1.3.15

Nacer, crecer, comprar, vender, morir

En literatura me sigue fascinando la brevedad, la concisión, la posibilidad de que lo extenso pueda ser rebajado sin que nada se pierda o, si se prefiere, el deseo de que esa rebaja, esa voluntad de acortar y de disminuir, posea la misma hondura que la novela larga, exhiba la misma musculatura narrativa que su hermana mayor. Está de moda lo breve, pero es el vértigo de estos tiempos, su zozobra, su cinética, la que ha izado al género. La propia tecnología fomenta que lo breve triunfe. Hay que ser concisos, hay que luchar contra lo extenso. Lo que no sé es si en esa operación sale perjudicada la eficacia narrativa y se terminan perdiendo matices y gana el formato y pierde lo que el formato acoge. A este estado de las cosas se suma la facilidad - bendita ella - con la que cualquiera pueda dejar huella en la senda de la literatura, esté donde esté la senda. Porque hoy en día todos podemos publicar, no hay nadie que esté apartado, no hay apestados, no existen. Basta un blog o una cuenta de facebook o de twitter para que yo mismo airee mis cavilaciones, y acudo a mí porque soy quien tengo más cerca y soy alguien que no está metido en la rueda de las editoriales, ni tiene visos de estarlo. Lo frenético de este mundo pide raciones breves, ocurrencias de un minuto, naderías formidables que se despachan en el autobús, en la pantalla del móvil o en uno de esos nuevos relojes sincronizados con nuestra vida cibernética y que nos informan, como quien mira la hora, de lo que se cuece en el mundo y de quién lo cocina. ¿Malo? No, no tiene que serlo. Que sea literatura o no tampoco importa. Más vale que discutamos sobre nuevos formatos de la escritura o sobre si escribir con esa austeridad conviene o no: el caso es que se escriba, la cosa es que sea la escritura el asunto del que hablamos y no otros, no sé, hay muchos y todos tenemos varios lamentables que invariablemente nos cercan. Pierden Thomas Mann y Marcel Proust, pierden Tolstoi y Faulkner. Al paso que vamos, si prospera esta logística de la lectura, será verdad que pierdan. En una generación o en dos, no tendremos lectores voluntarios de La Regenta o de Lolita. No estará el cerebro preparado para soportar la quietud que exige leer, no querrá esa dilatación de la trama, preferirá que le resuelvan la incógnita con rapidez al modo en que lo hace un cuento breve, uno de esos maravillosos microcuentos. Será el género en alza, el Género por antonomasia, desbancando a la novela, que ha sido el sostén de las letras desde hace casi tres siglos. La vida parece un aforismo. Naces, creces, compras, vendes, mueres. Importa la violencia del contenido: que llegue bien y llegue pronto. No interesa que se ramifique, no habrá nada bueno en que el autor se entretenga en declarar su amor por la periferia, por las emociones prescindibles. El problema es creer que hay emociones prescindibles. No me extiendo más. No vaya a ser que parezca una novela. 

28.2.15

Si no es la razón, si no lo es de verdad, tendrá que ser la poesía

Es difícil saber a quién le asiste la razón o si le asiste a tiempo completo y no hay materia a la que no le aplique la intendencia más alta y sobre la que no se permita vacilación o zozobra. He conocido yo gente muy preparada, gente de resoluciones expeditivas, gente que no se vienen abajo en la adversidad y a todo saben encontrarle una vía o un acceso limpio. Tienen la madera de la que uno carece y se prestigian más si no la airean, si no caen en presumir de ella y en hacer que a todo acuda y a todo le dé su pequeña o grande versión de los hechos. Son gente que admiro sinceramente. No porque sepa que no tengo los recursos que manejan -aunque alguno tendré y útil en labores que ellos ni alcanzan - sino porque entiendo que el mundo depende en parte de que existan y de que se involucren en las cosas y las gobiernen y no escatimen nada para que ese gobierno luzca, sea útil,  No creo que se tenga razón a tiempo completo, como decía, algo debe salirse del tablero en la administración de un asunto tan enorme como un país, algo que afecte a un bloque de vecinos o a un pueblo entero. Lo que a unos resulta ventajoso es a ojos de otro un dislate, un metedura de pata descomunal o una tragedia. En lo privado, en el ámbito estrictamente personal, aplicamos la misma voluble ley: lo que a mis ojos es un proceder recto es en ojos ajenos un error o un delito o un pecado. Quizá la razón sea la que no sirva, digo el medir con ella, el pasar por su criterio las obras y los gestos, las palabras y las acciones. Pero si no es la razón, ¿qué? A K. le incomoda que todo se impregne de ella o deba impregnarse: prefiere la poesía que es el hacer, en su deriva etimológica, en su griego nativo. Hacer poesía, decir justamente lo que no se espera decir, obrar sin que se vea venir lo obrado, hacer que el camino más hermoso entre dos puntos no sea jamás la línea recta. Claro, que no podemos permitir un mundo en el que solo habiten poetas. Sería un modo insoportable. Tanta lírica debe malograrlo todo. He conocido gente con un sentido poético altísimo, sensibles hasta el desmayo, a los que se les ha puesto muy cuesta arriba sobrellevar las cosas mundanas, los trabajos domésticos, todo ese trasegar con la rutina que consiste en hacer la cama, fregar unos platos y llevar al día las cuentas de la casa. Asuntos etéreos, ésos son los más míos, me confesó un poeta, K. Me lo dijo como si estuviese liberado de esas diligencias laborales y otros, menos líricos, se encargasen de hacerlas por él, manumitido por alguna extraña conjunción estelar, cáscara de huevo aristocrático casi. Los poetas somos gente extraña, sin duda. Me he metido por alguna poesía de la que me haya sentido particularmente orgulloso. Al menos justo después de escribirla. No sé si se puede ser poeta a tiempo completo. Tal vez sí y el mundo gire por esa dedicación absoluta. Si Dios existiera debería separar a los poetas del resto de los mortales, se les debería conceder el paraíso y la salvación y la revelación de los secretos que siempre persiguieron. Si no es la razón, si no lo es de verdad, tendrá que ser la poesía. Ojalá sea ella. Es difícil saber nada. Igual no sabemos nada y todo son aproximaciones, incursiones muy cortas en un asunto que nos viene muy grande. 

