16.9.14

Cincuenta baldas llenas de libros / Un apunte muy breve



Siempre me fascinó ese clase de voyeurismo que consiste en saber qué biblioteca tienen los amigos, qué nobleza tiene la madera de las baldas en donde confían que sus libros perduren, expuestos y lúbricos, conforme a qué criterios hacer que Cortázar esté a una altura accesible y, pongo por caso, ubicar a Chéjov en la más alta, no sé, lindando con el techo, como si fuese un pecado que corriese el aire. Entiendo que ninguno de los dos las habite y estén otros, de esa o de diferente hondura, capaces de conmover y de hacer amar, de sentir la belleza y de hacernos, en el fondo, mejores personas. La literatura es tan grande que no cabe en una vida. La costumbre de visitar una casa por primera vez y buscar de inmediato los libros que la pueblan no me ha abandonado. Cuando algo visita la mía, en cuanto puedo, suelo traerlo a la habitación en donde ahora escribo, en la que están los libros y los discos de la familia, puesto que se van mezclando al correr de los años los gustos de quienes vivimos bajo este techo. No hay mejor sitio para leer que aquel al que lo habitan los libros, ninguno para escribir tampoco. Recuerdo haber visitado bibliotecas solo para sacar mi cuaderno de anillas, uno de pasta gruesa siempre me vale, y dejarme invadir por Cheever, por Kafka, por Poe o por Machado, si no al tiempo, sí en fragmentos, convidándome a un vuelo puro, haciéndome sentir el invitado privilegiado de una hermandad ancestral, la de la literatura. La foto que Rafael García Maldonado dejó en su muro de Facebook, en donde está Adolfo Bioy Casares, a lo suyo, y su mujer, la también escritora Silvina Ocampo, un poco de posado, como si no contara, es la quintaesencia de la biblioteca doméstica. Solo echo en falta un buen equipo de música y un ordenador. No sé si estas injerencias electrónicas malograran el ambiente idílico o, por el contrario, harán que el esplendor sea más intenso. Hay días en que la música me lleva mientras escribo, días de Bach o de Keith Jarrett o de Miles Davis, pero es la memoria, como un palimpsesto grande, la que va incorporando el relato de las cosas, el modo en que suceden, el hilo que las une.

13.9.14

Las moscas no tienen gramática

Tenemos una invasión de moscas que me ha hecho pensar en el orden del cosmos. La mosca, incluso la menos invasiva, la que ocupa una periferia admisible, incordia al punto de que descrees de que el mundo esté bien hecho y haya una inteligencia detrás, un demiurgo sostenible, una especie de daimon casi sindicalista, al que se le encomienda la tarea de contarnos la trama invisible de las cosas, la textura de la realidad, las junturas del tiempo y del espacio. Odio las moscas como otros odian que Falete suene en Canal Fiesta Radio. Hablo de un odio inargumentable, que es como funciona de verdad el odio. El amor planea por la realidad como Dios planea por sus nubes, pero no sabemos entender a Dios. Ni a Dios ni a los jodidas moscas que ahora mismo, justo en este instante, se paran en la pantalla del ipad, conquistan la interfaz misma, colonizan el espacio narrativo de la aplicación que me permite manifestarme. La mosca pertinaz, la otra mosca, la mosca yanki, la que cree que su casa es el mundo entero, malogra la bondad misma del cosmos, ya digo. Hace que uno se irrite, prorrumpa en maldiciones que no había puesto antes en su boca, se convierta en un alucinado, en una criatura maligna, preñada de mal, consciente de que un cáncer con alas está corrompiendo el ánimo, la felicidad ilusoria, pero durable, de que uno es, en el fondo, un ser jovial, de poco afecto al conflicto, más o menos equilibrado, dotado de una armonía ganada con los años, edificada a través de lecturas, películas, conversaciones de bar y cariños de los que lo aman. Ahora mismo una mosca de las que hablo ha hecho residencia en una línea de texto igual que nosotros hacemos residencia en los libros o en una cama de hotel. Lo imperfecto del mundo se revela en estas pequeñas indisposiciones de orden doméstico. Luego está mi sensibilidad, que es lo único de lo que dispongo para entender el mundo. Mi irritación actual no la compensa ninguno de los recursos a los que suelo acudir. Quizá, en todo caso, la escritura, que es una vía para extraer el mal de adentro y dejarse crucificar por la limpieza de la gramática. Las moscas, las putas, no tienen gramática. Es lo que tiene un fin de semana, fantástico, por otro lado, en mitad de la naturaleza. 



