21.12.14

Cien películas: 4 La palabra, Carl Th. Dreyer, 1955


I
No hay modo de saber si uno está muy cerca de Dios o no lo está en absoluto, si ni siquiera tener un buen corazón hace que seamos buenos o hace falta algo más, quizá la fe, la creencia en que hay algo más allá de lo que nos confían los sentidos. No basta con creer: hace falta ser un hombre bueno, le dice la mujer al marido, mientras le toca el pelo y lo mira como si no hubiese ninguna fuerza en el mundo que pudiera hacer que el amor se desvaneciese de pronto. Creo que Ordet (La palabra) es la película más austera que he visto. De una austeridad que te hace pensar en la austeridad misma, en la idea pura de austeridad. Y te traspasa y andas después por la calle pensando en el hombre sin fe y en el hombre creyente, en la beatitud, en el pecado. Ah el pecado, ah esa invención diabólica. Porque no la inventó Dios y le pasó el hallazgo moral a sus voceros en el mundo: el pecado es una construcción moral de una dureza apabullante. Al mismo diablo es a quien debemos el pecado, por supuesto. En Ordet, en La palabra, pues las dos maneras de nombrarla me gustan por igual, no hay una advocación directa al mal, aunque está impregnando toda la trama; si es que hay trama, trama tangible, de cosas que van pasando y conducen a otras hasta una última a la que ya no le sigue otra. La trama en La palabra es muy directa, muy cotidiana, de poco asiento en la ficción narrativa clásica.

II
Cuando terminé de ver la película de Dreyer, en la confusión, pensé que era un pecador y que de alguna forma debía expiar mis culpas. Dreyer me hizo ver lo que no han podido todos los profesores de religión que he tenido, las misas a las que he asistido y cierta voluntad muy apreciada de algunos amigos por hacerme ver la bondad de la fe y lo buen creyente que yo, siendo como soy, podría ser, pero yo no sé cómo soy, así que no es posible que lo sepan ellos. Dreyer me conoce mejor. Es posible que hiciese Ordet pensando en una criatura como yo, una fascinada por el misterio. Porque la fe es uno de los misterios más impenetrables. Ah la fe, Dreyer, no hay mejor tema de conversación. La fe es un milagro. En sí misma, la fe es la verdadera dimensión del milagro de que Dios exista o no. Mi amigo K. no ha visto Ordet. No hay que ser nórdico para entrar en esa austeridad moral. A veces pienso que la condición del sur hace que afrontemos la fe (o su ausencia) con condicionamientos que no la hacen impregnarse como debiera. O no impregnarse en absoluto. Un ateo del norte lo es en un grado más intenso que uno del sur, pensé al acabar el metraje. Un creyente del norte lo es en un grado más intenso que uno del sur. Aquí nadie se cree Jesucristo, aquí nadie estudia teología como Johannes, K. Es mejor que se así, me responde. Estos del norte son tan extremos. No se puede pensar la fe si se la viste de fanatismo, Emilio. Si Dios predicara ahora, sería tomado por un loco. Si viniese en este instante y hablara y supiésemos que es Dios, ¿entonces qué? Pero no ocurre tal cosa, no puede ocurrir, no va a ocurrir nunca, ninguna circunstancia hará que eso que estás diciendo se produzca: no habrá nadie que tomemos como Dios y nos escuche y le escuchemos. En todo caso, le digo a K., puedes tener la idea de que si crees en Dios la vida será más tolerable. Porque es muy puta la vida de vez en cuando. Estás solo, estás desamparado, estás hambriento. La fe conforta, la fe ampara, la fe alimenta. Ordet cuenta la historia de un hombre que no podrá perderlo todo nunca. Lo asiste la fe, lo mira Dios, le guía Dios. Dios es el personaje invisible. No se ve en ninguna escena, pero está en todas. Se le escucha incluso cuando no hablan. Creo que incluso se le escucha más, con más fuerza, cuando no se percibe diálogo alguno. De verdad que estas películas religiosas danesas te hacen irte a la cama con un bienestar espiritual increíble en el cuerpo. Es duro ser un descreído después de una sesión hardcore como la de esta noche. Pero es todo tan puritano, tan austero. A lo mejor conviene verla, lo digo en serio, si se desea entender lo que no se entiende nunca. La veo de vez en cuando. Sigo pensando que es maravillosa. Y el final, K, ese final. Dan ganas de llorar con el final. Anoche lloré otra vez. Me sorprendí llorando. El cine hace que llore a poco que me descuide. Así es como habla la fe en quienes no creemos. Ya digo que todo es muy confuso. Si volvéis a crucificarme, malditos seáis. Lo dice el nuevo Jesucristo en un punto de la película. Lo dice sin hacer dramatismo. No predica. Es Jesucristo hablando lo primero que se le ocurre. No es un texto, no suena a texto, no hay un protocolo. Quizá la fe, en sus primeros tiempos, fue un decir sin alcanzar a prever el destino de las palabras. Creo que me voy a la cama. Mañana veré una de gladiadores. 

