22.6.16

La escritura de los sueños

En lo que sueño abundan los lobos. Hace pocas noches volví a soñar con ellos. Uno fatigaba un bosque castigado por un sol absoluto. Otro, liberado de las obligaciones de la sangre, parecía una especie de patriarca, una especie de rey lobo al que acudir para solicitar consejo. No sabría explicar los motivos de ese lobo, los motivo de ninguno que ocupara mis sueño. De hecho, en los sueños, aprecio su voluntad novelística, su firme gesto creativo. Los sueños que recordamos son como el último sabor de una pieza de carne en la boca. Luego es el tiempo o la contaminación de otros sabores lo que malogran la restitución fiable de lo soñado. Y ahora el lobo, convertido en un texto, no me dice nada. No tiene sentido ninguno que yo lo recobre aquí y lo haga perdurar. Quizá la literatura sirva únicamente para hacer que perduren las cosas. Como un registro que aspira a trascender sobre otros registros. Como si el lobo, al eludir la manada, hubiese pedido, en el limbo mágico del sueño, que lo rescatara de su condición de bestia y le brindase otra de más fuste, la de palabra. En el fondo, somos símbolos, indicios de otra cosa que no sabemos nombrar. Hay una teología en los sueños, un limpio deseo de alcanzar un estado de las cosas infinitamente más lustroso y durable que éste. Trenzado los sueños, ajustado al puzzle arcano que prefiguran, se dibuja una trama personal, una íntima, la única que quizá nos represente, por encima de lo que hacemos en el tráfago del día. Valen más las noches, lo que la noche escribe cuando dormimos, que todo lo que hacemos durante el laberíntico día. 

Religiones / Literaturas

Religión
De creer en algo, en caso de que algo sobrenatural me turbara, creería en cien dioses en lugar de en uno. La gente que ha creído en cien dioses no se ha preocupado de los dioses en que creen los demás. Ni siquiera la posibilidad de que alguien que no creyese en ninguno de ellos. El politeísmo da más juego teológico que el monoteísmo. La ventaja de esos dioses complementarios es que tienes con ellos un trato más cercano. Del Dios único se tiene la impresión de que pueda perderse entre tanta solicitud y no termine por centrarse. Un dios imperfecto, nada o casi nada atento a la demanda que su influjo depara. Los pueblos del ancho orbe empezaron con dioses que se declaraban especialistas en las cosechas, en la fertilidad o en la lluvia. Los romanos colonizaron medio mundo sin vender la moto de la divinidad. Llegaban, dejaban el latín, imponían un cónsul y se iban a poner sello en otro confín, pero no perdían el tiempo en imponer la religión que practicaban en Roma. Siempre ocurrió que lo etéreo, lo que no tiene asiento en lo real, hace que flaquee lo visible, todo lo que puede ser cuantificado, resuelto en hechos, manifestado en evidencias tangibles. La misma literatura es una especie de ejercicio malabar entre lo etéreo y lo real también. Uno lee y se alcanza cierto rango de espiritualidad, entra en un lugar que no existe, se borra de la realidad (tan cabrona a veces) y se refugia en la ficción. La literatura va a resultar ser la religión más fiable del mundo. 


Literatura
He leído en casi cualquier sitio en donde pudiera abrirse un libro. Ninguno se me antojó incómodo con un libro en las manos. Dicen que quien lee vive más feliz. Dicen esto y dicen más cosas los que elogian el libro como oficio y tienen ya un protocolo de slogans estupendos, de los que en post-its se adhieren al frigorífico y dan lustre al noble electrodoméstico. Yo mismo, en alguna de esas epifanías librescas, he caído en la proclama entusiasta de la bondad del libro. Incluso he hablado (algunas veces, lo mío no es hablar, no sé qué es, pero hablar lo hacen otros mejor)  en público sobre lo maravilloso de la lectura y me he sentido embajador de un país invisible, creyendo no haber estado a la altura. Es que me da un reparo enorme elogiar a lo que no debería elevarse elogio alguno. No avanza la sociedad que no lee, no progresan sus cuentas, no es tomada en consideración afuera. Hay países que sí respetan al lector y al escritor, que no escatiman partidas de los presupuestos en la creación o en el sostenimiento de bibliotecas públicas o en la garantía de que el libro está al alcance de todas las capas sociales, incluso las que no tienen con qué pagarlos. Porque un libro, por mucho que cueste, no es caro, pero hay quien, por mucho que deseen, no pueden entrar en una librería y elegir sin que les duela al alma qué ración de asombro y de belleza y de inteligencia va a llevarlos esa noche a la cama. Podrían empezar no gravándolos de esa forma tan perversa. Podrían privilegiar la lengua, la bendita lengua española, en las escuelas al punto de que no haya otras disciplinas que malogren un número suficiente de horas para la adquisición eficiente de su riquísimo caudal del conocimiento. Podrían promover iniciativas que hagan disfrutable la cohabitación del libro electrónico y el tradicional, sin que uno parezca un intruso malévolo y el otro, a la luz de los tiempos, una rémora renunciable, cosa del pasado. 

19.6.16

La cerilla de la escritura

Nunca tuve fotogenia, no se me ve bien en fotografías, no me reconozco, si me apuran. Advierto parecido con quien observo a diario en el espejo, pero hay algo impostado, una especie de falsedad consensuada, consentida a fuerza de ser tan abrumadoramente lógica. No sé los demás. Si también se ven con escepticismo, calibrando si aceptarse o no. Ayer vi unas fotografías en las que luzco con diez años menos en las que no hubo nada que me hiciera admitir que era yo el representado, el protagonista. Mi relación con la fotografía es visceral, me tomo a broma, no me reconozco. Es como si fuese otro, y en ocasiones es otro, no el que piensa y se reconoce a sí mismo en lo pensado. Anoche, volcando fotos de un disco duro a otro, ordenando un poco el caos, pensé que prefiero ejercer de fotógrafo. De hecho, en la mayoría de las fotos que ordené (cientos de ellas) no aparezco. Sucede así también en las fiestas a las que he ido. Si hay oportunidad (suele haberla) yo soy el que pone los discos, quien escucha las peticiones y maneja la mesa de mezclas. Lo hice de joven y ahora, en esta edad difícil, ni corta ni todavía muy provecta, procuro llevar la música y elegir cuándo hacer que suene una u otra. Así lo que evito es ponerme en la pista de baile y hacer lo que no sé o lo que menos me atrae. Escribir es otra cosa. Aquí pido la palabra. Siempre la consideré mía, siempre tuve con ella esa intimidad. Quizá todo sean consideraciones banales, de las que ocupan un rato en la cabeza y después, a poco de pensadas, se desvanecen, no ocupan el tiempo que se emplearía en asuntos de más fuste. A mi amigo K. le fascina que haya posibilidad de escribir de todo y que a todo se le arrime la cerilla de la escritura. Pero al final (le digo) lo que cuento es que lo narrado acaba ardiendo, no perdura, se fija en la atención de quien lee y después desaparece poco a poco o tal vez con más brusca evidencia. Otro amigo, J.A., decía ayer preferirse anónimo, sin casi hacerse ver, como si le guiara la timidez, cuando no es así. Que esa voluntad suya provenía de la experiencia que dan los años (cincuenta y poco los suyos) y que se sentía feliz entendiéndose a sí mismo. Yo me entiendo a ratos, por días. Carezco (creo que felizmente) de la facultad de saber las razones por las que ando y la certeza de saber al lugar al que voy. Sé (me conformo con eso) que procuro recorrer el trayecto con honestidad conmigo mismo, intentando (en lo posible) no herir a nadie y, de camino, granjeando cierto afecto de quienes me cruzo. Escribir es buscar también que se le quiera a uno o que uno, al escribir, se quiera y se sienta hospitalario con lo que va contando. 

