15.11.18

Todo es luz



Fotografía: Emilio Calvo de Mora

Empieza a clarear el día. La luz irrumpe a su antojo, toma la entera extensión del aire y estalla en un vértigo de colores. Conforta ese esplendor sin propósito, la evidencia limpia de que todo está en orden, el misterio antiguo del sol ocupando la propiedad de lo oscuro y toda esta limpieza primitiva y pura dibujando un incendio en el aire. Lo mira uno con ansia, con respeto, con sobrecogido silencio. A veces se mira sin comprender, se ignoran los motivos, tan sólo cuenta el oficio de impregnarse de luz y dejar que bulla adentro. Una vez confinada, la luz surte, da el brío del que en ocasiones se carece. Es ella la que ordena los fastos del tiempo. Ella la que escribe y uno el que, fascinado, se esmera en leer. La vida es luz con el tiempo dentro, dejó escrito el poeta. Luz al amparo de más luz. Luz consecutiva y enfebrecida. La responsabilidad de la poesía es registrar la biografía de la luz. Lo oscuro es un incidente de la trama. Todo puro y mío. Vibra en mi pecho, esplende. Un clamor es el sol en los árboles; un festejo, el cielo. Es pálpito la palabra, fluido y pálpito; un abrazo de amor, su eco. Cruza un pájaro el cielo más próximo a mi corazón extasiado. Parece el único pájaro del mundo. Sus alas festejan el vuelo. Las bate con el entusiasmo de las cosas que se hacen por primera vez. Su determinación es la mía al trazar con mirada sus requiebros en el aire. Se pierde el pájaro en la distancia con una coherencia cartesiana. Está el azul recio, sólido casi, y ahora ya no es nada más que un brochazo pequeño y nervioso. El azul del cielo lo arrulla mientras se aleja. A lo lejos se oye bullir la ciudad. Se despierta con morosa obediencia. No la miro como si fuese una pertenencia mía. Temo que el encantamiento se diluya y la claridad decaiga. El cielo es una clausura sin término. Un festín de ojos es el aire.

14.11.18

Una historia de amor



Nacemos solos, morimos solos, pero todo lo que sucede entre medias huye de la soledad, se afana en no invitarla, la rehúye, no tiene ninguna voluntad por intimar con ella y, sin embargo, todo lo que se ama se ama solo. Está escrito en Alone, un poema de Poe, que nunca vio publicado en vida (And all I've loved, I´ve loved alone). En ocasiones se la busca, anhela uno que lo impregne, hasta la echa en falta cuando no está. Se la teme también. La soledad es el vacío. Venimos de él y él nos acoge al final. Contra la evidencia de que hay un desenlace se erigieron las religiones. Se les encomienda el lenitivo plausible, el de aminorar la crueldad de que tengamos una fecha de cese. La soledad es el motor del mundo, no el amor como quería Dante cuando escribía a su amada Beatriz. Es la soledad, su peso terrible, el que hace que abramos los brazos y el corazón. Todo por evitar que nos toque y nos nos abandone. A veces la soledad se comparte, se lleva entre dos, se conduce una vida entera con otro de la mano, recorriendo juntos el camino, aunque la soledad vaya en medio. Nacemos solos, morimos solos, hasta podemos quedarnos dormidos en el autobús, sin que nos importe que nos miren. Incluso es posible que lo hayamos hecho a posta. Hay quien lleva toda la vida soñando con otro al lado. Lo raro es que no sueñen lo mismo. Dormir juntos es una manera de amarse también. No hay religión que entienda eso. A lo sumo la poesía. Ella es la que está al tanto de todo.

