17.7.18

Loving Vincent / Loving Hopper



A propósito de Loving Vincent, la extraordinaria  e hipnótica película de pinturas animadas que indaga en los cuadros de Van Gogh y, más apartadamente,  en el propio Van Gogh, dice Javier Marías en su columna de El País de este fin de semana que el oficio del pintor es exclusivamente pintar, no ofrecer un relato, ni siquiera una brizna de trama que suscite un alargamiento, al modo en que suceden los cuentos o, con más convicción o insistencia, las novelas. Que pintar no es escribir ni hacer cine. No es que uno no esté de acuerdo con el novelista Marías (que no lo estoy) sino que esa decisión, la de ir más allá de lo visto, la de extender la mirada y hacerla precursora de una historia, es de quien observa. En lo que a me concierne, de lo que conozco, Edward Hopper es un hombre que pinta, de acuerdo, pero lo pintado invita a que se narre, por decirlo sin extensión. La imagen propicia un relato en la misma medida que el relato, en su condición narrativa, fomenta la fundación de imágenes, concatenadas, hiladas a la manera en que se sustenta el cine o los sueños, que son un género literario en sí mismo. Discrepo con Marías con convicción. La misma con la que él urde su argumento y sostiene que no hay que buscar más allá en un cuadro que lo que se observa. Él lo llama "el tiempo sin transcurso", pero la imagen lleva el tiempo dentro. La misma luz, quiso Juan Ramón Jiménez, contiene el tiempo, lo recoge y lo hace avanzar y cumplir su función. 

Loving Vincent, por otra parte, es una película fascinante. Se pidió a 125 artistas que replicaran los óleos de Van Gogh. Se crearon más de 60.000 fotogramas en los que se exponen convicentemente (no es un chiste fonético) los trazos de muchas de las 800 obras que pintó. No interesa mucho la vida del pintor, su locura. Lo de menos es que se quitase de en medio con un disparo y muriera en la soledad de una habitación alquilada, sin comprender (quién sabe) las razones de su desencanto, el que convirtió en otra cosa, en luz, en su pintura. Dorota Kobiela y Hugh Welchman dirigen la cinta, la miman, la hacen un viaje al fondo de la naturaleza artística. 



La siesta

Que La siesta, una de las pinturas que más conozco, sea o no una historia no depende de otro factor que el aportado por quien la mira. Se puede pensar en la pintura, en lo que no dice y, sin embargo, pudiera andar por ahí, no oculto, sino disimulado, a la espera de que alguien lo capte y se intrigue. La literatura es intriga por encima de cualquier otra consideración. Intriga y belleza y dolor, todo juntamente. 

Jorge Luis Bowie





No hay ningún Bowie que no me guste, ninguno al que no le deba una canción importante, ninguno que me haya decepcionado del todo. Otro asunto a considerar, que no se extrae directamente de la música, es el Bowie icónico, la imagen que ha ido modelando y con la que hemos ido creciendo. No creo que haya ningún otro personaje célebre, provenga de la música o del cine, de las letras o del deporte, que haya comprendido mejor la idea de la transformación. Somos lo que los otros ven en un rango mayor a lo que realmente somos por dentro. El interior tarda más en revelarse. Por eso cuidamos el cuerpo y vigilamos con esmero el deterioro de la piel. No hay un adjetivo que lo explique. A Bowie no es posible reducirlo al modo en que procedemos con los demás. Ni siquiera él mismo sabría cómo entenderse, imagino. Ha ido mutando, abrazando corrientes musicales o artísticas (el mod, el glam, el pop, el jazz, la música disco) y inyectando en esos estados del arte una brizna relevante de su talento. No podría encontrar alguien que se le pareciera. Tampoco tiene clones fiables. Es una especie de cosa extraordinaria y única que ha atravesado los últimos treinta años del siglo XX y los primeros de este XXI. Está un poco al margen del mundo, pero lo inspecciona con lupa, registra sus vaivenes, adquiere esa facultad que consiste en aprovisionarse de lo que realmente importa y madurarlo hasta que parece una creación propia.  




