3.12.16

La belleza



Siempre hizo daño la belleza. Hay épocas en que se advierte este hecho de un modo más evidente y otras en que parece que no causa revuelo, ni que hiere, sino más bien todo lo contrario, como si confortase o hasta curase en cierto modo. Quienes la esconden lo hacen porque la temen, saben que no pueden intervenirla, ni recluirla. La belleza se abre paso, no hay otra fuerza con más vehemencia que ella, no existe lugar al que no acceda, ni sensibilidad (por atrofiada que esté) a la que no conmueva.  Cada uno tiene su manera de contemplarla, su modo de apropiarse de ella, pero en todo se observa su presencia. Quienes la anhelan, todos los que la propician con lo que hacen o agradecen la que reciben, no escatiman ningún esfuerzo para que les impregne. No hay día en que no la aprecien, por pequeña que sea su traza, por irrelevante que a simple vista parece. Se ha comerciado con ella, se ha privatizado y se ha prostituido. Es la mercancía más valiosa, la que no se devaluará jamás. Lo que sucede en estos tiempos es que no se espolea. No hay que ser culto para aprehenderla o para disfrutarla, no. Basta que se abran lo bastante los sentidos. Lo malo es que esos sentidos, a fuerza de estar continuamente expuestos a lo mediocre, se hayan embastecido, adquirido la tosquedad de la que luego tarda en desprenderse. No ayuda la televisión, no hay casi nada en ella que se esfuerce por hacer espectadores sensibles. Se prefiere lo burdo, se vende mejor la zafiedad, se le da más consistencia a lo obvio. La belleza, cuando no es absolutamente incontrovertible, se presenta con una sutilidad especial. No se es crítico con ella, no la cuestionamos más de lo necesario, quizá un leve parpadeo, una especie de incertidumbre que apenas dura en la cabeza y de la que después no volvemos a saber nada. De la belleza aceptamos lo que impone. Es incluso un asunto personal como ningún otro lo es. La apreciamos en donde nos place hacerlo. No es un canon, no lo es, aunque algunos se obstinen en redactarlo y en decir qué merece ser considerado bello y qué no lo es. Lo incomparable de la belleza es la duración del placer que proporciona; su adicción también. Una vez se ha entrado en ese vértigo suyo, en el de extasiarse en la contemplación de la hermosura, no hay salida posible. Siempre estará ahí alojada, en alguna parta del mapa de las neuronas, pidiendo su ración diaria, engordando y engordándonos, fortaleciéndose y fortaleciéndonos. Hoy mismo, a punto como estoy de salir, la veré sin margen ninguno de duda. Está ahí afuera, expuesta o agazapada, ofrecida sin que se aprecie mucho o absolutamente evidente, sin recortar nada de su presencia. Puede ser una nube o una sonrisa o un solo de guitarra en una pieza musical o una línea en un texto de un libro que leamos o un paisaje lejano que miramos sin exigencias y que inesperadamente nos toca, nos aturde, nos conmueve, nos convierte en espectadores puros, en testigos de un asombro, en custodios de un hechizo. Que el sábado sea hermoso. Que esta noche, a poco de conciliar el sueño, cuando pensemos en cómo fue el día y qué nos deparó, pensemos también en la belleza, en la que vimos, en toda la que pudimos encontrar y reconocer y atesorar. Allá ésos otros que la creen dañina, que la temen, que no saben abrir los ojos o que temen que los fieles a ella los abramos mucho y consagremos una parte de nuestras vidas a su hallazgo y a su adoración.

