17.5.13

Dejarse ir





La muerte de un hombre también es el fracaso de su ángel
Rafael Pérez Estrada


Este irse uno muriendo, lentamente, como a ratos, sin evidencia tangible de que sea cierto, hace que en realidad no pensemos que morimos. Nos contradice la muerte de los otros. En carne propia, la muerte es la ficción de la que se valen los artistas de todos los gremios. Jamás vi yo asunto que despierte mayor adherencias o desapegos sentimentales. La muerte es el negocio perfecto. La han manejado con proverbial habilidad los chamanes de la tribu y los sacerdotes de los parroquias, que vienen a ser, en esencia, obreros de la misma nublada causa. Bajo la dulce bóveda de las metáforas, hemos ido construyendo el mundo. A la muerte, a la inflexible, la hemos pensado, en ocasiones, con mayor aplomo que a la propia vida. Descuidada, convertida en una empresa de un orden menor, a pesar de no tener otra más confiable, la vida pasa y la muerte acude, claro. El luego es el que no conocemos. A lo que hemos venido aquí es a hacer ese paseo lo más grato y cómodo posible. ¿Es así? De ninguna manera. Lo enfangamos, lo enturbiamos, lo rebajamos a lágrima o a reproche (como dejó escrito Borges) y rezamos en la secreta esperanza de que alguien escuche lo que barrunta nuestro miedo. El desconsuelo es el que escribe las páginas, no nosotros. La sensación de que el viaje, por hermoso que sea, es incompleto. La posibilidad de que exista un arcano que, al pronunciarse, nos franquee las puertas de la inmortalidad. Una inmortalidad a salvo del tiempo y de sus mercenarios perfectos. La muerte de un hombre es también la de su ángel, por supuesto. Como si alguien afuera, qué hermoso, en el fondo, nos tutelara, cautamente vigilara nuestros actos, contemplara la obra de teatro de la que somos actores principales. No importa que no se inmiscuya. Da lo mismo que no se haga parte del elenco. Solo saber que está ahí, arriba, al lado, adentro a lo mejor, pendiente de los pasos que damos, al tanto de los errores que cometemos, feliz con la hipótesis de que nos vamos muriendo estupendamente, sin quejarnos mucho, como dejándonos ir. Eso: como dejándonos ir. Mi amigo K. al que últimamente traigo poco o nada por aquí, siendo su casa, me dice que no me ponga trágico. Que es viernes. Siempre frivolizándolo todo. Qué listo es. Qué hábil y qué ocurrente siempre. A K. le debo estas charlas conmigo mismo. De él proviene este mirarme y contarme las cosas. No sabré jamás cómo agradecérselo. El lunes lo pienso.

16.5.13

Los fuegos bastardos




Hay, al parecer, un autor confeso del robo del Códice Calixtino. La Catedral de Santiago ejerce una acusación particular en el proceso, esgrimiendo los argumentos de robo continuado con fuerza más otros seis delitos contra la intimidad y otro más de blanqueo. La pena que reclama la Iglesia es de 31 años al sustractor, José Manuel Fernández Castiñeiras. Les duele que haya habido un abuso de confianza. Que el tal Fernández se haya hecho del libro valiéndose precisamente de esa confianza, vulnerada al final, usada como herramienta en el mismo robo. No sé yo el criterio a la hora de medir los delitos dentro del gremio eclesiástico y tampoco, aunque me queda más a mano, el que se maneja en los tribunales. Uno oye tantas cosas y saca tantas conclusiones que, a veces, no se esfuerza ni siquiera en comprender y solo recopila datos, narraciones breves de cómo va el mundo. Y asuntos como éste demuestran que va más que mal. Mis cortas entendederas no razonan que la ausencia de un libro, por más relevante que sea, remueva las tripas de la Iglesia con mayor ardor que toda la infame caterva de sacerdotes pederastas que alfombran los teletipos. Pero insisto en que uno no alcanza a vislumbrar, ni tan solo fugazmente, los alcances de este delito y cree que un libro sigue siendo un libro, pero que un niño violentado (humillado, incapacitado para ejercer con equilibrio la vida adulta) importa más que la Biblioteca de más fuste. Como nos movemos en el territorio de los símbolos (un libro, un niño) salimos perdiendo. Todo queda en el peso que tienen las metáforas, en la medida del poder, que es un negocio bastardo. Solo hay que dejar a un lado este embrollo compostelano y mirar a otras instancias de la Justicia, y de cómo se ejerce y de a quién afecta en su aplicación estricta. Va a ser al final cierto eso de que en modo alguno somos todos iguales. A diario nos abren los ojos con objeto de hacernos comprender que no somos iguales en absoluto. Nos hacen creer que sustraer un libro, en el fallo del tribunal, importa menos que limpiar los fondos de un banco y dejar a miles de familia en la puñetera calle. O que el hecho de ser famoso o de pertenecer a familias distinguidas (ninguna duda en esto que digo) obra a favor de la rebaja de la pena o, en el más bondadoso de los casos, en su conmutación. Y nada de esto quiere ofrecer la idea de que el tal Fernández, el autor confeso del expolio bibliográfico, no merezca un castigo, incluso uno ejemplar. Lo que no me cuadra es que la ejemplaridad sea caprichosa y no se expanda y afecte a otros asuntos que la merecen de igual manera. Que los altos cargos de la Iglesia se enciendan como lo han hecho y no contemplen, ay, la posibilidad de un perdón, término que, a poco que lo piensa uno, no deja de ser intrínsecamente cristiano. 

Está España en llamas, como cantaban en sus buenos tiempos Auserón y sus amigos, pero le arriman combustible para que el espectáculo flamígero, tan vistoso, de tan probado poder hipnótico, distraiga y la amable concurrencia (el vulgo, la grey, la desalentada ciudadanía) no se levante en armas, no tome la calle más de lo que lo está haciendo, no incurra en la secreta voluntad de poner esto en orden. De momento no se advierten movimientos esperanzadores. La desafección es ya enfermiza. Estamos, a lo visto, confortablemente insensibles. Eso lo cantaba Pink Floyd. Al desencanto, cuando nos oprime más de lo que esperábamos, le ponemos letra y música y lo hacemos canción. Es la forma en que nos libramos del peso en el pecho: ese es el modo en que exorcizamos al bicho cabrón, el que nos devasta ahí adentro, impidiendo que la respiración fluya con normalidad, haciendo inviable que el corazón lata con armonía. Somos un país de corazones destrozados. Como si con el país en el que vivimos tuviéramos una aventura sentimental y de pronto (o no tan de pronto) los paseos de la mano y la cosa venerea se hubiese trocado en un riña de gatos en la que cada uno a su manera, encogiendo el hocico y sacando uñas, pugnase por hacer valer su terreno. El mío, entre códices, burlas a la opinión públicas, tibiezas de la Justicia y efectos perversos del sistema de recortes, está atrincherado, a la espera de aires nuevos, que no sé dónde están, por otra parte. No sé si estoy bien informado o todo lo que me encuentro es pura distracción. Si me estoy convirtiendo, a fuerza de contemplar escándalos y tragar palabras de corruptos, en uno de esos insensibles que ahora gustan tanto en el cine. Ah eso es, los zombis. Zombi puro, zombi todavía con un puntito de interés por ver luz y que la luz, como en la poesía de Cernuda, lo abrase todo y a todos ilumine. Que venga la luz. Que abrase todo. Que nos ilumine. A oscuras estamos. A tientas nos movemos. Solo nos queda la triste cuenta de twitter para airear nuestras dolencias. 140 carácteres por jodienda. Pero ya digo, las llamas, observadas en detalle, bien cerca, a salvo de que quemen, lo que hacen es atontar, emvuelven a quien se deja arrastrar por su hechizo en una nube límbica, en una perfecta cápsula de salvación espiritual. Hipnotizado, se vive mejor. Da igual. Es mentira. No se tiene siempre el día bueno. La tos, la infame también, me está reventando el pecho. De eso, de anchuras pectorales, ando bien servido. Quizá por eso, en mi inocencia, me sale el corazón grande y un poco tonto. Nada de lo que preocuparse. Nadie me está mirando. Yo soy el que, perplejo, mira. Esto que barrunto será uno de los fuegos de artificio de las alergias (las reales, tangibles) que padezco.

