26.4.15

K. embriagado

K. dice que embriagado se vive mejor. Como es muy de palabras correctas y no le cuadra acudir a un vulgarismo o a un término burdo o de apresto fonético soez, K. dice embriagado, pero yo le comprendo y en mi cabeza compongo una imagen correcta, la que se desprende de su frase pequeña. Hay frases de poco desarrollo que dan para conversaciones enormes. Otras, en cambio, largas, encabritadas, no merecen atención alguna. He sentido en carnes propias el vértigo de la embriaguez, ese irse de lo real y perderse en lo ambiguo. En la ambigüedad se vive también mejor. Gusta no saber con certeza, no tener a mano la propiedad de nada y andar siempre de prestado, tocando la superficie de las cosas, ahondando a veces, pero sin sentirse el dueño de nada. Lo decía Mycroft, mi amigo, hace poco: uno vive en lo frágil, sin aprehender nada, sin que nada se considere conocido, ni propio incluso. Lo malo de este mundo es la propiedad que creemos tener de las cosas que nos rodean. Si no fuésemos dueños de nada, la vida sería más bonancible. Podríamos salir a la calle y saber que todo es nuestro y nada lo es en el fondo. No sé si alguien con más conocimientos políticos que yo dirá que estoy centrándome en tal o cual corriente o en tal o cual sistema, pero no es la política el sitio que quiero visitar: prefiero la poesía, el país de las palabras y de la forma en que las palabras nos cuentan cómo es el mundo y qué podemos hacer para administrarlo o para aprovecharlo de un modo mejor. Por eso lo de no ser dueños de nada al modo en que John Lennon lo dejaba hermosamente escrito en su Imagine. No possessions too. Sin posesiones, sin llaves, sin hipotecas. El mundo está demasiado escriturado. Lo mío, en cambio, lo más acendradamente mío, no es incumbencia de nadie, pero no me refiero a una posesión material, sino a mis ideas, a la manera en que las cuido dentro de mi cabeza. Mi cabeza es mía, por otra parte. Más mía que lo que los demás creen que es más mío, por ejemplo. Todos tenemos la idea de que hay cosas que le pertenecen a los que no rodean y a las que no podemos acercarnos sin su permiso y su supervisión, pero la libertad está en las palabras, en los gestos, en los libros que hemos leído y en los abrazos que hemos dado a lo largo de nuestra vida. Voy a desvariar un poco: somos los libros que hemos leído y los abrazos que hemos dado. Somos la palabra y la carne juntamente. 

K., embriagado, es más cercano. Es curioso que haga falta entrar en esa etilidad fortuita para que podamos conocer a alguien. Ebrio, desenmascarado, decían los griegos, que fueron los que vistieron la cara y la dejaron decir las cosas, sin el peso de la mirada del que escucha. El otro, el prudente, el sobrio, es una versión popular, pensada, programada para no hacer daño a nadie con lo que hace o con lo que dice, el animal público. El ebrio, bien al contrario, es el alma torturada que de pronto advierte que le han abierto las puertas y que puede explayarse, irse, andar por ahí, brincar, retozar, decir lo que no podría o no querría en otras circunstancias, y volver más tarde, feliz, satisfecho de haberse probado en libertad, sin pensar mucho en el qué dirán ése que tanto nos han dicho cuán importante es. Admiro a quienes no se intoxican nunca, los que no beben, ni fuman, ni introducen en sus benditos cuerpos sustancias que los expongan al riesgo y a la incertidumbre. Amo la incertidumbre, la amo a diario, pero hay días en que uno debe cumplir, regirse por unas normas, acudir al lugar en donde lo esperan, hacer lo que esperan que hagamos y volver a casa, ufano de la rectitud con la que hemos procedido, completamente resuelto a repetirlo al día siguiente. K. bebe sin preocuparse de ser visto: incluso le agrada que se le conozca esa faceta suya, la de esclavo de sus pocos vicios, la del que se esmera en no desoírse, en no llevarle la contraria al cuerpo, que es quien le pide las toxinas habituales. Qué hermosas ellas, las toxinas, qué paraíso el que procuran. Tengo que volver a leer a Baudelaire, tengo que volver a leer a Bukowski, tengo que volver a leer a Escohotado. Tres personas muy de fiar que me enseñaron a pensar en los beneficios de ciertos venenos. El resto del mundo me ha pedido que sea prudente: que administre, que sepa gobernar y no se envicie mi alma. 

