17.2.18

La plenitud



                                                       Fotografía: Cristina García Rodero


Hay un momento en que uno se mira a sí mismo con absoluta dureza. No hay piedad, ni indulgencia: sólo el esmero en aplicar la exigencia más alta. No importa que ese acto de intransigencia sea irrelevante o que todo esa voluntad de sublimación quede en nada: lo que de verdad cuenta es el instante en que estamos en diálogo con nuestro interior. No suele pasar, no son muchas las veces en que se produce esa mirada limpia y profunda. En ocasiones ni siquiera se tiene la percepción de que estemos en ese trance, no requiere preparación, irrumpe sin aviso, nos arrebata y hace que cambiemos, no somos nosotros, no los que fuimos, todos los que modelamos durante nuestra existencia para afrontar la realidad y no dejar que nos coma. Porque la realidad hace eso: comernos. A veces da la impresión de que es al contrario y es ella la mordida, pero no sucede así, por mucho que las apariencias inviten a pensar que es uno el que muerde. Por eso fascina la belleza. No se deja gobernar, no tiene un protocolo que cumplir, ni se la oye venir poco antes de que se plante delante nuestra. Hay quien se mira dentro y arranca a bailar y se yergue y hace como que el mundo se ha detenido en cuanto ha levantado los talones y ha dispuesto los brazos como aspas. Lo que hay alrededor no contribuye a que ese acto de amor puro a uno mismo triunfe o flaquee. La derrota no vende nunca, no se le da el apresto, ni el predicamento, ni siquiera la generosidad con la que se abraza la victoria, la propia o la ajena. Se nos educa para vencer. En realidad todo está pensado para que desfile, rutilante y espléndida, la victoria. La propia Historia, la contada, la leída, la que perdura y avanza, es un extenso relato de los vencedores. Son ellos los que la escriben, a ellos se les encomienda el registro de lo que acontenció. No sabemos ni siquiera el nombre de los caídos, quedan en la invisible memoria de quienes depositaron en ellos la confianza de la victoria. Sin embargo, en el arte no hay vencedores ni hay vencidos. No se gana ni siquiera el aplauso de los que nos ven. No deprime que no suscitemos aplauso alguno. Hay cosas que hacemos para creer en nosotros mismos. Las vemos a diario en los colegios, en el patio de los juegos, en la manera en que un niño aprende. Es eso lo que debería prevalecer: el aprendizaje, la sensación de que estamos aquí para aprender, no para hacer las cosas bien a ojos de los demás o mal a los nuestros propios. Quizá sea al revés. Uno cree que lo hizo condenadamente mal y los otros advierten un fragmento de luz, una porción pequeña o considerable de belleza. Está ahí, ofrecida sin alardear, con la timidez de quien no precisa exhibirse. Basta creer. Es cosa de fe probablemente, fe en el interior, en la posibilidad de que al final de la actuación sintamos la plenitud, ese estado primitivo de la gracia.

Gracias a José Garrido Navarro por traer la fotografía.

13.2.18

Abrirse de orejas




A Don Rafael Mesa, maestro de Dibujo del Instituto Averroes, allá donde esté el buen hombre

