27.6.13

Me indexan, me hurgan, me hieren



Indexar, la palabra temible. Si te indexan, si hurgan en el marasmo de bits que hay debajo de la pantalla, te puedes dar por jodido. La jodienda consiste en el volcado virtual de toda tu vida. No importa que no exista un consentimiento explícito por tu parte a que se airee lo que hiciste o lo que dejaste de hacer o que sea relevante o falto de absoluto interés lo que publicaste. Tampoco si te hace más grande o si te hunde. La máquina no tiene compasión. No está entre sus muchos oficios ni la compasión ni el pudor.  Los motores de búsqueda se limitan a oler y a seguir el olor hasta que dan con la presa. Tú eres la presa. Yo soy la presa. Y es posible que no podamos culparla de nada que nosotros mismos no hayamos fomentado. Esto mismo que escribo dejará de pertenecerme en el momento en que lo publique y lo estés leyendo. Si arremeto contra la autoridad, queda registrado. Si no arremeto, también. Si me declaro justicialista, amigo de los desvalidos, enconado activista contra los gobiernos del mundo, seré todo eso para los restos de un modo inapelable y, sobre todo, fragmentario y torpe. Porque nadie va a leer toda la novela de tu vida. Solo querrán los trozos que les convienen, los episodios en donde la carne está más a la vista. Ni derecho al olvido ni al borrado. La casa está abierto y puede entrar quien le plazca. Todo lo que opines podrá usado en tu contra. Todo lo que seas podrá ser usado en tu contra. Todo a lo que civilizadamente te inclinas o a lo que amorosamente ofreces tu simpatía se te podrá atravesar, incomodando a quienes no se inclinaron. En el fondo, se trata de un problema novelístico. Interesa toda la trama. Que no haya nada tuyo que no pueda ser compartido y convertido en material narrativo. Es la pobreza de la cultura que impera la que agita estas cosas. Yo, tan voyeur y tan cotilla, me entretengo con la ficción de la literatura. Es la literatura la que me provee de vidas ajenas. Soy el vampiro educado. El que se cuela en la casa abierta de los libros, pero el google no es un libro, es otra cosa que excede mi limitada capacidad de análisis. Lo que no tiene google es culpa de este destrozo ético. No deja de ser un rastreador apocalíptico, uno de esos artilugios que no deja un mosquito vivo en el dormitorio en pleno verano. Su hoja de ruta no entiende de privacidades. Si lo has dejado caer, ya no es tuyo. Si tuviste la temeraria idea de que deseabas compartirlo, no podrás echarte atrás. Los datos no te los protege ni Dios en sus nubes. Dios no entiende si las libertades prevalecen sobre la privacidad. Los jueces, en sus despachos, ahí andan. Pensando. Haciendo de dioses en lo suyo. Convirtiéndose en lectores de una novela farragosa, fea en el fondo. Por lo pronto, este texto, que leerán los amigos y los casuales, me va a retratar, dirá de mí lo que quizá no considere enteramente mío. No tendré derecho. Será de todos. Estará expuesto sin que yo pueda gobernar su alcance.

25.6.13

Luz de mi vida, fuego de mis entrañas...


Llevo unos días aplazando la lectura de un libro. No son estos días los ideales para perderse en él. Tampoco sé cuáles. Me entretengo en cosas frívolas, busco distracciones que no me ocupen del todo. Podría empezarlo y abandonarlo en la página 43. Volver mañana y leer hasta la 56. Esperar al fin de semana para llegar a la 78. Abordajes brevísimos. Hace tiempo que comprendo la dificultad de acometer la lectura de una buena novela al modo en que lo hacía antes. Razono que no dispongo del tiempo de antaño. Pienso que la novela, a pesar de su cálido abrigo, de esa sensación de casa felizmente ocupada, compromete mi ocio de una manera notoria. No es la primera vez que alguna novela fascinante (tantas) me ha robado horas al sueño, tiempo a mis dedicaciones domésticos o al desempeño de ciertas obligaciones sociales. No sé si la novela ha muerto. Imagino que no. Sé que no. Está viva, pero la acechan por doquier, la colocan en una posición francamente comprometida. No seré yo quien no acude a salvarla. No me entiendo si una a mi vera, esperando que regrese del trabajo, en la mesita de noche o en el mueblecito junto al sillón de orejas. Nada como un sillón de orejas para meterse dentro de una novela. El mío ha estado en tantos lugares y ha vivido historias tan maravillosas que a veces me extraña que no haya cobrado vida propia y requiera, como un adicto más, su ración diaria de ficción, su cuota de trama.

La evidencia de que no son buenos tiempos para la lírica. Lo doloroso es no disponer de información fiable sobre la duración de esta travesía. No saber cuándo volverá uno a tener tiempo para enfangarse en esos vicios antiguos. Vi anoche el lomo inconfundible de mi adorada Lolita y me entristeció reconocer que hubo una época en que leía a dentelladas, inconsciente, jubiloso, inocente. No me sucede esto con la música: encontré el recurso formidable del Ipod. Lo llevo encima siempre. Cargado de batería. El disco duro lleno de Bill Evans y de Charlie Parker. No podemos sacar en la cola del supermercado Lolita, Lo-li-ta, y verla otra vez en esos moteles baratos, oliendo a tabaco rancio y a moho ancestral. El escaso rato del que disponemos lo queremos convertir en el mejor de los ratos posibles. No nos rebajamos a leer mala literatura, ver cine malo o escuchar música innecesaria. Queremos siempre tener a mano a Vladimir Nabokov, a John Ford o a Keith Jarrett. Queremos dosis masivas de placer. Por eso duele esa pérdida miserable de tiempo que supone leer libros malos, ver películas malas o escuchar discos malos. Malogramos el apetito con golosinas defectuosas. Se hace uno exigente hasta el desmayo. No transige entretenimientos vacíos. No ver televisión es un síntoma de cordura audiovisual en estos tiempos de penumbra. La tele ha pasado ser un monitor, una especie de receptorio cómplice sobre el que proyectamos todos nuestros vicios.  Lo doloroso, al menos en mi caso, es la certeza de que hay cosas que irremediablemente perdemos. No he visto Mad men, y tengo referencias estupendas. Tampoco la filmografía completa de David Lynch, algo quedará por ahí sin ver. No he oído el último disco de Joe Jackson. No he leído poesía húngara del siglo XVIII. Todas esas cosas hermosas se quedan afuera, no se convierte en nada mío. Mi hambre se sacia con viandas a las que concedo la mayor de las importancias. Mi estómago se está convirtiendo en un sibarita. Y pasan los días sin darle la ración diaria de asombro y me voy instalando en la mediocridad del que únicamente ocupa las horas en cumplir trámites ajenos. Nada, en el fondo. Frivolidades de ocioso que quiere serlo más. El verano, que hocica su coppertone granuja en el blog. De lo que me están dando ganas es de volver a leer Lolita, Lo-li-ta. Creo que nunca acabé un libro con mayor sensación de felicidad. Hay libros que te colman una maravillosa vez y los hay que sabes que te van a colmar siempre. Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta

23.6.13

El hombre de acero: Demolition man



Nunca me fascinó Superman. La parte a la que más se inclina mi memoria mitológica es la de Clark Kent cambiándose en cabinas, titubeando, mostrando el lado humano (débil y apocado, en ocasiones) que también era habitual en Peter Parker cuando no trepaba muros. Creo que he visto todas las películas sobre Superman y ninguna está guardada al modo en que lo está algún Batman (los tres últimos merecen el mayor de los respetos cinéfilos) o el Spiderman de Sam Raimi. Lo de hoy, visto a primera hora, en un cine peligrosamente vacío, ay, me ha indispuesto contra el cine grandilocuente, el de la acción testosterónica despojada de propósito, el que solo abre el ojo (imagino que mucho) del espectador novicio, de fácil asombro, muy acostumbrado al vértigo adrenalítico de las consolas, de las que este hombre de acero será personaje fundamental. A lo mejor no hacía falta que se hiciera otra versión. Que se espaciaran más en el tiempo. Ninguna de las recientes (la de Richard Donner es la fundacional y pertinente) ha enganchado al público al modo en que Christopher Nolan logró hacer que su Batman anclara definitivamente en el imaginario popular y en la caja, que pide a gritos franquicias. 

