22.9.18

Atlas

Mamá es un atlas y papá es un atlas.
En la lógica cartográfica,
en esa serenidad sin futuro,
los países son extensiones del alma;
el corazón, un terco milagro sin dueño.
Tengo el vicio pequeño de ir
de un lugar a otro con el dedo.
Repaso los ríos, voy perfilando
la longitud retorcida de las costas.
Pienso en la suma sencilla de accidentes geográficos,
en el inventario de ocasionales incidencias topográficas.
Pienso en papá yendo al trabajo al abrir el día,
en mamá poniendo en orden la provincia de la casa,
pero todos esos años ahora no existen.
El mapa fue calcinado por el olvido.
Arrasó las montañas, las redujo a silencio.
Las carreteras se pierden siempre página adentro
sin un cielo hondo que las vigile,
sin ardorosas estrellas ni secretas nubes.
No hay río, no hay un cielo azul e invisible en mi mano
al recorrer el azul de los ríos
y al acariciar las cumbres insinuadas en el marrón de la hoja.
Viajo solo, escribo solo, siento solo.
Está vacía la luz, no tiene pulso en su centro,
se ve cómo vibra y a cada latido se aleja.
El mapa de la infancia está abandonado
a su triste suerte testamentaria.
El insensato mapa de la felicidad
convertido ahora en la memoria del dedo que lo surca,
el dedo metafísico, el voraz,
el que escruta el alma dispersa en los perímetros
y la cuestiona y la hiere.
Los libros son mapas de un mundo a punto de ser revelado.
El corazón es un prodigio sin brújula.
Veremos las ciudades, pasearemos las calles nuevamente.
Es la memoria la que escribe.
Suyo es el poema, no mío.
No tengo propiedad sobre nada que revele.
He perdido la trama. Confundo los recuerdos.
Papá con su memoria de agua
Y mamá con la suya de espejos.
Toco el mapa y siento que regreso.
Me duele el mundo.
Siempre duele cuando no lo vemos.

21.9.18

Decálogo (III)

I
Hacer de vivir un secreto sencillo y puro y morir tal vez después sin misterios ni hondura, con toda la evidencia del amor varada en la voz como un canto que aspira, en la distancia, a ser himno.
II
Al alma la astilla el tiempo, su eco inasible de marcas muy dulces.
III
La vida la sé, su costumbre, el racimo de sangre distinta aventada a mordiscos mientras la piel alienta vértigos, funda prodigios, arde en calma, muere sin estrépito.
IV

Ser tan sólo el que observa, sin adelantar el gesto, ni ocupar con el verbo el aire.
V
Tan gacela, Sara, el tiempo en la almohada. 
VI
Fiesta nuevamente en el jardín. Han venido todos. Esta vez es posible Let it be.
VII
Desciende, cuerpo, a tu semilla.
VIII
Los días son números. Habrá de cesar el cómputo.
IX
Procura el amor alminares, báculos, palabras que explican el Big Bang, un poema de Claudio Rodríguez.
X
¿Quién no ha tenido una novia rusa, doliente y flacucha, que recita párrafos de Tolstoi?


20.9.18

Decálogo (II)

1
Vivir con absoluto desparpajo.
2
Ser poeta para qué si T.S. Eliot murió solo sin que una sola línea suya lograra poner cerco a la muerte, brida al vasto olvido.
3
A veces consiente una opulencia de olores la noche, oro suspendido en el aire, tristeza que de lejos anuncia la inútil contienda de los abrazos.
4
Los días fingen ser versos. La vida, literatura.
5
Hay una ebriedad invisible. La voz, trémula, percute el aire alucinado. Las palabras festejan la luz mordida, el eco frívolo, el tiempo tan breve. Se duelen, resaca adentro, rotas. La luz estalla en un adjetivo.
6
Qué almíbar en la sangre.
7
Anochece en el azucarero. Taconea, pasillo abajo, la tristeza. Se ven tan poca cosa sus perritos que, a la luz de las linternas, parecen algas.
8
El secreto donde aguarda es en la sílaba más oscura. Aire que herido a lo lejos pulsa la luz con su música ebria de fatigar los cuerpos. El amor se presiente y se deja amar y en el abrazo muere.
9
Arde lo que importa.
10
Las avenidas en Hollywood, de noche, siempre conducen a un desvarío. 

19.9.18

Decálogo


I

La caligrafía es siempre el cuerpo, su pulso herrumbrado, la sangre extraviada. Es al cuerpo al que le debemos rendir las mayores atenciones. El alma está sobrevalorada.
II
La luz codicia un extravío lentísimo de caballos en un sueño. La luz malogra el veneno de las sombras.
III
Tampoco es a morir a lo que los ríos acuden al mar.
IV
El tren medita perderse en una distancia de algodón. Yo me pierdo en tu alma.
V
El pecho nos lo acribillan las horas, el meticuloso y delincuente oficio del tiempo, con su fiebre, con su lenta orfebrería sin propósito.
VI
La memoria acaba siempre por aturdirnos.
VII
Arquero embriagado de dianas, el poema.
VIII
Qué galope se oye: silbo de poeta acuñando prodigios.
IX
Ya mismo el frío me azuzará sus perros.
X
Líbame un vértigo, amor, herrúmbrame un pétalo, turba mi hombría, deja ese libro de Kafka, no leas más, adoro a Kafka, pero Kafka no nos hará bien esta noche.

