21.5.18

Pequeño poema de amor



El sur era un umbral secreto,

Una avara cuenta de espejos
Donde el cuerpo celebra
Sus dioses en la rudimentaria
Extensión de sus vicios.
La geografía era un instante
En el tiempo,
Una posesión
En la sombra,
La exacta certeza de una urdimbre
Arcana que incendia
El rastro mineral de las horas.
El amor es el pájaro
Súbito que sin estrépito
Estalla en la luz,
En el breve espacio
En el que el poema,
Cautivo, esplende.


Mi voz no comprende lo que le hago decir,

se declara insolvente, hasta me discute
la posibilidad de que no la involucre
y recite sin que lo acepte la historia prevista,
los años de aprendizaje, el ruido y su eco,
todas las palabras huecas y las que pesan y
las que luego hacen que el mundo gire,
que son de amor y con ese amor se encofran
en la boca y se airean para que otros escuchen.

El amor es el pájaro que acaba de emprender
vuelo alegre y festeja las alas y se aleja.

20.5.18

Los cuentos no acaban nunca

Abundan las historias en las que se engrandece el comienzo. Se les da un tono épico o bíblico o fundacional. Cosas del tipo: Al principio era la oscuridad y la luz se fue haciendo paso hasta que la cubrió. Todo expresado así, con contundencia, dando aviso de que se está asistiendo al inicio de algo extraordinario, mayor y más hondo que nuestra presencia accidental, razonablemente accesoria, poniendo el esmero y el énfasis en sublimar, en dar empaque mitológico, en registrar la épica, que es la naturaleza más íntimo de cualquier relato histórico. Lo que no ha alcanzado esa obstinación literaria, esa especie de género en sí mismo, es el fin. El comienzo siempre ha sido sobrevalorado. Se puede decir que los adeptos de conocer el origen ganan a quienes desean conocer el destino o el futuro o el porvenir. Queremos saber qué hubo antes, el lugar de donde proceden las narraciones. El final, la conclusión, interesa de un modo accesorio. Siempre se puede urdir una propia, pero es el arranque el que entusiasma, el que atrapa y fideliza. En literatura, en la rendición de la novela, la clásica, la actual, hay una inclinación a que todo fluya y nada desentone, a que el comienzo, el nudo y el desenlace vayan bien hilados, convertidos en un todo limpio.

Todos recordamos grandes principios novelísticos. Sabemos cómo empieza el Moby Dick de Melville o Historia de dos ciudades de Dickens (uno de los favoritos que yo conozco) o Cien años de soledad de García Márquez. Se nos escapa (no hemos querido poner la suficiente atención) el final de todas esas narrativas. La manera en que acaba es secundaria, aunque parezca que reclama un lugar de privilegio y todo conduzca a ella. Los finales, por necesarios que sean, no tienen el peso metafísico de sus progenitores, los inicios rotundos, esas frases que se te impregnan y de las que ya no sales. Del fin, el fin considerado como un cierre, interesa la posibilidad de que contenga alguna vía por la que penetre el aire e insufle de vida al cuerpo recién fallecido. Queremos continuar, darle un cuerpo nuevo al cuerpo recién sacrificado.

Queremos que Lolita no acepte a Humbert Humbert, pero tampoco nos satisface que viva esa vida mediocre, con un marido insulso, sin sustancia, que sólo ha sabido dejarla embarazada. Cuando Nabokov cierra su novela lo que el lector desea es que no acabe. Yo he inventado finales que me agradaban más que el estipulado por el autor. El final es una trampa, el fin es un pacto que no ha sido consensuado por las dos partes, el fin es cualquier cosa menos una liberación. Las novelas tienen dos autores: el que levanta acta con las palabras y el que, leyendo, arguye caminos nuevos, vías por las que la trama puede avanzar. Los cuentos no acaban nunca. Tienen un arranque, pero no precisan un finiquito. La vida es una trama novelística más. La literatura lo acapara todo, no hay nada que no sea capaz de succionar, no existe ninguna otra consideración. La singularidad irrepetible del comienzo del cosmos (ese latido primero, ese ruido iniciático, esa explosión lírica y cruel) es lo que de verdad nos importa. Tiene también intriga entender cómo se expande o si ese ahondar en el espacio y en el tiempo tendrá un latido postrero o un ruido póstumo. Tiene morbo comprender esa inercia que indagar en el tímido arranque. Quienes siempre supieron esto son las religiones. No se preocupan del infinito pasado, sino del infinito futuro. Queremos saber si Lolita llegará a vieja. Si al final el capitán Ahab se reconcilia con la naturaleza y con el destino y entiende que la ballena blanca y él son la misma extraordinaria cosa y que uno y otro poseen idéntico hálito, que hay un pulso de vida o de muerte (qué más da) que los propulsa y guía y justifica.