19.12.14

Cien películas: 3 El último tango en París, Bernardo Bertolucci, 1972




Hay que llenar los pisos vacíos, le dice el que regresa a la que está llegando. Un piso vacío es un poema al que todavía no le han puesto ningún adjetivo. Luego los pisos se van ocupando con butacas y mesas, pero la verdadera medida de lo que de hogar hay en ellos procede de lo que pensamos cuando deseamos llenarlos. El hombre ha querido retirarse, pero no tiene el valor de matarse. Ha estado en muchos sitios y no pienso que haya ninguno al que le apetezca ir. El piso es un refugio en el que dejarse consumir, pero ella se ha cruzado. Desea que no le nombre, le pide que no desee saber nada de lo que hizo antes de conocerla. Él tampoco expresa la voluntad de conocer. Como si fuesen personajes de una novela que uno lee y disfruta, pero que acaba olvidando, sin saber cómo se llamaba el protagonista, si tenía una madre a la que echaba de menos o una mujer a la que amó y que acabó detestando. El amor está en el aire y no nos han enseñado a respirarlo. No sabemos cómo apresarlo, con qué empeño aspirarlo y mantenerlo adentro. Se acaba escapando, terminamos por dejarlo ir y abrimos la boca para que entre otra bocanada y los pulmones reciban, en trance, el aire nuevo. Por eso el hombre la mira sin que le afecte, se la folla sin que le duela, la enjabona y la seca sin que piense en que pueda hacerlo mañana y el otro, hasta que el amor se rompe o el tiempo los fulmine. En el piso que han fundado no existe el tiempo. Está la mantequilla, el suelo duro y las ganas de encontrar alguna respuesta a todas las grandes preguntas que se han ido los dos formulando. Ella tiene el pubis hirsuto y la cara bonita. Él es un viudo nihilista, él es un cabrón al que no le falta nunca una buena historia que contar. Se van queriendo a su manera, pero eso no lo apreciamos, podemos pensar que es una obra de teatro lo que representan. El escenario. Los distintos decorados. Las palabras yendo y viniendo. El sexo hueco y profundo. El sexo es amargo. Sabe a amargo. No es verdad todo lo que dicen sobre cómo sabe. Da igual que hayas probado cien y todos tengan un sabor distinguible. El sexo es de un amargor enorme. Las palabras también huelen a sexo. Paul le cuenta a Jeanne una novela aplazada, una historia muy dispersa, una trama triste. Uno con Dios y sin Dios. Paul le grita y le dice puto. No suena a insulto. No se le ve blasfemo. Es una manera íntimo de haberle. Hay rezos en los que te crispa que no se te escuche. No sé muy bien todo esto. Creo que no me acuerdo de la última vez que recé. De todas maneras, quizá rece a diario y no tenga conciencia de que lo haga. Días de palabras elevadas a Dios. Paul es un feligrés desencantado, un nihilista que tiene miedo a serlo de verdad. Jeanne no sabe lo que es y anda buscando a quien la guíe. Paul es bueno en eso, en hacer que el mundo deje de tener sentido completamente. Porque nadie le ha contado a Jeanne ninguna historia que le explique el mundo y él la ha instruido en confundirla. La muerte no está a la vista. Está el dolor, está el vacío, está la pérdida, pero la muerte no es una consideración remarcable. Es de la pureza de lo que hablan. Son puros. No sabemos cómo, pero desprenden pureza. 