2.12.16

La mejor obra de teatro del mundo / Una visión de la escuela



                                                       Fotografía: Robert Doisneau


No sé cuándo fue la primera vez que quise ser maestro. Por más que me esfuerzo, no sé hilar un recuerdo que me lleve a otro, hasta que aparezca con nitidez el momento en que descubrí mi amor por la escuela. Quizá, por satisfacer una respuesta, todo provenga de la primera vez en que quise ser alumno. Se vive bien mientras los demás te cuentan el mundo. La responsabilidad de contárselo a otros se extrae de esa voluntad primera, la de sentirse agasajado cuando un maestro se vuelca contigo y te razona el movimiento de los planetas o el lugar en donde se meten los adverbios en las frases, pero también sobrevuela la bondad misma de la escuela, esa especie de sensación de útero que proporcionan y de la que no te desprendes nunca. Cuando vuelvo a diario y entro en el patio y abro la puerta de mi aula, no organizo mis pensamientos y razono las cosas. Todo funciona de un modo natural. Lo que sí aprecio en ocasiones es que entro en mi casa. La siento mía y de ahí la obligación moral y sentimental de que todo bajo su techo funcione lo mejor posible. No se le echa a la escuela en cara que haya días malos, habiéndolos. No se le reprende por nada. La escuela es un templo y no se cuestiona las razones de la fe. No hay casi nada tan placentero como entrar en tu clase y empezar a preparar el trabajo, pedir que abran los libros o que no los abran en absoluto. Porque hay días en que la escuela es un lugar en donde festejar la improvisación y en el que es posible alegrarse de que exista la creatividad y prospere lo inesperado. En lo que yo recuerdo de mi vida como alumno (lo es siempre uno, en todo caso) siempre se percibía la certeza de que algo extraordinario podía pasar en cualquier momento. Algo de lo que hablar al salir del colegio, algo de lo que presumir después. Porque la escuela de verdad, ésta de la que hablo, sucede en los pasillos del aula, dentro de ese recinto maravilloso en donde el maestro y los alumnos representan un fragmento de la vida, el que apela al respeto y al orden, a la inquietud y al conocimiento, al trabajo y al esfuerzo, pero también al humor y a la libertad, a la fantasía y al amor.

Lo que malogra esta declaración amorosa es lo que se cuece extramuros. Duele que se la zarandee como lo hacen. Que no haya día en que no ocupe un titular en los medios de comunicación por asuntos que no son incumbencia suya, sino de las familias o de la sociedad o de todos juntamente, pero no competencia exclusiva de su trabajo, del que los maestros realizan para que el mundo gire mejor de lo que lo hace. No hacemos otra cosa. Algunos creen que preparamos a los obreros del futuro. Que de las aulas en donde impartimos Lengua, Matemáticas, Inglés o Cultura Digital (sí, también enseñamos a los alumnos a que se  muevan en entornos cibernéticos) saldrán ingenieros, abogados, hackers con nómina o columnistas en periódicos de primera línea. Hacemos eso, cómo no, claro que lo hacemos, pero también inculcamos hábitos, impregnamos el alma (donde quiera que la tengan o para lo que lo sea que en el futuro la usen) de valores y de nobles aspiraciones. No hay maestro que no desee que sus alumnos sientan la responsabilidad de contribuir a la mejora del mundo. No hay ninguno que no se aplique con fiereza en la construcción de una voluntad. A los padres les queda la labor más íntima y también la más compleja. Van las dos juntamente hacia el mismo sitio. Una (da igual cuál) puede malograr lo que la otra ha forjado trabajosamente. Quizá una de las trabas de que la escuela funcione de verdad proviene de que todavía no hemos encontrado las intenciones comunes padres y maestros, no ha habido un entendimiento absoluto, no ha existido (del modo al menos en que debería) esa constatación hermosa de que la empresa es común y a que a los dos se les exige responsabilidad en el ser humano que se está moldeando. Tampoco nos hemos puesto de acuerdos maestros y políticos. Ahí está el roto más visible, por el que se extravía el proyecto. Andan estos días en los despachos diseñando un plan educativo. Están borrando un mapa para poner otro encima. El palimpsesto será (en lo que yo alcanzo) igual de mediocre que los anteriores. Hasta que no pongan maestros en esos despachos no habrá una escuela a la altura de los tiempos que nos toca vivir y los que están ahí asomándose, convulsos, raros, confiados a disciplinas de las que todavía no sabemos nada y a las que, sin embargo, enfrentamos a nuestros alumnos. De verdad que es un oficio hermoso. Duro también. La suya es una dureza necesaria tal vez. No todo es confortable, ni todo es poético. Lo sabe el que cierra la puerta de su aula y comienza a diario la representación. Es la mejor obra de teatro del mundo. No hay ninguna que la supere en expectativas y en ilusiones.

