19.3.17

Dios en alta definición / La misa de los domingos



No tengo creencias religiosas, pero sospecho que podría haberlas tenido sin más problema. Ninguna de las historias bíblicas que escuché de pequeño cautivaron mi alma. Ninguna de las que me contaron de mayor me influyó lo más mínimo. Percibo la belleza de las creencias, pero no hubo nunca ese enamoramiento desde el que construir una vida de fe. La distancia que existe entre creer y no hacerlo es muy leve, no tiene consistencia. Igual que el creyente tiene crisis de fe y se cuestiona la naturaleza de su inclinación espiritual, los que no creemos también caemos en limbo en el que Dios aparece y desaparece, nos convida a pensar en su presencia o le excluimos con firmeza. Hay días en que Dios me ocupa más tiempo del que podría esperarse de una persona que se dice incrédula (no me gustan las palabras ateo o agnóstico, no creo que ninguna de ellas se ajuste a mi manera de entender todos estos sucesos trascendentes). Otros, sin embargo, echo atrás o me vengo arriba, según se mire, y me agrada ese descreimiento mío. Me siento bien (por decirlo de alguna forma) en las dos orillas de este imaginario río de las creencias. Lo que no veo es el daño que hace poner una misa en el segundo canal de la televisión pública. No es nada que hiera a quien no tiene la voluntad de entrar en el templo y dejarse impregnar por la liturgia del párroco o el que desee pulsar un botón de su mando en lugar de otro. Además, en estos tiempos modernos, escuchar una misa por la radio no tiene la vistosidad de verla por televisión. Ser laicos (en mi opinión) no tiene nada que ver con ser hostil. La tendencia reciente consiste en zarandearnos los unos a los otros, en buscar qué nos separa y enarbolarlo fieramente, como si el mundo entero (con lo revuelto que está y la de tiempo que precisa su ensamblaje) girara en torno a la decisión de unos de sentarse en el salón de su casa y, en lugar de ver las reediciones de los programas bastardos de las noches, seguir las enseñanzas de las Escrituras. En el instante en que unos escuchan la lectura del Santo Evangelio según San Juan, otros cancanean por el pueblo, buscando donde hocicar el morro y meterse la primera cerveza de la mañana o leen El capital del barbudo Marx o mandan chistes por whatsapp o adecentan su casa para que esté presentable hasta el domingo siguiente. Lo que hace una parte de la gente cuando la otra se le pone levantisca  es afianzarse en sus credos, nunca mejor dicho. De ahí que la misa de marras, la de La 2 de TVE, haya conseguido cotas de audiencia inéditas. En la adversidad,  gana siempre el débil. Es el que recibe la puya quien se granjea la adhesión del graderío, quien confirma con más vehemencia su orientación o su aplauso. La diatriba de la misa televisada de los domingos es una pequeña maniobra de distracción, una de tantas. Cuando el demonio no tiene nada que hacer, mata moscas con el rabo. Tampoco es cosa de demonizar (por seguir con el símil diabólico) a los ocurrentes ideólogos de las hordas paganas. Se pierde a veces una visión en perspectiva y no se afina en las prioridades, en poner lo importante al frente y dejar lo secundario, lo que no es primordial, en la reserva, por si un día, una vez despejado el horizonte, se puede acometer.

Los poderes públicos tienen la exigencia de la neutralidad, que no quiere decir el apartamiento. De hecho se siguen sacando los pasos en las calles en Semana Santa y la ciudad entera (los que devotamente los siguen y los que no) se mueve con ellos. Imagino que la fobia hacia lo cristiano (que irrita con razón al que profesa esa fe), llevada al extremo, borrará una parte de la Historia, y no necesariamente limpia ni luminosa, porque la Iglesia, la que detenta el mensaje de Cristo, es una organización falible (como cualquiera o más dolorosamente ésta si concurre en su juicio la voluntad de bondad que la anima) y una parte de esa Historia está emborronada (o enfangada o entenebrecida) por su roce. Si nos obstinamos en esta pequeña guerra fría entre cristianos (o musulmanes o judíos o budistas) y descreídos, terminaremos apartándonos unos de otros, confundidos entre el afecto que nos profesamos y las ideas que tenemos. La libertad religiosa es un hecho fundamental en el progreso de las sociedades. Lo contrario, la batalla campal entre estandartes y tronos, ha llevado al mundo con frecuencia al desorden y a la sangre. No son los dioses los que alientan las guerras, no pueden serlo de ninguna manera. Es el hombre, el que los adora, el que se inclina y los busca en la oscuridad para que lo guíen. A Dios (imagino) le parecerá un desatino esta costumbre nuestra de darnos de palos en su nombre. Las guerras no acabarán nunca. Da igual qué dioses las crucen o se aparten. Siguenpasando, si uno aprecia con detalle lo que le van informando. Es un problema irrelevante lo de las misas dominicales en televisión. Mi abuela las vería, si estuviera por aquí. No sé si acudir a la ternura de que los mayores y los impedidos, que otra parte también pagan religiosamente sus tributos al apóstol Cristobal , dependen de esa hora de los domingos por la mañana para estar en paz con Dios y con su alma. Cada uno hace esas cosas a su modo. Algunos recitan sus oraciones y se persignan. Otros buscamos encontrar nuestro lugar en el mundo con otros instrumentos. El final de la historia es que, cuando conciliemos el bendito sueño, estemos en armonía con nosotros mismos y no hayamos hecho daño a nadie y sintamos agradecimiento por estar en el mundo. Tenga la culpa de eso el que la tenga. Lo que sea. No está la cosa a esta hora de la tarde para meterse en honduras de más fuste. El principio de concordia sobre el que se levanta la sociedad no puede desanudar los hilos de las religiones. No debe desmontar esa cohesión que las creencias conforman y hacen que el pueblo se eche a la calle y sea devoto de sus santos y les llore o les ría como se le antoje.

