20.10.14

Las palabras nunca se hacen daño


Tengo más o menos la certeza de que ahora va a ser la primera vez en mi vida que escriba la palabra austrohúngaro.Tampoco he escrito tardofranquismo, ni eugenésico, ni pillastre. Reconozco haberlas leído, incluso cabe la posibilidad de que las haya pronunciado en una o en otra conversación, pero el hecho de escribir exige una atención y crea una especie de cámara blindada en la que uno va arrojando las palabras, dándoles carta de estancia. Lo que uno escribe dura, se exhibe incluso a veces a pesar nuestro. Leer implica un pacto fantástico, uno de los mejores que pueden hacerse. Lo firman dos personas que pueden no conocerse en absoluto y lo mas sorprendente es que ni siquiera adquieren conciencia de estar haciendo pacto alguno. Por eso me esfuerzo en recordar qué he escrito. Porque me fascina la escritura. No encuentro un día, en los últimos veinte años, en los que no haya pensado en escribir. En esos veinte años, tal vez más, ha habido mayoría en los que he dedicado una parte del día a escribir. Algunos, hace ya demasiado tiempo, en los que no he hecho casi otra cosa que eso, escribir y pensar las palabras, en cómo se buscan, en dónde se encuentran., en la manera en que a su modo dicen de mí lo que yo no percibo si no es escribiendo. No hay noche en la que, al acostarme, no piense en si he escrito lo suficiente o tal vez debiera haber entregado algo más. Ninguna en la que, al no escribir nada, me sienta, en el fondo, vacío. Al contrario de lo que la razón o la mecánica de fluidos exige, escribir no es vaciarse. El que escribe, al hacerlo, se llena. Es un proceso que no admite las habituales disecciones de la ciencia. Justo ahora, en el momento en que escribo esto, me siento eufórico, una euforia de lunes, sencilla, en poco o en nada defendible, pillada a vuelo, como si se pudiera desvanecer con solo pensarla.  He escrito esa palabra las veces suficientes como para recordarla. La he pronunciado otras muchas. Siempre con mucho respeto. La felicidad, aliñada de euforia, no merece el desprecio del olvido. Soy feliz con estas pocas cosas. Los lunes existen para que el viernes tenga sentido. Se lo escuché a un amigo y desde entonces lo uso con frecuencia. Para que haya viernes tiene que haber lunes, suelo decir. El tiempo, ya saben, ese asunto tan extraño. Estos días veo Twin Peaks. No llevo muchos capítulos. Estoy fascinado con el jodido Lynch. Tiene una cabeza descabezada, una borradora incluso, una cabeza del tamaño de un sueño. Piensen en un sueño raro de verdad, en el que un enano canta y baila en una habitación roja. La alfombra roj, con rayas rojas que van y vienen. Las paredes y las cortinas, rojas. Me he levantado pensando en el enano y en la palabra austrohúngaro. No casan bien, creo. Las he metido en el texto, presionando, buscando cómo podrían no hacerse daño. Las palabras nunca se hacen daño, las palabras nunca se hacen daño. Las metes en una bolsa a la que luego echas un nudo, las zarandeas por el aire, con saña, y la abres. Dentro de la bolsa es posible que esté el mundo mismo. A veces la vida es una bolsa zarandeada a la que, al abrirla, le buscamos significados, cuando solo tiene preguntas, caminos que no garantizan que lleven a ningún sitio. Ahora vamos al lunes. Creo que va a ser largo. 

