensamiento inamovible, uno que prime la imaginación, la originalidad, que fomente lo creativo frente a lo predecible, que haga madurar a quien estudia incitándole a confiar en el maravilloso juego que supone el estudio si lo hace con la libertad de la imaginación. Pero la escuela de hoy en día cree que la creatividad es un obstáculo, concibe al creativo como un elemento díscolo,  poco o nada integrado en la obediencia debida al profesor. Quizá se le respete más y se le observe más, con todo lo bueno que trae observar con detalle y registrar lo observado, si el profesor permite que el camino no sea únicamente el que marcan las pautas o el que cae del cielo invisible de la administración, tan obcecada en las estadísticas, tan alegre en ir dando palos de ciego. Los palos de ciego a veces sangran. Una de las obsesiones de la escuela es la de crear trabajadores del futuro, personal cualificado en el desempeño de los oficios que hacen que un país progrese. La escuela está pensada, desde donde sea que la piensen, para que restituya a la sociedad personal capacitado para que todo siga girando y no se rebaje jamás la formidable idea del bienestar. ¿Es malo todo eso? No, si se aliña con la diversión, si se viste con la originalidad, si se cocina con unos cuantos ingredientes traídos de casa, sin necesidad de que estén organizados en un papel colgado en un corcho. Si el maestro es feliz hará que lo que enseñe irradie felicidad, pero la felicidad del maestro, incluso la del más optimista y de una profesionalidad más orgánica, está continuamente zarandeada por quienes lo evalúan, por todos los que experimentan con su trabajo, con su amor indeleble hacia las disciplinas que trata de enseñar y con su absoluta convicción de que está en posesión de la verdad más redonda, la que menos se puede malograr por las embestidas de la injusticia o  las modas del poder, la de la escuela como un bien irreemplazable, la de una especie de santuario laico de conocimiento, libertad, progreso y cordura. Falta cordura en el mundo en el que vivimos. Si alguna vez se aprecia que ha vuelto será porque algunos maestros han contribuido a que acuda. Ahora que es verano y están las escuelas cerradas, es un modo de hablar, pienso que nunca han estado más abiertas. 

19.7.14

El mapa y las cruces

Ya no hay occidente, han saqueado el mapa, lo han despiezado a conciencia, no han dejado en pie nada más que cuatro o cinco grandes bancos, algunas catedrales muy altas y todos los colegios en donde se imparten las disciplinas del futuro. En ninguna de esas disciplinas figura la ternura, en ninguna está la bondad. A todo lo que se aspira es a que el saqueo continúe y haya una buena herencia para las castas nobles venideras, las que administran las ganancias y valoran en privado las pérdidas, que serán aceptables si las mastican otros, los pobres de siempre, los bombardeados, los que se duelen sin que el dolor se advierta, los desheredados ancestrales, que no supieron nacer en los áticos de las casas residenciales, untados de la miel del triunfo, conscientes de que el mundo es de ellos, aunque lo pueblen los demás, a los que no se ven. No se ven los muertos de Gaza o los de Ucrania, pero habrá más, estarán en los informativos, como si fuesen materia narrativa de una ficción que se ve en casa, leída como una novela de acción en la que los dilemas morales ocupan un parte irrelevante de la trama. La sangre es la que lo ocupa todo. La sangre juntamente con el miedo. No sirve nunca lo que la historia ha venido contando. El principal oficio de la escuela fracasa cuando los que fueron a ella arman un fusil y se visten para el combate. Todas las escuelas del mundo son inútiles en cuanto un descerebrado desnuca a otro con una piedra o con un misil por las razones que se le antojan más pertinentes. Nunca son justificadas las razones que hacen que mueran los niños o que las casas de una población muerdan el suelo y muestren su esqueleto puro, los escombros sin lírica. Lo que aguarda es más de lo mismo. Por mucho que algunos se obstinen en decir que la cultura lo salvará todo, pero no hay cultura, no hay occidente, lo han saqueado a conciencia, no han dejado en pie nada hermoso. El arte ha sido el primer sacrificado, el arte ha sido el primer muerto. No hay belleza en las fotografías de los reporteros, las de los niños de la franja de Gaza, los niños de las bombas. La democracia no es suficiente, pero no se ha encontrado un sistema más fuerte. La democracia es una excelente nodriza de genios y solo con ella florecen los grandes hombres de letras. Lo dejó escrito Longino. No hay genios ni hay espíritus nobles a los que arrimarse para ir ascendiendo. Solo están los soldados y los generales. El mundo terminará en manos de las milicias. No importa que haya paz y haya belleza en algunos rincones del mundo. Gaza no parece de este mundo. Nunca lo pareció. Está en mitad del dolor, en la nada hueca donde retumban las bombas. Luego está la retórica de la guerra, el discurso de los que vencen, el salmo triste de los vencidos. Y no creo que sea este el momento de dar aquí una postura sobre quién tiene la legitimidad de atacar, sobre si es punible contrarrestar el asedio de la casa y asediar la del prójimo. Ahí, en esa columna de pólvora y de rezos, está la nota necrológica del mundo, que murió a poco de fundarse o que nunca terminó de nacer del todo. Está el cielo a medio hacer y el hombre le inventó los dioses, lo poblaron de metáforas, lo convirtieron en un refugio. Las guerras son el fracaso de todos los ángeles. No hay guerra en la que no caigan. Somos indolentes. Más que otra cosa, es la indolencia lo que nos conforta, encapsulándonos, haciendo que la realidad discurra sin que tengamos que considerar en ningún momento su credibilidad. Por eso las crónicas bélicas no nos incumben. Las vemos con la neutralidad del que paga un servicio de televisión por cable. Hay una tarifa plana del miedo. No de la poesía ni de la ternura, pero el miedo fascina más, el miedo da mayor placer a los sentidos. El mapa está alfombrado de cruces. 