10.9.14

Los dioses vietnamitas







Una de las ventajas de tener un amigo imaginario es la posibilidad de no estar solo nunca. Hay quien no soporta la soledad. De hecho es la soledad la que hace que el mundo no gire en armonía. Todas las guerras del mundo provienen de la soledad de quienes las batallan. Si uno acepta estar solo, no anda maquinando maldades. Un amigo fabricado dentro de la propia cabeza es más fiable que uno que pulula afuera, sin que se le tenga a mano cuando se le precisa, sin que esté a poco que lo busquemos. El amigo imaginario abastece a quien lo urde de un inagotable banco de recursos lúdicos. Yo misma tengo una y jugamos a una enorme variedad de juegos. El que más nos gusta es el de asomarnos al borde de la alberca de mi tía (o debo decir de nuestra tía, porque hay veces en que más que un amigo lo siento como un verdadero hermano)  y ver reflejada en el agua, turbia a veces, gris tirando a un verde pastoso, la imagen de nuestros trajes de domingo. Si mamá me hacía unas coletas, no veía un par. Si movía las manos arriba y abajo, son cuatro las manos que hacían ondas en el agua. Hemos jugado a eso durante muchos veranos. Eran juegos fabulosos que se extendían tardes enteras y nos conducían, extenuadas, al sueño. Lo que soñábamos era una continuación de la vigilia. Al despertar, nos contábamos el contenido de esa fantasía involuntaria. Yo imaginaba caballos persiguiendo un tren y mi doble imaginaba un tren encimando unos caballos. Hasta que no fui adolescente, no revelé a nadie que tenía una compañía imaginaria. Fue un novio que me eché en una fiesta de fin de curso. En cuanto, en los lentos, me asía del talle, le susurraba al oído que a mi amiga imaginaria le incomodaban esas libertades, pero que a mí no. 

Sigue en Barra Libre.

9.9.14

El frío / Redux




A M., que me contó una de estas historias en un bar de San Fernando hace más de veinticinco años


En la literatura rusa de los trenes que descarrilan en el invierno y las penurias de los escritores jóvenes a los que hieren el amor y los naipes es en donde hace frío de verdad. En todos esos cuentos del proletariado andrajoso que exhiben, ufanos, heroínas de cintura de avispa y mohín en la boca. Uno coge al azar uno de esos libros maravillosos, tachonados de las ricas peripecias que sufre el alma, y se le hielan las manos. Con solo leer el título, se aprecia el frío escalando la espalda como una lagartija salvaje. Hay libros que están construidos bajo la mirada del frío. El autor está aterido, el aire está rizado de frío, el mismo pensamiento adquiere la carnalidad precisa y tirita. Hay noches de invierno en las que saco un pie de la cama y lo muevo arriba y abajo. Dejo que el aire lo invada y lo retuerza y después lo meto dentro, al cobijo de las mantas, protegido por el calor primordial. A poco que se ha recuperado, lo vuelvo a sacar. Ando así algunas noches de invierno, ya digo. Por la mañana, al andar, percibo que el pie que he hecho sufrir de noche, poniéndole a la intemperie gélida del aire de mi habitación de pobre estricto, está más alegre, anda con más garbo, se queja a su manera de que el otro, el protegido, no le siga, exhiba esa pereza de pie rico, convidado de afectos, hecho a que la sangre lo recorra con entusiasmo mientras yo sueño con una vida más cálida. Son solo sueños, me digo al despertar. El frío es el que me conmueve de verdad. 

Igual que los ríos van a parar a la mar que es el morir, el frío carece de trayectoria, el frío prescinde del volumen. El frío es un invento de los poetas románticos o un capricho de algún dios juguetón y rudimentario, confinado a su retiro maximalista, impartiendo su cátedra homicida, su cuchillo de palabra. El frío es un vértigo en la sangre. El frío es el que hace que el mundo gire. No es el amor, como quería Dante a decir en la boca de su Beatriz. Ni el jazz de Grant Green que ahora suena en mis jbl pequeñitos de sobremesa. Hay cosas que solo se perciben si se han vivido con verdadera rudeza. Si alguien no ha sentido el frío, el frío severo, no comprenderá que el mundo entero sea una extensión fiable del frío. El calor es justamente la ausencia de frío, pero no es nada en particular, nada tangible, nada que pueda medirse. Me da igual que haya termómetros o que las piras funerarias sacrifiquen bárbaramente a los ingenuos y a los rebeldes. El frío es la medida de todas las cosas. El frío es un vértigo de la sangre. 


