24.7.16

10, Cloverfield Lane / La dimensión desconocida



Hay veces en que uno no desea que se le confine, aunque haya razones y se le explique con autoridad que afuera no hay vida o que la que pueda encontrarse no es recomendable. Luego están las certidumbres, la generosidad que le dispensamos a la verdad. Si sabemos que algo es cierto, si logramos esa convicción, lo aceptamos, hacemos que nuestra cabeza negocie consigo mismo la manera de seguir, como si hubiese otra vida y se estuviese organizando el modo de vivirla. Algo de todo esto le pasa a Michelle, la protagonista de 10, Cloverfield Lane. Se despierta tras un accidente de coche (que huele mucho al inicio mítico de Psicosis) en un zulo y su secuestrador le explica que la ha salvado, que no hay nada más allá del zulo, que sólo hay zulo. En esta premisa, embutida en un formato absolutamente teatral, discurre una trama en nada morosa, que se acrecienta en tensión conforme se descubre si en realidad el búnker es un lugar necesario (parece que los alienígenas han atacado la Tierra) o es un juego carcelario de alguien lo suficientemente traumatizado como haberlo construido y creer después que el aire es irrespirable afuera y caerás nada más salir del agujero.

La idea de que nuestros captores sean en realidad nuestros benefactores no es nueva. Lo que fascina de 10, Cloverfield Lane es la reticencia del guión a ofrecernos todas las cartas desde el principio. Se juega a confundir, se privilegia cierto sentido de la intriga, la intriga pura que no permite poseer un dominio completo de lo que se ofrece. Por eso estamos como Michelle, la protagonista, recluidos, obligados a despejar las incógnitas, incluso las más duras. Y son dos, sin más: la que todo lo fundamenta en una invasión alienígena (con su aparato viral incrustado en el aire) y la otra, más humana, focalizada en un personaje bestial (Howard) que interpreta con el carisma habitual un incomensurable John Goodman. Todo lo que sucede en el búnker es una consecuencia lógica de ambas premisas; da igual cuál nos satisfaga, no importa que de verdad los extraterrestres hayan sometido a la población o que sea un psicópata, uno particularmente inclinado a creer en conspiraciones y en tramas apocalípticas. 

Sugiere más de lo que ofrece, abre puertas que luego no van a ningún lugar: en ese estado de las cosas, 10, Cloverfield Lane, es una exquisita pieza dramática, sustentada en muy pocos pilares, pero sólidos, asfixiantes también. Los residuos del 11-S (con toda la extensión violenta posterior, con el terrorismo que hoy en día nos desvasta y nos cuestiona nuestro modelo de civilización y de legalidad) planean poderosamente sobre la historia. Se cree que la seguridad está por encima de la felicidad. se instaura un modo de vida que descree de la convivencia (por fuerza) y sólo se preocupa de sobrevivir, aunque sea con el peaje más alto, el de la bunkerización absoluta, el de vivir bajo tierra en condiciones (nunca mejor dicho) infrahumanas. Da igual que el escenario subterráneo tenga un jukebox y hasta un reproductor en donde ver viejas películas, una especie de reproducción en miniatura del american way of life. De hecho, una parte de la cinta se preocupa de explicar precisamente eso: el modo en que las libertades (cualquiera de ellas) está amenazada por injerencias externas no siempre gobernables, sea un tarado o un ejército de criaturas del espacio exterior. Tachtenberg, en su primera película, borda el producto redondo, lo hace con absoluto oficio en el manejo de las maquinarias propias de los varios géneros que aborda, bien el dramático, el del suspense puro o incluso (en momentos) el del terror. Su capacidad de fascinación no se rebaja con ninguno de ellos. Hasta ese final (del que no se dará aquí avance alguno, por supuesto) deja abiertos muchos interrogantes. A Spielberg le hubiese encantado continuar a partir de ahí. Detrás, en la sombra, anda J.J. Abrams, el nuevo mago de la industria, el que está ejerciendo de maestro de ceremonias de varias generaciones de amantes del fantástico, de la sci-fi, del buen cine también. 

