20.10.20

Aprobado general

 


 Hay quien recibe una educación que le permite afrontar las exigencias del futuro con la esperanza de que sorteará los obstáculos y hará de sí mismo el ciudadano que anhela y también el que la sociedad en la que vive y en la que se integrará reclama. Será cuánto desee ser y tendrá como única limitación su capacitación y, añadida a esta, la suerte que el azar le asigne, en eso no media el esfuerzo ni la voluntad. Es un plan a largo plazo y se ajustan en él las victorias y los fracasos, todo cuanto contribuya a fijar un modelo fiable de responsabilidad y de sacrificio. Tendremos buenos médicos o buenos fontaneros, gente digna en el oficio que eligieron o al que se vieron forzados a aceptar, en el hipotético y cada vez más duro caso de que en efecto labren un futuro (se ha dicho siempre así, calzando el verbo labrar, tan fértil, a ese boscoso futuro). El futuro será (ahora más que nunca) un obsequio recibido, una dádiva de la Administración, como una especie de milagro al alcance de cualquiera. 

Duele que se le arrimen obstáculos añadidos, licencias gratuitas y, también a la larga, dañinas, lesivas, nocivas. Si esos impedimentos los fomenta el Estado estamos a las puertas de una civilización empobrecida en la que se premia el dividendo fácil y el éxito inmediato y, por tanto, hueco, inútil, enfermo. Que la gobernancia educativa abone la mediocridad de sus alumnos debería ser alto motivo de alarma, cuestión primordial en el debate de las cosas verdaderamente primordiales. Argüir que le pandemia precisa de una medida como la de dejar pasar de curso sin la intendencia de las calificaciones deslegitima la vocación normativa de un ministerio, el de Educación, y ningunea y humilla al cuerpo de profesores a los que se les encomendó instruir, enseñar, convertir la madera en árbol, como en el verso de Ann Sexton, tan de mi agrado. No sólo deja a ese gremio en la más absoluta ignonimia, sino que auspicia y prescribe un modelo educativo malsano, tóxico, inadecuado para diseñar cualquier proyecto de sociedad.

El mensaje que se envía es blasfemo y es elocuente en su enfermiza claridad expositiva: no estudies, te vamos a dar barra libre, haremos la vista gorda, oídos sordos; te abriremos sin coste alguno el mercado laboral, te dejaremos circular por él sin instrucciones ni acreditación de tu valía. Sólo se salvarán de este atropello legislativo los ungidos por la fortuna paterna, los elegidos por la herencia de sus progenitores, seguro que alguno habría que se mereció el bienestar del que los hijos, pobres ellos, disfrutan. Porque no tendrán nada: serán víctimas del genocidio intelectual (y moral) orquestado por las autoridades del ramo a perjuicio de la comunidad. Se empieza por dejar aprobar por burocracia express al incapaz de hacerlo por medios propios y terminamos sorteando titulaciones en las redes sociales, que ahí tenemos adolescentes hartamente preparados, nativos digitales, dicen: cazurros analógicos, añado con argumentos yo, más si cabe si les allanamos el camino y les lijamos el suelo para que no se escurran y hociquen. Tal vez sería mejor que se equivocaran y suspendieran (esa es la costumbre, mal que pese en informes PISA o en documentos internos de la Administración) que superaran las áreas sin haber demostrado las evidencias previstas en el proceso. Se empieza por flexibilizar los criterios de evaluación (esos son los términos técnicos, el eufemismo) y terminamos promulgando leyes que alientan la pereza o la apatía. Lo de excepcional y temporal, escuchado a la ministra Celaá, suena a recurso lingüístico improcedente, no adecuado, timbrado para que los desavisados o los conformistas crean que todo podría volver a la normalidad y retornar al antiguo sistema de evaluación en el que importaba los saberes aprendidos, la asimilación de una serie de indicadores (cómo me irrita esa palabra) con los que se podría expresar un verdadero registro de las competencias adquiridas. 

