30.9.14

Las pequeñas victorias

Al final solo es un viaje que acaba en el dolor, por más que se disfrace, por mucho que se engalane y se travista de fiesta, pero es el dolor el que lo recibe y quien lo despide también. Algunos no lo perciben. Ni siquiera en los demás, en los que más a la vista lo exhiben. Otros no dejan de sentirlo. Creen que no hay otra cosa que dolor en el mundo. Los muy refinados, o los muy leídos, sospechan que pensar en el dolor hace que se alivie. Toda la filosofía es, en esencia, un recorrido pormenorizado de la historia del dolor. La misma literatura, la grande e incluso la que no alcanza ese rango de esplendor, es un registro de ese dolor. Todos los libros sagrados, los de todas las religiones, tutelan los relatos de la fundación del cosmos, los ruidos de los planetas cuando colisionan, el fervor de los pueblos cuando la promesa del dolor en la tierra solo la mitiga la dulzura de la vida en la eternidad. Pero detrás del dolor está la luz. Existe el dolor porque el placer lo ronda, cercándolo, cuidando de que no se despache a su antojo por el cuerpo y por el alma. Vivimos con la secreta esperanza de que no todo lo gobierne el dolor. Por mucho que la evidencia nos contradiga, por más que se empecine en malograr (iba a poner joder) las pequeñas victorias que vamos consiguiendo. De ellas vivimos. 

29.9.14

Uno mismo

Amar la intimidad, convenir que es el único refugio, hacer ver a quienes la asedian que es allí en donde se está verdaderamente a salvo. La escritura, a medida que uno la frecuenta, conforme se va adiestrando en su ejercicio, se manifiesta a veces como refugio. No saber de qué nos escondemos, pero esconderse, encontrar el lugar en el que desaparecer. El placer viene después, cuando se hastía uno de esa precaución excesiva, cuando necesita encontrarse con el mundo y que el mundo lo encuentre a uno, lo toque, le haga ver lo innecesario de la ausencia. No es estar solo, no es desear que nadie nos importune ni nos acompañe siquiera: la intimidad es la sensación de que hemos llegado al centro, de que el viaje ha finalizado y de que podemos retirarnos (un breve espacio de tiempo) sin la obligación de rendir cuentas, volcado en uno mismo, sintiéndose. Hay veces, por cierto, en que uno no se siente. Se deja ir, se traslada de un lugar a otro, expresa opiniones, hace como que todo sigue un orden, pero no hay conciencia de que es uno mismo el que está adentro. El vértigo y la fiebre. El pasajero oscuro que otro nombraba para razonar sus delirios. Todo se emborrona cuando se le mutila la parte privada, la que no precisa de nada salvo de uno mismo, pero siempre el texto regresa al mismo gastado asunto, la persona propia, el sentir personal, sin que se pueda hacer nada para evitarlo. Escribir es una actividad de riesgo, escribir es un acto subversivo, escribir es un ejercicio de transparencia absoluta, pero no siempre se da uno íntegramente, guarda para sí algunos matices, se reserva la intimidad o, en todo caso, la presenta de otra manera, la convierte en otro asunto. K. me dijo que yo escribía para salvarme del aburrimiento, solo por eso. No le contradigo. No me he aburrido nunca: he tenido refugios, he sabido buscarlos, he procurado mantenerlos. La escritura es uno de ellos, un biombo tras el que ocultarme, del que salir un poco traviesamente, como afectado por el pudor que nos enseñaron, aunque orgulloso de no tener miedo alguno, de dar todo en cada párrafo. Este me ha salido largo. 


