29.8.16

Blancanieves en la Nostromo


Se cansa uno de la realidad o, mejor contado, se cansa de que no dé tregua y nos cerque de la forma en que lo hace. Mejor cercados que lo contrario, no hay manera de objetar eso, pero a veces dan ganas de proceder como no se espera. Como no tenemos recursos, recurrimos a la literatura, la blandimos como si fuese un arma. Lo es cada vez que nos salva del peso de la rutina y nos permite ir más allá o más abajo o infinitamente más arriba, no sé. Pensé en Blancanieves en la Nostromo. No habría enanitos. La trama comenzaría sin ellos, aunque algunos flashbacks relatarían cómo el alien los mató. Estoy por seguir desde ahí: cuando el animal decide que Blancanieves será una especie de madre acogedora para las pequeñas criaturas a punto de ser alumbradas. Distópico, surrealista, este cronista de sí mismo no se envalentonará y no sabré si la Teniente Ripley evitará ese desquicio narrativo. Si hay alguien que desee aportar su visión del asunto, sírvase. Entre todos podemos descansar de un poco de las cosas razonables y abrazar sin disimulo la fantasía. Últimamente es la literatura que más placer me procura.

Ropas


Hay maneras de vestir que no cuadran con el contexto. Lo emborronan, hacen que parezca irreal incluso. Dicho de una manera resolutiva, el ojo no mira el escenario, sólo se esmera en los personajes que lo ocupan. Puede extenderse este argumento a la idea contraria: la del indigente o quien se viste pobremente que pasea una habitación lujosa y hace que no nos fijemos en ella, en la habitación, y sólo prestemos atención a su ropa. En el extremo, la desnudez también funciona como punctum máximo. La foto, extremadamente significativa, es de Ramón Masats. Yo sólo he tomado una idea. Hay muchas a las que arrimarse.

El vals tímido


Debajo de esa planta formal y presentable estaba el hombre atormentado, el músico tóxico y sublime. Bill cierra los ojos y adopta ese gesto entre la armonía y el cansancio. Junto con Parker, Baker y Coltrane representa la quintaesencia del genio insoportablemente sensible. Devastado por el abuso de las drogas, sin superar la muerte de su padre, Bill Evans volcó en su piano todo su genio creativo, su digitación portentosa y el dominio de las escalas del jazz y también de la clásica.Murió con la edad que tengo yo ahora. Inseguro, frágil, destructivo, se refugió en la música. Hizo que todo cuadrara. De una fotogenia que fascinaba a todos los fotógrafos, expresó su vulnerabilidad, su extrema seriedad. Se reía poco o nunca. Era otro al tocar. Conversaba consigo mismo, aprisionaba la esencia de la belleza, exploraba con magisterio el secreto numen de las cosas, como decía Borges. Bill Evans es la pulcritud. Sostuvo siempre provenir de unas ideas muy sencillas y de unas facultades muy limitadas. Su modestia era enfermiza. Jamás dijo nada de sí mismo que indujera la idea de que se gustaba. No conocía la vanidad, tampoco aceptó los halagos. Le sobrecogía la fama. Coltrane, con quien trabajó en Kind of blues, el disco inmortal de Miles Davis y del jazz, el más aclamado y que mayor influencia ha producido, no soportaba esa lentitud, toda su apatía emocional. Tampoco que un blanco brillara entre tanto talentoso negro. A él no le importaba, no le preocupó. Sólo deseaba tocar con los mejores. También que no lo molestaran. Yo toco, disfruto, cobro y me dejan ir, parecía decir. En la foto está pensando todo eso: cuánto queda para sentarme otra vez y tocar. Piensa si podrá retirarse discretamente después y pillar algo sin que nadie le importune ese viaje interior. Quizá toque el vals para Debby, la sobrina más famosa de la historia del jazz.