K., enviciado, es más cercano también. Le he visto en las barras de los bares, un poco desquiciado, hablando hasta por los codos, ya entienden, alambicando sintagmas, lubricando verbos, por si alumbran prodigios. No siempre sucede eso de que se produzcan milagros. No los hay o los hay escasamente. Yo soy muy de Baudelaire, ya lo he dicho. Las flores del mal son más hermosas que todos los jardines del bien. Eso lo tiene claro cualquiera que haya olido la flor maldita, y haya apreciado el olor blasfemo que emana. Luego siempre hay tiempo de volver a la normalidad y de vestirse de limpio para que los vecinos lo vean a uno salir de casa y exhibir las galas mejores, pero hay que saber estar cerca del riesgo, abismarse en el riesgo, tumbarse a su vera y esperar a ver qué pasa. No pasan muchas cosas la mayoría de las ocasiones, pero en las que sí hay algo, en ésas aprecia uno el orden de las cosas, el sentido del cosmos, la hondura del amor y la belleza del alma.


23.4.15

K no escribe

Más cercano a la estabilidad emocional que a la felicidad o a su anhelo, K. dijo anoche que escribir le satisface menos que leer. Sostiene que escribir le agota: es un estado de cansancio continuo, de querer llegar a un sitio y de no saber si se podrá llegar, de sentirse depositario de la realidad y de saberse obligado a volcarla, a dejar una constancia de ese depósito en el texto; escribir no es lo mío y no va a serlo, Emilio. Consta que lo he intentado. He leído sobre qué bien podría hacerme escribir, he escuchado a los que escriben y he dejado que sea mi experiencia la que me haga seguir o claudicar, y he declinado la responsabilidad de contar algo que no precisa ser contado o que yo no debería contar, para ser exactos, quién soy yo, quién se supone que tendría interés en nada de lo que piense, qué buscarían en lo que ni a mí me produce interés. Anoche quise escribir hasta que un texto me confortara lo suficiente e irme a la cama feliz por mi progreso. No hubo texto que aliviara mi desazón, ni siquiera una línea que colmara mi deseo. Prefiero no escribir, prefiero seguir leyendo, e incluso he pensado que ni leer me llenaría del todo. Mi compromiso con la literatura se viene abajo cuando advierto que la realidad puede suplir con creces toda la oferta de la ficción. No necesito a la novela. No hay nada en la novela que no pueda encontrar en la crónica periodística. Se trata de que uno alcance la felicidad o de que su anhelo, el progreso de su adquisición, nos haga sentir bien. Escribir agota, Emilio. Es una actividad peligrosa además. No sabes a qué lugar vas a llegar. Esa incógnita no me interesa. Prefiero la certeza, el paseo que he hecho, las caras que he visto, el cielo que me ha protegido. K. no escribe. K. está incluso por no leer. No saber, no querer saber, no sentirse afectado. Creo que me he caído de la bicicleta. 

