23.7.18

Lenguaje de hombres y de mujeres





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El lenguaje no inclusivo no es inocente, impone tácitamente una ideología, claro. La idea de que no existe lo que no se verbaliza es cierta en el mismo grado en que hacer visible mujeres y hombres de manera rigurosa lastra y empobrece alarmantemente el discurso lingüístico, lo extiende sin motivo, hace que flaquee y enferme. Se trata de elegir entre la conveniencia ética y la gramatical, entre las convenciones que favorecen la eficacia lingüística (no alargar escandalosamente las frases) o la prescripción normativa, políticamente correcta, sobrevenida por requerimientos ajenos a la lengua, no prácticos, ni legítimos. Desaparece la concordancia fluida y natural, se encalla el ritmo, se vulnera el propósito primero de esa lengua, el que concierne a su diligencia, no retardada ni entorpecida por cuadrar sustantivos, determinantes, adjetivos o pronombres. 

Erradicar el lenguaje sexista en la escuela o en la calle, en el Parlamento o en los periódicos, cambiar la Constitución o inducir a la Academia a que integre en sus estatutos y en sus dictámenes no posee la misma eficacia que la inclusión real, no la semántica. Hay, no obstante, cosas que se pueden hacer: evitar palabras abiertamente reduccionistas o lesivas como “señorita” cuando se puede utilizar “señora” igual que, en ese hilo de la conversación, se usa “señor” o, en los colegios, el pomposo “Don”. Ahí hay una discrimimación que puede ser extirpada a través de la lengua. Se comprende que exista una defensa de lo inclusivo, cómo no, más si uno no peca de machista ni es ciego a las reivindicaciones razonables. Lo peliagudo, lo que no debiera ser admisible, es la maximización de esa reclamación, volteando el patrón entero de la lengua que usamos, de su gramática.

La llamada gramática feminista provoca injerencias lesivas a la gramática en sí misma, que debe ser aséptica, además fomenta un estereotipo de sexo que tampoco es garante de que la mujer prospere en su reivindicación prioritaria, la igualitaria. No debe ser, al menos no únicamente, el lenguaje. En todo caso, aparte de las consideraciones normativas, las que emanen de lo legislado y la RAE pueda o no incorporar a su logística de uso, el hablante se guardará el derecho a acatar lo prescrito o a sublevarse y campar con su lengua a su entero y privado antojo. Se puede estar a favor de que se espoleen campañas de sensibilización a favor de la inclusión y la eliminación de las barreras sexistas, se puede estar incluso a favor de que no exista diferencia real entre hombres y mujeres, pero el lenguaje debería ir al margen. Hay lenguas (el turco, parece) que no tienen masculino ni femenino y no se aprecia, a pesar de esa bondad lingüística, que la sociedad turca sea particularmente integradora y tolere o normalice la paridad en los géneros a nivel político, laboral o de puertas adentro, en los hogares, que es donde debería empezar la igualdad.  

La lengua no precisa que se use como trinchera. Sucederá, al paso que vamos, que el instrumento interpuesto (el lenguaje) se pervertirá, no cumplirá una de sus funciones fundamentales, la de la economía, sin doblar sujetos o adjetivar de más. Chirría que alguien, por mor de la corrección, por la inclusión, diga: Todos y todas estemos contentos y contentas. Tampoco deberíamos privarnos de usar una palabra (felices) si deseamos manejar otra (contentos). El escenario de este problema no es la gramática, que tiene un comportamiento eficaz y no se le deberíamos esquilmar esa eficacia, sino la sociedad. Creo que andan algunos grupos reclamando el uso de la palabra "criatura" para evitar caer en decir niño o niña. Por otro lado, como hablé el otro día con un amigo, usar la palabra "niñez" para zanjar el problema lo que hace es agravarlo: la niñez es otra cosa, no el vocablo que pudiera sustituir a niño y a niña. En Francia no se contempla este desdoblamiento de sexo, que no de género. No ha habido, que se sepa, no al menos al modo en que la ministra Carmen Calvo lo ha reclamado, reacciones en contra. 