Es una agresión esa lenidad en los procedimientos: todo se regirá por la blandura, por la benignidad de los evaluadores. ¿Dónde estarán la seriedad, dónde el rigor? Ninguno de esos insobornables parámetros de juicio estará en la sesión de evaluación que los docentes (pobres nosotros) concertemos para certificar la calidad del proceso de enseñanza-aprendizaje. El hecho insólito de que la enseñanza se reparta (en institutos) entre la presencialidad y la virtualidad no rebaja lo más mínimo el daño que esta ley acarrea en su discurso interno. Tardará en repararse el roto producido, subsistirá la creencia de que la obtención de un título provendrá de la beneficencia del Padre Estado, aunque los alumnos de Secundaria o de Bachillerato no dominen todavía esta terminología antigua, los lectores de más edad sabrán de dónde la traigo. Será anecdótica la tropelía, este desaguisado, toda la desviación de la lógica. Probablemente vuelvan las aguas al cauce, eso dicen también, se remansen, adquieran la fluidez de antaño, si es que alguna vez el curso de ese río fue limpio y complació a todos su trayectoria. Han sido muchas leyes educativas las vistas por este servidor y hubo otras antes. Ninguna debió cuajar puesto que todas fueron retiradas. Extraña ese desconcierto, hace pensar en qué poco aprecio se le hace a la escuela (da igual en qué nivel se explicite esa escuela) y qué pequeña es la querencia por la cultura. Ese es otro debate que se colige de éste: el de la exclusión de la inteligencia, el de la penuria económica de los ministerios de Educación o de Cultura, ambas cosas son la misma cosa, al cabo. Ahora añadimos (sí, sí, es eventual, ya me dirán más tarde) el obsequio de los aprobados, ese veneno escondido en la taza del que no tenemos (ay) antídoto. 

19.10.20

Dharma


Cada día comprendo más a los que veneran objetos. No sería ni siquiera razonable que yo ahora lampase por encontrar una lata como esta, si es que existe y no es un arrimo deliciosamente friki, de los que a veces nos ocupan toda nuestra atención y a los que profesamos sincera devoción, pero no es la razón la que mueve las vísceras de la emoción, tendrá que haberlas. Es otra cosa, algo mucho menos adherible a la cordura o al manejo del sentido común.  Amigos que tienen estanterías llenas de muñecos de sus series favoritas o las paredes empapeladas de cartelería de la Marvel o de Star Wars (mi hijo es uno) tienen mi admiración incondicional. Hubo una época en que yo también gastaba esas exhibiciones plásticas. Como si uno buscase que el ojo del visitante casual se llenase de nuestros vicios y supiese (sin mediar palabra) de qué pie cojeábamos. Bendita cojera. Vi Perdidos en un verano, muchos años después de que se programara y produjera una suerte de adictos, a pesar de sus fracturas y de su innegable trampa. Guardaré siempre un recuerdo feliz de la serie. Me atrapó con la irresistible atracción de las cosas imperfectas. La pureza está sobrevalorada, no se le debe confiar mucho, acaba decepcionando, maleándonos incluso. Aceptaba de antemano en Lost (Perdidos me suena fonéticamente inferior, aunque adore mi idioma) que no habría un final que me aclarase todas las dudas que el guion creaba. Habría sido insuficiente cualquier arreglo narrativo que cerrase las múltiples tramas abiertas. Me daba igual. Era mi serie durante ese verano. Nos la zampamos en casa sin chistar, robándole horas al oficio de la casa, hilando la tarde con la noche. Cuando acabó sentí una desazón placentera. Por un lado, creí aliviarme, cerrar una etapa de mi vida televisiva. Por otro, me concedí la pena íntima de que no habría una siguiente vez en que accediera a sus ciento y pico episodios con la misma entereza y el mismo deslumbramiento. Viene a ser como un amor primerizo. La vida está llena de esos amores primerizos. Los recuerdas cuando ves una lata marca Dharma. Como si fuese posible que una cerveza se llamase Dharma, es decir, Religión (o también ley o realidad), esas tres ideas mezcladas, hechas una trinitariamente en sánscrito. En el lenguaje seriófilo, Dharma era otra cosa, claro, qué más no da, aunque algo de religión y de ley y de realidad (confusa, eso sí) había tras estrellarse el Boeing 777-200 de Malaysia Airlines. 

