25.10.14

el amor es siempre bossa nova


en los balnearios leer a mann, pensar en la lentitud, pensar en el tiempo, es posible que solo nos hayamos dedicado a pensar en el tiempo

el sueño del hereje es de una piedad que conmueve

los años felices de no saber, los años oscuros del conocimiento

la memoria es decimonónica, folletinesca y escandalizable

esta noche no quiero a kafka ni a kavafis ni al ku klux klan

no haberse llamado peter pan ni contemplar londres en grácil vuelo

tengo un monólogo interior que se lo quiero contar a james joyce

charlie parker en ko ko es el mejor de todos los parkers posibles, capitán, hágame caso, escuche a parker en ko ko

un corazón robado al delirio


nos fuimos muriendo todos y quedó un verso de un poema de cuando quince años

el bowie de los setenta, el del glam y el del glamour, el de las arañas de marte, ha venido a mi fiesta

la lluvia nos concierne

tengo fe absoluta en la pobreza

toda esta evidencia poco fiable de uno mismo

un novio ebrio tiene una méntula tristísima

no contar con alguien que nos cuente de qué va esto, ni un dios fiable, ni un amigo teólogo

no tener un amor con un doctorado en literaturas germánicas medievales

la escritura es flujo y la lectura es nave

los mejores años de nuestra vida son los de la herrumbre y la metáfora

volver a casa con el silencio dentro como una música

estoy absolutamente convencido de que dios no se entretiene en vigilarme

qué buen uso le doy a la montaña mágica de mann en el anaquel de los libros enclenques

tan idéntico mi amor a un ancla en mitad de la noche, tan hermoso y tan firme

qué nombré convendrá al olvido

la memoria es una puta que solo se entretiene en contradecirme

la única épica a la que aspiro es a que no se me cuele un virus en el nuevo windows ocho

nunca he estado en chinatown ni en la calle bourbon, no he escuchado a brahms en trieste ni me han besado en la periferia de burgos

se va el día convenciéndome de que no es cierto

en paz conmigo y como insomne

una habitación con la ternura dentro

un corazón robado al vértigo

este ir juntos por los escaparates sin otra certidumbre que las manos juntas y la visa en trance en la cartera

el invierno en vladivostok imprime carácter

soy insensible a la cultura filipina

no sé ni quiero saber dónde está la patria, señor administrador de fincas

esta noche sedúceme con el summertime and the living is easy

hay más cosas que no hemos dicho

el amor es siempre bossa nova

algunas familias se reúnen alrededor de la mesa y se dicen las verdades en orden alfabético

no haber sido nunca uno de los cien mil hijos de san luis

algunos gondoleros no cobran a los poetas laureados ni a las muchachas con el virgo intacto

la fatalidad hace que descarríe fortunas y talentos

a mi corazón lo malogran los anuncios de telecinco

dios te salve, o.j. simpson, qué de tiempo que no sabemos nada de tu causa                                                                         
cómo me divierto en la malandanza                                                                         

adolescente y espléndido, el ángel tañe mi lengua, el ángel turba mi lengua, el ángel festeja mi lengua, el ángel detrás de la oreja

oro suspendido en el aire como polen, vértigo recién libado, fruta muy mordida

vivir consiste en calcular con esmero los riesgos, en observar el vuelo irregular de los pájaros, en desangrarse con tibieza verbo adentro

este dolor en el costado debe ser la edad

caso de que esto acabe como sospecho, enterradme.                                                                      
la luz codicia un extravío de caballos en un sueño

un verso tomado a la ligera, uno de escasa belleza, frívolo incluso, y sin embargo, dentro la ola oscura con la que el el mar no lame nunca la orilla

las palabras con su vértigo dentro, con su fiebre

encontré, como Cortázar, como Vian, consuelo en Coltrane

subí un risco alto, vi arriba declinar el día, la noche prosperando, el aire puro, el verbo limpio

los años a lo que nos enseñan es a respetar el humo

llueve como si no hubiese otra cosa que lluvia

qué hermosa cabalgadura la noche, qué secreto liberado y bello, qué galope tan esdrújulo

 me abastece el desorden, lo abastezco de mí

a la vida la manejan mil dolores pequeños                                                                       

duele la fe, duele la luz, duele saber, por eso la incertidumbre, por eso la derecha del padre                                                                               

todo lo que tienes que contarme todavía

el aire tiene su arquitectura, su gesto de huérfano

creo que nunca he sido más feliz que leyendo a jane austen. Si de verdad entras en la cabeza de jane austen, puedes sentirte completo.


ser epicúreo está absolutamente de moda


el tiempo no es una experiencia medible.