El primer disco de música clásica que escuché era de segunda mano. Cayó en el mismo lote con uno de Charlie Parker y otro de John Lee Hooker. El de clásica era una sinfonía de Brahms. Tengo una idea fugitiva, un poco manipulada por el recuerdo, de que había unas nubes en la portada y el nombre del autor junto con el del director ocupaba el centro. Volví a casa entusiasmado. Era la edad en que el mundo era un hallazgo continuo. No se vuelven a tener cuarenta o cincuenta años, pero duele más no volver a los doce. Yo no sabía nada de ellos. Brahms, Parker y Hooker eran tres extraterrestres, pero era yo el que iba a abducirlos. La ventaja de un disco de vinilo sobre cualquier otro formato es la consistencia física, el peso tangible, la sensación de que has adquirido algo que va a durar toda la vida. Luego el tiempo hace sus cosas y lo que uno cree eterno queda en fugaz. Lo que queda son briznas, nombres, pequeños fragmentos de una realidad preservada amorosamente en la memoria. Yo amo mi memoria al modo en que algunos sienten adoración por sus bíceps o por su pelo. No sé qué hubo esta mañana que me hizo pensar en Brahms. Es asombroso el modo en que irrumpen en ella cosas que ni imaginas, pero que te pertenecen y de las que no tenías conciencia de que fuesen tuyas. En cierto modo no somos una persona que lleva una vida sino que somos varias y son más de una las vidas que nos ocupan. En un compartimento de una de esas vidas estaban ellos tres: Brahms, Parker y Hooker. No sabría explicar el porqué de esa permanencia: persiste en mis recuerdos el día en que bajé a La Corredera y entré en aquella tienda de cómics, libros y discos de segunda mano. No sé si ya ha sido expoliada por el vértigo de los tiempos o sigue allí. Creo que fue Antonio quien vino conmigo, no sabría decirlo. Sería un sábado y volveríamos calle San Fernando abajo hacia La Ribera. En media hora estaríamos en el Sector Sur. Esa tarde andaría yo poniendo y quitando los tres discos. No habiendo escuchado clásica, jazz o blues, creo que fue una temeridad dejarme aquellos ahorrillos en la tienda. No me envalentonó la osadía de hacer algo original, sólo por el hecho de saber que lo hacía: era el deseo de conocer. Nunca me ha abandonado. Me incliné más por el blues y por el jazz y no ahondé en la música clásica. No entonces, al menos. Fue mucho después cuando me interesaron las orquestas y los cuartetos de cuerda. La culpa la tuvo un profesor de Dibujo que tuve en el instituto. Hizo algo que no entraba en sus planes, pero que consiguió absolutamente: me animó a escuchar la música con todos los sentidos abiertos. Rafael Mesa animaba a sus alumnos a que acudiesen a los conciertos que se programaban en la ciudad. Fui a muchos. Eran pequeños, admito ahora. Un grupo reducido que tocaba piezas cortas. Guardé los programas de mano, pero acabé perdiéndolos. Allí estaría Haydn, Mozart o Brahms. Uno debe ser agradecido. Da igual que hayan pasado casi cuarenta años. De no ser por Don Rafael, es posible que yo no estuviera escribiendo ahora. Quizá sean Brahms y Parker y Hooker los que hicieron que yo abriese los sentidos. Creo que siguen abiertos. A veces, en cosas que me interesan menos, suelo cerrarlos un poco. No es a posta, no persigo un fin, no hay una voluntad de menospreciar lo que se me ofrece. Tal vez es un mecanismo de defensa o una medida que me faculta para procesar todo lo que veo y escucho y leo y siento. En ocasiones, cuando aprecio una película, un disco o una novela, pienso en todos las películas, en todos los discos y en todas las novelas que no veré, escucharé o leeré. Ese ansia es enfermiza, lo sé. No es curable, no hace falta que ninguna medicación me consuele. Se está bien en esa bendita locura, en la de tener los sentidos abiertos y aprovisionarse de todo cuanto se nos pone a mano. Es bonito pensar (pero no es real, es interesado, conviene a este texto tan sólo) que todo empezó el sábado en que fui a La Corredera con Antonio (creo que fue Antonio) y compré aquellos tres discos. Luego me hice fiel al jazz. Allí descubrí a Chet Baker y a Ella Fitzgerald. Hace un rato, sin mucho volumen, yendo y viniendo de la fiebre que me postra hace unos días, he escuchado a Brahms. La Sinfonía número uno es a la que más he vuelto. No entiendo mucho, ni de Brahms, ni de Parker ni de Hooker, pero esa composición la comprendo y ha sido compañera de mis viajes (interiores todos, no crean) durante muchos años. Conversan flautas, clarinetes y trompetas. Don Rafael decía que había que abrirse de orejas (luego eso fue una película de Stephen Frears, Prick up your ears, con un principiante Gary Oldman) y eso es lo que estoy haciendo. Abrirme de orejas, lo que pueda, lo que recuerde.