18.10.20

Conversaciones

 Hay conversaciones que se aplazan inadvertidamente y cobran en la conciencia un peso mayor y cada vez más dañino. Se tiene de ellas la sensación que no nos interesó involucrarnos y participar con la vehemencia con la que aceptamos y prolongamos otras. También la elocuencia cuenta. No siempre se afina uno, se prodiga o esmera en las palabras, como si nada de lo que hubiésemos dicho antes o pensemos decir después pudiera rivalizar con la que se tiene entre manos, aunque el motivo que la aliente sea frívolo y no suscite la hondura prevista ni por asomo. Es una especie de apatía verbal que agrada en el fondo. Escucho y registro lo escuchado, sin dar a cambio algo con lo que el otro satisfaga su entrega. Hay quien dice que lo que no sabemos hacer es escuchar, que es lo más difícil, a pesar de la aparente sencillez de su desempeño.

Saber escuchar en ocasiones cancela la cláusula invitada a posteriori, la de saber hablar: no tanto saber, quizá, en el sentido de reproducir un parlamento coherente o hasta brillante, sino desear hacerlo. Darse. Contribuir a que se entabla un diálogo, esa obligación moral y hermosa a la vez. Uno se finge desganado a veces, elude incurrir en hablar por hablar, esa costumbre, aparenta estar, aunque no sea cierto y lo que de verdad sucede es que se prefiere mantenerse al margen, no dar idea de que nos ronda y qué parte de lo conversado nos entusiasma y levanta el deseo de convertirse en actor de esa improvisada trama, no solo espectador, interesado o no.
Qué dulzura de conversación la traída con ligereza y sin propósito, me dice K. Cuánto se echan en falta en ellas ocasiones en que se escogen las conversaciones sesudas, las de peso. Tal vez (matiza) esa sea la razón por la que las evitamos: por gandulería. La pereza es cada vez más insustituible. Se vive mejor en su asepsia perfecta, pero terminará por doler, concluye. Se ha envalentonado y está en la paradoja de hablar de la sencillez sin usar algo parecido a la sencillez. Una inercia. Una costumbre. Es cuestión de hacer lo que apetece, sin más, le hago yo ese reproche. Como si de pronto la conversación se hubiese enturbiado y precisara que se la cancele. Luego concurren a su antojadizo capricho: no se las cuidó y reclaman un lugar. Parecen exigir el aprecio que no se les dio. Tienen vida, se duelen si las herimos, acuden con alborozo si las mimamos.

17.10.20

Nat, Hans y Tristam / Los clásicos

 