Zack Snyder (300, Watchmen, Sucker Punch) es un cineasta nervioso, carente de la hondura moral de quien produce (otra vez el mesiánico Nolan) y con mayor interés en hacer una versión rompedora (lo es por muchos motivos) que sencillamente una buena película. No lo es en absoluto. La lastra esa sensación de espectáculo aparatoso, consciente de que los personajes deben tener un peso narrativo, pero espectáculo atronador, al cabo. La última media hora es un carrusel de destrucción absoluto. No creo haber visto en una pantalla un despliegue más convincente de edificios que se caen, coches que vuelan y ciudades enteras que escenifican el apocalipsis con el que muchos creadores de videojuegos sueñan. Dame demolición, dame ángulos de cámara imposibles (aunque fríos como un cubito de hielo en plena nuca) y yo llenaré la sala. No sé si el género es el que está agotado o soy yo, sencillo consumidor de cine de evasión, aunque moderadamente exigente a pesar del embolado en el que sé que me meto. Eso de ser de la Marvel o de la DC Comics hace que uno perdone estos deslices. En cuanto anuncie un hombre de acero dos, abonaré en taquilla y me sentaré (si es posible con mi hijo, que piensa como yo a poco que se le hurga) en una buena fila para que el destrozo se aprecie con más limpieza.



Unas confidencias de amigos



Vivir uno en sus cosas y apenas prestar atención a las ajenas tiene su punto de vértigo. Puede llegar el momento en que te apetezca quedarte dentro para siempre o te de el punto, salgas, y entonces ya no desees regresar al interior. Lo ideal, dice mi amigo K., es hacer funambulismo entre la realidad y tu cerebro. Si te das un atracón de una, te revuelcas en la otra. O viceversa. Él dice que necesita mucha calle para regresar luego a casa y sentirse a gusto en ese vaciadero doméstico, en ese refugio aceptado. Es el perímetro invisible. Cada uno establece el suyo. Eso de las líneas crea compartimentos más o menos estancos, reductos, búnkers de lo mundano, pequeños o grandes refugios en los que dejarse vivir. Contrariamente a lo que este pensamiento pueda parecer, hay júbilo dentro y es razonable que lo haya afuera. Los días se presentan antojadizos. Los hay grises, reventones de fatalismo, y los hay exultantes como una resaca de besos. Hay días que parecen ranas agonizando en un charco y días de estambres estallando en el cielo de la boca. Llevo unos días escribiendo sobre los días, sobre cómo son o sobre cómo debieran ser. He pasado recientemente algunos muy hermosos, muy líricos, y teme uno que llegue el reverso, la inevitable voladura de la felicidad recién amasada, y acudan los tonos grises, el jazz seco, toda la ginebra fea del alma, la que te hace dar arcadas en mitad de un sueño, pero soy obediente y hago caso de lo que me dicta una voz ahí adentro, que me susurra, sin que yo lo aprecie a veces: deja correr las cosas, deja que pasen. Y sé que suele funcionar esa indolencia sabia, ese no incurrir en el vicio de atropellarse, de querer ir más rápido, de vivir sin propósito. Ahora Joe Pass y Oscar Peterson me está contando cómo debe ir mañana el domingo. Qué debo hacer para que sea redondo.

22.6.13

Apuntes

Los días son ficciones
Igual que en ocasiones para escribir un buen cuento solo necesitas una frase memorable, uno de esos comienzos perfectos que reclutan de inmediato el asombro de quien lee, los días precisan también su reclamo fantástico, el punto desde donde levantarlos, ese pequeño prodigio que el azar nos confía y sobre el que en ocasiones hace que el mundo gire. Días encomendados a la alegría, días sin ningún inconveniente apreciable, días ganados al desencanto. 

Viva la modorra
Entró ayer el verano sin la fanfarria térmica de otros años. Lo dijeron en televisión y casi no hice aprecio. Absurdamente. Odio el calor. No sé combatirlo. Carezco de cualquier iniciativa creativa que lo palie. El recostado debajo del split no es un recurso imaginativo. Lo único bueno de esas tardes infinitas en las que uno imagina arder la calle es la posibilidad de sestear o de consumir cine sin pudor, indiferente a si es una obra de arte la que hemos escogido o es una cosa infumable de serie B. Uno es exigente después, cuando el calor se retira. Mientras esté cerca, no tenemos voluntad. Yo, al menos, no la tengo. Me dejo llevar, me hago amigo de la bruma indecente de no pensar en nada, me enamorisco de la pereza, me dejo conmover por los vapores exquisitos de la modorra. 

Posting
No sabe uno nunca cómo desconectar o incluso no tiene claro si servirá para algo. Tampoco si esta absoluta certeza de estar conectados es tan nociva como algunos se obstinan en hacernos ver. Mi amigo K. sostiene que las redes sociales son una enfermedad como otra cualquiera. Una que precisa fármacos como si fuese un jaqueca o un ataque de asma. Me confía la idea de que todos los que estamos a diario en los blogs y en el facebook, mandando o recibiendo whatsapps o pendientes de la bandeja del gmail en el iphone andamos un poco acelerados. Hay personas a las que nos conviene el brío. Sacamos partido de ese estado espídico de las cosas. Va uno aprendiendo a desconectador sin perder de vista el interrumptor que nos activa de nuevo. Hoy sábado, en lo que a mí respecta, toca no tener plan alguno, no hacer nada de lo que hacemos normalmente, caer en la cuenta de que es bueno sentirse hospitalario con uno mismo

20.6.13

Battiatio le da un aire a Pavese, ¿a que sí?





Una confidencia con el café
Últimamente me veo a escondidas con mis vicios y hará más de un año que no pongo en orden el cajón donde los guardo. Dice K. que no es bueno estar todo ese tiempo alejado de uno mismo porque el que no se entrega a sus cosas, distraídamente, cuanto más a lo tonto, mejor, no puede entregarse a todas las demás, y yo le miro con el afecto de siempre y tomo nota de lo que dice para regresar a casa con algo bueno aprendido que poder llevar a término en cuanto la rutina me desencasquille la inspiración y tenga un par de horas en las que perderme dentro. Estará bien eso de ocuparse de uno mismo de una vez por todas. Hay alucinaciones que tienen aspecto de realidad y pedacitos de la realidad que, a simple vista, sin escudriñar en exceso, parecen una alucinación pura. En algunos momentos la vida descansa en esos dos lados: en alguna parte está la vida alucinada y en otra, a veces muy cerca y otras inasequiblemente lejos, está la vida real. A mí me gusta imaginarme con la facultad de viajar de un lado a otro. Una especie de caprichoso vidanauta, déjenme que lo exprese así, con la certeza cabal de que cada instante es precioso y que en cada momento de la travesía puede suceder el milagro que la justifique plenamente. 

K. se aburre cuando le mareo con lo que pienso: me gusta más leerte, en tu página, que escucharte, Emilio. Pero K. no tiene Internet y sale poco de casa, así que difícilmente puede ser verdad lo que dice, pero no sabemos qué es verdad y qué mentira. Aunque también podría tratarse de un problema de apreciación y todas estas distorsiones del pensamiento responden a un plan metódico escrito por alguien y uno, en el escenario, representa (incluso mal) el papel caído en suerte. En desgracia. Hoy de nuevo, en casa, he pensado en todos esos autores de la Literatura que han fantaseado con la posibilidad de que seamos invención de otro. Mi creador debe ser un tipo digno de lástima. Me tiene abandonado. Me ha dejado a medias y apenas se deja caer por donde ando y pone en orden lo que inventó. De hecho, yo tampoco me excedo en esas filigranas del intelecto creativo. Mi cajón de vicios está impresentable. Entro y salgo y cojo y suelto, pero cada día se me hace más pesado abrirlo y rebuscar entre lo que hay algo que contente lo que espero. En el libro de la ilusión hay un montón de páginas patéticamente en blanco. No las escribió nadie. No hubo quien tuviera nada que decir y yo mismo, el dueño de la bitácora, escribo sobre frivolidades y no acierto a acomodar el verbo al cuerpo y así describir con el rigor que merezco cómo estoy a estas alturas de lunes.