Vicios de verano II


En ocasiones conviene estar triste, declararle al mundo que algo dentro de uno está roto o simplemente censurar el entusiasmo, esa urdimbre invisible de esplendor orgánico, la trama feliz con la que resistimos el oleaje canalla de los días. Conviene la tristeza, a pesar de algunos indicios fiables de alegría que mansamente nos distraen, pero se tarda muy poco en regresar a la mullida estancia de la tristeza y menos todavía en encontrar pasto confortable a los sentidos, que están a salvo del vértigo. El vértigo atropella, el vértigo invade, el vértigo devasta. Cerrado, concluido en uno mismo, relevado de ninguna responsabilidad social, nàufrago de sus vicios, consciente de la ilusoria mentira de la felicidad y conjurado para acceder al limbo perfecto del equilibrio, pero no es posible todo esto, oh my friends: la realidad atropella, la realidad invade, la realidad devasta. Lo real, por real, por su sustancia invasiva, aturde. No hay escapatoria posible: se vive para los demás, se firman a diario infinidad de contratos, se abren hipotecas emocionales y se constata que el eremita, el que gobernaba la travesía de su alma a antojo, sin administración ajena, era en el fondo un pobre imbécil, un descarriado al que la vida lo había arrojado a ese abismo de grises y de silencios en el que el tiempo no existía o, en todo caso, únicamente existía bajo la obscena especie de sus movimientos peristálticos. Son tiempos de bonanza a pesar de la crisis: tiempos fantásticos para quien huye de la tristeza: huir hacia adelante, empitonando lo que se presente, cuidando de no involucrarse en demasía en nada para así poder lamer las aristas visibles de todo. Tiempos de banda ancha y twitter, espejos deformados de una sociedad acelerada que deposita su vértigo (el vértigo, ah el vértigo) en el infinito inventario de entretenimientos servidos con lujuria de adornos y ávidos de que se les manosee, pero no vayan a creerse dueños del objeto recién adquirido. Nada nos pertenece: todo es estacionario. Confusa está mi alma, pero a sabiendas de la confusión avanza, bracea, repta, escala, empuja, escala, se hace y se deshace a cada instante, alerta por si la señal wi-fi flaquea y nos quedamos en mitad del coito sentimental con las horas, que se dejan penetrar y hasta arquean su cintura mística para que nuestras acometidas sean más profundas y gozosas. Por eso en ocasiones conviene estar triste, desprenderse de todo historial y mirar el mar, cuando anochece, como si fuésemos el único habitante de esta franquicia del ocio. El mar, ah el mar, qué plenitud la suya, qué catedral sin dios, qué hondura sin alma, o la tiene y por eso obra como suele el mar, por eso las olas, por eso la soledad infinita de sus adentros, a los que no llegamos. Pero en verano, en días grises como el de ayer, el mar sustancia lo hermoso como casi nada a lo que yo ahora pueda agarrarme. Uno se esmera en las palabras, en lo que puede, pero no alcanza a nombrar todo lo que observa. Ayer, el Atlántico, mirándome, mirándolo. Fue un diálogo inapreciable por los demás. Lo tuvimos un par de minutos en los que lo miré y nos miramos, insisto. Nada que yo sepa organizar en palabras, nada que me libere de la sensación de hermandad, de la paz que me produjo saberme espectador de una obra tan sublime. De cosas sublimes, es cierto, del mar cuando de vez en cuando nos conmociona. Somos frágiles, somos poca cosa, la verdad. No sé si conviene al final la tristeza, la sobrevenida, la que te calma y hace que te concentres en lo que te rodea. El entusiasmo, ese júbilo inargumentable a veces, conviene también. Escribir es un acto de entusiasmo absoluto. El verano hace que lo haga menos. Se distrae uno con tanto. 

16.7.14

Vicios de verano I

No sabe uno no hacer nada, no comprende la esencia de ese abandono, que no es pereza en sí misma, sino otra cosa, más cerca de la voluntad de no interferir en nada, de no involucrarse en nada y de estar a salvo del esfuerzo físico o incluso del intelectual, pero no hay manera, no se cumple del todo la inactividad o se cumple sin brillo, cayendo en ocasiones en pequeños oficios, en tareas que no querríamos hacer y a las que, sin embargo, nos inclinamos. Las vacaciones nunca lo son de una manera absoluta. Las verdaderas vacaciones deberían empezar por no ser uno mismo, por ser otro, por canjear eventualmente nuestra vida por la de los demás y vivir lo que ni imaginamos. Lamentablemente no podemos liberarnos de lo que somos. Hay opciones que se acercan a este ideal formidable. Hablo de la ficción que procuran los libros o el cine. Las historias que nos cuentan logran lo que abastece la realidad que se cuenta uno mismo, a diario, en el trasiego de los días, en la rutina de las cosas, pero aún así, incluso aceptando su eficacia, no bastan las historias, lo que escuchamos y sabemos externo a lo real, impuesto a lo real para frenar lo real, pongamos. Lo ideal, de lo que estamos hablando, es de ser otro, de renunciar temporalmente a lo que nos hemos ido labrando durante nuestra vida y aceptar la propiedad eventual, como una especie de préstamo, de lo que han labrado los demás. En el verano se incurre con demasiada frecuencia en estas especulaciones improductivas, se desean las cosas que durante las otras estaciones ni pensamos siquiera. Anoche mismo, paseando por el real de la feria del pueblo en el que paso unos días, costero, no contaminado por el progreso turístico, pensé en la posibilidad de ser otro sin dejar de ser yo mismo. Encontré la solución allí mismo, en las calles de las atracciones, entre trenes de la bruja, coches de tope y caravanas dispensando perritos calientes o hamburguesas. Estaba de vacaciones porque no me conocía nadie. Nadie reparaba en mí o en los míos. Paseaba con esa sensación de anonimato perfecto que te permite fantasear con un mundo nuevo, con uno en donde no exista nada que te vincule con él. Malogró ese idilio mío con mis fantasías el saludo muy afectuoso de una antigua alumna, a la que hacía más de quince años que no veía, que me confesó lo dura que es la vida de los feriantes, lo rápido que pasa el tiempo, lo poco esperanzador que está el futuro, pero esa es otra historia. El hecho mismo de estar escribiendo en mi blog, en mi apartamento alquilado, en mis vacaciones, cuenta lo poco inclinada que está mi voluntad a liberarse de las rutinas del pasado, aunque hable de ellas. Claro, que escribir no cuenta como algo de lo que deba zafarme, de que deba alejar bajo ningún aspecto. Ese es un vicio que no es estrictamente veraniego. No sé si sirve para algo nombrar lo que uno desea y registrarlo para que, compartido, quizá cobre fuerza. 