18.9.18

Cerdos


A Pascual Rovira, Anarcopatafisico Irrecuperable y a José Puerto Cuenca, con sincero agradecimiento.
Al cerdo le fascinaban las arias de Verdi. La culpa la tuvo el porquero, entusiasmado melómano. Usaba un amplificador a válvulas que se caía de viejo y unas columnas Edimburgh que pesaban cien kilos. No hubo propósito, ni gran aprecio tampoco, tan sólo la evidencia de que los gruñidos eran menos ruidosos o que, en ciertos pasajes, se le tornaban los ojos y daba unos brincos armónicos. Ninguna otra muestra de la gran música producía el mismo efecto en el animal. Con Wagner emitía unos gruñidos más toscos de lo normal. Con Gould acometiendo las variaciones Goldberg se ponía inusualmente nervioso, agresivo a veces. Días antes de que lo condujeran al degüello, el porquero le sometió a una escucha masiva de las arias de las veintiocho óperas de Don Giuseppe. Murió en el fango. Sonaba Aida, una de las últimas. Se cree que le sobrevino un infarto o un derrame cerebral. No se le hacen autopsias a los cerdos. No consta ninguna, al menos. El veterinario, informado del amor a Verdi del marrano, sugirió el suicidio. Recordó un burro que murió horas después de que finara su dueño, aficionado al jazz de Nueva Orleans. El porquero no lo abrió en canal, como suele con otros, no separó las piezas para hacer negocio. Le dio piadosa sepultura en una loma. Cuando escucha a Verdi no censura las lágrimas.

16.9.18

Cerdopoética

He aprendido (o recordado, no sé) en este fin de semana que la poesía lo abarca todo y lo impregna todo. También, entre otros deleitosos asuntos, que el tocino vive en fango y muere en vino. Hemos sublimado la animalidad del cerdo, su gozosa y aprovechada (y no suficientemente prestigiada) presencia entre nosotros. Agradezco a José Puerto Cuenca la invitación, él es el perpetrador (que no ideólogo, ese honor es de Pascual Rovira, asnólogo cósmico, aparte de magnífico y divertido anfitrión) de estos recitales. Dejo el poema con el que he contribuido al marrano acto y unas cuantas fotos.



15.9.18

Arquitectura


Goethe dejó escrito que la arquitectura era música congelada. Mi fascinación por las catedrales es, en parte, extensión de esa reflexión, que he leído hoy y no se me va de la cabeza. Uno puede prestar oído a lo que dicen los edificios. A su manera, secreta, sagrada o blasfema, nos interrogan, ofrecen un discurso para quien se acerque y escuche. Hasta las construcciones más humildes, en su sencilla pobreza, airean esa voluntad armónica. No se me ocurrió nunca tomar el oficio de la arquitectura. Hay decisiones que no se toman porque no se ofrece la oportunidad o no se es sensible o nadie cercano la tomó antes y nos animó. A la arquitectura la suple la poesía. Hay poemas que son casas en las que uno se refugia y se siente a salvo y confortado y también feliz. Creo que empecé a escribir poesía para transcribir esa música invisible. Percibo que hay un orden oculto cuando leo poesía o cuando la escribo. También sucede con la música. No hubo nada que me inclinara a aprender a tocar un instrumento en la edad en que se empieza ese adiestramiento o esa predilección. Habría escogido el piano. Hubiese sido un pianista incansable al modo en que ahora soy un escritor incansable. El hecho de que yo escriba es la opción alternativa al hecho de que no sea músico. Es la música la que anda siempre por debajo. No es relevante que no se tenga constancia de que fluye, pero lo hace: fluye sin motivo, avanza sin propósito. Con sólo tener la predisposición idónea, la música se hace corpórea, tangible. Puedes ir paseando y sentirla o cerrar los ojos en casa, en tu sillón favorito, y sentirla. El silencio no existe. Que se lo digan a John Cage. El corazón, cuando late, en ese silencio idílico y perfecto, ejecuta la melodía primordial. Parece que es posible escuchar la sangre yendo y viniendo por nuestro cuerpo. El universo es ruido, ruido puro en libertad. Si sigo en este plan temo que Coehlo crea que lo plagio. Son tiempos de plagio.

