31.10.14

Borgiana / Una vigilia invisible



El tigre, ebrio de rayas y de hondura,
el laberinto de los efectos y de las causas,
el azogue en el infinito espejo,
el alba en una quinta porteña,
el fuego que purifica,
la conversación entre jazmínes,
los nombres de los libros no leídos,
Whitman en un bosque, pensando en Dios al mirar un árbol,
los arduos alumnos de Pitágoras,
el tiempo feliz de las espadas,
la delicadeza del ocaso en un desierto,
el Ganges, donde todos los seres humanos nos hemos bañado,
el Golem, la arcilla primordial, el poeta vacío,
la trivial creencia de que moriremos enteramente,
el jardín que senderos que nos bifurcan,
la rosa de Milton, su tacto al despertar,
todas las permutaciones invisibles de la ficción,
los poetas menores de una perdida casta de poetas,
los reyes antiguos en sus tronos de odio,
la espléndida bondad de los adjetivos,
el hoy fugaz y el ayer ya eterno,
el olor acre de la sangre en la noche,
Homero y todos los griegos cabales,
la alquimia secreta que inventa un dios en el oro más puro,
los arquetipos y los esplendores, 
la fiebre del árabe, el vértigo del vikingo,
el destino de ser siempre uno mismo y saberlo,
los ángeles hablando con Swedenborg por las calles de Londres,
la ilusión de que existió un principio para todas las cosas,
la muerte de un hombre en el campo de batalla,
el épico sueño de soñarse,
el aljibe limpio de Córdoba,
la gloria inversa del traidor en su postrer patíbulo,
un libro entre los libros,
un río inconcebible ahondando su cauce en la memoria,
los días persiguiéndose,
la sentencia del sabio, 
la fiera en el negro crepúsculo, acechando,
el otro en un banco a la vera de un río, fabulando,
la Inglaterra tejida en pesadillas y en torres gloriosas que miran al mar,
la custodia preciosa de las palabras,
la vigilia invisible, el sueño luminoso
el eco de Virgilio en el Ulises,
la luz encendida que nadie ve salvo Dios
la ardua escritura de un evangelio apócrifo,
el elogio de la sombra,
la estirpe y la sangre, 
el secreto centro del cosmos, que es una sílaba de la divinidad,
el álgebra hermosa y la cábala dramática,
el consabido y no apreciable manejo de unas destrezas al coronar la vejez,
el plano del universo bosquejado por Schopenhauer,
la triste lluvia en el frío mármol,
la luna ajena y la que te persigue,
los haikus del amado Japón,
Abel o Caín dictando un cuento infinito,
Shakespeare descendiendo al corazón del hombre,
el alma cautiva en el frágil cuerpo,
el hidalgo hechizado por caballerías y por amores,
el ciego indice de cosas que no alcanzó,
el rumor del agua en la acequia,
el amor, del que se ocultó o del que huyó,
la sangre gaucha, su fe en el mate, la patria más íntima,
la métrica metálica de las sagas normandas,
la fantasía de Coleridege con una flor como prueba,
el mate en una quinta obsequiada de libros, 
la dulce teología de los libros,
el eco marcial del apellido paterno,
la cierva que cruzó un segundo el sueño y no volvió jamás,
los prólogos y los epíligos monumentales de los libros,
el goce interminable de la memoria, que trae batallas antiguas y trae oro en un cuenco,
el puñal impaciente de Marco Junio Bruto en la pluma del bardo inglés Shakespeare,
un escritorio de caoba que guarda unas cartas de amor que nunca se mandaron,
las comunes frivolidades del vivir y la certera brasa de la muerte,
el convergente, divergente y poliédrico aleph en un sótano en la calle Garay,
el emperador chino que mandó quemar todos los libros anteriores a él,
la línea de Verlaine en la memoria de un bibliófilo,
el mar registrado en una runa,
la biblia, su imposible relato de milagros,
el imposible fervor del sexo,
el amor, que ocupa el centro del cosmos y lo mueve,
la historia íntima de la infamia,
la felicidad que precede al caos,
la madrugada en Islandia, 
la diversa enumeración de prodigios del mar,
la clepsidra en un cuento antiguo,
la memoria y el olvido de los muchos días,
el sur para velar a un muerto,
la sórdida noticia de una venganza leída en un periódico,
el eclesiastés recitado en la oscuridad,
el hierro de los clavos del judío,
la errancia y el refugio de un poeta,
la patria en su pompa de mármol,
el Islam, siglos de espadas, disciplina y agua,
el hábito de un aljibe,
los ayeres como si fuera uno solo,
el goce de los laberintos,
la intimidad de los dioses, 
las trompetas del día final escuchadas por un teólogo,
la música, en donde es posible que estén las demás artes,
las vastas enciclopedias de los hombres,
el panteísmo, ah el inevitable panteísmo,
la ballena blanca en la oscuridad de su dueño,
el corazón de las tinieblas,
los pulcros hexámetros latinos que tutelan el ingreso en un sueño,
la suma de todas las cosas que hacen al hombre ser un hombre,
el peso de la moneda en la boca del muerto,
el cofre de joyas en el patio del soñado,
las sílabas en las que se esconde el nombre de Dios,
el hijo soñado en un río,
las letras urdiendo un sueño,
las enciclopedias esperando en el anaquel,
las conferencias en las universidades,
los paseos por las orillas de los ríos,
el mar sin contemplar, sentido como un abrazo del tiempo
todas esas sutiles cosas, y otras que no sé y otras que no nombro,
son las que le hicieron ser Borges.


