20.7.18

Días de verano que huelen como discos de Bob Dylan





Los días de verano huelen a pereza. Las noches son otra cosa. El olor de la noche, en verano, no se parece a ninguno otro. Dicen que el olor es una marca que se impregna más adentro que las palabras. El estímulo de lo que olemos tarda más en desaparecer o no desaparece nunca. Recordamos de modo asombroso cosas que creíamos olvidadas si un olor las trae de vuelta, si percibimos en el aire el aroma que nos las entregó por vez primera. No sé si será cierto o se trata de otra de esas informaciones escandalosas que ocupan las páginas de los diarios cuando no hay nada relevante que las ocupe, pero los que saben de estos asuntos sostienen que nuestra nariz es capaz de distinguir un billón de olores. Un uno seguido de doce ceros de sensaciones diferentes, de historias diferentes también. Las noches del verano huelen a bares cerrándose y a tabaco dulce. Huelen a óxido, huelen al cloro de las piscinas recién usadas, huelen a sexo. Hasta los libros tienen un olor, libros livianos que dejamos en la mesita de noche antes de conciliar el sueño. Es probable que nos despertemos porque nos agrade o nos moleste un cierto olor incorporado a lo que fantaseamos. Abrimos las ventanas de la nariz en cuanto abrimos los ojos, nos llenamos de aire, buscamos refugio en el aire. Una muchacha que conocí hace un escándalo de años olía a discos de Bob Dylan. No había vez en que, al besarla, cuando nos encontrábamos, no pensara en la portada de un disco en el que una mujer lo coge del brazo mientras pasean por el centro de una calle, entre coches. A veces, cuando escucho a Bob Dylan, los pasajes folk más que los eléctricos, pienso en S. y en cómo olía. Y recuerdo su voz y la forma en que me hablaba y la dulzura con la que me largó cuando le aburrí con mis cosas. De eso hace treinta años, es decir, unas cuantas vidas juntas. No sabe nunca a qué olemos, qué olor hace que los demás reparen en nosotros y ocupemos sus recuerdos. No sabemos en qué recuerdos andamos ahora. Ojalá yo no huela a Coehlo. Es posible que tenga un olor y nadie me lo haya entregado en confidencia. Preferiría yo estimular con instrumentos más de mi gusto. No sé. Un solo de John Coltrane largo. Un poema de Pizarnik. Incluso un buen chuletón de buey escoltado por una botella de rioja generoso. Los días de verano, ahora que he comenzado mis vacaciones, hacen que escriba descuidadamente. Que no afine en lo que cuento. Será la pereza. 

18.7.18

Una catedral en el mar






He vuelto a Carver estos días. Leo de manera caótica y Carver cuadra bien con el caos. Se lee sin que se necesite sacrificar nada. Hay novelas que se leen bien cuando cancelas la realidad que las rodea. No pasa así con Carver. No conozco otro autor al que acuda con más frecuencia. Me pongo de pie frente a las estanterías de mis libros y cojo un libro de Carver, ninguno en especial, uno cualquiera. Anoche cogí Catedral. Abrí al azar y releí en pocos minutos uno de los cuentos. A Carver se le puede leer de pie. Se le puede leer mientras estás haciendo cosas. Pones en la cocina un huevo a hervir y ocupas los minutos en que el huevo se desentiende de sí mismo y procede a obedecer las leyes de la naturaleza en leer un cuento. Ninguno pasa de las treinta páginas. Algunos tienen seis a lo máximo. Nuestro Raymond Carver es Quim Monzó. En Catedral hay doce cuentos. Un libro corto. Se puede despachar en una mañana, si es de verano, en una tumbona, cerca del mar. La primera vez que leí a Carver fue en Fuengirola. Mis hijos eran pequeños. Salimos la noche de antes y pillamos una librería a punto de cerrar. Mi mujer quiso entrar, era cosa de ver si había algo para los niños. De camino ella compró algo, yo también. La librería se llama Teseo, es estupenda. Arriba tienen una planta para pequeños y adolescentes y a la entrada, hacia las escaleras (creo que había unas escaleras) están todos los demás libros, los de adultos, no entiendo bien esa fractura entre edades, pero debe ser la política de empresa, no es la primera vez. El libro que compré fue Catedral, edición de Anagrama. Lo leí al día siguiente o quizá tardé un par de ellos, no puedo recordarlo ahora. Sé que Carver, leído en la playa, es una cosa asombrosa. Los cuentos, a diferencia de la ascendencia novelística, pueden ser retomados a placer, sin contar las veces. Puedes leer veinte veces La casa de Asterión, el mejor cuento de Borges. O Parece una tontería, el mejor de Catedral. Hubo una época en que recordaba de qué iba cada historia, pero se va diluyendo uno, no es capaz de tener la plenitud memorística de antaño. Es bastante que me acuerde Teseo y de la lectura de Carver en la playa, en el chiringuito de Salvador. Seguro que bebí cerveza mientras leía. Se puede hacer esas cosas: leer con una buena lata de cerveza en la mano. Lees un poco, levantas la vista, observas el mar, te sientes reconciliado con el cosmos y con la mecánica celeste y después de dar un sorbo largo vuelves a la lectura. Anoche releí Parece una tontería, A small good thing, en inglés. Trata de pasteles y de hijos y de los deseos que se cumplen y de la realidad estropeándolo todo al final. Volvemos a Cernuda, no sé por qué se me ha ocurrido que no tienen nada que ver Cernuda y Carver, pero hablaban de la misma pequeña cosa, tonterías probablemente. No prueben a dejar un huevo y darse a la lectura. A veces sale bien, pero no es lo normal.