Lo difícil es atrevesar los domingos y salir indemne. Eso es lo más complicado de explicar: cómo atravesar la tarde del domingo sin que los demonios de la incertidumbre te coman la cabeza y te incendien el pecho de angustia. Y luego están los lunes, los martes... Los domingos con su blues dentro. Restos de Pavese, me informa K. No acabo de entenderle bien. Malas lecturas. Malos tiempos para la lírica. Ahora voy ver el As para saber qué dice del Madrid de baloncesto, que anoche ganó la Liga ENDESA, creo que se llama. No sé a qué viene eso de ponerle nombre de empresas a las ligas. Ahora lo he puesto con mayúscula. Ojalá alguien venga y me patrocine. 

Un aparte de un sueño
El canon, en Literatura, busca la polémica, el debate entre contrarios, la hostilidad en lo libresco. El día en que a alguien se le ocurra borrar a Kafka de una posible nómina de genios absolutos de la Literatura será un día remarcable en el calendario, el que algunos (más sensibles, tocados por lo romántico) recordarán cuando no tengan nada de que hablar en la barra de un bar o cuando, releyendo a Kafka, por supuesto, expongan las consideraciones que crean oportunas para imponerlo a la lista. A mi amigo K. le sigue pareciendo una blasfemia (él tan descreído usando esa palabra) que Borges no recibiese el Nobel de Literatura. Echa espumarajos por la boca. Desde ese día suele no dar importancia alguna a ningún premio que se otorgue a un escritor. Ni siquiera cae en la cuenta de que habrá autores de la relevancia del argentino que tampoco recibieron el agasajo de esa distinción. A Bloom lo lincharon cuando cogió un puñado de genios y no cogió el otro puñado. Igual existen varios, qué sé yo. Le doy a K. toda la razón. Está considerablemente autorizado para echar espumarajos por la boca cuando le dan a Fulanito de Copas el paraíso en forma de premio. Borges no lo tuvo. Yo en ocasiones, en mitad de la noche, me despierto y balbuceo unas palabras de sonrojo. No son espumarajos en realidad, pero a mí me lo parecen. Yo, formado humanísticamente en los clásicos, no puedo pensar en que no colocasen en esa lista antológica a Góngora. Voy a mirar si está. Como falta, ay si falta. Me veo esta noche, ya entrada la madrugada, despertando a mi mujer por los gritos. Me entenderá a medias. Tengo que leer luego unos sonetos. Por si esta noche me pongo barroco.


Fervor


 Las cosas más bellas son las que inspira la locura y escribe la razón.
André Gidé

Con la razón se pueden hacer cosas hermosas y algunas, bien miradas, aspiran a alcanzar el rango de artísticas. No soy de los que piensan que hay que estar ebrio para que el numen te atraviese y el arte fluya por tu corazón y pongas las palabras en la mano que escribe o en el pincel que pasea el lienzo. En una ocasión, me entusiasmó este diálogo estéril. Concluí con la felicidad de que no había encontrado ninguna idea que me confortara del todo. Ninguna que yo pudiera blandir si alguien me preguntaba o si yo mismo, en una de esas ocurrencias que a uno se le plantan y que lo entretienen, me retara a cerrar con aplomo la cuestión dentro de mi cabeza. Tengo la cabeza llena de frentes y no tengo interés en cerrarlos. Están bien así, dispuestos al galanteo con las ideas de los otros, incapaces de ninguna señal de hostilidad que amedrante a quien viene a contar su historia. Es que amamos las historias. Sobre esa idea se puede entablar un diálogo infinito. Conozco a dos o tres personas (no crean, no más) con las que me perdería en esa viciosa plática. El lenguaje es el vicio. Admito que me demoro en el pequeño burdel con el que a menudo me tienta. Me dejo sin dejar que insista mucho. Incluso a veces provoco yo que me empuje y me aloje en alguna de las casas con las que ameniza los caminos por los que me muevo. Fervor es una palabra que me parece de una promiscuidad asombrosa. Quien posee fervor por algo expresa una voluntad lúbrica. Hubo una época en que fervor me parecía más una palabra inclinada a celebrar lo muy religioso o lo declaradamente espiritual, pero creo que no necesito privarla de la posibilidad de que sea muchas cosas, según el estado de ánimo que tenga. Alguien, el otro día, me hizo pensar en el fervor. El de Buenos Aires o cualquier otro. Fervor. Qué de cosas hay adentro y con qué delicadeza fonética se airean.

Últimamente estoy en un periodo en el que me siento impuro. La pureza de la que ya no presumo era de índole literaria. Después de leer nuevamente a Pessoa (El libro del desasosiego) pasé a una novela fantástica, que me iluminó y me invitó a escribir yo novelas: hablo de Intemperie, de Jesús Carrasco. La invitación, aclaro este punto, duró un día, tras el cual volví al enamoriscamiento con mi blog y a centrarme en lo que de verdad soy capaz de hacer, esto es, escribir sueltos, textos de un minuto o de dos, a lo sumo. Después de Carrasco, leí una muy divertida Historia del Mundo contada para escépticos firmada por Juan Eslava Galán, que anduvo por Lucena y al que no vi, todavía no sé el porqué. Eran buenos libros que prometía la sana rivalidad de otros buenos libros. Así llego Leche, de Marina Perezagua, asombroso volumen de cuentos que tuve el placer enorme de presentar en Fuengirola hace un par de días, aparte de conocer a su autora y de sentirla ya como algo mío. Y he aquí como llegó Dan Brown. Sí, el del código y las conspiraciones. Ha venido con la Divina Comedia de Dante y yo le he dejado entrar. Ah impureza, ah dardo que pudre la carne noble y el exigente espíritu. No he durado más de cien páginas. Lo he dejado dentro del pequeño archivo alojado en mi ebook y no he querido saber si Robert Langdon salva al mundo. Porque de eso se trata, no hay más. Me encantó, sin embargo, leer que el autor no aspira a ser considerado un escritor al modo en que lo es Paul Auster, Javier Marías o Robert Musil, pongo por caso. Que lo suyo es el entretenimiento. Como una especie de mercader que en lugar de vender ajos en un puesto de la plaza vende historias. Bendita impureza, imagino. Da gusto enfangarse de vez en cuando con estas baratijas amenas. Esta vez ha durado cien páginas, pero no crean que siempre fue así. Uno lee casi de todo. Borro de mi generosa lista a Coelho y a Bucay. Eso no es impureza. Es un estado más bastardo del alma. No sé si me explico. Quizá no haga falta. Ya digo que la razón puede de vez en cuando crear belleza. O será la ilusión de la belleza, qué más da.

18.6.13

Presentación de Leche en la Biblioteca Miguel de Cervantes de Fuengirola








Este es el texto que anoche leí en la Biblioteca Miguel de Cervantes de Fuengirola, en la presentación de Leche, el segundo libro de la escritora sevillana Marina Perezagua. Fue un placer y un honor que se me encomendara tal cosa. Lo fue desde que me lo propuso y también durante el tiempo en que compartimos la celebración de que un libro se publique, convoque a tanta gente a su presentación y suscite un diálogo tan fluido y tan hermoso como el que se produjo a la conclusión de mis palabras de introducción. Quienes nos recibieron en la Biblioteca (Conchi, Gloria, José Manuel, Elena, temo olvidar a alguien) hicieron que al menos yo me sintiera arropado, cómodo, rodeado de amigos, a pesar de que era la primera ocasión en que nos tratábamos. Los libros obran estos prodigios, crean entre quienes los aman un vínculo fantástico. Marina es una criatura adorable, una escritora estupenda y una amiga, en adelante, no lo dudo en absoluto. Dejo aquí el texto íntegro de mi presentación.