10.11.18

El arte de vivir consigo mismo

No caer bien a alguien da una especie de bienestar moral. Se tiene la convicción muy privada de que algo nuestro no se acepta y podría ser manifiestamente mejorado y también otra, pública y difundible, de la que no importa alardear e incluso considerar irrenunciable. Al cabo de los años, los cincuenta entrados en mi caso, he aprendido a manejarme bien en ambas. Me agrada esa ambivalencia, me hace pensar en mí, asunto que viene bien siempre. No pensamos en nosotros mismos con la hondura deseable, no nos entusiasma, escatimamos esa conversación íntima, se la aparta, no hay valor para indagar qué hay adentro, si ese sujeto en apariencia conocido lo es verdaderamente. El arte de vivir consigo mismo abole el aburrimiento, dejó escrito Erasmo de Rotterdam. Casi cualquier cosa, menos caer en él, no saber qué hacer, tener que pensar en uno con la obligación de las circunstancias, no con la voluntad firme de quien desea hacer ese viaje interior a posta, por el placer puro y limpio de conocerse. Por eso viene bien (a veces) que alguien no nos soporte, no nos trague. Ese desafecto ajeno conviene en ocasiones: nos depura, nos hace actores de nuestra propia existencia, no figurantes, elenco pasivo, sin parte en el decurso de la trama. Nos permite escribir y leer, ser juez y parte. Luego está el lado generoso, el del amor o la amistad que podamos poseer de los otros. Intentar caer bien a todo el mundo tal vez acarree no caerse bien a uno mismo o no caer bien a nadie . Hay que amarse, apasionada e incansablemente. Uno se ama por mera cercanía, por el sencillo gozo de poder desamarse si conviene y disfrutar con l reencuentro. En ese trayecto se produce la vida, no en otro.

9.11.18

Historia de nudos



Son los nudos los que tienen las respuestas y no sabemos escuchar lo que dicen. A su modo, según engarcen su cuerda modestísima, los nudos entienden el mundo. Los hay de una reciedumbre infranqueable, nudos antiguos a los que les va bien la intimidad de los años y la promesa de la eternidad. Nudos que confían en la dureza de su estirpe, en su fortaleza sin desmayo. Otros, sin embargo, piden a gritos que le metamos los dedos y los liberemos. Un nudo liberado es una celebración de la justicia. El nudo manumitido de sus obligaciones es también una celebración de la vida, un festejo del tamaño de una catedral o de un cortejo de nubes que ocupen el entero cielo. En aprender lo que dicen los nudos se puede tardar una vida completa. Hay quien tiene oído y le basta recomponer la figura primera y romper el hechizo bizarro de las cuerdas. Nada más extender la cuerda, se oyen las palabras que la cuerda dice. Explica el dolor y explica el llanto. De la historia de cada nudo podemos inferir la historia de quien lo hizo. El nudo que yo soy todavía no tiene quien lo explique, como el coronel del trópico al que no le llegaban nunca cartas. Ni siquiera yo mismo, ocupado en comprender en qué rango incluirme, alcanzo a vislumbrar una brizna de luz. Sé que hay quien no sabe que es nudo igual que los árboles no árboles o la piedra desconoce su condición de piedra. Igual que las abejas, cuando liban la flor, ignoran que son abejas y que debajo, sumisa y lasciva, la flor se llama flor y es un milagro de la naturaleza. Ya digo que hay milagros que no permiten la posibilidad de escudriñarlos y tratar de comprender la razón que los mueve. No sé si yo soy un milagro. Imagino que lo soy en cierto modo. Que lo que hago a diario responde a un plan secreto que no me ha sido confiado. Sólo pensar que no soy dueño de mí mismo me hace discurrir con más perplejidad y termino abismado en una extraña convicción: la del asombro, la del bendito asombro, la del nudo que pide a gritos que lo liberen, la del libro que tan sólo anhela, en su interior marcado, que se le lea.. No saber qué nudo soy, no entender qué milagro me transporta, no poder entrar en esas intimidades del alma y, sin embargo, disfrutar con la ignorancia, hacer como que se vive mejor sin saber, sin entender, sin sentirse dueño de ningún secreto, sin honduras ni metafísica. A ciegas se vive mejor, hecho nudo firme a la espera de que alguien lo deshaga y nos explique quién nos anudó, a qué vino ese gesto bárbaro.  Tal vez el amor sea una de las formas más perfectas de deshacer el nudo de otro. Quien nos ama, nos desata, nos devuelve a esa pureza que continuamente zarandea la realidad. Escribir es una forma de desanudarme. Leer (cuando uno de verdad disfruta de lo leído) es una de las opciones más sencillas (y a la vez más complicadas, depende de qué se lea) para desatarse. Esta mañana (leyendo bien temprano unos cuentos de Saki) he entendido cosas a las que no alcanzaba antes de que lo leyese. Los buenos escritores lo que hacen, sobre todo, es desatar nudos difíciles. También puede entenderse que evitan que el azar haga nudos. No termino de aclararme del todo. Me oprime la cuerda. Que tengan un buen viernes. 