26.9.14

Canciones políticas de Billie Holiday antes de salir a las terrazas de mi pueblo



Leí una vez que las ideologías nunca resisten la distancia corta, que en cuanto se las escucha de cerca se constata su fragilidad, lo desmontables que son. Los ideólogos vendrían a ser charlatanes de feria, embaucadores, gente de poco fiar a las que se les da bien hablar y con las que se mantiene una relación entusiasta si no se expone uno a su presencia. Una vez los conocemos, la ilusión se viene abajo. Están así las cosas, están las ideologías idealizadas, se las vende como si fuese un objeto de consumo, incluso un objeto de consumo sofisticado, de buen acabado. Uno es de izquierdas o de derechas, cristiano o ateo, librepensador o nihilista al modo en que es cliente de un gimnasio o bebe gintonics en el pub de moda de su barrio. Eso contrae la certidumbre de que podemos ir de una ideología a otro igual que podemos cambiar de marca de gafas. La política, que es el brazo armado de las ideologías, es la que pierde en todos estos juegos del ocio capitalista. Todo se ha mercantilizado, a todo se le ha colocado una etiqueta con un precio. El propio gobierno es una extensión (a veces poco fiable) del mercado. Deja uno de ser ciudadano y pasa a ser consumidor. Se pueden consumir las ideologías también. De hecho mueven un cantidad más que respetable de dividendos. Hay países enteros que son un parque temático, una especie de franquicia absoluta. Los políticos son agentes de campo, comerciales con una cartera de clientes a los que convencer de la bondad del producto. España es un producto presentable. Unas veces más presentable que otras. Días en los que España es muy presentable incluso, pero abundan los días de la infamia, los días de todos esas estadísticas sobre lo pobres que somos y lo raquíticos que son los sueldos. Creo que no somos buenos clientes. Y el negociado de ventas está intentando que todo vuelva a marchar. Que los escaparates estén resplandecientes y las ventas se disparen. A esa buena noticia la sucederán otras y acabaremos cerrando ejercicios económicos con cifras espléndidas. Seremos felices todos o unos serán más felices que otros. Siempre habrá una ideología que alivie a los desfavorecidos. A veces son los favorecidos los que las escriben, quienes eligen qué bandera la representará o qué eslogan irá por las calles como si fuese un himno. Además siempre es posible hacer que una ideología vire sobre sí misma y adquiera una musculatura social totalmente nueva. Que empiece en un ángulo de la política y mute a otro sin que se aprecie en ningún momento la mudanza. Es posible que no experimente transformación alguna por muchos años que pasen. Es lo que se llaman ideas fijas, maneras de ver el mundo que desoyen al mundo mismo. De cada uno de estas extremidades teóricas hay ejemplos como para llenar tardes enteras de conversación en una terraza. Ahora me voy a una, pero voy a hablar de fútbol o de metafísica o de amor puro o de las canciones que cantaba Billie Holiday cuando ya tenía el alma rota. Yo creo que siempre la tuvo. Todo esto son impresiones volátiles. Cosas que uno escribe después de una siesta reparadora. Ahora me voy a las calles. 

23.9.14

Feeling stronger every day




Siempre hay un momento de inspiración cósmica, una epifanía metafísica, un andar por el campo y ver en el cielo, cuando se va apartando la claridad y se entenebrece el aire, un indicio trascendente, una especie de invitación a pensar en Dios o en Hal 9000, el algoritmo heurístico con el que Kubrick fundó una iglesia a la que, por cierto, jamás se dignó entrar. No sabe uno qué es, no entiende las señales, pero no es posible comprender lo que solo debe percibirse por los sentidos. Es el peso el que dura, la sensación de que somos una cosa irrelevante. Como si toda nuestra vida anduviésemos yendo y viniendo dentro de una catedral gigantesca. Hoy he sentido esa inspiración, esa epifanía, esa revelación. El paisaje, unos olivos a la espalda de una gasolinera de carretera, no inducía a ninguna hondura del espíritu, pero oh fatum, ah conspiración del cosmos, ahí estaba yo, buscando en las alturas, arañando palabras. Porque están en todos lados las palabras. Solo hay que dejarse. Una vez que entran, ocupan el alma entera. Llevo unos días dándole vueltas a la idea de alma. No creo que haya ningún tema que dé para tanto. Mientras sucedía todo esto, vibraba mi iPhone en el bolsillo. Cristiano Ronaldo marcaba el tercero del Madrid. Ahora acaba de marcar el quinto. No se me ocurre nada más que decir. Todo lo que vi, a lo que alcancé en esa pequeña estancia de la conciencia, se ha ido perdiendo poco a poco. No queda nada dentro ahora. Solo la certeza de que fui un privilegiado durante cinco minutos. 