"Hay una cita de Borges que siempre me pareció muy hermosa. En ella se da un concesión a la esperanza y también a la convivencia entre quienes no piensan del mismo modo. Dice:

 Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno

Empiezo trayendo a Borges porque sé que a Marina le agrada esa visita. En una de las muchas charlas que hemos mantenido los dos por la gracia de las redes virtuales, hablamos también de Borges. Estaba yo en mi casa, en Lucena, a una hora tardía y ella, en el metro, yendo o viniendo de Nueva York a sus asuntos. Y no dábamos con las palabras exactas de Borges. Me sentí desconcertado por esa conjunción maravillosa. El metro de Nueva York, que yo he visto cientos de veces en películas. Borges, al que he leído cientos de veces en cientos de sitios y una escritora que me invitaba a presentar un acto muy querido para ella, la presentación de un libro en su tierra, en Andalucía.  Así que empiezo, si me permiten, con Borges. Decía que un libro no era nada si no se producía el acto mágico de abrirlo.  Para quien no lo haya leído todavía, les confieso que este acto mágico lo es entonces por partida doble.

Mi  fascinación por la zoología fantástica no tiene antecedentes familiares. Ninguno de los míos se entusiasma como yo cuando coge un bestiario editado con lujo o un modesto ejemplar, enfermo de viejo, alojado en un anaquel de una librería de segunda mano o cuando el cine proyecta historias en donde acuden animales extraordinarios, monstruos de insondables simas, criaturas de infiernos que solo vislumbran los atormentados. En el desquicio se aprecian con más nitidez (con más hermosa contundencia incluso) los matices extravagantes de la realidad, la verdadera piel de las cosas, no la visible, la que se ofrece a beneficio de vagos y conformistas. En la literatura existe también esa restitución de lo anómalo. Ya sean personajes dignos de Lovecraft o del cine de terror de la Hammer o personajes de apariencia rutinaria, normales en lo visible, pero devastados por la enfermedad, por el dolor o por alguna secreta e inconfesable fractura. El escritor, al expulsar los demonios que lo pueblan, al compartirlos, los convierte en otra cosa. Soy de los que piensan que no hay acto más generoso que la literatura. La de Marina Perezagua es generosa y es liberadora. La libera a ella y nos libera a sus ocasionales lectores. Hay algo de buzo o de espeleólogo en quien penetra en un libro. Afuera está la realidad que se pisa, la que que se huele y se manipula, pero adentro hay otra realidad que la lectura rescata. Todo lo que cuenta Leche es eso, un rescate, una especie de volcado poético de un tesoro alojado en las profundidades de la tierra. A lo que Leche invita es a  un viaje telúrico en el que vamos a descubrir criaturas del abismo. El abismo en el que miramos y el abismo que nos mira, ya saben. Criaturas extraordinarias, supervivientes fantásticos, seres que de una u otra forma recurren al heroísmo para no vivir en desgracia o para no extinguirse. Esa es la parte del ingenio narrativo de Marina que más fascina: la que se ocupa de normalizar las heridas de los demás. Tal vez de camino uno también cura las suyas.

No sé si hay cosas que se resisten a ser contadas. Leyendo a Marina uno piensa que la literatura es un acto prodigioso y que la gobierna la voluntad absoluta de contarlo todo. El pudor no existe. En lugar del pudor lo que encontramos es una especie de exhibicionismo romántico, en cierto modo, poblado por personajes aquejados por algún tipo de dolencia física o espiritual. Y para contar el dolor hace falta despojarse de las convenciones y de los protocolos y proceder como lo hace un cirujano frente al destrozo que va a recomponer en la mesa del quirófano. Contemplado de un manera científica, si es que esto es posible, el libro de Marina es un cuerpo dividido en catorce fragmentos, en catorce cuentos, en catorce dolencias, en catorce compartimentos que, en ocasiones, abren y cierran puertas para que la memoria fluya e informe a quien la escucha del prodigio al que asistió. Un poco como Batty, el replicante de Blade Runner. Si él se va no sabremos nunca qué hay en las puertas de Tannhauser. Todas esas cosas se perderán. Como lágrimas en la lluvia. La literatura ofrece la posibilidad de que nada se pierda enteramente. Incluso el dolor hay que preservarlo, el dolor sonámbulo yendo y viniendo por las costuras de las palabras, el dolor primordial por donde transcurren también los prodigios del amor y los milagros de la felicidad. 

Quería empezar hablando del dolor porque sé que terminaré hablando del amor. En los cuentos de Edgar Allan Poe casi siempre hay un muerto dentro y es a partir de la inminencia misteriosa del muerto desde donde Poe arma su literatura. Marina Perazagua prescinde del muerto, no lo precisa en absoluto, aunque cuente con él y lo haga un condimento relevante de la trama. A lo que se inclina la escritura de los cuentos es a la pedagogía. Son historias que nos ayudan a vivir mejor. No porque sean de una hermosura arrebatadora ni porque cuenten cosas sobre la belleza del mundo. sino por la voluntad sanadora que poseen, por la sospecha de que se nos está administrando un bálsamo. Esa idea de la literatura es la que a mí más me fascina, la que desconcierta, la que produce una perplejidad, un asombro desde el que comprender el mundo o desde donde cuestionarlo continuamente. La herida más dulce es el asombro. No creo que exista otra que atraiga más. Por eso amamos la ficción: por la imprevisibilidad que promete, por toda la promiscuidad que tan alegremente nos vende. Como los billetes dorados que el bueno de Willy Wonka escondía en sus chocolatinas. Como momentos de felicidad alojados en la costura siniestra de las horas.    A lo que la buena literatura se enfrenta es a la pereza. Perezagua, permítanme el sencillo juego de palabras, no desea un lector invertebrado: aspira a encontrar un lector cómplice, que comprenda al conejito follador que escandaliza el cielo de Hiroshima en Little boy o a Alba, la protagonista de Algas, una mujer cuyo afán es pensar sin las trabas del cuerpo en una especie de apnea orgánica. En cierto modo es Alba la que representa el espíritu de los cuentos de Marina. Lo que desea es dejar que su cerebro solo piense. Que no se entretenga en administrar el flujo del menstruo o en vigilar la frecuencia cardíaca. No sé si ese propósito hace que Leche sea un volumen adscrito a la literatura de índole filosófico, a la fantástica o es un vademécum sobre las fracturas del alma. Leyéndole, en ocasiones, en algunos trozos más que en otros, he advertido un aliento metafísico, pero que nadie se alarme. 
 
No es un libro de lectura farragosa. Quien escribe bien no precisa de alambicar las frases. Las deja ir, mimadas, pero sin que la escritura gobierne lo que la escritura cuenta. Es admirable el control narrativo. Esa sensación de que el argumento de cada cuento está absolutamente previsto, sin que nada se abandone al azar. Y eso, en la brevedad de algunos, es más admirable todavía. Se lee con absoluto placer, aunque habría que ajustar qué concepto de placer hemos convocado. No es uno frívolo ni tampoco perecedero. Es el que se queda y se hace fuerte a medida que lo mimamos. El lector invertebrado no desea estar de pie. Prefiere una postura distendida, horizontal. Por eso quizá a Marina le gustan las inmersiones acuáticas. Porque son verticales. Porque indagan en lo que está en el adentro. Se podría uno extender en las redes narrativas de los cuentos, en cómo los personajes son una conciencia y también un cuerpo que la transporta, en eso que se dice en Algas: "La tensión es tanta que arma un esqueleto". De la nada, de las palabras que vertemos, podemos construir una vida. Es que el escritor es un dios caprichoso y un dios rudimentario y esta escritora ha forjado un cosmos a la medida de sus obsesiones. No creo que sean muy distintas a las vuestras, a las mías. Ella lo que hace es coger un átomo fácil de entre todos los átomos difíciles y ahí es en donde empieza a contarnos la historia. No anda a tientas por el texto que nos ofrece. Coge un cuerpo y lo convierte en un atlas. El cuerpo es un atlas. Mil dolores pequeños lo atraviesan. La orografía es un inventario de afecciones. El escritor es, en este caso, un cartógrafo al que se le ha encomendado la empresa de registrar los accidentes y anotar escrupulosamente los efectos de la erosión, el volcado epidérmico del oficio de la vida. Da la impresión de que lo ha medido y lo ha pesado y lo vestido y lo ha desnudado las veces suficientes. Está en posesión de esa rara facultad que consiste en hacer de la fatalidad un rasgo natural de la existencia. Lo trágico, al servirse con estos mimbres poéticos, de ternura y de calidez también, pierde un poco su condición terrible. Nos apenamos, nos emocionamos, nos conmovemos, pero seguimos leyendo en la creencia de que hay belleza dentro del caos.

