25.11.14

El otro, el mismo

A Ana Riz, que me regaló el argumento mientras tomábamos un café 


En ocasiones uno piensa que hay gente a la que no cabe imaginar fuera de donde uno suele verlos; gente que, movida de su ambiente, no es posible ni siquiera reconocer. Como si fuesen otros y no mantuviesen con su otro yo, el estable, el personaje del otro escenario, relación alguna. Los ves en su puesto de trabajo o en el bar o en una esquina de un parque, entregados a sus asuntos mientras está uno en lo suyos, ajeno a esas frivolidades, pero en cuanto se cae en ellas, si percibimos la trama oculta, el argumento peregrino, ya no hay manera de soltarlo y se entra en una especie de delirio metafísico. Quizá no sean los mismos. Comparten el rostro, los gestos y hasta la manera de hablar o de no hacerlo, pero son otros y somos nosotros los confundidos, los que elucubran más de lo conveniente. También los demás verán en mí un personaje de un escenario, uno al que no es posible extraerlo sin que algo se acabe rompiendo. No es únicamente que les vea en donde desempeñan su oficio (M. en su barra del bar, J. en su farmacia o M.L. en la panadería) o en donde ocupan el ocio (J.A. en las cosas de la cultura del pueblo;  J.M, en la plaza principal, saludando sin descanso, viendo y siendo visto; L. en la esquina de mi calle, con sus mallas, corriendo sin que yo aprecie que le haga falta). No, no es solo una persona y un paisaje: es mi condición narrativa la que se pone en funcionamiento en cuanto atisbo una pequeña brizna de relato, la posibilidad de que exista una historia a la que yo pueda acercarme. Somos las historias que nos cuentan. No somos átomos, ni cadenas de complicadas tramas de ADN. Somos lo que vamos escuchando y, sobre todo, somos lo que no sabemos, somos todo lo que anda ahí afuera, a la espera de que se produzca la circunstancia maravillosa del hallazgo. Que mi charcutero D., al que solo he visto detrás de su congelador, sacando piezas de mortadela y de queso añejo, cortando jamón de york extra y dispensando sonrisas a los clientes, esté en un concierto de música sacra, en un paseo marítimo de agosto o en la cola de una ventanilla de Hacienda me parece un acontecimiento literario de primer orden. Mi cabeza empieza a germinar conjeturas. La más hermosa es la que me permite inventarle una vida. No hay cosa más atractiva en este mundo que inventarles vidas a los demás. Especular con la posibilidad de que no sean quienes realmente dicen ser o que, si se les mira muy de cerca, si nos aproximamos e intimamos lo suficiente, sean incluso mejores de lo que aparentan. Somos extraños. Yo lo soy de un modo que me encanta. Ojalá que alguien solo me vea como el maestro que entra a las nueva al colegio y sale a las dos. Que no haya nadie que me perciba como un amante del jazz o de las barras de los bares o de las bibliotecas o de los días de lluvia o del cine negro de la RKO. En cuanto me vean, en esa situación extraordinaria, debo parecerles un ser extraordinario. Ellos, a mí, me lo parecen. 