18.10.14

Una carta


Mariano, la de veces que te habrás preguntado cómo ha llegado la cosa a desmadrarse tanto. Es curioso eso de que las cosas se salgan de madre. Como si la madre fuese un asidero fiable, un refugio probado. Del padre no se dice nada, al padre no se pone en conversación cuando hay que sacar los trapos sucios o contar los pecados propios o los del vecino, no necesariamente en ese orden. El Estado viene a ser una especie de padre al que de pronto le hemos plantado cara y le he estamos pidiendo que se aclare o que se vaya. Hay muchos padres por ahí que han descargado en las madres o en el azar el cuidado y la educación de los hijos. Creo que somos unos hijos razonables. Otros, en mitad de este barrizal, ya habrían adoptado soluciones más drásticas o habrían salido por pies del caos y se hubiesen mudado a otro rincón del planeta. Todo por salir de la casa familiar. Aquí no hay quien viva, salvo los que tienen la manduca asegurada, que son muchos, menos mal. Pero igual hay demasiados que la tienen más que asegurada. Hablo de los que esto de la crisis les trae al fresco y pasean su abundancia y hasta, en el paseo, la engordan. Por eso hay que hacer algo, Mariano. O lo haces tú o encomiendas a otros que lo hagan o nos dejas que pongamos a otro en tu despacho por ver si de verdad nos pone en el buen camino. No sé tampoco si los candidatos que postulan poner el culo donde tú lo tienes plantado ahora merecen ese honor. La política puede ser considerada un honor, pero quienes la ejercen la están emporcando, llevándola a un terreno donde no va a ser posible sacarla, a no ser que hagamos una especie de amnistia sentimental, un reseteo a todo el sistema. Lo malo es que en el arreglo se quede pillada la máquina y no sepamos cómo echarla después a andar. No tengo edad para recordar el trabajo que costó ponerla a funcionar, pero he escuchado y he leído y sé que no fue una empresa fácil. Habrá quien piense que todavía está de pruebas la máquina, que le estamos haciendo un rodaje, uno largo, mayormente. Así que, Mariano, espabila o espabila más de lo que lo haces. Espabilado, atento, nos sacarás del fango. O tú u otro, en fin, ya sabes. Solos, sin la ayuda del padre, no podemos. Al pueblo hay que administrarlo, conducirlo, estabularlo, aplicarle las leyes, no concederle la potestad del libro arbitrio. Un pueblo bien comido y bien leído, el que tiene la cabeza en paz y el panza cubierta, no se tira a la calle, ni vapulea a quien tiene la encomienda de que las cosas, al menos, no empeoren, no pierden el brillo que han ido consiguiendo al correr de los tiempos. Es que hemos ganado mucho, Mariano, para tirarlo ahora por la borda. Y se están tirando cosas. No es ésta una carta escrita a modo de inventario de reclamaciones, qué va. Es un volunto mío de sábado, una especie de oración laica para que se me escuche. Yo, que no creo en la derecha del padre ni en la salvación o la condena de las almas, creo, sin embargo, en la autoridad del Estado. De no haber autoridad tal, no pasearía a gusto por las calles de mi pueblo, no esperaría sin angustia que se me ingresase (ay bendita nómina) lo que mi trabajo me reporta, no dormiría feliz, pensando en frivolidades, en cosas de menor fuste, en lo que hace que mi alma se enriquezca a diario y no tema, como a veces suele, que se venga todo abajo, que se vaya todo a la mierda, Mariano, que no es plan, ya digo, que a estas alturas del viaje tengamos que regresar o que pararnos. Debemos ir hacia adelante, no me imagino otro modo de placer que el viaje pensado como un descubrir continuo. Y en ocasiones me da por pensar, con miedo, con mi poquito de miedo, de que vamos hacia atrás, Mariano. En educación, en sanidad, en derechos, en libertades, no sé, todas esas grandes cosas, esas grandes palabras que llenan las bocas de los políticos como tú, permite que te tutee, las que sacan cuando ocupan las plazas de los pueblos, los pabellones deportivos cuando hay elecciones. Siempre sabe uno a quién no va a votar, pero no sabe a ciencia cierta quién se llevará mi apoyo, mi palmadita en la espalda, mi palabra de afecto en estos tiempos difíciles. Son tiempos difíciles, Mariano. Por eso, por lo difíciles que son, se entiende que cueste sacar esto hacia adelante, evitar que todo se acabe desmadrando más de lo que está. El desmadre se percibe sin mucho esfuerzo. Está ahí afuera. Mientras tú das cifras y cuentas la historia del país que va a mejor y que sale del hoyo, nosotros, los que hacemos las cifras y vivimos en el hoyo, no te seguimos, no vemos que el brote sea verde, aunque la metáfora no sea tuya, no nos alegran las estadísticas. Nosotros, los de aquí abajo, nos fijamos en detalles más pedestres, de menor fuste macroeconómico. Nos quedamos con titulares sueltos, con conceptos como el de umbral de la pobreza. De verdad que no se nos ocurría que en España hubiese, en el siglo XXI, tanta gente muriéndose de hambre o de tristeza o de ansiedad. Las tres cosas o incluso las tres juntas acaban con la fiereza y el estilo del mejor discurso, hasta del discurso más contrastado, el que exhibe números más redondos. Yo creo que todo lo traduces a números, Mariano. Se te ve el plumero agrimensor, la rémora de los años en que mesurabas las fincas y salvabas el prestigio con la rendición de toda esa matemática gris. Todo es gris. Todos somos grises. Nos estamos volviendo de ese color. Es el que mejor nos define. No te tomes esto como algo personal. Cualquier en tu lugar cometería los mismos errores. Debe ser duro el peso del poder, la responsabilidad del poder. O quizá es que la máquina estaba muy averiada, en fin, es posible, y lo que no se ha dado es con los mécanicos que la echen a andar de nuevo. Cuando lo hacía, cuando funcionaba, iba bien, pero fue un trayecto muy corto y la memoria es a veces poco fiable. Ahora te dejo. Sigue a lo tuyo. Contamos contigo. O con otro, pero que sepas que el ánimo de contar con alguien continúa firme. No está bien desmadrarse. Un pueblo entero, desmadrado, no cavila cosas buenas. Bueno, ya le dejo, tendrá sus despachos. Habrá percibido el tono educado con el que me he servido escribirle. No merece otro. No creo que merezca otro, pero entendería a quien se le ocurriese salirse de esta corrección mía, a quien le alegrase el alma desmadrarse un poco, un poco al menos. 