En la tragedia todo es verosímil. Hay en nuestra perrcepción de la fatalidad una firme voluntad de asiento narrativo. Creemos en que las cosas pueden suceder como se nos explican, por más increíble que parezcan los hechos que la presentan. Somos lo que escuchamos. Somos receptores voraces de historias. Da igual que lo que nos alimenta sea lo invisible, lo que no podemos manejar cartesianamente. Las viandas narrativas más exquisitas apelan a nuestra credulidad. En los cuentos de Marina Perazagua no se produce ningún engaño fantástico. Como dice Juan Herrezuelo, mi amigo, en una nota que dejó en este blog, Leche normaliza lo fantástico. Como si Pedro Páramo lo contara Cortázar. La fantasía, al rebajar su caché escandaloso, no deja de asombrar, pero se hace creíble. De ahí que contemos con Cortázar, un escritor que no se parece a Borges o que no se parece a nadie. Lo ideal de un escritor quizá sea eso: no parecerse a nadie, aunque el lector escuche voces en su escritura que le recuerdan a todos los escritores que ha leído. De hecho hay un cuento en Leche en donde, de rondón, Marina explica un poco esta herencia involuntaria. Uno de los que más me gustan, por cierto. Es Un solo hombre solo. El cuento que, a mi entender, rivaliza con Little boy en ambición, uno que merece una especie de spin-off. Esa historia nos regala ideas preciosas: invita a pensar que existimos porque alguien blandió una espada en el siglo XI o porque un poeta prefiguró el paraíso en un hexámetro o porque un hijo ordenara la biblioteca de su padre. El cuerpo recuerda cosas que la mente no estabula ni registra. Pero el cuerpo transmite esos conocimientos y las generaciones heredan briznas maravillosas de memoria. La biología está otra vez puesta al servicio de la poesía. El lector agradece ese afán didáctico. Lo que cuenta Marina precisa una documentación precisa. Se agradece esa afinación entomológica. Me imagino que no la poesía, al matrimoniarla con la ciencia, no deja de serlo, pero ya es otra cosa, un artefacto literario más puesto al servicio del fin último: que la historia se cuente lo mejor posible.

Leche, a pesar de que hable de enfermedad, de dolor y de muerte, en ocasiones, es una gozosa manifestación de vida. La atraviesa la vida sin la decoración que a veces le exigimos. Una vida sin certezas, si se desea. Una vida que huele a agua estancada, a rana, embadurnada de olores que cuentan historias como uno de los cuentos que más me han emocionado, "Él". La vida ofrecida como un infinito laberinto de efectos y de causas, de azar más que otra cosa, del azar que amaba Borges. Quizá sea Borges lo que más me una a mí con Marina. El amor a nuestro bibliotecario favorito. Solo hay que haber estado en un cuento de Borges para sentir que los de Marina son extensiones de una dignidad encomiable. Probablemente Borges estaría inclinado a sentir como propios, permíteme el atrevimiento de la noche, algunos. MioTauro es el homenaje previsible, pero los cuentos de Marina prefieren un lenguaje del siglo XXI, poético, despojado de cualquier voluntad barroca. Marina Perezagua escribe muy bien. En un país en donde se lee poco, Marina escribe muy bien. Y ahora vuelvo al argumento de donde partí: el buen escritor necesita un buen lector. Uno que se conmocione. Que no se venga abajo cuando lo que lee le apabulle, le produzca rubor, le aturda, le haga sentirse privilegiado por estar escuchando una confidencia. Las historias de Leche son confidencias, asuntos escandalosos para las mentes escandalizables. Hijos que preñan a sus madres. Padres que malogran el amor de sus hijos a pie de playa. Conductores que la conciencia no les permite dormir. Niños de una crueldad antológica. El alivio lúbrico que un profesor le procura a su alumna para que soporte la enfermedad que la postra en una cama. El padre que ama a su hijo por encima de cualquier otra consideración y no permite que el hambre se lo robe. Y he procurado no desvelar nada. Nada de spoilers. Solo he lanzado piedritas que han dibujado círculos en el agua. Ahora busquen el dibujo dentro del círculo. Ahí están las crisálidas. Porque primero somos crisálidas. Luego somos otros cosas.; algunas, maravillosas: otras, despreciables, pero al principio, en el instante en que el primer átomo hizo un movimiento creativo en el misterioso comienzo de todo fuimos crisálidas, átomos que necesitan quien los narrara. Disfrutemos hoy con este libro. Es disfrutable. Gracias por escucharme"



13.6.13

Lovecraftiana


1
Dicen de Lovecraft que fue el maestro absoluto del terror cósmico materialista. Siempre que veo The thing, La cosa, la obra clásica de John Carpenter, pienso en las deudas que Lovecraft jamás cobró en vida, el escaso reconocimiento que tuvieron sus cuentos. En La cosa no importan los muertos que va dejando la criatura del espacio. Tampoco, aunque parezca lo contrario, el modo en que las va eliminando. Importa el hecho de que hay una criatura y de que procede del espacio. También la certidumbre de que está aquí antes que nosotros mismos. Que hay una especie de derecho sideral a hacer y deshacer en su casa como bien le plazca. John McTiernan, dirigiendo Depredador, no se opone a esta idea: el alienígena es el hombre. Él es el sacrificado.

 2
De Lovecraft, el misántropo, cuenta esa impresión ancestral de que la Historia que nos han contado no ofrece los datos fundamentales y se limita únicamente a cierta parte visible, contrastable sin dificultad, esquivando sin pudor lo que la forja, evitando involucrar en su fundación fuerzas telúricas, atávicas, terroríficas siempre; fuerzas que, larvadas, solo esperan que se las despierte y ocupen el lugar del que nunca debieron retirarse y el caos, a través del linaje de los dormidos, reine en la tierra y la someta a la voluntad de sus dioses. Precisamente Lovecraft aparta a Dios, al cristiano, de toda su maquinaria narrativa con el solo objetivo de dejar al hombre, la criatura que alumbró ese Dios en el principio arquetípico de los tiempos, abandonada a su suerte, desamparada completamente. En el terror, Dios juega un papel primordial, pero el enfermizo autor de Providence, asqueado del mundo, incapaz de integrarse en la realidad, lo mata de un modo fulminante. Nadie ha matado a Dios como Lovecraft, sin que en ninguna de sus tramas haya una evidencia explícita de esa osadía literaria. Pienso en Sartre, en Camus, en Nietzsche o, más en la actualidad, Onfray, Hitchens o Dawkins, autores que acojen a Dios en su pensamiento para hacerlo eje absoluto de sus escritos y hacerlo trizas. Lovecraft, el huraño, el solitario, el aquejado de todos los males del hombre, es un puritano reconvertido en cronista de los infinitas abominaciones que la realidad esconde. En ese cosmos no hay lugar para la divinidad. Lovecraft tira de un ejército de oscuros dioses, de indecibles dioses que espolean hasta el paroxismo la inquietud del lector. Entonces y ahora.

 3
No sé las veces que he leído Los mitos de Cthulhu. Aplazo a veces su relectura porque no puedo evitar sentirme abducido por lo que cuenta al modo en que casi ningún otro autor (incluso autores cuyo estilo y tramas me fascina más) logra embaucarme. Hay una trampa hermosa en esos mundos primitivos. Yo los admiro por lo tenebroso y por lo fantástico. Lovecraft es un Poe avanzado, uno de esos alumnos estupendos que retoman la senda del maestro y, sin copiarla abiertamente, la merodean, la reformulan y extraen de ella la parte nuclear, su atomismo limpio. Las limitaciones de Poe son, en Lovecraft, caudal sin fondo. Lo que había en Poe de poeta es en Lovecraft un descenso al materialismo más cruel. Mi entusiasmo procede de la sensación de pérdida que produce ese materialismo. Lo que busco en lo impredecible de su tramas es esa decadencia mórbida, tan del gusto de la época, con toda la herencia del miedo anglosajón, como razonaba Rafael Llopis en su prólogo a los Mitos, en la canónica edición de Alianza. Me siento confortado cuando Lovecraft me perturba. Vuelvo a Lovecraft en peregrinaje. Y de vez en cuando caigo en la cuenta de que hace mucho que no escribo sobre Lovecraft y busco dentro lo que todavía no he sacado. Temo repetirme. Tampoco me importa.    

