30.9.20

Mirar


 

A ver se aprende retirando la confianza en que lo se ve. Parte uno de cierta extrañeza, aunque lo contemplado esté adquirido y no dé idea de que algo escondido deba aflorar. Sucede con rutinaria insistencia que todo lo que hemos visto con suficiencia ya no asombra (lo dejó escrito Vicente Aleixandre en uno de sus poemas). También que a fuerza de escuchar si el ruido del mar (si tenemos un piso en el paseo marítimo) hay un momento en que nuestra sensibilidad cancela ese ruido y lo incorporamos al trasiego de ruidos familiares, los que forman parte de nuestra banda sonora, como el de la lluvia cuando se precipita contra el suelo o el de la calle si la ocupan los coches y el runrún de la gente yendo y viniendo por sus cosas. Al arte se le debe dar siempre la condición de lo anómalo. Basta un punto de fuga al que adherirnos que el autor, a sabiendas o ajeno, dispuso en la disposición de sus materiales. Puede ser un poema o una obra escultórico, una fotografía o un vericueto en la forma de atacar el piano para que una nota no conduzca a otra prevista o esperada, sino excéntrica, de una extravagancia diminuta, pero asequible si prestamos atención. Es eso lo que a veces falta: la atención. No es fácil mirar, por más que estamos al tanto de lo que mirar produce. Lo que escasea es la sed de prodigios, las ganas de que los objetos nos hagan cuestionarnos su participación en el entramado de los objetos. En cuanto hemos entrado en ese juego (que no es fácil, que requiere adiestramiento) irrumpe una felicidad inédita, la del descubrimiento de la luz al incidir en una flor que hasta entonces había pasado desapercibida o la posición de un adjetivo en un verso o la manera en que una mujer se ajusta la mascarilla (hoy en el súper) porque las gomas le oprimen las orejas y no está a gusto. Hubo en ese gesto un principio de belleza que se desatiende, por lo común. No somos sensibles sin interrupción, tal vez convenga conducirnos con la inercia del que cree que todo está ya hecho y no hay mucha novedad a la que entregarse y en la que descubrirse. No tenemos idea de quiénes somos hasta que algo nos los revela y es entonces cuando percibimos esa epifanía. A veces ver duele. Lo visto posee una serie de valores que se conocen, están compartidos, dijo Barthes. Es esa mirada lúcida, no la acostumbrada, la que no se trabaja, ni se adecenta. Hay una circunstancia en lo que vemos que está agazapada o está oculta: no despunta, no desea relevancia, pero si damos con ella (cuando la hemos hecho propiedad nuestra) no existe nada más. Todo gira alrededor suya, todo lo que vemos es enteramente suyo. Puede ser el pliegue de una escultura helenística en un museo o una cabeza de toro en un cuadro de Picasso. Una manera de andar en alguien que se nos cruza o un amanecer en la ventana del dormitorio cuando el día se apremia en exhibirse y crees que algo maravilloso podría estar a punto de ocurrirte. Que algo maravilloso nos suceda, quizá baste mirar. 

25.9.20

Matamos poetas

 