17.7.18

Loving Vincent / Loving Hopper



A propósito de Loving Vincent, la extraordinaria  e hipnótica película de pinturas animadas que indaga en los cuadros de Van Gogh y, más apartadamente,  en el propio Van Gogh, dice Javier Marías en su columna de El País de este fin de semana que el oficio del pintor es exclusivamente pintar, no ofrecer un relato, ni siquiera una brizna de trama que suscite un alargamiento, al modo en que suceden los cuentos o, con más convicción o insistencia, las novelas. Que pintar no es escribir ni hacer cine. No es que uno no esté de acuerdo con el novelista Marías (que no lo estoy) sino que esa decisión, la de ir más allá de lo visto, la de extender la mirada y hacerla precursora de una historia, es de quien observa. En lo que a me concierne, de lo que conozco, Edward Hopper es un hombre que pinta, de acuerdo, pero lo pintado invita a que se narre, por decirlo sin extensión. La imagen propicia un relato en la misma medida que el relato, en su condición narrativa, fomenta la fundación de imágenes, concatenadas, hiladas a la manera en que se sustenta el cine o los sueños, que son un género literario en sí mismo. Discrepo con Marías con convicción. La misma con la que él urde su argumento y sostiene que no hay que buscar más allá en un cuadro que lo que se observa. Él lo llama "el tiempo sin transcurso", pero la imagen lleva el tiempo dentro. La misma luz, quiso Juan Ramón Jiménez, contiene el tiempo, lo recoge y lo hace avanzar y cumplir su función. 

Loving Vincent, por otra parte, es una película fascinante. Se pidió a 125 artistas que replicaran los óleos de Van Gogh. Se crearon más de 60.000 fotogramas en los que se exponen convicentemente (no es un chiste fonético) los trazos de muchas de las 800 obras que pintó. No interesa mucho la vida del pintor, su locura. Lo de menos es que se quitase de en medio con un disparo y muriera en la soledad de una habitación alquilada, sin comprender (quién sabe) las razones de su desencanto, el que convirtió en otra cosa, en luz, en su pintura. Dorota Kobiela y Hugh Welchman dirigen la cinta, la miman, la hacen un viaje al fondo de la naturaleza artística. 



La siesta

Que La siesta, una de las pinturas que más conozco, sea o no una historia no depende de otro factor que el aportado por quien la mira. Se puede pensar en la pintura, en lo que no dice y, sin embargo, pudiera andar por ahí, no oculto, sino disimulado, a la espera de que alguien lo capte y se intrigue. La literatura es intriga por encima de cualquier otra consideración. Intriga y belleza y dolor, todo juntamente. 