Caso distinto, ah la diferencia sobrevenida, es que la iglesia católica arremeta como a veces hace contra los que no piensan a su muy respetable manera, no vea enemigos por doquier, no se sienta la víctima de los tiempos, salvo que de verdad lo sea y haya pruebas fehacientes que lo confirmen, pero no es eso lo aquí hoy retratad: es lo de las eucaristías cristianas en televisión. Que también hay espacios religiosos para otras confesiones (evangélicos, musulmanes, judíos...) Todavía no ha salido el tema capital de esta conversación entre lo divino y lo humano, que luego se catapulta a la calle: la presencia de la asignatura de Religión en la escuela pública. En breve, cuando la circunstancia lo precise, se pondrá en circulación (se visibilizará, dicen ahora los modernos) la extracción a la francesa de la materia religiosa de las aulas. A falta de que ese incendio invisible (pero ardiente) prorrumpa en la sociedad, nos quedamos con estas menudencias mediáticas. Para que no se extinga  la llama y siempre se pueda avivar a beneficio de ociosos o de agitadores. Lo mejor es no entrar donde no se desea o no irritarse por lo que no nos atañe. Hay ocasiones en que esa coherencia cívica sobre la que reposa el respeto a lo ajeno y la tolerancia por lo diferente se envalentona, se irrita también y volvemos a donde ya estuvimos antes, a ese lugar del que (al parecer) todavía no hemos salido, el de evitar la confrontación por todos los medios, el de no inventar un problema para ejercitar la mente (aburrida a veces) en busca de una solución. Que un periódico de tirada nacional (el ABC hoy) dedique su portada completa a mostrar qué personajes públicos van a misa (no tiene más importancia) tampoco informa del país en que vivimos. No es ése, no es el de yo voy a misa, yo no voy, pero ya se sabe que, si no es un autobús en las calles con un mensaje controvertido (se hacen oír, pero no es un texto constructivo el que mostraban, por cierto), es una declaración machista de un obispo o una virgen investida como hija predilecta de algún pueblo de la España Profunda. A veces el creyente no tiene culpa de estos dislates, desde luego que no. Bastante tiene con intentar no errar en el camino y escuchar con el corazón limpio las historias que una vez decidió harían de su vida una mejor.

16.3.17

Cocodrilo blues

Historia natural
Dormir frente al televisor mientras la paciencia del cocodrilo organiza un festín de antílopes distraídos. La ceremonia de adiestrar el cuerpo para que el sofá lo reciba como un hijo con el sueño tamborileando en tu cabeza y National Geographic bombardeando imágenes impactantes de la salvaje vida animal. La sensación de que el mundo se detiene en la dentellada brutal del cocodrilo. Crees escuchar después, en sueños, la carne rota, los huesos fracturándose. Notar cómo la realidad, el cocodrilo abriendo en dos al antílope, se adhiere fieramente al sueño, pero son sueños frágiles, de una fragilidad conmovedora, sueños en los que no hay tiempo para que la trama invisible ni siquiera pueda cerrarse. Queda pues abierta, sin adquirir el rango de obra acabada. Los sueños no terminan nunca. No sabemos si luego se buscan, si el sueño de media tarde en el sillón se activa en la noche, incorporándose al sueño recién adquirido, si es posible que hasta lo borre y tome el mando y haga lo que se le antoje. No sabemos nada de estas cosas. La realidad tampoco es discernible. La realidad no termina nunca. Las tardes de un par de miércoles al mes son del cocodrílo y mías. ¿Soñarán los cocodrilos con ovejas eléctricas?



La muerte de la novela
Uno al que se le supone cierto conocimiento de lo que hablo refiere que las novelas son aburridas. Imagino que se refieren a novelas que él ha leído recientemente o que leyó en el pasado y de las que guardo ese recuerdo. La novela ha dejado de pasearse por el cementerio, ya no se la da por muerta: ahora está en la convalecencia, en el aburrimiento, en un balneario gris de un cantón suizo, en una tarde de domingo en la que no sucede nada, pero incluso no sucediendo nada, cuando parece que no se mueve la maquinaria de la trama, pasan cosas, pasa la vida con su aburrimiento incluido en el pack. Porque la vida, en ocasiones, aburre, y la novela solo transvasa lo que observa a su interior. La novela no es aburrida, las novelas no son aburridas. Y si lo fueran, caso de que llevase el buen hombre, la razón que cree asistirle, serían formidables también. Novelas aburridas para una vida aburrida. Pronto habrá un patrocinador triste y apesadumbrado que invierta en el gris como color favorito de las estanterías.