La iguana cruda

Hace años que no sigo a Iggy Pop. Quizá la primera palabra que se me viene a la cabeza es  hartura. Está uno ya avisado de lo que hace y de lo pirado que está. Hay pirados fantásticos en la Historia del Rock, pero la voladura mental de este señor americano causa ya poco asombro. Esta ahí para abrir franquicias mentales en las nuevas generaciones. Las que el otro día lo vieran en El hormiguero 3.0, en Antena 3, estarán pensando en la cantidad de cosas que ven y que escuchan extraídas directamente del cerebro alterado de esta iguana estrambótica, que jamás quiso ser una estrella del rock y a la que nadie, incluyendo al maestro Bowie, consiguió domesticar. Iggy Pop, incluso la otra noche, en la televisión, iba a lo suyo, flipando por dentro, adquiriendo experiencias que luego incrustar en su cuerpo enfermo, viejo y enfermo, a salvo de las modas. No sabemos si el cerebro está más presentable. El pronóstico, por fuerza, no debe ser alentador. El hombre quería ser un perro es ahora una caricatura de sí mismo, un zombi con momentos puntuales de lucidez y una criatura (todavía) extremadamente encariñada con el negocio, con la parte crematística del show business. Quedan piezas monumentales del punk rock o del rock sucio o como se quiera llamar. No creo que ni él mismo sepa en qué lugar catalogarse. I wanna be your dog (salvaje, capital), Home (que produjo un pequeño impacto en hit parades). Lust for life (que escucho ahora precisamente). La clásica Louie Louie. O (ya por último) la fabulosa The passenger, tan versionada. El resto es sacrificable, excepción hecha de la hipótesis (no sé si finalmente plausible) de que uno quiera buscar de archivo y ver algún concierto o esperar que toque y ponerse a brincar al ritmo de sus excéntricos gruñidos. No estoy yo, a pesar de la edad que me separa de él, de ponerme a seguirle. Seguro que me agota. La edad debería poseer un dispositivo de control interno que abriera o cerrara ciertas actividades. Por bien propio. Por el común. Por la salvación de la industria del ocio.

Creo que no voy a escuchar Ready to die, su vuelta al negocio con sus viejos Stooges. Creo que lo conozco. Hace mucho tiempo que no hay un buen disco de Iggy Pop. Incluso una canción digna. Lo único a lo que se agarra este símbolo del rock (lo es, a pesar de todo) es a su escuchimizado aspecto, al indiscutible legado (como tantos) y a la supervivencia absoluta como exclusivo criterio artístico. Ha envejecido mal el hombre. Y no se cohíbe en mostrarlo. El otro día, en el programa de Pablo Motos, pasó un poco inadvertido. Le hicieron todo tipo de reverencias, le entronizaron como el ídolo que sigue siendo, pero no se involucró en demasía. Ni siquiera cuando Mario Vaquerizo entró en el plató y se le puso de rodillas, lo besó sin mesura y le contó, como Trueba a Wilder, que él era Dios y que tenía postrado a su más ardiente feligrés. 



A España le ha traído la promoción de una bebida a la que pone cara de asco. Hay cosas fuertes que todavía no he probado, dice el hombre que lo ha probado todo. Es una buena campaña, al fin y al cabo. Luego se irá. Volverá en diez años. A los 76. Será el mismo zombi reptil de siempre. Tendrá ese humor nihilista, como de pasar por aquí y ver qué pasa, sin enterarse nunca demasiado de nada, sin dejar de estar tampoco. Él estaba allí cuando se despertó el protagonista del cuento de Augusto Monterroso. Seguro.


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 Más:
Iggy Pop en 1991, en el Olympia de Paris, tocando el repertorio habitual (el bueno todavía), alguna pieza de Hendrix (Foxy lady) y exhibiendo miembro viril mientras dice que quiere ser un perro. Un animal. Eso es lo que siempre ha sido.

15.5.13

Ground control to Major Tom...




Aquí todos flotamos, pero en el espacio exterior se flota más. A Chris Hadfield le han colocado el mejor de los escenarios posibles para que interprete una canción sobre la odisea del hombre en las estrellas. O ha sido al revés y todo ha sido un meticuloso plan cuyo cierre ha sido esta representación. Quién dice que la canción de Bowie (Space odditty) no fue originalmente creada a este fin y ha estado larvada, creciendo entre los fans, pero pacientemente a la espera de que un astronauta lo suficientemente sensible (Hadfield) la haya aireado y sea (ay) trending topic o, mejor expresado, space trending topic. 

Los astronautas comparten con los buzos cierta negación de lo real o incluso una inclinación natural a refugiarse en la soledad. De esas dos ideas nace mi fascinación por ambos oficios. La ciencia-ficción nos ha enseñado que es en las estrellas y debajo del mar en donde podría subsistir la civilización, empujada al caos por la demografia salvaje y por la belicosa animadversión que nos tenemos unos a otros.. En todo caso, a cuestas con la experiencia, el suelo firme ya ha cumplido su cometido y se ha quedado lamentablemente corto. Solo falta que los de la ciencia de verdad, los que rubrican el progreso con sus avances, den con la cápsula de contención apropiada para que fundemos un reino bajo el mar del que el capitán Nemo se sintiera orgulloso. Lo dirían así: provenimos del mar y al mar volvemos. Y si es el espacio nuestra casa del futuro lo dirían de un modo similar: provenimos del cielo y al cielo volvemos. Todo depende de que miremos desde el corazón (en donde reside la fe y la creencia en un mundo más allá de éste) o desde la cabeza (en donde la razón maquina sus tautologías y todo es un esfuerzo por desmontar los argumentos del corazón). El caso es que a mí todo esto me suena a vaticinio. No porque nos ensarcemos en una batalla absoluta de la que no salga nadie sino porque el ser humano es un bicho inquieto y precisa de estos estímulos domésticos para no aburrirse en demasía. Supongo que será el aburrimiento el que ha lanzado a Hadfield a montar el número de Bowie. Bendito aburrimiento. Nunca se cantó mejor la odisea espacial del Duque Blanco. Ni en los conciertos de Ziggy ni en los tugurios de Berlín en donde Bowie entretuvo a sus más íntimos, e imagino (mal pensado que soy) con qué refinadas artes. Mi día se ha alegrado. Que les vaya bien el suyo.
 