21.7.16

La memoria es barro

Todavía no sabemos lo que es la memoria. Poseemos un sentido primario de su uso: nos enternecemos o nos apenamos cuando hace que aflore algo que no estaba presente, pero siempre está en un privilegiado espacio del que no tenemos propiedad alguna. Cosas que uno recuerda que no siempre son fieles a como acontecieron rivalizan con cosas que uno inventa que se ajustan de modo fidedigno. Es curiosa la idea de ficción. Igual vivir es una especie de palimpsesto del que sospechamos que hay algo debajo que rascar, una especie de voluntad imperfecta, de acto febril. Envidio a los que lo tienen todo claro. Yo me declaro frágil. Mi fragilidad consiste en no tener un asidero fiable. En parte es bueno ese conducirse con los mapas precisos, sin tener conciencia exacta (digo exacta) de qué nos va a sorprender en el camino o de cuánto va a durar la travesía. Ayer recordaba algo que me pareció ajeno y, sin embargo, nadie (salvo yo) podía narrarlo con cierta eficacia. Pensé en una playa en un verano y en unos primos jugando. Estaba mi abuela, estaba el runrún moroso de las olas. Lo maravilloso es que mi sueño incorporó escenas falsas. No creo que algo de lo que vi fuese cierto. La literatura consiste en añadir líneas al texto de lo real, con todos sus primores, como quería Machado. El acto de soñar es lo más parecido a escribir que posee quien no escribe. Si no fuese una actividad pública, no habría letra escrita, nos bastaría con soñar y después rememorar lo soñado. La memoria es barro. Hundimos los pies, nos desplazamos con dificultad, no sabemos si caeremos en un lodazal profundo o si la tierra firme nos hará más confiado el paso y podremos continuar. En verano se me ocurren estas cosas. Será el calor o será ese ocio pequeñito de las mañanas, antes de arrancar con el tráfago del día. Siempre hay cosas que hacer. Siempre está llenándose de líneas la memoria. No sabría explicar qué hace que unas cosas se pierdan y otras, felices o no, subsistan, se queden por razones que no alcanzamos a entender nunca.

10.7.16

La dictadura del hueco





Hay palabras que contagian en el momento de escucharlas un amor sincero y puro al lenguaje. No hace falta que uno sea un filólogo: basta que el sonido penetre y se produzca ese prodigio que consiste en el matrimonio absoluto entre el símbolo y lo simbolizado. Una de esas palabras es "letraherido" .Proviene del francés y luego fue el catalán el que la difundió hasta el volcado al castellano. El lettreferit es un obseso de las letras, un amante empedernido de la palabra escrita. Tengo un par de amigos letraheridos y un montón que no lo son en absoluto. En el término medio, en la bondad de la mesura, está el lector que no padece herida alguna y lee sin que eso malogre ninguna otra actividad que le concierna o que le arrime un placer que, caso contrario, no disfrutaría o vería francamente mermado. Leer como quien pasea o sale de terrazas o ve películas de la RKO o se cepilla los dientes tras al almuerzo o se asoma a la ventana y ve pasar coches antes de irse a la cama. Cosas de todos los días. Quizá bastara eso. Que leer fuese algo incorporado a lo diario, sin más alharaca. En lo que me concierne, leo a bocados, de manera convulsa a veces. Otras, las menos, leo cuando encuentro el hueco. Es el hueco el que organiza las lecturas . Tendríamos que rebelarnos contra la dictadura del hueco, pero no hay manera. A ver si leo algo que me ilustre. De entrada, nada más comenzar mis vacaciones, me he tirado a los clásicos. Estoy con El corazón de las tinieblas, con Conrad. Y ya estoy viendo al coronel Kurtz al final del Mekong, pero eso es una contaminación cinematográfica. Que lean mucho. Que encuentren el hueco.