Jorge Luis Bowie





No hay ningún Bowie que no me guste, ninguno al que no le deba una canción importante, ninguno que me haya decepcionado del todo. Otro asunto a considerar, que no se extrae directamente de la música, es el Bowie icónico, la imagen que ha ido modelando y con la que hemos ido creciendo. No creo que haya ningún otro personaje célebre, provenga de la música o del cine, de las letras o del deporte, que haya comprendido mejor la idea de la transformación. Somos lo que los otros ven en un rango mayor a lo que realmente somos por dentro. El interior tarda más en revelarse. Por eso cuidamos el cuerpo y vigilamos con esmero el deterioro de la piel. No hay un adjetivo que lo explique. A Bowie no es posible reducirlo al modo en que procedemos con los demás. Ni siquiera él mismo sabría cómo entenderse, imagino. Ha ido mutando, abrazando corrientes musicales o artísticas (el mod, el glam, el pop, el jazz, la música disco) y inyectando en esos estados del arte una brizna relevante de su talento. No podría encontrar alguien que se le pareciera. Tampoco tiene clones fiables. Es una especie de cosa extraordinaria y única que ha atravesado los últimos treinta años del siglo XX y los primeros de este XXI. Está un poco al margen del mundo, pero lo inspecciona con lupa, registra sus vaivenes, adquiere esa facultad que consiste en aprovisionarse de lo que realmente importa y madurarlo hasta que parece una creación propia.  




Borges, en literatura, procedía como Bowie en música. Borges no era original en casi nada: recababa tramas de las mitologías nórdicas, medievales, latinas o árabes, agazapado frente a los anaqueles, declinando si lo contando era original o no. Una vez masticado y engullido, era suyo y solo mostraba una inapreciable ligazón con su origen. Bowie mastica y engulle a lo Borges, pero no se embelesa en las bibliotecas, no hurga en las runas, no concibe el mundo como el sueño de un dios caprichoso y rudimentario, sino un continuo diálogo con su tiempo. Bowie leyó a Kant, imaginamos. Borges no ha escuchado be bop. O al menos ninguno de una manera trascendente, no supo qué era el glam. En el fondo, creo que se hubieran llevado bien. De una forma inargumentable, alejada de las convenciones con las que la amistad suele despacharse, Borges y Bowie hubiesen encontrado una vía para discutir sobre el mundo y sobre lo que hay dentro, pero lo importante está afuera. Por eso Bowie miraba a las estrellas y Borges, menos inspirado en la mecánica celeste y en la sci-fi, recurre al alma, que es en sí misma un universo tan insondable como el que nos circunda y abruma. Y no conozco ningún Borges que verdaderamente no me guste, ninguno al que no le deba un poema o un cuento maravilloso. Acudo a él con veneración. Me responde siempre. Creo que no podría vivir del todo (este tipo de vida al menos) si por alguna circunstancia extraña tuviera que prescindir de sus libros. Tampoco me imagino cómo podría estar años sin escuchar algunas piezas de Bowie. En realidad uno vive a expensas de esos vicios. Los exhibe públicamente, como yo ahora, pero guardo lo más precioso, la verdadera naturaleza de esa adicción. De hecho no sabe ni cómo expresarla. No sabe ni a qué obedece y qué secreto rumor persigue. Esta noche voy a leer El hacedor con las arañas de Marte tocando de fondo. Será la primera vez. De verdad que últimamente hago cosas que hasta a mí me sorprenden. Será el verano, su esplendor y su aura.

