2.9.14

Stibert 708



Hay partes de uno mismo que no están disponibles. De hecho, no lo están para nadie; ni siquiera para quien las posee, para el que las tiene a recaudo, en alguna inconcebible balda de la memoria, una oculta en exceso, a la que no se accede a posta. Solo podemos llegar si algo espolea el recuerdo, si una chispa prende el conducto que comunica la realidad, el hoy contundente, con el pasado, que es una especie de ayer evanescente. En mi casa, en los setenta, teníamos este modelo de tocadiscos: un Stibert 708. Creo que era el aparato favorito de la familia después de la televisión. Todos aceptamos que es muy difícil desbancar a la televisión como el centro absoluto de todas las actividades domésticas. El Stibert reproducía básicamente copla. Concha Piquer, Imperio Argentina, Marifé de Triana, Manolo Escobar o Carmen Sevilla, la música que escuchaban mis padres, gastaban la aguja de zafiro del Stibert. Recuerdo algo de zarzuela, boleros o hasta alguna cosa orquestal tipo Ray Conniff. No creo que yo llegase a apreciarlo como ahora lo hago, pero aprendí a poner los discos y a quitarlos, a sacarlos de su funda y a retornarlos a su casa limpia y accesible. A poco de que yo empezara a amar los discos, los vinilos rutilantes, las portadas esplendorosas, toda la documentación limpia que se tutelaba en su interior, comencé a mirar de otro modo el Stibert. Pensaba (razono ahora) que no era importante que su sonido no fuese idílico y yo, entonces, no era el exigente audiófilo que ahora soy. En cierto modo importaba la restitución de la música, con independencia de que sonase de manera brillante (no era así, por supuesto) o lamentable. Y Miles Davis, un disco comprado en el bendito mercado de discos de segunda mano de La Corredera, en Córdoba, me abrió un mundo en el que sigo viviendo. Los tocadiscos han cambiado y, con el tiempo, incluso desaparecieron, desgraciadamente. Todo se conduce ahora por otras vías, todo se deja querer por cachivaches muy modernos, que te permiten escuchar lo que te apetece allá donde te apetece, sin que intermedie un objeto físico que contenga las pistas. Todo está en la nube o en archivos rociados por un disco duro. Y sí, ahora todo suena increíblemente bien, pero hemos perdido mucho. El ahínco o la obstinación incluso con la que he ido montando mi equipo en casa (Marantz, Bowers and Wilkins, Harman Kardon. Infinity) no le resta valor al pasado, que fue una evidencia necesaria de lo que estaba por venir. No sé qué disco de Davis sonaba a ratos en el Stibert. No era entonces el jazz el género al que dispenso hoy tantas atenciones y el que me procura tanto placer, pero empecé a sospechar que la trompeta ensordinada de aquel hombre negro de la portada de mirada muy hosca podía transportarme a un lugar distinto. Ahí ando. Varios miles de cedés después, habiendo probado tres o cuatro equipo distintos hasta hacerme con el defintivo, ahí ando. Mi padre tiene la culpa de todo esto. 

1.9.14

En un reino junto al mar




It was many and many a year ago,
   In a kingdom by the sea

E.A.P.

No tiene importancia ninguna. De hecho no se la encontrado conforme he ido pensando en las razones que hay para que uno se despierte pensando en tal o cual cosa, en la Annabel Lee de Poe, en la cara retorcida de Rouco Varela o en un tren que va hacia el norte. Igual todo depende del sueño que acabas de tener. Los sueños son los que te ponen los pies en el sueño, una vez despiertas. Mejor haber soñado con Poe que en el mitrado episcopal. Los trenes me siguen pareciendo fascinantes. No hay nada como los trenes para pensar en una historia o para invertársela. Los sueños, a su modo, son trenes que no salen de ningún lugar y no terminan tampoco en ninguno. Esta noche volveré a perderme en los sueños. En ocasiones, cuando principia el día, pienso en qué vi, con quién compartí el delirio. Suelo viajar solo. En esas excursiones, prefiere uno no llevar compañía. Estaría bien poder elegir, de antemano, quién será el que nos lleve la mano o a quién llevar nosotros. Buenas noches. Mañana empieza el trabajo. O quizá nunca ha dejado de empezar a diario. 