Borges, en literatura, procedía como Bowie en música. Borges no era original en casi nada: recababa tramas de las mitologías nórdicas, medievales, latinas o árabes, agazapado frente a los anaqueles, declinando si lo contando era original o no. Una vez masticado y engullido, era suyo y solo mostraba una inapreciable ligazón con su origen. Bowie mastica y engulle a lo Borges, pero no se embelesa en las bibliotecas, no hurga en las runas, no concibe el mundo como el sueño de un dios caprichoso y rudimentario, sino un continuo diálogo con su tiempo. Bowie leyó a Kant, imaginamos. Borges no ha escuchado be bop. O al menos ninguno de una manera trascendente, no supo qué era el glam. En el fondo, creo que se hubieran llevado bien. De una forma inargumentable, alejada de las convenciones con las que la amistad suele despacharse, Borges y Bowie hubiesen encontrado una vía para discutir sobre el mundo y sobre lo que hay dentro, pero lo importante está afuera. Por eso Bowie miraba a las estrellas y Borges, menos inspirado en la mecánica celeste y en la sci-fi, recurre al alma, que es en sí misma un universo tan insondable como el que nos circunda y abruma. Y no conozco ningún Borges que verdaderamente no me guste, ninguno al que no le deba un poema o un cuento maravilloso. Acudo a él con veneración. Me responde siempre. Creo que no podría vivir del todo (este tipo de vida al menos) si por alguna circunstancia extraña tuviera que prescindir de sus libros. Tampoco me imagino cómo podría estar años sin escuchar algunas piezas de Bowie. En realidad uno vive a expensas de esos vicios. Los exhibe públicamente, como yo ahora, pero guardo lo más precioso, la verdadera naturaleza de esa adicción. De hecho no sabe ni cómo expresarla. No sabe ni a qué obedece y qué secreto rumor persigue. Esta noche voy a leer El hacedor con las arañas de Marte tocando de fondo. Será la primera vez. De verdad que últimamente hago cosas que hasta a mí me sorprenden. Será el verano, su esplendor y su aura.

16.7.18

No iré al cine nunca más


El propósito firme de no pisar un cine en una buena temporada o, caso de no ceder, en la hipótesis de que mi convicción no flaquee, no pisarlo nunca, crece en mi cabeza. No es algo que se decida a la ligera, ni que se disfrute, pero lo tengo tan claro como tuve ir deleitosa y convencidamente antaño, cuando el público era respetuoso y nada malograba esa comunión absoluta, idílica y sentimental como pocas entre la pantalla y quien se inclina a ella y lo contemplado cancelaba la realidad durante un buen par de horas. Ese trance amoroso no puede ser interrumpido de ninguna manera. No es admisible que la linterna de los móviles ilumine la oscuridad, ni que el crujir de las patatas en la bolsa, ni que alguien detrás o delante tuya comente lo que ve o lo que buenamente se le ocurra. Tampoco que sea uno el encargado de amonestar al infractor, oficio ingrato, poco deseable, pero que, al menos yo, he ejercido con la certeza de que es legítimo, moleste o no. Que el acomodador, uno de esas labores casi inexistentes, cumpla no es lo habitual: no cierra la puerta al iniciar el metraje, deja que la luz del pasillo distraiga. No quedan proteccionistas rigurosos: desatienden su trabajo, no saben si el volumen es el adecuado o si atruena en la sala. En casa, el cine lo administra uno, lo configura a placer, no permite que nada lo perturbe. Y sin embargo, a pesar de las bondades del cambio, qué pérdida más enorme, qué elección más atroz. Igual no he tenido suerte y no es ésta la norma. Ya es mala suerte, qué le vamos a hacer.   

El problema del cine es su desprestigio como entretenimiento noble, su conversión en entretenimiento bastardo, más comercial que artístico o, mejor expresado, más intereado en lo comercial que en lo artístico. No se sabe bien a qué va la gente al cine. Yo sé a qué voy. Muchos sabemos a qué vamos, y no coincide con la opinión popular, con la extendida. En clase, cuando pongo una película, educo en lo que puedo. Hago cumplir las normas que no se cumplen afuera, restauro lo perdido afuera. No sé el alcance de esa modesta pedagogía. Yo no fui instruido, a mí no se me instruyó en ese respeto. Tampoco veíamos cine en el colegio, en el aula, no era posible. Hubo (recuerdo) sesiones en sábados, en un salón de actos, por la mañana. Recuerdo las bobinas gigantescas y el proyector y la sensación (al salir) de plenitud. El colegio abría para que fuese al cine quien quisiera. Ver cine por la mañana, qué placer. No recuerdo ningún título de todas aquellas películas que vi. Recuerdo que no podías ir al sábado siguiente si no traías un resumen (un resumen, eso creo que era) de la que habías visto el sábado anterior. Tal vez ahí empezó todo. Es posible que ese fuese el principio. 

