28.6.18

Las cosas sencillas / Palabras para los amigos

Encuentro consuelo en cosas sencillas, en lo que en apariencia no tiene esa facultad, la de dar abrigo o refugio. Las otras, las cosas complicadas, no sirven. Es en lo frágil, en lo que ni instrumento parece, donde está la luz, ahí es donde todo adquiere sentido y se ensambla lo fragmentado, todo lo que se exhibe deshilvanadamente, sin gobierno que lo ajuste, completamente ajeno a cualquier disciplina o concierto. La felicidad reside en la habilidad que se tenga para juntar esas piezas separadas. Porque tienden a separarse. Partimos de esa certeza inconmovible. Que andamos a diario juntando pedazos, los acarreamos con paciencia y los ensamblamos en la cabeza. No conciliamos el sueño cuando alguno ha quedado desmadejado. Las veces en que nos despertamos de noche y nos desvelamos es porque una pieza, una pequeña o de tamaño considerable, viene a ser lo mismo, no está ajustada a las otras. Hoy encajaré algunas de las mías cuando en la sobremesa, calculo que andará por ahí, lea unas palabras que he escrito a dos amigos que se jubilan. Es de ellos más que de nadie el día de hoy. Se han merecido que esa propiedad sea enteramente suya. Espero que la lectura esté fonéticamente bien armada y no falte ni sobre palabra o frase alguna. Cuando acabe, tendré todas las piezas abrazadas unas a otras. Espero que dure el abrazo, espero que tarden en desarmarse y campar a sus anchas. Suelen hacerlo. Les da por amotinarse, suelen contrariar mi opinión y hacer lo que les place. De ahí que me esmere tanto en volver a juntarlas. Lo de luego será sencillo. Ya hemos dicho que lo mejor son las cosas sencillas.

27.6.18

Lo malo es no ser visto / Apuntes para una novela

Puede haber alguien cerca, quizá a nuestro lado, sin que lo advirtamos, maquinando en lo oscuro, vigilando lo que hacemos, levantando un acta invisible de nuestros actos, incluso de lo que no hacemos,  por nuestro bien tal vez, probablemente no a las malas, por incomodar o causarnos un perjuicio. A veces uno se retrata con lo que no hace, son las cosas que no realizamos las que nos definen. No haber ido nunca a una manifestación, no haber votado jamás en blanco, no haber visitado el Nepal. Se nos juzga por esas pequeñas manifestaciones de la voluntad propia. Da igual que seas una buena persona o que seas considerado y respetuoso con los demás: basta que hagas algo que no cuadre al discurrir ajeno y estás arrojado al abismo bastardo del rechazo. Puede que haya quien tase lo nuestro por los gestos que hacemos o por el aspecto físico que tengamos, si vamos rápido al andar o no se aprecie prisa, si hemos engordado más de la cuenta o perdido mucho peso, si repetimos una palabra o un grupo con frecuencia o enarcamos las cejas cuando algo nos perturba o descoloca. Hay quien no admite reconsiderar lo pensado: si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos. A mi amigo K. le duele en particular que se le pida siempre una opinión. Prefiere no darla, pasar desapercibido, no tener que explicar nada, ni que nadie sepa de él más de lo necesario. Tú no eres como yo, me dice. A ti te gusta hacerte notar, siempre te ha gustado, no hay manera de que lo disimules, te encanta. De hecho, hasta escribes. No hay acto más exhibicionista que ése, el de escribir. No te importa que alguien, cerca tuya, te mire o hasta te escrute, saque de ti la idea que sea, luego la difunda, haga de ella recurso de sus conversaciones, se explaye cuando le viene en gana y ande por ahí diciendo cosas de ti, cosas que no le pertenecen, cosas que no conoce, sobre todo. Porque se habla sin conocer, se equivoca uno adrede, no se tiene freno para criticar ni para zaherir, se hace por gusto, creyendo que no se inflige daño alguno o, caso de que lo hubiera, vendría a ser uno no muy grande, que no daña hondo. K. me dice todo eso por bien mío, imagino. No sabe uno actuar de otra manera, le digo. Escribir no es necesariamente una confesión espiritual de quien lo hace, le explico. Se puede ser otro, de hecho uno es otro, no el que se levanta temprano (hoy mucho, había cosas que hacer, quedan todavía), desayuna en la calle mientras lee la prensa, va al trabajo y habla con unos y con otros y sale después, almuerza, ve qué pasa en el mundo en televisión, echa una siesta (cuando buenamente hay ocasión) o toma café con los amigos o pasea la periferia del pueblo con los cascos puestos, escuchando a John Coltrane o a la Creedence Clearwater Revival. Hay a quien acudir cuando uno desea escribir y contar lo que ve o lo que le han contado. Hasta ve con buenos ojos que se le vigile o que alguien, cerca o no, sin que se advierta, lo escrute, no hay manera de evitar eso, son asuntos que no podemos gobernar, suceden y le suceden a uno, ya está. Más vale que hablen mal de uno a que no lo hagan, suelen decir. Lo peor sería que no existiéramos. Que nadie tuviese constancia nuestra ni se percatase si llevamos los zapatos sucios o no nos hemos afeitado, si nos comen los nervios o estamos más en calma, si vestimos con la misma ropa que la temporada anterior o seguimos escuchando en el iPod la misma lista que volcamos el verano pasado. Lo malo es no ser visto. Que nadie repare en nosotros. Que seamos fantasmas.

26.6.18

Un cuento largo y azaroso


Escena del rodaje de Metrópolis, Fritz Lang, 1927


En el cine o en el teatro pasan cosas que no podrían suceder fuera de ellos. Hay imágenes que son cinematográficas o teatrales por sí mismas, no precisan la circunstancia de que se esté grabando una película o representando una obra de teatro. Las ves y piensas en un fotograma o una escena de un acto teatral. La ficción coloniza la realidad o lo que está haciendo es invadir tu cabeza y confundiéndola. Yo tengo días en que concibo las calles como si acabasen de rodar o estuviesen a punto de hacerlo. Hasta las personas que pasean alrededor mía, las que van de un lado a otro con su afán particular, sin molestar a nadie, me parecen personajes secundarios, extras que han contratado y que están ejecutando un papel que han aprendido. Tú eres el intruso, has violentado la trama y paseas por donde no debías. Nadie te lo hace ver, pero todo el mundo está pensando en si meterás la pata y harás algo imprudente o cumplirás, sin saberlo, el papel que se les encomendó a otros y hasta aprendieron, quién sabe. Eres parte de un argumento que no conoces, alguien ha escrito líneas para que las desempeñes en la trama. No es descabellado que tú también seas quien escribe las líneas de otro. Al final todo es un cuento largo y azaroso.

25.6.18

Tripodología

Ayer noche, en uno de esos programas de radio fantasma, que pillas mientras concilias el sueño o tratas de recuperarlo si te has despertado y no es hora de levantarse, hablaban sobre el escaso prestigio que tiene la muerte, con la escasa pedagogía con la que nos preparan para su asunción. Mezclado lo oído con lo imaginado, en entrevela, creo que alguien dijo que la cultura no ha puesto en valor (ahí pegué un respingo en la cama, hay palabras que te sobresaltan y enervan) el hecho funesto de fallecer. Suele pasar que uno deja que sus sueños se impregnen de lo que acaba de vivir. Creo que soñé con la muerte. Había avenidas enormes y vacías en mitad de una ciudad a la que el inclemente sol procuraba una luz magnífica. Me extrañó (en el sueño) que nadie la recorriera. Parecía un domingo tórrido de agosto o una escena de una de esas películas de zombis que plantean un mundo postapocalíptico. Hoy, al abrir los ojos, pensé en esa avenida sin gente, en esa evidencia de que algo extraordinario había ocurrido o estaba a punto de ocurrir. Debiéramos tener propiedad sobre lo soñado, saber extraer lo hermoso y también lo terrible. No sé en qué acabó. No vi muertos salidos de sus tumbas. No sabría cómo hacerlos andar, no podría hacerles decir algo, conseguir que expresen la desolación que sienten. No me gustan los personajes sin diálogo. Volvemos siempre a las palabras. Son ellas las que hacen que la trama se yerga y avance, adquiera peso y termine por imponerse de una u otra forma a la realidad, que es ajena a las ensoñaciones y progresa por libre, sin atender a quien la recorre, ni a quien cree poseerla. No es nuestra, no hay manera de que sea nuestra. Ni los sueños son nuestros. Piensa uno en morir con más convicción que en vivir; en soñar, en ocasiones, con mayor que en vivir también. K. me dice que son ganas de perder el tiempo. Que la solución vendrá, se quiera o no. Que todo lo demás es tripodología, esa ciencia de buscarle tres pies al gato. O como dice Umberto Eco en su El péndulo de Foucault, novela de las que sale uno indemne a medias, a pesar del valor con la que la acomete: Tetrapiloctomía, l’arte di spaccare il capello in quattro. 