Marbella, 20 de Agosto de 2011 / Lucena, 31 de Octubre de 2014



Escribí esta borgiana en un patio encalado, emboscado de pinos, desde donde podía escuchar el ruido del mar. Tres años después lo he vuelto a leer y le he quitado un par de versos y le he añadido otros cuantos. Creo que voy no es mala manera de escribir un poema. Alguno no debería acabar nunca...

27.10.14

Cocodrilos, novelas, lunes

Dormir frente al televisor mientras la paciencia del cocodrilo organiza un festín de antílopes distraídos. La ceremonia de tumbarse en el chaise lounge con el sueño tamborileando en tu cabeza y National Geographic bombardeando imágenes impactantes de la salvaje vida animal. La sensación de que el mundo se detiene en la dentellada brutal del cocodrilo. Crees escuchar después, en sueños, la carne rota, los huesos fracturándose. Notar cómo la realidad, el cocodrilo abriendo en dos al antílope, se imbrica en el sueño, pero son sueños frágiles, de una fragilidad conmovedora, sueños en los que no hay tiempo para que la trama invisible ni siquiera pueda cerrarse. Queda pues abierta, sin adquirir el rango de obra acabada. Los sueños no terminan nunca. No sabemos si luego se buscan, si el sueño de media tarde en el sillón se activa en la noche, incorporándose al sueño recién adquirido, si es posible que hasta lo borre y tome el mando y haga lo que se le antoje. No sabemos nada de estas cosas. La realidad tampoco es discernible. La realidad no terminan nunca. Las tardes de los viernes son del cocodrílo y mías. ¿Soñarán los cocodrilos?


Uno al que se le supone cierto conocimiento de lo que hablo refiere que las novelas son aburridas. Imagino que se refieren a novelas que él ha leído recientemente o que leyó en el pasado y de las que guardo ese recuerdo. La novela ha dejado de pasearse por el cementerio, ya no se la da por muerta: ahora está en la convalecencia, en el aburrimiento, en un balneario gris de un cantón suizo, en una tarde de domingo en la que no sucede nada, pero incluso no sucediendo nada, cuando parece que no se mueve la maquinaria de la trama, pasan cosas, pasa la vida con su aburrimiento incluido en el pack. Porque la vida, en ocasiones, aburre, y la novela solo transvasa lo que observa a su interior. La novela no es aburrida, las novelas no son aburridas. Y si lo fueran, caso de que llevase el buen hombre, la razón que cree asistirle, serían formidables también. Novelas aburridas para una vida aburrida. Pronto habrá un patrocinador triste y apesadumbrado que invierta en el gris como color favorito de las estanterías.


No hay lunes en que no tenga uno esa bipolaridad dulce de querer ser un irresponsable y, al mismo tiempo, querer poner la mejor sonrisa y pisar el día con el entusiasmo más completo. No sé en qué momento vence una de las dos, y a veces no sé cuál de las dos vence.