A Araceli Antrás, por acabar la conversación de anoche
Una incómoda literatura canónica, promulgada en el canon y tenida como baluarte, exige disciplina y no siempre está uno disponible. El malestar es frívolo. Los clásicos son deudas que no siempre pueden abonarse, darles el pago que en su longeva espera exigen. Los libros son regalos que se concede uno y a veces cuesta elegir con cuál premiarse y encontrar esa rara reconciliación con la Gran Literatura, que no es patrimonio único de la antigüedad (ese eufemismo) ni de exclusiva gestión suya.
Recomencé anoche sin demasiado empeño un libro difícil y extraordinario (ambos adjetivos usados muy adrede) que me entusiasmó en su día y al que le debía un regreso, por ver si era el mismo libro o yo era el mismo que lo engulló y del que guarda un inefable recuerdo. Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy es, en esencia, un pulso entre escritura y lectura, entre el autor y el lector. Sigo hoy en un suelto breve del día ocupado en él, interrumpiendo brevemente (a ratos, por mera avaricia lectora) Un amor, recomendable librito (ciento y poco páginas) de Sara Mesa, autora de escritura clásica también, a su manera, sin alambiques ni giros intrépidos de guion. Ya dirá el tiempo cuando concurra su fiable juicio si alimenta una hipotética lista de clásicos de este turbio decenio. Laurence Sterne es más oscuro y, al tiempo, más nutritivo, no entra aquí pesar ambas obras y confiarles un lugar en un también hipotético canon, por supuesto. Su Tristam sigue firme, quién lo censuraría.
Extraigo una primera conclusión inapelable en el trasiego de los dos empeños: leer es un desquicio delicioso. No hay expresión que cuadre con la gratitud sobrevenida al entrar en la ficción que otros nos ofrecen, trabajosa y festivamente. Porque escribir es un trabajo y exige dedicación. Su anverso, leer, requiere un desempeño distinto, aunque haya zonas de uso común y el que escribe ejerza secretamente de lector y, menos obligatoriamente, también al contrario. Lee uno por secretos designios. Reemplaza unos gustos por otros, censura aquí, aprueba allá. Hoy me dice A. que no encuentra asidero en una obra de Thomas Mann, clásico a todas luces, que no he leído, Confesiones del estafador Félix Kull Le comento que me da pereza volver a La montaña mágica, aunque en su día (hace diez, quince años) la devorara y me durara el olor a balneario meses enteros en mi loca memoria. La literatura es un olor perdurable.
Un amor es una breve y aleccionadora lección moral en la que se disecciona con abrupta sencillez el eterno conflicto humano de integrarse en el paisaje físico y ciudadano. No hay novela que no transite ese bosque comido de deseo y de pesadumbre, aunque Sara Mesa confíe en la liberación del alma y su protagonista, Nat, confinada a conciencia, frágil y pacientemente, escriba con infinita mansedumbre su lugar en el mundo. Como el mismísimo Hans Castorp de La montaña mágica, salvando la feliz diversidad del mundo, aunque los protagonistas de ambas compartan anhelos y sufran casi idénticas fracturas. Los dos se manifiestan débiles y esperanzados. El sanatorio en los Alpes suizos es una extensión salvaje de La Escapa, el marco rural de Mesa. Tristam Shandy, en delirante primera persona, no pretende otra cosa que esta: fluir y encontrar o dejarse ir y darse un sentido. Todos carecen de él, también nosotros, sensibles lectores.
Sterne es clásico a pesar de no tener con quien compartir la trayectoria literaria y el destino humanista de su inagotable e inclasificable obra. El hecho de que se haya mantenido su vigencia y prosperado la legión de fieles que lo encumbran como cenit de cierta literatura no se explica, a la vista del resto de convivientes de esa exquisita lista de autores sagrados. Lo que ahora se despacha en librerías es asunto al que se le deberá perspectiva en el irreprochable y fantasma futuro. Nada podemos elucidar del paso presente de muchos libros que leemos com apasionado afecto o con insobornable amor. Queda la recurrente sensación de haber sido primorosamente halagados, como si fuésemos un lector singular o un único lector y todos los buenos libros esperaran mágicamente su turno para que penetremos en su maraña de historias y de deseos. Da igual que Nat no alcance la excelencia: dio gusto conocerla.

14.10.20

Lo que no es

 Todo está pensado para que parezca lo que no es, aunque nos obcequemos en ese convencimiento dulce que consiste en creer que la realidad no esconde nada y todo está bien a la vista, carente de trampa, limpio de truco. Hay un plan oculto del que provienen todos estos trampantojos. Es una palabra hermosa trampantojo. La trae hoy a colación un periódico para hacer ver otros asuntos del discurrir, pero se sostiene sola la palabra, se iza a sabiendas de que no está al uso y se sabe, a su modo, cómplice de otras. Son las palabras las que organizan la realidad. Las mismas palabras son, en su esencia, trampantojos. Todo en ellas está pensado para que se piense una cosa, pero ande otra, de rondón, cercándolo, amenazando con ocupar el lugar en el que se manifiesta, pugnando por contrariarnos. La vida es también un trampantojo. Lo digo todo esto sin saber muy qué estoy diciendo, porque los significados andan detrás, pidiendo ser vistos, pero son por naturaleza tímidos y hay días en que no se tienen a mano los instrumentos para abrirlos y mirarlos con vocación de entomólogo, como si fuese mirar un oficio, ojalá lo fuese. Toda la maquinaria del pensamiento está gobernada por estas sutilezas. La mía está enfebrecida, en vértigo y en fiebre. A ratos me libero, adquiero la normalidad con la que afianzo mis pies en el suelo. Deben estar ahí. Son muy importantes los pies. La realidad, si solo se condujese por lo que dicta la cabeza, sería un caos absoluto, uno insoportable. Quizá lo sea. Va el miércoles abriéndose con pereza todavía. He ido a comprar el pan y no hay quien confíe en que puedan llenarse las calles y ofrecer el trasiego conocido. No se oye nada por la ventana que tengo entreabierta. Se me ha ocurrido falazmente que es domingo. Cosas que parecen lo que no son. 

