2.7.20

Bosquiniadas VII / El jardín de las delicias / El infierno



En el fondo es un diálogo hueco, no tiene sustancia, tal vez la poca que haya sea la de algunos más empecinados en mostrar las debilidades del espíritu que sus fortalezas, como si (dijéramos) prefiriéramos constatar el avance de la enfermedad y la documentáramos profusamente en lugar de ocuparnos en dar con los fármacos que la rebajen o retiren. En este ir y venir de las cosas, surge la desconfianza, cómo no habría de pasar eso. Se desconfía para no perder la escasa ilusión que tengamos en que las cosas finalmente funcionen, salgan bien, prosperen, todo eso. La desilusión nace de una confianza herida. Desconfianza, desilusión, decaimiento, nada que invite al alborozo, ni siquiera a la esperanza, eso tenéis, maestros. De ahí que  no entremos en la consideración de pensar en el futuro. Cuando lo hacemos, no damos con la tecla o la pulsamos con titubeo. No sabríamos qué decir sobre lo que no nos ha sido mostrado. Mañana quién sabe, eso podríamos responder. Hacer como que no va con nosotros. Esperar órdenes. Saber que trabajaremos con lo que buenamente encontremos. Como el actor que espera con ansia el próximo libreto y prefiere interpretar al Shylock del Mercader de Venecia shakespeariano (en su famosa catilinaria) que a un boticario en un entremés de Lope de Rueda. Ya saben: "Soy un maestro. ¿Es que un maestro no tiene ojos? ¿Es que un maestro no tiene manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones? ¿Es que no está nutrido de los mismos alimentos, herido por las mismas armas, sujeto a las mismas enfermedades, curado por los mismos medios, calentado y enfriado por el mismo verano y por el mismo invierno que cualquier otra dignidad pública? Si nos pincháis, ¿no sangramos? Si nos cosquilleáis, ¿no nos reímos? Si nos envenenáis ¿no nos morimos? Y si nos ultrajáis, ¿no nos vengaremos?" Porque a veces este gremio se limita a pronunciar el ipse dixit de Cicerón, que viene a ser el "yo lo que tú digas, que para eso eres la autoridad y yo un funcionario de probada mansedumbre, no vaya a ser que discrepe y me dé por discrepar más y acabemos usted y yo a la gresca, que no es cuestión, ni va a serla, está probada de sobra la obediencia de este noble cuerpo, incluso la docilidad , que es especie de más enjundia semántica"  Y la nave va, la vida sigue su curso, a todo se le encuentra arreglo, aunque sea a lo loco, sin que se persone la voluntad de las cosas bien hechas, cual personaje demiúrgico que apareciera de improviso en la coda de cada acto de la obra y arreglase los desbarajustes. No habiendo tal figura, aquí andamos. Empezamos sin saber, pero quién sabría. Con tal de que haya portátiles y wifi para todos, se oye decir a alguien. Me da por pensar en obras de teatro en las que hay colmo de medios (escenografía, maquillaje, vestuario, música) pero cuyo libreto es mediocre, si no malo. En la escuela (quiero pensar así) sucede a la reversa: tenemos un texto formidable y actores entregados. En ocasiones, echamos en falta un elenco con más personal o nos molesta (qué dulzura de verbo, qué poco hostil es) que los cuartos se empleen en el atrezo, cuando es más apremiante que se libre en otros menesteres de mayor urgencia. ¿Puedo opinar?, pregunta el docente. Es que tengo ojos, manos, órganos, proporciones, sentidos, afectos, pasiones...

