2.5.16

El alma, ah el alma

Al alma se la doma, se la aquieta, se le impone una disciplina y luego se saca a pasear como si fuese un perro, se enseña a los amigos, se les dice lo estupenda que es, lo bien que le hemos enseñado y después se vuelve a casa, se echa uno en el sillón de orejas, conecta el televisor y permite uno que se aquiete, que adquiera la calma con la que poder más tarde afrontar lo que la asedia. Porque el alma no puede estar siempre alerta, sensible, frágil, inquieta o curiosa. Necesita aplazarse, vencerse, dejarse querer por el silencio, que es una asignatura que no se da en las escuelas. Parece que es propiedad nuestra, pero no lo es. Tiene, a ratos, consideración hacia quien la tutela y da refugio; tiene también la bendita voluntad de hacernos creer que algo de ella es nuestro, pero es quebradiza, es volandera su naturaleza. Ni los filósofos han podido escribir con magisterio sobre ella. Ni las religiones, las que la inventaron, pudieron después sujetarla. Escribir hace que no importe todo eso. 

30.4.16

Tutela y martillo / Apuntes de taberna

Sé bien adónde conduce este vértigo. Volveré a los versos tristes, anotaré lo que se me vaya impregnando. Uno se deja abrazar, acepta el afecto, lo celebra a veces, intima con lo ajeno, fornica con las horas. Ahora, en este bar, hago que el móvil sea mi voz y la difundo y me quedo quieto, fumando con calma, bebiendo a sabiendas de que el vértigo cobra su peaje y la fiebre regresa y yo, extenuado, pienso en qué ocupar el vacío entre un maniobra y otra. Nada que no limpie el sueño. Nada a lo que yo dé mucha importancia. Las horas, persiguiéndose. Yo, tutela y martillo, registrándolas. Vivir es avanzar, aunque no progrese el paso. Vivir es dejarse ir, apreciar la mecida del aire, el pulso del aire, la voz misma del aire en la confianza de que lo escuchamos. Porque el aire cuenta su historia. La tiene. Es el mismo aire que batió las banderas de los ejércitos romanos. El que ahora despeina a la novia en la puerta de la iglesia. El que justo ahora mismo (en este instante en que lees) hace que haga frío afuera. El frío vuelve, la noche lo acoge. 

27.4.16

Ópera, circo y alta cocina




El toro se llama Easy Rider y pesa mil quinientos kilos. Lo han contratado para que haga de becerro de oro en una ópera de Schoenberg (Moisés y Aarón) que ha circulado éxitosamente por Europa y ahora recala en el Teatro Real de Madrid. Impone el badajo del bicho. No creo que lo use mucho. Easy Rider ha pasado de semental de ferias de ganado a figurante hipertrófico de los espectáculos líricos. A King Kong también le ficharon para un menester parecido. En Isla Calavera era un dios a ojos de los temerosos nativos, En Nueva York era una atracción de circo, una de las que hace mucha caja. El toro, que aparece quince minutos en escena, manso y profesional, a decir de la prensa, proporciona a sus dueños cinco mil euros por sesión. Lo fascinante del asunto es que la ópera haya cobrado el interés que, sin toro, no obtendría. Lo admirable es que los productores se hayan rebanado la sesera hasta dar con el semental. Debe imponer la escena. El animal arriba y abajo. Como un dios en su reino. Que lo droguen o no, dentro de que no es ético esa pequeña manipulación de su naturaleza libre o salvaje, debería ser un asunto secundario. Tampoco es relevante que sea una ópera inacabada de Schoenberg (del que no he escuchado nada) o que una mujer desnuda se exhiba junto al monstruo en las imágenes difundidas para publicitar la función. Lo que trasciende es el feliz apareamiento de géneros en apariencia dispares. La ópera tiene un poco de circo en lo de ir un poco más allá en cada representación. Tiene ese matiz de exceso que agradecen poco los puristas y ven con felicidad no disimulada los novicios que se acercan al coliseo madrileño (o al de París o al de Berlín) para escuchar la tragedia operística y recrear la vista en lo posible, hasta donde alcance el dinero invertido en la tramoya y en el atrezzo, Se trata de hacer que congenie lo que David Bowie llamaba austeramente Sound + Vision. Hacer que no sea posible separar el fondo de la forma, la esencia del repertorio (su intimidad o su épica gozosas). Que cuando uno escuche en casa, en el mejor equipo del que se disponga, la ópera de Schoenberg acuda el toro, el semental antológico o la mujer desnuda, lo que será a ojos de algunos una evidencia más del servilismo icónico de algunos objetos, guiados todos alrededor del sexo. Al King Kong clásico le arrimaban una rubia (adorable Jessica Lange en la versión menor de John Milius, aburrida Naomi Watts en la hueca rendición que hizo Peter Jackson entre la trilogía de los Anillos y la de los Hobbits) para encelar a la criatura y al espectador. No han cambiado mucho las cosas. 

