17.4.14

Trabajos de amor invisibles




La realidad confirma a veces a la ficción, la dota de la veracidad sobre la que manejarnos en ella, la confirma como un instrumento fiable. Sostiene K. que no hay realidad sino trazos de ficción, madejas consistentes de acontecimientos que creemos reales, pero que solo son fabulaciones, historias que operan al modo en que lo hace la literatura. La vida es una novela, una que excede toda posibilidad de ser acotada, que pugna por zafarse de lo previsible, aliándose con el azar, fluyendo con él, consintiendo que sea el azar el que la escriba. K. se fuma un cigarrillo, prepara un café de jueves santo, recuerda el maravilloso gol de Bale anoche y me confiesa que ha renunciado a entender nada, que solo le vale Bale, la epifanía de ese festejo frívolo cuando barre el costado izquierdo del campo, deja atrás a Bartra y mete el balón entre los tres palos. Todo lo que hoy cuenta es ese prodigio atlético. La novela ha sufrido una interpolación lúdica, irrelevante, pero la trama de fondo se ha limpiado de pronto, el dolor de la existencia ha rebajado su metafísica gris a niveles ínfimos. Sin metafísica se vive mejor. Bale la retiró anoche, la condujo a un aparte sin trascendencia. K. se prepara otro café. Cápsulas expreso. Sin mucha artesanía, sin rito. Hemos perdido hasta el arte de preparar una cafetera y esperar que el líquido se decante. En cierto modo, creo en lo banal, en la idea de que uno formule su lugar en el mundo según criterios estrictamente íntimos, poco o nada argumentables. Uno sigue escribiendo, creyendo en la obligación de escribir, cobijado en la escritura, como si la novela de lo real precisase de mis interpolaciones, sin caer en la cuenta de que todo este trabajo de amor invisible al mundo tenga un fruto.

16.4.14

Vicios estabulados



A mi amigo K. le fascina el coleccionismo. En esa conquista pausada y casi piadosa de objetos, el tiempo transcurre de otra manera, suele decir. Hay quien no percibe que al final el vicio acaba por devorar al enviciado o, dicho de otra manera, que no hay colección que termine por satisfacer enteramente y que siempre se desea un añadido más, como si fuesen días a la cuenta y se anhelase uno más hoy y otro, entregado en las mismas condiciones, mañana. Hace poco me deshice de una colección de revistas de cine que fui comprando mensualmente desde 1991. Llegué a la conclusión de que le dedicaba más tiempo a ordenarlas y a quitarles el polvo que a husmear en ellas, perdiéndome (como solía) en sus crónicas, en sus críticas, en sus reportajes. A mi pereza doméstica se añadía el hecho de que no cabían en casa. No había sitio físico en donde seguir alojándolas. Pensé en un escritor de éxito, creo que Javier Marías. Una vez dijo que tenía un piso en Madrid consagrado al almacenaje de baldas y baldas reventonas de libros. Libros en el suelo, compilados en montones, decía. Libros en maletas, sin abrir todavía. Entiendo esa voracidad, ese placer elemental consistente en sentirse dios caprichoso y rudimentario de un cosmos creado a imagen de los vicios que nos ocupan. A K. le dije que la colección de discos de jazz no la voy a separar nunca de mí. Ni las películas. Ni los libros. Me miró como si acabase de sentir un alivio enorme. Un disco mío de Stephane Grappelli con Joe Venuti (Venupelli blues) me sobrevivirá. Pienso en todas los objetos que durarán más que yo, que otros tendrán que limpiar o realojar en baldas nuevas o en las mismas, huérfanas de dueño. No sabe uno si tiene derecho a dejar esa herencia infame, todos esos miles de libros, de discos, de películas. ¿Habrá quien los lea, quien los escuche, quien las vea? No es cosa nuestra, no debe serlo, no lo es en absoluto y, sin embargo...



