30.11.14

Mañana, si llueve, no es lunes



A mi amigo Joselu, que escuchaba a Randy Newman esta mañana mientras, afuera, llovía


La lluvia hace que a uno se le sobrevenga un pudor que no se espera. No desea que el cristal se desempañe o que la luz lo invada todo y nada queda a salvo de las miradas. En ese gris amable, suelo pensar en los días de lluvia de mi infancia. Pienso en la impertinente lluvia de los sábados, la que malograba el fútbol en la Plaza de Zaragoza con los amigos, la que me recluía en casa, sin que tuviera el divertimento que siempre encontraba afuera. No hay vez que no llueva en que no me sienta reconfortado. No importa que camine las calles o que esté en casa. Días con lluvia se me graban mejor en la memoria que los soleados y limpios. La bruma impregna mejor los recuerdos. No sabría a qué obedece ese afecto mío. Siempre he dicho, mitad en broma, mitad en serio, que me nacieron andaluz, pero que yo soy norteño, tanto más al norte cuanto más lloviese o se encapotase el cielo. No estará de acuerdo conmigo mi amigo José Antonio. Él es el que ha hecho esta majestuosa fotografía. A él le impone que la monótona persistencia de la lluvia no dé aviso de cese y transcurran los días y nada en el cielo informe de la luz o del sol, precursor de alegrías. Creo que leo mejor cuando afuera está lloviendo. Digo que la lectura se me ofrece más abiertamente y yo, embelesado, me concentro con más facilidad, aprecio mejor lo que me cuenta, accedo con mayor hondura a lo que, en otras ocasiones, se me resiste, escondiéndose. Creo que escribo mejor cuando afuera está lloviendo. El hecho de que la lluvia arrecie los cristales me imbuye en un estado creativo al que no entro si el día está despejado. Eso contando con la ficción de que alguna lectura o escritura mía sean todo lo deseablemente buenas que yo quisiera. Creo que hasta soy mejor persona cuando llueve. En verano, en esos días de absoluto rigor en Córdoba, debo presentar mi yo más hosco, el menos lúdico. Respiro un poco cuando anochece. Detrás de la hermosura de los días de lluvia está la hermosura de las noches. Todas, a su modo, son extraordinarias. También leo, escribo, hablo y hasta entiendo mejor el mundo de noche, cuando el sol desaparece y la luna, la visible, la que no, ocupa el entero techo del cielo. He escrito muchas veces sobre el frío, sobre la bondad del frío, pero nunca me he entregado con verdadero ardor a ponderar la lujuria de la lluvia. La fotografía de José Antonio me ha dado el punto de motivación que me faltaba. Mañana, si llueve, no es lunes. 

29.11.14

Creo que hoy va a llover


Creo que Randy Newman es la estrella del rock más triste que conozco. Ninguna que, en las piezas deprimentes, sea más deprimente; ninguna que, en las que inspiran suicidios, ponga con más entusiasmo el dedo en el gatillo. Hay ocasiones en las que, sin embargo, Randy Newman te hace llorar de felicidad. Hablo de ese llanto puro al que no se le puede dar escondite dentro y que, al salir, nos hace humanos, nos rebaja a la condición más sensible de nuestra naturaleza. Hoy, yendo hacia el colegio, escuchando en mis cascos una de esas piezas me he descubierto vulnerable, me he sentido frágil, he aceptado que cualquiera pequeña cosa que sucediera a mi paso podría hacerme llorar sin consuelo, pero sería (ya digo) un llanto bueno, de los que te reconcilian contigo mismo o con el mundo o con el cielo azul allá arriba. Lo de las canciones tristes sirve para que uno venza el decaimiento y alce el paso y distraiga su mal con el ajeno. Algo así a lo que pasa en las telenovelas y en los tochos decimonónicos. A mí en particular Randy Newman me inspira, me fortalece, me alienta incluso a que no caiga en la tristeza o que no me deje tentar por ella. Una vez tentado, el resto de la travesía es previsible. Randy, el triste de guardia de hoy, me ha llevado en volandas por las calles de lluvia. El resto del día ha ido muy bien. De vez en cuando, sin darme cuenta, me he sorprendido tarareando la canción. Yo tarareo sin que se note, como cohibido, cuidando en extremo de que nadie me descubra en ese desliz. No vayan a pensar que estoy alegre. Eso no tiene cartel.


