22.7.17

Elogio del jazz


                                  fotografía: John and Alice Coltrane, Chuck Stewart, 1966

Adoro el jazz por lo que no cuenta. A diferencia de otros registros, el jazz circunvala la información: la esquiva, la retuerce, la esconde, la elimina, la rescata y, al final, informa de su irrelevancia, de que al fin y al cabo lo que importa no es la cadena de notas, ese hilvanar arabescos en el aire, sino la vida que se origina en el vuelo, la posibilidad de agotar todas las vistas sin que se precise abandonar una favorita, la que se retoma para que exista un vínculo, una especie de refugio al que acogerse. Lo que importa en jazz es el merodeo, la periferia feliz de las cosas. El músico regala la melodía principal, nos declara solventes para retener, al menos, unas líneas tarareables, un asidero fiable, pero después renuncia a la formalidad, se declara libre y avanza (a trompicones, a capricho de su genio) sobre una mullida alfombra. El mejor jazz es el que no se agota en las primeras escuchas, el que precisa un adiestramiento, una voluntad de ahondar o de involucrarse sin reservas. Incluso un jazz liviano (el que sólo se nutre del canon, sin extenderlo, sin avanzar) tiene tramos a los que se puede regresar en la confianza de que nos reservan algún pasaje inadvertido, una nota perdida.

Los músicos de jazz,  los que han logrado un óptimo estado de ensamblaje sonoro, los que en su oficio visitan la excelencia, van siempre por libre: realizan piruetas melódicas que amenazan el derribo absoluto de la pieza, crean ilusiones mentales en las que uno sabe con más o menos certeza de qué lugar partió pero desconoce enteramente al lugar al que le dirigen. Es un maravilloso viaje a ciegas. Anoche, escuchando Spirituals, la pieza magistral de John Coltrane, rocé la plenitud, sentí esa comunión dulce que nos reconcilia con el cosmos o con uno mismo. En algunos casos hasta podemos encontrar piezas sin nexo con la realidad: limbos, estadios intermedios entre dos diferentes grados de belleza, el dominio de la creatividad sobre la rutina. Como si entras en una catedral y te apabulla la altura, el silencio o la imponente severidad de la piedra antigua.

Un disco de jazz, bien escuchado, atendiendo a todas las capas de sonidos que ofrece, puede ser inagotable. He pensando que Kind of blue (Miles Davis) es el disco más inagotable del jazz, pero confieso que me mueven motivos que no pueden ser analizados sin que el que sufraga esa opinión salga seriamente perjudicado. No soy imparcial: se me nota la devoción, el espíritu de absoluta rendición ante el tamaño descomunal de la pasión que exhibo. En esencia, soy uno que escucha a diario jazz y que procura aprender a diario en el vicio que me alegremente me administro. Si hoy fue Coltrane, mañana ya he pensado que me administraré una sesión de Joe Pass. Sé que en algún tramo del día, habrá ocasión para que me retire a mis vicios y me enchufe Virtuoso, que es el disco elegido. Ahí está Night and day o Round about midnight. Las habré escuchado decenas de veces, pero sospecho que sentiré el deslumbramiento de la primera vez. Como el amor a veces. Al modo en que el feligrés se ofrece al dios que lo observa en la homilía, la escucha del jazz es también una rendición, una a la que la razón no puede rebajarla al lenguaje que le es propio. La palabra que más se ajusta es euforia. El jazz es un secreto. Nos lo vamos confiando unos a otros como una revelación. Ahora voy a comer a la fresca (ay, qué placer) y dormir después como si no hubiese nada más en el mundo.


