28.3.20

Galería de favoritos 112 / Thomas Browne





"Mientras otros se esmeran en la elección de un aire bueno y se preocupan singularmente por hallar una morada saludable, tú estudia el trato humano y sé juicioso en elegir tus compañías. Los aspectos, conjunciones y configuraciones de los astros, que mutuamente varían, intensifican o reducen sus influencias, no son sino las variedades de la conversación más cercana o más lejana de unos con otros, y son como la compañía de los hombres, por la cual éstos se hacen mejores o peores e incluso intercambian sus naturalezas. Dado que los hombres viven por ejemplos y de continuo están imitando alguna cosa, ordena tu imitación con arreglo a tu mejora, no a tu perdición. No busques rosas en el jardín de Atalo o flores sanas en una plantación ponzoñosa. Y como apenas hay nadie malo, sino que otros son peores para él, no tientes al contagio por proximidad ni te arriesgues a la sombra de la corrupción. Aquel que no haya sufrido tempranamente este naufragio, y en sus días juveniles escapara a esta Caribdis, puede tener un feliz viaje y no entrar en el puerto con velas negras. La conversación con uno mismo, o estar solo, es mejor que esa compañía. Algunos escolásticos nos dicen que está solo en estricto sentido aquel con quien no hay ningún otro de la misma especie en el mismo sitio. Nabucodonosor estuvo solo, aunque estaba entre las bestias del campo, y se puede decir aceptablemente que un hombre sabio está solo aunque esté rodeado de una turba de gente poco mejor que las bestias. Aquellos que no piensan, que no han aprendido a estar solos, se encuentran en una prisión para sí mismos si no están con otros, mientras que, por el contrario, aquellos cuyos pensamientos están en una feria prefieren en ocasiones retirarse en compañía, estar fuera de la multitud de sí mismos. El que necesita tener compañía tendrá necesariamente a veces mala compañía. Sé capaz de estar solo. No pierdas el beneficio de la soledad y la sociedad de ti mismo, ni te limites a conformarte, antes bien deléitate en ser solo y único con la Omnipresencia. Para el que está así dispuesto, el día no es inquieto ni la noche negra. La oscuridad podrá atar sus ojos, no su imaginación. Yacerá en su lecho como Pompeyo y sus hijos, en todos los puntos cardinales, especulará sobre el Universo y gozará del mundo entero en la ermita de sí mismo. Así, la antigua ascética cristiana encontró un paraíso en un desierto, y con poca conversación en la Tierra tenía una en el cielo; así, aquellos hombres hacían astronomía en cuevas y, aunque no contemplaban las estrellas, tuvieron la gloria del cielo delante de ellos"


Las vidas de algunas grandes eminencias del saber o de las disciplinas artísticas suelen ser escasas en aventuras, poco narrables. No poseen nada que las eleve sobre el resto y ni siquiera un ánimo bonancible logra extraer alguna incidencia que conjure el aburrimiento de su lectura. La de Thomas Browne es esa vida sin grandes sobresaltos, casi como la de cualquiera, pero la verdadera aventura estaba dentro de su cabeza, suele pasar. Leído como un Montaigne menos sistemático, no tan fresco, ni tan locuaz, Browne es un cumbre de cierta literatura grata de leer, pasada por la dispersión y por la emoción y cercana en lo íntimo. Es que a Montaigne se le ha de considerar deidad, no hay trono más idóneo. Se lee a Browne como si no hubiesen pasado cuatro siglos desde que manuscribiera sus textos. Me gusta porque escribe a la manera en que me gusta que se escriba. Las oraciones tienen que tener, no se pueden agotar en una sola lectura, precisa que se las respete y (paradójicamente) hurgue. Browne habla de religión y de sufrimiento, de la bondad del ser humano y de la desgracia de sus actos. Nos cuenta el mundo como si lo narrara en el convulso ahora. Una edición muy vieja encontrada en un saldo de baratillo me ha hecho volver a sus pesquisas morales. Hace como el detective cuando indaga en la trama de un delito: se hace acopio de las palabras y luego va componiendo la manera idónea de que enlacen y den un significado. Es la curiosidad la que mueve su ingenio. Escribió: "«Me contentaría con que pudiéramos procrear como los árboles, sin cópula, o que hubiese alguna manera de perpetuar el mundo sin ese trivial y vulgar modo de coyunda» No sé si la ausencia de una vida conyugal placentera le hizo fornicar con su prosa, a pesar de su cristiana concepción de las cosas. También tenía una alta estima a las Escrituras el buen Bach y trajo al mundo la progenie suficiente como para extender su semilla hasta el fin de los tiempos. No era hombre del altos vuelos humorísticos sir Thomas. Ser médico en aquella época (siglo XVII) no debió ser un jardín de risas y de música bailable«El prolongado hábito de vivir nos indispone a morir», escribió en una obrita sobre las costumbres funerarias a lo largo de la Historia. Hay instrucciones suyas que no place cumplirlas; otras, sin embargo, son deleitosos, dan el júbilo de las que adolecen las comunes, las despachadas por la rutina. En estos tiempos de encierro, leer a Browne es pedagógico. Lo dice bien claro: Aprended a estar solos. Pues eso. 