14.5.13

Bendito Bombay Blues




Hay un vicio pequeñoburgués que me encanta: el de la sobremesa con el café, la bandeja de pasteles o la bebida larga, escuchando agradable música de ambiente, charlando animadamente con los invitados, adquiriendo ese achispamiento inocente desde el que envalentonarse y hablar con la lengua más sucia, con el cerebro más resbaladizo, como queriendo expresar lo que, en otras circunstancias rebajadas de alcohol y de alegre camaradería, nunca expresaríamos. Es ése el momento en el que comprendo cosas que antes me estaban privadas. No asuntos de los demás, en los que no entro salvo que me reclamen, sino míos propios. Suele pasar que todo ese deslumbramiento psicológico, de hallazgo y de placer repentino, se pierde conforme los efectos del bendito bombay decrecen. Como si fuese todo un sueño y el despertar liberase las palabras trabajosamente amasadas. Como si me desprendiera del peso útil y quedara, como suele, el fardo torpe. 

13.5.13

Lecturas submarinas, lecturas celestes



 Dibujo: Slawek Gruca


No he leído nunca bajo el mar, pero no me han faltado ganas. No imagino otro refugio más placentero. Uso placentero en el sentido de placenta y de placer, de lugar en el que aplazarlo todo. Lecturas anfibias, textos submarinos. No he encontrado ninguna imagen en la que un astronauta, izado bien arriba, lea en la oscuridad primordial del espacio exterior. Lecturas siderales, textos celestes. Como ninguna de estas figuraciones de mi extravagancia libresca cae en lo razonable, leo en dondo suelo, que practicamente es cualquier lugar en donde haya un libro a mano y ganas de leer. Anoche, amodorrado, empastillado a causa de una alergia de caballo, leí a bocados, abriéndoseme y cerrándoseme los ojos, ocupado en no dormirme del todo, sintiendo que las letras pesaban y el libro (Los objetos nos llaman, Juan José Millás)  pesaba y el aire, alrededor, me hundía. Alguien me dijo el otro día que si la lectura era buena no se dejaba vencer por el sueño. Qué templaza. Qué gobierno del ocio. El mío es muy de arrebatos. El único problema de leer cuando el sueño te ronda es que se puede caer el ebook. Mi buzo, el de Gruca, no puede leer libros electrónicos bajo agua. Es una situación a la que la tecnología todavía no ha dado salida. El problema, no obstante, en el bendito libro físico,en el tangible, es cómo pasar las páginas con esos guantes. Me voy a trabajar.

11.5.13

La punzada y el daño hecho

 

El cielo está siempre a medio hacer y Neil Young es un ángel sordo que no tiene claro si quiere entrar o quedarse afuera, en los caminos, escuchando el lamento de la tierra, el gruñido de los hombres y la áspera noticia de que el mundo gira con desgana, pero él no ha perdido el tiempo y sigue perdiendo el oído sobre un escenario, grabando discos estupendos y editando cajas fabulosas en las que rememora el esplendor absoluto de su arte. Una vez que has escuchado After the gold rush, Comes a time o Harvest, ya no eres la misma persona. Tengo amigos que no creen esto que digo. Que uno puede ser distinto después de la conmoción que te causa un disco, un libro de poemas o una película. Que la suma de muchos discos, muchos libros de poemas y muchas películas te marcan de un modo inargumentable. Son los argumentos los que no están a mano. Esta mañana escuché en los cascos, caminando por las calles de mi pueblo, Don't let it bring you down, la pieza con la que descubrí a finales de los ochenta (muy tarde, lo sé) a este tipo de gesto duro y de voz arcangélica y de la que después Annie Lennox hizo una versión asombrosamente limpia y dulce. Y pensé en la bondad del ser humano y en la armonía del cosmos. Pensé en que la vida es un milagro terminado y no un cielo a medio montar. Que Dios no existre. Que Dios existe. Que me da lo mismo que exista o no. Que yo soy feliz mientras me acaricia la melodía y la guitarra se acopla a mi cabeza y la colma y me crezco como persona y como criatura sensible. Los sensibles es que somos desconcertantes. Pensé en todas estas cosas, cogí el ipod y pulsé el botón que la hacía comenzar de nuevo. Dije: Emilio, tienes que escribir de esta canción nada más llegar a casa. Lo hago de una manera irrelevante. No hay forma de que las palabras expresen lo que sentí antes. Niguna combinación de palabras expresaría esa delicadísima percepción de la realidad a la que me ha conducido una canción de hace cuarenta años. Ninguna a la que yo pueda ahora confiar la plenitud absoluta de mi espíritu. Uno no cree en la salvación del alma ni en la venida de ningún salvador, pero supongo que los que lo hacen sentirán una punzada similar a ésta. Como un chute de trascendencia.

10.5.13

Ah la pulpa, la vieja y dulce pulpa reparadora



De lo que se trata es de que el camino sea largo, como pedía hermosamente Kavafis. En el resto, hay una certeza cartesiana. Está la casilla de entrada y la de salida. En la travesía, a beneficio de viajante, un sinfín de posibilidades. Algunas colman, sacian, conducen a quien las siente a la imborrable sensación de que se ha encontrado cierto equilibrio, una especie de armonía entre el cosmos y el alma en la que se encuentran la paz y el amor, todo así en plan new age urgente, pero útil al propósito que nos ocupa. Otras devastan hasta el desmayo sináptico. Quienes las padecen adquieren también una sensación imborrable en la que no quieran encontrar ni equilibrio ni armonía, en donde el cosmos es una dura plancha de acero sobre la cabeza y el alma, un vaciadero, un imán para la desdicha, un arrumbadero con ínfulas metafísicas. Luego están los felices términos medios. En ellos se obra el prodigio diario de vivir. Uno no va a saltos, locamente, al invariable fin de la partida sino que se demora en el laberinto desplegado al efecto. Los que saben del apaño confían a los que no sabemos la teoría de que uno es feliz mientras no piensa si lo es o no. Que cuanto más enmarañamos los sesos con pesadas cogitaciones, más caemos en la tristeza, en la pesadumbre, en el desafecto, en fin, en todas esas cosas terribles que anulan el buen ánimo. Este mismo texto, mientras lo escribo y lo lees, tampoco favorece a que los dos alcancemos esa armonia tan buscada. O sí. Tal vez un poco de filosofía convenga al paseo. Filosofía doméstica, claro. De la que no trasciende más de lo que se le encomienda. Como si ponemos post-its en el frigorífico y los leemos con esmero cada mañana, antes de abrirlo y servirnos un vaso grande de zumo de naranja con pulpa. Ah la pulpa, la vieja y dulce pulpa reparadora.. Qué placer la pulpa en la lengua. Con qué dulce lentitud nos atraviesa la garganta.