12.10.20

El cielo existe

Lo malo de que la muerte nos conduzca al cielo es que desde allí el cielo no se ve. La idea (no su volcado, que yo he calzado como he podido al texto) es de Monterroso. El cielo es un paraíso prometido, pero hay que tener cuidado en desearlo mucho y en afanarse por acceder a él, no vaya a ser que una vez hayamos ingresado en él no nos cuadre algo y echemos en falta el viaje. Aquí se acuerda uno de Kavafis y el verso repetido hasta casi retirarle significado alguno, el de pedir que el camino sea largo. Lo bueno de no creer que tras la muerte haya cielo alguno que nos aguarde es que podemos concedernos la posibilidad de que estemos equivocados y darnos de bruces con él cuando nos abrace la aplazada Parva. No lo hemos buscado, pero nos aguardaba. No sabemos nada, quizá haya cosas de las que debamos no saber. Por la intriga. Por no rebajar el asombro o retirarle nuestra confianza. 

Tocarnos


                               Concierto de Supertramp en la Gira "Breakfast in America" (1979)


Estará vigente la distancia unos años más en los que no podremos descuidarnos o incurrir en la ceguera de que creernos inmunes y elegidos, como si la pandemia no fuese con nosotros. En cuanto se abra la veda y nos acerquemos de nuevo, habrá que ir con tiento, no dejarse llevar por la euforia, creo que las cautelas adoptadas en estos tiempos no se borrarán de cuajo y tendremos que aprender a sentir al otro y reconocer que tiene un cuerpo, no muy distinto al nuestro, ninguno lo es, pero deseable. Empezaremos por darnos las manos o echar un abrazo. En la conversación no bastan casi nunca las palabras: ninguna de las formas que tenemos para ensamblarlas y expresar lo que sentimos suplirá la intendencia ineludible del roce. Es al cuerpo al que hemos confinado, pero la cabeza sigue a su aire, crea simulacros sociales, funda recursos que cancelan la concurrencia de la piel, su esplendor antiguo y hermoso y se convence de que no durará mucho y regresaremos a las costumbres en las que tocar a alguien era lo más normal de este mundo. Lo de que nos toquen ya es de ámbito sideral. 

11.10.20

Paisaje de sombras


                                       Fotografía: Fernando Scianna


El precio de vivir es siempre barato, da igual que tardemos una vida en abonarlo y cueste en ocasiones encontrar con qué satisfacer la deuda. Somos sombras, ellas nos definen y explican. Su sinceridad es incuestionable, no se dejan sobornar, apenas rehuyen su trabajo larvado, apenas visible, pero cuando irrumpen y se ofrecen en toda su vasta extensión advertimos su elocuencia, el peso del trasiego al que las forzamos. Llegar a viejo es una bendición, no hay otro premio mayor que ése: saber intimar con uno mismo, sentirnos hospitalarios con nuestra memoria, dar por bueno que el olvido haya omitido pasajes de la trama, incluso los ricos en belleza y en alegría. Es el cuerpo el dictador que escribe la historia del país que somos. Perdemos provincias, se desvanecen las fronteras, pensamientos oscuros ocupan estancias donde antes reinó con esplendor la inocencia y la ignorancia. Cuanto más avanzamos, más grato es el camino. Tal vez las sombras tengan vida propia y dancen a espalda nuestra, sin que apreciemos la gracia de sus evoluciones, ni la música que las anima y confiere su halo de tiniebla. Tendrán su mapa invisible, su cartógrafo privado. Habremos dejado huella suya por los caminos que hemos transitado. Estarán ahí. Mezcladas con otras en un festín de recuerdos. 

