21.11.17

Tríptico de la mujer de Lot




Tríptico

I
Duelen las palabras que la muerte previsible va escribiendo en el aire. Festeja la cópula rota de los amantes a los que sorprendió el ojo de Dios en el oscuro cielo. La historia luego se cuenta de otra forma, pero la vida es lo mejor que conozco, dice la mujer de Lot en el momento en el que la fulmina la mentira y los ángeles escupen lenguas de odio sobre su cuerpo espeso y limpio, obligado a correr y en la fuga a soñar.

II

En las calles del infierno la luz está hecha de grumos. De vez en cuando una música improvisada abastece una felicidad sencilla como de jardín victoriano al que de pronto ilumina el sol después de un fin de semana escandalosamente lluvioso. Hay un corro de mujeres que fuman tabaco negro cubano y discuten sobre la historia de la mujer de Lot. Lo hacen con ardor, pero se desapasionan sin enfado. Los ocasionales transeúntes que las miran no se detienen, pero no apartan los ojos de los cuerpos ampulosos de hembras condenadas que no saben con qué matar 
definitivamente el tiempo. Porque en el infierno hay que matar el tiempo y se habla casi de todo de lo que sucede afuera. En el cielo, en cambio, el tiempo no existe, la luz está hecha de luz primitiva y limpia y perfecta. En ese aburrimiento de avenidas celestiales y cánticos puros nadie cuenta la historia de la mujer de Lot ni corros de mujeres fuman tabaco negro cubano.

III

Mirar atrás, dijo la mujer de Lot, y advertir que nadie contempla nuestra fuga. En estas libaciones frívolas de la razón, en esta herida pura,  
encontrar el silencio como un bálsamo, dulce como labio que galopa y escarba y fecunda todo este entusiasmo, las tardes infinitas sin épica ni aliento en las que todavía conducirnos sin miedo por todos los venenos ciegos del mundo.


Abril 2009.
Esmeradamente publicado por Luis Felipe Comendador, un artesano metido en poeta o viceversa o serán la misma cosa ambas, en una obra conjunta  sobre la mujer de Lot, que desobedeció a Yahvé.



http://diariodeunsavonarola.blogspot.com.es/2009/04/la-mujer-de-lot-meme.html







Ayer noche, en uno de esos podcast a los que uno acude para conciliar el sueño, bien tarde, a mi pesar, tuve la suerte de encontrar una tertulia fantástica sobre asuntos bíblicos o literarios. Entre sueños, antes de caer rendido, feliz por lo que otros saben y nos cuentan, por mi bendita ignorancia en tantas cosas, recordé la cita de Borges. Esa que dice que la religión es una rama de la literatura fantástica. Pues eso. 

19.11.17

Las vacas están a salvo, señora



La vida siempre se abre paso. Lo hace sin heroísmo, apenas conmovida por el paisaje en el que la obra (inevitablemente dramática) va discurriendo. El lechero hace su reparto a pesar de los muertos y de los escombros. Lo hace convencido de que la rutina es un bálsamo y de que los actores que representan la escena, a pesar de que el teatro se haya venido abajo, deben continuar el espectáculo. La ciudad devastada es Londres en 1.940. El pueblo inglés, al que sinceramente admiro, está hecho de una pasta dura y escasamente rebajable al desencanto o a la tristeza. Eso lo aprendí leyendo a Dickens y a Chesterton. Me imagino uno de esos diálogos victorianos de fluida y pomposa sintaxis en los que el lechero, a la puerta devastada de la eventual cliente, se excusa por la falta de decoro en la indumentaria y por el retraso que causaron las bombas y las trincheras e insistirá (sin aturdir a quien le escucha) en que probablemente mañana será puntual. Todo depende de la impertinente barbarie nazi. Las vacas están a salvo, señora.

18.11.17

Un sueño de K.

K. tuvo un sueño. Más que un sueño, pensado ahora, parece la revelación de un secreto. Es una voz el sueño entero, le dije. Me lo ha contado hoy, a su manera. Transcrito a la mía, perdida la sustancia misma del sueño cuando K. se despertó (primero) y cuando me lo confió (más tarde)  viene a ser más o menos así.

"A uno le fuerzan a cosas que no desea. Por más que se niegue, acaba concediéndolas, les da la normalidad que tienen otras que considera enteramente suyas. Acepta sin chistar lo que antes le irritaba, no se altera con esa cesión, no exhibe ningún gesto que haga comprender a los demás lo contrariado que estás. No importa qué edad se tenga o cuanto se haya vivido. Tengo mis principios, pero si no les gustan he aquí éstos otros, dijo Groucho Marx o le hicieron decir, no sabe uno. Es la propia palabra, principios, soltada en plural, la que no tiene el prestigio que tuvo. Se mira de reojo a quien la esgrime, se ve en él a quien fuimos antes de abandonar el primero de esos principios y abrazar enérgica y convencidamente otro que, en los más de los casos, tampoco habría de durar mucho, reemplazado por otro y así, en vertiginosa fiebre, ad nauseam, hasta que la palabra (principios) pierde por completo su significado. Tuvimos las palabras, pero perdimos su significado, dejó escrito Eliot. Tuvimos los principios, pero resultaron caros.