En su origen (son varios y he escogido uno conveniente) la poesía era un recado de la voz. El poeta era un sacerdote dentro de la tribu: se le atribuían cualidades mágicas, estaba en conversación con la divinidad o con las muchas divinidades y traducía al desavisado o al ignorante la música de las estrellas, el ritmo de las palabras, las historias con las que el hombre se reconcilia con el cosmos y consigo mismo. No es únicamente su elocuencia, el hecho de que haga aflorar un sentimiento secreto, una especie de convicción íntima de que podemos entender la manera en que las cosas se ensamblan y avanzan, aunque esa epifanía decaiga (no puede mantenerse, no es materia perdurable) y percibamos que volvemos a sentirnos huérfanos, desabastecidos de esa claridad que nos faculta para comprender el mundo. No hace falta comprenderlo, dirán algunos: basta con usarlo. La vida es a veces un objeto de consumo, una hamburguesa espectacular (comida rápida, veneno inmediato) que entra por los ojos y se zampa con hambre, como si no hubiese nada más que echarse a la boca una vez que le damos el último bocado. La poesía es un artefacto raro, a pesar de todo. Hay quien la confina al empalago, cosa relamida, dulce hasta el desmayo sináptico. Han debido tener una educación lírica pobre o se ha corrompido el gusto por la belleza por ingesta masiva de otras distracciones de fuste menos noble. Porque la poesía es noble, no hay nada suyo que no surta (bien aplicada) un efecto lenitivo del dolor o del fracaso. Ablanda el seso disperso y lo predispone al asombro metafórico, que es (como bien sabe el docto en estos preliminares) el ingrediente indispensable de cualquier desplazamiento cognitivo, sea pensamiento profundo o liviano o banal. De ahí a matar a los poetas hay un trecho caudaloso, pero hay quien no cree que sean sujetos imprescindibles en la construcción de una sociedad armoniosa. Cuando los poetas escasean (o trágicamente faltan) el mundo es menos musical o es menos festivo. Los pueblos sin poetas acaban mercantilizándose (hasta los que los tienen lo hacen) adheridos a esa facción del progreso que consiste en hacer con todo caja y medrar a destajo sin que pueda ser ni siquiera considerado el disfrute sencillo de lo que no espera nada, una brizna de felicidad tan solo, un arrimo de lujuria semántica o estética. De ahí a matar poetas hay un trecho, pero es aceptado que el exterminio de los bardos produce cierto efecto en el pueblo: el de extirpar la imaginación o la de confinarla a un lugar vigilado, estrictamente funcionarial, siempre disponible por la casta regente. También habría que prevenirse contra la poesía mala de rotundidad, la que se regodea en el ripio, la insulsa y hueca, la que se complace en no ahondar y quedarse en la superficie quemada de las palabras, la que no dice nada o lo poco que dice abochorna y hace desconfiar de que exista una poesía buena, menos premiada a veces, que va tímidamente por su camino, ganando secretos adeptos, como una cosecha privada de flores de verdad exquisita. En fin, esa es otra historia. Matar es un verbo serio. No entra que el humor lo reclute y haga chanza de lo que no debe. 

La fotografía que ilustra el texto es terrible, terrible y verdadera también.; hace pensar en Federico García Lorca, en Miguel Hernández, en Víctor Jara y en todos los poetas que también cayeron por el desquicio de quienes creyeron que su oficio (escribir) atentaba contra alguna de sus desquiciadas ideologías. Hay sicarios que matan amas de casa o funcionarios del departamento de Hacienda o poetas de verbena de barrio. Que se haga a domicilio certifica cierta idoneidad del ejecutor: no necesita urdir un plan trabajado, seguir al sentenciado, acorralarlo en un callejón y descerrajarle dos tiros o rebanarle el pescuezo. Se puede ir a casa, llamar a la puerta y proceder con la impunidad habitual, sin que nadie ponga más tarde el grito en el cielo. Algo habrá hecho, tendría alguna cuenta pendiente, dirán los vecinos, los desavisados.  A veces sucede que se encuentran motivos cuando no los hay. Los muertos despiertan esa narrativa impostada y cruel. Al poeta se le quita de en medio por hacer lo que nadie más hace: contar con los instrumentos de la belleza la ruindad de la realidad o por abrazar la libertad y expandirla como el que abre la ventana y deja que se vuelen todas las palabras que ha ido pensando antes de asomarse. La aberración no es insólita: ha venido sucediendo, no es descartable que volverá a pasar. Un poeta, si se le mata, muere continuamente. También un periodista. Es la palabra la que no se extingue: planea, se difunde, alcanza donde antes tal vez incluso no llegara. Aquí pienso en la idea de mártir, que ha preconizado la sostenibilidad de las religiones y levantado la épica de los discursos que esgrimen. Nuevos brazos y nueva piernas crezcan en la carne talada, escribió el poeta. Las palabras tienen esa virtud: no se arredran, conmueven a pesar del tiempo y de las fosas comunes, alcanza su cénit cuando se pronuncian o cuando se leen, en el momento en que el poeta habla de nuevo. A pesar de que lo mataran, sigue teniendo voz.