9.5.13

“They can work with Satan while they dress like the saints”






Le tengo a Bowie el afecto que no le tengo a otros que me entusiasman lo mismo. De ese afecto nace una benevolencia hacia que lo hace, que casi siempre es bueno. De la benevolencia surge una minusvalía emocional que me impide seriamente ejercer con ferocidad la crítica de su trabajo. No entro en eso por lo de las piedras y el tejado propio, ya saben. Lleva este caballero acompañándome toda la vida y hay canciones suyas para casi todas las cosas importantes que me han sucedido. Por eso no he volcado en esta página de mis vicios una reseña que hice sobre The next day, su estupendo nuevo disco. Me lo impidieron cierto pudor y la idea de que nada que yo pudiera decir iba a aportar absolutamente nada. A lo que no me sustraigo es a no dejar caer por aquí, vía Vevo, el videoclip de la canción que da título al álbum. Las condiciones de uso del Youtube han provocado que sea retirada. Lo de siempre: hay sacerdotes lascivos, mujeres estigmatizadas, monjes aplicándose generosas raciones de alegre flagelo y altos cargos de la Iglesia a pie de barra de lo que parece un nightclub en blasfema comandita y el Mesías Bowie, impecable, emulando a Jesucristo, platicando a los fieles, concediéndoles la gracia de su talento y de su (hasta hoy al menos) absoluto dominio de los medios. Hoy no hay ninguno que no cuente que Bowie ha sacado disco nuevo y que el video que lo promociona es irreverente. De la irreverencia ha vivido este señor durante cinco décadas. A estas alturas, en este tramo de la historia, Bowie es en sí mismo un pequeño dios de lo suyo, un híbrido entre lo celestial y lo pedestre, un maestro de ceremonias perfecto que ha sabido como pocos salir de un siglo y entrar en otro y no perder en modo alguno la tenencia del talento. Lo tiene a destajo, aunque haya tenido épocas oscuras, batacazos mayúsculos y excentricidades. The next day es ambición pura y el primer disco, encima excelente, después de diez años en donde solo hemos tenido un doble en directo (Reality) que no fue tampoco nada del otro, excepción hecha de una versión sobresaliente de una pieza favorita de este cronista (Loving the alien). ¿Que los católicos americanos están enfadados? Pues eso está estupendo. El histrión está de vuelta. Que no tarde otros diez años en sacar un buen disco, en enfadar a los católicos americanos (y a los que en cualquier otro lado se duelan por la imaginería de su obra) o en hacer una gira, aunque haya dejado de ser (como el mejor Peter Gabriel) el mejor showman del mundo.






8.5.13

Las verdaderas amistades


Lo que no quiero es que nadie me salve. Otros están más a mano y además se esmeran en pedirlo; hasta parece que no buscan otra cosa. Tampoco que me rediman. Los mismos o distintos de seguro que levantan la mano y piden redención. Estoy en una felicidad precaria, un poco ignorante, de la que me abastezco a diario y con la que comulgo sin excesivas complicaciones. Me he ido acostumbrando a mí mismo con absoluto rigor y conozco casi al completo la materia con la que trato. A diario me hundo y me elevo y no contemplo la posibilidad de no volverme a hundir nunca más. De eso, de irse uno cayendo y levantándose, está hecha la vida, que es una de las cosas que marece el mayor de mis desvelos. Lo demás, convengan conmigo, es metafísica.


Suelo escribir sobre lo que no leo. En los casos en que cierta lectura me ha inclinado a entregarme a la escritura me han salido textos duplicados, de menor envergadura, que miran a mi modo el asunto que los trajo, trabajos en apariencia propios, pero a poco que se hurga, en cuanto se les echa con calma la mirada, se advierte la huella ajena, el extracto superior, cierta afinidad a ideas de otros. Se puede aportar, como insinúa K., que no hay, en definitiva, nada original ya bajo el cielo, que todo se conduce por vías trilladas y que hasta lo rematadamente inédito, lo que no ofrece duda sobre su originalidad, constata, en sus adentros, briznas del talento de los demás, pequeñas o grandes porciones que tienen apellido y suenan a cosa ya sabida. No hay quien se ponga en esto de acuerdo, pero persiste uno en escribir, alocadamente, a veces, sin pensar otras, como tomado por una fiebre. Escribir es eso, el vértigo después de la fiebre.


A veces lee uno en donde no cree posible hacerlo e incluso lee ensimismado, a salvo de los ruidos que lo circundan y en completa comunión con el libro que lo recluta. Solo es cuestión de mirar el número de la charcutería y el de uno propio y hacer el sencillo cálculo o bien ir escuchando el correr de esos números conforme se van pronunciando. Así, ayer tarde, unos aforismos de Marco Tulio Cicerón. Hablo, pero no puedo afirmar nada; buscaré siempre, dudaré con frecuencia y desconfiaré de mí mismo. En ocasiones estaría bien proceder como Cicerón y no afirmar nada. En la desconfianza, en ese estado de lúcida perplejidad, está también la sabiduría. Hace tanto tiempo y tan modernos. Luego otra con la que no estoy enteramente de acuerdo: La memoria es la inteligencia de los tontos. En eso, en la tontura, debo tener yo ganado un puesto en la silla de los sabios, pero igual la inteligencia me está visitando porque compruebo, a diario, que la memoria me falla, cosa de la edad o de quién sabe qué. Ya no sé cosas que antes tenía por seguras. Igual este olvido mío es el primer paso a un estado de madurez óptimo. Inconveniencias de hablar con uno mismo. Una, no obstante, que no declino: Las verdaderas amistades son eternas.



7.5.13

Big Bang Theory / Las puertas del espíritu II






En tiempos de aflicción, la física no me consolará de mi ignorancia moral. Pero la moral me consolará siempre de no saber física.

Blaise Pascal 


Pascal dejó escrito que es sacerdote quien quiera serlo. Nada hay más sencillo ni de más sencilla satisfacción. Uno habla de Dios y juega en cierto modo a serlo. Se confiere a sí mismo la capacidad de la elocuencia y se arropa con la oratoria del que se sabe a salvo de que le pillen en un desliz. Los deslices, en materia teológica, únicamente sirven para prorrogar la conversación, pero nunca para derribarla. Por otro lado está Jacob Barnett, que es un niño de doce años al que el azar o la conjunción de muchos azares le premió con una inteligencia sobrenatural. El tal Barnett trabaja en esa tierna edad en un laboratorio de Astrofísica. Lo que buscan en los laboratorios de Astrofísica es lo mismo que buscaba Pascal: indagar en lo etéreo, hurgar en las tripas del universo por si en una de esas incursiones olisquean el perfume de Dios o descubrir la naturaleza de su existencia.

En cuanto a mí, analfabeto cuántico, me sigue pareciendo más coherente la invitación de Pascal. Prefiero el verbo del sacerdote antes que los números del físico. En las palabras, en ese juego de contrarios que se enlazan, es en donde está Dios. Es también en las palabras en donde Dios no está. Somos religiosos o dejamos de serlo por la posibilidad de fantasear con lo que no conocemos. Uno fantasea con el Big Bang o con el milagro de los panes y los peces, cree estar lo suficientemente abastecido de razones como para explayarse horas en metafísicas de andar por casa, pero mira siempre con esceptismo al que trata de encontrar fórmulas para explicarlo todo. Recelo del analista de datos, del que echa mano de los logaritmos y resume el vuelo de un vencejo en una ecuación

No siendo yo creyente ni habiendo asomo de que lo sea, albergo la esperanza de que los que creen y los que no lo hacemos nunca entremos a gresca por lo que sentimos, pero veo a diario escarceos, amagos de bronca, lances en los que unos pretenden convencer a otros de que no merece la pena la ignorancia en la que viven. Y si fuera sólo eso, es decir, los escarceos, los amagos de algo ,las pequeñas discusiones de bar alrededor de los santos y de los pecadores, pero los pueblos se aniquilan por la fe que profesan, se exterminan, reducen a escombros los altos edificios de la civilización que han construído durante siglos. Y las guerras de este mundo, las que nos proveen los telediarios, las guerras de los demás, digo, son guerras de gente abonada a una creencia, dispuestos a matar y a morir por ella. No hace falta consignar aquí el inventario infame de trifulcas de las que hablo. Están en primera plana, en todos los informativos de televisión y en todo gobierno con vergüenza que se precie, pero ay, no siempre se frenan, y en ocasiones (las más) dejan que estas guerras concluyan solas (si concluyen, claro), salvo que haya petróleo debajo de los cadáveres. Entonces sí que sacan los misiles y los ejércitos y sitían al enemigo y lo aplastan.

