18.8.14

Blondas de verano



Un día entero en casa, no hace mucho, confinado a posta, sintiendo el pulso mecánico de las horas, sirve para entusiasmarse con la idea de echar un día entero en la calle. El verano, de cuando en cuando, convida a la pereza absoluta, la que no tiene ni interés en pensar en sí misma. Así el día se engalana de libros, de oficios domésticos irrelevantes, de pensamientos muy livianos que no alcanzan nunca la superficie trágica de la realidad, que está afuera, a la espera de que la abordemos. Pero en cuanto acude la noche, como lo está haciendo justo ahora, se desembaraza uno de ese confort invisible e inútil y prepara con arrobo la cena, piensa en qué película va a haber en el salón, desecha unas, se inclina a otras o, sencillamente, se deja llevar por algo inesperado, por un deseo sencillo, sin que tenga que ser la mejor película del mundo ni tampoco colmarnos hasta que nos sature el placer. Pero se asilvestra la conciencia, se enturbia a veces dolorosamente si cae en entretenimientos zafios, en toda esa burda representación del ocio que programa Telecinco en cualquier horario, da igual que sea a media tarde o como anoche, de madrugada, al ver una cosa de juzgado de guardia, una especie de declaración violenta a la inteligencia. La belleza está siempre a mano. No hay que indagar demasiado. Está a poco que se la busca. No tiene que esconderse en las páginas de un libro, en el fragmento de una película o en un pasaje musical. Está en la naturaleza, en unos perros presentidos a lo lejos, como azuzados de luna, en el aire fresco de la calle, asomado a un balcón, contemplando el vacío absoluto, como si fuese un escenario abandonado, uno muy nítido, acostumbrado a que se le exija mucho.


Ver clásicos en blanco y negro que hace treinta años que no ves y comprobar que te siguen entusiasmando me hace pensar en que cambiamos poco o no cambiamos nada. Dudo que la revisión de Treinta y nueve escalones, la obra maestra del periodo inglés de Hitchcock, que cayó hace un par de noches, la viera el mismo Emilio Calvo de Mora que la disfrutó en un cine de arte y ensayo, que se llamaban entonces con pomposidad y elitismo. Fue otro el que la ha vuelto a ver ahora. No tiene nada que ver con aquél. Comparten cosas que se van fragmentando, deteriorando e incluso acabando por desaparecer. Nadie baja dos veces a las aguas del mismo río. Fue Heráclito o uno de su época, no sé, el que dejó sentenciado que el río cambia y el que penetra en sus aguas también. Del yo que fui en 1980 al de hoy solo se mantiene el afecto a algunas personas, el amor a otras, la querencia por ciertos vicios y la comprensión, certera a veces, de que uno debe estar a gusto consigo mismo para seguir trasegando día a día, buscando qué armonía amar, qué secreto cenit, qué dulce acomodo en el mundo. Y admito que disfruté como a quien, privado de sus golosinas, le dejan en una habitación a solas con un saco de ellas.


Los paseos marítimos son la representación que más me agrada del verano. No creo que me haya sentido solo en ninguno, a pesar de haberlos paseado, en ocasiones, sin la compañía de nadie. Son incluso esas caminatas, apenas pensadas, erráticas y placenteras, las que hacen que aprecies más lo que te circunda. Está el mar, a un lado. El mar es una especie de vida aplazada, de novela absoluta en la que se cuenta la historia del mundo. La ciudad, al otro. La ciudad es el reverso burocrático de las olas. La ciudad está construida de espaldas al mar, ajena a la trama antigua de su hondura y su vastedad. Ayer, mirando al mar, pensé en lo que no nos ha contado. El cielo es también el reverso de algo. Pero al cielo le hemos atribuido facultades espirituales que le han venido siempre grandes. Lo hemos poblado de dioses fundamentales y de dioses subalternos, de esperanzas y de fracasos. Hemos mirado arriba para entendernos, pero hemos mirado poco al mar. No del modo en que se extraen respuestas. Deben estar ahí. Podrían estar por ahí.