16.10.14

Así empiezan las novelas



Igual que uno no concibe que personajes de las novelas paseen las calles y se integren en la vida real, si es que los libros no la poseen de alguna manera, a veces tampoco alcanza que algunas personas de carne y hueso, a las que saludamos y a las que incluso se les profesa cierto afecto, se incorporen al caudal narrativo de un libro. Se le tiene a la novela la devoción de lo fantástico, no creyendo en modo alguno que transcurran sin que algo maravilloso suceda. Las que flaquean en ese aspecto, las cortas de historia, son otra cosa, pero no novela. Lo que yo amo de las novelas, al tiempo que estén bien escritas y que fluyan como deben, es la restitución esplendorosa de una historia. Las hay que no cumplen ese cometido y se adhieren sin problema a la gran Literatura, pero no se alojan en mi memoria, no se convierten en el objeto fabuloso al que mi ansia de conocer y de fantasear la encomendó la narración de un cuento. Vivimos del cuento, nos levantamos a diario deseando que alguien nos los cuente, nos dormimos y le confiamos al sueño que nos provea de la locura dulce de sus historias, que son también literatura, y nunca anodina, jamás anodina. Habla un lector de novelas. Otro diferirá, esperemos. Se trata de que cada uno busque, en las que hay, la suya, la que lo espolee y lo agite. El modo en que cada uno se deja espolear y se agita no es transferible ni tiene que ser transferible. Yo acabo de empezar Así empieza lo malo, la nueva de Javier Marías. Ah la historia, ah la escritura: qué placer ya conocido, qué manera prodigiosa de urdir y de avanzar, de hacer que el texto sea un personaje también. De alguna forma que admiro, y no sé explicar y no hace falta explicar, Marías hace que su estilo sea un ingrediente vivo, menos un instrumento que un actor más en la trama. Eso tendré que contármelo otro día. Igual hay quien le presta oídos y se deja contar. Eduardo Muriel y Beatriz Noguera no pasean las calles de mi barrio, pero están en casa, concurren conmigo en la cocina, hace poco, mientras espero a que el día me invite a cansarlo. Los días andan como suelen: persiguiéndose. Las noches invitan a perderse en un libro, en un cuerpo, en un sueño. No importa el orden. Piérdanse. 