1.7.20

Bosquiniadas VI / El jardín de las delicias / El infierno


Los colegios son complicadas maquinarias en los que no puede haber piezas sin ajustar. Una que pase desapercibida o que no se acople con idea puede desbaratar el funcionamiento completo del mecanismo y malograr su eficacia. La labor del equipo directivo de un centro es oscura, no siempre está a la vista, ni siquiera hacen alarde de ella los que la ejecutan, pero irradia la luz pertinente para que no se entenebrezca el conjunto. Son tan numerosas las piezas que el personal que las ensambla tiene todo a su favor para que el trabajo los extenúe. No es oficio pagado con ninguna bonificación a la nómina: no hay dinero que compense ese esfuerzo estajanovista y, las más de las veces, delicado y hasta amonestado. Tampoco ayuda la Administración: con frecuencia desatiende la asistencia que se le solicita. Queda todo en un ejercicio puro de amor a la escuela, ojalá sea así incluso en las circunstancias más desfavorables. No se entiende que alguien asuma la responsabilidad de tener un cargo directivo y no tenga ese deseo de que la escuela medre y todas las piezas de esa maquinaria cuadren y se encajen como las palabras en un soneto. No debe haber una que descabalgue a las otras. Cada sílaba cuenta. Cada aliento cuando el verso de declama. El hecho de que un centro educativo avance es milagroso. Hay tanto trabajo por debajo que cuesta pensar que no haya una puntada sin dar, un deshilachado resto de una costura mal cosida. El traje es el que cuenta. Ahí tenemos a los tres sastres (dirección, jefatura, secretaría): una vez que acaba la confección, nada más echar el cierre al taller, ya andan pensando en qué harán cuando se abran las puertas de nuevo. Si irán a la moda (lo que los gerifaltes barrunten en sus asépticos despachos) o si tomarán iniciativa (Imbroda, el Jefe Mayor, ha dejado hoy caer algo a ese respecto, ay) o si dejarán que la improvisación tome mando en plaza, lo cual no es novedoso: esa es la política común de los políticos, cuele la redundancia. Lo sabe el que lo probó (yo mismo durante cuatro maravillosos y también azarosos y trabajosos años), tener un cargo directivo es una responsabilidad que debiera acometer cualquiera que trabaje en un centro educativo: falta envalentonarse, hacer lo que otros han hecho por nosotros y de lo que nos hemos beneficiado. O no: he aquí el descalabro, el desbarajuste, la dura constancia del trabajo mal hecho. La escuela es una maquinaria compleja, ya lo hemos dicho. El desempeño de su manejo (director, jefatura, secretaría) acaba produciendo cansancio: interesa que rueden los cargos, que se facilite la posibilidad de que cualquier pueda sentirse invitado a cogerlo. No es así. No tienen el predicamento que debieran. No hay colegio que funcione correctamente si no hay un equipo directivo al cargo que lo gestione con entusiasmo. No es un trabajo sencillo, pero ese es el trabajo encomendado, el que se juró o se prometió realizar con absoluta entrega. Todo lo bueno que salga de un año escolar proviene de ese entusiasmo.

26.6.20

Bosquiniadas V / El jardín de las delicias / Tabla central


No sé si hay que ser docente a tiempo completo, tener esa conciencia del oficio sin interrupción. O cardiólogo o economista o guardia de seguridad a tiempo completo. Si cualquier trabajo que se tenga exige esa entrega continua, tangible. Si puede reprobarse aplazar esa condición laboral y no ser docente ni cardiólogo ni economista ni guardia de seguridad un periodo del tiempo al día o durante el rato en que no se ejerza. No sé otros gremios, pero el mío es particularmente peculiar en este aspecto. El maestro, salvo saludables casos, ojalá prosperen, es maestro en la escuela y en casa, cuando pasea en su esparcimiento y en sus conversaciones de barra de bar. De hecho, no son pocas (de verdad que no) las veces en que he escuchado de ellos (yo he caído también en hacerme vocero de esa especie) la pregunta absoluta: ¿qué pasará en septiembre? Parece que no hay vacaciones, por más que las merezcamos, dejadme que haga énfasis en esa idea, la de las vacaciones. Nadie cuenta qué hará en verano, cómo usará ese espacio de tiempo y si irá a la playa, a una casa rural o se quedará nuevamente en casa, por temor o por inercia o por la maravillosa sensación de levantarse y no tener que sentarse frente al ordenador y dejarse los ojos y la espalda en el desempeño digital de su oficio. 