16 haikus neoyorkinos / Uno es de Manolo

1
El mar y el cielo.
Un avión a lo lejos.
Tarde en Manhattan.

2
Puente de Brooklyn.
Me da que Woody Allen
Lo está grabando.

3
Busqué en la nieve
los pasos de los otros
por si eran míos.

4
Prospera el frío.
Lo peor del invierno
Es que no acaba.

5
Es la catedral.
Adentro no está Dios.
Reina la Visa.

6
Torres en vilo.
¿Quién dijo miedo al vértigo?.
Hablan de nubes.

7
Medra allá arriba
la luz en su esplendor.
Templo del aire.

8
Sólo es ladrillo
el imperio del hombre.
Diez mil ventanas.

9
Puro embeleso
El del agua en la hierba.
Como un fornicio.

10
Pensé en las tizas
De cuando muy pequeño
Y sonreí.

11
Tiene el paisaje
Un aire de tristeza.
Clausura y frío.

12
El parque en blanco.
En la espesura.
Adentro habito.

13
Yo que un Monet.
Tú dices que un Rubens.
Será un Renoir.

14
El perro ignora
Las nubes en Manhattan.
También que llueve.

15
Me duermo ya.
Pero soñáré haikus.
Siempre contigo.  

16
Todo tu cuerpo es
Vigilia de la carne.
Fiesta del alma.





27.3.20

En un cuento de Raymond Carver


Fotografía: Gregory Crewdson

Hay algunos cuentos de Carver en donde no pasa absolutamente nada. Yo mismo tengo días que son como cuentos de Carver. Días invisibles, sin presagios ni acontecimientos relevantes, invertidos en la sola empresa de que transcurran ajenos a sobresaltos, construidos sobre la firme creencia de que lo asombroso y lo fantástico sucede siempre en las novelas, en los cuentos o en las películas. De una variedad temática notable, a pesar de que todo nos parezca cercano y familiar, son cuentos en los que se entablan diálogos de una intimidad absoluta. Se respiran, se siente cómo crecen, parecen criaturas vivas a las que puedes tocarle el lomo y apreciar la dureza de la piel o el subir y el bajar del corazón. No hay un propósito que privilegie al lector o que indague en la naturaleza metalingüística de la obra. Lo que hay es un raspado brutal de lo real, una constatación inapelable de la épica de lo cotidiano. Como si se taquigrafiasen las pequeñas fotografías que, hiladas, ensambladas unas a otras, forman la realidad.