17.8.14

Fantasmas en la máquina





Al principio fue el verbo, pero luego vinieron los sistemas operativos. Nunca hay ninguno que te permite sentir que estás a salvo, ninguno fiable. Siempre hay una fractura en la arquitectura interna de la máquina, siempre hay un hueco por donde entran a saco los bárbaros. Añoro los días en que todo iba a gusto del amo, que soy yo. No creo que pida mucho. En todo caso, reclamo lo que me pertenece, la cuota feliz de felicidad binaria, pero llevo una semana de bronca con la madre que parió a windows ocho punto uno. El sistema está inestable. Como yo. Pero yo lo disimulo estupendamente. Hay días en que tengo el sistema operativo venido abajo y no lo manifiesto en absoluto. Hago mis cosas como suelo, paseo las calles de siempre, despacho los asuntos de todos los días y me acuesto, ya bien caída la noche, sin que haya existido aprecio de mi malestar, constancia de que he estado roto por algún sector de la placa base, que vendrá a ser el alma. Mi ordenador no tiene mis tablas, no sabe terciar, ignora cómo escabullir la tristeza y, en cuanto le atacan un flanco, se hunde estrepitosamente. No sé si es un débil o un cobarde. Me conformaría con un golpe de suerte, pero la informática es una ciencia que no considera el milagro en su criterio narrativo y desoye las invocaciones que le hago. Es un ateo mi sistema operativo. Más ateo que yo, que ya es decir. Le estoy perdiendo el respeto, me está cansando mucho, lo voy a mandar a la mierda en cuanto me encrespe un poco más. Preferiría yo cometido menos frívolo que el de andar casi a diario buscando en dónde anda el roto de mi equipo informático. De verdad que hay cosas en la vida de mucho más fuste emocional o moral que enredarse en la salud de una máquina, pero no hay día en que no mire la torre (una estilizada, bonita de verdad, alta y estrecha, un modelo de HP que me gustó mucho en el escaparate) y no me encomiende la empresa de buscarle un arreglo en las tripas. Como si yo supiese cómo curar, cómo si me hubiesen enseñado. Se está mejor leyendo en un sillón de orejas, en uno confortable, cerca de una ventana desde la que se vea un paisaje o una avenida concurrida, en donde circule la vida y uno pueda contemplarla en los altos que hace en la lectura. Dentro de esta pantalla no hay una vida comparable a esa. No la hay, por mucho que a veces piense que es posible que exista. Lo único en lo que me satisface esta historia de unos y de ceros, de cables y de contraseñas, es la de poder escribir en mi página. Es cierto que eso me sigue gustando mucho. Saber que se me lee, entender que no escribe uno para uno mismo. Luego está el servicio que presta la máquina en un orden meramente administrativo. Tengo en sus archivos montones de cosas que adoro: discos de Thelonius Monk, películas de Douglas Sirk, libros de Javier Marías, fotos de cuando fuimos a Punta Umbría y nos pusimos ciegos de puntillitas. Hay una parte de mí emboscada ahí adentro, convencida de que la tecnología custodia mis vicios. No creo todavía que esa residencia tenga algo que malogra las otras residencias de las que dispongo para irme viviendo. El mundo sigue dibujando nubes y mi tendencia a rodearme de gente y charlarles y que me charlen no se ha malogrado, pero de verdad que estoy encorajinado (hace un siglo que no escribo ni digo encorajinado) por toda esta desgracia cibernética. Es un éxito que siga escribiendo y no se me haya venido abajo el sistema. Hace un siglo que no veía un sistema venirse abajo. Igual son hermosos los escombros. 