La igualdad estricta y necesaria entre hombres y mujeres (ahí sí que uso un desdoblamiento, aquí sí que es absolutamente necesario) no es un asunto lingüístico sino social. La igualdad no (por último) emanar de la normativa gramatical: la RAE se limita a escuchar el ruido de la lengua en la calle y trasvasa lo escuchado a su diccionario, registrando más que otra cosa, siendo albacea del decir de las personas (hombres y mujeres juntamente, niños y niñas a la vez). Es la calle la que hará que esta iniciativa caiga en olvido o siga avanzando, adquiriendo pujanza. El juez es uno mismo y, en extensión, la ciudadanía completa. Vamos a dejar que sean los artículos los que solucionen la batalla: que digamos la juez, aunque jueza no desentone; que digamos la médico, aunque médica no tenga una conclusión fonética tan redonda. Lo que no tiene discusión, ninguna en absoluto, es que el médico supere en ingreso a la médico o que la mujer, por serlo, tenga una consideración civil (social, educativa, política, etc) diferente a la que se le arroga al hombre, por serlo. Que en las casas, en la privacidad de los hogares, los trabajos domésticos no distingan género y se realicen de forma natural por ambos sexos, que no géneros. El lenguaje, por no hacerlo ambiguo, por permitir que sea eficaz y fluido, no es el lugar en donde se debería solucionar el problema. Que sea patriarcal no es doloroso. Sí que duele lo patriarcal aplicado a otros ámbitos en donde todos los que creemos tener dos dedos de frente (y otros pocos más de sensibilidad) estamos de acuerdo. Hay que vigilar el lenguaje, pero no destrozarlo. Hay que buscar las vías de normalizar la vida en común: ya se hacen en las escuelas y, en mi opinión, muy satisfactoriamente. Quizá en pocos años no tendremos estas controversias y nuestros hijos (o nietos) lo hagan mejor que nosotros. Obsérvese que he escrito "nuestros hijos o nietos", en lugar de molestarles escribiendo "nuestros hijos e hijas y nietos y nietas".

Hay sexismo en la violencia doméstica (en su lacra, en su barbarie) y lo hay en la publicidad. Hay sexismo en el uso concreto de algunas frases hechas que no han sido modificadas o retiradas directamente, por dañinas o por humillantes o por ambas cosas. Una de ellas, escuchada hace poco en una serie española en televisión fue "no seas nena". Ahí es donde debería aplicarse la fuerza, en ese uso despreciativo, infame. Luego está (que recuerde) el recurrido verbo ayudar aplicado a lo que un hombre hace en casa. No es que el hombre ayude en casa, es que trabaja en ella y lo hace en igualdad a su pareja, sin que uno de ellos (da igual cuál) tenga el depósito del esfuerzo y el otro, por la circunstancia de tener pene en lugar de vagina, no. Tampoco debería ser ése el argumento (el de ser hombre o mujer) a la hora de hacer un grupo de trabajo, ya sea de carteras ministeriales o de miembros de un equipo laboral, sea cual fuere: debería importar la valía de quien lo ejerza, no el hecho (intrascendente, insustancial) de que sea hombre o mujer. La discriminación contra la mujer no se soluciona favoreciendo que sea escogida por el hecho de ser mujer, en lugar de atender su eficacia, su capacidad de trabajo o su idoneidad intelectual al puesto. Imagino que ninguna feminista querría ser reclamada para un puesto por ser mujer. Sin embargo, no sucede así, se espolea una paridad a veces artificial, que usa únicamente la aritmética. Es cierto que hacen falta mujeres en puestos de toma de decisión, en los elevados, en los que hacen que la sociedad funcione correctamente en términos de igualdad. Ahí sí que convendría considerar la pertinencia de cierto tipo de cuotas. 