El frío sucede siempre en el interior. Existe porque desciendo a mi adentro y me encuentro solo. El frío es una república de lobos. Mi palabra es una bandera sin público. Me explica el frío a cada palabra que callo. Escucho el frío abriéndose paso en la carne, comiéndose sílabas de las palabras que pronuncio, malogrando el amor promiscuo, haciendo que el amor verdadero estalle en el interior, incurriendo en deslices que no le son propios, invariablemente haciendo que todos los que lo sienten piensen en él y no puedan pensar en ningún otro asunto. 


Cae la tarde sobre Lucena y pienso en Napoleón invadiendo la estepa rusa. Sumergí mi corazón en una solución poética y vi escorpiones de luz abrirse paso a través de la sangre. Es la hora más extraña del día. Cae la tarde con el pasmo de los hipopótamos cuando se sienten solos en el mundo y buscan la sombra para soñar una eternidad de barro lúcido y de sol como espuma. El frío hace que me sienta hospitalario con mi rareza. Soy un criatura del frío. Me acomodo en su lengua de fiebre y busco en la memoria las palabras que me consuelen. Al final todo es un discurso sobre las posibilidades de superar el frío. Napoléon entra en Lucena a media tarde. Plaza Nueva. El Coso. Antonio Eulate. Se pare en el semáforo. Mira a un lado. A otro. Napoléon no quiere que nadie le reconozca. Entra en una iglesia que tiene justo enfrente y se arrodilla delante de una imagen muy hermosa. No la reconoce. Ni siquiera la mira con atención. Le basta el rezo. Yo te pido, oh Dios mío, que me saques el frío de adentro. Que se quede allá en la estepa. Que me abandone. Que lo venza mi voluntad y tu gracia. 


Siento ásperas las manos y un arpón me ocupa el pecho. Tengo fiebre y me duele el frío que ahora mismo está galopando el mundo.


Es posible que Dios, allá en su unidad indivisible y enciclopédica, hiciera el frío en un mal día. No hay razón que lo explique. No tenemos quien venga y nos lo razone con palabras justas y con argumentos serenos. El frío es una de esas cosas que Dios pudo habernos ahorrado. En lugar del frío, Dios pudo haber pensando en estaciones eternamente disfrutables, en el edén en el que algunos sitúan el idilio del hombre consigo mismo y con sus mitos. Pero Dios no ha estado al raso porque en su naturaleza no existe la conmoción molecular ni la sed yendo y viniendo por la boca. De Dios sabemos estas cosas y hay más de lo que sabemos absolutamente nada. El frío fue un mal día, un accidente en su bosquejo del mundo, un sincero atropello al confort de sus criaturas en la bendita tierra. Salgamos hoy a la calle, miremos al infinito azul del cielo y hablemos a Dios con desparpajo: teniendo tanto tiempo, cómo pudiste hacer las cosas tan rápido. Pero es bueno saber que no habrá respuesta. Y es mejor que no la haya. Se empozoña la fe si se observa en detalle su condición de magia. Dios, en su infinita gracia, quiso que el frío ganase todas las batallas. Incluso la del fuego. No hay mejor arma que la del frío. La literatura entera, incluso la más ardorosa, empieza desde una idea primaria del frío, y luego crece, se embravece, se encabrita, exhibe su pomposa hombría de alambre muy duro y canta en el aire percutido de la noche. 


Velar porque el frío persista. Saber del frío y de la música con la que contribuye al orden del cosmos. El cielo se desploma con dulzura de parto. El lobo no sabe que es lobo. La luna que es luna. Pero el frío se obstina en ser frío y se reproduce con impredecible fiereza por las avenidas de la noche. Se gusta en su papel estelar de dios invisible. Los diioses subalternos como la lluvia o el frío penetrando el hueso del hombre. Invadiendo la parte dura del hombre blando que sigue en pie, asombrado, feligrés de su ignorancia. 