15.8.14

Todos mis muertos


Es posible que no tenga a mano un texto para cada muerto que yo querría vivo. El oficio de necrógrafo no está bien visto. No hay quien se ponga de acuerdo ni siquiera en la calidad del finado, si merece obituario o es el olvido el que conviene a su fuga de este mundo. Y está el espontáneo, que no suele estar invitado, encantado de glosar las venturas del difunto, esmerándose en hacer que brille una vez muerto lo que quizá no brilló en vida. No habrá quien le afee el esfuerzo. No, al menos, a la vista de los deudos. Para adentro queda la tertulia privada, la que se despacha sin pudor, sin censurar un punto lo reprobable. Luego están los muertos ajenos, aunque todos en cierto triste modo lo sean. El muerto universal. El gran muerto global. El que ocupa la portada de los diarios y los minutos esenciales de los informativos en televisión. Ese al que jamás viste, pero que sientes más cerca tuya que muchos finados con los que tomaste café en las terrazas o compartiste vecindario durante treinta años. Hay muertos fundamentales en las vidas que llevamos, muertos de una brillantez antológica, muertos útiles sin diferencia a la utilidad que tuvieron en vida. Al muerto Monk lo tuve anoche en mi ipod hasta que el sueño me venció. Monk es un muerto mío habitual. Si no indaga uno en las vidas de la gente de la cultura que ama no sabe nunca si viven o si ya están fuera de este mundo. Sería una iniciativa sana no saber, no desear saber, no hurgar en lo privado, no caer en el deseo de conocer, dejarse llevar por lo que el escritor dice, sentirse impregnado de luz después de que el músico toque o de que el actor deambule por la escena y cuente su historia. Pero siempre indagamos, siempre hurgamos. Nos conforta saber si Nabokov prefería el inglés al ruso o al francés para escribir, si Poe se ponía ciego de absenta antes de empezar un cuento o al final (porque ciego se ponía) o si Keith Richards de verdad se metió a su padre por la nariz. ¿Qué te importa el infinito futuro si perdiste el infinito pasado? Lo dejó escrito Borges, al que no dejo de acudir nunca. Mientras el mundo sigue enturbiándose, uno se aferra a ciertas personas. Las siente como si no fuese posible que no estén. Como si el mismo mundo acabara por pararse si desaparecen. Ahí metemos a los vivos y a los muertos. Yo echo en falta a gente que no está. La echo mucho.

14.8.14

El veneno dulce



Hay un orden secreto de las cosas que maniobra a hurtadillas y hace que todo se conjure a su beneficio. No busque el amable lector un logotipo que lo represente. Tampoco una cabeza pensante que lo administre. Se trata de una colonización invisible. Ya no recurre el invasor a ejércitos y armas sofisticadas. No se le ocurre alinearse o desalinearse con otros bandos en conflicto para conseguir sus propósitos. El plan consiste en inocular cultura. Cultura de clase alta y de clase baja. Cultura sofisticada y pedestre también. Cultura que va colonizando sin que se advierta la punción, el delicado ingreso de los soldados en el salón de casa. Pero están ahí. A algunos de ellos los admiro sinceramente. A otros los detesto, los detesto de verdad, sin que me quiten el sueño, no obstante. Y hay algunos absolutamente imprescindibles. No sería yo quien soy, si es que algo soy, sin el concurso de algunas de los nombres que a continuación citaré. La industria cultural, servida en dosis pequeñas, convirtiendo al usuario en un adicto. Vale la filmografía de Walt Disney, con su veneno interior, que lo tiene, o el catálogo completo de los Red Hot Chili Peppers. JFK pasado por Warhol o el Tío Sam señalándote con el dedo. Porque tú eres el elegido. A ti se te ha escogido para recibir la tromba de contenidos. En ese pack antológico van el león de la Metro, el blues del delta, la generación beat, el napalm con Wagner sobre el Mekong, la pelvis de Elvis, el parche de John Ford,  Jack Daniel's, los primeros discos de Fleetwood Mac, el último de Johnny Cash, la RKO que le gusta a mi amigo Álex, McCarthy, el Hitchcock americano, el jazz despeñándose alma adentro, Cody Jarrett en la cima del mundo, las hamburguesas de triple piso del McDonald's, el bourbon de Kentucky, Central Park, Lauren Bacall, que se ha ido hoy frente a Central Park, el cañon del Colorado, la autopista 61, los moteles con psicópata, Clark Kent abriéndose el pecho para que asome la S mayúscula, Johnny B. Goode, el águila calva, la Estatua de la Libertad, O.K. Corral, Jimi Hendrix en Woodstock, el puente sobre aguas turbulentas, King Kong, Buster Keaton descarrilando, Bonnie and Clyde, Groucho, Bahía de Cochinos, la ceremonia de los Oscars, las calles de San Francisco, el rock alrededor del reloj, el Delorean de Marty McFly, Bruce Springsteen, el desembarco de Normandía, el estrangulador de Boston, las barras y las estrellas, el gordo de Minnessota, el pantalón vaquero, la consturcción del ferrocarril, Indiana Jones, la Dimensión Desconocida, la Marvel Comics Group, Perry Mason, Robert Johnson en una casa roja, en el Delta, el Fritz Lang americano, Lovecraft, Lenny Bruce, Lovecraft, Lovecraft, Las chicas de Oro, Hannibal Lecter, Falcon Crest, Billy Wilder, Kunta Kinte, Walter White, Apple, DC Comics, Tara, todos los libros de Dashiell Hammett, el pop, el rap, el hip hop, el big bang, el be bop, el just married (que vi el otro en un coche por las calles de mi pueblo), los taxis amarillos, los zombis del Thriller, Gothan City, los comanches, Russ Meyer, sé que tengo mucho que agradecer a Russ Meyer, los decepticons, qué quieren que les diga, Bob Hope, la Garbo, Sunset Boulevard, Morrison cantando The End, Robin Williams, el pobre, que se nos ha ido hoy, Corleone teorizando sobre el honor, la Coca-Cola, Bob Dylan con gafas negras, Poe en un callejón.... (el amable lector puede ampliar el listado ad infinitum) Pero no quiere uno a veces escapar. Se siente cómodo siendo invadido. Pienso en esa escena magistral en La vida de Brian en la que se comenzaba por criticar a los romanos y luego se encendían los argumentos favorables.