30.11.16

Un buen libro, un buen culo



                                                           Fotografía: Robert Doisneau


Mirar delata. El sencillo gesto de elegir constata un vicio. A veces he pensado que he perdido más tiempo pensando en qué libro escoger de entre los ofrecidos en las baldas de mi biblioteca que en su lectura. No tiene uno la conformidad de que los sacrificados, todos los que no han merecido esa aprobación, ese escrutinio bondadoso, han sido aplazados convenientemente, si el que vamos a acometer (no sé, anoche comencé un recopilatorio de relatos de Philip K. Dick) no será bueno del todo y estará ocupando el tiempo precioso que se podría invertir en otro de más fuste, que nos conforte más o haga que lo apreciemos con más hondura. Un tanto parecido sucede con el bar que se escoge cuando se sale de parranda con los amigos. Hay una pequeña deliberación y al final se decide que será éste o aquél. A veces es uno quien opina y deja caer un nombre o dos. No importa que no sea la mejor de las opciones, ni siquiera que sea abiertamente mala, pero me duele en el alma esa sospecha a veces inconsolable de creer que no se ha elegido bien. Que podría haber pensado más y, de entre los posibles, señalar uno más conveniente. Quizá sea enfermizo, una de esas patologías que precisan un psicólogo o un amigo que nos haga entrar en razón y nos descabalgue de ese permanente estado de actividad frenética que últimamente (yo al menos) padezco. Es un dolencia dulce, por supuesto, una de esas dolencias burguesas que no se nos ocurrirían si nos afecta el hambre o vemos que a final de mes la cuenta no da para pagar las cosas de más necesidad o la enfermedad (la de verdad, no las tonterías vestidas de enfermedad) nos visita más de la cuenta o con más saña. Los libros no son necesarios. Ninguno lo es. Por más que los adore, podría acostumbrarme a prescindir de su benévola influencia. Renunciaría a mi película nocturna o al episodio de mi serie favorita. Todo eso que nombre es secundaria. Importa más tener la cabeza limpia de preocupaciones, el estómago contento de viandas y el sueño manso y lúdico, no entenebrecido por pesadumbres y tormentas, por el miedo a que despertar no dé ningún alivio. Y sin embargo hay cosas que no varían, miradas que delatan, sí. Las da uno sin consentimiento de la razón, las produce sin elaboración previa. Es ver un cuadro en donde un buen culo se ofrece y la mirada se desvía, adquiere un brillo especial, se deja convidar por la opulencia de la carne y cae en una neblina pecaminosa de la que no siempre podemos extraer algo bueno. No creo que sea únicamente volunto masculino. No habla el hombre de este servidor que escribe. Imagino (sólo es imaginar) que la mujer se engolosinará con los atributos masculinos que se le pongan a ojo. Ya digo, es el ojo el que gobierna el mundo. Mirar no sólo delata, sino que informa de asuntos que, puestos a hablarlos, ocuparían charlas largas. No es aquello de que dos tetas tiran más que dos carretas, burdo refrán que no es materia de este escrito de miércoles noche. O sí lo es. Donde dice tetas o culo, puede el amable lector leer aquello le venga en gana y ocupe esa plaza con el mismo desenfreno lúbrico o con la misma intensidad semántica.