A veces la vida parece un cuento de Raymond Carver, uno de los tristes, me refiero. Hay por ahí uno de ellos que parece extraído de un confinamiento. No recuerdo el título, creo que tampoco toda la trama, solo guardo la impresión de tristeza, la de abatimiento. En los cuentos de Carver las palabras tienen la virtud maravillosa de sobrar, a pesar de que haya personajes que pronuncian muchas. Si se presta oído (quien lee sabe qué es eso) se percibe que las conversaciones pesan, tienen un volumen, pero ninguna de ellas cuenta más que otra. Es cómo se manejan entre ellos, la idea de que cada pequeña pieza colabora con la que tiene más cerca para que esa tristeza trascienda, ocupa un lugar, hasta duela. Carver es un maestro en eso. Sus cuentos (esta mañana he vuelto a leer un par de ellos, no mucho, hay cosas que hacer por la mañana) te hacen pensar en los cuadros de Hopper. Son buena pareja los dos. Lo que escribe uno, lo pinta el otro. Podrían intercambiarse las disciplinas y ser Hopper el que escribe y Carver el que hace los cuadros. Crewdson es un Hopper de la modernidad, tiene el mismo aliento (fino y severo) de cartografiar cada elemento de la soledad. El primer libro de Carver que leí y la primera obra de Hopper que vi me debieron causar una impresión parecida. La de desamparo. Ninguno la busca adrede, no se arrogan esa autoría. Son inductores de una sensación duradera, de la que no se zafa uno con facilidad. Mi amigo K. sostiene que ve cuadros de Hopper al cerrar los ojos. Me lo dijo en la barra de un bar, no hace mucho. Si cierro los ojos, Hopper me los abre, dijo. 

Entra en lo posible que uno mire la realidad cinematográficamente cuando casi nunca miramos el cine desde la óptica de la realidad. En esto siempre acudimos a la antigua conversación sobre los dominios de la ficción y siempre confirmamos la injerencia de lo fabulado sobre lo real sin que ninguna de esas dos entidades posea privilegios de los que la otra carezca. El motel de carretera de la fotografía, al parecer sito en Carolina del Norte, es el mismo motel de carretera de cientos de películas y probablemente engrose unos pocos más de cientos en la historia. Pienso en Carver y en Hopper y en James Cagney y no tengo argumentos fiables para justificar estos tres prebostes de la cultura yankee. Sé, no obstante, que ejerce un hechizo difícilmente sobornable. A diferencia de los cuadros de Hopper que me gustan, aquí no hay personajes vacíos, infatigablemente solos, bebiendo, perdidos en alguna ensoñación, especulando sobre qué giro debiera dar el destino que les salve del caos al que han arrojado sus vidas. Todo eso está en los cuadros de Hopper y de alguna forma, solapadamente, está también en esta fotografía inflamada de tópicos, pero poética (a mi modo de ver la poesía) al modo en que hay lirismo en un cuadro de Sorolla (qué pena no vivir cerca de Madrid y no haber podido asistir a la celebración más reciente de su pintura) o en excursión a pie por la montaña. Soy un depredador de imágenes y son éstas las que devoro con mayor fruición: me conducen a la ficción pura, me incitan a fabular, me convierten en un demiurgo de mis vicios, me facultan (para bien o para mal) en el antiguo oficio de inventar o de mentir. Hay mucho que inventar viendo esta fotografía: en una de esas habitaciones se estará cometiendo un crimen, un rufián sacrificable estará contando el botín de algún asalto menor o una pelandusca con ínfulas de actriz será la felatriz incansable del típico viajante. El cine abastece de recursos narrativos y la imaginación completa el discurrir mental de todos esos fotogramas falsos. La realidad es también un fotograma hilvanado a otro y así hasta construir un rollo continuo. La vida es cine negro de muy alta calidad. Como el metraje es tan largo, el guionista intercala melodrama, pasajes románticos, escenas lúbricas, trozos de musical y hasta comedia barata. Hay quien vive en serie B y quien conduce sus días y sus noches en clave Bergman, en modo adusto y estricto. Hay quien se enfanga en tramas tarantinianas y termina en un callejón con un par de cuchilladas en el estómago y quien se muere sin sobresaltos como si fuese un personaje de una película del Ivory más victoriano. Quien espera que llegue el amor y confía en que alguien asome antes de que los títulos de crédito inunden la pantalla. 
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Cuerpo y alma