Las cosas que a uno se le ocurre hacer en este verano probablemente no sean muy pensadas. A más se piensan, con más obstáculos tropezamos. Poseen la facultad de sacar imprevistos en donde únicamente se presentía un camino recto y, sobre todo, poco inclinado a que el azar lo haga serpenteante y, en casos, hasta meandro sin disimulo. Las veces en que con más entusiasmo se preparan suelen ser las que coinciden con mayores inconvenientes. De ahí que venga bien improvisar, no dar nada por sentado ni rubricado, no caer en esa costumbre de creer que lo más ansiamos está a nuestro alcance y que solo depende de nosotros abrir las manos y agarrarlo. Se escabulle: los deseos tienen esa facultad, la de no avenirse a consideraciones privadas que fantaseen sobre ellos, la de bajarnos de cualquier nube en la que nos hallemos. El docente, he aquí el sujeto objeto de toda esta colección de imágenes con su pie de texto (Ramón ilustra, Emilio escribe) tendrá, sin embargo, algo de lo que carecía en su quimera de voluntos apetitivos. Tendrá un pequeño intermedio en la faena, nada del otro mundo, aunque algunos les parezca que tenemos el trabajo perfecto. Ya conocen la frase: gana como un ministro, descansa como un maestro y trabaja como un cura. No sé de ministros ni de curas, así que me limito a explayarme con el oficio de maestro, que para eso lo conozco. Así que no tengo ni idea de lo que haremos en septiembre. Ya nos contarán, ya veremos. Este docente va a empezar a pensar qué hace a partir de la semana que viene. Sin rúbricas ni indicadores. Sin ejercicios de ampliación ni de refuerzo. Si me pongo a pensar mucho en la escuela de septiembre, me echo a temblar.

23.6.20

Bosquianadas IV / El jardín de las delicias / El infierno


No oír entra en lo razonable, puede haber trabas, zanjas acústicas que aminoran la capacidad de registrar las vibraciones. Hasta inapetencia o desidia o indolencia, que es un término más sancionable, ya que expresa una falta completa de voluntad. También puede oírse, hacerse eco de lo dicho, pero no prestar atención, no conceder importancia a lo oído, dicho sin pretender resultar cargante. Se tiene la idea de que conviene tener qué oír: el silencio es una incomodidad, nos hace pensar en nosotros mismos, nos enfrenta a nuestros pensamientos y no siempre, a pesar de que nos pertenezcan, los queremos cerca, susurrándonos por ahí adentro, haciendo que pensemos más y se acumule el trabajo. Una de las cosas que ha ocurrido en este periodo de convalecencia social (la pandemia, el confinamiento, la distancia social, la neonormalidad) es que nos han saturado de información. Uno criba lo que oye (iba a escribir lo que escucha) y acaba siendo extremadamente exigente en aceptar nada que lo haga dudar. Decide, pongo por caso, censurar información deportiva o el parte del tiempo o la estadística del parqué madrileño. En esa oclusión hay un riesgo enorme: se acaba escuchando únicamente ciertas cosas, solo unas cuantas son merecedoras de nuestra atención. Nos convertimos en especialistas de una parcela de la realidad al tiempo que ganamos en ignorancia en todas las demás parcelas. Cuando encuentro amigos que no saben muy bien de qué va la escuela reciente, no me explayo en contarles detalles, pero expongo un malestar, una especie de desafecto por las nuevas exigencias burocráticas o por la insuficiencia de personal o por la abrumadora evidencia de que somos cada vez más esclavos de las (nuevas) tecnologías, en detrimento de patrones de enseñanza de probada eficacia, que se están menoscabando, arrumbados al sótano de los trastes viejos. No es que no valgan esas novedades. De hecho, se ha visto su necesidad en estos últimos meses en que han sido las máquinas las que no han servido para que el trabajo no decaiga. Pero ha sido una labor en la que no habíamos sido instruidos o en la que no hubo tiempo de que lo fuésemos. Hemos bajado al infierno, entiéndame el amable lector, y hemos regresado. Se entrevé que no soy uno de esos docentes al tanto de todos los cachivaches digitales. No querré serlo. Estoy en mi absoluto derecho a permitir que los años que me resten (no son muchos) transcurran como los que he ido dejando: placenteramente enseñando sin que una caída de la fibra óptica del colegio o una avería en la pizarra digital malogre un bonito día de escuela. No damos más de sí porque la empresa ha sido abrumadora o porque no hemos tenido refuerzo administrativo fiable o porque todo lo que hemos hablado no ha llegado a oído alguno. Se constata cada vez más la costumbre de que no se nos escuche. Que ni siquiera se nos oiga. Habrá trabas, zanjas en el aire o indolencia en quien oye. Si escuchara....