8.2.18

Palabras para mi padre


La cabeza de mi padre es una jaula. La pueblan sus fantasmas. No entendemos, hablan sin que podamos comprender lo que dicen. Unos días están de un manso que desconcierta y otros, los más, de una ira que desconsuela. Todo se le acepta, nada se le reprocha. En realidad tengo a mi padre ahí al fondo, oculto, incapaz de hacerse ver y contar lo que barrunte esa cabeza perdida y melancólica. Yo mismo, a fuerza de trasegar con esa flaqueza suya, me he percatado de que en ocasiones flaqueo también. Tampoco es nada que pueda reprochárseme. Andamos los dos (los tres si cuento con mi mujer, que me sostiene y la sostengo en lo bueno y en esto malo) buscando la manera de que lo que dicen los fantasmas. Quizá a fuerza de convivir con ellos sepamos un poco del interior sacrificado en el día en que la sangre fluyó sin orden ni juicio y todo se violentó como una caja de petardos a la que se le prende la mecha. Luego se calmó el incendio. El fuego dejó campo libre a los fantasmas. Ellos ocuparon la parte derrotada por las llamas. Visto de cerca, ahora está mirándome con la dulzura que a veces ofrece, se ve el humo de esa batalla que devastó su cordura. Cuando no llora (el llanto es un idioma en el que se expresa mejor que en ningún otro) balbucea febrilmente. Igual desvaría enteramente y creemos que de verdad hila con tino, pero nunca hay manera de tener certezas con él.  Me duele que hayan sobrevenido los fantasmas, manejo con dificultad el modo de lidiar con ellos. Escribo porque me tengo que explicar las cosas. Siempre me confortó la escritura, encontré en ella el alivio o el júbilo o las dos cosas juntamente. No es así ahora, no es ese el anhelo que ansío. Esta es una deuda que tengo con él. En cierta ocasión, hará unos años, me pidió (a su poco sutil modo) que escribiera sobre él en mi blog. Entraba a diario y se lamentaba de no saber comentar en las entradas. No lo hice. No supe o no quise, qué más da. Lo hago ahora. Antes pudo haber sido. No me culpo. Se escribe antojadizamente. Lamento que no lea. Ni este ni otro escrito, mío o ajeno. Lamento que no entienda o que lo haga a bocados. Fieramente a veces. A dentelladas si le parece bien. Tiene todo el derecho del mundo a desquiciarse. En su cama, mermado y débil, está construyendo un mundo para sí mismo. Todos tenemos uno, lo vamos levantando a diario, incluso sin percibir esa lenta obra de ladrillo basto o de fina y labrada orfebrería. Pero el suyo es secreto. Una jaula. Él, ahí adentro, conversa con sus recuerdos. No tiene otra cosa. Uno puede vivir en esa felicidad recuperada. Tendrá los paseos que no es posible que dé ahora. Estará en Roma o en Santiago de Compostela. Es el mejor lugar para viajar, la cabeza. La suya siempre tuvo expediciones de interés. Conocía la literatura popular y entonaba a Lorca de memoria. Fue al cine siempre que pudo y anotaba en una libreta las películas que veía. Adoraba a Ava Gardner, quién no. A la zaga, sin que supiera bien por cuál decantarse, Rita Hayworth (él la nombraba Margarita Cansinos, su nombre auténtico) o Sofía Loren. Entre la zarzuela y la copla entretuvo su ocio en los muchos años que trabajó como un mulo, quién no entonces. Fueron años duros. Felices también, quiero pensar. Los tendrá a cobijo, entre los fantasmas. No permitirá que se los roben.  Ahora no puede distraer su vejez como querría, no está facultado para poner el Spotify como hacía últimamente y buscar el último disco de Pastora Vega o de Arcángel. Quizá le canten secretamente. Quizá todo exista todavía dentro de su cabeza, aunque nosotros no podamos saberlo. Ahora duerme o llora o se queja de que el aire acondicionado de la habitación de la residencia (bendita residencia) está puesto a más temperatura de la que él precisa. Lo expresa a su manera. Hay cosas que los gestos traducen todavía. En este momento, un poco adormecido, cogiendo el sueño de la media tarde, me mira y se pregunta qué hago con el móvil, la razón por la que escribo. Agradece que se le bese y se le abrace. Es su puerta de retorno a lo que fue. A diario le contamos cómo está el mundo. Si todo sigue manga por hombro o se arregla el desvarío de los hombres y suena la música por las calles. Sigue sonando , papá. No deja de sonar. 