31.8.14

Serán los libros

Cree uno saber registrarlo todo, contener los datos, apresar la intensidad de los días con la firme idea de regresar después, por el motivo que sea, al lugar en donde fue feliz o en donde le sobrevino la tristeza, pero se escapan las cosas, no se dejan registrar, no quieren que se las aprese ni, por supuesto, que nos adueñemos de ellas y las usemos después a capricho. La realidad es así de puta, me dijo K. No basta con desear algo; hace falta esperar que la providencia o el azar o la suma de todas las providencias o de todos los azares sea amable y nos permita esa extracción doméstica, ese entrar en la memoria y recuperar lo que, en esencia, nos pertenece. No se puede, no hay manera, no es posible toda esa libertad de movimientos. Ayer mismo pretendí volver a los diecisiete después de vivir treinta más y no pude o pude apenas, por ser más preciso. Lo que vi no me pertenecía. Eran fragmentos de una vida más mía que de otras, pero no mía enteramente. No sé a quién, al final, pertenece la vida que vamos dejando atrás en todos esos calendarios inservibles. Si perdimos el infinito pasado, no nos va a importar perder el infinito futuro. Lo dejó escrito Borges, que era un metafísico de más hondura, aunque luego (imagino) se comería la cabeza en soledad y contaría la historia a su manera. Por eso, tal vez, inventó a Funés, que era un tipo capaz de recordarlo absolutamente todo, sin fractura, sin que en el acceso se perdiese una pequeña certeza, como si volviese a vivirlo de un modo íntegro. La memoria de Funés es del tamaño del universo. Esas cosas, tan gratas al maestro, no son nunca exageradas. Ya saben. Hagan un mapa que se corresponda con la realidad que cartografía, una especie de réplica absolutamente fidedigna. El problema reside en la incapacidad que poseemos de confiar en la memoria. Lo recordado se noveliza, se impregna de ficción al modo en que lo fabulado, si se cree de veras, adapta el rango de realidad. La verdad y la mentira se entrelazan, cohabitan, se cruzan, copulan. Ahora mismo no sé si los recuerdos que poseo de una calle de Priego de Córdoba, en la que viví acontecimientos trascendentes, del tipo yo esto no lo olvido nunca, son como los traigo ahora. Me pregunto si no habré alterado algo en la extracción. Como aquel principio de incertidumbre, el de Heisenberg. Existe esa indeterminación, el no ubicar con certeza los acontecimientos o, en cierta manera, el ubicarlo a beneficio del ubicador, para que todo se adapta como un guante a la historia que ocupa el presente. Porque es el presente el que manda. No hay pasado, no hay futuro. Es este ahora irrenunciable, tangible, confiscado al futuro, el que mueve la trama. He vivido lugares en donde nunca he estado y no he vivido en absoluto algunos en los que estuve. Serán los libros. 