22.6.20

Bosquiniadas III / El jardín de las delicias

Ave rapaz coronado con caldero y sentado sobre retreteEl jardín de las delicias (1500-1505)El infierno: postigo derecho

La cultura no es una actividad de tiempo libre, sino la actividad que nos hace libres. No sé dónde leí la frase. Era así o de parecida manera, es cosa de buscar, Google lo sabe todo. Es la palabra que eché en falta de entre las muchas que ocupan la ilustración. Quizá no había dónde alojarla, en qué hueco hacer que se ajustara. Se la da por presente, pero es casi siempre la escamoteada. Es a lo que aspiramos y, al tiempo, es de lo que más nos alejamos. Tener cultura no tiene el predicamento de antaño. Se puede prescindir de ella para manejarse por el mundo y hasta medrar en él. Es el medro el que manda, el bienestar económico, el festín democrático del mercado. Cosas que no son nuevas, a poco que se piensan: vienen de antiguo, están muy vistas y, por tanto, ya no asombran. No aceptándose, cómo hacerlo, se hace uno a ellas, qué remedio. La Política Educativa no mima la Cultura, alardea de que importa, pero no entra en ningún plan, no sucede eso nunca. Es que muy abstracta la Cultura, dirán. Hacen que suene mucho el poeta del que hace doscientos años que ha muerto o el pintor cuyo centenario está al caer, pero ese interés se desvanece más tarde, no cunde, tiene como fin abastecer un protocolo, dar entrada a un deseo de apariencia, como el que entra en una biblioteca a ver cómo los demás leen, sin que esa voluntad obligue a que extraiga un libro de una balda, se acomode en una silla y lo abra. Es la cultura del simulacro, la de la impostura, la que se labra un porvenir que únicamente repite un rito carente de significado, formulado para declarar una evidencia y hasta para amplificarla, pero no para hocicar en ella y empaparse con ella. Todo lo enturbia la burocracia, en todo surge ese monstruo invisible. Calzar política con educación es una disciplina que requiere un cuidado que no siempre se detecta, se confía a veces a los que no han pisado una escuela, autoridades que desconocen las costuras de ese traje que se les encomienda confeccionar. Salen leyes que no tienen nada que ver con el ejercicio de la docencia, sino con su logística, con su desempeño registral. Nos sentimos con insoportable frecuencia oficinistas, cuando no es ese el cometido que se nos encomendó. Nos sentimos con repetida reiteración consignatarios, escribas ciegos de un documento infinito que, las más de las veces, carece de interés, no suscita consenso, ni persigue eficacia. Se nos financia a ciegas, adjudicando partidas monetarias que no siempre coinciden con necesidad reales, las que detectamos a ras de aula. Se confía a la tecnología el arreglo de los rotos del sistema, lo cual no está ni bien ni mal: todo depende de qué se prime y cómo se libren esas cuantías económicas. Faltan maestros y sobran ordenadores, por ejemplo. Los docentes somos de una mansedumbre probada: no chistamos más de la cuenta, hacemos cuanto se nos solicita. No entremos en materia escatológica: no se citará aquí qué evacuamos, qué fluida depuración de materia sobrante aliviamos y dónde procedemos a liberar esa carga prescindible. Al final olvidamos qué material sensible tratamos. Es el futuro el que se nos confía modelar. Somos esos arquitectos del tiempo. Todo lo que suceda en ese futuro procederá de lo que hayamos acometido en este atribulado y febril presente.

La gente feliz lee más despacio / Reseña de "Música de carreteras" de José Luis Martínez Clarés



Sin que el autor sea amigo de las metáforas, eso confiesa en un poema, hay muchas en su libro. Casi no son materia recitable cuando acuden, sino un pequeño arrimo a una conversación de barra de bar. Más que leer, uno cree estar escuchando la voz del poeta. Cuenta la transmisión oral, cierto apego a la literatura popular, que en palabras suyas, no podría ponerse en la piel de quien no conoce (por lejano, por ajeno) y sí, con sobrado oficio, en los que están a la vera suya, en su trajín provinciano, sutil o abrupto, según a qué aplique su sesgo lírico. En Pecados veniales, mi poema favorito, Martínez Clarés hace de Mercedes una contemporánea Beatriz, siendo él (en los breves versos, ningún poema es extenso) el atento Dante comisionado para registrar la fascinación de estar vivo y sensible a los primores de la realidad. Eso hace el poeta: se aposta a conciencia frente al tumulto de la vida y hace un escrutinio privado de su vértigo y de su fiebre.

