31.7.14

La luz, ah la luz

Inminencias, sospechas, la realidad con su azar y con su vértigo escribiendo por ti una trama que te incumbe, pero en la que no se te permite opinar. Kafka en el editor del blog

La moral. O alguna clase de moral que todavía saca la nariz por encima del agua y ama el aire y lo entra dentro y lo mima hasta que tiene que bucear de nuevo y perderse por ahí abajo. 

No todo lo que escribo zanja una deuda mía, pero hay cosas en las que entreveo un pago, una especie de rendición, un mirar atrás en el tiempo y registrar una menudencia por aquí. Por si la memoria malogra ese pequeño prodigio narrativo. La memoria es un libro que, de tan abierto, el viento vuela sus páginas. Podemos llamarlo el viento, sí. 

Creo en la bondad de la gente. De un modo a veces rutinario, sin apreciar los desaires de algunos, sin caer en la cuenta de todos los atropellos que uno ve en la calle o en una pantalla de televisión. Quizá el mal esté en la indolencia, en el hecho de habernos acostumbrado a que lo natural y lo previsible sea el mal; que el bien, cuando triunfa, escandalice incluso, cree esa especie de malestar que solo causa lo que no se espera

Leer a Bécquer cincuenta años después. Porque son cincuenta, aunque sean treinta y cinco o sean cuarenta, no sé. Uno pierde la cuenta. Bécquer cincuenta años después sigue intacto, duro y apreciable. Me gusta Bécquer porque no se ha ajado. Parece el poeta más frágil, el que menos debiera ir con los tiempos y amoldarse a ellos y, sin embargo, los soporta más que bien, sobrevive estupendamente. Daría Bécquer para una de esas series televisivas de la televisión pública. Si fuese distópica mejor. Un Bécquer distópico mola más que un Coelho alopécico. 

En cuanto nado mucho, a poco que me noto cansado, dejo de nadar. Creo que es lo correcto. Es entonces cuando, tumbado en el agua, mirando el cielo sin mirarlo, notando el peso de la luz sobre mis párpados cerrados, entiendo cosas que en otro lugar no alcanzo a entender. Las entiendo en ese momento, después de haber nadado, de extenuarme, de comprender que debo quedarme quieto, boca arriba, mirando el cielo, cerrados los párpados, sintiendo la luz invadiendo mi cabeza, pero cuando regreso a la orilla ya no recuerdo nada de lo que entreví mar adentro. El mar es un sueño topológico




30.7.14

Un Bartleby con Coppertone

Sospecho que no tengo suficiente experiencia como para escribir una novela. Desisto a poco que encaro hacerlo, me impongo cierta rutina que luego sé que no podré obedecer, admito que mi edad no es la adecuada y que no habrá ninguna que lo sea. Está la escritura y está la voluntad de ser escritor, pero no me siento suficientemente cómplice de mis vicios. Como si ellos fuesen por un lado y yo, desganado quizá, los contraviniese, les diese de lado, consintiese que no son relevantes y que lo importante es otra cosa, pero no sé qué cosa será ésa que cierra la puerta de hacer lo que hace tanto tiempo que ando buscando. Quizá hoy, ahora, sea la última vez que plasmo en palabras esta especie de pequeño dolor al darme cuenta de que la vida, la muy cabrona, impone su voluntad, hace que todo se pliegue a su antojo voladizo. Así que dejo de insistir, no me muestro en el escenario como el único actor de mi trama, abandono, abdico, soy un rey que decide no reinar en el país que ha ido pensando. Se está bien en la pereza consentida, razonada, de no hacer lo que, en buena medida, no procede. No sabemos cuándo procederá, no tenemos esa certeza redonda, no va a importar no tenerla. Leyendo como estoy buena novela este verano (Amis, McEwan) no tengo deseos de ir más allá del terreno abonado a mí, cómplice conmigo, por donde piso, a diario, sin reglas, hecho a capricho mío. Ahí entra la bondad absoluta de este blog. No porque lo valore yo, que lo hago; no porque crea que tiene algo que pueda ser considerado y apreciado, que algo tendrá, sino porque es el país verdadero en donde me expando. Está bien expandirse, evadirse, hacerlo todo elástico y obediente. Escribir es un oficio duro, pero no es de una dureza que no compense. Ha muerto la novela: capítulo final. Dejo de dar la tabarra, me meto en otros asuntos, me inclino a lo que mejor hago o, mejor expresado, a lo que hago con menos impedimentos. De todas maneras no es el verano época para grandes empresas. Ya he escrito por aquí de la desgana, del placer de preferir no hacerlo. Seré un Bartleby con Coppertone.