15.4.14

Dejando correr el río



El otro día me paró un voluntario de la congregación evangelista. Me invitaba a una celebración de la fe. Con los años, gana uno en prudencia, aunque bien estaría perder de vez en cuando. No era éste el caso en el que debiera yo explayarme, prestarle atención a lo que, en principio, no me merece ninguna. Acepté con una sonrisa muy falsa el papel en el que se indicaban lugar, día y hora y, no viendo papeleras, lo eché en el bolsillo. Al sacarlo en casa, lo dejé en una repisa, en la que dejo a diario la cartera, las llaves y todo eso. Al verlo hoy, he visto claro lo que antes, en bruma, veía a trozos, sin la nitidez que requiere un asunto importante, sin la nitidez con la que lo veré más adelante, cuando alcance alguna certidumbre de la que ahora carezco. Joven, cuando la cabeza bullía en esas amables metafísicas de taberna, solía caer en el error de dar cuartelillo a los voluntarios. Les pedía que me explicaran los dogmas, les confiaba mi incredulidad en materia de espíritus, milagros y parábolas. Todo tiene su época, imagino. Lo del otro día, la invitación que recibí, mi reticencia a entablar un diálogo que no consideré necesario, me hace pensar en la necesidad de dejar correr el río, de no entrar en la conversación sobre si lleva peces o no lleva, si uno no es pescador. Y no siéndolo, que otros manejen su curso y se enternezcan o se emocionen, a capricho de la fe que les hace mirar de otro modo. Se trata, al cabo, de la forma en que se miran las cosas. Se trata, creo, de haber sido educado a buscar cierta mirada o a no haber sido educado en absoluto. Incluso está la mirada buscada, pero vacía. No hay manera de que uno se enamore a posta, digamos. No existe en el deslumbramiento del amor o de la fe, empresas que funcionan de parecida manera, el concurso de la voluntad, la injerencia de la razón. En lo demás, amo las metáforas, amo los milagros, amo inagotablemente todo ese caudal de palabras en el que alguien busca a Dios, lo encuentre o no. Yo soy de la ficción pura, de los que viven para que contar historias o para que se las cuenten, pero no he suspendido del todo la incredulidad. Hay facetas de las que huyo, partes de la trama celeste en la que advierto demasiada literatura, y no precisamente de la que me produce placer y me induce a navegar por ella. A los que navegan por los procelosos mares de la fe les tengo una cierta envidia, que no me corroe ni me quita el sueño. Admiro esa suspensión, ese mirar, esa porción de amor hacia lo invisible, esa sensación de pertenecer a una comunidad cómplice, cómplice y perdurable. Yo tengo mis comunidades, por supuesto. Me vale a veces la mía conmigo mismo, mi batallar diario, la sensación (también) de que los días están a mi lado o que no habrá un cielo que me cobije o que si lo hay, quién sabe, quién soy yo, qué coño sé yo, tan poca cosa, tan mediocre en tanto, habrá quien me excuse, lea estos escritillos de martes santo y convenga de que, en el fondo, me movían buenos propósitos. Si se trata de ser buena persona, aquí me tienen, abran, miren, no creo que me falte nada de lo que tienen los adoradores de las imágenes, pero no asisto al culto y no gasto mi tiempo, ay tan corto, leyendo sus páginas. Tengo gente a la que aprecio y amigos del alma que creen sin fractura. Ellos saben que todo lo que digo es cierto. Ellos me escuchan, me sostienen, me conducen cómo pueden y me cuidan cuando flaqueo. Para eso están los amigos. 

El dia del amor


Se vive mejor o se vive más feliz en la persecución que en la captura. La promesa de los libros, en ocasiones, supera la certeza de su presencia. Incluso estoy por pensar que los libros, idealmente, son idílicos de verdad cuando los miramos desde lejos, antes entrar en sus páginas. Ocurre a veces que se abren y el prodigio sucede, y entonces la captura malogra todo ese romanticismo vacío de que persiguiendo se está mejor, de que los preliminares son mejores que los actos en sí mismos. El amor es un poco así. Como los libros. No llega el día de los libros: lo que llega es el día del amor.