Música de carreteras
(Premio Rafael Morales 2019, Colección Melibea, Talavera de la Reina, 2020) es un alarde generoso de episodios íntimos, qué libro de poemas no lo es, por mucho que el poeta se enmascare o eluda comparecer a las claras. El paisaje no es responsable de los ojos que lo miran, cuenta un verso. Se puede tomar el conjunto como el hilo narrativo de un personaje impostado, creado a posta, ocupado en constatar el dolor y el júbilo, sin que esa delicada operación le exponga más de la cuenta. Pero Martínez Clarés se pringa, da de sí cuanto puede. No se arroga la empresa de consignar la penuria de los refugiados, no se cree facultado para contar cuanto no conoce. De ahí que uno agradezca la honestidad brutal de sus poemas: es el poeta exhibido sin doblez, es su sensibilidad la que se desnuda. No hay ninguna cortina de humo tras la que guarecerse, es un hombre el que escribe, a pesar de que diga no gustarse demasiado (eso no nos importa) y que se cae mal o no se cae muy bien del todo. El poema nace (añado yo) cuando el poeta esté enfrentado a sí mismo. La literatura es una extensión de esa zozobra generosa.

No crea el amable lector que este poemario carece de virtudes estrictamente líricas, por más que el aliento verbal lo impregne y haya una trama novelística, si uno sabe hurgar. El poeta (el narrador, vienen al caso ambas facetas creadoras) entiende (vuelvo a sus versos) la vida a medias, lo cual asegura que transcriba esa incertidumbre suya con titubeos narrativos, con visible pudor cuando la vida nos abruma y hace que flaqueemos y no sepamos con qué herramienta medrar en ella. Los materiales que usa en su morosa orfebrería son comunes y conocidos: árboles, carreteras, barras de bar, niebla, recuerdos, viejas bandas de rock and roll, poetas laureados, viejas fotografías de la infancia, bourbon, estampas de su pueblo, libros, seres mitológicos... Lo que hace el poeta es rendir cuentas consigo mismo y, a criterio de quien se deje, hacer que nosotros saldemos las propias y hagamos recuento del viaje, no muy distinto al suyo. Así que el poeta invita a Hopper, a Forges, a Status Quo, a Charlie Parker, a Verlaine, a sus adorados 091, a Virginia Woolf, a Hopper o a mi imperecedero George Kaplan. Debió cuidar mucho a quién invitar a su casa, pero todos ejecutan su parte de la trama con pulcra eficacia. Hay un juego precioso entre lector y poeta. Viene a ser algo parecido a esto: yo cuento lo que me se ocurre, lo escribo a mi manera, hablando en plata (otro estupendo poema), sentencio cuando puedo (no siempre está la mente ágil, hay veces en que cuesta dar con las palabras) y espero a que alguien venga y se deje contar. Es fácil ese recado, el de leerlo. No porque sea una literatura fácil, aunque la forma sea asequible, en apariencia, y eluda a conciencia el retruécano o el lenguaje alambicado, sino porque hay una cercanía, un haber estado ahí y sentida esa misma fascinación por las mismas repasadas cosas. 