21.9.14

El alma, las tinieblas, Coltrane

Al alma la adorna la ficción de que verdaderamente existe. El alma es un paraíso alquilado. Cuando el cuerpo desciende al desorden absoluto y decide morir, el alma no gime ni se expresa en altos sonetos petrarquianos. El alma no es otra cosa que un tumor benigno. El alma se descarga en su versión laica y entonces el poeta, manumitido del corsé de los clásicos que la sublimaron, estrangula el verso y forja la épica, el lugar exacto en donde las palabras manifiestan su distorsión metafísica. Todo lo demás es interfaz. Cuando el cuerpo se declara insolvente, el alma se convierte en un hipervínculo. El alma, señor Conrad, el alma. Dios en el secreto centro. Mi voz urdiendo coartadas. Acaba de empezar a llover en Lucena. Acaba el día sin que yo le encuentre el punctum. Están en todos, me lo contó un amigo al que ya no veo. Hoy no es el día tampoco. Estoy falto de recursos. No me llena John Coltrane en absoluto.

20.9.14

Novias

Tuve yo una novia rusa doliente y flacucha que distraía mi torpeza en su idioma con bolcheviques caricias y mencheviques besos. Nos quisimos unos meses en un alarde de cabriolas sintácticas. Dimos esa apariencia de novios formales por las estrechas calles de mi pueblo. Hasta una señora convecina, quejosa hasta la hartura, amiga de no disfrutar nunca con amores ajenos, bendijo pomposamente el nuestro. Sereís felices, dijo. Tendréis tres niños rubios. Ninguno, me temo, se parecerá al padre. Días más tarde, sin aviso ni trompetas, la novia rusa, la doliente y flacucha, me dejo por un concertista de clavicémbalo recién llegado de Moscú. Dejó en la mesita de noche, testigo provenzal de nuestros ardientes asedios, unas páginas arrancadas de una novela de Tolstoi. Mi amigo José Antonio me confesó tener una novia inglesa, pero nunca le dejó novelas de Dickens en la mesita de noche. Mi amigo K., que hace tiempo que no se deja embaucar por las tretas femeninas, tuvo una novia provinciana y generosa de pecho, una novia sin estudios que olía a Pigmalión en el escote. Dice K. que la dejó por tedio puro. Le incomodó que nunca hubiese leído a Faulkner. De ella, ahora que los años la han emborronado un poco, cuenta lo bien que preparaba la pasta con salsa carbonara, lo que se ruborizaba cuando le confesaba que nadie hacía la pasta carbonara como ella. Le recriminé su falta de perspectiva. A mí Faulkner me cansa y no tengo ni idea de cómo cocinar una buena pasta. Se puede vivir sin que los demás tengan nuestras inclinaciones intelectuales o estéticas, K., le he dicho, pero no me escucha, va a lo suyo, cree que es tarde para cambiar. A mí me siguen fascinando las novias sin inquietudes filosóficas. La rusa, vista en la distancia, era de un empacho semántico insoportable. Menos mal que me dejó. Suerte que mi falta de encanto le abrió los ojos. Uno nunca sabe. Los amigos te cuentan sus novias, te dicen si leían o si tenían el corazón ágrafo. Los amigos, a pie de barra, te hacen sentirte bien y no dar importancia a estos desventuras del alma adolescente. Yo creo que todas esas aventuras de juventud solo sirven para encadenar historias en una terraza de verano, convidados por un aire inesperadamente fresco, que invita a pensar que el mundo de pronto se ha empeñado en agradarte. K. disfruta aliñando la verdad con generosas paletadas de mentira. Dice que da lo mismo actuar a la inversa. Hay mentiras a las que las condimentas con hechos reales y crecen en veracidad de un modo espectacular. No era rusa la novia, pero era flacucha. No me acuerdo ya si leía a Faulkner o escuchaba a Brahms. Solo conservo algunos gestos, el tono de voz, el modo en que me pedía que no bebiese tanto. Creo que si la viese ahora no sabría qué decirle. Ella ni me miraría. 