16.7.17

Elogio de la memoria



Todavía no sabemos lo que es la memoria. Poseemos un sentido primario de su uso: nos enternecemos o nos apenamos cuando hace que aflore algo que no estaba presente, pero siempre está en un privilegiado espacio del que no tenemos propiedad alguna. Cosas que uno recuerda que no siempre son fieles a como acontecieron rivalizan con cosas que uno inventa que se ajustan de modo fidedigno. Es curiosa la idea de ficción. Igual vivir es una especie de palimpsesto del que sospechamos que hay algo debajo que rascar, una especie de voluntad imperfecta, de acto febril. Envidio a los que lo tienen todo claro. Yo me declaro frágil. Mi fragilidad consiste en no tener un asidero fiable. En parte es bueno ese conducirse con los mapas precisos, sin tener conciencia exacta (digo exacta) de qué nos va a sorprender en el camino o de cuánto va a durar la travesía. Ayer recordaba algo que me pareció ajeno y, sin embargo, nadie (salvo yo) podía narrarlo con cierta eficacia. Pensé en una playa en un verano y en unos primos jugando. Estaba mi abuela, estaba el runrún moroso de las olas. Lo maravilloso es que mi sueño incorporó escenas falsas, de las que ahora no sabría con seguridad decir si de verdad lo fueron o no Todo lo ha trucado el tiempo. No creo que algo de lo que vi fuese cierto. La literatura consiste en añadir líneas al texto de lo real, con todos sus primores, como quería Machado.

El acto de soñar es lo más parecido a escribir que posee quien no escribe. Si no fuese una actividad pública, no habría letra escrita, nos bastaría con soñar y después rememorar lo soñado. La memoria es barro. Hundimos los pies, nos desplazamos con dificultad, no sabemos si caeremos en un lodazal profundo o si la tierra firme nos hará más confiado el paso y podremos continuar. En verano se me ocurren estas cosas. Será el calor o será ese ocio pequeñito de las mañanas, antes de arrancar con el tráfago del día. Siempre hay cosas que hacer. Siempre está llenándose de líneas la memoria. No sabría explicar qué hace que unas cosas se pierdan y otras, felices o no, subsistan, se queden por razones que no alcanzamos a entender nunca. Cuenta, al final, el depósito que dejan, esa constancia un poco azarosa de que se ha vivido y de que uno pueda contar cómo fue el ingreso en la alegría o la excursión por la tristeza.

15.7.17

Elogio de la cama



Mattise (en la fotografía) hace de Onetti o de Aleixandre en esa cama que es también un taller de trabajo. No se han valorado como se deben las camas, aparte de la circunstancia amatoria o fúnebre. Lo normal es que  entremos al mundo en una y salgamos por otra, se entiende que no sean la misma, pero puede darse esa extraordinaria casualidad mobiliaria. También he visto fotografías de Frida Kahlo encamada. Se pinta o se escribe en la cama porque el cuerpo está reconciliándose consigo mismo y se le da primacía a la cabeza. Yo creo que muchas de las mejores ideas que se han tenido provienen del hecho de estar tumbados en una. No es un colchón reposado en un canapé o en un somier. No importa que se la cubra con una u otra sábana o un tipo de manta o de edredón determinado. Tampoco qué tipo de almohada la preside, si es mullida o lánguida, de cuerpo recio o liviana y de escaso empaque. Sólo importa que nos permita extender el cuerpo, dejarlo ocupar el espacio que no es el propio de nuestra especie. Entonces le inventamos un oficio. Pensamos que puede confortarnos cuando soñemos o que aliviará la enfermedad o que nos restituirá la dulzura y la plenitud física cuando la usemos para volcarnos en otro cuerpo. Pensamos que no hay mejor lugar en donde leer. Pensamos que esa quietud que nos ofrece contribuirá a que aclaremos las ideas y nos levantemos con el pie derecho, determinados a enmendar lo errado o convencidos de que sabemos qué hacer con el día hasta que llegue más tarde, próspera y limpia, la noche. Luego está la cama postrera, la que nos conduce al sueño más largo, del que no sabe a ciencia cierta (cómo meter la ciencia en esos asuntos) qué paisajes tendrá, si la derecha del Padre o su nada metafísica. Quizá la cama sea, en el fondo, el único asunto metafísico de nuestras vidas.

14.7.17

Borges en la cabeza de Hopper o viceversa


                                                   Fotografía: William Eggeston



Hay cuadros que no son de Edward Hopper y parecen suyos. Hay también fotografías que le pertenecen sin que sepamos que se valiese de la cámara para contar el mundo al modo en que lo hacía con un lienzo. Lo extraordinario de Hopper es esa intención narrativa que ofrece una historia de la que sólo sabemos un fragmento, ni siquiera tiene que ser el primero, tal vez uno alojado a la mitad o al final de la misma. Hopper hace cine sin que se hile un fotograma a otro. En cualquier momento podremos observar cómo el hombre sentado en la cama se levanta y recoge con meticulosidad sus cosas en la maleta o se desviste y se afeita morosamente o se asoma a la ventana y escucha el ruido de la realidad que no existe en su habitación de motel. Porque Hopper es un maestro en convertir en paisaje la habitaciones de los moteles. Un paisaje es un personaje que no reconoce la primacía de la trama, sino que va por libre e interfiere a la trama misma y, en casos excepcionales, se hace personaje y modela el devenir de los acontecimientos como si hablase o decidiera una posibilidad de entre otras.