26.10.14

Ahí el agua ya paloma



Leí Poeta en Nueva York cuando leer Poeta en Nueva York es más un deslumbramiento que la lectura de un libro de poemas. Lorca sueña un toro de agujeros y de agua y el lector, embelesado por las palabras, hechizado por las palabras, se deja conducir hacia donde las voces reclaman su siete y estrechan el cerco a los pastores que rugen. A veces escribir sin que tenga sentido lo que se escribe es la mejor forma de que escribir tenga algún sentido. Sacerdotes idiotas, venid a mi templo de la tenacidad, dijo el hombre que andaba hacia atrás, el enano de David Lynch entre cortinas rojas de puticlú. La poesía entra para siempre o se escapa para siempre. Lorca, buscando mozos en los puentes del Hudson, escribió un reclamo eterno, un poemario a salvo de todas las incertidumbres. O entra uno en lo que se va diciendo, en el texto roto de adentro, o se queda permanentemente fuera, mirando a quienes entran, preguntándose qué pueden encontrar en la enfermedad de las palabras, en el vals de los dedos. Voy por mi propia sangre hacia la tuya, vas desde la sombra hacia el agujero por donde se arrojan los enamorados. A un amigo, antaño, cuando los libros eran puertas, le di Poeta en Nueva York con la idea de que no iba a devolvérmelo. Sería un regalo, una forma definitiva de estar cuando no pudiéramos vernos. No sé en qué lugar andará el libro, si estará al servicio de los eventuales, si él volverá de cuando a cuando a revisar versos sueltos o si no ha vuelto a abrirse. Los libros cerrados informan sobre la vida de quienes no los abren. Los besos que no se dan no sabemos dónde van. Estarán en algún lugar, como cantaba el cantautor. Y ahí está el rey de Harlem con sus cocodrilos sin ojos. Ahí el hijo Juan perdido por los arcos del viernes de todos los muertos. Ahí los caballos con su luna detenida en la crin. Ahí el vals con la boca cerrada, el te quiero con una costra de cardo seco. Ahí los judíos por el East River vendiendo fauna, comprando caricias, suspirando el foxtrot de las primeras novias. Ahí el agua ya paloma. El agua ya paloma. Al cristito de barro no le han terminado de cortar todavía todos los dedos. La luna con sus abanicos. Los maricones con sus libros de Kant. Las resonancias de carne de molusco. Los pergaminos de los tambores. De regreso al mundo compartimentado, al regulado, al que tiene hojas con datos, al que se le puede diagnosticar un cáncer, uno echa en falta al pastor por los riscos del verbo, al rey de Harlem por la punta de un temblor con swing.

25.10.14

el amor es siempre bossa nova


en los balnearios leer a mann, pensar en la lentitud, pensar en el tiempo, es posible que solo nos hayamos dedicado a pensar en el tiempo

el sueño del hereje es de una piedad que conmueve

los años felices de no saber, los años oscuros del conocimiento

la memoria es decimonónica, folletinesca y escandalizable

esta noche no quiero a kafka ni a kavafis ni al ku klux klan

no haberse llamado peter pan ni contemplar londres en grácil vuelo

tengo un monólogo interior que se lo quiero contar a james joyce

charlie parker en ko ko es el mejor de todos los parkers posibles, capitán, hágame caso, escuche a parker en ko ko

un corazón robado al delirio


nos fuimos muriendo todos y quedó un verso de un poema de cuando quince años

el bowie de los setenta, el del glam y el del glamour, el de las arañas de marte, ha venido a mi fiesta

la lluvia nos concierne

tengo fe absoluta en la pobreza

toda esta evidencia poco fiable de uno mismo

un novio ebrio tiene una méntula tristísima

no contar con alguien que nos cuente de qué va esto, ni un dios fiable, ni un amigo teólogo

no tener un amor con un doctorado en literaturas germánicas medievales

la escritura es flujo y la lectura es nave

los mejores años de nuestra vida son los de la herrumbre y la metáfora

volver a casa con el silencio dentro como una música

estoy absolutamente convencido de que dios no se entretiene en vigilarme

qué buen uso le doy a la montaña mágica de mann en el anaquel de los libros enclenques

tan idéntico mi amor a un ancla en mitad de la noche, tan hermoso y tan firme

qué nombré convendrá al olvido

la memoria es una puta que solo se entretiene en contradecirme

la única épica a la que aspiro es a que no se me cuele un virus en el nuevo windows ocho