29.11.16

Santa Claus is coming back to town


Ya queda poco, no desesperen, pueden entretenerse en lo que deseen, no creo que se aburran, de verdad que después de tantos meses no creo que se haga muy cuesta arriba estas pocas semanas, prueben a pensar en otra cosa si les pueden los nervios, hagan calceta, lean clásicos, escuchen zarzuela o música indie, paseen por las avenidas por donde suelen ir a la carrera, ordenen el trastero, visiten a los amigos que hace tiempo que no ven, frecuenten los cines, vayan al campo, formateen el ordenador, cambien de look, asóciense a un club de lectura, compren bonos del estado, creen un blog en el que expliquen sus vicios, aprendan a tocar un instrumento, besen a sus hijos, pongan en orden el álbum de fotos, forniquen con sus parejas, afíliense a un sindicato, haced bricolaje, pinten su casa, háganse catequistas o youtubers o simpatizantes del partido que haya sacado menos votos en las últimas elecciones, háganse veganos, inviertan en bolsa, visiten páginas porno rusas, soliciten ser presidentes de su comunidad de vecinos, planten semillas en el jardín más cercano, pruebe comidas que no conoce, hinque la rodilla y confiese sus pecados en la iglesia del barrio, haga todo eso, haga eso y lo que buenamente se le ocurre, no sea perezoso, prueben con ahínco, no se me vengan abajo si al principio nada le sale a derechas, de verdad que al final uno ve que ha merecido la pena, no pierde nada, en todo caso un par de semanas, tres a lo sumo, no queda mucho más, si lo piensan con detalle, no son muchos días, pueden hacer todo eso y no pensar en el momento sublime en que la felicidad absoluta prorrumpa, se abalance sobre ustedes y los impregne de armonía y de paz y el mundo cobre sentido y sientan el cosmos entero como una extensión de sus sentidos. No, amigos míos, no queda mucho. Estén ustedes atentos a sus pantallas, miren los escaparates, si me apuran hasta el aire informa de que está cada vez más cerca. En el Corte Inglés no necesitan que se les anime. Ya han enviado a sus emisarios.

Manzana, Newton, suspenso, novia

En el momento en que la manzana cae al suelo piensa en Newton, en el profesor de instituto que me suspendió Física, en la novia flacucha que duró un verano y a la que no ha vuelto a ver después, en un amigo con el que salía de vez en cuando a pescar y en el viejo coche que papá le dejaba y en el que tuvo su primera experiencia amorosa. De ese primer escarceo lúbrico guarda un recuerdo impreciso, que cruza con fugacidad su cabeza cuando lo reclama. En ocasiones, por solucionar esa deficiencia memorística, comete la irresponsabilidad de corregirlo. Cuando escribe suele hacer eso. En el primer volcado el relato que acaba de hacer sale tal cual, pero conforme avanzan los días y piensa en él, sin que pueda evitarlo, quita esto o añade lo otro hasta que le agrada más o cree que va a agradar más a los lectores. Ya no recuerda si fue Silvia quien empezó o fue él. Una parte de sus recuerdos le inclina a pensar que la iniciativa fue suya, pero otra le corrige con firmeza y reivindica a Silvia, que era voluntariosa y no tenía, a lo que recuerda ahora, una brizna aunque fuese pequeña de pudor o de cortedad. Lo que no ha cambiado en todos esos años es la sensación de que se enternece más al recordar el coche que a la mismísima Claudia, de la que ya no tiene una idea clara sobre si tenía las piernas largas o el pecho pequeño y picudo, como ahora sospecha. En un sueño una señora mayor daba golpes con un paraguas en la ventanilla del coche. Les reprendía. Como no escuchó bien qué dijo, sólo preservó la cara de la señora. En otro sueño la señora era la madre de Claudia o la suya propia. Cuando tiene un sueño tan intenso, se esfuerza en registrarlo. No piensa en el poco tiempo que tiene entre vestirse, asearse, desayunar y preparar la pequeña maleta de trabajo. Lo que hace es abrir el ordenador y dejar una especie de pequeño inventario de todo lo que recuerda de lo soñado. Escribe: Claudia, coche, polvo, madre. Tiene un archivo en el escritorio en donde va consignando ese caos doméstico. En los fines de semana, cuando el trabajo se puede aplazar, lo abre y elige la combinación de palabras que más le entusiasma en ese momento. La de ayer fue manzana, Newton, suspenso, novia.