14.7.18

Elogio del verano

Lo estival evoca siempre la infancia. Se tiene del verano la idea de que la luz impregnaba los juegos y los hacía invulnerables al desaliento o al fracaso. Se juega para desanimar a la muerte. Eso lo aprende uno cuando no juega, cuando la edad transforma lo lúdico en otra cosa, en un avatar impostado, huérfano de inocencia, aliñado con imperativos bastardos. Recordar los veranos de la niñez es comprender de cuajo todo lo que hemos perdido al crecer, en el ingreso en la edad adulta, tan hermosa y tan comprometida, pero tan veloz. Antes era la lentitud, era la ausencia de velocidad, mejor expresado. Todo era verosímil entonces. Verosímil y fascinante. Está uno enamorado de la vida, sin que se tenga percepción de ese enamoramiento. Está uno limpio de errores, convencido de que no hay lugar al que llegar, día que franquear, mal que apartar, tedio que cancelar. Todo es maravillosamente efímero. Todo es paradójicamente perfecto. Da igual que a lo lejos asomen la experiencia, los amores imposibles y los reales, la tangibilidad de la carne y el triunfo exquisito del pecado.

Viene a galope el dolor de entender la vida o de no acabar de entenderla en absoluto. Viene el caos (bendito desorden) con su ejército de rutinas, con su blasonería de pecados y de culpa. En verano, cuando pequeños, no existe el pecado, ni la culpa. El verano es propicio a la nostalgia de la niñez más que ninguna otra estación. Debe ser el calor, que nos empuja a la calle, a invadir la calle y fundar en sus calles y en sus plazas el reino de la pureza y de la virtud. Somos puros y somos virtuosos cuando no sabemos qué es la pureza o qué la virtud.


La luz, plena y rotunda, hace que le demos la espalda a lo oscuro, como pensó Verlaine. La luz con el tiempo dentro, como quiso Juan Ramón Jiménez. El verano es promesa permanente, es la idílica permanencia del júbilo, es el claustro de la beneficencia completa. Después, al caer atropelladamente los años, reclama el adulto a ese niño todavía sin vulnerar, lo llama desde adentro, no sabemos si a satisfacción, a veces con ella, otras huidiza y arisca, como si no desease regresar y prefiriera (románticamente) seguir en el limbo del pasado, entronizada, a salvo del óxido del presente. El tiempo ignora lo que hacemos con él, no se deja invitar por lo que anhelamos, va a su aire liviano o espeso, nos viste o nos desnuda a su antojadizo capricho. El tiempo acalla sus heridas, las rebaja. Siempre irrumpe con fiereza, siempre nos ciega o nos ilumina. Pensar en el verano, en el trasiego de sus prodigios, es pensar en uno mismo. Porque el verano estimula la pereza y la endiosa, la colma de atenciones y también la sublima. No jugamos como antaño, no hay columpios, ni albercas, ni noches hechas amparo y dulzor, a resguardo del sol, aguardando que venza el sueño y prorrumpa con su fulgor el día, el día precursor y el día perfecto. No hay juguetes en un patio en la siesta, no hay abrazos con los amigos al terminar el juego, ni una hormiga muerta por nuestra desobediencia cívica, por el deseo infantil de ser dioses de la vida ajena, esa vida minúscula de hormiga elementalísima. Ahora no se nos ocurre matar hormigas. No es ninguna prioridad, no delata nuestra naturaleza festiva de dueños del mundo.

Vivir es asomarse al verano, aunque arrecie el frío, que es una república de lobos. Vivir es un festín estival, aunque ondee la bandera de las sombras. El asombro arrima verdad a lo vivido. El amor (su esencia, su semilla) precipita la luz, privilegia su deliciosa verdad.


Cafetería Nebraska, Córdoba.