1.11.18

Halloween como amenaza / Libros y armas





I
América no es un país. América es un negocio. Uno integrado de modo que no se advierte la naturaleza enteramente comercial de la patria. Uno con la suficiente confianza en la superioridad moral de sus leyes como para desoír satisfechamente las leyes ajenas, las que ven con horror el hecho de que después de un tiroteo en una escuela se dispare (hay que cuidar los verbos) la venta de armas. Uno convencido de que el mal está afuera y que hay que defenderse de él fieramente. Uno que tiene a Dios en sus billete de dólar, un Dios en el que confía ciegamente y del que espera las mayores ventajas fiscales. Un Dios no muy distinto al que aquí se adora, aunque el americano tiene más fotogenia y se le aprecia más consideradamente, brillando en las homilías evangélicas con el gospel y con todos sus aleluyas. Quizá sea ésta la raíz del asunto, que se sienten bendecidos, que se saben (no sé por cuál extraña confidencia celestial) el pueblo elegido depositado en la tierra prometida, el lugar en donde nacen y mueren los héroes, los que forjan la épica del mundo, los que escriben las grandes páginas. Eso sí, los hijos descarriados, los que no calzan bien en la horma del establishment, barren a tiros a todos los que pillan a mano. Nada que objetar. Incluso la muerte da beneficios. Es más. Es la muerte la que da beneficios. Hoy es el día de la muerte y hay negocios que abrazan la festividad y la celebran. América (ellos se llaman América sin incluir ninguno de los otros países americanos) es un país joven y está en rodaje. Cuando el nuestro tenía su edad todavía no había nacido la Celestina. Quizá sea bueno, en el fondo, que ese rodaje como patria exija vaivenes, torceduras, invasiones, las perturbaciones de rigor que jalonan las páginas de los libros de Historia.  El arte de la guerra lo escriben los vencidos y los vencedores, los países invasores y los invadidos, todos hocican su bravura y su honor en su caudal de miserias y de grandezas. Las de ahora son guerras invisibles, en muchos casos. La que batalla Estados Unidos es sutil y lo impregna todo. Ayer celebramos (es un decir eso de que de verdad lo celebráramos) Halloween, que es un rito ajeno, en el que no tenemos nada nuestro, aunque los muertos sean los mismos y el fondo sea parecido. En la escuela se facilita y hasta se potencia que los festejos de Halloween no decrezcan, a beneficio de tiendas de disfraces. Aprender un idioma, el inglés, es también aprender su cultura, pero no imponerla a la nuestra, hacer que sea un fragmento más de la identidad de nuestra nación. La fantochada de Halloween será nociva cuando suprima la festividad de nuestros protocolos mortuorios y el Día de Todos Los Santos pase a mejor vida, cómo se dice. Podemos poner fecha a esa defunción: una generación, dos a lo sumo. Somos de castañas asadas, no de calabazas. Jack O’Lantern es un personaje irrelevante en nuestro imaginario popular. Aquí pedimos por Navidad el aguinaldo (la campaña gorda de la catedral se te caiga encima si no me lo das), no es propiedad nuestra el truco ovtrato, aunque compartan motivación y el español derive del original irlandés. Lo yanki (término despectivo) penetra por el cine, por los libros, por la música, que son ejércitos pasivos que hacen su oficio (el de colonizar) sin que el sujeto colonizado se percate, ni se sienta vulnerado. Ayer parecía carnaval el Halloween organizado en mi colegio. Era un desfile de monstruos del cine y, a falta de modelos o de pasta para adquirir los trajes o tiempo para hacerlos en casa, pasearon personajes nada lúgubres, de poco o ningún predicamento terrorífico. Está mal y va camino de ir a peor. Una cosa es entrar en la pantomima (explicar en clase el origen de Halloween, trabajar vocabulario, poner alguna cancioncilla de casas encantadas y otra, más lesiva, más aberrante también, hincarse de rodillas y convertir el colegio en un cementerio de Maine, a mayor gloria de mi amadísimo Stephen King. Conste que un servidor no ha puesto todavía el basta en la mesa del claustro, pero lo pondrá. Por hartazgo, por negarse a ser embajador de los muertos ajenos, aunque todos sean un poco de todos. No es que el mundo de hoy esté globalizado: la expresión más certera es que está americanizado. Es el negocio el que abre las puertas y deja que entre la mercancía. América es una franquicia, una del tamaño del universo. Nos la cuelan nada más abrir los ojos, nos la venden sin que tengamos la preocupación de que el producto comprado no nos hace más falta que el propio, que pierde en este litigio. Pierde porque no se difunde bien su contenido y su cometido. Estamos más al tanto de las novedades cinematográficas americanas (buenas en muchísimos casos, amo el cine norteamericano) que de las de aquí, que imitan sin éxito el modelo foráneo. Nuestro cine del Oeste (el épico, el universal) es el cine sobre la Guerra Civil. No sé cuántas películas sobre la Guerra Civil se hacen al año, pero deben ser muchísimas. Aturde su cantidad, reduce el impacto de incluso la más lograda. 