16.7.18

No iré al cine nunca más


El propósito firme de no pisar un cine en una buena temporada o, caso de no ceder, en la hipótesis de que mi convicción no flaquee, no pisarlo nunca, crece en mi cabeza. No es algo que se decida a la ligera, ni que se disfrute, pero lo tengo tan claro como tuve ir deleitosa y convencidamente antaño, cuando el público era respetuoso y nada malograba esa comunión absoluta, idílica y sentimental como pocas entre la pantalla y quien se inclina a ella y lo contemplado cancelaba la realidad durante un buen par de horas. Ese trance amoroso no puede ser interrumpido de ninguna manera. No es admisible que la linterna de los móviles ilumine la oscuridad, ni que el crujir de las patatas en la bolsa, ni que alguien detrás o delante tuya comente lo que ve o lo que buenamente se le ocurra. Tampoco que sea uno el encargado de amonestar al infractor, oficio ingrato, poco deseable, pero que, al menos yo, he ejercido con la certeza de que es legítimo, moleste o no. Que el acomodador, uno de esas labores casi inexistentes, cumpla no es lo habitual: no cierra la puerta al iniciar el metraje, deja que la luz del pasillo distraiga. No quedan proteccionistas rigurosos: desatienden su trabajo, no saben si el volumen es el adecuado o si atruena en la sala. En casa, el cine lo administra uno, lo configura a placer, no permite que nada lo perturbe. Y sin embargo, a pesar de las bondades del cambio, qué pérdida más enorme, qué elección más atroz. Igual no he tenido suerte y no es ésta la norma. Ya es mala suerte, qué le vamos a hacer.   

El problema del cine es su desprestigio como entretenimiento noble, su conversión en entretenimiento bastardo, más comercial que artístico o, mejor expresado, más intereado en lo comercial que en lo artístico. No se sabe bien a qué va la gente al cine. Yo sé a qué voy. Muchos sabemos a qué vamos, y no coincide con la opinión popular, con la extendida. En clase, cuando pongo una película, educo en lo que puedo. Hago cumplir las normas que no se cumplen afuera, restauro lo perdido afuera. No sé el alcance de esa modesta pedagogía. Yo no fui instruido, a mí no se me instruyó en ese respeto. Tampoco veíamos cine en el colegio, en el aula, no era posible. Hubo (recuerdo) sesiones en sábados, en un salón de actos, por la mañana. Recuerdo las bobinas gigantescas y el proyector y la sensación (al salir) de plenitud. El colegio abría para que fuese al cine quien quisiera. Ver cine por la mañana, qué placer. No recuerdo ningún título de todas aquellas películas que vi. Recuerdo que no podías ir al sábado siguiente si no traías un resumen (un resumen, eso creo que era) de la que habías visto el sábado anterior. Tal vez ahí empezó todo. Es posible que ese fuese el principio. 

14.7.18

Elogio del verano

Lo estival evoca siempre la infancia. Se tiene del verano la idea de que la luz impregnaba los juegos y los hacía invulnerables al desaliento o al fracaso. Se juega para desanimar a la muerte. Eso lo aprende uno cuando no juega, cuando la edad transforma lo lúdico en otra cosa, en un avatar impostado, huérfano de inocencia, aliñado con imperativos bastardos. Recordar los veranos de la niñez es comprender de cuajo todo lo que hemos perdido al crecer, en el ingreso en la edad adulta, tan hermosa y tan comprometida, pero tan veloz. Antes era la lentitud, era la ausencia de velocidad, mejor expresado. Todo era verosímil entonces. Verosímil y fascinante. Está uno enamorado de la vida, sin que se tenga percepción de ese enamoramiento. Está uno limpio de errores, convencido de que no hay lugar al que llegar, día que franquear, mal que apartar, tedio que cancelar. Todo es maravillosamente efímero. Todo es paradójicamente perfecto. Da igual que a lo lejos asomen la experiencia, los amores imposibles y los reales, la tangibilidad de la carne y el triunfo exquisito del pecado.

Viene a galope el dolor de entender la vida o de no acabar de entenderla en absoluto. Viene el caos (bendito desorden) con su ejército de rutinas, con su blasonería de pecados y de culpa. En verano, cuando pequeños, no existe el pecado, ni la culpa. El verano es propicio a la nostalgia de la niñez más que ninguna otra estación. Debe ser el calor, que nos empuja a la calle, a invadir la calle y fundar en sus calles y en sus plazas el reino de la pureza y de la virtud. Somos puros y somos virtuosos cuando no sabemos qué es la pureza o qué la virtud.


