6.2.16

Belén Blanco Quartet en casa / Jazz del bueno en Lucena




Fotos: Joaquín Ferrer

Antonio Carlos Jobim, Astrud Gilberto, Sarah Vaughan y Chick Corea han estado esta noche por Lucena. También Charles Mingus y Max Roach. Hicieron que algunos privilegiados escuchásemos jazz en directo, que es como hay que escucharlo. Bastaba cerrar los ojos y dejar que la música fluyera por dentro. Y fluyó. Lo hicieron posible cuatro músicos en estado de gracia que repasaron en dos horas el jazz americano y el carioca, yendo de norte a sur del continente con la naturalidad de quien ama lo que hace. Se respiró ese amor en el Jazz Club del Casino de Lucena. Lo transmitieron, lo dejaron impregnado en el aire. Belén, Jaume, Cuni y Manuel visitaron los clásicos. Sonó la Samba de una nota so, Desafinado, Wave, Nice work if you can get it, Garota do Ipanema, Moon River y un majestuoso, sublime, absolutamente hipnótico Spain que Manuel, el portentoso batería, rebautizó Iberia y al que el propio Chick Corea hubiese aplaudido. Los demás lo hicimos. Estas cosas se agradecen. Yo, al menos, las agradezco muy de corazón. Siente uno que no todo está perdido. Será la belleza la que nos salve. Y esta noche la hubo. Belén puso el alma en las piezas que cantó. Tiene la piel negra o la tiene cobriza, aunque sea blanca y rubia. Enhebra el vértigo del scat como si se lo hubiese enseñado la mismísima Ella Fitzgerald y tiene una voz preciosa, suave y firme, valiente y también íntima. Manuel maltrató sus platillos, hizo sudar sus escobillas y golpeó las baquetas con la furia de un Art Blakey o de un Buddy Rich. Un bateria de jazz entra en trance a poco que lo provocan. A eso, a provocarlo, contribuyó un superdotado Jaume Miquel, pianista delicado o abrupto, al que vi feliz en la pieza que más feliz me hizo a mí, la inmortal, la incomensurable, la antológica Spain, de la que he escuchado cien versiones. La de hoy está entre las grandes. Sé de lo que hablo. Cuni Mantilla, al contrabajo, pespuntó las melodías, tocando delante de sus compañeros, tocando detrás, mezclándose o tomando deliberado protagonismo, como mandan los cánones, haciendo que su instrumento anudara lo que está suelto, cerrara lo que está abierto. Eso hace el bendito contrabajo. No puedo expresar otra cosa que no sea agradecimiento. Se agradece que Lucena ofrezca jazz (y aseguro que jazz del muy bueno) en una noche de viernes. Cuentan conmigo para los conciertos que vengan.Mario Flores Martínez se encargará de anunciarme el cartel y la plaza. Me harán feliz de nuevo. Si tocan otra vez Garota de Ipanema y Spain tendré bastante.

4.2.16

La biblioteca imposible / Una (modesta) borgiana

Beatriz, ah Beatriz, luz de mi vida, fuego de mis entrañas

Uno mira a escondidas sin que el rubor lo delate. Sabe que lo ha hecho antes, muchas veces, quizá a diario. Ha visto mujeres desvestirse o salir de la ducha y secarse con parsimonia, demorando la toalla en los muslos. Ninguna de ellas se percató de que estaba siendo observada, o al menos ninguna me lo reprendió, ni se apuró, pero la vida no se parece a la pantalla del cinematógrafo. El placer de mirar a sabiendas de que nadie se percate de que lo hacemos no se parece a nada. No habría palabras con las que justificar el atrevimiento