La igualdad no se fuerza a golpe de ley como desea el gobierno actual, que desea un reparto en cargos administrativos paritario. No sé si esa medida, cuando se implemente, tendrá futuro. No porque uno crea que no se podrán poner de acuerdo hombres y mujeres, sino porque habrá candidatos (no diré candidatas, no después de todo lo aquí expuesto) que se sientan desplazados por razón de su sexo. Se habrá mirado más eso, el sexo, que el talento. Si debe haber ocho mujeres en un consejo de administración, pues que haya ocho mujeres. Tampoco debería importar que hubiera ocho hombres. La sospecha de que una mujer posee un cargo de responsabilidad por ascendencia de su sexo es tan improcedente como la de que no esté por el mismo argumento. Ese argumento podría ser usado a la inversa: que un hombre detenta un puesto de trabajo por ser hombre. Ser mujer o ser hombre no debería tener importancia relevante. Lo somos (hombres y mujeres) para todo lo demás. No debemos perpetuar estereotipos machistas, por supuesto; no debemos perpetuar maneras machistas de hacer las cosas, pero tampoco debemos hacer recaer la solución al problema (que lo es, yo no lo dudo) en la controversia gramatical. El feminismo debe existir, debe ser activo, debe continuar su trabajo, pero lo ideal es que llegue un día en que desaparezca, en que no sea necesario y parezca un recurso del pasado, uno que usaron hombres y mujeres (ojalá ambos) para corregir ciertas fracturas. Una de ellas es que sólo el nueve por ciento de mujeres sean alcaldes o que en el Parlamento la cifra no llegue al tercio en las bancadas ocupadas. Lo que sí veo cada año, en mi escuela, imagino que en otras, es que las niñas, por sufragio del aula, son las elegidas para representar a sus compañeros. Y ahí no hay corrección política: los niños votan con el alma. 

22.7.18

Una moneda

Haz
Voy al centro de las cosas, me impregno de la luz, la cierro en mi voz, todo adquiere una claridad a la que me abrazo, estoy en el acto puro de ser y un manantial de amor lo contempla, crezco, alcanzo, proclamo, bajo después, observo el paisaje, el esplendor del mundo, la fiebre del mundo, el vértigo del mundo, la distancia que empuja y la hondura que atrae, prescindo de pensar cuando entro en esa residencia, solo me dejo invadir, aceptar el azar mismo, todo lo que perturba me alimenta, no tendré más remedio que quedarme allí, en la estancia donde un dios ensimismado no nos atiende, donde la dicha y la desgracia juntamente escriben el diario del hombre, en el lugar preciso en el que la herida es solo un indicio de experiencia y por la noche el cielo confía una historia antigua a quien presta oído y se deja quemar y comprende que ha sido invitado al festín de la belleza.

Envés
Voy de mi dolor a su alivio, de mi fracaso a su sacrificio, el pecho henchido, la voz tremolando en el aire, el corazón en su atalaya, hondo aljibe, hierba del aire que lo alfombra todo. Voy como si no tuviese otro oficio o como si no supiese ejercer otro. Porque uno, en ocasiones, pasa los días tratando de entenderse, buscando la ecuación en la que hallarse. Por si viene alguien y nos despeja y nos pasea por las tardes, contándonos el rubor de las noches y la hombría desatada de las mañanas. No habiendo tal, queda el ejercicio vano, el placer de acuñar una frase que perdure en la memoria y nos condense. No la hay, no puede haberla. Es vasto y es inabordable el campo. Ni siquiera da la vista para zanjarlo en un suspiro. Estoy en el centro de las cosas, impregnado de luz, cuajada en mi voz, contemplando la claridad que me abraza, en el acto puro del ser, sintiendo amor por toda la blonda fragilísima del alma, pero no acaba de sentirse invitado, no termina de pasar adentro y reclinarse sin prisa, a la espera de que yo le acoja y lo convenza de que no se vaya nunca o de que, si se va, no esté mucho afuera y vuelva, como quiera que vuelva, a contarme el esplendor del mundo, la fiebre del mundo, el vértigo del mundo.

21.7.18

Un fuego oculto





               Bill Evans y John Coltrane

Decían sacar de sí mismos lo que anduviera oculto, lo reservado y en cautela. A gente como John Coltrane o como Bill Evans no les fascinaba la posibilidad de ser otros al modo en que a veces incurren quienes escriben. Lo que buscaban al tocar en un escenario o grabar un disco era encontrarse ellos mismos. Como si el fuego oculto del que hablaba Miles Davis fuese el que contase quiénes eran en realidad y esa revelación les ayudara a sobrellevar el trajín de los días, la vida real, la rutina, todo eso. Luego están las drogas, la idea de que no se puede extraer esa locura interior si no la espolea la química. Los dos fueron asiduos de ellas. Los dos cayeron por el escándalo del vértigo de las drogas en su sangre. La sangre corre loca por ahí adentro, irradia fulgor o veneno, según se la cuide, de acuerdo al mimo que se le tenga. Sin embargo Coltrane y Evans eran tipos tímidos, de los que no necesitan airear su talento o se refugian en la intimidad, en el pudor, en cierta vida contemplativa en la que la música que practicaban contribuía a reconcentrarse más. Si uno es capaz de limpiar todos los instrumentos que acompañan al piano de Evans o al saxo de Coltrane podrá encontrar ese pudor, esa limpieza en el trato a las notas. Cuanto peor trataban sus cuerpos, más amor daban a su música. 