nunca he estado en chinatown ni en la calle bourbon, no he escuchado a brahms en trieste ni me han besado en la periferia de burgos

se va el día convenciéndome de que no es cierto

en paz conmigo y como insomne

una habitación con la ternura dentro

un corazón robado al vértigo

este ir juntos por los escaparates sin otra certidumbre que las manos juntas y la visa en trance en la cartera

el invierno en vladivostok imprime carácter

soy insensible a la cultura filipina

no sé ni quiero saber dónde está la patria, señor administrador de fincas

esta noche sedúceme con el summertime and the living is easy

hay más cosas que no hemos dicho

el amor es siempre bossa nova

algunas familias se reúnen alrededor de la mesa y se dicen las verdades en orden alfabético

no haber sido nunca uno de los cien mil hijos de san luis

algunos gondoleros no cobran a los poetas laureados ni a las muchachas con el virgo intacto

la fatalidad hace que descarríe fortunas y talentos

a mi corazón lo malogran los anuncios de telecinco

dios te salve, o.j. simpson, qué de tiempo que no sabemos nada de tu causa                                                                         
cómo me divierto en la malandanza                                                                         

adolescente y espléndido, el ángel tañe mi lengua, el ángel turba mi lengua, el ángel festeja mi lengua, el ángel detrás de la oreja

oro suspendido en el aire como polen, vértigo recién libado, fruta muy mordida

vivir consiste en calcular con esmero los riesgos, en observar el vuelo irregular de los pájaros, en desangrarse con tibieza verbo adentro

este dolor en el costado debe ser la edad

caso de que esto acabe como sospecho, enterradme.                                                                      
la luz codicia un extravío de caballos en un sueño

un verso tomado a la ligera, uno de escasa belleza, frívolo incluso, y sin embargo, dentro la ola oscura con la que el el mar no lame nunca la orilla

las palabras con su vértigo dentro, con su fiebre

encontré, como Cortázar, como Vian, consuelo en Coltrane

subí un risco alto, vi arriba declinar el día, la noche prosperando, el aire puro, el verbo limpio

los años a lo que nos enseñan es a respetar el humo

llueve como si no hubiese otra cosa que lluvia

qué hermosa cabalgadura la noche, qué secreto liberado y bello, qué galope tan esdrújulo

 me abastece el desorden, lo abastezco de mí

a la vida la manejan mil dolores pequeños                                                                       

duele la fe, duele la luz, duele saber, por eso la incertidumbre, por eso la derecha del padre                                                                               

todo lo que tienes que contarme todavía

el aire tiene su arquitectura, su gesto de huérfano

creo que nunca he sido más feliz que leyendo a jane austen. Si de verdad entras en la cabeza de jane austen, puedes sentirte completo.


ser epicúreo está absolutamente de moda


el tiempo no es una experiencia medible.


a veces conviene una pendencia


todo me llega en segundo plano


hay lecturas que son de una intensidad a la que no alcanza la vida


todos los días aliento los mismos estupendos pecados


paulo coelho es en realidad un programa informático


a insoportable idea de que Dios exista me ha ocupado una parte del desayuno


siempre prefiero la abundancia


no haber ido nunca a París tiene sus ventajas


tengo una moralidad a prueba de cristianos


hay ciertos dolores del alma que son casi dolores físicos


un amor adolescente me sigue ocupando poemas


la literatura es un estado convulso de las cosas


el milagro ocurre siempre cuando no se le aprecia


tengo fe en lo absoluto


no soy predictivo ni tampoco quejumbroso, pero poseo la facultad de perderme y la ejerzo con arrobo


un verano en el que no pasan demasiadas cosas salvo las que no olvidas nunca


el frío desmaya perros en las avenidas de la pobreza


me estoy planteando ocuparme seriamente de mí mismo


se está perdiendo la hospitalidad.