25.11.14

El otro, el mismo

A Ana Riz, que me regaló el argumento mientras tomábamos un café 


En ocasiones uno piensa que hay gente a la que no cabe imaginar fuera de donde uno suele verlos; gente que, movida de su ambiente, no es posible ni siquiera reconocer. Como si fuesen otros y no mantuviesen con su otro yo, el estable, el personaje del otro escenario, relación alguna. Los ves en su puesto de trabajo o en el bar o en una esquina de un parque, entregados a sus asuntos mientras está uno en lo suyos, ajeno a esas frivolidades, pero en cuanto se cae en ellas, si percibimos la trama oculta, el argumento peregrino, ya no hay manera de soltarlo y se entra en una especie de delirio metafísico. Quizá no sean los mismos. Comparten el rostro, los gestos y hasta la manera de hablar o de no hacerlo, pero son otros y somos nosotros los confundidos, los que elucubran más de lo conveniente. También los demás verán en mí un personaje de un escenario, uno al que no es posible extraerlo sin que algo se acabe rompiendo. No es únicamente que les vea en donde desempeñan su oficio (M. en su barra del bar, J. en su farmacia o M.L. en la panadería) o en donde ocupan el ocio (J.A. en las cosas de la cultura del pueblo;  J.M, en la plaza principal, saludando sin descanso, viendo y siendo visto; L. en la esquina de mi calle, con sus mallas, corriendo sin que yo aprecie que le haga falta). No, no es solo una persona y un paisaje: es mi condición narrativa la que se pone en funcionamiento en cuanto atisbo una pequeña brizna de relato, la posibilidad de que exista una historia a la que yo pueda acercarme. Somos las historias que nos cuentan. No somos átomos, ni cadenas de complicadas tramas de ADN. Somos lo que vamos escuchando y, sobre todo, somos lo que no sabemos, somos todo lo que anda ahí afuera, a la espera de que se produzca la circunstancia maravillosa del hallazgo. Que mi charcutero D., al que solo he visto detrás de su congelador, sacando piezas de mortadela y de queso añejo, cortando jamón de york extra y dispensando sonrisas a los clientes, esté en un concierto de música sacra, en un paseo marítimo de agosto o en la cola de una ventanilla de Hacienda me parece un acontecimiento literario de primer orden. Mi cabeza empieza a germinar conjeturas. La más hermosa es la que me permite inventarle una vida. No hay cosa más atractiva en este mundo que inventarles vidas a los demás. Especular con la posibilidad de que no sean quienes realmente dicen ser o que, si se les mira muy de cerca, si nos aproximamos e intimamos lo suficiente, sean incluso mejores de lo que aparentan. Somos extraños. Yo lo soy de un modo que me encanta. Ojalá que alguien solo me vea como el maestro que entra a las nueva al colegio y sale a las dos. Que no haya nadie que me perciba como un amante del jazz o de las barras de los bares o de las bibliotecas o de los días de lluvia o del cine negro de la RKO. En cuanto me vean, en esa situación extraordinaria, debo parecerles un ser extraordinario. Ellos, a mí, me lo parecen. 

20.11.14

Ángeles de amarillo / En el Día Internacional del Niño



Foto: Rooselvet Castro

En pocas horas acaba el Día Internacional del Niño. No sabe uno nunca qué es eso de que un día sea internacional de algo. Nos la cuelan con tantas efemérides estúpidas que en ocasiones dejamos pasar las relevantes y no fijamos nuestra atención en lo que evidencian, en la manifestación de la realidad que pretenden difundir. Por eso no razonamos qué se nos pide cuando en el calendario dice que hoy es el día que es. Yo sé de niños lo suficiente, pero hay días en que tanto saber duele. Solo hay que acercarse a ellos y escucharlos y comprender que la infancia es un don, un don al que se le extirpa la virtud y al que se arroja a los perros, para que lo devoren. No se les respeta. El hecho de que se les encomienden labores de adultos hace que se les ningunee. No debería haber un día de éstos, ya digo. Que lo haya induce a pensar que en los otros, en los invisibles, se vulnera lo que hoy es un mandamiento, una especie de ley moral sin la que la sociedad estaría corrompida y no tendría salvación posible. Pero la sociedad está corrompida y no tiene salvación posible. Los adultos sabemos que el bien no tiene ni de lejos el predicamento narrativo que el mal. Es el mal el que abre los caminos y hace que los mercados, ah los terribles mercados, hagan caja. Los niños son lo contrario de los mercados. Los niños son la pureza, son la dulzura, la bendita evidencia de que el mundo es armónico y de que podemos confiar en que la belleza lo ocupe todo. Los mercados, ah los mercados cabrones, son la locura, son la mentira, son la constatación brutal de que el mundo está mal hecho y de que el amor no existe: lo retiraron de la trama, lo convencieron para que no molestase y se recogiese en un lugar confortable. Ahí debe andar. A veces se le ve. Hay días en que está a mano, quién lo duda. Días de darse uno abrazos con los amigos y apretarlos con fuerza. Días de respirar hondo y notar que el aire lo llena todo y los ojos, sin darnos cuenta, se entornan y un irresistible candor sube por el pecho y se cobija en un gesto, en uno de los que lleva el ángel amarillo de la fotografía.

