30.1.12

Imposible Alemania, poco probable Japón





Impossible Germany
Unlikely Japan


Wherever you go
Wherever you land
I'll say what this means to me
I'll do what I can


Impossible Germany
Unlikely Japan


The fundamental problem
We all need to face
This is important
But I know you're not listening
Oh I know you're not listening


If this was still new to me
I wouldn't understand


Impossible Germany
Unlikely Japan


But this is what love is for
To be out of place
Gorgeous and alone
Face to face


With no larger problems
That need to be erased
Nothing more important than to know
Someone's listening
Now I know
You'll be listening


Llevo un par de meses escuchando machaconamente esta canción. Que no la haya borrado de mi cabeza y la siga buscando en cuanto tengo un rato de mansa paz, los hay en ocasiones y sirven para que los demás no te aturdan en demasía, significa que la he alojado ya en mi corazón. Cuando una canción se te adentra de esa manera consigues algo parecido a la felicidad. Una felicidad de cuatro minutos, una intercambiable con otras de tres o de una hora paseando o de un segundo en una mirada a quien amas. Es muy complicado describir lo que nos hace felices. Se da mejor siempre explicar las tristezas y suelen salir textos de más fuste sensible. 

Impossible Germany, la canción del Sky blue sky de Wilco, es una obra maestra. Mía, al menos. Se la regalo a mi amigo Paco, que me ha regalado a su vez una pieza antigua (y buena hasta el desmayo) de los Fleetwood Mac de siempre. Rhiannon rings like a bell throught the night... Nos entendemos en un rincón del aire.

29.1.12

El ojo de Dios y el mío



Uno no sabe nunca a qué atenerse. Si a la razón pura o al corazón bastardo. Si hay que mirar la fotografía cartesianamente o, bien al contrario, observarla con los ojos del alma, que es una zona impresionable, acostumbrada a que le dejen perpleja desde tiempos inmemoriales. En la perplejidad el misterio encuentra su abono idóneo. De lo que no entendemos no podemos hablar. El que profesa la fe y la ejerce en su obrar diario razona que incluso las cosas espirituales deben airearse con este esplendor cromático. Por eso la Iglesia, vieja y sabia, saca a la calle sus tesoros, el rojo imponente, el negro severo, la ristra sumisa de lacayos escoltando a quien encarte a la vista del gentío.

Al modo en que las grandes catedrales confunden al descreído y lo amedrentan, ganan a su causa al iniciado y confirman la rendición del creyente puro, la curia sabe de los instrumentos con los que sacar las catedrales a las calles. Pienso si quizá no fuese mejor dejar los temblores del espíritu en los adentros de cada uno. Si Dios no entablará un diálogo más fluido si quien le habla lo hace desde la intimidad desnuda de su corazón y no abalconado en estos fastos más en sintonía con la pompa de los reyes. Si Dios no tiene nada que ver con estas manifestaciones de sus feligreses. Si ese Dios allá arriba con su Gran Ojo, en su tiniebla eterna, en su altura inmarcesible, mirará a otro lado igual que yo, aquí abajo con mi Pequeño Ojo, en mi tiniebla perecedera, en mi bajura marchita, miro también hacia otro lado. Un poco perplejo y otro poco indiferente. No sé si más perplejo o más indiferente. Sin saber a qué atenerse. Si a la razón o a su fantasma. Si al hermoso territorio de la metáfora (que tiene un fondo de engaño y de prestidigitación verbal) o al rutinario (yo lo sé y bien que lo lamento a veces) territorio de la razón, de lo que sabemos y lo que nos está permitido hablar. Si ellos salen y se enseñan, si muestran sus vestiduras y pasean sus símbolos, yo salgo y me enseño, muestro mi pensar y paseo los mìos. Habrá quien no sepa a qué atenerse. Yo creo que en esas incertidumbres se disfruta todo mucho mejor.