25.2.15

Elogio y coda

Elogios
Creo que se debería hacer un elogio al día, uno al menos. Se puede poner más o menos empeño y que salga un elogio menudito, como de compromiso, o uno resolutivo, saludablemente consistente, del que no quepa duda alguna de la convicción del que lo formula. Un elogio hacia alguien o hacia algo, un elogio que se entienda y al que se le puedan añadir líneas y no restar ninguna, pero no está el elogio de moda. En todo caso está su anverso. Propendemos más a poner el cuchillo en el cuello de la cosas y hacer como que estamos dispuestas a rebanar lo que se plante. Elogiar no es lo frecuente, ni lo recomendable. Parece que al elogiar nos se desprestigia el que lo hace.. Hay una educación alrededor de este asunto: se mama (verbo horroroso, pero no encuentro otro más eficaz) desde las tiernas infancias. Como si fuese un signo de debilidad. No está el aplauso, el sincero, integrado en las formas cívicas, en los protocolos con los que convivimos. Se aplaude al tenor en el escenario de la ópera o al delantero que taladra la red del portero rival, pero se lo piensa uno si toca exhibir nuestro entusiasmo por el éxito del vecino. Se debería hacer un elogio al día, propongo. No elogios abstractos, de poco asiento en el trasegar de las relaciones sociales, sino elogios personales. Saber que hay cosas que se hacen bien y que nos toca vivirlas de cerca y saber quién contribuyó a que se concluyeran airosamente. Disfrutar en la celebración de la festividad ajena, hacer que esa celebración (en parte) tenga algo nuestro. Elogiar por costumbre, elogiar sin otro motivo que acostumbrarnos a ese placer sencillo. 

Elogio de la rutina
Piensa uno en cómo ha ido el día, en si ha tenido algo por lo que recordarlo o no ha habido asunto de enjundia ni de alborozo, Piensa en instantes, en lugares, en las conversaciones, en los gestos; piensa en lo que hizo que sonriéramos o que nos achantáramos, en lo hermoso, en lo feo, y es a veces la fealdad la que triunfa, y lo hace de un modo grosero, acallando a la belleza, sometiéndola. Y el bien también se cohíbe en cuanto el mal aparece. Es el mal el ídolo de las mitologías. Las religiones, tan épicas ellas, tan enfebrecidas de metáforas, acuden al concurso del mal para justificar sus discursos. El diablo es el que se construye la narrativa del bien. A Dios, al buen Dios, el fabulado, el creído, el hacedor, el indispensable y el ausente, se le entiende por la cercanía misma del Diablo. Todo a lo que nos acercamos, movidos por ese afán de traducirlo todo a la luz o a las sombras, termina sacudido por esta idea, zarandeado a veces. Por eso el día ha sido bueno o ha sido malo, sin que se pueda introducir en la ecuación un término intermedio, una especie de incógnita voluble, algo a lo que agarrarse cuando acaba el día y piensa uno en cómo fue, en si estuvo Dios de nuestra parte, si es que está en alguna, o fue el diablo quien lo manejó todo a nuestra dolorosa contra. No valen, no se registran los términos medios, esa rutina maravillosa que a mi amigo Rafa Padillo le parece una bendición del mismísimo cielo. 