29.7.14

Elogio desganado de la pereza

"Seamos perezosos en todas las cosas, excepto al amar y al beber, excepto al ser perezosos".
Lessing

Estoy alertado contra la pereza, se me ha informado de lo que alcanza, mi voluntad está avisada de que posee malas artes y de que caer en alguna no es infrecuente ni, en la mayor parte de los casos, desagradable, pero por mucho empeño que pongan en contarme el mal que me causará no pongo obstáculo alguno para que me abrace. En cierto sentido, facilito el acceso, dejo abiertas la cancela, abro las ventanas, dejo que mi cabeza no se oponga y le pido al cuerpo que se deje hacer como tantas veces, que no se ponga tenso ni exhiba en ningún momento un gesto reacio, un indicio de que está siendo invadido. De la pereza, de lo que me incumbe de ella, amo su absoluta intimidad, amo que no me obligue a nada, amo que me mime sin tocarme. De cuanto la pereza ofrece es su comprensión lo que más admiro. Está ahí siempre, espera siempre, conoce el placer que concede y la rutina formidable del regreso. La pereza comprende que a veces la desechemos, no aceptemos su confort indolente, no queramos tumbarnos a su raso, contemplando el manso sol que regala. No sé quién fue el que antepuso tener hambre y sed al hecho de beber y de comer, de modo que únicamente así la bebida y la comida serían de verdad apreciadas. La pereza se ama cuando uno ha merecido tenerla, en todo caso. Si la religión es cosa de domingos, la pereza es de veranos. Tardes enormes en las que se sestea y luego se ameniza la espera a volver a dormir con libros y con música, con cerveza servida en terrazas frescas, con conversaciones amenas (la de hace un par de noches con una pareja de amigos a propósito de las familias numerosas y de su ética y de su responsabilidad o falta de ella). Tardes que se derraman en noches ocupadas por cine, por sesiones de música de cámara y aparatos antimosquito colgados de la pared como testigos del convite. 

28.7.14

Vidas prestadas / Un verano de Carver y de Hopper



No sé la de películas que habré visto con moteles como éste. Las sigo viendo. Los moteles baratos, de carretera, los de la periferia de las grandes ciudades, dan mucho juego narrativo. Hay vidas enteras que caben en una de esas habitaciones. De hecho son el refugio de quienes las han malogrado y deciden apartarse de lo que han sido y ser otros. Las habitaciones de hotel permiten la posibilidad de ser otro. Basta regresar a casa para volver al confort de la rutina. Lo que no proporciona el hogar es la representación del viaje que el hotel cumple con absoluta eficacia. No es únicamente el hecho de poseer una residencia nueva, eventual y precaria, pero nueva, sino la sensación formidable de que ha sido residencia de otros antes que tuya y de que de alguna forma esa habitación se ha ido impregnando de vivencias y de azares, de vidas prestadas también. El obsequio de la estancia consiste en saber que es eventual. Se trata de colaborar, sin un empeño especial, dejándose ir, en una trama de la que sabemos poco o incluso nada. Es un lienzo y no sabemos quién está pintando detrás. El hotel ofrece una vida coral, canjeable por otras vidas, que huele a literatura, aunque no sepas qué es la literatura y para lo que sirve. Como en un cuento de Carver. Llevo un verano muy de Carver y muy de Hopper, muy de libros pequeños, enjundiosos y completos, y de cuadros que son libros también.

El de la fotografía es un motel cercano a Las Vegas. No hay un autor que citar, pero la imagen es la de cientos de películas que se inspiran en ella. 