La luz, plena y rotunda, hace que le demos la espalda a lo oscuro, como pensó Verlaine. La luz con el tiempo dentro, como quiso Juan Ramón Jiménez. El verano es promesa permanente, es la idílica permanencia del júbilo, es el claustro de la beneficencia completa. Después, al caer atropelladamente los años, reclama el adulto a ese niño todavía sin vulnerar, lo llama desde adentro, no sabemos si a satisfacción, a veces con ella, otras huidiza y arisca, como si no desease regresar y prefiriera (románticamente) seguir en el limbo del pasado, entronizada, a salvo del óxido del presente. El tiempo ignora lo que hacemos con él, no se deja invitar por lo que anhelamos, va a su aire liviano o espeso, nos viste o nos desnuda a su antojadizo capricho. El tiempo acalla sus heridas, las rebaja. Siempre irrumpe con fiereza, siempre nos ciega o nos ilumina. Pensar en el verano, en el trasiego de sus prodigios, es pensar en uno mismo. Porque el verano estimula la pereza y la endiosa, la colma de atenciones y también la sublima. No jugamos como antaño, no hay columpios, ni albercas, ni noches hechas amparo y dulzor, a resguardo del sol, aguardando que venza el sueño y prorrumpa con su fulgor el día, el día precursor y el día perfecto. No hay juguetes en un patio en la siesta, no hay abrazos con los amigos al terminar el juego, ni una hormiga muerta por nuestra desobediencia cívica, por el deseo infantil de ser dioses de la vida ajena, esa vida minúscula de hormiga elementalísima. Ahora no se nos ocurre matar hormigas. No es ninguna prioridad, no delata nuestra naturaleza festiva de dueños del mundo.

Vivir es asomarse al verano, aunque arrecie el frío, que es una república de lobos. Vivir es un festín estival, aunque ondee la bandera de las sombras. El asombro arrima verdad a lo vivido. El amor (su esencia, su semilla) precipita la luz, privilegia su deliciosa verdad.


Cafetería Nebraska, Córdoba.

13.7.18

Fútil

Por fortuna, nacen más palabras de las que mueren. Así se expande el idioma, hay más instrumentos para explicar la realidad, pero no están las suficientes. Quizá no acabemos de entender el mundo ni a nosotros mismos por no tenerlas todas. Es en lo que no decimos en donde reside el conocimiento completo. A mí se me ocurren cosas que no sé decir. Las formulo en mi cabeza y acabo por declinarlas. No me satisface la elección. Pienso en si habría otra que más enteramente me cuadre, si convendría callar en vez de expresarme a sabiendas de que no me he esmerado lo bastante. Pero por otra parte, en ese hilo interrumpido de las palabras, todo puede dicho con mayor propiedad y diligencia, siempre puede uno rebajar la exigencia y decir sin más, decir sin escoger a fondo, no esperar que nuestra apatía privada sea percibida y se nos evidencie. Se habla adrede, se airea lo pensado, se cancela el pudor.
Hoy, en una conversación casual, en un café, escuché a alguien usar la palabra “fútil”. Pronunciada incluso con su pompa fonética, la acentuación llana bien marcada, no pude por menos que prestar prudente atención. A salvo de delatarme, en la distancia, apunté “fútil” en las notas del móvil. Se acabará perdiendo. Engrosará la lista de palabras heridas, si no ya moribundas. Quedará para ser leída, no dicha. Lo hablado es lo que antes nace o muere. Se escribe con otro ritmo. Que recuerde, no he escrito nunca “fútil” hasta hoy. Tampoco la he dicho. No sé qué vocablo habré usado en su lugar. Carecerá de importancia. Ahora, solo, despachando una caña en una terraza granaína, esperando, busco en el periódico palabras que ya no se estilan, fútiles.