ya nadie se deja crucificar por el viento


una novia que tuve solo leía prospectos de medicamentos. Cortamos cuando enfermó


la ceremonia que más me fascina es la de la pereza


la lluvia es algo que no siempre sucede en el pasado


de baudelaire, después de tantos años, solo me atrae el veneno


borges debía ser un aburrido de mucho cuidado con dos copas de más


bukowski debía ser un aburrido de mucho cuidado sin dos copas de más


el verdadero nombre de dios carece de morfemas de género, carece de morfemas de número

mi voz es pasto del musgo


el silbo precede al llanto


buenos días, karlheinz stockhausen, hoy todos los pájaros bendicen tu nombre


la alcoba de agatha christie tiene un muerto debajo de la cama


el dogma se escapó del bolsillo del demiurgo


hay gongoristas de Utah, hay gongoristas del Bronx, hay gongoristas de medio pelo y gongoristas afro, el gongorismo está extendido, pronto el gongorismo será una iglesia, tendrá fieles, recitarán las soledades, saldrán extasiados del culto


el lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca no es un asunto poético, no me pidas que le escriba un soneto, he pensado en tu pezón izquierdo, en el derecho, en los dos mirándome, bizqueando


el sueño de los héroes es azul


bellísima pastora, todo es melancolía


el profeta Hababuc no tuvo ninguna amante caldea


todas las noches son neruda


el poeta no solo fornica con su prosa


dios te salve, sigmund freud, dios salve tu barba emérita, tu capacidad de sufrimiento, tu arcángel mudable, tu reino en el aire


hay un francotirador en el texto


flipar con el envés de las palabras


no hay constancia de que oscar wilde visitara tánger


vino un coronel prusiano y me corrigió un verso muy lúbrico


hoy, siete de abril de mil novecientos noventa, no me apetece releer la montaña mágica


chet baker amó a doscientas catorce mujeres


adentro está el amor, vino a quedarse, ha pedido que no se le moleste





24.10.14

Un mapa del mundo



Hay quien descree de que seamos buenos y a todo le pone un fondo de maldad, quien sostiene que todo lo que hacemos busca un beneficio o que el amor no mueve ni el sol ni las estrellas, como escribía el hechizado Dante, sino el juego sucio o las malas artes. Al amor lo dejan seguir reinando, pero aducen que está ahí para engolosinar al necio, para que baje las defensas o para que las retire definitivamente. Una vez que estamos al descubierto, el mal penetra mejor, quien lo perpetra actúa con más comodidad, llega hasta donde se propone y malogra cuanto gusta. Está el mal así, yendo y viniendo, impregnando incluso todo lo bueno que pueda haber perdurado desde que el ruido del cosmos hizo que empezase la vida. No es cosa ahora de fatigar teologías ni de entrar en consideraciones científicas. Lo que cuenta es el triunfo del mal. Porque somos malos. Lo somos de un modo instintivo. Malos solidarios con el mal, malos cómplices suyos. La bondad es la noticia, lo extraordinario, lo que nos alarma sobre el imperio de la maldad. 

Solo hay que ver el mundo, solo hay que comprobar el modo en que da vueltas. No las da igual para todos. Ni siquiera el sol brilla igual para todos. Ni la oscuridad se cierne igual para todos. Hay quien no ha sentido jamás inquietud o zozobra, quien no ha percibido el peso de las sombras y quien, sin descanso, solo ve la pesadumbre, quien aparta a manotazos esas sombras, que le entenebrecen y lo rebajan. Dicen que estamos tan concienciados en el asunto del ébola porque de pronto nos hemos dado cuenta de que no hay países altos y países bajos, ricos o pobres, sino que todos, en cuanto el azar desboca a la bestia, andamos unidos, formando una misma piel, aunque sea de naranja amarga, como el mapamundi que corona el texto y del que no conozco al lúcido y creativo autor. El ébola no es el hambre, creen algunos. De serlo, de no ser una enfermedad, ya estaríamos agonizando. No queremos atajar el problema del hambre. No miramos a África hasta que África nos mira a nosotros y nos envía un bicho cabrón para contarnos el mal que padece.

