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27.12.20

Los cuentos navideños

 

Hace ya muchos años que unos amigos de aquí y de allá hacemos un cuento navideño y uno de ellos lo cuelga en su blog. Nada del otro mundo hacer cuentos navideños y, mucho menos, colgarlos en un blog. Lo maravilloso es la constancia, la fidelidad, la sensación de que existe un vínculo que no se rompe, aunque alguien falle y las circunstancias lo fuercen y no pueda escribir el suyo. Los de este año son diferentes. Tienen un arrimo de pesadumbre, eso veo yo. También de esperanza. La vida misma. Siguen siendo emocionantes. Los he leído con la devoción de quien ejecuta una especie de rito. Los protocolos, a pesar de la mala prensa que tienen, son hermosos. Les invito a que pasen al blog de mi amigo y echen un rato de lectura. No podemos romper la coraza que nos impide tocarnos (eso ha escrito José Antonio en su siempre estupendo prólogo) pero sí podemos leernos. Uno, al leer, se transforma en quien escribió. Es esa magia. El año que viene habrá más. Gracias, Alex Herrera. Gracias, Marisa. Gracias también, Mycroft. Cliquen, por favor.

LOS CUENTOS NAVIDEÑOS

30.12.17

La historia más hermosa del mundo / Un cuento navideño

Todos los años volvemos a Bedford Falls. Cada uno de nosotros lleva un cuento bajo el brazo. Este es el mío. Es la historia más hermosa del mundo, aunque yo la afee al transcribirla. No parece un cuento de Navidad y es probable que tampoco lo sea, pero al final hay un poco de luz y tintinean las campanas en el árbol y George Bailey sonríe. Los demás cuentos están aquí. Es posible que ya los hayan leído (José Antonio los volcó en Nochebuena) pero por si acaso, por si no tuvieron tiempo, por si todavía les apetece. 