No sabemos nada del inquilino, ni tampoco del lugar en que se hospeda. Es una historia de fantasmas la que vemos. Hopper es el pintor de los fantasmas. No existe nada a lo que aferrarnos, no hay nada que pueda iniciar una historia y, sin embargo, ahí están todas las historias; en ese ensimismamiento que exhibe el señor de la fotografía, están todas las ramificaciones posibles. Como si fuese un Aleph, el infinito Aleph que mi temerosa memoria no abarca,  alojado en una carretera secundaria de la América profunda y en la quinta porteña de Beatriz Viterbo. Se ve todo, a todo se le cursa trayecto, en todo se oficia la ceremonia de la memoria.



13.7.17

Un día de calor perfecto




Fotografía: Slim Arons


Si hubiese un árbol a la derecha, la fotografía sería perfecta, incluso lo que la fotografía cuenta sería perfecta también. Se está perdiendo la rotundidad de ciertas palabras. Nos han sido arrebatadas, se han puesto al servicio de los contextos equivocados Perfecto es una de ellas. Es de las pocas palabras que tiene un sentido terminativo, de obra finiquitada y exenta de error, una de ésas que se ocupa por sí sola de no permitir que se frivolice con ella o que se banalice su empleo. Si yo digo que ha sido un día perfecto o que la película que acabo de ver es perfecta no habrá nadie que dude de la convicción de mis palabras. Si ahora digo que ha sido un día de calor perfecto, todos imaginaremos que ardió la calle y que yo andaba por ella, errático y perplejo, convencido de que el infierno se ha convidado a pasear las aceras y malograrnos la existencia. Hasta puede que dé lo mismo disponer de una piscina, incluso una cerca del mar, en la que se refleje el sol y circule una brisa consoladora. El calor se lleva adentro como quien padece de una enfermedad crónica y sabe que no se podrá deshacer de ella hasta que la palme. Es el calor antiguo, el conocido, pero nos ajusticia cada verano, nos hace ver quién manda, nos retira a nuestras casas a cobijarnos bajo el split (eso quien tenga casa y tenga split, que aquí entra en circulación otra historia). Da igual que lo hayamos sufrido antes. Se aprende cada año a soportarlo. Como si fuese nueva la experiencia y no valiese de nada el acervo de enseñanzas anteriores, toda la rica y penosa experiencia térmica del pasado. Sólo renueva uno la confianza en el porvenir cuando se zambulle en el agua. En ese instante único, el cuerpo se reconcilia con el cosmos, la mente se limpia de todas las toxinas que le han ido devorando sin piedad y el alma, ah el alma, el pobre alma se siente reconfortada, aliviada, convertida de pronto en la agasajada de la fiesta, en la reina del universo, en la emperatriz del éter, en la suprema diosa de la creación misma. Mientras dura el baño, el mundo gira. Se para al salir, se nota incluso que se ha detenido. Hoy lo prueban si les atenaza el calor y tienen a mano una buena piscina o el chorro bendito de una alcachofa de ducha en su cuarto de baño. Buenas noches.

10.7.17

Las palabras de la ceniza



Fotografía: 
Lukas Barth-Tuttas (Agencia EFE)