23.2.15

Así empieza lo malo / Una manera de novelar la vida


 


En las novelas de Javier Marías, en Los enamoramientos y en Así empezó lo malo muy marcadamente, hay una propiedad de la lentitud que entusiasma. Parece que la trama no avanza y que el texto, que no es en esencia la misma trama, enmaraña ese avance, adquiriendo el conjunto un incómodo (en ocasiones muy incómodo) lastre semántico o sintáctico, del que no se zafa y del que paradójicamente se vale para obrar el milagro de la narración, que luego es espléndida y muy amena en su lectura. Sostienen los que lo rebajan que es precisamente ésta la tara que lo marca y, al tiempo, es esa misma tara la que, reconvertida en virtud, le facilita el elogio de otros. Ando yo en un fascinado término medio: admiro la excelencia narrativa, ese alambicar las frases, estirándolas a veces incomprensiblemente, pero alcanzando un punto narrativo óptimo, en donde todo se compacta y se entiende; admiro su precisión en el tono, ese ir hacia adelante morosamente, pero sin detraer una pizca de interés en el lector, aunque la ambición principal, lo que se cuenta y lo que importa, ande rezagado o parezca que vaya así, un poco desmadejado, impreciso, como si al autor se le hubiese ido de las manos y se explayara en las periferia, en contar lo que pareciera no aportar nada, pero sí aporta, claro que aporta, aporta mucho y Marías lo sabe y lo explota. Lo que ahora me trae ahora un poco intrigado, si es que es intriga lo que tengo, es si Marías narra su novela al modo en que la vida se va sucediendo, de modo que no se plantea, más allá de lo razonable, cortar lo superfluo, anular lo que en principio no procede, sino que se deja llevar y no omite nada o lo hace muy levemente, añadiendo excursos, imbricando, alambicando, llevando la trama a los laterales o haciendo que los laterales, la promisión de exteriores, influya en el meollo, en la cosa principal, en la sucesión de sucesos (déjenme, estoy lanzado) que van ofreciendo todo lo necesario para que el lector obtenga una visión perfecta, no una parcial, ni una fragmentada, no: hablo de la visión, de la gran visión, del mundo considerado como una espiral, algo así. Es tarde, quizá no sea el momento para que yo, después de un día verdaderamente largo, me mete en estos menesteres novelescos. No tengo cabeza. Me quedan las ochenta últimas páginas de Así empezó lo malo. Y es muy bueno. 

22.2.15

Un bucle

No, no está el domingo especialmente creativo, aunque a las siete en punto encendí el ordenador, di rápidamente con una carpeta con el nombre provisional del proyecto, preparé la mesa de trabajo y dispuse los folios en sucio, las hojas manuscritas, los cuadros en los que se perfilan los personajes y todo lo que se me va ocurriendo, esparcido con primor, pero recogido después -no mucho después, la verdad - con un poco de tristeza. La que da no dar con el tono que haga discurrir fluidamente todo lo demás. Escribir una novela, la largamente aplazada novela, requiere que yo aplace todo lo demás, imagino. Incluyo familia, trabajo y hasta una parte de mí mismo que uno no está dispuesto a dejarse arrebatar. Y no es posible tal cosa. No, al menos, ahora. Y si ahora no se puede, por las causas sospechables y por las que barajo yo solo, no sabría decir cuándo. Tengo un par de amigos - P. y A. - que sostienen que nunca voy a escribirla y razono que llevan razón. No porque quizá no sepa y yo me haya convencido de lo contrario. Pensé anoche que hoy sería el día uno, ese día fundacional, que luego se recordase, y me levanté con entusiasmo. Puse a Bill Evans, me preparé un café y consideré cómo poner a funcionar la trama, desde dónde abrirla, y ahí quedó prácticamente todo. Lo cuento para que no ocurra de nuevo. Las ilusiones sirven para tener otras, quizá solo para eso. Mientras se tienen, el mundo gira y hay un plan que hacer y hay un país que conquistar. 