Sigo viendo a Nabokov corregir a Bernard Pivot en la televisión francesa cuando este le dice que es el padre de Lolita, una niña perversa, a lo que él contesta que no. Lolita es una niña a la que corrompen, son palabras suyas. Humbert es un señor inmundo, su oficio es la perversión., añade Nabokov, tocándose las gafas, no nervioso, pero sí incómodo con esa fijación en la paternidad, creyendo (tal vez) que le están acusando de haber creado un personaje abyecto, un pedófilo, lo peor que hay, se escucha al entrevistador. Ahora estoy mezclando la memoria de la entrevista real con injertos míos, conversaciones que se me ocurre que pudieron suceder, pero de las que no tengo certeza, de qué se tiene, pasado un tiempo. Lo veo también en una playa con un calzón a modo de bañador que le cubre más de media barriga y colabora a formarnos una imagen estrambótica del genio. De pronto estaba escuchando a Bud Powell (Woody Allen confiesa hoy en prensa que hubiese querido ser Bud Powell) cuando mi cabeza me ha impuesto esas dos imágenes. De un modo que no entiendo (me atrevería a decir que no habrá nadie que lo entienda) se ha suprimido la realidad que me circundaba (estaba asomado a la ventana, veía pasar unas nubes, me asombraba una vez más de que las calles estén vacías) y se ha impuesto esta otra, la de las dos fotografías de pronto sobrevenidas, irrumpiendo sin educación, cancelando cualquier otra ocupación que yo pudiera tener, insolentes y toscas, como ven. Nabokov hablando de Lolita, que fue real, tantas veces real, muchas más de las que él hubiese deseado, imagino, y Nabokov en esa playa, que no es una playa que yo pueda conocer. De hecho es una playa que dura un instante y solo está él, de pie en la orilla, con el bañador ridículo cubriendo un cuerpo extraño, parecido al de un hombre mayor al que le hubiese vencido la desgana y lo dejara ir a su aire. Tenemos una relación problemática con el cuerpo. Viendo a Nabokov, no se me ocurre que él sea el autor de Lolita: algo no cuadra, estoy desvariando. Como si la cara de Nabokov delatase una impostura, un fingimiento. Yo no soy Nabokov, dice esa cara. Miradme bien, no lo soy. El que escribe está por ahí adentro, no le interesa salir, dejadle, no le hagáis entrevistas, no le llevéis a la playa, no le calcéis ningún bañador con el que se le pueda hacer mofa. Haced eso. Limítense a leer, no quieran ir más allá, olvídense del nombre del autor y no deseen conocer nada más allá de lo que escribió. No quieran saber si era aficionado a cazar mariposas o jugaba espléndidamente al ajedrez. Si se casó tres veces (qué sé yo, para qué saber tanto) y no tuvo hijos. Si en el fondo hubiese querido ser Bud Powell y haber tocado en París la inmortal Body and soul. Se atropellan las imágenes en la cabeza, no sabes darles salida, no lo deseas tampoco. O son palabras. El porqué de unas y no otras, los motivos que te impulsan (es eso, un brío, un súbito ardor) a escribir o a tocar el piano. Bud está en otro confín de mi cabeza. Confinados los dos, los tres, los cuatro. Tantos.