Hay imágenes imposibles. No hay cabeza que las procese sin que le sobrevenga la incredulidad o piense que están trucadas, amañadas para que causen uno u otro efecto. Las segundas, las que se editan y se preparan con esmero para que adquieran el rango artístico al que propenden, están casi siempre exentas de naturalidad. No son realistas, no se ajustan a lo que el ojo buenamente registra cuando barre el campo visual y captura lo que pilla. Se sabe que la instantánea está tomada en Hamburgo con motivo de la reunión del G20. No se puede saber mucho más o, al menos, la imagen no resuelve ninguna incógnita, sino que propone más. Lo primero en lo que se piensa es en algún tipo de apocalipsis del tipo que difunden las series de televisión o el cine. Vienen a la cabeza los guerreros de terracota que custodiaban la tumba de no sé cuál emperador chino. La mujer con el torso desnudo que los mira es el contrapunto festivo, no porque se obtenga un beneficio erótico o porque se vea venir un festejo, una especie de baile tribal o de performance de uno de esos grupos de teatro de la vanguardia. Debiera haber una fotografía que continúe a ésta. Nos la han birlado. No he encontrado nada que satisfaga mi instinto natural. Siempre te dejan huérfano, te abren una puerta y no te dan instrucciones de cómo recorrer la casa a la que accede. Es probable que el ideólogo de la cosa haya pretendido exponer el estado de abandono en el que estamos y desee que la manifestación (salvaje si se atiende a la prensa) surta el efecto anhelado y conmueva las conciencias o suscite algún tipo de diálogo entre las partes. A los políticos el teatro callejero les trae al fresco. No tienen tiempo para apreciar la creatividad de quienes los censuran. Van a lo suyo, se sientan en unos salones enormes, llevan sus intérpretes (Rajoy necesita uno hasta para pedir café) y se devanan la cabeza hasta que de pronto dan con una idea luminosa, no una trascendente, pero una lo suficientemente llamativa como para justificar el gasto de manutención y de hoteles. El mundo sigue herido afuera. Quizá la fotografía sea un metáfora de lo que está por venir. Eso debe ser, ahí está la solución, ahora acabo de entenderlo. Los figurantes son los mismos políticos a los que hostigan. Alguno hasta se ríe de lo bien que se lo está pasando. Basta salir del despacho y andar un poco las calles para percibir el runrún de la sociedad, el sentir de los ciudadanos. La rubia de pelo rubio a lo afro, desnuda de cintura para arriba, no parece que esté ahí para disuadirlos. Será otra cosa. Ando toda la mañana pensando en qué podría decirles para adherirse a la causa que esgrimen o para atajarla y conseguir que la abandonen. En esa frase puede estar la salvación. 

8.7.17

Elogio y refutación de la pereza



La pereza es una bruma confortable. Uno se declara un poco Bartleby y cancela toda posibilidad de abordar una empresa. La rehúsa, se inhibe, manifiesta no ser involucrado, no hacerse ver. Lo expresa con el mayor tacto posible, pero prefiere no hacer nada, no entregarse a nada, no sentir que los demás esperan algo de uno mismo. Se dedica a asuntos mínimos, de escasa o nula nombradía, de los que afectan a todo el mundo y de los que nadie habla con el orgullo y la afectación que se aplica a los asuntos de más calado. 

El verano no entiende de calados. Tampoco de honduras. En la superficie, al ras de las cosas, se vive bien. Ha habido tiempo y habrá para la prospección habitual. Quisiera uno pasar desapercibido. Quizá no desapercibido del todo, pero retirado de la rutina, a salvo del vértigo y de la fiebre con la que se manejan los días en ocasiones, conmovido por la pereza, obligado a contarle los secretos, afincado en su territorio pequeño, de susurros, de palabras que apenas se izan en el aire, caen y pierden una parte de lo que desean revelar. 

El verano, el que ya tengo aquí, recién comenzadas las vacaciones, rondando la ventana, quemando la acera, matrimonia bien con la pereza. O al revés. En esa querencia de cosas que ensamblan bien, yo escribo. No me sale nada que me exija mucho. Nada que me ocupe mucho. Está el texto, un poco traído sin gana, como comido también de pereza. Se levanta uno y se sienta delante del editor y discurre sobre lo primero que se le ocurre. No hay mucho de lo que hablar y, al tiempo, están disponibles todas las cosas de las que se puede decir algo. 

Por otro lado, el perezoso no puede serlo a tiempo completo. Tampoco el estajanovista del movimiento puede estar todo el día arriba y abajo, quedando aquí y allá, ocupado en cien menesteres y de vuelta de ellos para idear cien más. El sábado de hoy, sin ir más lejos, ha sido de una pereza conmovedora. Creo que no he hecho nada salvo comer, beber y sestear. Antes y después de esas nobles actividades he acometido otras, pero son las habituales, las que no pueden sustraerse del tráfago diario, ustedes pueden entenderme. A estas horas, entrando ya la noche por la ventana, pienso en la inconveniencia de que mañana se repita a modo de bucle la inacción de hoy. Podría ser inconveniente, me podría marcar, podría pillarle hasta gusto. 