a veces conviene una pendencia


todo me llega en segundo plano


hay lecturas que son de una intensidad a la que no alcanza la vida


todos los días aliento los mismos estupendos pecados


paulo coelho es en realidad un programa informático


a insoportable idea de que Dios exista me ha ocupado una parte del desayuno


siempre prefiero la abundancia


no haber ido nunca a París tiene sus ventajas


tengo una moralidad a prueba de cristianos


hay ciertos dolores del alma que son casi dolores físicos


un amor adolescente me sigue ocupando poemas


la literatura es un estado convulso de las cosas


el milagro ocurre siempre cuando no se le aprecia


tengo fe en lo absoluto


no soy predictivo ni tampoco quejumbroso, pero poseo la facultad de perderme y la ejerzo con arrobo


un verano en el que no pasan demasiadas cosas salvo las que no olvidas nunca


el frío desmaya perros en las avenidas de la pobreza


me estoy planteando ocuparme seriamente de mí mismo


se está perdiendo la hospitalidad.


ya nadie se deja crucificar por el viento


una novia que tuve solo leía prospectos de medicamentos. Cortamos cuando enfermó


la ceremonia que más me fascina es la de la pereza


la lluvia es algo que no siempre sucede en el pasado


de baudelaire, después de tantos años, solo me atrae el veneno


borges debía ser un aburrido de mucho cuidado con dos copas de más


bukowski debía ser un aburrido de mucho cuidado sin dos copas de más


el verdadero nombre de dios carece de morfemas de género, carece de morfemas de número

mi voz es pasto del musgo


el silbo precede al llanto


buenos días, karlheinz stockhausen, hoy todos los pájaros bendicen tu nombre


la alcoba de agatha christie tiene un muerto debajo de la cama


el dogma se escapó del bolsillo del demiurgo


hay gongoristas de Utah, hay gongoristas del Bronx, hay gongoristas de medio pelo y gongoristas afro, el gongorismo está extendido, pronto el gongorismo será una iglesia, tendrá fieles, recitarán las soledades, saldrán extasiados del culto


el lunar que tienes, cielito lindo, junto a la boca no es un asunto poético, no me pidas que le escriba un soneto, he pensado en tu pezón izquierdo, en el derecho, en los dos mirándome, bizqueando


el sueño de los héroes es azul


bellísima pastora, todo es melancolía


el profeta Hababuc no tuvo ninguna amante caldea


todas las noches son neruda


el poeta no solo fornica con su prosa


dios te salve, sigmund freud, dios salve tu barba emérita, tu capacidad de sufrimiento, tu arcángel mudable, tu reino en el aire


hay un francotirador en el texto


flipar con el envés de las palabras


no hay constancia de que oscar wilde visitara tánger


vino un coronel prusiano y me corrigió un verso muy lúbrico


hoy, siete de abril de mil novecientos noventa, no me apetece releer la montaña mágica


chet baker amó a doscientas catorce mujeres


adentro está el amor, vino a quedarse, ha pedido que no se le moleste





24.10.14

Un mapa del mundo



Hay quien descree de que seamos buenos y a todo le pone un fondo de maldad, quien sostiene que todo lo que hacemos busca un beneficio o que el amor no mueve ni el sol ni las estrellas, como escribía el hechizado Dante, sino el juego sucio o las malas artes. Al amor lo dejan seguir reinando, pero aducen que está ahí para engolosinar al necio, para que baje las defensas o para que las retire definitivamente. Una vez que estamos al descubierto, el mal penetra mejor, quien lo perpetra actúa con más comodidad, llega hasta donde se propone y malogra cuanto gusta. Está el mal así, yendo y viniendo, impregnando incluso todo lo bueno que pueda haber perdurado desde que el ruido del cosmos hizo que empezase la vida. No es cosa ahora de fatigar teologías ni de entrar en consideraciones científicas. Lo que cuenta es el triunfo del mal. Porque somos malos. Lo somos de un modo instintivo. Malos solidarios con el mal, malos cómplices suyos. La bondad es la noticia, lo extraordinario, lo que nos alarma sobre el imperio de la maldad. 

Solo hay que ver el mundo, solo hay que comprobar el modo en que da vueltas. No las da igual para todos. Ni siquiera el sol brilla igual para todos. Ni la oscuridad se cierne igual para todos. Hay quien no ha sentido jamás inquietud o zozobra, quien no ha percibido el peso de las sombras y quien, sin descanso, solo ve la pesadumbre, quien aparta a manotazos esas sombras, que le entenebrecen y lo rebajan. Dicen que estamos tan concienciados en el asunto del ébola porque de pronto nos hemos dado cuenta de que no hay países altos y países bajos, ricos o pobres, sino que todos, en cuanto el azar desboca a la bestia, andamos unidos, formando una misma piel, aunque sea de naranja amarga, como el mapamundi que corona el texto y del que no conozco al lúcido y creativo autor. El ébola no es el hambre, creen algunos. De serlo, de no ser una enfermedad, ya estaríamos agonizando. No queremos atajar el problema del hambre. No miramos a África hasta que África nos mira a nosotros y nos envía un bicho cabrón para contarnos el mal que padece.