Por eso da miedo que un niñato de doce años (listo el muchacho, qué quieren que les diga, pero mocoso todavía) tenga los arrestos científicos de dar con el secreto, de revelar los arcanos, de decir al mundo que han encontrado al fin a Dios y que el Altísimo, el Dios de los libros y de las homilias, el Dios plenipotenciario y benigno o el Dios Terrible de los Terremotos y del Apocalipsis, no es lo que creíamos o, caso peor, es eso que pensábamos de un modo asombrosamente cierto. Me da miedo la verdad, da miedo la ciencia, por eso me rodeo de metáforas: ése es el motivo por el que busco en los textos sobre religión historias que me ilustren en lo mío y me hagan comprender a Pascal y a Barnett, al Bob Dylan convertido en un soldado de Cristo y al ateode turno, que los hay por todas partes y dejan de pronto de contribuúir a las estadísticas de la Iglesia y se exhiben sin pudor y cuentan su falta de fe como hasta ahora han escuchado en cientos de ocasiones la abundancia de fe en los demás. En eso, nada que recriminarles, por supuesto. Uno dice lo que viene en gana sobre lo que es en realidad. De hecho, alrededor, en tropel, hay quienes se enseñan y enarbolan, no dudo que orgullosamente, la bandera de su causa. De eso, de causas, estamos abastecidos.

6.5.13

Las puertas del espíritu



                                                                                           Fotografía: Joaquín Ferrer


Creo que nunca he entrado a una iglesia con el propósito de que la visita me iluminara al modo en que otros, creyentes, lo hacen. Sé que las veces en que he entrado lo he hecho con absoluto respeto. Estoy iluminado por otras vías y carezco de la sensibilidad o de la voluntad de que la religiosa me alcance. No es una idea dogmática ni pretende tampoco ser hostil. Comprendo a quien cree y me comprendo a mí, descreído y descarriado, huérfano de la luz de la fe, pero conmocionado (a veces) por la belleza estética que los asuntos del alma ha deparado al goce artístico. Uno irrenunciable consiste en contemplar el postramiento de los que, ante la imagen de sus símbolos, se extasían, embebecen y, en última instancia, en casos de verdadera comunión mística, pierden el sentido terreno de las cosas y, a la manera clásica, adquieren estados del alma a los que los incrédulos jamás llegaremos. Yo, al menos yo, les envidio. No entra en mis cálculos abrazar la impostura y provocar lo que, de seguro, no querría, pero a medida que me voy haciendo mayor, conforme uno va viendo y entendiendo, caigo en la cuenta de que la fe (con independencia de los oligarcas que la conducen o malconducen) llena rincones del espíritu que, sin ella, estarían vacíos. Ah, sí, claro, uno puede llenarlos con otros menesteres, y hasta podría nombrar un ciento que lo hacen discreta y eficientemente, pero ninguno del calado del milagro de la fe. No sé si puertas adentro está la luz o está la oscuridad. Sé, con seguridad, que afuera están las dos, así que no hay que extrañarse que en el interior de los templos también estén ambas. De estos días de exaltación o fervor popular, de lo que perdura cuando acaban, me quedo siempre con el público, con los que se tiran a la calle a contemplar a sus santos. De hecho, anoche al pasar la talla de la Vírgen de mi pueblo, sin descuidar el aprecio de su imponente paso, observé con esmero las caras de quienes, a mi alrededor, la contemplaban. En ellos estaba la fascinación de la fe. Bueno, en realidad, no en todos. Había quien comía pipas y escupía las cáscaras a pie de palio, quien charlaba desaforadamente a la misma vera de la cuadrilla de santeros, quien ignoraba absolutamente las más elementales normas de conducta y de respeto. Algo parecido cuenta mi amigo Rafa en su blog. Supongo que no a nadie se le ocurrirá llevarla la contraria: constata fehacientemnete un proceder, una manera de hacer las cosas, y lamentablemente así suceden a veces. Con lo fácil que es no acudir a estas cosas y quedarse en casa o llenar la barra de un bar o pasear las calles aledañas, evitando el tumulto y las estrecheces, pero manda el espectáculo, y el público, incluso en las cosas solemnes, en las tradicionales, siempre lleva razón. Eso será. Y si eso lo digo yo, a fe mía falto de fe alguna, carente del apresto espiritual que me haga contemplar con otros ojos esta exuberancia estética, ¿qué pensarán los que, bien al contrario, sí que creen y se toman estas cosas con la mayor de la seriedad?

5.5.13

La mentira más hermosa del mundo




1
Los datos relevantes son los que trascienden siempre. Oímos la biografía consentida, pero se impide accesar al material íntimo, al vuelo doméstico, al orden natural de los vicios que mueven la sangre. No soy lector de diarios: rehúyo ese contar fidedigno con el que algunos libros intentan venderse. Soy un voyeur emocional, una especie de intruso legal y deseo que el que narra su vida no la estropee ateniéndose a la verdad que la condujo. Prefiero, en ciertos casos, la mentira, un apremio de finigimiento, Soy de los que se turban con la rendición de los excesos y me aturde (me espanta, me aleja) el relato veraz, todo esos capítulos que pueden ser verificados. Por eso no leo muchas biografías. Hay a mano novelas como para morirse en sus páginas. Literalmente. A veces he pensado en eso, en la posibilidad de que la cultura (la literatura, la belleza del arte, en general) ocupen el lugar que no colma lo real, que  la felicidad a la que uno aspira en este mundo proceda únicamente de lo libresco, del épico (en el sentido de heroico, de mítico) universo cinematográfico o novelístico. Una vez suspendida la credulidad, el resto viene solo, en tromba, esplendoroso.  Es más: agradezco que se me suspenda de modo transitorio y se me instale, es un decir, en ese territorio inocente en el que creemos completamente lo que, en otras circunstancias, a ras de realidad, no aceptamos.

2
Fui un disciplinado alumno de Ciencias hasta que razoné la primacía absoluta de la ficción. Es más hermosa la metáfora que la ecuación. Aunque habrá quien sostenga que la realidad se construye metafóricamente y que las metáforas, vistas en detalle, diseccionadas hasta no poder ahondar más, son artefactos lógicos que celan en su interior algoritmos, enigmas vestidos de ciencia, pero extraíbles a un discurso poético, alentados por la magia de las palabras. Si no hay magia, si el asombro no está presente, no hay emoción ni hay aprendizaje. El asombro es el motor que mueve el mundo. Dante se lo contaría a Beatriz y le explicaría la semiótica del amor puro en estos tiempos del facebook. El asombro es el algoritmo que agita las tripas de la máquina, pero la ciencia es la que hace que yo ahora escriba o que mi alergía sea frenada (no ahuyentada todavía) por los fármacas que me trago cada mañana.