Nos dijeron:
todo lo que has hecho hasta ahora no vale para nada, te lo arrebataremos, podemos arrebatártelo, no tienes que decir nada, sólo acata, calla y acata, sigue tu labor en el mundo, pero en adelante no pienses por tu cuenta, no creas que se te ha dado ese derecho, no saques la conclusión de que todos estos años te concedieron alguna capacidad de decisión, todo lo escribimos nosotros, somos nosotros los que abrimos el teatro, colocamos el escenario y escribimos la trama, también los que sentamos en las butacas al público y los que los despedimos en la puerta cuando la función ha acabado, tú sólo debes subir a ese escenario y recitar de memoria todo lo que has aprendido, podremos cambiar el guion a nuestro capricho, podremos incluso retirarte del casting, basta con que digas una palabra fuera de las previstas o que hagas un gesto más allá de los esperados o que repliques o manifiestes que no apruebas el argumento, no se ocurra cuestionar nuestra autoridad, llevamos años ejerciendo este oficio, otros lo hicieron antes, vinimos a que se cumplieran las leyes, no nos importa quién las escribió, nuestra labor es hacer que se cumplan, registrar todos los requerimientos, dejar constancia de lo equivocado, de las cosas en las que no cumpliste.

Y entonces fue cuando decidimos no tener principios, ni guiarnos por otra brújula que la de la supervivencia. En el fondo eso era lo que deseaban. Que abdicáramos. Que les dejásemos moverse a su aire. Que no abriésemos la boca. Que no hubiese ninguna opinión. Que sólo importasen las leyes"



Yo no soy exactamente yo

Vi ayer a alguien en cuya camiseta, en inglés, se leía que estaba totalmente de acuerdo consigo mismo. No sé yo si esa aseveración se ajusta siempre a la realidad y puede certificarse, darle veracidad permanente, sin que nada desbarate esa propiedad fiable de nuestra voluntad o de nuestros procederes. Yo, por situar a quien mejor conozco en el meollo de la cuestión, no dejo de estar en quiebra conmigo. Hay días de bonanza emocional y una parte considerable de mí se inclina a creer que estoy en paz y que nada malogra esa repentina percepción de mí mismo, pero incluso en esos días espléndidos hay otra parte, aceptemos que poco estimable, es cierto, que pugna por hacer valer su opinión, que es abiertamente contraria a la que yo esgrimo o la que detenta la parte gruesa de mí, no sé si me estoy explicando. Lo normal es que incluso ahora desbarre, no me ponga de acuerdo en centrar mi pensamiento y exponerlo sin dobleces. Como si a la vez que escribo el yo disidente contradijera al yo manso, al que no se alarma ni se contradice nunca, al yo ése que se lee en la camiseta en inglés que vi ayer y que ahora, sin saber el porqué, ha vuelto a mi cabeza. De hecho no sé quién de los dos la trajo: si la parte ortodoxa, la previsible, la que lo tiene todo claro o es la otra, la parte anárquica, la respondona, la que a todo le pone trabas y en todo ve obstáculos y socavones.

Quizá sea la edad la que lo administra todo. Conforme gana uno en ella, cosa satisfactoria a poco que se piense, adquiere competencias que antes ni sospechaba que existieran o que, vistas en los demás, no le causaban mayor admiración ni reconocimiento. Ahora, frisada ya la mitad de la vida, cortada la mitad del jamón, como dice mi amigo Calixto, está bien que algunas cosas estén definitivamente claras. Una es la que atiende la dimensión más íntima, la que no es posible verter, porque cuenta de uno lo que no convendría airear, la privada, la que se clausura por temor a que no cuadre o a que no convenga. Siempre hay un yo que mejor se mantiene oculto, un trozo menos presentable del grueso visible y público. Tal vez sea ése el que no esté de acuerdo con el otro, el que lo zarandea y lo pone siempre en guardia o el que lo jalea y le pide que obre aviesa o arteramente, porque el mal exige su cuota en el drama de la vida.