17.12.14

Cien películas: 2 Blade Runner, Ridley Scott, 1982




"Me gustaría pensar que detrás de todos los grandes gobiernos del mundo no está la Tyrell, la compañía que fabrica replicantes. Los Nexus 6 son los mejores. Algunos de los ingenieros genéticos que los crearon enloquecieron al no saber distinguir quiénes eran humanos y cuáles robots. Algunos humanos, fascinados por la inteligencia de las máquinas, decidieron retirarlas. Yo soy al que pagan por ese trabajo. Me llamo Rick Deckard. Sé que no es una historia creíble la que voy a contaros, pero no tengo otra opción. Enloquecería si no dejase registrado lo que viví y a lo que me expuse. Imagino que no es tan malo enloquecer. Lo peor es no tener emociones. He distinguido replicantes al no advertir emoción alguna en sus ojos, en lo que hablaban, en los gestos con los que se explicaban al mundo. Sin embargo, he conocidos otros con una vida interior mucho más rica que la mía, que es una vida que no importa ahora o que, en todo caso, podría importar más adelante, cuando comprendan mejor la historia. Una parte de ella empezó cuando el replicante Roy Batty no me dejó caer al vacío. Nunca me sentí cómodo con la idea de que un replicante tuviese un nombre idéntico al pudiera tener un humano, pero hay algunos que no merecen serlo. Humanos que no han visto lo que los replicantes. Momentos que se perderán en el tiempo. Lágrimas en la lluvia. Naves en llamas más allá de Orion. Rayos-C brillando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. No hay forma de no sentirse arrastrado por las palabras. Uno cree estar delante de un dios, y probablemente haya replicantes que hayan adquirido el rango de dioses y estén por encima de la vida y de la muerte, haciendo que nos hagamos las grandes preguntas, las que no encuentran ni siquiera las más elementales respuestas. Todo es frágil, todo es impreciso. No saber a qué atenerse. Si a la locura de no saber qué es uno mismo o a la inocencia de no poseer deseo alguno de saberlo. Es hora de morir. A todos nos llega. A Roy le concedieron cuatro años. La Tyrell colocó esa orden en la maquinaria que lo movía. La mía, la que tiene consignada la fecha de mi cese, estará escrita en alguna línea de mi corazón. Alguien tendría que hacerme el test. Medir la velocidad de mis ojos. Registrar el pulso cuando me hablen del amor. Me dejaría convencer de que no soy lo que creo. No tengo empeño en ser nada en especial. En todo caso, querría desvanecerme en paz, contarle a alguien todo lo que he visto, confiarle la belleza del mundo y no llevarme las imágenes de toda la felicidad que he conocido. No soy un detective. Soy un filósofo. Todos los que indagamos en la naturaleza del alma humana somos filósofos. He escuchado cosas que no creeríais. He visto llover en los mercados de las calles. En la lluvia, en la lluvia mansa y tóxica, están las lágrimas de los condenados. Contengo las mías. Cuando muera ocuparán el aire y se perderán con el agua. De mí dirán que hice lo que pude o no dirán nada. Quizá mejor que sea así. Me llamo Rick Deckard, soy un humano, soy un replicante, soy un ángel caído, soy un esclavo, soy un dios. No ha sido suficiente el tiempo que me ha tocado vivir. Como Roy, como todos, quisiera disponer de un plazo mayor para escuchar todas las historias que no me han contado, por ver rayos-C brillar en la oscuridad a las puertas de Tannhäuser. Soñaré con unicornios"