Bipolar 
No hay día en que no tenga uno esa bipolaridad dulce de querer ser un irresponsable y, al mismo tiempo, querer poner la mejor sonrisa y pisar el día con el entusiasmo más completo. No sé en qué momento vence una de las dos, y a veces no sé cuál de las dos vence. Los momentos en que la cabeza no funciona como se espera y la voluntad prefiere el caos son los momentos propicios para la creación literaria. En los días mansos, en los buenos, en todos esos días en los que no hay quemazón dentro, no escribo, pero siempre llega el vértigo, acude juntamente con la fiebre; ahí están los dos, mirando cómo intentas zafarte de ellos con las manos, con gestos grandilocuentes, con frases que has estado ensayando para que convenzan a la primera, sin extensiones sintácticas indeseables. No te zafas, no hay posibilidad de que el maelstrom no te engulla. Y entonces escribes. Escribir es un maelstrom.





13.3.17

Matrimonio del cielo y del infierno





A poco que indague uno, sin entrar en honduras, descubre que no hay religión en la que no estés condenado a vagar una eternidad por el infierno. No sé si merece la pena buscar la que menos te penalice o la que te aplique un correctivo más benigno. Lo de la eternidad no me acaba tampoco de cuadrar mucho. No hay vida con la que se pueda trasegar sin que exista un fin en el horizonte. Una de las funciones del sueño es precisamente ésa: la de cancelar la realidad, la de encapsularnos durante unas horas para que podamos reponer el brío que se ha ido vaciando durante el día. Hay noches en que, a poco de caer en el bendito sueño, piensas en lo bueno y en lo malo que hubo durante ese día, en la manera en que hemos acometido las obras con las que seremos vistos, con las que los que nos medirán. Quizá la conciencia sea el infierno. Debe estar ahí, cosida a los pensamientos, embutida en ellos, convertida en una extensión fiable de las palabras que decimos y de las que callamos, de los gestos que hacemos y los que censuramos.  El infierno es siempre uno mismo. También el cielo. Toda esa propiedad mística de las bendiciones y de los pecados es sólo literatura fantástica. Anoche leía a William Blake. No he podido evitar dejar escrito aquí una brizna de ese influjo. El lunes no ha sido el infierno tan temido. No obstante, en uno de sus tramos, he percibido el influjo de Blake. Escribió, por ejemplo, que no esperes veneno del agua estancada. También que a la atareada abeja no le queda tiempo para la pesadumbre. Ahí esta la abeja, en su dulce molicie, en la ajena propiedad de la ignorancia. Ni siquiera sabe que existen los fines de semana. A mi amigo Antonio le dejo una frase que solíamos dejar caer en los bares cuando la cabeza anunciaba los quebrantos habituales: el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría. De eso hace pronto treinta años. Hay bares a los que hemos vuelto. Algunos han cerrado. Ahora, en esos locales, dispensan medicamentos o venden tabaco o te convencen para que te afilies a un sindicato o escuches a uno de los dioses de las últimas tierras conquistadas por el Mayflower. Todo viene a ser lo mismo.

9.3.17

Hoy me duele Kim Novak


La pértiga describe la locuacidad del ojo.

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El poeta es el cartógrafo del alma.

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El teólogo es un novelista del aire. Todos los feligreses son, en el fondo, teólogos novatos. Dios es el crononauta favorito de todos los novelistas de ciencia-ficción. A Dios se le reserva siempre el papel principal de todas las tramas cósmicas.

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El escritor siempre fornica con su prosa.

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El lector es un voyeur. No hay actividad más privada que leer. Ninguna.

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El náufrago escribe monólogos de alga.

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La fatalidad carece de efemérides.

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El azar escribe renglones torcidos para lectores perezosos. La fortuna es el numen.

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Lo dijo Shakespeare o su negro: desconfía el viejo del joven porque ya lo fue.

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El pecador es el que oye que alguien le acusa de sus pecados. El que delinque es laico; el que peca, no.

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Cioran gemía, tumbado en su sofá, esperando que los lamentos le abriesen los poros y le entrara a tropel el conocimiento. Yo quiero ser CioranNo ejercer ningún oficio. Ser un dios de mi pereza. Quiero ser un Ciorán del siglo XXI. Con tweets y whattsaps. Con Spotify y con mi editor de blog. Un Cioran meno drástico, en todo caso. Uno que posea un sentido muy refinado del drama.

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Kim Novak apareció anoche en un tramo irrelevante de un sueño mío muy huidizo. Hoy me duele Kim Novak en los ojos y tengo la mirada como perdida y la cabeza a ratos me descabalga de la realidad y me empuja, alucinada, al sueño que no retuve. Me duele Hitchcock a la altura de todas sus rubias.

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Todos estos años de cómplice matrimonio con el aire y cuesta todavía meterlo entero en el pecho y sentirlo estallar dentro. 

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Puede suceder que en unos años la vida vaya en serio y tengamos que armarnos finalmente de valor para andar con firmeza. Cómo echo de menos que Gil de Biedma, en estos tiempos de zozobra y de vértigo, nos contase qué pasa. Hace falta que nos lo cuenten bien, en todo caso.