13.7.18

Fútil

Por fortuna, nacen más palabras de las que mueren. Así se expande el idioma, hay más instrumentos para explicar la realidad, pero no están las suficientes. Quizá no acabemos de entender el mundo ni a nosotros mismos por no tenerlas todas. Es en lo que no decimos en donde reside el conocimiento completo. A mí se me ocurren cosas que no sé decir. Las formulo en mi cabeza y acabo por declinarlas. No me satisface la elección. Pienso en si habría otra que más enteramente me cuadre, si convendría callar en vez de expresarme a sabiendas de que no me he esmerado lo bastante. Pero por otra parte, en ese hilo interrumpido de las palabras, todo puede dicho con mayor propiedad y diligencia, siempre puede uno rebajar la exigencia y decir sin más, decir sin escoger a fondo, no esperar que nuestra apatía privada sea percibida y se nos evidencie. Se habla adrede, se airea lo pensado, se cancela el pudor.
Hoy, en una conversación casual, en un café, escuché a alguien usar la palabra “fútil”. Pronunciada incluso con su pompa fonética, la acentuación llana bien marcada, no pude por menos que prestar prudente atención. A salvo de delatarme, en la distancia, apunté “fútil” en las notas del móvil. Se acabará perdiendo. Engrosará la lista de palabras heridas, si no ya moribundas. Quedará para ser leída, no dicha. Lo hablado es lo que antes nace o muere. Se escribe con otro ritmo. Que recuerde, no he escrito nunca “fútil” hasta hoy. Tampoco la he dicho. No sé qué vocablo habré usado en su lugar. Carecerá de importancia. Ahora, solo, despachando una caña en una terraza granaína, esperando, busco en el periódico palabras que ya no se estilan, fútiles.

8.7.18

Un niño ruso en un patio de un colegio





"El odio es, de lejos, el placer más duradero. Los hombres aman a la carrera, pero odian sin prisa" 
Lord Byron

K. tiene a veces la ocurrencia de contarme qué ha soñado. Lo hace sin retraso, por miedo a que la realidad borre la ficción. Luego, una vez se ha explayado a su gusto, descansa. Se le ve feliz, sabe que no se perderá. Anoche soñó con un compañero de la infancia, soñó con J.J., un niño ruso incrustado en la España de los setenta, me ha dicho. "Es un sueño en el que ha estado a punto de pasar algo terrible, Emilio. Te lo voy a contar. Nunca he odiado. Nada hizo que yo recurriera al odio. Nada malo que me haya sucedido me ha llegado tan hondo como para alojarlo y dejar que madure ahí adentro. A lo sumo, he manifestado mi ira, la he verbalizado o la he convertido en un gesto o en varios. Debe ser raro que no haya nada que odiar. Tendría que probar. Igual el odio curte. De pequeño, es posible que odiara a J.J., del que no sé nada hace cuarenta años, tal vez. De haber podido, si se hubiesen dado otras circunstancias, lo hubiese odiado. Creo que es mejor odiar a alguien que cogerlo del cuello, zarandearlo y revolcarlo en el patio del colegio, sin que te importe estar a la vista de los maestros y de los compañeros y que tu madre acabe en un despacho para que se le informe del animal que tiene por hijo. De pequeño, fui un animal contemplativo. Porque no odié a J.J.: aún mereciéndolo, no lo hice. Que recuerde, me reprimía. El odio es como el amor. Lo dice Lord Byron. Tal vez incluso sea más duradero. Se ama o se odia atropelladamente. El hecho de que todavía me acuerde de J.J. le da la razón a Lord Byron, ahora que lo pienso. Habré olvidado a otros compañeros de clase, incluso a los amigos de entonces, con los que compartí juegos y confidencias, pero él perdura, ha logrado mantenerse a flote en el proceloso mar de la memoria. Está ahí, aunque no le haya echado el ojo durante mucho tiempo, pero ha bastado pensar en el odio y acudir él, como si pudiera retomar la trama de la infancia, la que no cerré, la que no convertí en una pelea seria en el patio o a la puerta del colegio. Permanece en la memoria porque no le rompí las gafas o porque él no me rompió las mías. Se olvida lo que se zanja, lo que se cierra. Hay libros que decides no continuar y afloran de vez en cuando en tu cabeza, parece que pidieran ser retomados y no continuar en ese limbo de las cosas inacabadas. A J.J. le pasa eso. Debí pegarle una buena tunda de palos o debí odiarlo sinceramente hasta que, llegado el momento, el odio se manifestara como he visto en otros muchas veces, pero uno no es así, por desgracia, creo que por desgracia, funciona de otra manera. O me educaron bien o mi voluntad, que rehúye tradicionalmente de los enfrentamientos, decidió no involucrarse, no bajar al campo de batalla, no romperle la cara a J.J. Es tan poderoso el odio que ni siquiera recuerdo lo que lo animó, qué hubo tan terrible que lograra activarlo. Por más que me esfuerce, no logro esculcar el daño causado, el que no fue derribado por los años y perduró secretamente, como una semilla oscura, como un deseo que no ha sido realizado. El odio es uno de esos deseos que nunca hemos cumplido. Es, de lejos, como dice el poeta romántico, el placer más duradero. Los otros se desvanecen, se degradan o incluso desaparecen abruptamente, pero el odio hace casa en el alma, la conquista y la hace suya, aunque no se exhiba mucho, ni se aprecie que mora en ella, larvado y a la espera. Lo bueno es que no tengo ni idea de cómo sería hoy en día J.J.. En mil novecientos setenta y tantos, J.J. era delgado y con cara de niño pobre de la extinta Unión Soviética. Me ha salido esto de la Unión Soviética por la Rusia del fútbol de anoche, que fue un ejercicio titánico de resistencia ante el enemigo, que no pudo desarmarlo sin el concurso trágico de la tanda de penaltis. J.J. era un niño ruso incrustado en la España de los setenta, un niño ruso en un patio de un colegio. Me pregunto si él habrá soñado alguna vez conmigo. Si ha fabulado la posibilidad de que yo lo tumbara a palos o siga pensando en él, maquinando el cierre de la afrenta que me hizo, igual fueron muchas, igual ninguna ha sanado. Hay cosas que uno no gobierna. La cabeza es un instrumento del mal, el corazón es un cazador solitario, que dijo otra en una novela que leí hace mucho tiempo"