                                                                                            

16.12.14

Cien películas: 1 La naranja mecánica, Stanley Kubrick, 1971



Quizás el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor que aquél a quien se le impone el bien

En el Dorova Milk Bar. Pete, George y Dim, los drugos. Luego Alex. Beben leche plus con venloceta o con drencomina. A partir de ahí el vértigo. Las calles. La oscuridad absoluta. Beethoven. La ciudad sucia con el cielo encapotado. Los drugos buscan mendigos. Tienen sus palos. Los palos rítmicos. Los ondean, los hacen bailar. El aire se encoge, el aire se asusta. Alex sabe que va a terminar traicionado por sus drugos. No se ejerce el poder todo el tiempo. Al rey se le corta la cabeza en algún momento de la trama. Las cárceles están llenas de reyes decapitados. Una cabeza de rey es aleccionadora. Abran los ojos, miren lo que hemos hecho, hasta dónde estamos dispuestos a llegar. Ludovico: van a reventar a Alex. Va a flipar en neutrones. El método Ludovico, ya saben: reprimir la ultraviolencia con una terapia de aversión a la propia violencia. Como si cayese uno en un barrica enorme de cerveza y nadara en cerveza y no se le fuese el olor a cerveza, de modo que nunca volviese a pedir una y ni quisiese oírla mentar, saber que alguien bebe una. Alex va por los bosques. Recuerdo a Alex vagando por los bosques. Está aturdido. No es Alex. Ni un drugo es. Otra cosa, pero no un bebedor compulsivo de leche plus. El bosque. Una pena que cantaras Singin' in the rain, hermanito. Te han cazado. Te van a hacer que odies a Beethoven. Te saldrá Beethoven por las orejas. Estarás curado. Te hemos curado, pequeño hijo de la gran puta. No podrás volver a beneficiarte a ninguna muchacha. No tendrás drugos con los que ronronear de fenómenos. Serás nuestra imagen más convincente. Estás en la carrera otra vez, pero no vas a correr nunca más. 



15.12.14

El árbol de las palabras



Al principio fue el verbo, que sonó como un disparo en mitad del silencio. No sabemos qué verbo fue ni quién lo pronunció. En el inventario de cosas que desconocemos está también el destinatario fabuloso de esa primera orden. Lo que no deja de producirnos asombro (y con el asombro juntamente la fascinación y el agradecimiento) es la belleza de las palabras, su magisterio. Aceptamos que incluso no sean capaces de contar lo que deseamos y que a veces exhiban flaqueza o que enfermen o que mueran, pero no tenemos mejores instrumentos con los que descerrajar la tapa de lo real. No hay día en que no piense en lo maravillosas que son y en lo poco que las veneramos. No hay religión que no las mime y ninguna ha llegado a gobernar el alma de sus fieles sin mirarlas muy de cerca y tocarlas y apreciar cuáles son las más válidas y qué efecto, contadas como si fuesen un bálsamo o un paliativo contra el dolor. Las palabras son el germen, el embrión de la idea. Lo que sucede al escucharlas o al leerlas es pura magia, por mucho que la lingüística las pese y las mida, las haga entrar en un matraz y las exponga al riguroso método de la ciencia. Las palabras están conectadas con el alma. De hecho podríamos pensar que el alma está formada por todas las palabras que hemos ido usando, las que hemos dicho, las que hemos escuchado, las escritas, las leídas. Todas se buscan y se abrazan y forman el alma, que es la que los creyentes dicen que se salva cuando el cuerpo desaparece. Por eso fue al principio la palabra, la palabra como un soplo de vida. Y hay días en que desearía uno que valiesen más de lo que valen y sirviesen más de lo que sirven. Que las palabras cuenten el mundo y zanjasen la inclinación del hombre a que lo cuenten los gestos. Y eso que hay gestos maravillosos que valen más que muchas palabras juntas. No hay palabra que tenga el tamaño de un abrazo o de un beso. Las palabras son abrazos invisibles, besos que no rozan los labios. Quien sabe esto, abraza y besa sin que nadie se escandalice de lo cariñoso que es o de lo necesitado que está de amor. Hay quien se siente abrazado y besado cuando escucha las palabras adecuadas y advierte que le penetran y se quedan adentro, como si fuesen la residencia en la que van a vivir en adelante. 