17.6.16

La caja y el gusano / Dos tramas

Trama uno / La caja

Una vez metí un gusano y unas cuantas hojas del roble que detrás de mi casa en una caja de zapatos. Al principio observaba sin afecto alguno las evoluciones de esa criatura aburrida. Disfrutaba con la idea de que yo no era un gusano y nadie abría la tapa de una caja de zapatos para contemplar mis evoluciones. Buscando a quién agradecer esa felicidad, pensé en Dios. Siendo como soy creyente y respetuoso con los preceptos de la confesión a la que pertenezco, no quise rebajar el nombre de Dios con la visión del gusano, por lo que me esforcé en no mirarlo como un ser superior sino como si ambos fuésemos iguales y yo hubiese tenido la suerte de estar fuera de la caja. Al principio, me conformaba con apreciar si las hojas iban a menos y, en consecuencia, si el gusano iba a más. Y así fue durante los primeros días. El asunto del tamaño no me importó al principio. Tampoco que yo tuviese la limpia facultad del pensamiento. Dicen que el cerdo o el delfín son animales inteligentes, pero igual no se han puesto a estudiar a fondo las meninges del gusano. Sería fascinante que el gusano, en adelante le llamaremos Jorge Alberto para ir progresivamente haciendo que surja el afecto y tal vez, en el término del relato, un verdadero amor, se devanase la mollera, una mollera pequeña sin forma especialmente de mollera, discurriendo en la naturaleza de su observador. Ya digo que tal vez lo haga y lo que no está a nuestro alcance es extraer esa información relevante. Hay más cosas que no sabemos que las que tenemos a recaudo.


Con el tiempo advertí que el gusano se esmeraba en pasar desapercibido. Escondido debajo de alguna hoja grande o entre varias de tamaño menor, se quedaba quieto nada más percibir que yo abría la caja. Daba igual que yo lo hiciese con absoluto sigilo o violentamente, por sorprenderlo más bien. Nunca estaba a la vista. Me convencí de que era algo normal en los gusanos, pero pregunté y hasta me acerqué a casa de un amigo que tenía otra caja de zapatos y un par de decenas de gusanos alojados en ella. Me la abrió y vi con envidia que los gusanos iban y venían sin que nuestra presencia los alterase. El mío, mi Jorge Alberto, debía ser la clase de gusano retraído o esa otra sensible que no se inclina por exhibirse, ni siquiera por llevar un tipo de vida normal, a pesar de que se le recluya en una caja de zapatos. Quizá le conviniese la cercanía de sus semejantes, pero me incomodaba tener que repartir mi atención por treinta gusanos. Como si eso perjudicara la visión perfecta de una solo. Zanjado el asunto de darle o no amistades a Jorge Alberto, decidí retirar las hojas de roble. Un poco sin interés y otro con perplejidad, lo hice una mañana. Sin hojas,la caja volvía a recuperar su rango de caja de zapatos. Dejé al gusano en una esquina, sin alcanzar a comprender todavía nada. No volví a abrir la tapa de la caja hasta bien entrada la tarde. No fue una decisión fácil. Temí que hubiese muerto, temí algo peor, que languideciera, que diera el estertor ante mis ojos. Alegremente observé que se movía. Ningún desplazamiento brusco. Muy poco perceptibles movimientos. Arqueos diminutos. Es curioso advertir esa voluntad suya de supervivencia. La nuestra, a poco que se piensa, no difiere mucho. Nos abren o nos cierran la caja. Se nos concede la compañía de semejantes. Nos dejan solos, en ocasiones. Sólo por ver cómo evolucionamos. Si andamos o estamos quietos. Si miramos hacia arriba, en busca de una explicación, o anclamos la vista abajo y damos la impresión de que no somos importantes o de que nadie gana con vernos y apreciar lo que se nos va ocurriendo. No hay una hoja de roble con la que refugiarnos. Lo que hemos hecho es inventarnos una. Cerramos los ojos, fantaseamos, rezamos, especulamos la posibilidad de que no exista la caja y de que nadie la abra o la cierre. Hay quien no admite que una mano (qué mano habrá, cómo será esa mano) manipule la luz y arroje hojas o las retire a capricho de su voluntad arcana. Hay quien sólo piensa en esa mano, en cómo maneja la trama de la caja. 


Trama dos / El gusano


Aunque nadie lo ha escuchado, el niño gusano, en su caja de zapatos, ha pedido que un punzón agujeree la tapa. Es mejor tener dos agujeros a sólo disponer de uno, y tan pequeño. La caja es roma en las aristas. Por los golpes. Por el abandono también. Por el agujero el niño gusano se deja ver de cuando en cuando y de esa forma percibe el mundo. No hay vez en que, al asomarse, no sienta agradecimiento y comprenda, de un modo que no sabría explicar, su lugar exacto en ese mundo y festeje esa verdad y se esmere en recordarla.

El amo es un amo gigantesco a los ojos del niño gusano. Es el amo mundo, el amo Dios y el Amo Carcelero también. Un amo todo ojos y boca. Un amo que mima al niño gusano con hojas limpias de lechuga y piensa que estaría bien cambiarle la caja. Ahora una más amplia que tenga vistas. El niño gusano respira ya penosamente. Hará falta otro agujero. O dos. O un ciento. Y si hacer agujeros no beneficia la respiración y el bienestar del niño gusano, hasta podría retirar la tapa. En un gesto rápido. Un manotazo. El niño gusano vería menos enorme al amo Mundo. Advertiría que también su amo tiene una tapa. Azul o gris o negra según se tercie. En la cautividad en la que siempre ha estado, el niño gusano no aprecia estas sutilezas del mundo. 