LA HISTORIA MÁS HERMOSA DEL MUNDO
Fue Jorge el que encontró la pistola en el cajón en donde su padre guardaba los puros, la baraja de cartas y una petaca pequeña a la que no le faltó jamás buen whisky. No era un cajón que un niño abriese, ni ése ni otros. Jorge siempre había sido un chico discreto, no inclinado a meterse en líos, conforme con estar en casa y ver a los otros niños desde el cristal, abrigado con su batín de Mickey Mouse, el que le regalaron en el hospital  dos de las enfermeras que le habían cogido más cariño. En un bolsillo del batín cabía la petaca. Apretó bien la rosca de la botella de metal. Había visto a papá usarla a escondidas. Recordaba que era eso lo que hacía después de despacharse un buen trago: apretar bien la rosca, comprobar que no se derramaría en el cajón. La pistola entraba bien en el otro bolsillo del batín, pero no tenía instrucciones sobre ella. Ninguna, al menos, de uso inmediato. Disponía de su silla de ruedas (cómoda, último modelo, regalo de una tía a la que recordaba vagamente y de la que hablaban en casa que moriría sola y lejos), y podría, en caso de urgencia, esconder una de las dos adquisiciones, la petaca o la pistola o ambas, entre su cuerpo y el respaldar. No cogió los puros porque no le gustaba el olor, más tarde el agente de la policía diría que se los dejó porque no encontró un mechero a mano. Jorge tenía ante sí un sábado enorme con los padres afuera y una petaca de whisky y una pistola a su disposición.
Cristina, casi una más de la familia, la empleada del hogar, trajinaba en la cocina. En un día tan especial no haría horario completo. Laura le había prometido que a mediodía, en cuanto ellos llegasen de hacer unas visitas, podría largarse a casa. Víctor le tenía preparada una cesta pequeña. Una botella de cava, unos turrones, unos bombones. A Jorge le pareció bien empezar con Cristina. Ella tendría el honor de ser la primera en asustarse. Tenía tiempo suficiente. Sus padres llegarían sobre la hora de comer. Estaba recogiendo los platos. Una vez la escuchó quejarse sobre ese tipo de trabajos. Hablaba con amigas a escondidas en el jardín. Una vez escuchó a su madre quejarse sobre lo mucho que usaba el teléfono. Lo normal (decían) es que no tenga jamás el teléfono disponible. Si a Jorge le pasa algo, ella no se darácuenta. Estará de cháchara con sus comadres, contándoles lo mal que la tratamos. El padre no era tan severo. La apreciaba sinceramente. En los años en que servía en casa no había discutido nunca con ella, no se había presentado la ocasión. Ya lo hacía Laura, se bastaba Laura. Mientras no descubriera que se la tiraba, se conformaba. La primera vez lo hicieron en la cochera, en el asiento de atrás del Jaguar. No fue premeditado, vino así, no se piensas las cosas, dijo él después, no se levanta uno pensando en eso, yo amo a Laura, no soportaría que me dejase, no podría vivir lejos de Jorge. Cristina lloró después de subirse la falda y adecentarse un poco la blusa. Le creyó y creyó que era una buena persona. Mientras la montaba, en cada furiosa y nerviosa embestida, imaginaba a Laura reprendiéndola por no haber colocado bien los cubiertos en la mesa o por no tener bien planchada las camisetas de Jorge o por no mantener caliente el agua de la bañera sabiendo lo que le molesta al niño que esté fría. Pensaba en Laura montada por Víctor, pensaba en si disfrutaría o no. A ella no le pareció nada del otro mundo, pero le agradó la sensación de poder, la irrupción repentina de una novedad en la casa. Cinco años sin novedades queman mucho, le comentó a Luisa, su mejor amiga, con la que se desahogaba en el jardín cuando Laura se ponía impertinente o cuando Jorge la miraba con desprecio. Es un niño, pero es perverso, nadie parece darse cuenta, le ríen las gracias, pero yo lo he calado, sólo hay que fijarse en cómo me mira o cómo le responde a veces a su madre, le dijo un día. Cualquier día de éstos cojo la puerta y me voy,  le confesó. Lo del Jaguar hizo que lo pensara mejor. Tampoco le hizo ascos a un par de hostales muy retirados, en la periferia, a donde iban de cuando en cuando, sin hablar mucho. Nunca es fácil ser la sirvienta, nunca se sabe cuándo se cansarán y la plantarán en la calle. Se había acostumbrado al buen sueldo y al trabajo, no muy exigente, la verdad. Jorge era una criatura odiosa, pero hablaba poco, al menos hablaba poco. Sirvió en una casa en la que el niño no la dejaba a sol ni a sombra, como se dice.
Fue ella, Cristina, la que se despidió, agotada. En casa de los Alonso encontró un poco de lo que anhelaba. No al principio, no confiadamente, con la seguridad del que cree haber encontrado un hogar, pero sí un techo eventual y confortable. No le asustó ver a Jorge con la pistola cogida con las dos manos. Recordó las películas del Oeste y no le dio más importancia. Los niños juegan a ser pistoleros, hacen el ruido de las balas cuando salen del cañón y soplan la boca del arma cuando ha sido disparada. Lo de beber a morro de la petaca le pareció más inquietante. La habrá rellenado de agua. Es muy fácil pensar, conjeturar, inventar una realidad cuando la realidad no nos cuadra. Eso fue lo último que pasó por su cabeza. El disparo no amedrentó a Jorge. Lo celebró con un trago largo de whisky. Hasta eructó. Eso hacía papá a veces. Era de hombres. Más tarde, un agente dijo que lo normal habría sido acertar al cristal de la ventana o darle a la televisión de plasma que estaba un poco más arriba. El puto crío le