6.2.18

Las puertas


                                      Fotografía: Joaquín Ferrer (Bodega El Alfolí, Lucena)

Una puerta es una invitación a un secreto. También una frontera. El hecho de que haya puertas es un principio de hostilidad.

A las puertas las condenan las llaves. El hecho de que haya llaves es otro principio de hostilidad.  Detrás de las puertas puede haber otras puertas. Una llave puede ser el fantasma de otra llave.
La vida es un desatino de puertas. Vivir es cerrar unas y abrir otras, pensar que no volveremos a ellas o que nuestra existencia completa pasa por cruzarlas.

No se ha escrito mucho sobre las puertas, que yo sepa. Tienen más predicamento mobiliario las ventanas. En la literatura, sin embargo, dan un juego fantástico. El cine las acogió con entusiasmo. Eran una opción barata, bastaba el ingenio del guionista. Lubitsch era capaz de sugerir más con una puerta cerrada que otros directores con una bragueta abierta. Así o de parecida manera lo dejó dicho Fernando Trueba.

En el lado feliz le debemos mucho a las puertas. Cierran alcobas para que el ingenio lúbrico obre a su antojo y no le incomode la injerencia torpe del azar. Parte de lo que somos, una parte considerable y festiva, nace con una puerta cerrada. En mi pueblo era pieza habitual verlas abiertas, en las calles, ofrecidas y puras. Sólo se cerraron cuando entró quien no debía, el que ni llamaba ni era invitado.
Las hay hermosas y huérfanas de encanto, grandes de castillo o pequeñas de alacena, macizas y huecas, correderas o abatibles, giratorias, blindadas, livianas, acorazadas, de madera humilde o regia, de aluminio o de descastado plástico, pero todas cumplen la misma función: la de preservar los objetos o la de estancar el vértigo de la luz o el trajín libre de los pasos.

Son el símbolo de la intimidad absoluta: una puerta, cerrada enteramente o abierta de par en par, es una extensión del miedo de quien la mandó levantar. Miedo a que entre en las casas lo que no conocemos, miedo a que todo sea luz y exhibición.

El cuerpo también fabrica sus puertas y hasta idea qué llaves les convienen y a quién entregárselas. El anhelo a veces es franquear las de los demás y revisar las nuestras, no permitir que nada las derribe, ni dejarlas inadvertidamente abiertas para que las rebase quien no deseamos. En realidad todo el cuerpo es una puerta, una sin apariencia de puerta, sin arco ni pestillo ni pomo ni quicio. Hay días o fragmentos de un día en los que las abrimos alegremente, dejamos que entre el mundo y sentimos los olores y los abrazos y las palabras que se nos dicen, pero también hay días en que no se abren, no hay voluntad para ejecutar ese gesto, incluso se vigila que nadie lo haga por nosotros o que el azar no decida por su antojadiza cuenta y deje el interior a la intemperie.

Hay quien cree que es bueno tener muchas puertas. Se ve gente con un puñado imprudente de llaves. Parece que tienen mucho que esconder o son muchas las propiedades que poseen, todas a recaudo, protegidas por la fortaleza de las puertas.

La Historia de la Humanidad es, en cierto modo, la Historia de las puertas que se han ido poniendo aquí y allá, levantando y derribando según las costumbres o la necesidad.

Detrás de las puertas, en ocasiones, hay personas. Entonces no se sabe bien si procede que las cierren o no. Abrir una tras las que descubres una conversación o un desahogo amoroso de amantes o el descanso de quien lo precisa produce zozobra, ese apuro sincero de quien sabe que ha vulnerado la privacidad ajena. Es para eso para lo que se pensó en que existiesen puertas: para que podamos huir del mundo y clausurar su fiebre, para que sepamos que hay un lugar de su vasta extensión que nos pertenece y al que accedemos únicamente nosotros.