II

El Congreso de EE UU aprobó por primera vez la inclusión de la frase In God We Trust (En Dios confiamos) en las monedas en 1864 durante la Guerra Civil. Después se rubricarían en los billetes. Podían poner un Colt 45 en esos billetes. No desentonaría. El buen americano sabe que el rifle es el sustento emocional de su ideario patriótico. Fue el rifle el que hizo que se tendieran las vías del tren y la civilización se extendiera del flanco atlántico al pacífico, pero no fue un avance limpio, ninguno lo es. Se ocuparon las tierras de los nativos sin que prevaleciera respeto a las tradiciones. Las demolieron, crearon una especie de odio a la raza que todavía impera. Da igual que sean negros (que contribuyeron forzada y estajanovistamente al florecimiento económico del país recién construido) o indios o asiáticos. No dudo que se perciba  a diario el esplendor de la cultura y de la tolerancia y, al tiempo, su reverso, el paulatino e implacable avance de la barbarie, del odio al otro. Les protege Dios, les comprende Dios. Tienen de Dios cierta idea personalizada de propiedad. La suya excluye las ajenas. Les pertenece, protege y ampara. Dios salve a América, dicen los más envalentonados. Arrogarse el favor divino, en detrimento de otros solicitantes, siempre me pareció una frase lamentable. Hace del Dios en el que creen un sujeto caprichoso, que atiende a quien más le complace, como el padre que abraza al hijo pródigo y le hace desaires al descarriado, al que no obedece. El país de las barras y las estrellas es el país de los sueños, el país elegido por la divinidad para que la prosperidad, la bondad y la felicidad sean sus señas de identidad. Por eso venden armas como el que vende paraguas. Hay que ser un excelente comerciante para vender en el mismo mostrador libros usados y armas. También pudiera ser a la reversa y las usadas fuesen las armas y nuevos los libros. En el mismo lote. Sin fractura en el mensaje. Con una continuidad moral asombrosa. Luego está el país que inventó el jazz e hizo el mejor cine que conozco. Un país al que uno admira sin ambages por motivos culturales, por cómo ha manejado los hilos de la industria del ocio inteligente (lo de cultura parece que queda para conversaciones de más hondura, no ahora) y ha colonizado (sin que nos sintamos violentados por la injerencia, aunque haya ocasiones en que nos salga lo yanki por las orejas) al mundo entero. Creo que hace años escribí en esta misma casa un post en el que hablaba sobre la América que amo. No he dejado de hacerlo. Amo la América del cine negro de los años treinta y cuarenta, amo el jazz casi por encima de todas las cosas, amo la literatura de Mark Twain, de John Cleever, de Stephen King o de Raymond Carver, por citar los primeros que se me han venido a la cabeza. Hay tanto que amar en ese país que uno, en su prudencia, no lo mira mal, pese a que no faltarían motivos. Lo de Trump es un paso atrás, un gigantesco paso atrás, pero no deja de ser una enfermedad curable, de la que saldrán en cuanto la sensatez se asiente y los malos tiempos (son malos, están pasando) no hagan que el votante oriente la urna al extremismo, pero no es sólo Trump. Es un país gigantesco, se libran adentro suficientes batallas y se representan suficientes tipos de sociedad que da igual que exista un trump o un obama; en cualquier caso es un filón para cualquier sociólogo. Importa poco que se afinque allí o afuera. América es un escaparate enorme. No tienen el pudor de sus ancestros europeos: todo lo airean, a todo le dan difusión, les fascina que se les observe, da igual que empuñen una arma o una biblia, es lo mismo que pongan calabazas en la puerta de sus casas o trinchen el pavo en el día de Acción de Gracias. Todo es exportable, todo tiene tasa y tiene precio. El negocio es boyante. Sigue haciendo caja. 