Llegará el día, piensa el niño gusano, en que el amo olvide traer las hojas de lechuga, las que en su paciencia de gusano mordisquea en la oscuridad, ufano de su oficio y de su destino. O el día en que su trama sencilla de gusano flaquee y los ojos no se abran y las palabras, en la cabeza, no fluyan. El día en que no haya cielo que observar ni amo al que agradecer las atenciones. Se preguntará, de un modo que no sabría explicar, su lugar exacto en ese mundo y festejará que la fe, tan costosa, le ofrezca la eternidad, la salvación, la visión limpia del mundo desde una altura más feliz. La respiración se va haciendo costosa. Le produce dolor tragar el aire viciado. Siente que le queman los pulmones que no tiene. Que el amo mundo, allá arriba, dice algo que no entiende.

14.6.16

Perpetuum mobile

me preguntaron si había previsto la luz, me preguntaron si estaba la lluvia, el olor de la lluvia, el paisaje después de que llueva, el tiempo que tarda la luz en rodear por entero una palabra y gobernar su tránsito por los días, me preguntaron si en la creación de la sombra había procurado esconder un milagro sin aristas, una ventana desde donde los cuerpos son únicamente fuego y tienen ira en los ojos y una lanza oxidada en el costado, escribí el libro infinito de la lujuria, el libro de las grandes palabras, el libro infinito para que lo lean hasta que el tiempo acabe, devoré un pubis ecuménico, un alarde de asteroides, un país verosímil
aspiré el aire nuestro sin abril y floté espléndido, en ese desorden multiplicado amé la blonda sublime del cuerpo profundo, amé el origen de las cosas, amé las mareas sobre las que un dios inventa naufragios, oscuramente amé también aquí la sed, el depósito antiguo de las palabras, el verbo al que alegremente le extirpamos la flor y el vuelo y queda en fuego manso, en la liberada costra que un día fue cáliz, el ángel dio un aviso, la luz se astilla, la sombra proyecta pájaros, todas las almas acuden, se instala la suprema evidencia de que algo verdaderamente importante va a suceder y vamos a contemplarlo, tengo desde anoche una fe absoluta en mis extremidades, tengo las certezas que nunca tuve, viene Dios, esta tarde todavía fogoso, y me busca un extravío de tristeza, hay tramas de muerte en la herida recién abierta o vamos a llenar todo de amor, manso amor, la cópula perfecta entre el alma y la tierra, la cópula alada, la gran cópula de los músculos muertos, el cielo mismo a caballo de mis palabras, los vivos mirando la boca de la muertos, buscando la sílaba exacta tras la que la divinidad esconde su trampa antiquísima, y otra vez se enciende la memoria, trae ayer desparramado, eco, mansiones para el júbilo, creo en las horas frágiles del día, en el camino humano donde la nieve cede al peso invisible de la mirada, creo en la gracia y rectamente procedo a notificar bajo notario su existencia, los poetas están en guardia, alerta la palabra, el tiempo de los poetas ha llegado, hasta muy tarde anoche en las alas del texto, labor de amor, el río asciende la noche, se me oculta la luz, todo es tangible, vagamente íntimo, en la sombra el gesto de ir a vivir sin que nada nos aturda, vivir así el regalo efímero de entendernos, el vuelo manso del verbo sin contaminar, el verbo autista, el verbo considerado el principio motor de la carne, luego vienen los profetas, los salmos, el monocorde ripio de las almas que buscan un lugar arriba en el cielo perfecto de la salvación, luego vienen los dueños de las horas, saquean lo que ven, nada queda libre, sólo hay muerte, iglesias vaciadas, la dulzura del credo convertida en óxido, apocalipsis, el sueño de los perversos, todo lo que no se dice acaba por mordernos, tengo una fe absoluta en mis extremidades, en el miedo que me conquista el pecho y hace que mi corazón se desboque, se astille, se incendie, mirad el corazón astillado, el músculo convertido en objeto vintage, el vértigo hecho fiebre y luego la fiebre volada al aire antiguo de los ojos que lo miran todo y a todo le extraen luz y en todo encuentran sombra, los ojos con vocación de bisturí, los ojos del artista que son los ojos del mundo, los ojos izados como un veneno cósmico, he aprendido a nombrar la dicha en las palabras, esta caligrafía de bruma sin brahms, ni mordisco, se hace polvo de estrellas, se hace escritura, boca, vagina, túnel, se hace fábula, un pequeño incendio bebop, que vence la oscura la rancia, la quemada historia de las palabras y asciende la tarde, hasta pesar como un adjetivo, sin romper todavía, miro hacia adentro , en la propiedad más oculta del tiempo, soy casi ahora y me queda toda la vida para desabotonarme del todo y tumbar mi cuerpo en la cosecha infame de las horas, todas matan, la última hora debe ser la hora de la poesía, morir debe ser entregar un último verso, en ti todos los versos se parecen a un único gran verso con sordina, el verso abierto con el que el universo celebra su festín de secretos, el lunes a zancadas me preña el tedio me dicta una voz en la que cuento mis miedos, un pequeño incendio bebop acecha en las avenidas, una síncopa con colmo, un terrible solo de arpa en el fondo exacto del alma, sí, sí, está la tarde cannonball adderley fugado en un bis, estamos en un vértigo de niebla, lluvia, que invade un sueño, escribo porque pronto olvidaré lo que digo, milton en alphaville, sí, sí, el poeta todavía esnifa adjetivos, hilos de ternura a ras de sístole toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura largos cabellos, el sótano está encendido, suena bossa nova filtrada, imagino la madre misma del poeta, cincuenta años largos enferma de tedio, no sabe leer, no puede leer los prodigios de las letras, la causa la desconocemos, el tiempo es un jesucristo con sordina, el tiempo es un jesucristo muy dixieland, necesito un demiurgo, un crack en mística, un hombre con una corbata beige con una corbata gris, todas las corbatas estropean la alegría, lo hemos visto juntos oh mi amor, la delicia de mirar amanecer juntos, la fria inerte dulce sucumbida clave de amor, en el parapeto de la cultura, hemos oído la misma canción las veces suficientes, la primera vez en parís, la segunda en las favelas, era diciembre calculado, nos queríamos de forma sencilla, comprábamos periódicos, leíamos en las terrazas, al sol tomábamos café, el chico del café era sordomudo, el hombre lee en donde puede, he visto gente leer en el metro versos del corán, haikus, prosa cabreada del tiempo, dow jones, big fun, hemos liquidado el miedo, lo hemos escondido en un endecasílabo, la mampara es el jazz, nos escondemos detrás, mujer, tu cuerpo es un desagüe en donde me voy, arranca el tour de amor, la ipé de mi corazón es volandera, la ipé de mi corazón la saco a pasear, tiene el paseo luna, y el perrito de chéjov nos mira en un relato tradicional ruso, todo lo ruso es agradable al oído, el idioma es de una sonancia que no te revienta el pecho, no me leas a nietzsche en vernáculo, no me digas que miras el abismo y el abismo te mira a ti, porque no tengo tiempo, esta noche el exiliado el extravagante, el asunto principal la historia de la vida, el leiv motiv los fab four en la pared, baudelaire en la pared, la chica asiática muy preñada con pezones como dedales de costurera tuerta, me gusta el junk mail porque leo ahí la novela de la existencia, no tengo un tren de vida de algodón sin delincuentes, la ciudad era nocturno, pubs, pizza a las cinco de la mañana, resaca margarita, hombre, no tengas cuidado, me dejas en la puerta que yo subo solo, me pongo un charlie parker, me pongo un stan getz, amor con la posibilidad de arrumbarlo después en un epílogo decimonónico, esta noche europa, paris, londres, madrid, el personaje perfecto en la ciudad ideal, pegamos tropezones hasta navidad, en la tesis más fiable la república de las palabras no representa un peligro salvo que seas un subversivo, un tipo de esos de la derecha gris, no me vengas con panfletos, me dan migraña los panfletos, se quita solo el temor a que la cultura nos termine induciendo al suicidio, tío sam está ahí afuera, me duele el alma, la bestia políglota, avanza por las calles, recorre avenidas, no tengas miedo, me has entendido, no vayas a demostrar que el miedo te ha cogido bien, el miedo es una aventura lírica, la soledad es un agujero enorme, la pereza es un