19.9.19

Érase una vez... en Hollywood




1
Hay que faltar a la verdad de vez cuando, hacer que la ficción manifieste su policromada cadena de causas y de consecuencias. El autor de esa trama esclarece las partes oscuras o las sublima: las convierte en literatura. Tarantino, además de cineasta, uno de los más grandes, es escritor. No siempre se dan esos dos perfiles del talento creativo, el de dirigir y el de escribir. Ambas actividades corren parejas en él, toma una de otra. Sus piezas son teatrales, prima la conversación, prestigia el diálogo, donde es un maestro. Hay en sus películas personajes que trascienden el evidente curso de la historia, alcanzando un aura mítica, idílica. Son, por decirlo sin más adorno, arquetipos, piezas desgajadas de la personalidad arrolladora de su demiurgo. Así que coge a Rick Dalton y lo enfrenta a sí mismo, hace que piense en qué ha sido de su aureola de actor grande, famoso, todo eso, si merece la pena seguir en la brecha en películas menores en donde hace de malo continuamente (un villano con pocos matices, al que al final siempre abaten, lo cual es una rebaja moral, un desprecio) y al que nadie va a recordar, por añadidura. Lo vemos en casa,en la intimidad que nadie ve, salvo el espectador, en su butaca, el voyeur perfecto, preparándose un cocktail y recitando las frases que luego debe declamar en los estudios, cuando digan acción.  Más tarde en su caravana, tras haberla pifiado en un rodaje, lamentándose, conminándose a no beber más y tener la cabeza despejada. También en la piscina de su chalet a las afueras, muy plácidamente sentado en una colchoneta, tomándose un whisky y declamando, poniéndose en situación, trabajando antes de trabajar de verdad. Como si fuese su primer papel y tuviese que demostrar a todo el mundo que está en disposición de zampárselo. En cierto modo, Érase una vez en Hollywood habla del fracaso o de la posibilidad de levantarse una vez que uno ha caído o ha sido derribado, nunca sabremos qué hizo a Rick venirse abajo. También habla de la esperanza, aunque aparezca al final (nada de spoilers) y como casi siempre por una casualidad, por esa cadena causas y de azares y de consecuencias de las que cosas que nos rodean y de las que no tenemos gobierno. Rick Dalton y Cliff Booth (asombrosos Di Caprio y Pitt) acometen la aventura de adaptarse a un mundo que declina. Ya no son estrellas, una a la luz y otra en la sombra, ni tienen conciencia de que su trabajo está a la altura de antaño. Son fantasmas en una industria que avanza más rápido que ellos.


2
Tarantino ha ajustado cuentas con el western, con la blaxpoitation, con el grindhouse, con el noir, con las artes marciales o con el cine bélico. Su cine proviene de las galerías de videoclubs y no ha salido de ese marco de referencia. Tampoco en Érase una vez en Hollywood, su novena entrega. Sumergido en esa rendición cinéfila, era cosa de tiempo que facturara una cinta que se ocupara del cine, donde cuajará la melancolía de los años gloriosos, cuando no existía el streaming, cuando la pantalla grande era el único santuario y el templo más fiable. Ahí creció el niño enamorado de la literatura pulp, de la serie B y de toda la música impregnada en ese torrencial equipaje de vivencias. Porque la ficción puede cancelar la realidad y confirmar una realidad alternativa, elegida adrede, mimada en soledad, festejada en la soledad y compartida después. Ese es el cometido esencial del arte.