No sé qué busca otro aficionado al jazz cuando escucha a Evans y a Coltrane o a Armstrong o a Petersen. La verdad es que no tengo, entre mis amigos, muchos aficionados al jazz. Sé que yo busco la grandeza, la certidumbre de que se me está alimentando. Que se produce la comunión entre quien toca y el que escucha. A veces lo siento en la literatura, pero ningún escritor me ha transportado a su casa, al fuego oculto de donde mana su creatividad y su talento, como ciertos músicos. No solo Evans, no solo Coltrane. Será cierto lo que me decía, no hace mucho, hablando de otros asuntos, mi buen K. La música cuenta todo lo que no cuentan las demás artes. Y lo hace con más eficacia y rapidez. Esta mañana he estado con Bill Evans. El concierto en Buenos Aires. Uno de los últimos. Estaba tocado, pero no se apreciaba la debacle en sus manos, tocó como un ángel.

20.7.18

Días de verano que huelen como discos de Bob Dylan





Los días de verano huelen a pereza. Las noches son otra cosa. El olor de la noche, en verano, no se parece a ninguno otro. Dicen que el olor es una marca que se impregna más adentro que las palabras. El estímulo de lo que olemos tarda más en desaparecer o no desaparece nunca. Recordamos de modo asombroso cosas que creíamos olvidadas si un olor las trae de vuelta, si percibimos en el aire el aroma que nos las entregó por vez primera. No sé si será cierto o se trata de otra de esas informaciones escandalosas que ocupan las páginas de los diarios cuando no hay nada relevante que las ocupe, pero los que saben de estos asuntos sostienen que nuestra nariz es capaz de distinguir un billón de olores. Un uno seguido de doce ceros de sensaciones diferentes, de historias diferentes también. Las noches del verano huelen a bares cerrándose y a tabaco dulce. Huelen a óxido, huelen al cloro de las piscinas recién usadas, huelen a sexo. Hasta los libros tienen un olor, libros livianos que dejamos en la mesita de noche antes de conciliar el sueño. Es probable que nos despertemos porque nos agrade o nos moleste un cierto olor incorporado a lo que fantaseamos. Abrimos las ventanas de la nariz en cuanto abrimos los ojos, nos llenamos de aire, buscamos refugio en el aire. Una muchacha que conocí hace un escándalo de años olía a discos de Bob Dylan. No había vez en que, al besarla, cuando nos encontrábamos, no pensara en la portada de un disco en el que una mujer lo coge del brazo mientras pasean por el centro de una calle, entre coches. A veces, cuando escucho a Bob Dylan, los pasajes folk más que los eléctricos, pienso en S. y en cómo olía. Y recuerdo su voz y la forma en que me hablaba y la dulzura con la que me largó cuando le aburrí con mis cosas. De eso hace treinta años, es decir, unas cuantas vidas juntas. No sabe nunca a qué olemos, qué olor hace que los demás reparen en nosotros y ocupemos sus recuerdos. No sabemos en qué recuerdos andamos ahora. Ojalá yo no huela a Coehlo. Es posible que tenga un olor y nadie me lo haya entregado en confidencia. Preferiría yo estimular con instrumentos más de mi gusto. No sé. Un solo de John Coltrane largo. Un poema de Pizarnik. Incluso un buen chuletón de buey escoltado por una botella de rioja generoso. Los días de verano, ahora que he comenzado mis vacaciones, hacen que escriba descuidadamente. Que no afine en lo que cuento. Será la pereza. 

