30.11.14

Mañana, si llueve, no es lunes



A mi amigo Joselu, que escuchaba a Randy Newman esta mañana mientras, afuera, llovía


La lluvia hace que a uno se le sobrevenga un pudor que no se espera. No desea que el cristal se desempañe o que la luz lo invada todo y nada queda a salvo de las miradas. En ese gris amable, suelo pensar en los días de lluvia de mi infancia. Pienso en la impertinente lluvia de los sábados, la que malograba el fútbol en la Plaza de Zaragoza con los amigos, la que me recluía en casa, sin que tuviera el divertimento que siempre encontraba afuera. No hay vez que no llueva en que no me sienta reconfortado. No importa que camine las calles o que esté en casa. Días con lluvia se me graban mejor en la memoria que los soleados y limpios. La bruma impregna mejor los recuerdos. No sabría a qué obedece ese afecto mío. Siempre he dicho, mitad en broma, mitad en serio, que me nacieron andaluz, pero que yo soy norteño, tanto más al norte cuanto más lloviese o se encapotase el cielo. No estará de acuerdo conmigo mi amigo José Antonio. Él es el que ha hecho esta majestuosa fotografía. A él le impone que la monótona persistencia de la lluvia no dé aviso de cese y transcurran los días y nada en el cielo informe de la luz o del sol, precursor de alegrías. Creo que leo mejor cuando afuera está lloviendo. Digo que la lectura se me ofrece más abiertamente y yo, embelesado, me concentro con más facilidad, aprecio mejor lo que me cuenta, accedo con mayor hondura a lo que, en otras ocasiones, se me resiste, escondiéndose. Creo que escribo mejor cuando afuera está lloviendo. El hecho de que la lluvia arrecie los cristales me imbuye en un estado creativo al que no entro si el día está despejado. Eso contando con la ficción de que alguna lectura o escritura mía sean todo lo deseablemente buenas que yo quisiera. Creo que hasta soy mejor persona cuando llueve. En verano, en esos días de absoluto rigor en Córdoba, debo presentar mi yo más hosco, el menos lúdico. Respiro un poco cuando anochece. Detrás de la hermosura de los días de lluvia está la hermosura de las noches. Todas, a su modo, son extraordinarias. También leo, escribo, hablo y hasta entiendo mejor el mundo de noche, cuando el sol desaparece y la luna, la visible, la que no, ocupa el entero techo del cielo. He escrito muchas veces sobre el frío, sobre la bondad del frío, pero nunca me he entregado con verdadero ardor a ponderar la lujuria de la lluvia. La fotografía de José Antonio me ha dado el punto de motivación que me faltaba. Mañana, si llueve, no es lunes. 

29.11.14

Creo que hoy va a llover


Creo que Randy Newman es la estrella del rock más triste que conozco. Ninguna que, en las piezas deprimentes, sea más deprimente; ninguna que, en las que inspiran suicidios, ponga con más entusiasmo el dedo en el gatillo. Hay ocasiones en las que, sin embargo, Randy Newman te hace llorar de felicidad. Hablo de ese llanto puro al que no se le puede dar escondite dentro y que, al salir, nos hace humanos, nos rebaja a la condición más sensible de nuestra naturaleza. Hoy, yendo hacia el colegio, escuchando en mis cascos una de esas piezas me he descubierto vulnerable, me he sentido frágil, he aceptado que cualquiera pequeña cosa que sucediera a mi paso podría hacerme llorar sin consuelo, pero sería (ya digo) un llanto bueno, de los que te reconcilian contigo mismo o con el mundo o con el cielo azul allá arriba. Lo de las canciones tristes sirve para que uno venza el decaimiento y alce el paso y distraiga su mal con el ajeno. Algo así a lo que pasa en las telenovelas y en los tochos decimonónicos. A mí en particular Randy Newman me inspira, me fortalece, me alienta incluso a que no caiga en la tristeza o que no me deje tentar por ella. Una vez tentado, el resto de la travesía es previsible. Randy, el triste de guardia de hoy, me ha llevado en volandas por las calles de lluvia. El resto del día ha ido muy bien. De vez en cuando, sin darme cuenta, me he sorprendido tarareando la canción. Yo tarareo sin que se note, como cohibido, cuidando en extremo de que nadie me descubra en ese desliz. No vayan a pensar que estoy alegre. Eso no tiene cartel.


25.11.14

El otro, el mismo

A Ana Riz, que me regaló el argumento mientras tomábamos un café 


En ocasiones uno piensa que hay gente a la que no cabe imaginar fuera de donde uno suele verlos; gente que, movida de su ambiente, no es posible ni siquiera reconocer. Como si fuesen otros y no mantuviesen con su otro yo, el estable, el personaje del otro escenario, relación alguna. Los ves en su puesto de trabajo o en el bar o en una esquina de un parque, entregados a sus asuntos mientras está uno en lo suyos, ajeno a esas frivolidades, pero en cuanto se cae en ellas, si percibimos la trama oculta, el argumento peregrino, ya no hay manera de soltarlo y se entra en una especie de delirio metafísico. Quizá no sean los mismos. Comparten el rostro, los gestos y hasta la manera de hablar o de no hacerlo, pero son otros y somos nosotros los confundidos, los que elucubran más de lo conveniente. También los demás verán en mí un personaje de un escenario, uno al que no es posible extraerlo sin que algo se acabe rompiendo. No es únicamente que les vea en donde desempeñan su oficio (M. en su barra del bar, J. en su farmacia o M.L. en la panadería) o en donde ocupan el ocio (J.A. en las cosas de la cultura del pueblo;  J.M, en la plaza principal, saludando sin descanso, viendo y siendo visto; L. en la esquina de mi calle, con sus mallas, corriendo sin que yo aprecie que le haga falta). No, no es solo una persona y un paisaje: es mi condición narrativa la que se pone en funcionamiento en cuanto atisbo una pequeña brizna de relato, la posibilidad de que exista una historia a la que yo pueda acercarme. Somos las historias que nos cuentan. No somos átomos, ni cadenas de complicadas tramas de ADN. Somos lo que vamos escuchando y, sobre todo, somos lo que no sabemos, somos todo lo que anda ahí afuera, a la espera de que se produzca la circunstancia maravillosa del hallazgo. Que mi charcutero D., al que solo he visto detrás de su congelador, sacando piezas de mortadela y de queso añejo, cortando jamón de york extra y dispensando sonrisas a los clientes, esté en un concierto de música sacra, en un paseo marítimo de agosto o en la cola de una ventanilla de Hacienda me parece un acontecimiento literario de primer orden. Mi cabeza empieza a germinar conjeturas. La más hermosa es la que me permite inventarle una vida. No hay cosa más atractiva en este mundo que inventarles vidas a los demás. Especular con la posibilidad de que no sean quienes realmente dicen ser o que, si se les mira muy de cerca, si nos aproximamos e intimamos lo suficiente, sean incluso mejores de lo que aparentan. Somos extraños. Yo lo soy de un modo que me encanta. Ojalá que alguien solo me vea como el maestro que entra a las nueva al colegio y sale a las dos. Que no haya nadie que me perciba como un amante del jazz o de las barras de los bares o de las bibliotecas o de los días de lluvia o del cine negro de la RKO. En cuanto me vean, en esa situación extraordinaria, debo parecerles un ser extraordinario. Ellos, a mí, me lo parecen. 