Tal vez sería mejor que no las hubiese. Un mundo sin puertas, qué dislate. No habría pudor, no tendríamos la vergüenza de mostrar a quien pasara cerca el cuerpo que acabamos de desnudar. No tendríamos objetos que guardar, nadie anhelaría lo que está tan a la vista, tan al alcance. Quizá desaparecerían las guerras si no hubiese puertas. Como aquella canción de John Lennon en la que imaginaba la ausencia de posesiones y de religiones. Una hermandad de hombres, dejó dicho. Hoy dirían que aparta a la mujer de esa fraternidad.

Qué puritanas son las puertas.

4.2.18

De haber Dios, está en la espesura, está en lo hondo, está inventando pájaros




Night shadows, Edward Hopper

Ver está sobrevalorado, me dijo K. Se le concede a lo invisible una autoridad moral que no tiene lo sensible, lo que registra el ojo. Esa orfandad de la realidad ha fabulado dioses y ha levantado iglesias. Si la humanidad no hubiese cerrado los ojos del cuerpo y abierto los del alma, no sé qué sería ahora de nosotros, no alcanzo a comprender hacia dónde habría ido la Historia. 

Anoche mi amigo K. estaba caído del lado metafísico. Se le ocurrió esa idea, sacó el móvil del bolsillo interior del abrigo (uno recio, de paño, con cuellos que se alzan y cubren el cogote y las orejas) y apuntó en Notas esa idea que acababa de rumiar. La escribe por no perderla, me confiesa. Lo que no entiende es la razón por la que de pronto esas ideas prorrumpen, ocupan su atención y lo distraen de cualquier otra cosa que estuviera haciendo en ese momento. Por más que ha pensado en eso, en comprender el nacimiento de cada pequeña inspiración creativa o poética o intelectual que le sobreviene, no ha llegado nunca a ninguna conclusión, nada que compartir con los demás o con lo que partir él mismo y poder indagar más. Se preocupa mucho K. de estos asuntos. Le digo que no se maree más de la cuenta. Que quizá no haya manera de desentrañar esa incógnita suya. Pasa lo mismo con los sueños, le digo.  No teniendo ningún sueño pies ni cabeza, el que tuve anoche fue un desquicio sobresaliente. Ni pies, ni cabeza, ni corazón. Porque tuvo un curioso (e inédito, que yo recuerde) punto de crueldad. Le relaté con más o menos detalle la trama que había salvado del olvido y le pedí que me absolviera de la terrible culpa que sentía. A soñar no se le da, en cambio, mucha importancia. Será porque todo lo soñado se desvanece con esa rapidez que suele y, de quedar algo, dura en la memoria una brizna irrelevante de tiempo y tampoco sabría uno armar con esos rescoldos un fuego fiable, una historia que no flaquee por ningún lado y podamos considerar propiedad enteramente nuestra. Uno sueña atrocidades sin que anide la culpa o el remordimiento. Los episodios felices, incluso los exultantes, los bendecidos por todos los ángeles de la dicha, tampoco llegan para quedarse. Se retienen escenas sueltas, se puede hilar un argumento fragmentado, que pide con urgencia que le incrustemos los trozos que no posee. Esa escritura invisible la ejercemos todos, le digo a K. Quizá hemos venido al mundo a contar las cosas que no vemos. Por eso no hace falta ver para comprender la naturaleza primordial de las cosas. Lo que no se justifica por la razón o lo que no cuadra con la ciencia (la poca o la mucha de la que dispongamos) se normaliza con la invención, con la literatura, con la fe, con los sueños. No hay día en que no deseemos recibir nuestra cuota de fantasía. Son los cuentos los que nos salvan. Los creamos o los crean para nosotros, pero no hay día en que no nos seduzcan. La realidad es insuficiente, la verdad no satisface nunca, la luz no llega a todos los rincones. Pensamos en pájaros y los escuchamos volar por encima de nuestras cabezas. Sabemos que no están, pero creemos en ellos. La fe es esa voluntad contra la que nada puede hacer la realidad. El porqué de elegir pájaros en lugar de cualquier otra criatura es lo que todavía no puede explicarse sin entrar en la fronda de un bosque virgen. Tal vez no pueda explicarse nunca. Dentro de ese espesura está Dios o no lo está en absoluto, si es eso lo que preguntas, K. De existir es en ese bosque en donde anda, en el follaje, en lo tupido, en lo que ni las manos (por mucho que aparten) logran aclarar. Se entra a ciegas, se pasea en la confianza de que seremos guiados, de que nada malo nos ocurrirá. No estoy hablando de la religión o no sólo estoy hablando de ella. Ese bosque es la literatura o es la música o es el amor. 