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28.1.16

La rapsodia bohemia

Debería haber una cierta impunidad en algunos crímenes. Una del tipo que te permita más tarde proceder con entereza y hasta con naturalidad frente a los demás y llevar una vida ordenada, en nada escandalosa, cívica, sensata también, pero no la hay. La impunidad no existe. Te educan para el remordimiento. No sabemos que hemos pecado hasta que alguien nos informa de la naturaleza terrible de nuestros actos. Así que matas a alguien y se te cae el mundo encima. No importa que el cadáver no sea recuperado. No es relevante el hecho de que nadie te acuse. Tú sabes el mal que has causado. Se atasca entonces el alma, se embota y ya no es posible besar a un hijo o estrechar manos cordialmente con la ufana naturalidad de antaño. No hay manera de leer un libro sin caer en la cuenta de la atrocidad que cometiste. No puedes lidiar con la rutina del trabajo sin considerar la miseria a la que has abocado tu vida. No la hagas, no la temas, oigo decir. Yo la hice, la temo, no hay vuelta atrás. Es mi cabeza la que me inquieta. Soy yo el perturbado. No necesito que me señalen. Me basta recordar. Sé, sin que se precise el concurso de los demás, su participación necesaria, que he obrado mal una vez y muchas veces. ¿Quién duerme ahora con la conciencia tranquila? En esa mansa vigilia que precede al sueño te invaden, como lobos, todos los muertos que has ido abandonando en los bosques, en las afueras. Como en una mala película de serie B, truculenta y casposa, la conspiración va urdiendo su trama secreta y todo conduce irremisiblemente a la detención del criminal.  En cierto modo, ansío que den conmigo. Tampoco me decido a presentarme en comisaría. No se me hará caso. No lo han hecho antes. Creen que desvarío, no escuchan lo que les digo, no me toman en serio lo que les confieso. 

El cine forja sus héroes y sus villanos, pero la mano asesina carece de mitologías: no obedece a argumentos. El crimen paga, reza la leyenda. Ojalá yo pagase. Imagino que pagar es también zafarme de la culpa con la que no soy capaz de seguir viviendo. No es vida la que tengo. No he podido volver a los parques y ver la evolución de los juegos de los niños. Al principio cuidaba que no me descubrieran. Luego me entusiasmó la idea contraria, la de descuidarme completamente y esperar a ser descubierto. Me duele no haber enterrado la culpa junto con el muerto. Y ando las calles sin aplomo, ajusticiado, solo, entregado a los remordimientos. Y la hormiga muerta aparece en mis sueños, demediada, en la suela mortal de mis Nike de cien euros. La pobre, la inocente. La hormiga a la que no di oportunidad, la hormiga que me duele en el alma al probar a conciliar el sueño o cuando, al despertar, pienso en que tendré que salir y en todas las hormigas que pisaré. Me atormentan todas las hormigas que los demás pisan. Con voluntad o sin ella. No entro en esas consideraciones. Cómo podría hacerlo.

27.1.16

La mano de Miles Davis





En la mano de Miles Davis están todas las manos del mundo. Todo lo que puede hacer una mano lo hace la de Miles Davis. Además es una mano negra. Todas las manos del mundo son, en el fondo, manos negras. Debajo de todos los demás colores está el negro. Adentro, donde la mano deja de serlo, si es que una mano pueda dejar de ser mano en alguna ocasión, está la memoria del tiempo y del espacio. Está el negro con el que el mundo se hizo mundo por primera vez. Era entonces un mundo sin manos todavía. Es posible que en el inicio, en aquellos tiempos de zozobra cósmica y de silencio infinito, la mano no cupiese en el diseño de todas las cosas que estaban por venir. Era más lógico que antes de las manos, mucho antes de que se adueñaran del mundo, existiesen las piedras. No se le ha dado el mérito que tienen. Están ahí desde el principio y siguen todavía. Yo creo que el mundo es una piedra enorme que sigue fragmentándose. Nosotros mismos somos extensiones anómalas de esa piedra primigenia. La primipiedra, podríamos decir. Lo que no sabemos es si hubo una primimano, una mano antológica desde la que se desgajaron todas las demás. Quizá no apreciamos la piedra al modo en que apreciamos la mano porque carece de la facultad de moverse. Ahora mismo, mientras tecleo, observo con detalle cómo funcionan las mías. LLevan años haciendo lo que hacen y siguen cumpliendo, aceptando lo que les ordeno, sin flaquear. Una mano, cuando flaquea, alerta sobre el fin de quien la posee. De la mano, de su oficio divino, provienen todos los demás oficios. Incluso el de escribir viene de ahí. A mis alumnos les digo que no escribo yo cuando lleno la pizarra de palabras y de dibujos y de números. Es mi mano la que escribe. Ella es la que decide qué palabra colocar. Lo que no tengo es una mano negra. Ni siquiera una mano trabajada como la que tuvo Miles Davis. Es la mano que hace que la música suena. No sonando, se escucha. Sólo debemos aplicar el oído. Acercarnos, advertir que los dedos, aunque no lo parezca, aceptando que no es posible tal cosa, se mueven. Lo están haciendo ahora. Se están moviendo. Suena un solo de trompeta fantástico. Se está expandiendo por el cosmos. Está barriendo el cosmos. No hay rincón del cosmos al que no alcance. Es un solo negro. Todos los solos, los buenos, son de una negritud que intimida. Debajo del negro, a modo de capas, están los demás colores.