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Lo peor es perder tan miserablemente el tiempo y acabar descubriendo que hemos gastado los años y todavía nadie nos haya dicho qué bien planchada llevas el alma. El alma no hay quién la entienda. Hay que echarla a los perros. Que se la coman entera.

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A veces vivir conduce a irnos queriendo mucho, a entender los retos, a domiciliar en la memoria piezas de un sueño, historias recientes de amores imposibles y de pasiones evitables, desmayos a última hora de la tarde frente a un disco de Sarah Vaughan, besos muy logrados tras años de fatigado oficio. Me quiero mucho.

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Todo el amor que yo puedo sentir cabe en un verso de Pessoa, pero no de los tristes, no de los que te hunden, no de todos esos versos de Pessoa que huelen a papel antiguo.

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En verdad fuimos hermosos, pero la belleza ya no es útil. No sabemos qué es útil. La belleza, a veces, no basta.

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Ha llegado la hora mineral, la gran hora sin maquinaria que somete el azar a un pulso siniestro, que comete imprudencias del tamaño de un corazón sin amarre, que escribe convulsos versos de amor con menuda caligrafía de principiante. Ha llegado el corazón más humano a conveniencia del que escribe, varado en la trágica evidencia de estar perdiendo la inspiración a medida que se acaba la batería del portátil. Ha llegado la hora de escribir las grandes palabras. Creemos que las grandes palabras están en las obras de la religión, pero hay grandes palabras en los juegos de los niños, en las canciones de pop más livianas, en lo que decimos cuando alguien nos saluda o nos pide que le confiemos un secreto.

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Donde la noche nos habita. donde las palabras declinan oscuros favores y erigen inmensos páramos, lugares para el abandono, jardínes que sólo holla el viento. Los poemas de los quince años vuelven. Están aquí. Me están mirando. De éste no hay ni siquiera un título. Sería incapaz de escribir uno ahora. No lo considero ni mío. Ni esto que escribo, una vez lo termino y el editor lo registra, me pertenece siquiera. Toda la literatura es anónima. El que la escribe, al leerla, la cree ajena.

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Me encanta buscar en el diccionario el léxico de mi fracaso. Páginas enteras. Palabras mías. Historias que no imagino en otros.

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Afuera todo se abisma y concluye. La fragilidad de las cosas. La posición de los astros. El peso de la cordura.

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Triste andamiaje de los años, travesía sin término, espejo inocente, la herrumbre secreta, el insomnio tan urdido. Me duele el pecho. Se me abomba el pecho. Parezco John Hurt en el Nostromo.

  **

Los años ocultan siempre la verdad. Algunos la ocultan con más oficio. Otros no se manejan en estas frivolidades y se advierte la siniestra trama en los meses bisiestos.

  ***

Bien está contar con un biógrafo propio, uno que constate el vértigo de haber vivido, uno que argumente la miseria y la gloria y dé crédito a los placeres depositados como memoria festiva, en su costra. Óxido en júbilo. Unos versos de Leopoldo Panero (otra vez) anoche. Es la primera vez que lo leo sabiendo que no está. Nunca me ha pasado con Garcilaso de la Vega, con Kafka, con mi buen Borges. No sé a qué este desvarío mío. Con qué propósito mi delirio lo urde.



2.3.17

Los días

Días en que uno vive la vida de la que habla y días que no nos corresponden y con los que tenemos un trato distante, al modo en que se producen las tramas de las novelas o de las películas, como si todo fuese ajeno y en esa dimensión sucediese y no nos incumbiese en absoluto. 

Días precisos como una sílaba tónica, días suizos, días con colmo de aritmética, que nos cuestionan la lírica de las cosas y se incrustan como una enfermedad y nos hacen flaquear y caernos. 

Días Kierkegaard, días con absoluta indiferencia a la intimidad, bruscos, llenos de palabras que conocemos por separado pero que no sabemos manejar si se juntan y nos hablan.

Días mansos. Yo adoro los días mansos. Días en que no ocurre nada. Blancos, los días. De una blancura que intimida.

Días Hal 9000, días Kubrick en vena, días para contar secretos, días que merecen un aparte, donde cuanto sucede es una cosa extraordinaria, días de máquinas más complejas que uno mismo, ante las que palidecemos y nos postramos, como si fuesen dioses.

Días de tres bourbons a última hora de la noche, escuchando Chet Baker, desplazando el miedo a que algo malo suceda mañana por la sensación muy plácida de que el amor nos visitará más tarde y nos hará dormirnos muy cansados, felices, inocentes, blasfemos y puros.

Días para entenderse uno, días sólo para entenderse uno, días que acaban con la evidencia de que sabemos quiénes somos un poco más.

Días de vértigo y de fiebre.

Días como un disco duro al que hemos ido echando cuanto no sabíamos qué uso dar, días de una consistencia inútil.

Días perdidos, días huecos, días grises, días sin que nada verdaderamente hermoso nos visite.

Días de andar por casa con el corazón muy abierto.

Días que parecen muchos días, días con colmo de bondad en las palabras que escuchas y en las que dices, días de una semántica dulce como una lengua en el centro de vaso ancho de whisky lleno hasta de arriba de mermelada.

Días con la sensación de que algo extraordinario está a punto de suceder.