26.7.14

El fuego oculto



Decían sacar de sí mismos partes que conocían cuando tocaban música. A gente como John Coltrane o como Bill Evans no les fascinaba la posibilidad de ser otros, al modo en que a veces incurren quienes escriben. Lo que buscaban era encontrarse ellos mismos. Como si el fuego oculto del que hablaba Miles Davis fuese el que contase quiénes eran y no el fuego visible, la inclinación natural a ser sociables o a disponer de una sonrisa cuando se requiere que aparezca. Luego están las drogas, la idea de que no se puede extraer esa locura interior si no la espolea la química. Sin embargo Coltrane y Evans eran tipos tímidos, de los que no necesitan airear su talento o se refugian en la intimidad, en el pudor, en cierta vida contemplativa en la que la música que practicaban contribuía a reconcentrarse más. Si uno es capaz de limpiar todos los instrumentos que acompañan al piano de Evans o al saxo de Coltrane podrá encontrar ese pudor, esa limpieza en el trato a las notas. No sé qué busca otro aficionado al jazz. La verdad es que no tengo, entre mis amigos, muchos de ellos. Sé que yo busco la grandeza, la certidumbre de que se me está alimentando. Que se produce la comunión entre quien toca y el que escucha. A veces lo siento en la literatura, pero ningún escritor me ha transportado a su casa, al fuego oculto de donde mana su creatividad y su talento, como ciertos músicos. No solo Evans, no solo Coltrane. Será cierto lo que me decía, no hace mucho, hablando de otros asuntos, mi buen K. La música cuenta todo lo que no cuentan las demás artes. Y lo hace con más eficacia y rapidez. 

El mar antiguo y el cielo protector


El mar tiene la facultad de embravecerse más allá de donde termina. En los juegos de los niños el mar es un paisaje incluso cuando lo tienen enfrente y la baba de las olas les mojan los pies en la orilla. Lo malo de ser adultos es que dejamos de ver el mar. Ni siquiera advertimos su presencia cuando está a la vista, inmenso y azul, manso o encrespado, amenazando con engullirnos. Amo el mar sin la necesidad de otros de nadarlo o de bucear bajo sus aguas. De hecho nado o buceo poco o a veces, según tercie el ánimo o la pereza, nada. Mi amor al mar es de otra índole, es de una extraordinaria pasión, pero está manumitido de una intimidad más procaz, que suele ser de la que otros se valen para animar las charlas o para pavonearse y decir he aquí lo que hago, mirad hasta dónde soy capaz de llegar. El mar es la arena también; la arena y las montañas a lo lejos y la bruma cerniéndose como un refugio. No hay que vez que el mar no me cuente algo cuando lo miro, ocasión en la que su imponencia no me anonade. No hay otro paisaje que me rebaje más, que me haga sentir pobre y perdido y también privilegiado por asistir a un espectáculo tan maravilloso.Ni las montañas, cuando se van juntando unas con otras y caracolean y se ponen levantiscas y miran al cielo caprichosamente, me provocan una sensación tan poderosa. Por eso admiro a los héroes del mar, toda esa gente que se adentra en sus dominios y abandona la tangible cercanía del suelo, el cobijo antiguo del suelo ofreciéndonos una casa. Pero el mar es también una casa, la casa de la que venimos, dicen. Yo creo que los personajes de la foto saben todo esto y libran su batalla con ardor y con entusiasmo. El mar es una ola que no descansa, la misma terca ola desde el principio absurdo de los tiempos hasta el hoy frágil y brumoso. Durante todo ese tiempo no ha dejado de batirse y de encresparse y de izarse y de caer bajo el cielo protector. Todos los cielos protegen: el que cubre el mar lo hace con mayor afecto. Todos los mares son, en cierto modo, los mares de la infancia. Al mirar el mar se vuelve a la niñez, cuando se le mira sin literatura. Luego se mete la experiencia del mar en la visión del mar, luego se deja uno llevar por todo lo contaminado que lleva dentro. 