13.4.14

Cosas en las que creo y de las que no me aparto / Redux con polen en las calles



Creo en la intimidad de los relojes.
En el prevención del dolor.
En la ebriedad de los abrazos.
En los ojos de Bette Davis.
En el tacto de la arena.
En el blanco de una hoja antes del poema.
En el efecto curativo del amor.
En los afectos.
En las manos de Bill Evans.
En las salas de cine cuando se apaga la luz.
En los patios de recreo en las escuelas.
En los domingos cuando llueve al borde de una novela de intriga.
En la cruzada contra todos los tercos del mundo.
En los sonetos de Góngora.
En el bourbon amable de las noches.
En la lluvia ofrecida como un regalo.
En la HBO.
En las palabras de los niños.
En el verbo promiscuo del sexo.
En la longevidad de la luz.
En la lujuria semántica de las metáforas.
En el vértigo dulce de la fonética.
En el progreso.
En todos los libros que amaré y que no he leído.
En la historia del Minotauro contada por Borges.
En los sueños y en lo que traemos luego cuando despertamos.
En los hoteles a pie de playa.
En los veranos en Fuengirola, cuando todavía no conocía a Kafka.
En las road movies.
En los riffs de los setenta.
En el choco de Punta Umbría.
En la verdad, doliendo incluso.
En la mentira, aunque me hunda con ella.
En el olor de los libros.
En la soledad presentida en las calles.
En los músicos de jazz que te hablan al oído.
En George Bailey.
En las minutos que preceden al sueño.
En una librería que había cerca de la Facultad de Magisterio, en Córdoba.
En la luz del flexo.
En el poder liberador de las palabras.
En la independencia moral del hombre frente a la religión.
En la inspiración.
En los altares, aunque no vea en ellos dios alguno.
En el trabajo terco que sirve a los demás.
En los amigos del Norte.
En las canciones de amor.
En los conciertos al aire libre.
En los versos de Walt Whitman.
En el cine negro.
En los cuentos breves.
En los abrazos largos.
En las calles de mi infancia.
En los viajes de fin de curso cuando tienes doce años.
En el arrepentimiento.
En la cordura.
En la certeza de que un mundo mejor siempre es posible, aunque sea mentira.
En la luna en la calle Bourbon.
En el agua en un aljibe.
En las barras de bar, en todo lo que siempre te reservan.
En los amores imposibles que terminan en tragedia.
En la dulce pereza de las siesta.
En la rapsodia bohemia.
En las erecciones imprevistas.
En la mansedumbre.
En el desaliño que precede al orden.
En los cuentos de fantasmas.
En la imperfección.
En el león de la Metro.
En la hermandad de las estrellas, sea lo que sea eso.
En las nubes arriba en el cielo.
En la oscuridad de una sala de cine.
En el desprecintado de un buen disco recién comprado.
En la bondad de la gente a pesar de que sea escasa y dure poco.
En la imaginación.
En los diálogos de Woody Allen.
En los paseos marítimos.
En la RKO.
En Bach, sí, en Bach, en Telemann, en todos los de esa cuadrilla.
En los escaparates reventones de libros.
En las ninfas de los ríos.
En las brújulas del alma.
En la Verve.
En John Ford.
En el instinto.
En la firmeza.
En la caída de la casa Usher.
En el Rey Amarillo.
En los bares de A Coruña.
En la duda.
En los prodigios del azar.
En el azar mismo.
En que los demás crean en el dios al que yo no alcanzo.
En los poemas que te sacuden, en los que te acompañan siempre.
En la espuma de la cerveza.
En los amigos, en lo que me dan, en lo que les doy.
En la risa, en la sonrisa, en la carcajada, no importa el orden, de verdad.
En el llanto.
En la noche casi por encima de todo.
En el alto y luminoso idioma inglés de Shakespeare.
En Leonard Cohen adaptando a Lorca.
En Russ Meyer, en todas sus ubérrimas divas de ubres generosas.
En mis alumnos, cuando se ríen.
En el saxo catedralicio de Coleman Hawkins.
En las tribulaciones de Nabokov al inventar a Lolita.
En Gil de Biedma en las Filipinas.
En Poe, perdido, en las últimas calles de la absenta.
En mi mujer y en mis hijos.
En el coro operístico de la rapsodia bohemia.
En mi ipod cuando va pletórico de blues.
En los muertos de todas las novelas de serie nera.
En las bestias míticas de Lovecraft.
En la panza barroca de Lezama Lima.
En las calles del barrio de la Villa en Priego de Córdoba.
En la vuelta a casa por el judería en los ochenta.
En las vueltas del aire.
En la nieve limpia que cubre los coches en mi calle.
En la ciencia por encima de los salmos.
En el bendito gozo de abrazar otro cuerpo.
En el ajedrez, en las partidas con mi amigo Marcelino.
En las calles de Londres, donde nunca he estado.
En las piscinas del verano.
En las mantas del invierno.
En los días ebrios.
En la melancolía.
En Peter Pan.
En Billy Wilder.
En las ecuaciones de segundo grado.
En la evidencia del amor cuando no lo esperas.
En el rumor del invierno en la ventana.
En los sultanes del swing.
En el vals para Debbie.
En Billie Holiday.
En el insomnio de la sangre.
En la belleza de las heridas.
En la obediencia de los días.
En lo mágico cotidiano.
En el novicio temblor de sentirse amado.
En los excesos.
En la nieve.
En el asombro.
En la modestia.
En los tigres.
En las repeticiones.
En los laberintos y en los espejos.
En el vértigo.
En los abismos.
En la profanación de los altares.
En el diario minucioso del alma.
En lo inasible.
En la disidencia.
En esa leve comezón que anuncia el júbilo.
En la felicidad sencilla de un solo de trompeta.
En el pudor.
En todas las vidas improbables que no tengo.
En Thunder road.
En el río de Heráclito.
En los himnos sin letra.
En las resacas.
En los poetas.
En la ternura.
En el olor a libro nuevo.
En las posadas a mitad de la noche.
En los regalos.
En el vuelo de la carne alegre.
En el frío.
En las rosas.
En las lagartijas en los muros.
En los trampolínes.
En las turbaciones.
En las perplejidades.
En los asombros.
En mi hija cuando habla con veneración del inglés y de sus prodigios.
En los preliminares.
En el oleaje.
En los jadeos.
En las distancias.
En los domingos vibrando en un kiosko.
En las fugas.
En el despilfarro.
En la pureza.
En la impureza.
En las imprecisiones.
En los jinetes, vastos y nocturnos.
En las palabras que arden en los diccionarios.
En los nombres.
En los goles de Zidane.
En la gloria de saberse póstumo.
En los íntimos avatares de la felicidad.
En la manga del tahúr.
En los periódicos, en los bares, con un café, sin que nada te distraiga.
En la blonda de la novia.
En las libaciones de la razón.
En las alucinaciones.
En la épica de los perdedores.
En remotos pájaros improvisados.
En las tramas de Hitchcock.
En los fuegos artificiales.
En el néctar libado a conciencia.
En Summertime, when the living is easy.
En el confort de los trenes.
En un concierto de Pat Metheny en La Axerquía hace más de veinte años.
En los patios de Córdoba.
En Kafka, en Samsa, en los dos algunas veces.
En Funés El Memorioso, al que siempre le tengo envidia.
En las biografías de los héroes.
En el Renacimiento.
En la cubierta del Potémkin.
En amigo Antonio Sánchez, mi hermano.
En la anuencia del cuerpo.
En Grecia, en Roma, en todo lo que heredamos.
En los palacios abandonados.
En la imprevisiblidad, en la previsibilidad.
En un violín tocado muy lastimeramente.
En el orden secreto de las cosas.
En el invisible andamiaje de las horas.
En caballos desbocados en un sueño.
En las sílabas del tiempo.
En la cordura.
En el cansancio.
En la mécanica celeste.
En las fuentes en el campo.
En la obscenidad, en todo lo sucio que esconde.
En lo frívolo, en todo lo burdo que esconde.
En la sangre.
En el cine de espías.
En las novelas victorianas.
En las novelas de viajes en el tiempo.
En la voz de Jeff Buckley cantando Hallelulah.
En la voz de Rufus Wanwright cantando Hallelulah.
En Yesterday cantado por Ray Charles.
En las trincheras contra el fanatismo.
En los superhéroes de la Marvel.
En el escenario de un teatro.
En los asedios galantes.
En la pompa y en la circunstancia.
En el polen.
En las gacelas en un cuadro.
En El Circo del Sol.
En el discreto oficio de irse uno viviendo.
En Humphrey y en Sam.
En todos los papales de glorioso secundario de Walter Brennan.
En todos los papeles de glorioso secundario de Peter Lorre.
En todos los papeles de glorioso secundario de Basil Rathbone.
En los secretos, en la epifanía absoluta de su revelación.
En los palimpsestos.
En la caligrafía del deseo.
En el ayer, por lo que me cuenta.
En el mañana, por lo que me contará.
En los misterios, que hacen la vida absolutamente dichosa.
En la fragilidad.
En Stan Getz filtrando bossa nova.
En el cinemascope.
En los veranos con mi tío Alberto en el Figueroa.
En Sunset Boulevard.
En el sur.
En el norte.
En los vicios, sin los que no somos nada más que criaturas tristes.
En Oliver Twist.
En Roberta Pedon.
En los cromos del Atleti, que quién sabe si volverá esta noche a ganar cosas.
En el corazón tan blando, en la lengua tan generosa.
En el alambique formidable de los sueños.
En la pólvora.
En el fuego.
En el festín de los ojos.
En mis ojos abiertos como lunas perfectas viendo a Queen en 1985.
En los malabarismos de Burt Lancaster.
En la zozobra.
En las walkirias.
En Coppola sobre el Mékong.
En John Coltrane en el Village Vanguard.
En las volutas barrocas de Bach.
En un tren de algodón que anoche descarriló en mis sueños.
En la noche en las afueras.
En el libro que ahora estoy leyendo.
En el día de mañana.
En la mujer que yo quiero, la yunta y todo eso.
En la farándula.
En la lucidez.
En los viernes.
En el azul.
En la inteligencia, en sus ruinas.
En las alfombras, en las cortinas, en las bufandas, no sé en qué orden.
En el tabaco eventual, en el obstinado a veces.
En las imprudencias.
En las algas.
En las películas de tiburones.
En Charles Laughton.
En las hélices.
En Robert Louis Stevenson.
En las hadas.
En Scarlett Johansson.
En el piano de Sakamoto improvisando la feliz navidad de Mr. Lawrence.
En mi hijo tocando esa pieza en su modestísimo teclado.
En las repeticiones.
En todas las que he dejado escrito en este volunto de domingo de ramos.
En mis Bowers and Wilkins.
En la soledad cuando se busca.


