22.5.15

J., muchos años más tarde

Tuve un amigo al que le irritaba que se le diese la razón. Prefería la parte combativa, el cuerpo a cuerpo dialéctico, toda esa hostilidad educada que a veces entretiene las charlas en las terrazas de los bares. Era muy de bares, es cierto. Muy de hablar y muy de beber. No había ocasión en que dejara escapar la oportunidad de hacerse notar y caía bien a ratos, muy bien en alguna ocasión y mal, a su modo, en la mayoría. Yo le confesaba mi admiración y él me lo agradecía a regañadientes, huyendo como solía de los golpecitos en la espalda y de los elogios encendidos. No sé qué es de él, no he vuelto a saber nada suyo desde hace veinte años, más tal vez. Guardo el tono de voz, la airada forma de defenderse a sí mismo o de investirse como improvisado - y voluntarioso - defensor de lo ajeno. Echo en falta gente con ese carisma. No conozco nada mejor en el mundo que la posesión de un determinado tipo de conducta, sea del gusto de los demás o no, pero identificable, deleitable incluso. A los convencidos de que los problemas sólo malogran las relaciones personales, les presentaría a mi amigo J., les dejaría un par de cervezas con él, en una barra de un bar o en un salón doméstico, en la intimidad de las casas. Lo adorarían - como yo lo hice - o lo detestarían - como yo lo hice - .No he tenido interés en saber qué hace, si persiste en su admirable -por extrema, por honesta - forma de ser. Me hablaba de una novia que tenía con la que planeaba un futuro. Estoy por pensar que ese futuro no la incluye ahora. Se inclina uno a pensar que debe costar mantener una relación estable con alguien así. J. seguirá encantado consigo mismo. Continuará escuchándose. Se dedicaba básicamente a eso: a ponerse atención, a cuidar de que nada suyo le fuese enteramente ajeno. A veces estaría bien ser como J.. No a tiempo completo, no de una manera profesional. Me lo imagino ejerciendo en el campo de la política. A lo mejor este domingo sale de alcalde en cualquier municipio de España. Si el azar le pone este texto delante, estaría más que feliz si me escribiera. Tampoco me importará que no lo lea nunca. 

"Ojalá este recreo no se acabase nunca"




Ser feliz consiste en no tener conciencia de felicidad alguna; un poco al modo en que se manejan las bestias cuando cubren sus necesidades o como los niños en el momento en que se entregan al juego y solo importa la manera en que se involucran en él y la entera satisfacción que les reporta. Dice mi amigo K. que le basta una sombra bajo un árbol y un buen libro. Yo prescindo del árbol. Me inclino a que el libro me imponga su atrezzo o a que mi voluntad no sea firme y se deje invitar por las circunstancias, dejándose llevar, no importunándose en demasía por la incómoda evidencia de que no todo discurre a su capricho. De la felicidad, de su tangible obra en uno mismo, hoy he escuchado una reflexión sencilla que me ha llegado hondo. La ha dicho un niño en un descuido entre carrera y carrera, como si se vistiese de filósofo y luego regresase a lo pedestre, a la rutinaria travesía de las cosas. No la ha pronunciado para que nadie la escuchara; no era su interés que se le prestara atención: solo ha dejado ir las palabras, supongo que sin pensar en ellas, un poco al modo en que los niños comprenden el mundo. Ojalá este recreo no acabase nunca. Después ha seguido a lo suyo, brincando, esquivando a quien se le echaba encima, buscando en sus cabriolas de patio de escuela una coreografía fiable de la alegría, una a la que acudir a poco que se la precise y a la que poder extraer siempre un provecho. A los adultos no se nos ocurre que algo dulce o algo feliz o algo extraordinario dure para siempre. Ni la felicidad absoluta nos conforta. Descreemos de todo lo que se aprecia que tiene visos de durar mucho. Ni el amor eterno alivia. Siempre se busca el doblez, el roto escondido por el que se va a deshilachar el traje tan hermoso.