El mal siempre triunfa, aunque agazapado, El mal es el cáncer al que no se le ha inventado todavía una terapia fiable de choque. Lleva la filosofía, por no decir la religión, llevando y trayendo teorías, fórmulas, textos que lo recogen y lo argumentan, pero no conducen a nada. Es como hablar sobre el silencio o sobre la lluvia. Existen a pesar de que los amemos o los detestemos. El mal es la estrella, el reclamo principal del reparto de la película que estamos a punto de ver. No hay gran argumento de la misma historia de la Literatura que no le guarde un lugar principal, una parte relevante en el trasegar de la trama. La ficción se vende mejor si el mal la impregna, aunque luego el bien, por voluntad de quien escribe, termina imponiendo su criterio, dejando que todo se amanse y que la bonanza lo acune y lo abrace todo. El mal es admirable. Se abren los ojos, no sabemos los porqués, cuando dos se cosen a hostias en la calle, amenizando el paseo que estamos dando. Reprobamos que se peleen, deseamos que dejen la lucha, pero hay un lugar por ahí adentro que se recrea observando la evolución de la contienda. No nos acercamos más porque podemos ser atrapado por el maelstrom de los golpes, pero ya quisiéramos. Nos seduce la violencia, la miramos embelesados. Todos los informativos de todas las televisiones del mundo tienen la consigna de que las imágenes violentas captan audiencia, de que las noticias terribles hacen que los anunciantes recalen en su parrilla e inviertan en su negocio. 

El amor es el que pierde en estos lances. El amor fou o el amor brutal, el consentido como ancla o como refugio. El amor limpio de los recién casados y el apalabrado de los esposos antiguos. Fascina que el amor se imponga. No tenemos la certeza absoluta de que suceda siempre, así que nos maravillamos (qué palabra tan hermosa, qué poco uso se le da) ante la evidencia de que alguno se imponga y de que el mal, el hastío, el miedo y el desencanto venzan. Y lo hacen, claro que lo hacen. A veces pienso que es el arte el que nos pertrecha de recursos para no caer en sus redes. Que es el arte el que nos abastece de armas con las que salir al campo y plantar cara al enemigo. No sé con seguridad si son las convenientes. Hemos visto muchas veces cómo caen en batalla, con qué estrépito se desvanecen y dan a entender incluso que nunca estuvieron, que son una ilusión, un deseo. Mi amigo Juan Carlos sigue creyendo en la fuerza del amor, en el poder de la bondad, en la intimidad buena del hombre, pero yo le llevo con frecuencia la contraria, y él, a su pesar, también al mío, no me rebate, no me advierte de que no es el ese el modo de ver las cosas, pero no encuentro otro, no hay otro, no hay ninguno al que agarrarnos y con el que andar el camino. 