3.2.18

Escaparatismo



                                                                  Fotografía: Aitor Lara


No sólo miramos lo que deseamos. En ocasiones, la mirada sanciona o se espanta o adquiere ese grado de perplejidad con el que construimos nuestra idea del mundo. Se mira con precaución a veces. No se sabe si lo mirado nos turbará eventual o duraderamente. A mí me fascina el modo en que la gente ve los escaparates. Lamento no poder estar afuera de mí y comprobar sin estorbo el modo en que yo mismo los contemplo. Disfruto mucho los de libros, me pierdo en las portadas, en cómo el librero los ha dispuesto para que unos estén más ofrecidos que otros. También me entusiasma (es verdadero vicio) la mezcla de géneros, de autores, si alguno favorito mío, qué digo yo, Ian McEwan, está exhibido a la vera de alguien que no me agrada particularmente, Murakami, o me repele sin discusión, Paulo Coelho. Detrás del cristal están los tres (McEwan, Murakami, Coelho) y pareciera que anhelan que posemos en ellos la mirada, reclamando su ángel escondido, su tesoro oculto, en fin, la literatura (la buena o la deplorable que puedan tutelar en sus páginas).  Los escaparates tienen vida propia. Hace mucho que pienso que son algo ajeno al trasegar de las cosas, como una especie de universo incrustado en el nuestro, pero al margen de él, encapsulado, frío e insensible o voluptuoso y cálido y entrañable. Algunos son como un reflejo de quienes los admiran o los rechazan. Hoy, viendo uno de zapatos y de botas, imaginé lo difícil que sería para mí montarlo. A su manera, ese escaparate tenía un orden, un criterio manifiesto sobre el que ir dejando unos y otros hasta satisfacer a quien los coloca. Me pareció que estaba saturado, no cabían más zapatos, pero al tiempo, sin que yo entendiese el porqué, ese abuso magnificaba la imagen igual que una masa orquestal súbitamente desgañitada en un pasaje sinfónico magnifica la melodía y la iza y la convierte en ocasiones en un himno. La mercancía del escaparate es el escaparate mismo: no el zapato plano o el libro de Murakami o el traje de noche que la maniquí lánguida y aburridamente viste. Pero el escaparate sale afuera, se extiende a quien lo observa y camina con él y hasta ocupa un lugar más o menos duradero en su memoria. De pequeño me prendaba delante de los de dulces o de juguetes. Luego fueron los de equipos de alta fidelidad (ya no existen esos, ya no existen esos) o los de discos. Era la época de los vinilos. ¿Recuerdan? Esos discos grandes con fotografías que eran también un escaparate o una invitación a degustar lo alojado en su interior. Ya no hay nada eso tampoco. Murieron los discos. Ahora la mùsica funciona en soportes invisibles, no se ve la música. De verdad que es el ojo el que hace la primera pesquisa, él es quien hurga y quien se apropia de la existencia del deseo mismo. Más tarde la inteligencia lima y censura y nos hace creer que ha sido un proceso madurado, pero son arrebatos de pasión pura. Queremos esos zapatos, queremos ese libro, queremos ese amplificador. Da lo mismo que a un lado del cristal exista un mundo que no tiene nada que ver con el otro. Sucede a veces. Muchas más de las que debería.