dio en mitad de la frente, ojalá tuviese yo esa puntería, joder, comentó entre dientes, sin creerse a las claras qué se le habría cruzado por la cabeza al muchacho. Mamá cayó en la cochera. Las bolsas del súper estaban desparramadas cerca del Jaguar. Olía a sangre mezclada con ginebra. A Laura le encantaba servirse sus buenos gintonics tras el almuerzo o a media tarde o antes de irse a la cama. Hoy está todo cerrado, terció un segundo agente. Las tendría en el maletero del Jaguar, no sabemos de dónde vendría, pero sabemos que lo último que hizo fue coger esas bolsas. A Jorge no se le vio afectado, no hizo ni un gesto de arrepentimiento, nadie vio que llorase o se le empañasen los ojos. Uno de los forenses advirtió que estaba ebrio o todo lo ebrio que puede estar un niño de ocho años que se ha despachado una pequeña petaca. Huele a whisky que tumba, cerró un agente. El batín de Micky Mouse estaba sucio de vómito. Lo raro es que no se haya desmayado. Yo conozco un chaval de unos amigos que casi la palma. La petaca vacía y la pistola fueron recogidas en las bolsas de rigor. Serían una prueba, la irrebatible, pero aquella historia macabra no tenía mucha investigación, ni tendría otras consecuencias que las funestas, las dramáticas, las que difundiría la prensa, golosa ante una historia tan atroz. El agente preguntó por la suerte del muchacho. Nunca había visto un perturbado de ocho años. Daba pena verlo en su sillita de ruedas, mirando a todos lados, ajeno al caos, casi bañado por un halo de bondad y de celestial ternura.
Víctor lloró por Laura y por Cristina. A Jorge le tocó el pelo, se agachó para ponerse a su altura y repitió tres veces la misma pregunta. Fue cariñoso con él, no se irritó, nada delató que estuviese contrariado o irritado. La perplejidad se entiende bien con el amor, y Víctor amaba a su hijo. No había dejado de hacerlo entonces. Sólo lamentó que no estuviese cerrado el cajón. Normalmente le echo la llave, agente, se lo juro, pero anoche Laura y yo tomamos unas copas de más, discutimos algo, quizá él nos oyó, no solemos hacerlo, pero a veces las parejas lo hacen, no bajé al despacho, no caí en la cuenta de que la pistola estaba a su alcance, juro que no fue mi intención, lo siento mucho. Llegó un momento en que no había nada más que hacer en la casa. Estaban todas las pruebas bien registradas, Víctor acompañaría a comisaría a su hijo en un furgón especial en el que podía meterse la silla de ruedas. Estaban a punto de irse cuando el agente se acercó a la chimenea del imponente salón de la casa. Estaba encendida. El fuego no sabe nada sobre lo que sucede a su alrededor, pensó absurdamente. En algunos de los crímenes que investigaba se le ocurrían preguntas peregrinas, imposibles de hacer en voz alta, de las que harían sospechar que estaban perdiendo la cabeza y si convendría apartarle del grupo de homicidios y dejarlo en un despacho a ordenar archivos o coger el teléfono. El fuego es un testigo ciego. Si le preguntáramos, nos lo contaría todo. Se rió por segunda vez. Estaba a punto de irse cuando vio el árbol de Navidad. Fue entonces cuando reparó que era Nochebuena.
No tener a nadie que le espere a uno hace que no haya fechas mejores que otras, sólo festejas el viernes noche si el sábado no tienes que levantarte temprano. Era un árbol de Navidad tan elocuente como la chimenea. Si él tuviera que comprar uno de ésos, no podría ponerlo regalos debajo. Los que vio estaban abiertos. Los elegantes papeles que los envolvían estaban por todos lados. Algunos cajas seguían allí, otras habían sido arrojadas lejos. Debió ser el muchacho, razonó. A él, recordó, le gustaba mucho más abrir las cajas que jugar con lo que contenían. De mayor le pasaba lo que a casi todos: festejaba más los preparativos que la celebración en sí. Distraído en esos pensamientos, no reparó del todo en la caja de las pistolas, una caja grande con un pistolero barbudo, de gesto ceñudo y desafiante. Le dolió que todavía estuviesen allí, en el suelo, ignoradas, sustituidas por una pistola grande verdad, de las que hacen el ruido que hacen las pistolas. Quizá lo único que deseaba Jorge era escuchar el ruido. Lo tenía en la cabeza, sonaba en su cabeza, todo sucede dentro de la cabeza, sobre todo si eres un niño en una silla de ruedas y nadie te mira, ni se preocupa de entenderte. Si se le obligara a defenderse, diría que sólo quería escuchar el ruido. Lo de bala no entraba en los planes. Eso no era culpa suya. Tampoco que la petaca estuviese llena o que el cajón, el puto cajón que abrió el puto crío, estuviese abierto. El agente lloró en el coche. No lo hizo escandalosamente. Se guardó de que nadie lo viera, pero no quiso reprimir aquella señal de humanidad. La estaba perdiendo, se estaba encalleciendo, suele pasar, es parte del trabajo, no hay quien lo evite, tarde o temprano terminas insensible, no te importa nada de lo que ves, no se te cuela dentro, pero no sucedió así. Mientras que se secaba las lágrimas, pensó en que no habría muerto nadie si no hubiese Navidad o estuviese prohibido fabricar armas de juguete. Al final, camino a casa, ya muy tarde, lloró de nuevo. Esta vez lo hizo con la resolución que antes no tuvo. Cuando se desahogó, respiró hondo y cantó un villancico. Se sorprendió al recordar toda la letra. Luego sonrió, cenó con apetito, puso la televisión y vio que ponían Qué bello es vivir. La vio de pequeño una o dos veces, su padre le decía que era la historia más hermosa del mundo.