El mal siempre triunfa, aunque agazapado, El mal es el cáncer al que no se le ha inventado todavía una terapia fiable de choque. Lleva la filosofía, por no decir la religión, llevando y trayendo teorías, fórmulas, textos que lo recogen y lo argumentan, pero no conducen a nada. Es como hablar sobre el silencio o sobre la lluvia. Existen a pesar de que los amemos o los detestemos. El mal es la estrella, el reclamo principal del reparto de la película que estamos a punto de ver. No hay gran argumento de la misma historia de la Literatura que no le guarde un lugar principal, una parte relevante en el trasegar de la trama. La ficción se vende mejor si el mal la impregna, aunque luego el bien, por voluntad de quien escribe, termina imponiendo su criterio, dejando que todo se amanse y que la bonanza lo acune y lo abrace todo. El mal es admirable. Se abren los ojos, no sabemos los porqués, cuando dos se cosen a hostias en la calle, amenizando el paseo que estamos dando. Reprobamos que se peleen, deseamos que dejen la lucha, pero hay un lugar por ahí adentro que se recrea observando la evolución de la contienda. No nos acercamos más porque podemos ser atrapado por el maelstrom de los golpes, pero ya quisiéramos. Nos seduce la violencia, la miramos embelesados. Todos los informativos de todas las televisiones del mundo tienen la consigna de que las imágenes violentas captan audiencia, de que las noticias terribles hacen que los anunciantes recalen en su parrilla e inviertan en su negocio. 

El amor es el que pierde en estos lances. El amor fou o el amor brutal, el consentido como ancla o como refugio. El amor limpio de los recién casados y el apalabrado de los esposos antiguos. Fascina que el amor se imponga. No tenemos la certeza absoluta de que suceda siempre, así que nos maravillamos (qué palabra tan hermosa, qué poco uso se le da) ante la evidencia de que alguno se imponga y de que el mal, el hastío, el miedo y el desencanto venzan. Y lo hacen, claro que lo hacen. A veces pienso que es el arte el que nos pertrecha de recursos para no caer en sus redes. Que es el arte el que nos abastece de armas con las que salir al campo y plantar cara al enemigo. No sé con seguridad si son las convenientes. Hemos visto muchas veces cómo caen en batalla, con qué estrépito se desvanecen y dan a entender incluso que nunca estuvieron, que son una ilusión, un deseo. Mi amigo Juan Carlos sigue creyendo en la fuerza del amor, en el poder de la bondad, en la intimidad buena del hombre, pero yo le llevo con frecuencia la contraria, y él, a su pesar, también al mío, no me rebate, no me advierte de que no es el ese el modo de ver las cosas, pero no encuentro otro, no hay otro, no hay ninguno al que agarrarnos y con el que andar el camino. 




23.10.14

La culpa de todo la tiene Yoko Ono, la muy peluda



Claro que hay más libros que lectores. Ojalá no cambie eso. Que no haya quien desee leer y no tenga un libro al que acudir, uno en donde refugiarse. No se maneja uno con igual convicción en lo de si debe haber más escritores que lectores. Mezclado todo esto, agitado sin saña, surge la paradoja en la que advertimos más cocineros que comensales. Luego está el argumento, endeble a poco que se le estruje, de si toda la literatura es igual de noble y de alta y de buena. La noble, la alta, la buena literatura es una porción, esperemos que no flaca, de la otra, de la literatura standard, de la que ocupa los escaparates y hace que el negocio se mueva y el dinero que generan las letras no sea pobre, no sea simbólico. Hay más ebooks que ereaders. Tenemos más máquinas que usuarios de esas máquinas. Más nubes que observadores de nubes. El stock del universo es inagotable. Me quedo con la idea de que el mar es mayor que la suma de todas las partes que aportan quienes lo contemplan, a pie de playa, extasiados con las olas, conmovidos por la bravura que les da o por la mansa quietud en la que se ofrece. En este plan, paseando este hilo, hay más cosas que no conozco que las que ya he conocido. Me lo dijo K. anoche. Me confesó lo poco que hemos visto, el poco tiempo que tenemos para seguir descubriendo. He releído a Cortázar cuando podía haber conocido a Handke, le digo. El tiempo está de nuestra parte, siempre está de nuestra parte. A veces K. se pone trascendente y cree poder contarme el mundo como si yo no lo hubiese visto. K. me confía la sospecha de que el verano va a durar hasta fin de año. La culpa la tiene Yoko Ono, añade. A K. le gusta buscar culpables absurdos, le parece que a todo hay que encontrarle una causa o que nada proviene del sencillo azar. Las caras, hay que ponerlas, Emilio. La de Renée Zellweger no cuenta, K. Vamos así los dos, sin acabar de atar ningún argumento, pero manoseando muchos, dándoles la importancia de la que carecen. Joaquín Ferrer deja dicho en su facebook que el poeta mozárfabe Ben Gálib escribió el Cantar de Mio Cid. La noticia la planta el Diario de Burgos, por supuesto. A mí me incomoda más que otra cosa. No quiero que le encuentren un autor. Es anónimo, le digo a Joaquín. Me lo dijeron muchas, y me lo creí. El cantar, anónimo. Quizá lo escribió Yoko Ono, K. Mira en el google. Quizá anduviera por allí. Mira a ver si hay una foto de Yoko Ono con el poeta, desnudos los dos, enseñando las vergüenzas. Hay una foto que suele birlarse en las páginas prudentes, las que no provocan, todas las páginas blancas del mundo. Lo mejor es pillar a tiempo una buena página negra. Las páginas negras informan más que las blancas. O lo hacen de un modo más feliz, menos aprisionado por los catecismos y por las nubes grises del futuro. Hay tantas que quizá haya que mirarlas con más atención, prevernirse de las nubes grises, saber con qué refugios cuenta uno cuando se ciernen aprisa y anuncian lluvias fuertes. K: adora que llueva. En eso nos parecemos. Ando pensando que quizá seamos, en el fondo, la misma retorcida criatura. Los dos. No lo he dejado aquí escrito nunca, pero ya va siendo hora de que abra de par mi corazón estajanovista, mi corazón convertido en un corazón previsible. A su manera, K. me reprende. Yoko Ono, la muy peluda, tiene la culpa. De no ser por ella, ay, los Beatles se habrían despeñado solos, y a veces agrada ver cómo los dioses se suicidan, se abren la cabeza con la felicidad pura, con el embeleso sublime. Lo dijo Lennon: Happiness is a warn gun. Pues eso. 