2.2.18

In vino veritas


He escrito dos sonetos en mi vida. Quizá me faltó disciplina, me envalentoné sin que esa osadía diese una restitución cabal de lo que yo rumiaba adentro y decidí rendirme, no hacer lo que otros hacen con más oficio. Se me enfadaron las palabras (sí, a veces, se enfadan y turban a quien cree estar al tanto de su manejo) y prometí, un poco por respeto y otro poco por incapacidad, no pisar de nuevo ese noble y difícil género. Ayer, tomando un té verde con Francisco López Salamanca, me hizo leer este soneto de unos poetas que yo conocía de oídas, al menos de uno de ellos, Carlos. Hay tanta poesía que no se conoce, tanta oculta y a la espera. Hoy, caso de que caiga una copa de vino, pensaré en ángeles escondidos, en la sangre agasajada por el fulgor del galope del oro de la copa.

EL ÁNGEL DE LA COPA

Sobre la mesa está la copa llena.
La copa tiene un ángel escondido,
Ángel para beber, ángel bebido,
que salta y suelta al vino su melena.
Vacía ya la copa. No. No suena
el ángel por aquí. ¿Por dónde ha ido?
Pasó el puente del labio y va perdido,
sangre arriba y abajo, por la vena.
Sangre arriba y abajo canta, encanta,
viene, se va, se tumba, se levanta
y trina treinta trinos de jilguero.
Caballero de sol, luego, galopa,
y en su capa se escapa, ya sin copa,
camino de Dios sabe qué lucero.

Antonio y Carlos Murciano (El ángel del vino y otros duendes, Caja de Ahorros de Jerez, 1984)

30.1.18

Una historia del corazón


El corazón es un cazador solitario.
Carson McCullers

No confundas el tic tac del reloj con latidos. El tiempo no tiene corazón.  
Miguel Cobo

Se le hace poco aprecio al corazón, no se le mira, apenas percibimos su abnegada contribución a que el resto de las piezas de la maquinaria del cuerpo funcione y podamos ver los árboles y el cielo y tener las palabras y olvidar los duelos. En ocasiones, escuchamos cómo se envalentona y sentimos que puja adentro y se encabrita. Anoche creí que, en su pugna, obcecado en cosas suyas, se liberaba y huía de mi pecho. Al abrir los ojos, aunque la oscuridad me cerniera y no tuviese luz que me distrajera de lo que me atemorizaba, comprendí que era bueno y era fiel y me amaba. Uno tiene que llevarse bien con quien le conduce y le arropa y le acuna. Tengo con mi corazón el más grande de los afectos. Le profeso una devoción antigua y honesta. Tal vez le desatienda en ocasiones, no le cuide y, a la vez, le pida que sea yo al que cuide él. Es fácil olvidarse de que existe, no hacer aprecio de que es nuestro, darnos únicamente cuenta de que late cuando le echamos a correr o cuando la emoción o el amor o el miedo nos embarga. No sé el porqué de estos descuidos, no sé muchas cosas tampoco. Sé que cuenta las sílabas del poema que soy. Hace ese cómputo en secreto, sin alardear de la cifra, sin que nadie se asombre, sin caer en lo fácil, en decir llevo toda la vida haciendo a solas mi trabajo, el que me encomendaron, no es que sea el mejor de los trabajos, pero es el mío, lo hago lo mejor que puedo, me esmero en pasar desapercibido, en no hacer ver que estoy aquí, pero hay ocasiones en que se me pide más de lo que puedo ofrecer, me hicieron depositario de las pasiones, dicen de mí que no pienso, no me trajeron para pensar, respondo, no confundáis el tic tac del reloj con latidos, el tiempo no tiene corazón, el tiempo avanza como una flecha loca, el tiempo es lo que estoy hecho, me acabaréis dando un disgusto, me vais a matar, me vais a matar. Vamos los dos a una, mi corazón y yo. Unas veces es dulce el confort que me procura; otras, según su antojadizo criterio, es un invitado grosero, que se encorajina o se turba o se agría sin que yo pueda evitar esos desaires. Es de amor lo que más le exigimos. Nos han contando que el corazón es el timón (el báculo o la llave, todo vale) con el que el amor se vale para avanzar, incluso para permanecer tan sólo. Lo hemos visto dibujado en troncos de árbol, en paredes de casas viejas y en hojas de papel de cuadernos de colegio. Hay miles de canciones hermosas que hablan del corazón y dicen de él lo que sólo los poetas, cuando les asiste el numen, podrían. Mirado con detenimiento, abierto para comprobar su peso o su textura, su nervadura y su firmeza, no es gran cosa, es una masa viscosa, un obsceno cuerpo del que sabemos que tiene cámaras y túneles, vasos que comunican y líquidos precipitándose por ellos, anegando cavidades, fluyendo nerviosamente. Observado de cerca no se advierte su nobleza, esa persistencia suya por continuar, sin saber por qué y hasta cuándo, pero continuar.