Acabar el trabajo, saber que su regreso está todavía lejos, tiene sus riesgos. Hay que inventar una vida distinta a la que se tuve mientras se realizaba. Podemos levantarnos más tarde y acostarnos mucho más tarde también. Podemos salir a las terrazas de noche y no pensar en que el exceso (alguno de los que tibiamente me aplico) me cobrará un peaje y, caso de que tenga que abonárselo, saber que no dolerá, ni nos perjudicará en algún otro orden de la vida. Puedes (pongo por caso) trasnochar en casa leyendo todos los cuentos de Carver o ver algo de la época alemana de Fritz Lang o escuchar blues de Chicago mientras pones en orden la habitación de los libros hasta que te cubre el cansancio y, sin mirar el reloj, te refugias en el sueño. 

Anoche tuve un sueño en el que no pasaba nada relevante; ni siquiera hubo una de esas imágenes poderosas con la que empiezas el día. Ya se sabe que los sueños son el territorio en donde hacemos lo que no podemos o lo que no nos permitimos. He notado que, a medida que entra en mi conciencia la idea de que el trabajo terminó, los sueños son menos intensos. Incluso la escritura es menos intensa también. Hasta las lecturas han cambiado. Se diría que estoy en uno de esos periodos de reconciliación en los que todo te parece bien y nada te afecta más de lo conveniente. Imagino que pasó igual el año pasado o hace cinco o pasará el próximo. Nada grave, nada que inquieta, nada que deba hacerme sentir ni mejor ni peor. Ya digo que uno abre el editor del blog y se pone a escribir y no tiene casi nunca idea clara de lo que acaba vertiendo. No sé si el lector, al cerrar el blog, también tiene esa zozobra y no sabe a ciencia cierta a qué entro y qué ha podido sacar en claro de todo lo que he contado. Tal vez nada. Como si diese pereza entrar más adentro o no tuviese interés alguno. Todo es correcto, todo está bien. 

De lo que no podemos saber nada

                                                           
                                                                     Foto: Mark Story

No sé a qué velocidad vivimos. Hay por quien no pasan los años y hay quien por quienes pasan sin pudor los de todos los demás. Quienes mueren porque ya lo han vivido todo muchas veces, quienes han vivido todo una triste y sencilla vez y quienes no han vivido absolutamente nada. Se tiene una idea rudimentaria e imprecisa de cómo se va uno muriendo. La misma de la que disponemos para razonar la velocidad con la que vivimos. Algunos, atropelladamente, ya saben; otros, con morosidad. Hay hasta un inasible término medio, aséptico, neutro, gris, sin excesos ni atrevimientos. Son más las cosas que ignoro que las que tengo por ciertas. En ese certidumbre, sobre ese pequeño avituallamiento de verdades, se vive infinitamente mejor. Ardo, pero no conozco el fuego. Nos consumimos impeceptiblemente. No hay indicios registrables a diario. Apreciamos el desquicio de la piel o el atropello salvaje del olvido cuando vemos fotografías antiguas, advertimos las dentelladas del tiempo, pero son conceptos esquivos. El dolor del tiempo no es tangible, no se puede medir bajo los criterios con los que valoremos todos los demás. Estamos en un desamparo terrible, si se piensa esto un poco a fondo. Del pasado se posee una impresión enteramente huidiza. Sabemos que hemos vivido porque la memoria nos restituye los datos cabales, las imágenes precisas, las emociones puntuales, pero del mismo modo aceptamos la ficción. Podríamos inferir que la vida que hemos dejado atrás es una ficción más. Que todo lo que no es ya visible ni se puede evaluar con el rigor de los sentidos no existe. Yo no fui a Lorbe a comer mejillones. Yo no subí al Teide.  Yo no jugué al fútbol, siendo niño, en la plaza de Zaragoza, en el Sector Sur de Córdoba. Yo no compraba discos de jazz de segunda mano en una tienda cerca de la Corredera. Ninguna de esas cosas sucedieron verdaderamente. Algo me dice que sí, que ocurrieron, pero no debo fiarme de la memoria. Es la misma memoria falible que altera a su antojo mi vida. No sabemos nada. No tenemos registros de lo que ocupa los días y ocupa las noches de la existencia que atesoramos. Porque vivir, a pesar de todo, es un prodigio, es uno de esos tesoros inviolables, inargumentables, inasequibles al desencanto, por más que haya quebrantos que lo fracturen, por más que el olvido lo vacíe de nombres y de gestos, de lugares y de caricias.