No se sabe nunca a qué atenerse, qué escoger, cómo contarse a uno mismo (cuando caemos en la cuenta de que nos debemos una explicación) los porqués, los motivos, las coartadas que se escogen para que no chirríe el conjunto o para que los demás no nos miren mal, ni nos aparten. Tememos ese apartamiento, ese darnos de lado de los otros, aunque nosotros mismos obremos con los demás con aviesa actitud, con recelo, con todo lo que no queremos que se use para cuando seamos mirados. Y no cesa nunca el teatro de ver y de ser vistos, de hablar de los otros y de que se hable de uno y se hable bien en ocasiones y mal otras. Lo que no puede ser evitado es que afinen y acierten o no indaguen y marren. Se va a hablar bien o mal sin que intervenga en ese juicio la bondad o la maldad auténtica, todo lo bueno o todo lo malo que hiciste. Es inherente a nuestra condición humana hablar sin saber, condición ésa tan difícil, de tan escaso apego a la razón y tan escorada (ay) al sentimiento, al bueno y que no lo es, al procedente y al que no conviene que se curse y se difunda.

Tienen estos asuntos un aire fronterizo, como de cosa poseída y súbitamente arrebatada. Se admira la rotundidad con la que la creemos nuestra, nos fascina que seamos los dueños de nuestra existencia, pero nada más lejos de la realidad, no hay tal posesión, no podemos darla por propia, ni siquiera cuando la evidencia más se empecine en halagarnos y todo funcione a beneficio nuestro. Detrás de las certezas vienen las dudas, una tras otra, en comandita, en procesión obscena a veces. Cuando yo estoy de acuerdo conmigo mismo veo venir el reverso previsible, la sensación de que tendré que desdecirme y no aceptar nada de lo pensado con anterioridad. Se nos zarandea, se nos lleva de un lado a otro. No sé si está bien, en el fondo, estar totalmente de acuerdo con uno mismo. Yo hoy me he levantado sin el convencimiento de otras veces y no sé (no tengo ni idea) de nada. Quizá sea el desencanto, hoy es el desencanto, brilla el desencanto, cierta decepción, la sensación (nuevamente) de que se está perdiendo la brújula de las cosas, con todo lo terrible que tiene esa deriva, esa zozobra, ese dejarse ir. Al final aceptaré el consejo que me ofreció un amigo no hace mucho. Me dijo que también yo dejara correr las cosas o que no las pesara y midiera tanto, que sólo así (sin peso y sin medida) se podrían manejar mejor y soltarlas cuando conviniese o guardarlas si fuese preciso. No es fácil, me advirtió. Tampoco me respondió cuando le pregunté si él hacía caso de lo que decía y estaba enteramente de acuerdo consigo mismo o se dejaba llevar y se perdía por los huecos, por las puertas que se van dejando abiertas y permiten que entre lo que no conocemos. Quién querría ser siempre él mismo, quién aceptaría esa rutina, quién no desearía ser otro.

17.11.17

Una habitación de hotel


                                                          Hotel room, Edward Hopper


Una habitación de hotel es a veces un mundo perfecto en sí mismo. Basta salir, recorrer el pasillo gris, ver a los otros inquilinos abrir o cerrar puertas, dejar las llaves en recepción o entrar en la pequeña cafetería de la planta baja con un par de bolsas o una maleta pequeña para advertir que el vértigo y la fiebre hacen guardia afuera, esperando con mundana paciencia que salgas y te expongas, para cebarse contigo o para agasajarte, quién sabe, pero quizá sea mejor no disponer de mundo perfecto alguno. Tal vez convenga esa incertidumbre y se desee guarecerse, encapsularse, concederse la intimidad de una de esas habitaciones de hotel y empezar a ser hospitalario con uno mismo, aislado de todos, lejos de todo.

Una habitación de hotel jamás tendría que ser un refugio, pero conozco pocos mejores. El caos convocado afuera refuerza la idea de que adentro no puede ocurrir nada malo. En el fondo la habitación de hotel es una extensión de quien la ocupa. Lo que asombra es que el cliente pueda ir de un hotel a otro y no sienta añoranza de esas pieles dejadas por el camino. Entra en lo razonable que uno se crea otro cuando se instala en un nuevo hotel. Como si el anterior yo, el que ocupó la última habitación, no tuviese nada que ver con el de ahora, el inquilino de la nueva. También son otras las ciudades, otro la luz de las lámparas o el mobiliario o incluso la comodidad de la cama o las vistas que regalan las ventanas. 

Hay quien se hospeda en los hoteles en la desdicha más absoluta. Sabe que al cerrar la puerta y quedarse solo podrá reconsiderar cuanto hizo antes o especular sobre qué hará después. El ahora no existe, el presente no existe, la realidad que nos invade es la menos dolorosa en la certeza de que dura un instante irrelevante, uno que al momento desaparece. Hay quien anhela encontrar el júbilo en esos hoteles. Cree que allí se cancelará el vértigo y la fiebre de afuera: crédulamente pensará que el mundo se reinicia cada vez que ingresa en una de esas habitaciones.