9.7.16

Los azules limpios

A veces toso como si se acabase el mundo. En el estrago, en mitad de esa polifonía sucia, tengo la impresión de que oigo crujir mis pulmones. Luego vuelve a su modo natural y ni aprecio que están. Los tengo domados. Los alivio (los mimo)  a base de química. No sabe uno hasta qué punto estamos a merced de la farmacología. Casi todo los dolores tienen el compuesto que los menguan o que los anulan. Habrá quien prefiera vivir armoniosamente con los dolores al modo en que muchas mujeres prefieren parir sin epidural, durmiendo el nervio, convirtiéndose en un objeto neutro, incapaz de sentir. La enfermedad no debería existir. Tendríamos que nacer, desarrollarnos, reproducirnos y morir. Incluso estoy por eliminar el último verbo. Claro que entonces no habría ninguno de los otros. Siempre acabamos hablando de religión. Empieza uno relatando la épica de la tos, todo el cuento del pulmón asalvajado y del ojo luctuoso y termina en un congreso de bioética, lleno de curas y de librepensadores. Se ve que no sabemos hablar de otra cosa. A lo que vuelven muchas veces mis conversaciones es al dolor. No se nos educa para el dolor. No hay una pedagogía que nos enseñe a soportarlo. No hay un vademécum propicio. No es sólo el físico, el que devasta, el dolor que prorrumpe y arrambla con lo que encuentra al paso. Está también el del alma. El dolor de no saber o el de saber en demasía. El dolor de la ausencia o el desamor o la injusticia. En estos tiempos abundan los libros que nos ayudan a vencer esa fractura. Libros con recetarios, que indican una especie de posología verbal. Son el género de moda. Una vez cogí uno de ellos en casa de un amigo (no uno que depende de estas pildoritas para ser feliz, pero ahí estaba, paradójicamente) y lo hojeé con calma. Le apliqué una lectura honesta y me fascinó su capacidad de persuasión. No había quebranto al que no pusiera freno. Se atrevía con asuntos muy serios y alardeaba de acometerlos con pasmosa eficacia. Libros de esta guisa prefiguran un tipo de lector ingenuo, del que no se debe decir criticar nada. Porque leer siempre es una puerta hacia algún lado y no sería de extrañar que raspe algo relevante de esa superficie casi roma, sin apenas hondura, hecha para dar alivio instantáneo o para taponar heridas, en lugar de sanarlas. 

El dolor también tiene un sentido patrimonial. Hay dolores que nos escoltan toda la vida. Están integrados en nuestra existencia, configuran el estado general de las cosas y hasta legislan (son poderosos, saben que todo pasa por su voluntad) el quehacer diario, imponiendo recesos, organizando los horarios y pasándonos factura si en alguna ocasión somos osados y franqueamos el límite que nos han impuesto. Uno cree tener los pies en el suelo, pisar tierra firme, cuidar de no tropezar y sentir la seguridad de que se conoce el camino o de que, en todo caso, estamos alerta por si sobreviene un obstáculo o surge un imprevisto. Es la cabeza la que está en el aire, flotando, mecida por el primer viento que se le cruza, inevitablemente zarandeada por las inclemencias del azar, que suele ir a lo siuyo y no se deja gobernar y desoye la voluntad de quien le habla. Todo eso pasa. En el fondo, no es mal sitio el aire, el limbo, la nada protectora. La visión que ofrece es más entretenida. Incluso acaba uno fortalecido en ese acto un poco malabarista. No hay día en que todo salga como lo planeamos, ninguno que no le haga un roto al traje con el que pisamos la calle. Los años nos enseñan a manejarnos bien en esas alturas, nos dan confianza. Lo que incomoda a veces es la seguridad, la rutina, la placentera sensación de que todo sucede como dispusimos, la ausencia del dolor. Se está más vivo en el riesgo. No hay día que no abra una herida o cierre otra. A un dolor que no soportamos le abraza otro que causa un dolor mayor, de modo que uno (por fuerza) mengua, se rebaja, adquiere una presencia de menos peso, nula en ocasiones. No estamos preparados para sufrir. No hay escuela que instruya sobre estos asuntos. Se intima con el dolor y se aprende (a solas, qué remedio) a domeñarlo. La alegría es otra cosa. Es fácil trasegar con ella. Se la lleva de paseo y se enseña a los amigos. Se la aposta en las barras de los bares y se la invita a beber. Hay un piso firme debajo suya. En la felicidad se aprecia el azul del cielo con más nitidez, pero es el dolor (la ausencia de azules) el que te pone delante de los caballos y te hace correr, por evitar el atropello, y entonces ideas, maquinas, compones el poema con el que festejar la salvación o el caos. Al final será verdad eso de que el arte (para quien lo crea o para quien lo observa) nos pondrá a salvo, pero también la belleza se impregna de dolor. Igual es esa la razón por la que lloramos de placer cuando la belleza nos atraviesa al sonar una pieza de música o estando frente a un cuadro o una película. 