30.12.16

Cuatro cuentos navideños...


Hace unos días volvimos a hacerlo. Años después seguimos buscando a George Bailey en Bedford Falls. La idea de escribir unos cuentos navideños (con su coda en forma de canción) es una de esas costumbres irreemplazables con la que festejamos la amistad. Siempre suelo dejar por aquí el comienzo de mi cuento a modo de invitación para que el amable lector encuentre los otros. El mío de este año sigue los pasos de un sicario teológico en la gran ciudad. Ya han pasado unos días y les he dado buena lectura a todos. Aseguro que son muy buenos. Mi historia, a decir de mi amigo Pedro, no es enteramente navideña, pero creo que hay por ahí un cierto espíritu de fraternidad universal y hasta hay indicios fiables de que los milagros existen. A pesar de lo que dicen sus autores, son buenos de verdad. 
1
El diario de los muertos
Leí una vez que Dios te mira desde los ojos de un perro. Por eso nunca mato si hay uno delante. Lo hago sin pudor y lo hago bien. Uno sabe su oficio, reconoce el lugar, se lo piensa mucha veces antes de mandar al infierno a alguien y luego lo envía allí. Ahí acaba mi trabajo. Luego viene el suyo, el de Dios. Los dos nos entendemos a nuestra manera. Todos los muertos que le he enviado, todos esos sacrificados a los que no se les cruzó un perro, fueron mi contribución a la población celestial. Dios decide luego si los acoge o las manda al diablo. Por insólito que parezca, concilio bien el sueño y no tengo pesadillas. A veces la voz de Dios se me cuela en el oído y me susurra cosas que luego no sé recordar, pero no me despierto con el corazón desbocado, ni tengo la sensación de que me reprende o me sancione. Creo que cuenta conmigo para que limpie la tierra de pecadores. Al final, cuando no tenga fuerza o no confíe en mi eficacia, me ofreceré yo mismo, le diré que estoy dispuesto o no cruzaré palabra con Él, tendrá asuntos de más importancia, y me presentaré a sus puertas, le diré que haga conmigo lo que convenga y aceptaré lo que diga sin un mal gesto. Estarán todos mis muertos encantados con recibirme. Me harán entretenida la eternidad, pero si todo se conduce como espero y el buen Dios me sienta a su derecha, seré dichoso y no habrá nada de lo que me arrepienta, ni muerto que me angustie. En la espera de que llegue ese momento, sigo haciendo mi trabajo. Sólo evito a los perros. Me da pudor que Dios me mire desde sus ojos. De hecho, me preocupa la idea de que no sean sólo perros.   (sigue aquí)