22.6.18

El trajín mundano de las cosas

Ojalá vivir en este mundo fuese un tránsito y luego hubiese otro. De verdad que lo deseo. Envidio a quienes sienten en el corazón esa certeza y desocupan esta vida de preocupaciones en la confianza de que después de la muerte no acaba la trama y podremos seguir. Ojalá la fe me llenase a espuertas el alma y me levantase cada mañana lleno de luz, tocado por la gracia de la vida eterna, en la privada creencia de que algún dios campechano y doméstico está al tanto de mis fatigas, cuida de mis faltas y se le ensancha el divino pecho cuando observa, desde su inmarcesible altura, que obro bien y hago felices a los demás en lo que buenamente puedo. Pero no es así y me levanto por la mañana sin dios, feliz a m manera en esa ausencia de divinidad, convencido de que la fe es un enamoramiento, un desvelo, un extravío de los sentidos, un flirteo serio entre la verdad del mundo y la oscuridad del alma. O viceversa. No lo sé. Cómo es posible que yo pueda saber. Me despierto así y así voy cubriendo los trechos de los días hasta que al final de la vigilia me tumbo en la cama, razono mi lugar en el mundo y dejo que el aire me infle el pecho y note que cien sonetos de amor explotan dentro como una estrella de mil puntas (eso lo tengo aprendido de Henry Miller y sus lúbricas historias) a la que de pronto hubiésemos incorporado una de esas bombas con reloj a la que no podemos cortar los hilos. Llevo unos días pensando en esto de la fe y no he llegado a ninguna conclusión fiable. Tal vez sea mejor esta indeterminación. En la búsqueda, en la intriga del camino, las palabras son más dulces y las respuestas más lejanas. Estaría mal que ya lo supiésemos todo y todo lo tuviésemos claro del todo. Sería un mundo descarriado al que no le restaría ni un solo átomo de asombro que ofrecernos. No sabemos qué hay afuera. Tampoco qué dentro. Nada de lo preocuparse. Acabará expuesta la respuesta, se verá si hay Derecha del Padre o la nada terrible, el horror vacui, ese miedo al vacío o a lo que no tiene paredes, sino extensión inabarcable y pura. Lo de la Derecha del Padre tampoco tiene mucha descripción, no hay bibliografía, no se sabe nada de esa estancia. Estaría bien cierta información, por ver si conviene, si compensa adiestrar al espíritu y llevar en la tierra una vida entregada  a la fe, temiendo a Dios o amando a Dios, qué más da, podría ser lo mismo. Saber, tampoco es mucho lo que pido, si habrá placeres semejantes a los disfrutados en vida o serán otros, tal vez ninguno semejante a éstos que disfrutamos ahora y a los que con tanta vehemencia y fruición nos entregamos a diario. Será una vida contemplativa, estoy imaginando. Estaremos la eternidad completa en un estado de plenitud metafísica. Habla uno de lo que no conoce, siempre andamos en esa festividad de la certidumbre, la de atrevernos a opinar sobre lo ajeno, lo ignoto, lo que no está a nuestro alcance y, sin embargo, anhelamos. En la espera, en ese trajín mundano de las cosas, hacemos lo que buenamente se nos ocurre para ir atravesando los paisajes y mirando el cambiante cielo y soñando el bendito o triste desenlace. 

20.6.18

Lo que hace que el mundo gire

K. me habló esta mañana. Muy serio, circunspecto casi: tengo confianza en la bondad, creo que es lo único que importa. El amor está sobrevalorado. Toda posible salvación del género humano no pasa porque nos amemos más sino por lo buenos que seamos. En la bondad está contenido el amor, pero no sucede eso a la reversa: hay amores sublimes que no contiene bondad alguna. Parece que los alimentara la turbia presencia del mal, sospecha uno que acabarán reventando en pedazos, por mucho que brillen mientras sucede, cuando suena la música y la pareja baila en la pista de baile, pero la melodía deja de sonar y los danzantes se retiran, lo hacen a menudo, no miran hacia atrás, olvidan el porqué del baile, las razones por las que decidieron envalentonarse, exhibir su voluntad de arrimarse y de seguir el ritmo y de cuidar que no se desmanden los pasos. Tampoco está bien visto el bien, si se piensa con calma. Es el mal el que de verdad fascina, su hechizo venenoso. Vemos con pasmo cómo actúa alrededor nuestra, miramos con vehemencia, nos mueve el anhelo de que algo malo sucede para distraernos de nosotros mismos y poder considerar lo ajeno como si fuese propio, pero sabiendo en el fondo que no lo es, disfrutando del hecho de que no lo sea. No sabemos bien qué es lo que hace que el mundo gire. Ya no es el amor, como quiso Dante en boca de su Beatriz. Si lo es, por si alguien se declara a su favor y se esmera en contrariarme, es un amor fugaz, uno de esos amores fou de las películas francesas o la trama de una de esas novelitas románticas en las que la dama cae en brazos del galán equivocado y pasa por más brazos y la encaman más veces hasta que al final, cuando quedan unas pocas tristísimas y lúbricas páginas, encuentra al hombre de su vida (o a la mujer, el caso me parece el mismo) y pasean por un sendero que bordea un jardín de una casa en mitad de un valle. Hay otro amor perdurable, que se deja ver en ocasiones en personas de cierta edad, que han sobrevivido a guerras domésticas y han encontrado siempre algo por lo que continuar y echarse nuevamente a la pista de baile y probar a ver si, tantos años después, no han perdido el sentido del ritmo, esa sensibilidad con la que el que baila se impregna de la música y la tiene bien adentro y deja que ella mueva el cuerpo a su antojadizo capricho. Esa es la historia que merece la pena. Tal vez el mundo continúe girando por obra de ese amor mantenido (que nos sostenible, eso es un asunto de despacho de ayuntamiento) y no sea verdad que esté sobrevalorado. Tengo confianza en el amor, creo que es lo único que importa. Sólo descreo de él cuando suena a bolero o cuando lo esgrimen quienes no han puesto aún a prueba su entereza y sostienen la idea de que será infranqueable la muralla que han construido alrededor suya y que los años, lejos de hacer que flaquee, la apuntalarán mejor y le darán una reciedumbre más robusta todavía. Entonces Dante sonreiría y le escribiría a la posible Beatriz que estuviese por venir unas cuantas frases hermosas. Las que escogen de no sabemos dónde los poetas. A lo mejor es que el mundo es de ellos, de los poetas. Y todo lo demás (la liturgia de los abrazos, la hondura de las palabras) no sea nada más que adorno. Luego K. me dejó, no permitió que respondiera, no hubo oportunidad, suele pasar, no tiene voluntad de escuchar o no cree que nada de lo que yo pueda decir interese en ese momento.

18.6.18

El demonio de las armas




                                                         Fotografía: William Klein

A Fernando Oliva y a Joaquín Ferrer, mis amigos literatos y fotógrafos.