24.11.14

perpetuum mobile

me preguntaron si había previsto la luz,  me preguntaron si estaba la lluvia, el olor de la lluvia, el paisaje después de que llueva, el tiempo que tarda la luz en rodear por entero una palabra y gobernar su tránsito por los días, me preguntaron si en la creación de la sombra había procurado esconder un milagro sin aristas, una ventana desde donde los cuerpos son únicamente fuego y tienen ira en los ojos y una lanza oxidada en el costado, escribí el libro infinito de la lujuria, el libro de las grandes palabras, el libro infinito para que lo lean hasta que el tiempo acabe, devoré un pubis ecuménico, un alarde  de asteroides, un país verosímil
aspiré el aire nuestro sin abril y floté espléndido, en ese desorden multiplicado amé la blonda sublime del cuerpo profundo, amé el origen de las cosas, amé las mareas sobre las que un dios inventa naufragios, oscuramente amé también aquí la sed, el depósito antiguo de las palabras, el verbo al que alegremente le extirpamos la flor y el vuelo y queda en fuego manso, en la liberada costra que un día fue cáliz, el ángel dio un aviso, la luz se astilla, la sombra proyecta pájaros, todas las almas acuden, se instala la suprema evidencia de que algo verdaderamente importante va a suceder y vamos a contemplarlo, tengo desde anoche una fe absoluta en mis extremidades, tengo las certezas que nunca tuve, viene Dios, esta tarde todavía fogoso, y me busca un extravío de tristeza, hay tramas de muerte en la herida recién abierta o vamos a llenar todo de amor, manso amor, la cópula perfecta entre el alma y la tierra, la cópula alada, la gran cópula de los músculos muertos, el cielo mismo a caballo de mis palabras, los vivos mirando la boca de la muertos, buscando la sílaba exacta tras la que la divinidad esconde su trampa antiquísima, y otra vez se enciende la memoria, trae ayer desparramado, eco, mansiones para el júbilo, creo en las horas frágiles del día, en el camino humano donde la nieve cede al peso invisible de la mirada, creo en la gracia y rectamente procedo a notificar bajo notario su existencia, los poetas están en guardia, alerta la palabra
el tiempo de los poetas ha llegado, hasta muy tarde anoche en las alas del texto, labor de amor, el río asciende la noche, se me oculta la luz, todo es tangible, vagamente íntimo, en la sombra el gesto de ir a vivir sin que nada nos aturda, vivir así el regalo efímero de entendernos, el vuelo manso del verbo sin contaminar, el verbo autista, el verbo considerado el principio motor de la carne, luego vienen los profetas, los salmos, el monocorde ripio de las almas que buscan un lugar arriba en el cielo perfecto de la salvación, luego vienen los dueños de las horas, saquean lo que ven, nada queda libre, sólo hay muerte, iglesias vaciadas, la dulzura del credo convertida en óxido, apocalipsis, el sueño de los perversos, todo lo que no se dice acaba por mordernos, tengo una fe absoluta en mis extremidades, en el miedo que me conquista el pecho y hace que mi corazón se desboque, se astille, se incendie, mirad el corazón astillado, el músculo convertido en objeto vintage, el vértigo hecho fiebre y luego la fiebre volada al aire antiguo de los ojos que lo miran todo y a todo le extraen luz y en todo encuentran sombra, los ojos con vocación de bisturí, los ojos del artista que son los ojos del mundo, los ojos izados como un veneno cósmico, he aprendido a nombrar la dicha en las palabras, esta caligrafía de bruma sin brahms, ni mordisco, se hace polvo de estrellas, se hace escritura, boca, vagina, túnel, se hace fábula, un pequeño incendio bebop, que vence la oscura la rancia, la quemada historia de las palabras y asciende la tarde, hasta pesar como un adjetivo, sin romper todavía, miro hacia adentro , en la propiedad más oculta del tiempo, soy casi ahora y me queda toda la vida para desabotonarme del todo y tumbar mi cuerpo en la cosecha infame de las horas, todas matan, la última hora debe ser la hora de la poesía, morir debe ser entregar un último verso, en ti todos los versos se parecen a un único gran verso con sordina, el verso abierto con el que el universo celebra su festín de secretos, el lunes a zancadas me preña el tedio me dicta una voz en la que cuento mis miedos, un pequeño incendio bebop acecha en las avenidas, una síncopa con colmo, un terrible solo de arpa en el fondo exacto del alma, sí, sí,
está la tarde cannonball adderley fugado en un bis, estamos en un vértigo de niebla, lluvia, que invade un sueño, escribo porque pronto olvidaré lo que digo, milton en alphaville, sí, sí, 
el poeta todavía esnifa adjetivos, hilos de ternura a ras de sístole toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura largos cabellos, el sótano está encendido, suena bossa nova filtrada, imagino la madre misma del poeta, cincuenta años largos enferma de tedio, no sabe leer,  no puede leer los prodigios de las letras, la causa la desconocemos, el tiempo es un jesucristo con sordina, el tiempo es un jesucristo muy dixieland, necesito un demiurgo, un crack en mística, un hombre con una corbata beige con una corbata gris, todas las corbatas estropean la alegría, lo hemos visto juntos oh mi amor, 
la delicia de mirar amanecer juntos, la fria inerte dulce sucumbida clave de amor, en el parapeto de la cultura, hemos oído la misma canción las veces suficientes, la primera vez en parís, la segunda en las favelas, era diciembre calculado, nos queríamos de forma sencilla
comprábamos periódicos, leíamos en las terrazas, al sol tomábamos café, el chico del café era sordomudo, el hombre lee en donde puede, he visto gente leer en el metro versos del corán, haikus, prosa cabreada del tiempo, dow jones, big fun, hemos liquidado el miedo, lo hemos escondido en un endecasílabo, la mampara es el jazz, nos escondemos detrás, mujer, 
tu cuerpo es un desagüe en donde me voy, arranca el tour de amor, la ipé de mi corazón es volandera, la ipé de mi corazón la saco a pasear, tiene el paseo luna, y el perrito de chéjov nos mira en un relato tradicional ruso, todo lo ruso es agradable al oído, el idioma es de una sonancia que no te revienta el pecho, no me leas a nietzsche en vernáculo, no me digas que miras el abismo y el abismo te mira a ti, porque no tengo tiempo, esta noche el exiliado el extravagante, el asunto principal la historia de la vida, el leiv motiv los fab four en la pared, baudelaire en la pared, la chica asiática muy preñada con pezones como dedales de costurera tuerta, me gusta el junk mail porque leo ahí la novela de la existencia, no tengo un tren de vida de algodón sin delincuentes, la ciudad era nocturno, pubs, pizza a las cinco de la mañana, resaca margarita, hombre, no tengas cuidado, me dejas en la puerta que yo subo solo, me pongo un charlie parker, me pongo un stan getz, amor con la posibilidad de arrumbarlo después en un epílogo decimonónico, esta noche europa, paris, londres, madrid, el personaje perfecto en la ciudad ideal, pegamos tropezones hasta navidad, en la tesis más fiable la república de las palabras no representa un peligro salvo que seas un subversivo, un tipo de esos de la derecha gris, no me vengas con panfletos, me dan migraña los panfletos, se quita solo el temor a que la cultura nos termine induciendo al suicidio, tío sam está ahí afuera, me duele el alma, la bestia políglota, avanza por las calles, recorre avenidas, no tengas miedo, me has entendido, no vayas a demostrar que el miedo te ha cogido bien, el miedo es una aventura lírica, la soledad es un agujero enorme, la pereza es un concierto de keith jarrett en osaka visto esta noche, samsung cuarenta pulgadas, europa acoge un puñado exquisito de poetas del jazz, no crean, no viene bill evans,el genio se quedó en sus toxinas, el timonel escora dulcemente, la memoria, tengo ancho un párpado, me adormece la tarde, olvídate de la derrota, la grúa pasta tu voz, extrae la palabra, el oído glauco, estreremecido punto en el que la voz suministra su inventario de cautelas, importa el alma, comparo mi dicho con un eco, me miento,  me invento, un mundo 