En una habitación de hotel se puede amar un cuerpo y creer que en ese ayuntamiento está de algún modo la razón por la que fuimos traídos a este mundo. También se puede desamar, aceptar la soledad o pensar en ella como algo propio al modo en que lo es un brazo o la manera en que andamos o dormimos. Puede incluso sucedernos que acojamos el bendito cobijo de una habitación de hotel porque no existe una casa que nos espere o porque, existiendo, no la sentimos nuestra y malvivimos en ella, huérfanos de la maravillosa sensación de haber encontrado nuestro lugar en el mundo.

A diferencia de la casa de uno, la habitación de hotel impregna de fantasmas la estancia. Ya la vida es una estancia de fantasmas. Vives y resides en donde otros vivieron y residieron. Amas lo que otros amaron. Lloras donde otros lloraron. Mueres sin que ese asunto trascendente sea relevante para el orden del cosmos y para la mecánica íntima de la vida en la tierra. En este sentido, las habitaciones de hotel son como reproducciones a una escala muy pequeña de la realidad que late afuera, pero sigo insistiendo en el hecho formidable que me ha hecho pensar en todo esto y es la encapsulación del tiempo, la sospecha de que el reloj se detiene y de que el tiempo, ese bicho cabrón, se mueve (sí, claro que se mueve) pero de otra manera. Ese prodigio justifica la existencia de los hoteles, la vida derramada en ese espacio bunkerizado en donde abandonas la maleta, te duchas, lees la prensa, descansas sin desvestir sobre la cama pulcra mientras la televisión emite información del exterior, fornicas, sueñas, hablas por teléfono a gente que está muy lejos y pasas resacas formidables, de las que merecen poema aparte. No creo que exista tampoco mejor lugar para escribir que una habitación de hotel. Una mesa en un bar, apartada, discreta, que permita ver llover tal vez rivalice con ella, pero no posee la misma intensidad, no exhibe tampoco el mismo rango moral. Lo afirmo y lo defiendo con argumentos rebatibles, pero expuestos con tan amoroso ardor.

Una habitación de hotel es un lugar robado al mundo, un no-lugar, una especie de limbo, una casa sobrevenida en la que puedes ser otro y regresar después al yo estacionado afuera, dejado al margen por estricta conveniencia de la trama argumental. Una habitación de hotel es un escenario teatral. Nada de lo que sucede posee la consideración de la rutina, todo es extraordinario. 

Ahora hablo yo o hablo de mí, nada nuevo, por otra parte: nunca he escrito páginas que me entusiasmen enteramente y en casi ninguna ocasión he sentido que lo escrito estaba expresado de la forma en que debía ser expresado, sin que faltara o sobrara algo, sin que otro modo de volcarlo mejorase el mío. Pues si en alguna ocasión he sentido esa punzada de orgullo y de apasionamiento con lo trabajado ha sido en una habitación de hotel. Recuerdo haberme levantado en mitad de la noche y sentarme en la mesita o en la terraza que da a una avenida o a un entramado antiguo de tejados de un barrio viejo. Recuerdo haberme dejado llevar, haber dejado escrito un par de folios y recuerdo haberlos leído más tarde sin rubor, agradándome, sintiendo que me gustaron. Nunca releo nada de lo que escribo, no he sentido esa preocupación, no he deseado corregir o borrar o añadir, pero ahora pienso en las habitaciones de hotel y las declaro residencia de la inspiración, si es que viene, si alguna vez nos visita.





El cuadro, cómo no, es de Edward Hopper. Bendito él..

