22.1.19

Galería de favoritos 2 / Ezra Pound



No sólo hay que ser poeta, sino tener cara de poeta. Muchos de los que escriben poesía podrían pasar por funcionarios de una administración tributaria o por charcuteros en un mercado de provincias. En cierto modo, hay quien no ha escrito un verso en su vida y podría pasar por poeta o lo es de un modo discreto, pulcro y eficiente. A Pound no hay quien le birle esa apariencia de poeta. Maldito, si lo desean. Sólo podríamos dudar entre el oficio de la lírica y el de la ciencia. De hecho hay vínculos no siempre accesibles entre las letras y los números. En lo demás, Pound fue un poeta artesanal: ejerció esa labor de amorosa manufactura con poemas suyos y con poemas ajenos. Tuteló a Joyce y a Eliot, lo cual es como si un dios tutela a otro y entre los dos conforman el tamaño de las nubes y la bruma entre los árboles. Padeció como todos los poetas padecen, pero él intimó con la locura y con el fascismo, lo cual es probablemente una redundancia. Se le escuchó criticar a los judíos, siendo él uno. Abrazó (con entusiasmo) las soflamas bélicas de Mussolini, lo cual es un exabrupto en el que no se atisba rasgo poético alguno. Escribió con concisión, no se dejó embelesar por ninguna floritura (al fuego las palabras, que se quemen todas) y acabó sin escribir nada. Antes de que no escribiera un solo verso, ni siquiera un verso limpio, rebajado de retórica, sin retorcimientos, ni floritura, escribió una obra monumental, tal vez la más ambiciosa de todas las erigidas en el siglo XX. La empezó a principios de siglo y la culminó, por decir algo, a finales de los años sesenta. La llenó de héroes y de dioses, creyó que escribía en Atenas, no en una habitación del Manicomio (a qué andar con eufemismos) de St. Elizabeth, donde estuve recluido doce años. Hemingway, a quien apadrinó, fue quien evitó que lo ejecutaran por traición. Llenó sus cantos de la épica de la que adolecía toda la demás poesía. Tal vez porque conforme el tiempo lo fue curtiendo su cabeza de poeta se hizo un poeta con un solo propósito en esa cabeza: el de convertirse en una especie de Homero o de Dante o de Confucio, tres de sus mentores de la Antigüedad en la que abrevó con voracidad. Hay una voluntad de gesta, la del colono que desembarca en una tierra promisoria, la del Adán en el que la Divinidad deposita todo su amor por el progreso y todas las bondades del futuro. Queda la cara estragada, el peso firme de ese desquicio dulce de las palabras, que sujetan el cosmos y lo empujan a la eternidad.

Dibucedario de Ramón Besonías 10 / Q de Quijote





Siempre me gustó la expresión "deshacer entuertos". La otra posiblidad expresiva, la de reparar un agravio, no me satisface tanto. Son vicios domésticos. El lenguaje tiene esas cosas: hay soluciones semánticas que procuran una felicidad inmediata y otras que la aplazan o, en algunos casos, la apartan sin ambages, por desafección fonética tal vez.  Al dar con esas palabras, se produce una especie de epifanía interior en la que se siente uno en armonía con el diccionario entero, como si lo hubiese estado escribiendo a diario y todas sus entradas fuesen nuestras, las hubiésemos incorporado nosotros, recabado nosotros, licenciado nosotros. Hay libros que son un milagro semántico. Ninguno que rivalice con la novela de Cervantes. Dentro de las aventuras del Quijote está Dios, si es que está en algún sitio. Dicen los muy melómanos que la existencia de Dios puede deducirse de la existencia de Bach. Yo añado la de Cervantes, pero no la de un Cervantes entero y continuo, sino el Cervantes quijotesco, el impelido por el azar o por la mano reparadora de la inspiración a escribir las andanzas de un caballero singular, el del rocín flaco, el del galgo corredor y de la pareja cómica que lo sigue (o es al revés) por los campos de Castilla en el oficio de la caballería. No sabemos el alfabeto secreto de Dios, pero muchas de las palabras que tutele estarán en este libro. Dios habla en ocasiones por boca de sus alucinadas criaturas. Cómo no habrían de estar en continua zozobra, insensibles a lo real, prendados de la fantasía. El mundo se queda corto. El Quijote, en cambio, por más que se lea, es infinito. 