Todas las tardes de los domingos


   Preguntémonos con sinceridad si la golondrina de este verano es otra que la del primero y si realmente entre las dos el milagro de sacar algo de la nada ha ocurrido millones de veces para ser burlado otras tantas por la aniquilación absoluta. Quien me oiga asegurar que ese gato que está jugando ahí es el mismo que brincaba y que traveseaba en ese lugar hace trescientos años, pensara de mí lo que quiera, pero locura más extraña es imaginar que fundamentalmente es otro.

                                         Arthur Schopenhauer


Son las tardes de domingo las que no difieren unas de otras. No admiten que se las varíe o que les incrustemos un adorno. Si se piensa en ellas cuando es lunes, no hay una variación excesiva, parecen cogidas de un mismo molde, extraídas de un arquetipo. Hay como una lentitud en las tardes de los domingos que no se da en ninguna de las otras tardes. Se hacen morosas las horas, adquieren el peso que no suelen, se obstinan en evidenciar cierta fatalidad soportable, la del tiempo echado encima como si fuese piedra, la de la súbita constatación de todo lo que tenemos que hacer durante la semana, de todas esas cosas menudas, tal vez irrelevantes, pero que parecen montañas si se ven de lejos. Hace tiempo que todas las tardes de domingo son paradójicamente la misma. A veces incurren en anomalías, presentan novedades que entusiasman, aunque luego vuelven a esa deriva suya ya conocida. Todos los gatos son el mismo gato, dejó escrito Schopenhauer. Por extensión, no hay domingo que rivalice con otro en novedades.  Alguna trae un paseo que no se espera o una llamada de un amigo del que no sabemos nada hace tiempo. No hay que distraerse con estas evidencias de la existencia del azar. Igual veo esta noche en los tejados un gato primerizo, una especie de gato fundacional, inédito, rutilante. Sólo por llevarle la contraria al seco y soso de Schopi. La de mañana, pues escribo a ciegas, de memoria, pensando en lo que ya conozco, será una tarde maravillosa, no tengo motivos para pensar lo contrario. Si me apesadumbro y la miro con malos ojos, el lunes se hará inabarcable, pesará como a veces pesan los lunes y la semana será una historia de Tántalo cuando lo arrumbaron al Tártaro (perdonen la similitud fonética, así son los clásicos) y penó una eternidad rodeado de placeres inalcanzables. En el fondo, cuanto más lo pienso, más amo los domingos. De no ser por ellos, no tendríamos la satisfacción hedonista del lejanísimo viernes.  

