25.7.14

La escuela



El maestro, el bueno, contagia felicidad. No creo que exista una transmisión de valores, formativos y cívicos, sin que la impregne la emoción de sentirse feliz haciéndolo. El entusiasmo es el combustible de la educación. Educar es conseguir que la voluntad del niño, sus deseos, sus esperanzas, se amolden y se integren con los deseos y las esperanzas de la sociedad en la que está inmerso. Eso de la prosperidad y del mundo mejor que en ocasiones airean los políticos, henchidos de gozo, conscientes de estar diciendo las grandes palabras, no es un milagro, uno de esos prodigios del azar. El mundo, si va hacia un estado mejor del que posee, será por el concurso benefactor de la escuela, que es una especie de gran teatro en el que se mueve el maestro, que es un actor y desempeña todos los matices de la trama. Se adquieren esas formidables cosas si se van buscando desde edades tempranas, si la escuela, la escuela pública, de esa es de la que hablo, fija en su organigrama un pensamiento inamovible, uno que prime la imaginación, la originalidad, que fomente lo creativo frente a lo predecible, que haga madurar a quien estudia incitándole a confiar en el maravilloso juego que supone el estudio si lo hace con la libertad de la imaginación. Pero la escuela de hoy en día cree que la creatividad es un obstáculo, concibe al creativo como un elemento díscolo,  poco o nada integrado en la obediencia debida al profesor. Quizá se le respete más y se le observe más, con todo lo bueno que trae observar con detalle y registrar lo observado, si el profesor permite que el camino no sea únicamente el que marcan las pautas o el que cae del cielo invisible de la administración, tan obcecada en las estadísticas, tan alegre en ir dando palos de ciego. Los palos de ciego a veces sangran. Una de las obsesiones de la escuela es la de crear trabajadores del futuro, personal cualificado en el desempeño de los oficios que hacen que un país progrese. La escuela está pensada, desde donde sea que la piensen, para que restituya a la sociedad personal capacitado para que todo siga girando y no se rebaje jamás la formidable idea del bienestar. ¿Es malo todo eso? No, si se aliña con la diversión, si se viste con la originalidad, si se cocina con unos cuantos ingredientes traídos de casa, sin necesidad de que estén organizados en un papel colgado en un corcho. Si el maestro es feliz hará que lo que enseñe irradie felicidad, pero la felicidad del maestro, incluso la del más optimista y de una profesionalidad más orgánica, está continuamente zarandeada por quienes lo evalúan, por todos los que experimentan con su trabajo, con su amor indeleble hacia las disciplinas que trata de enseñar y con su absoluta convicción de que está en posesión de la verdad más redonda, la que menos se puede malograr por las embestidas de la injusticia o  las modas del poder, la de la escuela como un bien irreemplazable, la de una especie de santuario laico de conocimiento, libertad, progreso y cordura. Falta cordura en el mundo en el que vivimos. Si alguna vez se aprecia que ha vuelto será porque algunos maestros han contribuido a que acuda. Ahora que es verano y están las escuelas cerradas, es un modo de hablar, pienso que nunca han estado más abiertas. 