De los niños debemos aprender ese amor por la trascendencia de lo fugaz. No somos niños porque nos hemos acostumbrado a desconfiar y hasta a permitir que los demás desconfíen de nosotros mismos. Quien, como yo, los trata a diario y se obstina en instruirlos, en educarlos, en conducirlos como mejor puede hacia lo mejor de ellos mismos, se alegra de que algo infantil no se haya perdido todavía y esté ahí, oculto en apariencia, tapado por la prudencia de la edad adulta, por su protocolo y por su seriedad. Me descubro a veces incurriendo en deslices de niño, cayendo en la cuenta de que la niñez persiste a su manera, sin que enturbie en ocasiones el proceder adusto y severo con el que despachamos los asuntos de la edad provecta, la incómoda, la que no sabemos llevar o a la que no terminamos de aceptar. Se es feliz en los tiempos primeros, en el inicio, en la inocencia, en la pureza, en la ignorancia, en el andar libre, en el sentir limpio, en la vigencia del juego, en la confianza en el otro, en el amor sin condiciones, en la divina sensación de que la felicidad no es un milagro, sino algo que puede suceder en el patio de una escuela, aunque se desvanezca y dure bien poco, menos de lo que querríamos, mucho menos de lo que convendría.

Somos los adultos de una rareza que espanta a veces. Raros hasta el hartazgo. Raros a sabiendas de que lo somos. Raros con colmo. No hay día en que no sienta esa certeza. Quizá la rareza haga bien al oficio que desempeñamos. Razonables y prudentes, justos y cabales, severos y reflexivos, no alcanzaríamos las metas que nos marcamos. No somos razonables, ni prudentes, ni justos, ni nada de lo que se estipula correcto. De entrada no entra en nuestros deseos el de ser felices. No creemos en la felicidad, no existe tal cosa, no podemos anhelar lo que no creemos. Solo nos dejamos fascinar por la alegría, por su esplendor fugaz, pero no la felicidad, no esa invención de la filosofía o ese reclamo de las religiones. Tampoco necesitamos bucays, coelhos o espinosas, vendedores de humo, agentes de la propiedad emocional, mercachifles de barraca de feria que negocian la miseria humana, la tasan, la convierten en objeto canjeable. Pero nos agrada la venta, la supresión de la inocencia, esa perversión que consiste en sabernos desalmados y hostiles. Pareciera que nos esmeramos en no ofrecer jamás debilidad alguna. Nos educaron para ser fuertes, nos dijeron que seríamos felices si éramos fuertes, nos hicieron ver que la fragilidad es un obstáculo. Se tarda una vida entera en descubrir que la felicidad, lo que sea eso, proviene de lo débil y de lo frágil. Que ante la belleza somos débiles y somos frágiles. 

19.5.15

Mark Twain en Mislinja /Slovenia at the heart II




A alguien se le ocurrió dejar en la pared de una sala de profesores en un colegio de Mislinja, en Eslovenia, la frase de Mark Twain. No la había escuchado o leído antes o, en todo caso, no le había prestado atención, no se me había ocurrido pensar en ella, hacerla durar, registrarla y procurar, en lo posible, obedecerla, convidarme a respetarla. Dice que uno haga de cada día el mejor de los posibles o que se le de a cada uno la oportunidad de que sean el mejor de la vida. No se puede comprobar que sirva. No hay forma de que se pueda adquirir la certeza de que quien la lee luego la madure dentro y la practique a fondo. Hay frases de una contundencia absoluta que únicamente sirven como eslogan. Lo malo son los eslóganes, toda esa excelencia literaria con la que deslumbramos al desavisado. Cuando la vi, pedí que me la tradujeran. Lo hizo Nina y me propuse no descarriar las palabras, no desprenderme de la ilusión que me hizo escucharlas. De hecho hoy pensé en Twain, en un rato suelto del día. Pensé en si había algo extraordinario en todas las cosas que habían sucedido desde que puse el pie en el suelo. Elegí una - que no viene al caso reseñar ahora - y deseché otra - que tampoco convendrá hacer constar -. Hay días que no contribuyen a que nada los salve. Días que se arrumban, días de una vacuidad que desarma. Los otros, los que toca la gracia, son los que nos hacen continuar. Se levanta uno con la idea de que algo maravilloso va a suceder. No importa si a uno mismo o a quien tenemos cerca. Ojalá a quienes amamos, en todo caso. Uno incluso ama la posibilidad de llegar a amar. Se ama el amor, no su posesión exacta, no la propiedad que creemos tener de él. Por eso hay que estar alerta, mirar donde no se suele, escuchar con atención lo que normalmente no escuchamos, buscar dentro, no quedar en la periferia, en la piel expuesta, en las palabras hilvanadas unas a otras, como si no dijesen algo y se tuviese que agachar uno, olisqueando, braceando contra la corriente de significados rotos, los que no importan, los irrelevantes y los insulsos. A veces importa la presencia de las cosas, donde las ponemos, en qué lugar las dejamos para que los demás las aprecien. La frase de Twain, no mejor que otras, no la mejor de las frases, expuesta en la pared, en esloveno, me fascinó y me fascina todavía, ahora que no la veo y solo dispongo de la foto que le hice. Nina me la tradujo. No me contó si los maestros de esa escuela la inculcaban a sus alumnos o se la aplicaban ellos mismos. Imagino que sí. Que harán ambas cosas. La llevarán como puedan, izándola como una bandera. Las palabras deberían ser las banderas en lugar de un trapo que meza el aire. Los países deberían ser también palabras. Hay que ir a una sala de profesores de un colegio esloveno para darse cuenta de que los países son las palabras de quienes los habitan. Incluso los sueños. Las palabras y los sueños juntamente, en una pared, para que lea el que llega y luego se decide a escribir. La escritura es un país también. Escribir es un ejercicio cívico. 