22.4.15

K. escribe

K. dice que va a empezar a escribir. Lo hará por la mañana, a poco de levantarse. No sabe de qué escribirá ni si se preocupará de que se lea lo escrito, pero tiene la voluntad firme de empezar a escribir. Ahora mismo debe estar haciéndolo. No se distraerá con música, al modo en que me dejo distraer yo, ni elegirá un lugar de paso, en el que pueda percibir el ruido de la casa. Irá al centro exacto de la escritura. Pensará: estoy escribiendo, las palabras van saliendo, unas llaman a las otras y se van juntando. Pensará: si leo lo que acabo de escribir, no seguiré escribiendo, así que lo haré de carrerilla, empezaré y no levantaré los dedos del teclado hasta que llegue al punto y final y me levante y me vaya. Hará todo eso, pensará de esa manera, y saldrá con la idea de haber empezado algo nuevo y haber franqueado con éxito la prueba. K. se impone pruebas. Hoy ha sido escribir; mañana, montar en bicicleta. Pensará: estoy montando en bicicleta, voy dejando atrás paisajes, voy notando el peso del cuerpo en mis piernas, las ruedas siguen girando, un giro llama a otro y todos se van juntando. De pronto cae en la cuenta de lo parecido que es montar en bicicleta y escribir. Se le ocurre que las dos son actividades en las que se va obligatoriamente hacia adelante y se persigue un fin. Razona que el corredor también construye una trama. Todo depende de qué ruta elija. Y advierte que al principio hará cuentos cortos, trayectos breves, vestidos de lentitud. Aspirará a recorrer grandes distancias, novelas con muchas historias cruzadas y con muchos personajes involucrados. En ese momento cree haber encontrado el primer cuento. Será el del corredor que sueña ser escritor. O el del escritor que imagina que acabará siendo un buen ciclista. Anne Sexton decía que un escritor era alguien que hacía un árbol de unos muebles. Mi amigo K. es un escritor, en el sentido sextoniano de la palabra: hace de una bicicleta un paisaje. Ya le veo sudando, abriendo mucho la boca, aspirando el aire que se le resiste, contándose una historia y contándose la otra vez, hasta que baje del sillín, ponga el pie en el suelo y vea lo lejos que ha ido y lo feliz que se siente de haber llegado. Luego está el camino de vuelta. Imagino, eso lo imagino yo, que el camino de vuelta lo hará como lector. Irá montado en su bici e irá leyendo, apreciando la calidad del terreno, la dificultad del trazado, corrigiendo las faltas de ortografía y los errores sintácticos. En fin, lo que hacemos a diario los que escribimos. Tenemos que quedar y dejar todo esto bien claro. Luego a media mañana hablo de libros y de escrituras a alumnos de un instituto. No sé si tendré alguien de público que monte habitualmente en bici. Igual me entiende mejor. 

20.4.15

El elefante feroz y la paloma rota


A Frida Kahlo se le negó el cuerpo. Lo quería para ser madre y no lo fue nunca. Tuvo un cuerpo inútil, tuvo un cuerpo desobediente. Lo escondió en una cama, lo guardó de los demás, para que no le tuvieran lástima. Frida era invencible de cuello para arriba, era la mujer valiente en una época en que la valentía costaba más que ahora, pero no alcanzó la maternidad, no se la concedieron. Se quedó encinta dos veces y las dos se malogró el prodigio de que su cuerpo roto alumbrase otro cuerpecito limpio y puro. Frida, la enferma, amó a muchos hombres. Los metió en su cama, los empujó y dejó que la empujaran. Diego, su marido de ida y vuelta, el que la admiró y la odió, no logró tampoco domesticar su cuerpo inmenso. Era infiel y le aceptaban las mujeres por causas remotísimas, pero no por el atractivo físico. Una mujer despechada, una de sus muchas amantes, incluyendo entre ellas su propia cuñada, dijo que nunca antes se había acostado con una montaña y que no volvería a hacerlo. Pero hay montañas que hablan y cuentas historias fabulosas y pintan cuadros enormes como el nacimiento de un continente, montañas que van a la deriva de una vida a otra, de un cama a otra, de un cuerpo a otro cuerpo, buscando en donde no sentir el cuerpo a fuerza de sentirlo vivo. La lucha contra el cuerpo no se gana nunca. Es el cuerpo el que escribe la novela, no el que cree poseerlo, quien sospecha que puede gobernarlo. No hay gobierno tal. Vivimos a expensas del cuerpo, de que engorde o se enflaque, de que no sea del gusto del que mira o del propio, y no hay placer mayor que castigarlo, infligirle una pena severa, la de no comer o la de hacer que no pare de moverse. No creo que ninguna de esas proezas épicas les hubiese molestado a estos dos. El elefante no desea ser elefante y la paloma se desdice de su condición de paloma. Se quiere ser otra cosa, siempre se desea ser el otro. No hay espejo que devuelva lo que uno anhela ver. Igual por eso el matrimonio del elefante y la paloma se volcó en pintar, en inventar espejos, en hacer que la realidad mute, se transfigure, adopte otro rostro, exhiba otro matiz. Son como dioses los grandes pintores. Yo no he pintado en la vida. No sabría. De mi cuerpo no hay necesidad de contar nada ahora. Se va tirando con él como se puede, se le va inclinando a que consienta mis vicios, se le educa para que no me contradiga en demasía, se le mima en la intimidad, se le dan las atenciones más tiernas, pero al final es un cabrón, uno sin mesura, hace lo que se le place, va donde quiere, me insulta cuando menos lo espero, me intimida a veces, me susurra que es él quien manda, aunque parezca yo el dueño y hasta en ocasiones tenga derecho a decir que lo soy.