Ocho


  1. Tengo la certeza de que hay cuentos de Carver que suceden a diario o, contado de otra manera, tengo la certeza de que no hay día en que algo no remita a un cuento de Carver. 
  2. Todos somos hijos de Kafka. No hay criatura en este mundo que no lo sea en algún momento del día. En las pesadillas somos hijos de Lovecraft. En las barras de los bares es Bukowski el padre al que debemos dirigirnos. Cuando leemos vamos soltando unos padres y adoptando otros. Me refiero a la literatura grande, la que se impregna. La otra es una cosa bastarda, un cosa amena que entretiene la llegada de la familia. La idea de un padre puede ser canjeada por la de madre. Es más: siempre sentí más apego sentimental por la idea de madre. En los libros, en la vida, son las madres las que abren el camino que luego uno se esmera en recorrer. Al padre se le tiene siempre, pero no merece los mismos agasajos. Lamentablemente uno ha ido mucha literatura masculina. La hay a espuertas, haciendo que la otra no se advierte con la misma grandeza. El mundo editorial - y no solo el editorial - ha sido un mundo de hombres. Falta James Brown adornando lo que digo. Yo siempre fui más de Aretha Franklin. Es curioso que en la música la mujer haya escrito páginas más gloriosas que en otras artes en las que no ha sido preciso su intervención física. Es el público el que valora qué trasciende, qué no. Yo, que soy el público más a mano al que recurrir, tengo la certeza de que no llegaremos al ideal de que no sepamos quién nos emociona, a qué nombre atribuir el placer que se nos está confiando. Si es macho o hembra, si se ha educado mirando el mundo como James Brown o como Aretha Franklin. 
  3. La única salvación posible está en el arte. Ni siquiera el amor nos salva. El amor es una extensión del arte. Es la belleza la que nos eleva. La miseria del hombre procede de la mediocridad. Es la cultura la que nos salva de la mediocridad. La única salvación posible está en la belleza, en la cultura. El amor es también una forma de cultura. La felicidad consiste en cierto tipo de conciencia sobre la belleza o sobre el amor. Se puede vivir sin estos ingredientes, sin que el amor nos salga al encuentro o lo busquemos nosotros o sin que la cultura, en cualquiera de sus disciplinas o en todas a las que podamos acogernos, sea parte de nosotros mismos, pero no se puede vivir sin la necesidad de belleza. O es un tipo de vida triste. Será entonces, habida cuenta de lo poco prestigiada que está la belleza, un mundo triste el que habitamos. Triste, inculto, feo. 
  4. No sé si es bueno o malo que vayan saliendo las ideas y no las cribe y las registre aquí, sin apenas afinarlas, exentas del mimo que aplico a otras circunstancias de lo mío. De los siete años en los que me ocupo de esta bitácora no ha habido ningún texto del que me haya arrepentido sinceramente. Suelo no leer lo que escribo. Esta indolencia mía hacia lo que se me supone propio hace que siga escribiendo. No me gusta releer lo que escribo. Cuando lo he hecho he pensado que no me pertenece. Por eso no he tenido el valor de hacer textos largos. Porque requieren una madurez. Porque precisan del concurso de la paciencia o del acto de presencia del orden. Será muchas cosas, y es posible que alguna no sea mala del todo, pero no soy ordenado. 
  5. Moby Dick. Releo de vez en cuando Moby Dick. Ninguna lectura me recuerda a la anterior. Es como si entrara por primera vez. Así debería ser el amor. Una especie de Moby Dick del corazón. Entrar y sentir que nunca ha estado uno en ese sitio. 
  6. Tengo un amigo, al que llamo hermano con absoluta convicción en la mentira, al que le encantan los faros. Me ha hecho amarlos también. Imagino que no a su manera. No los miro con la misma intención. No caigo en el vicio que agita su pecho y que le hace sentirse pleno cuando los observa, pero entiendo a qué se entrega, comprendo que está fabulando, componiendo un capítulo de una novela o una escena de un cuento o un sueño volcado al día. Y el mar, en ese sentido narrativo, coopera como nada pueda hacerlo. 
  7. Escribo cada vez menos poesía, escribo cada vez menos cuentos, escribo cada vez menos de lo que empecé escribiendo, cuando escribir era crear. Ahora no sé qué es. En cierto modo he perdido esa afición quizá un poco inconveniente de las etiquetas y he ganado en libertad, en la facultad de crear sobre lo que se me antoja sin caer en consideraciones de pertinencia o sin pensar en demasía en si conviene el estilo o estará bien a ojos de alguien. Escribo para que se me lea, por supuesto, pero podría prescindir del lector, el hipotético, el que está ahí, tú, ahora, forzado a pensar en lo que yo pienso ahora. Los que escribimos - no me atrevo a darme ya esa consistencia fonética y semántica que acarrea la palabra escritor - tenemos esa virtud: la de colarnos en las cabezas de los demás, la de hacer que otros, sin que estemos de por medio, tenga en consideracion lo que se nos va ocurriendo. Yo mismo, anoche, anduvo emboscado en unos cuentos de Poe. Llevo toda la vida ahí dentro y ni conozco al buen hombre. 
  8. No se apremia uno por medrar, no se obceca, no lo considera en esencia un norte sobre el que conducirse. En todo caso, confiamos en el azar, le dejamos al azar la escritura de ese proyecto de vida. Las veces en que uno alcanza un logro relevante no es por obra exclusiva del talento o del trabajo, pensamos. El azar intercede, el azar se involucra. Y cuando fallamos, cuando no alcanzamos esa cima, pensamos que no lo desbarató nuestro escaso talento o el ineficaz trabajo sino que fue el azar. Y vivimos felizmente delegando todo a esa criatura falible, voluble, maravillosa a veces y lamentablemy triste otras.