se ofrecen dioses para tutelar mi ingreso en un cielo cinemascope, en vísperas el lance nunca sucede, el pensamiento dilata el trance, el cuerpo de la cortesana livia dulce, acaba de cumplir cincuenta, ya no acuden amantes, indagas, averiguas que el amor subsiste todo coronado, agua herrumbrada en todo caso, polen, eco, rizo del bello pubis, ya en declive como en una película de gloria swanson, fuera morir entonces, hermoso únicamente hermoso, es sólo es plumaje, el pájaro toma altura, perdura esto, el pájaro perdura, el desencanto trenzado, el menos doloroso, si anidan pájaros, en el pecho dulce, quebranto, tus dedos, naves, mi amor, te amo, qué hermoso es ver desfilar la tropa, arengan en una tribuna 
los viejos caciques, las estrellas al aire, el júbilo, la patria, los dioses propicios, la cosecha de muertos con la voz cedida, con la voz hundida, con la voz destrozada, por el peso del verbo cainita, el verbo púgil, el verbo ampuloso en donde existe un paraíso, lo mismo que kavafis cabafis kavaphis cavaphis, pide que el camino sea largo,  alguien jadea un pétalo, junio esconde savia , trinos que confunden, alta advocación del santo loor, compartir la gloria, el dulcísimo sonido donado en la noche, cómplice en esencia, el astronauta aunque zurdo evita el trato, no está hecho para eso, es de otras miras, concretas volúmenes, que modulan el silencio, zubin, el peso de la orquesta flaquea, así hablo zaratustra, así hubo un afán y después del afán hubo una panorámica del afán, el galán, el tiroteo, esto es cine, los arquetipos estipulan conductas, una literatura,  escribo porque tengo los dedos limpios, sí, ah sí, los dedos limpios, el alma limpia, no tengo brizna alguna del barro con el que se me hizo, está el hombre frente a su espejo, colocando las piezas, midiendo las piezas, solo, solo,
verosímil orquesta, radio skanton, la pluma, el tiempo es un sinfín de silbos próximos, oh nido, contribuye el músculo a adecentar el alma, la mano del azote divino, el onanismo convertido en arte como quería de quincey con el asesinato, como premisa válida, como baluarte, como paja bíblica, se desvanece el barco en la distancia, se pierde pues en la distancia, todo se deja manejar mejor por la fábula, en fuga, todos los niños de londres aman a peter pan, todos los niños de londres aman a peter pan el formidable, en balde se diga moneda, salud, amor, te escribo precipitadamente este galope enfurecido, este galope sucede como lluvia, este galope finalmente desemboca en poema, en viena urdida por los nazis, unas frases que arden, un viento que asiste al actor en su papel principal, súbitamente héroe, ardor más bien, el material disperso es la memoria, el hilo, el punctum, el verso armónico despojado de retórica, en la geometría participan los amateurs en la memoria, flipa un payaso, el rito sin usura, por favor,  sedúceme esta noche, si puedes, ven, sedúceme, esta noche,  esta noche calma sobre todo, esta soledad de amantes, no vengas con los libros de kafka bajo el brazo, dan migraña, ya lo escribí, con tal de perderme por todos mis sentidos, la voz se astilla, la verdad es que muero por mis poros abiertos, rechaza la batalla, el fondo sin astros, el cuerdo contra el boxeador sonado, el verso final, todo así la decadencia latina del amante apresado en el rockefeller center,  mientras afuera la banda toca gypsy woman varias veces, black magic woman varias veces, stairway to the stars varias veces, summertime varias veces, en la tempestad brinca dios, muda el inverno su vocación de pestillo, eso es lo que ocurre, la voz se astilla, funda el amor trozos de amor repartidos por los trozos antiguos como salmo, se invoca, se venera, se salva el que reza, el apestado es el ateo, el descreído, ay me he perdido en los mítines del alma, en contra de sí misma, tiendes la mano, la mano buena, la mala de la mano mala, es que tiene vicios de mano libre y entonces escribe a su antojo, obituario escena manzana perdida en el cesto de una vírgen de teruel, recién traída a casa por un lejano primo entendido en macroeconomía,
el mercado, la crisis, el topo, el animal oscuro, el animal oculto, el bestiario de intenciones que no acaban de imponer un orden, el caos es el orden que se cansó de repetir un verso, en bourbon street contra la voluntad de un elegido algún precio ha de pagarse,  aunque sea por vivir tan a lo precario toda esta iluminación, este irse en cada gesto, en cada sílaba desde el musgo hasta la rosa la de milton, vibrar en el sueño,  morir, hay que ir muriendo el beso último, el astro numen, la nave como un rito se zafa del oleaje. nadie oye la proa cascada, el alma rota, dios sin aviso, sólo el timonel siente un ardor, un peso,  el naufragio inminente soledad entonces tan lírica, república de lobos, amparo de verbos, añicos de jaula, toda la impresión fiable del tiempo a dentelladas abriendo el pecho, los sonetos a la vista, todos los sonetos escritos durante los inviernos, con auster, con  austen, con dick tracy, no tengo confianza en que la literatura, incluso la más alta, me salve, estoy condenado, estamos condenados, con lo único con lo que contamos es con nosotros mismos, no hay paraíso, edén
escalera al cielo, huella de los siglos, me pierdo todas las cosas importantes, me quema esta rutina de cosas irrelevantes, el paseo con los invisibles, con todos los invisibles que me saludan y me cuentan la historia rosa y la historia gris, todas las historias posibles, oigo, razono, compendio, me esmero en no depender de las historias de los otros, me afino en contarme las mías, las comprimo, las mimo, las fuerzo a que me expliquen el cosmos, dios en las alturas, el dios en la sílaba, el dios plenipotenciario en mi disco duro, stan getz en bossa nova, tengo a stan getz en cascada, me revientan cien endecasílabos en el pecho, me cierro y me abro, tengo la impresión de que no he dicho nada enteramente todavía, escribo porque el aire es una palabra, escribo dios charlie parker, john coltrane en alphaville, no sé a qué atenerme con estas imprecisiones, si desbarro o me desbarran, si el corazón entero es cosecha, si me pierden las dudas y no avanzo y todo es oscuro, en la luz todo se adensa, oigo el frío hacia adentro a nado ganando la herrumbre, frío que gasta palabras, las sílabas del frío vulgar como la muerte cuando ocupa la entera extensión de la luz que la batalla, oigo el frío majestuoso en secreto contando los días, el frío virginal que trae una lluvia invisible, un rumor oculto de heridas, el veneno primero con el que la vida nos enseña su saña ampulosa y cabrona, frío leyendo hace años a Dickens, en verdad os digo, oh mis hermanos, que nada hay que haga sentir más frío que ser un niño de dickens en una edición barata de bolsillo, todo lo que uno lee es dickens, todo está ahí, íntegro, en el mejor de los tiempos, en el peor de los tiempos, en ese bucle de las cosas, que no se advierte, que no deja una huella y, sin embargo, perdura, no se desvanece jamás, está al alcance siempre, como un salmo, como un dios caprichoso y rudimentario que bosquejara el mundo y lo bosquejara otra vez y viese que está bien la obra, pero se diese un día, dos días, seis días, hasta que de pronto comprendo que ya no es posible más, entonces es cuando se produce el chasquido, todo lo demás no importa, no importa el vértigo, el frío, el abismo, las palabras se escriben solas, cruzan solas el páramo, escribe uno con las palabras que no le pertenecen, como si otro escribiera, es un texto de otro, no me pertenece, leo algo que no es mío, no pertenece a nadie el texto, es un paisaje el texto, los paisajes no tienen quien los posea, dios en la altura bendice los paisajes, pero las palabras están en un rango más alto que los dioses, antes del big bang hubo palabras, el universo es un verso que se fue expandiendo, el big bang es un poema, cierro el editor, me visto, me voy a trabajar