24.12.15

Cuatro cuentos y una canción de Navidad / 2015




Tenemos una costumbre buena, la adoramos, festejamos su inicio y luego nos sentimos muy orgullosos de que no flaquee y los años la refuercen, hagan de ella un clásico. No hay Navidad, no la hay, sin que cuatro amigos (Marisa, Fran, José Antonio y un servidor de ustedes) escriban un cuento. No tiene que ser alegre, ni triste. Puede ser oscuro, puede ser melancólico. Incluso alguno habrá habido en el que brillara un poco la esperanza de que un mundo mejor era posible. No se si tal cosa ha pasado. Las cosas siguen a su aire, como si se obcecasen en contrariar la buena voluntad de los que nos empeñamos en que de verdad la felicidad resplandezca. Resplandecer: muy pomposo me ha quedado. No voy a corregir: resplandecer. Dejo aquí mi cuento, una parte de él, como todos los años. La empiezan a leer aquí y siguen a la página de José Antonio, mi hermano norteño. Él es el que pone en orden el caos. Y ahí, en su Antártida, que es mía también, leen la entrega de este año. Cuatro cuentos, cuentos. Y un canción de Navidad. Este año, sin que siente precedente, Wham!.


ASTRID Y EL BUEY TOSCO Y PANZUDO
por Emilio Calvo de Mora
Los días felices
A Astrid la queríamos porque era resuelta en las fiestas, no se cohibía, le daba palique a los nuevos y bebía como si le faltara el aire. En algunas ocasiones, en muy pocas, sumaba a esas virtudes la de encamarse con alguien. Dejaba la puerta abierta y miraba por encima del hombro del que la montaba, por ver quién pasaba por el pasillo, por hacer ver qué mayor era y qué desenvuelta. En todo lo demás, mostraba la misma resolución. Apenas callaba, aunque dejaba hablar. En los bares, cuando los ocupábamos en manada, iba de aquí para allá, sin detenerse más de la cuenta con nadie, sin dejar a nadie sin saludar o a quien contar o que le contaran. El pelo corto y rubio, cortado a lo tazón, los ojos azules, de los que era imposible no prendarse, le conferían un ascendente nórdico. Alta, de una altura imprudente para una mujer extraordinariamente guapa. Y un poco hombruna también en el andar, en algunos gestos, hasta en el modo en que se sentaba o en cómo cogía el cigarrillo, Siempre pensamos que no era Astrid, ni Ingrid, como a veces le decía; no se preocupaba de aclarar nada, incluso fomentaba toda esta bendita imprecisión. De Astrid o de Ingrid disfrutamos aquellos años de facultad. La amábamos todos. Unos más que otros, pero de los que la tuvimos cerca, todos hubiésemos hecho algún pacto con el diablo por ganarla y saber que ella correspondía a ese amor pactado. En el bar en el que ponía copas, uno de mucho tirón entre la casta universitaria, la apreciaban mucho. El dueño, un tipo gordo y sobón, de poco o ningún encanto personal, pero ladino como pocos en el negocio, la tenia bien mirada. Él sabía que íbamos a verla y que dejaríamos de ir si ella no estaba. Recién separado, por el modo en que la miraba, sospechábamos que él también se hubiese arrimado al demonio y le hubiese dado la mitad del negocio por hacerla dueña de la otra mitad que quedaba.