18.4.15

Hace un mes que no llueve



Tuve un alumno que trabajaba mejor cuando llovía. Siendo bueno en días claros, incluso muy bueno a veces, era excepcional en cuanto caían unas gotas. Si el cielo era generoso, podía llegar a ser sublime. El profesor de matemáticas contaba cómo había resuelto un problema de los difíciles sin apenas esfuerzo. El de inglés no comprendía cómo podía tener una dicción tan precisa o cómo era capaz de expresarse de un modo tan fluido o entender una audición a la que incluso él reconocía obstáculos sintácticos o semánticos insalvables. El día en que más me asombró fue cuando se inundó el gimnasio. El ruido de la lluvia, azotando las ventanas, le excitaba de un modo visible. Se le veía como trastornado, los ojos se le nublaban, le temblaba notablemente la voz, pero no he escuchado a nadie hablar de Leibniz con más soltura. Era imposible escucharle y no sentir un temblor o creer que se trataba de un milagro y de tener el privilegio de estar frente a él, incrédulo y frágil, como un espectador no avisado....

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16.4.15

Maximizando la audiencia / He visto la luz, he sentido su abrazo, tengo fe en la belleza


En cierto modo fui educado con este disco. A la luz de ese disco, conformado a su esencia, crecí y me relacioné con los demás. Escuchado hoy, contemplado veinticinco años después, entiendo que así fuese. No sé qué mal alivió o cuál cura ahora. K. dice que Maximizing the audience es una obra terapéutica, un bálsamo, un refugio, uno de esos discos medicinales que uno se pone en el cielo de la boca y va masticando, en la creencia de que algo hermoso subsistirá en el deglutido, de que la belleza extraña que tutela invadirá la pequeña tristeza con la que se consume. No hay nada fiable a lo que encomendarse en él. Seduce porque de alguna forma te anula como oyente. Jamás una música de apariencia tan fría alcanza un rango de calidez tan alto. Pienso ahora en el imborrable Ramón Trecet, que puso en órbita a este caballero en España. Pienso en mi amigo Safo, en cómo circulaban los discos de Mertens de su casa a la mía, en cómo adorábamos la irreprimible sensación de lujuria sonora de esas melodías atípicas. Pienso en todo lo que sucedió entonces y en lo que está sucediendo ahora. Mertens sigue publicando a tutiplén. No veo al Safo. Trecet no sé dónde anda. Menos mal que tengo el disco del amigo Wim en tres -cada uno a su modo- lujuriosos formatos. La primigenia cinta de cassette, el vinilo y el CD escoltan el minimalismo, maximizado, lo conservan a refugio de mí mismo incluso. Piensa uno en todos esos libros y en esos discos a salvo del tiempo, ambarizados, alojados en un limbo precioso de objetos perfectos. Todos tenemos alguno, algunos tenemos cientos. Los míos son invariablemente libros, películas, discos o fotografías. Todos exhiben la rara perfección de mis vicios. A todos les encomiendo la posibilidad de que mi alma se salve del horror que la circunda. No sé si está salvada. Yo, al menos, me siento colmado esta noche. He visto la luz, he sentido su abrazo, tengo fe en la belleza. 