22.11.14

Fragmentos

I
Pasan tantas cosas a la vez y algunas son de tanta trascendencia que uno no sabe en qué esmerarse, a qué trama de lo real aplicarse con más ahínco. Se levanta uno pensando en la Pantoja en la trena o en el ébola en los aviones o en Pablo Iglesias bolivarizando los pasillos de la universidad. Todas estas distracciones conmueven mucho o no lo hacen en modo alguno, pero hacen que la maquinaria siga haciendo ruido y haya público y la obra continúe en cartel. Mientras que algunos buscan el significado primero de las cosas, otros se empecinan en buscar el último. Está el mundo dividido entre adoradores del big bang y fanáticos del apocalipsis. 

II
En Alemania, en uno de esos sótanos inverosímiles, forrados de máquinas inverosímiles, un grupo de científicos dieron con una tecla inverosímil, como suele contar mi amigo K., metafísico como pocos, un latido del corazón del tiempo. Lo que estos poetas cuánticos han conseguido es capturar el fragmento más pequeño de tiempo conocido hasta ahora: han registrado un intervalo temporal de doce attosegundos. Sí, yo también vivo en la ignorancia y la ampulosa biblioteca de la red me informa de que un attosegundo es una trillonésima parte de un segundo. Lo que mi ignorancia no puede resolver consultando esa base de datos asombrosa es la relevancia de ese acto. Lerdo en ciencia, incapaz de comprender el sentido racional de las cosas, me siento infinitamente desvalido a la hora de procesar esa información que la prensa no duda en catalogar como heroica, por lo menos.  No entra en mis alcances (que en algunos asuntos llegan lejos y en otros, ay, son escandalosamente torpes) entender qué suceso de la naturaleza dura un attosegundo. Algo tan sumamente minúsculo me apabulla, me aturde, me deja enredado en una tempestad de dudas. Esa evidencia infinitesimal de eternidad me desarma, me aísla del quebranto estadístico del paro, me seduce como únicamente seducen (a veces) versos extraídos de un soneto o adjetivos colocados con rara perfección detrás de un sustantivo hermoso como una gota de agua en un pétalo que sueña un ángel. Ante lo pequeño, a veces se tiene la incertidumbre que se dispensa a lo grande. El cosmos está ahí afuera, incesante, inescrutable, inabarcable, pero el cosmos está de igual manera ahí adentro, incesante, inescrutable e inabarcable también. 

III
Dicen quienes saben que ese descubrimiento podrá ilustrar ciertos intercambios moleculares, no sé, cosas así. Yo, en esa involuntaria dureza mía hacia la ciencia, oigo en esta noticia lo que mis vicios literarios me hacen oír: oigo que el tiempo es la medida absoluta de todo lo demás; oigo que somos tiempo, somos los días persiguiéndose, franjas ridículas (por invisibles) de tiempo convertido en brizna, en lo inaprensible de pronto atrapado, y entonces, pensando en todo esto, haciendo filosofía de mesa camilla, conversando conmigo mismo sobre la eternidad y sobre sus arcanos, desoigo la música de las noticias , desaconsejo a mi alma que se ofusque por la barbarie de los políticos, que nos administran sin empeño, empecinados solo en hacer caja con el cargo, y pienso en Julio Verne. No sé por qué de pronto Julio Verne se ha instalado en mi cabeza, pero ahí está, con su barba decimonónica, con su gesto un poco adusto, con sus libros maravillosos bajo el brazo. Releí Viaje al centro de la tierra hace unos cuantos veranos y me entusiasmó como cuando lo hice por primera vez. No sé si es que todavía soy el niño asombrable, ojalá lo sea, o es que la prosa de Verne no decae a pesar del glorioso y mísero, según se mire, paso del tiempo. 

IV
Hoy Muñoz M0lina cuenta que en España tenemos cierto pudor a contar lo propio, que la escritura pocas veces se articula en torno a la idea que uno tiene de sí mismo, aireándola, como si contándola, extrayendo de aquí y de allá lo reseñable, lo turbio, lo intrascendente o lo relevante, se acabara por entender. No se trataría, razono yo, de que se hable de la primera persona del verbo, sino de instalar en esa persona una cierta distancia y mirarnos sin el incomodo de saber que estamos debajo. Convertidos así en personaje, ir hacia adelante, contar, desbaratar toda posibilidad de objetividad y caer bien o molestar, ya se sabe. 


20.11.14

Ángeles de amarillo / En el Día Internacional del Niño



Foto: Rooselvet Castro

En pocas horas acaba el Día Internacional del Niño. No sabe uno nunca qué es eso de que un día sea internacional de algo. Nos la cuelan con tantas efemérides estúpidas que en ocasiones dejamos pasar las relevantes y no fijamos nuestra atención en lo que evidencian, en la manifestación de la realidad que pretenden difundir. Por eso no razonamos qué se nos pide cuando en el calendario dice que hoy es el día que es. Yo sé de niños lo suficiente, pero hay días en que tanto saber duele. Solo hay que acercarse a ellos y escucharlos y comprender que la infancia es un don, un don al que se le extirpa la virtud y al que se arroja a los perros, para que lo devoren. No se les respeta. El hecho de que se les encomienden labores de adultos hace que se les ningunee. No debería haber un día de éstos, ya digo. Que lo haya induce a pensar que en los otros, en los invisibles, se vulnera lo que hoy es un mandamiento, una especie de ley moral sin la que la sociedad estaría corrompida y no tendría salvación posible. Pero la sociedad está corrompida y no tiene salvación posible. Los adultos sabemos que el bien no tiene ni de lejos el predicamento narrativo que el mal. Es el mal el que abre los caminos y hace que los mercados, ah los terribles mercados, hagan caja. Los niños son lo contrario de los mercados. Los niños son la pureza, son la dulzura, la bendita evidencia de que el mundo es armónico y de que podemos confiar en que la belleza lo ocupe todo. Los mercados, ah los mercados cabrones, son la locura, son la mentira, son la constatación brutal de que el mundo está mal hecho y de que el amor no existe: lo retiraron de la trama, lo convencieron para que no molestase y se recogiese en un lugar confortable. Ahí debe andar. A veces se le ve. Hay días en que está a mano, quién lo duda. Días de darse uno abrazos con los amigos y apretarlos con fuerza. Días de respirar hondo y notar que el aire lo llena todo y los ojos, sin darnos cuenta, se entornan y un irresistible candor sube por el pecho y se cobija en un gesto, en uno de los que lleva el ángel amarillo de la fotografía.

Mentira, ya lo sabemos. Buenas palabras, propósitos encomiables, pero huecos, de poco asiento en la realidad, que va a lo suyo y arrambla con fiereza, con saña en más veces de la que podemos soportar. Mi oficio, maestro de escuela, me hace ser un niño también, uno gordo y despistado, agradecido por estar rodeado de ángeles. Yo, un descreído, bendecido por la intimidad de la infancia. Los veo a todas horas. Niños puros, niños limpios. Y los que no son puros, los que no se ajustan al ideal de limpieza que cada uno decide en su cabeza, son puros y son limpios a su manera. Si no lo son es porque en casa, en las calles, en el diario trasegar con la vida dura de sus mayores, se les ponen continuamente obstáculos, se les apremia a que crezcan e ingresen en el mercado laboral, en la jungla, en el caos, en el vértigo, en la fiebre, en el roto mundo que les estamos dejando como infame herencia. En manos como las mías, en manos parecidas a éstas que ahora teclean, mientras afuera la noche es oscura y me siento protegido en casa, está que no se malogre el futuro de los niños. Manos precursoras. Manos que ofician el trabajo de guiarles al mañana. No sabemos qué les aguarda. No hay certidumbres sobre eso ni para nosotros, los adultos, los experimentados adultos. Y pienso ahora en lo que un amigo me dijo no hace mucho cuando un niño le trató con afecto y con respeto, con infinita dulzura y con envidiable alegría. El mundo es de ellos. No es nuestro, qué va a serlo.