26.1.16

Historias varias / Reseña del disco de Xavi Nuez: Escribir bajo la lluvia canciones que prometí




Los viajes exigen riesgo. La idea de viajar, de ir de un sitio a otro, requiere la voluntad de perder algo. La cultura es a veces una renuncia. Sale uno con un equipaje y lo abandona en el camino porque no lo precisa. Acaba de descubrir que no le hace falta nada de lo que contiene. Prefiere empezar de cero, una especie de formateo o de reboot interno. Yo era aquél y ahora soy éste. Algo así, en lo musical, podría contar Xavi Nuez, un músico que indaga en cómo sería dejar de ser lo que fue y ser otra cosa, aunque sea transitoriamente, por ver qué hay en el trayecto y qué encuentra a su término. Xavi viene del punk y del metal y del hard rock. No es un asunto baladí éste. Del punk a veces no se va a ningún sitio. No porque sea una vía muerta, no porque el punk se cierre en sí mismo, se encapsule y censure cualquiera injerencia externa: no se va a ningún sitio porque es un género hermético, de difícil acople con otros o porque el punk o el metal o el hard rock en menor medida, se deja intimar poco, no da muchas licencias. Quizá ninguna. Hay que resetear, ya lo hemos dejado escrito. Tal vez ahí resida la razón por la que Xavi Nuez opte por iniciar su carrera en solitaria, sin la banda en la que tocó, The Sick Side o Akoso antes, y probar texturas más endebles en apariencia, de fácil escucha si se piensa de dónde procede el autor y en qué escenario ha decidido situarse.

Historias varias es una aventura periférica, un manifiesto personal de adhesiones, de afectos, admirable en su deseo de llegar lejos, de hacerse oír, de encontrar un hueco. Debe haber suficientes huecos en el mercado, no lo dudo, pero debe ser difícil instalarse en uno, plantar un escaparate lo suficientemente vistoso como para que el transeúnte se pare delante y al menos dedique un tiempo a apreciar lo ofrecido. Lo que Xavi Nuez ofrece es un disco que crece conforme se escucha. No se gasta, no agota su caudal de sentimientos, su particular sentido de la belleza: prefiere circular con esa modestia de lo que acaba de echarse andar, sin querer todavía llamar mucho la atención, pero dejando evidencias de que todo está pensado, trabajado a conciencia, cuidado al detalle. Sólo hay que fijarse en los arreglos de las guitarras, en el manejo limpio de melodías que van creciendo, sin solaparse, sin repetirse. Cae uno en la cuenta de que no hay músico al que no se le vea el plumero, de quien no se adviertan influencias, a quien no se le aprecien los afectos. A Xavi Nuez le debe fascinar el pop, el rock, el folk y hasta la clásica. Todo está aquí, en estas pocas canciones, en esta media hora de intensidad honesta, a la que quizá sólo se le eche en falta una brizna de osadía instrumental, asunto que quizá le interese poco en esta ocasión o no ha habido, por parte de quien le produce o asesora o aconseja, esa voluntad de cuajar un producto más cuajado, con arreglos de disco grande, aún a pesar de que su tamaño es enorme, por lo que muestra, por cuanto anuncia.