20.9.20

Las moscas tenaces y la escritura febril

Cuanto más se adiestra uno en el arte de fingir más acaba aceptando lo que finge. Se produce un efecto perverso, una especie de adherencia entre lo impostado y lo sentido: la creencia de que nada nos es enteramente ajeno y vamos del pensar ajeno al nuestro con la misma facilidad con la que una mosca se desplaza en un plato de espetos a pie de playa, no sé por qué se me ha ocurrido lo de las moscas, pero no voy a echar atrás y las voy a dejar, no vaya a ser que luego las eche en falta y no sepa el porqué de esa censura narrativa. Se tiene la costumbre de no revisar, quizá por proseguir en el runrún de la improvisación, en ese loco correr como temiendo que volver la mirada haga que tropecemos o perdamos el ritmo o el propósito de la carrera. No creo haber fingido nunca al escribir: hay un préstamo legítimo, el que se hace de otro que anda adentro de uno y no es en realidad propiedad nuestra, como una especie de visita con la que de pronto entablamos una conversación o ella hace un sobrevenido monólogo contra el que no podemos hacer nada y las palabras fluyen (ahora están fluyendo, las oigo ir y venir, siento que me rondan sin que pueda ejercer un gobierno sobre ellas) y no se sabe bien al lugar al que se dirigen o si dirán algo útil o ni siquiera si es la utilidad lo que de verdad saldrá en limpio. Por eso no es fingir. Porque todo nos incumbe. Incluso las moscas atareadas en su danza sin brújula, enfebrecidas por el olor que desprenden las sardinas en el plato. 

18.9.20

Mejor mañana

 Lo aplazado


En el fondo es el miedo el que hace que actuemos así. El miedo a que no compense el esfuerzo. El miedo a que el hijo no sea el esperado o que su voz no nos emocione o que sus ojos nos miren sin mirarnos. No sé qué cosas estoy aplazando. Algunas habrá. Se tiene la idea de que no hay problema en eso, en no pensar, en dejar a un lado esas obligaciones morales o lúdicas o sociales. O se las ingenia uno para que no duela o duela de un modo tan suave que no alarme, ni se tenga conciencia de que algo nos rebaja. Leí un poema que refería la dificultad del poeta en conseguir que el poema finalmente se impusiese a la nada en la que estaba. Y venía a decir que el poema ya estaba. Solo faltaba llamarlo. La idea de un lugar en donde todo está almacenado, tutelado, confinado a expensas de que se extraiga me incomoda, me hace pensar en que no haya azar. Sin el azar, sin el asombro, sin la sensación de que algo que no se ha previsto incline a un lado o a otro la balanza de los días. Yo estoy todavía intentado encontrar ese poema. Hay días en que lo atisbo, en que vislumbro una brizna de lo que quiero expresar y el apero de palabras con el que airearlo y hacer que se imponga a la realidad. No es preciso el concurso de la literatura: la vida es un escenario en el que todas esas dilaciones suceden de la forma más normal del mundo y casi siempre suceden a espalda nuestra, sin que tengamos noticia de su transcurso, ni siquiera evidencia de su cese. 

Lo procrastinado (con más ánimo moderno)

Hay cosas (prosigo) que se aplazan, no se podría decir por qué. En parte, por haber otras que nos atraen más, pero las más de las veces por no desear hacerlas, aunque estemos obligados y se espere que las acabemos y las entreguemos. Hay una palabra para eso: procrastinar. Es fea con severa avaricia la palabra, pero tiene su encanto fonético. Aparte de fea, incómoda de pensar. Revela la pereza o la indiferencia o la apatía que a veces aplicamos a las cosas. Está más a mano posponer o aplazar, pero gana presencia la entrada incómoda, la palabra larga y la que no se dice nunca bien a la primera. De hecho, si procrastinamos a conciencia, si a todo se le da un retraso o, ya en faena, se le abre un receso, no interesa ni siquiera hablar de ese vicio. Hay cosas que hacemos de las que no tenemos conciencia. Cuando sabemos qué hacemos mal, llegados a ese punto crucial, hay dos maneras de abordar el asunto: la más benigna es la de no darle importancia alguna, observar cómo la bóveda celeste nos regala la luz o la oscuridad y los días transcurren y las noches nos cubren, pero sin marearnos mucho, sin tener la percepción de que hayamos incurrido en un error o sin la constancia de que importe; la otra es dañina, no interesa, acaba por pasarnos factura, hay quien no levanta cabeza y cae en una tristeza de la que sólo sale cuando adquiere otra. Hay tristezas complementarias y las hay excluyentes. Hay duelos tan dolorosos que cancelan la existencia de algún duelo menor que tuviéramos en mente. 