27.8.14

El abrazo



Habrá quien se encomiende a la providencia para que alivie el mal que sufre. No entiendo que quien no se encomienda tenga algo que rebatir o que amonestar a quien lo hace. Nadie debería sancionar al que entra en una iglesia o nadie que entre lo hace al que no entra nunca. La ceremonia de la fe se acomete privadamente, aunque existan escenarios en los que se mancomuna la intimidad, por decirlo de alguna manera, en donde uno ve la ceremonia de los otros y así corrige la suya, caso de que no se ajuste a lo espera, o sencillamente disfruta con la visión de sus semejantes, postrados, elevando los salmos, pronunciando los rezos, pidiendo a las alturas la ciencia que allane el gobierno de las cosas o que interceda por la salvación de sus almas. Lo que no satisface el sentido común es que los administradores del Estado, los que de verdad hacen que las cosas funcionen o no, se encomienden a los santos y les soliciten su intervención. Falta ver a Mas entrar en capilla e hincar la rodilla frente al altar para que los patronos medien en la cuestión soberanista. Igual en las insobornables techumbres de la divinidad andan de animada cháchara por ver a quién benefician, si la Vírgen del pueblo de arriba concederá un gol con más determinación que la Vírgen del pueblo de abajo, que quizá no se empleó con ardor y quedó retrasada en los favores. Igual se ponen de acuerdo para que en un próximo partido las tornas cambien y gane quien no lo consiguió antes. Lo cual no obsta (creo que es la primera vez que tiro de eso de obsta en este blog) para que en la estricta intimidad cada cual se encomiende a quien desee, pronuncie los rezos que estime más adecuados y solicite los favores que le plazcan. En lo público, en las imágenes y en los discursos que se ofrecen a la comunidad no deberían producirse gestos huecos, en absoluto convincentes, que lastiman la credibilidad política de quienes lo hacen y retrasan no sé cuántos decenios (siglos iba a escribir) la sociedad en donde se producen. Si solo es un aliño mediático, una función teatral que contente a unos pocos y distraigan al resto, me parece una bien urdida. Nunca se espera que agosto alimente un periódico y este agosto a punto de morirse ha sido fértil y no ha habido día en que haya flaqueado el interés informativo. Igual ese es el primer paso para que España arranque ya del todo y deje atrás lo que la lastra. Uno de esos pesos infames es la inutilidad de agosto para casi todo. El país cae en un estado de pereza consentida. Se echa el candado al mundo, pero las puertas de las catedrales siguen abiertas. Y las cámaras registrando el abrazo al apóstolo. Vamos bien. Podemos ir peor. 

24.8.14

Blondas de verano II

La batalla que libramos con el propio cuerpo la ganamos y la perdemos a diario. En ganar y en perder se nos va la vida, pero en cierto modo vivir es irse uno yendo, escapando, fugando, adquiriendo poco a poco la conciencia de la duración de todo ese trasiego. Por eso no es nunca una ganancia o una pérdida, sino un estado canjeable por otro, una sensación modificada por otra, un equilibrio que se deshace y que regresa, una especie de sofisticado partido de tenis en el que no hay un ganador o un perdedor ya que lo único que realmente importa es la evolución de la bola por la tierra, el vuelo que ejecuta y las formas en las que el azar o el talento o la experiencia las va haciendo caer. En torno a uno, conforme avanza, la realidad se obstina en contradecirnos o en mimarnos, en hacer que fracasemos o triunfemos, flaqueemos o nos reforcemos, sin que ninguna de esas dimensiones del juego dependen enteramente de nuestra decisión, de la voluntad firme con la que abordamos la partida. Pero el cuerpo se obceca en malograr todo esfuerzo por gobernarlo. Accede a ejecutar los movimientos que le solicitamos, y movemos las piernas, abrimos la boca y hablamos, bailamos incluso cuando la música nos traspasa, pero hay asuntos en los que no consiente la injerencia ajena, no admite que hay un dueño, obra por libre, medra en su absurdo deseo de irse degradando, aunque nos haga creer que tenemos alguna propiedad en la empresa, de que en el fondo somos nosotros los que guiamos la nave. Y anoche, en mitad de una conversación sobre alpinismo, nutrición y vicios sostenibles, pensé en que quizá lo que trasciende de esta batalla no es que se persiga un vencedor: lo hermoso es la ceremonia en la que se prepara los bártulos de guerra, el modo en que disponemos en el mapa los ejércitos, toda esa estrategia espléndida de los preliminares.