Pandemia y lenguaje

 


El significado de logística que ha prevalecido o se ha impuesto a otros proviene del francés y da entender el lugar en el que se aloja el material que más tarde se confía a la venta, de ahí también la española "lonja", que viene a decir lo mismo. La etimología más antigua es griega y significa "calcular".  En cualquier caso, cunde en ambas un concepto matemático, afín a la lógica, que también echa mano del lexema, respetándolo. La madre francesa de la palabra invoca el sentido que hoy en día más impera, referido al suministro o a la intendencia en materiales de jurisprudencia militar o meramente comercial. En cambio, hay un desajuste ideológico en esa diatriba semántica: la logística se ha opuesto a la lógica en estos tiempos de zozobra y de relativismo moral, no se crea el amable lector que estoy usando argumentos papales: mi reflexión es mucho más mundana. No solo en filosofía se ha reemplazado la lógica por la logística, como pone El Roto a uno de sus ácidos personajes: también en la información. Es tanta la que tenemos a mano que se produce el efecto inverso de su propósito y la saturación nos embota y hace que perdamos la distancia precisa para comprenderla. Lo de cribarla tampoco es fácil: la propia esencia de las redes sociales contribuye a que prefiramos su propiedad a su conocimiento. La irrupción de la pandemia representa un caso extremo de información convertida en logística de combate. No hay metáforas: el objeto aludido y el real están en el mismo plano, cunde la estadística rancia y triste. Entrever una mera posibilidad de que podamos colar un sentido poético a esta pandemia se antoja una empresa ardua. Asistimos al espectáculo de la información, más que a su rendición cumplida y fiable. Se ha convertido en un circo el baile de números y la gestión de los gobiernos por minimizar el daño y, en último término, erradicar la causa que lo produjo. La lógica se ha desvanecido, la inteligencia ha muerto, en ese plan de decaimiento de la razón. Por otro lado, triunfa el sensacionalismo, la tertulia improvisada en la que todo el mundo tiene una cátedra bajo la lengua. Incluso la gente sensata que a veces acude a los programas de televisión o escribe en prensa o habla en la radio pasa desapercibida. No es posible procesar este tumulto de noticias. Sólo vemos cifras y mascarillas. La logística le ha puesto el pie en el cuello a la lógica y ha dejado caer todo su peso, el etimológico y el tangible. Las palabras se han despojado de su estructura profunda, la que nos enseñaban en el instituto, no sé si ahora ese concepto todavía está en los libros de texto. Todo es superficial y liviano. Pasan los días y el aire sigue irrespirable. Todo el aire. 



10.10.20

Bacon

 







En Francis Bacon, admiro el caos, el infierno privado del que extraía el material de su obra. Como si una parte suya se desgajara y ocupara la extensión del lienzo, pero no a la manera que comparten otros pintores, que vacían su alma y dejan que fluya afuera, sino el alma completa, no solo el contenido, lo que tutela y acarrea en el discurrir de los años. Cada obra de Bacon es un trozo de esa piel interior, un desgarro más orgánico que metafísico, aunque ambas consideraciones reconocieran que se necesitan y una recabe de la otra la sustancia de la que carece y, entre las dos, fuesen anulando al hombre y haciendo que aflorara el artista. Bacon fue menos persona que genio, escuché una vez en una de esas tertulias radiofónicas en las que un catedrático de algo es invitado y se explaya en lo que puede, por si no lo llaman de nuevo y le quedara algo que decir. 