26.3.20

Saber caerse

Hay veces en que uno sabe cómo caer. En otras no hay arbitrio de la voluntad. No hay un conocimiento previo, una decisión que anteceda al hecho mismo de caer. Tampoco es fácil todo lo que viene después. El arte consiste en premeditar la caída, en exponerse de un modo dramatizado, en no dar la impresión de que se improvisa o de que es el azar el que conduce las riendas de la trama. Deberíamos recibir instrucciones a ese respecto. Nadie nos dice la manera en que debemos caer, ni la de levantarnos. Ni la madre en sus consejos a poco de que entremos en la edad adulta: mira, hijo, te voy a contar cómo debes caerte. No hay nada de eso. Lo que cuesta  es levantarse a veces. Es tan costoso ponerse en pie que no duele la caída, sino la obligación de venirse luego arriba. Por los demás, por uno mismo, por cualquier causa que se nos ocurra, pero es lo correcto. Una vez caído, qué hacer, cómo organizar la rutina de las cosas. Abajo todo es feo, eso lo sabe cualquiera que haya estado tirado, quién no lo ha estado. Un rato o mucho. Gente que ha estado siempre abajo. Cayeron una vez y no se les conminó a izarse, se les vio bien desde arriba. Parece una pequeña historia de las clases sociales, pero no era esa la intención. No al principio, al menos, me estoy aclarando mientras escribo. No hay libros que ayuden. Sería suficiente un prontuario sobre modos de caer, un artículo en uno de esos suplementos dominicales o una conferencia en unas jornadas organizadas por un mutua de seguros. También sobre qué hacer tras darse contra el suelo. Caerse, levantarse. Volver a caer, levantarse de nuevo. Ese feliz bucle. 

25.3.20

Todos los héroes

Hay gente maravillosamente sensible y buena que, mientras agonizan, enseñan a vivir a los que asisten a ese desvanecerse lento y doloroso. Dan una lección de amor, se desvanecen con la suprema certeza de que el mundo seguirá girando a pesar de su ausencia, comprenden que han agotado sus días en la tierra y parten en armonía, si es que  podemos saber todas esas confidencias del alma los que quedamos en la travesía de la vida. Es un oficio hermoso saber irse, no molestar cuando toca desaparecer. No se nos educa en esa disciplina, no habrá pedagogía que instruya. Luego están los que dan esa vida para que otros no pierdan la suya. Quienes se embravecen y avanzan, a ciegas a veces, exponiéndose, ignorando adrede (con heroísmo) que el mal no tiene piedad y arrambla con saña. Son ellos, a pie de cama de hospital, los héroes de nuestro tiempo, no hay gratitud suficiente cuando alguien antepone tu bien al suyo. La única expresión que podemos formular es la de la gratitud, sincera e infinita gratitud por darse y, en ese acto, entrar en riesgo, saber que pueden caer. No es únicamente el personal hospitalario: hay gremios que actúan con la misma entrega, forzados por las circunstancias, conminados a servir cuando más caro y más peligroso es ese servicio público. 

Son días terribles, nos lo recuerdan a diario. Podemos estar a salvo en casa porque hay otros que están expuestos en la calle. Da igual que sea la cajera de un supermercado, los efectivos de los cuerpos de seguridad del Estado, el camionero yendo y viniendo, trayendo y llevando, el basurero del ayuntamiento o el agricultor, el ganadero o el pescador que salen a la intemperie, al rigor de la realidad, para que los mercados estén abastecidos y, por añadidura, lo estén nuestras despensas. Queda en un segundo plano todo lo demás. Cualquier consideración frívola sobre esta labor absolutamente encomiable sobra. Estamos en manos de otros, ahora más que nunca. Son los demás los que harán que abran las calles nuevamente, como cantaba Pablo Milanés. En una hermosa plaza (no liberada, como la cantada por el trovador, pero sí festiva y abierta al trajín de la gente) lloraremos por los ausentes, los tendremos en el recuerdo. Mientras no ocurra, en la confinada espera, en el acuartelamiento obligado, tendremos que salir a los balcones a diario, aplaudir a los que en la lejanía nos cuidan. Son muchos. Ellos son los que harán que sea posible el futuro; de ellos será la canción que tendremos que entonar en las plazas, cuando las abran, las ocupemos y hagamos del abrazo un himno y del aire un salmo. No sé si nos estamos haciendo más fuertes. Dicen que las penurias, las más duras con más fiereza, curten, pero aparejada a ese aprendizaje estará otro, el de la convivencia, el de pensar en los demás, el de hacer de la lentitud un nuevo modo de vida. Íbamos muy rápido. La velocidad era la consigna. Es la vida la que está esperando, pero también hay vida en este recogimiento. Debemos preservarla, cuidar de que no flaquee, ni se impaciente. Porque volveremos a pisar las calles nuevamente y entonces ya habrá tiempo de levantar otra vez las persianas echadas. 