31.10.18

jonás escucha la voz de dios en la panza de una ballena / salmo john coltrane número uno

esta caligrafía de bruma sin brahms ni mordisco se hace polvo de estrellas, se hace escritura, boca o túnel o fábula, un pequeño incendio bebop que vence la oscura, la quemada historia de las palabras y asciende la tarde hasta pesar como un adjetivo sin romper todavía, los adjetivos tienen la vida interior de la que a veces carecen quienes los manuscriben en una servilleta de un bar de copas, mientras suena john coltrane en un solo que parece provenir de la panza de una ballena, miro hacia adentro en la propiedad más oculta del tiempo, me queda toda la vida para desabotonarme del todo y tumbar mi cuerpo en la cosecha infame de las horas, todas matan, la última hora debe ser la hora de la poesía, morir debe ser entregar un último verso, en ti todos los versos se parecen a un único gran verso con sordina, john coltrane en la panza de la ballena, como jonás el profeta escuchando la voz de dios ir y venir, como un solo de john coltrane en su cabeza, el verso abierto con el que el universo celebra  su festín de secretos, un pequeño incendio acecha en las avenidas, en los índices de las novelas de amor, en las calles del sector sur en córdoba, en la playa de mil novecientos setenta y ocho, mi abuela cuidando de que no falte ningún nieto, estamos jugando en la arena, recuerdo a mi prima rosa riéndose como si fuese la primera risa depositada en el mundo, reírse es negar a dios, el que se ríe no le tema a la muerte, no tiene que pensar en cómo se salvará, en quién vendrá a echarle una mano cuando el agua le llegue al cuello, reírse es una síncopa con colmo, un arpa terrible en el fondo del alma, donde el dolor y donde la lujuria, está la tarde gris y amenaza lluvia, anochecerá pronto, no tengo nada con lo que consolarme, acabo de despertarme de una siesta larga, he soñado que la ballena me daba un bocado, zampado el poeta, convertido en pláncton lírico, estamos en un vértigo de niebla, le digo a dios, estamos los dos apedreando perros, mintiendo en los púlpitos, él tiene la barba blanca, yo tengo la barba blanca, escribo porque pronto olvidaré lo que digo, porque john coltrane me escolta, porque la ballena me viene grande