8.7.18

Un niño ruso en un patio de un colegio





"El odio es, de lejos, el placer más duradero. Los hombres aman a la carrera, pero odian sin prisa" 
Lord Byron

K. tiene a veces la ocurrencia de contarme qué ha soñado. Lo hace sin retraso, por miedo a que la realidad borre la ficción. Luego, una vez se ha explayado a su gusto, descansa. Se le ve feliz, sabe que no se perderá. Anoche soñó con un compañero de la infancia, soñó con J.J., un niño ruso incrustado en la España de los setenta, me ha dicho. "Es un sueño en el que ha estado a punto de pasar algo terrible, Emilio. Te lo voy a contar. Nunca he odiado. Nada hizo que yo recurriera al odio. Nada malo que me haya sucedido me ha llegado tan hondo como para alojarlo y dejar que madure ahí adentro. A lo sumo, he manifestado mi ira, la he verbalizado o la he convertido en un gesto o en varios. Debe ser raro que no haya nada que odiar. Tendría que probar. Igual el odio curte. De pequeño, es posible que odiara a J.J., del que no sé nada hace cuarenta años, tal vez. De haber podido, si se hubiesen dado otras circunstancias, lo hubiese odiado. Creo que es mejor odiar a alguien que cogerlo del cuello, zarandearlo y revolcarlo en el patio del colegio, sin que te importe estar a la vista de los maestros y de los compañeros y que tu madre acabe en un despacho para que se le informe del animal que tiene por hijo. De pequeño, fui un animal contemplativo. Porque no odié a J.J.: aún mereciéndolo, no lo hice. Que recuerde, me reprimía. El odio es como el amor. Lo dice Lord Byron. Tal vez incluso sea más duradero. Se ama o se odia atropelladamente. El hecho de que todavía me acuerde de J.J. le da la razón a Lord Byron, ahora que lo pienso. Habré olvidado a otros compañeros de clase, incluso a los amigos de entonces, con los que compartí juegos y confidencias, pero él perdura, ha logrado mantenerse a flote en el proceloso mar de la memoria. Está ahí, aunque no le haya echado el ojo durante mucho tiempo, pero ha bastado pensar en el odio y acudir él, como si pudiera retomar la trama de la infancia, la que no cerré, la que no convertí en una pelea seria en el patio o a la puerta del colegio. Permanece en la memoria porque no le rompí las gafas o porque él no me rompió las mías. Se olvida lo que se zanja, lo que se cierra. Hay libros que decides no continuar y afloran de vez en cuando en tu cabeza, parece que pidieran ser retomados y no continuar en ese limbo de las cosas inacabadas. A J.J. le pasa eso. Debí pegarle una buena tunda de palos o debí odiarlo sinceramente hasta que, llegado el momento, el odio se manifestara como he visto en otros muchas veces, pero uno no es así, por desgracia, creo que por desgracia, funciona de otra manera. O me educaron bien o mi voluntad, que rehúye tradicionalmente de los enfrentamientos, decidió no involucrarse, no bajar al campo de batalla, no romperle la cara a J.J. Es tan poderoso el odio que ni siquiera recuerdo lo que lo animó, qué hubo tan terrible que lograra activarlo. Por más que me esfuerce, no logro esculcar el daño causado, el que no fue derribado por los años y perduró secretamente, como una semilla oscura, como un deseo que no ha sido realizado. El odio es uno de esos deseos que nunca hemos cumplido. Es, de lejos, como dice el poeta romántico, el placer más duradero. Los otros se desvanecen, se degradan o incluso desaparecen abruptamente, pero el odio hace casa en el alma, la conquista y la hace suya, aunque no se exhiba mucho, ni se aprecie que mora en ella, larvado y a la espera. Lo bueno es que no tengo ni idea de cómo sería hoy en día J.J.. En mil novecientos setenta y tantos, J.J. era delgado y con cara de niño pobre de la extinta Unión Soviética. Me ha salido esto de la Unión Soviética por la Rusia del fútbol de anoche, que fue un ejercicio titánico de resistencia ante el enemigo, que no pudo desarmarlo sin el concurso trágico de la tanda de penaltis. J.J. era un niño ruso incrustado en la España de los setenta, un niño ruso en un patio de un colegio. Me pregunto si él habrá soñado alguna vez conmigo. Si ha fabulado la posibilidad de que yo lo tumbara a palos o siga pensando en él, maquinando el cierre de la afrenta que me hizo, igual fueron muchas, igual ninguna ha sanado. Hay cosas que uno no gobierna. La cabeza es un instrumento del mal, el corazón es un cazador solitario, que dijo otra en una novela que leí hace mucho tiempo"


adenda: en ese patio, que era un campo de fútbol reglamentario también, jugaron los tres, K., J.J. y un servidor. Al fondo se ve la pared y las escaleras construidas en ella para acceder al patio principal del colegio, en el que también jugábamos al fútbol. No sé ahora qué uso se le da. Hace tiempo que no me paso por allí, tampoco ha habido ocasión para que nadie me cuente. No recuerdo que nos visitaran obispos, pero no lo descarto.