Hay que buscar que se doblegue el bolsillo con trucos de feria. A falta de hombres bala, mujeres barbudas o enanos deformes, el mercado de la ópera apela al animal puro, sin la vigilancia de la política correcta, extirpada toda su genética brutal, pero con el badajo (y no pequeño en modo alguno) ocupando los comentarios de los pasillos del teatro, mezclados con la exégesis propia de estos magnos eventos. Hubo quien en los setenta deseó que la industria del porno adquiriese un rango noble. Veían dramas griegos en los cuernos que la dama imponía al caballero. Ponían música de jazz serio a las coyundas en las piscinas de Beverly Hills. También habrá quien sostenga que todo está permitido en la representación del arte. Que los tiempos dictan nuevas liturgias. Que hace falta que Easy Rider se pasee por el escenario (suponemos que no se vendrá abajo y malogre la función o la salud de los artistas) para que se difunda la ópera y sus difusores hagan caja y disuadan a los animalistas de que emprendan acciones legales por herir o menoscabar la integridad del animal, vejado (se entiende) o humillado o convertido en un mero objeto mercantilista. Cosas de ésas que últimamente tanto se estilan. Alarma que el animal se espante al escuchar la orquesta ejecutando la música oscura de Schoenberg. No toda la música amansa a todas las fieras. Algunas, según cuáles, pueden alterar la calma de la res, la pueden violentar, no sé, convertir en un arma de destrucción cultural. No entiende uno estas periferias del arte. Se queda, merced a esa novicia manera de mirar lo extraño, en la posición del perplejo. Y el caso es que, bien pensado, no incomoda, no hace que peligre la fascinación primera, con la que se construye la experiencia intelectual, estética o moral que propone el arte. Está entonces bien el toro, ahí armado, manso en apariencia, contaminado de cultura, convertido en el fichaje de la temporada operística europea. Peor sería (para el toro, digo) que se le lidiase en Las Ventas. Que lo zarandearan, que lo traspasaran con esos hierros del infierno, que acabara su rabo en un restaurante caro, servido en un plato de vajilla honorable. Y cuando digo rabo me refiero al rabo. Lo otro, lo que pende, no creo que se anuncie como manjar. Ya digo que no entiende uno mucho. Que sólo va dando capotazos. 