11.4.14

Esta noche seré un elefante


Gregory Colbert

Un elefante se balanceaba por la tela de un araña. Como veía que no se caía fue a llamar a otro elefante. Las historias que nos cuentan necesitan de elefantes reunidos en la osadía de que la tela de la araña los sostendrá e impedirá, a pesar de la evidencia, que terminen cayendo. Es la historia la que hace que el elefante, a pesar del peso enorme, no se venga abajo y dé con el suelo. Ninguna de esas historias, por leve que sea, malogra el milagro de la narración. Vivimos para escuchar historias. Es la ficción la que invita a pasearnos por los días y por las noches. No hay día en el que no sintamos el prodigio puro de la literatura. Da igual que sea escrita o que la percibamos oralmente. Importa escasamente que uno sea el que la recibe o que tenga la generosidad de entregarla. El escritor es, por encima de todo, una criatura hecha de generosidad. Porque las historias están ahí. Solo falta la voluntad que las hilvana y el genio, donde lo haya, que la engalane y la convierta en un cuento. Somos los cuentos que nos han ido contando. Somos el elefantes arrodillado delante del niño, que lee. Las palabras salvarán al mundo. Si las mimamos, no tendremos que tener miedo. Quienes las ignoran, todos los que no piensan en ellas, serán los que no sean salvados. Esa es la salvación a la que deberíamos inclinar toda nuestra voluntad. Esta noche seré un elefante. 

10.4.14

Kafka en Manhattan

Bien, Señor, no habré sido un buen hijo, ni tendrás para mí un pedazo de cielo, pero antes de que mis faltas me manden al infierno tengo que hacer unas cuentas cosas, y en ninguna estás tú. No hay belleza ni hay amor en la sangre que voy a derramar. Habrá muerte. De la muerte tú sabes tanto como yo. Te costó lo tuyo levantar este mundo. Mi padre me leía las Escrituras. Me repitió tanto que fuese un buen hombre que acabé por no serlo solo para contrariarle. Siempre fui así, fui de los que hizo daño por salir del aburrimiento. No busqué la riqueza. No sabría qué hacer con el dinero. A lo sumo pagarme unas putas cada noche. No sé si en el infierno hay putas, pero seguro que en el cielo no hay ninguna. Se hace tarde, siempre se hace tarde para alguien, pero esta vez me ha tocado a mí. Yo soy el que tiene que aparcar el coche en la puerta de la casa, esperar a que se vayan los hijos a la escuela, bajarme sin hacer mucho ruido y llamar al timbre. Tengo que matarlos a los dos. Si me paro a pensarlo mucho, no lo haré, pero entonces lo hará otro y seré yo al que le metan una bala en la cabeza. Si no me paro mucho a pensarlo, será solo un trabajo más. Todos tus hijos venimos a este mundo a quitar de en medio a unos cuantos hijos de puta.