En este mundo de ahora, problemático y febril, como reza el tango, no hay llave que abra más puertas que la de los idiomas. No cabe que todos hablemos el mismo, así que hay que fomentar la utópica idea de que podamos hablarlos todos. El enemigo deja de serlo cuando conoces el idioma en que te acusa. Las guerras son, en realidad, una extensión de la falta de comunicación entre los pueblos. No hay conflicto entre quienes usan las mismas palabras para nombrar al mundo. Y los que hubo, todas esas infames guerras civiles que el amable lector puede contar, fueron porque las palabras que se usaron no fueron las precisas ni llegaron al lugar al que pretendían. Decía Borges que el escritor, al principio, es vanidosamente barroco y que luego devenía en una suerte de fabulador impreciso, que sin conocer la trama completa, la iba arañando, requisando los elementos que la componen, hasta que consigue entenderla y la hace suya, sin retorcimientos, sin caer en la espesura. Hablamos también con esa idea de barroquismo en la mente. Las palabras que no entendemos, las que no dominamos, al pronunciarlas, emborronan el mensaje, lo fatigan, lo conducen al lugar en el que no deben estar. Y las que no entendemos, pronunciadas de cierta forma, escritas en cierta manera, manipulan, engañan, hacen de quien las lee o las escucha un adepto, un cómplice, un votante, un enamorado. 

14.12.14

Los creyentes

El perro hambriento sólo cree en la carne.
Los amantes sólo creen en la yema de los dedos.
El político sólo cree en la amnesia del votante.
Edgar Allan Poe sólo cree en Annabel Lee.
El poeta sólo cree en las metáforas.
La catedral sólo cree en los siglos.
El cubito de hielo sólo cree en la ginebra.
El zombi sólo cree en George A. Romero.
Edgar Allan Poe sólo cree en la absenta.
La placenta sólo cree en la Conferencia Episcopal.
El mono sólo cree en Darwin.
Miles Davis sólo cree en su quinteto del 63 en Monterrey.
El naúfrago sólo cree en el horizonte.
Las musas sólo creen en los artistas.
El fakir sólo cree en la industria metalúrgica.
Charles Baudelaire sólo cree en el spleen.
K. sólo cree en mí.
Algunas personas solo creen en Dios.
El proxeneta sólo cree en las erecciones ajenas.
El okupa sólo cree en el estallido de la burbuja inmobiliaria.
Dios sólo cree en el séptimo día.
El suicida sólo cree en los títulos de crédito.
El metafísico sólo cree en la metalingüística.
El ebrio sólo cree en el vómito.
El sonámbulo sólo cree en las paredes.
El sonetista sólo cree en las sílabas.
El pesimista sólo cree en los pájaros de mal agüero.
El erudito sólo cree en la nomenclatura.
El afrancesado sólo cree en el Sena.
El casto sólo cree en el agua fría.
Mi disco duro sólo cree en los torrents que le echo.
El libidinoso sólo cree en el semen.
John Wayne sólo cree en John Ford.
Los fantasmas sólo creen en nosotros.
Adán sólo cree en la manzana.
Noé sólo cree en la industria de la madera.
Jack Bauer sólo cree en los perímetros.
Las cebras creen en los semáforos.
El censor cree en lo que oculta.
El astronauta sólo cree en la melancolía.

El sacerdote sólo cree en el pecado.

El carpintero sólo cree en la savia.
La hormiga sólo cree en el infinito.

El tarado sólo cree en su tara.

El lunático sólo cree en los vampiros.

Los cadáveres sólo creen en los tiempos muertos.

Pablo Iglesias sólo cree en los errores ajenos.
El pornógrafo sólo cree en la letra equis.