19.7.14

El mapa y las cruces

Ya no hay occidente, han saqueado el mapa, lo han despiezado a conciencia, no han dejado en pie nada más que cuatro o cinco grandes bancos, algunas catedrales muy altas y todos los colegios en donde se imparten las disciplinas del futuro. En ninguna de esas disciplinas figura la ternura, en ninguna está la bondad. A todo lo que se aspira es a que el saqueo continúe y haya una buena herencia para las castas nobles venideras, las que administran las ganancias y valoran en privado las pérdidas, que serán aceptables si las mastican otros, los pobres de siempre, los bombardeados, los que se duelen sin que el dolor se advierta, los desheredados ancestrales, que no supieron nacer en los áticos de las casas residenciales, untados de la miel del triunfo, conscientes de que el mundo es de ellos, aunque lo pueblen los demás, a los que no se ven. No se ven los muertos de Gaza o los de Ucrania, pero habrá más, estarán en los informativos, como si fuesen materia narrativa de una ficción que se ve en casa, leída como una novela de acción en la que los dilemas morales ocupan un parte irrelevante de la trama. La sangre es la que lo ocupa todo. La sangre juntamente con el miedo. No sirve nunca lo que la historia ha venido contando. El principal oficio de la escuela fracasa cuando los que fueron a ella arman un fusil y se visten para el combate. Todas las escuelas del mundo son inútiles en cuanto un descerebrado desnuca a otro con una piedra o con un misil por las razones que se le antojan más pertinentes. Nunca son justificadas las razones que hacen que mueran los niños o que las casas de una población muerdan el suelo y muestren su esqueleto puro, los escombros sin lírica. Lo que aguarda es más de lo mismo. Por mucho que algunos se obstinen en decir que la cultura lo salvará todo, pero no hay cultura, no hay occidente, lo han saqueado a conciencia, no han dejado en pie nada hermoso. El arte ha sido el primer sacrificado, el arte ha sido el primer muerto. No hay belleza en las fotografías de los reporteros, las de los niños de la franja de Gaza, los niños de las bombas. La democracia no es suficiente, pero no se ha encontrado un sistema más fuerte. La democracia es una excelente nodriza de genios y solo con ella florecen los grandes hombres de letras. Lo dejó escrito Longino. No hay genios ni hay espíritus nobles a los que arrimarse para ir ascendiendo. Solo están los soldados y los generales. El mundo terminará en manos de las milicias. No importa que haya paz y haya belleza en algunos rincones del mundo. Gaza no parece de este mundo. Nunca lo pareció. Está en mitad del dolor, en la nada hueca donde retumban las bombas. Luego está la retórica de la guerra, el discurso de los que vencen, el salmo triste de los vencidos. Y no creo que sea este el momento de dar aquí una postura sobre quién tiene la legitimidad de atacar, sobre si es punible contrarrestar el asedio de la casa y asediar la del prójimo. Ahí, en esa columna de pólvora y de rezos, está la nota necrológica del mundo, que murió a poco de fundarse o que nunca terminó de nacer del todo. Está el cielo a medio hacer y el hombre le inventó los dioses, lo poblaron de metáforas, lo convirtieron en un refugio. Las guerras son el fracaso de todos los ángeles. No hay guerra en la que no caigan. Somos indolentes. Más que otra cosa, es la indolencia lo que nos conforta, encapsulándonos, haciendo que la realidad discurra sin que tengamos que considerar en ningún momento su credibilidad. Por eso las crónicas bélicas no nos incumben. Las vemos con la neutralidad del que paga un servicio de televisión por cable. Hay una tarifa plana del miedo. No de la poesía ni de la ternura, pero el miedo fascina más, el miedo da mayor placer a los sentidos. El mapa está alfombrado de cruces. 