Sigan aquí, por favor:
https://xpuedosaltarcharcosx.wordpress.com/2015/12/24/cuatro-cuentos-y-una-cancion-de-navidad-4/



25.12.14

Cuatro cuentos y una canción de Navidad / 2014


No hay navidad sin que tres amigos, hoy cuatro, escribamos un cuento. Son solo cuentos, pero a mí me sigue emocionando leerlos. Feliz Navidad en la Antártida, que es una casa para quien se pase..
Los cuentos están disponibles aquí. 

25.12.11

Tres visiones de un secreto / Los cuentos de Álex Herrera




Hay una pieza de Jaco Pastorius que se llama Three views from a secret. Me gusta más cuanto más la escucho. Lo que mi amigo Álex nos pide a Mycroft y a mí cada año, por Navidad, es una visita a Bedford Falls, un viaje telúrico a la raíz de la amistad y de los protocolos que a veces la amistad formula. Lo que Álex extrae son las tres visiones del secreto. Provoca que salgan de donde quiera que anduvieran. Como el alien que llevaba John Hurt en las tripas en el bendito Nostromo de mis fantasías estelares. Son tres visiones de un secreto las que Álex aloja en su felizmente reconvertida Antàrtida. Todo esto que pasa en Navidad me gusta más cuanto más viejo y sensible me voy haciendo. Disfruten de las tres piezas de mis amigos. La mía, anémica de numen como ando estos días, es un boceto de algo mayor y exige, en su adentro narrativo, algo más o algo distinto. Pero ni eso importa. Vale la revelación del secreto, la rendición cartesiana de las letras. La sensación de que estamos ahí, como el ángel guardián de la obra maestra de Capra, cuidando de que George Bailey no se tire del puente. De camino, ya en faena navideña, este escribiente de sus vicios desea a todos los visitantes del Espejo que estos días les sean propicios, vean cumplidos los buenos sueños y no se dejen embaucar por las trompetas del apocalipsis. Es cierto que suenan, pero es mejor desoírlas. Al menos en estos días.


Sírvanse leer aquí.

24.12.10

Tres cuentos y una canción de Navidad



Que los astros miren en el corazón y hagan cumplir los deseos de la gente buena de este mundo. Los otros, los que no son buenos, los que ignoran la buena voluntad y van por este mundo haciendo daño y ensuciando las calles, que miren arriba esta noche y se dejan crucificar por la belleza de la oscuridad, por el alto cielo y por el infinito sin alardes que tutela nuestra travesía por la vida. En lo demás, en esta noche simbólica del año, a buscar en lo sencillo lo hermoso, a hurgar pecho adentro y encontrar en el alma la felicidad a la que todos nos dirigimos. Sean felices. Miren arriba. Quiéranse mucho. Dejo como todos los años, en este blog caótico, el posteo de mi amigo Álex. Ahí están los tres cuentos y la canción de Navidad. Este año, aparte de Mycroft, de Álex y de mí mismo, está Dean Martin. Entren, lean. Es un bucle, pero a mí me parece formidable cada vez.
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27.12.08

Tres cuentos navideños versión 2.0


La Nueva Antártida de mi amigo Álex ha vuelto a reclutar a dos amanuenses eventuales y he aquí el noble y voluntarioso resultado. Tres cuentos navideños, one more time, y van 2...Alojo los 2 vínculos para que el lector novato en estas manías nuestras (el mundo entero tal vez) pueda ejercer la crítica con más elementos de juicio. Los escribas somos los de siempre: Álex, que acoge y tutela el empeño, Mycroft y un servidor. El encabezado gráfico quiere (sin asomo de éxito) parecerse al que ha usado Mycroft en su Micronesia. Los dos, a lo visto en la actualidad, están condenados al éxito mediático.
Primera entrega: 2.007. Segunda entrega: 2.008....

El íntimo cuchillo / El oro de las palabras

  Ars poética / La palabra contiene el futuro. Lo que hace Pedro López Lara, en adelante el poeta, es tantear el fuego con el que fatigan el...