3
Se puede hacer una historia sin que haya historia alguna o, en todo caso, componiendo un mural con decenas de historias que ni siquiera tienen que ensamblar, lo cual es legítimo si lo que se cuenta (siempre hay un relato, el relato es una instancia superior a la trama) hurga en las emociones, en la memoria. Érase una vez en Hollywood es una película sin historia, no le hace falta, documenta una manera de vivir, ausculta una sociedad concreta, registra las vidas de unos personajes que evocan una época, más que otra cosa. Es redentora también, una especie de tributo, un documental que no lo es, una deconstrucción heroica de un mundo en el que los héroes encuentran su fracturas y piensan en ellas y se duelen por dentro. Se permite contar la historia que todos sabemos (Charles Manson, Sharon Tate, Helter Skelter, etc) del modo en que podría haber sido. Omite la parte cruenta, la registrada, aunque monta una en paralelo, esa digresión violenta que tanto le gusta. Tarantino se concede la facultad de describir un mundo en decadencia, el del cine de los últimos sesenta, antes de que otro Hollywood, no necesariamente peor, ni menos brillante, pero despojado de casi cualquier atisbo de impostura, a salvo aún del arrimo tecnológico. El documentalismo de la película es de una intimidad que desconcierta. Podría durar cinco horas más, pero sin que se tocase una brizna de su esplendoroso (poético y sublime) final. Ahí uno se reconcilia con la fábrica de sueños que es el cine. Da igual la morralla que a veces uno se trague (hay necesidades confesables; otras, no) o la cantidad de tiempo que haga que no ve una verdadera obra maestra. Importa ese dedo que toca tu corazón y te hace sentir de nuevo. 
4

Una de los placeres de escribir es el de no saber qué hay más allá, ni siquiera si ese territorio nos pertenece y tenemos gobierno sobre él, aunque dependa de nosotros, los que escribimos, aunque se colija que no es de nadie más, salvo (tal vez) el lector, que aporta un instrumento externo. Por eso es bueno que el espectador (en este caso) sepa que la casa en la que comienza la historia, la de la estrella en horas bajas Rick Dalton, está justo a la vera de la de Polanski, en Cielo Drive. A partir de ahí hay que abrir mucho los ojos y estar alerta porque Tarantino empieza a disparar balas de memoria; no recurre a su largo discurrir digresivo, prescinde en parte de esa habilidad suya para que las palabras dancen a su antojadizo vuelo y escriban la trama sin tener a veces que contar nada. Porque hay diálogos de Tarantino que no salen de ningún sitio ni van a ningún otro. Él mismo (Tarantino) se retrata en la cinta: construye una imagen de sí mismo, del yo igual a otros que crecieron imbuidos en un tipo muy particular de iconografía cinematográfica y en un tipo muy particular también de banda sonora. Todo su cine es una rendición a esos patrones, un homenaje continuado a su memoria.
5
Hay un convencimiento entre quienes amamos el cine que no admite discusión. Se puede aplicar a la literatura sin que se rebaje uno solo de los argumentos aportados. Las dos disciplinas privilegian las historias. También se puede añadir otro: el de la manera en que se cuentan. El buen y la buena literatura pueden escoger argumentos pequeños y hacer que todo fluya y hermosee. Grandes historias se malogran por no encontrar conducto fiable a través del que contarla. Tarantino (a decir de los que lo amamos y de quienes no) es un buen contador de historias, aunque todos (unos y otros) aceptemos que le encanta escucharse a sí mismo. Érase una vez.. es una pequeña obra maestra. Es cine contado por un amante del cine. No siempre ocurre. Hay que amar a Tarantino. Es un genio. Además sabe mucho. Hay gente del cine que ama el cine (Scorsese, se me ocurre ahora) y gente que trabaja en él y lo hace con dignidad y oficio. Tarantino es un obrero concienzudo. Escuché que dejaría de hacer películas. No creo que mienta. Me lo imagino viendo cine. Ya está. Solo eso.