Es cierto que una vez que empieza el fútbol en televisión es cuando muere el verano. Parece que la rutina de los goles clausura la temporada estival. No hay mucha poesía en el ocaso lento del calor, en la comprensión de que entra otra estación y de que nos traerá placeres antiguos, que a veces, en la calina horrorosa de agosto, echamos en falta. Decía Spinoza que basta ser bueno para ser feliz. A la pasión de la felicidad no hay que ponerle trabas intelectuales, no hay que buscarle tres pies al gato de la alegría. Lo que trae el otoño, a pesar de que todavía falten algunas semanas para que prorrumpa como suele, es un recogimiento que, en ocasiones, conviene a ciertos oficios y se desaconseja para otros. Con el frío, con el afecto hacia los ambientes cálidos, yo siempre he leído más y he leído mejor. Fuera de la lectura, a la que no renuncio aunque tiemble el sol en los tejados, aprecio que también escuche mejor la música o veo con más ardor el cine que programo en casa. Celebraré la mudanza en los armarios, la manga larga y el abrigo recio. Una de las ventajas de los abrigos es que puedes meter muchas cosas en sus bolsillos. Cabe incluso algún libro de Spinoza, uno de esos breviarios que condensan en cien aforismos toda la enseñanza del gran filósofo racionalistas. El otoño es racionalista. Es cierto. En grado extremo.

Estamos de centenario de Julio Cortázar y, en parte, coincido con lo que hoy subraya Andrés Neuman hoy en El País. Dice que el argentino es un escritor de adolescentes. No en el sentido de que lo que escriba haga florecer las hormonas previsibles y produzca que el amor platónico y el venereo arrollen el alma y el cuerpo. Cortázar es un descubrimiento que se hace en la adolescencia. Y esas cosas, la mayoría de las que nacen en ese periodo fabuloso, no salen. Yo leí Rayuela poco después de matar al adolescente. Lo hice sin brusquedad, sin esmero incluso. Dejé al joven y decidí ahondar en cosas que veía en los otros, en los compañeros de cursos superiores, cuando llegaban a la barra del bar y dejaban encima de la barra libros de Yourcenar, de Borges o de Nabokov. Mi Rayuela nació en el bar de la Escuela de Magisterio en una tarde en que decidí faltar a Pedagogía. La rabona ilustrada, podríamos decir. Había tardes hermosas de invierno en que el café hacía que las palabras entrasen mejor. Creo que no va a ser posible leer Rayuela nunca más. Ni siquiera a Yourcenar, de la que solo conozco las famosas memorias de Adriano. A Cortázar he vuelto con mucha frecuencia, pero no me he aventurado a ensimismar el mundo en la Maga, en buscar el spleen de París después de Baudelaire.

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18.8.14

Blondas de verano



Un día entero en casa, no hace mucho, confinado a posta, sintiendo el pulso mecánico de las horas, sirve para entusiasmarse con la idea de echar un día entero en la calle. El verano, de cuando en cuando, convida a la pereza absoluta, la que no tiene ni interés en pensar en sí misma. Así el día se engalana de libros, de oficios domésticos irrelevantes, de pensamientos muy livianos que no alcanzan nunca la superficie trágica de la realidad, que está afuera, a la espera de que la abordemos. Pero en cuanto acude la noche, como lo está haciendo justo ahora, se desembaraza uno de ese confort invisible e inútil y prepara con arrobo la cena, piensa en qué película va a haber en el salón, desecha unas, se inclina a otras o, sencillamente, se deja llevar por algo inesperado, por un deseo sencillo, sin que tenga que ser la mejor película del mundo ni tampoco colmarnos hasta que nos sature el placer. Pero se asilvestra la conciencia, se enturbia a veces dolorosamente si cae en entretenimientos zafios, en toda esa burda representación del ocio que programa Telecinco en cualquier horario, da igual que sea a media tarde o como anoche, de madrugada, al ver una cosa de juzgado de guardia, una especie de declaración violenta a la inteligencia. La belleza está siempre a mano. No hay que indagar demasiado. Está a poco que se la busca. No tiene que esconderse en las páginas de un libro, en el fragmento de una película o en un pasaje musical. Está en la naturaleza, en unos perros presentidos a lo lejos, como azuzados de luna, en el aire fresco de la calle, asomado a un balcón, contemplando el vacío absoluto, como si fuese un escenario abandonado, uno muy nítido, acostumbrado a que se le exija mucho.