Mentira, ya lo sabemos. Buenas palabras, propósitos encomiables, pero huecos, de poco asiento en la realidad, que va a lo suyo y arrambla con fiereza, con saña en más veces de la que podemos soportar. Mi oficio, maestro de escuela, me hace ser un niño también, uno gordo y despistado, agradecido por estar rodeado de ángeles. Yo, un descreído, bendecido por la intimidad de la infancia. Los veo a todas horas. Niños puros, niños limpios. Y los que no son puros, los que no se ajustan al ideal de limpieza que cada uno decide en su cabeza, son puros y son limpios a su manera. Si no lo son es porque en casa, en las calles, en el diario trasegar con la vida dura de sus mayores, se les ponen continuamente obstáculos, se les apremia a que crezcan e ingresen en el mercado laboral, en la jungla, en el caos, en el vértigo, en la fiebre, en el roto mundo que les estamos dejando como infame herencia. En manos como las mías, en manos parecidas a éstas que ahora teclean, mientras afuera la noche es oscura y me siento protegido en casa, está que no se malogre el futuro de los niños. Manos precursoras. Manos que ofician el trabajo de guiarles al mañana. No sabemos qué les aguarda. No hay certidumbres sobre eso ni para nosotros, los adultos, los experimentados adultos. Y pienso ahora en lo que un amigo me dijo no hace mucho cuando un niño le trató con afecto y con respeto, con infinita dulzura y con envidiable alegría. El mundo es de ellos. No es nuestro, qué va a serlo.

Los maestros tenemos un maravilloso encargo. Se nos ha encomendado una especie de crianza estética, intelectual y hasta espiritual de quienes escribirán el futuro. Es ya terrible el presente como para que nos incomode la incertidumbre del futuro, pero no hay mayor peligro que desoír la Historia y es la Historia la que nos enseña que la cultura hace buenas o malas sociedades. No tengo duda alguna de que la cultura está en las escuelas, en las escuelas públicas, en los pasillos llenos de carteles, en los patios festivos de los recreos, en las aulas, en la rendición diaria de las reglas de la vida, volcadas con infinito afecto en los niños, que nos miran a los maestros y nos hacen las grandes preguntas. No siempre se tienen a mano las grandes respuestas. Lo normal es que tengamos respuestas pequeñitas, de andar por casa, de ir explicando el mundo con la intervención de la magia, con la colaboración del cariño, con la eficiencia de la profesionalidad, por supuesto. No solo de afectos vive la escuela, pero ay si faltan, si al niño se le escatima esa ración diaria de prodigios, pequeños milagros, cosas que los ángeles amarillos se toman en serio y les sirven para crecer y estar preparados para enseñar a otros.



En llamas, se lee mejor / After Dark




De Murakami lo que no me gusta es la tristeza. En After Dark, la primera novela suya que leí, la hay en demasía. Una tristeza sin objetivo, que se va confesando más triste todavía según la trama avanza, hasta que al final la narración se cierra y las calles de la ciudad japonesa en la que transcurre se vacían y no hay músicos de jazz que vayan de un tugurio a otro o poetas malditos que encuentran en la noche un útero fabuloso, un país puro, un corazón al que no se le ha practicado ninguna incisión lesiva. Por lo demás, Murakami se recrea en la soledad, en la bondad de la soledad para quien no tiene otra cosa o no sabría manejarse entre los demás, realizando tareas triviales como ir a la compra o visitar a los padres y contarles cómo ha ido la semana. Lo de leer en los cafés me ha fascinado siempre, pero yo no sería un buen personaje de Murakami. Creo tener a favor el amor al jazz y cierta inclinación a paladear la buena soledad, la que no permanece cuando no se la desea. Hay cosas que, al leer, no se aceptan o se aceptan mal y la lectura flaquea y acaba perdiéndose. He leído lo suficiente de Murakami (After dark, Tokyo blues, Kafka en la orilla) para saber que es un escritor apreciable, al que una vez puse en solfa en una conversación entre buenos lectores solo por ver cómo lo defendían. Ellos, al cabo, decían haberlo leído todo y esperar con ansia un volumen nuevo. No hubo entusiasmo en los elogios, no se emplearon en rebatir mi desafecto por sus novelas. Solo hubo uno, M., que se empleó con más ardor. Es el ardor el que mueve el mundo. Quizá no sea el amor, sino el ardor. Murakami, si uno está de verdad ardiendo, es una lectura fantástica. En llamas, se lee mejor. La noche, iluminada por el fuego, ofrece sombras que rivalizan con las que procura el mismo sol. Parecen las novelas de Murakami, le dije a M., conversaciones interesantes, tramas que se adentran en otras tramas, ilusiones que convergen en otras ilusiones, en fin, episodios de una historia mayor a la que nunca damos alcance. Además no creo que escriba bien. Es muy personal eso de que una escritura no nos parezca que esté a la altura. Es entrar en un territorio demasiado íntimo. La escritura es como la piel de una persona que no es la nuestra. No me gusta tu piel, no me gusta tu cara, no me gusta tu voz. No es posible que uno se rebaje a sentenciar de un modo tan absoluto y que luego pretender que alguien se fije en nuestra piel, en nuestra cara o en nuestra voz y sentencie a su vez que le atrae o que encuentra algo relevante y a lo que dedicarle algún tipo de halago. Detrás de las palabras que no halagan están, al menos las hay, las que suscitan, a quien se deje, el halago ajeno. 