24.8.16

El que piensa, pierde





Que no, que no es cara, nunca es cara. Incluso siéndolo, en cierto modo, no puedo aceptar que digan que es cara. Porque a veces es cara, claro que sí, muy cara en ocasiones, pero al final resulta barata. Todo es ponerse a echar cuentas, a pensar un poco. Por cara que sea, la cultura sale bien de precio. Un disco de Britten despachado en diez euros, piezas dirigidas por el propio autor. El otro vi en una gran superficie una caja de tres compactos de Bill Evans en París. Doce euros, de verdad. Barata. Cuatro euros el compacto y un libreto interior con fotografías. Sé eso porque lo tengo en casa. A mí me costó más, pero nunca he pensado en eso. Más cuentas: con un euro tienes 10 minutos de Bill Evans. Yo tardo en tomarme un café en un bar esos diez minutos. Un poco más si hay conversación y puedo echar un cigarrillo mientras lo consumo. Con la literatura pasa lo mismo. ¿A cuánto sale el minuto de Javier Marías en Así empezó lo malo? Sale a tres céntimos la página. Acepto quien no convenga conmigo este razonamiento estrictamente económico. A lo que he visto, no dejo de comprobar que quien no escatima gasto en librerías, cines o tiendas de música, por no decir museos, catedrales o conciertos, es más feliz y exhibe esa felicidad de un modo más apreciable que quien no ha hecho ninguna de esas cosas y, pudiendo, teniendo con qué pagar, no ha pisado una librería, un cine o una pinacoteca. Lo que duele es que, aun barato, no lo sea más. Porque hay quien no puede gastar tres céntimos en Marías o cinco en Nabokov. Gente que privilegia otros asuntos que probablemente desbanquen a la cultura en ese concepto difuso llamado primera necesidad. ¿Lo es leer a diario? ¿Es posible que algún día las librerías sean de verdad lugares rentables? ¿Lo son las tiendas de discos o los videoclubs o los museos? ¿Es caro el cine? ¿Por qué lo abaratan una vez al año en la muy publicitada Fiesta del Cine, ven que funciona de maravilla y luego vuelvan a poner los precios que suelen? Quizá ahí dé mi brazo a torcer y sostenga que ir al cine es caro. A lo mejor resulta que los 6 céntimos el minuto (por ahí puede ir la cosa) no induce a volver. O el regreso es al mes. No hay gobierno que le ponga el cascabel al gato del IVA. La cultura no puede difundirse si hay lucro con ella. La rentabilidad de la cultura, el lugar en donde confluyen arte y negocio, inteligencia y mercado, belleza y caja registradora, es uno de los asuntos a los que el ejecutivo de turno (nosotros llevamos el tiempo suficiente sin gobierno como para dudar de que a este paso lo haya en alguna ocasión) debería dedicarle tiempo. Quizá un pueblo más culto, más leído, de más querencia por la ópera o por el ballet o por el teatro griego, por pensar en algo, sea también un pueblo más sensible, con mayor inclinación a la responsabilidad y a la eficacia, al placer de dejarse fascinar por todo lo que la cultura ofrece. Nos conformamos con ser entretenidos: hay quien se esmera en que ese entretenimiento de baja gama (Telecinco me viene a la cabeza)  impida que deseemos indagar y acceder a contenidos de más fuste. Cuánto más ve uno bazofia, más la anhela. La solución no está en las cadenas privadas: hacen bien en ofrecer los productos de éxito asegurado, los que no precisan una formación intelectual (o moral) alta. Gastar dinero en cultura es una inversión. Lo es en muchos sentidos. Me moriré sin ver a nuestra bendita televisión (da igual el canal) ofreciendo cine en versión original, convenientemente subtitulado. Pequeños pasos. Logros no inmediatos. Pero vamos deprisa. Es la velocidad la que hace caja. La lentitud no es rentable. El que piensa, como decían Les Luthiers, pierde. 


20.8.16

Las bombas invisibles

La ficción tiene la bendita facultad de legitimar cualquiera de sus tramas, por distópica o por poco o nada concebible que sea. En su reverso, el tenebroso, posee también otra facultad: la de hacernos insensibles, la de no caer en la cuenta de la crueldad que a veces exhibe. Se empieza de joven y se pule uno conforme gana en edad. Esa asepsia moral, esa especie de anestesia ante el mal cobra cada día más adeptos. Vemos el terror en televisión, asistimos a la ceremonia cruenta de la sangre, pero es casi siempre la sangre ajena, la de los demás, no la nuestra, la sangre del terruño, la del vecino al que saludamos por la mañana. Informan de catástrofes con la coletilla de que no hubo españoles siniestrados. Se nos vende así una idea deformada de nación. Es una visión sesgada, deformada en su base. Los muertos de otros países (piense cuáles) no pesan igual que los muertos de casa o de la casa del vecino. Esa idea de vecindad, de territorio afín, es coherente, pero a veces, si se estira mucho, chirría. Si cae la bomba, cierro los ojos y deseo con todo mi alma que la onda expansiva no se vea en el cielo que me cubre. Hay bombas invisibles. Suenan igual en la realidad (la de esos países lejanísimos) que en la literatura. Se empieza aniquilando enemigos en los videojuegos o viendo cómo mueren las tropas enemigas en las cintas bélicas y luego se ve con normalidad la aniquilación de verdad, la de las guerras cercanas o las de las antípodas culturales. Me imagino que la muerte, considerada como un recurso literario o teológico o pictórico, será siempre un referente cultural, pero habría que enseñar cómo comprender su influencia. En las películas de Hitchcock siempre hay gente que muere, pero el maestro del suspense era único a la hora de vendernos ese ingrediente fundamental de la trama. Fascina (pienso ahora) el mal, el mal como protagonista disfrutable. Sólo hay que pensar en Patricia Highsmith o en Howard Philips Lovecraft o en las enormes tragedias griegas. Nuestra civilización bebe de esa fuente y ha crecido alrededor de su explotación. De entrada, no hay religión que no la use como cebo para sus adeptos. Lo que todavía no se ha conseguido es que haya una especie de consenso general para que no se fomente esa fascinación. Me temo que no sea posible ese consenso. El mal siempre hace que los ratones se alegren de que el gato cace ratones lejos de casa.