30.10.18



Es más fácil negar que asentir. Cuando dices que sí, justo en ese instante, abres la puerta de tu casa, ofreces tu corazón, extiendes tus manos. El no es el silencio, es el vacío también. Se abstiene uno para no manifestarse del todo. No conviene darse, ni acostumbrar a los demás a que te des. En lo que me incumbe, creo que he sido más del sí que del no. A veces porque asentir es una invitación a la intriga. Porque el no es una puerta cerrada. Hay puertas que, una vez cerradas, cuesta abrirlas. Incluso, abiertas, no muestran lo que antaño. El paisaje que hay detrás es otro. Si era tu casa, ahora no lo es. Se tienen muchas puertas abiertas, pero la edad te enseña a ir cerrando algunas. Es cierto que no hay nada mejor que invitar a todos a la fiesta o que la generosidad, aunque no luzca ni se venda como un modo de vida, te permita dormir mejor y conciliar el sueño en paz contigo y con el mundo. No sé a qué viene todo esto. Se me ha ocurrido al ver el no gigante y rojo que vi por ahí y he guardado en el disco duro. Se le tenía que dar uso. Un no da para escribir una novela o para conducir una vida. El sí, ah el sí. Eso es un asunto más delicado. La mano abierta es el sí. El abrazo dispuesto. El gesto limpio. Es verdad (decía K.) que uno se bandea mejor si hay obstáculos de por medio. Te hacen estar alerta. El mundo es ancho y ajeno, dijo el poeta. De todas maneras sólo es un desahogo. En realidad escribir (el entero ejercicio de escribir) es (sobre todo) un alivio, una manera de echar fuera lo que no conviene guardar. Y conforme se van contando las cosas se advierte que ya no le pertenecen a uno. Hay gente que corre o bebe hasta que se le nubla el salto sináptico o escucha a Brahms hasta que amanece o rastrea la red para ver si hay algo que lo aturda y le haga no considerar la realidad. Tampoco tengo muchas certidumbres. Las justas. Algunas con las que me manejo. A un amigo se le ocurrió que lo mejor es no involucrarse en muchas cosas y consolidar la firmeza en algunas. No sé cómo le va. Una vez me hizo ver que la vida le había dado los palos suficientes como para acuartelarse y poner centinelas por las noches, por si el enemigo asoma y se pone levantisco. A los personajes de las novelas rusas les pasa más cosas en un capítulo que a mí en el decurso de una vida. Se escribe para contarse el mundo, aunque algunos, al pasar, recojan la noticia de las que nos hemos hecho eco. Los que escribimos somos gente extraña. Hay días que, al no hacerlo, al no dejar nada escrito, falta algo.  Como si no pudieras comportarte como sueles e hicieras las cosas sencillas que sueles y escucharas lo que se te dice y también tú hablaras y todo fuese la cosa más natural del mundo  De verdad que somos unos exhibicionistas. Tendría que atenderse en serio esta especie de fractura de nuestra paz interior. Ves un no en un archivo en el disco duro y se te embala la cabeza y largas lo que nadie te ha pedido. En fin. La misma vieja historia. El sí, sin embargo, tiene más predicamento entre la gente de buen corazón. Se ha construido este mundo en base al sí rotundo de algunos contra el no tozudo de otros. Que vaya bien el martes.

28.10.18

Oh cielos














La mirada se apresta siempre a perderse en el cielo, lo contempla con la misma vehemencia con la que observa el mar. Es nuestro el paso, el suelo firme, nuestra la convicción de que somos dueños de la tierra, hasta otra convicción es nuestra también, la de saber qué será nuestro morada cuando todo concluya, pero no el cielo ni el mar, ellos son ajenos. La aventura del cielo es más metafórica. Se la apropian las religiones, alguna con más énfasis. El cielo es el reino prometido, no así el mar, no se explica bien el porqué. Somos más de agua que de aire. Vinimos del mar y tal vez deberíamos regresar a él. No tengo soltura en ritos funerarios. Lo cierto es que es lo mismo que podamos volar o podamos navegar: por mucho que el progreso nos permita ocuparlos, el cielo y el mar, no nos pertenecen, no se dejan jamás gobernar. A veces se dejan manejar por la poesía. El mar y el cielo son materiales del género metafísico. 