19.5.18

La ciudad derrotada



I
Tomaron la casa. Dejaron las baldas, se llevaron los libros. Abrieron los armarios, desocuparon las perchas. Todos los cajones estaban a medio abrir y no había nada adentro. Vaciaron el frigorífico, lo despojaron de su dignidad, sólo quedó un olor a rancio y unos tappers huecos. No era la voluntad de hacer daño, no se disfruta con esas cosas. Fue un acto de amor lo que hicieron. No debía quedar nada que indicase cómo eran los moradores. Lograron que la casa dejara de ser una casa. Era cualquier otra cosa, pero no una casa. Luego estaba el silencio. Parecía colocado adrede. Como si lo hubiesen traído de afuera y dejado allí para que colaborase  al expolio. El silencio juntamente con el frío. Hay casas que viven en ese limbo sin sustancia. Las ves desde la acera o desde un coche. Piensas que nunca fueron habitadas. Dan esa sensación de orfandad. Te parece inverosímil que antes hubiera conversaciones, afectos, actos de amor y de odio, pequeñas o grandes evidencias de que la vida pasó por allí y se animó a quedarse. Están proliferando las casas vacías, tomadas, descompuestas, desoladas, ciegas y muertas. Las hay en número que rivaliza con el de las ocupadas. Toda esa abundancia obscena de bloques a medio construir o de pisos no estrenados jamás hace pensar en que cierto mal está asentándose en la sociedad y de que estamos encantados de que nos haya visitado. De no estarlo, no habría bloques fantasmas, pisos muertos, casas solas. Duelen más las que no llegaron a ser útiles siquiera. Las otras, las que se habitaron y dejaron, pronto se enmohecen, se cuartean, ofrecen la impresión de que algo extraordinariamente perverso las impregna. Una casa deshabitada es como un libro que no se ha abierto nunca o como un corazón que no ha amado nunca o como una palabra que nunca se ha dicho. Hay una inminencia trágica, una terrible presencia que se esfuerza por contarnos su dolencia íntima, su absoluta flaqueza, su deseo de que la poseamos y nos volquemos en ella fieramente al modo en que el amante se vacía en su amada y la colma como si no hubiese venido al mundo a otra cosa. Las ciudades son cada vez más fantasmales. El hombre es cada vez más insensible. Las casas son cada vez más absurdas. 

II
Hoy, al entrar en la ciudad (hoy Granada), vi extensiones enormes de bloques vacíos, expuestos al desorden y a la soledad. No hay nadie que los observe. Nadie se fija en ellos. Cuanto más grandes son, menos atención se les da. No sabemos si tuvieron inquilinos o nadie los habitó. Si alguien pensó en cómo amueblarlos e imprimirles vida. Todos ocupan ahora un lugar infame en la historia del progreso. No hubo dinero con el que acabarlos o la sinrazón o las corrupciones (vaya usted a saber) se desentendió de ellos y no les dio carta de habitabilidad, ni luz, ni agua. A veces los toman los que no tienen techo en propiedad. No sé cabalmente qué pensar sobre los okupas. Por un lado tengo muy claro que están cometiendo una ilegalidad o que están delinquiendo. Por otra quizá procedan como lo hacen porque los demás, los que construyen, los que levantan las ciudades, han perdido la cabeza y ellos, los pobres, aprovechan la poca cordura que queda en pie. Otro asunto es el de colarse en las casas cerradas, en las que tienen el pestillo echado, las que se podrán habitar o alquilar o lo que le venga en gana al legítimo dueño, pero también esas piden afecto, hablan a su manera. No hay libros en sus baldas o no hay baldas. Las camas dispuestas en los dormitorios no sirven para que se duerma o se ame en ellas. Dejarlas fue un acto de amor. Los que las habitaban retiraron todo lo que delatara alguna evidencia de sus vidas. Que fuese cualquier cosa, pero  una casa. No hasta que tuviese un nuevo inquilino y la tratase con esmero. 

17.5.18

Trío con Pascal y Hopper



                                                     Intermission, Edward Hopper


I
Pascal escribió que no hay hombre que difiera tanto de otro como de sí mismo en el decurso de su vida. Por eso hay días en que uno se levanta pletórico, convencido de que la vida le va a bendecir o de que todo está en su lugar y ofrecido a nuestro capricho, y acaba yendo a la cama hecho un trapo, hundido, convencido de que la vida nos atropelló o de que nada bueno pasó a beneficio propio. Días en que no eres amable, ni templado. Días en que ves a Dios en los grumos del café o al demonio en la sombra que proyectas cuando caminas. Días en que eres un padre maravilloso, uno bueno de verdad o eres el peor padre que pueda existir. Días que escribe el amor las líneas del texto y días en que no hay amor, ni nada que lejanamente se le parezca, en lo que hacemos, en lo que decimos. Días en que alguien hace que tengas fe en el género humano. Días en que alguien hace que desees no haber sido educado en el respeto ni en la mesura y te dan ganas de abrirle la cara. Yo mismo tengo días en los que me reconozco enteramente y días en que no tengo ni idea de quién hace o dice cosas en mi nombre. No hace falta ir al trayecto de una vida entera, como escribía Pascal. Basta un día, un extenso día. Con ese tramo del tiempo podemos sentir que somos dos o somos más incluso. No es difícil que a veces uno se descarríe, desbarre, se obceque, no dé una a derechas, crea que todo el mundo está en su contra, acepta que el azar se obstina en contrariarlo o que el cosmos entero (he aquí el veneno de Coelho) conspira para que se precipite al vacío y reviente al tocar al suelo. Tampoco que concurra toda la felicidad en un momento y uno (en su humildad, en su completa y sincera modestia) encuentre la dicha, el júbilo, la gracia misma y sea suya. Hoy, cuando se me envalentonó la tensión, pensé en todo eso, en la tolerancia, en la resistencia, en la claudicación, en la mesura, pero no vienen esos deseos cuando se les invoca, no acuden a auxiliarte a la primera, con presteza y diligencia. La tarde ha ido bien, he visto la luz y la luz me ha acurrucado en su arco de colores. 