concierto de keith jarrett en osaka visto esta noche, samsung cuarenta pulgadas, europa acoge un puñado exquisito de poetas del jazz, no crean, no viene bill evans,el genio se quedó en sus toxinas, el timonel escora dulcemente, la memoria, tengo ancho un párpado, me adormece la tarde, olvídate de la derrota, la grúa pasta tu voz, extrae la palabra, el oído glauco, estreremecido punto en el que la voz suministra su inventario de cautelas, importa el alma, comparo mi dicho con un eco, me miento, me invento, en vísperas el lance nunca sucede, el pensamiento dilata el trance, el cuerpo de la cortesana livia dulce, acaba de cumplir cincuenta, ya no acuden amantes, indagas, averiguas que el amor subsiste todo coronado, agua herrumbrada en todo caso, polen, eco, rizo del bello pubis, ya en declive como en una película de gloria swanson, fuera morir entonces, hermoso únicamente hermoso, es sólo es plumaje, el pájaro toma altura, perdura esto, el pájaro perdura, el desencanto trenzado, el menos doloroso, si anidan pájaros, en el pecho dulce, quebranto, tus dedos, naves, mi amor, te amo, qué hermoso es ver desfilar la tropa, arengan en una tribuna, los viejos caciques, las estrellas al aire, el júbilo, la patria, los dioses propicios, la cosecha de muertos con la voz cedida, con la voz hundida, con la voz destrozada, por el peso del verbo cainita, el verbo púgil, el verbo ampuloso en donde existe un paraíso, lo mismo que kavafis cabafis kavaphis cavaphis, pide que el camino sea largo, alguien jadea un pétalo, junio esconde savia , trinos que confunden, alta advocación del santo loor, compartir la gloria, el dulcísimo sonido donado en la noche, cómplice en esencia, el astronauta aunque zurdo evita el trato, no está hecho para eso, es de otras miras, concretas volúmenes, que modulan el silencio, zubin, el peso de la orquesta flaquea, así hablo zaratustra, así hubo un afán y después del afán hubo una panorámica del afán, el galán, el tiroteo, esto es cine, los arquetipos estipulan conductas, una literatura, escribo porque tengo los dedos limpios, sí, ah sí, los dedos limpios, el alma limpia, no tengo brizna alguna del barro con el que se me hizo, está el hombre frente a su espejo, colocando las piezas, midiendo las piezas, solo, solo, verosímil orquesta, radio skanton, la pluma, el tiempo es un sinfín de silbos próximos, oh nido, contribuye el músculo a adecentar el alma, la mano del azote divino, el onanismo convertido en arte como quería de quincey con el asesinato, como premisa válida, como baluarte, como paja bíblica, se desvanece el barco en la distancia, se pierde pues en la distancia, todo se deja manejar mejor por la fábula, en fuga, todos los niños de londres aman a peter pan, todos los niños de londres aman a peter pan el formidable, en balde se diga moneda, salud, amor, te escribo precipitadamente este galope enfurecido, este galope sucede como lluvia, este galope finalmente desemboca en poema, en viena urdida por los nazis, unas frases que arden, un viento que asiste al actor en su papel principal, súbitamente héroe, ardor más bien, el material disperso es la memoria, el hilo, el punctum, el verso armónico despojado de retórica, en la geometría participan los amateurs en la memoria, flipa un payaso, el rito sin usura, por favor, sedúceme esta noche, si puedes, ven, sedúceme, esta noche, esta noche calma sobre todo, esta soledad de amantes, no vengas con los libros de kafka bajo el brazo, dan migraña, ya lo escribí, con tal de perderme por todos mis sentidos, la voz se astilla, la verdad es que muero por mis poros abiertos, rechaza la batalla, el fondo sin astros, el cuerdo contra el boxeador sonado, el verso final, todo así la decadencia latina del amante apresado en el rockefeller center, mientras afuera la banda toca gypsy woman varias veces, black magic woman varias veces, stairway to the stars varias veces, summertime varias veces, en la tempestad brinca dios, muda el inverno su vocación de pestillo, eso es lo que ocurre, la voz se astilla, funda el amor trozos de amor repartidos por los trozos antiguos como salmo, se invoca, se venera, se salva el que reza, el apestado es el ateo, el descreído, ay me he perdido en los mítines del alma, en contra de sí misma, tiendes la mano, la mano buena, la mala de la mano mala, es que tiene vicios de mano libre y entonces escribe a su antojo, obituario escena manzana perdida en el cesto de una vírgen de teruel, recién traída a casa por un lejano primo entendido en macroeconomía, el mercado, la crisis, el topo, el animal oscuro, el animal oculto, el bestiario de intenciones que no acaban de imponer un orden, el caos es el orden que se cansó de repetir un verso, en bourbon street contra la voluntad de un elegido algún precio ha de pagarse, aunque sea por vivir tan a lo precario toda esta iluminación, este irse en cada gesto, en cada sílaba desde el musgo hasta la rosa la de milton, vibrar en el sueño, morir, hay que ir muriendo el beso último, el astro numen, la nave como un rito se zafa del oleaje. nadie oye la proa cascada, el alma rota, dios sin aviso, sólo el timonel siente un ardor, un peso, el naufragio inminente soledad entonces tan lírica, república de lobos, amparo de verbos, añicos de jaula, toda la impresión fiable del tiempo a dentelladas abriendo el pecho, los sonetos a la vista, todos los sonetos escritos durante los inviernos, con auster, con austen, con dick tracy, no tengo confianza en que la literatura, incluso la más alta, me salve, estoy condenado, estamos condenados, con lo único con lo que contamos es con nosotros mismos, no hay paraíso, edén, escalera al cielo, huella de los siglos, me pierdo todas las cosas importantes, me quema esta rutina de cosas irrelevantes, el paseo con los invisibles, con todos los invisibles que me saludan y me cuentan la historia rosa y la historia gris, todas las historias posibles, oigo, razono, compendio, me esmero en no depender de las historias de los otros, me afino en contarme las mías, las comprimo, las mimo, las fuerzo a que me expliquen el cosmos, dios en las alturas, el dios en la sílaba, el dios plenipotenciario en mi disco duro, stan getz en bossa nova, tengo a stan getz en cascada, me revientan cien endecasílabos en el pecho, me cierro y me abro, tengo la impresión de que no he dicho nada enteramente todavía, escribo porque el aire es una palabra, escribo dios charlie parker, john coltrane en alphaville, no sé a qué atenerme con estas imprecisiones, si desbarro o me desbarran, si el corazón entero es cosecha, si me pierden las dudas y no avanzo y todo es oscuro, en la luz todo se adensa, oigo el frío hacia adentro a nado ganando la herrumbre, frío que gasta palabras, las sílabas del frío vulgar como la muerte cuando ocupa la entera extensión de la luz que la batalla, oigo el frío majestuoso en secreto contando los días, el frío virginal que trae una lluvia invisible, un rumor oculto de heridas, el veneno primero con el que la vida nos enseña su saña ampulosa y cabrona, frío leyendo hace años a Dickens, en verdad os digo, oh mis hermanos, que nada hay que haga sentir más frío que ser un niño de dickens en una edición barata de bolsillo, todo lo que uno lee es dickens, todo está ahí, íntegro, en el mejor de los tiempos, en el peor de los tiempos, en ese bucle de las cosas, que no se advierte, que no deja una huella y, sin embargo, perdura, no se desvanece jamás, está al alcance siempre, como un salmo, como un dios caprichoso y rudimentario que bosquejara el mundo y lo bosquejara otra vez y viese que está bien la obra, pero se diese un día, dos días, seis días, hasta que de pronto comprendo que ya no es posible más, entonces es cuando se produce el chasquido, todo lo demás no importa, no importa el vértigo, el frío, el abismo, las palabras se escriben solas, cruzan solas el páramo, escribe uno con las palabras que no le pertenecen, como si otro escribiera, es un texto de otro, no me pertenece, leo algo que no es mío, no pertenece a nadie el texto, es un paisaje el texto, los paisajes no tienen quien los posea, dios en la altura bendice los paisajes, pero las palabras están en un rango más alto que los dioses, antes del big bang hubo palabras, el universo es un verso que se fue expandiendo, el big bang es un poema, cierro el editor, me visto, me voy a trabajar