22.10.14

Mi blog es una extensión blasfema de una intriga teológica II







Vuelvo a Chesterton: en su Ortodoxia reconocía una emoción que brotaba subconscientemente y advertía el hecho de que este mundo nuestro debía tener algún objeto verdadero. Que la vida era un cuento y que, en tanto cuento, debía tener un narrador. ¿Quién me narra a mí? ¿A qué género pertenece la trama en la que estoy? ¿Será un subgénero? Me agrada el thriller, pero no tengo alma de Sam Spade ni mi perfil se arrima a la épica sucia de un callejón a oscuras en el que dos policías de paisano custodian el cuerpo obscenamente acuchillado de una stripper. Bien pensado no tengo ni idea de en qué cuento estoy metido. Me lo pregunto en ocasiones. Sin abusar. Fantaseo con la posibilidad de revelarme contra el autor invisible que me guía. Sólo que no lo tengo a mano. Ni siquiera tengo la certeza de encontrarlo. Tampoco de que exista. Ahí andamos. Enredados en metafísicas. Siempre estamos enredados en metafísicas. Este blog entero es la extensión blasfema de esa intriga teológica. Dentro de cada uno de nosotros hay un teólogo. Lo escribió también Chesterton. Borges remató que para serlo no es imprescindible la fe. Dos pájaros buenos. Uno descreía de un modo creativo, considerando que la construcción de la fe contaba siempre con ingredientes literarios, propios de la ficción, de tramas de género fantástico. El otro, el gordo inglés, veía una epifanía en lo divino, una que lo traspasaba al punto de que toda su inteligencia, y también su sensibilidad, estaba cruzada de parte a parte por la caligrafía de Dios, por las palabras susurradas por la Divinidad a su goloso oído. Borges conversaba con Dios, al que confería un aura teatral; Chesterton esperaba que Dios conversase con él, dándole una autoridad carnal casi, un espacio ontológico limpio, sin la traba de la ciencia, tan descreída también. Gana siempre la literatura, aporto yo. Incluso el feligrés, hablo del feligrés letraherido, consiente que Dios forme parte de la trama, solo que la Gran Trama, la trama celeste, la urdida en el principio de los tiempos y la trabajada en el trasegar de sus días. Hay días de metafísica, oh amigos. Ninguno, no obstante, carece de ella, aunque no percibamos el rumor de los ángeles, el peso de las grandes palabras cayendo a plomo sobre nuestro estar en el mundo. Días de nubes con salmos, días huecos, días de feliz conversación con uno mismo, días caídos en desgracia o izados como una espuma salvaje. A los días los salvan las palabras, pensé anoche. Me quedé ahí, en ese pensamiento pequeño, que batalló por perderse conforme el sueño me iba venciendo hasta que caí en él sin la certeza de haberlo perdido. Volvió a poco de abrir los ojos esta mañana. Pensé ahí, nada más pisar la luz del día, en Borges (suele caer una borgiana al alba a veces) y en Chesterton, en el texto que empecé hace tiempo. Ningún texto está enteramente terminado cuando lo rindes a quien lo lee. Está ahí, a la espera de que se le engorde la panza. Ahora voy al miércoles. Ojalá los altos astros me sean favorables. Le dije esto ayer a un amigo que cumplía años (muchos no). Igual hoy me tutelan a mí, me guían, me confortan y me mecen. Borges, acabo, dijo de Chesterton que no había página suya que no contuviese una felicidad. Ningún día la censura del todo, añado yo. 