Nicky Ferrasolo aparcó el Plymouth Barracuda en doble fila, comprobó que la M29 estaba a punto y apagó el Chester en el cenicero. Tres minutos después, Nicky pensó en el humo. El del Chester, el de la M29 y el del boquete que abrió en el pecho de Tommy Lugano. Su mujer salió por piernas. Las tenía largas como una furcia búlgara a la que visitaba cada vez que tenía que hacer un trabajito en Chicago. Dejó de pensar en la búlgara y en el humo cuando Pontiac del 72 entró en la calle como si lo condujera el mismísimo Lucky Luciano. Un minuto más tarde, Nicky Ferrasolo estaba muerto. El Barracuda estaba en el Hudson. Lo sacaron a eso de media mañana y el revuelo hizo que todos los niñatos del puerto tuvieran charla para una semana. Nicky Ferrasolo ha muerto. Se le fue el pie con el Barracuda y se salió. Se lo tragó el río. Cosas en ese plan. Al detective Calvin Moran le tocó redactar el informe, lidiar con la prensa y hacer correr la voz de que Ferrasolo había cantado antes de irse al infierno. Porque está allí. Con todas las putas de la costa Este. Algunas, si no es uno muy escrupuloso, todavía tienen buen tipo y cabalgan bien por unos dólares. Moran era uno de esos polis pluriempleados. Se dejaba pagar bien bajo cuerda y no se quejaba de la mierda de sueldo que le proporcionaba la placa del Cuerpo.

Sigue en Barra Libre...


7.4.14

Habrá que contar cómo murió Blancanieves



Algún día todos los cuentos se contarán así. Estamos camino de que la literatura sea accesoria. No queda mucho para que la ficción sea un enemigo. La realidad se protegerá a sí misma. Habrá un tiempo en que los enanitos que vendan los cuentos no serán incautos, ni llorarán que su Blancanieves termine colgándose. Serán ellos los que la icen. El lobo tendrá carne de caperucita para una semana. La meterá en tuppers y se la servirá cada noche mientras sueña cómo ganarse la confianza de los tres cerditos. La bella durmiente no despertará jamás. No habrá príncipes. Ninguno podrá besarla. Dormirá eternamente una especie de coma hermosísimo. Peter Pan traicionará a los niños perdidos. Se los entregará al Capitán Garfio. No pedirá nada a cambio. Hay veces en la vida en que uno hace las cosas por el placer de hacerlas, sin que nada lo provoque. Incluso sabiendo que no es eso lo que esperan de uno. Quizá sea así cómo perviva la literatura. El lector del futuro será mejor lector si desde pequeño percibe que nadie, al final de los cuentos, va a comer perdices o, al menos, que no es un asunto fiable lo de las perdices, y unos las comerán y otros, según el caso, no. No sé si la culpa la tiene Disney. Hay quien sostiene que sí. Sé que hay muchos que con gusto preparían el cadalso de Blancanieves o la inducirían a que acabara vistosamente con su vida. 

6.4.14

Escribo para los tristes



Quise llevar una vida de libros, pero nunca tuve el atrevimiento de acometerla en serio. No creo que todo esté en los libros. Ni siquiera pienso que haya que tenerlo todo a mano, al modo en que lo estabulan los libros. Hay saberes que no registra ningún libro. Escuché anoche que la gente profunda elude la alegría. Se siente más identificada con la tristeza e incluso la incorporan a su manera de vivir con más honestidad. Quienes no son profundos caen en otro tipo de tristeza, imagino. Quienes viven en un permanente estado de alegría no estarán leyendo esto. A veces se me ocurre que escribo para los tristes. No es nada que me haga sentirme mejor o peor que pensar que escribo para cualquier otro tipo de lector. La tristeza posee la facultad del consuelo y el mundo no está para desaprovechar ninguna manifestación que lo procure. Este mismo texto no es la alegría de la huerta, precisamente. Quizá afecte la primavera, que no es ninguna devoción mía y a la que miro siempre con un poco de reparo, cuando no rechazo frontal. Todo eso que flota en el aire malogra todo lo que flota dentro de mi cabeza. No es solo que el aire no se maneje con soltura por mis pulmones, ni que los ojos den pena de verlos, ni que tenga se me antoje que andar cien metros es una empresa inasequible a la fuerza de la que dispongo. Hay más, presumo. Está todo eso y está el decaimiento propio de la estación, que también tiene un plus letraherido, un poco libresco, qué le vamos a hacer. De hecho, no tengo autores favoritos que no posean esa extensión triste en lo que escriben, esa especie de hondura que dan los profundos. A K. le molesta mucho esta inclinación mía del ánimo. Me confiesa que gano en la alegría, que es un país en sí mismo, como sabía Benedetti. Es más fácil ser triste que ser alegre. Lo de estar es otro asunto. Se está alegre o triste, acomodándose a lo que hay enfrente, a lo que se tercie, en fin, ubicado en un momento y en un lugar. Otra cosa es el ser. No creo que haya nadie que sea alegre, que lo sea de una manera estajanovista, sin improvisar, llevada a gala desde adentro, profunda e inargumentablemente sólida. Esa tirantez del espíritu tiene que acabar viniéndose abajo. No es posible que perdure en el tiempo o que sea tan fuerte que anule las inconveniencias del camino. De ésas hay las suficientes como para que todos nos vayamos entendiendo. El arrimo de la ficción es lo que nos libera de la severidad de lo real. No tenemos que escuchar el parte de noticias, no tenemos que escuchar los problemas de los que tenemos cerca, no tenemos que avanzar con fiereza, a pesar de que flaquee el pulso y nos falte el aire. La jodida primavera, eso debe ser. Debemos, no sé, estoy especulando, pasar un poco de todo, pero es muy difícil. No sé quién inventó eso de pasar de todo. Me encantaría un curso práctico, intensivo. Haría lo posible por no perderme una sola explicación y haría más incluso por llevarlo a término en mí, pero creo que no sabría. Será porque escribo para los tristes. Anoche iba a escribir un cuento negro, pero no pude. Me salía un cuento triste. Uno no: me salían trece, por lo menos, pero no tuve el acopio de voluntad suficiente como para escribirlos. Hubiese estado bien leerlos ahora. No suelo releer nunca lo que leo. Escribo a vuelatecla, lo que va saliendo. Tengo amigos que se preocupan de que no aplique la corrección a lo que escribo. Si la aplicara, no escribiría. Tampoco se perdería tanto. Hoy es un día en que el sol ha salido y me ha invadido los pulmones. Tengo sueño. Hambre, también. Disculpen el tono crepuscular del texto.

