22.9.17

La elegancia de lo simple

Lo que sé del corazón no se lo debo a la ciencia. Ninguna información técnica relevante, ninguna evidencia cartesiana valdrá más que la poesía romántica inglesa o un verso suelto de Pablo Milanés. No hay lenguaje de más probado oficio que el de las metáforas. A ellas confiamos el entendimiento del mundo, aunque revistas tipo Science sean recetarios de prodigios al modo en que lo es un libro de Kavafis. Del cerebro dice, en un número antiguo del que anoche leí una breve reseña, que es elegantemente simple. Que el mapa de alta resolución de su maraña sináptica respeta un orden. Del corazón no he leído nada parecido. Como si le concedieran el rango de brújula espiritual del universo. Como si el desorden del cosmos proviniese de los espasmos de su funcionamiento, de ese hermoso mantra de percusiones privadas que produce para que yo ahora escriba y usted lea, para que percibamos el olor del campo recién llovido o la belleza incuestionable del vals número dos de Shostakovich. Como si la armonía de esa oscuridad (donde nadie puede oír tus gritos, como decía la publicidad de Alien) se acompasara a la de tu corazón y una y otra se mirasen y buscasen tocar la misma canción y no desafinar en demasía. Que tengan ustedes un buen viernes y la música del corazón, con su elegancia sencilla y luminosa, les acompañe en sus quehaceres.

20.9.17

Zoología fantástica / Loros

Al loro que compré en Estambul le gustaban las literaturas germánicas medievales. Ponía unos ojos de loro entusiasmado cuando le recitaba en voz alta las gestas de Beowulf o los funerales de Héctor, el domador de caballos. Contrariamente a lo que se puede esperar de un loro, el mío no repetía con la gracia previsible las frases que yo decía. Su única evidencia de una inteligencia superior a la de otras criaturas era la de abrir los ojos con pasmosa desmesura. Se diría que estaba allí mismo, en la batalla, blandiendo la espada, empapado de sangre enemiga. Si un día me daba por cambiar de tercio y leer en voz alta, como suelo hacer, otro género, qué sé yo, poesía romántica o cuentos policiales, mi loro expresaba su disconformidad y emitía unos ruidos tan poco soportables que tenía que mudarme a otra habitación a continuar la lectura. Tampoco aceptaba que yo cantara, cuando me da por cantar, o que yo le recitara alguna frase ocurrente con objeto de que la repitiera. Era el mío un loro de costumbres peculiares. Su predilección, la única que yo advirtiese, era la épica medieval. Bastaba observar cómo se agitaba en cuanto el episodio narraba una cruenta batalla a la vera de un río o el ajusticiamiento de algún reyezuelo caído en desgracia. Esta mañana mi loro ha muerto. Estaba en el fondo de la jaula. Tenía un sencillo corte en el cuello. Temo que se ha suicidado. No me cabe otra explicación. Debió tener una pesadilla, me ha dicho mi madre, que es la que lo cuidaba. A mi corto entender, debió sentirse desplazado. No son buenos tiempos para las líricas medievales. Creo que ha muerto por inadaptación  a la época en que le tocó vivir. No se me ha ocurrido reemplazar con otro loro.