Igual que uno no recuerda mucho de algunas de las cosas que ha vivido y tan sólo posee la sensación de que algo de ellas le pertenece, no mucho, la verdad, así transcurre la existencia del poeta, poniendo en claro, como haría Jorge Guillén, procurando un inventario episódico y lírico, fundando un territorio personal y reconocible: Martínez Clarés es albacea de sí mismo, una especie de notario doméstico que da carta pública a lo estrictamente reservado y propio. Torpe instrumento es la poesía, si pobre es el poeta, pero he aquí la firmeza y la grandeza de la escaramuza de escribir, de hacer constar el crujir de los huesos cuando la edad nos abate o el peso del amor cuando de pronto lo creemos flaquear o la sobrevenida tristeza que nos asalta cuando las fotografías del salón retratan cadáveres (Un post-it en la nevera, otro formidable poema). En palabras de George Steiner, la verdadera poesía carece de límites y el poeta de verdad, cuando está centrado en su trabajo y lo vierte con franqueza y apasionamiento, hace que se eche al lado cualquier crítico. La fuente de su inspiración es esa franqueza, que es el dominio de su campo de trabajo: su memoria, Gor (su pueblo y su gente), y la poesía, que lo entrecruza todo y hace que emerja un narrar costumbrista en tramos y también lírico sin interrupción. También el cine visto, la música escuchada, los libros leídos, la vida tomada como un regalo al que hay que rendir obediencia y respeto. Por eso suena limpio el discurso poético: porque habla de escuelas de barrio, de mapas de carreteras (que son los ríos de Manrique, por si no se habían dado cuenta) y de héroes de andar por casa (que son los hombres sin honduras ni metafísica, los que filosofan sin decir una palabra de más de tres sílabas). De ellos admira que no les haya podido la distancia ni el desaliento, como a los poetas que pueden todo: él dice carecer de esa facultad y sabe sus limitaciones, pero son los mimbres del pudor los que escriben. Mimbres de una poesía que debe sonar bien al ser recitada. No hará falta que el lector imposte la voz o tenga que trabajar la dicción hasta que dé con el timbre idóneo. Es de leer con la voz de a diario. Un poco expresionista, con la vocación de traer a la vez la luz y la sombra, Música de carreteras es literatura que no debería envejecer. La gente feliz lee más despacio. 


19.6.20

Un sueño


El dulce delirio que en tromba acude y con galante arrobo me reclama se desvanece como rocío en el aire recamado en invisible fulgor. Tañe la tímida lira su cortejo armonioso y atrae el vértigo del cosmos, fronda del tiempo, vasto dominio de la luz. Somos levedad sin interrupción, somos el vano destello de un incendio sin propósito, dijo K. en un sueño que tuve anoche. Hoy, al contárselo, me confesó que fui yo quien le visitó y pronunció las frases. Pero no fue una lira la que era pulsada, sino un laúd. Tal vez esta noche pueda recomponer las líneas y aclarar la confusión