24.11.14

El big bang es un poema / Perpetuum mobile / redux

me preguntaron si había previsto la luz,  me preguntaron si estaba la lluvia, el olor de la lluvia, el paisaje después de que llueva, el tiempo que tarda la luz en rodear por entero una palabra y gobernar su tránsito por los días, me preguntaron si en la creación de la sombra había procurado esconder un milagro sin aristas, una ventana desde donde los cuerpos son únicamente fuego y tienen ira en los ojos y una lanza oxidada en el costado, escribí el libro infinito de la lujuria, el libro de las grandes palabras, el libro infinito para que lo lean hasta que el tiempo acabe, devoré un pubis ecuménico, un alarde  de asteroides, un país verosímil
aspiré el aire nuestro sin abril y floté espléndido, en ese desorden multiplicado amé la blonda sublime del cuerpo profundo, amé el origen de las cosas, amé las mareas sobre las que un dios inventa naufragios, oscuramente amé también aquí la sed, el depósito antiguo de las palabras, el verbo al que alegremente le extirpamos la flor y el vuelo y queda en fuego manso, en la liberada costra que un día fue cáliz, el ángel dio un aviso, la luz se astilla, la sombra proyecta pájaros, todas las almas acuden, se instala la suprema evidencia de que algo verdaderamente importante va a suceder y vamos a contemplarlo, tengo desde anoche una fe absoluta en mis extremidades, tengo las certezas que nunca tuve, viene Dios, esta tarde todavía fogoso, y me busca un extravío de tristeza, hay tramas de muerte en la herida recién abierta o vamos a llenar todo de amor, manso amor, la cópula perfecta entre el alma y la tierra, la cópula alada, la gran cópula de los músculos muertos, el cielo mismo a caballo de mis palabras, los vivos mirando la boca de la muertos, buscando la sílaba exacta tras la que la divinidad esconde su trampa antiquísima, y otra vez se enciende la memoria, trae ayer desparramado, eco, mansiones para el júbilo, creo en las horas frágiles del día, en el camino humano donde la nieve cede al peso invisible de la mirada, creo en la gracia y rectamente procedo a notificar bajo notario su existencia, los poetas están en guardia, alerta la palabra
el tiempo de los poetas ha llegado, hasta muy tarde anoche en las alas del texto, labor de amor, el río asciende la noche, se me oculta la luz, todo es tangible, vagamente íntimo, en la sombra el gesto de ir a vivir sin que nada nos aturda, vivir así el regalo efímero de entendernos, el vuelo manso del verbo sin contaminar, el verbo autista, el verbo considerado el principio motor de la carne, luego vienen los profetas, los salmos, el monocorde ripio de las almas que buscan un lugar arriba en el cielo perfecto de la salvación, luego vienen los dueños de las horas, saquean lo que ven, nada queda libre, sólo hay muerte, iglesias vaciadas, la dulzura del credo convertida en óxido, apocalipsis, el sueño de los perversos, todo lo que no se dice acaba por mordernos, tengo una fe absoluta en mis extremidades, en el miedo que me conquista el pecho y hace que mi corazón se desboque, se astille, se incendie, mirad el corazón astillado, el músculo convertido en objeto vintage, el vértigo hecho fiebre y luego la fiebre volada al aire antiguo de los ojos que lo miran todo y a todo le extraen luz y en todo encuentran sombra, los ojos con vocación de bisturí, los ojos del artista que son los ojos del mundo, los ojos izados como un veneno cósmico, he aprendido a nombrar la dicha en las palabras, esta caligrafía de bruma sin brahms, ni mordisco, se hace polvo de estrellas, se hace escritura, boca, vagina, túnel, se hace fábula, un pequeño incendio bebop, que vence la oscura la rancia, la quemada historia de las palabras y asciende la tarde, hasta pesar como un adjetivo, sin romper todavía, miro hacia adentro , en la propiedad más oculta del tiempo, soy casi ahora y me queda toda la vida para desabotonarme del todo y tumbar mi cuerpo en la cosecha infame de las horas, todas matan, la última hora debe ser la hora de la poesía, morir debe ser entregar un último verso, en ti todos los versos se parecen a un único gran verso con sordina, el verso abierto con el que el universo celebra su festín de secretos, el lunes a zancadas me preña el tedio me dicta una voz en la que cuento mis miedos, un pequeño incendio bebop acecha en las avenidas, una síncopa con colmo, un terrible solo de arpa en el fondo exacto del alma, sí, sí,
está la tarde cannonball adderley fugado en un bis, estamos en un vértigo de niebla, lluvia, que invade un sueño, escribo porque pronto olvidaré lo que digo, milton en alphaville, sí, sí, 
el poeta todavía esnifa adjetivos, hilos de ternura a ras de sístole toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura largos cabellos, el sótano está encendido, suena bossa nova filtrada, imagino la madre misma del poeta, cincuenta años largos enferma de tedio, no sabe leer,  no puede leer los prodigios de las letras, la causa la desconocemos, el tiempo es un jesucristo con sordina, el tiempo es un jesucristo muy dixieland, necesito un demiurgo, un crack en mística, un hombre con una corbata beige con una corbata gris, todas las corbatas estropean la alegría, lo hemos visto juntos oh mi amor, 
la delicia de mirar amanecer juntos, la fria inerte dulce sucumbida clave de amor, en el parapeto de la cultura, hemos oído la misma canción las veces suficientes, la primera vez en parís, la segunda en las favelas, era diciembre calculado, nos queríamos de forma sencilla
comprábamos periódicos, leíamos en las terrazas, al sol tomábamos café, el chico del café era sordomudo, el hombre lee en donde puede, he visto gente leer en el metro versos del corán, haikus, prosa cabreada del tiempo, dow jones, big fun, hemos liquidado el miedo, lo hemos escondido en un endecasílabo, la mampara es el jazz, nos escondemos detrás, mujer, 
tu cuerpo es un desagüe en donde me voy, arranca el tour de amor, la ipé de mi corazón es volandera, la ipé de mi corazón la saco a pasear, tiene el paseo luna, y el perrito de chéjov nos mira en un relato tradicional ruso, todo lo ruso es agradable al oído, el idioma es de una sonancia que no te revienta el pecho, no me leas a nietzsche en vernáculo, no me digas que miras el abismo y el abismo te mira a ti, porque no tengo tiempo, esta noche el exiliado el extravagante, el asunto principal la historia de la vida, el leiv motiv los fab four en la pared, baudelaire en la pared, la chica asiática muy preñada con pezones como dedales de costurera tuerta, me gusta el junk mail porque leo ahí la novela de la existencia, no tengo un tren de vida de algodón sin delincuentes, la ciudad era nocturno, pubs, pizza a las cinco de la mañana, resaca margarita, hombre, no tengas cuidado, me dejas en la puerta que yo subo solo, me pongo un charlie parker, me pongo un stan getz, amor con la posibilidad de arrumbarlo después en un epílogo decimonónico, esta noche europa, paris, londres, madrid, el personaje perfecto en la ciudad ideal, pegamos tropezones hasta navidad, en la tesis más fiable la república de las palabras no representa un peligro salvo que seas un subversivo, un tipo de esos de la derecha gris, no me vengas con panfletos, me dan migraña los panfletos, se quita solo el temor a que la cultura nos termine induciendo al suicidio, tío sam está ahí afuera, me duele el alma, la bestia políglota, avanza por las calles, recorre avenidas, no tengas miedo, me has entendido, no vayas a demostrar que el miedo te ha cogido bien, el miedo es una aventura lírica, la soledad es un agujero enorme, la pereza es un concierto de keith jarrett en osaka visto esta noche, samsung cuarenta pulgadas, europa acoge un puñado exquisito de poetas del jazz, no crean, no viene bill evans,el genio se quedó en sus toxinas, el timonel escora dulcemente, la memoria, tengo ancho un párpado, me adormece la tarde, olvídate de la derrota, la grúa pasta tu voz, extrae la palabra, el oído glauco, estreremecido punto en el que la voz suministra su inventario de cautelas, importa el alma, comparo mi dicho con un eco, me miento,  me invento, un mundo 