19.9.17

Zoología fantástica / Moscas

A las moscas no se les pide jamás explicaciones. Se tiende a apartarlas o, caso de que incordien en demasía, matarlas con absoluta contundencia. Mi mano lo sabe. He diezmado a conciencia su población en enormes tardes de verano. No hay (o no había) molestia mayor que su zumbido en torno nuestra. No incurro en exageraciones si declaro ahora que odio que una se pose en mi brazo o remolonee pesadamente sobre mi cabeza. No siempre nos escolta la fortuna. Hay veces en que erramos. Hace poco, seriamente contrariado, lancé un manotazo contra una de esas moscas molestísimas. Mientras el buen doctor me la ensayaba en Urgencias, una mosca se posó sobre la mano sana. Medí la consecuencias de reventarla con el yeso recién colocado, pero renuncié. Seguí, fascinado, su vuelo por la consulta. En el fondo admiraba su osadía, ese atrevimiento animal y primario. Referí al médico que fue una mosca la que me causó el percance. Le confesé mi obsesión, no escatimé empeño, me esmeré en hacerle comprender que hay ocasiones en la que manda el instinto. Le pedí que me hiciera entrar en razón. Temía (temo todavía) que en adelante no tuviera freno y una mosca o un puñado de ellas me enloquecieran. Primero sacrificas una mano, luego la otra y finalmente no te arredras cuando está un juego tu cabeza. Sinceramente conmovido por lo que le dije, el médico quiso compartir conmigo que él también sufría el mismo mal. Recuerdo que nos miramos como ni a veces se miran quienes se aman. Sentimos el alivio que no podemos encontrar en nadie. Me confesó, en verano, cuando abundan, apenas sale. Va al trabajo, se encierra en su despacho, mantiene bien cerradas puertas y ventanas y después vuelve a casa, conecta el aire acondicionado y deja que corran las horas sin otro deseo que le acuda cuanto antes el otoño y pueda pisar las calles nuevamente. Todavía hoy pienso en su confesión. La siento mía y, al tiempo, me parece ajena. En cierto modo, le he tomado aprecio a las moscas. hacen que me discipline. Gasto las horas de ocio en casa ideando maneras de atraparlas. Me valen los botes de tomate que compro en el súper. Son ideales. Probé con botellas, pero no me entusiasmó esa altura estilizada, ese afinamiento al final. El bote de tomate es idóneo. Apenas los compro, vacío su contenido en el fregadero, los limpio con ahínco y dejo caer las moscas que afanosamente voy capturando. Al principio metía una por bote. Me fascinó que fuesen dos. Paso tardes enteras ensimismado frente a ellas. A veces creo que entro en el bote y vuelo con ellas. Les enseño mi brazo enyesado. Les cuento, aunque no se me escapa que inútilmente, la pasión que les profeso. No llega a ser un enamoramiento, no es amor lo que siento. En cierta ocasión, pensé en liberarlas, en ver qué hacían, si alguna volvía de manera voluntaria al bote. Las moscas muertas las dejo al fondo. A las demás parece que no les importa, aunque he notado que no se posan sobre ellas, las evitan, quizá piensen a su modo que el poco tiempo de vida del que disponen van a emplearlo en buscar sin descanso una salida. Ellas, las caídas en combate, serán mártires, pienso. Uno de estos días iré al médico. Le contaré lo de mis botes, le diré si quiere venir a casa y observarlos conmigo. Tal vez desista de su odio. Esta mañana he liberado a una de ellas. Abrí la tapa y esperé a que saliera. No lo hizo de inmediato, se demoró, probablemente creería que la fulminaría se abriese camino libremente. No sabemos nada sobre las moscas. Hay días en que deseo que alguien me haga entrar en razón y días en que no me interesa que nadie me disuada de mi empeño; días en que las ataco con furia, aún a riesgo de lastimarme una mano o una pierna, y días en que sólo me dedico a hacerlas entrar en mis botes y siento que la armonía me abraza y me reconcilio con el mundo y conmigo mismo. Quizá seamos legión los que amamos y odiamos a las moscas. Amor y odio juntamente, quiero decir. No vamos por ahí alardeando, declarando airadamente que en verano somos más felices porque tenemos moscas con las que entretenernos. Es posible que seamos muchos, por qué no. No sólo el médico que me enyesó el brazo y yo. No tiene sentido que seamos únicamente los dos. Se acerca el frío, temo que no pueda esperar a que prorrumpa el verano y anuncie su vértigo de moscas. Ahora me arrepiento de haber aniquilado cientos de ellas. No tienen culpa, no saben que son moscas, no tienen conciencia de su condición de insecto. Tampoco nosotros sabemos fiablemente qué somos. Si el mundo es un bote de tomate y alguien desde lejos nos observa entre el miedo y la fascinación o entre el amor y el odio. Si los reveses del destino, todas las tragedias que nos circundan, las que más atinadamente nos incumben, no serán sino manotazos de alguien, golpes que persiguen nuestro abatimiento. 