14.9.18

Un conejo

Vi un conejo muerto, se lo comían las moscas. Me tentó sacar el móvil y hacer una foto. Una vez hice eso con un pájaro, pero me turbó entrometerme, vulnerar esa intimidad. Ante la muerte ajena, se arredra uno, comprende abruptamente el vértigo de la existencia, su frágil equilibrio. Lo trágico es la intervención de las moscas, lo que malogra la dignidad del conejo son las moscas, ellas son las inciviles. Al hombre, una vez muerto, se le concede el rango de sagrado, se elabora con esmero el ritual de la tierra o del fuego y se procede al perdón (morir limpia todo expediente oscuro) y, en casos, con justificación o sin ella, al elogio. No entra en este relato el concurso de las moscas. No procede que afeen la comisión del sepelio ni que evidencien lo conocido, que el cuerpo va a lo suyo, más incluso cuando no tenemos gobierno de sus actos. El cuerpo se oxida. Todo es cosa de esos radicales libres y ese vicio que tienen de inflar de oxígeno nuestras células y envejecerlas. Química insensible.
Nos diferencia de todas las demás criaturas (conejos, moscas, pájaros) la voluntad de que no quede rastro nuestro una vez se detiene el corazón. Fuimos humanos cuando nos compadecimos de nuestros muertos. La misma fe proviene de esa necesidad de dar dignidad a los que amamos y nos dejan. Pobre conejo, huérfano de afectos, no hay quien se compadezca y le espante las moscas o le recoja y dé sepultura, pero no nadie se ofrece, ni yo quise. Así que tuve al conejo en la cabeza toda la tarde. Lo que hice fue suprimir las moscas, permití que se hospedara ahí, a salvo del rigor de la muerte. Ya no pienso tanto en él, no creo ni que sea bueno. Acabarán perdiéndose los dos: el conejo de verdad y el fabulado. Somos humanos porque seguimos recordando a nuestros difuntos. No les borramos, no dejamos que el olvido se apropie de ellos. Da igual que exista un lugar en donde reposen a oscuras, solos. Yo querré que el fuego camine conmigo, como en el hermoso título de la película de Lynch.

11.9.18

Ser poeta para qué

Ser poeta para qué
si T.S. Eliot murió solo
sin que una sola línea suya
-todas tan dignas de cántico,
todas de tan hondo pulso-
lograra poner cerco a la muerte,
brida al vasto olvido. 

El poema
El poema ha aparecido donde no debía. Perdido en un carpeta repleta de apuntes de Pedagogía. El azar nos dispensa así de cogitaciones excesivas. No nos va a dar migraña por indagar en las razones que lo mueven, pero de vez en cuando nos abastece de poemas antiguos, de besos perdidos, de palabras que hace años que no usamos y que amamos durante algún tiempo. A la vista los temas de Pedagogía y el amarillo confiado de la hoja, el poema puede llevar veinticinco años (treinta) en ese limbo perfecto. Podría haber seguido ahí veinticinco más o sobrevivir a su dueño y aparecer cuando uno no esté, dando evidencia de algo propio y clausurado. Escribir en un blog es confiar al mundo lo que uno va aceptando y lo que uno no va aceptando del mundo. Es una especie de rendición industrial del corazón a punto de desbocarse. Uno escribe cuando el corazón se le despeña en el pecho. Escribe a dentelladas. Comprometido con las palabras. No hay otro catón que nos coarte. 



Eliot
Y el poeta inglés, aquejado por los quebrantos de salud propia y ajena, ocupado en su banca Lloyds en cuadrar números, desoyendo a quienes le recomendaban reposo y consejo médico para no caer en la locura o en el tedio, revisó en París, a la vera del loco Pound, The Waste Land. Lo afinó, según aclaró más tarde. Afino yo ahora mi oído inglés, mi corazón anglófilo, mis deseos de que las enseñanzas en la lengua de Milton y de Chesterton me haga disfrutar con lo escondido, con lo que el traductor no capta. Porque el trabajo de traductor es uno de los más difíciles del mundo e incluso el mejor de todos ellos no satisface al lector exigente y se deja embaucar a veces por la sonancia secreta de las palabras, por el arrullo invisible de los verbos.



April is the cruellest month, breeding
Lilacs out of the dead land, mixing
Dull root with spring rain.
Earth in forgetul snow, feeding
a little life with dried tubers.
Summer surprised us, coming over the Stambergersee,
and went on in sunlight, into the Hofgarten,
and drank cofee, and talked for an hour.
Bin gar keine Russin, stamm' aus Litauen, echd deutsch.
And when we were children, staying at the arch-duke's
My cousin, he took me out on a sled...


T. S. Eliot, The Wasted land, 1. The burial of the dead.


Y suena tan bien el inglés cuando lo declama un nativo bien adiestrado y bendecido por el dios de la música...

10.9.18

Se escribe para que nos lean

Nada particularmente extraordinario en esto de escribir. Quizá la persistencia, ese tozudo contar lo que irrumpe, el volcado tenaz, la transcripción falible, pero leer también es un oficio de alucinados, leer es una forma de perdurar, leer es un manera de aplazar la muerte. Uno escribe para que otro lea. Lo extraordinario está en abrir el libro, el prodigio consiste en dejarse contar. Es esa voluntad, la del leer, la que lo justifica todo. Ahí reside lo extraordinario.