18.7.18

Una catedral en el mar






He vuelto a Carver estos días. Leo de manera caótica y Carver cuadra bien con el caos. Se lee sin que se necesite sacrificar nada. Hay novelas que se leen bien cuando cancelas la realidad que las rodea. No pasa así con Carver. No conozco otro autor al que acuda con más frecuencia. Me pongo de pie frente a las estanterías de mis libros y cojo un libro de Carver, ninguno en especial, uno cualquiera. Anoche cogí Catedral. Abrí al azar y releí en pocos minutos uno de los cuentos. A Carver se le puede leer de pie. Se le puede leer mientras estás haciendo cosas. Pones en la cocina un huevo a hervir y ocupas los minutos en que el huevo se desentiende de sí mismo y procede a obedecer las leyes de la naturaleza en leer un cuento. Ninguno pasa de las treinta páginas. Algunos tienen seis a lo máximo. Nuestro Raymond Carver es Quim Monzó. En Catedral hay doce cuentos. Un libro corto. Se puede despachar en una mañana, si es de verano, en una tumbona, cerca del mar. La primera vez que leí a Carver fue en Fuengirola. Mis hijos eran pequeños. Salimos la noche de antes y pillamos una librería a punto de cerrar. Mi mujer quiso entrar, era cosa de ver si había algo para los niños. De camino ella compró algo, yo también. La librería se llama Teseo, es estupenda. Arriba tienen una planta para pequeños y adolescentes y a la entrada, hacia las escaleras (creo que había unas escaleras) están todos los demás libros, los de adultos, no entiendo bien esa fractura entre edades, pero debe ser la política de empresa, no es la primera vez. El libro que compré fue Catedral, edición de Anagrama. Lo leí al día siguiente o quizá tardé un par de ellos, no puedo recordarlo ahora. Sé que Carver, leído en la playa, es una cosa asombrosa. Los cuentos, a diferencia de la ascendencia novelística, pueden ser retomados a placer, sin contar las veces. Puedes leer veinte veces La casa de Asterión, el mejor cuento de Borges. O Parece una tontería, el mejor de Catedral. Hubo una época en que recordaba de qué iba cada historia, pero se va diluyendo uno, no es capaz de tener la plenitud memorística de antaño. Es bastante que me acuerde Teseo y de la lectura de Carver en la playa, en el chiringuito de Salvador. Seguro que bebí cerveza mientras leía. Se puede hacer esas cosas: leer con una buena lata de cerveza en la mano. Lees un poco, levantas la vista, observas el mar, te sientes reconciliado con el cosmos y con la mecánica celeste y después de dar un sorbo largo vuelves a la lectura. Anoche releí Parece una tontería, A small good thing, en inglés. Trata de pasteles y de hijos y de los deseos que se cumplen y de la realidad estropeándolo todo al final. Volvemos a Cernuda, no sé por qué se me ha ocurrido que no tienen nada que ver Cernuda y Carver, pero hablaban de la misma pequeña cosa, tonterías probablemente. No prueben a dejar un huevo y darse a la lectura. A veces sale bien, pero no es lo normal.

17.7.18

Loving Vincent / Loving Hopper



A propósito de Loving Vincent, la extraordinaria  e hipnótica película de pinturas animadas que indaga en los cuadros de Van Gogh y, más apartadamente,  en el propio Van Gogh, dice Javier Marías en su columna de El País de este fin de semana que el oficio del pintor es exclusivamente pintar, no ofrecer un relato, ni siquiera una brizna de trama que suscite un alargamiento, al modo en que suceden los cuentos o, con más convicción o insistencia, las novelas. Que pintar no es escribir ni hacer cine. No es que uno no esté de acuerdo con el novelista Marías (que no lo estoy) sino que esa decisión, la de ir más allá de lo visto, la de extender la mirada y hacerla precursora de una historia, es de quien observa. En lo que a me concierne, de lo que conozco, Edward Hopper es un hombre que pinta, de acuerdo, pero lo pintado invita a que se narre, por decirlo sin extensión. La imagen propicia un relato en la misma medida que el relato, en su condición narrativa, fomenta la fundación de imágenes, concatenadas, hiladas a la manera en que se sustenta el cine o los sueños, que son un género literario en sí mismo. Discrepo con Marías con convicción. La misma con la que él urde su argumento y sostiene que no hay que buscar más allá en un cuadro que lo que se observa. Él lo llama "el tiempo sin transcurso", pero la imagen lleva el tiempo dentro. La misma luz, quiso Juan Ramón Jiménez, contiene el tiempo, lo recoge y lo hace avanzar y cumplir su función. 