Lo abandonado

Tenemos (unos más que otros) la costumbre de no acabar las cosas. Creo que hay voluntad para empezarlas, pero nos distraemos con suma facilidad, encontramos con qué ocupar el tiempo que debiera ser usado en ellas. Les restamos valor, les podamos la parte importante. En un extremo, lo que inventamos para no hacer algo también se queda sin concluir. Es un venenoso efecto acumulativo ése: el de tener cien frentes abiertos en la certeza de que no vamos a cerrar ninguno. Parece que adoramos esa imperfección un poco ffestiva y un poco caprichosa. No sé el porqué de no ansiar el trabajo acabado y el trabajo bien hecho. En el fondo, nada nos ata. Por ahí debe andar la respuesta, si es que hiciera falta una: en la fascinación de la mudanza, en el irrefrenable placer de no tener asiento y de disfrutar tantísimo con la maquinación de las cosas, pero no con su trayecto, con la ilusión de ver cómo acaban. Se procrastina sin malicia, no se busca hacer mal a nadie, sólo se daña uno en todo caso, se perjudica con levedad, como si todo fuese reparable y nada quedará registrado. Se pospone lo que no nos conforta, lo penoso o lo que exige un gasto que no deseamos hacer. Hoy mismo, mientras escribo, estoy posponiendo dos asuntos de casa (domésticos, nada trascendentes) y alguno del trabajo. Me impongo plazos: me digo que esta tarde sin falta o que, a lo sumo, el fin de semana, pero no el sábado, sino el domingo. Todo se deja para el domingo. Quizá por eso luego se afean y no se aprecian. Los domingos los carga el diablo. Todo es culpa nuestra, todo lo estropeamos nosotros, me dice K. Al final siempre terminamos hablando de los domingos o del verano. Ahí también depositamos muchas esperanzas. En esos meses se harán todas las cosas que hemos ido postergando, se harán cumplidamente, se harán con entusiasmo y diligencia. Luego llega septiembre o año nuevo o qué sé yo y la realidad se abrirá paso con su áspera fiereza y veremos (con pasmo, con resignación) que no hemos muy mucho o es poco o incluso nada. Todo se deja para mañana. Mañana es la tierra promisoria, la cuna de la felicidad, el país de la dicha completa, el imperio de la bondad y del confort. Mañana es el territorio de la excusa, la zona de bienestar, la que está lejos del pánico y del aburrimiento, la que promete y nos convoca a la mesa de los elegidos y nos susurra palabras bonitas que nos conforman y cuidan, pero nos acaban abandonando. Ni siquiera ellas saben terminar su trabajo. 

15.9.20

En el aniversario de Bill Evans

 


Alguien me ha hecho recordar que hoy hace 40 años que falleció Bill Evans, mi pianista favorita, mi hombre del jazz principal, si es que hay que escoger uno, no sé a qué vendrá eso de elegir, cuando no hay necesidad. Hay días en que escucho a Bill Evans en tromba. Programo unos discos y mi amado Marantz los restituye a la realidad con pasmoso ardor. Yo creo que mis cachivaches de música están agradecidos y aprecian mi gusto. Tengo la sospecha de que no son ajenos a los milagros que reproducen. Es más: con determinados discos se percibe un esfuerzo por sonar mejor y airear con más brillantez las notas. Cosas que no se pueden censar ni validar con ningún instrumento. Mantengo con ellos una relación inquebrantable de amor puro, sin fisuras ni distracciones. Ahora suena Nardis, antes My foolish heart. Creo haber escuchado esas pieza cien veces, pero la escucha de hoy me está pareciendo inargumentablemente nueva. No se quiebra la solidez del bajo ni hay fragilidad en el piano ni debilidad en la dulcísima tutela de la batería. Habrá quien descrea de este ardor mío. No es tangible si el que lo evalúa está fuera de campo, lejos del ámbito que cubre la invisible cámara que nos persigue y registra. Estamos a expensas de la sensibilidad que seamos capaces de atesorar. Fuera de ella el mundo es quebradizo y áspero. Bill Evans me asiste. Mi Marantz y mis Bowers &Wilkins (25 años de inquebrantable fidelidad las dos torres de sonido)  me conducen a una dimensión etérea de la que conozco aún poco. Se va mostrando, pero no seré capaz de recorrerla entera. Vivir es saber que es inagotable. La música es la perfección estética absoluta. No la alcanza la palabra. Ningún libro (ninguno, y amo cientos de ellos) rivaliza con ella.