La voz, esa afinación intensa, esa inclinación al desgarro contenido, a caer sin tener necesariamente que darse de bruces con el suelo, hace que las canciones adquieran un peso, una especie de tendencia a mantenerse en el aire, a no difuminarse, pero escuchando canciones como La canción que prometí o Un día especial, probablemente la que más se apega al oído y la más radiofónica, pensé en una voz de más dulce timbre, en una de esas cantantes de asiento indie que apuestan por susurrar, por hacerlo todo melifluo, mínimo, de una intimidad hostil a veces. Y las imaginé bien, comprendí que es un material de recorrido largo, que gana en versiones, en adaptaciones, en esa idea popular en estos tiempos de añadir capas y hacer que una cosa parezca otra, aunque si prestamos atención se advierta que está ahí debajo, esperando que se la reconozca. También pensé, cómo no, no seré el primero, en el Bob Dylan de los sesenta, antes de descubrir la bendita electricidad y tocar en los grandes estadios, cuando iba a las universidades y a los bares oscuros donde se tocaba a pelo, sin amplificar, sin interferir en la naturaleza primera de la música, la del que canta mirando a la cara al que escucha. Así podría sentirse Historias varias. Como una confesión de un amigo a otro. Uno que se vacía y otro, paciente, que se va llenando. Justo lo que no es posible encontrar, al menos no con esta intensidad lírica, en el rock cañero, en el punk o en cualquier género que no requiera la quietud del que escucha. Aquí, no se cuestiona eso, la quietud existe, sin que esa circunstancia endulce el resultado, lo rebaje. A mi adorado Neil Young, por contra, se le da estupendamente matrimoniar el rock de garaje, el sucio, el desgarrado, con la poesía, con la lírica, a la que se encomienda la transmisión de los valores, la belleza de las emociones, incluso la frescura y la hondura del lenguaje. Xavi Nuez no es Bob Dylan, ni Neil Young, pero de seguro aceptaría irse viendo en ellos, dejando que las melodías se impregnen de toda esa rabia urbana de quien no ha dejado del todo el ruido. No ha muerto la electricidad. Quizá se quedó a la espera, por si la llaman. 


Adenda:
Xavi Nuez no es nadie a quien conozca. Sólo poseo la información que cualquiera podría sacar en la red. No obstante, hay mucho extraíble del disco que está promocionando. Supongo que por eso me invitó a que lo reseñara. No quería (imagino) una crítica sesuda, de las que despachan las revistas del ramo. No es ése mi oficio. Me ciño a dejarme llevar por lo que me cuentan las canciones. Las suyas son un libro abierto, como suele decirse. Se expanden, alcanzan la lejanía que a veces no procura el rock, de donde procede. Interesa la historia de cada canción (el amor, la mirada interior, el desasosiego, la desesperanza) y lo que el músico (el compositor también) elije para que esa visión de la cosas prospere. Cada deseo tiene una melodía que lo explicita, podríamos decir. A mi respecto, agradezco la confianza en que yo pueda contribuir a que Historia varias se difunda. No alcanzo a comprender qué puedo yo hacer, a qué acudir para que esa confianza no flaquee o acabe yéndose.Si pedirme que diga si me gustó o no su disco pueda ser útil. Sé, faltaría más, que es un disco primerizo; sé también que tiene pasajes que brillan (esos arreglos de guitarra son buenos de verdad) y otros, cómo podría ser de otra forma, menos intensos, y que Xavi Nuez, a poco que persevere, se hará oír. Perseverar, he ahí el problema. No creo que Xavi pare aquí.