15.10.14

La vida es bella

Hay bonitas melodías que cuentan cosas terribles. Lo leí en una entrevista a Tom Waits, pero lo podía haber dicho Gloria Fuertes o Torrebruno. Lo de menos es el formato. Lo que importa es el interior. En el pasado es en donde suceden las cosas. Uno piensa en todo lo dulce y en todo lo hermoso que le ha pasado, pero no está a salvo de que la memoria lo haya contaminado todo y lo dulce y lo hermoso exhiban un roto, un agujero por donde se ve el interior terrible. No hay ninguno que sea salvable enteramente. Recuerdo amigos a los que ya no veo con los que sería incapaz de mantener ahora una conversación o apurar una tarde de domingo en una terraza. Gente a la que acabo de conocer me han colmado como si fuesen amigos antiguos. Es la memoria la que sublime o irrelevante un acontecimiento vivido, un episodio en la historia de la vida, un fragmento que no acaba nunca de ser nuestro del todo. Frágil y ajena, la vida nos permite muy pocas voluntades. Nos da el dominio justo, nos permite ciertas extravagancias, pero al final acaba imponiendo su criterio. No sabemos qué criterio es ese. El del azar, imagino. Estamos a su capricho. La melodía es el azar el que la tararea. A pesar de todo, incluso aceptando la fragilidad con la que sentimos el suelo del día que pisamos, la vida es bella. Lo dijo un cómico de cara de cómic al que le dieron hasta un Oscar. La suya, la de su película, era una melodía hermosa, en el fondo, pero era tan terrible el cuento de adentro. Tom Waits, a lo lejos, tose. 

14.10.14

Los enemigos pequeños


Lo que hace que no duermas bien por la noche o que no concilies ni siquiera el sueño es que pienses en el mal, en la posibilidad de que te lo causen o de que tú, sin desearlo, o a sabiendas incluso, lo ejerzas, pero el mal se esmera cuando es invisible y no sabes por dónde te cerca, hacia dónde te conducirá, qué parte de ti será la primera que lo padezca. Por eso el ébola, esa venganza africana, trastoca el estado del bienestar, la derecha del padre y la paz de los honestos. Los otros, los malvados, tienen un rival impecable. Supongo que habrá alguna vez en que todas estas cosas no pasen y no existan riesgos, de modo que mueras de puro viejo, cuando el cuerpo ya se apague, por aburrimiento, por propia voluntad de quien lo trae y lo lleva. Ciencia ficción pura, argumentos distópicos.

No se duerme uno pensando en el ébola, en el contagio, en la muerte dolorosa del virus cabrón, pero no hay noche en la que no esté a mano la injusticia, el paro, el terrorismo, toda esa cruenta batalla del hombre contra el hombre. No hay mascarillas fiables que frenen esa invasión antigua. La guerra es el hombre mismo, la sangre vertida la ha provocado el hombre mismo, el dolor más grande lo ha causado el hombre mismo. Luego vendrán los enemigos pequeños, los virus infinitesimales, la muerte invisible en su mayor esplendor, pero es la muerte a bocajarro, la de las bombas, la del miedo a las bombas, la de la injusticia, la del miedo a la injusticia, la que corrompe los mapas y hace agujeros en la tierra y en el alma. Y hay que frenar al ébola, claro. Eso no tiene nada que ver con todo esto que se me está ocurriendo. 