15.7.14

Novelas de verano

Soy lector un poco enfermizo de novela negra, pero no desdeño la blanca, la roja o la que combine, sin estridencias, cuantos colores hagan falta para que yo sienta esa restitución estética, moral e intelectual que consiste en conocer una historia y en admirar la forma en que alguien nos la cuenta. El lado endeble de las novelas, da lo mismo qué color blanden, es que flaquee la trama. Hay históricas extraordinarias a las que les falta un envoltorio digno. Se puede escribir esta apreciación a la inversa: trajes impecables que esconden cuerpos irrelevantes. Leí hace poco que la novela perfecta es la que no se advierte como novela mientras se va leyendo. Como los buenos árbitros en el fútbol: son mejores cuanto más inadvertidos pasen. Dicho de un modo muy concluyente: la calidad lo debe impregnar todo, nada puede descuidarse, ningún ingrediente mediocre debe malograr la excelencia de los otros. Lo que sí aprecio, como lector de novela antiguo, hecho a transigir en ocasiones, en no caer en exigencias mayúsculas que me diezmen la oferta evasiva de mucha literatura, es la novela de rango menor, la que se lee morosamente en la playa, crujiendo el sol en la espalda, distraído sin enfado a poco que la realidad, la de afuera, nos alerte de alguna circunstancia. Leí a Poe en la playa de Fuengirola. Casi todo Poe cayó en la arena bulliciosa, vaciando latas de cerveza o cambiando de postura, en la toalla o en la silla, dejando caer la vista al horizonte puro, permitiendo que los olores empapen la lectura y se integren en la trama. No sé si Poe, tan atormentado, con la bendita locura que lo malquería, es apropiado para leer en la playa. Si el maestro del cuento conviene para el invierno, si el verano trae su propia maleta de libros. Si uno lee sin rubor visible serie B, a cielo descubierto, sin que ese acto infeliz le afee el perfil de lector fajado en lides de más fuste, pero no hay fuste que valga, no hay acto felices o infelices, no hay niño que se pierde en el bosque y aparece treinta años más tarde sin recordar nada de lo que pasó en la floresta. No sabemos nunca qué hace posible el disfrute de esa trama imposible, de la que no se puede esperar gran cosa, e incluso sabemos, antes de leer, que no conseguiremos gran cosa, pero nos embarcamos en la aventura del niño en el bosque, cargamos con la tristeza de los que lo echan en falta, recorremos placenteramente las pesquisas de los que no han perdido la esperanza y esperan que un día, treinta años más tarde, salga del bosque sin saber dónde estuvo, qué aprendió, en fin, todos esos asuntos domésticos. No queremos, en verano, literatura que nos haga mejores personas. Si nos enturbiamos, habrá tiempo de aclararse y de volver a la pureza, pero habiendo visitado el burdel de la calina, las novelas infumables de papel barato, toda esa literatura armada con vísceras, escrita atropelladamente, concebida para que las mañanas en las playas sean perfectas? A ese vamos. En cuanto deje de leer a Borges, con quien llevo un par de meses de amorosa aventura, me arrimo a un bestseller. Ojalá haya niños perdidos que vuelven treinta años más tarde sin conciencia del mundo en el que habitaron. Seguro que no había libros de Coelho en ese limbo maravilloso. 