25.1.16

9

1 La poesía

Está la historia previsible. Barcos hundidos o a nada de hundirse. Pájaros con solemne vocación de fuga en una avenida a altas horas de la noche. Hombres tristes que desvarían en su tristeza y fabulan delirios. Sueños espléndidos que se malogran al poner el pie en el día. Un cielo de una pureza que aturde a la caída de la tarde. De lo que se trata es de registrar lo previsible. De enloquecer el pulso y manuscribir todos esos prodigios.

2 El invierno
El invierno conquista mi corazón y lo invade de milagros. Inexplicablemente salgo al frío con la emoción que no me visitaba ya casi nunca, la que parece reservarse para otros asuntos que, en apariencia, revisten más relevancia y trascendencia. El frío, ese pequeño milagro de la mecánica de los astros, me bendice y me cubre. Vehemente, explico mi alborozo hoy a quien lo percibe. Le cuento los detalles, le abro el pecho y le dejo que escuche.

3 La ebriedad
La boca sabe a resaca. Un ángel es un poeta más ebrio de lo previsto. El cielo es una conspiración de borrachos.

4 La literatura
Sentí que me invadían las algas. Creí que era un personaje de Lovecraft. Temí que me viese Kafka y me mandase a consolar a Samsa.

5 La fe
Soy una gárgola. La catedral me crece debajo. 

6 El mantra
No creo en dios. No creo en los hombres de Harrelson. No creo en la supremacía blanca. No creo en los verbos irregulares. No creo en el bebop. No creo en los lunes. Sobre todo no creo en los lunes

7 El delirio
Me sueño Leviatán. Dispongo de una biblia y de un coro arcangélico. Mi madre, preocupada, ha pedido consulta a un psicólogo. Mi padre le ha restado importancia. Hijo, cuida que la biblia sea del siglo XIX.