13.8.14

Lenguaje, dios y bebop


I
En una entrevista que leí recientemente, dice Muñoz Molina de la poesía que es  el único instrumento del escritor para depurar su escritura. En eso de la depuración, en el limar, en el desprender el texto de las asperezas que lo engordan y lo perjudican, no tengo yo prontuario al que acogerme. Escribo a brochazos. Tengo una especie de vértigo creativo que me empuja a escribir y me busco un rincón en donde verter (en realidad es un depósito la escritura) lo que me ha llegado en prenda, el material sensible que el azar o la suma de muchos azares ha confiado a mi voluntad. Se admira al poeta por liquidar esa propensión al exceso, al relleno sin propósito. No sé si hay novelas escritas con intención poética. Imagino de qué pecan, sospecho de las razones por las que el lector de novela rehuye del lenguaje demasiado lírico. Pero también veo como iguales a los que echan en falta licencias por lo común atribuídas a la poesía, lectores involucrados en descerrajar la rutina de la trama con instrumentos metafóricos, con voluntad poética, echando mano de la pura esencia de la lengua. Se trata de contar una historia, pero no estaría de más que la historia emanase poesía. Otro asunto que tampoco domino es cómo novelar la poesía. Cómo hacerla trama. Lo difícil, quizá lo imposible, sea hacer que la poesía sea esa ficción pura confiada a la novela para explicar lo real. El genuino fin de la creación poética no es el narrativo: prefiere la concisión, el indagar en los símbolos, la búsqueda de un territorio semánticamente limpio, tal vez la muy alta empresa de indagar en el origen de lo que somos. Y no tengo duda de que no está en ningún altar, oficiado por ningún sacerdote. Todo está emboscado en el lenguaje, registrado en las palabras. Ninguna religión ha omitido esto. Todas, cada a su modo, han aprovechado la palabra para su difusión.  Las que no lo han hecho con eficacia han fracasado. 

II
Ahora pienso en Bill Evans como poeta: me refiero al pianista de jazz, pero escuchado y sentido como un poeta. Pienso en Evans con sus gafas de pasta, vestido funcionarialmente. Traje pulcro. Corbata. Pienso en su aspecto de corredor de bolsa o de agente inmobiliario. Evans poeta en Waltz for Debby, cayendo en la cuenta de otra narrativa que discurre a la vera de la narrativa ortodoxa, esto es, las notas de la melodía, el desplazamiento matemático de las notas. Evans dios de las ochenta y ocho teclas creando universos alternativos. Evans en el umbral exacto en el que se produce el asombro. Ahí: cercándolo, investigando la periferia, pulsando la cuerda invisible. Y el jazz, a diferencia de la novela, puede mantener durante un tramo largo la parte mecánica, de discurso, y la otra, la que no se deja conducir sin que un poco del alma del autor se enseñe, se ofrezca y, en la entrega, se pierda. El jazz, también a su modo, es una religión; una que maneja la palabra más inefable, la que se impregna más duraderamente: la música. No precisa vocabulario, no hay sentimiento que no sepa transmitir sin el concurso de la semántica. 
.