3
Hace unos años refería Fernando Savater, en unas jornadas educativas organizadas en un instituto de mi localidad, que la ciencia, incluso la más árida y de más gris envoltorio, debía contar una historia. Que en la propia tabla periódica de los elementos, en su interior encriptado, debe haber una historia. Varias. Sigo pensando en eso casi  a diario.  No es estrictamente un pensar sino más bien un sentir, un hecho emocional que no se maneja por los mecanismos de la razón. Existo por variadas y muy convincentes razones, pero disfruto de esa existencia por la posibilidad de escuchar historias y de contarlas. Vuelvo al argumento inclasificable: al boscoso engendro de mis vicios. No tengo tiempo para asimilar todas las historias que quiero escuchar. Me falta tiempo para hacerlas mías. Es más: es posible que sepa encontrarlo, tal vez dé con la fórmula para estrujar los días, pero carezco por completo de la voluntad precisa para elegir con acierto y no perder el tiempo en toda esa medianía que en ocasiones nos circunda. ¿Todo el tiempo viendo películas de Ford o de Wilder o de Rossellini? ¿Leyendo a Cortázar o a Poe o a Musil? ¿Escuchando a Bach o a Petrucciani o a King Crimson? Supongo que no. Espero que no. De esta apología encendida de la ficción y también de la belleza que encierra no se pueden extraer conclusiones excluyentes. No vale, en el fondo, nada ese manto de belleza que nos colocamos si no los acompañamos con otras vestiduras, las reales, las que no tienen nada que ver con las otras. Incluso, como dice K., podemos asilvestrarnos con un capitulito de CSI o moviendo el pie con una pieza de Madonna. Es de hecho mucho más sencillo. Requiere una involucración menor. Estamos destinados a involucrarnos cada vez menos en la realidad. La poseemos, pero no la soportamos. Cansa pensar. El que piensa, como decían Les Luthiers, en un número formidable, pierde. Las propias redes sociales, en la realidad alternativa que proponen, ningunean o anulan la de verdad, la que nos circunda. Cultura para todos en su horario habitual de las dos de la madrugada..

4
A uno le incumben escasamente cuatro o cinco frívolos vicios. Luego la vida consiente una biografía almibarada, triste tirando a muy triste en ocasiones. Adentro el tiempo incendia todas las mentiras. No buscamos la verdad: buscamos el significado. La memoria arde también. Arde imposiblemente. Se quema la infancia, el acné de los quince años, las primeros vuelos del alma novicia. Muere uno siempre en los títulos de crédito. Se advierte lo inapropiado del cásting, la falsa impresión de que algún tramo del metraje produjo asombro o júbilo en el espectador accidental que ocupa el patio de butacas. En el propio intérprete de su causa. Las horas, trémulas, fluyen. La euforia nos hace creer que hemos hecho algo verdaderamente digno de cántico. Mientras tanto las palabras informan de quiénes somos. La piel, el mirar, los gestos informan. Somos las palabras que decimos. Las que escribimos. Una respiración agitada, mineral y cruda, nos abre inextricablemente los pulmones, hace sitio al aire rotundo con el que el vivir nos tiene entretenidos. No hay más. Ni libros siquiera. Venimos solos y nos vamos igual. Estamos de prestado. Conducimos un vehículo que no conocemos y que no nos pertenece. 


4.5.13

Ruido de verbo III


Desciende, cuerpo, a tu semilla. Dame, alma, vértigo. 

 ***

Los días son números. Habrá de cesar el cómputo.

 ***

Procura el amor alminares, báculos, un poema de Claudio Rodríguez, una fotografía en blanco y negro de niños perdiendo el tiempo en una playa de 1.975.

 ***

¿Quién no ha tenido una novia rusa, doliente y flacucha que recitaba párrafos de Tolstoi? ¿Quién no ha cantado un madrigal, contento de bourbon, por el puente romano, camino a casa? ¿Quién, ah amables lectores de más allá de las constelaciones y de los limbos de Silicon Valley, no ha tocado el pubis hirsuto de una puta de Bombay mientras los astros titilan en lo alto y Frank Sinatra se oye a lo lejos pedirle a su amor que lo perdone?

 ***

Andan los días persiguiéndose, implacables. Días sin poemas. Un latir de algas a lo lejos. Está afuera la noche como una fuente honda y sin dueño. Dan ganas de buscar a dios en las aceras. Qué verdad ya sin abismo. Este cielo no existe. Oigo la sangre como una ternura infinita. Me busco en las palabras y encuentro el vértigo. Vengo sin brida. Alegre, abierto, invisible. Dan ganas de buscar a Dios en la cabeza.

  ***

Siempre es el mismo terco adjetivo, el misterio ahí encendido como un beso izado hacia dios, la palabra despojada de vicios, entregada al poeta como un don. Y no saber nada al regresar y no querer saber tampoco.
 
 ***

El asombro hay que confiárselo a alguien. Que lo custodie mientras nos extraviamos en el musgo, en el instante puro en el que entramos en un cuerpo y besamos el códice exacto del mundo. El asombro es lo único que tenemos. Del asombro se extrae la vida.

 ***

Hay noches que invitan a un desmayo. Mis dedos tan pequeños profanando el silencio con tus dedos. Los Panchos endulzando cansinamente el aire. El aire cabalgando mi cintura. El jardín sin contemplar. La luna vigilando el asedio.

  ***

Las alas festejan el vuelo. El vuelo justifica el mundo.

  ***

En el Tempo, anoche, ayer, hace más de veinte años, con un jotabé ubérrimo y Ten Years After de fondo en unos yamaha viejos que todavía emocionan. Nadie me ha dicho que ya no estemos. Echo en falta a los amigos que me descubrieron el mundo. Al menos el que arrancaba a las doce de la noche. Se está bien ese recuerdo.

  ***

La boca del día tiene una sordina, un temblor ancestral, un súbito querer refutar las horas. La noche es el infierno para quien no cree en el cielo.

  ***

La vida tendría que ser azar únicamente. Azar y alegría.

  ***

Hace falta una educación sentimental para no acabar muriéndose uno siempre tan comido de urgencias, tan en fiebre, tan dolidamente sensible.

 ***

Está la noche cinemascope. Va tras un rastro de caricias. El alma como fugada por una sombra de saliva. Está la noche cántabra y me he servido un licor para apaciguar las horas.

  ***

Déjame contarte cómo minuciosas algas me invaden el pecho y te hablan.

  ***

Puse anoche a Scarlatti en la cena. A mi hija la sentó mal la tortilla francesa. Scarlatti suena a gaseosa ida, me confesó en los postres. Soy un padre nefasto. He rayado con un cuchillo de trinchar carne todos los discos de Scarlatti.

  ***

Descienden, muy secretas, al centro de la palabra. Rescatan la semilla, el fugaz numen de todas las cosas, esa dura comisión de sangre sin azar que escribe la mecánica sencilla del mundo.

 ***

Todos los niños de Londres aman a Peter Pan. Debo haberlo escrito veinte veces. Una más. Los niños de Londres. Peter Pan.

  ***

Sentir el tiempo como una revelación. A eso aspira el poeta. En ese simulacro de belleza, perdura.

  ***

Vastos, nocturnos, copulan invisibles jinetes. ¿Oyes el galope, sientes los cascos, la piel desceñida, el pulso deshecho, la voz frágil, el pecho inquieto?

  ***

Será útil por una vez ocuparse de uno mismo. También debo haber escrito esto veinte veces. Una más.
 
  ***

Algunos grumos del poema conducen a Dios. Otros a Charlie Parker. A mí me sigue fascinando el bebop.
 
  ***

La luz fluye desde la respiración primera, leve pulso, signo animal, único testigo fiable del tiempo. La luz no la corrompe el tiempo. Existe a pesar del tiempo y lo vence cuando combaten en un sueño.
 
  ***

Soy el que cuenta las palabras, el poeta en lo oscuro, manumitido de la vida, consagrado a su oficio, bendecido por los dioses, a los que eleva su canto y que no existen.