El frío es Marcelo atravesando a zancadas la banda izquierda de un estadio ruso en un miércoles de champions league de hace un par de años. Mi hijo, embutido en su batín de casa, arrebujadito en el sillón de orejas, comido de padre y de brasero, me lo dijo sin titubeos: cómo pueden corrar sin que se les paren las piernas. Ahora pienso en Marcelo por la hierba invisible rusa. Todos los campos de fútbol de la rusia imaginaria poseen un marcelo que la galopa, salvando obstáculos rusos, acercándose a la meta del glorioso lev yashin, aquella araña negra, calculadora, fría. 

Adoro el frío victoriano. Su planta alta de anaqueles invadidos de tragedias griegas y de retórica frívola. Su fuego degollando el aire. Su whisky de malta historiado en la mano izquierda mientras la derecha acaricia el pelo dócil de un golden retriever. Afuera la vida es un enigma insoportable y yo desmadejo alejandrinos mientras la filarmónica de berlin ataca el cuarto movimiento de la sinfonía número cinco en do sostenido de Gustav Mahler. 


Pienso en la debilidad de la lírica y la urgencia del frío. En cómo la luz se acomoda en el aire y lo vicia. En el ejército invisible. En la explosión interior que jamás vemos. En todo lo que se abre paso y nunca sabemos. En mi pie izquierda asomándose al aire pobre de mi habitación. En el texto surcando el limbo binario de la noche. En todos los segundos hijos del mundo, precisamente ellos, cruzando el Peloponeso en una gélida noche de enero. 


Mándame un sueño. Uno que prescinda del frío de otros. Que sea un ladrón y me libere del miedo.

8.9.14

Una conversación con K.

K. me preguntó anoche si hoy escribiría sobre la vuelta a las clases, si escribiría sobre el final del verano o si no escribiría nada. No escribir nada es una forma de escribir también, le contesté. Uno escribe un texto vacío que es como eliminar todos los textos inútiles, los que no te satisfacen, y dejar uno que, al final, también merece la censura. Habrá por ahí un cuadernoen el que cada escritor va escribiendo (o no escribiendo) sus mejores textos. Son los buenos de verdad porque han sufrido la criba más minuciosa. Un texto sin texto no es un texto, una palabra que no se dice no llega a la categoría de palabra, un beso que no es tal beso, me dice K., intrigado por la inclinación fantástica de mi respuesta. Es una especie de texto alternativo que no ha acabado de imponerse a la realidad y espera (o no espera) que se le dé un rango más cabal, de más asiento en el mundo de lo físico. Todos los lectores, a su modo, tienen en la cabeza textos invisibles, textos que no existen, textos que ningún escritor hizo para ellos, pero que se reproducen en su cabeza. Quizá todos los escritores son lectores de ese tipo. Uno va escribiendo (como yo ahora), pero solo va registrando las palabras que escucha en su interior, el texto que zumba en su cabeza. Todos la literatura es un heroico acto de transcripción, K. Los escritores, más que escritores, somos escribas, amanuenses, abnegadas máquinas que vuelcan palabras, puntos, comas, frases, puntos y aparte. Entonces, me revela K., como si fuese una epifanía asombrosa, la realidad que vivimos no es tal tampoco. Quizá estamos en una realidad que está imaginando otro y a lo único a que podemos aspirar es a comprenderlo, pero no es posible escabullirse, salirse de esa trama, solicitar que se nos extraiga y se nos incorpore a la realidad verdadera, si es que hay alguna realidad que tenga más veracidad que las otras. Es que no sabemos nada, Emilio, me dice. No tenemos certezas perdurables: tenemos cierta conciencia, comprendemos ciertas cosas, pero en el fondo todo es frágil, de una fragilidad muy orgánica, eso sí, muy tangible y a veces incluso muy científica, pero todo es una figuración. La religión es un trasunto de la literatura. Pensar en Dios es también pensar en un autor omnisciente, en un escritor absoluto, uno que no escatima personajes y entrelaza tramas y cierra, sin que lo ordene la razón, cualquier ramificación de la historia, sin importarle a quien afecta. La muerte es la coartada, podríamos decir, Emilio. Con lo que hoy no escribiré sobre la vuelta a las clases - en general ha sido una mañana intensa, caótica, preñada de vértigos y de emboscadas burocráticas- ni sobre el final del verano - que está siendo de un fresco anormal- sino que haré un no-texto, que es en el fondo lo que estoy aquí dejando. Ahora, si me perdonan, dejo la plantilla de blogger, publico lo escrito y me voy a la mesa del almuerzo. Creo que hoy toca carrillada como plato principal. Me sirvo una cruzcampo para ir abriendo boca. 