24.3.20

Gracias, Uderzo




En la presentación de un libro, no hace mucho, a poco de que tocara que el autor me manuscribiera la dedicatoria, escuché a alguien darle las gracias. "¿Por qué?", preguntó el autor. "Por escribir", cerró un poco apurado el solicitante, al que se veía muy nervioso, como ardorosamente conminado a zanjar la conversación y, sin embargo, hacerle ver su gratitud. Es eso lo que siento hoy al enterarme de la muerte de Uderzo, el dibujante de Astérix. Me pasa cada vez que muere alguien a quien admiro, pero más que la admiración está eso, la gratitud. Se agradece el talento y la voluntad de difundirlo. Hay gente con un talento enorme que pasa desapercibida, gente que nos haría más felices y a los que, si viésemos por la calle, cosa que no ocurre nunca, tendríamos que tenderle con infinita sinceridad la mano y expresarle nuestro agradecimiento, decirles que nos han agasajado con su trabajo, hacerles comprender que una parte de nuestra intimidad les pertenece. Como somos prudentes, no los abordamos con esa determinación, pero qué alegre sería ese momento mágico. Astérix es una institución en mi casa. Lo ha sido para mis hijos y lo fue para nosotros antes de que esos hijos viniesen al mundo. En parte, aprendieron a leer con las aventuras de la aldea irreductible; no hay que desdeñar al Mortadelo y Filemón de Ibáñez. Entre los dos se pueden construir un recipiente perfecto al que ir arrimando todo lo que viene después. La cultura entra así, un poco a lo tanto, sin que apreciemos que nos estamos impregnando de ella. La felicidad contiene pedacitos bruñidos o sin bruñir de esa cultura de andar por casa, deliciosa y extraordinariamente emotiva una vez que el tiempo hace de las suyas y volvemos a los lomos de los libros de Salvat y vamos pasando con sonrisa inocente todas esas antológicas páginas. Ah, y no fue el coronavirus maldito. Ha sido la vida la que lo ha matado, cualquiera se pondría en su lugar. Tan mayor, tan generoso, tan maestro.

23.3.20

Esparcirse

Una de las manifestaciones de esta especie de redistribución topográfica de la vida es la soledad de afuera. La abundante literatura de ciencia-ficción anticipó ese declinar de la vida tal como la entendíamos. No es que se haya cancelado: lo que sucede es que la hemos transformado, convertido en otra cosa, separada de su ecosistema natural. En breve, si no es ya, entrarán los animales a las ciudades. Lo harán con infinita cautela, tendrán mil ojos, por si hay quien los aleje o los lastime. La escena no es nueva: la hemos visto en televisión. Osos y lobos muertos de hambre que invaden aldeas de montaña. Salvo que vivieses en esas aldeas, no era cosa que alarmase. Se contemplaba con la mirada que la ficción ha ido educando, la inevitable mirada del espectador. Porque la realidad que no nos incumbía era fagocitada como espectáculo, una especie de película extraída de la memoria, como si hubiese sido procesada ya y se nos encomendara de nuevo la obligación de contemplarla, pero ahora no es ficción, no es una trama de un escritor, no es el argumento de una de esas grandes producciones de Hollywood. Es dura la experiencia, mucho. A poco que se piensa con tranquilidad, apartado de la normalidad que pretenden crear las autoridades, a pesar de la cruenta evidencia de los hechos, uno cae en la cuenta de que son tiempos absolutamente extraordinarios. No saber cuándo acabarán hace que la travesía sea menos soportable. Esa incertidumbre no la sobrelleva igual todo el mundo. Hay quien planea una rutina y la acomete con pulcritud, sin salirse una brizna de lo previsto. También quien improvisa. Se nos da bien improvisar. Es el lado creativo, la parte lúdica de quien prefiere la épica, aunque sea una épica doméstica, diminuta, de poco fuste narrativo, escasamente publicable. Dentro de las calles hay más vida que antes, nunca hubo más, tal vez (cuando cese la guerra, así la llaman) recordamos episodios dulces, pequeñas gestas privadas que nos ayudaron a escalar la cumbre de cada día. Se hace difícil llegar a ella, hay días en los que temes flaquear, no tener entereza, dejarte llevar por el tedio. Ayer noche escuché a alguien (da igual quién) decir que llevaba bien el confinamiento, habida cuenta de que él era un hombre sin rica vida interior. Las personas más simples tienen la virtud de sobrevivir: actúan con promiscua practicidad. Se levantan, hacen la rutina de siempre y se acuestan. Incluso son capaces de no perturbarse en demasía si no hay rutina que acometer. Yo mismo, sin diferir mucho del grueso de la ciudadanía, tengo días en los que siento una placentera sensación de fuerza. Todavía no he flojeado, no ha decaído el ánimo, no se lo permito. Avanzo como puedo, hago catedrales con pequeñas piezas mentales que funcionan a modo de ladrillo. La cosa es poder guarecerme después, tener un refugio, saber que hay un lugar en el que poder aislarme. Escribir es pintar el alma, darle color o barniz o sacarla de paseo, ahora que no es posible echar a andar y esparcirse. Qué verbo más hermoso.