17.9.19

Libros como salmos

Con lentitud, sin que se aprecie la mudanza, la ciudad se prepara para el otoño. El frío hace que se abran las ventanas de las casas y el arrullo del verano no es más que un rumor sin peso, algo soportable tras su saña en los meses anteriores. La noche irrumpe con una dulzura novicia que invita a pasear y a sentarse en las terrazas. Ahí es donde el día empieza a claudicar. Luego regresamos a casa. Se tiene en ella entonces la impresión de que acudimos a una especie de tregua en donde la realidad aduce sus excusas con timidez, un poco con la ligereza de quien sabe que repite un gesto antiguo que domina, pero del que no presume. No hay noche en que no bendiga la invitación al sueño. Por descansar. Por retirarse. Por no estar a sabiendas de que se regresa. Incluso por soñar, que es una perseverancia involuntaria del escritor que todos llevamos adentro y que no siempre prorrumpe, ni se tiene certeza de que exista.

No sé qué personaje de Borges dijo no saber soportar la vida eterna, la repudiaba por insoportable. Son cosas de los personajes de Borges. Algunos no tienen nada que ver con el que lee, los miramos desde una distancia segura, sabiendo que no hay nada que digan o hagan que pueda afectarnos y cambiar nuestro modo de vivir. Quizá debiéramos permitir esa intromisión narrativa, la de los personajes que no se nos parecen, pero a los que admiramos secretamente, como si hicieran algo que nos estuviera vedado en nuestra rutinaria existencia. La literatura es una lujuria intelectual. Cuando todo se nos pone en contra o cuando todo se torna gris, da igual el orden, pueden concurrir ambas cosas al mismo tiempo, de hecho suele suceder esa circunstancia, deseamos que la literatura nos salve. Siempre estamos en peligro, siempre anhelamos que alguien nos rescate. Hay quien confía a Dios esa empresa. Yo se la entrego a los libros. Mi biblioteca es una catedral. Anoche me postré y oré. Abrí la ventana y dejé que entrara el fresco de la noche. A lo lejos ladraba un perro. Creo que es el mismo que ladra ahora.

15.9.19

Pequeño elogio del jazz




El jazz tiene el don de la fiebre y también la esencia de su bálsamo. A veces el jazz es un tren a pique de descarrilar que logra enderezar su vigor centrífugo y retoma con dulzura la senda o un martillo sublime, inspirado y elocuente, que golpea una tela de seda hasta que el metal muta en seda y se produce la transubstanciación de los cuerpos y son uno. Al jazz se le encomienda esa alquimia, esa liturgia. Nunca se arredra, no tiene flaqueza en el ánimo, restituye con el arresto exacto lo que se le exige, no duda, ni se esconde, abandona el trayecto que se le asigna, parece perderse en digresiones y en atajos y regresa a la columna melódica sobre la que se iza y brilla.
Se ama el jazz por lo que no cuenta. A diferencia de otros registros, el jazz circunvala la información: la esquiva, la retuerce, la esconde, la elimina, la rescata y, al final, rinde cuentas de su esplendor. Importa el merodeo, la comisión de ese impulso puro de belleza. El músico regala la melodía principal, nos declara solventes para retener, al menos, unas líneas tarareables, un asidero fiable, pero después renuncia a la formalidad, se declara libre y avanza (a trompicones, a capricho de su genio, sin vacilaciones) sobre una mullida alfombra. Los músicos de jazz, incluso los que han logrado un óptimo estado de ensamblaje sonoro, van siempre por libre: realizan piruetas melódicas que amanazan el derribo absoluto de la pieza, crean ilusiones mentales en las que uno sabe con más o menos certeza de qué lugar partió pero desconoce enteramente al lugar al que le dirigen. No es importante ese matiz, no del todo, al memos. En algunos casos hasta podemos encontrar piezas sin nexo con la realidad: limbos, estadios intermedios entre dos diferentes grados de belleza, el dominio de la creatividad sobre la rutina, la evidencia de que la música es infinita y nuestra capacidad de asombro inasequible.
Un disco de jazz, bien escuchado, atendiendo a todas las capas de sonidos que ofrece, puede ser inagotable. He pensando que Kind of blue es el disco más inagotable del jazz, pero confieso que me mueven motivos que no pueden ser analizados sin que el que sufraga esa opinión salga seriamente perjudicado. No soy imparcial, no hay apetencia ni voluntad en serlo: se me nota la devoción, el espíritu de absoluta rendición ante el tamaño descomunal de la pasión que exhibo. Al modo en que el feligrés se ofrece al dios que lo observa en la homilía, la escucha del jazz es también una comunión, una a la que la razón no puede rebajarla al lenguaje que le es propio, una religión con todas las instrucciones de uso, incluso las paganas. El jazz es una ventana que invita a todos los paisajes. El jazz es el triunfo del espíritu, la gloria del corazón cuando tiene conciencia de sí mismo.