25.4.16

El poeta del jazz




I
En una entrevista que leí recientemente, dice Muñoz Molina de la poesía que es  el único instrumento del escritor para depurar su escritura. En eso de la depuración, en el limar, en el desprender el texto de las asperezas que lo engordan y lo perjudican, no tengo yo prontuario al que acogerme. Escribo a brochazos. No corrijo casi nunca, haga que derive el lenguaje de mi cabeza a la hoja o al editor del blog y no poseo la paciencia y el deseo de quitar o de añadir. Sé que está mal, pero no tengo (no deseo tener, al menos) otro método. Es el mío, al fin y al cabo. Escribo, releo mientras escribo, en la misma línea en la que estoy, y después paso página, nunca mejor dicho. Importan las ganas de escribir, la voluntad firme (no quebradiza, sino antojadiza) de crear. Tengo una especie de vértigo creativo que me empuja a escribir y me busco un rincón en donde verter (en realidad es un depósito la escritura) lo que me ha llegado en prenda, el material sensible que el azar o la suma de muchos azares ha confiado a mi voluntad. Se admira al poeta por liquidar esa propensión al exceso, al relleno sin propósito. No sé si hay novelas escritas con intención poética. Imagino de qué pecan, sospecho de las razones por las que el lector de novela rehuye del lenguaje demasiado lírico. Pero también veo como iguales a los que echan en falta licencias por lo común atribuidas a la poesía, lectores involucrados en descerrajar la rutina de la trama con instrumentos metafóricos, con voluntad poética, echando mano de la pura esencia de la lengua. Se trata de contar una historia, pero no estaría de más que la historia emanase poesía. Otro asunto que tampoco domino es cómo novelar la poesía. Cómo hacerla trama. Lo difícil, quizá lo imposible, sea hacer que la poesía sea esa ficción pura confiada a la novela para explicar lo real. El genuino fin de la creación poética no es el narrativo: prefiere la concisión, el indagar en los símbolos, la búsqueda de un territorio semánticamente limpio, tal vez la muy alta empresa de indagar en el origen de lo que somos. Y no tengo duda de que no está en ningún altar, oficiado por ningún sacerdote. Todo está emboscado en el lenguaje, registrado en las palabras. Ninguna religión ha omitido esto. Todas, cada a su modo, han aprovechado la palabra para su difusión.  Las que no lo han hecho con eficacia han fracasado. 

II
Ahora pienso en Bill Evans como poeta: me refiero al pianista de jazz, pero escuchado y sentido como un poeta. Pienso en Evans con sus gafas de pasta, vestido funcionarialmente. Traje pulcro. Corbata. Pienso en su aspecto de corredor de bolsa o de agente inmobiliario. Evans poeta en Waltz for Debby, cayendo en la cuenta de otra narrativa que discurre a la vera de la narrativa ortodoxa, esto es, las notas de la melodía, el desplazamiento matemático de las notas. Evans dios de las ochenta y ocho teclas creando universos alternativos. Evans en el umbral exacto en el que se produce el asombro. Ahí: cercándolo, investigando la periferia, pulsando la cuerda invisible. Y el jazz, a diferencia de la novela, puede mantener durante un tramo largo la parte mecánica, de discurso, y la otra, la que no se deja conducir sin que un poco del alma del autor se enseñe, se ofrezca y, en la entrega, se pierda. El jazz, también a su modo, es una religión; una que maneja la palabra más inefable, la que se impregna más duraderamente: la música. No precisa vocabulario, no hay sentimiento que no sepa transmitir sin el concurso de la semántica. Pienso en los conciertos a los que no va uno, incluso queriendo. El otro día, en mi pueblo, uno. No tiene más importancia. El rato en que no escuché el concierto-homenaje a Bill Evans estuve en casa (muy cansado, muy cansado de verdad) escuchando el piano de Bill Evans. No es lo mejor en jazz. Es un tipo de música que agradece la escucha en vivo. Como la clásica. Como el rock. Puedo seguir. No hay género que no se engrandezca al ser restituido en vivo. Habrá más ocasiones. La poesía siempre sobrevive. 
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22.4.16

Somos los que nunca podríamos ser, hacemos lo que nunca podríamos hacer, vamos donde nunca podríamos ir





Hay tres puntos de vista desde los que podemos considerar a un escritor: como narrador, como maestro, y como encantador. Un buen escritor combina las tres facetas; pero es la de encantador la que predomina y la que le hace ser un gran escritor.