25.7.14

La escuela



El maestro, el bueno, contagia felicidad. No creo que exista una transmisión de valores, formativos y cívicos, sin que la impregne la emoción de sentirse feliz haciéndolo. El entusiasmo es el combustible de la educación. Educar es conseguir que la voluntad del niño, sus deseos, sus esperanzas, se amolden y se integren con los deseos y las esperanzas de la sociedad en la que está inmerso. Eso de la prosperidad y del mundo mejor que en ocasiones airean los políticos, henchidos de gozo, conscientes de estar diciendo las grandes palabras, no es un milagro, uno de esos prodigios del azar. El mundo, si va hacia un estado mejor del que posee, será por el concurso benefactor de la escuela, que es una especie de gran teatro en el que se mueve el maestro, que es un actor y desempeña todos los matices de la trama. Se adquieren esas formidables cosas si se van buscando desde edades tempranas, si la escuela, la escuela pública, de esa es de la que hablo, fija en su organigrama un pensamiento inamovible, uno que prime la imaginación, la originalidad, que fomente lo creativo frente a lo predecible, que haga madurar a quien estudia incitándole a confiar en el maravilloso juego que supone el estudio si lo hace con la libertad de la imaginación. Pero la escuela de hoy en día cree que la creatividad es un obstáculo, concibe al creativo como un elemento díscolo,  poco o nada integrado en la obediencia debida al profesor. Quizá se le respete más y se le observe más, con todo lo bueno que trae observar con detalle y registrar lo observado, si el profesor permite que el camino no sea únicamente el que marcan las pautas o el que cae del cielo invisible de la administración, tan obcecada en las estadísticas, tan alegre en ir dando palos de ciego. Los palos de ciego a veces sangran. Una de las obsesiones de la escuela es la de crear trabajadores del futuro, personal cualificado en el desempeño de los oficios que hacen que un país progrese. La escuela está pensada, desde donde sea que la piensen, para que restituya a la sociedad personal capacitado para que todo siga girando y no se rebaje jamás la formidable idea del bienestar. ¿Es malo todo eso? No, si se aliña con la diversión, si se viste con la originalidad, si se cocina con unos cuantos ingredientes traídos de casa, sin necesidad de que estén organizados en un papel colgado en un corcho. Si el maestro es feliz hará que lo que enseñe irradie felicidad, pero la felicidad del maestro, incluso la del más optimista y de una profesionalidad más orgánica, está continuamente zarandeada por quienes lo evalúan, por todos los que experimentan con su trabajo, con su amor indeleble hacia las disciplinas que trata de enseñar y con su absoluta convicción de que está en posesión de la verdad más redonda, la que menos se puede malograr por las embestidas de la injusticia o  las modas del poder, la de la escuela como un bien irreemplazable, la de una especie de santuario laico de conocimiento, libertad, progreso y cordura. Falta cordura en el mundo en el que vivimos. Si alguna vez se aprecia que ha vuelto será porque algunos maestros han contribuido a que acuda. Ahora que es verano y están las escuelas cerradas, es un modo de hablar, pienso que nunca han estado más abiertas. 