21.1.19

Galería de favoritos 1 / Neil Young



  A Caty Luz, allá en el norte, tan lejos, donde quiera que esté, con su pequeña arca de Noé 

El cielo está siempre a medio hacer. Neil Young es un ángel sordo que no tiene claro si quiere entrar o quedarse afuera, si contarle a Dios la historia de la semilla o susurrarle al diablo los cuentos de la carne. Sabe que ha estado en los caminos, escuchando el lamento de la tierra, el gruñido de los hombres y la áspera noticia de que el mundo gira con desgana, pero él no ha perdido el tiempo y sigue manuscribiendo el salmo de América sobre un escenario, grabando discos estupendos (algunos más estupendos que otros) y dando conciertos de andar por casa, aunque sean en grandes estadios. Lo grande, si se mira con detenimiento, es a veces pequeño. 

Dibucedario de Ramón Besonías 9 / M de Matar un ruiseñor



Atticus Finch es un hombre bueno, bueno machadianamente, escribí una vez. Se me ocurre casi siempre pensar en Antonio Machado cuando pienso en la bondad. Es el arquetipo platónico de justicia y de honradez, escribió para esa ocasión el autor de este marcapáginas. Le escabamaba (también) su pulcritud, esa perfección que no decae, a la que se le ponen duras pruebas y de las que sale indemne, sin que se rompa su voluntad niflaquee el empeño de hacer que la verdad resplandezca. Tal vez no estemos preparados para creernos que exista gente así: les buscamos un roto en el traje, un agujero en las palabras, una debilidad que lo haga más parecido a nosotros, que no somos perfectos, ni pulcros tampoco. A pesar de todo, el abogado de Matar a un ruiseñor, el inmaculado Atticus Finch, el héroe. Escasean los héroes, tenemos que echar mano a la literatura o a Grecia o a la Marvel, que son recursos legítimos, pero endebles. La realidad necesita que exista Atticus Finch. Tal vez para que podamos aspirar a un mundo mejor y no nos sonroje la barbarie que exhibimos, toda esa ausencia de pudor ni de educación, el hecho de que podamos matar un ruiseñor y luego pasear sin remordimiento y hablar de frivolidades en la cena, de lo que hicimos en el día, de lo que les pasó a lo otros y acabaron contándonoslo, cuando se reúne la familia y, bendecidos los alimentos o no, allá cada uno con sus ritos, agradecemos el milagro de amar y de que nos amen, pero hay un ruiseñor muerto, lo abatimos nosotros. Las cuerdas en los árboles son frutas extrañas, cantó con su tragedia a cuestas Billie Holiday. Hay tantas cuerdas todavía, tantos árboles.

20.1.19

Dibucedario de Ramón Besonías 8 / P de Pop Art


A Araceli Antrás, que estamos los dos, a nuestra manera, liados con el arte pop en el aula

Hay canciones que duran tres minutos y en las que caben todas las tragedias de Shakespeare. También hay canciones que duran dos, pero cuestan más: lo pequeño en ocasiones tarda más en tenerse claro que lo grande. Hay cuadros de los que se tiene la idea inmediata de su majestuosidad, percibimos cómo nos sacuden por dentro, lloramos ante la evidencia de la belleza, débiles y agradecidos ante ella. Hasta hay amor en esa contemplación brevísima. Hay más agradecimientos: el de la inspiración. Existe, anda por ahí, se envalentona y toma el rehén que desea y hace que el arte resplandezca. Todas esas epifanías son constatables. Basta entrar en un museo o leer un libro o escuchar música, por no ahondar más. Bueno, pues todo está muy bien, pero el arte pop no va por ahí, no del todo, al menos. No pretende que nos emocionemos, no es una catedral, ni busca que se le dé casa en un museo. No es nada noble ni con afán de perdurar, aunque después perdure y rubrique su capacidad de fascinación en quien lo mira: su único anhelo es convertir en objeto artístico cualquier cosa que, en su definición, carezca de toda posibilidad de contener una mínima brizna de arte. Es muy democrático el arte pop. A un personaje de Woody Allen le daban ganas de invadir Polonia cuando escuchaba música de Wagner. A mí me dan ganas de tener quince años cuando veo un cuadro de Lichtenstein. Es la edad pop la de los quince. Luego se echa todo un poco abajo. No vemos los colores de las cosas, no nos fijamos en lo felices que nos hacen, sino en si serán capaces de entretener el rato del que disponemos entre una cosa y otra. En un piso de alquiler que tuve cuando empecé a trabajar puse unos cuantos pósters. Recuerdo uno de Chet Baker tocando la trompeta, el del skyline de Manhattan (yo soy muy de Manhattan) y uno de Lichtenstein con una pareja en un coche, ella muy rubia, él muy moreno. Ya no pongo pósters, no sé si es que no tengo edad. Seré menos pop, qué le vamos a hacer.