Días sin Dios, días en los que sueñas con Dios, días en los que Dios te visita y te cuenta de qué va la trama celeste y todo eso, pero luego no eres capaz de contarlo,

Días Frank Zappa en el iPod por la periferia del pueblo, a paso rápido, quemando algoritmos y frases de alambique poderoso y sustancia insulsa.

Días como un pen de sesenta y cuatro gigas lleno de valses vieneses.

Días que parecen un gospel, días que parecen un foxtrot.

Días donde ves la cara oculta de la luna.

Días sin entrar en facebook, ni mirar whatsapp, ni escribir en cien caracteres lo bien que estuviste ayer o lo bien que crees que vas a estar mañana.

Días de bebop, días de swing, días de cool jazz, días de grandes bandas, días sincopados.




28.2.17

Error

Hoy K. ha tenido una ocurrencia que no es nueva: uno cae a veces porque quiere, por levantarse, por ver el cielo desde abajo, por perder una dimensión, por hacer que nos miren y les de por mirar a otros cuando se cansen de ver que hemos caído, cuando ya no tengan nada más que ver porque ya lo han visto todo. Hay quien cree que caer es lo peor que puede sucederte o que detrás de haber caído no hay nada más. Como si fuese un maelstron, un abismo, una tarjeta black que de pronto ha aparecido en tu bolsillo. A la gente le gusta verte caer. No porque ellos no hayan caído, sino precisamente por eso, por ver que no son los únicos y hay otros que hincan la rodilla igual o en peor postura que ellos. Uno se cae porque cansa estar de pie. Se cae porque de vez en cuando es bueno retirarse, no proseguir, dar por terminado el camino, aunque sea por empezar otra vez o por andar algún camino nuevo. En poesía, en la construcción de un poema, todo es caer, todo es ir acercándose y retirándose, buscando y errando, hasta que das con el adjetivo perfecto. Has estado la mañana entera buscando un adjetivo y no hay nada mejor en el mundo que dar con él y verlo en tus manos, como una criatura desamparada a la que das cobijo y con la que entablas una especie de idilio semántico. Los desórdenes más difíciles de corregir son los de índole semántica. Hay días en los que buscas una palabra y te acuestas sin que haya aparecido. También los días en los que sobrevienen las palabras, las que buscas y las que se precipitan sobre ti, sin que las haya llamado. Son las palabras las que nos salvan. Cuando caes son las palabras las que te hacen izarte. La idea de que puedas equivocarte en algo en lo que tengas un empeño especial hace que lo hagas con más oficio. Es bueno salir a la calle intrigado por lo que pasa. No saber nada de la trama que está por venir. No poseer ninguna propiedad fiable de la realidad cerniente. Cuanto más sabes, más aburrida es la vida. Hay días en los que lo sabes todo y te acuestas sin nada que contarte a ti mismo antes de conciliar el bendito sueño. En cambio, hay días formidables, viajes que van de un error a otro hasta que ves que nadie mira en qué has marrado y te permites equivocarte con más entereza. Como si fuese parte de ti y te hubieses esmerado en hacerlo mejor cada vez. Después se ha despedido. Ha dicho adiós. Hay veces en que hace estas visitas. Como queriendo hacerse ver. A mí me da también por convidarme a verlo.

Hacer un warrenbeatty


No sabe uno bien las cosas, no tiene la propiedad de su buen uso, pero deja que lo ocupen y trasiega con ellas lo mejor que puede. Hoy me levanté pensando en el error, en la idea primaria del error, en cómo nos equivocamos, en la manera en que uno no hace lo que se espera que haga o incluso en la posibilidad de que el error no tenga esa mala prensa y tenga sus adeptos. No he visto tal cosa. Digo un club de gente que ha fracasado en algo o algo así. Cosa de ese pensamiento de primera hora de la mañana, al sentarme ahora y poner la contraseña en el ordenador he pulsado las teclas equivocadas. Hace que no me pasa. Luego he puesto el lavavajillas y le he dado a un programa que no convenía. Quizá la culpa la tenga Warren Beatty y el marrón del papel del Óscar a la mejor película de la noche del domingo, pero ha sido un error productivo. Todos lo son. Basta meter la pata para que la noticia se difunda con rapidez. El trabajo bien hecho (que Warren Beatty o Faye Dunaway, la pobre, hubiesen leído como Dios manda la tarjeta) no es noticia nunca. Andamos pendiente de que alguien cometa un desliz. Estoy pasando un bache, un revés, un agujero, un no sé qué me pasa, que ni yo mismo me entiendo, cantaba Aute. La creatividad nace del error y de la sustitución del error. Los mediocres no se equivocan nunca. Ahora voy a ver si preparo unas cosas para el trabajo sin que me tiemble el pulso o se me vaya el santo al cielo y haga un warrenbeatty.

27.2.17

Tres principios de incertidumbre del alma

1
Amar lo que no existe
Lo malo de la verdad es que acaba antes. Al mentir, la historia se alarga y permite que la verdad pueda aflorar en un momento u otro. La literatura de la verdad es más aburrida, cree uno que lo de basado en hechos reales disminuye la calidad de lo narrado. Da igual que la ficción esté en un peldaño más abajo que la realidad o que sucesos acaecidos a pie de calle, de los que no provienen de las tramas novelísticas, en ocasiones sean apabullantes y mantengan la intriga que no ofrece la materia fabulada. Uno se pasa la vida amando cosas que no existen. Las de verdad están siempre a mano, no se van a dar a la fuga, se pueden canjear unas por otras, pero la ficción debe ser mimada, considerada el verdadero alimento del espíritu, observada con el apasionamiento de quien tiene ante sí al objeto amado y teme que un desliz o una contrariedad malogre ese estado idílico del alma.