18.11.14

Ya no brilla como un diamante loco



No sabes lo que tienes hasta que se va. Solo es nuestro lo que perdimos. Es la memoria la que nos mantiene firmes. Ayer noche K. me confesaba su malestar por The endless river, el último disco de Pink Floyd. Un cosa infame montada a base de descartes, me dijo. A Joaquín Ferrer le parece (creo) una pieza salvable. Solo por estar firmada por Pink Floyd. Quizá haya que ser indulgentes y no ahondar mucho en la herida. Porque han revivido al muerto y no lo han echado a andar con un aspecto agradable. Un disco zombi, Emilio. Está por ahí, mostrando el aspecto que no debería mostrarse nunca. Pero tenemos en la cabeza Dark side of the moon, le digo. Está Wish you were here. Yo todavía me sé The wall de memoria. Soy capaz de repetir cada línea del libreto. La idea es que la banda que nos fascinó ya no existe y de que éstos ahora aquí presentados no son, en modo alguno lo son, aquéllos a quienes amamos. Las personas somos como un poco así. Como discos malos de Pink Floyd. No sé si tendremos una parte fascinante y otra, conforme los años nos van cobrando los peajes, otra menos presentable. No saber tampoco en qué etapa está uno ahora. Si en la desechable o en una todavía linda, de terraza de verano con los amigos y charla animada sobre los viajes que hacemos en la juventud. Yo recuerdo uno en el que no paraba de sonar Animals. Estaba en una cinta TDK (amo esas tres letras míticas) que mi amiga M. ponía en su flamante stereo del Alfa Romeo. Tampoco la veo ahora. Se van perdiendo las cosas. Van ocupando el sitio en que deciden estar y de ahí no salen. O salen zombis, afectadas por el tiempo o por la desgana o por la suma involuntaria de una serie de catastróficas penalidades. The endless river es una cosa inservible, si has amado Pink Floyd. Para los nuevos en el asunto, nada remarcable. Sonidos que fluyen sin mucho brío. Sonidos cansados, pensé anoche, mientras lo escuchaba por segunda vez. Creo que no lo voy a escuchar de nuevo. En televisión cuentan el regreso de la banda de Waters y Gilmour, que son quienes siempre la comandaron, como un evento. No hay tal. Todo se acabó hace tiempo. El esplendor no fue convocado. La belleza, que la hubo, está en otro lugar. Solo hay negocio. Que nunca dejó de haberlo, cierto, pero ahora la máquina de hacer dinero no emociona, no transmite la belleza de antes. Leo que ya hay países donde The endless river es número uno. Uno busca en el material nuevo la posibilidad de que algo reproduzca el asombro del pasado, pero está solo, solo en una soledad cósmica, en una soledad en la que suena Así habló Zaratustra y un vals de Strauss brilla como un diamante loco. Ahora son tiempos de chill out, musiquita para amenizar espacios minimalistas en altavoces high-end mientras apuras un gin tonic en vaso de boca ancha. El epílogo de una de las bandas más influyentes del siglo XX no puede ser más penoso. Quien lo desee puede volver a las páginas más memorables, las de los setenta, cuando se hacían las grandes preguntas y hacían discos intensos, discos como catedrales a las que entrar y en las que sentir, entre la zozobra y la perplejidad, el impulso de los astros. 