adenda: en ese patio, que era un campo de fútbol reglamentario también, jugaron los tres, K., J.J. y un servidor. Al fondo se ve la pared y las escaleras construidas en ella para acceder al patio principal del colegio, en el que también jugábamos al fútbol. No sé ahora qué uso se le da. Hace tiempo que no me paso por allí, tampoco ha habido ocasión para que nadie me cuente. No recuerdo que nos visitaran obispos, pero no lo descarto.

7.7.18

Conversaciones

Hay conversaciones que no se empiezan por evitar otras. Hablar con los demás a veces se asemeja a una partida de ajedrez en la que uno busca un fin y habilita los instrumentos para abordarlo. Las palabras son piezas que se mueven. Las que dice quien escucha son piezas que confirman o modifican las nuestras.

Hay conversaciones que se ganan y otras que se pierden. Se nos ha educado a tal fin, al del anhelo de una victoria o de una derrota, no al sencillo juego de la convivencia, sin que intermedien los rigores de una batalla. Se teme que nos conozcan, nos guardamos más de la cuenta, somos reservados por naturaleza, guardamos bajo muchas llaves la propiedad de nuestra existencia. De ahí que hablemos con prudencia, sin mostrar todas las cartas, sospechando que el otro también procederá de idéntica manera.

Hay conversaciones absolutamente vacías, no conducen a ningún sitio, no tienen propósito, nacen sin sustancia, tan sólo merodean la realidad o la reducen a su expresión más sencilla, cuando no la más burda, pero es en ellas en donde reside la semilla, desde ella se expande la luz, lo que hace que todo permanezca y fluya. El vacío, en lo que se dice, no es siempre sinónimo de nulidad. Se puede preguntar a alguien por lo que hizo ayer, sin entrar en el detalle, sólo por ocupar el tiempo o por reivindicar cierta hegemonía, perdida a veces: la de la cantidad sobre la calidad. No todo lo dicho debe ser relevante, no es posible que todo lo que decimos tenga ese rango de trascendencia. Se cuenta lo primero que viene a la cabeza. No siempre sabemos ordenar las cosas, lo que se nos ocurre, la conversación que deseamos entablar. De vez en cuando se relata lo baladí, lo que no prospera en la memoria y se acaba arrumbando. Se explica qué desayunamos y cuándo, se explaya uno en decir el tiempo que hace que no sale a pasear o el excesivo que ha dedicado a ordenar un habitación en la que militaba a sus anchas el caos. Son las conversaciones sin metafísica, las que no tienen el afán de otras con más fuste. No se habla del corazón, no se le nombra, tan sólo se enumera el inventario de cosas que pueblan la realidad y se nombran terrazas de verano, pantalones cortos de verano, discos que escuchábamos a los dieciséis o personas que nos confesaron tal o cual debilidad.

Hay conversaciones casuales que avanzan a tientas, con titubeos, pero que acaban a lo grande. No hay un propósito, no existe la voluntad de hacer que trasciendan; ni siquiera, mientras ocurren, se dan en quienes la entablan la percepción de su brillantez. Entra en lo posible que tampoco se perciba cuando finalizan. Se dan de manera natural, se incorporan al aire o a la memoria sin fricción, no perturban, tan sólo suceden, como la luz cuando baña los objetos y dice de ellos lo que no está lo suficientemente a la vista.