4
Me ha venido hoy a la memoria un amigo al que ya no veo. Importan poco las razones. Hay ocasiones en las que los caminos se separan y es el azar el que administra los afectos. Leyó a Lovecraft porque le presté Los mitos en un bar de San Fernando. Lo leyó a regañadientes hasta que no se pudo desprender de la atmósfera nauseabunda de algunos cuentos, que releía más que buscar los nuevos. No sé si leyó el libro, un tocho grueso en la edición de Alianza, la barata. Sé que me lo devolvió un par de semanas después. Estaba entusiasmado. Me invitó a cerveza hasta que no apreciamos el sabor. De eso, de la charla en la barra del bar, fumando descosidamente, es de lo que aquí quiero hablar ahora, de la sensación de plenitud absoluta, de confianza en los placeres compartidos. Creo que el arte sirve, en última instancia, para eso. Que la literatura, la buena y también la mala, no pongo objeciones, despliega un dulce entramado de códigos fiables sobre los que edificar un momento de júbilo pleno. Desconozco si fue volunto castrense. Si aquel arrebato lovecraftiano fundó una filiación eterna. La mía lo es de un modo absolutamente inquebrantable. Es quizá el autor al que más vuelvo, junto con Borges o con Chesterton. Los releo con reverencia. Me amoldan a los nuevos tiempos. Me cuentan cómo estoy conforme voy creciendo. Porque sigo creciendo. Echo de menos alguna que otra charla tabernaria con Howard Philip de invitado. Eso guardo de aquel día. Espero que no se me olvide nunca. Bares, qué lugares tan gratos para conversar...
                   

12.6.13

Poética molecular





Pequeña teología onírica
Supongo que al final Dios reconocerá a los suyos. Habrá un afecto distinto cuando abra las puertas del cielo y acoja a los que creyeron en su gobierno y a los que lo pusieron en duda o los que lo negaron abiertamente, pero anoche soñé que a Dios se le mudaba la bondad que nos han vendido siempre y que, mirado de cerca, a ras de ojo, como quien dice, expresaba una especie de ladina maldad, muy sofisticada, que daba al traste de modo brutal con la voluntad religiosa de las criaturas que dijo haber creado. Nada, no obstante, que desmiente o confirme que en el paraíso la Divinidad nos confortará como nos contaron. Nada a lo que aferrarse salvo la fe, que es un arcano en sí misma, una construccion similar al amor, inarticulable, asequible únicamente para quienes comprenden su mensaje y reciben su gracia. Yo, en mis sueños, alcanzo estados de complejidad teológica que ni por asomo vislumbro en la vigilia. Debería haber una máquina que los registrase. Una en la que confiar para saber ya de una vez por todas si estamos en complicidad con las alturas celestiales o definitivamente, como presumo, no poseo ningún tipo de interés en intimar con ellas. A lo que no pienso renunciar, por más que una voz de ahí adentro me revele lo inútil de todos estos desvelos, es al placer de estar varado en este limpia incertidumbre. Creo que el sueño que tuve explica realmente eso: las razones de mi descreimiento, el motivo por el que no comulgo, todas las partículas elementales de laicismo poético con el que me visto cuando salgo a la calle, escribo en mi blog o departo alegremente con los amigos sobre lo mundano y lo etéreo. A lo que se inclina mi naturaleza es al juego y posiblemente hay pocos, vencida ya cierta edad, que me restituyan una más agradable sensación de confort espiritual que éste de buscar dioses en los sueños. La realidad, que viene a veces muy cabrona, te enseña que hay otros asuntos que requieren una atención mayor. Que los dioses pueden esperar allá en sus benditas nubes. Que nuestro cerebro no nos pertenece del todo.


La torre del jorobado
Kirsty Spalding, del Instituto Karolinska en Estocolmo, un biólogo molecular ha descubierto que el cerebro humano fabrica diariamente 125 neuronas de nuevo cuño en una zona del hipocampo, que pesa solo seis gramos y alberga 22 millones más, dedicada a la memoria. Duele que algunas de las que todavía no se han extinguido y flotan en ese mar de recuerdos no funcionen como debieran. Al menos a mí, en lo que me afecta, no desempeñan su trabajo a satisfacción de quien las pasea a diario y quien confía en que no me abandonen antes de lo que uno buenamente sospecha. No es nada nuevo e irá (supongo) a más. Fallan las palabras, en ocasiones, pero también las imágenes. Fascina, sin embargo, que de pronto algo absolutamente sumergido, de lo que no poseíamos constancia alguna, emerja y luzca, en el oleaje de arriba, pletórico, sublime, enseñoreándose. Hoy el recuento de una serie de anécdots de muy atrás compartidas por unos cuantos compañeros del trabajo me hizo pensar en los primeros cuentos, en las novicias páginas del escritor que en la adolescencia (he calculado que hacia los quince años, no antes) comenzaba a inventar cosas. Y salió del fondo, ya digo, el nombre del cuento fundancional. La torre del jorobado, grité casi. Y regresé pasillo abajo a clase con la sensación de que algo bueno había pasado. Que las neuronas perezosas, algunas de esos millones serviles, todavía guardan tesoros y podemos (debidamente orientados, con la conveniente producción de estímulos) abrirlos y disfrutarlos.



11.6.13

El conde Vronski y el billete dorado




Hay algo a lo que no pienso renunciar en literatura: al asombro. No creo que exista otra adicción mayor que ésa en las páginas de un libro o en las horas de un día. En eso, las novelas son fragmentos del tiempo, trozos extraídos de una trama de la ficción que se incrustan en la malla durísima de los días. Por eso amamos la ficción; porque nos permite abandonar el rigor de lo real y deambular sin pudor por la periferia, hocicando en lo que no nos incumbe, alambicando néctares al ras mismo de la palabra. De las novelas amo precisamente esa sensación de pérdida que producen. Perdido, en ese limbo perfecto, comp,rendo asuntos que, contados de otra manera, se me escapan, huyen de toda posibilidad de que me pertenezcan. Leyendo Anna Karerina (que un hermoso texto de Andrés Neuman me ha recordado hoy) entendí que la familia, a su manera, es un veneno, uno grato, al cabo, administrado con morosa delectación, carcomiendo sin entusiasmo (aunque inapelablemente) la felicidad pura que se trae en el momento de venir al mundo. Algo parecido puso Roald Dahl a su Willy Wonka en la maravillosa fábrica de chocolate: la familia es un entorno difícil para ser creativo. Y no hay ocasión en que un quebranto en su peculiar ecosistema no me haga pensar en el dolor que producen los seres que amamos y en  el conde Vronski, tan mediocre y tan perturbador al tiempo, capaz de hacer enloquecer sin que en ningún momento se atisbe, en su comportamiento, mérito para que esa locura ajena prospere y conduzca a Anna al final que conoce incluso quien no ha leído la novela de Tólstoi.. Y es que hay venenos gratos, pócimas que se ingieren a sabiendas del daño que producen. Conozco varias y no entra en ningunas de mis planes de vida racionarlas. Me las administro con absoluta fruición y aprecio, a cada pequeño chute, las hermosas heridas que producen. La herida más dulce es el asombro. No creo que exista otra que me atraiga más. Por eso amamos la ficción: por la imprevisibilidad que promete, por toda la promiscuidad que tan alegremente nos vende. Como billetes dorados escondidos entre las páginas. Como momentos de felicidad alojados en la costura siniestra de las horas.