Ver clásicos en blanco y negro que hace treinta años que no ves y comprobar que te siguen entusiasmando me hace pensar en que cambiamos poco o no cambiamos nada. Dudo que la revisión de Treinta y nueve escalones, la obra maestra del periodo inglés de Hitchcock, que cayó hace un par de noches, la viera el mismo Emilio Calvo de Mora que la disfrutó en un cine de arte y ensayo, que se llamaban entonces con pomposidad y elitismo. Fue otro el que la ha vuelto a ver ahora. No tiene nada que ver con aquél. Comparten cosas que se van fragmentando, deteriorando e incluso acabando por desaparecer. Nadie baja dos veces a las aguas del mismo río. Fue Heráclito o uno de su época, no sé, el que dejó sentenciado que el río cambia y el que penetra en sus aguas también. Del yo que fui en 1980 al de hoy solo se mantiene el afecto a algunas personas, el amor a otras, la querencia por ciertos vicios y la comprensión, certera a veces, de que uno debe estar a gusto consigo mismo para seguir trasegando día a día, buscando qué armonía amar, qué secreto cenit, qué dulce acomodo en el mundo. Y admito que disfruté como a quien, privado de sus golosinas, le dejan en una habitación a solas con un saco de ellas.


Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. No creo que me haya sentido solo en ninguno, a pesar de haberlos paseado, en ocasiones, sin la compañía de nadie. Son incluso esas caminatas, apenas pensadas, erráticas y placenteras, las que hacen que aprecies más lo que te circunda. Está el mar, a un lado. El mar es una especie de vida aplazada, de novela absoluta en la que se cuenta la historia del mundo. La ciudad, al otro. La ciudad es el reverso burocrático de las olas. La ciudad está construida de espaldas al mar, ajena a la trama antigua de su hondura y su vastedad. Ayer, mirando al mar, pensé en lo que no nos ha contado. El cielo es también el reverso de algo. Pero al cielo le hemos atribuido facultades espirituales que le han venido siempre grandes. Lo hemos poblado de dioses fundamentales y de dioses subalternos, de esperanzas y de fracasos. Hemos mirado arriba para entendernos, pero hemos mirado poco al mar. No del modo en que se extraen respuestas. Deben estar ahí. Podrían estar por ahí.