Vladimir Nabokov


Uno miente porque no tiene un folio a mano o porque, cuando lo tiene, no sabe bien cómo armar la mentira y que ocupe muchos renglones. Se miente mejor si es un acceso espontáneo, si hacer concurrir la mentira anima la conversación o hace que quien nos escucha preste la atención que la verdad no alcanza. Se dicen  mentiras para creerlas también un poco. Una mentira mantenida durante días hace que adquiere un rango de veracidad. En ocasiones uno también miente por ver la credulidad del que se expone al juego. Porque todo queda en juego, en imponer a la realidad una trama novedosa y batallar contra ella y hacer que no se salga siempre con la suya. Hay vidas tristes que precisan de la injerencia creativa de la mentira. Yo escribo para mentir menos, aunque creo que no se me nota enseguida que no voy a derechas o que lo que digo no cuadra con lo que soy. Se miente con más oficio cuando no nos conoce el que escucha. Escribir es un acto deliberado de terapia. La ficción es el territorio de la felicidad absoluta. Somos los que nunca podríamos ser, hacemos lo que nunca podríamos hacer, vamos donde nunca podríamos ir. La vida, a fin de cuentas, es un viaje extraño que elige compañeros extraños. La verdad está sobrevalorada. Importa la calidad de la trama, no que podamos constatar su asiento, su conducto tautológico. A mi amigo K. le fascina que alguien que escriba pueda reglarse después por las convenciones habituales y se comprometa a no desvariar, a no caer en la frivolidad de mentir, de dar lo que no es dable. Decía mi amado Nabokov que la literatura no nació cuando un niño prehistórico gritó el lobo,  el lobo, con un lobo gris enorme pisándole los talones, sino cuando un niño prehistórico - un neardenthal, dice Nabokov - gritó el lobo, el lobo, no habiendo ningún lobo cerca. Entre el lobo falso y el verdadero está la literatura, la ficción, la narrativa sobre la que se ha edificado toda la Historia de la Humanidad. Sigo con el maestro. Sostenía que el niño que alertaba sobre la proximidad y el peligro del lobo fue el primer maestro, el primer escritor, el primer embaucador. Mentir (decir lo que no es, improvisar una premisa falsa para que se construya un relato) es además una máxima muy bien aplicada en esa Historia de la Humanidad. Todas las religiones han pensado si conviene más hacer que el lobo hinque el diente y devore al niño o que lo deje vivo y el niño fabule la verdad del lobo. Un lobo suyo, por supuesto, un lobo fantástico.

Pequeño poema de amor en dos actos


I
El sur era un umbral secreto,
Una avara cuenta de espejos
Donde el cuerpo celebra
Sus dioses en la rudimentaria
Extensión de sus vicios.

La geografía era un instante
En el tiempo,
Una posesión
En la sombra,
La exacta certeza de una urdimbre
Arcana que incendia
El rastro mineral de las horas.

El amor, pájaro
Súbito que sin estrépito
Estalla en la luz,
En el breve espacio
En el que el poema,

Cautivo, esplende.

II
Mi voz comprende lo que le hago decir,
se declara insolvente, hasta me discute
la posibilidad de que no la involucre
y recite sin que lo acepte la historia prevista,
los años de aprendizaje, el ruido y su eco,
todas las palabras huecas y las que pesan y 
las que luego hacen que el mundo gire,
que son de amor y con ese amor se encofran
en la boca y se airean para que otros escuchen.

El amor, el pájaro que acaba de emprender
vuelo alegre y festeja las alas y se aleja.

20.4.16

Un no saber, un no querer ahondar




En realidad uno se escuda en la ignorancia. Le sirve de coartada intelectual o incluso moral. No saber de algo no es malo en sí mismo. Se prescinde de esa voluntad enciclopedista -un poco erudita, un poco pedante- de la misma manera en que renunciamos a otros asuntos que quizá sean más relevantes o hagan de nuestra vida algo más llevadero, de más fácil manejo. Anoche, escuchando uno de esos podcasts de actualidad cultural, caí en la cuenta de que no tengo mucha idea de muchas cosas y alguna, no la que desearía, de otras. En lo que me siento un absoluto ignorante es en el nuevo arte, el que inunda las galerías o hace que un cuadro blanco (del que hablaron y que yo he buscado en la red) o tres o cien, ocupando una pared blanca también, mueva legiones de adeptos, gente sensible, cómo no habrían de serlo, gente que se planta frente a la obra y la escrutan de un modo que yo no sabría jamás hacer. Quizá han sido instruidos, están al tanto de las nuevas tendencias. Son las tendencias lo importante. Yo creo que todo está pensado no para ser mirado, estrictamente hablando, sino para ser después comentado. Hecho para que los gourmets, no pueden ser otra cosa, se enreden y tomen copas y citen el ascendente y la madre que llevó tortilla de patatas en un tupper al joven artista, recién descubierto, confiado en que todos asientan y no vean el vacío que acaba de visibilizar. Por fin, ganas tenía, ya he usado el verbo, y no soy de Podemos. Es cosa de visibilizar. Como no tengo argumentos, convendrá que no me exceda. No se habla de lo que no se sabe. Esta voluntad mía no es hostil, no podría serlo: me encantaría que alguien con la suficiente preparación (y sensible y amable también) me pusiera en la senda, me dijera qué hay ahí, dónde está lo que yo no advierto, si el vacío representado es de verdad hermoso o no lo es en absoluto y este arte al que yo no alcanzo no retrata ninguna belleza o no se compromete con los cánones o con las tradiciones y va por libre. Es una libertad que me cuesta entender. El próximo post que cuelgue en este blog mío estará en blanco. Ni título tendrá. Seguro que recibe más visitas que éste. Igual es mejor no saber, no querer saber. No se puede estar en todos lados. 