12.9.19

etc

la verdad impone su íntima persistencia, pero dónde están las palabras verdaderas, dónde los inviernos, las constelaciones reclamando un verso en un haiku, un verbo en un salmo, una hendidura en el texto, dónde estamos a salvo de la república del polvo, en verdad os digo, ah cómplices, que no habrá ciudades al final del camino, estaremos solos en un páramo, solos en el vasto dominio del vacío, en la niebla, en la oquedad de los cuerpos cuando se aman y se vuelcan enteramente, no dejando adentro nada salvo (quizá) un átomo rudimentario, uno de esos átomos que son en sí mismos un universo que no podríamos abarcar ni aunque no tuviésemos otro oficio sino el de mirarlo, estaremos ocupados en contarnos la verdad que nos arrebataron, la esencia, lo puro vuelto hacia lo que no lo es, flirteando el cosmos con mi pequeño vals de conjeturas, el vals con la hierba en la boca, el vals oscuro que busca un corazón en el que perderse, sobre el que dispersarse,  pero no está el mundo preparado para el vals, ni siquiera uno pequeño, el mundo es de los que gritan, el mundo es de quienes hacen que las palabras, incluso las más dulces, descarrilen en el aire, me he contado muchas veces las razones por las que sigo buscando las palabras, no encuentro nunca las razones, están ahí, están adentro, pero el diálogo se pierde a poco de empezarlo, voy montando las frases, me voy diciendo la trama hasta que de pronto advierto que no hay trama, todo es un ir diciendo sin concierto, un ir trayendo las palabras, escribo porque no se me ocurre que haya nada con lo que me sienta más confortado, escribo para contarme la verdad, aunque se obstine en escaparse, en no dejarse abrazar, ni amar, ya puestos, escribo amontonando las palabras, esto mismo que ahora hago no deja de ser una evidencia, la verdad impone su íntima persistencia, pero dónde están las palabras verdaderas, yo no las he pronunciado, he ido confiscando palabras, robando palabras, las palabras las robamos, creemos que son nuestras, pero todo es prestado, este vals de jueves de feria en mi pueblo es primerizo  y es prestado, da igual que tenga en la cabeza mil dolores pequeños, unos empujando, buscando su sitio en mi cabeza, otros, los menos, apaciguándome, hay dolores que confortan, leí que el dolor es una forma de conocimiento, fue en la la sala de espera del dentista, no sé ahora quién lo dejó ahí escrito, en una revista de las que ponen en la sala de espera, antes de que el hombre de verde te haga abrir mucho la boca y te haga pensar en la infancia y en el ajedrez, en la música de Carlos Gardel o en las cosas que vas a comprar en el súper, todo por no pensar en el hombre de verde y en su instrumental y en tu boca, no emití ninguna palabra, fui gutural, es un gusto la guturalidad, expresa a veces lo que no sabe la razón, no hubo monstruos, me durmieron la boca, me robaron no sé cuántas palabras, las fui diciendo después, conforme la tarde iba avanzando, lo que cuenta es la actitud, saber afrontar el dolor como el que asume el vértigo, como quien mira de frente la fiebre y la acata, no hay que pensar mucho, dejarse llevar, las palabras me van diciendo lo que estoy intentando explicar, aunque no importa, en realidad qué importa, nadie va a llegar al final del texto, incluso los que lleguen al final no lo hacen enteramente, creen vislumbrar un sentido del que yo mismo carezco, no conozco ningún texto al que yo le haya extraído el sentido, me muevo en sombras y hacia las sombras me dirijo, acabo porque no creo haber empezado nada, no se puede salir de donde no se ha estado, etc