13.10.14

La herida provechosa / Problemas populares



De Leonard Cohen se tiene la impresión de que los años no le afectan, aunque los cumpla y tenga cada vez más a mano la muerte, de la que ha contado algunas historias y a la que nunca le pareció un asunto por el que preocuparse. Eso de que la muerte esté cerca no es en absoluto atributo de la ancianidad. De hecho está el buen hombre escribiendo como aquel joven de los hoteles, el que no pretendía entender el mundo, pero hacía que los demás lo entendiesen. La obra de Cohen abruma, a poco que se mida o que se piense, porque es un recitado, pausado y lírico, de la soledad que nos cerca, del miedo que nos acucia, del dolor que nos vence. y todo lo cuenta como el galán atormentado al que le han robado el amor y le cuenta al nuevo, al que debe conquistar, el inventario de las heridas, por si se le da por lamérselas. Las heridas, lamidas, duelen menos. Mientras tanto, la cabeza del poeta sigue buscando las respuestas. Las del amor, las de la fe, las de la justicia. Ninguna viene con solo llamarlas. De hecho lleva cincuenta años detrás de las palabras con las que explicarse el mundo. Quién si no. Al poeta Cohen le incumbe profanar el velo que separa todos los mundos que no se entienden. Y hay muchos. La labor no acaba nunca. El mundo no acaba nunca, como escribió Simic.. Los discos de Cohen son también maneras de vivir, como cantaba Rosendo. Se puede tener la encomienda de la narración de lo que no se ve a simple vista (eso hace la poesía, en cierto modo) y también el deseo, no siempre secreto, de vivir bien en el mundo al cual se interroga. Cohen trabaja para pagar las deudas. Las de los bancos, las del alma. No es el único. Eso no le resta el valor que se le asigna.

Popular problems, su disco reciente, vuelve a recitar las palabras de antes y las embute en un traje nuevo. Cuenta lo de antes, la pérdida, el dolor, la soledad, la voluntad de que ninguna de esas trabas acabe pasando una factura muy alta. En realidad no creo que haya cantado muchas cosas Cohen: ha estado merodeando un único texto, un único gran texto, del que lleva viviendo una vida entera. Se está dedicando a quitar una línea y a poner otra, pero ah qué líneas, qué pequeñas novedades son esas líneas. Y canta como nunca. La vejez lo ha convertido en un trovador distinto, pero sigue confiando en la caverna de su garganta, en la profundidad de su timbre. Pero lo de menos es un disco, aunque sea uno recién salido, del viejo poeta. De verdad que un disco no importa. 

11.10.14

De pies y trampantojos

Todo está pensado para que parezca lo que no es, aunque nos obcequemos en ese convencimiento dulce consistente en creer que la realidad no esconde nada y todo está bien a la vista, carente de trampa, limpio de truco. Hay un plan oculto del que provienen todos estos trampantojos. Es una palabra hermosa trampantojo. La trae hoy a colación un periódico para hacer ver otros asuntos del discurrir, pero se sostiene sola la palabra, se iza a sabiendas de que no está al uso y se sabe, a su modo, cómplice de otras. Son las palabras las que organizan la realidad. Las mismas palabras son, en su esencia, trampantojos. Todo en ellas está pensado para que se piense una cosa, pero ande otra, de rondón, cercándolo, amenazando con ocupar el lugar en el que se manifiesta, pugnando por contrariarnos. La vida es también un trampantojo. Lo digo todo esto sin saber muy qué estoy diciendo, porque los significados andan detrás, pidiendo ser vistos, pero son por naturaleza tímidos. Toda la maquinaria del pensamiento está gobernada por estas sutilezas. La mía está enfebrecida, en vértigo y en fiebre. A ratos me libero, adquiero la normalidad con la que afianzo mis pies en el suelo. Deben estar ahí. Son muy importantes los pies. La realidad, si solo se condujese por lo que dicta la cabeza, sería un caos absoluto, uno insoportable. Quizá lo sea. 