21.2.15

La vida contada con un dronie

Pasmo, incredulidad, perplejidad, más: está dronie, que es el palabro con el que se define la fotografía que se hace uno mismo desde un artilugio aéreo no tripulado. No creo que me haga nunca un dronie. Sí que he caído en la frivolidad de disparar desde el móvil y registrar mi cara, sin que ese registro tenga un objeto, sin que haya necesidad de hacer trascender lo que está tan a mano. De la moda del selfie se extrae con facilidad un signo de los tiempos en los que vivimos: la incontestable supremacía del yo, la injerencia del yo en todos los ámbitos, el volcado entusiasta del yo. La novela clásica, la decimonónica muy especialmente, censuraba ese volcado y le daba la mayor de las importancias a la tercera persona del verbo. La actual no es ni novela siquiera, o lo es de un modo disperso, parcial, más entusiasmado en el formato o en la técnica que en el entramado narrativo. Se cuentan menos cosas, pero se cuentan más alegremente, con una más abundante logística. Es el dron el que cuenta los avatares, las circunstancias, sin que exista constancia de que se pringue en lo contado, sin bajar y dejarse contaminar por lo observado. Puedo contar mi vida, podemos decir, sin estar muy cerca de mí. He aquí yo mismo, pero contemplado desde lejos, contado sin roce ni afecto alguno. Esta especie de metaliteratura -aséptica, fría -  irá a más y disfrutaremos mucho. No está herida la literatura: no deja de ser un episodio, uno muy interesante, al cabo, en el que la tecnología prorrumpe con fuerza en todos los cánones, en todas las formas de contar el cuento y se adueña del cuento mismo, apartándolo, considerando que lo importante no es la historia sino la puesta de largo de los instrumentos que han permitido su difusión. Mi profesor Luis Sánchez Corral habría disfrutado estos tiempos. Echo en falta tenerlo en la barra de un bar - El Platanín, calle Jaén, Córdoba - poniendo a caldo todas estas banalidades de la industria. 

el gran fluido / fin

a caty luz, con o sin k.

de lo que no me conforta, de lo que me excluye, de las mesas sin recoger, en una terraza de un bar, de las palabras a medio decir, en un sueño, de los golpes que no suenan nunca y que aplazan la felicidad y dan al día el tono gris, el tono gris de los poemas tristes, el día en que uno escribe un poema triste ya no sabe cómo levantarlo, se aplica, se esmera y se esmera mucho, pero no se le van de la cabeza las palabras y el poema ronronea en la cabeza, que es donde están al final todos los poemas, yo tengo en mi cabeza todos los poemas que he escrito, los tristes son los que más duran, los que menos se dejan intimidar por mi voluntad de ser alegre y de poner la alegría en la ventana mientras suena una melodía pop, si no fuese por las melodías pop mi humor sería gris o no tendría humor, no lo tengo casi nunca, aparento que hay uno, pero es un humor de circunstancias, como una mosca que de pronto se para en el brazo y la violentas con un gesto, la mosca siempre huye, no hay quien la convierta en una mosca muerta o una mosca moribunda, me da lo mismo, lo que me importa es ir avanzando y no sentir que me distrae una mosca, una mesa sin recoger en una terraza de un bar o un pobre en la puerta del mercadona clamando justicia, pidiendo un mendrugo de hacendado, pero el pobre sigue ahí, a dos calles de aquí, y yo estoy escuchando pop, escribiendo en plan disperso, no sé si alguna vez me concentraré y escribiré con más hondura, sabiendo de donde parto y mirando al lugar a donde acudo, no va a ser posible, al menos no de momento, me voy a conformar con ir cerrando el post, con ir pensando qué cenar, porque hoy ha sido un día largo y mi cabeza necesita desconectar, perderse, no sé qué hace mi cabeza cuando yo no la administro, si me traiciona, si es la cabeza crápula o la admirable y entera, la que no se mete en problemas, la que se deja acariciar, la que lee a keats y escucha a shostakovich, la que acaba de ver the imitation game, un hombre contra sí mismo, una historia de amor, aunque la visten de otras cosas, en realidad todo son historias de amor, incluso las que no lo parecen son historias de amor en el fondo, es el amor el que lo cruza todo, el amor panteísta, ah el amor dodecafónico, el amor bebop, todo ese amor con el que miramos la luz al poner el pie en la calle y decir buenos días, buenos días, ayúdame, oh señor, a elevar la cumbre de este día, ni siquiera k. me reprueba, me conste que le gusta ese vicio mío de todas las mañanas al salir, al poner el pie en la calle, k. debe decir lo suyo también, quién no tiene un mantra interior, un recitado privado con el que saludar la mañana, da lo mismo que lo vistas de oración o de rap atropellado, pero son las palabras las que importan, las palabras grandes y las pequeñas, todas esas palabras con las que pronuncias tu lugar en el mundo, yo tendré el mío, hay días en que lo dudas, quién no lo duda, quién tiene esa certeza, yo no la tengo, cómo tenerla, ya termino, se acaba la historia, se cierra la luz, concluye por hoy la trama, fue buena, la llevé con esmero, no se me escapó de las manos, hay días en que se escapa, k., días que son muchos, días grises y días bastardos, en que no se escribe, en que el autor no tiene nada que decir o lo dice muy para adentro sin que se escuche, ni lo escucha él mismo, libros invisibles