  ***
El amor percute el aire. El mundo es aire percutido, amor agitado. Todo el peso del mundo es amor. Lo habremos dicho cien veces, pero esta es en la que más creo.

  ***

Duelen, resaca adentro, los años.

  ***

Al alma la astilla el tiempo. El bicho cabrón. Esa única certeza. Ya he escrito esto veinte veces. Lo he dicho una sola. En la barra de un bar. Hace pocas noches. No me expliqué. No me entendieron.

  ***

El carro sin brida del amor.

  ***

Nada hay como el amor. Ni siquiera el amor.
 
  ***

Te he buscado en un poema galante del siglo XIX y te he encontrado frente al ordenador, bebiendo una cerveza, haciendo balance de los gastos del mes.
 
  ***

La vida no es casi nunca gran cosa. La vida no es casi nunca lo que esperamos. La vida no es casi nunca lo que merecemos salvo que no te fijes en esas minucias y no le pidas mucho. Entonces te lo dará todo. Espléndidamente. Con abundancia de adorno.

  ***
Nos besamos como en las películas y nos quisimos como en las canciones, escribió el poeta. Volví a verla desnuda entre mis brazos. Volví a verme desnudo entre los suyos. Pero era lunes y salimos en tromba a lo de siempre y nos encontramos la fiebre y el vértigo como de costumbre. Llegamos a casa tarde y vimos la televisión sin empeño. Hablamos algo sobre la vida privada de los funcionarios de Hacienda y escuchamos un disco de Yes que nos recomendó Antonio Linares hace veinte años precisamente hoy. Tienes un cuerpo de reloj de arena y un alma de película de Hawks.

   ***
Ah cuántas veces la luna en la altura inmarcesible de lo oscuro mirando como pecas y hasta qué doloroso extremo te agrada pecar y te derrota.
 
  ***
.
Comprendo ahora que no existe el amor puro ni tampoco la pureza. Las herramientas del amante son la incertidumbre y el dolor de los músculos cuando se vacía en el cuerpo al que ama.

  ***

.Estoy solo al final de todas las palabras que escribo.

  ***
.
He visto el mar en un solo de trompeta de Chet Baker.
 
  ***
.
Pasan las noches como canciones en un jukebox de película de serie B, grabada en una vieja cinta VHS, contemplada a solas muchos años después.
 
  ***
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Solo tengo, al cabo de los años, pérdidas. Incluso cuando gano, al final del trayecto, veo qué he perdido.
,
  ***
Soy Jonás. Tengo en mi cerebro a la ballena.



                                         A mi amigo Antonio Sánchez, que entiende el último como nadie.

3.5.13

Qué bien contada está España


Confía uno en que algo de lo bueno de lo que había antes del crack se restituya cuando el crack acabe, si no íntegra, sí al menos copiosamente. En ese confianza, en la peregrina idea de que el crack no va a ser eterno, contemplo las noticias en la televisión, las escucho en la radio y las leo en prensa. Lo de ayer (creo) fue la idea de vaciado. Algunos en una emisora, encantados de conocerse y de escucharse, agotaron el concepto de vaciado aplicado a España. La política la está esquilmando, decían. Los políticos la están vaciando, añadían otros, en un coro griego de los que Woody Allen deconstruye para sus gracietas modernas. Más tarde, en televisión, Elena Valenciano, la del PSOE, acude a otra imagen de pura extracción orgánica, primordialmente líquida ésta: a España la están desangrando. Son de verdad gente curiosa, los políticos, los contertulios. Es una teatro curioso el de las opiniones en materia política. Con qué pompa las escenifican. Qué exquisito esmero procuran en su recitado. De esta nueva raza, a poco que se mancomunen y redacten unos buenos estatutos de filiación, saldrá un país igual de perdido, pero maravillosamente narrado. Al narrar un país, su ocaso o su izado, se le abastece de un épica, se le confiere una dimensión mágica. Como si el objeto narrado (el país mismo) se devaluara como territorio tangible, sujeto a leyes, evaluado en los foros internacionales y unido en ocasiones en las botas de Iniesta, y se convirtiera en un territorio mítico, de naturaleza etérea, libre de sufrir padecimientos reales, únicamente vulnerable en la ficción. 


Agradezco al azar, que me hizo un sencillo maestro de primaria y no un estudioso de la economía, mi absoluta capacidad de fascinación. Me entusiasmo con poco. He aprendido a sacar de donde no hay, a encontrar placeres en donde no pareciera que los hubiera. Viene este permanente asombro mío de perlas en la observación de la realidad, pero sobre todo en la de la realidad que proporcionan los medios. Estoy narcoconforme. Vivo en una anuencia permanente. No me tambaleo si veo la sangre de mi patria verterse costado abajo. No me hundo si observo cómo la vacían. No es que ande yo insensible. Es más bien un cierto estado de aturdimiento. Aturdido, se vive mejor. La trama que sigo (los bancos, los corruptos, las estadísticas, los escraches, la crispación en general con la que todo se conduce) ofrece la dosis exacta de ficción para que yo no la sienta como algo real y preocupable. No hay didáctico en esto que cuento. Es triste, bien mirado. Tal vez es éste el fin que persiguen: el de situarnos en la butaca, amarrarnos convincentemente a ella y proyectarnos la rutinario relato de los desastres; el vértigo lógico de los daños, los directos y los laterales, y la sensación ya completamente dulce y asumida de que el crack, sea lo que sea eso, no hará un destrozo irreparable y volverán los buenos tiempos. De lo que no tengo duda alguna es de que todos estos que narran la debacle no se irán de sus púlpitos. El políticos no reelegido se hará contertulio. El contertulio no renovado se hará político. En ese plan viscoso, visceral, viscoso... Mientras tanto, a pie de escenario, aquí el público, sufriendo, sintiendo en carnes propias cada mandoble que se hunde en el pecho del protagonista, comprendiendo que todo es una representación y que la función echará el telón y abandonaremos morosamente el teatro. Luego está el lado contrario: el que no acepta el rol de público, el que no consiente que lo narcoticen, el que desoye la admonición del augur y sale a las calles y pide a gritos que pare el vaciado, el desangrado. No tiene por qué ser un hijo de la patria, pero seguro que será un padre de sus hijos, caso de que los haya. Seguro que estará inmunizado a la retórica y no habrá caído en manos del show business. El mercado es el ogro, por supuesto. Esa es otra argucia de los que mandan: dar nombre al mal, desviar la atención, orientar el foco a otro lado, hacer ver que la historia sucede en otra parte, que nosotros somos también espectadores, que la trama no nos incumbe, aunque nos esté vaciando, desangrando, convirtiendo el país en un parque temático. Lo que importa es que todo esté bien narrado.

Kafka dentro de mi cabeza




Para lo que no se está preparado es para el dolor: el extremo te aturde, te avisa de la distancia que existe entre el la vida y lo que la acosa, y esa distancia es infinitesimal: el dolor es un festejo del mal y un tara inútil con la que certificamos nuestra naturaleza falible, ínfima, imperfecta, y tal vez sea mejor que nos gobierne toda esa fragilidad física porque el dolor carece de metafísica. Es un trallazo, una bomba de relojería alojada en los bucles del alma o en las blondas abismales del puñetero ADN. En la forma en la que uno afronta el dolor se muestra mucho de lo que somos. El dolor es un paisaje que el cuerpo inventa para desheredarnos del entusiasmo razonable de vivir. El dolor, contrariamente a lo que pueda pensarse, a pesar de tener vínculos científicamente probados, no tiene nada que ver con la muerte. Se puede morir uno dulce y mansamente sin que una sola brizna de dolor se acuartele en el cuerpo saliente. Y nos educan para temer a la muerte, pero no hay una pedagogía del dolor. Un amigo mío, al que ya no veo, decía que tenía a Kafka dentro de su cabeza cuando le dolía. Está bien como imagen, pero pensándolo, me duele más, Juan.