9.6.13

La dulce inconsistencia del alma


Álvaro Pombo sostiene que el amor, como Dios, son tareas imposibles. A lo que recurre para armar esa idea fascinante es a la misma esencia de lo humano, que es un eterno aspirar a lo sublime, a cuanto no precisa añadido porque está expresado con absoluta eficacia, sin fractura, entera y perdurablemente. Dios, como el amor, es la empresa a la que no se accede de forma voluntaria. Uno no se enamora por voluntad ni cae en el trance de la experiencia divina a capricho de su genio. No conozco a nadie que haya sido capaz de provocar esa injerencia mágica. Y hay quien se despide de este mundo sin haber conocido ni lo uno ni lo otro. Quien no encuentra a su media naranja ni a su dios verdadero y fatiga los días con sus noches sin que ese vacío lo merme. También habrá quien, en la posesión del amor y de la fe, viva en tinieblas, no comprenda su estar en el mundo y se contemple incompleto, varado, zarandeado por las duras tormentas del espíritu. Quien ande siempre alerta, extasiado no ya en el hallazgo, sino en la búsqueda, en el supremo bien de la incertidumbre. No saber, no tener, no conocer, podría decirse, y disfrutar de toda esa dulce inconsistencia del alma. Yo, descreído en todas esas sutilezas celestiales, ahí ando, en la perplejidad, en la serenidad de quien no se obceca en casi nada. En lo demás, en el amor, ufano, en esa plenitud que algunas veces, por intensa, por persistente en el tiempo, todavía asombra. No creo, como Pombo, que sean asuntos imposibles el amor y la fe. Son, en todo caso, meritorios en estos tiempos de fiebre, de vértigo, de zozobra, de inquietud.

7.6.13

No tolero a Griffith / Me encanta el nuevo Hannibal Lecter



Hay placeres que exigen una disciplina estricta para que adquieran todo su esplendor. Anoche, viendo de nuevo Intolerancia, la obra maestra muda de D.W. Griffith, me rendí ante una evidencia incontestable: había perdido toda la disciplina, se me había olvidado todo el placer que Intolerancia me produjo en su día y la contemplaba un poco como si no fuese del todo conmigo y, más que agradarme como antaño, molestase, ocupara el lugar en el que podría estar viendo otra cosa o leyendo un libro o buscando el centro del cosmos entre las sábanas. Uno considera entonces la soberanía de sus antojos y para el DVD, lo guarda todavía reverencialmente en su caja y piensa en la posibilidad de que los años me vayan distanciando de un yo antiguo, mucho más exigente que el de ahora, entusiasmado con la cultura de un modo valiente. No es una posibilidad que me preocupe. A nadie le rinde uno cuentas en estos asuntos. Tampoco si un día se embrutece el gusto y caemos en danbrowns o en jorgebucays o en michaelbays. Creo que no conduce a ningún sitio decir si lee literatura rusa del diecinueve o bestsellers conspiranoicos. Ambos géneros proporcionan lo que el lector les exige. A lo que no alcanzo es a comprender con más o menos certeza las causas de este desvalimiento mío. No entiendo si es un accidente intelectual o un estado ya permanente que me transportará, sin que se evidencie roto alguno en mis costuras, del cine serio, de Lang a Bergman, de Hawks a Losey, al mainstream de las estanterías más enseñoreadas de los videoclubs. Si (continúo) dejaré a Chesterton en un anaquel muy alto, de no fácil acceso, y bajaré a Glenn Cooper, del que tengo una edición de bolsillo de una novela sobre bibliotecas que esconden en sus volúmenes el mismísimo fin del mundo. Las cosas que no trascienden no requieren mayor disciplina que su consumo. Voraz ese consumo, a veces. Y de hecho, salvo que de verdad atesoren algo que las haga perdurar en la memoria, disfruta uno razonablemente con lo que no dura, con lo frívolo, con lo perecedero, con todo lo que no importa, pero entretiene. Y a Griffith, al menos anoche, ya no lo tolero. Tampoco a Bergman, probablemente. No creo que esta noche haga la prueba. No entra en mis planes echar abajo, en un lapso de tiempo, a dos pesos pesados. El peso ligero al que me afilio en pocas horas (mi alergia no me permite callejear como suelo, me recluirá en casa, me arrojará a un sillón, ay, ay) es Hannibal, una serie fantástica, una de esas cosas que piden quedarse. Voy de cabeza al tercer episodio.



6.6.13

Lo que dura un libro





Hay algunos que no duran nada. Libros de una inconsistencia absoluta, aunque pesen y ocupen un trozo considerable de un anaquel. De esos, de los irrelevantes, no nos vamos a ocupar. Los otros, los que al menos soportan con dignidad el tiempo que les entregamos pacientemente, son los que merecen algunas consideraciones. La paciencia a la que citaba anteriormente es lo primero que de verdad asombra de cualquier lector. Entrar en un libro, ahondar en lo que cuenta, intercambiar el mundo que ofrece por el mundo que lo rodea, es armar la paciencia de la que cada uno dispone, afinarla, impostarla al modo en que esmeramos la voz cuando deseamos que llegue más lejos o registre tonos que no son los habituales. Creo que no he visto ninguna otra empresa humana que pida para su desempeño una dedicación más pacífica. Ninguna que no produzca, a su término, un estado de paz con uno mismo mayor. Importa escasamente que el formato sea el papel o una pantalla, aunque admito algún argumento de índole romántica, alguno que privilegie el objeto físico, el libro cabal, el que, observado en detalle, en su anaquel, impone un respeto ancestral. Como un dios en su laberinto de causas y de efectos. De los libros que no duran nada se hablan o se escriben cosas que luego se van viniendo un poco abajo. Comos si de verdad no mereciese en absoluto la pena encresparse en demasía con ellos. En realidad tienen su función, supongo. Cumplen un cometido que otros desconocen. Cada libro es un objeto sagrado, pero unos lo son más que otros y nos suben a un cielo más alto. Pero todo esto creo que ya lo he escrito antes. Hoy se me ha ocurrido que está bien recordármelo. Me voy a mi tocho de cuentos de Faulkner. Me lleva mirando toda la tarde.

4.6.13

Many times / Juan Muñoz / La soledad multiplicada





                                                  Many times, Juan Muñoz, 1999

Primera intención
Soy un ciudadano medio con una cultura media, por no decir abiertamente pobre, en asuntos de la hondura artística de los que ahora (ah osado de mí, ah gran voyeur) pienso ocuparme. Entiendo que la opinión que exprese será, a causa de mi falta de formación en instalaciones o mi absoluta ignorancia en un arte como la escultura moderna, útil para quien sostenga las mismas limitaciones que yo. A lo cual me hago yo mismo una interpelación y me obligo a considerar la naturaleza obviable del mismo texto que está a punto de verterse. La contesto rápidamente: escribo por necesidad, opino de todo lo que activa mi asombro, no hay nada de lo que en principio deba apartarme, incluyendo en esa lista  de empresas asombrosas la que propuso Juan Muñoz, artista ya fallecido que hoy, ya ven qué tarde, ha llegado a mi conocimiento.

La ideología
En Many times hay una ideología, un modo de ofrecer una visión del mundo. En este caso, el mundo ofrecido es uno infame, es gris, es de una monotonía que no hace daño. Los personajes que lo pueblan están ciegos, no tienen pies, visten uniformados y sonríen como si la vida, a su paso, los regara de dones y de dádivas. El mundo que no ofrece Muñoz, el real, el que nos rodea, no difiere en exceso de éste aquí representado. Su calidad de infame proviene en parte por el hecho de que lo pueblen criaturas demasiado parecidas a las del espacio de Many times. Percibimos el espacio escénico como un émulo de algo. Esta idea bulle al momento de concentrar la atención. Da igual dónde mires. Imagino que la sensación de vértigo, de estar moviéndote por un trayecto ya conocido, abruma de un modo más vigoroso si visitas la exposición en lugar de contemplar (como aquí) instantáneas o vídeos. No hay ficción: lo que ocupa todo es una duplicación de lo real. El objeto artístico, sin expresarlo de un modo fiable, nos llama, requiere una mirada. El problema en esto del arte siempre ha sido la falta de educación de la mirada. No sabemos ver un cuadro igual que tampoco sabemos ver una película o leer un libro a pesar de que mucho de lo que hacemos, incluso no sabiendo, nos conforte e incluso nos restituya un placer inmediato. Muñoz no da placer en ese sentido: el tipo de jùbilo que proporciona Many times es de otra índole, creo. Lo que da sin pudor es una teatralidad, un discurso narrativo en donde los personajes establecen un diálogo que debe ser escuchado. Y es precisamente el diálogo, lo que no escuchamos por los sentidos, lo que subyace y provee a la representación plástica de un corpus narrativo que privilegia cierta sensibilidad extrema, una sin la cual no es posible indagar, ahondar, aprovisionarse de todos los significados ocultos en la obra. Supongo que nada diferente a lo que sucede cuando un observador (curtido o no) se planta delante de un cuadro de Francis Bacon, de una película de Ingmar Bergman o escucha una pieza de John Coltrane.