27.1.12

Togas de serie B, almas de serie A



 I
Lo malo de no saber leer entre líneas es que te puedes perder el meollo de las cosas, la sustancia del texto, la trama invisible escondida en la trama que se ve. En lo de Camps, en su absolución judicial, leemos a tientas, un poco perplejos y otro poco azorados, el fallo público, el que se iza a lomos de la realidad como un sol cabalgando un horizonte, lo que le exime de rendir cuentas a la sociedad y lo aúpa otra vez (ya lo ha dicho él mismo) a la cosa política, al gobierno de sus asuntos. Lo de los juicios es una materia más novelística que otra cosa. Los airean fascicularmente. Los venden arropados por una campaña de márketing que ya quisieran algunas producciones de la industria del entretenimiento. Al público no le importa en demasía la naturaleza del delito que se juzga. Lo que le pone es disponer de un material narrativo de primer orden, con sus inflexiones argumentales, con su vértigo literario y con su ración decimonónica de suspense. Una trama con ribetes trágicos o una confiada a la riqueza metafórica de lo corrupto. Un desgraciado episodio criminal o uno más venial del tipo vaciamiento de las arcas municipales o la invención de una sociedad fantasma que bombea euros a un paraíso fiscal en las islas Caimán. Lo venial nos decían que no era mortal. Ahora sabemos que los pecados mortales solo suceden en las misas de los domingos. Una buena misa de domingo es en realidad un juicio velado. El pecado sustituye al delito. Si a la religión le extirpamos su naturaleza estrictamente literaria pierde todo su poder de fascinación. Si a los juicios ordinarios le extraemos su condición novelística la pierden también. No me atrevo a pensar (o sí) qué sucedería si eliminamos de la Historia del Cine el género judicial. Tampoco si a la literatura evangélica le substraemos de cuajo todo lo que ataña al Juicio Final. Vengan a mí sus trompetas, el apocalipsis me ciegue si miento.

II
En estos tiempos, un juicio es, más que un conflicto librado entre dos partes que se dirime al amparo de la ley, un espectáculo mediático de primer orden., una especie de thriller en el que el suspense guía toda la trama. Dicho todo esto de otro modo: la realidad es un negocio, la creación entera es un fantástico artefacto industrial en donde Camps o Urdangarín o Garzón son en el fondo piezas intercambiables, actores patrocinados. Los trajes del expresidente valenciano o los cheques del yerno del rey son, en realidad, los mcguffins necesarios para que ruede la trama. Incluso se engrandece al personaje cuando lo azota el peso de la ley y se sientan en el banquillo de los acusados. Hoy nadie omite de la biografía de Oscar Wilde, de su grandeza literaria, el juicio en el que se le acusó de indecencia grave. Nadie excluye la indecencia de los ingredientes del arte. En el ángulo bastardo de esta reflexión caigo en la cuenta de un programa, no sé si ya difunto, en el que se recreaban juicios alternativos a los aparentemente legítimos. Novelas de serie B. Pulp fiction pura. Pecadillos de la masa proletaria.


26.1.12

Leer a Kavafis

Uno, al escribir, hace a veces el trabajo sucio. Se esmera más bien lo justo o incluso no se esmera en absoluto. Sostiene mi buen amigo K. que hoy escribe todo el mundo y no lee casi nadie. Yo mismo escribo en esta página para unos cuantos escritores que dejan de escribir para leer lo que yo escribo en uno de esos momentos en los que no estoy leyendo lo que ellos han escrito. Hago el trabajo sucio, K. En efecto. El trabajo elegante, el fino y el cultivado, el que relumbra en la oscuridad, guía a los aturdidos y esplende el a veces zaherido lenguaje lo hacen los otros, nunca yo. Tengo una biblioteca en la que confío cada vez que la realidad me descabalga de mis ensoñaciones y me arroja a sus lodos. Una biblioteca inútil, me informa K. No tienes tiempo en tres vidas para leer todos los libros que tienes. Necesitas cuatro para escuchar todos los discos que posees. Otra entera para ver todo el cine que guardas. En ese esfuerzo titánico no podrás amar a tu mujer y a tus hijos, cumplir tus obligaciones laborales y no descuidar el afecto de tus amigos. Cuando luego te sientes en casa y escribas un post sobre lo que estamos hablando estarás perdiendo un tiempo precioso que podrías ocupar en leer a Kavafis.