Siempre hay alguien dispuesto a matarnos. Quizá no adrede, pero sin que le asome una pizca de rubor. Gente que va a toda prisa por la carretera y no le importa morir y llevarse a unos pocos más por el camino. Gente que saca un arma del armario y se aposta en una ventana, dispara al azar como el francotirador de muchas películas y luego se descerraja un tiro en la boca. No tenemos nunca información fiable de cómo irán las cosas, si la fortuna estará de nuestra parte o se esmerará en actuar en nuestro perjuicio. El azar hace que no nos encontremos nunca al loco de la carretera o al loco de la pistola o el azar hace que se malogre la tragedia porque concurrieron las festivas circunstancias disuasorias. Igual podemos nosotros quitar de en medio a alguien de forma fortuita. Uno puede irse al otro barrio por casualidad o por la ejecución primorosa de un plan cuya única trama era nuestra eliminación. El cine negro, el bendito cine negro, vive de esta gloriosa reflexión. Solo por eso uno termina viendo la fotografía sin pensar que sea real. En realidad no lo es. Comenta su autor, William Klein, que le pidió al niño que blandiera el arma y forzase, teatralmente, una cara como la que vemos, excesiva, criminal. Se quejaba el autor de que hubiera sido esa, y no otra de un tema que le satisficiera más, la fotografía que siempre se vinculaba a su nombre. Apacigua el conjunto el niño de la derecha, que no exhibe ninguna emoción visible salvo, tal vez, la de contener a su amigo, que está absolutamente desencajado. Creería uno que el fotógrafo pudo acabar con una bala reventándole el rostro, pero hay una inclinación a pensar que el chico acaba bajando el arma, relajando el gesto, como si la mano en su brazo, la del amigo, acabara imponiendo su criterio. O tal vez esté hecho al crimen y tan sólo espere el fogonazo y la sangre. 

La fotografía, ese arte mayúsculo, establece con quien la observa la misma conversación que fomenta la literatura para quien la lee. Lo fotografiado documenta lo que el ojo registra, pero no es solo la realidad la que queda al final, después de la mirada, sino la constatación de un mundo repentinamente revelado, como la trama oculta en las páginas de una novela. No se trata de lo que veo sino de lo que quiero ver. El hecho mismo de que la imagen sea forzada, al modo en que lo son las de una película, hace pensar la responsabilidad de la fotografía, su compromiso con la realidad, justamente la que no tiene por qué duplicar, sino extender. Lo que suscita este fingimiento es la irreprochable validez de una imagen, descontextualizada, huérfana de todo vínculo con lo que le precede o todo lo que trae detrás. El desquiciado del arma, el niño violento, se postula como símbolo, adquiere la trascendencia con la se despachan las cosas de más fuste, las de la cultura. No hay nada que evocar que no hayamos pensado ya antes o que no nos haya sido servido en la iconografía clásica, la de la literatura noir, la del cine de ese género, pero la violencia no es solo una etiqueta, un recurso semiótico. Solo bastaría tener la certidumbre de que el niño acabara disparando sobre la cara del fotógrafo, pero estamos a salvo de la realidad, estamos encapsulados en la ficción, en cierta idea de que incluso los acontecimientos más extraordinarios, los más duros y de más hondo patetismo, pueden ser considerados una rama de la literatura, como convino Borges sobre la teología. Tenemos un blindaje óptimo. Nos hemos pertrechado bien de refugios en donde resguardarnos. Y no saber nunca si la bala se quedó en el tambor o el dedo percutió el gatillo y salió del arma.

La verdad la dice cualquiera, pero la mentira requiere imaginación. Quizá de ahí provenga el escaso aprecio que se le da a la literatura, los pocos libros que se venden y, sobre todo, el poco prestigio que tienen los escritores, que siempre fueron gente de poco fiar, por mentir, por no hacer valer la verdad y reclamar ese triunfo bastardo de la mentira. A nadie le gusta que le mientan. (Ya no digo nada sobre el respeto que se le tiene a los actores. Eran cómicos. Lo he escuchado muchas veces. Todavía, en cierto modo, para algunos, siguen siendo cómicos). Suspendemos la credulidad y entramos en la trama de los libros, pero luego volvemos a la realidad, la abrazamos, nos damos de bruces con ella y hasta advertimos cómo nos hiere o nos afrenta. Lo que no hacemos nunca es negarla: es la casa fiable que tenemos. Lo otro, la mentira, no prospera, no tiene predicamento, no vale nada más que para entretener, no para vivir. Hay gente que recela cuando ven a alguien llevando libros. Sigue pasando. A la larga, la cultura es una actividad subversiva. Cuanta más evidencia hay de que alguien es culto, más recelo produce. Parece que esconde algo que va a ser usado en nuestra contra. Siempre vencen las armas. Suenen cuando se usan o tan sólo amedrenten a quien las mira, cuando el portador alardea de ellas y las maneja como los viejos pistoleros en las películas. 

16.6.18

El árbol de niebla / Redux / Un cuento



A ratos tengo la sensación de que no estoy solo. En mi voluntad de no caer en la locura o en el deseo de no anhelar la muerte, prefiguro la idea de que, si no un mal sueño, uno de verdad triste o trágico, estoy ocupando un fragmento accidental de una trama invisible en la que yo soy el náufrago y el resto del mundo, sin exceptuar a criatura alguna, se afana en dar conmigo, mueve cielos y tierra por encontrarme, buscando en todo momento el consuelo del que ahora carezco, procurándome los afectos que en este instante no poseo. Así, en esa maquinación de mi cabeza, en ese trajinar hueco, paso los días en este isla. Es una propiedad que no me interesa, la isla, pero me he ido acostumbrando a reconocer sus accidentes y a veces, sin que me entusiasme ese acceso de afecto, he pensado que es hermosa a su manera. 

Ningún naufragio es razonable. Ninguno del que después uno pueda extraer una enseñanza o siquiera un buen relato, un relato admirable, del hombre considerado en sí mismo como un verdadero héroe, enfrentado por el gobierno del azar al rigor más terrible, empujado al infierno mismo, exterminada su vocación de vida, rebajado a la condición más pobre del alma. En mi delirio, el poco que tuve o el inventado ahora para aliviar mi penuria, imaginé también una suerte de ficción en la que cada ingrediente dramático contribuía formidablemente a que la historia fuese épica, fuese sublime, y concitara la aprobación unánime del público eventual que la escuchara, del lector fortuito o, bien mirado, del amigo cercano, ávido de que le cuentes todo y comprenda que has regresado del reino de los muertos como Lázaro en las Escrituras. 

A ratos caigo en el desánimo absoluto, me lamento de lo funesto de mis pensamientos y lloro a salvo del pudor, lloro en cualquier lugar, donde me pilla el llanto, puesto que nadie me observa, aunque mis manos tapan ridículamente mi rostro y mis ojos entre los dedos, avizorando aquí y allá, cuidando de que nadie repare en esa flaqueza mí, en la debilidad de la isla de mi cuerpo. Porque soy un hombre entero todavía o porque no creo haber llorado nunca al modo en que en ocasiones  lo hago. Carezco de la firmeza que otros exhiben al advertir el mal cerniéndose sobre ellos. No poseo tampoco la paciencia o la confianza que alguno manejará, especulo ahora. Manejos que distraen el curso imbatible de las horas. Argucias que combaten el desquiciamiento al que me acerco a diario. Tengo abandonadas todas las buenas costumbres de antaño. He comprendido que la vida en esta isla sería insoportable para el hombre que fui. He comido pescado crudo. He dormido en la orilla y me han despertado las olas. He hincado mis dientes en el cuello de un ratón y he saboreado la carne dulce hasta que mi estómago dio varias arcadas y mi cabeza reventó de pánico. He dejado de ser quien era, sí, he dispuesto ser otro, soy inamoviblemente otro. Esta victoria sobre la isla la urdí durante años, en soledad, escribiendo en mi memoria los prodigios a los que tendría que recurrir para que la isla entera desapareciese. Ese es mi propósito. Lo que mi imaginación febril ha fabulado es la impostura más fantástica. Ninguna iguala a ésta mía en fascinación. Voy a borrar el paisaje, voy a vivir dentro de mi cabeza.