Los maestros tenemos un maravilloso encargo. Se nos ha encomendado una especie de crianza estética, intelectual y hasta espiritual de quienes escribirán el futuro. Es ya terrible el presente como para que nos incomode la incertidumbre del futuro, pero no hay mayor peligro que desoír la Historia y es la Historia la que nos enseña que la cultura hace buenas o malas sociedades. No tengo duda alguna de que la cultura está en las escuelas, en las escuelas públicas, en los pasillos llenos de carteles, en los patios festivos de los recreos, en las aulas, en la rendición diaria de las reglas de la vida, volcadas con infinito afecto en los niños, que nos miran a los maestros y nos hacen las grandes preguntas. No siempre se tienen a mano las grandes respuestas. Lo normal es que tengamos respuestas pequeñitas, de andar por casa, de ir explicando el mundo con la intervención de la magia, con la colaboración del cariño, con la eficiencia de la profesionalidad, por supuesto. No solo de afectos vive la escuela, pero ay si faltan, si al niño se le escatima esa ración diaria de prodigios, pequeños milagros, cosas que los ángeles amarillos se toman en serio y les sirven para crecer y estar preparados para enseñar a otros.



En llamas, se lee mejor / After Dark




De Murakami lo que no me gusta es la tristeza. En After Dark, la primera novela suya que leí, la hay en demasía. Una tristeza sin objetivo, que se va confesando más triste todavía según la trama avanza, hasta que al final la narración se cierra y las calles de la ciudad japonesa en la que transcurre se vacían y no hay músicos de jazz que vayan de un tugurio a otro o poetas malditos que encuentran en la noche un útero fabuloso, un país puro, un corazón al que no se le ha practicado ninguna incisión lesiva. Por lo demás, Murakami se recrea en la soledad, en la bondad de la soledad para quien no tiene otra cosa o no sabría manejarse entre los demás, realizando tareas triviales como ir a la compra o visitar a los padres y contarles cómo ha ido la semana. Lo de leer en los cafés me ha fascinado siempre, pero yo no sería un buen personaje de Murakami. Creo tener a favor el amor al jazz y cierta inclinación a paladear la buena soledad, la que no permanece cuando no se la desea. Hay cosas que, al leer, no se aceptan o se aceptan mal y la lectura flaquea y acaba perdiéndose. He leído lo suficiente de Murakami (After dark, Tokyo blues, Kafka en la orilla) para saber que es un escritor apreciable, al que una vez puse en solfa en una conversación entre buenos lectores solo por ver cómo lo defendían. Ellos, al cabo, decían haberlo leído todo y esperar con ansia un volumen nuevo. No hubo entusiasmo en los elogios, no se emplearon en rebatir mi desafecto por sus novelas. Solo hubo uno, M., que se empleó con más ardor. Es el ardor el que mueve el mundo. Quizá no sea el amor, sino el ardor. Murakami, si uno está de verdad ardiendo, es una lectura fantástica. En llamas, se lee mejor. La noche, iluminada por el fuego, ofrece sombras que rivalizan con las que procura el mismo sol. Parecen las novelas de Murakami, le dije a M., conversaciones interesantes, tramas que se adentran en otras tramas, ilusiones que convergen en otras ilusiones, en fin, episodios de una historia mayor a la que nunca damos alcance. Además no creo que escriba bien. Es muy personal eso de que una escritura no nos parezca que esté a la altura. Es entrar en un territorio demasiado íntimo. La escritura es como la piel de una persona que no es la nuestra. No me gusta tu piel, no me gusta tu cara, no me gusta tu voz. No es posible que uno se rebaje a sentenciar de un modo tan absoluto y que luego pretender que alguien se fije en nuestra piel, en nuestra cara o en nuestra voz y sentencie a su vez que le atrae o que encuentra algo relevante y a lo que dedicarle algún tipo de halago. Detrás de las palabras que no halagan están, al menos las hay, las que suscitan, a quien se deje, el halago ajeno. 

18.11.14

Brilla como un diamante loco



No sabes lo que tienes hasta que se va. Solo es nuestro lo que perdimos. Es la memoria la que nos mantiene firmes. Ayer noche K. me confesaba su malestar por The endless river, el último disco de Pink Floyd. Un cosa infame montada a base de descartes, me dijo. A Joaquín Ferrer le parece (creo) una pieza salvable. Solo por estar firmada por Pink Floyd. Quizá haya que ser indulgentes y no ahondar mucho en la herida. Porque han revivido al muerto y no lo han echado a andar con un aspecto agradable. Un disco zombi, Emilio. Está por ahí, mostrando el aspecto que no debería mostrarse nunca. Pero tenemos en la cabeza Dark side of the moon, le digo. Está Wish you were here. Yo todavía me sé The wall de memoria. Soy capaz de repetir cada línea del libreto. La idea es que la banda que nos fascinó ya no existe y de que éstos ahora aquí presentados no son, en modo alguno lo son, aquéllos a quienes amamos. Las personas somos como un poco así. Como discos malos de Pink Floyd. No sé si tendremos una parte fascinante y otra, conforme los años nos van cobrando los peajes, otra menos presentable. No saber tampoco en qué etapa está uno ahora. Si en la desechable o en una todavía linda, de terraza de verano con los amigos y charla animada sobre los viajes que hacemos en la juventud. Yo recuerdo uno en el que no paraba de sonar Animals. Estaba en una cinta TDK (amo esas tres letras míticas) que mi amiga M. ponía en su flamante stereo del Alfa Romeo. Tampoco la veo ahora. Se van perdiendo las cosas. Van ocupando el sitio en que deciden estar y de ahí no salen. O salen zombis, afectadas por el tiempo o por la desgana o por la suma involuntaria de una serie de catastróficas penalidades. The endless river es una cosa inservible, si has amado Pink Floyd. Para los nuevos en el asunto, nada remarcable. Sonidos que fluyen sin mucho brío. Sonidos cansados, pensé anoche, mientras lo escuchaba por segunda vez. Creo que no lo voy a escuchar de nuevo. En televisión cuentan el regreso de la banda de Waters y Gilmour, que son quienes siempre la comandaron, como un evento. No hay tal. Todo se acabó hace tiempo. El esplendor no fue convocado. La belleza, que la hubo, está en otro lugar. Solo hay negocio. Que nunca dejó de haberlo, cierto, pero ahora la máquina de hacer dinero no emociona, no transmite la belleza de antes. Leo que ya hay países donde The endless river es número uno. Uno busca en el material nuevo la posibilidad de que algo reproduzca el asombro del pasado, pero está solo, solo en una soledad cósmica, en una soledad en la que suena Así habló Zaratustra y un vals de Strauss brilla como un diamante loco. Ahora son tiempos de chill out, musiquita para amenizar espacios minimalistas en altavoces high-end mientras apuras un gin tonic en vaso de boca ancha. El epílogo de una de las bandas más influyentes del siglo XX no puede ser más penoso. Quien lo desee puede volver a las páginas más memorables, las de los setenta, cuando se hacían las grandes preguntas y hacían discos intensos, discos como catedrales a las que entrar y en las que sentir, entre la zozobra y la perplejidad, el impulso de los astros. 