II
A mi amigo K. se le ocurrió la idea de convencernos de que no era realmente él, sino otro, uno del que no sabía nada, al que no podía controlar, con quien batallaba con irregular éxito y que, en definitiva, le acompañaba a diario como una sombra, sin que lograra ajustarla a su paso, convencerla de que el dueño era él y hacía lo que él proponía. K sostenía (en uno de sus arrebatos, en uno de los muchos con los que amenizaba las charlas) que no hay nadie que responda de sí mismo en todas las circunstancias. Como si obrar mal pudiese justificarse siempre, como si obrar bien fuese manejo del azar, como si lo que somos no dependiera de nuestra voluntad sino de una voluntad externa, una especie de dios rudimentario y caprichoso que escribiera la trama del teatro que representamos. K. fue un Pascal doméstico. O un Borges en el momento en que se le ocurrió el poema del ajedrez, ése que se interroga sobre las piezas del tablero, de cómo se disponen, de qué artero o benigno oficio realizan y de quién mueve los hilos de sus movimientos y, de camino, de los nuestros, en nuestro tablero enorme, en el teatro que nos ha tocado en suerte (o en jodida desgracia). Es curioso (doloroso, también) que se pretenda borrar ese pensar trascendente de Pascal de las aulas. Sigo perplejo (e indignado) por la incompetencia en materia educativa de quienes nos gobiernan. Se cepillan la Filosofía, la arrumban, la tratan con el miedo que siempre causó (ay) y siguen en la idea de que el pueblo leído no conviene. Luego reculan, luego comprenden y traen a Pascal nuevamente a las pizarras y vuelve a correr las aguas, que fueron detenidas y, en ese estancamiento, hedían. Tenemos a veces gobernantes que hacen que la realidad hieda, dicho de un modo amable. Con lo hermoso que es pensar. No digo ya otros beneficios. Sólo me quedo con la belleza de ese maravilloso acto. Confieso que a veces no lo ejecuto como quisiera y que otras, por más que me esfuerzo, no estoy a la altura. Ahora mismo, a estas horas, cuando pronto abrirá el jueves, sólo pienso en la necesidad que tengo yo de no conciliar el sueño y dedicar el insomnio a invitar a Pascal. No sé si he estado pensando en él o en Coelho. Se me ha hecho un nudo en la garganta al considerar esa duda. 