se ofrecen dioses para tutelar mi ingreso en un cielo cinemascope, en vísperas el lance nunca sucede, el pensamiento dilata el trance, el cuerpo de la cortesana livia dulce, acaba de cumplir cincuenta, ya no acuden amantes, indagas, averiguas que el amor subsiste todo coronado, agua herrumbrada en todo caso, polen, eco, rizo del bello pubis, ya en declive como en una película de gloria swanson, fuera morir entonces, hermoso únicamente hermoso, es sólo es plumaje, el pájaro toma altura, perdura esto, el pájaro perdura, el desencanto trenzado, el menos doloroso, si anidan pájaros, en el pecho dulce, quebranto, tus dedos, naves, mi amor, te amo, qué hermoso es ver desfilar la tropa, arengan en una tribuna 
los viejos caciques, las estrellas al aire, el júbilo, la patria, los dioses propicios, la cosecha de muertos con la voz cedida, con la voz hundida, con la voz destrozada, por el peso del verbo cainita, el verbo púgil, el verbo ampuloso en donde existe un paraíso, lo mismo que kavafis cabafis kavaphis cavaphis, pide que el camino sea largo,  alguien jadea un pétalo, junio esconde savia , trinos que confunden, alta advocación del santo loor, compartir la gloria, el dulcísimo sonido donado en la noche, cómplice en esencia, el astronauta aunque zurdo evita el trato, no está hecho para eso, es de otras miras, concretas volúmenes, que modulan el silencio, zubin, el peso de la orquesta flaquea, así hablo zaratustra, así hubo un afán y después del afán hubo una panorámica del afán, el galán, el tiroteo, esto es cine, los arquetipos estipulan conductas, una literatura,  escribo porque tengo los dedos limpios, sí, ah sí, los dedos limpios, el alma limpia, no tengo brizna alguna del barro con el que se me hizo, está el hombre frente a su espejo, colocando las piezas, midiendo las piezas, solo, solo,
verosímil orquesta, radio skanton, la pluma, el tiempo es un sinfín de silbos próximos, oh nido, contribuye el músculo a adecentar el alma, la mano del azote divino, el onanismo convertido en arte como quería de quincey con el asesinato, como premisa válida, como baluarte, como paja bíblica, se desvanece el barco en la distancia, se pierde pues en la distancia, todo se deja manejar mejor por la fábula, en fuga, todos los niños de londres aman a peter pan, todos los niños de londres aman a peter pan el formidable, en balde se diga moneda, salud, amor, te escribo precipitadamente este galope enfurecido, este galope sucede como lluvia, este galope finalmente desemboca en poema, en viena urdida por los nazis, unas frases que arden, un viento que asiste al actor en su papel principal, súbitamente héroe, ardor más bien, el material disperso es la memoria, el hilo, el punctum, el verso armónico despojado de retórica, en la geometría participan los amateurs en la memoria, flipa un payaso, el rito sin usura, por favor,  sedúceme esta noche, si puedes, ven, sedúceme, esta noche,  esta noche calma sobre todo, esta soledad de amantes, no vengas con los libros de kafka bajo el brazo, dan migraña, ya lo escribí, con tal de perderme por todos mis sentidos, la voz se astilla, la verdad es que muero por mis poros abiertos, rechaza la batalla, el fondo sin astros, el cuerdo contra el boxeador sonado, el verso final, todo así la decadencia latina del amante apresado en el rockefeller center,  mientras afuera la banda toca gypsy woman varias veces, black magic woman varias veces, stairway to the stars varias veces, summertime varias veces, en la tempestad brinca dios, muda el inverno su vocación de pestillo, eso es lo que ocurre, la voz se astilla, funda el amor trozos de amor repartidos por los trozos antiguos como salmo, se invoca, se venera, se salva el que reza, el apestado es el ateo, el descreído, ay me he perdido en los mítines del alma, en contra de sí misma, tiendes la mano, la mano buena, la mala de la mano mala, es que tiene vicios de mano libre y entonces escribe a su antojo, obituario escena manzana perdida en el cesto de una vírgen de teruel, recién traída a casa por un lejano primo entendido en macroeconomía,
el mercado, la crisis, el topo, el animal oscuro, el animal oculto, el bestiario de intenciones que no acaban de imponer un orden, el caos es el orden que se cansó de repetir un verso, en bourbon street contra la voluntad de un elegido algún precio ha de pagarse,  aunque sea por vivir tan a lo precario toda esta iluminación, este irse en cada gesto, en cada sílaba desde el musgo hasta la rosa la de milton, vibrar en el sueño,  morir, hay que ir muriendo el beso último, el astro numen, la nave como un rito se zafa del oleaje. nadie oye la proa cascada, el alma rota, dios sin aviso, sólo el timonel siente un ardor, un peso,  el naufragio inminente soledad entonces tan lírica, república de lobos, amparo de verbos, añicos de jaula, toda la impresión fiable del tiempo a dentelladas abriendo el pecho, los sonetos a la vista, todos los sonetos escritos durante los inviernos, con auster, con  austen, con dick tracy, no tengo confianza en que la literatura, incluso la más alta, me salve, estoy condenado, estamos condenados, con lo único con lo que contamos es con nosotros mismos, no hay paraíso, edén
escalera al cielo, huella de los siglos, me pierdo todas las cosas importantes, me quema esta rutina de cosas irrelevantes, el paseo con los invisibles, con todos los invisibles que me saludan y me cuentan la historia rosa y la historia gris, todas las historias posibles, oigo, razono, compendio, me esmero en no depender de las historias de los otros, me afino en contarme las mías, las comprimo, las mimo, las fuerzo a que me expliquen el cosmos, dios en las alturas, el dios en la sílaba, el dios plenipotenciario en mi disco duro, stan getz en bossa nova, tengo a stan getz en cascada, me revientan cien endecasílabos en el pecho, me cierro y me abro, tengo la impresión de que no he dicho nada enteramente todavía, escribo porque el aire es una palabra, escribo dios charlie parker, john coltrane en alphaville, no sé a qué atenerme con estas imprecisiones, si desbarro o me desbarran, si el corazón entero es cosecha, si me pierden las dudas y no avanzo y todo es oscuro, en la luz todo se adensa, oigo el frío hacia adentro a nado ganando la herrumbre, frío que gasta palabras, las sílabas del frío vulgar como la muerte cuando ocupa la entera extensión de la luz que la batalla, oigo el frío majestuoso en secreto contando los días, el frío virginal que trae una lluvia invisible, un rumor oculto de heridas, el veneno primero con el que la vida nos enseña su saña ampulosa y cabrona, frío leyendo hace años a Dickens, en verdad os digo, oh mis hermanos, que nada hay que haga sentir más frío que ser un niño de dickens en una edición barata de bolsillo, todo lo que uno lee es dickens, todo está ahí, íntegro, en el mejor de los tiempos, en el peor de los tiempos, en ese bucle de las cosas, que no se advierte, que no deja una huella y, sin embargo, perdura, no se desvanece jamás, está al alcance siempre, como un salmo, como un dios caprichoso y rudimentario que bosquejara el mundo y lo bosquejara otra vez y viese que está bien la obra, pero se diese un día, dos días, seis días, hasta que de pronto comprendo que ya no es posible más, entonces es cuando se produce el chasquido, todo lo demás no importa, no importa el vértigo, el frío, el abismo, las palabras se escriben solas, cruzan solas el páramo, escribe uno con las palabras que no le pertenecen, como si otro escribiera, es un texto de otro, no me pertenece, leo algo que no es mío, no pertenece a nadie el texto, es un paisaje el texto, los paisajes no tienen quien los posea, dios en la altura bendice los paisajes, pero las palabras están en un rango más alto que los dioses, antes del big bang hubo palabras, el universo es un verso que se fue expandiendo, el big bang es un poema