13.6.16

Jack Torrance toma un whisky con Kubrick en el Overlook



Un whisky con Kubrick en el Overlook. Lo toma Jack Torrance antes de derribar la puerta con el hacha. Creo que no tengo una frase mejor en la que resuene tres veces la letra k,, firme y estimulante, Lo que me fascina de la fotografía del rodaje de El resplandor (The shining, 1980) es la posibilidad de que afuera el mundo no exista, de que todo sea nieve y silencio. La nieve intimida a su modo, se impregna en el carácter de quienes la observan o la pisan o la odian, y hace que las tramas novelísticas en las que aparece sean de corte agresivo, estén adornadas de muertos y la música que la amenice sea minimalista, de violines muy levemente acariciados, de guitarras lamentándose continuamente. El invierno cobra sus peajes. El frío es la oscuridad a la que acudían los románticos y los góticos para contar sus miedos o para hacer que otros los tuviesen. Lo fascinante de El resplandor es la posibilidad de que todo haya sucedido y un velo nos lo enturbiase. El modo en que King dosifica la retirada de ese velo y el modo también en que lo aparta con violencia y deja que todos los demonios afluyan. Sólo de beber y no escribir hace de Jack un chico aburrido. Seguro que sí. 

11.6.16

resaca de señor conejo



a veces los pájaros acuden si los llamo, vienen en bandadas, se atropellan en el alféizar de la ventana, miran qué hago, observan los libros encima de la mesa, parece incluso que escuchan a wagner invadiendo polonia, pero en realidad no hay trama más allá de la impresión poética, no acuden si los llamo, están convidados por el azar, están sin que yo intermedie en ese prodigio, en otro modo de entenderlo todo, nosotros somos como pájaros, acudimos si nos llaman, vamos en tropel, nos atropellamos sin concierto, observamos qué hay detrás, si la cosecha o tan solo la semilla, si el final severo o el entusiasta acto de inicio, importa la trama, nos importa construir la memoria, tenerle a mano, conferirle el rango de libro y abrirlo en cuanto se nos ocurre, consultar, ver qué podemos hacer para que no sintamos el peso del mundo, que no es amor, hace tiempo que no es amor, lo fue, estuvo ahí el amor, codiciando amantes, copulando sin brida al modo en que lo hace la lluvia cuando lame el aire, invisible, puro, gozoso y alto, escribo porque soy un conejo, a veces me da por imaginar que no soy emilio calvo de mora villar, no tengo el ideal de la justicia, no tengo el sencillo amor a la vida, no comparto con los otros la alegría que en ocasiones me ocupa el pecho, soy un conejo, el señor conejo, voy de campo en campo, olfateo, sobre todo olfateo, siendo conejo he desarrollado enormemente el sentido del olfato, donde otros aguzan la vista, donde se esmeran en sublimar el gusto, yo he puesto toda mi sangre en el crecimiento de mi olfato, está grande mi olfato, estoy satisfecho de cómo funciona, salgo al campo, olisqueo sin parar, muevo los bigotes, nunca me he visto, comprendo que termine moviéndolos, los conejos tenemos esas cosas, las mujeres de wichita falls tendrán también las suyas, no conozco una sola mujer nativa de wichita falls, cabe la posibilidad de que alguna se me haya cruzado, pero no podido decirle nada, contarle la historia de mi vida, la breve historia del insomnio, el sonido que hace mi bigote cuando se me cruza una zanahoria, sobre la superficie herida de la zanahoria voy rindiendo diente a diente toda mi nerviosa boca, sé que me espera el manjar, cuanto más me espera, más intenso es el placer y más lo dilato, si vuelvo a mi condición humana no recuerdo nada de mi vida como señor conejo, no sé nada de mi promiscuidad de conejo, vuelvo a la mesura, escribo distraídamente en un banco de un parque, observo una iglesia, a lo lejos, la gente entra con respeto, entran animosamente, creo que luego dios los amonesta, secretamente los amonesta, dios censura, es un catón, es un terrible ojo imposible, pero los conejos no tenemos moral, no sentimos el peso del mundo, solo olfateamos, fornicamos, entendemos el mundo según lata el corazón más o menos aprisa, la vida como señor conejo tiene sus ventajas, no nos escandalizan los asuntos habituales, solo nos concierne la procreación, no se puede pensar en otra cosa, solo olfateamos, oteamos, nos encaramamos a la hembra y la cubrimos, cubrir es un verbo manso, uno cubre lo que puede, cubre sin apuro, un poco también desinteresadamente, sin caer en la cuenta de que se está cerrando un ciclo o de que se está abriendo, el hombre tampoco razona estos brincos del alma, no estoy hecho para llevar registro de todo lo que me sucede, quizá un apunte, un breve comentario, dejar constancia del prodigio del vino en la boca, constatando la brutalidad de las horas cuando la resaca te pasa por lo alto, el señor conejo ya no bebe como antes, escribe más, pero bebe menos, me cruzo con él en el portal de la casa, lo saludo, no parece conejo, no debe parecer conejo, siendo conejo no tendría los beneficios de ser hombre, soy hombre, tengo beneficios, soy conejo, olfateo, copulo, en la cópula se quintaesencia toda la prosa del señor conejo, el estilo barroco, el estilo ampuloso, el vuelo, el asalto al verbo, la certeza de que las palabras me abandonan, no es posible aprehenderlas enteramente, se escurren, no se avienen a que tú las sometas, tiene que haber un pie en el cuello del adjetivo, no hay que mimarlo, no hay que pensar que el adjetivo está ahí porque nosotros lo hemos llamado, como si fuese un pájaro, no acude si le llamamos, ahora estoy buscando un sentido a lo que digo y solo encuentro vértigo, el vértigo expandido, las palabras del señor conejo yendo y viniendo por mi boca, el sexo fugaz, la obra completa de mozart en un montón de cedés, la obra completa de benito pérez galdós en una caja  o en dos o en tres, en un trastero, cerca de la bicicleta de mi hijo, mi hijo estudia alemán, no sé cómo se dice conejo en alemán, no sé alemán, quizá sea tarde, no estoy por la labor, no sé a qué labor afiliarme, con cuál excederme, hace falta excederse, ver que se duele uno, apreciar el