III

Pascal escribió que la infelicidad del ser humano proviene de su incapacidad de estar en soledad. Acudimos al remedio que se precise, inventamos los entretenimientos que convengan: todo por no quedarnos solos, por no tener que mirar adentro y escuchar lo que quiera que por ahí digan. Es el alma, esa residencia antigua, de la que los filósofos, los sacerdotes y los poetas han contado verdades y mentiras, tramas razonables y argumentos bastardos, la que en cuanto puede se manifiesta, se hace ver, implora la atención que no le concedemos y ocupa su lugar en el mundo. Tengo un amigo que mide su felicidad por el grado de intranquilidad que tiene cuando intenta conciliar el sueño. Si tarda y la cabeza le lleva de un lugar a otro, maquinando planes para el día siguiente o revisando los planes cerrados el día difunto, se levanta malhumorado, pronostica que la jornada va a ser mala y que la resaca de esa travesía del espíritu, la de pensar y hacer que pese lo pensado, le va a pasar factura. Pensar siempre fue una actividad de riesgo. Puede uno encontrarse con lo que no espera o lo que no desea. Lo mejor es evitar esa exposición, procurar que no se dé jamás la ocasión en la que no se tenga nada que hacer y el demonio se nos arrime y nos ponga frente a nosotros mismos. Por eso hay que tener al demonio de nuestra parte, saber que podemos contar con él y que no se pondrá hostil ni nos dejará en evidencia. Un demonio privado, maleable: uno con el que despachar largas conversaciones, del que esperar que nos haga pensar y nos empuja al borde del abismo. Puede ser dios el demonio. Todos los dioses ocultan el mal, ninguno inventado por el hombre representa el bien absoluto. Ni siquiera queremos eso, el bien absoluto. Nos conformamos con un bien eventual, accesible, no demasiado insistente, que permita salir y ver la periferia, asomarse al abismo. No saber estar solos, no querer tampoco. El miedo fundamental de nuestro tiempo es la falta de voluntad para ocuparnos de nosotros mismos. Preferimos que otros rellenen el hueco que vamos dejando. Nos refugiamos en la literatura, en el parte del tiempo, en el cine, en los partidos de fútbol, en los programas de recetas de cocina, en la prensa deportiva, en los escaparates, en los gimnasios, en las clases de inglés, en los oficios de misa... Todas esas tramas, grandes o pequeñas, verosímiles o no, amenas o aburridas, cubren cierta necesidad primaria de información, pero solventa el problema de fondo, el de no querer mirar adentro, el asunto de la soledad, la no deseada, la que acude sin ser llamada, la que obstruye, la que cercena, la que duele. Luego está la otra, bien se sabe, la soledad anhelada, la que no obstruye, ni cercena, ni duele, sino que conforta, alivia, alimenta, la sonora, que dijo alguien, la que nos arroja a la sombra que vamos dejando o al espejo, pero ah la felicidad de estar solo a sabiendas, de no precisar injerencia externa, de no necesitar de nadie. Ah del regreso, ah del placer de buscar más tarde con quien compartir ese gozo solitario y decir qué vimos en el pasaje, qué bendito gozo tuvimos al internarnos en él y recorrerlo sin compañía. No sé por qué, pero de pronto me he acordado de unos cuadros de Hopper.

Libros de emergencia

La mejor biblioteca es la de emergencia, a la que acudes con la certeza de que te confortará y te dará lo que necesitas. A veces las muy pobladas, las que tienen baldas muy altas, cobijan o consuelan menos, no sabe uno a veces a qué acudir, qué volumen escoger, tientan muchos, hasta parece que los desechados pidieran ser tenidos en cuenta, solicitar que se les abra y atienda. Un libro no es un libro hasta que el lector lo abre: es un objeto entre los objetos, como dejó escrito en uno de ellos el buen Borges. A veces necesitamos un libro al modo en que se necesita un cuerpo. De hecho hay ocasiones en las que sabes que habrá un libro que te aguarda, uno fiable al que encomendarte, en el que perderte y posiblemente encontrarte. Uno está aquí y allá, sin residencia estable. Yo mismo me he encontrado en las páginas de un libro. Hay pasajes en los que tienes la entera seguridad de que hablan de ti o de que eres tú el que los recorre. Te sorprende que alguien a quien no conoces sepa qué te conmueve o las cosas con las que disfrutas o sufres. De hecho, la literatura es un espejo de quien la lee. Un cierto de tipo de espejo. No sólo te miras en él sino que eres mirado, se te observa, adquiere el mapa de tus facciones y logra descifrar el interior de un modo que a veces ni tú mismo sabrías. Necesitamos leer porque necesitamos vivir. Quien no accede a la literatura no vive peor, creo que lo he escrito muchas veces. Lo que tiene es menos vida que vivir. Porque dentro de la literatura hay vidas que no están disponibles afuera, no se las ve, aunque se prefiguren o se intuyan. La ficción es la realidad que se ha desbordado y se ha recogido en un libro.