Vicios de verano II


En ocasiones conviene estar triste, declararle al mundo que algo dentro de uno está roto o simplemente censurar el entusiasmo, esa urdimbre invisible de esplendor orgánico, la trama feliz con la que resistimos el oleaje canalla de los días. Conviene la tristeza, a pesar de algunos indicios fiables de alegría que mansamente nos distraen, pero se tarda muy poco en regresar a la mullida estancia de la tristeza y menos todavía en encontrar pasto confortable a los sentidos, que están a salvo del vértigo. El vértigo atropella, el vértigo invade, el vértigo devasta. Cerrado, concluido en uno mismo, relevado de ninguna responsabilidad social, nàufrago de sus vicios, consciente de la ilusoria mentira de la felicidad y conjurado para acceder al limbo perfecto del equilibrio, pero no es posible todo esto, oh my friends: la realidad atropella, la realidad invade, la realidad devasta. Lo real, por real, por su sustancia invasiva, aturde. No hay escapatoria posible: se vive para los demás, se firman a diario infinidad de contratos, se abren hipotecas emocionales y se constata que el eremita, el que gobernaba la travesía de su alma a antojo, sin administración ajena, era en el fondo un pobre imbécil, un descarriado al que la vida lo había arrojado a ese abismo de grises y de silencios en el que el tiempo no existía o, en todo caso, únicamente existía bajo la obscena especie de sus movimientos peristálticos. Son tiempos de bonanza a pesar de la crisis: tiempos fantásticos para quien huye de la tristeza: huir hacia adelante, empitonando lo que se presente, cuidando de no involucrarse en demasía en nada para así poder lamer las aristas visibles de todo. Tiempos de banda ancha y twitter, espejos deformados de una sociedad acelerada que deposita su vértigo (el vértigo, ah el vértigo) en el infinito inventario de entretenimientos servidos con lujuria de adornos y ávidos de que se les manosee, pero no vayan a creerse dueños del objeto recién adquirido. Nada nos pertenece: todo es estacionario. Confusa está mi alma, pero a sabiendas de la confusión avanza, bracea, repta, escala, empuja, escala, se hace y se deshace a cada instante, alerta por si la señal wi-fi flaquea y nos quedamos en mitad del coito sentimental con las horas, que se dejan penetrar y hasta arquean su cintura mística para que nuestras acometidas sean más profundas y gozosas. Por eso en ocasiones conviene estar triste, desprenderse de todo historial y mirar el mar, cuando anochece, como si fuésemos el único habitante de esta franquicia del ocio. El mar, ah el mar, qué plenitud la suya, qué catedral sin dios, qué hondura sin alma, o la tiene y por eso obra como suele el mar, por eso las olas, por eso la soledad infinita de sus adentros, a los que no llegamos. Pero en verano, en días grises como el de ayer, el mar sustancia lo hermoso como casi nada a lo que yo ahora pueda agarrarme. Uno se esmera en las palabras, en lo que puede, pero no alcanza a nombrar todo lo que observa. Ayer, el Atlántico, mirándome, mirándolo. Fue un diálogo inapreciable por los demás. Lo tuvimos un par de minutos en los que lo miré y nos miramos, insisto. Nada que yo sepa organizar en palabras, nada que me libere de la sensación de hermandad, de la paz que me produjo saberme espectador de una obra tan sublime. De cosas sublimes, es cierto, del mar cuando de vez en cuando nos conmociona. Somos frágiles, somos poca cosa, la verdad. No sé si conviene al final la tristeza, la sobrevenida, la que te calma y hace que te concentres en lo que te rodea. El entusiasmo, ese júbilo inargumentable a veces, conviene también. Escribir es un acto de entusiasmo absoluto. El verano hace que lo haga menos. Se distrae uno con tanto. 

16.7.14

Vicios de verano I

No sabe uno no hacer nada, no comprende la esencia de ese abandono, que no es pereza en sí misma, sino otra cosa, más cerca de la voluntad de no interferir en nada, de no involucrarse en nada y de estar a salvo del esfuerzo físico o incluso del intelectual, pero no hay manera, no se cumple del todo la inactividad o se cumple sin brillo, cayendo en ocasiones en pequeños oficios, en tareas que no querríamos hacer y a las que, sin embargo, nos inclinamos. Las vacaciones nunca lo son de una manera absoluta. Las verdaderas vacaciones deberían empezar por no ser uno mismo, por ser otro, por canjear eventualmente nuestra vida por la de los demás y vivir lo que ni imaginamos. Lamentablemente no podemos liberarnos de lo que somos. Hay opciones que se acercan a este ideal formidable. Hablo de la ficción que procuran los libros o el cine. Las historias que nos cuentan logran lo que abastece la realidad que se cuenta uno mismo, a diario, en el trasiego de los días, en la rutina de las cosas, pero aún así, incluso aceptando su eficacia, no bastan las historias, lo que escuchamos y sabemos externo a lo real, impuesto a lo real para frenar lo real, pongamos. Lo ideal, de lo que estamos hablando, es de ser otro, de renunciar temporalmente a lo que nos hemos ido labrando durante nuestra vida y aceptar la propiedad eventual, como una especie de préstamo, de lo que han labrado los demás. En el verano se incurre con demasiada frecuencia en estas especulaciones improductivas, se desean las cosas que durante las otras estaciones ni pensamos siquiera. Anoche mismo, paseando por el real de la feria del pueblo en el que paso unos días, costero, no contaminado por el progreso turístico, pensé en la posibilidad de ser otro sin dejar de ser yo mismo. Encontré la solución allí mismo, en las calles de las atracciones, entre trenes de la bruja, coches de tope y caravanas dispensando perritos calientes o hamburguesas. Estaba de vacaciones porque no me conocía nadie. Nadie reparaba en mí o en los míos. Paseaba con esa sensación de anonimato perfecto que te permite fantasear con un mundo nuevo, con uno en donde no exista nada que te vincule con él. Malogró ese idilio mío con mis fantasías el saludo muy afectuoso de una antigua alumna, a la que hacía más de quince años que no veía, que me confesó lo dura que es la vida de los feriantes, lo rápido que pasa el tiempo, lo poco esperanzador que está el futuro, pero esa es otra historia. El hecho mismo de estar escribiendo en mi blog, en mi apartamento alquilado, en mis vacaciones, cuenta lo poco inclinada que está mi voluntad a liberarse de las rutinas del pasado, aunque hable de ellas. Claro, que escribir no cuenta como algo de lo que deba zafarme, de que deba alejar bajo ningún aspecto. Ese es un vicio que no es estrictamente veraniego. No sé si sirve para algo nombrar lo que uno desea y registrarlo para que, compartido, quizá cobre fuerza. 