dolor, sale el texto del dolor mismo, si no hay sufrimiento no puedes ser escritor, escribes para cualquier cosa, pero no se te considera oficio, no entra en lo razonable que escribas porque no es posible eludir esa responsabilidad contigo mismo, el lector cae, se involucra, se afana a veces en entrar, pero la literatura está en otro lado, no en lo que registras, en el cuerpo orgánico del texto, en el conejo abatiendo a mordiscos la zanahoria, como si no tuviese otro cometido, como si eso que le encomendara lo aturdiese y no le dejara que la sangre fluyese por dentro, la sangre es el texto también, uno es la sangre de la herida, en la herida se intuye un aviso del texto que está por venir, algunos escribimos antes de la dentellada, no podemos esperar, nos falta la paciencia para ofrecer el texto una vez que el diente ha hecho cuartel en la carne, la carne libra entonces una batalla más alta, de más noble fuste, el conejo se encoge de hombros, se sienta en la sala de espera, mira a un lado, a otro, espera que lo entiendan, pero a los conejos no se les ve nunca como realmente son, es una pena ser solo conejo o ser solo walt whitman o ser solo eco, más allá de la voz, por encima de la sangre incluso, apartando la memoria, ser solo eco, el eco libertino, nuevamente izando banderas de placer en el aire recién libado, el aire convertido en luz misma, la luz mecida después por el eco, reverberándose, convocando el secreto numen de las cosas, pero ah emilio calvo de mora villar, estás saliendo del territorio del conejo, lo estás abandonando, no será posible después el ayuntamiento con su causa, morirá en un rincón, abandonado el conejo, vendrá el cáncer, se lo comerá entero, no quedará nada, no habrá un resto, el señor conejo será venerado, edificarán iglesias, la gran iglesia del conejo, tocarán fugas de bach, se escucharán desde lejos, incomodarán a los que no entienden qué lujuria los preñó, la carne libra entonces otra batalla más alta todavía, la voz se convierte en salmo, el señor conejo se retira a contemplar su obra

en realidad no es preciso velar durante toda la noche al conejo, señor conejo tuvo una vida admirable, un conejo feliz, el conejo al que los cuentos cortejan, en el que se observa la rotunda armonía del cosmos, no hay muchos animales en los que advertir esta evidencia de orden metafísico, ningún fabulista ha logrado hacer converger en un animal la filosofía antigua y la new age moderna, toda la sabiduría de los próceres del alma y toda la mierda patrocinada por los bancos, pero el mundo sigue, ah amigos, hemos estado aquí, mirando al conejo, observando cómo se arruga el gesto, aceptando que la vida es siempre una aventura involuntaria, he aquí al héroe, se agolpan en la puerta todas las amantes, vibran en escorzo, cimbrean la cintura, arquean el torso, ponen el alma en cada acometida de la sangre

10.6.16

besos puros con intención de atlas

primero me quitaré el paisaje,
el paisaje antiguo y el nuevo,
preguntaré si la vida ocurre cuando no la ocupa el paisaje,
habrá entonces tal vez un solitario temblor tendido en la sílaba
como un sueño,
un amor previsto o percutido o un amor fugado
que dicte ebriedad a las palabras,
seré una sombra, dejaré que los perros me habiten,
dejaré que el vértigo fluya,
el vertigo con la fiebre juntamente,
el tiempo es un trono de niebla,
un dado de espuma,
toda esa altura posible en una plenitud sin volumen,
hablo solo, me escucho, creo que todavía puedo seguir así unos años,
saludo con gestos elementales 
pájaros levemente levógiros 
que mordisquean el aire y me miran alucinados,
hay una conferencia de pájaros, 
un hombre vocea dentro, muerde adentro,
muere en ese interior de poca luz o de ninguna,
el dolor cabe en un pen drive,
son dolores pequeñitos, escasos,
la piel es un espejo donde loca, insensata, 
la luz se suicida en una fanfarria de sombras,
escribo lo que una parte de mi cabeza va dictando,
es curioso lo que hace la cabeza sin que nosotros tengamos un conocimiento fiable, 
de hecho qué es fiable, la luz no es fiable, no es fiable la voz con la que hablo,
la tos es fiable, el dolor es fiable, morir es fiable, 
la vida la sabemos, tenemos la propiedad de su empeño,
afuera se mastique un desvanecimiento, 
un alud caprichoso de adjetivos,
abismo para aturdirnos,
quedarnos después así como idos,
como cuando bebemos bourbon en el ático 
y Miles Davis en Montreux con sordina acompaña cada trago 
con un apunte de genio,
esta es la escritura invisible, 
la escritura de los pájaros, la inmediata, 
la que cuesta menos porque sale del pecho como un grito,
pero cuesta respirar, duele respirar, acabaremos muertos de respirar tanto,
cuesta ser uno mismo y no contradecir el corazón,
la cabeza va a lo suyo, inventa frases, pone en mis dedos lo que todavía no he pensado,
cuesta el verbo y cuesta hasta la luz que se empecina en despertarme,
cuesta igual contemplar la noche dentro de unos zapatos también cuesta,
dormir como un perro cartesiano que olisquea, asalvajado, telúrico,
huesos en sus ladridos,
he aquí el perro primario, el único perro posible, el primero de todos los perros,
cuando me borro los signos primordiales de la lucha,
semejo un perro
el hombre lírico, el hombre puntal del hombre, la voz ya cimiento de una fuga,
sol izado,
sol ido,
sol machacado por un verso imprudente que lo succiona
y entonces la oscuridad establece su reinado infame 
durante los breves minutos que tardas en evacuar el miedo 
y regresar al tacto flamígero del sexo perfecto bajo la luna intacta,
escribo en la distancia,
a salvo de la métrica, a salvo de las especulaciones,
primero me quitaré el paisaje, la luz decantando el verso,
me borraré de cuajo las palabras minuciosas 
y luego las palabras divinas para quedarme en tránsito,
pediré que el viaje sea largo, como dijo el poeta,
este viaje de lienzos pobres,
este fondo de armario súbitamente nítido,
este pantalón de tweed en mis veinte años, 
en la facultad del tiempo,
comprobando el fulgor de los años, 
el terrible arpegio de la vida, la vida se inicia en la ropa,
en los que se nos va poniendo,