18.5.15

Trabajos de amor aplazados / Slovenia at the heart



Siento que estoy aplazando la acometida de un trabajo que me va a confortar mucho. Conforme lo pienso, en esa travesía un poco burguesa de sabernos dueño de algo y demorarnos en su ejecución, me imagino todas las posibilidades, las partes nobles y también las que me dolerán. No hay placer que no traiga un dolor bajo el brazo. De esos quebrantos querría uno muchos, y no porque se maneje bien en aplicarse daño y lo disfrute, sino porque son penurias fabricadas a posta, pensadas no sabe uno bien nunca para qué, pero prácticas, limpias, de las que te hacen saber que el suelo está debajo y no está bien, por mucho que se disfrute el vuelo, agitar las alas y verlo todo desde la altura imponente. No será nada que antes no haya ronroneado o de lo que podría seguir prescindiendo sin que se aprecie que me falta aire o exhibo, para quien se fije, una cara de acelga, un gesto adusto, uno de esos semblantes tristes que despachamos cuando no nos interesa hacer ver a nadie lo felices que somos y lo maravillosa que es la vida que nos ha tocado vivir. Prefiguro que no haré nada de lo que anticipo. Se me da bien la hipótesis, la tengo a mano siempre que el aburrimiento me atenaza y voy de un lado a otro, proclamando mi adhesión a un vicio o mi repulsa a otro. Siempre fui un poco así, volandero. No saber ser de otra manera hace que uno se confiese sin rubor, aunque sea a uno mismo. De hecho todo lo que escribo, presiento también, no deja de ser una especie de cuento que me voy narrando en el que pongo y quito las palabras, entablando un diálogo con ellas, de modo que, más que instrumento, pasan a ser otra cosa a la que no sabría dar un nombre. Mañana, sin no flojeo y nada me aparta de lo que ahora me está fascinando de verdad, empiezo a escribir una novela. La tengo armada en la cabeza, pero se desarma a poco que la pienso. Tres o cuatro amigos con los que me explayo sobre estos asuntos están deseosos de que empiece de una vez. Saben que mi fracaso será el fin de una conversación largamente recurrida. Los amigos, los buenos, están para escuchar. Quizá sea ese el rasgo que los hacen amigos. El viernes, en una terraza que yo me sé, le anticipo a J. la trama. Al viernes siguiente, si no hay nada extraordinario, le pido que la borre. Así vamos los dos haciendo novelas efímeras, historias que no acaban de cuajar, fragmentos de algo quién sabe si asombroso, pero inestable, muy frágil, de escaso o ningún asiento con la realidad. Mientras se van asentando las ideas, en fin, en esa travesía también un poco burguesa, leo y me retiro. Han sido unos días maravillosos los últimos que he pasado. He estado en Eslovenia. A lo mejor es ese el trabajo aplazado, el escribir sobre mi viaje a Eslovenia. Tengo allá, en Mislinja, en Slovenj Gradec, un par de maestras eslovenas que van a leer lo que cuente de su tierra. No será fácil, no es fácil nunca contar lo que uno de verdad ama. En esta conversación que se tiene con uno mismo van los días pasando, persiguiéndose. Hoy alguien a quien aprecio mucho me ha dicho que ha vuelto a leer. Pensé, al escucharlo, que sobra escribir. Pensé que leer es suficiente. Como viajar. La literatura es un viaje. Los viajes, el de estos días a Eslovenia, hay que contarlos, dejar registrado el asombro y el modo en que el asombro nos puso las palabras con las que nombrarlo. Algo así. No sé. Es tarde. Cierro el día. Los últimos, los cinco últimos, han sido agotadores. De una felicidad muy visible y física, pero agotadores. 