22.11.14

Fragmentos

I
Pasan tantas cosas a la vez y algunas son de tanta trascendencia que uno no sabe en qué esmerarse, a qué trama de lo real aplicarse con más ahínco. Se levanta uno pensando en la Pantoja en la trena o en el ébola en los aviones o en Pablo Iglesias bolivarizando los pasillos de la universidad. Todas estas distracciones conmueven mucho o no lo hacen en modo alguno, pero hacen que la maquinaria siga haciendo ruido y haya público y la obra continúe en cartel. Mientras que algunos buscan el significado primero de las cosas, otros se empecinan en buscar el último. Está el mundo dividido entre adoradores del big bang y fanáticos del apocalipsis. 

II
En Alemania, en uno de esos sótanos inverosímiles, forrados de máquinas inverosímiles, un grupo de científicos dieron con una tecla inverosímil, como suele contar mi amigo K., metafísico como pocos, un latido del corazón del tiempo. Lo que estos poetas cuánticos han conseguido es capturar el fragmento más pequeño de tiempo conocido hasta ahora: han registrado un intervalo temporal de doce attosegundos. Sí, yo también vivo en la ignorancia y la ampulosa biblioteca de la red me informa de que un attosegundo es una trillonésima parte de un segundo. Lo que mi ignorancia no puede resolver consultando esa base de datos asombrosa es la relevancia de ese acto. Lerdo en ciencia, incapaz de comprender el sentido racional de las cosas, me siento infinitamente desvalido a la hora de procesar esa información que la prensa no duda en catalogar como heroica, por lo menos.  No entra en mis alcances (que en algunos asuntos llegan lejos y en otros, ay, son escandalosamente torpes) entender qué suceso de la naturaleza dura un attosegundo. Algo tan sumamente minúsculo me apabulla, me aturde, me deja enredado en una tempestad de dudas. Esa evidencia infinitesimal de eternidad me desarma, me aísla del quebranto estadístico del paro, me seduce como únicamente seducen (a veces) versos extraídos de un soneto o adjetivos colocados con rara perfección detrás de un sustantivo hermoso como una gota de agua en un pétalo que sueña un ángel. Ante lo pequeño, a veces se tiene la incertidumbre que se dispensa a lo grande. El cosmos está ahí afuera, incesante, inescrutable, inabarcable, pero el cosmos está de igual manera ahí adentro, incesante, inescrutable e inabarcable también. 

III
Dicen quienes saben que ese descubrimiento podrá ilustrar ciertos intercambios moleculares, no sé, cosas así. Yo, en esa involuntaria dureza mía hacia la ciencia, oigo en esta noticia lo que mis vicios literarios me hacen oír: oigo que el tiempo es la medida absoluta de todo lo demás; oigo que somos tiempo, somos los días persiguiéndose, franjas ridículas (por invisibles) de tiempo convertido en brizna, en lo inaprensible de pronto atrapado, y entonces, pensando en todo esto, haciendo filosofía de mesa camilla, conversando conmigo mismo sobre la eternidad y sobre sus arcanos, desoigo la música de las noticias , desaconsejo a mi alma que se ofusque por la barbarie de los políticos, que nos administran sin empeño, empecinados solo en hacer caja con el cargo, y pienso en Julio Verne. No sé por qué de pronto Julio Verne se ha instalado en mi cabeza, pero ahí está, con su barba decimonónica, con su gesto un poco adusto, con sus libros maravillosos bajo el brazo. Releí Viaje al centro de la tierra hace unos cuantos veranos y me entusiasmó como cuando lo hice por primera vez. No sé si es que todavía soy el niño asombrable, ojalá lo sea, o es que la prosa de Verne no decae a pesar del glorioso y mísero, según se mire, paso del tiempo. 