15.7.14

Novelas de verano

Soy lector un poco enfermizo de novela negra, pero no desdeño la blanca, la roja o la que combine, sin estridencias, cuantos colores hagan falta para que yo sienta esa restitución estética, moral e intelectual que consiste en conocer una historia y en admirar la forma en que alguien nos la cuenta. El lado endeble de las novelas, da lo mismo qué color blanden, es que flaquee la trama. Hay históricas extraordinarias a las que les falta un envoltorio digno. Se puede escribir esta apreciación a la inversa: trajes impecables que esconden cuerpos irrelevantes. Leí hace poco que la novela perfecta es la que no se advierte como novela mientras se va leyendo. Como los buenos árbitros en el fútbol: son mejores cuanto más inadvertidos pasen. Dicho de un modo muy concluyente: la calidad lo debe impregnar todo, nada puede descuidarse, ningún ingrediente mediocre debe malograr la excelencia de los otros. Lo que sí aprecio, como lector de novela antiguo, hecho a transigir en ocasiones, en no caer en exigencias mayúsculas que me diezmen la oferta evasiva de mucha literatura, es la novela de rango menor, la que se lee morosamente en la playa, crujiendo el sol en la espalda, distraído sin enfado a poco que la realidad, la de afuera, nos alerte de alguna circunstancia. Leí a Poe en la playa de Fuengirola. Casi todo Poe cayó en la arena bulliciosa, vaciando latas de cerveza o cambiando de postura, en la toalla o en la silla, dejando caer la vista al horizonte puro, permitiendo que los olores empapen la lectura y se integren en la trama. No sé si Poe, tan atormentado, con la bendita locura que lo malquería, es apropiado para leer en la playa. Si el maestro del cuento conviene para el invierno, si el verano trae su propia maleta de libros. Si uno lee sin rubor visible serie B, a cielo descubierto, sin que ese acto infeliz le afee el perfil de lector fajado en lides de más fuste, pero no hay fuste que valga, no hay acto felices o infelices, no hay niño que se pierde en el bosque y aparece treinta años más tarde sin recordar nada de lo que pasó en la floresta. No sabemos nunca qué hace posible el disfrute de esa trama imposible, de la que no se puede esperar gran cosa, e incluso sabemos, antes de leer, que no conseguiremos gran cosa, pero nos embarcamos en la aventura del niño en el bosque, cargamos con la tristeza de los que lo echan en falta, recorremos placenteramente las pesquisas de los que no han perdido la esperanza y esperan que un día, treinta años más tarde, salga del bosque sin saber dónde estuvo, qué aprendió, en fin, todos esos asuntos domésticos. No queremos, en verano, literatura que nos haga mejores personas. Si nos enturbiamos, habrá tiempo de aclararse y de volver a la pureza, pero habiendo visitado el burdel de la calina, las novelas infumables de papel barato, toda esa literatura armada con vísceras, escrita atropelladamente, concebida para que las mañanas en las playas sean perfectas? A ese vamos. En cuanto deje de leer a Borges, con quien llevo un par de meses de amorosa aventura, me arrimo a un bestseller. Ojalá haya niños perdidos que vuelven treinta años más tarde sin conciencia del mundo en el que habitaron. Seguro que no había libros de Coelho en ese limbo maravilloso. 