La mujer de la foto de Mark Story debe contar poco de la naturaleza tosca de su piel. No tiene palabras con las que matizar el origen de todas esas formidables arrugas. Es una travesía hueca, se mire por donde se mire. Solo tenemos el ahora, el pasar majestuoso de las horas, no el vuelo de los años. Con lo pequeño, vivimos. Lo tremendamente grande, lo que solo se deja describir con grandes palabras y con grandes relojes, se nos escapa. Está en fuga ya en el mismo instante en que dejó de suceder. El tiempo, del que estamos hechos, es una broma estupenda, un fraude colosal, uno de esos argumentos que no comprendemos, pero que invariablemente hechizan. Si me lo preguntan, no sé qué es el tiempo, decían los filósofos. No me lo pregunten. No me pongan a pensar. Las cosas importantes de esta vida (el amor y la fe a la cabeza) no son asuntos del pensamiento. Los conduce el corazón. Los malogra el corazón también. Mis dudas son las comunes. Mis desvelos, los previsibles. No sé a qué velocidad mi alma modela su bienestar. No sé qué puedo hacer yo para que vaya más lento todo. Supongo que es la lentitud lo que se anda buscando en estos asuntos. A esta altura de la trama, viene bien un poco de lentitud. La ecuación se resuelve así. La incógnita, el tiempo, se despeja sin que en ningún momento se advierta excesiva pompa. Y de lo que nada sabemos, de lo que está por venir, nada digamos. No estropeemos la intriga, toda esa dulce sensación de asombro que todavía adoramos. Será el asombro el que hace que el mundo gire. Seguro.

7.7.17

Bienvenidos al infierno



El monstruo más cercano que tenemos es el que nos mira desde dentro. Eso es lo primero que se me ocurre cuando pienso en monstruos. Luego acuden todos los que me han visitado en una u otra ocasión. A los que uno llama con voluntad no se les mira mal. Tenemos propiedad sobre ellos, sabemos censurarlos, conminarlos a que no espeluznen en demasía. De esos monstruos salimos siempre airosos. Son familiares, les tenemos hasta cierto aprecio, han acompañado nuestra imaginación y, si nada se ha torcido más de la cuenta, les hemos vencido. Están en la sala de trofeos privada. Ya no salen nunca más de debajo de la cama, ni nos erizan el vello del brazo cuando creemos que nos acechan. Al miedo se le vence con fiereza. Hay edades en las que algunos miedos nos curten, nos educan para todo lo que viene más tarde. Al crecer es otra la naturaleza del miedo, son de otro rango los monstruos, pero perduran los de la infancia, todos esas criaturas que nos impedían conciliar el sueño o las que entenebrecían los sueños. 

Ahora hay otros monstruos. No tienen la apariencia viscosa o maligna o aterradora de antaño. Son monstruos de aspecto normal, no alarman en lo visible. Toda su maldad está oculta. Sólo aflora cuando es preciso. De algunos no llegamos a tener una imagen formada, cabal y fiable, hasta que ejercen su oficio delante nuestra. A veces basta encender la televisión y ver un telediario o abrir la prensa y ahondar en el texto que descansa bajo los titulares. Hay monstruos sencillos y los hay populosos. La turba es un monstruo. En su masa informe y anónima se sustancia el mal de todos los monstruos individuales. Los de las palabras educadas y los que no se esmeran en adornarlas. Los de cara de buenos amigos y los del gesto torvo y cainita. Los que van a las claras y se les ve venir y los que no delatan su intención y saben andar a escondidas. La turba es el monstruo que menos escandaliza. Se encarga de arropar las maldades de quienes la componen, se las maneja para que nadie pueda dirigir su dolor a un elemento suelto. 