23.10.14

La culpa de todo la tiene Yoko Ono, la muy peluda



Claro que hay más libros que lectores. Ojalá no cambie eso. Que no haya quien desee leer y no tenga un libro al que acudir, uno en donde refugiarse. No se maneja uno con igual convicción en lo de si debe haber más escritores que lectores. Mezclado todo esto, agitado sin saña, surge la paradoja en la que advertimos más cocineros que comensales. Luego está el argumento, endeble a poco que se le estruje, de si toda la literatura es igual de noble y de alta y de buena. La noble, la alta, la buena literatura es una porción, esperemos que no flaca, de la otra, de la literatura standard, de la que ocupa los escaparates y hace que el negocio se mueva y el dinero que generan las letras no sea pobre, no sea simbólico. Hay más ebooks que ereaders. Tenemos más máquinas que usuarios de esas máquinas. Más nubes que observadores de nubes. El stock del universo es inagotable. Me quedo con la idea de que el mar es mayor que la suma de todas las partes que aportan quienes lo contemplan, a pie de playa, extasiados con las olas, conmovidos por la bravura que les da o por la mansa quietud en la que se ofrece. En este plan, paseando este hilo, hay más cosas que no conozco que las que ya he conocido. Me lo dijo K. anoche. Me confesó lo poco que hemos visto, el poco tiempo que tenemos para seguir descubriendo. He releído a Cortázar cuando podía haber conocido a Handke, le digo. El tiempo está de nuestra parte, siempre está de nuestra parte. A veces K. se pone trascendente y cree poder contarme el mundo como si yo no lo hubiese visto. K. me confía la sospecha de que el verano va a durar hasta fin de año. La culpa la tiene Yoko Ono, añade. A K. le gusta buscar culpables absurdos, le parece que a todo hay que encontrarle una causa o que nada proviene del sencillo azar. Las caras, hay que ponerlas, Emilio. La de Renée Zellweger no cuenta, K. Vamos así los dos, sin acabar de atar ningún argumento, pero manoseando muchos, dándoles la importancia de la que carecen. Joaquín Ferrer deja dicho en su facebook que el poeta mozárfabe Ben Gálib escribió el Cantar de Mio Cid. La noticia la planta el Diario de Burgos, por supuesto. A mí me incomoda más que otra cosa. No quiero que le encuentren un autor. Es anónimo, le digo a Joaquín. Me lo dijeron muchas, y me lo creí. El cantar, anónimo. Quizá lo escribió Yoko Ono, K. Mira en el google. Quizá anduviera por allí. Mira a ver si hay una foto de Yoko Ono con el poeta, desnudos los dos, enseñando las vergüenzas. Hay una foto que suele birlarse en las páginas prudentes, las que no provocan, todas las páginas blancas del mundo. Lo mejor es pillar a tiempo una buena página negra. Las páginas negras informan más que las blancas. O lo hacen de un modo más feliz, menos aprisionado por los catecismos y por las nubes grises del futuro. Hay tantas que quizá haya que mirarlas con más atención, prevernirse de las nubes grises, saber con qué refugios cuenta uno cuando se ciernen aprisa y anuncian lluvias fuertes. K: adora que llueva. En eso nos parecemos. Ando pensando que quizá seamos, en el fondo, la misma retorcida criatura. Los dos. No lo he dejado aquí escrito nunca, pero ya va siendo hora de que abra de par mi corazón estajanovista, mi corazón convertido en un corazón previsible. A su manera, K. me reprende. Yoko Ono, la muy peluda, tiene la culpa. De no ser por ella, ay, los Beatles se habrían despeñado solos, y a veces agrada ver cómo los dioses se suicidan, se abren la cabeza con la felicidad pura, con el embeleso sublime. Lo dijo Lennon: Happiness is a warn gun. Pues eso. 



22.10.14

Mi blog es una extensión blasfema de una intriga teológica II







Vuelvo a Chesterton: en su Ortodoxia reconocía una emoción que brotaba subconscientemente y advertía el hecho de que este mundo nuestro debía tener algún objeto verdadero. Que la vida era un cuento y que, en tanto cuento, debía tener un narrador. ¿Quién me narra a mí? ¿A qué género pertenece la trama en la que estoy? ¿Será un subgénero? Me agrada el thriller, pero no tengo alma de Sam Spade ni mi perfil se arrima a la épica sucia de un callejón a oscuras en el que dos policías de paisano custodian el cuerpo obscenamente acuchillado de una stripper. Bien pensado no tengo ni idea de en qué cuento estoy metido. Me lo pregunto en ocasiones. Sin abusar. Fantaseo con la posibilidad de revelarme contra el autor invisible que me guía. Sólo que no lo tengo a mano. Ni siquiera tengo la certeza de encontrarlo. Tampoco de que exista. Ahí andamos. Enredados en metafísicas. Siempre estamos enredados en metafísicas. Este blog entero es la extensión blasfema de esa intriga teológica. Dentro de cada uno de nosotros hay un teólogo. Lo escribió también Chesterton. Borges remató que para serlo no es imprescindible la fe. Dos pájaros buenos. Uno descreía de un modo creativo, considerando que la construcción de la fe contaba siempre con ingredientes literarios, propios de la ficción, de tramas de género fantástico. El otro, el gordo inglés, veía una epifanía en lo divino, una que lo traspasaba al punto de que toda su inteligencia, y también su sensibilidad, estaba cruzada de parte a parte por la caligrafía de Dios, por las palabras susurradas por la Divinidad a su goloso oído. Borges conversaba con Dios, al que confería un aura teatral; Chesterton esperaba que Dios conversase con él, dándole una autoridad carnal casi, un espacio ontológico limpio, sin la traba de la ciencia, tan descreída también. Gana siempre la literatura, aporto yo. Incluso el feligrés, hablo del feligrés letraherido, consiente que Dios forme parte de la trama, solo que la Gran Trama, la trama celeste, la urdida en el principio de los tiempos y la trabajada en el trasegar de sus días. Hay días de metafísica, oh amigos. Ninguno, no obstante, carece de ella, aunque no percibamos el rumor de los ángeles, el peso de las grandes palabras cayendo a plomo sobre nuestro estar en el mundo. Días de nubes con salmos, días huecos, días de feliz conversación con uno mismo, días caídos en desgracia o izados como una espuma salvaje. A los días los salvan las palabras, pensé anoche. Me quedé ahí, en ese pensamiento pequeño, que batalló por perderse conforme el sueño me iba venciendo hasta que caí en él sin la certeza de haberlo perdido. Volvió a poco de abrir los ojos esta mañana. Pensé ahí, nada más pisar la luz del día, en Borges (suele caer una borgiana al alba a veces) y en Chesterton, en el texto que empecé hace tiempo. Ningún texto está enteramente terminado cuando lo rindes a quien lo lee. Está ahí, a la espera de que se le engorde la panza. Ahora voy al miércoles. Ojalá los altos astros me sean favorables. Le dije esto ayer a un amigo que cumplía años (muchos no). Igual hoy me tutelan a mí, me guían, me confortan y me mecen. Borges, acabo, dijo de Chesterton que no había página suya que no contuviese una felicidad. Ningún día la censura del todo, añado yo. 