El aburrido sólo cree en el color gris.

El funambulista sólo cree en el yeso.
El hacker sólo cree en la banda ancha.


El cinéfilo sólo cree a veinticuatro fotogramas por segundo.
El bibliotecario sólo cree en Borges.

Leonard Cohen sólo cree en las habitaciones de hotel.

El Papa Santo de Roma sólo cree en la eficacia de su detergente.

El alumno sólo cree en los recreos.

El tecnófobo sólo cree en los cortocircuitos.
El refugiado sólo cree en las fronteras.

El feligrés sólo cree en las campanas.

El hippie sólo cree en la jardinería.

El ahorcado sólo cree en la sangre

Audrey Hepburn sólo cree en los escaparates.

El melancólico sólo cree en las biografías.

El escéptico sólo cree en sí mismo.

El charlatán sólo cree en los sintagmas.

El borracho sólo cree en las resacas.

El líder sindicalista sólo cree en las pancartas.
Ernst Lubitsch sólo cree en las puertas.

Marilyn Chambers sólo cree en las puertas verdes.

El pez piloto sólo cree en el tiburón.

El descreído sólo cree en Nietzsche.

El crítico de cine sólo cree en José Luís Guarner.
Kafka sólo cree en Samsa.

Russ Meyer sólo cree en la lactancia.
El Papa Santo de Roma sólo cree en Dios.

Stephen Hawking sólo cree en su editor.

Los jóvenes de hoy sólo creen en rapidshare.

El alucinado sólo cree en lo que le asombra.

El feligrés sólo cree en los domingos.

La puta sólo cree en la líbido ajena.

Paulo Coelho sólo cree en los aforismos. 
Roberta Pedon sólo cree en la genética.

Papa Nöel sólo cree en Bedford Falls.
Bruce Banner sólo cree en su sastre.
Humphrey Bogart sólo cree en los alambiques.
Los piquetes sólo creen en los esquiroles.
Gallardón solo cree en  el feto.
Algunos viejos sólo creen en Canal Sur.
Walter White sólo cree en la adrenalina.
La curia sólo cree en los concordatos.
Crusoe sólo cree en Viernes.
Paco de Lucía sólo cree en los luthiers.
Los jóvenes de hoy sólo creen en la nube.
Marilyn Monroe sólo cree en sus pezones.
Robert Johnson sólo cree en los cruces de caminos.
Buffalo Bill sólo cree en la talla catorce.
The Knack sólo creen en My Sharona.
La literatura nórdica reciente sólo cree en los muertos.
Franco Battiato sólo cree en los cigarrillos turcos.
Rocco Siffredi sólo cree en la sangre.

13.12.14

Unas Sonus Faber y unas vistas al mar




Hay cosas que están lejos y a las que uno renuncia. Tengo amigos que veré muy pocas veces o ninguna. Tengo paisajes en la memoria que no veré de nuevo. Tengo libros que no leeré otra vez a pesar de que me hicieron disfrutar e incluso produjeron en mí lo que solo a veces consigue el trato con las personas: cierto tipo de afecto, una forma de comportamiento, incluso el amor, perdurable y puro. Luego están las que cosas que no se tienen y la manera en que uno renuncia también a ellas. No tengo recuerdos de las calles de Nueva York, aunque las registró mil veces distintas mi memoria y sé encontrarlas en todas las películas que he visto. No tengo unas Sonus Faber de estantería de las que me prendé escuchando a Miles Davis. No tengo un apartamento en un paseo marítimo con una terraza en la que quepa anchurosamente una mesa y unas cuantas sillas y desde donde el mar me mire y yo lo mire a él. Tengo, sin embargo, un trabajo que me apasiona, con sus días buenos y sus días de menor bondad. Este rubor primario que tengo para hablar de lo mío impide que exponga aquí a mi familia y me extienda en cómo son y en qué cómo hacen que mi vida esté completa (o todo lo completa que alguien difícil como yo pueda conseguir). Me dijo K. que está bien hacer esta especie de diario, pero que no entre en los detalles. Joselu, que viene por aquí de vez en cuando y una vez me confesó algo parecido a esto, sostiene que se puede escribir de uno mismo sin que en ningún momento estén al descubierto las intimidades, las cosas de verdad íntima, todo lo que no es posible airear, ni siquiera mostrar un breve fragmento de tiempo. Hasta he llegado a pensar que hay una parte de literatura en lo que voy trayendo. No una literatura seria, bien compuesta, de las que ocupan las páginas de los libros de texto y los suplementos de los diarios, sino una hecha de ficción, marginal o periféricamente adornada con trasuntos reales, pintada con colores fiables, pero emborronada más tarde. Lo de las Sonus Faber y el apartamento en el paseo marítimo es absolutamente cierto.