Pensé: no hay una isla, no hay un árbol a mi izquierda, no estoy sentado bajo su sombra. Es un árbol de humo o es un árbol de niebla. Mi conciencia no admite el árbol ni admite la isla. Todo eso, hechizado, pensé. Y mi esperanza o mi fantasía o mi instinto rubricaron con el sueño mi anhelo. Dejé la vigilia, olvidé la luz, abandoné la oscuridad de las noches, renuncié al sabor de la fruta, no mordí el cuello de las bestias, censuré los peajes de mi cuerpo. Con el tiempo advertí que mis deposiciones eran más espaciadas y que el hambre no me acometía con la saña del pasado. El árbol a mi izquierda, el que me deparaba la solaz sombra, era un árbol solo en mi sueño. Era el árbol de niebla. Ahí estaba a salvo de la lluvia o de la ausencia de lluvia, liberado de todas las servidumbres de las horas y de las nubes y de la tierra dura sobre la que orgullosamente se yergue. Anoche urdí este simulacro . No intervino la inteligencia, pues poseo la justa y no sabría administrarla con éxito. Fue la belleza la que acudió anoche en mi ayuda. Yo la llamé y ella vino. Fue la poesía o fue el milagro de las palabras, acunadas con mimo infinito, recitadas como un salmo, invocadas para que algún dios me premiara y regalase la posibilidad de escapar de aquí, aunque mi cuerpo no abandone jamás la sombra en la que en este mismo instante yazgo.

Son las palabras las que sustentan el mundo. O mi mundo. Ya no tengo las ideas todo lo claras que querría. Querría poder contármelas con más convicción, ocuparme sólo en encontrar el vocabulario exacto. Sé que si yo ahora dejase de escribir o de pensar que escribo, me quemaría el sol, me dolería la cabeza, me aturdiría dolorosamente el hambre. Si en este momento interrumpo el relato, mi corazón entero dejaría de latir, mis ojos no percibirían el cielo azul, atravesado de nubes muy blancas, que se mueven aprisa y que me ignoran. Si no me cuento el mundo, desaparece. Si perezco, el mundo perece conmigo. Soy como el árbol, soy de niebla.

Temo que un día mi cuerpo desista de lo que mi cabeza le ordena. Temo que se malogre este bienestar magnífico. Que el frío importune mi voluntad de escribir o de pensar, no sé, son la misma cosa ambas dos. También que el calor me despierte. En este prodigio no cabe la vigilia. Y con todo, en la ensoñación en la que habito, nada me es en absoluto ajeno. Todo lo siento mío y a todo me aplico con ardor. Concibo con precisión el río y escucho a mis espaldas su fluir dulcísimo. Aprecio el rumor de su caudal y el chapoteo sencillo de los peces cuando saltan. De una manera que no podría explicar sin entrar en contradicciones o en sinsentidos, el río fluye porque yo pienso en que fluye. Sé que si despierto, no habrá peces ni la hierba glauca en la que el agua se abandona y donde hocican las bestias. Las bestias que modela mi ingenio, con las que entablo diálogos asombrosos. Como si fuesen criaturas humanas y me concedieran el inestimable privilegio de que yo converse con ellas.

Creo que todo me pertenece y que nada de lo que me circunda desafía mi mando. Soy un dios pequeño y rudimentario, soy la luz y la sombra, soy el que discurre la trama entera del cosmos. En mi afán por adquirir en este mundo impostado una vida similar a la del mundo que abandoné, he consentido que los animales se reproduzcan y que el cielo riegue los campos y me moje a mí, el que sueña. Es una temeridad, me ha reprochado una especie de tigre o de pantera con la que tengo unos parlamentos extraordinariamente inteligentes. En cuanto la lluvia arrecie con fuerza, ha insistido, te mojarás, enfermarás, despertarás, yo me moriré, dejaré de hablarte, se acabará el mundo. Por eso ando pensando en prohibirles la coyunda. Suprimo ese acto noble y feroz y evito que mi reino se pueble de excesivas criaturas.

Miro el mar, ahí enfrente, observo el vaivén loco de las olas, escudriño barcos que nunca llegan, me ciego  con el vértigo del sol, me quemo con la fiebre de sus rayos. También soy un dios torpe y desaliñado. Un dios sin un templo. Un pobre dios abandonado que solo habla con los personajes de su locura. Que cree estar contándole a alguien el dolor que está sufriendo. Que se muere todos los días o que ya está muerto y está descubriendo poco a poco que el cielo y el infierno no existen. Que todas las almas del mundo, las antiguas y las novicias, duermen aquí conmigo, bajo el árbol de niebla, en una isla terrible al final del tiempo. 

Poco a poco entreveo lo absurdo de mi empresa. No es una cosa que se descubra de golpe. Viene despacio esa convicción. Duele que no pueda interferir en el ruido que hace el viento al agitar las hojas de los árboles o en la velocidad con la que la sombra malogra el imperio de la luz. Anoche soñé que me rescataban. Hombres serios, con una cruz al pecho, de conversación sencilla y ruda. Me tumbaban en una cama, me consolaban a su manera, un poco bruscamente, pero con noble intención en el fondo. Les agradecía que me hubiesen salvado, pero sin estar convencido del todo. Echaría en falta el árbol de niebla, las noches infinitas en la isla,el rumor de las olas cuando se retiran, todas esas evidencias primordiales de la novela de mi soledad. Si nadie acude en mi auxilio, me encerraré en mi delirio. Se está bien dentro. Cree uno que nada hay afuera. Se me escaparán los días y las noches, irán por ahí sin que yo consienta su fuga. Me quedaré en mi encierro, me perderé en mis recuerdos. Leeré esto que estoy pensando y lo recordaré palabra por palabra y quitaré unas y añadiré otras. Sólo por tener algo que decir, algo que contarme. Se está solo en la isla. Incluso dentro de mi cabeza, por más que la cuide, hay soledad. Ahora me está entrando sueño. 



14.6.18

Por ahí debe andar Iván Karamazov





Uno tiene la convicción de que se puede vivir en los libros, pero luego lo disuaden el amor que uno recibe y el que da, que requieren sus atenciones y el tiempo, entre libros, no las procura, no permite que la realidad se inmiscuya en ellos y los aparte. También están las calles y el cielo alto y azul y los paseos por la periferia de la ciudad, mirando a lo lejos el campo, que es un país extraño a veces, como ajeno. No sé si amo más leer los libros que observarlos. En parte una cosa conduce invariablemente a la otra. En una época, me demoraba en las librerías, paseaba sus pasillos, fatigaba sus baldas altas o sus expositores en mesa. Todavía, cuando tengo tiempo, las visito. Lo hago en ocasiones sin la idea de comprar ningún libro, sólo me mueve ese placer privado (todos lo son, los públicos dejan un poco de placeres al airearse), el de sentirme arropado por ellos. Siento que mi vida está en esos libros. Que lo que yo haya sentido alguna vez está recogido por alguien en un párrafo de uno de esos libros. Me produce también una zozobra inmensa, la de la orfandad que percibo. Siento que algunos no se abrirán nunca, no serán comprados o, caso de que alguien los adquiera, no serán leídos, no habrá quien deshaga su vocación de objetos entre los objetos y los convierta en organismos vivos. Con algunos he entablado conversaciones que no he conseguido con seres humanos. Eso tiene una parte terrible, lo admito, pero constato esa evidencia y sé que volverá a suceder y que me sentiré colmado y feliz por esa circunstancia. Cuando los libros nos reclaman más de lo conveniente, hay que aparatarse de ellos. No se nos olvide el ejemplar recuerdo de Alonso Quijano y su biblioteca de ensoñaciones y de aventuras embutidas en libros de caballería. No creo que fuesen esos libros los que lo enloquecieron. Fue la realidad, tan delgadita, tan escasa de avatares, la que lo arrojó a la locura de todas esas descabelladas y fantasiosas páginas. Hoy empiezo libro nuevo, pero sé cómo evitar que me domine. Si es muy bueno, no puedo evitar que me colonice. Hará cuarteles en mi cabeza, guiará unos días lo que haga, me hará pensar en él continuamente, pero luego será reemplazado por otro libro. De resultas de todas esas colonizaciones, no hay ninguna que verdaderamente prospere. Unas anulan a otras.