5.7.18

Consideraciones muy de mañana sobre el verbo ser y las derivaciones ontológicas de su influencia semántica



No creo que haya otro verbo con más fuste que el verbo "ser". Gana sin empezar siquiera a exhibir sus facultades. Hasta su mera exhibición fonética amedrenta: ser. Se dice con sencillez y soltura, se puede recalcar el sonido final, la erre que lo cierra, pero no hay quien lo haya resuelto satisfactoriamente. Los otros verbos (cantar, dormir, escindir, compaginar, obnubilar, pongo por caso, los primeros que se me ocurren) no suscitan la misma hondura. Expresado en reflexivo incluso suena a equivocación: se es. Uno se esmera o se resbala o se duerme, pero cómo podemos entender bien la idea de serse, de permanecer en uno mismo o la de existir sin otra consideración que la matice. Porque ser (voy a borrar el entrecomillado) parece un asunto fácil. Ayer, sin ir más lejos, fui. Ahora, mientras escribo y espero la hora de desayunar algo, soy, y mañana, salvo desgracia, seré durante el transcurso del día. Hasta se es cuando el ser se permite un receso y duerme. Somos al soñar, somos cuando alguien nos nombra y no escuchamos lo que se dice de nosotros. Tiene ser dificultades que hasta ahora no he visto en los demás verbos con los que me manejo. Me acuerdo de Hegel y de mi instituto. Las palabras, incluso las menos indicadas a la nostalgia, producen viajes al pasado. Eso me está pasando con ser. Ha sido pensar en ese verbo y acordarme de mi profesor de Filosofía, Don Francisco. Qué amor le tenía a Hegel. Era grande ese amor y supo confiarnos esa adoración sin tributo en aquellas clases de sana espesura en la que este que suscribe empezó a pensar en Dios y a llevarlo por los bares como asunto de conversación después de jugar al billar o de empinarse cuatro cañas. Hegel (creo recordar) decía que nada se podía saber del ser. Está muy bien eso de escribir libros enteros sobre algo de lo que (de entrada) no se puede saber nada. La religión es un libro animado por un espíritu parecido. Se cuentan cosas de las que no existen certezas, no hay manera de que las haya. El ser es, en esencia, lo que no permite saberse. Si viniera Don Francisco me daría un abrazo. Era un hombre cariñoso. Entraba en clase, ponía un montón de libros sobre la mesa y empezaba a contarnos anécdotas sobre los filósofos. A mitad de ese recital novelístico, colaba unas cuantas ideas importantes y nosotros, inocentes, a pesar de la rebeldía propia de la edad, tragábamos de corazón y sentíamos que se nos estaba confiando un material sensible, un conocimiento válido para explorar el mundo y saber afrontar los rigores que nos aguardarían. Quitando a Hegel, no sé quién más habló del ser y de la nada (es posible que Sartre, me suena mucho Sartre) y de la esencia y de la dualidad del espíritu y de la carne. Con los años, uno aprende a dejar en reserva esos argumentos. No va por ahí con la metafísica bajo el brazo, aunque a veces entra en euforia y filosofa. Qué bonito es filosofar. Yo creo que todos somos filósofos. No importa que no se tenga conciencia de ese oficio, no es relevante que no sepamos qué más cosas dijo Sócrates, aparte del solo sé que no se nada, o Descartes, que iluminó al mundo con el pienso, luego existo (cogito, ergo sum, por si se me olvidan los latines de no usarlos). Quieren quitar la Filosofía de los planes de estudio, quieren dejarnos sin esa aventura maravillosa del pensar y del discurrir. Los gobiernos, que casi nunca se ponen en lugar de nadie, creen que el mundo no precisa metafísica. Si sale uno a la calle, si se fija en lo que ve, importan otras cosas, no la filosofía. Hay días enteros en los que no piensas en el ser y en el estar, en la razón por la cual estamos en este mundo o en el porqué del tiempo, que es el verdadero problema de la filosofía. Te acuestas y no te martirizas, prefieres conciliar el sueño plácidamente, piensas en lo bien que te lo has pasado con fulanito o en un primo tuyo a la que haces mucho que no ves o en cómo le irá al Real Madrid si la Juventus de Turín ficha a Cristiano Ronaldo. Por eso los gobiernos no abren mucho la mano en asuntos filosóficos. Es más, la cierran, no llegan a cerrarla del todo, pero se les ve tacaños. Prefieren ampliar el horario de religión en las escuelas, que es un sinsentido con la de cosas que hoy en día deben aprender los muchachos. No hay tiempo para todo, no se puede estirar más, acabará por partirse. Mientras que todas estas cosas suceden, nosotros seguimos siendo, permanecemos, duramos, anhelamos, abrazamos, dormimos, fornicamos, paseamos, masticamos, observamos, lloramos, sonreímos y el mundo sigue girando. A lo que no somos ajenos es al ser. El ser lo es todo, todo es ser, todo es de color, como cantaba Triana. Que tengan un buen día.

adenda: agradezco a María Fernanda Ferre la foto que abre el post.