20.2.15

el gran fluido

no sabemos qué vamos a hacer con la fiebre, no sabemos qué vamos a hacer con el miedo, no sabemos qué vamos a hacer con el vértigo, no sabemos qué vamos a hacer con el tiempo, pero recogemos la basura, la basura de plástico, la orgánica, el papel, y vamos al supermercado, antes de entrar arrojamos el plástico, las raspas del besugo, las latas de cerveza holandesa, los huesos del pollo y el periódico de anoche en los contenedores soterrados, en mi pueblo han puesto muchos, se ve el pueblo distinto, el pueblo moderno, sale uno a pasear y admira toda esa modernidad, de verdad que sí, un contenedor soterrado dice más de un pueblo que una estatua de pablo neruda en una plaza, los poetas casi nunca merecen estatua en plaza salvo que, oh azar, oh delicado atropello de las horas, el poeta haya nacido a la vera de esa plaza, en la calle aledaña, en una casa de dos plantas, más bien humilde, donde la concejalía de cultura y bienestar doméstico ha construído un santuario turístico al que vienen frikis del verso endecasílabo, vienen en tromba, leen a whitman, declaman capitán oh mi capitán, leen a rilke, todo lo  que a me entrego se hace rico y a mí me deja pobre, leen a vuelaojo versos historiados, se asedian a versos mientras afuera la realidad se adensa en lluvia, dentro de la lluvia está whitman, está neruda, no sabemos qué vamos a hacer con las odas elementales, con los versos más tristes esta noche, podemos sacar la basura, depositarla sin protocolo en los contenedores soterrados, el orgánico, el de plásticos, el de papel, esta vez no llevo botellas, pero hay un contenedor verde chillón con una boca menudita por donde el cristal se abisma hacia una oscuridad ruidosa a salvo de de la luz y del fragor de los colores, las horas crujen como la ginebra en el cerebro, las horas duelen como un retrato de baudelaire, las horas en vilo del poeta en lo hondo, abriendo puertas, contando sílabas, destrenzando tramas, mi corazón va al supermercado, llevo en un bolsillo la lista de la compra, el detergente, la cerveza, la leche, el suavizante, llevo en un bolsillo a bill evans, no sé cómo se puede ir al supermercado sin waltz for debby en el bolsillo, sin ese extracto de cinco minutos del cerebro tóxico de un genio con gafas de pasta, cara de matemático y pelo jim morrison antes del sacrificio, pero nada me satisface más que este festín de las palabras antes de ir a la cama, demorándome en un hilo, atendiendo otro que me llama desde dentro, las cosas importantes están en lo hondo, valen cuanto más hondo están, se desvanecen, se fragmentan, se mueren en la superficie, al oro del aire se van muriendo sin que podamos insuflarles un adjetivo, un verbo místico, éxtasis fonético, sublime polvo de letras, lo que whitman con su barba prehistórico, lo que neruda con su cara de profesor de latín, lo que baudelaire con su gesto esquizoide, lo que whitman, neruda y baudelaire sabían, el poeta conoce el ruido del universo, ve en los pasillos del supermercado secretas líneas de texto cósmico que los demás no ven, el ruido sin intención de los átomos de luz que nos embriagan de colores, el poeta está alerta, vislumbra lo que no está, lo inventa, un dios es el poeta, un dios nebuloso y responsable, el poeta no está en contradicción con el universo, es el único sujeto que no está en contradicción con la mecánica celeste, el poeta ve los arcanos, el poeta entra en un supermercado, saca del bolsillo la lista de la compra, lee los apuntes, la letra extraña, escrita aprisa, la caligrafía de la rutina está en las listas de la compra, es la rendición semántica de nuestra esclavitud en el mundo, uno escribe leche porque una botella de leche o dos o un pack de seis le espera como la noche espera al día, en el extravío de esta crónica de mis vicios me observo con detalle, me declaro ajeno, me miro desde lejos, no me conozco, no sé quién es quien escribe, el que encuentra las palabras conforme las teclea, el que hace años que no ve a su amigo juan porque no sabe dónde está juan, aunque piensa a menudo en juan, en los bares en san fernando, en la cerveza con mucha espuma, en los bocadillos de tortilla de patatas, en las historias del exterior que amenizaban las historias del interior, pienso en juan, pienso en maría jesús, pienso en maría del mar, que me recogía en el panda de un primo y me dejaba a pie horas más tarde, después de haber oído la música acuática de haëndel en un cassette sanyo muy viejo, en una cinta tdk muy vieja, en un piso de alquiler sin muebles casi, pienso en your song cantada en un jardincito urbano con antonio y con auxita, pienso en whitman leído en un ascensor, pienso en baudelaire hace poco días, en el bolsillo de mi abrigo de invierno, el bueno, la edición de las flores del mal que tradujo jacinto luis guereña y editó visor en ese negro mítico que ilumina los ojos de los buenos aficionados a la poesía, pienso en todas esas cosas que no están o que están a trompicones o que sólo están cuando uno hace un esfuerzo verdaderamente considerable para que estén, confío en mí mismo, confío en la memoria a la que le debo mi vida, ignoro qué sería de mí si me fallase, si de pronto se me fuesen muriendo los nombres, el menú interactivo del guión, las corrientes de aire en el piso de la calle de la biblioteca, beautiful girl en samarkanda, jack daniels en el chiringuito oyendo sledgehammer a la medianoche, va uno copiando en la lista de la compra el detergente, la leche, la cerveza, la mantequilla pero no puede ir copiando el afecto, la ternura, la sinceridad, el júbilo, en esas palabras grandes de homilía de la vida es donde está debby, la sobrina de bill evans a la que dedicó el vals que escuché anoche una vez más mientras regresaba a casa lentamente, demorándome en los escaparates, buscando prodigios en el aire, buscando a whitman en el cláxon de la furgoneta que casi derriba a un motorista, febrero es una fiebre de metales metafísicos, mi amigo k. me ha pedido que deje de escribir en este blog textos automáticos, escribir por escribir, sin pensar, me dice que no es manera, él cuida esos detalles, exhibe un pudor del que yo carezco, me gusta exhibirme, presentarme a la espontánea audiencia, hablar de whitman, hablar de neruda, hablar de baudelaire, hablar sin otro objeto que ocupar el espacio en donde antes de que hubiese palabra únicamente había silencio, el moribundo silencio de los abrazos que se