Ocho


  1. Tengo la certeza de que hay cuentos de Carver que suceden a diario o, contado de otra manera, tengo la certeza de que no hay día en que algo no remita a un cuento de Carver. 
  2. Todos somos hijos de Kafka. No hay criatura en este mundo que no lo sea en algún momento del día. En las pesadillas somos hijos de Lovecraft. En las barras de los bares es Bukowski el padre al que debemos dirigirnos. Cuando leemos vamos soltando unos padres y adoptando otros. Me refiero a la literatura grande, la que se impregna. La otra es una cosa bastarda, un cosa amena que entretiene la llegada de la familia. La idea de un padre puede ser canjeada por la de madre. Es más: siempre sentí más apego sentimental por la idea de madre. En los libros, en la vida, son las madres las que abren el camino que luego uno se esmera en recorrer. Al padre se le tiene siempre, pero no merece los mismos agasajos. Lamentablemente uno ha ido mucha literatura masculina. La hay a espuertas, haciendo que la otra no se advierte con la misma grandeza. El mundo editorial - y no solo el editorial - ha sido un mundo de hombres. Falta James Brown adornando lo que digo. Yo siempre fui más de Aretha Franklin. Es curioso que en la música la mujer haya escrito páginas más gloriosas que en otras artes en las que no ha sido preciso su intervención física. Es el público el que valora qué trasciende, qué no. Yo, que soy el público más a mano al que recurrir, tengo la certeza de que no llegaremos al ideal de que no sepamos quién nos emociona, a qué nombre atribuir el placer que se nos está confiando. Si es macho o hembra, si se ha educado mirando el mundo como James Brown o como Aretha Franklin. 
  3. La única salvación posible está en el arte. Ni siquiera el amor nos salva. El amor es una extensión del arte. Es la belleza la que nos eleva. La miseria del hombre procede de la mediocridad. Es la cultura la que nos salva de la mediocridad. La única salvación posible está en la belleza, en la cultura. El amor es también una forma de cultura. La felicidad consiste en cierto tipo de conciencia sobre la belleza o sobre el amor. Se puede vivir sin estos ingredientes, sin que el amor nos salga al encuentro o lo busquemos nosotros o sin que la cultura, en cualquiera de sus disciplinas o en todas a las que podamos acogernos, sea parte de nosotros mismos, pero no se puede vivir sin la necesidad de belleza. O es un tipo de vida triste. Será entonces, habida cuenta de lo poco prestigiada que está la belleza, un mundo triste el que habitamos. Triste, inculto, feo. 
  4. No sé si es bueno o malo que vayan saliendo las ideas y no las cribe y las registre aquí, sin apenas afinarlas, exentas del mimo que aplico a otras circunstancias de lo mío. De los siete años en los que me ocupo de esta bitácora no ha habido ningún texto del que me haya arrepentido sinceramente. Suelo no leer lo que escribo. Esta indolencia mía hacia lo que se me supone propio hace que siga escribiendo. No me gusta releer lo que escribo. Cuando lo he hecho he pensado que no me pertenece. Por eso no he tenido el valor de hacer textos largos. Porque requieren una madurez. Porque precisan del concurso de la paciencia o del acto de presencia del orden. Será muchas cosas, y es posible que alguna no sea mala del todo, pero no soy ordenado. 
  5. Moby Dick. Releo de vez en cuando Moby Dick. Ninguna lectura me recuerda a la anterior. Es como si entrara por primera vez. Así debería ser el amor. Una especie de Moby Dick del corazón. Entrar y sentir que nunca ha estado uno en ese sitio. 
  6. Tengo un amigo, al que llamo hermano con absoluta convicción en la mentira, al que le encantan los faros. Me ha hecho amarlos también. Imagino que no a su manera. No los miro con la misma intención. No caigo en el vicio que agita su pecho y que le hace sentirse pleno cuando los observa, pero entiendo a qué se entrega, comprendo que está fabulando, componiendo un capítulo de una novela o una escena de un cuento o un sueño volcado al día. Y el mar, en ese sentido narrativo, coopera como nada pueda hacerlo. 
  7. Escribo cada vez menos poesía, escribo cada vez menos cuentos, escribo cada vez menos de lo que empecé escribiendo, cuando escribir era crear. Ahora no sé qué es. En cierto modo he perdido esa afición quizá un poco inconveniente de las etiquetas y he ganado en libertad, en la facultad de crear sobre lo que se me antoja sin caer en consideraciones de pertinencia o sin pensar en demasía en si conviene el estilo o estará bien a ojos de alguien. Escribo para que se me lea, por supuesto, pero podría prescindir del lector, el hipotético, el que está ahí, tú, ahora, forzado a pensar en lo que yo pienso ahora. Los que escribimos - no me atrevo a darme ya esa consistencia fonética y semántica que acarrea la palabra escritor - tenemos esa virtud: la de colarnos en las cabezas de los demás, la de hacer que otros, sin que estemos de por medio, tenga en consideracion lo que se nos va ocurriendo. Yo mismo, anoche, anduvo emboscado en unos cuentos de Poe. Llevo toda la vida ahí dentro y ni conozco al buen hombre. 
  8. No se apremia uno por medrar, no se obceca, no lo considera en esencia un norte sobre el que conducirse. En todo caso, confiamos en el azar, le dejamos al azar la escritura de ese proyecto de vida. Las veces en que uno alcanza un logro relevante no es por obra exclusiva del talento o del trabajo, pensamos. El azar intercede, el azar se involucra. Y cuando fallamos, cuando no alcanzamos esa cima, pensamos que no lo desbarató nuestro escaso talento o el ineficaz trabajo sino que fue el azar. Y vivimos felizmente delegando todo a esa criatura falible, voluble, maravillosa a veces y lamentablemy triste otras.