14.7.14

Antonio Sánchez Huertas, treinta años después



Carezco por completo de la facultad de hablar de lo que amo sin caer en el sentimentalismo. Siendo uno, por naturaleza, bueno, se esmera a veces, sin pretenderlo,justamente en lo contrario, en encontrar a quien zaherir, en dar con la llaga y empujar con el dedo. De mi amigo Antonio Sánchez Huertas (Colmenero Villar) no puedo escribir sin que se advierta el sentimentalismo, la sensación de estar en casa, manejando las palabras como si fuesen muebles que nos pertenecen y a los que sometemos a mudanza. El tiempo, que es un bicho cabrón cuando se le antoja retorcer el cuerno, nos ha tenido juntos en los últimos treinta años. Ahora Antonio le da un aire a Peter Gabriel, pero siempre fue una réplica provinciana de Phil Collins. Todo queda en Genesis. Quienes viven con él, yo a mi modo lo hago, aunque nos separen los kilómetros y no seamos fieles al teléfono ni al whattsap (porque no tiene) saben lo que sufre este hombre hiperactivo, de una resistencia dialéctica sólida, de un humor pecaminoso y lírico, que no hace jamás un desaire a una conversación en una terraza de un bar, vaciando tercios de cerveza y fumando Marlboro. Sufre por el mundo y por sus cuitas, por las injusticias, por el precio del salmón, por la educación de Alberto, por lo que come Auxy, por la gota devastándole el ánimo. Cuando el sufrimiento no le afecta, en apariencia, en lo que se ve a simple vista, mi amigo Antonio se dedica a organizar el mundo, a inventariar la realidad, a registrar la minuciosidad del día y a manifestar a cielo abierto su voluntad de vivirlo todo a conciencia, sin que nada le quede lejos, sin que lo humano y lo divino crucen a su vera y él, en el roce, no saque beneficio, no exprese su criterio o no rubrique su anuencia. Hay personas en este mundo como Antonio, pero ninguna que yo tenga cerca, pero no es esa la razón por la que somos amigos, una especie de hermanos sobrevenidos, cómplices en muchas hermandades. En realidad no sé qué razón es ésa. Supongo que si afino la memoria y sacaré unas cuantas de esas razones que ahora, llevado por mi entusiasmo laudatorio, no alcanzo. Podría contar los bares que hemos cerrado y los que hemos abierto, las audacias verbales en la que nos hemos embarcado por puro amor al riesgo. Podría traer aquí la copiosa rendición de los viajes realizados. Luego está Auxy, que merece un libro aparte y en la que, por la influencia turbulenta de su marido, reparo a veces menos. Hace veinte años o incluso más escribí sobre Antonio en una columna que yo tenía entonces en el diario Córdoba. No la guardo, no guardo nada de lo que escribo. Antonio la guarda y la recuerda, casi sin falta, en su cabeza. La cabeza de Antonio, con sus grietas y su calva, con su enciclopedia dentro, es un laberinto del que solo él tiene la clave. Dentro están la Segunda Guerra Mundial, la historia de Marina de Las Aguas Santas, la mitología persa, la historia del proxenetismo en Estambul y el catálogo de proezas y desventuras de cualquier héroe de ficción que haya caído en sus manos. Tiene Antonio esa incómoda habilidad de acaparar la atención de quien lo escucha, y eso, aunque suena a reproche, es virtud en él. No porque yo le excuse sus exabruptos o porque no sancione su extraordinaria sociabilidad sino porque acomete ese oficio, el de ser una especie de centro de gravedad permanente, con absoluta maestría. De lejos, sin entrar en honduras, uno querría de Antonio el orden, la previsión, la certeza de que improvisar, siendo aceptable, no es un asunto recomendable, pero yo no sabría ser Antonio Sánchez Huertas, no podría sobrellevar el peso cartesiano de su cerebro, no sería capaz de llevar dentro el vademécum de las cosas, el inventario desmenuzado de las cosas que pasaron. El pasado es propiedad suya. El presente es un accidente que le da riqueza al verdadero tesoro que tutela, el de la memoria fastuosa, capaz de guardar lo irrelevante y lo magnífico, sin que lo uno y lo otro malogren el ambiente en que conviven, sin que lo etéreo y lo mundano, lo sublime y lo prescindible, acaban a hostias a ver quién es el que manda. El futuro es una incógnita, como para todos. Él no es metafísico al modo en que lo soy yo, pero porque no se ha puesto. O lo es sin empeño, metafísico doméstico, de cruzcampo a medio terminar y de tapa acabada. En ese aspecto, Antonio es un cordobés de raza, uno antológico, al que se le puede encomendar la vigilancia de las costumbres, la custodia de las tradiciones. Yo siempre dije que en algún momento de su existencia optó por la vía sencilla, la que estaba más a mano tal vez. Por eso trabajó tan joven, por eso no se cultivó en donde debía haberlo hecho, en la universidad, en donde la gente inteligente pule esa inteligencia y la afina. Nunca le importó eso, nunca deseó echar atrás, perder una sola de las experiencias que la vida le ha entregado en su periplo laboral, tan obsequiado de oficios. No se sabe con seguridad nada. Ni siquiera si mañana vamos a recordar lo que hicimos hoy. He ahí la grandeza de mi amigo Antonio, la que rescata lo que estaba hundido, la que pone a salvo lo que amenaza el fuego, la que pone a la vista lo oculto por las sombras. Son temibles las sombras. Se las teme por lo que tienen de hostil, por lo que nos han vendido en los cuentos, por ignorar nuestra voluntad de luz. Quienes van por la vida apartando sombras merecen elogios. Este es uno. Lo vierte la amistad, la que nos conduce a la barra de los bares, benditos, una vez más benditos. Hemos tenido varios en los que hemos salvado al mundo y el mundo nos ha salvado a nosotros. Bares de cafés muy oscuros para aliviar la torpeza escandalosa del alcohol en la sangre. Bares de muchachas rubias y de pechos firmes que nos miraban menos que nosotros a ellas. Bares con la banda sonora de siempre, la de los éxitos de la época dorada de la radio, antes de que el ébola del mercado lo gangrenara todo. Si no fuese por los bares, no estaría yo aquí, en este domingo muy tranquilo, escribiendo sobre mi amigo Antonio. No entran aquí las metáforas y la anchura fantástica del lenguaje. No estará Your song en un cantabile ajardinado, tarde ya, cuando cierran o están a punto de cerrar las calles, en un trío de sonoridad infame. No están los langostinos conileños, los Jamo coquetísimos, un par de cientos de cartas escritas no por mí, sino por mi incontinencia verbal y que los dos, Antonio y Auxy, todavía guardan en cajas, como constatación brutal de mis arrebatos.

En uno de esos bares de tan grato recuerdo para ambos le escribí, levemente achispado, el esbozo de un poema que luego, en detalles, corregí y publiqué. No llevaba título o, al menos, ahora no recuerdo que yo se lo pusiera. Cuenta, en todo caso, la sensación de que el mismo Antonio, en su proceder, en lo que ofrece a los demás, suscita que se escriba sobre su persona. Si me da permiso y alcanza fama en alguna disciplina, aparte de las que ya domina, le pediría que me permitiese ser su biógrafo, quien registre indeleblemente el vértigo y la fiebre, las dolencias y los efluvios, las escaladas a picos muy altos y las bajadas a infiernos muy grises. Quedará este volunto mío de domingo muy tranquilo para que alguna vez lo relea. Sé con completa seguridad que será más suyo que mío en cuanto le eche el primer ojo encima. No se me escapa que habrá pasajes que recuerde íntegramente. Es lo que tiene el cabronazo, que tiene una memoria de muchos teras. El poema ahora, y vamos cortando.



En mi amigo Antonio
abrevan
provincianas, elementales bestias,
alucinados ángeles de su verbo claro.

Siendo como es
dios de su gongorina prosa,
abruma, en ocasiones,
con su parlamento,
y remotos pájaros
le vienen en bandadas,
improvisados y únicos,
y con ellos departe
sobre demiurgos y tanques.

Complacido de su secreta causa
y ufano de itinerarios y laberintos,
mi amigo Antonio
celebra el tiempo acodado en una barra de bar,
minucioso y sencillo, feliz y glorioso.

Se deja así
vivir
ordenando el tráfago del día
en cervezas,
en periódicos,
en un hijo bonito
que le trajo el Atlántico,
en esposa
cómplice en vuelos.

Este poema nos ocupará, bien lo sé,
largas conversaciones en Espuma's,
que ya no existe.