17.11.14

El azul nunca está entre las palabras

A poco que lo pienso, si le concedo la atención que nunca le presto, caigo en la cuenta de que no hay oficio más sano que el de no hacer nada. No creo ni que sea fácil eso de no hacer nada. Siempre hay algo que te interrumpe ese solaz privado y malogra el éxito de la empresa. Una vez estuve a punto de estar una mañana entera sin que me ocupara ninguna actividad, pero se deshizo todo ese encanto cuando un buen amigo llamó para ver si quedábamos de noche en el bar de siempre. Si no es el amigo, incluso los buenos se entrometen a veces, es la madre, interesada en saber si finalmente comemos todos en casa el sábado. Tampoco está uno a salvo en su propio hogar. Desearía, en esas ocasiones, recluirse, instalarse en una pieza apartada, cerrar la puerta, acomodarse en un butacón confortable y escuchar una sinfonía de Brahms o leer unos cuentos de Carver. A mi amigo K. no le cuadra que yo invite a Brahms y a Carver a mi retiro. Cree que no tienen más derecho que el buen amigo o que la madre a inmiscuirse en mis devaneos con la nada. Es difícil de entender la nada. Estoy por pensar que no es posible entenderla en absoluto. Una idea de nada redonda y perfecta consistiría en no permitir que nada del exterior te afecte. Ahí creo que entro cuando estoy en el limbo dulce que precede al sueño, en ese estado de perfección en donde no se está dormido ni despierto. No se puede considerar que la vigilia fomente el cultivo de este vicio al que acabo de consagrarme y el sueño, el ingobernable sueño, no es en modo alguno un territorio que nos pertenezca: vamos a ciegas por él, lo paseamos a tientas, caemos sin saber que estamos cayendo. Ni siquiera el gozo, toda esa alegría incontenible con la que a veces los cruzamos, hacen que los sueños nos pertenezcan. Nunca son nuestros, nunca perduran. En la deriva de lo soñado, no se aprecia rastro de lo que somos. En todo caso, acepto a estudiosos del asunto, se perciben indicios de que anduvimos por ahí, es cierto, de que algo nuestro quedó en el camino y o incluso de que una breve señal manifiesta nuestra presencia, yo qué sé, un canción que nos gustaba antaño, un verso de un poema con el que nos emocionamos o la visión pura de un paisaje en donde nos sentimos parte del mundo o ese mundo parte propiamente nuestra. Insisto en que no hacer nada es una empresa de una dificultad asombrosa. Como no practico yoga o disciplina oriental que se le parezca, carezco de los instrumentos que limpian mi mente y me dejan en blanco. No he estado nunca en blanco. Juro que lo he intentado, pero siempre está Brahms o está Carver al acecho, los muy cabrones. No hay día en que no desee perderme a mi manera, una de esas pérdidas irrelevantes, a las que no se les da importancia  porque tienen camino de regreso. A poco que lo pienso, si le concedo la atención que casi nunca le presto, caigo en la cuenta de que no hay oficio más sano que el de pensar en cómo ocupar el tiempo para que parezca que somos sus dueños, pero es el tiempo el que nos gobierna a nosotros, el que nos mueve. Tengo, en fin, la virtud de no llegar a comprenderme del todo y de disfrutar con la idea de que cada vez estoy más cerca de hacerlo. La memoria tiene su niebla. Al final nos queda la niebla, la sensación de que todo ha sido brumoso o de que no hemos podido hacer más de lo que hicimos. Hoy he caminado hacia el centro del pueblo. Escuchaba a Joe Pass. Sin el trío habitual. Joe a palo seco, el Joe estajanovista de los standards. En un tramo particularmente emocionante de Night and day he pensado que el señor Pass, allá por los sesenta, cuando registró para Verve la versión que escuchaba, estaba pensando en mí. Que era yo, ya ven, el destinatario secreto de la pieza. Night and day para mí; yo, un privilegiado. De verdad que no es fácil no hacer nada, pero hay veces en que uno hace cosas que sí valen la pena y el mundo gira y el cielo estalla en azules solo porque lo veamos y lo contemos aquí y no se pierda ese prodigio. Luego está la sensación de no afinar lo suficiente y de que el azul no esté aquí, entre las palabras. El azul nunca está entre las palabras.

7.11.14

Hambrunas


Michael Philippot (Foto)


La palabra hambruna es de una insolencia que intimida. Es como una bala que está en la boca del cañón, a punto de zanjar alguna distancia e incrustarse en la carne a la que mira, rompiéndola, reduciéndola a un amasijo infame. Hambruna bastarda, hija de todos los males, evidencia de todos los pecados, pero las palabras no conquistan el estómago, no ocupan el vacío que le araña las paredes y lo enloquece. Las palabras, incluso las más nobles, las que tienen un cometido más alto, no sirven para nada. Uno ya está al cabo de la inutilidad de las palabras. Las que pronuncian los políticos son huecas, son miserables en ocasiones, y las de los poetas son inofensivas, no hacen otra cosa que engalanar el aire o enturbiarlo más de lo que está, pero no son útiles. Este niño que busca comida a las afueras de Addis Abbeba, en Etiopía, no sabrá entender ni al poeta ni al político, no tendrá con qué fijar la atención y ver qué pueden hacer por él. Tampoco el paisaje hace nada por él. No hay nada en este mundo que lo conforte mientras camina hacia no se sabe dónde. Es la incertidumbre la que duele juntamente con el hambre. Afuera no la vemos, aunque hay quien podría contradecir esta ignorancia mía y poner en el cuaderno de la tristeza su malandanza y su miseria. Hay paisajes devastados en las grandes ciudades también, calles en las que ni siquiera hay un mal árbol o una señal de que debajo de la tierra dura hay agua o una raíz que llevarse a la boca. El primer mundo busca al tercero y en ocasiones, cuando no miramos, se abrazan y se cuentan sus cosas, en una intimidad insolente, de las que intimida. El mundo, de  mal hecho que está, permite que alguien camine las calles o los desiertos, aplace la felicidad o considere que no es posible encontrarla y solo persiga llenar la tripa, contentar al cuerpo, al bastardo del cuerpo, que solo quiere su ración diaria de agua y de pan. Qué triste todo, qué imposible de entender.