4.7.18

Ritos



Se van perdiendo los ritos, los estamos guardando debajo de la cama o en un cajón o en un poco accesible rincón de la memoria, por si un día nos da por rescatarlos. El rito es el paisaje del sentimiento, el decorado que lo hace tangible. No basta con ver una película, me decía anoche Andrés: hace falta ir a verla, reproducir el acto físico de recorrer un trayecto de ida a la sala y otro de vuelta a casa, si es que al salir del cine vuelves a casa y no te quedas en la calle, buscando un bar en donde departir de la película. Así que tenemos dos ritos: el de salir de casa o el de ir al cine y el de hablar de la película en un bar, a ser posible en un bar, no en un parque público o andando por una avenida concurrida y ruidosa. Cuando uno desatiende los ritos, todo se abisma y se enfanga. Una vez se ha hecho firme la costumbre de proceder sin ellos, se aprecia sin disimulo ni flaqueza la debacle de  la belleza. Si alguna vez la sentimos cerca, si nos conmovió, ahí empieza el lento descenso a los tonos grises, al vacío. Se vive sin aprisionar lo vivido, se avanza sin que obren como suelen los milagros. Está el milagro perdido de ir a comprar el periódico, que no tiene nada que ver con el hecho gris de consultar la prensa en internet. Está el milagro perdido de ir a alquilar una película al videoclub, que no tiene nada que ver con el hecho gris de elegirla en una de esas plataformas maravillosas que nos surten desde el insondable pozo de ofertas de la red. Está el milagro de ir al cine, hablo del cine concebido como una sala grande o más o menos grande en la que se apagan las luces y se ilumina mágicamente una pantalla, que no tiene nada que ver con verla en casa en una pantalla grande con un potente homecinema o incluso no tiene tampoco nada que ver con el hecho de ir a alquilarla al videoclub, a pesar de lo que dijimos antes. Están esos milagros y están otros, siempre los milagros de la convocatoria de la ilusión, los que te hacen sentirte parte de algo, no el final casual de algo. No sabemos (nunca sabemos nada) qué hacer para recuperar el rito sacrificado. No sabemos (yo, en particular, menos que otros) sobre el modo en reconducir la forma de acceder a los instrumentos de la cultura o de la convivencia entre unos y otros o lo que buenamente se nos ocurra sobre cualquier cosa que nos suceda desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos y conciliamos el bendito sueño. En esa travesía, en la vigilia en la que ocurren las cosas, es en donde no ejercemos el cuidado de los rituales. Hasta en el amor al prójimo se están perdiendo. Se ama de prisa, no hay lentitud, no se demora el que ama en el regocijo de lo amado. No me refiero únicamente al amor que se tiene a otra persona (que también) sino al profesado a una actividad cualquiera, una de todas las que hacemos. Para que yo escuche un disco de jazz como a mí me gusta hace falta que esté sentado en el sofá de orejas de mi salita; el amplificador debe estar a un tercio del volumen, no más, por no saturar a la vecindad con mis vicios; debo tener algo en las manos que acompañe la audición: normalmente una novela (voy de la novela al disco o viceversa con absoluta fruición y tacto) o un periódico y, por último, para que la experiencia de escuchar un disco de jazz sea la deseada debo saber que no tendré nada que hacer (nada obligatorio) en la hora siguiente. Se deben conjuntar todas esas cosas para que yo disfrute de un disco de jazz como Dios manda. El de anoche, poco antes de irme a la cama, fue Monk's music, una de esas joyas del género que no se termina jamás de conocer del todo. Tampoco sabe uno qué opina Dios de estos vicios nuestros, los de adornar al vicio mismo y darle forma y esmerarse uno en ella. Mientras suceda así, no hay nada que temer. El mundo seguirá girando, el amor seguirá triunfando.