19.7.14

El mapa y las cruces

Ya no hay occidente, han saqueado el mapa, lo han despiezado a conciencia, no han dejado en pie nada más que cuatro o cinco grandes bancos, algunas catedrales muy altas y todos los colegios en donde se imparten las disciplinas del futuro. En ninguna de esas disciplinas figura la ternura, en ninguna está la bondad. A todo lo que se aspira es a que el saqueo continúe y haya una buena herencia para las castas nobles venideras, las que administran las ganancias y valoran en privado las pérdidas, que serán aceptables si las mastican otros, los pobres de siempre, los bombardeados, los que se duelen sin que el dolor se advierta, los desheredados ancestrales, que no supieron nacer en los áticos de las casas residenciales, untados de la miel del triunfo, conscientes de que el mundo es de ellos, aunque lo pueblen los demás, a los que no se ven. No se ven los muertos de Gaza o los de Ucrania, pero habrá más, estarán en los informativos, como si fuesen materia narrativa de una ficción que se ve en casa, leída como una novela de acción en la que los dilemas morales ocupan un parte irrelevante de la trama. La sangre es la que lo ocupa todo. La sangre juntamente con el miedo. No sirve nunca lo que la historia ha venido contando. El principal oficio de la escuela fracasa cuando los que fueron a ella arman un fusil y se visten para el combate. Todas las escuelas del mundo son inútiles en cuanto un descerebrado desnuca a otro con una piedra o con un misil por las razones que se le antojan más pertinentes. Nunca son justificadas las razones que hacen que mueran los niños o que las casas de una población muerdan el suelo y muestren su esqueleto puro, los escombros sin lírica. Lo que aguarda es más de lo mismo. Por mucho que algunos se obstinen en decir que la cultura lo salvará todo, pero no hay cultura, no hay occidente, lo han saqueado a conciencia, no han dejado en pie nada hermoso. El arte ha sido el primer sacrificado, el arte ha sido el primer muerto. No hay belleza en las fotografías de los reporteros, las de los niños de la franja de Gaza, los niños de las bombas. La democracia no es suficiente, pero no se ha encontrado un sistema más fuerte. La democracia es una excelente nodriza de genios y solo con ella florecen los grandes hombres de letras. Lo dejó escrito Longino. No hay genios ni hay espíritus nobles a los que arrimarse para ir ascendiendo. Solo están los soldados y los generales. El mundo terminará en manos de las milicias. No importa que haya paz y haya belleza en algunos rincones del mundo. Gaza no parece de este mundo. Nunca lo pareció. Está en mitad del dolor, en la nada hueca donde retumban las bombas. Luego está la retórica de la guerra, el discurso de los que vencen, el salmo triste de los vencidos. Y no creo que sea este el momento de dar aquí una postura sobre quién tiene la legitimidad de atacar, sobre si es punible contrarrestar el asedio de la casa y asediar la del prójimo. Ahí, en esa columna de pólvora y de rezos, está la nota necrológica del mundo, que murió a poco de fundarse o que nunca terminó de nacer del todo. Está el cielo a medio hacer y el hombre le inventó los dioses, lo poblaron de metáforas, lo convirtieron en un refugio. Las guerras son el fracaso de todos los ángeles. No hay guerra en la que no caigan. Somos indolentes. Más que otra cosa, es la indolencia lo que nos conforta, encapsulándonos, haciendo que la realidad discurra sin que tengamos que considerar en ningún momento su credibilidad. Por eso las crónicas bélicas no nos incumben. Las vemos con la neutralidad del que paga un servicio de televisión por cable. Hay una tarifa plana del miedo. No de la poesía ni de la ternura, pero el miedo fascina más, el miedo da mayor placer a los sentidos. El mapa está alfombrado de cruces. 