Cuando tengo a Dostoievski en mi cabeza (este verano pasado leí Los hermanos Karamazov por primera vez) me sentí angustiado, creía que me observaba Dios, todo lo pasaba por el tamiz de esa neblina dramática. Tenía a Iván Karamazov en las tórridas siestas de primeros de agosto yendo y viniendo de mi cabeza al libro, que era su residencia de reposo. Veía parricidios por todas partes, percibía ateos por todos lados. Todavía hoy veo el libro en un anaquel alto de mi librería y me estremece pensar hasta qué punto me afectó. No es un estremecimiento que cale, ninguno doloroso o duradero: desaparece cuando salgo de la habitación o cuando vuelvo la vista y veo el lomo de otro libro (acabo de ver que está absurdamente junto a un volumen de cuentos de Roald Dahl) o salgo a la calle o veo distraídamente la televisión. Lo que me fascina (cada vez más) es la capacidad que tienen los libros (la literatura) de modificar nuestro ánimo o nuestro comportamiento y hacerlo sin que sepamos que esa mudanza proviene de ellos, de las historias que cuentan y de cómo las hicimos nuestras. Por cierto, tras leer la novela, interesado en Dostoievski, de quien no sabía prácticamente nada, supe que Einstein y Freud la tenían entre las más grandes de la literatura y que el autor fue el mejor personaje posible para sus historias. Qué bien hubiese sido haber nacido Tolstoi, pero no pudo, por más que quiso.

12.6.18

Ser uno, ser varios, ser todos / Borges 5




"Cada hombre contiene varios hombres en su interior, y la mayoría de nosotros saltamos de uno a otro sin saber jamás quienes somos".
Brooklyn Follies, Paul Auster

Yo, que tantos hombre he sido no he sido nunca
aquel en cuyo abrazo desfallecía Matilde Urbach.
Le regret d´Héraclilte, Jorge Luis Borges

Yo debo tener más de los que ahora podría contar, seguro que más de lo que estaría dispuesto a aceptar. En el término de un día, pueden ser varios los hombres que se crucen o los que se instalen, sin que esa circunstancia evite que vuelva a ser yo en algún momento. Fascina pensar que no eres tú el que hace algo, sino otro interpuesto, incrustado o cedido o reemplazado. Se tiene a veces la idea de que no se es enteramente responsable de ellos. Que podemos desentendernos, aducir que no éramos nosotros (había bebido más de la cuenta, estaba extremadamente cansado, se me fue la cabeza, etc) Sin embargo, siempre hay un momento en que volvemos a casa. Tenemos esa necesidad de hogar. A pesar de todo lo mal que pueda irnos, siempre deseamos refugiarnos en nosotros mismos. Cuanto más lejos nos vamos, con mayor gana regresamos. Si el viaje afuera es largo, el viaje adentro es más emotivo. Hay veces en que sienta uno la emoción de reencontrarse, me dijo K. Eso es porque no has sabido ser hospitalario contigo mismo, le respondí. Vamos los dos contándonos cómo nos ha ido, si fue un buen día o hubo algo que lo malogró. Por lo normal, sin entrar en detalles, no es únicamente un detalle el que lo deteriora, el que lo afea o desanima. De ahí que interpongamos varias máscaras. Se traen porque así podemos descansar. Por no estar todo el tiempo en primera línea, algo así. Por no estar tan ofrecido y vulnerable. En el fondo, lo que anhelamos es ese anonimato, el que nos preserva. K. sostiene que escribir favorece que saquemos de paseo a todas esas voces que nos hablan desde adentro. Les dais vuelo, me dice. Sois unos privilegiados. Tal vez en este momento en que estoy escribiendo no soy yo el que lo hace, no diga nada que pueda comprometerme, es posible que no sienta mío lo volcado, ni siquiera lejanamente mío. No saber quiénes somos, dice Auster. Ir de uno a otro, saltando. Acabar el día y haber saltado mucho. Borges lo dijo con más elegancia: haber sido tantos, pero no el que sostuvo a Matilde Urbach cuando moría. En el extremo, siempre se accede a él, hay un camino que nos conduce a él, pensamos que hemos sido el juez y la parte, el que afrenta y el afrentado. Eso nos salva, en última instancia, del caos: poder ir del verdugo a la víctima o del ganador al que fracasa y no ser nunca de verdad ninguno de los dos. Yo creo que esa duplicidad (o multiplicidad) elude que nos volvamos locos o muramos de puro aburrimiento. 

11.6.18

Joyce, Kafka, Musil, Dahl, Pla y Bécquer

1 JOYCE
Uno quisiera dejar un monólogo a lo Molly Bloom, un largo viaje adentro, una maniobra onírica, de la que salga algo en claro, aunque sea la rotunda incertidumbre, la levedad de estar y, al tiempo, de poder salir y ver qué hay afuera, pero que exista la posibilidad del regreso, que no sea el viaje demasiado caro. Ayer pensé en Ulises y me declaré incapacitada de avanzar más de lo que ya hecho. He dejado ese ochomil definitivamente. No me duele, no siento el peso de la obligación, no me atraviesa el dardo de la incompetencia. Como esta voluntad mía, tan literaria o tan idílica, no es posible, me quedo en la tarde irreversible, caído junio ya a plomo, pero con traje de otoño mediado, con el café a medio tomar, con la mañana a medio montar, con ganas de acabe el domingo (sí, sí, sí) y empiece el lunes, abandonado en un aparte accesible de la mesa, firmemente comprometido con la realidad de la que descreo. De hecho no hay otra manifestación de más pulcra solidez que el café, en su taza de los Rolling Stones, la que me regalaron en un amigo invisible, a medio tomar, ya un poco frío por el desvarío de escribir, ya un poco perdida por todo lo que hay que hacer y no hago. 


2 KAFKA
A lo primero a lo que uno se inclina en Kafka es a considerar la acústica de la palabra. Kafka. Kafka. Kafka repetido una docena de veces. Hay una belleza ineludible, con la que se abren paso algunas de las bellezas menos evidentes o un tipo singular de belleza sin la que yo mismo no podría subsistir al modo en que ahora lo hago. El gris Kafka, oficinista, soporta la realidad en la creencia de que las noches las llenará de armonía con su escritura. Escribimos para que las noches limpien todo lo gris que ha ido abandonando el día. Se escribe para estar a salvo del rigor del mal o de la tristeza. Somos Kafka en una habitación, mirando la hoja en blanco, pensando en cosas que no podrían explicarse a viva voz nunca.


3 MUSIL
Hay desolaciones admirables, tristezas ejemplares, descensos muy loables al vacío puro, de donde no se sale. La literatura, en ocasiones, se abastece de todo eso, de la desolación, de la tristeza y de todos los descensos posibles al vacío, sea puro o sea bastardo. Todo para que el lector invisible caiga al mismo vacío, arrastrado maliciosamente. O quizá para que no caiga. La literatura tendrá ese propósito. Hacer que no caigamos. Mantenernos a flote. Evitar la deriva. 