20.10.14

Las palabras nunca se hacen daño


Tengo más o menos la certeza de que ahora va a ser la primera vez en mi vida que escriba la palabra austrohúngaro.Tampoco he escrito tardofranquismo, ni eugenésico, ni pillastre. Reconozco haberlas leído, incluso cabe la posibilidad de que las haya pronunciado en una o en otra conversación, pero el hecho de escribir exige una atención y crea una especie de cámara blindada en la que uno va arrojando las palabras, dándoles carta de estancia. Lo que uno escribe dura, se exhibe incluso a veces a pesar nuestro. Leer implica un pacto fantástico, uno de los mejores que pueden hacerse. Lo firman dos personas que pueden no conocerse en absoluto y lo mas sorprendente es que ni siquiera adquieren conciencia de estar haciendo pacto alguno. Por eso me esfuerzo en recordar qué he escrito. Porque me fascina la escritura. No encuentro un día, en los últimos veinte años, en los que no haya pensado en escribir. En esos veinte años, tal vez más, ha habido mayoría en los que he dedicado una parte del día a escribir. Algunos, hace ya demasiado tiempo, en los que no he hecho casi otra cosa que eso, escribir y pensar las palabras, en cómo se buscan, en dónde se encuentran., en la manera en que a su modo dicen de mí lo que yo no percibo si no es escribiendo. No hay noche en la que, al acostarme, no piense en si he escrito lo suficiente o tal vez debiera haber entregado algo más. Ninguna en la que, al no escribir nada, me sienta, en el fondo, vacío. Al contrario de lo que la razón o la mecánica de fluidos exige, escribir no es vaciarse. El que escribe, al hacerlo, se llena. Es un proceso que no admite las habituales disecciones de la ciencia. Justo ahora, en el momento en que escribo esto, me siento eufórico, una euforia de lunes, sencilla, en poco o en nada defendible, pillada a vuelo, como si se pudiera desvanecer con solo pensarla.  He escrito esa palabra las veces suficientes como para recordarla. La he pronunciado otras muchas. Siempre con mucho respeto. La felicidad, aliñada de euforia, no merece el desprecio del olvido. Soy feliz con estas pocas cosas. Los lunes existen para que el viernes tenga sentido. Se lo escuché a un amigo y desde entonces lo uso con frecuencia. Para que haya viernes tiene que haber lunes, suelo decir. El tiempo, ya saben, ese asunto tan extraño. Estos días veo Twin Peaks. No llevo muchos capítulos. Estoy fascinado con el jodido Lynch. Tiene una cabeza descabezada, una borradora incluso, una cabeza del tamaño de un sueño. Piensen en un sueño raro de verdad, en el que un enano canta y baila en una habitación roja. La alfombra roj, con rayas rojas que van y vienen. Las paredes y las cortinas, rojas. Me he levantado pensando en el enano y en la palabra austrohúngaro. No casan bien, creo. Las he metido en el texto, presionando, buscando cómo podrían no hacerse daño. Las palabras nunca se hacen daño, las palabras nunca se hacen daño. Las metes en una bolsa a la que luego echas un nudo, las zarandeas por el aire, con saña, y la abres. Dentro de la bolsa es posible que esté el mundo mismo. A veces la vida es una bolsa zarandeada a la que, al abrirla, le buscamos significados, cuando solo tiene preguntas, caminos que no garantizan que lleven a ningún sitio. Ahora vamos al lunes. Creo que va a ser largo. 