Ganar al perder incluso


Como Borges, en su poema Los justos, soy de los que prefieren que otros lleven razón. Admito que valoro más la comodidad de escuchar los argumentos ajenos y complacerme con su valía que enfrascarme fieramente en la defensa a ultranza de alguno mío. En todo caso, seguro que esos que esgrimo no son enteramente de mi propiedad y provienen de mancomunar otros, de hacer una especie de grumo intelectual con todos ellos y ver si sale algo que pueda, en puridad, reconocer como personal, trabado por mí, sin la injerencia de nada externo. En todo caso, admitiría que mi disfrute sería enorme si la razón que yo conformara fuese absolutamente original, no contaminada por ninguna anterior, expuesta sin la sensación de que se está uno aprovechando de la inteligencia o de la ocurrencia o del talento al que otros recurrieron para formularla.
Las veces en que, al discutir algo, he notado que mi visión era la valiosa, la que triunfaba, no he disfrutado más que cuando, bien al contrario, notaba que mi adversario, por decirlo de algún modo, restituía con más ardor la supremacía de las suyas. No me afecta aceptar esa derrota, ni felicitar a quien la ha causado. Como no me creo idiota del todo (hay ratos en que descompongo esa afirmación de un modo cierto y cabal) reconozco que también paladeo el placer de que se me reconozca mi autoridad en alguna materia. No me niego a esa dulzura emocional, privada siempre, en la que los otros me agasajan de alguna manera, haciéndome ver lo oportuno de mis razonamientos o lo coherente de mi postura.
El problema de este mundo o, a mi entender, uno de los que lo acucian, es esa incapacidad de aceptar que otros son mejores que nosotros. Cuesta (a veces cuesta muchísimo incluso) el hecho sencillo y noble de hacer ver esa realidad a quien la ha creado. Por eso es bueno que figuras como la de Rafa Nadal se promuevan entre la gente joven. Se consigue que exista una visión menos demoledora de la propia persona. Si logramos hacer creer a los jóvenes de que no son particularmente especiales, sino que todos los somos o que nadie, en cierto modo, lo es, habremos subido un escalón formidable para crear una sociedad más igualitaria, una en la que se privilegie el éxito común y no la gesta individual. Reconoceríamos la posibilidad de que un vecino crea en Dios y vaya a misa sin que ese opción debilite mi absoluto descreimiento en la divinidad y en los ejercicios espirituales que la fortalecen. Nos daría lo mismo que nuestro equipo pierda en la competición deportiva en la que se inscriba y daríamos por bueno que el equipo al que no le tengo excesivas simpatías venza. Quizá lo que importe no sea el nombre de quien gane, sino la belleza o la existencia misma del juego.
No es preferir, a ciegas, que el otro lleve razón, pero tal vez sí sea no incomodarse porque eso sea cierto. No es no esforzarse por adquirir ideas propias y batallar con interés por hacerlas valer, sino avanzar y adquirir otras nuevas (o las mismas, remozadas) cuando la evidencia (o la mixtura de muchas evidencias) nos muestra que estábamos equivocados o que nuestra fortaleza es menor que la hubiésemos deseado y, por supuesto, menor que la contraria, la que en ese momento (tal vez no en otro) ha batido a la nuestra. De esa obcecación en ocasiones cerril proviene la situación política en la que andamos, no me cabe duda. Proviene de la defensa a ultranza de unos ideales (los de unos y también los de los otros) por encima de la bondad de esa defensa. Ver que nuestros políticos no se ponen de acuerdo, por más que se les exija, por mucho que España se zarandee y amenace con colapsarse o yo qué sé horror al que no sabría nombrar, ellos siguen empecinados en su férrea voluntad de no ceder, de no dar por bueno lo ajeno, aunque sea momentáneamente, por echar a andar. Luego vendrá la dialéctica, la oratoria, por cruda que venga escrita o por encendida que se pronuncie. Ahora hace falta releer a Borges. Pensar en esa línea suya en la que prefiere, a lo mejor un poco exagerada y poéticamente hablando, que los demás lleven la razón y hagan (imagino) cuanto concierna a esa razón victoriosamente esgrimida. El caso es que el barco se mueve y la tripulación no se ponga a darse de hostias en cubierta por la incapacidad del capitán de llegar a un puerto.