14.7.14

Antonio Sánchez Huertas, treinta años después



Carezco por completo de la facultad de hablar de lo que amo sin caer en el sentimentalismo. Siendo uno, por naturaleza, bueno, se esmera a veces, sin pretenderlo,justamente en lo contrario, en encontrar a quien zaherir, en dar con la llaga y empujar con el dedo. De mi amigo Antonio Sánchez Huertas (Colmenero Villar) no puedo escribir sin que se advierta el sentimentalismo, la sensación de estar en casa, manejando las palabras como si fuesen muebles que nos pertenecen y a los que sometemos a mudanza. El tiempo, que es un bicho cabrón cuando se le antoja retorcer el cuerno, nos ha tenido juntos en los últimos treinta años. Ahora Antonio le da un aire a Peter Gabriel, pero siempre fue una réplica provinciana de Phil Collins. Todo queda en Genesis. Quienes viven con él, yo a mi modo lo hago, aunque nos separen los kilómetros y no seamos fieles al teléfono ni al whattsap (porque no tiene) saben lo que sufre este hombre hiperactivo, de una resistencia dialéctica sólida, de un humor pecaminoso y lírico, que no hace jamás un desaire a una conversación en una terraza de un bar, vaciando tercios de cerveza y fumando Marlboro. Sufre por el mundo y por sus cuitas, por las injusticias, por el precio del salmón, por la educación de Alberto, por lo que come Auxy, por la gota devastándole el ánimo. Cuando el sufrimiento no le afecta, en apariencia, en lo que se ve a simple vista, mi amigo Antonio se dedica a organizar el mundo, a inventariar la realidad, a registrar la minuciosidad del día y a manifestar a cielo abierto su voluntad de vivirlo todo a conciencia, sin que nada le quede lejos, sin que lo humano y lo divino crucen a su vera y él, en el roce, no saque beneficio, no exprese su criterio o no rubrique su anuencia. Hay personas en este mundo como Antonio, pero ninguna que yo tenga cerca, pero no es esa la razón por la que somos amigos, una especie de hermanos sobrevenidos, cómplices en muchas hermandades. En realidad no sé qué razón es ésa. Supongo que si afino la memoria y sacaré unas cuantas de esas razones que ahora, llevado por mi entusiasmo laudatorio, no alcanzo. Podría contar los bares que hemos cerrado y los que hemos abierto, las audacias verbales en la que nos hemos embarcado por puro amor al riesgo. Podría traer aquí la copiosa rendición de los viajes realizados. Luego está Auxy, que merece un libro aparte y en la que, por la influencia turbulenta de su marido, reparo a veces menos. Hace veinte años o incluso más escribí sobre Antonio en una columna que yo tenía entonces en el diario Córdoba. No la guardo, no guardo nada de lo que escribo. Antonio la guarda y la recuerda, casi sin falta, en su cabeza. La cabeza de Antonio, con sus grietas y su calva, con su enciclopedia dentro, es un laberinto del que solo él tiene la clave. Dentro están la Segunda Guerra Mundial, la historia de Marina de Las Aguas Santas, la mitología persa, la historia del proxenetismo en Estambul y el catálogo de proezas y desventuras de cualquier héroe de ficción que haya caído en sus manos. Tiene Antonio esa incómoda habilidad de acaparar la atención de quien lo escucha, y eso, aunque suena a reproche, es virtud en él. No porque yo le excuse sus exabruptos o porque no sancione su extraordinaria sociabilidad sino porque acomete ese oficio, el de ser una especie de centro de gravedad permanente, con absoluta maestría. De lejos, sin entrar en honduras, uno querría de Antonio el orden, la previsión, la certeza de que improvisar, siendo aceptable, no es un asunto recomendable, pero yo no sabría ser Antonio Sánchez Huertas, no podría sobrellevar el peso cartesiano de su cerebro, no sería capaz de llevar dentro el vademécum de las cosas, el inventario desmenuzado de las cosas que pasaron. El pasado es propiedad suya. El presente es un accidente que le da riqueza al verdadero tesoro que tutela, el de la memoria fastuosa, capaz de guardar lo irrelevante y lo magnífico, sin que lo uno y lo otro malogren el ambiente en que conviven, sin que lo etéreo y lo mundano, lo sublime y lo prescindible, acaban a hostias a ver quién es el que manda. El futuro es una incógnita, como para todos. Él no es metafísico al modo en que lo soy yo, pero porque no se ha puesto. O lo es sin empeño, metafísico doméstico, de cruzcampo a medio terminar y de tapa acabada. En ese aspecto, Antonio es un cordobés de raza, uno antológico, al que se le puede encomendar la vigilancia de las costumbres, la custodia de las tradiciones. Yo siempre dije que en algún momento de su existencia optó por la vía sencilla, la que estaba más a mano tal vez. Por eso trabajó tan joven, por eso no se cultivó en donde debía haberlo hecho, en la universidad, en donde la gente inteligente pule esa inteligencia y la afina. Nunca le importó eso, nunca deseó echar atrás, perder una sola de las experiencias que la vida le ha entregado en su periplo laboral, tan obsequiado de oficios. No se sabe con seguridad nada. Ni siquiera si mañana vamos a recordar lo que hicimos hoy. He ahí la grandeza de mi amigo Antonio, la que rescata lo que estaba hundido, la que pone a salvo lo que amenaza el fuego, la que pone a la vista lo oculto por las sombras. Son temibles las sombras. Se las teme por lo que tienen de hostil, por lo que nos han vendido en los cuentos, por ignorar nuestra voluntad de luz. Quienes van por la vida apartando sombras merecen elogios. Este es uno. Lo vierte la amistad, la que nos conduce a la barra de los bares, benditos, una vez más benditos. Hemos tenido varios en los que hemos salvado al mundo y el mundo nos ha salvado a nosotros. Bares de cafés muy oscuros para aliviar la torpeza escandalosa del alcohol en la sangre. Bares de muchachas rubias y de pechos firmes que nos miraban menos que nosotros a ellas. Bares con la banda sonora de siempre, la de los éxitos de la época dorada de la radio, antes de que el ébola del mercado lo gangrenara todo. Si no fuese por los bares, no estaría yo aquí, en este domingo muy tranquilo, escribiendo sobre mi amigo Antonio. No entran aquí las metáforas y la anchura fantástica del lenguaje. No estará Your song en un cantabile ajardinado, tarde ya, cuando cierran o están a punto de cerrar las calles, en un trío de sonoridad infame. No están los langostinos conileños, los Jamo coquetísimos, un par de cientos de cartas escritas no por mí, sino por mi incontinencia verbal y que los dos, Antonio y Auxy, todavía guardan en cajas, como constatación brutal de mis arrebatos.