IV
Hoy Muñoz M0lina cuenta que en España tenemos cierto pudor a contar lo propio, que la escritura pocas veces se articula en torno a la idea que uno tiene de sí mismo, aireándola, como si contándola, extrayendo de aquí y de allá lo reseñable, lo turbio, lo intrascendente o lo relevante, se acabara por entender. No se trataría, razono yo, de que se hable de la primera persona del verbo, sino de instalar en esa persona una cierta distancia y mirarnos sin el incomodo de saber que estamos debajo. Convertidos así en personaje, ir hacia adelante, contar, desbaratar toda posibilidad de objetividad y caer bien o molestar, ya se sabe. 


20.11.14

Ángeles de amarillo / En el Día Internacional del Niño



Foto: Rooselvet Castro

En pocas horas acaba el Día Internacional del Niño. No sabe uno nunca qué es eso de que un día sea internacional de algo. Nos la cuelan con tantas efemérides estúpidas que en ocasiones dejamos pasar las relevantes y no fijamos nuestra atención en lo que evidencian, en la manifestación de la realidad que pretenden difundir. Por eso no razonamos qué se nos pide cuando en el calendario dice que hoy es el día que es. Yo sé de niños lo suficiente, pero hay días en que tanto saber duele. Solo hay que acercarse a ellos y escucharlos y comprender que la infancia es un don, un don al que se le extirpa la virtud y al que se arroja a los perros, para que lo devoren. No se les respeta. El hecho de que se les encomienden labores de adultos hace que se les ningunee. No debería haber un día de éstos, ya digo. Que lo haya induce a pensar que en los otros, en los invisibles, se vulnera lo que hoy es un mandamiento, una especie de ley moral sin la que la sociedad estaría corrompida y no tendría salvación posible. Pero la sociedad está corrompida y no tiene salvación posible. Los adultos sabemos que el bien no tiene ni de lejos el predicamento narrativo que el mal. Es el mal el que abre los caminos y hace que los mercados, ah los terribles mercados, hagan caja. Los niños son lo contrario de los mercados. Los niños son la pureza, son la dulzura, la bendita evidencia de que el mundo es armónico y de que podemos confiar en que la belleza lo ocupe todo. Los mercados, ah los mercados cabrones, son la locura, son la mentira, son la constatación brutal de que el mundo está mal hecho y de que el amor no existe: lo retiraron de la trama, lo convencieron para que no molestase y se recogiese en un lugar confortable. Ahí debe andar. A veces se le ve. Hay días en que está a mano, quién lo duda. Días de darse uno abrazos con los amigos y apretarlos con fuerza. Días de respirar hondo y notar que el aire lo llena todo y los ojos, sin darnos cuenta, se entornan y un irresistible candor sube por el pecho y se cobija en un gesto, en uno de los que lleva el ángel amarillo de la fotografía.

Mentira, ya lo sabemos. Buenas palabras, propósitos encomiables, pero huecos, de poco asiento en la realidad, que va a lo suyo y arrambla con fiereza, con saña en más veces de la que podemos soportar. Mi oficio, maestro de escuela, me hace ser un niño también, uno gordo y despistado, agradecido por estar rodeado de ángeles. Yo, un descreído, bendecido por la intimidad de la infancia. Los veo a todas horas. Niños puros, niños limpios. Y los que no son puros, los que no se ajustan al ideal de limpieza que cada uno decide en su cabeza, son puros y son limpios a su manera. Si no lo son es porque en casa, en las calles, en el diario trasegar con la vida dura de sus mayores, se les ponen continuamente obstáculos, se les apremia a que crezcan e ingresen en el mercado laboral, en la jungla, en el caos, en el vértigo, en la fiebre, en el roto mundo que les estamos dejando como infame herencia. En manos como las mías, en manos parecidas a éstas que ahora teclean, mientras afuera la noche es oscura y me siento protegido en casa, está que no se malogre el futuro de los niños. Manos precursoras. Manos que ofician el trabajo de guiarles al mañana. No sabemos qué les aguarda. No hay certidumbres sobre eso ni para nosotros, los adultos, los experimentados adultos. Y pienso ahora en lo que un amigo me dijo no hace mucho cuando un niño le trató con afecto y con respeto, con infinita dulzura y con envidiable alegría. El mundo es de ellos. No es nuestro, qué va a serlo.

Los maestros tenemos un maravilloso encargo. Se nos ha encomendado una especie de crianza estética, intelectual y hasta espiritual de quienes escribirán el futuro. Es ya terrible el presente como para que nos incomode la incertidumbre del futuro, pero no hay mayor peligro que desoír la Historia y es la Historia la que nos enseña que la cultura hace buenas o malas sociedades. No tengo duda alguna de que la cultura está en las escuelas, en las escuelas públicas, en los pasillos llenos de carteles, en los patios festivos de los recreos, en las aulas, en la rendición diaria de las reglas de la vida, volcadas con infinito afecto en los niños, que nos miran a los maestros y nos hacen las grandes preguntas. No siempre se tienen a mano las grandes respuestas. Lo normal es que tengamos respuestas pequeñitas, de andar por casa, de ir explicando el mundo con la intervención de la magia, con la colaboración del cariño, con la eficiencia de la profesionalidad, por supuesto. No solo de afectos vive la escuela, pero ay si faltan, si al niño se le escatima esa ración diaria de prodigios, pequeños milagros, cosas que los ángeles amarillos se toman en serio y les sirven para crecer y estar preparados para enseñar a otros.