28.1.18

Uno mismo



Uno tiene de sí mismo menos conocimiento de lo que parece. Se maneja bien o no se maneja bien en absoluto, pero suele carecer de certezas de las que valerse para garantizar un proceder u otro. Cree saber qué hacer, exhibe cierta compostura y hasta, en ocasiones, se comporta con aplomo, hace que las cosas discurran a su entero beneficio y conoce la manera de apartarse de las que no le convienen. No sirve lo hecho hoy para lo que concurrirá mañana. De hecho lo único verdaderamente fiable es que tendrá que improvisar ante las novedades para tener propiedad sobre ellas y actuar eficazmente cuando acudan de nuevo. Pero los días se esmeran en ponernos a prueba, no hay ninguno en donde todo sea calco del anterior o de cualquiera vivido pretéritamente. Es el azar el autor de la trama de la novela que somos. Él maneja los paisajes y la música, pone y quita los personajes principales y secundarios eventual o duraderamente presentes en ese argumento. Se está tan en vilo, es tan frágil la trabazón de las cosas que merece poco o nada la pena creer que hemos llegado a algún sitio o que hemos alcanzado un punto idóneo de seguridad personal y de confianza en nosotros mismos. A veces se tiene la sensación, nunca refrendada, de que conocemos mejor a los demás. Tal vez sea cierto. Se ven con más perspectiva y hondura esas cosas si se coloca uno lejos de ellas, sin interferir en demasía. Por eso no es fácil ese conocimiento personal. Porque estamos dentro y se requiere una cierta distancia para poder observar sin estorbo emocional, sin que se malogre la visión por un excesivo interés en que sea enteramente satisfactoria. Por otra parte, no tener ni idea de cómo responderá uno a lo que buenamente ocurra es maravilloso. Es como ser otro siendo quien se es, sin renunciar a lo ya ganado, a toda la experiencia que tenemos, a la memoria amasada y al olvido sacrificado. Tiene su parte buena (excelente a veces) y su mala esa ignorancia. Falta quizá una pedagogía que nos ayude a trasegar con estas circunstancias. Falta un asidero fiable, no uno que nos asiente al suelo, sino uno que nos haga comprender (y aceptar) la invariable movilidad del suelo.

26.1.18

Alguna de las cosas que no podrá uno sentir nunca



                                                                   Vladimir Horowitz


No haber sido nunca Vladimir Horowitz, no haber tocado las seis sonatas de Scarlatti o la tercera consolación de la balada en fa menor de Chopin  o una polonesa de Rachmaninov ante un público entusiasta.

No haber sentido la unánime admiración del público y haber regresado al hotel con el corazón henchido y el alma colmada.

No haber podido conciliar entonces el sueño, cerrar los ojos y no pensar en nada o pensar en algo de un modo difuso, poco nítido, con la consistencia más débil posible, la que invita a que la conciencia cese su vértigo y su fiebre.

No haber escuchado el eco de todas las piezas tocadas, repasar cada pulsación en el teclado, el eco de la melodía yendo y viniendo del aire a su cabeza.

No haber sentido el peso del mundo, que es amor, notar que lo abraza y dormir escuchando la palabra de Dios, que es como el ruido que hace el universo cuando respira.

No haber sido una vez, aunque sea una única vez, Ronald Reagan y haberle entregado la medalla de la Libertad en la Casa Blanca en 1986, después de haber tocado en el Carnegie Hall.