Vicios de verano II


En ocasiones conviene estar triste, declararle al mundo que algo dentro de uno está roto o simplemente censurar el entusiasmo, esa urdimbre invisible de esplendor orgánico, la trama feliz con la que resistimos el oleaje canalla de los días. Conviene la tristeza, a pesar de algunos indicios fiables de alegría que mansamente nos distraen, pero se tarda muy poco en regresar a la mullida estancia de la tristeza y menos todavía en encontrar pasto confortable a los sentidos, que están a salvo del vértigo. El vértigo atropella, el vértigo invade, el vértigo devasta. Cerrado, concluido en uno mismo, relevado de ninguna responsabilidad social, nàufrago de sus vicios, consciente de la ilusoria mentira de la felicidad y conjurado para acceder al limbo perfecto del equilibrio, pero no es posible todo esto, oh my friends: la realidad atropella, la realidad invade, la realidad devasta. Lo real, por real, por su sustancia invasiva, aturde. No hay escapatoria posible: se vive para los demás, se firman a diario infinidad de contratos, se abren hipotecas emocionales y se constata que el eremita, el que gobernaba la travesía de su alma a antojo, sin administración ajena, era en el fondo un pobre imbécil, un descarriado al que la vida lo había arrojado a ese abismo de grises y de silencios en el que el tiempo no existía o, en todo caso, únicamente existía bajo la obscena especie de sus movimientos peristálticos. Son tiempos de bonanza a pesar de la crisis: tiempos fantásticos para quien huye de la tristeza: huir hacia adelante, empitonando lo que se presente, cuidando de no involucrarse en demasía en nada para así poder lamer las aristas visibles de todo. Tiempos de banda ancha y twitter, espejos deformados de una sociedad acelerada que deposita su vértigo (el vértigo, ah el vértigo) en el infinito inventario de entretenimientos servidos con lujuria de adornos y ávidos de que se les manosee, pero no vayan a creerse dueños del objeto recién adquirido. Nada nos pertenece: todo es estacionario. Confusa está mi alma, pero a sabiendas de la confusión avanza, bracea, repta, escala, empuja, escala, se hace y se deshace a cada instante, alerta por si la señal wi-fi flaquea y nos quedamos en mitad del coito sentimental con las horas, que se dejan penetrar y hasta arquean su cintura mística para que nuestras acometidas sean más profundas y gozosas. Por eso en ocasiones conviene estar triste, desprenderse de todo historial y mirar el mar, cuando anochece, como si fuésemos el único habitante de esta franquicia del ocio. El mar, ah el mar, qué plenitud la suya, qué catedral sin dios, qué hondura sin alma, o la tiene y por eso obra como suele el mar, por eso las olas, por eso la soledad infinita de sus adentros, a los que no llegamos. Pero en verano, en días grises como el de ayer, el mar sustancia lo hermoso como casi nada a lo que yo ahora pueda agarrarme. Uno se esmera en las palabras, en lo que puede, pero no alcanza a nombrar todo lo que observa. Ayer, el Atlántico, mirándome, mirándolo. Fue un diálogo inapreciable por los demás. Lo tuvimos un par de minutos en los que lo miré y nos miramos, insisto. Nada que yo sepa organizar en palabras, nada que me libere de la sensación de hermandad, de la paz que me produjo saberme espectador de una obra tan sublime. De cosas sublimes, es cierto, del mar cuando de vez en cuando nos conmociona. Somos frágiles, somos poca cosa, la verdad. No sé si conviene al final la tristeza, la sobrevenida, la que te calma y hace que te concentres en lo que te rodea. El entusiasmo, ese júbilo inargumentable a veces, conviene también. Escribir es un acto de entusiasmo absoluto. El verano hace que lo haga menos. Se distrae uno con tanto. 

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