En llamas, se lee mejor / After Dark




De Murakami lo que no me gusta es la tristeza. En After Dark, la primera novela suya que leí, la hay en demasía. Una tristeza sin objetivo, que se va confesando más triste todavía según la trama avanza, hasta que al final la narración se cierra y las calles de la ciudad japonesa en la que transcurre se vacían y no hay músicos de jazz que vayan de un tugurio a otro o poetas malditos que encuentran en la noche un útero fabuloso, un país puro, un corazón al que no se le ha practicado ninguna incisión lesiva. Por lo demás, Murakami se recrea en la soledad, en la bondad de la soledad para quien no tiene otra cosa o no sabría manejarse entre los demás, realizando tareas triviales como ir a la compra o visitar a los padres y contarles cómo ha ido la semana. Lo de leer en los cafés me ha fascinado siempre, pero yo no sería un buen personaje de Murakami. Creo tener a favor el amor al jazz y cierta inclinación a paladear la buena soledad, la que no permanece cuando no se la desea. Hay cosas que, al leer, no se aceptan o se aceptan mal y la lectura flaquea y acaba perdiéndose. He leído lo suficiente de Murakami (After dark, Tokyo blues, Kafka en la orilla) para saber que es un escritor apreciable, al que una vez puse en solfa en una conversación entre buenos lectores solo por ver cómo lo defendían. Ellos, al cabo, decían haberlo leído todo y esperar con ansia un volumen nuevo. No hubo entusiasmo en los elogios, no se emplearon en rebatir mi desafecto por sus novelas. Solo hubo uno, M., que se empleó con más ardor. Es el ardor el que mueve el mundo. Quizá no sea el amor, sino el ardor. Murakami, si uno está de verdad ardiendo, es una lectura fantástica. En llamas, se lee mejor. La noche, iluminada por el fuego, ofrece sombras que rivalizan con las que procura el mismo sol. Parecen las novelas de Murakami, le dije a M., conversaciones interesantes, tramas que se adentran en otras tramas, ilusiones que convergen en otras ilusiones, en fin, episodios de una historia mayor a la que nunca damos alcance. Además no creo que escriba bien. Es muy personal eso de que una escritura no nos parezca que esté a la altura. Es entrar en un territorio demasiado íntimo. La escritura es como la piel de una persona que no es la nuestra. No me gusta tu piel, no me gusta tu cara, no me gusta tu voz. No es posible que uno se rebaje a sentenciar de un modo tan absoluto y que luego pretender que alguien se fije en nuestra piel, en nuestra cara o en nuestra voz y sentencie a su vez que le atrae o que encuentra algo relevante y a lo que dedicarle algún tipo de halago. Detrás de las palabras que no halagan están, al menos las hay, las que suscitan, a quien se deje, el halago ajeno. 

18.11.14

Brilla como un diamante loco



No sabes lo que tienes hasta que se va. Solo es nuestro lo que perdimos. Es la memoria la que nos mantiene firmes. Ayer noche K. me confesaba su malestar por The endless river, el último disco de Pink Floyd. Un cosa infame montada a base de descartes, me dijo. A Joaquín Ferrer le parece (creo) una pieza salvable. Solo por estar firmada por Pink Floyd. Quizá haya que ser indulgentes y no ahondar mucho en la herida. Porque han revivido al muerto y no lo han echado a andar con un aspecto agradable. Un disco zombi, Emilio. Está por ahí, mostrando el aspecto que no debería mostrarse nunca. Pero tenemos en la cabeza Dark side of the moon, le digo. Está Wish you were here. Yo todavía me sé The wall de memoria. Soy capaz de repetir cada línea del libreto. La idea es que la banda que nos fascinó ya no existe y de que éstos ahora aquí presentados no son, en modo alguno lo son, aquéllos a quienes amamos. Las personas somos como un poco así. Como discos malos de Pink Floyd. No sé si tendremos una parte fascinante y otra, conforme los años nos van cobrando los peajes, otra menos presentable. No saber tampoco en qué etapa está uno ahora. Si en la desechable o en una todavía linda, de terraza de verano con los amigos y charla animada sobre los viajes que hacemos en la juventud. Yo recuerdo uno en el que no paraba de sonar Animals. Estaba en una cinta TDK (amo esas tres letras míticas) que mi amiga M. ponía en su flamante stereo del Alfa Romeo. Tampoco la veo ahora. Se van perdiendo las cosas. Van ocupando el sitio en que deciden estar y de ahí no salen. O salen zombis, afectadas por el tiempo o por la desgana o por la suma involuntaria de una serie de catastróficas penalidades. The endless river es una cosa inservible, si has amado Pink Floyd. Para los nuevos en el asunto, nada remarcable. Sonidos que fluyen sin mucho brío. Sonidos cansados, pensé anoche, mientras lo escuchaba por segunda vez. Creo que no lo voy a escuchar de nuevo. En televisión cuentan el regreso de la banda de Waters y Gilmour, que son quienes siempre la comandaron, como un evento. No hay tal. Todo se acabó hace tiempo. El esplendor no fue convocado. La belleza, que la hubo, está en otro lugar. Solo hay negocio. Que nunca dejó de haberlo, cierto, pero ahora la máquina de hacer dinero no emociona, no transmite la belleza de antes. Leo que ya hay países donde The endless river es número uno. Uno busca en el material nuevo la posibilidad de que algo reproduzca el asombro del pasado, pero está solo, solo en una soledad cósmica, en una soledad en la que suena Así habló Zaratustra y un vals de Strauss brilla como un diamante loco. Ahora son tiempos de chill out, musiquita para amenizar espacios minimalistas en altavoces high-end mientras apuras un gin tonic en vaso de boca ancha. El epílogo de una de las bandas más influyentes del siglo XX no puede ser más penoso. Quien lo desee puede volver a las páginas más memorables, las de los setenta, cuando se hacían las grandes preguntas y hacían discos intensos, discos como catedrales a las que entrar y en las que sentir, entre la zozobra y la perplejidad, el impulso de los astros. 