17.11.14

El azul nunca está entre las palabras

A poco que lo pienso, si le concedo la atención que nunca le presto, caigo en la cuenta de que no hay oficio más sano que el de no hacer nada. No creo ni que sea fácil eso de no hacer nada. Siempre hay algo que te interrumpe ese solaz privado y malogra el éxito de la empresa. Una vez estuve a punto de estar una mañana entera sin que me ocupara ninguna actividad, pero se deshizo todo ese encanto cuando un buen amigo llamó para ver si quedábamos de noche en el bar de siempre. Si no es el amigo, incluso los buenos se entrometen a veces, es la madre, interesada en saber si finalmente comemos todos en casa el sábado. Tampoco está uno a salvo en su propio hogar. Desearía, en esas ocasiones, recluirse, instalarse en una pieza apartada, cerrar la puerta, acomodarse en un butacón confortable y escuchar una sinfonía de Brahms o leer unos cuentos de Carver. A mi amigo K. no le cuadra que yo invite a Brahms y a Carver a mi retiro. Cree que no tienen más derecho que el buen amigo o que la madre a inmiscuirse en mis devaneos con la nada. Es difícil de entender la nada. Estoy por pensar que no es posible entenderla en absoluto. Una idea de nada redonda y perfecta consistiría en no permitir que nada del exterior te afecte. Ahí creo que entro cuando estoy en el limbo dulce que precede al sueño, en ese estado de perfección en donde no se está dormido ni despierto. No se puede considerar que la vigilia fomente el cultivo de este vicio al que acabo de consagrarme y el sueño, el ingobernable sueño, no es en modo alguno un territorio que nos pertenezca: vamos a ciegas por él, lo paseamos a tientas, caemos sin saber que estamos cayendo. Ni siquiera el gozo, toda esa alegría incontenible con la que a veces los cruzamos, hacen que los sueños nos pertenezcan. Nunca son nuestros, nunca perduran. En la deriva de lo soñado, no se aprecia rastro de lo que somos. En todo caso, acepto a estudiosos del asunto, se perciben indicios de que anduvimos por ahí, es cierto, de que algo nuestro quedó en el camino y o incluso de que una breve señal manifiesta nuestra presencia, yo qué sé, un canción que nos gustaba antaño, un verso de un poema con el que nos emocionamos o la visión pura de un paisaje en donde nos sentimos parte del mundo o ese mundo parte propiamente nuestra. Insisto en que no hacer nada es una empresa de una dificultad asombrosa. Como no practico yoga o disciplina oriental que se le parezca, carezco de los instrumentos que limpian mi mente y me dejan en blanco. No he estado nunca en blanco. Juro que lo he intentado, pero siempre está Brahms o está Carver al acecho, los muy cabrones. No hay día en que no desee perderme a mi manera, una de esas pérdidas irrelevantes, a las que no se les da importancia  porque tienen camino de regreso. A poco que lo pienso, si le concedo la atención que casi nunca le presto, caigo en la cuenta de que no hay oficio más sano que el de pensar en cómo ocupar el tiempo para que parezca que somos sus dueños, pero es el tiempo el que nos gobierna a nosotros, el que nos mueve. Tengo, en fin, la virtud de no llegar a comprenderme del todo y de disfrutar con la idea de que cada vez estoy más cerca de hacerlo. La memoria tiene su niebla. Al final nos queda la niebla, la sensación de que todo ha sido brumoso o de que no hemos podido hacer más de lo que hicimos. Hoy he caminado hacia el centro del pueblo. Escuchaba a Joe Pass. Sin el trío habitual. Joe a palo seco, el Joe estajanovista de los standards. En un tramo particularmente emocionante de Night and day he pensado que el señor Pass, allá por los sesenta, cuando registró para Verve la versión que escuchaba, estaba pensando en mí. Que era yo, ya ven, el destinatario secreto de la pieza. Night and day para mí; yo, un privilegiado. De verdad que no es fácil no hacer nada, pero hay veces en que uno hace cosas que sí valen la pena y el mundo gira y el cielo estalla en azules solo porque lo veamos y lo contemos aquí y no se pierda ese prodigio. Luego está la sensación de no afinar lo suficiente y de que el azul no esté aquí, entre las palabras. El azul nunca está entre las palabras.

16.11.14

Una novela islandesa

Al orden no le incumbe la belleza del mundo. Es el caos el que la alumbra. Del orden puro solo se percibe la rigidez, el estado matemático de las cosas, su concilio cartesiano. No he aprendido a manejarme en el orden. Siempre me manejé felizmente en la improvisación, en la periferia dulce, en la lírica, en el milagro. No creo que el orden me termine por conmover e ingrese en el ejército de sus adeptos, pero hay días en que me desdigo y gustosamente lo abrazaría. Uno va aplazando las cosas de importancia y llega un momento en que termina comprendiendo que no importa lo tarde que se llega a ellas sino la convicción con la que se llega. Ahora estoy en el periodo de transición modélica. El orden me persigue, pero yo corro más rápido. O, expresado de otra manera, estoy bien hasta que deje de estarlo. Fue un filósofo chino, uno de tantos de los de antaño, quien dejó escrito que hay que combatir cuesta abajo, nunca cuesta arriba. Luego está la firmeza con la que se va dejando caer esta especie de diario, que no pretende serlo. No creo que haya nada a lo que uno se incline con más vehemencia que al narrar sus andanzas o sus malandanzas. No se conoce ningún otro asunto con más autoridad que el de uno mismo. Soy el asunto, le digo a K., pero K. se distrae viendo un escaparate de libros. Dice que va a comprar una novela negra. Una islandesa. La nieve y la sangre. El blanco y el rojo. Es el caos el que escribe las páginas más brillantes, pienso. La belleza no proviene de las cosas previsibles, no está en lo que se extrae de una ecuación, no tiene nada que ver con la formalidad de los números. 

12.11.14

Los ruidos y los huecos

de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger, en una terraza de un bar, de las palabras a medio decir, en un sueño, de los golpes que no suenan nunca y que aplazan la felicidad y dan al día el tono gris, el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, los poemas son una evidencia de que el mundo no va por nuestro lado, el poema es un desoír el mundo y es también un oírlo muy atentamente, un querer entrar en las tripas de la bestia, en dormir allí, en pegar la oreja a la misma tripa y empaparse del ruido que hace, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, he escrito mil poemas, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, hay canciones en las que estoy yo, aunque no lo perciba de inmediato, canciones de tres minutos en las que mi vida discurre con absoluta eficacia, suenan en mi cabeza de poeta de miércoles lluvioso en lucena una pieza de the cure, un himno, el humor es siempre un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda, me da lo mismo, lo que me importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca o un coche que cruza con rapidez la calle, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del mercadona clamando justicia, pidiendo un mendrugo de hacendado, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, abriendo la mañana escuchando big in japan, now you're big in japan, escribiendo en plan disperso, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, tengo un amigo que se recrea cuando me recrimina mi dispersión, emilio, deberías centrarte, poner un freno a tu verborrea, no vas a ningún sitio, no quiero ir a ningún sitio, me satisface mi oreja en la tripa de la bestia, el oído ahí bien pegado, sacando la información relevante, quién sabe lo que hay ahí, quizá se escucha a dios si uno presta la atención suficiente, ya digo, toda la atención de la que se pueda disponer, que no sé si tengo mucha o la estoy perdiendo poco a poco, sé de donde parto y miro al lugar a donde acudo y no va a ser posible, al menos no de momento, centrarme más, afinarme algo más, ya me entienden, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando en qué ponerme, porque hoy va a ser un día largo y mi cabeza necesita desconectar, perderse, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si malogra todos los planes que yo he ido pensando, si es la cabeza crápula o la admirable y entera, la que lee de noche a kavafis mientras escucha en el ipod una sinfonía de mahler, qué buena pareja, mahler y kavafis, yo sobro, bien mirado, deberían entenderse ellos, la cabeza es siempre la que manda, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que se mete tres episodios seguidos de the killing o la que escucha el ruido que hace la lluvia en las persianas, si supiéramos qué hacer con los ruidos tendríamos un poema, quizá haya uno alojado en los huecos que van dejando los ruidos cuando no suenan, debe ser eso, yo no acierto a comprender las cosas, quién lo hace, nadie tiene las cosas nunca claras del todo, ni siquiera es bueno saber qué ruido hace el corazón cuando se encabrita, ignorar es una vía de iluminación también, lo sabían los poetas místicos, que sabían sin saber, que miraban y no había mirada interpuesta en el esfuerzo, me duelen las palabras a esta hora de la mañana, escribo torpe y ametralladamente antes de servirme el café en la cocina y preparar las clases de hoy, cuando viene el obispo al colegio, cuando la autoridad de los cielos en la tierra, una de ellas, otra irrelevante figura de la retórica del alma escribe en el libro de personalidades, el libro invisible que abrimos a diario, por si pasa algo verdaderamente interesante, por si el ruido se hace música, por si la cosecha alumbra metáforas y nos llenan la boca de prodigios