20.10.14

Las palabras nunca se hacen daño


Tengo más o menos la certeza de que ahora va a ser la primera vez en mi vida que escriba la palabra austrohúngaro.Tampoco he escrito tardofranquismo, ni eugenésico, ni pillastre. Reconozco haberlas leído, incluso cabe la posibilidad de que las haya pronunciado en una o en otra conversación, pero el hecho de escribir exige una atención y crea una especie de cámara blindada en la que uno va arrojando las palabras, dándoles carta de estancia. Lo que uno escribe dura, se exhibe incluso a veces a pesar nuestro. Leer implica un pacto fantástico, uno de los mejores que pueden hacerse. Lo firman dos personas que pueden no conocerse en absoluto y lo mas sorprendente es que ni siquiera adquieren conciencia de estar haciendo pacto alguno. Por eso me esfuerzo en recordar qué he escrito. Porque me fascina la escritura. No encuentro un día, en los últimos veinte años, en los que no haya pensado en escribir. En esos veinte años, tal vez más, ha habido mayoría en los que he dedicado una parte del día a escribir. Algunos, hace ya demasiado tiempo, en los que no he hecho casi otra cosa que eso, escribir y pensar las palabras, en cómo se buscan, en dónde se encuentran., en la manera en que a su modo dicen de mí lo que yo no percibo si no es escribiendo. No hay noche en la que, al acostarme, no piense en si he escrito lo suficiente o tal vez debiera haber entregado algo más. Ninguna en la que, al no escribir nada, me sienta, en el fondo, vacío. Al contrario de lo que la razón o la mecánica de fluidos exige, escribir no es vaciarse. El que escribe, al hacerlo, se llena. Es un proceso que no admite las habituales disecciones de la ciencia. Justo ahora, en el momento en que escribo esto, me siento eufórico, una euforia de lunes, sencilla, en poco o en nada defendible, pillada a vuelo, como si se pudiera desvanecer con solo pensarla.  He escrito esa palabra las veces suficientes como para recordarla. La he pronunciado otras muchas. Siempre con mucho respeto. La felicidad, aliñada de euforia, no merece el desprecio del olvido. Soy feliz con estas pocas cosas. Los lunes existen para que el viernes tenga sentido. Se lo escuché a un amigo y desde entonces lo uso con frecuencia. Para que haya viernes tiene que haber lunes, suelo decir. El tiempo, ya saben, ese asunto tan extraño. Estos días veo Twin Peaks. No llevo muchos capítulos. Estoy fascinado con el jodido Lynch. Tiene una cabeza descabezada, una borradora incluso, una cabeza del tamaño de un sueño. Piensen en un sueño raro de verdad, en el que un enano canta y baila en una habitación roja. La alfombra roj, con rayas rojas que van y vienen. Las paredes y las cortinas, rojas. Me he levantado pensando en el enano y en la palabra austrohúngaro. No casan bien, creo. Las he metido en el texto, presionando, buscando cómo podrían no hacerse daño. Las palabras nunca se hacen daño, las palabras nunca se hacen daño. Las metes en una bolsa a la que luego echas un nudo, las zarandeas por el aire, con saña, y la abres. Dentro de la bolsa es posible que esté el mundo mismo. A veces la vida es una bolsa zarandeada a la que, al abrirla, le buscamos significados, cuando solo tiene preguntas, caminos que no garantizan que lleven a ningún sitio. Ahora vamos al lunes. Creo que va a ser largo. 

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