El mar, ah el mar

Hay reinos pequeños de los que somos reyes, refugios absolutos a los que acudir con la indesmayable idea de perdernos. Lo de perderse sigue siendo una pretensión fascinable, una a la que no damos casi nunca asiento, en la que fantaseamos y donde creemos que estaremos bien, pero basta perderse un instante o varios, no sabe uno cómo estabular esos datos, Cuenta Rafael García Maldonado, novelista de litoral, al que le tengo afecto, a pesar de lo poco compartido todavía, que zambullirse en el mar y alejarse, a nado, ahondando en la distancia, da una visión muy precisa de la vida que discurre en la costa, en el interior. Anda la cosa corrompiéndose y a veces uno necesita un reino del que ser rey, un refugio en el que dejarse llevar. Nada como el mar para adquirir esa invisibilidad, ese desvanecimiento. Luego está la vuelta, la vuelta feliz a la tierra, que es donde tenemos el placer de lo amado, pero el mar, ah el mar, el mar nos limpia, el mar nos despeja, nos hace mejores incluso. Me ha hecho feliz pensar en todo esto. 

10.10.14

Modiano


No piensa uno que el hombre no merezca el premio gordo de las letras, ni que tenga legiones de admiradores, ni que su literatura no prenda la llama de la belleza o de la inteligencia o ambas al tiempo. Lo que me parece fascinante es que pasen los años y no haya un premio Nobel que de verdad sea de mi estantería, del que yo haya leído algo o a quien yo admire. Disfrutaría de su alegría y la sentiría mía también. Me están dejando huérfano en estas festividades de las letras. No tengo ni idea de quién es Patrick Modiano. Todo esto me lleva al triste lugar en el que hablo conmigo mismo y me cuento lo ignorante que soy y el poco tiempo del que dispongo para remediarlo. No creo que me ponga a leer a Modiano. Tampoco me puse a leer a Mo Yan, ni a Munro, ni a Trastömer. Por lo menos no se lo han dado a Murakami, del que en casa tengo varias obras y al que no le he profesado jamás un afecto mayor que el que se dispensa al autor consagrado, de ventas grandiosas, recomendado ardorosamente por unos cuantos buenos amigos y buenos lectores. A Lessing, a Pamuk o a Coetzee, algunos de los galardonados recientes, sí que les debo ratos formidables, pero esto de los suecos se está convirtiendo en un juego de alta geopolítica. Que este año sea un francés no deja de ser un cesión interesada. El año que viene ganará un novelista indonesio o una poetisa de algún país de nombre difícil, de esos que no acaban de asentarse en la memoria. Sí, todos conocemos algunos. La literatura precisa de estas bacanales para que no se olvide del todo. De pronto alguien a quien no conocíamos ocupa en los informativos el fragmento horario que antes ocupaba Messi, al que no soporto, o Pau Gasol, que ahora triunfa con los Chicago Bulls. Quizá solo por eso merece la pena el agasajo, por la puesta de largo de los libros, por la sensación de que todavía son importantes; con independencia de que a este escribidor de lo suyo le parezca un completo desconocido el tal Modiano. Mi amigo José Antonio, buen lector también, dice que leyó uno hace tiempo y que le encantó. Yo no puedo ni decir eso. Mi amigo Joaquín se obstina en la idea de que estoy cegado por Borges y que la falta de reconocimiento de la Academia hacia su persona me impide mirar con objetividad nada de lo que haga. Lleva razón, se la doy entera. Joaquín, tienes razón, me han quemado el nervio sensible, me han extirpado el órgano del interés. De cuajo, sin anestesia. Lo que me gusta de Modiano, antes de que cambie de opinión y me busque algo suyo, es la habitación en la que ha hecho el posado. Hay pocas fotos que me produzcan más place que las hechas en las bibliotecas ajenas, las lustrosas, las que se caen por el peso de los libros, las que no admiten uno más. La mía, reventona también, me parece pobre, aunque no cabe un ejemplar más. Así andamos. Necesita uno un segundo piso. Javier Marías, al parecer, tiene uno. Solo lo usa para ir dejando libros. No sé si irán allí los sacrificados, todos los que ya no le entusiasman o los que no crea volver a leer nunca. Es imposible que la vida nos permita releer todo lo que ya leímos. Eso, bien pensado, duele, pero hay cosas más hermosas que la literatura. Caso de que el amable lector no encuentre alguna ahora mismo, coja un libro y refúgiese en él. A falta de una felicidad mayor, casi ninguna colma como esa. 