Tomado de mi galería de favoritos: Bill Evans es el pianista larguirucho con gafas de pasta, rodeado casi siempre por negros, que fascinó a Miles Davis. Un dios hechizado por otro. También es el pianista tóxico que murió a los 51 años por una úlcera gástrica, según unos, o de una insuficiencia hepática, según otros. Murió hasta arriba de droga, sin que ese desorden (el del alcohol o la cocaína empapando su cuerpo) le hiciera flaquear lo más mínimo o le redujera un ápice su voluntad de tocar y de hacerlo como si no supiese hacer otra cosa en la vida. Probablemente no supo. Duke Ellington, Oscar Peterson, Art Tatum, Bud Powell o Lennie Tristano o, colados ya en su finiquito o principiando éste, Michel Petrucciani, Tete Montoliú, Chick Corea, Keith Jarrett o Herbie Hancock forman el exclusivo club de los mejores pianistas del siglo XX. Sólo Petrucciani blanco. Ninguno tan exquisito en desgranar con virtuosa elocuencia y sensibilidad las melodías. Sólo hace falta escuchar Waltz for Debby o Sunday at the Village Vanguard, ambos en directo y con el mismo trío que embelesó a todos los amantes del jazz: Scott LaFaro, en el contrabajo, y Paul Motian, en la batería. El grado de conversación entre el piano de Evans y el contrabajo de LaFaro constituye (aun hoy) un hito en el jazz (o en la música, por no reducir con etiquetas) y una evidencia de hasta qué punto dos personas en un escenario (tres si somos precisos) pueden compenetrarse al punto de que parezca uno el que está tocando ambos instrumentos. LaFaro fue signado por la tragedia. Murió diez días después de grabar Sunday at the Villave Vanguard en un accidente de coche. Luego Evans encontró a Chuck Israels y por fin, a comienzos de los setenta, dio con otro estupendo bajista llamado Eddie Gómez con el que grabó discos excepcionales como Live at Montreux Jazz Festival, el primero que yo escuché, a comienzos de los noventa, hace una vida, pero ese trío fue el favorito del artista y de la crítica. Si el jazz es imprevisibilidad, improvisación y manejo creativo de las estructuras musicales, Bill Evans fue un músico de jazz perfecto. Dominaba la técnica del piano y remozó la importancia de la melodía. Sus standards son todavía piezas mayúsculas, referencias para otros músicos.

Debajo de esa planta formal y presentable estaba el hombre atormentado, el músico tóxico y sublime. Bill cierra los ojos y adopta ese gesto entre la armonía y el cansancio. Junto con Parker, Baker y Coltrane representa la quintaesencia del genio insoportablemente sensible. Devastado por el abuso de las drogas, sin superar la muerte de su padre, Bill Evans volcó en su piano todo su genio creativo, su digitación portentosa y el dominio de las escalas del jazz y también de la clásica. Inseguro, frágil, destructivo, se refugió en la música. Hizo que todo cuadrara. De una fotogenia que fascinaba, mezclando arrogancia y timidez, expresó su vulnerabilidad, su extrema seriedad, el arquetipo del quebranto que produce a veces vivir, más cuando se tiene el numen, la divina inspiración, el soplo del arte, Él tenía ese soplo, no dejó de tenerlo nunca. Se reía poco o nunca. Era otro al tocar, sin embargo. Conversaba consigo mismo, aprisionaba la esencia de la belleza, exploraba con magisterio el secreto  de las cosas, como decía Borges. Bill Evans es la pulcritud. Sostuvo siempre provenir de unas ideas muy sencillas y de unas facultades muy limitadas. Su modestia era enfermiza. Jamás dijo nada de sí mismo que indujera la idea de que se gustaba. No conocía la vanidad, tampoco aceptó los halagos. Salía de los conciertos y se refugiaba en la habitación de hotel: rehusaba el agasajo, no deseaba ser el centro de las miradas. Le sobrecogía la fama. Coltrane, con quien trabajó en Kind of blues, el disco inmortal de Miles Davis y del jazz, el más aclamado y que mayor influencia ha producido, no soportaba esa lentitud, toda su apatía emocional. Tampoco que un blanco brillara entre tanto talentoso negro. A él no le importaba, no le preocupó. Sólo deseaba tocar con los mejores. También que no lo molestaran. Yo toco, disfruto, cobro y me dejan ir, parecía decir. En la foto está pensando todo eso: cuánto queda para sentarme otra vez y tocar. Piensa si podrá retirarse discretamente después y pillar algo sin que nadie le importune ese viaje interior. Quizá toque el vals para Debby, la sobrina más famosa de la historia del jazz. Justo cuando el free-jazz tomaba impulso frente al be-bop, que rompía la hegemonía de orquestas que en los cuarenta y principio de los cincuenta habían gobernado el territorio jazzístico, Bill Evans recuperó la fórmula conocida del trío con piano, pero le arrebató la tradicional primacia del piano consintiendo que el bajo y la batería entablasen un diálogo fluido con éste, intermodulándose, creando atmósferas de una comunicación musical hasta entonces no conocida.  Ah, y además fue el músico blanco que dejó plantado a Miles Davis: por agotamiento, por buscar nuevos lenguajes, por volar solo.