7.7.18

Conversaciones

Hay conversaciones que no se empiezan por evitar otras. Hablar con los demás a veces se asemeja a una partida de ajedrez en la que uno busca un fin y habilita los instrumentos para abordarlo. Las palabras son piezas que se mueven. Las que dice quien escucha son piezas que confirman o modifican las nuestras.

Hay conversaciones que se ganan y otras que se pierden. Se nos ha educado a tal fin, al del anhelo de una victoria o de una derrota, no al sencillo juego de la convivencia, sin que intermedien los rigores de una batalla. Se teme que nos conozcan, nos guardamos más de la cuenta, somos reservados por naturaleza, guardamos bajo muchas llaves la propiedad de nuestra existencia. De ahí que hablemos con prudencia, sin mostrar todas las cartas, sospechando que el otro también procederá de idéntica manera.

Hay conversaciones absolutamente vacías, no conducen a ningún sitio, no tienen propósito, nacen sin sustancia, tan sólo merodean la realidad o la reducen a su expresión más sencilla, cuando no la más burda, pero es en ellas en donde reside la semilla, desde ella se expande la luz, lo que hace que todo permanezca y fluya. El vacío, en lo que se dice, no es siempre sinónimo de nulidad. Se puede preguntar a alguien por lo que hizo ayer, sin entrar en el detalle, sólo por ocupar el tiempo o por reivindicar cierta hegemonía, perdida a veces: la de la cantidad sobre la calidad. No todo lo dicho debe ser relevante, no es posible que todo lo que decimos tenga ese rango de trascendencia. Se cuenta lo primero que viene a la cabeza. No siempre sabemos ordenar las cosas, lo que se nos ocurre, la conversación que deseamos entablar. De vez en cuando se relata lo baladí, lo que no prospera en la memoria y se acaba arrumbando. Se explica qué desayunamos y cuándo, se explaya uno en decir el tiempo que hace que no sale a pasear o el excesivo que ha dedicado a ordenar un habitación en la que militaba a sus anchas el caos. Son las conversaciones sin metafísica, las que no tienen el afán de otras con más fuste. No se habla del corazón, no se le nombra, tan sólo se enumera el inventario de cosas que pueblan la realidad y se nombran terrazas de verano, pantalones cortos de verano, discos que escuchábamos a los dieciséis o personas que nos confesaron tal o cual debilidad.

Hay conversaciones casuales que avanzan a tientas, con titubeos, pero que acaban a lo grande. No hay un propósito, no existe la voluntad de hacer que trasciendan; ni siquiera, mientras ocurren, se dan en quienes la entablan la percepción de su brillantez. Entra en lo posible que tampoco se perciba cuando finalizan. Se dan de manera natural, se incorporan al aire o a la memoria sin fricción, no perturban, tan sólo suceden, como la luz cuando baña los objetos y dice de ellos lo que no está lo suficientemente a la vista.




5.7.18

Consideraciones muy de mañana sobre el verbo ser y las derivaciones ontológicas de su influencia semántica