El de ayer en Granada fue un cielo bondadoso. Cuando se esperaba que prorrumpiera en lluvia, se arredró, dejó escapar unas gotas amenazadoras, pero después respetó el paseo hermoso por la Carrera del Darro y el Paseo de los Tristes. Lamenta uno (será un lamento compartido) lo inevitable cuando visita una ciudad con la idea de pasearla y admirar lo que ofrece: que todos tengamos el mismo anhelo y queramos hacer las mismas cosas. Se puede probar a pasearlas a horas tempranas, a poco de amanecer o incluso antes, expresó en voz alta un amigo, seriamente conmovido por el imponente reclamo monumental de Granada. Ahí, al alba, no habría la bulla de la tarde, bulla de ayer tarde que, en cierto modo, tampoco impidió que pudiéramos disfrutar a placer, sin atropellos, a pesar del gentío. Lo demás fue perfecto también. Anduvimos de bares. No se comprendería Granada sin ellos. El cielo nos protegió a pesar de las advertencias de las autoridades climatológicas. De no haber sido así, si hubiese caído a plomo sobre nuestras cabezas, como en el cómics de Astérix, habríamos modificado muy levemente el plan. Los bares son un refugio, uno de los más fiables. No es únicamente el afán etílico (dicho de una manera elegante) sino la sensación de estar en casa. Algunos cumplen esa función más modélicamente que otros, pero todos (a su secreta manera) te acogen y te hacen sentir bien.  

Un apunte añadido: los granadinos, no cabe réplica, no descuidan las tapas. En algunos bares habría que hacer reverencia al entrar y al salir, por lo espléndidas que son. Quienes no estamos acostumbrados lo apreciamos sinceramente. 

El cielo de hoy en Córdoba fue de un gris tenebrista hasta que lo interrumpió un sol sin pudor. Esa prevalecencia de la luz duró poco. Si uno miraba con paciencia, con interés entomológico, como si fuese algo que no es fácil de ver o como se temiera que no se pueda ver de nuevo, asistía a un espectáculo fantástico. Lo es por no tener la costumbre de practicarlo. Tan a mano se tiene que no se le mira. Suele suceder que desatendemos lo que sabemos que nos pertenece, pero el cielo no tiene propiedad. Volviendo en coche a casa (no conduzco) he podido admirarlo sin estorbo. No ha sido el mismo en ningún momento. Su piel es siempre otra. El mapa del cielo es un simulacro de mapa. Fue hermoso en nubes. Las hubo de todas las formas y de todos los tamaños. Tampoco hay un atlas de las nubes a mi antojo. El que hay me parece demasiado frío, no tiene nada de lo que espero. No sé si alguien las fotografía y compara después. No habrá dos iguales. No habrá dos fotografías que se parezcan. No hay dos cielos idénticos. 