4 DAHL
Me contaron una vez que el juego era la fiesta del mirar con ligereza. Quien me lo dijo lo había leído, seguro. Suena a una de esas citas maravillosas que uno deja caer en ocasiones especiales. Hoy debe ser la ocasión especial. En cuanto nos asalta el desencanto, dejamos de jugar, ingresamos en la edad adulta, la que nos malogra esa pureza idílica de lo lúdico. El juego festeja la vida. Jugar, en compañía o solitariamente, nos reconcilia con la felicidad. No la abandonamos del todo nunca, es cierto, pero no batallamos cuando la perdemos. Damos por hecho que quizá no la merecemos enteramente. Creemos que no es posible el regreso. No jugamos como debiéramos. Nos educaron para ir abandonando de forma paulatina el juego y todo lo que el juego trae bajo el brazo. A veces pienso que los males del mundo residen en eso, en que hemos dejado de jugar, en que no encontramos paz y nos dedicamos a jodernos sin miramientos. Joder es el juego. Dicho burda y abruptamente, solo estamos aquí para jodernos los unos a los otros. Unas veces con más fiereza que otras, pero no se me ocurre nada para que se me borre ese pensamiento. Me voy a acostar para ver si en los sueños me limpio un poco y mañana amanezco más festivo.


5 PLA
Hay que ser muy provinciano para poder ser absolutamente universal.


6 BÉCQUER
Hace años que no leo a Bécquer. Lo hice vorazmente y nunca lo vi cursi. Incluso en las partes cursis, las que adquieren ese timbre fonético dulzón o emanan candidez y armonía pura, soy capaz de encontrar un sentido escondido. Bécquer era un tipo sórdido. Si se lee bien, convenientemente adiestrado, se puede entresacar un poso de perversidad y de miseria. Como si fuera cine negro con pétalos orientales, tupidas madreselvas y palabras que, desde que se airean, arden.

Nadal


Le tengo a Nadal el aprecio y el afecto que no le dispenso a otros profesionales que son en lo suyo igual de eficaces y triunfadores que él. Sin entender bien por qué, siento propios sus triunfos; consigue eso: que exista esa transferencia afectiva insólita, habida cuenta de que no le conozco en absoluto. No es cierto eso, pensándolo bien: a Nadal, a poco que se le sigue o se escucha con atención lo que dice, se le puede conocer, puede ser algo nuestro, como una especie de amigo. Me alegra el día cuando gana un grand slam. Como si fuese cosa mía o como si tuviera yo parte en su gesta. Lo de Roland Garros es parte de la historia familiar. Si hubiese estado Federer, mejor aún. No hay deportista que rivalice con Nadal en compaginar sencillez y magisterio. Nada que ver con Cristiano Ronaldo, que cae mal nada más abrir su boca, aunque luego en el campo haga goles como churros y el equipo en el que milite (ahora el Real Madrid, mañana ojalá otro) gane trofeos y engorde las arcas patrimoniales de la entidad. Nada ver con Messi, que cae mal incluso sin que diga esta boca es mía. Tal vez por ser tan poca cosa y desear uno que fuera del campo se explaye y opine. Al menos Cristiano congracia la animadversión ajena por causa de esas opiniones. Parece que es más respetable caer mal por hablar que por no hacerlo en absoluto o por decir obviedades. A Nadal no le sucede nada de eso. Se defiende bien cuando expresa su parecer político. El otro día se pringó en lo de Sánchez y en lo de Rajoy. Dijo: "Yo lo que querría es poder votar". Creo que dijo eso. Está bien que toda esa gente pública pueda decir lo que piensa. Se añade que Nadal lo hace con un respeto que sobrecoge. Teme decir una palabra inapropiada, se arredra en el tono, no embiste, no deja caer nada que ofenda. En el campo, sin embargo, actúa con absoluta animalidad. En el tenis, muy por encima de otros deportes, se puede ser un caballero y, a la vez, desvalijar al enemigo, expoliarlo, reducirlo a trozos, hacer que desee no volver a pisar una pista. Lo admirable de Nadal no es que gane, sino justo lo contrario: se enseñorea cuando pierde. Ahí despliega sus modales más cívicos, los que deberían proyectarse en las aulas, haciendo ver a todas las generaciones que lo observan lo fácil que es aceptar que lo normal es perder o que ganar es una condición deseable en cualquier lance de la vida, pero no la fundamental. Creo que nos han educado para vencer. Los perdedores no escriben la Historia, eso dicen. Pero a veces encuentra uno un señor como éste y se alegra de que haya llegado tan arriba y siga en la brecha, haciendo como si no hubiese pasado nada, emocionado hoy en París, aunque sea la vez número once en que repite el mismo gesto, el de ganar tantas veces, once, once, se dice pronto, con esa abrumadora superioridad  en uno de los templos del tenis. Si no fuese por sus lesiones, se diría que no es de este mundo. Lo emocionante es que se lesione, se sacrifique, renuncie a todo para regresar con el ánimo puro y el cuerpo arreglado. Podría vivir la gran vida, pero la gran vida es la que él ha elegido, la del tenis y la de seguir arriba. Es el ave fénix, es Lázaro, él mismo es ya un persona de la mitología. De la mía, de la de cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad, le guste el tenis o le causa la indiferencia más absoluta. Somos de Nadal porque transmite la armonía que buscamos en el deporte. También porque nos enseña algo precioso en estos o en otros tiempos: la nobleza del error, la posibilidad de que no importe perder si lo has dado todo o el rival es sencillamente mejor que tú. Echo en falta ese argumento, no lo veo a diario. Por supuesto, tampoco lo veo en la escuela, por más que los maestros nos conjuremos para conseguir que sea el trabajo el que resplandezca, y no únicamente el triunfo cuando finaliza. Ojalá cunda el ejemplo de este hombre y podamos ver alguna rueda de prensa suya cuando no gane el próximo Roland Garros o el US Open. Dirá que lo hizo mal, no se encogerá, valorará el desempeño del contrincante, hará ver que la vida sigue y que habrá otro partido y él trabajará duro (en eso es particularmente insistente) para llegar en las mejores condiciones y poder ganarlo. Lleva toda la vida haciendo eso.

10.6.18

Paradiso


                                                                       José Lezama Lima

Hay actos heroicos que pasan factura y otros que no. Me atraen los irrelevantes, los que no calan, ni dejan huella, todas esas empresas que parecen imposibles y luego resultan asequibles. Tras el despliegue militar, después de haberlas acometido, regresas a casa con la salud intacta, sin heridas, como si no hubieses emprendido batalla alguna. En literatura, mi rubicón es el Ulises de Joyce. Hubo un verano en el que me propuse acabarlo. En otros (Joyce es cosa de veranos) lo empecé con ardor libresco y terminé arrumbándolo, echando mano de lecturas más ligeras, menos trascendentes tal vez. No tengo respeto por los clásicos. Los rechazo si me aburren. Ha habido varios. Me cansa (me produce hartazgo verdadero) la obra mayor de Joyce. Pongamos que Finnegans Wake corre la misma triste suerte, la de decirme poco o no decirme nada. Insisto en que lo he intentado, me he pertrechado de valor, he buscado los días idóneos (siempre los hay, es cosa de dejar unas cosas y afrontar otras) y me he sentado con la mejor de las disposiciones, con la experiencia de haber leído mucho (siempre es poco, no se lee nunca mucho) y la de haber franqueado otras cumbres de riesgo en apariencia (Proust; Azorín;  el tocho de la Regenta de Clarín; el Solenoide de Cartarescu, que me ha costado una barbaridad pero que acabé hace unos días y me ha absorbido, levitando en trozos a veces) que luego no fueron tan intimidantes y se sobrellevan bien o incluso muy bien. Pero Joyce no entra en esa lista. No le invitaré por más que el canon lo prescriba. Me satura, me aturde, pero sobre todo (he ahí el matiz disuasorio) me deja indiferente, no encuentro con qué armar la paciencia y proseguir, sin decaer, permitiendo que avance la trama (la trama que no percibo, por cierto) y que los personajes me engolosinen (personajes que no me afectan, no conversan conmigo, no son nada que me pertenezca). Me parecen obras notables (las que pasan a la historia, las clásicas) Dublineses, de la que John Huston hizo una de las mejores películas que yo he visto (Los muertos) y Retrato de un artista adolescente, que fue la primera que leí y a la que volví (con dispar atracción) no hace mucho. Dejé al estudiante Dedalus y a la pareja Bloom hace bastantes años en una balda alta, junto con otros libros a los que acudo poco o tienen todas las papeletas que no volveré a acudir. Me dijo en cierto ocasión un amigo que había que leerlo en inglés y que así era más recomendable. No da mi inglés para ahondar ahí; tampoco el suyo, imagino, pero quedan bien ciertas aseveraciones, se dan por incomprobables y quedan en el aire, como hitos de la conversación. "Yo he leído el Ulises en inglés". Mi Joyce escalado es Lezama Lima, el gordo, el místico, el barroco, el excesivo novelista cubano al que entré mal y del que más tarde (con voluntad firme y con los ojos y el alma muy abiertas) he salido estupendamente. Cuánto placer en sus páginas, en las difíciles y en las asequibles, en lo que avanza con morosidad, con párrafos que pueden desgastar esa paciencia, pero que luego compensan y piensa uno en ellos, en su mezcla de géneros, en su precioso hilvanar palabras. Importa poco recordar de qué trata, si el poeta Cemí (de eso sí que me acuerdo) logró encontrar la felicidad o siguió deambulando por ahí, buscando un cuerpo o un verso, ya no se sabe bien qué.