7.11.14

Hambrunas


Michael Philippot (Foto)


La palabra hambruna es de una insolencia que intimida. Es como una bala que está en la boca del cañón, a punto de zanjar alguna distancia e incrustarse en la carne a la que mira, rompiéndola, reduciéndola a un amasijo infame. Hambruna bastarda, hija de todos los males, evidencia de todos los pecados, pero las palabras no conquistan el estómago, no ocupan el vacío que le araña las paredes y lo enloquece. Las palabras, incluso las más nobles, las que tienen un cometido más alto, no sirven para nada. Uno ya está al cabo de la inutilidad de las palabras. Las que pronuncian los políticos son huecas, son miserables en ocasiones, y las de los poetas son inofensivas, no hacen otra cosa que engalanar el aire o enturbiarlo más de lo que está, pero no son útiles. Este niño que busca comida a las afueras de Addis Abbeba, en Etiopía, no sabrá entender ni al poeta ni al político, no tendrá con qué fijar la atención y ver qué pueden hacer por él. Tampoco el paisaje hace nada por él. No hay nada en este mundo que lo conforte mientras camina hacia no se sabe dónde. Es la incertidumbre la que duele juntamente con el hambre. Afuera no la vemos, aunque hay quien podría contradecir esta ignorancia mía y poner en el cuaderno de la tristeza su malandanza y su miseria. Hay paisajes devastados en las grandes ciudades también, calles en las que ni siquiera hay un mal árbol o una señal de que debajo de la tierra dura hay agua o una raíz que llevarse a la boca. El primer mundo busca al tercero y en ocasiones, cuando no miramos, se abrazan y se cuentan sus cosas, en una intimidad insolente, de las que intimida. El mundo, de  mal hecho que está, permite que alguien camine las calles o los desiertos, aplace la felicidad o considere que no es posible encontrarla y solo persiga llenar la tripa, contentar al cuerpo, al bastardo del cuerpo, que solo quiere su ración diaria de agua y de pan. Qué triste todo, qué imposible de entender.

6.11.14

No saber contar un cuento

Recuerdo no saber contar un cuento, esa sensación de vacío. Sabía hilar un argumento, traer las palabras con las que la historia acabase rendida, expuesta como los ingredientes ofrecidos en la mesa del cocinero, pero sin arrimarlos unos a otros, conviniendo olores, prefigurando el sabor anhelado. Sabía (digo) conseguir que quien escuchara entendiese la trama, conociese incluso ciertos matices de la trama, los relevantes, los que hacen que sus giros no sean caprichosos y obedezcan a un plan que el lector y el escritor conocen y aplican. Creía yo que todo esto bastaba, que era suficiente para que el cuento fuese contado, pero no lo es, no se puede contar un cuento con solo narrar, con decir qué acontecimientos lo atraviesan, con qué finos hilos se teje la historia que lo mantiene firme. Hace falta el milagro de que no haya otra cosa en el mundo que el cuento. Uno, al contarlo, tiene que percibir que quien está enfrente nuestra, escuchándolo, no posee memoria ni tampoco futuro, que únicamente el presente, el presente narrativo, el nuestro, es el que posee. Una vez que el cuento finaliza, el mundo sigue girando, la violencia del pasado atrapa a quien la olvidó durante unos minutos, la vida sigue y sigue a su manera brutal o dulce, severa o jovial. 

He contado los suficientes como para sabe que ningún cuento, escrito por mí o cogido de otro, ha llegado a ese lugar sublime del que hablo, el lugar en donde la realidad se inmola y el mundo (insisto en eso) acaba por pararse, por renunciar a lo que fue y a lo que pueda alcanzar a ser. Quien ha estado ahí, en ese vértigo y en esa fiebre, en esa felicidad de espectador privilegiado, sabe de qué hablo, pero es otra la historia que ahora me toca contar a mí, la historia del cuentista, su oficio, el afecto a las palabras y a la restitución de lo que las palabras ocultan. No hay nadie en que no desee que me cuenten una historia, ninguno en donde no me importaría ver detenerse al mundo, advertir que el giro cesa y las nubes, allá en el alto y eterno cielo, se detienen, quizá porque escuchen y quieran saber cómo termina el cuento.

En la escuela, cuando explico, procuro que la literatura lo impregne todo. No siempre lo consigo, no están siempre a mano los ingredientes previstos. Ni siquiera conviene siempre que sea la literatura la que guíe la clase, pero cuando lo hace, en cuanto se apropia de la explicación, todo fluye de un modo soberbio, nada queda fuera, todo se integra, el mundo se para. Afuera, en el patio en donde suceden los juegos de los otros niños, el mundo parece que de verdad se ha parado. 