12.8.14

Fiesta

Uno necesita a veces la sensación de estar muy cansado o de sentirse muy triste. En esa composición dramática, pensar en la sensación de no estar muy cansado o de no sentirse muy triste. Lo mejor para soportar las situaciones insoportables es pensar que no duran nunca mucho. De hecho, en cuanto uno aprecia que duran mucho, las hace suyas, las padece de un modo dulce incluso, sin que en modo alguno se precise eliminarlas, censurar el cansancio, abolir la tristeza, todas esas cosas. Somos de esa deliciosa nación que reside en el interior de cada uno, aunque después uno se afilie a la periferia, conecte con las tradiciones, con las banderas o con los santos del pueblo, que no deja de ser un forma de convivencia feliz con los demás. El hecho de la religión, su existencia en el mundo, alaba la teoría de que una sociedad sin tradiciones es una sociedad herida, que no avanza. Compartimos las salidas de las vírgenes de los templos y los triunfos de nuestro equipo favorito de fútbol: todo se enreda en esa maquinaria popular, inexcusablemente conciliadora, de la que no acaba (aunque lo desee a veces) de despojarse el ser humano del todo. Tienen la misma función, miradas en detalle, las representaciones sociales de las cosas que amamos. Ya sea el Cristo del barrio o los goles de Messi.

Se vive para estar cansado y para procurarse el descanso. En la resaca se aprecia nítidamente el valor de la ebriedad. Sabe quien ha bebido el valor de la mesura, su dulzura moral, la función lúdica de perderse un poco, sin abandonar el camino, sin renunciar a la bondad del regreso. Bebemos en sociedad, bebemos en las tabernas, que son los templos antiguos de los afectos entre los vecinos y los accidentales visitantes. También en la comida, en la celebración festiva de la gastronomía, se produce ese lazo de cohesión. El pueblo que come, bebe y reza en comunidad suele resistir con más entereza las acometidas del azar, la fiebre dolorosa de las tragedias. Por eso se visita la barra del bar a poco de salir del entierro de alguien. En Andalucía, al menos aquí, se festeja la intimidad del duelo con una copa de vino. Podemos elaborar una metafísica etílica de la muerte. Todo lo que digamos a ese respecto redunda en la vida, indefectiblemente. Uno necesita morirse (figuradamente) para apreciar estar vivo. Todo esto lo he pensado muchas veces y lo he contado algunas, entre amigos, en una barra de bar, apurando cervezas, fumando (cuando se podía, ahora dan cuartel las terrazas) y sintiendo la vida en cada sorbo y en cada calada. Cada uno elige cómo vestirse para la fiesta. 

11.8.14

De noche, en un sótano oscuro, un gato negro




La creencia en una fuente sobrenatural del mal no es necesaria; el hombre por sí mismo es capaz de cualquier maldad.