12.12.14

Ruidos II

Al principio debió ser el silencio, una sustancia levísima de la que no se puede decir nada, un concepto ajeno al discurso de las palabras. De Dios, de lo que quiera que Dios pueda ser, se podría pensar que estuvo ahí, en ese inasible soplo y que después, aquí no sabemos usar los adverbios y después y antes o incluso ahora no valen para fijar un momento en el tiempo, llegó todo lo demás. No a la vez. Ni siquiera de un modo previsible. Sabemos que se podría inferir un relato, pero tendríamos la certeza de que es la ficción el que lo gobierne, la ficción canónica, la pura, El silencio como un poema en el que se contuviese toda la belleza posible del mundo, la de las cosas que nacen y la que tendrán cuando la vida inicie su singladura. Me parece que es la primera vez que uso la palabra singladura. Suena a viaje, me hace pensar en Kavafis, en una longitud maravillosa de ríos y de nubes, de montañas y de océanos. Todo lo que alcanzo a imaginar está en blanco. Como si fuesen fotografías. No les pone sonido mi cabeza. No hay música ni sé pronunciar las palabras con las que registrar todos esos prodigios. Después del estallido primero, del bang fundancional, el silencio ocupó un lugar secundario. Hace poco leí que unos científicos habían grabado el sonido del cosmos. Eran, al escucharlos, pequeñas explosiones sostenidas, una especie de teclado korg expandiéndose sin concierto, liberado de toda intención, Anoche acerqué el oído a la calle. La ventana, recién abierta, solo era una invitación a pensar en el frío, en la soledad de afuera, pero no aprecié el silencio. Aun siendo tarde, quizá las dos de las mañana, sin que ningún coche malograra mi propósito, no supe encontrar el silencio. Perceptibles, livianas evidencias de que la vida fluía por todos lados. Convine que el problema era enteramente mío. Pensar, probablemente, producía una diminuta interferencia, la precisa para que yo no pudiese adquirir mi silencio deseado. Después (volvemos a usar las palabras, regresamos al cómputo de las horas, al insobornable trasegar del tiempo) encontré un atisbo de esa plenitud acústica (o de su ausencia completa) cuando conciliaba el sueño. El cansancio me restituyó esa voluntad absoluta de silencio. En la quietud, en la franja perfecta en la que no estás despierto ni dormido, creí percibir a lo lejos los ruidos de la casa. No lo puedo asegurar. No soy capaz de escuchar el motor del frigorífico, en la cocina; tampoco el tic tac de los relojes, algunos hay, en las habitaciones. Lo último que recuerdo fue el ruido que hice al acomodar el cuerpo entre las sábanas. El edredón nórdico estaba confabulado para desbaratar mi empresa. Poco después de despertarme, ya a punto de salir al trabajo, escribí sobre el ruido. Ahora que el día se va acabando, escribo sobre el silencio. 