18.4.16

Todos somos poetas


Cristina García Rodero

A Fernando Oliva.
A Joaquín Ferrer.


Es la luz la que nos hace avanzar, pero la oscuridad la cierne. A veces la luz no fascina en absoluta. Quizá porque está a mano o porque no se le concede importancia. Prospera la idea de que lo que está muy visto no asombra, como dejó escrito Vicente Aleixandre. Las historias bien iluminadas, las que todo lo muestran, no son las favoritas del público. Es lo oscuro lo que gana adeptos. No ver, no saber, no desear ver o no desear saber, viene a ser lo mismo. A mí no me asustó nunca la oscuridad. Creo que de pequeño avanzaba a ciegas por casa, sin encender la luz. Me dejaba llevar por las sombras, que son destellos, restos de lo que la luz ha batallado con la oscuridad. Ese combate ha existido siempre. Se han escrito miles de libros, se siguen escribiendo. Todas las religiones provienen de esa encarnizada lucha. No hay ningún dios que no se apropie de la luz y la resuelva suya y haga que blanda en su mano. La misma literatura es un inventario frágil de esa tentativa de luz que deviene sombra o viceversa. La poesía es el arte sublime que todo lo condensa y a todo le da nombre. Las palabras cercan la luz y cercan la sombra. Al poeta le incumbe el registro de todo lo visible, pero es en lo invisible en donde más se aplica, hacia donde se encamina su espíritu más sensible. Luego están los fotógrafos. No todos ejercen de poetas. Hay algunos que lo son en grado extremo. Absorben la luz y la sombra, el júbilo y la desdicha, el caos y el orden. Todo lo entienden, en todo se esmeran. Avanzan a veces a ciegas, como cuando yo era pequeño, pero saben lo que hacen. Los admiro. Igual que al pintor o al escultor o al músico. Se trata de extraer de donde en principio nada parecía haber. El arte es la sublimación de lo invisible. Da igual que sea la felicidad o la tristeza. El caminar de estas mujeres, enlutadas, conjuradas, guiadas también por la luz de la fe del santo al que se encomiendan o al que secretamente persiguen, es arte puro. Joaquín, es arte puro. Fernando, es arte puro. No conozco muchos fotógrafos. Tampoco he podido hablar de fotografía a fondo con ninguno. Sería un diálogo de alguien que ve donde uno no llega. Una especie de revelación. Todos los fotógrafos ejercen de poetas cuando disparan. El hecho mismo de disparar, la idea misma de que sea el disparo lo que hace que la imagen se detenga. Como una muerte previsible, creativa, lúcida, iluminada, limpia, perfecta.