15.4.15

El rey gordo, la reina gorda y K. confesando lo difícil que es ir tirando

Estar atento a toda novedad, no perderse las relevantes, ni las de relleno, las que ocupan más atención en los medios y las que solo se citan a modo de compromiso, pero no prestar atención a uno mismo, me dijo K. anoche. No ver dentro, remarcó. No saber ver dentro, concluyó. Apesadumbrado, me confesó que no podía manejar esa observación personal de un modo eficiente. Habrá cosas a las que no alcance, Emilio. Asuntos míos que no sabré administrar. En cierto modo serán ellos los que me administren a mí. Ellos programarán qué haré durante el día y a qué encomendarme en las noches. Siempre acaba sacrificada la intimidad, siempre se la expone o se vende. Lo privado es la mercancía, la vida interior es la que interesa, con la que se negocia y a la que rebajamos. Se cree que no es indispensable su reserva, que quizá se pueda salir y entrar, ir por ahí y volver a casa de forma impune una vez que se ha entregado, no sabemos bien a qué precio. K. se deja llevar, conversa sin que parezca que hay dolor en lo que dice, pero el dolor se advierte en el tono, en el sonido que las palabras hacen, en el modo en que las pronuncia, esmerándose en que suenen bien, como si la una fonética precisa pudiera ayudar a lo que no alcanzan las palabras. No tenemos forma de decir lo que nos afecta. Cuanto más lo hace, menos estamos capacitados para expresarlo. El verdadero dolor es siempre silencioso. Los días van persiguiéndose, las noches invitan a no pensar, le digo. Los días se repiten. No saben hacer otra cosa. A un día viene otro y unos van borrando las huellas de los que quedan atrás. A lo mejor así no es excesivo el peso del tiempo. Como si a cada jornada inventáramos una vida nueva y la viviésemos y a su término naciese la nueva, brillante, completa, alta y noble. Todo es muy sencillo, me dice K. Pero las cosas demasiado elementales se terminan escapando, son las que poseen más valor y en las que menor interés ponemos. Mañana les voy a contar a mis alumnos un cuento de un rey gordo y de una reina gorda. Sé que no habrá espejos. Sé que tengo que ir pensándolo esta noche. Será sencillo. El rey gordo, la reina gorda y un pueblo feliz que pasea las calles, planta lechugas en los huertos y escucha el ruido que hace la lluvia en las ventanas. Hay que prestar atención, hay que aprender a oírla. 

14.4.15

Vivir para siempre



La idea de vivir para siempre arruinó anoche el sueño que estaba empezando a conciliar. Uno no sabe nunca cómo viene una idea y cómo se queda; tampoco el porqué unas duran y permanecen y otras, torpes, irrelevantes, acaban perdiéndose. La que malogró mi descanso no es de fácil acomodo en la cabeza: hace que especules con cientos de vidas posibles que podrías emprender si morir no fuese un obstáculo, pero a veces cuesta llevar una, la propia, empezar el día y terminarlo, sentir que tenemos fuerza para acometer otro nuevo y en ese plan. Hay que haber sido muy feliz, feliz de un modo intachable, para no querer dejar de serlo y no caer en la cuenta de que el tiempo nos frena, nos coarta, nos anula en última instancia. Es el tiempo el que arruinó anoche mi sueño. Querría uno no pensar en nada, no tener nada de lo que preocuparse, no hacer de filósofo ni de narrador. Las noches, las malas, pueden durar todo un día entero. Lo sé bien, quién no lo sabe bien, a quién no se le ha venido abajo una noche por pensar en alguien o por recordar algo. No sabemos bien cómo nos hacemos daños de esa manera, a qué viene rescatar unos recuerdos - los malos, los inconvenientes - y censurar otros, buenos, que podrían beneficiar el ingreso en el sueño. Pareciera que lo que nos motiva es contrariarnos, ir poniendo dificultades, invitar al riesgo y decirlo que pase y nos visite sin prisa. Lo de vivir para siempre podría tener alguna consideración positiva, pero sólo en el caso que podamos ser otro en el trayecto, no necesariamente uno mismo, el que nació y con el que andamos a diario; otro con el que podamos intimar poco a poco, ganando su confianza, restándole importancia a los enfrentamientos.