coda:

De mis amigos aprecio la inteligencia que yo no poseo o la gracia de la que carezco. Uno se arrima a quien le enseñe lo que no sabe o le cuente lo que no conoce. Es la vieja idea de que se aprende más escuchando que hablando. Un alumno mío, de los más finamente dotados para la confrontación dialéctica, me dijo si yo estaba verdaderamente cualificado para enseñarle el idioma inglés. Exigía, a su precaria manera, que yo le refiriera qué titulación poseía, por ver si era la idónea, imagino. Me esmeré en que pensase si aprendía conmigo inglés o no y si eso bastaba. Aduje, a la vista de los demás, por si podía extraer algo bueno de esa pequeña osadía suya, que en esta vida hay que esforzarse siempre, que de todo el mundo se podía extraer algo bueno, con independencia de que esté o no titulado, que aprendemos en la escuela y en la calle y en las plazas públicas y en los libros y hasta en los sueños que soñamos, que no nos pertenecen del todo. Entendieron (imagino que algunos entenderían) que el esfuerzo lo es todo. Que hay que darlo todo enteramente en cada pequeña cosa que hacemos, aunque después se malogre la empresa y no haya nada que recoger de la cosecha a la que tanto esfuerzo aplicamos. Les conté que los maestros también aprenden de sus alumnos. Les costó aceptar esa idea un poco revolucionaria. Cuesta montarse en la cabeza esa república de las ideas en la que todos tenemos algo que decir y algo con lo que rebatir lo que se nos dice. Cuesta (acabo) aceptar que perder es parte del negocio y que ganar, a pesar del festejo y de la llamarada de luz en el pecho, no es siempre la parte más instructiva del juego.

18.8.16

El espejo de los sueños cumple 10 años

En estos días, uno arriba o abajo, mi blog cumple 10 años. Me impuse entonces escribir a diario y casi lo he cumplido. He publicado 2702 entradas a día de hoy y han recibido 632.000 visitas. Lo mejor no son las estadísticas, sino la satisfacción enorme, la de todos los amigos que entran a ver qué se me ha ocurrido. Empezó como un blog de cine y terminó siendo un cajón grande en el que meter de todo. No sé cómo agradecer esa voluntad vuestra de visitarme. El espejo de los sueños, a su manera, es una casa. No se me ocurre cerrarla. Tiene siempre abiertas las puertas anchas que le puse.

Bacon



Uno de los pintores que más gusta es quizá uno de los que más me incomodan. Logra que me irrite; hace que todo lo malo del mundo se ofrezca ante mí y me pida que lo observe. Miras el abismo y el abismo te mira a ti, decían los poetas apocalípticos. De Francis Bacon, de él hablo, me quedo con su sensibilidad quebradiza, impura, sucia al punto de que uno sólo busca la posible limpieza que todavía quede debajo. No sé si el pintor, al airear su caos, lo alejó o toda esa voluntad de restituirlo sólo hizo que se impregnara más de él. En todo caso me sigue fascinando esa función del arte, la de expulsar los demonios o la de hacerlos tuyos. A veces el demonio es el que escribe o el que pinta. Leemos páginas turbias. Las mejores páginas son ésas precisamente: las que evidencian el dolor de quien las escribe. Toda la literatura es una especie de volcado del mal o una búsqueda (invisible) del bien. Imagino que el que pinta, quien pinta de cierta manera, también maneja estos argumentos. Somos afortunados los que podemos (con más o menos fortuna) liberar el alma con estas estrategias nobles. Hay nobleza en la creación. Luego está el lector (o el que mira un cuadro o ve una película o una fotografía), el lector comprometido con lo leído, el que lo deja correr adentro, aunque duela.


No sé la autoría de la estupenda viñeta que me hizo pensar en todo esto.