13.7.14

El cielo de Missouri, el cielo de Punta Umbría / A la memoria de Charlie Haden




Charlie Haden y Pat Metheny nacieron bajo los cielos de Missouri. Debieron ser cielos lentos, de sol pensativo, como si de pronto el universo acabase de nacer y se mirara y comprendiera que todo está por hacer. Los trece temas del álbum de Haden y de Metheny abruman por su intimidad, por su voluntad de recogimiento, por su sabiduría sencilla, por la mansedumbre de su belleza. Recuerdo que la primera vez que lo escuché, en unos cascos, paseando un paseo marítimo, pensé que el sol de Missouri no era el mismo que el de Punta Umbría. Pensé en los campos infinitos del cine, en los cuadros de Hopper y en cuentos de Carver. Uno tiene una experiencia cultural de todas esas cosas, no posee el olor ni tampoco conoce la intensidad verdadera de la luz y el habla de sus gentes. Todo lo que la belleza a veces nos transmite procede de toda la belleza que nos ha transmitido antes. Después de haber escuchado decenas de veces este disco, conociéndolo bien a fondo, siempre se encuentra un resquicio inédito, un pasaje por el que no transitamos. Anoche, después de saber de la muerte de Haden, volví a refugiarme bajo estos cielos de Missouri o de Punta Umbría. Todo fue entonces un festejo. La noche en casa, bajo la luz tímida de una lámpara de pie, abierta la ventana, escuchando a lo lejos algunos coches y mirando una luna redonda como nunca había visto, me condujo a lugares placenteros, ya visitados, pero amables conmigo, como quien recibe la visita de un amigo antiguo y lo celebra con todo lo que sabemos que le gusta. Descanse en paz, Charlie, bajo los cielos de Missouri, en la playa limpia de Punta Umbría, en mi corazón agradecido. El contrabajo, al menos el más reciente, le pertenece. Le acompañan, aquí o allá donde ande ahora Charlie, Ron Carter, Charles Mngus, Christian McBride, Gary Peacock, Dave Holland, Eddie Gómez... No se me ocurre ahora ninguno más. Alguno de fuste se me quedará fuera. 


 

Oler a un disco de Bob Dylan

Los días de verano huelen a pereza. Las noches son otra cosa. El olor de la noche, en verano, no se parece a ninguno otro. Dicen que el olor es una marca que se impregna más adentro que las palabras. El estímulo de lo que olemos tarda más en desaparecer o no desaparece nunca. Recordamos de modo asombroso cosas que creíamos olvidados si un olor las trae de vuelta, si percibimos en el aire el aroma que nos las entregó por vez primera. No sé si será cierto o se trata de otra de esas informaciones escandalosas que ocupan las páginas de los diarios cuando no hay nada relevante que las ocupe, pero los que saben de estos asuntos sostienen que nuestra nariz es capaz de distinguir un billón de olores. Un uno seguido de doce ceros de sensaciones diferentes, de historias diferentes también. Las noches del verano huelen a bares cerrándose y a tabaco dulce. A óxido. A sexo. A libros livianos que dejamos en la mesita de noche antes de conciliar el sueño. Es probable que nos despertemos porque nos agrade o nos moleste un cierto olor incorporado a lo que fantaseamos. Abrimos las ventanas de la nariz en cuanto abrimos los ojos, nos llenamos de aire, buscamos refugio en el aire. Una muchacha que conocí hace un escándalo de años olía a discos de Bob Dylan. No había vez en que, al besarla, cuando nos encontrábamos, no pensara en la portada de un disco en el que una mujer lo coge del brazo mientras pasean por el centro de una calle, entre coches. A veces, cuando escucho a Bob Dylan, los pasajes folk más que los eléctricos, pienso en S. y en cómo olía. Y recuerdo su voz y la forma en que me hablaba y la dulzura con la que me largó cuando le aburrí con mis cosas. No sabe nunca a qué olemos, qué olor hace que los demás reparen en nosotros y ocupemos sus recuerdos. No sabemos en qué recuerdos andamos ahora. Ojalá yo no huela a Coehlo. Que ninguno de mis amigos, leyéndolo, piense en mí, aunque sea con afecto. Preferiría yo estimular con instrumentos más de mi gusto. No sé. Un aria de Verdi. Un poema de Pizarnik. Incluso un buen chuletón de buey escoltado por una botella de rioja generoso. Los días de verano, ahora que he comenzado mis vacaciones, hacen que escriba descuidadamente. Que no afine en lo que cuento. Será la pereza. 

10.7.14

Jack White: Lazaretto / El blues del futuro



Al blues le incumbe el relato de los orígenes. Jack White es el trovador que está obstinado en hacer que el blues cuente el futuro y Lazaretto, su último disco, es un intento de narrar ese futuro, sin renunciar al legado pegajoso del género, al recital de plañideras a la orilla del río, bendiciendo al muerto, deseando que el cielo le abra sus puertas. Las historias de White son las del blues de toda la vida, pero restauradas con barnices modernos. White es un músico enorme, siente que el material que trata es digno del más grande los respetos, pero mira al frente, se recrea en la turbulencia del rock, la que llevó a un extremo sublime en The White Stripes, y se las ingenia para facturar un disco sucio y lírico al tiempo, accesible con piezas tarareables (Three women, Just one drink), hecho para perdurar. Ambicioso, Lazaretto recorre todos los palos del blues, algunos del rock y hasta merodea el folk-country (Entitlement) y lo hace sin dejar de experimentar, acudiendo al ruido, distorsionando guitarras, martilleando baterías, acariciando violines y mandolinas. Lo que hay que agradecer a discos como éste, sean de White o de The Black Keys, es la voluntad de rendir tributo al pasado y la de hacer guiños a la música que se fabricará en el futuro. Todo lo que pueda sonar a rudimentario en Lazaretto remite a las grabaciones analógicas (de las que White es un ferviente adorador) y a cierto romanticismo sonoro que huye de la perfección audiófila y abraza texturas viscosas, tramas brumosas. Jack White nos invita a un paseo por el blues, al que ama. Pensé, en ciertos pasajes, en los primeros discos de Led Zeppelin, en Jimmy Page cuando era Jack White. El rock o el blues tienen vasos comunicantes. Por dentro se destilan licores sabios. Los ángeles que tutelan al poeta escuchan, alucinados, el repertorio. 