6.11.14

No saber contar un cuento

Recuerdo no saber contar un cuento, esa sensación de vacío. Sabía hilar un argumento, traer las palabras con las que la historia acabase rendida, expuesta como los ingredientes ofrecidos en la mesa del cocinero, pero sin arrimarlos unos a otros, conviniendo olores, prefigurando el sabor anhelado. Sabía (digo) conseguir que quien escuchara entendiese la trama, conociese incluso ciertos matices de la trama, los relevantes, los que hacen que sus giros no sean caprichosos y obedezcan a un plan que el lector y el escritor conocen y aplican. Creía yo que todo esto bastaba, que era suficiente para que el cuento fuese contado, pero no lo es, no se puede contar un cuento con solo narrar, con decir qué acontecimientos lo atraviesan, con qué finos hilos se teje la historia que lo mantiene firme. Hace falta el milagro de que no haya otra cosa en el mundo que el cuento. Uno, al contarlo, tiene que percibir que quien está enfrente nuestra, escuchándolo, no posee memoria ni tampoco futuro, que únicamente el presente, el presente narrativo, el nuestro, es el que posee. Una vez que el cuento finaliza, el mundo sigue girando, la violencia del pasado atrapa a quien la olvidó durante unos minutos, la vida sigue y sigue a su manera brutal o dulce, severa o jovial. 

He contado los suficientes como para sabe que ningún cuento, escrito por mí o cogido de otro, ha llegado a ese lugar sublime del que hablo, el lugar en donde la realidad se inmola y el mundo (insisto en eso) acaba por pararse, por renunciar a lo que fue y a lo que pueda alcanzar a ser. Quien ha estado ahí, en ese vértigo y en esa fiebre, en esa felicidad de espectador privilegiado, sabe de qué hablo, pero es otra la historia que ahora me toca contar a mí, la historia del cuentista, su oficio, el afecto a las palabras y a la restitución de lo que las palabras ocultan. No hay nadie en que no desee que me cuenten una historia, ninguno en donde no me importaría ver detenerse al mundo, advertir que el giro cesa y las nubes, allá en el alto y eterno cielo, se detienen, quizá porque escuchen y quieran saber cómo termina el cuento.

En la escuela, cuando explico, procuro que la literatura lo impregne todo. No siempre lo consigo, no están siempre a mano los ingredientes previstos. Ni siquiera conviene siempre que sea la literatura la que guíe la clase, pero cuando lo hace, en cuanto se apropia de la explicación, todo fluye de un modo soberbio, nada queda fuera, todo se integra, el mundo se para. Afuera, en el patio en donde suceden los juegos de los otros niños, el mundo parece que de verdad se ha parado. 

3.11.14

La huella luminosa



Marilyn Monroe y Jorge Luís Borges tienen escasas cosas en común. Una de ellas es copar parte de las numerosas entradas de este blog invertebrado y azaroso. Si no tengo nada que escribir siempre es fácil acudir a ellos. Basta una foto o una frase para desastacar mi pereza narrativa. No existe ahora. Mi amigo Álex reprueba este abuso mío en invitar al maestro argentino, pero estará (creo) sonriendo al ver esta fotografía de Norma Jean. Eso, al menos, espero, y ya será buena señal. Otro amigo, Manolo, solía decir que hay fotos que hablan más que muchos libros enteros. Libros con mucho texto. Libros reventones de capítulos y de personajes. Solíamos buscar el punctum de Barthes o de Derrida. Lo que encontrábamos casi siempre era el elemento secundario que se aúpa al centro mismo de la escena, aunque sea diminuto y se exhibe (pudoroso) en un rincón. El punctum habla del receptor, nunca de la foto. Se trataría de dar con el elemento al que dirigimos la mirada, borrando (en ese vector) toda la información accesoria. Hay tantos punctums como usuarios de una escena. Manolo Solís (cómo le echo en falta) se habría fijado en el retrato pequeñito de la mesa: el que está frente al culo de Marilyn. Invariablemente habrá quien conciba toda la fotografía alrededor de los anaqueles ocupados con libros. Parecen añejos. El pickup también llama la atención. Es uno de esos antiguos. Ya no se ven. Mi padre tenía un viejo tocadiscos Stibert que se parecía mucho a éste, pero en él giraban discos de copla, de zarzuela y de flamenco hasta que mi adolescencia descubrió a Supertramp o a The Electric Light Orchestra y Discovery desplazó a un grandes éxitos de Juanita Reina. No nos extraviemos: en el pickup del piso de Rodríguez de Tom Ewell (así se llamaba el Romeo torpón de la inmortal película de Billy Wilder) debe sonar la orquesta de Benny Goodman. O Dean Martin. El punctum abre el libro de las metáforas, la novela de la vida, el inventario necesariamente caótico de quienes se obstinan en encontrar lo que no se ve: aquéllo que el fotógrafo ni siquiera ha tenido en cuenta a la hora de componer la fotografía. Cómo no fijarse en el canalillo de la Monroe, apunta K., pero ese tobogán promiscuo está en nuestra memoria. Yo me quedo con los ojos. Ahí está mi punctum: los tiene entornados, pero no nos parece que tenga sueño. Está ventilándose con Dean Martin: esto se ve a primera vista, no hace falta escudriñar en exceso el material sensible. Está siendo seducida por un nirvana lujurioso, un soplo ebrio de luz que la embadurna de júbilo. Esta es la verdadera huella luminosa (Dubois) que se impregna en la memoria del espectador. Cierras los ojos o abandonas la visión de la fotografía y conservas (nítidamente, por supuesto) los libros decentemente apilados, los ojos turbiamente entornados, el canalillo canallamente insinuado. Y Benny Goodman trabaja a tope porque Benny Goodman fue una máquina de swing perfecta y debajo del blanco y negro se suben y se bajan los trombones, se acoplan las trompetas y resbalan, como hormigas nerviosas, las baquetas por los platillos. Al ver esta fotografía uno es capaz de ver lo que está fuera de cámara. Ve al marido (siete años casado, reza el título) apurando un fondo místico de whisky. Todavía no se ha quitado la corbata y sospecha que la vida le está tendiendo una trampa formidable, y que las tentaciones están ahí para caer en ellas. Caso contrario, no serían tentaciones sino vasos largos de leche caliente frente al show de Johnny Carson mientras los niños intentan pillar el sueño al final del pasillo. Luego es cuando se caen del piano. Punctum pues.