24.1.12

El lugar más hermoso del mundo



Creo que en pocas ocasiones de mi vida me he sentido más feliz que el día en que mi hijo me hizo esta fotografía en los Picos de Europa, zona cántabra. Lo fui de un modo absolutamente limpio. No habiéndome sentido casi nunca preso de nada, en ese instante me sentí libre del todo. Lo de la libertad es un concepto que no he manejado nunca mucho. Pensar en si uno es feliz o no tampoco me perturba en demasía. Sé que la felicidad es un arrebato, un subidón de endorfinas, algo que no está ni siquiera bien que dure demasiado tiempo. Sin meterme en honduras metafísicas, prefiero la alegría... sigue leyendo en Barra Libre.

23.1.12

El mundo es extraño


Leí que el orden del universo no existe. Unos astrofísicos (austrohúngaros o no) habían dado con las razones exactas de esa tajante aseveración que a mí, más que científica, me pareció, mientras iba entendiéndola, poética. En el desorden, pensé, se vive mejor. Yo, a mi modo, en mi pequeño cosmos genético, carezco también de orden. No hay reglas que me expliquen. Miles de años de literatura, de psicología y de filosofía no han dado con la fórmula que me desglose y tabule. De entrada mi cuerpo no obedece las instrucciones que le da mi cerebro. A veces quiero coger una cuchara y de pronto sorprendo a mi mano atusándo el cabello o frotándose contra mi mentón. Yo mismo he notado con frecuencia esa falta de sincronía entre la máquina y quien aparenta gobernarla. Será ésa la razón por la que no entiendo el mundo. ¿Cómo voy a entenderlo si ni yo me entiendo? Encabalgado en estos pensamientos, perdido en la hondura de mis meditaciones, escucho en televisión lo del juez Garzón, que vuelve mañana al Palacio del Tribunal Supremo para ocupar por segunda vez el banquillo de los acusados y ser sometido a juicio por su investigación de los crímenes del franquismo. Como no soy juez ni miembro del sindicato ultraderechista Manos Limpias, poseo una información muy cribada ya del asunto, pero barrunta uno sus cosas y confirma eso de que no es posible entender nada de lo que pasa en el mundo. El orden no existe. La astrofísica es una ciencia conjetural. Las revistas del corazón tomarán las calles. Quemarán las bibliotecas. Iremos de cabeza a las trincheras de la cultura. Nos la van a robar a poco que nos descuidemos. Hay indicios fiables. Grumos judiciales. Evidencias cósmicas. Me consuelo como puedo: si el orden del universo no existe y nadie entiende a nadie ni se entiende a sí misma ¿cómo vamos a confiar en que exista la justicia? Miles de años de literatura, de psicología y de filosofía, nobles disciplinas del alma cultivada y sensible, no han dado todavía con un patrón válido para todo el mundo. Nada de esto supera en relevancia al partido de vuelta de la Copa del Rey del próximo miércoles en el Camp Nou. Mi mente ociosa ha dejado las cavilaciones procesales y se ha entregado a conciencia a buscar en el google si Mou, The Special Two, últimamente, mete en el once a Pepe, ese leñador luso.Lo dijo un personaje de Lynch en Blue Velvet. El mundo es extraño. Será el desorden lo que lo afea y lo enmaraña todo. Mi cerebro no entiende lo que el cuerpo le suministra.

22.1.12

La gente del Lehmitz

"La gente del Café Lehmitz tenía una presencia y sinceridad de la que yo carecía. Estaba bien estar desesperado, ser tierno, sentarte solo o compartir la compañía de otros. Había mucho calidez y tolerancia en ese establecimiento ya desaparecido." 