9.6.18

Lágrimas en la lluvia



Deberíamos no tener cuerpo, no obedecer sus servidumbres, no tener que esmerarnos en su cuidado si queremos hacer que dure más o no caer en los excesos para que no enferme. Es traumático la relación que tenemos con él desde que percibimos nuestra existencia. No hay nada que sea más nuestro que su presencia tangible e inevitable. A él le encomendamos que nos agasaje, como si dentro suya anduviésemos nosotros, pendientes de que haga con rigor su trabajo y no desatienda la rendición prevista de placeres. Le exigimos que funcione a pleno rendimiento, le pedimos (sin los protocolos y la educación que merece) que nos abastezca de júbilos y, en esa conversación entre el cuerpo y nosotros, andamos, dormimos, hacemos la digestión, pasamos frío, sudamos o fornicamos. Salvo lo que pensamos (y no siempre) depende de su estado de forma. Anoche, leyendo en el sofá, tuve la sensación de que él iba por un lado y yo (ya digo, mi cabeza, lo que no es enteramente la máquina que anda o duerme o hace la digestión o pasa frío o suda o fornica) iba por otro. Cerraba los ojos, sentía nublarse la conciencia, percibía a ratos la luz de la lámpara y escuchaba también a ratos el disco que había puesto (uno de John Coltrane a un volumen muy bajo). Acepté que el día había acabado y que no era posible seguir leyendo (unos cuentos de Cheever) por lo que apagué la lámpara y el equipo de música, dejé los cuentos en la mesita y me encaminé pasillo adelante hacia el dormitorio. Nada más ocupar la cama y buscar acomodo en las sábanas me desvelé. Lejos de contrariarme, me calcé las zapatillas de casa y regresé al dormitorio. Hola, Cheever; hola, Coltrane. No sé si estuve una hora más, quizá no tanto, pero cuando volví a la cama, ya bajo mi voluntad, cuando vi que la hora era avanzada, sentí una de esas benditos momentos epifánicos, que escapan de la rutina y de la banalidad y de la fría concatenación de cosas que nos suceden durante el día y que son ajenas y no nos llenan; sentí que era dueño de mi cuerpo o que mi cabeza (empozoñada a veces por vicios y por torpezas) había triunfado, hecho lo que le apetecía (leer a Cheever, escuchar a Coltrane), aunque al día siguiente, por disfrutar esas horas de felicidad privada, el cuerpo cobrara su peaje y me levantara con la resaca que sin titubeos acarrean ciertos excesos. No tiene uno ya completo dominio de su cuerpo, padece más achaques de los que desearía, le afectan cien quebrantos, se duele de mil punzadas, pero todavía sabe aceptar órdenes y reconocer quién manda. Llegará el momento (ay) en que cada uno vaya por su lado o, cosa más dolorosa aún, que ninguno tenga claro qué camino coger o cuál no. Me acordé, en sueños, del gordo Hitchcock. No se sabe bien a qué vienen esas imágenes que prorrumpen casi violentamente cuando no las esperas. Las tienes en la cabeza, pero ignoras qué deseo las anima, si anhelan hacerse un hueco o estarán ahí, en la memoria infinita, en la insondable, hasta que sean verdad las palabras del poeta y seamos polvo o lo que quiera que podamos ser cuando no tengamos cuerpo que nos alegre o nos perturbe y la cabeza no tenga opinión y no podamos contar con ella para lo que se nos ocurra. La memoria cinematográfica invita a Roy Batty, el atormentado replicante de Blade Runner, y le escucha de nuevo contar su oración, la rendición dulce y mansa de las cosas que ha visto, las naves en llamas más allá de Orion, los rayos brillando cerca de la puerta de Tannhäuser, todos esos momentos que se perderán cuando no estemos. Como lágrimas en la lluvia. Y no es pesadumbre esa certeza, no lo es en absoluto: es la constatación de que el tiempo avanza y lo hace a beneficio nuestro a pesar de todo. Hoy es sábado y suenan los Eagles (qué buenos eran los Eagles de los setenta) mientras me ocupo en cambiar unos aparatos de sitio, en poner y en quitar cables, en hacer que todo suena después como debe. Parece que sí. He sido un operario cuidadoso y formal.



5.6.18

Los fantasmas del Overlook



Leí El resplandor hace muchos años y la releí hace muchos veranos. Que recuerde, he visto la película de Kubrick tres veces, tal vez alguna más. Siempre me quedo con la imagen de Jack Torrance en la barra del bar o en la nieve, pero ninguna de esas instantáneas supera a ésta, que es un poco friki y un poco sentimental también. Lo friki y lo sentimental van entrelazados. Somos frikis de algo. Nadie escapa al influjo del frikismo. Incluso los asuntos serios, los elevados y los más nobles, los espirituales y los que acomodan el alma al cuerpo, tienen ese punto de extravagancia y de exceso. Aquí Nicholson y Kubrick afinando alguna escena. Yo, perplejo, no dejo de mirar la fotografía desde ayer. La tengo en la cabeza. Me viene sin que la invite, ocupa toda mi cabeza. Hoy, al menos hoy, estoy en el Overlook. Acuden fantasmas, me miran, los llamo.