15.4.16

Caty Luz se ha ido



Uno cree que no va a encontrar consuelo, aunque luego la realidad (su rutina, su plazo concertado de causas y de azares) se obstina en contrariarnos y nos cuela, sin que nosotros lo aprobamos, el bienestar, la creencia de que se puede superar todo y que no hay nada que de verdad no podamos o no sepamos manejar. Con lo que no tenemos esa firmeza es con la muerte de la gente a la que amamos. Lo que no se llena es el vacío que dejan al irse. Lo que no logramos nunca es que no aparezcan y nos acompañen, aunque no estén a mano y no podamos decirles qué hicimos ayer o cuál es el último libro que leímos o cuánto frío trae todavía esta primavera. Es una primavera que ha querido venir de luto. Las estaciones ignoran el duelo de sus inquilinos. Van a lo suyo. Colocan un sol de castigo o dejan caer lluvia como si fuese la primera vez que lo hacen. El día de ayer fue malo. No sentí que el sol bueno que hizo fuese el escenario para despedir a Caty. De pronto imaginé un día frío, nublado, uno de esos días que parecen conchabarse contra nosotros. No sé escribir este texto. Sé que echaré de menos a esta mujer batalladora y limpia de corazón, lectora absoluta de la vida, feliz a pesar de lo difícil que se le puso la vida en su último tramo. No dejó de luchar hasta el final. Suena a idea conocida, pero dejó muy claro esa firmeza en su carácter y la extendió a las cosas que hacía y al modo en que luego las contaba. Era una mujer preciosa cuando la conocí y lo siguió siendo. Lo va a ser siempre en nuestros recuerdos. Hablo de la belleza de afuera (su sonrisa era contagiosa, como la de Louis Armstrong que decía que cuando su amor sonreía, el mundo entero sonreía con ella) y también la interior, la que sacaba a poco que se precisara. No hay mucho más que decir. La tristeza lo impregna todo. Lo malo de todo esto es que no podrá seguir leyendo al sol o escuchando música en el Spotify (Caty tenía un gusto ecléctico, abierto como ella, difícil de definir y muy parecido al mío propio) o colgando fotos de la vida que llevó y de lo afortunada que se sentía al haberla vivido. Recordaré charlas en los cafés de Córdoba, en un banco cerca de la Escuela de Magisterio de Córdoba (allá en 1985) o en clase, cuando hacía que sonreír fuese un regalo para todos los que la mirábamos. Nos prendaba a todos con esa dulzura. Los que la tuvieron más cerca (su familia, los amigos más cercanos) la tendrán siempre. Eso dejó. Que la tengamos siempre cerca, aunque no podamos decirle que hay una novela nueva que debe leer o un disco que debe escuchar. Duele mucho que no venga por este rincón y lea las ocurrencias de su antiguo amigo como hacía a diario. Los amigos que vivimos con ella aquellos años felices la tenemos en el corazón. Antonio Merino, Rafael Roldán y Auxy Salido, María del Mar Portellano. Ellos saben qué digo y cómo cuesta decirlo. Descanse en paz.

10.4.16

Un selfie

Habiendo llegado el tiempo en que no me consuelan
las frívolas ocurrencias de antaño, abrazada más de la mitad de la vida,
pensando en cómo distraer el trayecto de la que me quedase,
se me ocurre que no he hecho nada más importante que los hijos,
nada que me haga henchir más el pecho que la paternidad,
a la que a veces se desatiende, con la que en ocasiones se tropieza,
pero que nos justifica ante el secreto orden del cosmos y ante uno mismo.
Al final, el juego consiste en que la partida no acabe y continúe
su trama invisible, su arcana disposición de causas y de azares.
Uno cree que el tahúr, alguno habrá, no se recreó mucho en malograrnos la mano.
Así que esto es lo que hay, no se puede pedir mucho más.
No creyendo en santos, tampoco tiene uno la tentación de creer en pecadores.
Tengo padres que me quieren, tengo amigos que me llevan como pueden.
El amor se portó bien, le pedí mucho, y se ve que me escuchó con calma.
Luego están los placeres que uno se va inventando para distraer el viaje.
Escribo a diario, me cuento cómo son las cosas, a ver si atisbo cómo soy yo.
No me he aburrido jamás, no me visitó con frecuencia la tristeza.
Leo poesía, escucho jazz, veo cine, fatigo las avenidas, bebo en los bares,
fumo sin que sea un vicio, pero no hay vicio al que no me arrime intrigado.
Le cuento a mi mujer que debo descuidarme menos, pero no me cree,
sabe que ando a tientas, que trasnocho entre libros y ordenadores,
que no observo la dieta y ni siquiera me tomo las pastillas cuando tocan.
Vamos así pisando la dudosa luz del día, como decía el otro.
Los días con su fuego a la vista, las noches con su misterio dentro.
Estamos hechos de palabras, las palabras cuentan a los otros lo que somos.
Por eso escribo poco antes de cenar en la cocina, por dejar registro de algo.
Por los hijos, por el amor, por el jazz de los años cincuenta en el Village Vanguard.