2
Primer grado
Yo soy de preguntarme mucho. Me contesto con el afecto grande que me profeso, aunque a veces me fustigo, me acoso, me da por no dejarme pasar ni una. Lo mejor es partir de la idea de que no me conozco o de que no hay manera alguna de que alguien pueda conocerme. Como si el alma humana fuese de verdad inescrutable. Da lo mismo toda la literatura rusa que hayas leído o las risas que hayas echado viendo a Woody Allen extenderse a su manera sobre la divinidad y sobre lo terreno. Al final no hay camino que pisar, no existe la certeza de que conduzca a ningún sitio fiable.


3
Words don´t come easy
La mejor compañía es la de las palabras. Basta tener la consideración que merecen y andar siempre enamoriscado con ellas. En el momento en que no las cuestionas, cuando no las arrullas, ni les acaricias el lomo cuando se te acercan, todo se viene abajo. Hay días en que no te responden. Por más que solicitas que te auxilien, no acuden, parece que te la tienen guardada y se reservan el derecho de asistir. Ayer no las tuve a mano cuando quise. Me dejaron tirado, se puede decir. No hubo manera, de verdad que no la hubo, de que respondieran a mi llamada. Lo bueno es que me pasó con un amigo, echando unos vinos. O quizá fuesen los vinos, no pocos, ahora que lo pienso. En realidad todo esto que escribo podría haberlo silenciado. Vamos más lejos: todo lo que escribo podría haberlo silenciado.


26.2.17

La última estación / Reseña del segundo disco de Xavi Nuez



   Hace tiempo aprendí que de poco sirve llorar
   (Sólo para verte una vez más)

Hay muchas cosas que Xavi Nuez no hace. Sigue sin ser Bob Dylan ni Neil Young. Tampoco entra en sus planes continuar la senda que abrieron otros que tocan sus palos (Loquillo, Barricada, los más cercanos). Se aprecia que ha madurado, se le ven tablas, ha adquirido maneras de rocker, por decirlo de alguna forma. Como dice en una de sus letras, no sigue al rebaño. Con lo difícil que es tener una voz propia en el panorama discográfico español, hacer un disco de rock es una temeridad, una osadía, un salto al vacío o todo juntamente. Xavi Nuez es consciente de que no ha inventado nada, lo cual no quiere decir que el rodaje y la experiencia le abran nuevas vías en las que la música que reconoce como suya le envíe a territorios nuevos. Se vale de una voz muy personal. En mi opinión, su mayor valía, el hecho diferencial, el rasgo que hará que su propuesta puje y alcance los circuitos de difusión habituales, los que hacen que te programen en radio fórmulas o los ayuntamientos te contraten para hacer rulos. La parte que me falta para comprender de manera global la trascendencia de Xavi Nuez es su puesta en escena, si la rendición en vivo estará a la altura del disco, que está muy bien grabado y suena rotundo. Lo evidente de La última estación es que es un disco de rock, aunque también uno de rock and roll o de punk.  La última estación (Rock CD Records, 2017) es una apuesta ambiciosa en la que ya no está la inocencia lógica de Historias varias, su anterior disco. Hay un avance, una producción más serena, un sonido más directo. Abundan las piezas pegadizas (Coleccionista de problemas, Un millón de cartas, Ay Diana...) y las que requieren una escucha más honda (Amigo Pedrún, una de mis favoritas; La canción que prometí, que viene de la producción anterior) para que se impregne el mensaje (no sólo la melodía tarareable, que hay muchas, o la letra sencilla, en apariencia).




La honestidad del rock es una de sus cualidades más apreciables. Nuez es honesto, no se enreda en lo que no sabe hacer o en lo que no comulga. Malhablado si se precisa (Esto no es el CSI) o lírico hasta parecer un trovador que carraspea sus primeras letras (Sólo para verte una vez más o Un millón de cartas), el rockero se amarra a la que tiene a mano para que el mensaje fluya: guitarras enérgicas (Ay Diana es una declaración de intenciones, una de esas canciones que entran a la primera) o suaves (el magnífico comienzo de Espina de sardina, una de las mejores canciones del disco), teclados que no apabullan, pero llenan la escena sonora (Amigo Pedrún, La canción que prometí) o baterías sin prejuicios, baterías musculadas que marcan el tempo de casi todos los temas, creando la sensación de que el rock tiene mucho que decir todavía, aunque siga vistiéndose con las mismas ropas y no se arriesgue a enredarse en probar otras.  La última estación gana según se le concedan escuchas. No es un catálogo aleatorio de canciones: guarda un sentido, explica una manera de vivir, narra el pulso de la ciudad. Ahí están Barcelona, Madrid, todas las ciudades con todos sus avenidas y todos sus bares, pero también la ciudad que uno crea en su cabeza, la que hace suya y con la que convive.