8 El verso 
También el río es un poema.

9 El amor
Hoy el mar, a lo lejos, es un dolor suave. El cielo, aquí adentro, es una muerte dulce.

21.1.16

Uno es de Chejov..../ Redux ampliado y corregido

1
El perro hambriento sólo cree en la carne.
2
Los amantes sólo creen en la yema de los dedos.
3
El político sólo cree en la amnesia del votante.
4
El poeta sólo cree en las metáforas.
5
La catedral sólo cree en los siglos.
6
El cubito de hielo sólo cree en la ginebra.
7
El zombi sólo cree en George A. Romero.
8
Edgar Allan Poe sólo cree en la absenta.
9
La placenta sólo cree en la Conferencia Episcopal.
10
El mono sólo cree en Darwin.
11
El naúfrago sólo cree en el horizonte.
12
Las musas sólo creen en los artistas.
13
El fakir sólo cree en la industria metalúrgica.
14
El proxeneta sólo cree en las erecciones ajenas.
15
El okupa sólo cree en el estallido de la burbuja inmobiliaria.
16
Dios sólo cree en el séptimo día.
17
El suicida sólo cree en los títulos de crédito.
18
El metafísico sólo cree en la metalingüística.
19
El ebrio sólo cree en el vómito.
20
El sonámbulo sólo cree en las paredes.
21
El sonetista sólo cree en el arte mayor.
22
El pesimista sólo cree en los pájaros de mal agüero.
23
El erudito sólo cree en la nomenclatura.
24
El afrancesado sólo cree en el Sena.
25
El casto sólo cree en el agua fría.
26
El libidinoso sólo cree en el semen.
27
John Wayne sólo cree en John Ford.
28
Los fantasmas sólo creen en nosotros.
29
Adán sólo cree en la manzana.
30
Noé sólo cree en la industria de la madera.
31
Jack Bauer sólo cree en los perímetros.
32
Las cebras creen en los semáforos.
33
El censor cree en lo que oculta.
34
El astronauta sólo cree en la melancolía.
35
El sacerdote sólo cree en el pecado.
36
La hormiga sólo cree en el infinito.
37
El tarado sólo cree en su tara.
38
El lunático sólo cree en los vampiros.
39
Los cadáveres sólo creen en los tiempos muertos.
40
El pornógrafo sólo cree en la letra equis.
41
El aburrido sólo cree en el color gris.
42
El funambulista sólo cree en el yeso.
43
El hacker sólo cree en la banda ancha.
44
El cinéfilo sólo cree a veinticuatro fotogramas por segundo.
45
El bibliotecario sólo cree en Borges.
46
Leonard Cohen sólo cree en las habitaciones de hotel.
47
El Papa Santo de Roma sólo cree en la eficacia de su detergente.
48
El alumno sólo cree en los recreos.
49
El tecnófobo sólo cree en los cortocircuitos.
50
El refugiado sólo cree en las fronteras.
51
El feligrés sólo cree en las campanas.
52
El hippie sólo cree en la jardinería.
53
El ahorcado sólo cree en la sangre.
54
Audrey Hepburn sólo cree en los escaparates.
55
El melancólico sólo cree en las biografías.
56
El escéptico sólo cree en sí mismo.
57
El charlatán sólo cree en los sintagmas.
58
El borracho sólo cree en las resacas.
59
El líder sindicalista sólo cree en las pancartas.
60
Ernst Lubitsch sólo cree en las puertas.
61
Marilyn Chambers sólo cree en las puertas verdes.
62
El latinista sólo cree en la declinaciones.
63
El espía sólo cree en las películas muy pequeñas.
64
El refugiado sólo cree en la distancia.
65
La prima de riesgo sólo cree en Bruselas.
66
Stephen Hawking sólo cree en su cerebro.
67
El canibal sólo cree en la filantropía.
68
B.B. King sólo cree en sus divorcios.
69
El daltónico sólo cree en el cine mudo.
70
El recién casado sólo cree en la testosterona.
71
El escritor tímido sólo cree en los palimpsestos.
72
La mosca sólo cree en las digestiones pesadas.
73
Esopo sólo cree en los zoológicos.
74
Roald Dahl sólo cree en los niños.
75
El marqués de Sade sólo cree en los sitios estrechos.
76
Holm sólo cree en su abismo
77
Yo sólo creo en los míos.
78
El lector de ebooks sólo cree en el litio.
79
El dj sólo cree en las circunvoluciones.
80
El plañidero sólo cree en las esquelas.
81
Peter Pan sólo cree en el camisón de Wendy.
82
El buitre sólo cree en las guerras.
83
Humbert Humbert sólo cree en Louise May Alcott.
84
Las madres sólo creen en sus partos.
85
Charlie Sheen sólo cree en las botellas vacías.
86
La gallina sólo cree en las onomotopeyas.
87
Pablo Iglesias sólo cree en los insurrectos.
88
Lorca sólo cree en la sangre de los patos.
89
Moby Dick sólo cree en la pierna que le queda al capitán Ahab.
90
El tartamudo sólo cree en sus sílabas
91
El pornógrafo sólo cree en el streaming.
92
Gloria Fuertes sólo cree en la ensaladilla rusa.
93
El confesor sólo cree en la maldad.
94
King Kong sólo cree en el cinemascope.
95
El forense sólo cree en sus muertos.
96
Las mujeres fatales sólo creen en el cine negro.
97
El divisor sólo cree en el dividendo.
98
El censor sólo cree en lo que censura.
99
El tahúr sólo cree en su baraja.
100
El mal escritor sólo cree en el mal lector.
101
El capitán Trueno sólo cree en la Constitución.
102
David Bowie ya sólo cree en los marcianos.
103
Las niñas bonitas sólo creen en los barqueros.
104
Puigdemont sólo cree en la pureza de la butifarra.
105
Nicolás Maduro sólo cree en la arenga.
106
La guardia del palacio de Buckhingham sólo cree en las estatuas.
107
Algunos reyes sólo creen en el exilio.
108
El uranio sólo cree en la termodinámica.
109
La Maga sólo cree en que la encuentren.
110
El optimista sólo cree en la música pop
111
La ciencia -ficción sólo cree en Zaratustra