19.9.14

La de cosas que caben en tres teras



Le decía hoy a una amiga que a veces tenemos cosas que no sabemos en donde guardar y otras en las que tenemos un buen lugar en donde guardar cosas que no tenemos. Lo que sé del mundo me hace pensar que se venden los envoltorios con más entusiasmo y mejor marketing que lo propiamente envuelto. Cuenta más tener dónde echar las cosas que las cosas en sí. Es el imperio de los discos duros. Importa poco o nada que luego no sepamos con qué llenarlos. De hecho los llenamos con lo que no necesitamos. Los negocios funcionan siguiendo esta premisa de modo escrupuloso. Hay que vender sin que tenga mucho sentido la razón por la que se está vendiendo. Dicho de reversa manera_ se compra sin entender el motivo, se gasta sin mirar las razones. Podemos llevar este argumento a cualquier parcela de la vida que tenemos alrededor. Se me ocurre Escocia. Se me ocurre Cataluña. En los balcones de algunos ayuntamientos vascos han colgado banderas escocesas. Por hacer ver a quien pase lo cerca que están las dos naciones o por engalanar el consistorio con el símbolo que resume las aspiraciones de sus inquilinos. Porque, en esencia, nos gusta la mudanza. Amamos todo lo que nos saque de la rutina. Da igual que movamos en casa los muebles de sitio o que nos rasuremos al cero o nos dejemos crecer la barba intrépidamente. Lo que trasciende en nuestro sentir de adentro es que el continente es otro. Pero ah el contenido. ¿Qué podemos decir del contenido? De eso no se habla. Solo de la ropa con la que nos vestimos, del techo que nos cubre, del tamaño del cajón en el que guardamos nuestros objetos queridos. Y en ocasiones solo deseamos eso, que el cajón sea grande, que no tenga fondo. Por si un día el azar nos bendice y tenemos la posibilidad de llenarlo. Luego ya sabremos cómo usar todo lo que arrumbamos ahí. Habrá tiempo de considerar el uso de lo que el cajón custodia. Yo mismo ando en la idea de comprarme otro disco duro. Los hay de 3 teras. La de cosas que caben en tres teras. No sé si banderas...De momento el asunto escocés se ha saldado con un me quedo como estoy, me gusta mi sitio

18.9.14

Y el pajaró voló



No me he prodigado nunca en elogiar a The Beatles al modo en que me esmero en hacerlo si encarta escribir o hablar de jazz o de cine negro o de cuentos de Borges. No alcanzo a ver la causa ahora. Probablemente no la hay. Se escribe o se habla de lo que nos concierne o de lo que nos emociona, pero quizá suceda que no sé qué decir. Con algunos asuntos, en cuanto uno se propone contarlo todo y contarlo bien, no terminan de salir las palabras, no se arriman las ideas, está todo como empantanado, sin que se sepa cómo enmendarlo, a qué acudir para que se advierte, en lo leído, todo el amor profesado. Ahí estará mi incapacidad para escribir sobre The Beatles, pongo por caso. Un amigo, anoche, en un correo tardío, me refirió un par de anécdotas sobre cómo los cuatro de Liverpool le cambiaron la vida, y no es cosa de largarlas aquí, pero siempre hay en la biografía personal un apartado beatle, un trozo de vida en donde algunas de sus canciones ( y solo hicieron doscientas y algo) transmutó algo, hizo que el mundo girara de otro modo, levantó el corazón hacia donde antes no había estado, alguna de esas maravillosas cosas o todas juntas. Recuerdo una cita en la que ninguno parecía especialmente cómodo, en donde cualquier asunto intrascendente podría limpiar el aire de fatiga y de prudencias, pero ninguno arribaba, ninguno ocupaba los huecos, hasta que los altavoces del pub, uno que ya no existe, por supuesto, restituyeron, sublimes como son, las primeras notas de Norwegian wood. Recuerdo la conversación agitada, la sensación de que podríamos estar la tarde entera trayendo y soltando letras de Lennon y McCartney. Y el pajaró voló, claro. Siempre acaban volando. 