fracturan, el tiempo sin conciencia, las horas como un fardo, las horas sin rellenar de luz, las horas sin bendecir por ningún prodigio de ésos que la belleza ofrece a beneficio de quien está atento y lo recoge, las horas infinitas del tedio vencidas por las horas infinitas de la alegría sencilla de ser feliz unos minutos al menos, somos custodios de una felicidad partida, buscamos a diario la luz entre la sombra del tiempo, somos la herida iluminosa, el milagro paradójico, el despejador de incógnitas en el álgebra teológica, el astrofísico del alma, somos el beso nocturno, somos whitman tumbado en el centro exacto del universo, mirando arriba, mirando dentro, buscando arriba, buscando dentro, a k. no le gusta whiman por sencillo, no ve dentro, se deja confundir por el peso liviano de las palabras, por su aparente fragilidad, pero dentro de whitman está la clave del universo, la ecuación absoluta, el texto secreto, la llave antológica, dentro del poeta whitman está baudelaire, dentro de nerude está whitman, está baudelaire, está la poesía trágica y la poesía cómica, el verso que blande un grito y el verso que tutela una levísima caricia, estos alivios de sábados por la mañana, oyendo jazz, pensando en juan, en maría del mar, en bill evans, en los años sin fluido, en los años sin dinero en el banco, en los años rosados de paseos por la judería a la vuelta de los pubs gloriosos del centro, en los años de danza invisible, en los años de robert smith diciendo que los niños no lloran, en los años de la universidad frenética de la vida, jugando al billar en el cairo, inventando versos en la clase de pedagogía, comprando discos en simago, viendo fantasmas en los surcos, objetos muy livianos de belleza ectoplásmica, invisible al ojo desastento, sólo presente si te dejas conducir despacio, pienso hoy en juan, en whitman, en los países metálicos de la infancia sin libros, en toda esa adolescencia sin sobresaltos en la que pude descubrir al yo vigilante, al yo auténtico que luego, al correr de los años, deviene siempre un yo transeúnte, un yo caótico, el errático escribidor de insomnios, el amanuense febril que en las horas últimas del día se concede el inocente placer de creer que alguien afuera va a tomarse en serio lo que ni él mismo, ya lo advierte k., se toma, pero van los días pasando, los días en su vértigo, no sabemos lo que es el vértigo, lo que son las horas, las bebemos a sorbos grandes, las mordemos con entusiasmo, creemos que las podemos convertir en palabra, decía cortazar que el frío complica siempre las cosas, y en ese plan es uno feliz deseando menos, evitando el frío, buscando a debby en un vals, en la lista de la compra, en los códigos de barras, en el sueño, k. busca a debby en evans, me enseñó a descubrir el texto dentro debajo del texto, la melodía dentro de la melodía, el tiempo en el tiempo, el espejo en su hondura, pero ahora él se cierra, se aleja, huye, k. es un falso, eres un falso, le cuento, me mira, me analiza, sabe que le conozco bien, llevamos una vida juntos y hemos tenido las trifulcas juntas, alguna desavenencia, livianas frivolidades de dos que se condenaron a entenderse, la rutina del yo que se escinde y va al mundo solo y vuelve dolido, una especie de avatar, qué quieren que les diga, el avatar posible, los poetas nunca merecen estatua en plaza, la adquieren a lo mejor tarde, es posible, la adquieren a título póstumo, en el barrio en donde nacieron, con los vecinos mirando con orgullo, con todos los vecinos, los vecinos de izquierdas y los de derechas, los que creen en jesús divino y los que les pasan de jesús divino, los vecinos que no decaen nunca y los que están todo el día apesadumbrados, los poetas vuelven del campo con un racimo de versos bajo el brazo, con los pájaros que vuelven de otros países, con los pájaros benditos de las alas benditas, porque la poesía es un oficio bendecido y su aliento lo impregna todo, no sabriamos vivir sin la poesía, es quizá eso lo que hace que el mundo no se haya ido del todo a la mierda, que la poesía esté ahí, invisible, impregnándolo todo, aunque haya gente que no cree en la poesía, como hay gente que no cree en jesús divino, pero la poesía es un bien más alto que la creencia en un mundo superior porque la poesía ya es, en este mundo, no en ningún otro, un bien alto, uno de esos bienes nobles que pueden salvar al mundo del caos, pero el mundo va al caos de cabeza, me lo ha dicho hoy k, el país va al caos, pero el mundo está ahí afuera, yendo al caos, nos estamos muriendo y no nos damos cuenta de que nos estamos muriendo, compramos la prensa, leemos las novelas nórdicas, bebemos café en las terrazas de los bares, pero el mundo se está desintegrando, ni siquiera hay un plan del gobierno, les viene grande el caos, no se les ha ocurrido convocar una reunión de poetas, poetas maximalistas, poetas minimalistas, poetas venéreos, muy lúbricos, muy salidos, poetas castos, pacatos, de una contención sobresaliente, juntarlos a todos y ver qué pasa, igual salen de la reunión con un par de ideas fantásticas, no sé, no entiendo yo de esto, pero me está viniendo esta noche ancho un párpado, otra vez el párpado de siempre, la realidad se obstina en contrariarme, se pone incómoda, como una mosca que se ha fijado en la bondad de tu piel, en la tersura de tu piel, en toda la formidable disposición topológica de tu piel y ha decidido echar las pocas horas que le quedan de vida en molestar al prójimo, al bienintencionado prójimo, la vida está llena de buenos prójimos, no dejándote respirar, ahogándote, convirtiéndote en un ser despreciable, despotricando contra la mosca, la mosca, la mosca, la madre que la parió, yo vi una en un cristal y pensé en machado, pensé en todas las moscas literarias que han pasado por mi cabeza, es mejor la mosca en el cristal, apabullando con su mezquina insidia que en la cabeza, comiéndote la moral, mordisqueando tu moral, haciendo trizas tu moral, como el tántalo aquél tan molesto también, que se obstinaba en perforar, en ahondar, en hacerte cóncavo, cuando tú solo quieres lo convexo, lo convexo sin fisuras, todo lo convexo bien argumentado, pero es tarde, se hace siempre tarde, el texto también se hace tarde, como un fluido, como el gran fluido de las palabras que no sabemos a qué lugar llega, si se queda, cuándo tiempo está a la vista, dispuesto, disponible, entrevisto, ofrecido, levemente mío, como si no lo hubiese alumbrado