Zoología fantástica / Caballos y perros

Cuando despierta, ya no llueve. La envuelve el olor a tierra mojada y remolonea en la cama, tapada hasta la nariz, acomodando todavía el cuerpo a la espera de que el sueño regrese y pueda concluir lo que no recuerda. Del sueño, o de lo que se ha salvado del sueño, recuerda una puerta y también (brumosamente) un jardín detrás de esa puerta. Conversaban alrededor de una mesa unos cuantos amigos de cuando ella era más joven. Uno, que fue novio suyo entonces, hablaba de perros, de lo nobles que eran. Otro decía que el caballo era el animal noble de la creación. Un tercero, distraído, no apreció que un perro le venía encima, lo derribaba y lo mordía con saña en los brazos y en la cara. Sólo ella se le acerca, aparta como puede al animal y le pregunta, preocupada, cómo está, si se duele algo. Ahí acaba bruscamente el sueño o la parte del sueño que milagrosamente ha recordado. Al despertarse oye unos ladridos. Vienen de afuera. Deja el confort de la cama y se asoma a la ventana. No ve nada. Vuelve a refugiarse entre las sábanas y se lamenta de no saber cómo acaba la historia. Si su amigo se repone, si la conversación añade un animal de más nobleza que el caballo o que el perro. Entonces escucha un caballo relinchar afuera. No es un sonido que pueda confundirse con otro. Además parece que le están incomodando. Como si pugnara por zafarse de un jinete indigno, uno que lo vejara o que lo lastimara. Nada embargo, le concede la presencia de un caballo o de un perro. Así que se acuesta nuevamente. Antes de conciliar el sueño reparador, el de los perros, el de los caballos o cualquier otro que la alivie de la pesadumbre que la embarga, coge un libro que tiene en la mesita de noche. Hace días que no lo lee. Lo abre con delicadeza. Sabe qué le espera. A poco de que se le cierren los ojos, cree escuchar otra vez relinchos y ladridos. Decide no levantarse. Incluso el olor a animal impregnado en el aire no la fuerza a dejar la comodidad dulce del sueño. Al concluir ese limbo impreciso de caballos y de perros, se asea sin prisa, prepara un café reparador y enciende la televisión. Nunca lo hace, pero ese día piensa en qué pasó en el mundo mientras ella soñaba. El presentador refiere que un camión que transportaba caballos se había empotrado en un casa lindante con la carretera. Los perros muertos se cuentan por decenas, añade. Los gerentes de la perrera lamentan lo ocurrido y piden a las autoridades que investigue si el conductor iba bebido o sólo fue un desgraciado despiste. Es entonces cuando decide acostarse otra vez. Cree que podrá deshacer la tragedia si la sueña. Quizá no escuche ladridos ni relinchos.

18.9.17

Zoología fantástica / Hormigas

La hormiga cubrió la distancia que la separaba de mi zapato en una tarde entera. La vi avanzar sin desmayo. Tampoco sabría ahora decir si le costó o no. Sé que se plantó allí delante y no se movió en un par de horas. Mientras que ella se desplazaba, yo leía. Nunca había sentido esa compañía tan insignificante. La de la hormiga avanzando, acercándose poco a poco al sillón en donde estaba muy cómodamente instalado. En esa tarde, concluí la novela. Era buena, sin ser magnífica. Me encantó la manera en que la trama iba desquiciándose sin que se desmoronara la entereza de los protagonistas. Uno de ellos, uno particularmente obcecado en alcanzar su destino, conjurado a esa meta a riesgo de su propia vida, moría fortuitamente nada más conseguirla. Uno no puede llevar de la mano a los protagonistas. Pensé que ésa era la voluntad del escritor, que es un dios en lo suyo, si se piensa con detalle. Dolía que ahí concluyera la novela, que no hubiese una posibilidad, por pequeña que fuese, de que otras circunstancias de la trama me sacasen de la tristeza enorme que esa muerte imprevista me había causado. Fue entonces, al concluir la historia definitivamente, cuando la emoción de esa pérdida irrecuperable hizo que se cayese el libro al suelo. Aplastó a la hormiga, la redujo a una mancha en el suelo. No fue voluntad mía. Fue el azar, por pensar algo.

17.9.17

Zoología fantástica / Vacas

El pastor se queda dormido con el libro de Kafka en las manos. El libro termina cayendo. La vaca se acerca y lo olisquea. Le da fuerte con el hocico y ve con interés que no se rompe. Le vuelve a arrimar con más vehemencia. Está toda la vaca en ese gesto. Ni una parte pequeña de ella queda fuera. Entonces abre la boca y empieza a buscar el modo de comérselo. No sabe qué sabor tendrá, pero siente cabeza adentro que comer el libro que no puede romper es un modo de vencerlo. Se la ve con entusiasmo, se aplica en la mordida, en la ingesta de las hojas. De pronto bizquea, da arcadas, mueve arriba y abajo la cabeza y suelta un eructo no muy sonoro, la verdad, pero que despierta al pastor. No es la primera vez que escucha a una de sus vacas soltar un eructo, pero nunca había visto ninguna que tuviera unas alas de insecto en el costado.