13.5.15

Cosas que brillan, cosas que no

Shakespeare dado por muerto
Es posible que todo lo que se necesita saber sobre la vida esté en el teatro de Shakespeare. Lo dicen los que los han leído, gente muy de libros, muy de haber vivido también y de saber qué hay afuera, en el mundo. No hay cosa que se pueda pensar que antes no esté en el discurso de los personajes de Shakespeare. No afirmaré yo que eso sea cierto. He leído poco y quizá mal al bardo inglés. He visto adaptaciones teatrales y mucho, mucho cine con el reclamo fantástico de sus representaciones y he amado el precioso sonido de la lengua inglesa, la dicción de sus actores y actrices o la sensación, luego confirmada, de que está a punto de ocurrir algo extraordinario y de que vamos a asistir a esa circunstancia, impregnándonos de su dramatismo, llevándonos después a casa un pedazo de vida, la que no solemos despachar nosotros, la grandiosa, la que escarba en lo hondo y saca todas las emociones que es capaz de sentir el alma. Quizá sobre Shakespeare o quizá la realidad, la dura realidad, esté invitándonos a pensar que de verdad ese teatro ampuloso y trascendente sobra. Su cuota de tragedia la cubren los informativos, la prensa, toda esa rueda infame de cosas extraordinarias a las que asistimos y de las que después no podemos, por más que deseemos, desprendernos. Uno se levanta comido por la corrupción, incendiado por la ira de la injusticia o arrebatado por el desprecio a la clase política, que en tiempos de Shakespeare eran los nobles, los reyes, los elegidos o los mimados por la fortuna. Las series de televisión están haciendo que Shakespeare no se lea, si es que es un autor leído, en el fondo. Es posible que esta oferta brutal acabe por aturdirnos definitivamente y no sepamos a qué acudir, qué píldora tomar cada noche, si la de la tragedia o la de comedia, si meternos en la piel de una amada despechada o en la del rey que se duele de la codicia doméstica. Y se acuesta uno sin haberse desembarazado de ese dolor con el que salió de la cama.

Shine on you
Me dice un amigo que escribo sin pensar en lo que escribo, lo que me hace pensar que hablo sin escribir lo que pienso. Hay conversaciones que convendría guardar, frases que te invaden y que después no sabes armar, como si tuvieses idea de su osadía pero no dispusieses del ardid que la trae de nuevo. Me dice este amigo, al que veo poco o incluso menos que eso, que no se puede escribir a diario como lo hago yo. Que esa exposición produce por fuerza textos irrelevantes. No se puede ser brillante todas las veces, me dice. No se pretende la brillantez, le replico, dejándole hablar, sin que vea una defensa en mis palabras. No he pensado jamás en que yo escriba por brillar. Frank Sinatra brillaba. Carl Lewis brillaba. San Juan de la Cruz brillaba. No es fácil la adquisición del brillo. Ni siquiera se recomienda. Hace que perdamos más que ganemos; hace que el mundo no sea el mismo y lo veamos con los ojos nublados por una sensibilidad excesiva tal vez. Volvemos al mundo de los poetas. Deberíamos ser todos poetas. Todos, al menos, leer poesía. No sucederá tal cosa. Nunca sucederá. Tampoco brillaremos o lo haremos a ráfagas. Como si una alta entidad espiritual - no se me ocurre que dios sea una palabra incorrecta a este propósito - nos concediera la bondad de la belleza y pudiéramos contemplarla libremente, sin la contaminación habitual, en una especie de pureza. Escribo sin ser puro. Una vez quise emborronar mis sentidos por ver si escribía sin ataduras, no cohibido por los prejuicios, desatado y puro. Me apliqué una ingesta elevada de licores y procedí. De ese hace mucho tiempo. No salió nada remarcable, nada que luego yo pudiera leer en privado y de lo que extraer algún sentido. No lo tenía. No suele tenerlo. Escribir es siempre un ejercicio de riesgo. Se carece de certezas, se va a ciegas, se tienta, se palpa, se conmueve uno con los hallazgos y regresa a la mediocridad una líneas más abajo o a la futilidad tres después. Todo banal, todo frágil. Da igual escribir mucho o escribir poco. En realidad, todo da un poco lo mismo de vez en cuando. Y brillar. Eso de brillar. A veces se brilla, claro. Hay días en los que se percibe ese brillo. A ratos se percibe. Como destellos. Brillo a destellos.