19.1.19

Dibucedario de Ramón Besonías 7 / H de Hitchcock



Hay objetos que llevan toda la vida con nosotros y a los que no se les hace mayor aprecio que la utilidad que reportan; existen sin más consideración, por decirlo concisamente, pero de pronto cobran vida, adquieren un sentido del que antes carecían y nos hacen pensar en un solo objeto, un objeto arquetípico, portador de un significado concreto. Uno de ellos es la cortina de un cuarto de baño cualquiera, no importa el color ni su calidad, si está estropeada por el uso o recién adquirida y colgada. Es la cortina de la ducha de una habitación en el motel Bates de Psicosis. En adelante, las cortinas de las duchas son de Hitchcock: nadie más tiene propiedad sobre ellas, le pertenecen sin ninguna discusión posterior. También es suya el agua que cae y la coreografía del cuchillo, que no ofrece en ningún momento la obscenidad de entrar y salir en la carne de la desavisada señorita, sino que lo confía todo a la música, un desquicio de violines maravilloso y aterrador que sugiere más y aterra más que todo el cine gore adolescente. Todas las cortinas son la cortina tras la que es asesinada Marion Crane por el tarado Norman Bates. Todos los moteles perdidos en mitad de la noche son el motel de Psicosis. Todos los sótanos tienen una madre muerta sentada en una silla de ruedas.

18.1.19

Dibucedario de Ramón Besonías 6 / O de Ópera



La ópera es la catedral de la música clásica (o incluso de la música en general) y los teatros en donde se representan son también catedrales. No hay disciplina artística a la que no pueda hacer suya la ópera. Uno puede esperar que Dios se presente de improviso en el escenario o que en el libreto tenga un papel de importancia. No hay nada que escape al influjo de la ópera. Se la adora o se la detesta, estremece o aburre. Escuchar una ópera en casa, en tu equipo de música o en la calle, acoplados unos buenos auriculares a los oídos, es como ver una representación teatral en una pantalla de altísima definición: no hay punzada, ninguna hebra del corazón se perturba, no parece que sea a nosotros a quien se cuente una historia. Porque la ópera es literatura a la que se ha añadido una masa orquestal, un coro de voces secundarias y otras de más principal rango, que hacen las veces de actores y actrices en la trama. Entrar en la ópera es entrar en una catedral. Agacha uno la cabeza, admite su irrelevancia, se prenda de la majestuosidad, llora por dentro o por fuera porque de pronto, sea creyente o no, ha descubierto que hay un plan cósmico, una especie de verdad a la que no se le puede dar alcance, por más que abramos los ojos o el corazón. Agacha uno la cabeza, decía, y deja que la música lo impregne todo. La ópera es un género que lo impregna todo. Luego puede gustarte o no, hacer que tiembles de emoción en la butaca (o por un parque y llevas Turandot en tu iPhone) o que bosteces y mires el reloj en la esperanza de que las manecillas se apresuren y acabe la función. Se puede discutir la fe o la existencia de Dios, pero no se discuten las catedrales.