3.7.18

España



Hasta donde yo sé, por lo oído o por lo entrevisto, por lo leído o por lo entendido, no hay manera de que salgamos del marasmo sentimental de la patria, no hay forma de que unos y otros la sintamos propia al modo en que es propia la casa o la calle en que vivimos. Se es más de barrio o de ciudad, se es de Córdoba más que de Andalucía y, por supuesto, hay quien se postula andaluz o aragonés o catalán antes que español. La españolidad ha quedado en asunto pintoresco, en argumento literario. No sé bien qué hubo, algo tuvo que haber, para que se desmontara la idea de España, que estaba en proceso de montaje para algunos y montada, bien montada tal vez, para otros. Se ha contaminado la propia palabra que la explicita: España. Sólo la consideramos nuestra cuando hay un evento deportivo (fútbol las más de las veces) o cuando los desestabilizadores de la periferia la zahieren, la cogen a dos manos y la arrojan a los perros. Ahí, cuando la atacan, sacamos el fuego interno, el larvado; ahí nos declaramos españoles por la gracia de Dios y exhibimos la bandera en el balcón o el pin en la solapa. Lo que no hay es un término medio. Se puede amar el país en donde uno ha nacido sin que intermedie la tragedia. En los amores de las películas, en los melodramas, siempre sucumben los amantes. Cae uno o cae otros o incluso los dos. En el problema de España, como querían los noventayochistas, hace falta una pedagogía, un vademécum en el que se relaten los fármacos que precisa para que progrese como país igual que otros lo hacen pausada y casi imperceptiblemente. Yo, de entrada, no le tengo un fervor excesivo, tampoco la repudio, ni me duele, ni siquiera me preocupa. Podían haberme nacido italiano o de Mozambique, pero quiso el azar que mi madre me alumbrara cordobés y es ésa la marca que me fue impregnada. Viene el asunto a lo pronto que hemos dejado el Mundial de fútbol. Parece que se ha venido abajo el país entero. También, cuando ganábamos, parecía que el país entero se venía arriba. Ese abajo y ese arriba son idénticos en fanatismo. Se está muy abajo o se está muy arriba. El término medio nos queda lejos, no nos interesa, es cosa de otros, pero no de nosotros. Tal vez un alemán no sienta que nada suyo ha sido vulnerado cuando su selección fue apeada del torneo en la ronda preliminar. Ningún alemán (salvo los fanáticos, tendrá que haberlos) pensó que su país podía verse amenazado por la debacle en un deporte, aunque sea el bienamado fútbol. Aquí sí que importa, importa mucho la verdad. Volveremos a ser españoles, españoles de verdad, cuando arranque otra competición o cuando los catalanes (pongo por caso que sean otra vez los catalanes) retomen el argumento separatista y se empecinen en continuar hacia adelante muy a pesar de todos los muros que se levantan a su paso, para que no avancen, para que reculen. Ahí somos españoles por los cuatro costados, no antes, ni después. Me pregunto qué será ser español. Deseo una respuesta sencilla, que yo pueda entender; una que me ilumine las partes oscuras o las partes turbias; una que me haga mudar mi opinión o permanecer en la que tengo. Porque pasa con los países como con la religión: o se cree o no se cree. Tal vez las nacionalidades sean en el fondo religiones camufladas, convertidas en un apaño político o histórico o folclórico. El territorio, leí una vez, es el grado cero del paisaje, pero primero es el paisaje, primero son los árboles y los ríos, el campo que se extiende donde acaban las calles del pueblo. Puestos a amar, yo amo el paisaje, el que he visto siempre, con el que he crecido. Todo lo demás es un añadido interesado. Recuerdo eso de los ingleses de que allá donde deje el sombrero, ahí está mi casa. Es una hermosa reflexión, dice mucho, demuestra mucho. Ojalá España le hubiese metido cuatro a Rusia. Tres goles de Isco y uno de Ramos, en el minuto noventa y cuatro, para redondear la faena. España es un país de faenas. La liturgia importa más que el objeto ofrecido en ella. Somos más de iglesia que de Cristo y, por supuesto, somos de Isco por encima de todas las cosas, porque hay que tener un héroe, igual que los hubo en el ancestral y cochambroso pasado. Cuando hay héroes de por medio, se vive mejor, los héroes nos quitan un peso de encima, nos liberan de responsabilidades. En el fondo, si se me cuestiona mucho, soy más de España que de Rusia. Dicen que los nacionalismos se curan viajando, siempre lo he creído así, es la manera de que uno no se mire el ombligo sino que se fije en el ajeno. Los países son ombligos encantados de conocerse. Las banderas son todas de Hong-Kong, como decía en su tira El Roto hace unos años