20.1.16

Marte / En el planeta rojo también se acaba el ketchup


En lo narrativo, en lo plástico, la ciencia-ficción siempre ha manejado bien la trascendencia, esa vocación metafísica de buscar a Dios en la oscuridad del espacio. Scott, en vez de afiliarse a la filosofía o en la acción, a la que también le debe mucho el género, prefiere inclinarse por la sencillez, por la pulcritud narrativa, por la pedagogía incluso, y filma una historia de un náufrago al que Matt Damon, que nunca fue santo de mis muchas devociones, interpreta con naturalidad al astronauta varado en Marte, abandonado al dársele por muerto y, por los indicios que deja y se registran en la Tierra, rescatado, abrazado y convertido en héroe nacional. Marte es también un homenaje a la inteligencia del ser humano, un canto al instinto de supervivencia y a la esperanza de que siempre hay una solución si se aplica el ingenio y se posee la voluntad de no considerar disuasorio el fracaso.

Optimista, feliz, didáctica, Marte es la película de ciencia-ficción que menos se adscribe al patrón que las enmarca a casi
todas. Toma su discurso de la ciencia misma y deja de lado, no del todo de lado, a la ficción. Todo en Marte podría ser previsible, no hay casi nada que transmita la zozobra de la intriga, pero el metraje discurre con un sobrecogimiento absoluto. Lo consigue al sacrificar la pomposidad, el estruendo, todos los ingredientes de la space-opera clásica y abrazando, sin ambages, el lado alegre de la vida, la defensa a ultranza de la vida, por encima del caos y del abandono, heroica y festivamente. 

El otro elemento seductor en la cinta es el paisaje, el rojo paisaje de Marte, embaucador en su belleza, enigmático, virgen y también letal. La relación que el astronauta entabla con él es en todo momento de respeto. La naturaleza es el enemigo al que hay que derrotar con los ingenios que proporciona la inteligencia. Ahí es en donde Marte brilla como esa especie de documental encubierto que es: Scott se deja engolosinar por los prodigios de la ciencia, por la bondad de la ciencia, y la encumbra, la endiosa, la convierte en un arsenal de armas no convencionales, no las habituales del género, pero las más convincentes para desarrollar el discurso humanista de la película. 

Antítesis necesaria de la hiperbólica Interstellar (Christopher Nolan, 2014) Marte gana conforme uno va pensando en ella. Lo hace por su sencillez, por su condición heroica también. A todos nos gustan los finales felices e importa escasamente que éste ya se intuya a poco de que se masque la tragedia y el astronauta quede abandonado en el planeta rojo y se le dé por muerto. Sabemos que Mark Watney, el agricultor marciano, el botánico entusiasta, tendrá fe y aliviará la soledad merced al trabajo con el que resolverá su cautiverio. Scott, que es un perro viejo y sabio, elimina de un plumazo la tesis psicólogica. Watney, el astronauta, es un ser emprendedor, feliz, radiante, una especie de McGiver del espacio que a todo le saca provecho y que en todo ve un indicio de salvación. No cae en hurgar en la oscuridad del desamparado, en su tragedia íntima. Decide escamotear esa parte, salvando trozos muy deliberados en los que el astronauta, que graba un diario y registra sus pensamiento como si entablara un diálogo con la posteridad, razona siempre de modo festivo, sin caer en la cuenta de que no hay nadie más lejos de casa que él y de que rescatarlo será una epopeya. No sé qué película hubiese salido con un Watney menos eufórico. Quizá ahí hubiese estado la película de acción, la combativa, la que resuelve el conflicto sin que intermedie la ciencia, sino la violencia. Al fin y al cabo, es una batalla lo que se entabla con el medio (como la del protagonista de El renacido/The revenant, la última película de Alejandro Iñárritu, en la que la naturaleza es hostil, es encarnizadamente hostil)