16.5.18

El príncipe del metro cuadrado

Hay cosas que no entiendo bien en los comentarios que se hacen en las retransmisiones futbolísticas. No sé si me hacen gracia o no me hacen ninguna. En algunas, ocurrentes, esbozo una sonrisa, por esmerarse en lo poético (el balón peinó las nubes) y otras me irrito, me hartan, me producen una especie de repelús fonético del que tardo en salir (el albaceteño es el príncipe del metro cuadrado, referido a Iniesta no hace muchos días). Creo que es un oficio difícil la narración de un partido fútbol. Hay que tener temple y no caer en el vértigo y narrar como si se acabase el mundo, cuidando de que nada de lo que ocurra en el campo pase desapercibido para el espectador. Abundan los locutores estajanovistas, los que se explayan a gusto y registran cualquier lance. Los menos son los premiosos, los que no se aceleran sin necesidad y explican lo necesario, sin excederse, evitando en lo posible (es muy difícil eso, imagino) aturdir al que mira la pantalla, narrándole lo que ve. En la radio la cosa no funciona así: el locutor necesita mostrarnos lo que no vemos. Hay algunos (lamento no aportar nombres) que son profesionales estupendos. Valdano es un extraterrestre, no es de este mundo. El rapsoda, como le gustaba llamarlo al ínclito José María García, es un tipo culto y no oculta su cultura cuando explica las razones por las que Griezman no cuaja un buen partido o las que justifican que Messi no marque los goles que el aficionado culé anhela. Me parece un hombre desubicado: comenta partidos de fútbol porque fue el oficio que tuvo antes de que la edad lo retirara, pero podría comentar libros de poesía o cine ruso de los años mudos. Algo parecido le sucede a un tipo absolutamente genial, Santiago Segurola. Hace que la trivialidad de un resultado (qué más da que ganen o que pierdan, al fin y al cabo) adquiera consideraciones casi metafísicas. No es que hable bien (se echa eso en falta en muchas ocasiones) sino que lo hace respetando al que escucha, sin escatimar un verbo oportuno o un adjetivo preciso. Quienes amamos la lengua y el fútbol (yo soy uno de esos) apreciamos que existan profesionales de esta altura. Insisto en que todo es cuestión de semántica y de sintaxis y de amor por la lengua vernácula. Lo de que alguien sea el príncipe del metro cuadrado es una anécdota, pero en el fondo tiene su pequeño orgullo lingüístico

13.5.18

Versos en serie / Crossover TV en La Casa de los Mora








El viernes hubo un rato espléndido de poesía y de series de televisión en la Casa de los Mora. Hablé sobre True Detective y recité (o leí, no sé si declamar es lo mío) un poema/monólogo en el que Rust Cohle se explaya a gusto sobre Dios, la salvación y el pecado. Quizá fuese yo el que se explayó. En todo caso, una tarde maravillosa en la que se leyeron muy buenos poemas y dieron ganas de ver (o de ver otra vez) muy buenas series. Gratitud a Vicente Cabeza, el constructor y maestro de ceremonias de la cosa. Las fotos son de otro maestro en lo suyo, Joaquin Ferrer.

Spleen de sábado

El aire tiene su arquitectura.

La flema la pule una buena mesa camilla.

Ser epicúreo está absolutamente de moda.

A veces conviene una pendencia.

Todo me llega en segundo plano.

Hay lecturas que son de una intensidad a la que no alcanza la vida.


Todos los días aliento los mismos estupendos pecados.

Nadie me gana en mis rarezas. En las mías, digo. 

La insoportable idea de que Dios exista me ha ocupado una parte del desayuno.

Siempre prefiero la abundancia.

No haber ido nunca a París tiene sus ventajas.

Tengo una moralidad a prueba de inmorales.

Hay ciertos dolores del alma que son casi dolores físicos.

La literatura es un estado convulso de las cosas.


Escribir es la constatación de que lo que sucede alrededor nuestra no cuadra.

El milagro ocurre siempre cuando no se le aprecia.

Tengo fe en lo absoluto.

Un verano en el que no pasan demasiadas cosas salvo las que no olvidas nunca.


Esta noche he soñado con elefantes que desfilaban frente a elefantes.

Las horas duelen como un retrato de Charles Baudelaire.

No conozco a nadie que lleve la vida que desea.

N0 hay lugar al que yo no haya deseado ir y, sin embargo, no hay lugar como en el que vivo, ninguno que me satisfaga más, ninguno que mejor se acople conmigo y me sostenga. 