19.2.15

Árboles versus coelhos

La novela da cuenta del mundo, lo indaga, le da cuerda, lo abarca entero y, en ocasiones, lo invalida. Las mejores novelas son las que invalidan al mundo. Las que solo dan cuenta del mundo no lo salvarán. Las que perdurarán son las que lo transforman: las que lo cuestionan. Incluso estoy por dar la razón a un amigo mío que me dijo una vez que las novelas son los sueños de un dios. La novela como epifanía teológica. Pero los novelistas no lo saben. Creen que escriben ellos, pero las tramas se las dicta o se las confía el azar. No podré nunca charlar de todo esto con G.K. Chesterton. Me hubiese encantado. No desdeño a Borges. Todos los árboles sacrificados para que puedan ser leídas las novelas de Coelho o de Bucay duelen en el alma. Me duele un árbol. Seré quien los defienda a partir de ahora. Me duelen los árboles sacrificados inútilmente.Vale más un árbol, uno irrelevante, solo en un páramo lejano, sin afecto del sol, condenado a refugiar animales que solicitan su amable sombra, que la obra completa de un bucay o de un coelho, pero el negocio es el que manda, ah el negocio; el negocio infame, el negocio convertido en la religión que hace moverse al mundo. Ya no son los poemas de amor los que lo mueven, ya lo saben. Es el negocio, es el mercado, es un coelho cualquiera repartiendo frases contundentes, pastillitas para amenizar el caos. Tampoco esto que ahora suelto por aquí sirve para mucho, no crean. Otras pastillitas, otras distracciones. El caos nos ignora. Yo sigo a lo mío. Obstinadamente a veces.