Hasta hace poco no supe que la fotografía de la cubierta de Rain dogs, el estupendo disco de Tom Waits, era de una serie extraída del álbum Café Lehmitz. Son Lily y Rose. El café ya no existé, pero durante los 60 y parte de los 70 alojó a los parias de Hamburgo. Anders Petersen guardó la memoria de ese limbo en mitad de dos mundos con su Contax T3. Los desheredados de la ciudad, los que se perdieron en el camino, se reunían en ese bar y compartían esa hermandad privada, en donde desentonaba cualquiera que exhibiera la felicidad en la ropa o en los dientes, en el gesto o en la billetera. Pobres del mundo, unidos en el calor fraterno de una barra, dejándose fotografiar por (imagino) uno de ellos. a salvo de un mundo del que no supieron entender la trama. Tampoco la entienden los que no frecuentan el Café Lehmitz. La diferencia entre unos y otros consiste en que los inquilinos del Lehmitz han renunciado a entenderla. El mismo Andersen, un fotógrafo de dieciocho años, no la entendía. Sabía en todo caso que su cámara vería lo que sus ojos no comprendían. Hizo más de 300 fotografías y las expuso en el mismo café. Los protagonistas de la exposición tenían hablado que podían retirar las tomas de las que no se sintieran a gusto. Nadie lo hizo. Prostitutas, proxenetas, clientes, pequeños y grandes delincuentes, borrachos, homosexuales, marinos, travestis, drogadictos, gente sola en el mundo, todos se reconocieron como la familia que en verdad era. Una extraña, ya me entienden. Pero todos sabemos que hay familias afuera, en Hamburgo, en Londres, en Madrid o en donde el amable lector resida, que no se abrazan ni se cuentan sus cosas con una taza de café de por medio. Que viven en la apariencia de que se quieren, el simulacro consentido de que se aman. Éstos, al menos, son honestos, no se esconden, dan lo que hay y lo dan sin buscar nada a cambio. Recuerdo ahora una frase durísima que se deja oír todavía de vez en cuando. "No tiene a donde caerse muerto". Esta gente sí tenía, al menos, un escenario de confianza. El público era al tiempo el autor y el intérprete de la obra. Andersen era un extra. Uno fiable, entiendo. El que registra los ensayos y luego se esmera en no perder un detalle de la gran representación. La fotografía es un arte mayor porque, a diferencia del cine, de los 24 fotogramas programados en un segundo, escoge un momento en el tiempo, un instante brevísimo que la imagen en movimiento pasa por alto. No escuchamos el entrechocar de los vasos. No sabemos si hubo una vieja radio o un pick up que airease canciones de la época. Tampoco si el olor a nicotiina y a alcohol, ese olor rancio que habita en los bares, lo impregna todo de una forma insoportable. Quizá no necesitemos esas certidumbres a cambio de otras que engrandencen el resultado final. Las caras perdidas. Los cuerpos vencidos. La derrota como un signo de belleza también. Ébrios, ignorantes, felices, la gente del Lehmitz.

































Anders Petersen con su Contax algunos años después de su estancia en el Lehmitz. La cámara, a lo visto, no ha cambiado. Sigue hurgando en la realidad, extrayendo de algún modo su esencia invisible.


20.1.12

Dios y el diablo estaban de su parte



"Un retrato fotográfico es también una imagen de alguien que sabe que se le está fotografiando, y cómo esa persona usa esa consciencia es tan importante como qué aspecto tiene o lo que lleva puesto. Está implicado en lo que está pasando y tiene incidencia en el resultado final"

Richard Avedon 






Johnny Cash no disimula nada. Confirma el roto que lleva adentro. El matrimonio inestable entre Dios y las anfetaminas le impidió enseñar otra mirada. La suya es un desquicio. Avedon sabe que Cash no solo se implica en lo que está haciendo (ser fotografiado) sino que traspasa la mera transmisión de un gesto o de un sentimiento y percute el objetivo de la cámara, trasciende el sencillo proceso de la impresión cromática y ejecuta, a su manera, una pieza no excesivamente distinta a las que interpreta en el escenario, cuando proclama su lamento y exhibe sin pudor las heridas que le van dejando el amor y los caminos. Dios y el diablo estaban de su parte.