Fotografía pillada en la página de jazz (y derivados emocionales) de Olvido: visiten, por favor, cuesta muy poco y luego se vuelve con gusto.

2.11.14

Fuego, camina conmigo




Fuego, camina conmigo, decía el retorcido David Lynch en Twin Peaks. Al fuego se le atribuyen siempre cometidos contrarios. Está el fuego castigador, el bíblico, el que arrasa y no deja nada en pie; está el fuego espiritual, el eterno, el que ocupa la conciencia y nos informa del camino equivocado, de las llamas que nos cubren y nos castigan, y está el fuego eterno, el que se enciende para conmemorar un acontecimiento relevante y del que se espera que no se apague jamás. Ese fuego es el que más aprecio, en donde atisbo el amor entre los iguales, el que hace que el mundo gire, como pedía Dante en su (también retorcida) Divina Comedia.

Al fuego se le encomiendan labores que en ocasiones no sabe cumplir. Hay cosas que el fuego no llega ni a chamuscar siquiera. Una de ellas debería ser la conciliación entre los que pisamos el mismo suelo y paseamos las mismas calles, los que nos estrechamos las manos en señal de afecto, aunque no compartamos un ideario político o unas creencias religiosas. Entra en lo razonable que no andemos haciendo que arda lo que no debe quemarse. Una de las cosas que más firmemente hacen que no caigamos en más desgracia que la que ya tenemos es la concordia, la convivencia, la idea de que nada ajeno me daña o que nada mío daña a los demás. Que un colectivo de mujeres argentinas componga esta caja de cerillas, de intenciones artísticas, sociales o panfletarias, y que el Centro Reina Sofía la saque en exposición es lo que hace que el fuego ande, con nosotros o a su aire. No serán solos los católicos los que exijan la retirada, imagino. Creo que lo que sobra es la frase, no que la frase esté ahora en la calle. Ya dicha, que rule, dirán otros. 

Me repito: no creo que sean solo los católicos, entre los que no me encuentro, los que rechazan la imagen en sí. Lo hará cualquiera que entienda lo inconveniente de su presencia. No conviene la caja de marras porque entra en un terreno más que peligroso. No es que haga ver a quien la mire que su autor no es muy amigo de la institución eclesial, cosa que es legítima y que compartimos, en cierto sentido, millones de personas a las que no se nos tiene por malas, ni por incendiarias, ni siquiera por agitadoras. No es solo el que pisa el templo y se arrodilla en él y mira de frente a su dios y a sus santos el que no acepta que se quemen iglesias, literal o figuradamente. La libertad de expresión, tan necesaria, no es un camino abierto, ancho, sin normas, en donde uno, por mor de esa libertad, obra a capricho, despotrica a su antojo y quema lo que le viene en gana, solo por el placer de ver arder el objeto de su inquina. 

La única iglesia que ilumina es la que arde, frase atribuida a Kropotkin, el adalid anarquista, el que veía turbamultas peligrosas en los creyentes que se encaminaban a sus iglesias, difundida después por Durruti, el de la columna, no deja de ser una frase de lejano corte nihilista, de tasca de barrio entre amigos que tiran de vez en cuando de culturilla y citan a los comunistas célebres y declaman su cantinela antigua. No debe ser más, no debe jalearse más, no conviene que se difunda más. No (insisto) porque un cristiano pueda ver comprometida su sensibilidad sino porque hay mucho descerebrado que se toma los eslóganes al pie de la letra, porque las palabras, incluso las más inocentes, prenden a veces con más fuerza que la leña acunada por el fuego del que hablamos. Será que es el lenguaje el fuego mismo, eso ya lo sabía yo. Las palabras, ah las palabras, con qué autoridad gobernáis el mundo. Están para que no estemos nunca demasiados seguros de que ese mundo nos pertenece. Nos faltan las palabras que lo nombre, no poseemos la facultad de manejarlas con la suficiente autoridad y eficacia como para gobernarlo. 