16.11.17

El Día Internacional de la Filosofía


Celebrar la filosofía es festejar la propia vida y el gozo de cuestionarnos su existencia o gozo el de pensar los porqués que la sustentan o la justifican. Todo en ella, en la filosofía, es gozo puro. El pensamiento es una fiesta privada de la que nunca se sale indemne. Toda la historia de la humanidad es una especie de resaca de esa fiesta interior. Cada una posee la suya. Las hay trascendentes y las hay huérfanas de trascendencia, pero no hay nadie que no posea un filósofo dentro. No es necesaria la certidumbre de que esa propiedad sea nuestra, basta con ejercerla, con someterlo todo al discurrimiento. Es la perplejidad por vivir la que hace que sigamos en la brecha y no nos hayamos echado a dormir. Nacemos y morimos perplejos, perplejos y lúcidos en mayor o menor medida. Nos creemos las cosas y, al tiempo, somos los mayores incrédulos. Esgrimimos la fe como arma y, a la vez, nos zafamos de ella, la arrumbamos, deseamos que no nos acompañe, ni nos tutele. Sentimos que es bueno dudar de todo y no conceder ninguna certeza, pero también bajamos los brazos y dejamos que se nos persuada, sin ofrecer resistencia, permitiendo que la razón flaquee o desaparezca abierta y visiblemente. Somos esas dos contrarias cosas. Es la filosofía la que nos mantiene en pie, la que no nos ha permitido caer, rendirnos, abdicar, conceder ningún patrimonio ganado, ningún hallazgo alcanzado, ninguna montaña escalada. Celebramos hoy la filosofía en tiempos duros, en una época en la que pensar es un privilegio, por más que sea ésta la sociedad de la información, cuando debiera ser la sociedad del pensamiento. No hemos ahí aún, vamos despacio hacia esa altura moral o estética o intelectual. Pensar siempre estuvo mal mirado por algunos. Todavía hay quien rebaja la importancia del pensamiento y retira o adelgaza los planes de estudio en los que brilla la filosofía. La misma historia de las religiones son ramificaciones de la historia de la filosofía. La religión es una extensión discursiva de la filosofía. No hay nada que hayamos hecho o que podamos hacer que no provenga de ella. Ni la misma ciencia, la que nos catapulta al futuro, la que nos asiste en comodidades y en protección, se escapa de su influjo. La misma literatura está impregnada de ella. Tú y yo, lector cercano, somos los agasajados hoy, los protagonistas del día, aunque no tengamos idea de que la fiesta va por cuenta nuestra y lo que se celebra es el triunfo de nuestra voluntad, la victoria del hombre por encima de todas las circunstancias que lo han cercado, herido o derribado. Seguimos en pie, estamos de fiesta, nos sigue perteneciendo la palabra. Construimos la cultura, somos nosotros los albañiles de ese edificio, es la filosofía la argamasa primordial, no hay otra, no es posible otra manera de contar las cosas. Nos iremos de cabeza al pozo, sea eso lo que cada uno imagine, cuando deje de prestigiarse la filosofía, cuando se la aparte, cuando se la considere superflua, vacua, dañina. Por desgracia ya ha empezado el apartamiento, la percepción de que algunos sospechan de que no conviene que pensemos mucho o de que pensemos en voz alta y nos entusiasme saber que pensamos o que sólo pensando es posible elevar la cumbre de los días y dormir cuando irrumpe la noche con la mente limpia y el trabajo hecho. En mi escuela, el año que viene, pondremos frases de filósofos por los pasillos, llenaremos las paredes con sus caras, haremos que los alumnos pronuncien sus nombres, sepan qué dijeron, aprecien su sacrificio, el trabajo que nos regalaron. A ver si podemos, no sé si podrá ser, hay mucho festejo idiota y poco tiempo entre tanta burocracia, pero esa es otra cuestión y hoy no es el día internacional de la burocracia, seguro que le ponen fecha y nos hacen levantar actas y firmar con pompa los papeles resultantes, ay.


The wall



Un niño al que Santa Claus olvidó. Tigres liberados. Trincheras en bruma. Relojes Mickey Mouse. Nicotina en los dedos. El padre ausente, segundo teniente del Octavo Batallón de los Fusileros Reales, Compañía C. Una habitación de hotel. Películas de guerra en blanco y negro en la televisión. Los días más felices de nuestra vida. Traed a los chicos a casa. Madre está en el jardín echando una cabezadita mientras papá muere en el frente. No necesitamos educación. Ni sarcasmos en la clase. Eres otro ladrillo en el muro. No te sorprendas si el hielo se abre. Madre cuidará a su hijito. No va a a consentir que ninguna guarra se lo arrebate. Papá ha volado sobre el océano dejando sólo una instantánea en el álbum familiar. Hasta el viejo Rey Jorge ha mandado a mamá una nota. Condolencias. Sentidos pésames. Un héroe que no va a regresar a llevar a Pink al parque y columpiarle en las mañanas de sábado del crudo invierno. Adiós, cielo azul. Las bombas reventaron los tímpanos y la esperanza. Maestros de esposas psicópatas. Mamá no te dejará volar, pero podría dejarte cantar. Mamá te tendrá sano y fuerte. Mamá, ya he empezado a construir el muro. Soy una estrella del rock. ¿ Quieres ver la tele ?¿ O conducir por una autopista vacía ? No me dejes ahora. Es uno de mis días malos. No necesito drogas que me calmen. Ni brazos que me rodeen. Adiós, mundo cruel, cielo azul. Inglaterra, mataste a tus hijos en nombre del deber. Los gusanos se comieron su cerebro. No dejaron nada.Todos necesitamos un héroe. ¿ Hay alguien afuera ? Tengo un libro negro con mis poemas dentro. Trece canales de mierda en la tele para poder elegir, pero cuando te llamo no hay nadie en casa. Tengo una cuchara de plata en una cadena. Tengo un deseo urgente de volar, pero no sé dónde.¿ Alguien se acuerda de Vera Lynn ? Traed a los niños a casa. No les dejéis solos. Pink, puedo aliviar tu dolor. Ponerte en marcha otra vez. Dime dónde duele. Tus labios se mueven, pero no oigo lo que dicen. Estoy confortablemente insensible. El espectáculo debe continuar. Papá no va a volver. Nadie te va a dar la mano en el parque. Ya espero los gusanos. El juicio de la madre patria y del Dios justo que todo lo ve y nada perdona. El muro es ya demasiado alto. Algunos niños recogen botellas en la calle. Ladrillos en camiones de juguete. Sueños que no fueron verdad. Secretos contados.