11.9.19

Playas vírgenes



(Tom Gauld)

A veces no cuenta ponerse a la gresca, hacer ver a los demás quién es uno, a qué se enfrentan, hasta dónde es capaz de llegar y toda esa trama de frases con las que hacemos frente a la realidad (tan levantisca en ocasiones) y de las que nos valemos (mal casi siempre) para evitar que nos aparten o nos pisen o nos ninguneen, cosa que no sucede tantas veces como pensamos. La opción generosa (la que irradia bondad y armonía y todas esas palabras dulces que llenan los libros de autoayuda) es la de no envalentonarse con nadie, no caer en la provocación o, caso de que se nos empuje a ella, zafarnos de su veneno, no hacer ver que estamos preocupados o enfadados o coléricos. El verbo que siempre escuché es  "montar en cólera". Como si fuese una especie de caballo salvaje que nos zarandeara y no tuviésemos gobierno de nuestro cuerpo: así es la cólera. Alguna vez hemos sido jinetes en esa grupa, la de la cólera, no sé si muchas veces, pero no ha llevado a ningún sitio, salvo al suelo por obra de las maniobras del caballo. Tampoco se tiene conciencia precisa de que la bondad abra todas las puertas y nos conduzca al bienestar al que anhelamos. Lo ideal es hacer como esos bañistas que ocupan la playa, esa muchedumbre de la viñeta del estupendo Tom Gauld. Vamos, estamos, regresamos. Son las mismas cosas las que hacemos, si se mira en detalle escuchamos las mismas consignas, poseemos los mismos gustos y compartimos las mismas representaciones de esas consignas y de esos gustos.

Convivir es el otro verbo del que se me ocurre que podríamos hablar. No sabemos convivir, no se nos instruye con eficacia, incluso pareciera que es la pedagogía inversa la que opera con nosotros: la de enseñarnos a buscar un pedacito de playa en donde poner la toalla y defender ese territorio con todos los medios a nuestro alcance. Son cosas que hemos visto. Se puede matar al vecino de arena  si nos coloca la sombrilla demasiado cerca. Hay quien se enciende por menos. En realidad no es el hecho fortuito y un poco intrascendente de la sombrilla clavada en donde no se debe en apariencia, son más cosas, es mayor el daño y la sombrilla lo que hace es romper la tela en donde uno va guardando todas los enfados y todas las injusticias que se cometen a costa nuestra, las de verdad (algunas habrá) y las supuestas, las insostenibles..

Luego hay otro argumento que podría aducirse para abrir el campo teórico de esta reflexión. Me pregunto por qué todos tenemos que ir a la playa. Incluso a la misma playa. La idea que ronda la imagen de Gauld es la utopía invisible (a lo visto) de que tengamos aficiones diferentes y seamos personas diferentes, pero somos iguales, hacemos las mismas cosas y vamos a los mismos sitios. Tenemos esa inclinación perversa en el fondo de no tener iniciativa propia, por si no cuadra con lo esperado o por si no tiene comentarios en trip advisor, ese fantasma del turismo que nos estandariza y nos mueve a frecuentar unos lugares y no otros. Estamos a expensas de un logaritmo. Vas a la playa y aunque no te des cuenta es un logaritmo el que ha tenido parte en tu decisión, unas veces más, otras menos, pero siempre hay algo, una rémora binaria, una especie de fantasma de la máquina. Es mejor convivir en la diferencia, no en lo que nos hace idénticos. Tal vez monte uno menos en cólera si en lugar de ir donde la masa (ese concepto clásico, tan amplio) decide campar por libre, buscar sin saber del todo qué va a encontrar, ser viajero más que turista, como recomiendan algunos con razón. Es difícil, lo es cada vez más. Uno quiere ver el Puente de Carlos en Praga o el Louvre en París o la Judería de Córdoba, pero comparte ese deseo con prácticamente el resto del mundo que puede permitirse ir a Praga, a París o a Córdoba. Quizá ya no queden playas vírgenes. 