18.2.15

Al final sólo era un poema de amor

La tarde jadea en las alas de los insectos. Algunas ciudades acogen al visitante con enigmas y el azar aturde y desangela el paisaje. Del cielo infinito descienden súbitas volutas de amor que un poeta hospeda en su pecho. Luego un principio de ternura informa de la existencia de ángeles, pero es un travelling y la realidad barre un trozo de la ficción mientras el ojo se turba de urgencias y roba un volumen de geometrías que luego será muy útil para el resto de la secuencia. Hay calles sin propósito que salen al encuentro del que pasea y le ofrecen golosinas autorizadas y nínfulas delincuentes, grageas de lo visibles, primores de lo real, pero la única historia posible está debajo del píxel, a ras de bit, cerca de una terna de fantasmas que manosean los engranajes de la máquina. Hay voces que esconden infancias desdichadas, estampas de Dickens, la luz convertida en grumo. Dios, arriba, abajo, dentro, clava la luz en el pétalo y el hombre sensible, el que está apurando el café justo ahora mismo, estrella contra su cuerpo el asombro paciente de todos los años entregados al oficio de recaudar metáforas. Al caer la noche un humo de herrumbre custodia el alma del poeta y así ya puedo dormir con los ojos en busca de su centro y mi lengua infinita perdida en su vértigo antiguo. En sueños, la ciudad es un escenario apocalíptico que sobrevive en las afueras a base de napalm fonético y raciones de espanto en high-end. Al despertar todo es un inútil acto de celebración de las horas y el desorden finge palabras para que no veamos que está herido de muerte. El curso de los años borra toda posibilidad de remordimiento. Tampoco sé mucho más. Ancho me está viniendo un párpado. Ancho sin estridencia. De una anchura que no es posible desglosar en las palabras que evidencian la anchura. Anchura metafísica de hondura sublime. El amor se iza en las palabras y contempla lo humano desde ese arriba recién abierto. Estoy arriba. Me dejo crucificar por las horas. Me fijo a un mástil y busco las sirenas. De lo que hablo continuamente es de encontrar un puerto. De saber en qué sitio estoy. De perderme a conciencia y regresar a capricho. De ahondar en la memoria y hacer que arda y empezar de nuevo. El poeta prende lo que encuentra y luego lo levanta en silencio. Es un dios caprichoso, un dios rudimentario, un dios con sus flaquezas y sus fracasos que escribe en un libro los nombres de sus criaturas y después los deja ir sin pedirles nada a cambio. Escribo porque sé que no hago daño a nadie, pero debería escribir a sabiendas de que siempre acaba alguien herido. Las heridas que uno no prevee. Las que nos despiertan en mitad de la noche, ya saben. Nos disponemos a entrar en el sueño y hay algo que nos impide franquearlo. Los poetas somos unos seres desgraciados, en el fondo. Pero yo sufro más sin serlo y pienso si no será así para quienes no lo son. Uno no sabe nunca nada o no sabe nada de un modo fiable que pueda ser registrado y contado como una verdad rotunda. De las verdades rotundas no se alimenta mi alma. No sé de qué se alimenta. Si de la vida que no poseo y me invento o de la que tengo ciertamente y me hace salir a la calle y comprar el pan y sacar dinero del cajero automático. Probablemente no sea yo quien hace esas cosas, pero los demás conocen al que compra el pan y saca dinero del cajero automático. El poeta está siempre agazapado, escondido, alerta, un poco prevenido contra todo lo que le duele. Duele mucho el mundo cuando tienes ancho un párpado. No sé explicarlo de otra forma. Quizá no haga falta. Se me entiende. Importa tan poco que se me entienda. Ni yo, en ocasiones, comprendo todo esto que escribo sin pensar, como atropellado, como embestido por una suerte de hechizo. Cien sonetos me explotan en el pecho, pero no los escribo. Los tengo ahí, a salvo del mundo. El mundo y los sonetos son asuntos que no matrimonian bien. Al mundo no le hace falta que nadie escriba un soneto, pero el mundo dejaría de girar si se dejasen de escribir. Nadie advertiría el cese en el giro, pero se pararía. Quién sabe si está parado y no lo sabemos. No sabemos tantas cosas.  Tengo confiada la luz, la observo a diario, la venero y la guardo.  La luz sin la herrumbre de las palabras duras. Toda la luz espléndida con la que me dices que todavía estás conmigo. 

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