5.4.14

Noé



No sabe uno si la fe mueve montañas, pero es seguro que anima la caja y hace que el tintineo de las monedas cobre vida. Si a la fe se la embute en un traje épico y estamos en una sala de cine, hay varias posibilidades. La más cinéfila es que sea una obra de Cecil B. de Mille o del primer William Wyler. La otra, de menor rango, es que toda esa grandilocuencia y esplendor reclutados para que el espectáculo sea más grande que la vida misma sea una película de gran estudio, financiada sin excesivos recortes, pensada para que arrase en taquilla, aunque luego los festivales la ignoren. El cine épico (sea de inspiración cristiana o no) es una especie de catedral, ante la que cualquiera entra recogido, empequeñecido. Creo que toca ir a ver Noe. No porque me atraiga mucho su propuesta narrativa, sino porque hay películas que está uno inclinado a ver, sin entender bien el porqué, sabiendo incluso que hay decenas de otras (que están en cartelera o que tiene uno a recaudo en casa, en DVDs o en discos duros) que vería con mucho mayor entusiasmo y entrega. En ese orden de cosas, tengo en lista el nuevo Capitán América (infame, a decir de mi amigo Álex), Spiderman o la nueva entrega de los Vengadores. Saldré de todas con el espíritu decaído, pero no dejaré la oportunidad de verlas en la sala grande, como debe ser, hechizado por la pantalla, por su tamaño, por el rito de entrar en una habitación oscura, buscar un asiento y dejar que me cuenten una historia, aunque tenga que vestirme de credulidad. ¿Qué mayor esfuerzo de credulidad que aceptar cualquier historia que vierta la Biblia,? Diluvios, resurrecciones, todo ese espectáculo del mar abriéndose para que pasen los elegidos...Bergman era mucho más sutil: hacía un traje de recia confección teológica y metía en los bolsillos todo el merchandising de la vida eterna y de la Derecha del Padre, del pecado y de la muerte como puente entre dos mundos, pero no hacía que atronasen las aguas. Claro que hay un tiempo para Bergman y otro para que las aguas atruenen y los cielos se partan en dos. Hay que meterse de vez en cuando  una ración potente de milagros. El cine es el vehículo idóneo para ese tipo de frivolidades. Su oficio es abrumar, hacer que nos sintamos en una catedral, mirar arriba, contemplar la construcción imponente y dejar que el tiempo pase sin que nos percatemos de su transcurso. Seguro que Noé cumple con todo eso. 