11.5.18

La velocidad del fuego

                                                             

                                                               Fotografías: Mark Story

No sé a qué velocidad morimos. Hay por quien no pasan los años y hay quien por quienes pasan sin pudor los de todos los demás. Quienes mueren habiendo aprovechado el tiempo y habiendo visto todo muchas veces, quienes han vivido todo una triste o festiva única vez y quienes no han vivido absolutamente nada. Se tiene una idea rudimentaria e imprecisa de cómo se va uno muriendo. La misma de la que disponemos para razonar la velocidad con la que vivimos. Algunos, atropelladamente, ya saben; otros, con morosidad. Hay hasta un inasible término medio, aséptico, neutro, gris, sin excesos ni atrevimientos. Son más las cosas que ignoro que las que tengo por ciertas. En ese certidumbre, sobre ese pequeño avituallamiento de verdades, se vive infinitamente mejor. Ardo, pero no conozco el fuego. Nos consumimos imperceptiblemente. No hay indicios registrables a diario. Apreciamos el desquicio de la piel o el atropello salvaje del olvido cuando vemos fotografías antiguas, advertimos las dentelladas del tiempo, pero son conceptos esquivos. El dolor del tiempo no es tangible, no se puede medir bajo los criterios con los que valoremos todos los demás. Estamos en un desamparo terrible, si se piense esto un poco a fondo. Del pasado se posee una impresión enteramente frágil y huidiza. Sabemos que hemos vivido porque la memoria nos restituye los datos cabales, las imágenes precisas, las emociones puntuales, pero del mismo modo aceptamos la ficción. Podríamos inferir que la vida que hemos dejado atrás es una ficción más. Que todo lo que no es ya visible ni se puede evaluar con el rigor de los sentidos no existe. Yo no fui a Galicia hace algunos veranos. Yo no jugué al fútbol, siendo niño, en la plaza de Zaragoza, en el Sector Sur de Córdoba. Yo no compraba discos de jazz de segunda mano en una tienda cerca de la Corredera. Yo no leí con fascinación los cómics de la Marvel. Ninguna de esas cosas sucedieron verdaderamente. Algo me dice que sí, que ocurrieron, pero no debo fiarme de la memoria. La memoria, las más de las veces, es un juguete roto, el único del que tenemos una propiedad fiable. Es la misma memoria falible que altera a su antojo la vida. No sabemos nada. No tenemos registros de lo que ocupa los días y ocupa las noches de la existencia que atesoramos. Porque vivir, a pesar de todo, es un prodigio, es uno de esos tesoros inviolables, inargumentables, inasequibles al desencanto, inefables, por más que haya quebrantos que lo fracturen, por más que el olvido lo vacíe de nombres y de gestos, de lugares y de caricias.

El hombre de la foto de Mark Story debe contar poco de la naturaleza tosca de su piel. No tiene palabras con las que matizar el origen de todas esas formidables arrugas. Es una travesía hueca, se mire por donde se mire. Solo tenemos el ahora, el pasar majestuoso de las horas, no el vuelo de los años. Con lo pequeño, vivimos. Lo tremendamente grande, lo que solo se deja describir con grandes palabras y con grandes relojes, se nos escapa. Está en fuga ya en el mismo instante en que dejó de suceder. El tiempo, del que estamos hecho, es una broma estupenda, un fraude colosal, uno de esos argumentos que no comprendemos, pero que invariblemente hechizan. No sé qué fuego me quema, pero ardo. Si me lo preguntan, no sé qué es el tiempo, decían los filósofos. No me lo pregunten. No me pongan a pensar. Las cosas importantes de esta vida (el amor y la fe a la cabeza) no son asuntos del pensamiento. Los conduce el corazón. Los malogra el corazón también. Mis dudas son las comunes. Mis desvelos, los previsibles. No sé a qué velocidad mi alma modela su bienestar. No sé qué puedo hacer yo para que vaya más lento todo. Supongo que es la lentitud lo que se anda buscando en estos asuntos. A esta altura de la trama, viene bien un poco de lentitud. La ecuación se resuelve así. La incógnita, el tiempo, se despeja sin que en ningún momento se advierta excesiva pompa. Y de lo que nada sabemos, de lo que está por venir, nada digamos. No estropeemos la intriga, toda esa dulce sensación de asombro que todavía adoramos. Será el asombro el que hace que el mundo gire.