7.5.15

Solo



Pascal escribió que la infelicidad del ser humano proviene de su incapacidad de estar en soledad. Acudimos al remedio que se precise, inventamos los entretenimientos que convengan: todo por no quedarnos solos, por no tener que mirar adentro y escuchar lo que quiera que por ahí digan. Es el alma, esa residencia antigua, de la que los filósofos, los sacerdotes y los poetas han contado verdades y mentiras, tramas razonables y argumentos bastardos, la que en cuanto puede se manifiesta, se hace ver, implora la atención que no le concedemos y ocupa su lugar en el mundo. Tengo un amigo que mide su felicidad por el grado de intranquilidad que tiene cuando intenta conciliar el sueño. Si tarda y la cabeza le lleva de un lugar a otro, maquinando planes para el día siguiente o revisando los planes cerrados el día difunto, se levanta malhumorado, pronostica que la jornada va a ser mala y que la resaca de esa travesía del espíritu, la de pensar y hacer que pese lo pensado, le va a pasar factura. Pensar siempre fue una actividad de riesgo. Puede uno encontrarse con lo que no espera o lo que no desea. Lo mejor es evitar esa exposición, procurar que no se dé jamás la ocasión en la que no se tenga nada que hacer y el demonio se nos arrime y nos ponga frente a nosotros mismos. Por eso hay que tener al demonio de nuestra parte, saber que podemos contar con él y que no se pondrá hostil ni nos dejará en evidencia. Un demonio privado, maleable: uno con el que despachar largas conversaciones, del que esperar que nos haga pensar y nos empuja al borde del abismo. Puede ser dios el demonio. Todos los dioses ocultan el mal, ninguno inventado por el hombre representa el bien absoluto. Ni siquiera queremos eso, el bien absoluto. Nos conformamos con un bien eventual, accesible, no demasiado insistente, que permita salir y ver la periferia, asomarse al abismo. No saber estar solos, no querer tampoco. El miedo fundamental de nuestro tiempo es la falta de voluntad para ocuparnos de nosotros mismos. Preferimos que otros rellenen el hueco que vamos dejando. Nos refugiamos en la literatura, en el parte del tiempo, en el cine, en los partidos de fútbol, en los programas de recetas de cocina, en la prensa deportiva, en los escaparates, en los gimnasios, en las clases de inglés, en los oficios de misa... Todas esas tramas, grandes o pequeñas, verosímiles o no, amenas o aburridas, cubren cierta necesidad primaria de información, pero solventa el problema de fondo, el de no querer mirar adentro, el asunto de la soledad, la no deseada, la que acude sin ser llamada, la que obstruye, la que cercena, la que duele. Luego está la otra, bien se sabe, la soledad anhelada, la que no obstruye, ni cercena, ni duele, sino que conforta, alivia, alimenta, la sonora, que dijo alguien, la que nos arroja a la sombra que vamos dejando o al espejo, pero ah la felicidad de estar solo a sabiendas, de no precisar injerencia externa, de no necesitar de nadie. Ah del regreso, ah del placer de buscar más tarde con quien compartir ese gozo solitario y decir qué vimos en el pasaje, qué bendito gozo tuvimos al internarnos en él y recorrerlo sin compañía. No sé por qué, pero de pronto me he acordado de unos cuadros de Hopper.