18.10.14

Una carta


Mariano, la de veces que te habrás preguntado cómo ha llegado la cosa a desmadrarse tanto. Es curioso eso de que las cosas se salgan de madre. Como si la madre fuese un asidero fiable, un refugio probado. Del padre no se dice nada, al padre no se pone en conversación cuando hay que sacar los trapos sucios o contar los pecados propios o los del vecino, no necesariamente en ese orden. El Estado viene a ser una especie de padre al que de pronto le hemos plantado cara y le he estamos pidiendo que se aclare o que se vaya. Hay muchos padres por ahí que han descargado en las madres o en el azar el cuidado y la educación de los hijos. Creo que somos unos hijos razonables. Otros, en mitad de este barrizal, ya habrían adoptado soluciones más drásticas o habrían salido por pies del caos y se hubiesen mudado a otro rincón del planeta. Todo por salir de la casa familiar. Aquí no hay quien viva, salvo los que tienen la manduca asegurada, que son muchos, menos mal. Pero igual hay demasiados que la tienen más que asegurada. Hablo de los que esto de la crisis les trae al fresco y pasean su abundancia y hasta, en el paseo, la engordan. Por eso hay que hacer algo, Mariano. O lo haces tú o encomiendas a otros que lo hagan o nos dejas que pongamos a otro en tu despacho por ver si de verdad nos pone en el buen camino. No sé tampoco si los candidatos que postulan poner el culo donde tú lo tienes plantado ahora merecen ese honor. La política puede ser considerada un honor, pero quienes la ejercen la están emporcando, llevándola a un terreno donde no va a ser posible sacarla, a no ser que hagamos una especie de amnistia sentimental, un reseteo a todo el sistema. Lo malo es que en el arreglo se quede pillada la máquina y no sepamos cómo echarla después a andar. No tengo edad para recordar el trabajo que costó ponerla a funcionar, pero he escuchado y he leído y sé que no fue una empresa fácil. Habrá quien piense que todavía está de pruebas la máquina, que le estamos haciendo un rodaje, uno largo, mayormente. Así que, Mariano, espabila o espabila más de lo que lo haces. Espabilado, atento, nos sacarás del fango. O tú u otro, en fin, ya sabes. Solos, sin la ayuda del padre, no podemos. Al pueblo hay que administrarlo, conducirlo, estabularlo, aplicarle las leyes, no concederle la potestad del libro arbitrio. Un pueblo bien comido y bien leído, el que tiene la cabeza en paz y el panza cubierta, no se tira a la calle, ni vapulea a quien tiene la encomienda de que las cosas, al menos, no empeoren, no pierden el brillo que han ido consiguiendo al correr de los tiempos. Es que hemos ganado mucho, Mariano, para tirarlo ahora por la borda. Y se están tirando cosas. No es ésta una carta escrita a modo de inventario de reclamaciones, qué va. Es un volunto mío de sábado, una especie de oración laica para que se me escuche. Yo, que no creo en la derecha del padre ni en la salvación o la condena de las almas, creo, sin embargo, en la autoridad del Estado. De no haber autoridad tal, no pasearía a gusto por las calles de mi pueblo, no esperaría sin angustia que se me ingresase (ay bendita nómina) lo que mi trabajo me reporta, no dormiría feliz, pensando en frivolidades, en cosas de menor fuste, en lo que hace que mi alma se enriquezca a diario y no tema, como a veces suele, que se venga todo abajo, que se vaya todo a la mierda, Mariano, que no es plan, ya digo, que a estas alturas del viaje tengamos que regresar o que pararnos. Debemos ir hacia adelante, no me imagino otro modo de placer que el viaje pensado como un descubrir continuo. Y en ocasiones me da por pensar, con miedo, con mi poquito de miedo, de que vamos hacia atrás, Mariano. En educación, en sanidad, en derechos, en libertades, no sé, todas esas grandes cosas, esas grandes palabras que llenan las bocas de los políticos como tú, permite que te tutee, las que sacan cuando ocupan las plazas de los pueblos, los pabellones deportivos cuando hay elecciones. Siempre sabe uno a quién no va a votar, pero no sabe a ciencia cierta quién se llevará mi apoyo, mi palmadita en la espalda, mi palabra de afecto en estos tiempos difíciles. Son tiempos difíciles, Mariano. Por eso, por lo difíciles que son, se entiende que cueste sacar esto hacia adelante, evitar que todo se acabe desmadrando más de lo que está. El desmadre se percibe sin mucho esfuerzo. Está ahí afuera. Mientras tú das cifras y cuentas la historia del país que va a mejor y que sale del hoyo, nosotros, los que hacemos las cifras y vivimos en el hoyo, no te seguimos, no vemos que el brote sea verde, aunque la metáfora no sea tuya, no nos alegran las estadísticas. Nosotros, los de aquí abajo, nos fijamos en detalles más pedestres, de menor fuste macroeconómico. Nos quedamos con titulares sueltos, con conceptos como el de umbral de la pobreza. De verdad que no se nos ocurría que en España hubiese, en el siglo XXI, tanta gente muriéndose de hambre o de tristeza o de ansiedad. Las tres cosas o incluso las tres juntas acaban con la fiereza y el estilo del mejor discurso, hasta del discurso más contrastado, el que exhibe números más redondos. Yo creo que todo lo traduces a números, Mariano. Se te ve el plumero agrimensor, la rémora de los años en que mesurabas las fincas y salvabas el prestigio con la rendición de toda esa matemática gris. Todo es gris. Todos somos grises. Nos estamos volviendo de ese color. Es el que mejor nos define. No te tomes esto como algo personal. Cualquier en tu lugar cometería los mismos errores. Debe ser duro el peso del poder, la responsabilidad del poder. O quizá es que la máquina estaba muy averiada, en fin, es posible, y lo que no se ha dado es con los mécanicos que la echen a andar de nuevo. Cuando lo hacía, cuando funcionaba, iba bien, pero fue un trayecto muy corto y la memoria es a veces poco fiable. Ahora te dejo. Sigue a lo tuyo. Contamos contigo. O con otro, pero que sepas que el ánimo de contar con alguien continúa firme. No está bien desmadrarse. Un pueblo entero, desmadrado, no cavila cosas buenas. Bueno, ya le dejo, tendrá sus despachos. Habrá percibido el tono educado con el que me he servido escribirle. No merece otro. No creo que merezca otro, pero entendería a quien se le ocurriese salirse de esta corrección mía, a quien le alegrase el alma desmadrarse un poco, un poco al menos. 