La soledad
Las cien figuras de Many times podrían ser dos y el efecto no diferiría en demasía. Expresan la misma contundente soledad dos personas que se cruzan y ríen como lo hacen éstos que un universo poblado por millones de seres que se cruzan y ríen así. Los objetos de Muñoz son mercancías, productos exhibidos como maniquíes sofisticados. En esa perplejidad en la que se embosca la instalación de Muñoz es en donde Many times adquiere el rango de obra de arte. No hay un solo modo de abordarla. De anoche a hoy he mudado algunas veces de opinión. Ayer, cuando la descubrí, sentí un cómoda sensación de integración. Ahora, por la tarde, mientras escribo esto, aprecio una descolocación, un extrañamiento, cierto desplazamiento en el interés que me produce. Estoy más aturdido, podríamos decir. Y en ese aturdmiento en donde de verdad encuentro más significados. Perturbado, en arte, en la vida en general, se vivie mejor. Muñoz es un perturbador absoluto. Crea una realidad misteriosa, una en la que se entra con pasmosa facilidad pero de la que no es tan fácil salir. En este aspecto, en sus texturas, obligado a manifestar su creatividad en el espacio escénico de la escultura, de las instalaciones complejas o sencillas que ocupan las galerías y los museos, Muñoz es un narrador, uno leíble. Su materia narrativa no es semántica, pero ofrece un texto. El de Many times es ahora uno apocalíptico. Lo que yo ahora entiendo es que estas criaturas, vaciadas de sentido, sonriendo estúpidamente, absurdamente multiplicadas, iguales en todo, que deambulan sin propósito, están a punto de desaparecer, de ser aniquiladas por alguna devastación global, una de la que no se salve ni el propio espectador. Quizá se ríen de eso. Admito que es una lectura excesiva. Nada que no esté ahí alojado, embutido en las ropas grises, confiscado a la realidad y encofrado en esos ojos que no ven, en esas risas mudas, en toda la belleza convulsa que ofrece.

3.6.13

Un episodio de zoología hostil


Una de las peores cosas que te pueden pasar en un lunes por la mañana es notar cómo un caballo te galopa el pecho. El mío tiene uno a cuenta de mi ánimo, que flaquea a poco que me asomo a la ventana y miro la nube de pólenes ensortijarse en el aire. Al caballo este lo doma el Ventolín y la macumba química de aerosoles que me he aplicado (con paciencia imprevista) nada más poner el pie en el suelo. Al pulmón díscolo se le domestica con los corticoides de costumbre, pero no se deja a la primera. Quiere su cortejo, desea el galanteo de las pastillas, todo ese protocolo rudimentario de idas y venidas hasta que se produce la bajada absoluta de las defensas y el cuerpo, dócil y manso, se arquea y busca drogas con las que calmarse. Busco eso en la docta farmacopea: moléculas de alivio, pequeñas moléculas para que se ahuyente el cansancio y el dolor también.

A veces, en mi cabeza ociosa, sustituyo el caballo malaleche por el hiriente enjambre de abejas. No sé qué es más soportable. Si el trote asilvestrado de la bestia, dejado de la mano de quien la vigila, recorriendo las extensiones tristísimas de mi pecho, o el zumbido encabronado de los insectos, libando mi moral, ocupando todo lo que me queda de aire en el cuerpo. Entretengo con estas conjeturas zoológicas el destrozo de mi pecho, que sube y baja como si acabara de subir seis plantas sin pisar los escalones. Nada que en una semana no esté solventado. Nada que el sillón de orejas en el que voy a sentarme dentro de poco no amengüe. Dejaré que me embobalicone la televisión. Seguro que algo inútil y prescindible me restituirá al placer sencillo de no tener nada en que pensar. Definitivamente no me gusta que me colonicen especies ajenas al amor o a la alegría. Así soy de caprichoso.

2.6.13

Leche / Marina Perezagua





Una breve nota sobre la escritura de Marina Perezagua
En Leche, el segundo libro de Marina Perazagua, que edita fantásticamente Libros del Lince, con maravillosa portada de Walton Ford, sí, el que ha hecho la portada del último recopilatorio de los Rolling Stones, Grrr!, no hay un único libro ni probablemente escriba una única persona. Dentro de un escritor, en algún lugar que ni a veces el escritor conoce, hay una voz para cada historia, una rúbrica estética o moral para cosa que deba ser narrada. Quizá porque antes de contar algo a los demás, hay que buscar el tono en que hacerlo, encontrar la forma de revelar lo que antes era una pieza invisible, un trozo fantasma, una evidencia de que hay más cosas escondidas que a la vista y de que el escritor, en cierto modo, es el que se encarga de elegirlas y de hacer de ellas algo hermoso y también útil. Los cuentos de Leche son historias que se resisten a ser contadas, asuntos con un pudor dentro que a veces hace que cueste sacarlas. En Leche, que ya he acabado de leer y de disfrutar, hay semillas desde las que se puede fundar un cosmos nuevo al margen del cosmos conocido. Esto que digo de Leche, de los cuentos de Marina, puede ser aplicado a cualquier libro que haga lo que éste, pero no crean que es fácil. Porque ni es un libro de cuentos de índole fantástica, aunque en ocasiones pida a gritos esa etiqueta tal vez ya un poco gastada, ni tampoco un libro de historias realistas, acompasadas a los rigores de lo mundano y de lo tangible. Hay que ser estar muy alerta y ser muy sensible para fantasear de esta manera y que hay que leer con el corazón muy abierto y la capacidad de asombro muy intacta para apreciar con hondura este cordón umbilical que nos transporta a un vientre nutritivo y cálido hecho de literatura. 


   Presentación en el Instituto Cervantes de Nueva York de Leche, 23 de Mayo


Leche en Marbella
El 18 de este mes de junio presento Leche en el Cortijo Miraflores de Marbella. Ya ha tenido su primera puesta de largo en el Instituto Cervantes de Nueva York, presentado por Álvaro Enrique y Elvira Lindo. Ahora viaja a España, donde tendrá varios actos de sociedad. En el mío, hablaré de pájaros mutilados que sobrevuelan el aire quemado de Hiroshima, de madres que tienen un túnel rosa en la cabeza, de amores que duran lo que una apnea maratoniana, de miradas que exigen aire, del buceo como una actividad metafísica, de huesos que recuerdan palabras y de personajes de linaje enfermo que buscan un refugio en el vértigo y en la fiebre. Haré una presentación entusiasmada. No sabré hacer otra cosa. No conozco los protocolos con los que probablemente otros presentan libros. No cabe otra opción. Ni siquiera cabe la opción académica, la que desmenuza metódicamente la naturaleza de la obra, la que ocupa las reseñas con la que se presentan en sociedad, en la prensa, en los suplementos de la cultura, todos los libros nuevos. Es que este es, a mi muy secreto modo, mi libro. Mío al modo en que uno posee las cosas con las que se apasiona. En breve, en cuanto se concreten los detalles, concreto una información más detallada del acto. A Marina, por encomendarme una parte pequeñita de todo esto, las gracias. No tenía que caer en la cuenta de que ando ahí, cómplice de letras.





Aquí El alga, uno de los cuentos del volumen.