6.5.15

Los ángeles oscuros



Los poetas están malditos, pero ven con ojos de ángeles. Lo dejó escrito Allen Ginsberg. No es de mis poetas favoritos. De hecho no es ni siquiera uno que haya releído. Me bastó mirar dentro de su cabeza y ver que el mundo que miraba no era ninguno al que yo me inclinara, ninguno en donde yo encontrara la belleza o la verdad o cualquier forma de emoción que las revelase. No es porque sea un poeta maldito. Lo son Baudelaire y Rimbaud y ambos me producen una zozobra cada vez que los leo. De lo maldito extrae uno la felicidad de ser llevado por donde otros sufrieron e ir comprobando qué les dolió o qué les hizo seguir adelante, a sabiendas del roto, pero ese camino está siempre patrocinado, supervisado, vigilado. Se nos invita al desquicio, pero tenemos el arnés, la protección, las indicaciones para salir del laberinto y regresar a la normalidad, que es un territorio dócil y en donde uno se maneja bien, aunque no lo espolea el entusiasmo, ni está zarandeado por la belleza. Yo creo que la belleza está en la anomalía, en el viaje que se hace desde el corazón hasta su reverso. Por eso Ginsberg sabía que sus ojos eran de ángel, un ángel barbudo, con gafas de pasta y pelo y cara de loco. En la locura debe está, encubierta, la raíz de la genialidad. No hay genio que no la saque a pasear de vez en cuando. Quizá sea el motor que activa la belleza. Lo dejó escrito también el loco Breton, el surrealista Breton: la belleza será convulsa o no será. Lo de salir al día con ojos de ángel se pone cuesta arriba, lo de mirar al mundo con ojos de poeta no está al alcance ni siquiera de los mismos poetas, que a diario están castrados por todo lo que no es poesía, por lo que les aparta del oficio que se les ha encomendado, ya saben, el de contar el mundo con los ojos de los ángeles. Algunos, no voy a decir nada nuevo, son terribles. Los ángeles terribles son los que mejor ejercen ese oficio, los oscuros, los que se atreven a soltarse de la mano de quien les habló del riesgo y avanzar hacia él y ver si dentro está la respuesta a la pregunta y el mundo tiene sentido y la belleza y la verdad están al alcance. Thelonius Monk lo mira, perplejo.

5.5.15

Uno



Se suele decir que quien lee de joven lo hace también ya de adulto. También que quien escribe tempranamente, aunque sean los diarios ligeros, esas purgas dolorosas del alma atormentada de la juventud, lo hará más adelante. Se trae de igual manera el argumento de que lo hecho en la época en que nos formamos forja el carácter que se tendrá en el futuro, que todo lo que nos sucede - lo bueno y lo malo - acaba acudiendo en el inefable futuro. Yo no leí nada de joven o leí tan poco que ni tengo un recuerdo fiable al que agarrarme. Tampoco escribí como para que esa marca resplandezca ahora y se justifique mi prolijidad por aquella veleidad mocentera. Debo añadir que ninguna experiencia que viviera en mi infancia ha marcado mi edad adulta. No soy un personaje de Tolstoi, aunque a veces uno lo desearía. Querría uno tener qué contar, digo algo relevante, acudir a los recuerdos y escribir una novela autobiográfica, aderezada con las ficciones de rigor, disimulada con los adornos esperables. El blog no deja de ser una biografía también, una a la que se viste con la ficción necesaria, la que hace que el pudor no lo impregne todo y se tenga la idea de que anda todo muy disperso, muy fragmentado, muy encriptado también. Escribir no deja de ser una voluntad clarificadora de uno mismo. Se empieza contando un episodio trágico de la infancia y se termina por airear lo que le hemos puesto por la mañana a la tostada. Será lo de no tener a nadie más a mano, tal vez. Ejercicio autocontemplativo, dice mi amigo Ramón. Dar sentido a los pasos, añade. No se sabe nunca si lo tienen en verdad. No dudo que escribir aclare un poco esa incógnita. Por no saber, en el examen de lo que se conoce, ni siquiera poseo la idea clara de qué hubo en mi infancia - o en mi adolescencia - que ahora cale y marque lo adulto. Pienso en cosas sueltas, en iconos insobornables - el Jabato, el capitán Trueno, la Marvel, DC Comics, los cromos del Atleti, los Madelman, el fútbol de los sábados, los días de campo con los vecinos, la playa espléndida de Fuengirola, el patio del colegio Fray Albino - pero no hay un hilo, una trama fiable de la que partir y sobre la que explicar el ahora, que es también un poco disperso y un poco fragmentado, cómo no. Ningún esfuerzo por mi parte para aliviar esa dispersión. Haber tenido episodios dramáticos debe curtir, imagino. Uno tiene el dramatismo de lo leído, la violencia de las lecturas, toda la penosa constancia de que podría hablar del mal que aqueja al mundo, pero vivido en los otros, contados por otros, eventualmente transferido a la vivencia personal, pero no labrada por ella, no escrita en el primer mandato del verbo. La literatura, la grande y la pequeña, surten de vida a los que poseen -en su estricta opinión- una vida menor, de rango inferior, exenta de las peripecias de las de las novelas. Quizá la vida tiende a novelarse, a adquirir la sustancia de la novela y a transustanciarse en ella, conformando un todo firme y fiable, como si una fuese el reflejo de la otra o viceversa. Se suele decir que la ficción es hija de la realidad. Son solo hermanas, van de la mano, se gustan y copulan bastardamente, haciéndonos creer que podemos interferir en la cosecha, en su fértil camada. 