El rock es un lenguaje de la ciudad, nació con ella y no hay otro instrumento que la cuente mejor que él. Por eso no flaquea, por eso perdura. Y es ésa  la razón por la que el rock de Xavi es la expresión diáfana de la libertad en estos tiempos de zozobra. Y es precisamente ahí, en la contienda, en las trincheras, donde el mensaje del rock prospera. No hay una intención social fundamental en las letras de Xavi Nuez: su prioridad es el amor o su añoranza o su pérdida. En adelante, en cuanto se decante con más hondura la inspiración en su manera de componer, depurará las letras, las hará menos pendientes de la música, creará una especie de poesía urbana en la que siga contando lo mismo y en donde el texto pueda ser leído sin que se precise el concurso de la melodía, sin que se eche en falta el colchón sonoro sobre el que él construye sus canciones. No es cosa que urja, no hay que exigirle lo que quizá no haga falta todavía: manda el conjunto, es la pieza entera la que requiere atención, no la mirada fragmentada a sus partes. La contracultura que parió el punk no está presente, incluso no conviene que aparezca. Lo que sí se agradece es el rescoldo del incendio que creó. De él, de ese bagaje cultural, Xavi coge lo que le interesa, indaga aquí y allá, coge lo útil, prescinde de las partes bastardas. La suya no es una batalla en la periferia de la ciudad: un disco como La última estación se defiende bien en los grandes escenarios, en los clubs o en la intimidad. De hecho, eché el disco al iPhone y paseé el pueblo como si las letras de Xavi me lo contaran de nuevo. Es una colección de canciones urbanas, arrebatadoramente urbanas, sí, pero también tiene vocación doméstica. La inclusión de un par de tiempos menos adrenalíticos le dan la pausa que precisa para que no sea un subidón enérgico de pies a cabeza, del corte primero (un disparo con todas las de la ley) al último (Pensa en mí, una versión más que decente del clásico de Oasis, Stand by me). El trabajo de Wences Sánchez, que co-produce, toca batería y bajo, y el de Xavi, con guitarras y voces es impecable. Además el disco suena muy bien.


Espero también que la estupenda voz de Xavi (personal, de inmediato asiento en la memoria) se pula y dramatice con más intensidad. A Neil Young, por citar otra vez  un grande del rock, se le afinó esa carencia cuando ya había hecho discos enormes. Fue capaz de registrar inflexiones nuevas, matices que no están en unas canciones y, en cambio, se hacen obligatorios en otras. Hay muchas voces dentro de la voz de un cantante, sea de rock o de boleros. Así que Xavi, que tiene una manera de cantar muy específica, aceptará de buen grado que es ése uno de sus trabajos. Lo acometerá bien, no tengo duda en ese aspecto.


Entiendo poco de cómo funciona el negocio de la música para saber cuál es el siguiente paso. Sé que Xavi las tiene todas consigo. Posee la vitalidad y la ilusión, una voz contundente y unas ganas enormes de correr por el mundo, pero no le falta el talento. Hay mucho en La última estación y lo hubo en Historias varias. El que falta se aposentará con el tiempo, conforme escuche más música y crezca como intérprete y como persona. Hace bien en aprovechar la juventud y tocar casi con toda probabilidad la única música que responde a todas las preguntas que la juventud suele hacerse. Tal vez no sean respuestas lo que hay en el disco, sino más interrogantes, más dudas en todo caso. Hace muy bien en confiar en las redes sociales, en los videos en youtube (Ay Diana es una pequeña obra maestra) o en salir a la calle con el disco en los dientes y venderlo a cara de perro. Porque son malos tiempos y no hay mejor aval que uno mismo, exhibido, ofrecido como él lo hace, con humildad (aseguro que en lo que le conozco es un tipo sencillo y asentado en la tierra) y con la certidumbre de que su trabajo es el mejor que ha podido facturar. A mí me ha correspondido recibirlo en casa (lo cual fue un verdadero honor) y escucharlo con calma para que todo lo que aquí he reseñado no reste ningún mérito ni deje en el olvido ninguna falta. Ya comenté Historias varias por aquí. Cuando saque el tercer disco, espero que no se haga esperar, estaré encantado de volver a dejar unas notas. Que dé muchos conciertos, que venda mucho, que se vea a Xavi por todos lados.

Ah, una última cosa: la portada de La última estación gana por goleada a la de Historias varias. Claro, todo son apreciaciones, formas de ver las cosas. A él le toca (una suerte) el trabajo grande de hacer un disco y a mí el recado suyo de que le haga una reseña. Espero que la reciba con una sonrisa. Yo sigo agradecido por la confianza.



Si alguien desea escuchar y tener La última estación aquí lo tiene fácil.

Página web: www.xavinuez.com 

Amazon / iTunes


25.2.17

Habrá que arder en el infierno

La creencia en una fuente sobrenatural del mal no es necesaria; el hombre por sí mismo es capaz de cualquier maldad.