Bosquianadas II / El jardín de las delicias



En ciertas ocasiones, por hacer las cosas bien, se hacen sin pensar. Caso de que les diéramos el arrimo de la razón, probablemente no las haríamos. Cae uno en la sencilla cuenta de que algo dentro de ellas no cuadra, se escapa a la gobernanza de nuestro criterio, huelen peor que Dinamarca en los dramas de Shakespeare. Viene esto a propósito de la parte B, siendo el profesorado la A, en el contrato de la educación que con tácito consenso firmamos cuando el Buen Señor nos conminó a confinarnos y apartar nuestro oficio de sus escenarios habituales, asunto al que no se le debe dar ahora más importancia, ya se la dimos en su tiempo, estamos todos más que al tanto de las vestimentas de la extrañeza y de cómo se las gasta cuando abrimos la puerta y dejamos que invada nuestra casa. B es el discente, vocablo que siempre me sugirió un componente químico, una especie de vertido que emulsiona con otros y precipita la eclosión de un cuerpo nuevo. B es la incógnita de la ecuación diofántica (otro vocablo que me inspira cosas ajenas a su estructura profunda: en este caso veo ninfas en un bosque danzando al compás de una melodía tañida dulcemente por laúdes y liras). Hemos hablado tanto de A que no sabemos qué hacer con B. Ellos son los damnificados, no nosotros, los maestros. B es el que no tenía recursos. B es el que, teniéndolos, carecía de soltura para implementarlos. B es el delicado centro de todo este pandemónium en el que llevamos para tres meses. Habría que darles más tarde voz para que alivien su carga moral, esperemos que intelectual también. Dirán: no se nos consultó, no hubo nadie que nos instruyera, se daba por sentado que sabríamos. De hecho, en más de una ocasión, este cronista de sus incertidumbres ha constatado la pericia de sus alumnos cuando, ah vertiginoso Maelström (pobre Poe, qué solo debió sentirse), los arrojamos al proceloso océano de las tecnologías y les dijimos: ahí tenéis, no digáis que no mola. Pero mola poco o no mola nada. No ha habido regocijo, ni siquiera una brizna aunque sea diminuta de satisfacción por el trabajo hecho: no lo hay cuando el material rendido es frío, no es cálido al tacto, no huele, no tiene sudor, ni habría posibilidad de que el calor lo acariciase. Echen de menos ir a clase, están más que hartos de trabajos de una asepsia quirúrgica, tienen aversión al móvil, quién hubiera dicho eso. Hemos quedado en imágenes fluctuantes en una pantalla que continuamente muta. Hoy mismo he estado más tiempo del que hubiese deseado en aprender los manejos de un programa que usaré el lunes y del que (espero) no volveré a saber nada en el ancho y ampuloso trayecto de mi (ojalá) larga y dichosa existencia. Como no es costumbre en lo que escribo el uso de palabras malsonantes (coño, hostia, joder, mierda, en ese plan escatológico), no abriré hoy la veda, pero (como dijo Pascual Duarte) ganas no me faltan. No hay tal jardín de las delicias. Ni flores ni júbilos. Cerraremos el cuaderno de campaña en breves días. Lo alojaremos en un confín de nuestra memoria. Ahí te pudras. B lo meterá más adentro, ánimo les doy. Espero que alguna pequeña enseñanza haya pervivido. Todo lo que saquemos de este acceso al infierno (tampoco nos pongamos excesivamente sancionadores) podrá ser usado en la hipótesis de que el bicho de marras (me estoy conteniendo, con qué mansedumbre me alivio) vuelva a sus andadas y tengamos que instalar nuevos programas y aprender a usarlas. Yo lo que quiero es trabajar como siempre lo he hecho. Ya, ya lo sé. Ni yo ni nadie. Echo de menos la clase, estoy francamente agotado. Qué bonitos los adverbios cuando se colocan en su lugar idóneo.

18.6.20

Bosquianadas 1 / La extracción de la piedra de la locura


Ilustración: Ramón Besonías


Aflige pensar que este delirio laboral no traerá enseñanza alguna a la que aferrarse y de la que valerse para continuar, porque el trabajo continúa y habrá que dar con las herramientas con las que acometerlo. No se advierte que prospere ninguna fiable. De ahí que cuente más que nunca el humor, y con él, inseparablemente, la sabia frivolidad que lo alienta. Tiene esa postura moral mucho de mecanismo de defensa. Nos precavemos contra lo que no entendemos o contra lo que no podemos intervenir. Que estemos desbordados contribuye a que recurramos a él y así no nos vengamos abajo definitivamente y abdiquemos. Que estemos agotados nos autoriza a expresarnos con sana sorna o con legitima saña. Si se nos hurga, no hace falta que sea con las maneras medievales de la ilustración tomada con libérrimo talento por Ramón Besonías del iluminado y perturbado El Bosco, darán con pruebas palmarias de que hubo daño, cómo no, más del previsto y probablemente más del necesario. Habrá cansancio, habrá estrés, habrá indicios de la cruenta liza entre la obediencia y la insurrección. Como acatamos con probada mansedumbre el recado de enseñar que se nos confía, dejaremos que se nos inspeccione, no pondremos trabas: entren, comprueben, enmienden el roto si está en sus facultades. No cuenta el sacrificio, eso no es materia considerable, no habría con qué aliviarla. Hemos contribuido con firmeza a que no se detenga la maquinaria y prosiga su desquiciado empeño conciliador. Algo habremos hecho bien, a costa nuestra, siempre a cuenta de cada uno, cada cual con su voluntad y con su cuota de responsabilidad. Vendrá más tarde el peaje. Todo tiene precio. Ahí andará la piedra de la locura, tal vez convenga extraerla, ponernos de nuevo en danza con las propiedades docentes indemnes, creo que no habrá obstáculo difícil de allanar: tenemos los buenos propósitos intactos, no se ha deteriorado irremediablemente el instrumental habitual, el del amor al oficio, el de las ganas de que todo regrese a su ser, aunque no las tenga todas conmigo y convenga para mis adentros que esto de enseñar pide a gritos una revisión y probablemente tengamos que pensar otro modelo de enseñar, por si esto de la pandemia rebrota (es lo razonable, a lo que ve uno y a lo que deduce) y la escuela no vuelve a ser la que era. El personal reclutado a esa empresa no es importante: nunca lo ha sido. Gensanta. 