17.8.14

Fantasmas en la máquina





Al principio fue el verbo, pero luego vinieron los sistemas operativos. Nunca hay ninguno que te permite sentir que estás a salvo, ninguno fiable. Siempre hay una fractura en la arquitectura interna de la máquina, siempre hay un hueco por donde entran a saco los bárbaros. Añoro los días en que todo iba a gusto del amo, que soy yo. No creo que pida mucho. En todo caso, reclamo lo que me pertenece, la cuota feliz de felicidad binaria, pero llevo una semana de bronca con la madre que parió a windows ocho punto uno. El sistema está inestable. Como yo. Pero yo lo disimulo estupendamente. Hay días en que tengo el sistema operativo venido abajo y no lo manifiesto en absoluto. Hago mis cosas como suelo, paseo las calles de siempre, despacho los asuntos de todos los días y me acuesto, ya bien caída la noche, sin que haya existido aprecio de mi malestar, constancia de que he estado roto por algún sector de la placa base, que vendrá a ser el alma. Mi ordenador no tiene mis tablas, no sabe terciar, ignora cómo escabullir la tristeza y, en cuanto le atacan un flanco, se hunde estrepitosamente. No sé si es un débil o un cobarde. Me conformaría con un golpe de suerte, pero la informática es una ciencia que no considera el milagro en su criterio narrativo y desoye las invocaciones que le hago. Es un ateo mi sistema operativo. Más ateo que yo, que ya es decir. Le estoy perdiendo el respeto, me está cansando mucho, lo voy a mandar a la mierda en cuanto me encrespe un poco más. Preferiría yo cometido menos frívolo que el de andar casi a diario buscando en dónde anda el roto de mi equipo informático. De verdad que hay cosas en la vida de mucho más fuste emocional o moral que enredarse en la salud de una máquina, pero no hay día en que no mire la torre (una estilizada, bonita de verdad, alta y estrecha, un modelo de HP que me gustó mucho en el escaparate) y no me encomiende la empresa de buscarle un arreglo en las tripas. Como si yo supiese cómo curar, cómo si me hubiesen enseñado. Se está mejor leyendo en un sillón de orejas, en uno confortable, cerca de una ventana desde la que se vea un paisaje o una avenida concurrida, en donde circule la vida y uno pueda contemplarla en los altos que hace en la lectura. Dentro de esta pantalla no hay una vida comparable a esa. No la hay, por mucho que a veces piense que es posible que exista. Lo único en lo que me satisface esta historia de unos y de ceros, de cables y de contraseñas, es la de poder escribir en mi página. Es cierto que eso me sigue gustando mucho. Saber que se me lee, entender que no escribe uno para uno mismo. Luego está el servicio que presta la máquina en un orden meramente administrativo. Tengo en sus archivos montones de cosas que adoro: discos de Thelonius Monk, películas de Douglas Sirk, libros de Javier Marías, fotos de cuando fuimos a Punta Umbría y nos pusimos ciegos de puntillitas. Hay una parte de mí emboscada ahí adentro, convencida de que la tecnología custodia mis vicios. No creo todavía que esa residencia tenga algo que malogra las otras residencias de las que dispongo para irme viviendo. El mundo sigue dibujando nubes y mi tendencia a rodearme de gente y charlarles y que me charlen no se ha malogrado, pero de verdad que estoy encorajinado (hace un siglo que no escribo ni digo encorajinado) por toda esta desgracia cibernética. Es un éxito que siga escribiendo y no se me haya venido abajo el sistema. Hace un siglo que no veía un sistema venirse abajo. Igual son hermosos los escombros. 

15.8.14

Todos mis muertos


Es posible que no tenga a mano un texto para cada muerto que yo querría vivo. El oficio de necrógrafo no está bien visto. No hay quien se ponga de acuerdo ni siquiera en la calidad del finado, si merece obituario o es el olvido el que conviene a su fuga de este mundo. Y está el espontáneo, que no suele estar invitado, encantado de glosar las venturas del difunto, esmerándose en hacer que brille una vez muerto lo que quizá no brilló en vida. No habrá quien le afee el esfuerzo. No, al menos, a la vista de los deudos. Para adentro queda la tertulia privada, la que se despacha sin pudor, sin censurar un punto lo reprobable. Luego están los muertos ajenos, aunque todos en cierto triste modo lo sean. El muerto universal. El gran muerto global. El que ocupa la portada de los diarios y los minutos esenciales de los informativos en televisión. Ese al que jamás viste, pero que sientes más cerca tuya que muchos finados con los que tomaste café en las terrazas o compartiste vecindario durante treinta años. Hay muertos fundamentales en las vidas que llevamos, muertos de una brillantez antológica, muertos útiles sin diferencia a la utilidad que tuvieron en vida. Al muerto Monk lo tuve anoche en mi ipod hasta que el sueño me venció. Monk es un muerto mío habitual. Si no indaga uno en las vidas de la gente de la cultura que ama no sabe nunca si viven o si ya están fuera de este mundo. Sería una iniciativa sana no saber, no desear saber, no hurgar en lo privado, no caer en el deseo de conocer, dejarse llevar por lo que el escritor dice, sentirse impregnado de luz después de que el músico toque o de que el actor deambule por la escena y cuente su historia. Pero siempre indagamos, siempre hurgamos. Nos conforta saber si Nabokov prefería el inglés al ruso o al francés para escribir, si Poe se ponía ciego de absenta antes de empezar un cuento o al final (porque ciego se ponía) o si Keith Richards de verdad se metió a su padre por la nariz. ¿Qué te importa el infinito futuro si perdiste el infinito pasado? Lo dejó escrito Borges, al que no dejo de acudir nunca. Mientras el mundo sigue enturbiándose, uno se aferra a ciertas personas. Las siente como si no fuese posible que no estén. Como si el mismo mundo acabara por pararse si desaparecen. Ahí metemos a los vivos y a los muertos. Yo echo en falta a gente que no está. La echo mucho.