En uno de esos bares de tan grato recuerdo para ambos le escribí, levemente achispado, el esbozo de un poema que luego, en detalles, corregí y publiqué. No llevaba título o, al menos, ahora no recuerdo que yo se lo pusiera. Cuenta, en todo caso, la sensación de que el mismo Antonio, en su proceder, en lo que ofrece a los demás, suscita que se escriba sobre su persona. Si me da permiso y alcanza fama en alguna disciplina, aparte de las que ya domina, le pediría que me permitiese ser su biógrafo, quien registre indeleblemente el vértigo y la fiebre, las dolencias y los efluvios, las escaladas a picos muy altos y las bajadas a infiernos muy grises. Quedará este volunto mío de domingo muy tranquilo para que alguna vez lo relea. Sé con completa seguridad que será más suyo que mío en cuanto le eche el primer ojo encima. No se me escapa que habrá pasajes que recuerde íntegramente. Es lo que tiene el cabronazo, que tiene una memoria de muchos teras. El poema ahora, y vamos cortando.



En mi amigo Antonio
abrevan
provincianas, elementales bestias,
alucinados ángeles de su verbo claro.

Siendo como es
dios de su gongorina prosa,
abruma, en ocasiones,
con su parlamento,
y remotos pájaros
le vienen en bandadas,
improvisados y únicos,
y con ellos departe
sobre demiurgos y tanques.

Complacido de su secreta causa
y ufano de itinerarios y laberintos,
mi amigo Antonio
celebra el tiempo acodado en una barra de bar,
minucioso y sencillo, feliz y glorioso.

Se deja así
vivir
ordenando el tráfago del día
en cervezas,
en periódicos,
en un hijo bonito
que le trajo el Atlántico,
en esposa
cómplice en vuelos.

Este poema nos ocupará, bien lo sé,
largas conversaciones en Espuma's,
que ya no existe.


13.7.14

El cielo de Missouri, el cielo de Punta Umbría / A la memoria de Charlie Haden




Charlie Haden y Pat Metheny nacieron bajo los cielos de Missouri. Debieron ser cielos lentos, de sol pensativo, como si de pronto el universo acabase de nacer y se mirara y comprendiera que todo está por hacer. Los trece temas del álbum de Haden y de Metheny abruman por su intimidad, por su voluntad de recogimiento, por su sabiduría sencilla, por la mansedumbre de su belleza. Recuerdo que la primera vez que lo escuché, en unos cascos, paseando un paseo marítimo, pensé que el sol de Missouri no era el mismo que el de Punta Umbría. Pensé en los campos infinitos del cine, en los cuadros de Hopper y en cuentos de Carver. Uno tiene una experiencia cultural de todas esas cosas, no posee el olor ni tampoco conoce la intensidad verdadera de la luz y el habla de sus gentes. Todo lo que la belleza a veces nos transmite procede de toda la belleza que nos ha transmitido antes. Después de haber escuchado decenas de veces este disco, conociéndolo bien a fondo, siempre se encuentra un resquicio inédito, un pasaje por el que no transitamos. Anoche, después de saber de la muerte de Haden, volví a refugiarme bajo estos cielos de Missouri o de Punta Umbría. Todo fue entonces un festejo. La noche en casa, bajo la luz tímida de una lámpara de pie, abierta la ventana, escuchando a lo lejos algunos coches y mirando una luna redonda como nunca había visto, me condujo a lugares placenteros, ya visitados, pero amables conmigo, como quien recibe la visita de un amigo antiguo y lo celebra con todo lo que sabemos que le gusta. Descanse en paz, Charlie, bajo los cielos de Missouri, en la playa limpia de Punta Umbría, en mi corazón agradecido. El contrabajo, al menos el más reciente, le pertenece. Le acompañan, aquí o allá donde ande ahora Charlie, Ron Carter, Charles Mngus, Christian McBride, Gary Peacock, Dave Holland, Eddie Gómez... No se me ocurre ahora ninguno más. Alguno de fuste se me quedará fuera. 