16.6.20

Sestear





Hay quien sestea por mera inercia, sin que intermedie la voluntad. no es algo que se prevea, ni siquiera concurre el libre albedrío, ese constructo de la filosofía a la que no se le ha dado todavía un consenso teórico. Hay quien, bien al contrario, cae en la siesta por un imperativo físico. Creo que en mí se mancomunan felizmente ambas categorías. Puestos a inclinarme por una, si es que tuviera que ponerme en esa frívola tesitura, escogería la del desvanecimiento, que pivota entre la una y la otra y no toma partido por ninguna. Es llegar la sobremesa y el cuerpo sufre un dulce deliquio del que a duras penas se sale y, llegado al caso, del que no es preciso salirse en modo alguno. No entro en el tiempo aplicado a congraciarse con ese arrobamiento orgánico, pero no discutiré si alguien se excede o le basta un breve apartamiento de la realidad, una de esas cabezadas que reparan el organismo y lo reconcilian con el trajín vespertino. Las consideraciones logísticas de la siesta no son relevantes. El que la toma en sillón posee la misma dignidad que el acostumbrado a despacharla en cama. Hay siestas excesivas que perturban la dispensa del sueño nocturno. Es pieza común que el afectado por estas libranzas excesivas tenga la vigilia alborotada y no sepa en qué plazo del día se encuentra. La siesta larga es inconveniente, por más que el apetito incline a su uso. La corta tiene una impertinencia similar: no cumple con el cometido que se le encomienda, deshace más que arrima, deja en ocasiones el cuerpo en un limbo del que cuesta evadirse. Advierta el lector curioso que no es del sueño propiamente de lo que aquí se trata, sino de una de sus más elogiadas disciplinas. Tiene la siesta el predicamento antiguo que la hace casi patrimonio inmaterial de la humanidad. Quien la reprueba lo hace con desconocimiento o porque, he aquí el argumento irrebatible, tenga ocupaciones y no pueda echarla. Eso de tener un sueño monofásico (dedicar un periodo largo en la noche a dormir y no habilitar un receso en el decurso del día) está incluso reprobado por los neurólogos. Sostienen que muchas de las enfermedades cardiovasculares concurren con más frecuencia en los que no duermen siesta. Quedemos en que no es capricho, ni veleidad ociosa. La siesta es un privilegio asequible, una concesión hedonista al espíritu, por doquier afectado, afligido en ocasiones, al que se le deben las más altas consideraciones y el esfuerzo menos remiso. La famosa regla de San Benito, la de dar descanso al cuerpo a partir de la sexta hora, en palabras latinas la del mediodía, tiene acérrimos adeptos todavía. Esa es la dulce etimología: guardar esa sexta hora, esto es, sextear o sestear. Las indicaciones médicas que la prescriben no deben hacer mella, sin desoírlas, claro está, hay que escuchar al galeno cuando nos conmina a obedecerlo. Podemos aligerar la ingesta en el almuerza, no abusar del alcohol en ese tramo o no caer en hacer que sea larga y nos amodorre en demasía, pero no podemos claudicar, abandonar esa bendita rutina. Creo que hasta ennoblece la vigilia que sustrae. Una vez que uno ha emergido de esa exquisita postración de los sentidos, la realidad brilla con más fulgor, las palabras se entienden con mayor hondura, hasta el corazón (que es el albacea de los sueños) late mejor. En unas horas procedo a dar cuenta de la del martes. Ojalá no la estropee el azar, afición que frecuenta y contra la que no tenemos herramientas que la aparten. Que tengan ustedes la que deseen. Ya saben, no abusen. Si lo hacen, busquen con qué entretener en las que no tendrán más remedio que trasnochar. Ese es otro verbo al que tendremos que acudir en breve. Viva San Benito.