28.11.16

Fernando Baudelaire



O poeta é um fingidor.
Finge tão completamente
Que chega a fingir que é dor
A dor que deveras sente.
E os que lêem o que escreve,
Na dor lida sentem bem,
Não as duas que ele teve,
Mas só a que eles não têm.
E assim nas calhas de roda
Gira, a entreter a razão,
Esse comboio de corda
Que se chama coração.

Traducción
El poeta es un fingidor.
Finge tan completamente
que llega a fingir que es dolor
el dolor que en verdad siente.
Y los que leen lo que escribe
en el dolor leído sienten
no los dos que él ha tenido
sino el que ellos no sienten.
Y así en los raíles
gira, entreteniendo la razón,
ese tren de cuerda
que se llama corazón
Autopsicografía, Bernardo Soares (heterónimo)


Este poema no pertenece al Libro del desasosiego, ahí no dejó Pessoa poemas, pero he vuelto a él, como tantas veces. No porque ande contrariado con el mundo o porque cunda el desánimo o la tristeza. Me anima el libro en sí, su prosa deslumbrante, ese fragmentar las ideas, sin acabarlas, como si fuesen objetos que se colocan en un mueble y que informan sobre la realidad, aunque no la agotan, ni falta que hace que la agoten. Uno vuelve a Pessoa de vez en cuando. Y de un modo que no entiendo, por más que indago, cuando releo a Pessoa, metido en harina de heterónimos o de originales, pienso en Baudelaire. Van los dos unidos. Es estar en uno y acudir después al otro. Quizá alguien sepa explicarme este viaje antiguo, ese peregrinar libresco. Que vaya bien el lunes. 
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27.11.16

Deadwood es el infierno / Las cabezas son el infierno



El infierno está lleno de barro, de putas y de bourbon
Confío en que no existan ni el cielo ni el infierno. Vivir para siempre a la derecha de un padre que me espera o arder en un paisaje de caos y de alaridos (tales son las imágenes que he aprendido) no me entusiasma. Comprendo que otros medren en méritos en la vida para que al final, cuando concluya, se les invite a la morada divina. No tengo nada a favor ni en contra de la fe, salvo que yo no la profeso y que me fascina a diario su imperio en el mundo. Mi teología es doméstica; mi visión del paraíso, familiar, casera, íntima, privada. Todo lo que pueda pasar es que las historias sean ciertas y encuentre la paz en el cosmos o en el cielo o a la derecha del padre o en cualquier otro lugar que se me asigne. Que allí me encuentre con los que partieron y entable con ellos un diálogo o ni siquiera se precise el concurso de las palabras y baste con mirarnos para entenderlo todo. Incluso (puestos a ir muy lejos) entiendo que ni mirar haga falta y todos estemos allá arriba en una especie de liquido amniótico primordial en el que todo se sepa y todo se comprenda sin la intervención de los sentidos. Será el alma la que nos guíe. Anoche soñé que iba a un lugar parecido al cielo. Es la idea con la que me he despertado esta mañana. Todavía duran las imágenes que he traído.  Era un cielo despojado de belleza, debo decir; uno muy frío, desangelado (permítame el chiste) y poco confortable. Extraños como son los sueños, entenderán que allí viese a un vecino de la niñez del que no tenía recuerdo hace muchísimos años. Paseaba en bata de estar en casa y buscaba un mando a distancia. Mezclado ese sueño con otros o un sueño principal extendiendo su relato a otros que lo escoltaban, creo haber visto caballos. Uno coceaba a un hombre muy bien vestido. Le dejaba la cara irreconocible. En una escena de la serie que andamos viendo estos días (Deadwood) un caballo hace lo propio con un borracho que se emperra en quitarle las herraduras para que alguien no lo use. Deadwood es una obra maestra: lo dicen los críticos sesudos y lo corroboramos mi mujer y un servidor, absolutamente fascinados por esa recreación fantástica del Oeste americano y de sus turbulentos y dramáticos comienzos. Tan bueno es que se ha colado en mis sueños. No es la primera vez, pero hasta hoy no he sentido con claridad el mensaje que me enviaba. Porque Deadwood, el pueblo en mitad de la nada, es el mismísimo infierno. Quizá estén todos muertos. Actúan con la brutalidad de quienes lo dan todo por perdido. Albergan una brizna de ternura, sí, se advierte sin que haya que afinar muchos los sentidos, pero es una ternura de una tristeza que carece de humanidad a veces. Como si repitieran gestos que hicieron antes y de los que no desean desembarazarse del todo. Tal vez el infierno de verdad, si es que existe, sea un poco como Deadwood.