4.4.14

Duele pensar en aquel pasado que un día fue futuro

El futuro es donde no hemos estado. No hay lugar al que debamos procurar más hondo afecto. Lo que no debe ser tenido en cuenta es el pasado, pero es al que acudimos, sobre el que edificamos el presente, que no es relevante en ninguna circunstancia, y al que le damos rango de mando en la plaza del tiempo. No somos del futuro porque no nos interesa especular. Preferimos tergiversar (reescribir el pasado a nuestro beneficio) o dejarnos llevar en el ahora, que es una estación propicia para la levedad. Somos así, leves y confiados, sin otra metafísica a la que confiarnos. En cierto modo la religión nació para responder a las preguntas trascendentales que formula el futuro. Está el dónde iremos y qué será de nosotros cuando ya no haya cuerpo que me sostenga, pero también están las otras cuestiones, las del origen y las del porvenir, las de saber si en verdad todo esta trama antigua responde a una trama mayor, si es un bosquejo rudimentario de una realidad a la que todavía no nos han conducido o si es una extensión del azar al modo en que lo es una manzana que cae de un árbol, cayendo ésa, precisamente, y no otra que pende a la vera. Somos teólogos sin que exista la necesidad de la divinidad, pero la buscamos afanosamente en la creencia de que si damos con ella, si de verdad construímos el concepto de Dios y lo acogemos pecho adentro, seremos más felices o nuestra vida realizará su trayecto con un reposo mayor, sin el miedo al vacío, sin la angustia de la idea del fin, que yo adoro, por otra parte. Duele pensar en aquel pasado que un día fue futuro, ¿verdad, Miguel?, pero la realidad siempre nos desoye, no está al tanto de nuestros júbilos o de nuestros quebrantos. Digamos que va a lo suyo, sin caer en la cuenta del público que asista al desarrollo de la obra. No se nos permite entrar en escena, solo vemos cómo se van sucediendo los diálogos, cómo se cambian los decorados entre un acto y otro, y sabemos cuál va a ser el final, que suele coincidir con la caída más o menos dramática del telón. Es eso lo que nos zarandea, aunque nunca lo veamos de cerca o solo podamos verlo una vez, una póstuma vez: el telón. Cuando cae... Pero no trata este post de lo fúnebre, que no es asunto de viernes, sino de lo hondo, si es que alguna hondura puede haber en estas palabras, y de lo que lo hondo nos va diciendo, como un cante, de esos de la tierra, que son trascendentes, que hablan de lo insondable. 

3.4.14

Tres de jueves

Los dioses y las palabras
De lo que uno habla trasciende poco, nada se fija, no hay nada que se ajuste a un recipiente que lo (p)reserve. Quizá por eso escribimos. Se escribe para que algo trascienda, se fije, perdure. Queremos perdurar en lo que escribimos, dejar un registro de lo que fuimos o de lo que pensamos, ofrecer a los demás indicios de lo que fabulamos o dejar constancia del amor que nos dispensaron o el que entregamos nosotros. Escribir es un ejercicio de inmortalidad, en cierto sentido. Cabría incluso la muy metafísica idea de que, al escribir, no precisamos el concurso de la fe. Quien escribe, puede apartar a Dios de su camino: considerar que no hay nada que Dios pueda hacer para que nuestra vida sea más feliz. Lo de la vida después de esta vida no merece atención en este escrito banal y caprichoso. No entro en el barro de la mística. Han sido muchas las ocasiones en que he entrado ahí con zapatos nuevos y he salido seriamente perjudicado, cuando no descalzo. Regreso siempre al buen Borges: dejó escrito que todos somos teólogos, y que para serlo no es indispensable la fe. Pues eso. Teólogos. Sienta bien pensar en los dioses sin tener que rendir cuentas ante ninguno.

Entrando en negro
Tengo el encargo de escribir un cuento de género negro. Creo que debe ser sucio, muy sucio. Tiene que ser un cuento que se descarne conforme avance. No es imprescindible que haya muertos, pero alguno conviene. La rubia la omitiré. No me gustan especialmente las rubias. Las prefiero de pelo bien negro. Siendo el noir el cine que más me gusta, con diferencia, no creo que me sienta en desamparo cuando me meta en faena. Estaré más cogido por el cine que he visto por la literatura que he leído. De cualquier manera, me recrearé (en lo que pueda eso de recrearse) en el detective. Tengo ya en cabeza un Sam Spade doméstico, de andar por casa, contratado por un hacendado con pocos escrúpulos, que le pide que busque a su hija, con la que no se habla hace años. Muy original, como ven.

Mirando al viernes
De lo que tendría que escribir más en serio es de los fármacos, de cómo organizan tu vigilia, de hasta qué punto gobiernan tu estado en el mundo. Los que me acompañan invariablemente en primavera (los que reducen los efectos invasivos del polen) se alían con los imprevistos (uno está sano, pero no se está sano del todo nunca) forman una contundente zaga química cuyo fin es curarme, es cierto, pero que me anulan mientras trabajan en mi beneficio. No es solo el sueño constante, sino la sensación de que no va a ser posible llegar al final del día sin flaquear un instante o de que acumular mañana otra jornada como la que se sufre hoy tendrá consecuencias más graves. Ayer lo decían de los futbolistas: estajanovistas en lo suyo: un partido cada tres días, al máximo nivel, durante meses, propiciando que en cualquier momento el cuerpo decide pararse, merced a una lesión o a una reducción masiva del aparato locomotor o del alma, quién sabe. El caso es que ahí ando, zombificado, pongamos por caso. Y el viernes no sana del todo, no crean, aunque algo hace. Que venga ya.