9.7.14

Un país herido



No creo que un país entero aletee de placer o se hunda en la miseria porque un encuentro deportivo en el que participe se salde a su favor o en su contra. Creo en la cultura, en el prestigio de la cultura, en el criterio de los gobiernos para que la cultura lo impregne todo. A Brasil anoche le zurraron a base de goles, muchos, excesivos, pero el verdadero partido no estaba en el estadio. De hecho hubo barridos de cámara que registraban el dolor de la torcida, las lágrimas incontenibles. Afuera, en las calles, no hay cámaras que aireen las lágrimas del pueblo o su dolor. Se ha escatimado toda esa parte luctuosa a beneficio del espectáculo. Pan y circo. Sangre, sudor y lágrimas. Lo que importa es la distracción. Una vez que nos distraen, todo puede seguir como estaba, es decir, mal. Que un pueblo, malogrado su sueño deportivo, pase página muestra la madurez de ese pueblo. No sé si la patada a España, tan pronto, sin que los bares amorticen el gasto en pantallas en las terrazas, se parece a la de Brasil. Nosotros estamos todavía viviendo de la renta de Sudáfrica. Los españoles somos, en la digestión del fracaso, más inteligentes que otros pueblos. Una inteligencia sentimental, del tipo que no se ensimisma ni se lamenta más de lo recomendable. Tenemos aquí una facilidad enorme en el ejercicio de inventar héroes y luego, a poco que flaquean, defenestrarlos. Anoche se vio muy claramente que la afición brasileña, no los insurgentes, los que se partían la cara en las calles, reclamando derechos, reivindicando el progreso del que habla su bandera, no va a saber asumir la derrota. La atribuirán al salvajismo - un lance del juego - con el que el jugador colombiano destrozó la espalda de Neymar Jr. O a la doble amarilla - y consecuente baja al siguiente choque - de Thiago Silva, un extraordinario defensa. Dirán que no había amaño, que no lo hubo, a pesar de que lo parecía tanto antes de la debacle que le infligió la zaga bávara. Alemania es un pueblo tan avanzado que no habría caído en desgracia si los hubiesen despacho ayer o antes. Tienen con qué amenizar la vida. Brasil, que está en construcción, como tantos otros países, se vino anoche abajo. Despertaron de un sueño hermoso, les hicieron abrir los ojos. Lo que continúa igual es el sueño de las calles, la voluntad de que la sociedad adquiera los logros que la hagan sólida. No hay mucha solidez fuera de Brasil tampoco. Tendría que organizar un evento de estas características un país nórdico. Tampoco un emirato árabe. No solo por el calor. Se mide la entereza de un pueblo en circunstancias como éstas. La de las personas también. Fue una humillación retransmitida urbi et orbi. Quizá eso eso lo doloroso: la difusión del fracaso, no el fracaso en sí mismo, sino su transmisión, su globalidad. La culpa la va a tener el twitter. El partido de Brasil contra todos se sigue jugando en las favelas, en los despachos, en las playas de Copacabana. Viva Barry Manilow. 

Sangre, vértigo, fiebre, azar

La sangre está hecha de vértigo y de fiebre, está gobernada por el caos, no obedece a nadie. Siempre que veo sangre, pienso en el origen del mundo, en la luz primera, en el chasquido fundacional, en el instante sublime en que surgieron el escenario, los actores y la trama de la obra. Lo del autor no ha estado nunca claro. Fascina la voluntad de esa fuerza invisible, intriga que siga avanzando, incluso maravilla extraordinariamente el hecho de que, a decir de los que saben de estos asuntos, tenga un final. A la sangre es a la que hay que interrogar. Está dentro, en su oscuro centro, en su pulso secreto, el significado del amor y las razones del odio. Contra la sangre no hay nadie. No se puede gobernar la sangre. El mundo es una extensión, una poco fiable a veces, de la sangre izada como estandarte, cantada como himno, pronunciada como salmo. Creo que esto lo he escrito más veces, pero es la sangre la que escribe, se replica a sí misma, se contradice y luego desdice lo contradicho. Solo por asomarse al mundo. Solo por ver cuáles son sus dominios. 

7.7.14

Diálogo

Lo dijo sin pensarlo mucho. Esperaba que le permitieran ir contando, sin articular mucho las frases, sin entrar en honduras. Por el capricho de hacer un perfil. Por hacer una semblanza. Escribo, veo cine, leo libros, no hago deporte, voy de bares, enseño inglés, paseo con la familia, escucho jazz, no juego al mus, sé pedir perdón, duermo siestas memorables, fumo sin excesos, bebo como fumo, no creo en Dios, no conduzco desde hace 20 años, me rasuro al cero a comienzos de verano, me dejo crecer la barba cuando principia el otoño, viajo menos de lo que querría, me guardo de perder el control cuando me encienden, huyo del sol, adoro los días de lluvia, soy de una puntualidad grosera, no salgo a la calle sin los cascos de mi iPhone, mantengo un blog desde hace siete años, lo alimento casi a diario, soy del Real Madrid sin fanatismo alguno, admiro el tesón y la firmeza, como a destajo en ocasiones o prescindo de comer, albergo la esperanza de que el mundo no acabe convertido en un parque temático gobernado con mano avara por dos o tres multinacionales, tengo en el amor de los míos el aire con el que me lleno y procuro ser aire también yo para cuando ellos precisen llenarse, no soy amigo de salir al campo y pasear entre la floresta, me encanta lo urbano al punto de que soy feliz en una avenida, amo las grandes ciudades, aunque viva en una pequeña. En parte soy todo esto que cuento, pero probablemente lo que soy verdaderamente es lo que no se me ocurre cómo escribirlo, todas las cosas que entiendo como propias y a las que no sé registrar en palabras. Y luego está la fascinación que las palabras ejercen en mí. No hay día en que no sienta que les debo algo o día en que no me sienta privilegiado por manejar unas cuantas y manejarme con ellas en lo que expreso por escrito o hablando. Hablo mucho, a decir de todos los que me rodean. Estaría bien que dijesen que escucho mucho o que hablo mucho, pero lo hago bien. No busca uno la bondad sino el afecto. En esencia quizá solo buscamos que nos amen. La literatura entera sería un acto de amor. Al final siempre terminas hablando de lo de siempre. La literatura. El afán de Dios. Su negación. La devoción por la belleza. Creo que esta confesión no aporta nada, creo que quienes te conocen saben a qué atenerse o no lo saben en absoluto y no les interesa qué puedas pensar. Escribo, K. No alcanzo a encontrar con lo que me sienta más realizado. Es una metaescritura, una escritura vuelta hacia sí misma, un cofre lleno de conceptos sobre el cofre mismo, pero vacío quizá. Sobre la vacuidad también se puede escribir. Igual la literatura entera ha ido afinando ese concepto, K. Voy a abrirme una cerveza. 