6.9.14

En un baile de perros


Hay algo de halago en el hecho de que no le caigas bien a alguien. Lo hablé precisamente anoche. Siempre hay por ahí alguien que no te traga, al que no gustas,  que prefiere no saber de ti o al que incluso le encantaría saber que te va mal, que la desgracia se te ha echado encima y andas triste por la calle, sin que te asista la alegría de antaño, en fin. Es un halago que no todo el mundo tenga de ti una opinión favorable. De tenerla, fallaría algo, como deja caer mi amigo Joselu, que es un librepensador, un señor que le da muchas vueltas a la cabeza y va registrando todo lo que buenamente va saliendo de esas cogitaciones. La idea de que gustes, no ya de que tengas amigos o que alguien te ame de verdad, digo el hecho de que los demás reparen en ti y aprecien lo que haces o lo que dices siempre me ha parecido enormemente atractiva. He conocido gente con un encanto fabuloso, que han conquistado el lugar en el que estaban, haciendo que todo girase alrededor suya, representando una especie de función muy natural de teatro en la que los otros eran espectadores y, en ocasiones, participantes de la trama. Alguno de ellos, al que considero un hermano, posee la facultad de caer extraordinariamente bien o de, si se lo propone, no caer bien en absoluto. Admiro ese milagro de los afectos inmediatos que yo, en lo que entiendo, practico a veces y que no siempre resulta oportuno. Mi abuela lo decía de otro modo: hay que ver cómo te gusta llamar la atención. Uno se ve desde fuera como si yo no fuese de su propiedad. Se contempla al modo en que contempla a los que lo rodean.  Lo cantaba Auserón en la mejor Radio Futura: Deja ya de intentar caer bien a todo aquel que se ponga delante, pues quizá todo el mundo a la vez va a cambiar de opinión contra ti. Lo digo de memoria. Puede faltar algo. 

Paganos, en el fondo




No me incumbe. Lo primero que he pensado al ver la fotografía del obispo Cañizares es que no es algo que me afecte, nada que conduzca o deje de conducir mi vida. Después he caído en la cuenta de que es posible que sí sea de mi incumbencia. Lo es porque uno está en el mundo y nada que sucede dentro suya me es ajeno, como dijo Donne, el poeta inglés del doblar de las campanas.  Luego está la fascinación, un poco perversa, lo admito, que ejerce sobre mí la pompa de la curia, toda esa dolorosa estética con la que se adornan las iglesias y los libros de salmos. No hay forma de no sentirse nombrado cuando los teólogos cuentan el principio del mundo y razonan, a su poética manera, el inevitable giro escatológico al que está abocado en estos convulsos días. Siempre que escucho hablar de Dios y de sus nubes, del paraíso y del pecado, presto la mayor de las atenciones. Reconozco que es una atención neutra, de poco o nulo afecto sentimental por lo escuchado, pero soberbia en cuanto a riqueza intelectual, magnífica para ser usada en una terraza de verano, con los amigos, bien convidado de licores. En eso, me siento afortunado. Poseo tres o cuatro amigos con los que no comparto nada sacramental, pero nos profesamos el respeto suficiente para ir y venir por la mística y salir y entrar por los templos y por las tabernas. Soy un pagano bendecido por la fe al modo en que he visto creyentes pecaminosamente heridos por lo pagano. Al final todos andamos en la misma cuerda, paseamos los mismos jardínes y terminamos hundiendo los pies en el mismo maravilloso (a veces) barro. Pero aquí, en Cañizares convertido en un rey francés del siglo XVII, no hay barro y, de haberlo, no es ninguno del pueblo llano. No hay nada llano en el posado del obispo. Hay altivez, hay opulencia. Está ahí, el obispo rico, rodeado de sus lacayos más cercanos, mirando al mundo desde un lugar al que no es posible acceder. Como si la ventana desde la que observase no fuera de este mundo. En realidad no lo es. La fe, para ejercerse con hondura, requiere una extraterrenidad. Uno podría creer en algún Dios que hubiese creado el mundo y anduviese por ahí arriba, desatento al rumbo que va tomando, pero no es fácil entrar por este aro, penetrar en la religión que nos vende Cañizares en este final de verano. Si hay otra, que es cosa de escuchar a los que la profesan, quizá no esté bien que esté representada por esta poderosa imagen. Porque es poder lo que transmite. El poder que siempre rondó a los poderes eclesiásticos, de los que se valieron para que la cristiandad haya sobrevivido a dos milenios de guerras. 