Ruidos

Primero fue el bang, el big bang. No importa en realidad que fuese grande. Pudo ser pequeño y adquirir tamaño y consistencia conforme lo hacen el resto de las cosas propias de la naturaleza, como los árboles, los ríos o los obispos de la Santa Madre Iglesia. Me fascina el silencio de ese crecimiento oscuro. O me lo han contado mal y no hubo silencio sino un ruido. Como cuando se pone a funcionar una máquina. Un ruido que hacía pensar en algo trascendente. Hay ruidos que nacen con su apagado incorporado, pero el ruido que me estoy imaginando debió ser descomunal. Un ruido insoportable. De hecho no dudo de que todavía siga y ahora, en este instante en que escribo, cuando son las ocho y veinticinco de la mañana del viernes doce de diciembre de dos mil catorce, continúe su orgía dodecafónica, su mantra de decibelios y caos. Yo creo que no se han estudiado a fondo los ruidos. No me refiero a que una disciplina de la física, la acústica, por ejemplo, haga tablas y establezca protocolos matemáticos y formule ecuaciones y todo eso. Hablo del ruido como sustancia espiritual del mundo. Al silencio lo tenemos arrinconado. Hay quien lo endiosa y lo convierte en una especie de religión y quien no sabe qué hacer con él y se dedica toda su vida a encontrar con qué someterlo.

11.12.14

Esbirros


esbirro.
(Del it. sbirro).

1. m. Oficial inferior de justicia.
2. m. Hombre que tiene por oficio prender a las personas.
3. m. Secuaz a sueldo o movido por interés.


El mundo está lleno de esbirros. Años sin escuchar esa palabra, esbirros, y ayer la encuentro por dos ocasiones y luego una tercera, ya consciente de esa constatación semántica, cuando de noche en la radio escucho que un político los tiene y hasta que están mejor pagados que él mismo. Y ahora, en el blog de un amigo, me percato otra vez de su presencia, referida a una escena de una película. No sé si esbirro conviene a la condición del que obedece a ciegas lo que se le manda, aunque no tercie la violencia a la que acude al diccionario para acotar el término. Las palabras tienen su vaivén, adquieren con el tiempo extensiones físicas con las que no se contó cuando se instalaron en el acervo léxico de un pueblo; hay palabras que se desdicen continuamente, palabras que mutan sin acabar de perder del todo la esencia que las parió, palabras que se acomodan mejor a la nueva residencia que se les fija más que a la antigua, en la que languidecían, temiendo desaparecer. Está tan viva la lengua que no hay manera de que la sintamos siempre a mano: medra a su capricho, escoge la vía que más le place. Tiene esbirro la sonancia ruda del que está diciendo algo que le duele adentro. No se es esbirro con facilidad. Se imagina uno un escalafón en ese rango, una especie de concurso de méritos hasta que el candidato es merecedor de ese título. Habré sido yo esbirro en alguna ocasión que no recuerdo ahora. Siempre hay una situación en la que se actúa esbirramente. No habiendo prendido a nadie, en el sentido literal del término, imagino que habré seguido a alguien, cobrando a veces por ello o movido sencillamente por los sentimentalismos o por esa vaga idea de liderazgo que a veces se tiene. Advierto, sin embargo, esbirros en abundancia, esbirros en la alta política, esbirros de patio de colegio, esbirros de la línea editorial de un periódico o de los cánticos en los estadios de fútbol. Desconozco el tipo de esbirro en que me he convertido. Si uno ciego, juramentado, fiel o, bien al contrario, seré, en fin, el típico esbirro ocasional, de fácil captación, que colabora en un evento como se espera que lo haga y luego desaparece sin ruido, sin que nada de lo hecho le ocupe en la cabeza más del tiempo empleado en desempeñarlo. Está la figura del esbirro de plena actualidad. Le están rebajando todo el peso oscuro. Pronto ser esbirro será una actividad de la que presumir. Quizá malogre que no funcione más rápido la redención absoluta del término su fonética, esa doble erre sin posibilidad de maquillaje. Hay palabras que nacen condenadas. No hay manera que se las rehabilite. Ninguna posibilidad de que le perdonemos todo lo terrible que dicen. Si yo hubiese nacido alemán, no me preocuparían estas frivolidades ociosas. 

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