14.9.20

Descorazonarse

 El diccionario es un territorio caprichoso en el que todo se comunica y ensambla, pero hay huecos, pequeñas anomalías que adquieren una insólita capacidad de desamparo o de orfandad. Hay palabras que tienen su contraria y las hay que la rehúsan. Hoy escuché el verbo descorazonar. Lo dijo una señora en la cola de la charcutería. Se sentía (creo repetir con fidelidad) "descorazonado por la mierda del Covid". Aparte del hecho de que el bicho no posee entidad jurídica ni emocional como para echarle en cara su crueldad, advertí que había elegido con mimo el verbo, como si se esmerara en expresarse con pulcritud y temiese no dar con el mensaje correcto. Pensé que nos descorazonamos por variadas circunstancias: le perdemos asiento al corazón, se nos desmanda, obra a su antojadiza capricho y de pronto se vuelve reacio a cumplir las demandas que se le exigen, esto es, la sensibilidad y el afecto o la armonía y el amor, no sé, todas esas palabras grandes que a veces usamos cuando nos ponemos trascendentes, pero luego no nos corazonamos, permitid que incruste aquí el vocablo inédito. Pareciera que el diccionario no precisara que tal operación sentimental pudiera darse y zanjara el asunto con la omisión deliberada del verbo. Los antónimos tienen su propia dinámica semántica y dejan desde el principio las cosas claras para el hablante desavisado, que cree tener una palabra para cada cosa, o es al revés, no sé ahora. La mujer que dio pie al texto (quién sabe si lo lee y comenta, no sabe uno las vueltas que dan las historias) pidió con amabilidad una cuña de queso curado y un cuarto de salchichón y terció a otros asuntos. Al parecer su marido está en un ERTE y se le cae la casa encima. Le he dicho que se saque el bono del fútbol, sentenció. Pero ya no tiene interés por nada. Estará descorazonado, pienso yo. A ver si se anima. Eso es. El verbo es animarse. Tras asistir al vaciado del corazón o a su decaimiento hay que animarse. Qué difícil es confortarse cuando las palabras te abandonan. 

13.9.20

Un templo


Algo sucede a lo que no sé dar asiento.
Unos perros a lo lejos conversan sin que se sepa
el desorden que les arrima a la discusión.
La noche está ocupando la blanda extensión del día.
La urgencia de la luz se obstina en desocupar su oficio.
Esa hendidura dulce con la que el cuerpo se vacía.

Unos grillos rivalizan con la música caótica de los ladridos.
La iglesia al final del camino invita a que busque a Dios.
De pronto lo escucho con torpe claridad.
Me hace creer en la incertidumbre generosa de mi espíritu.
Casi brama ahí adentro, pero distingo
en el ruido que incesantemente produce
grillos y perros.

Ahí vamos a ciegas los dos.
Y el tiempo discurre con pasmosa certeza
Y no sabe uno nunca a qué atenerse.
Si a la memoria disponible o al yermo  caudal del porvenir.