8.7.16

Días en que uno se siente John Coltrane


Siempre me gustó esta fotografía, Admiro la quietud que exhibe, esa mansa evidencia de que es posible ser hospitalario con uno mismo y darse la satisfacción de no apresurarse mucho o de no tener prisa de ningún modo. Creo que todos somos John Coltrane de vez en cuando. Momentos de inspiración en los que hacemos algo que de verdad nos enriquece. A veces no tenemos esa certeza. La de hacer algo que nos haga mejores. Hay días en que te acuestas con ese runrún en la cabeza: el de haber contribuido al equilibrio del cosmos, el de haber aportado una coordenada inédita, el de estar en posesión de un frase que hasta ahora nadie ha pronunciado. Días en que somos Coltrane en esta fotografía. 

7.7.16

Rewind

La historia seria más o menos así:
Uno no nacería menguado e inerme, escaso en tamaño, vacío en conciencia, ni iría después creciendo en juegos y en llantos, probando, errando, cayendo, subiendo. Prescindiríamos del acné adolescente. Tampoco estaría la fatiga de los años escolares, las primeras erecciones rudas e incómodas. Sobraría el pavor mitológico ante la sospecha de que Dios existe o de que no existe. Y no tendríamos que encarar con resignación la rutina de la edad adulta, la impertinencia de la vejez.
Menos traumático o menos patético, sería nacer ya maduro, canoso, calvo o gordo, e ir más tarde, paulatina y generosamente ganando en aplomo, en tamaño, en conciencia, entre lecturas por el parque y paseos por la playa, bebiendo café en las terrazas con amigos, rejuveneciendo año a año. Buscar entonces esposa, procurarse unos hijos, un trabajo que nos plazca, dejar que el tiempo nos merme y, al final, cubierta la edad madura y la juventud, repasada la infancia, morirnos en una cuna, en un flato artero o en un patio de jardín de infancia.
O mejor todavía: morir en el vientre materno, enamorados, enfermos, hospedados como reyes, como dioses.
Los habría afortunados: aquéllos que tuvieron la dicha enorme de morir en un orgasmo paterno, aunque no sea el propio.

6.7.16

Los países sin pedigrí

No conozco ningún escritor bielorruso. Ninguno de Uganda. Ni de Tailandia. La culpa es mía. O no lo es. Las librerías se esmeran en exponer libros franceses, italianos, norteamericanos, japoneses, ingleses. Son países de una literatura más exportable. Literatura de hacer caja. Con pedigrí. No conozco el cine húngaro. Ni el de Albania. Hay países que no están de moda nunca. No tienen con qué exhibirse o (en muchos casos) no tienen quién les patrocine. En el fondo se trata de animar al consumidor. De hacerle todo lo que se pierde si no asiste a una exposición de un fotógrafo croata o de un pintor búlgaro, Países que no están. Otros, sin embargo, no dejan de estar, no hay momento en que descansen, como si les venciera el ánimo de dar paso a otros. Las invasiones modernas son las culturales. He ahí la gran guerra, la guerra invisible, la que no se advierte con facilidad, pero obra con artera malicia y se incrusta en los escaparates, en los anuncios, en las palabras que decimos y en los pensamientos que fabricamos. Es una ocupación lenta y feroz a la vez. Se me ocurre admitir la benignidad del atropello. Como los militantes del Frente Popular de Judea en La vida de Brian. Al final, los romanos no fueron tan malos. Bien pensado, qué hubiésemos hecho sin los romanos. Que si no fuese por esa acometida, no tendríamos a John Ford ni a B.B. King; no sabríamos qué hace David Lynch o los Red Hot Chilli Peppers. Lo malo es que no sabemos quiénes son los Ford de los países sin pedigrí, de los países que no han podido (no les han dejado) participar en la carrera. Porque habrá un David Lynch que no conocemos. Porque seguro que hay un escritor maravilloso del que no sabemos nada. Y no es únicamente un asunto geográfico. Dentro de los grandes países, de los que parten el bacalao de la cultura, no siempre interesa que aflore un personaje nuevo. Es mejor mimar el producto que ha resultado convincente y está aceptado por la sociedad. Por eso me gustó que Islandia, en fútbol, hiciese lo que hizo, o que ahora (van cero a cero en el descanso, cuando escribo) Gales esté a punto de codearse con las grandes potencias en el escenario más iluminado. 