15.11.17

Se cree en Dios porque es la única forma de creer en uno mismo

Está la luz mordiendo un limón y duele la sangre en la cabeza como un enjambre de agujas. 
Una dulce música de cámara, una sin nombre, a la que se presta una atención sin compromiso, aletea torpemente, disimulando su inocencia de cosa volada o de asunto muy pequeño. 
Al aire de este miércoles lo visita Bach. Yo recojo unos libros, abro las ventanas, huelo de pronto a café, siento a lo lejos un vértigo de pájaros, una fiebre de alas, una costumbre de voces que no entiendo. Quizá ellos piensen igual de la música de cámara y anticipen todo lo que viene después. 
Si uno cae en la cuenta de la presencia de los pájaros ya no puede dejar de pensar en ellos. 
Hay que apreciar no solo que existen y encabritan el vuelo y pían fieramente como si el mundo acabase hoy mismo, sino también todo lo que los pájaros traen, todo lo que dicen si prestamos oído, si percibimos el volumen del cielo y la majestuosa caricia del aire mientras lo profanan con su vuelo. 
De haber sido otra cosa, no sé, de haber podido prescindir de ser hombre y de haber podido elegir qué ser, creo que yo hubiese pedido ser pájaro, el tipo de pájaro irrelevante, en cierto modo, el que empeña todo su ardor en batir las alas, en ir de un lado a otro, sobreviviendo, sin otro cometido, sin metafísica.  Habría querido ser pájaro o sombra o viernes por la tarde.
Uno desea ser lo que no es nadie, anhela sólo lo fantástico. De ahí viene la religión, de ahí viene Dios. En cuanto entra en escena la metafísica, vuelan todos los pájaros que llevamos dentro. 
Todos los hombres son teólogos, dejó escrito el poeta, pero todos los hombres son dioses. 
Vamos midiendo los días, contando el espanto, sintiendo el peso del amor venirse un poco abajo, renacer sin que se le espere y caer nuevamente.  Estaría bien sentir menos, no ser tan exigente, pensar al modo en que lo harían los pájaros o los dioses. Con toda la dignidad del pájaro, ir escribiendo la herencia recibida, dejando consignado el aliento. Con toda la hondura de Dios, ir escribiendo el mundo, dejando consignado el pulso, el color y las palabras.
En lo que le ganamos a los pájaros es en la facultad de subordinarlo todo a la memoria o al olvido. Yo creo que tenemos a Dios porque no es posible soportar la idea de que existe un fin. Existen las religiones porque existe la muerte. No hay credo que no la use, ninguno la arrumba, todos lo reclaman para extenderse.
Hay una idea de Dios que está en la luz mordiendo el limón o en la sangre, doliendo en la cabeza.  Se cree en Dios porque la luz vence a las tinieblas, aunque la apariencia sea otra y la sombra prospere y haga su imperio y lo propague. Se cree en Dios porque es la única forma de creer en uno mismo. No el Dios de las Escrituras, no ése, no necesariamente ése. El Dios de la voluntad de cada uno, el espiritual, el providente, el que nos acaricia. Un dios con su interior brusco, con su silencio violento, pero un Dios hecho racimo, volando, volándose. Ese Dios queremos. No altares, no libros en donde se registren los salmos, queremos a Dios como el que desea besar su corazón y dar gracias continuamente de que lata.
Luego sobreviene la tormenta y descree uno, desbarra, cae en la cuenta de que no hace falta que ninguna divinidad nos tutele, ni nos acaricie. Vamos así, en esa zozobra.

14.11.17

Perpetuum mobile / 15 Anotaciones


I / La vida
Da la vida sus previsibles raciones de espanto, la secreta impresión de que se cuida mucho de no excederse más de la cuenta, en no permitir que todo lastimosamente sucumba y se quede ella sin nadie que la conforte. Anuncia fascinación y también asombro, la extraña joya que los días ofrecen a modo de distracción noble y sencilla, y así no pensemos en el desenlace tosco, en su fuga turbia, en el imprudente epílogo. 