14.8.14

El veneno dulce



Hay un orden secreto de las cosas que maniobra a hurtadillas y hace que todo se conjure a su beneficio. No busque el amable lector un logotipo que lo represente. Tampoco una cabeza pensante que lo administre. Se trata de una colonización invisible. Ya no recurre el invasor a ejércitos y armas sofisticadas. No se le ocurre alinearse o desalinearse con otros bandos en conflicto para conseguir sus propósitos. El plan consiste en inocular cultura. Cultura de clase alta y de clase baja. Cultura sofisticada y pedestre también. Cultura que va colonizando sin que se advierta la punción, el delicado ingreso de los soldados en el salón de casa. Pero están ahí. A algunos de ellos los admiro sinceramente. A otros los detesto, los detesto de verdad, sin que me quiten el sueño, no obstante. Y hay algunos absolutamente imprescindibles. No sería yo quien soy, si es que algo soy, sin el concurso de algunas de los nombres que a continuación citaré. La industria cultural, servida en dosis pequeñas, convirtiendo al usuario en un adicto. Vale la filmografía de Walt Disney, con su veneno interior, que lo tiene, o el catálogo completo de los Red Hot Chili Peppers. JFK pasado por Warhol o el Tío Sam señalándote con el dedo. Porque tú eres el elegido. A ti se te ha escogido para recibir la tromba de contenidos. En ese pack antológico van el león de la Metro, el blues del delta, la generación beat, el napalm con Wagner sobre el Mekong, la pelvis de Elvis, el parche de John Ford,  Jack Daniel's, los primeros discos de Fleetwood Mac, el último de Johnny Cash, la RKO que le gusta a mi amigo Álex, McCarthy, el Hitchcock americano, el jazz despeñándose alma adentro, Cody Jarrett en la cima del mundo, las hamburguesas de triple piso del McDonald's, el bourbon de Kentucky, Central Park, Lauren Bacall, que se ha ido hoy frente a Central Park, el cañon del Colorado, la autopista 61, los moteles con psicópata, Clark Kent abriéndose el pecho para que asome la S mayúscula, Johnny B. Goode, el águila calva, la Estatua de la Libertad, O.K. Corral, Jimi Hendrix en Woodstock, el puente sobre aguas turbulentas, King Kong, Buster Keaton descarrilando, Bonnie and Clyde, Groucho, Bahía de Cochinos, la ceremonia de los Oscars, las calles de San Francisco, el rock alrededor del reloj, el Delorean de Marty McFly, Bruce Springsteen, el desembarco de Normandía, el estrangulador de Boston, las barras y las estrellas, el gordo de Minnessota, el pantalón vaquero, la consturcción del ferrocarril, Indiana Jones, la Dimensión Desconocida, la Marvel Comics Group, Perry Mason, Robert Johnson en una casa roja, en el Delta, el Fritz Lang americano, Lovecraft, Lenny Bruce, Lovecraft, Lovecraft, Las chicas de Oro, Hannibal Lecter, Falcon Crest, Billy Wilder, Kunta Kinte, Walter White, Apple, DC Comics, Tara, todos los libros de Dashiell Hammett, el pop, el rap, el hip hop, el big bang, el be bop, el just married (que vi el otro en un coche por las calles de mi pueblo), los taxis amarillos, los zombis del Thriller, Gothan City, los comanches, Russ Meyer, sé que tengo mucho que agradecer a Russ Meyer, los decepticons, qué quieren que les diga, Bob Hope, la Garbo, Sunset Boulevard, Morrison cantando The End, Robin Williams, el pobre, que se nos ha ido hoy, Corleone teorizando sobre el honor, la Coca-Cola, Bob Dylan con gafas negras, Poe en un callejón.... (el amable lector puede ampliar el listado ad infinitum) Pero no quiere uno a veces escapar. Se siente cómodo siendo invadido. Pienso en esa escena magistral en La vida de Brian en la que se comenzaba por criticar a los romanos y luego se encendían los argumentos favorables.