9.9.19

Adrede

 Escribir muy adrede

Está la historia previsible, pero hay otra debajo. Tiene barcos hundidos o a nada de hundirse, pájaros con solemne vocación de fuga en una avenida a altas horas de la noche, hombres tristes que desvarían en su tristeza y fabulan delirios, sueños espléndidos que se malogran al poner el pie en el día, un cielo de una pureza que aturde a la caída de la tarde. De lo que se trata es de registrar lo que no es previsible, de enloquecer el pulso y manuscribir todos esos prodigios. El propósito final es desquiciarse a sabiendas. Escribir muy adrede.

Frío
El invierno conquista mi corazón y lo invade de milagros. Inexplicablemente salgo al frío con la emoción que no me visitaba ya casi nunca, la que parece reservarse para otros asuntos que, en apariencia, revisten más relevancia y trascendencia. El frío, ese pequeño milagro de la mecánica de los astros, me bendice y me cubre. Anoche hubo frío, algo que entraba por la ventana y me besaba. Vehemente, explico mi alborozo hoy a quien lo percibe. Le cuento los detalles, le abro el pecho y le dejo que escuche. Tengo frío, les digo. No comprenden. No tienen frío, será. 

Resaca
La boca sabe a resaca. Un ángel es un poeta más ebrio de lo previsto. El cielo es una conspiración de borrachos. La eternidad es una resaca permanente. 

Samsa, H.H. y algunos más
Sentí que me invadían las algas. Creí que era un personaje de Lovecraft. Temí que me viese Kafka y me mandase a consolar a Samsa. Temí que Humbert Humbert me dijera que mató a Lolita y la tiene en un jardín de una casa que ha alquilado a las afueras y en donde, entre el llanto y la satisfacción de la venganza, escribe una novela. 

Catedral
Soy una gárgola. La catedral me crece debajo. 

Riografía
a M.C.
El río también es un poema.

Arte poética
La caligrafía es siempre el cuerpo, su pulso herrumbrado, la sangre demolida 