Joseph Conrad


Buscar de noche en un sótano oscuro a un gato negro del que no tenemos certeza alguna de que esté. Lo dejó escrito Heinlein. La fe consiste, en todo caso, en atribuir al gato facultades que no se ha visto nunca poner en práctica a ningún humano. Katherine Hepburn, una atea declarada, pedía que no la molestasen por su descreimiento o que la valorasen por la bondad con la que procuraba comportarse. Los ídolos, a decir de Flaubert, si se les toca, se te queda el dorado en las manos. Luego está Kapuscinki: sostiene que la ficción cinematográfica, incluso la más cruel, no ha inventado nada: que todo el mal, incluso el más infame, está en la Biblia. Hay pocas páginas en las que no se fomente la violencia, no se aliente la venganza o no se sacrifiquen personas a beneficio de un creador etéreo, inasible, invisible. De la religión, decía Lord Byron, no sé nada: a menos nada a su favor. Todas estas ocurrencias paganas están bien y las lee uno con agrado. Se deja llevar este lector ocioso por su afinidad con lo narrado, pero donde he encontrado una más fina invectiva contra la religión, la divinidad o la fe, es en Los Simpsons. Lo que hacen es ofrecer, en horario estelar, en mainstream puro, una declaración pagana. El humor, en El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco, diezmaba la población eclesiástica de la abadía. No hay nada malo en creer. Tampoco en lo contrario. Si los unos y los otros pudiesen entender las razones que esgrimen para creer o no hacerlo, el mundo iría mejor, sin duda. Y hay, por supuesto, quien ve de noche, en un sótano oscuro, al gato negro. En ocasiones, lamento no ser yo quien lo perciba. No tengo ni idea de lo que encontraría en esa revelación. Nada de lo que me han contado los amigos que lo han visto me ha hecho considerar que yo haya cometido algún error. Soy una persona sensible y también una razonablemente crédula, pero no hay forma de enamorarse a posta, de caer en el hechizo del amor (o de la fe, una especie de amor metafísico) con premeditación. Mientras que esa epifanía me traspasa, quién duda que algún día no lo haga, sigo disfrutando con mi paganismo practicante. 


"Mira, puedes aceptar la ciencia y enfrentar la realidad, o bien puedes creer en ángeles y vivir en mundo infantil de fantasía."
(Lisa Simpson) 

frases

"Querido dios. Pagamos por todo esto nosotros solos, así que gracias por nada."

(Bart Simpson) 

los


"¡Dios no tiene lugar dentro de estas paredes, igual que los hechos no tienen lugar en una religión organizada!"

(El supervisor Archundia, respondiéndole a ese fanático de Ned Flanders) 

megapost

"De nada sirve rezar Flanders, yo mismo acabo de hacerlo y no vamos a ganar los 2"
(Homero Simpson) 

etc.

"¡¡Señor, tú estás en todas partes, Eres omnívoro!!"
(Homero Simpson) 

ateas

"Esta supuesta nueva religión (refiriéndose a otra) no es más que un montón de rituales y cánticos extraños diseñados para quitarle dinero a los tontos. Ahora, recemos el Padrenuestro cuarenta veces, pero antes vamos a pasar la bandeja de las limosnas."

(Reverendo Alegría)

25 Frases Ateas de Los Simpson

"No soy un hombre de plegarias, pero si estas en el cielo, Ayúdame Superman!"

(Homero Simpson) 

Simpson

"Estoy rezando a Dios, a Buda y a Bob Esponja"
(Lisa Simpson)

frases

"Dios es mi personaje de ficción favorito"
(Homero Simpson) 

los

"Ned,¿has pensado en otras religiones? Todas son básicamente lo mismo"
(Reverendo Alegría) 

megapost

"¿Por que yo Señor? ¿En que me he equivocado? No bebo, ni bailo, ni digo juramentos. ¡ He echo todo lo que dice en la biblia incluso las cosas que contradicen a las otras cosas !"

(Ned Flanders) 

etc.

"Si creen en Ángeles, ¿Por que no creen en hadas, unicornios...?
(Lisa Simpson) 

ateas

Bart: de que religion somos viejo?
Homero: como se llama ese conjunto de leyes bonitas, que nadie cumple? ah, el cristianismo

25 Frases Ateas de Los Simpson

"¡ Por supuesto que soy aficionado a los Beatles! ¡Ellos fueron mas grandes que Jesús!"

(Ned Flanders) 

Simpson


"No soy un mal tipo, trabajo duro y quiero a mis hijos ¿Por que tengo que pasar medio Domingo escuchando como me voy a ir al infierno?"

(Homero Simpson) 

frases

"Gracias a Dios recuperamos la razón y veneramos a un carpintero de hace dos mil años"
(Bart Simpson) 

los

"Si Caín y Abel eran los únicos hombres entonces, ¿Como hicieron mas hijos? ¿Con su madre? o ¿Entre ellos?"