El orden

Lo que los físicos llaman, con razón, orden, no es más que una medida compensatoria a nuestra incapacidad física para contemplarlo todo de una forma global. Por eso el poeta ha creado la ficción absoluta.


Siempre me preocupó no saber dónde estaban las cosas. Sabía, en el fondo, que acababan apareciendo. Se tiene una siempre personal  idea del orden. Las cosas que perdemos, si no se buscan, aparecen. Se confabulan contra la posibilidad de que la voluntad las encuentre, dan con el modo de burlarse de nuestro tozuda convicción de que las hallaremos. Hoy encontré el papel (uno cualquiera, no importa el contenido) que se obstinó en no ser encontrado. Basta con no pensar en que las precisamos, es suficiente (de verdad) la indolencia, incluso el olvido. Borges lo expresó mejor: sólo es nuestro lo que perdimos. Quizá por eso todo vuelve a su cauce, todo encuentra su camino de vuelta. No siempre brilla este felicidad de los objetos, no siempre podemos asegurar que no pensar en lo que deseamos hará que suceda. Santiago Auserón lo dijo muy bien: el orden aprendió del caos. Con el tiempo he ido adquiriendo cierto orden en mi vida. Antes de que ese aprendizaje calara, yo era un completo desastre. Se puede decir bien alto. Me sentía (todavía a veces insisto en ese vicio antiguo) feliz con ese caos del que era dueño. Ahora, sin embargo, disfruto con saber el lugar en donde están las cosas. Admiro a quien estabula su vida y la compartimenta. Quienes saben dónde lo tienen todo y son capaces, sin pestañear, en encontrar aquello que se les ocurra o que se les solicite. Ojalá yo medre en este nuevo oficio que estoy aprendiendo. Mientras tanto, añoro el caos. Entiendo que no es el camino, pero lo echo de menos. El caos es mucho más creativo que el orden, pero todo eso lo digo creativamente. Prefiero que el doctor que me atiende sepa dónde está mi expediente. Todo lo que digo es frivolidad pura. Literatura con una Budweisser al lado del teclado. Por si flaqueo, por si me pierdo. Los íntimos, los que me conocen, saben cuánto me cuesta. Algunos, los más allegados, lo que me duele no ser de otra manera y poder controlar la realidad a beneficio personal y de los que me rodean. 

5.7.16




NO
Es más fácil negar que asentir. Cuando dices que sí, justo en ese instante, abres la puerta de tu casa, ofreces tu corazón, extiendes tus manos. El no es el silencio, es el vacío también. Se abstiene uno para no manifestarse del todo. No conviene darse, ni acostumbrar a los demás a que te des. En lo que me incumbe, creo que he sido más del sí que del no. A veces porque asentir es una invitación a la intriga. Porque el no es una puerta cerrada. Hay puertas que, una vez cerradas, cuesta abrirlas. Incluso, abiertas, no muestran lo que antaño. El paisaje que hay detrás es otro. Si era tu casa, ahora no lo es. Se tienen muchas puertas abiertas, pero la edad te enseña a ir cerrando algunas. Es cierto que no hay nada mejor que invitar a todo a la fiesta o que la generosidad, aunque no luzca ni se venda como un modo de vida, te hace dormir por las noches mejor y conciliar el sueño en paz contigo y con el mundo. No sé a qué viene todo esto. Se me ha ocurrido al ver el no gigante y rojo que vi por ahí y he guardado en el disco duro. Se le tenía que dar uso. Un no da para escribir una novela o para conducir una vida. El sí, ah el sí. Eso es un asunto más delicado. La mano abierta. El abrazo dispuesto. El gesto limpio. Es verdad (decía K.) que uno se bandea mejor si hay obstáculos de por medio. Te hacen estar alerta. El mundo es ancho y ajeno, dijo el poeta. De todas maneras sólo es un desahogo. En realidad escribir (el entero ejercicio de escribir) es (sobre todo) un alivio, una manera de echar fuera lo que no conviene guardar. Y conforme se van contando las cosas se advierte que ya no le pertenecen a uno. Hay gente que corre o bebe hasta que se le nubla el salto sináptico o escucha a Brahms hasta que amanece o rastrea la red para ver si hay algo que lo aturda y le haga no considerar la realidad. Tampoco tengo muchas certidumbres. Las justas. Algunas con las que me manejo. A un amigo se le ocurrió que lo mejor es no involucrarse en muchas cosas y consolidar la firmeza en algunas. No sé cómo le va. Una vez me hizo ver que la vida le había dado los palos suficientes como para acuartelarse y poner centinelas por las noches, por si el enemigo asoma y se pone levantisco. A los personajes de las novelas rusas les pasa más cosas en un capítulo que a mí en el decurso de una vida. Ahora mismo estoy considerando la posibilidad de acceder al no y no mover el cursor al botón rojo de publicar, el que está ahí arriba, a la derecha, a la vera de otro que dice guardar. Se escribe para contarse el mundo, aunque algunos, al pasar, recojan la noticia de las que nos hemos hecho eco. Los que escribimos somos gente extraña. Hay días que, al no hacerlo, al dejar nada escrito, nos falta algo. De verdad que somos unos exhibicionistas. Tendría que atenderse en serio esta especie de fractura de nuestra paz interior. Ves un no en un archivo en el disco duro y se te embala la cabeza y largas lo que nadie te ha pedido. En fin. La misma vieja historia.