Las religiones incluso lo avalan como tratamiento contra los excesos mundanos. Ya sabemos que la fe es un potente afrodisíaco mental, una pastilla de gozo puro que espanta la bestia políglota que nos revienta por dentro. Hoy pensé en todo esto mientras que el dolor se hospedaba, soberbio, una pizca cabrón, en mi cabeza y me contaba historias antiguas, transmitidas cromosómicamente, desde la fiebre primera de los tiempos hasta la de ahora, la que me oscurece. Porque el dolor oscurece, achanta, torna a gris lo antaño alegre. Sabe uno, no obstante, los prodigios de la química. Se administra unas pastillas y regresa, eufórico, el color. Se va el gris. Se desaturde el cerebro y se contentan los músculos.



El otro dolor, el moral, ése está más al día, nos invade con más frecuencia, se instala sin estruendo en el chasis, en el alma, en ese desprevenido refugio en el que somos limpios y nobles y razonablemente buenos. Y ahí estoy, confiado en que el dolor se aburra y huya como sepa sin que el rencor o el peso de la costumbre le fuerce el regreso y me vuelva a desocupar de mis vicios, que son casi lo que yo más quiero en el mundo. Del otro dolor, del metafísico de verdad, no hablamos hoy. De ése, del que tenemos noticias y que con incómoda frecuencia, nos visita cuanto le place, no diremos nada. Al fin y al cabo, hoy es viernes. Y las calles lo celebran con el sol y su ajetreo habitual. Desde aquí, a poco de ir al trabajo, la oigo en su trajín feliz.

2.5.13

Seguir sombras, abrazar engaños




Mientras que en la ligera sombra prospera el frío y los árboles desalojan el rumor de los astros y convidan al paseante a meditar sobre la mudanza de las cosas, fatigo las horas en esta pieza postrera, inclino mi voz y cuento lo que he visto. Al poeta se le encomienda el registro de los prodigios y yo he sido un escriba poco fiable. Es verdad que no ha pasado un día en el que no me haya acostado con mis sátiros lascivos y haya paseado las montañas que circundan la villa a la búsqueda de ninfas bellas y de rudos pastores. A mi verso han acudido las cosechas de los años y el vértigo del mundo. Ni el enjambre enjundioso de los días ni la alquimia arcana de las noches me ha robado una brizna del ahínco con el que he cincelado el tallo agreste de la palabra.

Sigue en Barra Libre.

1.5.13

Ruido de verbo II



Dibujo: Slawek Gruca




Qué galope se oye: silbo de poeta ayuntando júbilos. Jinete en fuga hacia el interior de la carne. Estrellas de cien puntas estallando en las paredes más secretas del cosmos. El céfiro jaleando sílabas.

***

El frío me azuza sus perros. El frío atonta mis vicios. Ha venido hoy de nuevo el otoño con su jauría triste de versos. Tengo el frío en el hueso como un verso de Bukowski en la misma ciudad de los pecados. Mañana volverá el verano. Se escuchará el metal hervir en la carne.

***

Líbame un vértigo, amor, herrúmbrame un pétalo, turba mi hombría, ocúpame las manos, cuenta a quien acuda que el poeta en mitad de un endecasílabo perdió el numen. Se hundió en el corazón. Se quemó dentro. Avanzó en tinieblas. Labró un dios. Lo miró en detalle. Lo confinó en un sueño. Lo eligió su guía. Así es el amor, así su causa.

***

El marxismo hace aguas por todos lados esta noche, oh esposa mía. No dejes que el marxismo te ponga triste esta noche, oh mi dulce amor de mayo secreto, déjate crucificar por el cosmos, acude a mí como un sacrificio, convídame a perder el juicio

***

 Escribir fieramente como si no existiese otro oficio.

***

Ser poeta para qué si T.S. Eliot murió solo sin que una sola línea suya lograra poner cerco a la muerte, brida al vasto olvido. Ser poeta, ser invisible, ser terco, ser frágil.

 ***


A veces consiente una opulencia de olores la noche, oro suspendido en el aire, tristeza que de lejos anuncia la inútil contienda de los abrazos. A veces la noche es un rejería gótica en el camino de vuelta a casa.

 ***

Los días fingen ser versos. La vida, literatura. Yo, uno que escribe. Uno sin pudor, elevado, asaetado por la palabra.

 ***

Pienso en rosas, nubes tangibles de rosas. Ríos formidables de rosas. Espléndidas rosas. Como palabras abandonadas únicamente al fulgor severísimo de sus sílabas sin atender al cauce limpio que secretamente las navega. Pienso en el tiempo, en las horas que se precisaron para construir la rosa, la nube tangible de rosas en mi pensamiento, los ríos formidables, las espléndidas mareas de rosas que ahora mismo me ocupan ahora. Pienso en rosas, nubes tangibles de rosas. Ríos formidables de rosas. Espléndidas rosas. Una vez y otra vez. Las rosas, ah las tercas rosas. Dios detrás de la inmarcesible rosa. Milton fatigando jardínes ingleses. Mi madre, desde la ventana, pidiéndome que corte una. Lorca, desde la distancia, pidiéndome que no la desoiga. Las madres y Lorca. La rosa y Milton. Dios y un río formidable de pecados.

***

Jadear en conciencia la gracia absoluta de la pereza. Aceptar el oficio de la pereza. Amarlo después, hacer justa propaganda, alardear en mitad del asedio del temblor que te ocupa.

 ***

Hay una ebriedad invisible. La voz, trémula, percute el aire alucinado. Las palabras festejan la luz mordida, el eco frívolo, el tiempo tan breve. Se duelen, resaca adentro, rotas. Las palabras son una fisura interior, un desperfecto aireado.

 ***

Qué almíbar en la sangre. Qué gozo sin epidermis. Qué vertirse sin propósito.
 
***

Amantes en ardentía, en palmario gozo, en secreta muerte, invulnerables y dioses.

***

Anochece en el azucarero. Taconea, pasillo abajo, la tristeza. Se ven tan poca cosa sus perritos que, a la luz de las linternas, parecen algas.

 ***

El secreto donde aguarda es en la sílaba más oscura. Aire que herido a lo lejos pulsa la luz con su música ebria de fatigar los cuerpos. El amor se presiente y amar se deja y en el abrazo muere.

***

Arde lo que importa. Ceniza de las horas.

 ***

Las avenidas en Hollywood, de noche, siempre conducen a un desvarío. Las piscinas, en Hollywood, piensan en Burt Lancaster. Hollywood es el mapa del siglo veinte. Los nadadores piensan en Burt Lancaster cada vez que dan una brazada.

 ***

Me conformo con saber qué pierdo.


 ***

Oh alta torre, ah quebranto, tú, la fe, la insondable, la que conduces al rebaño, la que lo asistes en la tormenta, la que lo abandonas en la tormenta, la que sueñas la tormenta, la que limpies el cielo de las nubes toscas, la que cumples el sino de los dioses cómplices

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