(Rodd Flanders) 

megapost

"Perdoname Marge pero esa pistola me hizo sentir con tanto poder, como debe sentirse dios cuando tiene ua pistola"
(Homero Simpson)

etc.

"Te has puesto a leer este libro, prácticamente es pecado ir al baño"
(Reverendo Alegría) 

ateas

"No, no soy misionero ni siquiera creo en Jebús. ¡Déjenme salir!"
(Homero Simpson) 

25 Frases Ateas de Los Simpson

"Y que tal si la religión no es buena, todos los domingos estaríamos haciendo enfadar más y más a dios"
(Homero Simpson) 

Simpson

"¡Salvame Jebús!"

(Homero Simpson) 



10.8.14

En las montañas de la locura




Tengo seis discos duros. Los uso a diario, mantengo con ellos una relación que no tengo con casi ningún otro objeto de mi entorno salvo, quizá, el móvil. La idea de que se colapsen no me quita el sueño. Si me lo quitase, tendría que pensar muy seriamente en deshacerme de ellos de inmediato y renunciar a guardar en ellos el material habitual. De hecho es mi relación con ese material habitual de la que ahora estamos hablando. Este diálogo dominical que me ha salido viene al caso porque tengo encima de la mesa, al tiempo que escribo, esos discos. Llevo parte de la noche de ayer y toda la mañana de hoy saneando su barriga, borrando lo que no sirve, comprobando que lo registrado en su arquitectura de unos y de ceros vale la pena de verdad. Vivimos en un mundo donde importa más la capacidad de almacenar que lo almacenado. La caja le está ganando a los zapatos. No sé cuántos gigas de datos (música, películas, fotos, documentos) tendré. No voy a hacer un cálculo. No deseo asociar mis vicios a un número. Prefiero hacer lo de hoy: cotillear a fondo, descubrir cosas que ni sospechaba que anduvieran por ahí (un pdf magnífico sobre Borges, un disco que no recordaba de Stephane Grappelli, un concierto de Van Morrison en muy alta calidad sin referencia alguna) No es la cantinela antigua del tanto tienes, tanto vales. Lo que ahora se impone es el tamaño del receptorio. La idea de que mi vida esté en la nube no me parece malo en absoluto. No poseo nada que otros no puedan mirar sin que yo lo apruebe. El hecho de escribir constata esa voluntad mía de hacer las cosas para que los demás las miren. Los que escribimos lo hacemos para que nos lean. No hay otra forma de considerar ese argumento ancestral. Un disco duro compartido es una especie de escaparate en el que uno se muestra y da a entender qué le conmueve y qué no, de qué pie cojea (siempre hay uno que se malogra en los paseos que se van dando por la vida) y en qué altar nos postramos. Soy privado en los asuntos que no tienen nada que ver con lo que escribo. Uno va diciendo por aquí su criterio y su antojadiza métrica del corazón, pero lo importante, lo verdaderamente relevante, no está sujeto a que se registre en un disco duro o pueda ser vertido aquí, en este bendito editor de blogger. Ayer, tumbado en el césped de una piscina, a la sombra, leyendo a Lovecraft, pensé en lo irrelevante de poseer una biblioteca de dos mil volúmenes o una estantería con todas las baldas llenas de discos. Ya no poseemos cosas. Lo que anhelamos lo encontramos a poco que nos identificamos en una plataforma en la que podemos descargarlo. No entro en si lo buscado es de uso legítimo o es una copia bastarda. No, al menos, hoy. Lo verdaderamente trascendente es que solo necesité una conexión wifi para tener a mi alcance casi cualquier cosa de las que disfruto en casa, en la habitación en la que ahora escribo, rodeado de todos los cachivaches electrónicos (muchos) de los que, en cierto modo, dependo. Visto en detalle, es un asunto triste. Quizá estemos perdiendo algo en todo este confort que las nuevas tecnologías nos están regalando. Yo perdí ayer el placer absoluto de leer el mismo libro que compré en una librería de segunda mano de Córdoba, en la Plaza de la Corredera, hace treinta y pico años. En las montañas de la locura, el libro de Lovecraft en cuestión: en su edición de Alianza con la portada de Alberto Corazón, la clásica, la que los que leemos desde antiguo reconoceríamos sin titubear. 