Rodada a modo de dietario, consignando días y cosas que pasan en esos días, Marte se insufla de una banda sonora magistral, de un optimismo acorde a lo que se narra. El portátil que un miembro de la expedición deja en la base marciana contiene un archivo de canciones en donde no falta la música disco de los setenta, que es la que ameniza el viaje interior del astronauta, toda ella dinámica y positiva e integrada de modo formidable en la narración. Scott no ha hecho otro Blade Runner, ni se ha atrevido a poner en circulación al viejo Nostromo de Alien. No ha buscado grandilocuencias, no ha hecho que nadie grite de terror. Lo suyo es una travesía romántica, espiritual casi. No todo es maravilloso en Marte, por supuesto. Gana su empaque visual, su maravillosa puesta en escena, esa pulcritud en lo narrativo, que fluye sin que percibamos el movimiento. Incluso se aprecia el humor que lo llena todo. Pierde en lo sencillo de su propuesta, en que es demasiado íntima y que el paisaje, desolador, se desaprovecha, aunque lo miremos con fascinación cuando el protagonista lo pasea en busca de alguna luz que lo guíe. 


17.1.16

Se muere mejor en sábado





No hay nada mejor que elegir quién nos mate, dónde morir, qué arma será que la satisfaga ese deseo privado. En los juegos uno muere las veces que convenga morir. Se teatraliza la muerte, se le impone una coreografía, se escribe un guión para que explique de nosotros mismos lo que tal vez no supimos explicar en vida. En cuanto se ha resuelto la escena, el muerto se pone en pie y, por paradójico que parezca, se reincorpora al juego. No sé la de veces que habré escenificado esa defunción interesada. El mejor día para morir era el sábado. Cuanto más sucio llegaban los pantalones a casa, más había intimado con la muerte. La limpieza indicaba un sábado aburrido, uno en el que nadie me había disparado. Ni yo a nadie. Lo que todavía no he comprendido es ese amor incondicional a la muerte. No creo que sea únicamente el emular los roles trágicos de los héroes o de los villanos que veíamos en el cine o en la televisión. Yo, a esa edad, no veía mucha televisión y, por supuesto, no iba mucho al cine, y menos a películas en donde se explicitase la violencia de ese modo, en donde matar y morir fuesen una parte esencial de la trama. Quizá la rúbrica de la muerte venga de fábrica, la tengamos alojada en la memoria ancestral, la que los antropólogos más innovadores sospechan que hemos recibido como herencia y produce que tengamos, en una especie de hibernación, todos los recuerdos de todos nuestros antepasados. La violencia, el mal como rito, está escrita en el correr tumultuoso de nuestra sangre. A la educación se le encomienda la profilaxis, ese cuidar de que el mal no se pasee a capricho y no malogre todo lo bueno que se espera de nosotros. No se espera que matemos, ni siquiera en la ficción del juego, pero matamos y morimos, disfrutamos esgrimiendo el arma con la que controlamos el mundo, aceptamos que en la reyerta es posible que perdamos y caigamos al suelo, derrotados, muertos. Se muere para que el juego no se detenga. Se mata por las mismas innegociables razones. Importa el juego, su voluntad invisible de ocuparlo todo. Y qué placer ser abatido, notar el impacto de la bala, saber que nuestro mejor amigo - una vez que acaba el juego, claro - es el que nos ha apartado. Quién mejor que nuestro amigo para concedernos la posibilidad de elegir qué gestos haremos al desmoronarnos, qué últimas palabras diremos, con qué mano taparemos el boquete que nos ha producido el impacto. Hasta las niñas se prestan en ocasiones. Morir para ellas, sin embargo, no es una opción, no lo es de un modo tan apasionado. Yo he visto alguna caer como un fardo. Y mueren mejor, con más sentido de la dramaturgia, con una inspiración fúnebre más intensa. No recuerdo si he matado alguna o si alguna me mató a mí. Hay cosas que se van olvidando. Las acalla uno, las silencia para que no nos avergüencen  después.