(Iglesia de Los Remedios, Villafranca de Córdoba)

8.9.20

Pandemia y escuela

Lo que de verdad hace decaer el ánimo en la comunidad educativa (maestros, alumnos, padres) no es que abran las escuelas sin haber atendido con previsión y eficacia las más elementales medidas de cautela (no lo son la ratio desmesurada y la escasez de profesorado) sino la sensación de que se nos deja a expensas de la incertidumbre y, de camino, ofrecidos como sacrificio a la miseria y a la tragedia de la enfermedad. Empezamos en breve un curso extraño. Creímos que la experiencia del último trimestre del anterior haría que las autoridades se esmeraran y dieran de sí lo que se les exige, nada del otro mundo, si me permiten. Cualquiera coincidiría en ese deseo del gremio de los maestros apoyado sin fisuras por los padres, que no están siempre en contra y entienden que el bienestar del profesorado y de la escuela es, al tiempo, el de sus hijos, expuestos, parte también de esta reclamación legítima. Las escuelas (sé de la mía) hace cuanto puede y procura que todo discurra con normalidad (qué pronto se pierde el significado de las palabras) y con cordura. A lo mejor todo iría mejor rodado si el montante extraído del PIB fuese más holgado, no ese pobre 4% que no da para mucho. Así que este desquicio no es únicamente consecuencia de una situación anómala (la pandemia) sino extensión de un proceder enquistado en el tejido orgánico de la misma Educación (año tras año, ley educativa tras ley educativa, que ha sido siempre un ministerio poco laureado, del que se sospecha (más que en el que se confía) y, por añadidura, ocupado por un gremio de obreros (qué somos, al fin y al cabo) que viven en la holganza y tienen su sueldecito a final de mes. Hay que cambiar muchas cosas para que los colegios sean edificios nobles, en los que se note a simple vista el mimo que les dedica el Padre Estado. A la vista de lo conocido, siguen siendo (unos más que otros) calamitosos, pequeños, dotados con tacaña generosidad. Que hacen falta más maestros. Que la escuela es la brújula que indique la dirección hacia la que avanza una sociedad. Que este marasmo de ahora, en su gravedad, ha enseñado las vergüenzas del sistema, ha hecho visibles las penurias y ha delatado la dejación de unos y de otros hasta el momento Covid, el actual, que sólo ha venido a señalar los rotos y meter indecentemente el dedo y hacerlo más grande. Con todo, hay cosas que funcionan, cómo no. No solo se envalentona el profesorado, que siempre está disponible y saca voluntad de donde a veces no queda, sino esa misma sociedad, que tal vez a partir de ahora empiece a comprender la importancia del magisterio como oficio y la de la enseñanza como vehículo de progreso. Será eso: que no hay tal progreso y seguimos yendo a ciegas o a tientas, probando una y otra vez, a la espera de que por una vez se encienda la luz y dure su brillo. No es tampoco que las autoridades hagan mal su trabajo (es cosa de opinar, prueben): hay una inercia, una costumbre. Hubo tantos que la menoscabaron que la educación necesitará el arrimo de todos para que de una vez adquiera su lugar en el hipotético ranking de conceptos consolidados, aceptados por todos, preservados por todos, del que sentirse orgullosos. Ese es el camino: lo del bicho esa anécdota, la más cruel, pero anécdota.  Si no creemos que es cosa de todos no será de nadie.

6.9.20

Los caballos en Béjar



 

Mis caballos están en la mesa de trabajo y de lectura de mi amigo Luis Felipe Comendador. Me ha dicho que los lee "con hambre" y le gusta que haya un texto cortito con dedicatoria. Junto al Zippo (del que no se separa nunca) y el viejo Mac en el que habrá escrito algunos de los mejores poemas que este poeta pequeñito haya leído. Está bien mi libro entre esos objetos sentimentales: el Zippo, el Mac, el Winston, el cenicero ejerciendo de cenicero a destajo y los libros (Ezra Pound, qué bien, qué loco estaba, a la vera del mío). Vino desde Béjar a Lucena a leer poemas de su Galería de estrafalarios (al delicado cuidado de Jacob Lorenzo) y a contar cosas del orden del mundo, que está ahora un poco sin brújula. Habló de vida, aunque la trama que hila esa galería sea la de los poetas suicidas, cosas suyas. La poesía hará que todo acabe ensamblándose, una pieza con otra, una vez y otra, en una danza infinita, de eso hablamos en una terraza con un café, antes de que empezara el acto, o a lo mejor fue otra cosa, pero yo entendí eso, cosas mías. Además de escribir tan bien, qué bien recitó sus poemas. Me dijo que ojalá pudiera recordarlos, no contar con el libro en la mano, poder decirlos como el actor que ejecuta un parlamento. Que la memoria, serán los años, ya fallaba. Será lo único. Leyeron con magisterio José Manuel Pozo Herencia y Antonia Jim Rod, y presentó con soltura y emoción Jacob Lorenzo. Un clavinova y un violín (magníficos ejecutantes) hicieron que no faltara la alada música.