Ir así probando vidas que no son nuestras, a las que podemos renunciar sin que nos duela en demasía, sobre las que podamos hablar después como si fuesen ajenas, aunque las sepamos nuestras y tengamos de ellas un conocimiento que no posee nadie. Si pudiéramos salir y probar ser otro, si eso fuese posible, no habría guerra con la que demostrar a los demás que somos más fuertes o que nuestros ideales son imbatibles y nobles y los envía Dios o nos son concedidos por designio cósmico. No concilié el sueño, ya digo: fui de un rebaño de ovejas a otro, pongamos. Razoné que la metafísica, la poca o la muy poca disponible, no contribuiría a que yo finalmente me abandonara, cayera en el limbo perfecto del sueño, dejase un rato - el normal - el vértigo y la fiebre del día, el trasegar de las cosas. No es posible estar todo el día invadido de realidad, pensé. No es posible que no tengamos un momento en que cerremos por completo (es un decir eso de por completo) la conciencia. No se puede estar siempre alerta, consciente del ruido que hacen las cosas al caer, atento a lo que nos dicen y pendiente de decir lo que se espera que digamos. No se nos educa para esa intensidad; quizá no convenga, ya digo. Lo dejo así. No temo qué pase esta noche. Tengo con qué distraer la espera. Poseo la voluntad que se precisa para no caer en el abatimiento, en la angustia, en ese dolor pequeño que consiste en no saber qué hacer y en sentirse mal por no saber remediarlo. Igual tengo que leer a Coelho para que me ilustre. 

10.4.15

Todos somos caballos

Un estado extremo de cansancio depara una resaca extrema. Se padece hasta que un nuevo cansancio la clausura. Hay quien no tiene días libres entre cansancio y resaca, quien no sufre las idas ni las venidas, el viaje entre un dolor y otro. No es fácil que no se aprecie el roto. Se aplican a veces más medios en esconderlos que en evitarlos. Lo que importa es la apariencia, no la verdad. En donde nos esmeramos es en lo que se puede percibir a simple vista. Desatendemos el interior. Solo vamos de un cansancio a otro cansancio. Solo los interrumpe la resaca. No conviene enseñarse uno cuando está de resaca. Ni cuando está muy cansado. De verdad que hay días que piden no pisar la calle, estar a recaudo, no dejarse ver, ni ver tampoco a nadie, como si no hubiese nada más en el mundo o nada que hubiese en el mundo mereciese que nosotros la viésemos, lo sintiéramos cerca y hasta nuestro. Luego está el vacío. No saber cómo ocuparlo, no tener a mano con qué llenarlo. El problema del mundo es que no sabe qué hacer con el vacío. La historia entera de las civilizaciones está trazada con esta idea: la del hombre inventando cosas para no sentirse solo, ni aburrido, ni triste. Nos educaron para huir de nosotros mismos. Contra la voluntad de entrar está siempre la de salir, la del distraerse. Quien no piensa, vive mejor, dice K. Pensar solo da quebranto. Todo en ese plan. Y no habrá quien no comparta que la vida se vive siempre más dulcemente si se la esquiva, si no se entra en honduras y se deja uno llevar, mecer, yendo de un cansancio a otro, de la resaca severa a la siguiente. Como si pensar mucho, más que aliviar, dañase; como si la felicidad consistiese en no saber nunca mucho de algo. Al caballo, al jalearlo a que corra, no se le ve nunca flaquear: es cuando hinca las rodillas y hocica en el suelo cuando advertimos que está extenuado. Y ese vivir como caballos no conforta, en el fondo. Se prefiere la mesura, que no siempre acude si se la precisa; se desea un control en los materiales que intervienen en la trama, una especie de gobierno razonable en donde las emociones no terminen corrompidas por los imprevistos. Son esos, los imprevistos, los que malogran el conjunto. Es el cansancio, el cansancio forzado, el cansancio rutinario, el que descompone la figura resultante. Y como es viernes, el vacío se llama siesta y luego leo y después me voy a la calle a un concierto de música clásica - es cierto - con una expedición muy amable y educada de eslovenos que han venido a mi pueblo a que le contemos cómo funciona la vida y en qué difiere de la que ellos conocen. Creo que en nada. Todos somos caballos. Buen fin de semana a todos. 