17.8.16

La belleza II


 

Lo contrario al arte es el ruido. Al ruido se le concede lo que no alcanza a veces el silencio. El mundo funciona porque el ruido lo empuja. La maquinaria que lo produce no ha dejado de funcionar jamás. Ni siquiera el nacimiento de la realidad, cuando se construyó la luz y empezaron a bailar los cuerpos, debió omitir el ruido. Seguro que anduvo ahí, constatando el parto. Lo malo que tiene el ruido es que no se detiene nunca. No posee la voluntad de apaciguarse un poco, no entra en sus planes pensar en qué viene después o en qué ha habido antes. Es un perpetuum mobile obsceno. Los museos deberían venir sin ruido. Uno paga su entrada y se aloja en un silencio hermoso, como de antesala del sueño. El arte se expande con más eficacia si lo cerca el silencio. Por lo demás hay que aceptar que la batalla está perdida o que incluso no hay batalla alguna. Tenemos el ruido alojado en la cabeza como el aire en los pulmones. El silencio fascina porque no es lo común, ni sabemos bien a qué obedece su insistencia, que parece un poco hueca y un poco tímida, como si tuviese que pasar desapercibida. El amor es del silencio. Como la belleza. Todo lo que viene impregnado de ruido acaba por malograrse. Se deshace, se pierde, se anula. No habrá nadie en esta fotografía que comprenda lo que hace. No sabrán el motivo del pago en la taquilla del museo. Pagarán por contar después que hicieron esto o vieron aquello. Eso, en ocasiones, basta. No la verdad, sino su representación. Uno adquiere la legitimidad de decir que ha estado viendo la Gioconda. El dinero compra la veracidad de esa experiencia. Se nos ha educado para decir la verdad, aunque entendamos los beneficios de no hacerlo; se nos ha inculcado esa pequeña hipocresía burguesa: la de acceder a la belleza, la de entender que es en la belleza en donde está la salvación, pero sin ahondar, sin comprender qué hay detrás. Quizá ésa la razón por la que fotografiamos lo que vemos y no nos detenemos con paciencia (con orden) a observarlo. Hemos perdido la capacidad de observar o la capacidad de escuchar. El ruido lo ha ocupado todo. Cuando viene el silencio, nos aturdimos. Nos rodeamos de objetos para evitar el momento en que debamos entendernos con el silencio que nos rodea. Compramos ruido. Cuanto más tenemos, más protegidos nos sentimos, con más fiereza lidiamos contra las hordas del silencio. Vienen a veces sin que las sintamos, nos rodean y nos hacen caer en la cuenta de nosotros mismos. Puede pasar viendo un cuadro en un museo, contemplando un atardecer entre olivos, escuchando un solo de Charlie Parker o leyendo un poema de Baudelaire. 

16.8.16

La belleza



Uno no recuerda nunca las palabras exactas; tampoco qué voluntad las animó. Importa cuáles elige, de qué modo hace ver a los demás que la belleza le ha impregnado y que la conoce. Hay que esmerarse en ese momento en que se verbaliza la fascinación que produce la belleza, pero cuando el desgarro es grande y esa visión lo ocupa todo no es necesario el concurso del lenguaje. Se omiten las palabras, se deja de confiar en ellas. No hay manera de explicar el asombro puro, ese vértigo que nos conmociona bien adentro. A veces pasa lo mismo con el amor. Uno tampoco da con las palabras precisas. Los buenos poetas emulan una respuesta; los malos, en su titánico esfuerzo por restituir lo que sienten, sólo crean más incógnitas, únicamente añaden interrogantes. Uno aprende a moverse en estas imprecisiones. Araña la superficie del corazón de las cosas, pero no penetra, no se llega al final por ver qué hay. Detrás del arte debe estar el origen mismo de la vida. A lo mejor está el Dios en el que no me es posible creer, con el que entablo un diálogo feliz, aunque baldío, por el que en ocasiones siento un afecto primario (como el de esas niñas que miran el cuadro y tratan de hacerlo fácil y de convertirlo en propio) y por el que, en otras, mantengo una actitud de indiferencia. Pasarán todas esas cosas porque no poseo el lenguaje. En cierto modo la belleza (o el amor o la fe) es un estado del ánimo que no debería ser transmitido al exterior. Calla quien lo observa, calla y lo hace suyo, deja que lo alimente.Por eso, cuando entro en una catedral, no hablo, no me creo capaz de decir nada que deba ser dicho, no hay de verdad nada que decir. Sólo hay que mirar. En esos momentos no hay una soledad más apacible, de más hondo pálpito. El mundo, dentro de ellas, se detiene. Las hicieron para eso. Se levantaron con esa voluntad de grandeza.