El infierno está en la cabeza
K. me confiesa (mientras lee lo que voy escribiendo) que el verdadero averno es el de la cabeza. El mal está en la cabeza, Emilio. El infierno es la angustia de que no podemos entenderlo todo o de que lo que entendemos no termina de satisfacernos del todo o  puede ser el cansancio puro, el que se adhiere al alma y la modela a su antojo. Tú no sabes lo que es el infierno, nadie lo sabe. Todo lo que se ha escrito o se ha dicho es una aproximación falible, una manera de prefigurarlo antes de que el infierno auténtico nos coja del cuello y nos hunda la cabeza en el barro hasta que no se aprecie que nos movemos. Tenemos que ir con cuidado, hay que pecar con tino. Lo peor que puede pasarnos es que nos visite la parca y no hayamos pecado en lo que más queríamos. Le consuelo en lo que puedo. K. viene para que lo conforte. Me cuenta cómo le ha ido, le cuento cómo me va, nos contamos los dos qué esperamos que sucede, si serán buenos o peores tiempos. Evitamos las grandes conversaciones, merodeamos los problemas, nos refugiamos en esa periferia amable en la que el infierno es una escena de una serie de televisión o un pasaje en un cuento de Poe. En realidad el infierno está en la cabeza, en la literatura con la que rebajamos la dureza de la realidad. Es mejor ese infierno impostado que el mentido en los libros de los santos y en las pesadillas de la noche. Sigo confiando en que no exista el cielo. Lo uno trae la presencia de lo otro. Dios y el diablo son en realidad una manifestación de una sola cosa. K. y yo somos una misma persona. Le traigo, le invito, le pongo a hablar. Por escucharme, por saber qué pienso. Esta noche viendo un capítulo de Deadwood (el nueve de la tercera y última temporada) me tomaré un bourbon y pensaré que soy otro durante cincuenta minutos.

Bennett para las mañanas de domingo (con coda castrista)



Sinatra eclipsó a Bennett al modo en que Messi eclipsa a Cristiano. Bennett es un crooner perfecto, da igual con quién pugnara por llevarse el sillón principal, el trono de hierro o la luz principal de los casinos de Las Vegas o la intimidad de la casa de quienes amamos a los dos. A su edad sigue haciendo discos deslumbrantes. Quizá sea el mismo repertorio, todos esos standards imperecedores. Tal vez cante la misma canción desde hace sesenta años, pero es la mejor canción posible. Este frío domingo de lluvia afuera me tiene entre el trabajo y el placer, corrigiendo exámenes, preparando papeles, cerrando de vez en cuando los ojos cuando Bennett y Charlap (qué contenido pianista, qué sensibilidad frente al maestro) dan con el tono adecuado y el libreto de Jerome Kern (otro tapado en el mundo de Gershwin, Cole Porter, Rodgers y Hart o Berlin) resplandece y todo cobra un sentido que la mañana, al abrirse, no tenía.
Por otra parte, al hilo de estos días, el viejo Bennett y el finado Fidel Castro se llevaban diez días. Tony un poco más viejo, ya ven. Noventa años, que no es poca cosa. Un siglo como quien dice. No hay color entre el legado sentimental que ha dejado cada uno. Frente a la revolución, a los puros y a los viejos coches rusos recorriendo el malecón, me quedo con la voz de este crooner, con sus trajes impecables, con sus bandas de swing y con su insobornable amor por la belleza.