7.4.15

Mi cabeza

Empieza por esta época mi ablandamiento orgánico. Empiezo a renquear por un pulmón o por los dos, según lo atronadora que suene la tos que expulso. Tengo los ojos encharcados o a medio encharcar. Aprecio que no tengo el brío que hace pocas semanas, si es que algún brío tuve. Entiendo que son los peajes de las alergias que me invaden, todos esos pequeños bichos cabrones que me postran. Vean a este hombre debilitado, comprueben lo poco recio de su porte. Percibo esto con nitidez en cuanto pongo el pie el suelo, nada más despertarme. La sensación de que el día va a ser largo o la de que no podrá uno sobrellevar las novedades que se presenten. La rutina se lleva con cierta elegancia. Lo nuevo, lejos de entusiasmar, disuade, No quisiera uno esta fragilidad, pero es el cuerpo el que manda. A él le encomendamos en ocasiones la provisión de los placeres, pero hoy - ayer, no dudo que también mañana - el mío es un accesorio secundario, obstinado en malograr la felicidad que merece mi pensamiento, la voluntad de mis ideas, toda esa maquinaria oscura que ocupa mi cabeza y hace que prefiera el café con muy poca azúcar, la cerveza de abadía o los títulos de crédito de Saul Bass, pero es ponerse mi cuerpo a mendigar atenciones o a publicar molestias y mi cabeza se viene abajo, mi pensamiento flaquea, todas las buenas ideas, las nobles juntamente con las hermosas, decaen, exhiben su lado débil y terminan abandonándose, diluyéndose, haciéndome ver que en realidad nunca estuvieron allí, ni me formaron, ni me procuraron el júbilo que aún recuerdo. Tiene el cuerpo su capricho, obra a su antojo, se esmera en contrariarme a veces, pero luego está el cuerpo dócil, el manso, el cuerpo amable y agradecido, al que se le encienden todas las luces cuando se le asiste. El mío, más de cien kilos de presencia tangible, lleva casi cincuenta- dejemos ahí las cifras por el momento - lidiando con mi cabeza, agradándola a ratos, fingiendo que está de su lado en otras, ocupándose de que no se lamente como oficio y entienda que el dolor es irrenunciable a la condición humana, que incluso el dolor, aplicado sin saña, lo forma, lo viste, lo describe. No sé si soy más de mi cuerpo o de mi cabeza, si es que una cosa y la otra pudieran ir separadas, aunque sea figuradamente; si estoy sano y libre de quebrantos, por un lado, pero mi cabeza navega en mares procelosos y se hunde en simas tenebrosas a diario. Quizá cuente andar en un aceptable término medio en el que se sobrellevan los rigores de la edad y no se enmohece en demasía la cabeza con las grandes preguntas ni tampoco con las pequeñas. Un poco dejarse vivir, podríamos decir. Si he de inclinarme por mantener feliz a uno, si me veo en ese brete - ah qué hermoso vocablo el brete - elegiría la cabeza. Uno viviría infinitamente en su cabeza. Todo, al final, acaba claudicando en ella, alojado en ella. Tengo mi cabeza tan aleccionada que le pide de continuo que no me desatienda el cuerpo y lo contente con los paliativos que se le vayan ocurriendo. Que no lo olvide enteramente. Que si le ocasiona un estropicio no sea irreversible, pueda uno volver a donde le respondieron las piernas o el pecho o el ánimo. Ah mi cabeza, mi país más mío, mi integridad absoluta, mi mayor posesión, mi tesoro. Y si un día se me desquicia, si no la gobierno y va a lo suyo, como un miembro díscolo y travieso, si dejo de escribir y el mundo se me pone oscuro, podrá decir alguien que fui su dueño un tiempo y éramos buena pareja. 

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