13.8.14

Lenguaje, dios y bebop


I
En una entrevista que leí recientemente, dice Muñoz Molina de la poesía que es  el único instrumento del escritor para depurar su escritura. En eso de la depuración, en el limar, en el desprender el texto de las asperezas que lo engordan y lo perjudican, no tengo yo prontuario al que acogerme. Escribo a brochazos. Tengo una especie de vértigo creativo que me empuja a escribir y me busco un rincón en donde verter (en realidad es un depósito la escritura) lo que me ha llegado en prenda, el material sensible que el azar o la suma de muchos azares ha confiado a mi voluntad. Se admira al poeta por liquidar esa propensión al exceso, al relleno sin propósito. No sé si hay novelas escritas con intención poética. Imagino de qué pecan, sospecho de las razones por las que el lector de novela rehuye del lenguaje demasiado lírico. Pero también veo como iguales a los que echan en falta licencias por lo común atribuídas a la poesía, lectores involucrados en descerrajar la rutina de la trama con instrumentos metafóricos, con voluntad poética, echando mano de la pura esencia de la lengua. Se trata de contar una historia, pero no estaría de más que la historia emanase poesía. Otro asunto que tampoco domino es cómo novelar la poesía. Cómo hacerla trama. Lo difícil, quizá lo imposible, sea hacer que la poesía sea esa ficción pura confiada a la novela para explicar lo real. El genuino fin de la creación poética no es el narrativo: prefiere la concisión, el indagar en los símbolos, la búsqueda de un territorio semánticamente limpio, tal vez la muy alta empresa de indagar en el origen de lo que somos. Y no tengo duda de que no está en ningún altar, oficiado por ningún sacerdote. Todo está emboscado en el lenguaje, registrado en las palabras. Ninguna religión ha omitido esto. Todas, cada a su modo, han aprovechado la palabra para su difusión.  Las que no lo han hecho con eficacia han fracasado. 

II
Ahora pienso en Bill Evans como poeta: me refiero al pianista de jazz, pero escuchado y sentido como un poeta. Pienso en Evans con sus gafas de pasta, vestido funcionarialmente. Traje pulcro. Corbata. Pienso en su aspecto de corredor de bolsa o de agente inmobiliario. Evans poeta en Waltz for Debby, cayendo en la cuenta de otra narrativa que discurre a la vera de la narrativa ortodoxa, esto es, las notas de la melodía, el desplazamiento matemático de las notas. Evans dios de las ochenta y ocho teclas creando universos alternativos. Evans en el umbral exacto en el que se produce el asombro. Ahí: cercándolo, investigando la periferia, pulsando la cuerda invisible. Y el jazz, a diferencia de la novela, puede mantener durante un tramo largo la parte mecánica, de discurso, y la otra, la que no se deja conducir sin que un poco del alma del autor se enseñe, se ofrezca y, en la entrega, se pierda. El jazz, también a su modo, es una religión; una que maneja la palabra más inefable, la que se impregna más duraderamente: la música. No precisa vocabulario, no hay sentimiento que no sepa transmitir sin el concurso de la semántica. 
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