9.8.14

Todo lo que está muy escuchado

Alarma que la palabra genocidio no indigne más de lo que hace. El riesgo de que haya palabras que no nos afecten puede hacer que las hagamos familiares y las escuchemos con la misma entereza moral o intelectual que otras de menor rango dramático. A las palabras se las maquilla en cuanto se dejan. En el peor de los casos, cuando se refieren a una realidad a la que no deseamos mirar, se las elimina directamente. Hay montones de palabras que andan por ahí, entre el olvido y la farándula, deseando que alguien las rescate y ponga a quienes las pronuncian a pensar en ellas. Una vez que una palabra se piensa de verdad, si la interiorizamos, no hay forma de pasar por ella sin que actuemos. Deberíamos escuchar la palabra genocida y sentir que el alma se fractura un poco o un mucho, según como te pille el cuerpo. Hay días de cuerpos blandos, que se enternecen por cualquier cosa y sienten las injusticias como si fuesen propias, y hay días de cuerpos recios, de una dureza absoluta, de los que no permiten que nada extraño les traspase. Por eso las palabras deberían quedarse dentro. Escuchas genocida y te hierve la sangre. Da igual que sea un día de cuerpo blando o duro. Da lo mismo que llueva en las aceras o el sol estalle en los tejados. A fuerza de escuchar algunas palabras terribles tantas veces, las estamos aceptando como normales. Todo lo que está lo suficientemente visto no asombra, dejó escrito Vicente Aleixandre. De pura cobardía, por cierto. No asombra porque si lo hiciese viviríamos indignados, blandos, tiernos, sensibles, solidarios, humanos. Supongo que esta una dialéctica estéril, un diálogo hueco. Las palabras, incluso las que uno escoge con más esmero, a veces no cumplen la función que se les encomienda. Es un verano cruel éste. 


6.8.14

Correr, leer, beber, amar

No haber hecho nunca deporte o, al menos, no practicarlo de modo voluntario, hace que al hacerlo ahora sienta que de algún modo he perdido el tiempo. No sé en qué lo habré ganado. Pienso en todos los ratos en que ignoraba el placer que procura, en la sensación de confort absoluto con uno mismo que te deja cuando te das una buena ducha y te empleas en las cosas que hacías antes cuando el deporte no existía. De hecho es posible que el deporte sea todavía una pequeña excusa para que la lectura del libro o la charla amena con los amigos en las terrazas del verano sean más placenteras. Leí hace tiempo que hace falta tener hambre y tener sed para comer y beber de verdad. Me falta la convicción de que hago deporte por el deporte en sí y no por lo que luego me regala. Y acepto que me regala muchas cosas. Ahora mismo, en este instante, este cansancio dulcísimo hace que escriba de otra manera: noto que las ideas fluyen de otra manera o que la misma escritura, el estilo que pueda tener, fluye también con más soltura. Chesterton no hizo deporte en su vida y escribió páginas memorables. Dudo que haga falta machacarse en un gimnasio (como suelo en este verano) para que después leas a Cortázar y aprecies cosas que antes ni viste. Lo curioso es que funcione de igual manera si alguien que esté hecho al deporte y no haya tenido el gusto de meterse en hondura con Chesterton o con Kafka o con Borges cae en la cuenta de que ha estado perdiendo enormemente el tiempo y, tras cada sesión en el gimnasio o después de darle la vuelta al pueblo quemando toxinas, se sienta en su butaca favorita (alguna tendrá) y conoce al Padre Brown, a Gregor Samsa o a Funés el Memorioso. Más: ¿cómo sería hacer deporte después de esa inmersión en las grandes palabras de la literatura? De momento sigo sudando como un pollo, sintiendo cómo el cuerpo (lo que me quede recuperable) se robustece. El verdadero placer consiste en trincar un tercio bien frío de cruzcampo y perderse en su bruma dichosa de lúpulo y de espuma. Todo en esta vida, si está bien hecho, es un puro acto de amor. 
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