Loving Vincent, por otra parte, es una película fascinante. Se pidió a 125 artistas que replicaran los óleos de Van Gogh. Se crearon más de 60.000 fotogramas en los que se exponen convicentemente (no es un chiste fonético) los trazos de muchas de las 800 obras que pintó. No interesa mucho la vida del pintor, su locura. Lo de menos es que se quitase de en medio con un disparo y muriera en la soledad de una habitación alquilada, sin comprender (quién sabe) las razones de su desencanto, el que convirtió en otra cosa, en luz, en su pintura. Dorota Kobiela y Hugh Welchman dirigen la cinta, la miman, la hacen un viaje al fondo de la naturaleza artística. 



La siesta

Que La siesta, una de las pinturas que más conozco, sea o no una historia no depende de otro factor que el aportado por quien la mira. Se puede pensar en la pintura, en lo que no dice y, sin embargo, pudiera andar por ahí, no oculto, sino disimulado, a la espera de que alguien lo capte y se intrigue. La literatura es intriga por encima de cualquier otra consideración. Intriga y belleza y dolor, todo juntamente. 

Jorge Luis Bowie





No hay ningún Bowie que no me guste, ninguno al que no le deba una canción importante, ninguno que me haya decepcionado del todo. Otro asunto a considerar, que no se extrae directamente de la música, es el Bowie icónico, la imagen que ha ido modelando y con la que hemos ido creciendo. No creo que haya ningún otro personaje célebre, provenga de la música o del cine, de las letras o del deporte, que haya comprendido mejor la idea de la transformación. Somos lo que los otros ven en un rango mayor a lo que realmente somos por dentro. El interior tarda más en revelarse. Por eso cuidamos el cuerpo y vigilamos con esmero el deterioro de la piel. No hay un adjetivo que lo explique. A Bowie no es posible reducirlo al modo en que procedemos con los demás. Ni siquiera él mismo sabría cómo entenderse, imagino. Ha ido mutando, abrazando corrientes musicales o artísticas (el mod, el glam, el pop, el jazz, la música disco) y inyectando en esos estados del arte una brizna relevante de su talento. No podría encontrar alguien que se le pareciera. Tampoco tiene clones fiables. Es una especie de cosa extraordinaria y única que ha atravesado los últimos treinta años del siglo XX y los primeros de este XXI. Está un poco al margen del mundo, pero lo inspecciona con lupa, registra sus vaivenes, adquiere esa facultad que consiste en aprovisionarse de lo que realmente importa y madurarlo hasta que parece una creación propia.  




Borges, en literatura, procedía como Bowie en música. Borges no era original en casi nada: recababa tramas de las mitologías nórdicas, medievales, latinas o árabes, agazapado frente a los anaqueles, declinando si lo contando era original o no. Una vez masticado y engullido, era suyo y solo mostraba una inapreciable ligazón con su origen. Bowie mastica y engulle a lo Borges, pero no se embelesa en las bibliotecas, no hurga en las runas, no concibe el mundo como el sueño de un dios caprichoso y rudimentario, sino un continuo diálogo con su tiempo. Bowie leyó a Kant, imaginamos. Borges no ha escuchado be bop. O al menos ninguno de una manera trascendente, no supo qué era el glam. En el fondo, creo que se hubieran llevado bien. De una forma inargumentable, alejada de las convenciones con las que la amistad suele despacharse, Borges y Bowie hubiesen encontrado una vía para discutir sobre el mundo y sobre lo que hay dentro, pero lo importante está afuera. Por eso Bowie miraba a las estrellas y Borges, menos inspirado en la mecánica celeste y en la sci-fi, recurre al alma, que es en sí misma un universo tan insondable como el que nos circunda y abruma. Y no conozco ningún Borges que verdaderamente no me guste, ninguno al que no le deba un poema o un cuento maravilloso. Acudo a él con veneración. Me responde siempre. Creo que no podría vivir del todo (este tipo de vida al menos) si por alguna circunstancia extraña tuviera que prescindir de sus libros. Tampoco me imagino cómo podría estar años sin escuchar algunas piezas de Bowie. En realidad uno vive a expensas de esos vicios. Los exhibe públicamente, como yo ahora, pero guardo lo más precioso, la verdadera naturaleza de esa adicción. De hecho no sabe ni cómo expresarla. No sabe ni a qué obedece y qué secreto rumor persigue. Esta noche voy a leer El hacedor con las arañas de Marte tocando de fondo. Será la primera vez. De verdad que últimamente hago cosas que hasta a mí me sorprenden. Será el verano, su esplendor y su aura.