4.5.15

Semana Blur



El adiestramiento. Antes de escuchar el nuevo disco de Blur, The magic Whip, he escuchado todos los anteriores. No me ha dejado atrás ni la sesión en vivo en Hyde Park, de cuando se reunieron de nuevo en 2009. Me quería poner en situación, adquirir el bagaje sentimental nuevamente, permitir que la audición fuese lo más fluida posible. Conforme los iba engullendo, a medida de que mi memoria recuperaba los highlights de la banda, los temas perdidos, los trascendentes y los irrelevantes, me sobrevino el deseo de no escuchar el nuevo, pero no tengo palabra o no encontré un argumento del que fiarme para contrariar el instinto, que me pedía no escucharlo, volver al Parklife o al The great escape y quedarme allí a la espera de que llegue el verano. Temía que The magic whip fuese Albarn cien por cien, es decir, tribalismo, Gorillaz, incursiones en el lado oscuro del pop, pero no la épica de los primeros Blur, la astucia y la irreverencia juntamente, el poder del rock, que se acaba desestimando, que a veces no consideramos en su justo valor.

El hallazgo. Si tuviese la misma concienzuda y serena forma de hacer las cosas en otros órdenes de la vida, habría llegado más lejos o más alto, no sé. Dice K. que uno aplica lo mejor de sí en las cosas que tienen menos importancia y no con las que verdaderamente cuentan. No le contradigo. He obrado con Blur con apasionamiento, he viajado por cada canción y me he encontrado con el yo que las descubrió en el glorioso pasado, que es la estación más confortable, a decir de la poesía romántica. No quiere uno llegar lejos ni tampoco alcanzar ninguna altura desde la que ver el mundo de abajo con otra perspectiva. Aprecio la que tengo, poseo la virtud de no imponerme metas muy costosas. Por eso me pareció franqueable la de ir devorando discos de Blur. No se me ocurre leer todo Murakami cuando Murakami saca novela nueva. Quizá porque no me ha hecho disfrutar como Blur, ni he sentido el zarandeo del alma en ninguna de sus ocurrencias sobre la fragilidad del alma y el dolor de la existencia. Blur es festividad y alborozo. Los pasajes oscuros lo son de un modo que uno reconoce coyunturales: suele pasar con la música que se va de la alegría más desbocada a la tristeza más ensimismada en un misma pieza, sin que sepamos bien cómo evitar el roto o hacer que el placer perdure. Por eso los discos son tan maravillosos, por eso recurrimos a ellos cuando nos da el pánico o nos invade la melancolía. A K. le da por reponer en la estantería de su cabeza los discos primerizos de Leonard Cohen. Yo suelo buscar Shine on you crazy diamond o Kind of blue al completo. No sabría contar la de veces que ambos me salvaron de donde sea que estuviera cayendo. En cierto modo, eso es Song 2 para mí: es ponerla y borrar el gris, como si inoculases luz en la misma sombra y notases cómo se va retirando. 