17.11.14

El azul nunca está entre las palabras

A poco que lo pienso, si le concedo la atención que nunca le presto, caigo en la cuenta de que no hay oficio más sano que el de no hacer nada. No creo ni que sea fácil eso de no hacer nada. Siempre hay algo que te interrumpe ese solaz privado y malogra el éxito de la empresa. Una vez estuve a punto de estar una mañana entera sin que me ocupara ninguna actividad, pero se deshizo todo ese encanto cuando un buen amigo llamó para ver si quedábamos de noche en el bar de siempre. Si no es el amigo, incluso los buenos se entrometen a veces, es la madre, interesada en saber si finalmente comemos todos en casa el sábado. Tampoco está uno a salvo en su propio hogar. Desearía, en esas ocasiones, recluirse, instalarse en una pieza apartada, cerrar la puerta, acomodarse en un butacón confortable y escuchar una sinfonía de Brahms o leer unos cuentos de Carver. A mi amigo K. no le cuadra que yo invite a Brahms y a Carver a mi retiro. Cree que no tienen más derecho que el buen amigo o que la madre a inmiscuirse en mis devaneos con la nada. Es difícil de entender la nada. Estoy por pensar que no es posible entenderla en absoluto. Una idea de nada redonda y perfecta consistiría en no permitir que nada del exterior te afecte. Ahí creo que entro cuando estoy en el limbo dulce que precede al sueño, en ese estado de perfección en donde no se está dormido ni despierto. No se puede considerar que la vigilia fomente el cultivo de este vicio al que acabo de consagrarme y el sueño, el ingobernable sueño, no es en modo alguno un territorio que nos pertenezca: vamos a ciegas por él, lo paseamos a tientas, caemos sin saber que estamos cayendo. Ni siquiera el gozo, toda esa alegría incontenible con la que a veces los cruzamos, hacen que los sueños nos pertenezcan. Nunca son nuestros, nunca perduran. En la deriva de lo soñado, no se aprecia rastro de lo que somos. En todo caso, acepto a estudiosos del asunto, se perciben indicios de que anduvimos por ahí, es cierto, de que algo nuestro quedó en el camino y o incluso de que una breve señal manifiesta nuestra presencia, yo qué sé, un canción que nos gustaba antaño, un verso de un poema con el que nos emocionamos o la visión pura de un paisaje en donde nos sentimos parte del mundo o ese mundo parte propiamente nuestra. Insisto en que no hacer nada es una empresa de una dificultad asombrosa. Como no practico yoga o disciplina oriental que se le parezca, carezco de los instrumentos que limpian mi mente y me dejan en blanco. No he estado nunca en blanco. Juro que lo he intentado, pero siempre está Brahms o está Carver al acecho, los muy cabrones. No hay día en que no desee perderme a mi manera, una de esas pérdidas irrelevantes, a las que no se les da importancia  porque tienen camino de regreso. A poco que lo pienso, si le concedo la atención que casi nunca le presto, caigo en la cuenta de que no hay oficio más sano que el de pensar en cómo ocupar el tiempo para que parezca que somos sus dueños, pero es el tiempo el que nos gobierna a nosotros, el que nos mueve. Tengo, en fin, la virtud de no llegar a comprenderme del todo y de disfrutar con la idea de que cada vez estoy más cerca de hacerlo. La memoria tiene su niebla. Al final nos queda la niebla, la sensación de que todo ha sido brumoso o de que no hemos podido hacer más de lo que hicimos. Hoy he caminado hacia el centro del pueblo. Escuchaba a Joe Pass. Sin el trío habitual. Joe a palo seco, el Joe estajanovista de los standards. En un tramo particularmente emocionante de Night and day he pensado que el señor Pass, allá por los sesenta, cuando registró para Verve la versión que escuchaba, estaba pensando en mí. Que era yo, ya ven, el destinatario secreto de la pieza. Night and day para mí; yo, un privilegiado. De verdad que no es fácil no hacer nada, pero hay veces en que uno hace cosas que sí valen la pena y el mundo gira y el cielo estalla en azules solo porque lo veamos y lo contemos aquí y no se pierda ese prodigio. Luego está la sensación de no afinar lo suficiente y de que el azul no esté aquí, entre las palabras. El azul nunca está entre las palabras.

16.11.14

Una novela islandesa

Al orden no le incumbe la belleza del mundo. Es el caos el que la alumbra. Del orden puro solo se percibe la rigidez, el estado matemático de las cosas, su concilio cartesiano. No he aprendido a manejarme en el orden. Siempre me manejé felizmente en la improvisación, en la periferia dulce, en la lírica, en el milagro. No creo que el orden me termine por conmover e ingrese en el ejército de sus adeptos, pero hay días en que me desdigo y gustosamente lo abrazaría. Uno va aplazando las cosas de importancia y llega un momento en que termina comprendiendo que no importa lo tarde que se llega a ellas sino la convicción con la que se llega. Ahora estoy en el periodo de transición modélica. El orden me persigue, pero yo corro más rápido. O, expresado de otra manera, estoy bien hasta que deje de estarlo. Fue un filósofo chino, uno de tantos de los de antaño, quien dejó escrito que hay que combatir cuesta abajo, nunca cuesta arriba. Luego está la firmeza con la que se va dejando caer esta especie de diario, que no pretende serlo. No creo que haya nada a lo que uno se incline con más vehemencia que al narrar sus andanzas o sus malandanzas. No se conoce ningún otro asunto con más autoridad que el de uno mismo. Soy el asunto, le digo a K., pero K. se distrae viendo un escaparate de libros. Dice que va a comprar una novela negra. Una islandesa. La nieve y la sangre. El blanco y el rojo. Es el caos el que escribe las páginas más brillantes, pienso. La belleza no proviene de las cosas previsibles, no está en lo que se extrae de una ecuación, no tiene nada que ver con la formalidad de los números. 