Elogio íntimo del infierno




   A mi amigo Francisco Machuca
El infierno en el que creo está en Melville, en Ahab, en la ballena blanca.
Está en Conrad cuando dibuja un río y hace que la oscuridad lo atraviese.
En la mentida inocencia de Perrault y de los hermanos Grimm.
En el hombre sin atributos de Musil.
En la primera mañana del mundo para Gregor Samsa.
En el Maelström de la cabeza.
En las ensoñaciones de William Blake.
En la oscuridad de las catedrales.
En los festejos bastardos de la carne.
En el cine negro de la RKO.
En la memoria infinita de Funés.
En el club de los suicidas de Stevenson.
En las resacas de Bukowski.
En el barril de amontillado de Poe.
En la vida cartesiana y triste de Benjamin.
En Derry cuando llueve en 1958.
En el festín de los lobos.
En la cara oculta de la luna.
En la infamia del desquiciado Hyde.
En Mann con asma baviera.
En Beatriz perdida en un círculo concéntrico.
En Morel inventándose una isla.
En el desquicio sin rimar de Leopoldo María Panero.
En el rey del que Shakespeare hizo un dios.
En Dios permitiendo el caos, la miseria,
permitiendo a Shakespeare.
En la crónica del submundo de Orfeo.
En Ripley tomando café en una terraza de Florencia.
En Maquiavelo y Montesquieu, hablando morosamente.
En la soledad de Peter Pan.
En Walter White en una caravana en mitad del desierto.
En las cartas que escribió Bram Stoker
En los dioses primigenios que pueblan las calles de Providence.
En la oreja tirada al césped en Blue velvet.
En el trago de veneno que se aplicó Rimbaud.
En las carreteras secundarias por las que Humbert Humbert huye con su Lolita.
En Pessoa, que reemplazó a Dios, escogiendo al Hombre.
En el veneno en la boca del muerto.
En la carne débil, en su fiebre insalubre.
En el desquicio de Panero antes de que se lo llevasen todos los demonios de la ginebra.
En la absenta a la que se encomendaba Baudelaire.
En todas las derrotas.
En todos los naufragios.
En todas las oraciones.


salmo

A veces digo salmo y el aire lo ocupan columnas de humo que izan su vientre atrofiado de vírgenes y de astilla de santo. A hurtadillas digo salmo una vez más y el pecho se me abomba y una oquedad como de óxido se adensa en mi boca y la quiebra. Digo salmo finalmente y una usura de agua oscura y de ceniza antigua y altiva invaden mi corazón ya un poco alga que grita desde adentro y me arenga. De lejos me vienen las palabras que nunca digo y me confunden. Oigo cómo me van contando fábula, eco, cuerpo, historia, esa previsible ración de espanto que el día alumbra al clarear en lo alto. La noche está sola y un caballo está galopando un sueño.

15.9.17

Una piscina con palmeras y amantes hindúes


Uno toma distancia de lo que no le conviene, lo mira de lejos, adquiere la percepción de que no hay nada que le fuerce, nada que lo apremie o que le reconcoma. Sólo está la sensación de si hemos hecho bien y no hubiese sido de más conveniencia flaquear, dejarse llevar, poner en claro las ideas para luego arrumbarlas, darles puerta, hacer que no pesen dentro de la cabeza y campar por ahí sin que duela la conciencia. Caso de que no exista conciencia alguna, las horas pasan con más notoria frugalidad, se expanden, crujen, vibran, elevan su condición de espuma, nos confortan o nos sangran, pero es sangre con más vida que la que fluye en la oscuridad de su cauce, dentro del cuerpo, que es un tirano. El cuerpo es quien nos bendice y también quien nos condena. La cabeza es un vigilante jurado. Está ahí a ver qué pasa, por si se desmanda la escena o por si se estanca y no avanza. Todo lo que viene después (el cansancio, el pecado, la certidumbre de que el fin se aproxima) es materia secundaria. Cuenta el júbilo, sólo eso cuenta. Si yo escribiera un diario, sólo consignaría los episodios felices, las andanadas de alegría, toda esa trompetería dulce del corazón cuando late desbocado y amenaza con desbordarse, con salirse del pecho y danzar a sus anchas, festejando el ala el mismísimo vuelo, pero no sucede nada de esto, no al menos de un modo fiable, duradero. A veces dejamos que el cuerpo mande y obedecemos sus necesidades. Da igual lo que la cabeza decida, no importa que se obceque en censurarlo todo, en zanjar las veleidades, en poner coto al vértigo y a la fiebre. El placer es vértigo y es fiebre. Hay días en que uno piensa en estas cosas y otros en que ni se le ocurre. Días que aplazan las consideraciones metafísicas y días en que todo es cavilación y hondura. Los demás no entienden estas cosas. Uno tampoco entiende al otro. Son monólogos. Toda la filosofía es una fiera batalla entre la luz y la oscuridad, pero no se entrevé quién sale victorioso. Somos ángeles y somos demonios. Cuando estamos iluminados, sabemos a qué inclinarnos, tenemos noción de lo que de verdad nos alivia o lo que más nos deleita. No sé si esos otros de los que hablo caen la cuenta de estas cosas, ignoro si se entretienen en estas ocurrencias. Todas son frívolas, si se escuchan con atención, si se leen en detalle, amigo mío.