II / No somos Baudelaire
No podemos ser sublimes sin interrupción, no somos Baudelaire, no se precisa que lo seamos, no está el aire envarado de luz ni está oscuro ni gris, no hay aire que convenga ahora, no me violenta el día con su causa festiva, no estalla la poesía en mi pecho como un cántico, no he aprendido literaturas germánicas medievales, no he sentido el peso de la revolución en los cereales del desayuno, no he amado un pubis hirsuto de hija de janis joplin, no sé mucho de alquimia, no tengo todas las muertes juntas en un verso pristino, no hay patria, no persiste el amor como una epifanía en la boca del estómago, no hay purcell por las noches cuando nos amamos, no hay swing, no hay flow, no sé declinar los verbos más importantes, no veo la rosa ya rosa de verdad de un modo absoluto y continuo, no me pregunten, no está el tiempo a mi lado, no estuvo nunca, no estuvo ni cuando yo lo sentía, no canta el cantor, no lo escucháis, no está lázaro ni se presiente que acuda, no hay dios, no hay patria, no hay rey, no me vendan la usura, no la quiero, no creo que necesite más que esta canción de pablo milanés de mil novecientos ochenta y siete, no estabas tú, ah cuerpo, en el vértigo ni en la fiebre, no encontré asidero en los palacios, no vi ningún abrigo en el oro, no me ocupé de las palabras, no el largo mirar de las palabras sino el hondo pulso de lo que dicen, he aquí el cometido del poeta, es éste el verdadero latido del cosmos.


III /Festejo
Hay realidades excesivas, incómodas, persianas que ciegan la razón y abruman la tarde . El tiempo custodia gritos. El alma celebra continuas escaramuzas hacia el vértigo de un cuerpo al que joder toda la noche. Siempre es bueno confiar en el blues, me dijo un amigo pasado de bourbon, en su terapia enriquecida de parias atormentados que se han vendido al diablo. Todos nos acabamos vendiendo. Por más que duela, uno se obstina en los mismo vicios. Por más que escueza, nos rompemos la uña arañando la herida.


IV / Adrede
La sordina feliz de la vigilia perfecta. El oro ya perfecto. La luz como un arnés que confirma la estabilidad del engaño.


V / Poema
Nada de esto ha sucedido realmente, coronel Kurtz. El latido rasga el pecho, que abre una sima oscurísima en la que se abisma (alucinada) la voz y lo que la voz tutela. Allí se oyen voces. Profesan el mismo tenebroso culto. Adentro se obligan a un fornicio continuo y alumbran sílabas, campos de fresas para siempre, ríos como un jukebox de los setenta. La luz aspira secretamente a elevar vuelo y contemplar el vértigo fastuoso del aire. Ahí las contemplaciones. Ése es el numen, mi coronel. Dios le ha perdonado todos los crímenes.


VI / Urdimbre
No ves que estoy agotado. El nadador ha braceado la noche entera bajo la luz cinemascope de un flexo delincuente. La caligrafía del agua le adorna el torso, le empuja misteriosamente y el agua, bronca, desaparece en un remolino fabuloso en donde cabe el esplendor y el dolorosamente ya imposible milagro de la resurrección. El problema es que no creemos. Dejamos de creer hace tanto tiempo. Ya no se puede creer. El nadador ha cubierto una distancia de gacela herida, una imprudencia de distancia que concita la épica unánime de todos los rapsodas del mundo.


VII / Perpetuum mobile
Parafraseo a Borges, otra vez: se han precisado espejos, libros de arquitectura, poemas de Kavafis, solos de Chet Baker, islas en el Egeo y ruido de algas en un mapa muy viejo para que mi amor te encontrara y tu pelo viajara por mis dedos por las noches.


VIII / Luz de mi luz
Humbert Humbert en su línea de flotación perfecta. De su aventura equinoccial queda únicamente el Chevrolet, la fuga, el hotel discreto en la carretera secundaria, las sábanas arremolinadas sobre el cuerpo de la más limpia lascivia, el temblor ácido del cuerpo dócil, la niña con incontinencias adultas, el lúbrico peso de la culpa, sobre todo eso, la cremallera pujada sobre el tweed de marca, H.


IX / Retiro
Siempre hay una manera de distanciarse de lo que se apodera de uno, hay una vía de alejamiento, pero lo que duele es que algo de lo evitado, de lo abandonado en la distancia, resida dentro, esté ahí, a resguardo, a la espera de un momento de debilidad, pensando en todos los huecos disponibles. No nos desembarazamos del todo de lo que nos hace daño. De algún modo perverso y obstinado el mal nos puebla. Pensamos que estamos a salvo, pero no es cierto. Al mal, a esa porción que nos ha capturado, lo alimentamos igual que al bien. Andan los dos en alegre comandita, por ahí adentro, en el alma. Nunca sabemos qué es el alma. No hay una información fiable. Todas son huidizas, todas bordean el asunto, todas flaquean. Sabemos muy poco y hasta ese poco que sabemos se antoja en ocasiones irrelevante, baladí, como una nube en una tormenta.