5.9.19

Un buen día

A la ternura de la que uno dispone se le envalentona a veces la rudeza, cierto apresto brusco que no siempre es voluntario, ni siquiera razonado, sino que acude sin que se le haga concurrir y toma los mandos de la situación. Por mucho que uno se cuide de que no irrumpa, por más que piense en él y lo aparte como buenamente se le ocurra, termina por hacer acto de presencia, a perjuicio nuestro, siempre a nuestra contra. No vale lamentarse, no va a ningún lado que repasemos qué pasó y el porqué de esa repentina representación de la fuerza, del grito sucio, del gesto airado o de la cara contraída, como si un fuego la estuviese quemando. Es mejor, me dice K., no enfadarse por nada o enfadarse por las menos cosas posibles, por las fundamentales, dejar correr lo que nos perturba, no dar cuartel a la ira, que va y viene a su antojadizo capricho; no subirse a la parra (me encanta esa expresión) sin antes discutir hacia adentro, por si se enciende alguna luz, siempre hay alguna que prende si le damos el tiempo o el empeño suficiente . A fin de cuentas todo vuelve a su cauce. El bueno vuelve a ser bueno y el que no lo es (como si hubiese una estadística de eso) vuelve a no serlo. Hay una especie de termostato moral por ahí adentro. Ayer no hubo (pongo por caso) ocasión de que se agite ese instrumento de cálculo. Hay días que no dan oportunidad al desencanto, discurren con absoluta normalidad, tampoco sabemos con certeza qué es normal o qué no, cambian las valoraciones según el ánimo. En esos días de bonanza la maquinaria de la realidad funciona a tu entera satisfacción. Ni siquiera el calor que todavía nos castiga te parece reprobable. No se origina cerca tuya incendio alguno que precise tu intervención. Ni hay fuego afuera ni adentro. Esos son los peores. Los incendios interiores. Una vez se pone uno a hervir, cuesta volver a la situación térmica de la que partiste, que no siempre es la idílica. Puedes ampliar tu capacidad de combustión, puedes arder después de haber ardido o incluso puedes seguir ardiendo cuando no crees que quede nada que quemar, pero insisto en lo de los días felices, los que no convocan accidentes, ni diminutos ni grandes. Faltan jornadas como ésas, no son frecuentes: las que no tienen nada absolutamente maravilloso que disfrutar ni nada absolutamente terrible que lamentar. El de hoy no es reseñable aún. Queda un trecho suyo por recorrer. Esta noche se hará balance, se contarán los incidentes, se pesarán y dará nombre. Vivir es una aventura inagotable. Tal vez no haya que preocuparse en demasía por los reveses, todos esos infortunios o calamidades o percances que sin nuestra aprobación nos acechan y alcanzan, ni alegrarse sobremanera por la felicidad eventual que nos ocurra. Vamos así escalando la dudosa luz del día (como dijo el poeta), vamos festejando la dicha de estar vivos. No hay más, no hace falta que haya más. En adelante voy a esmerarme en enfadarme cuanto menos mejor. En cuanto me acostumbre y disfrute de esa holganza espiritual, no podré regresar al modo brusco, no permitiré que la mala idea (hay tantas, son tan fáciles de adquirir) me conquiste.

Jueves

Sector Sur
Años entonces felices  de sábados con trenka, doce canicas en el bolsillo y cromos del Atleti, cuando Leivinha y Gárate. Trajo más tarde la vida la turbia evidencia de su incierto propósito. Llegaron Kafka y la solemnidad de los saludos y el corazón no fue blando de nuevo. 

Biografía
La resaca de los años, tan propensos a mermarme.

Escarceo
Habiendo alumbrado ya las probaturas suficientes, se reivindicó frívolo, entró en un todo a cien y llenó un carrito de mano con rimel, lencería china barata y lápiz de labios marca Amor. Pagó en metálico, por no dejar indicio de la visita.  Luego llegó a casa, voló a hurtadillas al dormitorio, se miró al novicio espejo e improvisó un gesto almibarado, un poco juguetón, como de cría recién enamorada. Se sonrió satisfecho y entregó la tarde a afinar posturas antes de que llegara su esposa y le pillara en un desliz con el colorete. 

4.9.19

Miércoles

Luz
La luz fluye desde la respiración primera, leve pulso, signo animal, único testigo fiable del tiempo.

Poesía
Un poema es una cosa enteramente útil.
Vaselina que mengua la brusca fornicación de las horas.

Música
Yo tensaba el plectro del alma. Tú observabas la tarde demorarse en las cuerdas como un pájaro.

Plan
Ocuparse de una vez de uno mismo

Esponsales
Vastos y nocturnos, fieros y secretos, copulan invisibles jinetes para que el mundo vibre.

3.9.19

Martes

Calendario
Estar solo es militar con lo póstumo.

Regreso
Volver a casa con el silencio dentro como una música.

Biografía
Los días precisan su obediencia, el acatamiento de su discurso, la anuencia de su herida.

Fin del verano
Una urgencia me escala el pulso, lagartija invisible me nubla la sangre.

Leivmotiv
Algún precio ha de pagarse, aunque sea por vivir tan en precario.

Amanecer
¿No asombra este esplendor, esta vigilia de belleza pura y perfecta, esta herida prudentísima?