 

Oler a un disco de Bob Dylan

Los días de verano huelen a pereza. Las noches son otra cosa. El olor de la noche, en verano, no se parece a ninguno otro. Dicen que el olor es una marca que se impregna más adentro que las palabras. El estímulo de lo que olemos tarda más en desaparecer o no desaparece nunca. Recordamos de modo asombroso cosas que creíamos olvidados si un olor las trae de vuelta, si percibimos en el aire el aroma que nos las entregó por vez primera. No sé si será cierto o se trata de otra de esas informaciones escandalosas que ocupan las páginas de los diarios cuando no hay nada relevante que las ocupe, pero los que saben de estos asuntos sostienen que nuestra nariz es capaz de distinguir un billón de olores. Un uno seguido de doce ceros de sensaciones diferentes, de historias diferentes también. Las noches del verano huelen a bares cerrándose y a tabaco dulce. A óxido. A sexo. A libros livianos que dejamos en la mesita de noche antes de conciliar el sueño. Es probable que nos despertemos porque nos agrade o nos moleste un cierto olor incorporado a lo que fantaseamos. Abrimos las ventanas de la nariz en cuanto abrimos los ojos, nos llenamos de aire, buscamos refugio en el aire. Una muchacha que conocí hace un escándalo de años olía a discos de Bob Dylan. No había vez en que, al besarla, cuando nos encontrábamos, no pensara en la portada de un disco en el que una mujer lo coge del brazo mientras pasean por el centro de una calle, entre coches. A veces, cuando escucho a Bob Dylan, los pasajes folk más que los eléctricos, pienso en S. y en cómo olía. Y recuerdo su voz y la forma en que me hablaba y la dulzura con la que me largó cuando le aburrí con mis cosas. No sabe nunca a qué olemos, qué olor hace que los demás reparen en nosotros y ocupemos sus recuerdos. No sabemos en qué recuerdos andamos ahora. Ojalá yo no huela a Coehlo. Que ninguno de mis amigos, leyéndolo, piense en mí, aunque sea con afecto. Preferiría yo estimular con instrumentos más de mi gusto. No sé. Un aria de Verdi. Un poema de Pizarnik. Incluso un buen chuletón de buey escoltado por una botella de rioja generoso. Los días de verano, ahora que he comenzado mis vacaciones, hacen que escriba descuidadamente. Que no afine en lo que cuento. Será la pereza. 

10.7.14

Jack White: Lazaretto / El blues del futuro



Al blues le incumbe el relato de los orígenes. Jack White es el trovador que está obstinado en hacer que el blues cuente el futuro y Lazaretto, su último disco, es un intento de narrar ese futuro, sin renunciar al legado pegajoso del género, al recital de plañideras a la orilla del río, bendiciendo al muerto, deseando que el cielo le abra sus puertas. Las historias de White son las del blues de toda la vida, pero restauradas con barnices modernos. White es un músico enorme, siente que el material que trata es digno del más grande los respetos, pero mira al frente, se recrea en la turbulencia del rock, la que llevó a un extremo sublime en The White Stripes, y se las ingenia para facturar un disco sucio y lírico al tiempo, accesible con piezas tarareables (Three women, Just one drink), hecho para perdurar. Ambicioso, Lazaretto recorre todos los palos del blues, algunos del rock y hasta merodea el folk-country (Entitlement) y lo hace sin dejar de experimentar, acudiendo al ruido, distorsionando guitarras, martilleando baterías, acariciando violines y mandolinas. Lo que hay que agradecer a discos como éste, sean de White o de The Black Keys, es la voluntad de rendir tributo al pasado y la de hacer guiños a la música que se fabricará en el futuro. Todo lo que pueda sonar a rudimentario en Lazaretto remite a las grabaciones analógicas (de las que White es un ferviente adorador) y a cierto romanticismo sonoro que huye de la perfección audiófila y abraza texturas viscosas, tramas brumosas. Jack White nos invita a un paseo por el blues, al que ama. Pensé, en ciertos pasajes, en los primeros discos de Led Zeppelin, en Jimmy Page cuando era Jack White. El rock o el blues tienen vasos comunicantes. Por dentro se destilan licores sabios. Los ángeles que tutelan al poeta escuchan, alucinados, el repertorio. 
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