18.1.12

Caine / Siren




No sé si hay que estar un poco loco para tocar jazz en el siglo XXI. No porque el jazz no esté bien considerado por los que saben (alguno habrá) ni porque sea un arte menor, poco rentable, de escaso afecto popular. Sucede justamente lo contrario. Tiene el jazz un apresto aristocrático, una distinción de la que carecen otras músicas que incluso concitan un mayor reclamo y un más boyante negocio. Parece increíble que lo que nació en el polvo, en la mugre, en la plantación, en el iletrado territorio del negro al que le extirpan la dignidad y las raíces acabe conquistando el selecto club de gourmets blancos y sea por derecho propio la música clásica del siglo XX. Tiene también clichés de los que difícilmente se escapa. Se cree a veces, cuando no se indaga, si no se involucra uno lo que debe, que es un género oscuro, parcial o totalmente codificado, construído a capricho de unos cuantos negros embrutecidos, conscientes de tener entre manos una pequeña bomba de relojería que terminaría por afectar, en su deflagración, al resto de los géneros y probablemente al propio decurso de los acontecimientos de la sociedad en la que nació. 

Uri Caine es un loco excepcional. Posee la clarividencia del negro, pero la ensambla con la humildad del blanco. Si un blanco que toca jazz no es humilde y es paciente, hará buena música pero quizá no sea exactamente jazz. Imagino que el genoma del jazz posee su mecánica secreta, una que hace que las cadenas de ADN brinquen, sincopadas y ebrias, un poco locas y un poco tristes también. Caine da la brizna de locura y la de tristeza a poco que uno se involucre, ya digo, en sus trabajos y descubra que es un aventajado pianista, poco clasificable, que fluctúa entre la revisión de los clásicos (lecturas académicas de las Variaciones Goldberg de Bach, de los románticos o incluso de Wagner) y la devoción por el jazz como lenguaje propio, mamado a conciencia, concebido como el desquicio lírico y puro que le reconcilia con el mundo.

Al escuchar a Uri Caine se tiene en ocasiones la idea de estar asistiendo a una especie de espectáculo salvaje. Los dedos de Caine se deslizan por las teclas del piano y el sonido revela a las hormigas yendo y viniendo por las blancas y las negras, apretando las patas diminutas contra la madera o contra el marfil, sugiriendo una acometida que no termina de cerrarse, abriendo y cerrando mundos que solo la música sabe abrir y cerrar. Por eso el jazz, siendo cosa de hormigas, es un ejercicio que linda o que puede lindar la locura. Al que no le asiste la cordura, al menos el tipo de cordura que hace que uno no toque jamás jazz, por ejemplo, se le concede sin embargo el don de convertir sus dedos en una horda salvaje de hormigas. No hay nada sagrado en este arte. Hay una determinación casi orgánica por la belleza. Importa lo justo que se enfrenta a un repertorio barroco,  al bebop de Charlie Parker o al free jazz de Sonny Rollins. Sus años dorados con el trompetista Dave Douglas forjaron un pianista duro, vital, sensible a todas las influencias que pueden extraer del jazz sonidos que en principio le son ajenos. De ascendencia judía, Caine amalgama trazos de folk, ritmos de vanguardia electrónica y (por supuesto) líneas de texto clásicas. En alguna entrevista ha referido que su amor por Wagner no puede competir con su amor por Gillespie.