5.7.14

Catedrales


           
                                                            Foto:  Daniele Copedé

Tendré que escribir sobre las catedrales, tendré que dejar registrada mi fascinación absoluta por las catedrales, tendré que visitar todas las catedrales del mundo y tendré que buscarme dentro en cada una de ellas. Hay pocas cosas en este mundo que me conmocionen más que la voluntad del hombre y su anhelo de divinidad. No sé qué sentirá un creyente al entrar en ellas, en las catedrales, pero este descreído, este descarriado de la fe se arrodilla cuando cruza su puerta y mira hacia arriba y comprende, de una manera precaria y frágil, sin la hondura de quien ve a Dios y cree que Dios lo ve a él, la armonía del cosmos, el ruido que hace la lluvia cuando azota los cristales o la música que produce el viento en las hojas de los árboles. Debe haber un sentido de las cosas que se oculta y solo se manifiesta bajo ciertas condiciones. Yo creo que las catedrales son puertas hacia ese significado invisible. No es esto una proclamación de una fe recién adquirida, no es una declaración de un bautismo, pero jamás cerré ninguna puerta, no cancelé esa voluntad íntima de interrogar y de interrogarme, de perder quizá cuando uno se pierde en los laberintos del espíritu, pero qué viaje más hermoso, qué placeres deben aguardar. Mientras, amaré las catedrales, las miraré con un respeto profundo, sentiré que las construyeron para lo que no entiendo, y será entonces cuando las mire con más ahínco, cuidando más la mirada, procurando que me atraviese la luz de la vidrieras y me impregne de armonía cuando escuche, a poco que me esmere, el silencio de sus piedras. Por otro lado, no me inclino ante la autoridad que las tutela, no creo que nada de lo que dicen verdaderamente tenga algo que ver con el Dios al que adoran, no están a la altura del templo en el que actúan. Todo lo cual conduce a que observe las catedrales de un modo paradójicamente neutro, si es que esto puede suceder, sin caer en la cuenta del servicio que presta al cristiano que las ocupa. Nunca quedó claro que la metafísica fuese un asunto público o estrictamente privado. El alma, cuando busca trascender, no necesita, por otra parte, ningún altar en donde refugiarse. La mía, en lo que le afecta, obra a su antojo, se conduce como puede, se refugia en donde pilla. A veces en lo que yo escribo. 

La novela no ha muerto II

A veces no pasa nada, termina el día en blanco, se cierra sin que nada lo diferencie del anterior ni se advierta que algo va a hacerlo distinto al siguiente, pero hay días en que la luz hace que los objetos parezcan nuevos, días idílicos, en los que todo adquiere un sentido, en donde las palabras cobran significados que no tenían o en donde los cuerpos, cuando se abrazan, encuentran el amor que ya no recordaban. Cree uno pertenecer a a una casta elegida, una de seres privilegiados, dotados de una sensibilidad exquisita, impregnados de una armonía absoluta. Yo creo que lo que hace que no seamos todo lo felices que quisiéramos es la ausencia de esa armonía, de esa especie de confort espiritual que permite interrogar al mundo, cargarse de preguntas, pero no indagar en las respuestas, no tener necesidad de darle a todo una razón o de confinarlo todo en un lugar seguro, al que acudir cuando las nubes principian tormenta y el alma zozobra y se ablanda. Al alma se le tiene el respeto que en ocasiones no le damos al cuerpo. Al ir conciliando el sueño, cuando el día va clausurando su trama, sucede la conciencia: se tiene la idea de que algo hay ahí adentro y de que pugna por manifestarse, por hacernos sentir bien o mal, permitiéndonos dormir o evitando que ese acto maravilloso, de cierre y de limpieza, se malogre, se pervierta, se convierta en un tormento. La novela que yo querría escribir vendría a ser una extensión de este aburrido carrusel de reflexiones. Quizá por eso no me decido: voy dilatando el momento de afrontar el comienzo, de creérmela. Siempre que empieza el verano me hago las mismas preguntas. Creo que solo trato de evitar de que el día termine en blanco, se cierre sin que nada lo diferencie del anterior ni se advierta que algo va a hacerlo distinto al siguiente. Mientras vaya desarrollando la novela, crearé de algún modo una réplica manejable de la vida que nunca poseo. Iré avanzando y retrocediendo, concediendo plazos y cerrándolos bruscamente, considerando el modo de que la novela no sea visible y se lea sin que parezca en ningún momento de que se está leyendo una novela. Será una novela invisible, Álex, Pedro, Juan, Antonio, Auxy. Será la novela aplazada, de la que tengo un argumento, con la que he soñado y de la que me siento, en cierto modo, padre irresponsable, teniéndola abandonada, sin acometerla nunca. El verano sirve para todas estas cosas. Escribe uno, se va dejando el alma, una parte poco consistente del alma, por supuesto, en lo que escribe. Estaría bien que todos estos barruntos míos pudiera verbalizarlos, explayarme en su épica sin músculo, someter ese discurso privado al claustro de los amigos, esperando un consuelo. Porque la novela no llegará nunca, no habrá novela, no tendrá la paciencia ni los bártulos que la forjen. No porque no sea capaz, no porque la pereza me desarme: serán otras razones, será el placer que produce organizarlo todo, extender los materiales sobre la mesa, idear las tramas, componer los paisajes en la cabeza, incluso el tono de voz y los nombres de los personajes, y luego claudicar, convencerme de que habrá ocasión mejor. Soy muy bueno convenciéndome de que siempre habrá una ocasión mejor mañana. La novela es una cosa de mañana. Seguro. La mía, la aplazada, se está convirtiendo en un argumento en sí mismo. Quién sabe si ya la estoy escribiendo. Sin percartarme mucho. Sin tener verdadera conciencia de que la estoy creando. Las mejores novelas están ahí, en los preliminares. No habrá nadie que no tenga una novela en la cabeza, una suya, incontestablemente suya, privada al modo en que pocas cosas puedan serlo. 