16.7.18

No iré al cine nunca más


El propósito firme de no pisar un cine en una buena temporada o, caso de no ceder, en la hipótesis de que mi convicción no flaquee, no pisarlo nunca, crece en mi cabeza. No es algo que se decida a la ligera, ni que se disfrute, pero lo tengo tan claro como tuve ir deleitosa y convencidamente antaño, cuando el público era respetuoso y nada malograba esa comunión absoluta, idílica y sentimental como pocas entre la pantalla y quien se inclina a ella y lo contemplado cancelaba la realidad durante un buen par de horas. Ese trance amoroso no puede ser interrumpido de ninguna manera. No es admisible que la linterna de los móviles ilumine la oscuridad, ni que el crujir de las patatas en la bolsa, ni que alguien detrás o delante tuya comente lo que ve o lo que buenamente se le ocurra. Tampoco que sea uno el encargado de amonestar al infractor, oficio ingrato, poco deseable, pero que, al menos yo, he ejercido con la certeza de que es legítimo, moleste o no. Que el acomodador, uno de esas labores casi inexistentes, cumpla no es lo habitual: no cierra la puerta al iniciar el metraje, deja que la luz del pasillo distraiga. No quedan proteccionistas rigurosos: desatienden su trabajo, no saben si el volumen es el adecuado o si atruena en la sala. En casa, el cine lo administra uno, lo configura a placer, no permite que nada lo perturbe. Y sin embargo, a pesar de las bondades del cambio, qué pérdida más enorme, qué elección más atroz. Igual no he tenido suerte y no es ésta la norma. Ya es mala suerte, qué le vamos a hacer.   

El problema del cine es su desprestigio como entretenimiento noble, su conversión en entretenimiento bastardo, más comercial que artístico o, mejor expresado, más intereado en lo comercial que en lo artístico. No se sabe bien a qué va la gente al cine. Yo sé a qué voy. Muchos sabemos a qué vamos, y no coincide con la opinión popular, con la extendida. En clase, cuando pongo una película, educo en lo que puedo. Hago cumplir las normas que no se cumplen afuera, restauro lo perdido afuera. No sé el alcance de esa modesta pedagogía. Yo no fui instruido, a mí no se me instruyó en ese respeto. Tampoco veíamos cine en el colegio, en el aula, no era posible. Hubo (recuerdo) sesiones en sábados, en un salón de actos, por la mañana. Recuerdo las bobinas gigantescas y el proyector y la sensación (al salir) de plenitud. El colegio abría para que fuese al cine quien quisiera. Ver cine por la mañana, qué placer. No recuerdo ningún título de todas aquellas películas que vi. Recuerdo que no podías ir al sábado siguiente si no traías un resumen (un resumen, eso creo que era) de la que habías visto el sábado anterior. Tal vez ahí empezó todo. Es posible que ese fuese el principio. 

14.7.18

Elogio del verano

Lo estival evoca siempre la infancia. Se tiene del verano la idea de que la luz impregnaba los juegos y los hacía invulnerables al desaliento o al fracaso. Se juega para desanimar a la muerte. Eso lo aprende uno cuando no juega, cuando la edad transforma lo lúdico en otra cosa, en un avatar impostado, huérfano de inocencia, aliñado con imperativos bastardos. Recordar los veranos de la niñez es comprender de cuajo todo lo que hemos perdido al crecer, en el ingreso en la edad adulta, tan hermosa y tan comprometida, pero tan veloz. Antes era la lentitud, era la ausencia de velocidad, mejor expresado. Todo era verosímil entonces. Verosímil y fascinante. Está uno enamorado de la vida, sin que se tenga percepción de ese enamoramiento. Está uno limpio de errores, convencido de que no hay lugar al que llegar, día que franquear, mal que apartar, tedio que cancelar. Todo es maravillosamente efímero. Todo es paradójicamente perfecto. Da igual que a lo lejos asomen la experiencia, los amores imposibles y los reales, la tangibilidad de la carne y el triunfo exquisito del pecado.