16.10.14

Así empiezan las novelas



Igual que uno no concibe que personajes de las novelas paseen las calles y se integren en la vida real, si es que los libros no la poseen de alguna manera, a veces tampoco alcanza que algunas personas de carne y hueso, a las que saludamos y a las que incluso se les profesa cierto afecto, se incorporen al caudal narrativo de un libro. Se le tiene a la novela la devoción de lo fantástico, no creyendo en modo alguno que transcurran sin que algo maravilloso suceda. Las que flaquean en ese aspecto, las cortas de historia, son otra cosa, pero no novela. Lo que yo amo de las novelas, al tiempo que estén bien escritas y que fluyan como deben, es la restitución esplendorosa de una historia. Las hay que no cumplen ese cometido y se adhieren sin problema a la gran Literatura, pero no se alojan en mi memoria, no se convierten en el objeto fabuloso al que mi ansia de conocer y de fantasear la encomendó la narración de un cuento. Vivimos del cuento, nos levantamos a diario deseando que alguien nos los cuente, nos dormimos y le confiamos al sueño que nos provea de la locura dulce de sus historias, que son también literatura, y nunca anodina, jamás anodina. Habla un lector de novelas. Otro diferirá, esperemos. Se trata de que cada uno busque, en las que hay, la suya, la que lo espolee y lo agite. El modo en que cada uno se deja espolear y se agita no es transferible ni tiene que ser transferible. Yo acabo de empezar Así empieza lo malo, la nueva de Javier Marías. Ah la historia, ah la escritura: qué placer ya conocido, qué manera prodigiosa de urdir y de avanzar, de hacer que el texto sea un personaje también. De alguna forma que admiro, y no sé explicar y no hace falta explicar, Marías hace que su estilo sea un ingrediente vivo, menos un instrumento que un actor más en la trama. Eso tendré que contármelo otro día. Igual hay quien le presta oídos y se deja contar. Eduardo Muriel y Beatriz Noguera no pasean las calles de mi barrio, pero están en casa, concurren conmigo en la cocina, hace poco, mientras espero a que el día me invite a cansarlo. Los días andan como suelen: persiguiéndose. Las noches invitan a perderse en un libro, en un cuerpo, en un sueño. No importa el orden. Piérdanse. 

15.10.14

La vida es bella

Hay bonitas melodías que cuentan cosas terribles. Lo leí en una entrevista a Tom Waits, pero lo podía haber dicho Gloria Fuertes o Torrebruno. Lo de menos es el formato. Lo que importa es el interior. En el pasado es en donde suceden las cosas. Uno piensa en todo lo dulce y en todo lo hermoso que le ha pasado, pero no está a salvo de que la memoria lo haya contaminado todo y lo dulce y lo hermoso exhiban un roto, un agujero por donde se ve el interior terrible. No hay ninguno que sea salvable enteramente. Recuerdo amigos a los que ya no veo con los que sería incapaz de mantener ahora una conversación o apurar una tarde de domingo en una terraza. Gente a la que acabo de conocer me han colmado como si fuesen amigos antiguos. Es la memoria la que sublime o irrelevante un acontecimiento vivido, un episodio en la historia de la vida, un fragmento que no acaba nunca de ser nuestro del todo. Frágil y ajena, la vida nos permite muy pocas voluntades. Nos da el dominio justo, nos permite ciertas extravagancias, pero al final acaba imponiendo su criterio. No sabemos qué criterio es ese. El del azar, imagino. Estamos a su capricho. La melodía es el azar el que la tararea. A pesar de todo, incluso aceptando la fragilidad con la que sentimos el suelo del día que pisamos, la vida es bella. Lo dijo un cómico de cara de cómic al que le dieron hasta un Oscar. La suya, la de su película, era una melodía hermosa, en el fondo, pero era tan terrible el cuento de adentro. Tom Waits, a lo lejos, tose. 