En un poema de Houllebecq había palmeras y amantes hindúes. También una piscina en la que el poeta hubiese querido pasar tres años. Quizá fuesen más. No presumo a estas alturas de memoria. Se ha empequeñecido, ha ido perdiendo esa pujanza primeriza en la que uno era capaz de recordar detalles irrelevantes como si fuesen la sangre que mueve el corazón del cosmos. No es la edad, no es algo de lo que ahora yo me queje. Debe ser el cansancio, debe ser este decaimiento lento y sin estridencias con el que trasiego últimamente. La belleza será convulsa o no será, sentenció Breton. Esta noche creo que voy a leer unos poemas suyos. A ver si dicen lo mismo que dijeron cuando me deslumbraron. Probablemente sean distintos, aunque sean las mismas palabras. Es casi seguro que no serán los mismos poemas, cómo podrían serlo. Tampoco son iguales todos los viernes. Hoy ni he apreciado que irrumpa como suele. Nada que no repare el sueño. 



14.9.17

El cofrade secreto

En cierto modo,  el tiempo en que uno escribe es tiempo en el que no lee, pero no hay vez en que escribir no sea también un acto de lectura. Uno escribe y sanciona lo escrito, lo reforma, lo estira, lo desmonta para recomponerlo después. Hace todas esas en la cabeza, no las plasma en la hoja, no las conforma en el texto o no es enteramente necesario que lo haga. Es en la cabeza en donde está la escritura. No sabemos qué hace que elijamos unas y desechemos otras, de qué modo (secreto, íntimo) se ejerce esa censura privada, la que se esmera en cuadrar una idea con el armazón lingüístico que mejor la expresa o el que, según qué intención tenga, la haga más hermosa. El lector, en este sentido, es una especie de escritor perezoso, ajeno a los rigores de la escritura, uno que no precisa del registro de las palabras. Mientras leemos, somos el lector primero, el fundacional, el que hizo el esfuerzo de dejar constancia de lo pensado. Cuando leo a Tolstoi, soy Tolstoi. No hay escritor que haya muerto del todo. Todos existen en cuanto alguien los lee. Ese diálogo (presumo) debe ser la eternidad, una especie de cielo inverso en el que todo permanece, en donde nada se pierde o se reduce. 

Cada libro, en cierto modo, es la historia particular del lector que lo abre. No existe como libro hasta que alguien formula el rito maravilloso de imponerlo a la realidad. Antes de ese acto mágico, cuando todavía no existe la voluntad de abrirlo, el libro es un objeto entre los objetos, como diría Borges o un fantasma, como diría Cela. El aburrido trabajo de contable de Kafka o de Pessoa seguro que consentía libros secretos dentro del abrigo. El otoño que se cierne es propicio para esas escaramuzas. El libro se convierte así en un objeto clandestino, en un espejo furtivo de nuestra propia incertidumbre ante la vida. Se trata, al cabo, de nunca ir solo. El lector es una especie de enemigo acérrimo de la soledad. Busca siempre refugios, lugares donde otros desamparados facultaron las actas de una cofradía única, ajena al tráfago de las prisas del mundo vertiginoso que hemos inventado. El cofrade secreto, héroe de sus fugas, flipado con la bondad del botín, no precisa correligionarios que le aplaudan los gestos, los títulos y los pies de página abiertos en cada capítulo, en cada pequeño trozo. Él es ala y él es vuelo.