La fe no tiene nada de siniestro o tiene la misma cantidad que la vida, pero la ceremonia de la fe, lo que se construye alrededor suya, hace pensar que lo siniestro anda por ahí debajo, pugnando por liberarse. La culpa no es del ojo que mira sino de lo que el ojo observa, Sea uno feligrés militante, creyente escaso o descreído total, acaba comprendiendo cuáles son los males que afectan a la Iglesia y encuentra el lugar exacto en donde se alojan. Y no es que a uno le duela que estos personajes se invistan de oropeles, saquen los terciopelos, los bordados y presuman de la pompa de antaño. No me incumbe, no me afecta, no es de las cosas que me roban el sueño. Solo me siento y escribo. Dejo aquí la constatación de que son gente lista éstos de los ropajes caros. No pueden dejar de serlo. Viven entre libros, se cultivan a diario en el reposo limpio de sus seminarios. La otra iglesia, la que milita en las calles y sale a los refugios de los parias del mundo y los adecenta y les asiste en afectos y en víveres no es la que uno percibe en la fotografía de marras. No es posible que lo sea. Esa otra iglesia, de la que sé por gente que la vive, a la que se le debe agradecimiento, no debe tener nada que ver con esta otra. Pero insisto en que soy un ignorante, un descreído que mira las cosas y les busca siempre un sentido o una falta de sentido. Hoy ha tocado lo segundo. Con los de las sotanas suele pasar precisamente eso. Si hay un cielo que ande esperándome, no creo que este arrebato mío de sábado, y tantos otros de antes y otros del futuro que no ha llegado, me arrebate mi lugar, mi derecha del Padre, mi espléndido paraíso en la eternidad. Mientras tanto, qué excéntricos, qué poco asequibles, qué listos son todos. Qué ingenuo uno.

5.9.14

El cerdo feliz


No sé qué se necesita para ser feliz. Ni siquiera poseo una idea leve, transportable, de fácil asiento en la cabeza. Todo lo que uno puede saber sobre la felicidad no suele servir para que otros la disfruten. La que yo siento escuchando Kind of blue, el antológico disco de Miles Davis, nunca lo he visto en el rostro de quienes han compartido conmigo la experiencia de meter el cedé en la bandeja y darle al play del reproductor, pero tampoco quiere eso decir mucho. De hecho hablo sin saber, que es muy mío, apenas consciente de que los demás, a su secreto modo, viven la felicidad con la intensidad que yo a veces no percibo en ellos. Anoche vi a un hombre, en la esquina de mi calle, contemplar las evoluciones de un gato. Juro que le prestaba una atención máxima. Era un espectáculo el hombre de la esquina, un hombre mayor que suelo ver merodeando el bar que principia mi calle. El gato no tenía importancia alguna. Podía haber sido el vuelo de una golondrina o un muchacho dándole patadas a un balón. Hay quien siente el placer y no lo manifiesta, una especie de placer privado y compartimentado,  inaudible casi, como si lo reprimiese y, contenido adentro, lo disfrutara con mayor firmeza. Lo que me fascina de esta fotografía, cuyo autor desconozco, es la felicidad que transpira, toda esa rudimentaria evidencia de que podemos convivir en este mundo sin tener que hacer lo que hacen los otros, sin acabar ejecutando ceremonias ajenas, simplemente dejándose llevar por algún volunto inargumentable, imposible de vestir con palabras. No sabemos qué piensa el cerdo. Ojalá pudiéramos. De verdad que aprenderíamos algo. Ahora me retiro a mis cuarteles del sueño. Juro ahora que el día ha sido de una intensidad maravillosa y a veces insoportable. Los días, en ocasiones, nos abrazan tan animadamente que acaban por molirnos. Ahora mismo estoy un poco molido. Escribir sirve para conciliar el sueño. Cierro. Buenas noches. Voy a ver por ahí si España le ha ganado a Francia. Me da que no habrá levantado cabeza. Son malos tiempos para sacar banderas a los balcones. 