en ese paisaje,
en lo que más tarde elegimos nosotros,
hay quien muere sin haber elegido una corbata,
una corbata noruega,

quien muere sin haber sentido la punzada del amor, ah el amor,
sin haber leído versos de Neruda,
sin haber reflexionado sobre el origen del mundo,

sin haber estado acunado por el cosmos,
el origen del mundo
está en la vulva torrencial de la sangre,

en la fiebre del amor, en el vértigo del amor, en la luz completa del amor,
a mí que gusta muchísimo flipar con el envés de las palabras,
anoche soñé,
bendita ilusión,
y todo eso, uno elige cómo perderse,
ir entonces desalojando el ánimo,
azuzando contra él todos los fieros demonios,
uno se malogra en esos accidentes diminutos,
en esa concentración escandalosa de puro azar mecanicista,
el azar es el que guía las palabras,
es el dios del verbo,
el azar nos escribe,
el azar manufactura los días,
el azar con su gramática arcana,

el azar escribe, no me busquen, yo no estoy, hoy no está
emilio calvo de mora villar,
el azar aparece en los posos del café,

en  el dibujo del barro cuando la lluvia lo encuentra,
nos bebemos el azar cuando besamos a nuestra esposa 
en el tálamo apoteósico de los sueños alejandrinos,
cuando besamos al hijo puro y limpio,
cuando entregamos el beso al padre o a la madre,
que no entienden nunca este desvarío que no previeron,
no sabemos qué cosa se nos cuenta cuando se nos cuenta algo,
si las virtudes de la cosecha o el morbo de la ceniza,
en esto vamos creciendo, ahí estriba, intacta, la festividad de la decadencia,
los días forjan su vasta memoria en nuestra carne exvota,
en la piel ardida por los besos,
besos puros con intención de atlas,
besos con cuerpo o pesos sórdidos de amante experto 
que arranca gemidos como distraídos pájaros 
en el fondo carmesí de la entrega,
todas esas caricias alumbran el milagro de la reencarnación,
uno se reencarna en uno mismo y parece que es el antiguo,
el ya mirado, pero es advertidamente otro,
el que revisa su voz y halla en la voz el peso canalla de los años,
ese limbo fundado en la memoria,
ese no saber en este mundo,
pero no querer estar en otro,
esta precisión homicida,
yo sé que quien ha amado mucho, quien ha sufrido mucho, 
carece de alma, la ha ido perdiendo en esas aventuras del espíritu,
o posee un alma que no se puede sentir ni medir ni rendir a la eternidad,
dios está en el viaje, no en la salida ni en la llegada,
se advierte a dios como se aprecia el amarillo académico de una metáfora,
vivir es siempre muy sencillo, pero hoy tengo la mano rápida 
y martilleo el teclado hp inalámbrico 
mientras la familia hace sus cosas y yo dejo ya de inventar intoxicaciones,
he hallado el equilibrio y ahora publico entrada 
y miro el blog recién enfangado con este aleve apostasía de mi mismo,
con este sustrato mineral y patológico de voz pública,
voy a prepararme un café, 
voy a darme arrobo en lo que entiendo,
festejar el vuelo, 
creer en las alas,
pedir que nunca me deje intimidar por el silencio, 
pedir volver, pedir volar, pedir sobre todo la posibilidad de que nos deje pedir de nuevo

9.6.16

Tres principios de incertidumbre

I/ Nietzsche

En 1.882 Friedrich Nietzsche, aquejado de un problema óptico severo, ideó un método para no perder el antiguo hábito de la escritura, tan fatigosa y esclava del mecánico ejercicio de manuscribir palabras en una hoja y fijar la vista hasta devastarla. Compró una máquina de escribir Hansen, el modelo Writing Ball , una maravilla de la época. De hecho, la primera construcción mecanográfica de la Historia. Ya nada más empezar a usarla notó que los dolores de cabeza menguaban y, como consecuencia,  redobló  su volumen de trabajo.  Lo que estimula mi asombro, siempre lúbrico a poco que se le motiva, es el modo en que la irrupción de la máquina de marras, su concurso estimable en la prosa del autor, influyó en su forma de escribir. Fue un compositor amigo de Nietzsche quien advirtió la mudanza en el estilo. La prosa caligráfica de antes, proclive a los arabescos mentales, muy concienciada del valor de la narrativa, del texto trabajado hasta el desmayo, derivó a una más áspera, exenta del anterior vuelo semántico. La idea (razonó Nietzsche) es fruto también del instrumento que la plasma. De hecho el filósofo pasó del trozo trabado y largo al apunte seco, del capítulo denso al ejercicio malabar de su última época. Dejó el cuerpo grueso de sus antiguas elucubraciones y pasó, sin aparente fractura, a una especie de cuerpo fascicular, menudo, hondo a pesar de su deliberada flaqueza orgánica. Si la prosa de Nietzsche era previamente un virtuoso ejercicio de arabescos, metáforas y largos párrafos encabalgados (Nietzsche amaba la literatura) como paladines del cansancio intelectual luego se hizo (a partir de la injerencia de la máquina) aforismo, pequeño ejercicio de menor fuste sintáctico. Todo por teclear, por no saber ir con la velocidad de antsño, por acondicionar la inercia de las ideas a las duras exigencias de las teclas. Me pregunto yo, al hilo del ahora, cómo sería un blog manuscrito, que hallazgo se ha quedado en el limbo del ingenio, perdido por la imposición del teclado y su transcripción fantasmagórica a una pantalla de ordenador. Y algo más: ¿a qué enfermiza prosa, por enclenque, hubiese llegado Nietzsche de haber tenido a mano un editor de blogs, un procesador de texto, toda esta maquinaria maravillosa de los cachivaches ofimáticos?