3.6.18

La política, ah la política



Hay asuntos en los que uno no debe meterse. No nos incumben o nos quedan demasiado grandes o no son cosa nuestra y sí de otros, de quienes saben o han sido invitados o creen (a conciencia esa creencia) que alguien espera que ellos se involucren o aplaudan o censuren o sencillamente manifiesten una cara sonriente o una que no sonríe. Serán a quienes miremos, de los que nos fiemos, con los que contemos para emitir nosotros un veredicto o, más sencillamente, una opinión una cara sonriente o una que no sonríe. Todo, muchas veces, queda en iconos, no en argumentaciones. Basta un gesto que conceda o rechace o exponga cuánto nos divierte o nos desagrada. Escuché anoche en una tertulia radiofónica (era tarde, estaba en el duermevela, en la vigilia y en lo que no es vigilia) a alguien que se manifestaba apolítico total, creo que usó esa expresión. Le daba igual quién se sentara en las bancadas, quién ocupara La Moncloa o el sillón principal en los plenos de su municipio. No hablaba mal, se expresaba con conocimiento de causa y de consecuencias, pero el hartazgo le había hecho reclinar toda participación, decir bien a las claras que no iba con él la política, que (al fin y al cabo) estuviera quien estuviera harían con su pensión las atrocidades de costumbre o que la sanidad seguiría cogida con pinzas o que la educación (dijo tener nietos que no sabían lo que él sí a su edad) estaba afectada de una burocracia tan salvaje que se habían dejado de lado consideraciones sencillas, justo el tipo de consideraciones que harían que sus nietas supieran quién es Hitler o algún país que limitase con Alemania. Le dejaron hablar (yo lo escuché con intermitencias) porque estaba afectado de verdad y no era prudente censurar su parlamento. Acabó (luego ya no pude o no quise seguir) diciendo que no confiaba en el nuevo gobierno. Ni éste tan cogido con pinzas, tan escuálido y moroso, ni el otro, el apartado como si fuese la peste. No creo que debamos quedar fuera de la política. Es un asunto nuestro en la misma medida que lo es el colegio de nuestros hijos o el precio de la compra. De hecho el colegio de nuestros hijos y el precio de la compra es una extensión inmediata de esa política. Cuando escucho a alguien desentenderse de los políticos y de su trabajo, no me irrito particularmente, no evidencio nada que exhiba mi contrariedad o mi desaprobación. En ocasiones, cuando uno está colmado de política, también se retrae y prefiere no saber, dejar que los demás sepan y ver cómo vienen los abrazos o las hostias. Como el abuelo de la tertulia de anoche, como a veces uno mismo cuando todo está muy visto y muy repetido también, como cuando hemos escuchado la misma canción más veces de las soportables y desea uno que le cambien la melodía o que, en la idea de que no pueda haber otra, la ejecute una banda con más entusiasmo o más habilidad.Hay gobiernos que a veces son bandas contratadas para cubrir los huecos que dejan los gobiernos con más mando o más experiencia. Es admirable que alguien decida dedicarse a la política. Sigo pensando que es uno de los oficios menos agradecidos.

No saber de política no nos priva de emitir juicios sobre ella, por supuesto. Algunos están afinados y se vuelcan con retraimiento, como temiendo meter la pata o decir algo inconveniente. Otros están enteramente desastrados, se airean con fiereza porque es fácil criticar al político o al árbitro de fútbol o al médico o al maestro. Hay oficios que están expuesto al dictamen popular. Hablar es fácil. Debiéramos tener una mejor educación auditiva. Saber qué se nos dice, en dónde se nos miente, por qué nos toman por tontos. El barullo reciente (unos que han sido echados, razonablemente echados; otros que han entrado sin más avales que los comprometidos) no hará que llegue la sangre al río. Volverán las aguas a su manso fluir y el país (España, el nuestro, que se escamotea el nombre como si hiriese o produjese sonrojo o vergüenza) seguirá avanzando. Nunca avanzará del todo. Yo no he apreciado esa mejora incuestionable, que avance con arrojo y todos estén de acuerdo en que algunos (los que están al mando) lo estén haciendo bien. Siempre hay obstáculos, siempre hay comentarios interesadamente dañinos. Al menos, en estos tiempos, la información está al alcance, se expande y llega a todos lados. Faltan (tal vez) las instrucciones que nos permitan escarbar, hurgar, sacar lo verdaderamente relevante y dejar que la información espúrea, la bastarda e incivil, no prospere, no se convierta en la oficial, en la admita, en la que se toma por buena para crucificar al mandatorio saliente o al que está lampando (cuchillo en la boca, gesto combativo) por ser el mandatorio entrante. Yo mismo no sé mucho de nada de lo que digo. Se tienen ideas muy básicas, se pulen con los años y se aferra uno a ellas. Lo malo (lo verdaderamente peligroso) es hablar sin saber, es criticar sin oficio. Tiene sus ventajas (algunos veo yo, al menos) no ser mucho de unos ni de otros y ver que todos tienen la voluntad de trabajar a beneficio mío. Porque todo esto se hace para que yo viva mejor. Y usted.

1.6.18

El vals del pulmón extra



La vida va siempre en serio, pero a veces lo hace con más crudeza. Se ensaña, no tiene la templanza ni la mesura que desearíamos, parece que obra a perjuicio nuestro o que su empeño es contrario al propio, pero hay momentos de absoluta armonía, pequeños claros en los que la luz se hace paso y detiene el fragor de la sombra. Uno de los errores que cometemos es dejarlo todo al albur de la luz o de la sombra. Hay espacios intermedios en los que no existe el esplendor ni tampoco la negrura. Les damos poca importancia, pero es en ellos en donde está el depósito de nuestra cordura. Un amigo mío, al que quiero mucho, dice que bendita sea la rutina. La echamos en falta cuando nos atropella el stress, deseamos que todo vuelva a ese limpio fluir sin excesos, donde nada sea maravilloso ni terrible y las horas transcurran con la normalidad de la que se alimenta un corazón sensible. El mío, más sensible cuanto más viejo, echa en falta esa tranquilidad sin épica. No hace falta llegar muy lejos ni subir muy alto. Ni siquiera hace falta hablar mucho o escuchar mucho. Un amigo, hace tiempo, me contó que se consolaba escuchando música barroca al terminar el día. Se imponía ese tránsito dulce antes de conciliar el sueño. Albinoni y Bach para cerrar las heridas de la vigilia. Confiado en que esa receta me serviría, me enchufé unas cantatas y unos adagios antes de caer en el sueño reparador. Le confié mi decepción: no sentí nada, no me calmaron, no tuve la sensación de que esa medicina era la que podría sanar mi cansancio. Me acordé de él el pasado domingo. Al volver a casa, tras emplear parte de la mañana en visitar a mi padre, busqué en el móvil algo de Bach. No sé qué pretendía. Tal vez encontrar un sentido a las cosas a las que no se les suele encontrar sentido. No hallé consuelo, ni placer tampoco. Ha habido muchas ocasiones en las que he encontrado refugio en la música. No fue el domingo una de ellas. Cancelé la sesión barroca y me apliqué una buena dosis de blues. Me ayudó B.B. King. Vino a mi llamada. Me puse uno de los mejores conciertos de blues que he escuchado, y son muchos y espero que haya más y me sigan produciendo el mismo intenso placer. Es el concierto en la cárcel de Cook. Leí en una ocasión una entrevista en la que B.B. King dijo que tocó entre lágrimas. Que no hubo antes otro concierto en el que no se hubiese sentido más cerca de Dios ni del diablo, de la vida y de la muerte, de la luz y de su reverso. Lloró porque la música le liberó. Conforme la iba tocando, fue sintiendo el dolor y la liberación. Los bluesmen, algunos rockeros y cantantes folk (el propio King, Johnny Cash en Folsom o Rosendo en casa) probaron a dar conciertos a los reclusos. No creo que haya un público más agradecido. La vida va siempre en serio, pero en la cárcel se percibe toda su seriedad con más entera crueldad. Ahí importa evadirse de la rutina, encontrar un hueco por donde alcanzar cierto grado de libertad. La música (escuchada entre rejas o fuera de ellas, al fin y al cabo rejas hay en todos lados) es un bálsamo, la música es un pulmón extra con el que respirar más a fondo cuando el aire escasea o está viciado. Imagino que si en lugar de plantar un concierto de blues hubiesen metido una orquesta de cien músicos y sonara una sinfonía de Beethoven o de Brahms el efecto habría sido el mismo. No hay música culta o inculta, no hay un gremio o un extracto social o un colectivo al que se le asigne un género con más propiedad que a otro. A mis alumnos les entusiasmé cuando puse un puñado de valses en clase mientras hacían plástica. Creo que salieron dibujos mejores. Creo que ellos mismos salieron mejores de lo que entraron. Se fueron con un pulmón extra. Respiraban aire que no estaba quemado. Sintieron que el mundo, fuera de la clase, era otro y ellos mismos eran también otros. Al día siguiente (de esto hace unos años, igual pruebo de nuevo antes de que acabe este curso) muchos me dijeron que habían preguntado en casa si había valses.