13.11.14

Días

Días en que uno vive la vida de la que habla y días que no nos corresponden y con los que tenemos un trato distante, al modo en que se producen las tramas de las novelas o de las películas, como si todo fuese ajeno y en esa dimensión sucediese y no nos incumbiese en absoluto. 

Días precisos como una sílaba tónica, días suizos, días con colmo de aritmética, que nos cuestionan la lírica de las cosas y se incrustan como una enfermedad y nos hacen flaquear y caernos. 

Días Kierkegaard, días con absoluta indiferencia a la intimidad, bruscos, llenos de palabras que conocemos por separado pero que no sabemos manejar si se juntan y nos hablan.

Días mansos. Yo adoro los días mansos. Días en que no ocurre nada. Blancos, los días. De una blancura que intimida.

Días Hal 9000, días Kubrick en vena, días para contar secretos, días que merecen un aparte, donde cuanto sucede es una cosa extraordinaria, días de máquinas más complejas que uno mismo, ante las que palidecemos y nos postramos, como si fuesen dioses.

Días de tres bourbons a última hora de la noche, escuchando Chet Baker, desplazando el miedo a que algo malo suceda mañana por la sensación muy plácida de que el amor nos visitará más tarde y nos hará dormirnos muy cansados, felices, inocentes, blasfemos y puros.

Días para entenderse uno, días solo para entenderse uno, días que acaban con la evidencia de que sabemos quiénes somos un poco más.

Días de vértigo y de fiebre.

Días como un disco duro al que hemos ido echando cuanto no sabíamos qué uso dar, días de una consistencia inútil.

Días perdidos, días huecos, días grises, días sin que nada verdaderamente hermoso nos visite.




12.11.14

el dios de oscar wilde y de janis joplin, el dios de las tragedias, el incómodo inquilino

hoy he visto al hombre del saco, al gran hombre de las pesadillas de los niños, al jefe de los atormentados y de los crédulos, he visto la luz tambalearse en la sombra, he visto el verdadero rostro del tiempo, estaba esculpido en un rostro baladí, en uno sin atributos remarcables, incluso en uno rostro neutro, de una atonía ejemplar, pero era posible ir más adentro, penetrar en lo que registraba el ojo y pasearse por el origen del universo, por el mismísimo big bang, con su pedo cósmico, con su gran arcada plenipotenciaria, cuando el dios rudimentario, el caprichoso, contempló el vacío y lo contempló otra vez y decidió crear a oscar wilde y a las aves palmípedas, porque ahí estaba ya todo pensado, es imposible que yo no estuviera previsto cuando se produjo el chasquido fundacional, miradme recorrer la oscuridad absoluta, buscando la luz, no hemos dejado de buscarla, da igual que esté lejos, no importa que la luz sea un veneno y nos abrase su dulzor en la boca, no habrá palabras que podamos decir, ni gestos que hacer, no habrá un poeta que sepa contar la trama celeste, ninguno que sirva de modelo, ni siquiera todos los poetas del mundo, puestos boca abajo, zarandeados, abiertas sus cabezas, derramada toda la sangre que circula por sus cuerpos, podrán afinar lo suficiente como para bosquejar un principio y avanzar, a tientas si hace falta, por la senda intuida, la de las baldosas amarillas y la de los cráteres, la de la verdad infame y la de las mentiras maravillosas, hoy he visto al hombre del saco, al gran hombre de las palabras trágicas, porque no había otra cosa que una tragedia en las palabras que iba diciendo, una tragedia antiquísima, quizá no ha habido otra cosa sino tragedia, y el hombre de hoy ha venido a contarnos el episodio cercano, el que nuestras pobres cabezas pueden entender, la mía entiende lo justo y lo entiende de un modo precario, he visto cabezas que parecen entenderlo todo, ves la cabeza y entonces comprendes que ahí dentro está dios, dios gramatical, dios seminal, el gran dios de los discursos del panteísmo y de la revolución industrial, el dios de oscar wilde y de janis joplin, ay, hombre terrible, qué nos has contado, qué bonita paradoja la tuya, la nuestra, en el fondo, bien mirado, bien pensado, mirar y pensar juntamente, somos la misma paradójica cosa, sí, estamos hechos de la misma oscura sustancia, llevamos dentro al mismo incómodo inquilino, un bicho cabrón, señor, eso anda ahí, está la noche echándose encima y crosby, still, nash and young me cuentan historias rurales, ninguna que yo no conozca, la sustancia repartiéndose por el mundo, llegando a todos los rincones, dios mío, dios mío, qué delirio, qué vértigo, qué fiebre, al gran hombre de la luz le diré, si lo veo otra vez, que me instruya y me guíe, a ver si hay camino de vuelta y no estoy descarriado del todo, si hay todavía posibilidad de que me atraviese la inocencia, no hay día en que no la busque, pero está el big bang y están los coches de choque en la línea primera del poema, principiando una tragedia, ahora, si me disculpan, voy a desconectar hasta mañana a las siete menos 

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