Emboscado en la turba, el hombre prospera en maldad o, caso de que alguna tenga y la aplique, no tiene la necesidad de rendir cuentas de ellas porque no existe evidencia de que la esté ejecutando. Por eso se va a los estadios a contemplar un espectáculo deportivo. Se despotrica contra el árbitro porque no somos distintos a todos los demás que alrededor nuestra también lo hacen. Votamos al mal (hay Estados configurados monstruosamente y se les vota a sabiendas de que esa naturaleza desviada existe) porque nadie sabe que nosotros contribuimos a su coronación. Hay quien dice abiertamente que confió en Trump y le otorgó su voto y quien lo hizo y no lo proclamó, aunque Trump, más que el mal, representa la mediocridad o la torpeza o la incultura. Al final va a resultar que todos los monstruos son construcciones de la cultura. Hay quien dice abiertamente que cree en Dios y le concede la mayor de las atenciones y luego no razona en el mal que representa el diablo. Vi el otro día un tira cómica en inglés que ahora no he podido encontrar. En ella estaba Trump debajo de la cama de un niño y aparecía en sus sueños. El texto venía a decir que él (Trump) siempre estuvo ahí. El hombre del saco es Trump. El coco es Trump. Siempre fue él. Cuando no esté y otro ocupe su lugar, seguirá atemorizando a los niños, les hará soñar con cosas terribles. 

Los monstruos siempre andan cambiando de rostro. Unos valen una época y después no son válidos en otra. Yo sigo pensando que todos somos ángeles y demonios. No hay día en que no viremos de un a otro lado. Hacemos el mal porque el mal fascina. Lo hacemos porque nos lo hicieron y deseamos sentir lo mismo. El bien está menos valorado. No vende, nunca lo hizo. Deseamos que el personaje terrible de la película sea terrible de un modo arrebatadoramente terrible. Cuanto más terrible es, más gana la trama y más nos fascina. El peso entero de la literatura no es el amor, no es la bondad, ni siquiera el vértigo dulce de la carne. El mal hizo que todo funcionase. Probablemente el bien se acercó a no dejar que todo se viniese abajo muy aprisa. La religión es la narración de esa metáfora. Cualquier religión, sean cuales fuesen sus dioses y sus demonios, pormenoriza esa batalla ancestral. Se nos indica qué debemos hacer para ir al cielo, pero está más a mano el infierno. Si nos dejan elegir, no sabríamos qué residencia nos convendría más. A modo de chanza, se suele decir que el infierno es más divertido, más parecido a la vida que tuvimos antes de que se acabara. Del cielo se vende siempre una especie de quietud cósmica y la certeza de que tendremos todo el tiempo del mundo para degustarla. 

Bienvenidos al infierno: eso dicen los antisistema contra los gerifaltes del orden mundial en la reunión que tienen estos días del G20, pero ya no dice mucho eso. Hemos gastado las palabras, las hemos quemado de expandir sin mesura su uso. Quizá valgan los gestos privados, los desaires, un apretón de mano que no se da, una mirada de desprecio cuando sabemos que estamos siendo observados. Contra los mandamases del mundo no cuadra ni la palabra monstruo. Los hay que merecen elogios y quienes no, cómo no. El mal no es la política, pero no hay lugar mejor para que se ejerza con más difusión y haga un daño más hondo y duradero. Hamburgo, donde andan justo ahora dirimiendo qué será de nosotros, no es el infierno. Ningún lugar es el cielo tampoco. Los alborotadores han elegido mal la palabra que los representa o que representa la queja que exhiben. Han confiado en que todavía asusta ese lugar donde se tortura eternamente (otra vez el tiempo y su salud) a quien se ha descarriado o ha pecado alevosa y concienzudamente. Hay que creer en el cielo para entender qué cosa es el infierno. Creo que yo que en esa turba (otra vez la masa) que ocupa las calles de la ciudad alemana habrá pocos que elogien la legitimidad moral del pecado. Porque el infierno está lleno de pecadores y el cielo, el bendito cielo, está en verdad ocupado por almas buenas que merecieron el perdón y se les permitió disfrutar de un merecido premio. De cualquier manera, hay muchos monstruos dentro y muchos fuera. En eso no discrepa nadie. 