Joseph Conrad


La teología es buscar de noche en un sótano oscuro a un gato negro del que no tenemos certeza alguna de que esté. Lo dejó escrito Robert Heinlein. Katherine Hepburn, una atea declarada, pedía que no la molestasen por su descreimiento o que la valorasen por la bondad con la que procuraba comportarse. Los ídolos, a decir de Flaubert, si se les toca, se te queda el dorado en las manos. Luego está Kapuscinki: sostiene que la ficción cinematográfica, incluso la más cruel, no ha inventado nada: que todo el mal, incluso el más infame, está en la Biblia. Que hay pocas páginas en las que no se fomente la violencia, no se aliente la venganza o no se sacrifiquen personas a beneficio de un creador etéreo, inasible, invisible. De la religión, decía Lord Byron, no sé nada: a menos nada a su favor. Todas estas ocurrencias paganas están bien y las lee uno con agrado. Se deja llevar este lector ocioso por su afinidad con lo narrado, pero donde he encontrado una más fina invectiva contra la religión, la divinidad o la fe, es en Los Simpsons. Lo que hacen es ofrecer, en horario estelar, en mainstream puro, una declaración pagana. El humor, en El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco, diezmaba la población eclesiástica de la abadía. La fe no es cosa de la que reírse. No hay nada malo en reírse. No hay nada malo en creer. Tampoco en lo contrario. Si los unos y los otros pudiesen entender las razones que esgrimen para creer o no hacerlo, el mundo iría mejor, sin duda. Y hay, por supuesto, quien ve de noche, en un sótano oscuro, al gato negro. En ocasiones, lamento no ser yo quien lo perciba. No tengo ni idea de lo que encontraría en esa revelación. Nada de lo que me han contado los amigos que lo han visto me ha hecho considerar que yo haya cometido algún error. Soy una persona sensible y también una razonablemente crédula, pero no hay forma de enamorarse a posta, de caer en el hechizo del amor (o de la fe, una especie de amor metafísico) con premeditación. Mientras que esa epifanía me traspasa, quién duda que algún día no lo haga, sigo disfrutando con mi paganismo practicante. 


"Mira, puedes aceptar la ciencia y enfrentar la realidad, o bien puedes creer en ángeles y vivir en mundo infantil de fantasía."
(Lisa Simpson) 

rases

"Querido dios. Pagamos por todo esto nosotros solos, así que gracias por nada."
(Bart Simpson) 

os


"¡Dios no tiene lugar dentro de estas paredes, igual que los hechos no tienen lugar en una religión organizada!"
(El supervisor Archundia, respondiéndole a ese fanático de Ned Flanders) 

egapost

"De nada sirve rezar Flanders, yo mismo acabo de hacerlo y no vamos a ganar los 2"
(Homero Simpson) 

tc.

"¡¡Señor, tú estás en todas partes, Eres omnívoro!!"
(Homero Simpson) 

teas

"Esta supuesta nueva religión (refiriéndose a otra) no es más que un montón de rituales y cánticos extraños diseñados para quitarle dinero a los tontos. Ahora, recemos el Padrenuestro cuarenta veces, pero antes vamos a pasar la bandeja de las limosnas."
(Reverendo Alegría)

5 Frases Ateas de Los Simpson

"No soy un hombre de plegarias, pero si estas en el cielo, Ayúdame Superman!"
(Homero Simpson) 

impson

"Estoy rezando a Dios, a Buda y a Bob Esponja"
(Lisa Simpson)

rases

"Dios es mi personaje de ficción favorito"
(Homero Simpson) 

os

"Ned,¿has pensado en otras religiones? Todas son básicamente lo mismo"
(Reverendo Alegría) 

egapost

"¿Por que yo Señor? ¿En que me he equivocado? No bebo, ni bailo, ni digo juramentos. ¡ He echo todo lo que dice en la biblia incluso las cosas que contradicen a las otras cosas !"
(Ned Flanders) 

tc.

"Si creen en Ángeles, ¿Por que no creen en hadas, unicornios...?
(Lisa Simpson) 

teas

Bart: de que religion somos viejo?
Homero: como se llama ese conjunto de leyes bonitas, que nadie cumple? ah, el cristianismo

5 Frases Ateas de Los Simpson

"¡ Por supuesto que soy aficionado a los Beatles! ¡Ellos fueron mas grandes que Jesús!"
(Ned Flanders) 

impson


"No soy un mal tipo, trabajo duro y quiero a mis hijos ¿Por que tengo que pasar medio Domingo escuchando como me voy a ir al infierno?"
(Homero Simpson) 

rases

"Gracias a Dios recuperamos la razón y veneramos a un carpintero de hace dos mil años"
(Bart Simpson) 

os

"Si Caín y Abel eran los únicos hombres entonces, ¿Como hicieron mas hijos? ¿Con su madre? o ¿Entre ellos?"
(Rodd Flanders) 

egapost

"Perdoname Marge pero esa pistola me hizo sentir con tanto poder, como debe sentirse dios cuando tiene ua pistola"
(Homero Simpson)

tc.

"Te has puesto a leer este libro, prácticamente es pecado ir al baño"
(Reverendo Alegría) 

teas

"No, no soy misionero ni siquiera creo en Jebús. ¡Déjenme salir!"
(Homero Simpson) 

5 Frases Ateas de Los Simpson

"Y que tal si la religión no es buena, todos los domingos estaríamos haciendo enfadar más y más a dios"
(Homero Simpson) 

impson

"¡Salvame Jebús!"
(Homero Simpson)