Este es el atlas de las nubes:   https://cloudatlas.wmo.int/home.html

26.10.18

La aventura del orden

a Manolo Lara Cantizani, poeta del orden


Al orden no le incumbe la belleza del mundo. Es el caos el que la alumbra. Del orden puro solo se percibe la rigidez, el estado matemático de las cosas, su concilio cartesiano y puro. L pureza nunca reveló la naturaleza humana. El desorden es el principio, el vértice donde empezó todo. Siempre me manejé felizmente  en el desorden, en la improvisación, en la periferia, en la lírica dulce de lo que no sabe uno. No creo que el orden me termine por conmover e ingrese en el ejército de sus adeptos, pero hay días en que me desdigo y gustosamente lo abrazaría. Uno va aplazando las cosas de importancia y llega un momento en que termina comprendiendo que no importa lo tarde que se llega a ellas sino la convicción con la que se llega. Ahora estoy en el periodo de transición modélica. Tengo en casa los cajones como Dios manda y no amontono los libros en las baldas, en horizontal, apilados de cualquier manera, sino que los alojo en donde deben estar. Ayer, buscando un libro en mi biblioteca, me sorprendí separando los cuentos de Poe (la vieja edición de Alianza con portada de Alberto Corazón) de una selección de poemas de Alberti. Pensé: no terminarán bien, no tienen nada que ver, son dos visiones completamente diferentes del mundo. A Poe le interesaba el caos y a Alberti, más que el caos, la luz del caos, el sonido del caos, todo lo que trae el caos y no exactamente caos. Me abrumó esa idea absurda, la de poner distancia entre Poe y Alberti. Si la llevara a término en toda la biblioteca, sería una empresa que no tendría fin. No sé quién sería compañero de lomo de Bukowski. Henry Miller tal vez. A Bécquer lo pondría con Ruben Darío. A Stephen King con todos los demás libros de Stephen King. Con Stephen King no habría problema. Tampoco con Borges, el ciego de manos precursoras y más libros en su cabeza que en las propias baldas.  Los libros se abrazan cuando no estamos, dialogan, pensé una vez. Lo conté en una clase de alumnos de instituto. Se quedaron a cuadros. Creo que  fue ahí, en la historia de los libros que se buscan, cuando algunos desconectaron definitivamente. Eran las cosas menos razonables que escucharían cuando acabase el día. Algunos tendrían examen de matemáticas en el siguiente tramo y estaban perdiendo el tiempo escuchando a un tipo grande que hablaba sobre la inconveniencia de que unos libros estén a la vera de otros o de que jamás podrían estar juntos los Ensayos de Montaigne con cualquier librito de Coelho. Una alumna levantó la mano y me dijo que haría eso con sus discos, nada más llegar a casa. A veces tiene uno ideas absurdas que fascinan a otros. Las mismas palabras que decimos podrían ordenarse para que unas no estén arrimadas a otras o, venido el caso, hacer justamente lo contrario: afanarse en que las palabras que se dicen sean las justas, las que puedes revisar sin que falte ni sobre ninguna y el texto (el hablado, el escrito) sea el único posible de entre millones posibles. El verdadero milagro es que podamos elegir de qué hablar y, una vez rebasada esa primera brecha, podamos elegir cómo hacerlo, con qué instrumentos nos haremos entender. El orden es, en el fondo, un milagro. Uno de los que nos salvan, probablemente. Toda la belleza que hay en el mundo proviene del desorden, pero es su anverso (su indeclinable anverso, el maravilloso orden) el que nos apacigua y nos hacemos mirar con detenimiento esa belleza y apreciarla enteramente y disfrutarla sin pérdida. El orden es una aventura y a veces tiene su métrica. 

25.10.18

El poeta y el frío



Están por venir los días fríos, los días a los que no le aplicamos esmero alguno, los días sin resplandor, los vacíos, los días de Bill Evans en una habitación de la planta de arriba, tocando el piano sin que nadie lo escuche, pero saber que Evans está arriba, el poeta está bebiendo whisky directamente de la botella, busca en el paisaje que le ofrece una ventana muy grande árboles, árboles grandes, nubes tocadas de tragedia. La pieza que toca puede llamarse Tree. Tres es hermoso como título. Me sigue pareciendo inquietante que una pieza instrumental pueda llamarse de una forma o de otra. Que se llame Tree o se llame Aspecto número tres o I fall in love too easily. Aceptamos el título, lo integramos en la melodía. No tenemos la misma voluntad con el frío. No le permitimos ninguna excentricidad. El frío carece de ceremonias. A Evans le subimos un sandwich frío de pollo, pero no lo toma. Hace días que apenas habla. Está flaco, está nervioso. Parece un recluso. Tiene tabaco para un par de temas. Le amarillean los dedos. El humo pesa en el aire. Bill Evans es un poeta con gruesas gafas de pasta. Se ha dejado barba. La tiene descuidada. El jazz es una cárcel. Mañana es posible que el frío sea lo único de lo que hablemos.