4.9.20

Pandemia y desobediencia

La pandemia ha configurado un nuevo modo de vivir en el que prevalece una cierta privación sensorial. La contamos con desparpajo y conciencia de que ese desamparo emocional es con el que nos ha tocado apencar, a falta de que la ciencia dé con la vacuna y se democratice su aplicación, que ese será otro hilo narrativo. No veo yo que nos hayamos tomado en serio la profilaxis, a pesar de los mandatos y las restricciones gubernativas. Hemos prestado más atención a lo que otros hacen a favor nuestro que a lo que podemos hacer nosotros mismos. Es común esa dejación, cosa del carácter de estas latitudes o del apresto moral de un estilo de vida inclinado a la pereza y al desacato. Entiende uno que haya edades en que impere la desavenencia, esa inclinación a no contar como propio lo que se nos cuenta. Desobedecer entonces es una de esas maneras con las que nos curtimos e integramos en la sociedad. Es más tarde cuando comprendemos que es mejor ser integrado que apocalíptico, como dejó escrito Eco en 1964. La cultura de masas es nociva, dicen unos. La cultura de masas es beneficiosa, dicen otros. La conciencia de que formamos parte de un ecosistema (social, político, etc) o la de que no es cosa nuestra ese hábitat, pero la enfermedad no entiende de ideologías, alguien lo habrá dicho. La pandemia es un delirio del aire, una fiebre cuyo avance no atiende a razones. No es ni enemigo siquiera, no posee la voluntad de causar daño, es un cáncer democrático, una bestia ciega, una muerte anticipada, me dijo ayer un amigo. Contra su loco empeño solo hay que rendir respeto. La educación en estos tiempos es el único salvoconducto para deambular por el paisaje devastado que causa su paso. La metástasis es desoladora, no conoce freno, su empecinado trasiego es sordo y es mudo y es ciego. No se desobedece al tajo que te abre la herida. 

1.9.20

El candor

Encontré anoche, distraída en un álbum, una fotografía mía de 1972, calculo, ya que no registra fecha al dorso. Yo con mis seis años en un patio de vecinos en la calle Jaén con la mirada como arrasada por un vértigo de juegos. El cuerpo flacucho huyendo del invierno. Las gafas sin Julio Verne todavía, ni Robinson Crusoe, ni Jabato. Toda esa evidencia de candor en las mejillas y, probablemente, una hormiga muerta en el bolsillo. El pasado abandona estos retratos en un cajón: uno ya no duda de que la vida cobra ávaramente sus tasas. Ebrio de ahora, escribo en este día con el que empieza septiembre mi tristeza correctísima, mis gozos y algunos indicios fiables de sombra en el cuerpo, que ya no es flacucho (me remito a la contundencia de mi peso) ni huye (como antes) del invierno. Ahora me pierdo en el frío, que ya se va viendo venir, con la timidez habitual, sin voluntad de ocupar el aire aún caliente del verano. Ahora mis gafas han leído a Verne (esa manía de Julio cuando es Jules igual que Charles Dickens no es Carlos Dickens) y a Musil y a Cortázar y han recorrido el mundo en dos mil películas (serán más), en casi tantos libros y en muchísimas (créanme) barras de bar, pero no tengo hormigas en los bolsillos y dudo que tenga alguna vez candor en las mejillas porque el tráfago de los días te oxida el pulso y te deja una costra de desconfianza en los gestos. Así que he mirado la fotografía (de la que prescindo dar restitución) con arrobo y la he vuelto a colocar en su sitio. Me la hicieron para que ahora escriba este quebranto demartes sin prodigios. La tarde está gris. Ir a trabajar me ha dado hambre. 

Cuatro aforismos (cuatro más) sobre el tiempo

  Vidas de poco fuste o de más rica blonda o quizá goce de más crédito y asiento la idea de que no hay vidas ocupadas por un solo signo, pie...