Luego está todo lo que hace que la iglesia no goce del favor de antaño o que uno, contrario a quemar ningún edificio, ya sea con bidones de gasoil o con textos en un octavilla, no tenga ánimo alguno en defendarla, en sentirse cómodo y libre y feliz dentro de un templo. Que incluso disfrute, con moderado placer, de la controversia en materia religiosa, de toda esa animada charla de taberna (ah las tabernas, qué templos ellos, que a nadie se le ocurra darles fuego) en la que se empieza hablando de lo que desayunaste y terminas enredado en la teología doméstica, la que cada uno abraza con más o menos entusiasmo. No hay nadie que no la tenga, nadie que no se deba involucrar en el diálogo entre los que creen y los que no, entre los que creen en unos dioses y los que creen en otros o incluso, ah retorcido Lynch, tú eres de esos, los que no creyendo en nada, también se enredan en el conflicto de hasta qué punto uno es más ateo que otro. Pero es una bendición del ejercicio sano de las palabras, procurando no caer en el menosprecio absoluto, en la descalificación completa, en ese arte que tenemos los humanos de entablar una contienda y no salir del campo de batalla hasta que el enemigo está reducido a cenizas. Ya digo, el fuego, el fuego eterno, que no nos deja. El humor es el que falta. Hay que ser muy inteligente para arremeter contra lo que no se comparte, aunque sea de forma leve, sin hacer sangre, y que el dolido, el afrentado, sepa sobrellevar el impacto, reconocer su legitimidad. Tengo amigos que saben aceptar estas puyas. Otros, bien al contrario, no las aceptan en absoluto, no saben encajar que se manejen sus creencias en tiras de humor, en chanzas de taberna. Yo me cuido de no entrar en casa a la que no me invitan, pero hay veces en que la indignación te pilla dentro, claro, y entonces, y entonces...







Lo que ves es lo que hay



Lo que ves es lo que hay, dice Woody Allen en una entrevista que publica hoy El País. Quizá no debiera ser así. Ojalá existiesen las hadas y hubiese hechizos que demoliesen a escombros la realidad incómoda, la de las guerras y la de las injusticias, toda esa realidad dolorosa con la que algunos se forran y otros se mueren. Ojalá uno pudiese rezar y comprobar, a poco de acabar el rezo, que lo que uno implora se hace verdad. Pero solo está lo que los sentidos nos ofrecen. Es todo demasiado científico, lleno de líneas cartesianas, comido de certezas inconmovibles. No siendo yo creyente, careciendo de la voluntad de buscar a un dios que me conforte, no debería entrar en estas inquietudes, pero hay días en los que debería haber un dios y un cielo y un paraíso para los que tienen fe y todo lo que dicen en las iglesias, a las que jamás entro si no es por el bautizo, la comunión, la boda o la muerte de alguien cercano. Días en los que solo pides que no todo termine como parece que va a terminar, pero al final te convences de que no hay otro modo de comprender el mundo. Lo que ves es lo que hay. No parece que haya más. Quizá es verdad que no haya más. Está muy viejo Woody Allen y ha vivido mucho como para saber a qué atenerse cuando le ponen en la diatriba de elegir entre Dios o la ausencia de Dios. Lleva toda la vida pensando qué responder o incluso qué responderse. En lo que a un servidor respecta, en lo que a mí me afecta, no hay día (o casi no hay día) en donde no tenga algún momento de zozobra metafísica. Y la disfruto como si fuese una golosina del espíritu. El mío está entristecido. Se viene abajo con frecuencia, se desarma con facilidad, se esconde si lo zarandean en demasía. Al final, Woody Allen parece que hace un cine teológico. Todo el humor que bracea por debajo solo es una distracción para colarnos la teología. A lo mejor toda la religión es una pieza de humor, un tipo de humor muy fino, muy elegante, muy intelectual. Dios es una broma, pero solo queremos reír, solo reír nos cura del daño de ir viviendo. Porque vivir duele. No hay cosa que duela más. 

Dice Woody Allen que la gente le considera un intelectual porque lleva gafas de pasta o porque habla de Dios o porque escribe películas en las que no hay violencia (no una violencia tangible) y en la que los personajes no paran de hablar. El problema es que no hablamos. De hablar más, el mundo sería un mejor mundo. Pero nos atascamos con las palabras, nos abrumamos cuando tenemos que manejar mucho y embutirlas todas en frases grandes que digan cosas grande. Nos viene grande la grandeza. Se está mejor en la mediocridad, en todo lo que no tiene aspiraciones de llegar más allá del sitio en donde está. Creo en Dios porque no tengo motivos para no creer, podríamos decir. Pero es más fácil no creer. La realidad es cuestionable, pero es mejor no cuestionarla, es mucho mejor no indagar en cómo funciona. Si un día paseo por Oviedo y veo a Woody Allen (dice que es la ciudad perfecta, la ciudad en la que se retiraría) creo que podría hablar con él de forma distendida, como si le conociera de toda la vida, y creo que lo conozco. Hay amigos a los que les tengo menos que decir que lo que le diría a Woody Allen en una tasca en Oviedo. Definitivamente me estoy convirtiendo, a día que pasa, cada vez más raro. Quienes me conocen de cerca lo tiene que estar notando.