17.1.19

Dibucedario de Ramón Besonías 5 / M de Moby Dick





El Pequod sigue a la caza de la ballena blanca. El capitán Ahab es un fantasma. Eso no lo dice Melville, pero es la conclusión que uno saca a poco que lo conoce. Cuando acabé de leer Moby Dick, pensé en la Biblia, pensé en Dios, pensé en la búsqueda de la verdad, que es algo a lo que no alcanzamos, por más que vivamos, por mucho que recemos a ese Dios o a cualquier otro al que se acuda. Incluso no teniendo Dios a mano, ni rezando. Tal vez todos tengamos un Moby Dick dentro, algo que nos hayamos propuesto alcanzar y tengamos una vida entera, la que nos reste, toda la que esté por delante, para conseguirlo. Tiene la trama de Moby Dick el mismo punto de fe que la propia religión. Da un poco de miedo el libro en la balda. Lo miro con el respeto que no me provocan otros libros. Cree uno que la lectura no ha acabado. No sé si he soñado alguna vez con la ballena blanca. Es probable que sí y que no tengo recuerdo alguno de ese viaje. Tenemos dos vidas y de una de ellas no sabemos absolutamente nada. Luego está el color blanco. Es lo que más inquieta en todo el simbolismo de la novela. El blanco como representación del mal. La pureza como engaño. 

16.1.19

Dibucedario de Ramón Besonías 4 / K de King Kong





Uno tiene sus monstruos favoritos y siente el dolor que ellos sienten cuando los abaten en esos combates desiguales o cuando los enjaulan y exhiben. El de King Kong es un amor especial. No sólo porque fue el primero, no hay duda en eso, sino porque ninguno (habiendo muchos) ha logrado arrebatarle su status de favorito absoluto, por más que el cine (sobre todo el cine) haya sembrado de rivales mi agitada imaginación. La fidelidad al gran mono es irrenunciable. La culpa no sólo es del tiempo, ya saben, fue el primero, etc. sino por su sacrificio, que continúa indeleble en la memoria, como si hubiese sido ayer cuando los aviones lo derribaran en la cima del Empire State, aunque es fama que no fueron los aviones en sí los que dieron con su cuerpo gigantesco en el suelo de Manhattan, sino el amor, el rendido a la belleza. Porque King Kong es un monstruo enamorado. Se prenda de una rubia, como Hitchcock, como Rod Stewart o como mi amigo Juan, que era un King Kong blanco y flacucho, sin excesivo aspecto de mono. No es el hecho de que sea mujer (objeto sexual, amor bizarro) sino el color de su pelo. En la isla Calavera, donde era soberano y recibía los sacrificios habituales; en este caso, féminas de pelo negro atadas al poste de madera, pero no rubias. Son las rubias (una de ellas, al menos) las que le sorben el seso. El erotismo tiene esas cosas. Uno queda hechizado por un rasgo, por un color de ojos o por una manera de andar. Todo lo demás acude después y casi nunca rivaliza con aquella primera constatación de la belleza o del encanto o vaya usted a saber qué, pues no parece que en asuntos de amor podamos explicarnos con entera soltura, ni quizá haga ni falta que sepamos. Amamos al Rey Kong porque se nos parece más de lo que querríamos. Lo de encaramarnos al techo del mundo y darle torpes zarpazos a los aviones que nos disparan es épica pura y aquí sabemos que lo que perdura es precisamente la épica. Incluso más que el amor. La bestia debe morir. Viva la bestia. 

15.1.19

Dibucedario de Ramón Besonías 3 / A de abrazo



Abrazamos poco y abrazamos mal, no se sacia uno en el abrazo, casi nunca hacemos que dure, se aplica con brevedad, como temiendo que estemos haciendo mal o que el abrazado no corresponda y eluda los brazos como pueda y se zafe. Tenemos ese miedo antiguo a manifestar nuestros sentimientos, no se nos ha educado para el abrazo. El cuerpo sigue un territorio complicado. Al alma le hemos dedicado infinidad de libros, se le han construido templos, se ha volcado en ella la esperanza del porvenir, pero el verdadero futuro está en la expresión limpia de los cuerpos, que a veces son un obstáculo, cuando deberían ser un puente o una casa. Nos tocamos unos a otros poco y tal vez mal, como con prisas, sin extenderse, en la creencia de que hay algo reprobable en el abrazo, algo que puede ser amonestado o reprendido. Había un poema que pedía que nos abrazáramos más. Creo que era de Benedetti, es cosa de buscarlo. Galeano tiene un libro entero.