17.9.14

El diálogo imposible entre el gris Kafka y el gordo Monk




Hay días en que uno se cree Kafka más que otros, días en los que todo se clausura en un orden hueco, en un trabajo que, en el fondo, rivaliza con el ocio y, en último grado, lo anula. Al ocio, tan pagano a veces, lo desmontó la moral judeocristiana, lo convirtió en pecado, lo hizo culpa. Está el remordimiento planeando la bóveda de los días y está la intendencia del consumo, convirtiendo la vida en un parque temático, pero anoche este escribidor voraz, que lee menos en estos días, que no va al gimnasio porque carece de tiempo o de voluntad para repartir mejor el que le va quedando, que no escucha jazz a diario, como suele hacer desde hace treinta años, encontró un disco de Thelonius Monk que estaba perdido en algún lugar, en una caja de zapatos que guarda viejas cintas de cassette, algunas de las cientos que tuve y que fui remozando en CD, haciendo que dejaran paso al mañana rutilante, dejando espacio a otras adquisiciones de más afecto. Ahí estaba, sublime, tierno, hermoso, intemporal, el gordo Monk. Todavía lo visito, me acompaña, vamos los dos por las calles de Lucena, buscando el origen del swing, la raíz del bebop, no sé, la hondura secreta de los pasos. No sé que le habría dicho Kafka, tan gris, a Monk, tan gordo. Sería un diálogo memorable. Quizá hasta hablasen el mismo antiguo idioma. 

16.9.14

Cincuenta baldas llenas de libros / Un apunte muy breve



Siempre me fascinó ese clase de voyeurismo que consiste en saber qué biblioteca tienen los amigos, qué nobleza tiene la madera de las baldas en donde confían que sus libros perduren, expuestos y lúbricos, conforme a qué criterios hacer que Cortázar esté a una altura accesible y, pongo por caso, ubicar a Chéjov en la más alta, no sé, lindando con el techo, como si fuese un pecado que corriese el aire. Entiendo que ninguno de los dos las habite y estén otros, de esa o de diferente hondura, capaces de conmover y de hacer amar, de sentir la belleza y de hacernos, en el fondo, mejores personas. La literatura es tan grande que no cabe en una vida. La costumbre de visitar una casa por primera vez y buscar de inmediato los libros que la pueblan no me ha abandonado. Cuando algo visita la mía, en cuanto puedo, suelo traerlo a la habitación en donde ahora escribo, en la que están los libros y los discos de la familia, puesto que se van mezclando al correr de los años los gustos de quienes vivimos bajo este techo. No hay mejor sitio para leer que aquel al que lo habitan los libros, ninguno para escribir tampoco. Recuerdo haber visitado bibliotecas solo para sacar mi cuaderno de anillas, uno de pasta gruesa siempre me vale, y dejarme invadir por Cheever, por Kafka, por Poe o por Machado, si no al tiempo, sí en fragmentos, convidándome a un vuelo puro, haciéndome sentir el invitado privilegiado de una hermandad ancestral, la de la literatura. La foto que Rafael García Maldonado dejó en su muro de Facebook, en donde está Adolfo Bioy Casares, a lo suyo, y su mujer, la también escritora Silvina Ocampo, un poco de posado, como si no contara, es la quintaesencia de la biblioteca doméstica. Solo echo en falta un buen equipo de música y un ordenador. No sé si estas injerencias electrónicas malograran el ambiente idílico o, por el contrario, harán que el esplendor sea más intenso. Hay días en que la música me lleva mientras escribo, días de Bach o de Keith Jarrett o de Miles Davis, pero es la memoria, como un palimpsesto grande, la que va incorporando el relato de las cosas, el modo en que suceden, el hilo que las une.

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