5.7.17

Todos los años que nos quedan por vivir

Se tiene a veces la errónea idea de que la vejez es un descenso. Se cree que se vive marcha atrás o que hay un punto final y avanzamos hacia él inexorablemente, sin que se pueda aminorar la velocidad de caída o la dureza del impacto. No hay una pedagogía de ese ingreso en los años finales. Contamos con algunas certezas, hemos observado con detalle la manera en que otros lo han acometido, pero falta la experiencia en carne propia, la anuencia de que no habrá más juventud o de que el peaje a pagar es siempre demasiado alto. Renquea el cuerpo, flaquea la cabeza, duele el corazón. No sé nada de todo esto de lo que hablo ahora o lo sé todo sin que pueda explicarme cómo quisiera. He conocido la suficiente gente mayor como para comprender que no existe un patrón. Tampoco lo hubo antes. No hay un modelo fiable que responda a todas las preguntas, no tenemos a mano un recetario de placebos con los que afrontar la despedida. Quizá la filosofía sea un recurso útil. No la académica, no la que despliega toda esa jerga críptica de nomenclaturas y de corrientes de pensamiento, de autores y de influencias. Es otra la filosofía de la que hablo. Está disponible cada vez que podemos hablar con alguien de la tercera edad (no sé el porqué de la cifra, bien podría haber una cuarta o una quinta si la salud ayuda). Se aprende más de los viejos que de nadie.

Los años vividos te enseñan a apreciar los que todavía no has usado. Te dicen en qué te equivocaste, te muestran un camino, te censuran otros. Hay ocasiones en que ninguna experiencia es transmisible: cada cual debe adquirir la suya. También las hay propicias, fértiles, líricas: uno encuentra alguien con quien aprender lo que todavía no le ha sido enseñado. Gente que ha vivido mucho, gente que lo ha vivido casi todo, gente que tiene todavía la facultad de narrarlo. Igual que la poesía nació para ser contada, aunque después se robusteciera con la escritura y pudiera perdurar, hay personas que poseen el germen de esa poesía dentro. No importa que se registre o que se le dé nombradía. No es necesario que exista una difusión amplia. Basta con ese privilegio maravilloso de que alguien te brinde su vida, te la cuente con el entusiasmo con que la cuentan los que la saben pronta a acabar.

Ser viejo es una actitud, un mirar de frente la niebla del porvenir, un no pensar, un no caer en la cuenta de que la marcha atrás está acelerada (lo estuvo desde que rompimos a llorar cuando nos entró el aire en los pulmones por primera vez). La vividez de esos relatos nos proporciona una literatura espontánea, de la que carecemos habitualmente. Nos educamos para saber afrontar la muerte, pero es una educación incompleta. Nunca estamos preparados del todo, siempre hay un resquicio por el que deseamos escabullirnos. Tenemos lugares (no sólo escuelas) donde nos enseñan a manejar los rudimentos de la vida, donde nos esforzamos y de la que aprendemos a valorar el esfuerzo, el trabajo y el respeto por los otros y por uno mismo. Todo eso está muy bien, sí, pero falta una didáctica del tiempo, una asignatura que nos llene las alforjas de la cabeza con la limpia aceptación del fracaso y de la despedida. Se viene el mundo encima cuando nos damos cuando de que se viene el mundo encima, dicho a modo de perogrullo. A mí me alegra ver a la madre de una amiga cuando me dice que viene de la escuela. Le enseñan todo lo que no aprendió cuando era la época en que debía hacerlo. Se esfuerza en recordar, se apremia a no olvidar todo lo que tiene todavía por vivir. Dice sentirse útil y no me cabe duda de que no le asalta en ningún momento el tedio ni la crudeza de la vejez. Además está guapa y exulta vitalidad a cada gesto o a cada palabra que pronuncia. De personas como ella deberíamos aprender a diario. Yo mismo tengo esa edad intermedia en donde acabo de darle la vuelta al jamón, como dice mi amigo Calixto. Ya he apurado una parte y ahora se ofrece la otra, que no tiene nada que envidiar a la que ya se ha consumido.

De vuelta a casa, completo de pan y de ganas de volver, he observado a cuatro o cinco viejos (no hace falta ser políticamente correcto: son viejos y ojalá lo seamos también lo que tenemos cierta juventud todavía) que despechaban alegremente sus asuntos en la puerta de una bar. Uno fumaba y contaba, a lo que he escuchado, una trapisonda que hizo de pequeño y de la que todavía se acuerda. Otro se reía sin disimulo, dándole temerarios golpes en la espalda a modo de celebración. Quisiera llegar a ese momento y tener la lucidez de rescatar de la memoria los episodios divertidos y también los tristes. Ninguno sobra, de todos extrae uno una enseñanza. Porque es eso, la cantidad de cosas que hemos aprendido y de la que nos hemos valido para ir despejando incógnitas y abriendo otras nuevas.