3.11.14

La huella luminosa



Marilyn Monroe y Jorge Luís Borges tienen escasas cosas en común. Una de ellas es copar parte de las numerosas entradas de este blog invertebrado y azaroso. Si no tengo nada que escribir siempre es fácil acudir a ellos. Basta una foto o una frase para desastacar mi pereza narrativa. No existe ahora. Mi amigo Álex reprueba este abuso mío en invitar al maestro argentino, pero estará (creo) sonriendo al ver esta fotografía de Norma Jean. Eso, al menos, espero, y ya será buena señal. Otro amigo, Manolo, solía decir que hay fotos que hablan más que muchos libros enteros. Libros con mucho texto. Libros reventones de capítulos y de personajes. Solíamos buscar el punctum de Barthes o de Derrida. Lo que encontrábamos casi siempre era el elemento secundario que se aúpa al centro mismo de la escena, aunque sea diminuto y se exhibe (pudoroso) en un rincón. El punctum habla del receptor, nunca de la foto. Se trataría de dar con el elemento al que dirigimos la mirada, borrando (en ese vector) toda la información accesoria. Hay tantos punctums como usuarios de una escena. Manolo Solís (cómo le echo en falta) se habría fijado en el retrato pequeñito de la mesa: el que está frente al culo de Marilyn. Invariablemente habrá quien conciba toda la fotografía alrededor de los anaqueles ocupados con libros. Parecen añejos. El pickup también llama la atención. Es uno de esos antiguos. Ya no se ven. Mi padre tenía un viejo tocadiscos Stibert que se parecía mucho a éste, pero en él giraban discos de copla, de zarzuela y de flamenco hasta que mi adolescencia descubrió a Supertramp o a The Electric Light Orchestra y Discovery desplazó a un grandes éxitos de Juanita Reina. No nos extraviemos: en el pickup del piso de Rodríguez de Tom Ewell (así se llamaba el Romeo torpón de la inmortal película de Billy Wilder) debe sonar la orquesta de Benny Goodman. O Dean Martin. El punctum abre el libro de las metáforas, la novela de la vida, el inventario necesariamente caótico de quienes se obstinan en encontrar lo que no se ve: aquéllo que el fotógrafo ni siquiera ha tenido en cuenta a la hora de componer la fotografía. Cómo no fijarse en el canalillo de la Monroe, apunta K., pero ese tobogán promiscuo está en nuestra memoria. Yo me quedo con los ojos. Ahí está mi punctum: los tiene entornados, pero no nos parece que tenga sueño. Está ventilándose con Dean Martin: esto se ve a primera vista, no hace falta escudriñar en exceso el material sensible. Está siendo seducida por un nirvana lujurioso, un soplo ebrio de luz que la embadurna de júbilo. Esta es la verdadera huella luminosa (Dubois) que se impregna en la memoria del espectador. Cierras los ojos o abandonas la visión de la fotografía y conservas (nítidamente, por supuesto) los libros decentemente apilados, los ojos turbiamente entornados, el canalillo canallamente insinuado. Y Benny Goodman trabaja a tope porque Benny Goodman fue una máquina de swing perfecta y debajo del blanco y negro se suben y se bajan los trombones, se acoplan las trompetas y resbalan, como hormigas nerviosas, las baquetas por los platillos. Al ver esta fotografía uno es capaz de ver lo que está fuera de cámara. Ve al marido (siete años casado, reza el título) apurando un fondo místico de whisky. Todavía no se ha quitado la corbata y sospecha que la vida le está tendiendo una trampa formidable, y que las tentaciones están ahí para caer en ellas. Caso contrario, no serían tentaciones sino vasos largos de leche caliente frente al show de Johnny Carson mientras los niños intentan pillar el sueño al final del pasillo. Luego es cuando se caen del piano. Punctum pues.


Fotografía pillada en la página de jazz (y derivados emocionales) de Olvido: visiten, por favor, cuesta muy poco y luego se vuelve con gusto.

2.11.14

Fuego, camina conmigo




Fuego, camina conmigo, decía el retorcido David Lynch en Twin Peaks. Al fuego se le atribuyen siempre cometidos contrarios. Está el fuego castigador, el bíblico, el que arrasa y no deja nada en pie; está el fuego espiritual, el eterno, el que ocupa la conciencia y nos informa del camino equivocado, de las llamas que nos cubren y nos castigan, y está el fuego eterno, el que se enciende para conmemorar un acontecimiento relevante y del que se espera que no se apague jamás. Ese fuego es el que más aprecio, en donde atisbo el amor entre los iguales, el que hace que el mundo gire, como pedía Dante en su (también retorcida) Divina Comedia.

Al fuego se le encomiendan labores que en ocasiones no sabe cumplir. Hay cosas que el fuego no llega ni a chamuscar siquiera. Una de ellas debería ser la conciliación entre los que pisamos el mismo suelo y paseamos las mismas calles, los que nos estrechamos las manos en señal de afecto, aunque no compartamos un ideario político o unas creencias religiosas. Entra en lo razonable que no andemos haciendo que arda lo que no debe quemarse. Una de las cosas que más firmemente hacen que no caigamos en más desgracia que la que ya tenemos es la concordia, la convivencia, la idea de que nada ajeno me daña o que nada mío daña a los demás. Que un colectivo de mujeres argentinas componga esta caja de cerillas, de intenciones artísticas, sociales o panfletarias, y que el Centro Reina Sofía la saque en exposición es lo que hace que el fuego ande, con nosotros o a su aire. No serán solos los católicos los que exijan la retirada, imagino. Creo que lo que sobra es la frase, no que la frase esté ahora en la calle. Ya dicha, que rule, dirán otros. 

Me repito: no creo que sean solo los católicos, entre los que no me encuentro, los que rechazan la imagen en sí. Lo hará cualquiera que entienda lo inconveniente de su presencia. No conviene la caja de marras porque entra en un terreno más que peligroso. No es que haga ver a quien la mire que su autor no es muy amigo de la institución eclesial, cosa que es legítima y que compartimos, en cierto sentido, millones de personas a las que no se nos tiene por malas, ni por incendiarias, ni siquiera por agitadoras. No es solo el que pisa el templo y se arrodilla en él y mira de frente a su dios y a sus santos el que no acepta que se quemen iglesias, literal o figuradamente. La libertad de expresión, tan necesaria, no es un camino abierto, ancho, sin normas, en donde uno, por mor de esa libertad, obra a capricho, despotrica a su antojo y quema lo que le viene en gana, solo por el placer de ver arder el objeto de su inquina. 

La única iglesia que ilumina es la que arde, frase atribuida a Kropotkin, el adalid anarquista, el que veía turbamultas peligrosas en los creyentes que se encaminaban a sus iglesias, difundida después por Durruti, el de la columna, no deja de ser una frase de lejano corte nihilista, de tasca de barrio entre amigos que tiran de vez en cuando de culturilla y citan a los comunistas célebres y declaman su cantinela antigua. No debe ser más, no debe jalearse más, no conviene que se difunda más. No (insisto) porque un cristiano pueda ver comprometida su sensibilidad sino porque hay mucho descerebrado que se toma los eslóganes al pie de la letra, porque las palabras, incluso las más inocentes, prenden a veces con más fuerza que la leña acunada por el fuego del que hablamos. Será que es el lenguaje el fuego mismo, eso ya lo sabía yo. Las palabras, ah las palabras, con qué autoridad gobernáis el mundo. Están para que no estemos nunca demasiados seguros de que ese mundo nos pertenece. Nos faltan las palabras que lo nombre, no poseemos la facultad de manejarlas con la suficiente autoridad y eficacia como para gobernarlo. 

Luego está todo lo que hace que la iglesia no goce del favor de antaño o que uno, contrario a quemar ningún edificio, ya sea con bidones de gasoil o con textos en un octavilla, no tenga ánimo alguno en defendarla, en sentirse cómodo y libre y feliz dentro de un templo. Que incluso disfrute, con moderado placer, de la controversia en materia religiosa, de toda esa animada charla de taberna (ah las tabernas, qué templos ellos, que a nadie se le ocurra darles fuego) en la que se empieza hablando de lo que desayunaste y terminas enredado en la teología doméstica, la que cada uno abraza con más o menos entusiasmo. No hay nadie que no la tenga, nadie que no se deba involucrar en el diálogo entre los que creen y los que no, entre los que creen en unos dioses y los que creen en otros o incluso, ah retorcido Lynch, tú eres de esos, los que no creyendo en nada, también se enredan en el conflicto de hasta qué punto uno es más ateo que otro. Pero es una bendición del ejercicio sano de las palabras, procurando no caer en el menosprecio absoluto, en la descalificación completa, en ese arte que tenemos los humanos de entablar una contienda y no salir del campo de batalla hasta que el enemigo está reducido a cenizas. Ya digo, el fuego, el fuego eterno, que no nos deja. El humor es el que falta. Hay que ser muy inteligente para arremeter contra lo que no se comparte, aunque sea de forma leve, sin hacer sangre, y que el dolido, el afrentado, sepa sobrellevar el impacto, reconocer su legitimidad. Tengo amigos que saben aceptar estas puyas. Otros, bien al contrario, no las aceptan en absoluto, no saben encajar que se manejen sus creencias en tiras de humor, en chanzas de taberna. Yo me cuido de no entrar en casa a la que no me invitan, pero hay veces en que la indignación te pilla dentro, claro, y entonces, y entonces...