No creo que haya otro verbo con más fuste que el verbo "ser". Gana sin empezar siquiera a exhibir sus facultades. Hasta su mera exhibición fonética amedrenta: ser. Se dice con sencillez y soltura, se puede recalcar el sonido final, la erre que lo cierra, pero no hay quien lo haya resuelto satisfactoriamente. Los otros verbos (cantar, dormir, escindir, compaginar, obnubilar, pongo por caso, los primeros que se me ocurren) no suscitan la misma hondura. Expresado en reflexivo incluso suena a equivocación: se es. Uno se esmera o se resbala o se duerme, pero cómo podemos entender bien la idea de serse, de permanecer en uno mismo o la de existir sin otra consideración que la matice. Porque ser (voy a borrar el entrecomillado) parece un asunto fácil. Ayer, sin ir más lejos, fui. Ahora, mientras escribo y espero la hora de desayunar algo, soy, y mañana, salvo desgracia, seré durante el transcurso del día. Hasta se es cuando el ser se permite un receso y duerme. Somos al soñar, somos cuando alguien nos nombra y no escuchamos lo que se dice de nosotros. Tiene ser dificultades que hasta ahora no he visto en los demás verbos con los que me manejo. Me acuerdo de Hegel y de mi instituto. Las palabras, incluso las menos indicadas a la nostalgia, producen viajes al pasado. Eso me está pasando con ser. Ha sido pensar en ese verbo y acordarme de mi profesor de Filosofía, Don Francisco. Qué amor le tenía a Hegel. Era grande ese amor y supo confiarnos esa adoración sin tributo en aquellas clases de sana espesura en la que este que suscribe empezó a pensar en Dios y a llevarlo por los bares como asunto de conversación después de jugar al billar o de empinarse cuatro cañas. Hegel (creo recordar) decía que nada se podía saber del ser. Está muy bien eso de escribir libros enteros sobre algo de lo que (de entrada) no se puede saber nada. La religión es un libro animado por un espíritu parecido. Se cuentan cosas de las que no existen certezas, no hay manera de que las haya. El ser es, en esencia, lo que no permite saberse. Si viniera Don Francisco me daría un abrazo. Era un hombre cariñoso. Entraba en clase, ponía un montón de libros sobre la mesa y empezaba a contarnos anécdotas sobre los filósofos. A mitad de ese recital novelístico, colaba unas cuantas ideas importantes y nosotros, inocentes, a pesar de la rebeldía propia de la edad, tragábamos de corazón y sentíamos que se nos estaba confiando un material sensible, un conocimiento válido para explorar el mundo y saber afrontar los rigores que nos aguardarían. Quitando a Hegel, no sé quién más habló del ser y de la nada (es posible que Sartre, me suena mucho Sartre) y de la esencia y de la dualidad del espíritu y de la carne. Con los años, uno aprende a dejar en reserva esos argumentos. No va por ahí con la metafísica bajo el brazo, aunque a veces entra en euforia y filosofa. Qué bonito es filosofar. Yo creo que todos somos filósofos. No importa que no se tenga conciencia de ese oficio, no es relevante que no sepamos qué más cosas dijo Sócrates, aparte del solo sé que no se nada, o Descartes, que iluminó al mundo con el pienso, luego existo (cogito, ergo sum, por si se me olvidan los latines de no usarlos). Quieren quitar la Filosofía de los planes de estudio, quieren dejarnos sin esa aventura maravillosa del pensar y del discurrir. Los gobiernos, que casi nunca se ponen en lugar de nadie, creen que el mundo no precisa metafísica. Si sale uno a la calle, si se fija en lo que ve, importan otras cosas, no la filosofía. Hay días enteros en los que no piensas en el ser y en el estar, en la razón por la cual estamos en este mundo o en el porqué del tiempo, que es el verdadero problema de la filosofía. Te acuestas y no te martirizas, prefieres conciliar el sueño plácidamente, piensas en lo bien que te lo has pasado con fulanito o en un primo tuyo a la que haces mucho que no ves o en cómo le irá al Real Madrid si la Juventus de Turín ficha a Cristiano Ronaldo. Por eso los gobiernos no abren mucho la mano en asuntos filosóficos. Es más, la cierran, no llegan a cerrarla del todo, pero se les ve tacaños. Prefieren ampliar el horario de religión en las escuelas, que es un sinsentido con la de cosas que hoy en día deben aprender los muchachos. No hay tiempo para todo, no se puede estirar más, acabará por partirse. Mientras que todas estas cosas suceden, nosotros seguimos siendo, permanecemos, duramos, anhelamos, abrazamos, dormimos, fornicamos, paseamos, masticamos, observamos, lloramos, sonreímos y el mundo sigue girando. A lo que no somos ajenos es al ser. El ser lo es todo, todo es ser, todo es de color, como cantaba Triana. Que tengan un buen día.

adenda: agradezco a María Fernanda Ferre la foto que abre el post.