De digitación extraordinaria, Caine alumbra en Siren (el disco que llevo escuchando dos días) un plan más conceptual que otra cosa. El trío (Perowsky a la batería y Hébert, al bajo) dialoga continuamente. No hay una preeminencia pactada. No está el piano como conductor de la trama sonora. Se ensamblan sin que se advierta cortes en la sutura. Salvo un standard (On Green dolphin street) todo son piezas originales que parecen compuestas para amplificar esa voluntad de diálogo puro. La audacia, ese acceso voluntario de locura, sustenta el disco entero. No sé si es posible descubrir algo en estos tiempos de agotamiento de las ideas y de vencimiento natural de las vanguardias, pero Caine, en jazz, en lo que se ciñe al volcado de esa música exclusiva y adictiva, es un iluminado, un sujeto al margen de la industria, que publica discos y sale de gira (muchas veces en Jazzaldia, ninguna que yo haya podido disfrutar lamentablemente) con la muy pedagógica idea de rendir su oficio al público y servir de embajador de la belleza. En Siren la hay en cantidades masivas. Cuesta envolverse con la serena abstracción de la pieza que da título al álbum, pero el resto es un prestidigitación pura. Hormigas alegres que ejecutan un marcha nupcial.

16.1.12

¿Quién le dará de comer a Monopoly?



Una vez soñé, oh bendita ilusión, que era el mandamás de una de esas agencias de evaluación de riesgos tipo Standard's and Poor's, Fitz o Moody's. Iba a todos lados en una limusina escandalosa y no paraba de hablar a través de una blackberry. Los presidentes de los países con inclinaciones morosas me pedían benevolencia. Los de economías boyantes me invitaban a cenas en palacios imponentes. No había cuchicheo de ministros que no oyera ni confidencia bancaria de la que yo emitiera juicio. Desperté empapado en sudor y hasta mi mujer, a la que no suelo confiar la naturaleza surrealista de mis sueños, me consoló en lo que pudo. Date una ducha, me dijo, saca de paseo a Monopoly, relájate, marido mío, cualquier día de éstos te va a dar un jamacuco como el que le dio al vecino el día en que su entidad de ahorros le embargara el piso. No hice nada de eso. Me serví un vodka con limón aliñado con un par de pastillas de tranquimazín. El sueño no tardó en vencerme y regresé a los palacios de la alta alcurnia y a codearme con la élite de la política europea. Mi blackberry ardía, la limusina esperaba en la puerta del edificio de once plantas en donde estaba la agencia que presidía. Así, entre la vigilia aburrida de mi vida gris y el delirio financiero de mis sueños, fueron pasando los días. Mi mujer zanjó su aburrimiento conyugal con un ultimátum asequible a mis entenderas incluso dopado hasta la bola de psicofármacos, en fin, ya saben, orfidal, lorazepan, prozac y todo eso. Me dijo: o dejas de gritar en mitad de la noche Merkel, Sarkozy, a ver si nos vemos otro día, o me voy con mi madre y te quedas con Monopoly hasta que sientes cabeza. Hace ya un mes que no la veo. En la farmacia no me fían y no sé dormirme por las buenas. Me tiemblan las manos. Unas bolsas descomunales rodean el precipicio de mis ojos. Balbuceo al hablar. Se me enredan unas palabras con otras. He buscado en el google un remedio para mis males, pero tampoco sé qué me pasa realmente. Me he hecho adicto de los telediarios. Cuando hablan de las agencias de evaluación de riesgos, de la prima ésa de las narices y de la deuda soberana me da un subidón fantástico. Me he abonado a un canal por cable que emite solo noticias económicas. Compro la prensa especializada. Ojalá que la crisis dure muchos años. No sé qué haría si todo vuelve a la normalidad y el fondo de rescate europeo se salva y gana en dividendos. Si la triple A ésa que no acabo de entender qué coño es se la asignan a Albania y los parias del mundo abren un plan de pensiones en el BBVA. Yo que creo que me muero. Solo lo siento por Monopoly. De mi mujer ya ni me acuerdo, la pobre, con todo lo que ha padecido. Rezo lo que me acuerdo para que todo siga igual y pueda quedarme a vivir en mis sueños.