2.4.14

Siempre hay libros ardiendo



El escritor ha de ser una suerte de extranjero en el país sobre el que escribe.
Varlam Shalámov


Estar en una librería es estar en el centro del mundo, pero pulsar desde casa el algoritmo del google es hacer que el mundo entero desfile en tu pantalla y deja de tener importancia el centro o los extremos, la periferia o las afueras porque estás en un aleph total y todo existe para que tú lo contemples. En esa travesía, en ese ir y venir por la biblioteca absoluta, el que sale dañado es el libro. No podemos saber cómo morirá el libro. Si lo apiolarán en un descampado cinco descerebrados contratados por un holding electrónico japonés o si decidirá apartarse épicamente, arrojándose al vacío desde la torre más alta de la ciudad más grande. Porque puesto a sacrificarse, el libro barajará varios protocolos y elegirá el que le de más pompa al finiquito. No será una muerte limpia. Habrá revueltas en las calles. Saldrán las facciones tradicionalistas y habrá derramamiento de palabras. Las trincheras serán levantadas con libros. Hay suficientes libros en el mundo como para hacer una trinchera que lo cerque por completo. Libros de Bucay incluso. Una trinchera de libros da un plus de confort que dan las trincheras de sacos de cemento o de escombros recogidos después de un bombardeo. Una trinchera de libros te permite leer el poema de la rosa de Milton mientras un hostil te apunta con un rifle con mira telescópica. Es una muerte un poco idiota, pero entrarás en el cielo hechizado, reconfortado por la idea de que existe otro mundo y que no estará obligatoriamente habitado por ángeles de voz trémula y tierno  aleteo. Milton, a su manera, provee una noción de paraíso que rivaliza con los evangelios y hasta los rebaja a elucubración de un puñado de apóstoles alucinados, intoxicados de fe, aturdidos por los venenos de la fe. Puedes atrincherarte con los versos del capitán cantados por Whitman y con los dioses primigenios del retorcido Lovecraft. Entre libros, en esa ensoñación fingida, la muerte es sólo un episodio más de la trama en la que estás envuelto. Te mueres tan a gusto. Si hay un Dios, te releverá de la vigilia en la que has estado durante todos esos años y te incorporará a la nómina de elegidos, con todas las ventajas que da estar sentado a la Derecha del Padre. La izquierda, a lo visto, según lo contado por los exégetas celestiales, no cuenta en las crónicas y se omite todo cuanto pueda hacer pensar que verdaderamente existe y que ocupa el mismo espacio que la izquierda. Quizá la izquierda de Dios sea el infierno o el escalón intermedio, ese limbo que da tanto juego a periódicos financiados por la curia y que compran los fieles al salir de misa de doce. El escritor ha de ser un extranjero en el país sobre el que escriba. La vida es el país, al cabo. Queman los libros porque explican la vida a quienes no desean que ese conocimiento, banalizado, trivializado, asequible, se difunda. Queman los libros porque, en el fondo, son temibles, son instrumentos eficaces de guerra. La palabra es una bomba de relojería. Se puede programar en el tiempo de los griegos y explotar en una plaza árabe o en una casa de alquiler en un barrio pobre de Madrid. Las palabras son las que lo abren todo, y también las que lo cierran. Todo depende de cómo las hilemos con las otras palabras. 
Ardieron los libros de Ovidio, porque atrevidamente versificó acerca de un adulterio en la casa imperial.Ardieron los libros de Escauro, porque con ironía daba consejo de soportar las perversidades de los reyes.Ardieron los libros de Aristóteles, porque se atribuyó a su autor complicidad en el supuesto asesinato de Alejandro Magno.Ardieron las sagradas escrituras de los cristianos, porque contenían doctrinas de los entonces considerados como enemigos de la humanidad.Ardieron los libros sibilinos, porque en ellos se seguían creyendo los últimos practicantes de la religión romana.Ardieron los libros de Arrio, porque negaban la divinidad del Verbo, los de Macedonio, porque negaban la divinidad del Espíritu Santo, y los de Sabelio, porque negaban la distinción de tres personas en la sola y única esencia de Dios.Ardieron los libros de la biblioteca de Alejandría, porque el califa Omar no aceptaba libro distinto al Corán.Ardieron los libros de Averroes, porque admitían la eternidad de la materia.Ardieron los libros de la sinagoga de Mayence, porque a sus lectores se les imputó falsamente un crimen ritual.Ardieron los libros de Wiclef, porque según él Dios era todo y todo era Dios.Ardieron los libros de Copérnico, porque según él en torno al sol giraban los planetas.Ardieron los libros de Lutero, que rechazaba la autoridad del Papa.Ardieron los libros de Karstadat, que rechazaban la autoridad de Lutero.Ardieron los libros de Zwinglio, porque disentían de la fe romana, y ardieron los libros de Felix Mantz y de Baltazar Hubmaier, porque disentían de la fe de Zwinglio.Ardieron los libros de Cipriano de Valera, por protestantes, y los de Nicholas Sanders, por papistas.Y ardieron también, por distintas razones y en diversos tiempos y lugares, los libros de Giordano Bruno, Amos Comenio, William Penn, Voltaire, Graco Babeuf, Carlos Max, Majail Bakunin, Charles Darwin, Sigmund Freud, V.I. Lenin, Volodia Teitelboim, Pablo Neruda y otros autores cuyas palabras eran tenidas por heréticas, blasfemas, subversivas, pornográficas, disociadoras, inmorales, excitantes o sediciosas.
La quema de libros es tan vieja como la intolerancia, y nada hace suponer próximo el día en que el mundo ya no sufra más la escena ignominiosa del 5 de marzo de 1989, cuando Bangkok, Estocolmo, Karachi, Srinagar y Bonn fanáticos musulmanes arrojaron a la hoguera
ejemplares de los Versículos Satánicos del escritor indo-británico Salman Ruushdie.
"Siluetas para una Historia de los Derechos Humanos” de Mario Madrid- Malo Garizabal, Defensor del Pueblo Colombiano.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...