4.7.14

La novela no ha muerto

A veces, cuando uno se siente muy solo, repara en los demás, escudriña lo que ofrecen, especula con todo cuanto recoge, monta entonces una historia, la va haciendo propia, poniéndole palabras, extendiendo la trama, cercenando las prolongaciones irrelevantes, haciendo que pujen las más extrañas. Curiosamente son esas, las extrañas, las cosas que vamos incorporando, las que decididamente consideramos las buenas. Hay una voluntad de pervertir lo evidente, de no aceptar lo que está a la vista y ahondar allá donde es posible, sin miramiento, convirtiendo a la persona observada en un personaje, consintiendo que la fábula lo impregne todo y que sea la realidad la perjudicada. Va uno por la calle y cree que la mujer a la que ve está a punto de sufrir una tragedia, cree en verdad que algo terrible le va a suceder, pero no podemos precipitarnos a su encuentro, despertarla de su ignorancia, contarle que estamos bien seguros de que algo va a pasar, pero tampoco aceptamos la posibilidad de la advertencia, esa injerencia improcedente. No podemos - pensamos - incluirnos en la vida de los otros, declararnos no solo integrantes de su existencia sino parte relevante de ella. Queremos saber qué hicieron por la mañana, dónde desayunaron y qué, cómo organizaron el día, en base a qué criterio censuraron unas actividades y primaron otras, y sin embargo, no sentimos pudor por adentrarnos en la intimidad, erguirnos para ver lo que la vista normal no alcanza, penetrar de cualquier manera en los secretos. La novela restituye enteramente esta voluntad de conocimiento. El que lee adquiere la propiedad de una trama, pero es el escritor el que la adquiere antes, quien sale a la calle y se aprehende de lo que observa, mutándolo luego, incansablemente imaginando lo que no se ve, indagando en lo que en apariencia no exhibe ninguna traza de hondura. Al modo en que se leen los cuentos cortos, esas breverías fascinantes, vistiendo las partes desnudas, armando lo que no está completado, el lector de la novela también precisa inmiscuirse, rellenar lo que no está. Lo visto es ínfimo, lo que hay no es ni un aviso de lo que aguarda detrás. Hemos sido educados para ser respetuosos y no involucrarnos en lo ajeno, pero caemos continuamente en la desobediencia y queremos saber, construimos la literatura, fabulamos, forjamos la épica, vestimos los cuerpos, los desnudamos, damos refugio al desvalido, abrimos la carne del desgraciado, vemos cómo la sangre bulle, sale, se derrama y lo mancha todo. En la mancha está el mundo, recogida en su grumo bastardo o puro, está la naturaleza misma, todo lo bueno y todo lo malo, la verdad anhelada y la mentira victoriosa. 

2.7.14

M.

Así sea festiva o no lo sea en absoluto, la vida se abre paso siempre, no se cohíbe, solo avanza, arramblando con lo que pilla al paso, malogrando la voluntad de quien se obstina en domesticarla, en hacerla cómplice de sus deseos. He conocido gente entusiasta a la que la vida, esa de la que hablamos, les truncó el entusiasmo, pero les he visto izarse, adquirir un rumbo nuevo que hiciera, en parte, sin que se advierta el roto de adentro, proseguir en la tarea, ir ganando en ilusiones, en esperanzas. He visto también gente a la que no les pasó nada relevante, gente que no tuvo una infancia o una adolescencia difícil, de esas a las que la vida siempre les sonríe, pero que, sin embargo, flaquean, menguan en lo que otros, más heridos, progresan. No creo que sea posible sacar ninguna conclusión, no pienso que pueda penalizarse un modo de obra y ensalzarse el otro. Anoche pensé en M. y recordé todo lo malo que le pasó y pensé también en qué haría ahora, tantos años después: si habría superado la tragedia, si reiría o escucharía jazz de los cincuenta o vería el fútbol en la televisión sin que ningún pensamiento triste, y tendrá los suficientes, le malograra el espectáculo. Pensé en M, del que no sé nada, al que no sé poner ya casi rostro ni voz, y lloré sin que me vieran. No sé si la vida se abre paso finalmente. M. tendrá los ojos muertos de apretarlos para que no se le desboque el llanto o llorará siempre que pueda, a la vista de todos o en la intimidad, recordando el pasado, que no viene siempre de buenas y en ocasiones viene cabrón y homicida. Recuerdo que me habló, poco antes de que ya se fuese definitivamente, de la vida triste y de la alegre, del cine en las tardes de verano, de las terrazas compartiendo cerveza con los amigos. Luego veló el cuerpo de su hijo y se marchó del pueblo, se marcharon. Yo a veces lo echo en falta. 

1.7.14

La niña más poderosa del mundo


Los padres somos los que terminamos al cargo de los juguetes de nuestros hijos. Da igual la edad del hijo y el tipo de juguete. Hay padres que no abandonan ese oficio nunca e hijos que no dejan de jugar jamás. Luego estamos los que preferimos que el hijo adquiere la responsabilidad y la madurez que permitan olvidar que los padres siempre estamos ahí detrás, tutelando la trama misma del juego, corrigiendo los errores del guion y participando como extra en cuanto la oportunidad nos permite. Por muchos libros que fijen un patrón fiable de ese oficio de padres, no creo que haya ninguno que sirva para todos los lectores. La hija de JFK, Caroline, va feliz, delante de su poderoso padre, porque sabe que la muñeca está en sus manos. Es posible que la dejara a posta, pensando que el buen padre la recogería y no la soltaría hasta que llegasen a casa. Los hombres importantes, Kennedy fue uno de los más importantes, son también actores secundarios. En la fotografía, en lo que se advierte, es la niña la que manda, es ella la que controla el mundo mismo, la que tiene la facultad de obtener toda la atención de alguien que ocupa toda la atención de los demás. Y la pequeña Caroline va ancha, transida de júbilo, consciente - en el fondo - de que detrás está papá, cogiendo de un brazo, sin lastimarla, cuidando de que no se desmembre, su muñeca. Ojalá detrás de cada hombre o de cada mujer haya un hijo, o una hija, en fin, ya saben. A veces me resulta muy molesto toda esta corrección de géneros. Creo que malogra la eficacia del texto, su contención, toda la fluidez que se le exige para que transmita el contenido sin distracciones absurdas, pero uno es muy correcto.