X / Carver, oh Carver
Tengo la certeza de que hay cuentos de Carver que suceden a diario o, contado de otra manera, tengo la certeza de que no hay día en que algo no remita a un cuento de Carver.

XI / Kafka blues
Todos somos hijos de Kafka. No hay criatura en este mundo que no lo sea en algún momento del día. En las pesadillas somos hijos de Lovecraft. En las barras de los bares es Bukowski el padre al que debemos dirigirnos. Cuando leemos vamos soltando unos padres y adoptando otros. Me refiero a la literatura grande, la que se impregna. La otra es una cosa bastarda, un cosa amena que entretiene la llegada de la familia. La idea de un padre puede ser canjeada por la de madre. En los libros, en la vida, son las madres las que abren el camino que luego uno se esmera en recorrer. Al padre se le tiene siempre, pero no merece los mismos agasajos. Lamentablemente uno ha ido mucha literatura masculina. La hay a espuertas, haciendo que la otra no se advierte con la misma grandeza. El mundo editorial - y no solo el editorial - ha sido un mundo de hombres. Falta James Brown adornando lo que digo. Yo siempre fui más de Aretha Franklin. Es curioso que en la música la mujer haya escrito páginas más gloriosas que en otras artes en las que no ha sido preciso su intervención física. Es el público el que valora qué trasciende, qué no. Yo, que soy el público más a mano al que recurrir, tengo la certeza de que no llegaremos al ideal de que no sepamos quién nos emociona, a qué nombre atribuir el placer que se nos está confiando. Si es macho o hembra, si se ha educado mirando el mundo como James Brown o como Aretha Franklin.

XIII / Arte
La única salvación posible está en el arte. Ni siquiera el amor nos salva. El amor es una extensión del arte. Es la belleza la que nos eleva. La miseria del hombre procede de la mediocridad. Es la cultura la que nos salva de la mediocridad. La única salvación posible está en la belleza, en la cultura. El amor es también una forma de cultura. La felicidad consiste en cierto tipo de conciencia sobre la belleza o sobre el amor. Se puede vivir sin estos ingredientes, sin que el amor nos salga al encuentro o lo busquemos nosotros o sin que la cultura, en cualquiera de sus disciplinas o en todas a las que podamos acogernos, sea parte de nosotros mismos, pero no se puede vivir sin la necesidad de belleza. O es un tipo de vida triste. Será entonces, habida cuenta de lo poco prestigiada que está la belleza, un mundo triste el que habitamos. Triste, inculto, feo. 

XIV / Parménides
No sé si es bueno o malo que vayan saliendo las ideas y no las cribe y las registre aquí, sin apenas afinarlas, exentas del mimo que aplico a otras circunstancias de lo mío. De los siete años en los que me ocupo de esta bitácora no ha habido ningún texto del que me haya arrepentido sinceramente. Suelo no leer lo que escribo. Esta indolencia mía hacia lo que se me supone propio hace que siga escribiendo. No me gusta releer lo que escribo. Cuando lo he hecho he pensado que no me pertenece. Por eso no he tenido el valor de hacer textos largos. Porque requieren una madurez. Porque precisan del concurso de la paciencia o del acto de presencia del orden. Será muchas cosas, y es posible que alguna no sea mala del todo, pero no soy ordenado. 

XV / La ballena interior
Moby Dick. Releo de vez en cuando Moby Dick. Ninguna lectura me recuerda a la anterior. Es como si entrara por primera vez. Así debería ser el amor. Una especie de Moby Dick del corazón. Entrar y sentir que nunca ha estado uno en ese sitio. 



12.11.17

Días en que crees que eres George Kaplan



Días en los que te vas a la cama pensando en George Kaplan y sueñas que te bajas de un Greyhound plateado y corres para que una avioneta no te derribe. Luego te despiertas en mitad de la noche, adquieres lentamente la certeza de que eres tú el que tiene sed o el que va al baño y vuelves a la cama con cansancio en las piernas, con la sospecha de que no siempre puedes responder de todas las cosas que haces, ni podrías quitarte de la cabeza que George Kaplan escapa por un maizal y eres tú el que escucha la avioneta a la espalda. Crees (además) que cuando concilies de nuevo el sueño volverás a correr y a sentir que peligra tu vida. Lo bueno, siendo George Kaplan, es que no se te descompone el traje ni se te deshace el peinado mientras huyes.

Viene a ser esto de Kaplan como la rosa de Milton que glosó Borges, pero a 24 fotogramas por segundo.