Ayer volví a ver imágenes del taller de Francis Bacon en Londres, luego mudado a Dublín cuando murió. K. me citó a Diógenes. Todos los artistas llevan un infierno dentro y el infierno es un lugar en el que no puede existir el orden, concluyó.  Y en parte Francis Bacon fue un ser infernal, en el sentido topográfico de la palabra: un actor en eternas horas bajas, cuyo papel no precisa ser aprendido, ni recitado antes de que abra el telón; un atormentado también, comido por la apatía, consumido por las deudas, y también un excéntrico, un diletante, un pintor en casi constante estado de excitación creativa. No parar de crear es un infierno en sí mismo: no hay cielo al que acogerse, en el que pedir asilo. Las luces flaquean, la oscuridad cobra cuerpo conforme la cabeza va deshaciéndose y entrega su cuota de fiebre y de vértigo. 

El taller de Francis Bacon de la calle Reece Mews era una obra más en el catálogo del artista. Ese acúmulo de materiales de desecho son, en algún extraño modo, una extensión del propio Bacon. Ese informe inventario de latas de pinturas, brochas con colores resecos, lienzos a medio acabar y cualquier pequeño accesorio del oficio. Bacon insistía en que esa desorden le inspiraba. De haber podido persuadirle a que recondujera su existencia (esa ficción), tal vez no lo habría hecho, a pesar de prever a qué conduce el desquicio cuando lo contamina todo. Es una especulación: en cierta ocasión pensé en qué le hubiese contado a Borges, si se me hubiese permitido tratarle o si pudiese regresar de la eternidad (ahí está) y concediese que le hablara y escuchase la historia de los muertos que siempre poblaron (de una u otra forma) sus cuentos. Cuentan que un buen amigo de Bacon le pidió que adecentara el taller, habida cuenta de que un equipo de televisión iba a visitarlo y filmar un pequeño reportaje. Se negó en principio, pero le persuadió la suma de libras que iba a percibir por ese insignificante préstamo de tiempo. Era un habitante del averno, pero allí también funciona la Master Card. Lo que le atormentó días después es una absoluta falta de inspiración: era incapaz de dar dos brochazos buenos. Sólo recuperó el numen cuando el caos regresó, triunfal, al taller. La suciedad es el alimento: la pulcritud ahuyenta el numen, lo aparta como si esa limpieza suya apestara. 

Ignoro los materiales que inducen a que un escritor se sienta enteramente a gusto en su trabajo: que note el aliento del estilo, la cercanía de una inspiración doméstica, íntima, cercana al dominio total de su creación. Si precisa una biblioteca a su alcance o si, por el contrario, lo que le eleva al grado óptimo de escritura es el silencio, un aislamiento mullido en donde perderse, encontrarse, dar con la palabra exacta sin que le estorbe la realidad.  K. sostiene que al escritor le incomoda la realidad y me pide, cuando nos vemos, que deje de escribir si quiero vivir. En cierto modo, le doy la razón. Me siento identificado con el escritor ascético, empleado en su causa, conjurado a rendir el trabajo al que se entrega sin que le distraiga el mundo. Bacon, en su taller, en ese útero perfecto, encontraba el sentido de su obra, la flecha divina que ilumina el corazón y lo transforma en una dinamo sensible. El mejor sitio en el que escribo son las bibliotecas, no seré el único. También los bares, aunque ahora no sean la residencia fiable y placentera en la que explayarse sin amenazas. A distancia, los bares, a pesar de mi natural inclinación a visitarlos. Hay mesas perfectas impecablemente rodeadas de ruido y perfumadas con el trasiego casi violento de gente arriba y abajo, buscando su sitio también en el mundo. Al menos, así fue, creemos que así será. Es ahí, en las bibliotecas, sin embargo, bien pertrechado de libros, rodeado de letras, donde la escritura fluye y uno siente que el tiempo no existe. Tal vez el anhelo sea cancelar la opresión de lo real y la fundación de una supletoria o alternativa, no sé bien, no se precisan certezas en estos asuntos. Los bares, en el polo contrario, ofrecen una atalaya privilegiada de vida. Basta con que uno sepa aislarse. Yo sé. Bacon quizá no fuese mucho de bares: se confinaba adrede.