2.9.14

Stibert 708



Hay partes de uno mismo que no están disponibles. De hecho, no lo están para nadie; ni siquiera para quien las posee, para el que las tiene a recaudo, en alguna inconcebible balda de la memoria, una oculta en exceso, a la que no se accede a posta. Solo podemos llegar si algo espolea el recuerdo, si una chispa prende el conducto que comunica la realidad, el hoy contundente, con el pasado, que es una especie de ayer evanescente. En mi casa, en los setenta, teníamos este modelo de tocadiscos: un Stibert 708. Creo que era el aparato favorito de la familia después de la televisión. Todos aceptamos que es muy difícil desbancar a la televisión como el centro absoluto de todas las actividades domésticas. El Stibert reproducía básicamente copla. Concha Piquer, Imperio Argentina, Marifé de Triana, Manolo Escobar o Carmen Sevilla, la música que escuchaban mis padres, gastaban la aguja de zafiro del Stibert. Recuerdo algo de zarzuela, boleros o hasta alguna cosa orquestal tipo Ray Conniff. No creo que yo llegase a apreciarlo como ahora lo hago, pero aprendí a poner los discos y a quitarlos, a sacarlos de su funda y a retornarlos a su casa limpia y accesible. A poco de que yo empezara a amar los discos, los vinilos rutilantes, las portadas esplendorosas, toda la documentación limpia que se tutelaba en su interior, comencé a mirar de otro modo el Stibert. Pensaba (razono ahora) que no era importante que su sonido no fuese idílico y yo, entonces, no era el exigente audiófilo que ahora soy. En cierto modo importaba la restitución de la música, con independencia de que sonase de manera brillante (no era así, por supuesto) o lamentable. Y Miles Davis, un disco comprado en el bendito mercado de discos de segunda mano de La Corredera, en Córdoba, me abrió un mundo en el que sigo viviendo. Los tocadiscos han cambiado y, con el tiempo, incluso desaparecieron, desgraciadamente. Todo se conduce ahora por otras vías, todo se deja querer por cachivaches muy modernos, que te permiten escuchar lo que te apetece allá donde te apetece, sin que intermedie un objeto físico que contenga las pistas. Todo está en la nube o en archivos rociados por un disco duro. Y sí, ahora todo suena increíblemente bien, pero hemos perdido mucho. El ahínco o la obstinación incluso con la que he ido montando mi equipo en casa (Marantz, Bowers and Wilkins, Harman Kardon. Infinity) no le resta valor al pasado, que fue una evidencia necesaria de lo que estaba por venir. No sé qué disco de Davis sonaba a ratos en el Stibert. No era entonces el jazz el género al que dispenso hoy tantas atenciones y el que me procura tanto placer, pero empecé a sospechar que la trompeta ensordinada de aquel hombre negro de la portada de mirada muy hosca podía transportarme a un lugar distinto. Ahí ando. Varios miles de cedés después, habiendo probado tres o cuatro equipos distintos (Sony, Kenwood, Onkyo...) hasta hacerme con el defintivo, ahí ando. Mi padre tiene la culpa de todo esto. 

1.9.14

En un reino junto al mar




It was many and many a year ago,
   In a kingdom by the sea

E.A.P.

No tiene importancia ninguna. De hecho no se la encontrado conforme he ido pensando en las razones que hay para que uno se despierte pensando en tal o cual cosa, en la Annabel Lee de Poe, en la cara retorcida de Rouco Varela o en un tren que va hacia el norte. Igual todo depende del sueño que acabas de tener. Los sueños son los que te ponen los pies en el sueño, una vez despiertas. Mejor haber soñado con Poe que en el mitrado episcopal. Los trenes me siguen pareciendo fascinantes. No hay nada como los trenes para pensar en una historia o para invertársela. Los sueños, a su modo, son trenes que no salen de ningún lugar y no terminan tampoco en ninguno. Esta noche volveré a perderme en los sueños. En ocasiones, cuando principia el día, pienso en qué vi, con quién compartí el delirio. Suelo viajar solo. En esas excursiones, prefiere uno no llevar compañía. Estaría bien poder elegir, de antemano, quién será el que nos lleve la mano o a quién llevar nosotros. Buenas noches. Mañana empieza el trabajo. O quizá nunca ha dejado de empezar a diario. 
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