Va uno incluso más lejos. ¿Cómo será la escritura del futuro? ¿En qué diferirá de la de ahora? Ya no es el manido (y acabado) argumento de que la novela ha muerto o de que está a punto de morir, ni siquiera otro también muy traído en el que se postula que todo está escrito y que no hay nada nuevo bajo el sol inmutable. De lo que se tratá es de bosquejar una literatura que sobrevendrá en el hipotético futuro, del que sospechamos cosas, pero del que no es posible conocer nada.

II/ Borges


La máquina de Borges fue la Kodama, una groupie sensible y culta, que engolosinó la soledad amorosa del maestro argentino y lo apartó un poco de los laberintos y de los espejos. El dictado entusiasta y engolado de Borges (sólo hay que oír sus conferencias grabadas, sus entrevistas para televisión) probablemente confieran a su literatura una arquitectura sintáctica determinada (visible a partir de El libro de arena) que no aparecía en El Aleph o en El jardín de senderos que se bifurcan.) La ceguera marca una forma de narrar y la visión, el apercibimiento óptico de las grafías manumitidas al folio en blanco da otra. No hay un paso intermedio: no es posible aferrarnos a la hipótesis de un escritor que prescindiera de la fatiga que supone verter en un formato su obra. Al escribirla, al abandonarla en un recinto logístico, existe una pérdida. También la hay, de un modo absolutamente irreprochable, al ser entregada de forma oral. No sé si es cierto que todos escribimos mejor que hablamos. Yo, en particular, tengo una oratoria deplorable. Caigo en la cuenta, conforme hablo, de que no he escogido el verbo preciso o que podría haber sido más sucinto (si conviene la economía) o más retórico (si conviene explayarse). 

He tenido amigos de una soltura lingüística admirable a los que nunca vi escribir un texto con vocación literaria. Manejaban el vocabulario adecuado y adornaban lo dicho con cierto empaque estilístico. Ocupaban su ocio en asuntos que no tenían absolutamente nada que ver con el lenguaje, con la literatura por añadidura. A uno de ellos, al que tengo como el más cercano y querido, le da rubor escribir, le produce zozobra, le parece que no estaría  a la altura, le crea (cuando está obligado a hacerlo) una responsabilidad que no asume. Quizá, si se extiende el modelo que propugna involuntariamente mi amigo, tengamos un futuro de lectores portentosos, de oradores capaces y no habrá la legión de escritores que hoy tenemos. Porque somos legión y la oferta (ay) está sobrepasando la demanda.


III/ Cervantes

Cervantes, escribiendo a pluma, interrumpiendo de continuo el flujo narrativo para abastecerla de tinta, escribió un Quijote preciso, uno entre los infinitos Quijotes posibles (y en esto huelga decir que acudo a Borges nuevamente). ¿Será la caprichosa/azarosa circunstancia de su escritura la causante del resultado final? Sin duda ninguna. Tal vez la literatura que nos conmueve, la que nos alegra o nos perturba, la que nos procura el júbilo que la realidad tozudamente se obstina en esquilmarnos o la que complementa más armoniosamente la más alta experiencia de vivir sería otra (y bien diferente) si quienes la forjaron hubiesen dispuesto de otros instrumentos para registrarla. Es el instrumento (a veces) el que orienta el texto, el que lo guía o incluso el que lo dicta. El otro esperando a que me recogieran, escribí el móvil un texto que luego volqué en mi red social. Creo que salió un texto urgente, feroz. Uno identificable, a poco que luego uno se fije en cómo está tratado. Como aquel principio de la física teórica que Heisenberg regaló a sabios y ociosos que venía a decir que era materia imposible medir el lugar y la velocidad de una partícula puesto que los instrumentos de medición alteraban irremediablemente esa posición y ese movimiento. ¿Y si no hablamos únicamente de física teórica? Tal vez era de literatura de lo que hablaba Heisenberg. 


8.6.16

No haber sido fantasma y otras consideraciones especulativas

No haber visto una película húngara en un cine de verano.
No haber leído a Mann en un balneario.
No haber escuchado la quinta de Mahler en un festival vienés.
No haber aprendido lenguas germánicas medievales.
No haber sido Jimi Hendrix en Woodstock.
No haber despachado mate con Borges en un zaguán porteño.
No haber tenido la voluntad de haber aprendido a tocar el piano.
No haber bebido bourbon con Bukowski en un tugurio.
No haber escrito un haiku en Japón.
No haberle dicho a Truffaut lo que tendría que haberle preguntado a Hitchcock.
No haber convencido a Robin Williams para que no se retirase tan pronto.
No haber escuchado las variaciones Goldberg tocadas por Michel Petrucciani.
No haber asistido a ningún concierto de The Rolling Stones.
No haber vivido en Londres, ni haber pensado en Wendy y en sola que está.
No haber terminado las tres novelas que he empezado.
No haber ganado el premio Loewe de poesía.
No haber conversado con Cortázar sobre cronocopios y famas.
No haber dormido en hotel Chelsea.
No haber sido instruido en las bondades del campo.
No haber tenido ninguna educación para el dolor.
No haber dicho tantas cosas que dije, no haber escuchado tantas que escuché.
No haberme retirado del oficio de amar en alguna ocasión.
No haber sentido al oído la voz de Dios todavía.
No haber estado en el delta del Mississippi, en un antro en donde toquen blues sucio,
No haber amado más, no haber comprendido que siempre es posible amar más.
No haber sido licántropo, no haber sido fantasma, no haber sido el hombre del saco.
No haber registrado los sueños que en ocasiones recobran su trama en mi cabeza.
No haberme empleado con los amigos, no haber abrazado a algunos que ya no veo.
No haber conversado con mi amigo Antonio sobre la bondad del género humano después de ingerir una cantidad escandalosa de cerveza.
No haber contado a nadie que amé a Kim Novak.
No haber visitado el Louvre, no haberme perdido un día entero en el Louvre.
No haber confesado a nadie que por la noche, cuando voy conciliando el sueño, elijo cuál el mejor momento del día.
No haber amado profundamente a la flacucha de la Hepburn.
No haber votado a Podemos, no haberme arrepentido.
No haber estrechado la mano de Antonio Muñoz Molina, no haberle dicho que admiro su constancia y su honestidad.
No haber caído en la cuenta de que quizá convenga dejar de escribir, no haber sentido de verdad la necesidad de dejar de hacerlo, no haberme convencido de que ya está todo dicho y que sólo me esmero en disimular el bucle en el que ando.
No haber tenido un foxterrier y haberlo sacado a pasear por la Gran Vía.
No haber haberme ido de casa con una amiga que me lo propuso.
No haber amanecido en Islandia.
No haberle dicho a Lynch que no me gusta Laura Dern.
No haber participado en un certamen floral con un poema sobre el pubis angelical de las ninfas de mis sueños.
No haber invitado a casa a Hilario Camacho y haberle dado las gracias por hacer poesía y cantarla.