22.3.20

Galería de favoritos 111 / Cody Jarrett



Para siempre, enmarcado en la memoria cinéfila, James Cagney será Cody Jarrett, el mafioso de Al rojo vivo, el gangster atormentado y enmadrado, subido a un depósito en llamas y pronunciando su frase favorita: "Lo conseguí, Ma, estoy en la cima del mundo". Todas las madres pueden dar al mundo un hijo de puta, un cabrón con la boca torcida y el gesto fruncido, un demonio con avidez de sangre y absoluta impudicia. A vivir se viene a hacer el bien, pero hay veces en que se extravía el sentido común y se enfila un descenso precipitado al infierno mismo. Ahí está Jarrett, en esa caída. Lo está por determinación propia, la moralidad es un privilegio que no está al alcance de todos. A Cody no le preocupa irse a la tumba, eso puede ocurrir en cualquier manejo de las armas, en un descuido o en una fechoría mal planeada. Lo que de verdad le trae de cabeza es que su madre sufra. Crispado constantemente, Cody es un artefacto peligroso, una máquina concebida para que el mal irrumpa por todos sus engranajes. No es un mal que pueda explicarse, no hay manera de que se le haga entrar en razón, todo se conduce con artera precisión. Hay que vivir a tope, habrá que morir algún día. La idea que prevalece en Al rojo vivo no es el matón irredento, sino su inmaculada madre. No tiene mancha, no hay nada que pueda rozarle y herirla sin castigo. A la madre no se le ha dedicado el debido estudio. Las hay crueles, sin saber que lo son. Educan de un modo tan deplorable que enferman al hijo, lo apartan de la corrección y lo empujan al desquicio. Ahora se me ocurre la madre de Norman Bates y la depravada construcción de su anómala y psicótica criatura. También está Cersei Lannister, en Juego de tronos. O la madre de Carrie White, la más perversa entre todas las madres perversas, las que enarbola un crucifijo y tiene una parábola de la Biblia para cada pequeña circunstancia de la vida. La religión es un veneno, cuando no se sabe administrar su dulzura. En estos días de abatimiento, cuando estamos confinados en casa, abatidos o felices, según cada uno, a la espera de que se abra la veda y salgamos a la calle, Cody Jarrett es un icono de más envergadura. Representa el mundo en su más vírica naturaleza. El mal es un virus. No se sabe bien cómo encerrarlo, de qué manera hacer que no salga y reviente por aburrimiento, atrapado en una celda. Acabará fagocitándose. Si esto no se alivia en días (demos semanas, serán semanas), el panorama doméstico va a llegar a cuotas de desvarío alarmantes. Ojalá cunda la cordura.