14.10.14

Los enemigos pequeños


Lo que hace que no duermas bien por la noche o que no concilies ni siquiera el sueño es que pienses en el mal, en la posibilidad de que te lo causen o de que tú, sin desearlo, o a sabiendas incluso, lo ejerzas, pero el mal se esmera cuando es invisible y no sabes por dónde te cerca, hacia dónde te conducirá, qué parte de ti será la primera que lo padezca. Por eso el ébola, esa venganza africana, trastoca el estado del bienestar, la derecha del padre y la paz de los honestos. Los otros, los malvados, tienen un rival impecable. Supongo que habrá alguna vez en que todas estas cosas no pasen y no existan riesgos, de modo que mueras de puro viejo, cuando el cuerpo ya se apague, por aburrimiento, por propia voluntad de quien lo trae y lo lleva. Ciencia ficción pura, argumentos distópicos.

No se duerme uno pensando en el ébola, en el contagio, en la muerte dolorosa del virus cabrón, pero no hay noche en la que no esté a mano la injusticia, el paro, el terrorismo, toda esa cruenta batalla del hombre contra el hombre. No hay mascarillas fiables que frenen esa invasión antigua. La guerra es el hombre mismo, la sangre vertida la ha provocado el hombre mismo, el dolor más grande lo ha causado el hombre mismo. Luego vendrán los enemigos pequeños, los virus infinitesimales, la muerte invisible en su mayor esplendor, pero es la muerte a bocajarro, la de las bombas, la del miedo a las bombas, la de la injusticia, la del miedo a la injusticia, la que corrompe los mapas y hace agujeros en la tierra y en el alma. Y hay que frenar al ébola, claro. Eso no tiene nada que ver con todo esto que se me está ocurriendo. 

13.10.14

La herida provechosa / Problemas populares



De Leonard Cohen se tiene la impresión de que los años no le afectan, aunque los cumpla y tenga cada vez más a mano la muerte, de la que ha contado algunas historias y a la que nunca le pareció un asunto por el que preocuparse. Eso de que la muerte esté cerca no es en absoluto atributo de la ancianidad. De hecho está el buen hombre escribiendo como aquel joven de los hoteles, el que no pretendía entender el mundo, pero hacía que los demás lo entendiesen. La obra de Cohen abruma, a poco que se mida o que se piense, porque es un recitado, pausado y lírico, de la soledad que nos cerca, del miedo que nos acucia, del dolor que nos vence. y todo lo cuenta como el galán atormentado al que le han robado el amor y le cuenta al nuevo, al que debe conquistar, el inventario de las heridas, por si se le da por lamérselas. Las heridas, lamidas, duelen menos. Mientras tanto, la cabeza del poeta sigue buscando las respuestas. Las del amor, las de la fe, las de la justicia. Ninguna viene con solo llamarlas. De hecho lleva cincuenta años detrás de las palabras con las que explicarse el mundo. Quién si no. Al poeta Cohen le incumbe profanar el velo que separa todos los mundos que no se entienden. Y hay muchos. La labor no acaba nunca. El mundo no acaba nunca, como escribió Simic.. Los discos de Cohen son también maneras de vivir, como cantaba Rosendo. Se puede tener la encomienda de la narración de lo que no se ve a simple vista (eso hace la poesía, en cierto modo) y también el deseo, no siempre secreto, de vivir bien en el mundo al cual se interroga. Cohen trabaja para pagar las deudas. Las de los bancos, las del alma. No es el único. Eso no le resta el valor que se le asigna.

Popular problems, su disco reciente, vuelve a recitar las palabras de antes y las embute en un traje nuevo. Cuenta lo de antes, la pérdida, el dolor, la soledad, la voluntad de que ninguna de esas trabas acabe pasando una factura muy alta. En realidad no creo que haya cantado muchas cosas Cohen: ha estado merodeando un único texto, un único gran texto, del que lleva viviendo una vida entera. Se está dedicando a quitar una línea y a poner otra, pero ah qué líneas, qué pequeñas novedades son esas líneas. Y canta como nunca. La vejez lo ha convertido en un trovador distinto, pero sigue confiando en la caverna de su garganta, en la profundidad de su timbre. Pero lo de menos es un disco, aunque sea uno recién salido, del viejo poeta. De verdad que un disco no importa. 

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