25.11.16

El campo



Cortijo del Chusco, Carretera Grazalema-Ronda
Fotografía: Fernando Oliva


No tener intimidad con la naturaleza, no haber paseado de madrugada por el campo, ni haber sentido crujir la hierba o escuchar cómo tiembla el aire cuando se enfurece. No tener ningún recuerdo perdurable que yo ubique en el campo ni, a mi pesar, albergar la esperanza de que mi sensibilidad, la que pueda tener, se enamorisque del rumor de la luz cuando invade la paciencia de los árboles o cuando la noche lo impregna todo y el campo se vuelve olor puro, metáfora de algo que no se percibe con claridad, pero que sabemos valioso y a lo que, sin saberlo, nos inclinamos. Amo la naturaleza a la que no voy. Se me ha educado fuera de ella, pero comprendo que únicamente hay salvación en ella. La ciudad es una extensión bastarda del campo. Las calles son una insolencia, todo lo urbano es un simulacro. No hay día en que no comprenda que ando el camino equivocado, pero no hay tampoco ninguno en que no me obstine en confiar en que no tengo otro camino sobre el que sepa caminar. Me he criado en la ciudad, se me ha despertado todas las inquietudes en las aceras, en las avenidas comidas de tráfico, en el olor sucio de los claxons, en la proximidad del asfalto. No hay argumento serio que justifique esta desviación mía, no tengo asidero fiable sobre el que explicar el porqué de mi ceguera. Porque ando ciego, no veo con claridad. Me fascina la luz del campo, la del cortijo de Chusco, en Cádiz, fotografiada por mi amigo Fernando, que es un alma sensible como ninguna que yo haya conocido. Veo ese registro de la luz y lamento todo el tiempo perdido. Siento que no haya tenido una educación campestre. No hay que buscar culpables, no se pueden fijar, darles la responsabilidad de que las cosas hayan sucedido como sucedieron. Es una de esas cosas que no sabe uno explicar o que explica con atropello, sin esmero a veces, como si eludiera un relato razonable o como si pretendiera (tal vez sea eso) tapar ese error interior. Nada de lo que ahora escribo hará que mañana sábado salga de la ciudad (o del pueblo, viene a dar lo mismo) y me refugie en el campo y trate de aliviar o de compensar el tiempo perdido. No haré tal cosa. Me limito a exponer un desajuste, sólo trato de evidenciar una de mis muchas extrañezas. 

Escribir como el que corre

K. me dijo si seguía amando los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles y hasta las pompas de jabón. Le dije que sí, a medias, según el día. Una vez alguien dijo que yo era etéreo, a pesar de mi recia complexión. No era mala la intención que animó el comentario y yo supe entenderlo casi como un halago. Uno escucha lo que quiere y recuerda lo que le conviene. Como son malos tiempos para la lírica, últimamente escribo más. Quizá para tener la cabeza despejada. Lo dijo Ana hace unos días en un almuerzo en su casa: escribes como el que corre. Ya he olvidado la tentación (firme un tiempo) de abandonar la escritura o de aplazar su urgencia. Hay días en que no sabe uno qué sentido tiene esta rendición diaria. Soy capaz de escribir de cualquier cosa, pero me cuesta cada vez más justificar esa imposición a la realidad que supone escribir. El mundo ya está bien sin que se precise la existencia de este texto. A K. le debo seguir. En ocasiones se entabla un buen diálogo entre los dos. Creo es él quien al final  esté escribiendo, no yo. Y en eso también albergo dudas. Dudo con convicción, como suelo. Cuanto más intensa es la duda, más placer encuentro en ella. En cierto sentido, conforta esa incertidumbre, da un alivio agradable. Escribo como si corriera. No miro atrás, no corrijo, sólo tecleo, únicamente avanzo. Debo ser una forma avanzada de escritor irresponsable o ni siquiera alcance el grado de escritor, por más que me aplique y le dedique el comprometido rato diario. En todo caso, todas estas consideraciones (no sé de qué rango, ignoro qué propósito las anima) me ocupan el tiempo que precede el ingreso al vértigo del día. Escribir es ese café negro muy duro con el que se pone a funcionar la máquina. Y sigue la cita de Machado en mi blog y amo los mundos sutiles, los ingrávidos y los gentiles y hasta las pompas de jabón.