El sí, el sí, sin embargo, tiene más predicamento entre la gente de buen corazón. Se ha construido este mundo en base al sí rotundo de algunos contra el no tozudo de otros. Acabo de decidir que mañana diré sí y andaré con esa voluntad hasta que las circunstancias, algunas son muy putas, lo sabéis, me disuadan. 

3.7.16

Elogio dominical del jazz


Adoro el jazz por lo que no cuenta. A diferencia de otros registros, el jazz circunvala la información: la esquiva, la retuerce, la esconde, la elimina, la rescata y, al final, informa de su irrelevancia, de que al fin y al cabo lo que importa no es la cadena de notas, ese hilvanar arabescos en el aire, sino la vida que se origina en el vuelo. Lo que importa en jazz es el merodeo, la periferia feliz de las cosas. El músico regala la melodía principal, nos declara solventes para retener, al menos, unas líneas tarareables, un asidero fiable, pero después renuncia a la formalidad, se declara libre y avanza (a trompicones, a capricho de su genio) sobre una mullida alfombra.

Los músicos de jazz, incluso los que han logrado un óptimo estado de ensamblaje sonoro, los que en su oficio visitan la excelencia, van siempre por libre: realizan piruetas melódicas que amanazan el derribo absoluto de la pieza, crean ilusiones mentales en las que uno sabe con más o menos certeza de qué lugar partió pero desconoce enteramente al lugar al que le dirigen. En algunos casos hasta podemos encontrar piezas sin nexo con la realidad: limbos, estadios intermedios entre dos diferentes grados de belleza, el dominio de la creatividad sobre la rutina.

Un disco de jazz, bien escuchado, atendiendo a todas las capas de sonidos que ofrece, puede ser inagotable. He pensando que Kind of blue es el disco más inagotable del jazz, pero confieso que me mueven motivos que no pueden ser analizados sin que el que sufraga esa opinión salga seriamente perjudicado. No soy imparcial: se me nota la devoción, el espíritu de absoluta rendición ante el tamaño descomunal de la pasión que exhibo. En esencia, soy uno que escucha a diario jazz y que procura aprender a diario en el vicio que me alegremente me administro.

Al modo en que el feligrés se ofrece al dios que lo observa en la homilía, la escucha del jazz es también una comunión, una a la que la razón no puede rebajarla al lenguaje que le es propio. Euforia: eso sentí con Johnny Griffin acoplado a mis oídos yendo calle abajo, conectado al mundo y al tiempo desconectado pacíficamente de él. Sintiendo que The way you look tonight llenaba el alma novicia de la mañana y me conducía, por descontado que con júbilo, a mi destino diario. Y entré feliz en mi escuela, con una felicidad diferente a la diaria, como hacía tiempo que no entraba, manejando algunas certidumbres, desechando otras. En la posesión íntima de un secreto. En la maquinación hermosa de otros. 
El jazz es un secreto, eso es. Uno que nos vamos confiando al oído los unos a los otros. Como si fuese una revelación. Como si manejasemos las palabras que nos susurró un dios y que nos entregó para que las custodiásemos. Pasen un domingo feliz.