El final. No hay ninguna Song 2 en The magic whip. Ninguna pieza escandaliza por mala, ninguna es insulsa, al modo en que las había en Think Tank, ninguna desentonaría en algún álbum precedente. Lo que no cuadra en esta entrega es que no deslumbre. Y bien debería. Es como una deuda que uno espera que se le pague y vas a recibirla y vas feliz porque sabes que te la van a pagar, pero no es el importe exacto, no es lo que esperabas, no lo que lo zanjaría todo y dejaría las cosas como estaban. Cosas dóciles, cosas banales. Discos a los que dedicas una atención máxima, y luego se pierden entre los otros discos, probablemente. De todas maneras he disfrutado más la sensación de escuchar un nuevo disco de Blur que el propio disco de Blur. Piezas salvables, completamente adictivas hay tres: Though I was a spaceman,(Bowie, Bowie) Ice-cream man y Ong Ong. Me voy a enchufar las tres, me voy a transportar al pasado. 

2.5.15

Los Vengadores 2: La era de Ultrón / Hay que destrozarlo todo



No hay película de la Marvel a la que acuda con indiferencia; ninguna que no me haga regresar a la edad en la que los superhéroes de la factoría de cómics ocupaban casi mi entero ocio y no deseo de ninguna manera censurarme ese viaje en el tiempo. No quiere decir que no haya visto bodrios absolutos, afrentas a la memoria de quienes crecimos de la mano de Stan Lee y de Jack Kirby o Steve Ditko. Lo malo de la Marvel es que Disney le echó el ojo y soltó una pasta muy escandalosa para hacerse con todas las franquicias. Malo porque Disney apuesta por la grandilocuencia, invierte en apabullar al espectador, en noquearlo, en dejarlo sin respiración y en ganarse la parte cómoda de su intelecto, la que no exige mucho y se da por satisfecha con la pirotecnia visual marca de la casa, Joss Whedon, consciente de la eficacia de la reiteración y del peligro de que se abuse en exceso de ella, cuela en el ampuloso metraje pequeñas tramas verosímiles, diálogos que se apartan de la testosterona clásica, guiños cinéfilos agradecibles - la bestia Hulk apaciguada por la bella Romanov - y hasta una metafísica. Porque los tiempos están cambiando, ya saben, y el público adulto, el avisado no, el otro, puede disfrutar con esas pequeñas filosofías de diez minutos en las que los protagonistas creen ordenar el mundo o se creen con la iluminación que requiere ordenarlo.

Los Vengadores 2, La era de Ultrón no es una mala entrega de la serie. A ratos es un más que digno espectáculo cinematográfico; en otros es un delirio, una orgía de escenas de acción controladas por la censura de la casa Disney, en la que no muere nadie o solo caen los malos, aunque no se regodee el plano en evidenciar el modo en que lo hacen. Entre la excelencia y la mediocridad, entre lo sublime y lo vulgar, la cinta cumple con la función que se le encomienda: la de mantener vivas las salas, lo cual no es poco, en estos tiempos de descargas bastardas. No entra en este análisis su oquedad absoluta, su completa falta de dramatismo, la ramplona superficie de sus personajes - y admitamos que ahora hay más relleno y se ve ha habido un interés en realzarlos, en darles el empaque narrativo del que antes adolecían - o la esclavitud del actioner. La historia continuará por cualquier lado: se les ocurrirá a los cerebros de la compañía qué giro congregará de nuevo a las huestes de seguidores, cuáles traerá a adeptos nuevos. Lo que sí es cierto es que se agradece que el tono se haya oscurecido, pero nunca tendremos la oscuridad absoluta, el matiz deseable para los que, entrados ya en una edad provecta, querríamos que la Marvel no solo diese alimento a las generaciones entrantes, sino que tuviese el detalle de cuidar a las antiguas, las que en los setenta íbamos al kiosko y comprábamos las entregas semanales en rutilante blanco y negro. Todavía recuerdo el dolor que me produjo el primer Spiderman en color. Tengo la sensación, muy imprecisa, es cierto, de que la modernidad del color no me sedujo. No dejaremos de acudir cuando se nos llame. Estamos ahí para lo que haga falta. 

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