7.10.14

Gente en la calle escuchando a Sibelius

A pocos días de que se falle el premio Nobel de Literatura, sigo pensando como hace treinta años, cuando descubrí a Borges y razoné que el hecho de no concedérselo desprestigiaba a la Academia sueca y anulaba toda posibilidad de que yo creyese en lo que sentenciaba año tras año al señalar escritores insignes, glorias de las letras. Imagino que esa negación provenía de la inocencia política del buen Borges, que llegó a decirle al perverso Pinochet: “Es un honor inmerecido ser recibido por usted, señor presidente. En Argentina, Chile y Uruguay se están salvando la libertad y el orden” Tampoco Hitchcock, del que no hay registro de ninguna perversión política, fue reconocido por otra academia de prestigio, la del cine. No le hicieron pasear su cuerpo gordo y su humor redondo por el escenario al recoger algún Oscar. Los premios son calenturas burocráticas, modos de hacer que el dinero fluya y el género, el literario, el cinematográfico, se airee en prensa y recabe durante unos días la atención de un público habitualmente desatento, que va a las salas de cine cuando un título ha sido ampliamente reconocido en los medios o compra un libro porque hay torres de ejemplares (literalmente, torres) en la entrada de las librerías o a la puerta de los grandes centros comerciales. España, junto con otros países igual de mediocres, funciona a golpe de capricho, celebra más la fiesta que el motivo por el que se celebra la fiesta y cae, en las más de las veces, en el error de creer que nadie merece la gloria eterna y de que es mejor criticar al vecino, por mucho que se merezca el elogio, que ensalzarlo. Por eso hay que trabajar a diario y demostrar a diario lo mucho que valemos. Por eso España no termina de entrar en ese club selecto de pueblos que leen mucho, exhiben maneras educadas y van a conciertos al aire libre sin que intermedie el aniversario del músico autor de las piezas. No hace falta leer a Kierkegaard ni tener en casa las completas de Sibelius, pero tampoco desconocer enteramente quiénes fueron, desde dónde nos miran. Refería ayer en su blog un buen amigo cómo la gente, en Córdoba, se echaba a la calle en defensa de la orquesta municipal. No pareciéndolo mal que cada cual se manifieste como desee y reivindique lo que le plazca, consideraba razonadamente que todos esos que pedían respeto a la música, dignidad al oficio y financiación en los despachos no eran los que luego sacaban abono de temporada y acudían al Teatro con asiduidad a escuchar las obras de la orquesta a la que encorajinadamente defendían. Amamos lo que no cuesta mucho que se ame. Ningún esfuerzo extra compensa: preferimos la medianía, cierto compromiso no demasiado intenso, ninguno que nos involucre en demasía, nada que nos ata y nos marque. No sé qué modelo es el exportable, el que incita a que se le admire sin ambages, reconociendo el peso enorme de la cultura. Es que aquí la cultura no pesa. No se la reconoce como un valor. Se acaba convirtiendo en una mercancía, en un producto facturable. Cuando eso prospere, en el esperemos que no muy futurible caso de que la cultura avance, se instale en el pueblo y lo impregne todo, en ese caso concreto, será cuando España, sea eso de España lo que quiera que sea, se tire a la calle y escuche a Sibelius y los museos y los cines y las bibliotecas serán lugares sagrados al modo en que lo son las iglesias. Vamos camino de que Sibelius se pierda y parezca un modelo nuevo de móvil de última generación.

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