Viene a galope el dolor de entender la vida o de no acabar de entenderla en absoluto. Viene el caos (bendito desorden) con su ejército de rutinas, con su blasonería de pecados y de culpa. En verano, cuando pequeños, no existe el pecado, ni la culpa. El verano es propicio a la nostalgia de la niñez más que ninguna otra estación. Debe ser el calor, que nos empuja a la calle, a invadir la calle y fundar en sus calles y en sus plazas el reino de la pureza y de la virtud. Somos puros y somos virtuosos cuando no sabemos qué es la pureza o qué la virtud.


La luz, plena y rotunda, hace que le demos la espalda a lo oscuro, como pensó Verlaine. La luz con el tiempo dentro, como quiso Juan Ramón Jiménez. El verano es promesa permanente, es la idílica permanencia del júbilo, es el claustro de la beneficencia completa. Después, al caer atropelladamente los años, reclama el adulto a ese niño todavía sin vulnerar, lo llama desde adentro, no sabemos si a satisfacción, a veces con ella, otras huidiza y arisca, como si no desease regresar y prefiriera (románticamente) seguir en el limbo del pasado, entronizada, a salvo del óxido del presente. El tiempo ignora lo que hacemos con él, no se deja invitar por lo que anhelamos, va a su aire liviano o espeso, nos viste o nos desnuda a su antojadizo capricho. El tiempo acalla sus heridas, las rebaja. Siempre irrumpe con fiereza, siempre nos ciega o nos ilumina. Pensar en el verano, en el trasiego de sus prodigios, es pensar en uno mismo. Porque el verano estimula la pereza y la endiosa, la colma de atenciones y también la sublima. No jugamos como antaño, no hay columpios, ni albercas, ni noches hechas amparo y dulzor, a resguardo del sol, aguardando que venza el sueño y prorrumpa con su fulgor el día, el día precursor y el día perfecto. No hay juguetes en un patio en la siesta, no hay abrazos con los amigos al terminar el juego, ni una hormiga muerta por nuestra desobediencia cívica, por el deseo infantil de ser dioses de la vida ajena, esa vida minúscula de hormiga elementalísima. Ahora no se nos ocurre matar hormigas. No es ninguna prioridad, no delata nuestra naturaleza festiva de dueños del mundo.

Vivir es asomarse al verano, aunque arrecie el frío, que es una república de lobos. Vivir es un festín estival, aunque ondee la bandera de las sombras. El asombro arrima verdad a lo vivido. El amor (su esencia, su semilla) precipita la luz, privilegia su deliciosa verdad.


Cafetería Nebraska, Córdoba.

13.7.18

Fútil

Por fortuna, nacen más palabras de las que mueren. Así se expande el idioma, hay más instrumentos para explicar la realidad, pero no están las suficientes. Quizá no acabemos de entender el mundo ni a nosotros mismos por no tenerlas todas. Es en lo que no decimos en donde reside el conocimiento completo. A mí se me ocurren cosas que no sé decir. Las formulo en mi cabeza y acabo por declinarlas. No me satisface la elección. Pienso en si habría otra que más enteramente me cuadre, si convendría callar en vez de expresarme a sabiendas de que no me he esmerado lo bastante. Pero por otra parte, en ese hilo interrumpido de las palabras, todo puede dicho con mayor propiedad y diligencia, siempre puede uno rebajar la exigencia y decir sin más, decir sin escoger a fondo, no esperar que nuestra apatía privada sea percibida y se nos evidencie. Se habla adrede, se airea lo pensado, se cancela el pudor.
Hoy, en una conversación casual, en un café, escuché a alguien usar la palabra “fútil”. Pronunciada incluso con su pompa fonética, la acentuación llana bien marcada, no pude por menos que prestar prudente atención. A salvo de delatarme, en la distancia, apunté “fútil” en las notas del móvil. Se acabará perdiendo. Engrosará la lista de palabras heridas, si no ya moribundas. Quedará para ser leída, no dicha. Lo hablado es lo que antes nace o muere. Se escribe con otro ritmo. Que recuerde, no he escrito nunca “fútil” hasta hoy. Tampoco la he dicho. No sé qué vocablo habré usado en su lugar. Carecerá de importancia. Ahora, solo, despachando una caña en una terraza granaína, esperando, busco en el periódico palabras que ya no se estilan, fútiles.