30.8.17

El vuelo

Me decía ayer José Antonio que no hay tiempo para casi nada de lo que de verdad nos gusta. No le rebatí, no encontré con qué, no pude discrepar, me dejé llevar y asentí y pensé en Rilke y en eso tan afinado que escribió sobre lo ricas que se hacían las cosas a las que se entregaba y lo pobre que le dejaban a él. Discrepar está bien, incluso es estimulante. Tengo un amigo que discrepa siempre. Lo hace por el placer de la confrontación, por dejar sentada una hostilidad liviana de la que después poder liberarse alegremente a poco que renuncia, cuando intermedia un gesto amistoso y te hace ver que todo era un pequeño teatro y que, en el fondo, a pesar del gasto enorme en palabras y en tiempo, pensaba como tú, sin variar un punto el fondo de la diatriba. A pesar de eso, pensando en ese amigo, no discrepé cuando José Antonio, ayer noche, por teléfono, me expuso (sin amargura, es cierto) su imposibilidad para crear, su marasmo, esa especie de campo de batalla en el que su ejército de un solo soldado libra un combate contra el mundo. Ese deseo, mío también, era ése: el de envalentonarse con la realidad, el de hacer que no se inmiscuya tanto y deje paso a la creatividad. Sin ella, sin lo que nos procura, andaríamos enfermos él y yo. La dolencia sería sutil, no del rango de dolor de otras más severas, pero igualmente sufrida, llevada adentro como quién acarrea un peso que lo lastra. Llegarán mejores tiempos, serán propicios, nos harán más fácil el vuelo.

29.8.17

Hablar mejor, escuchar mejor

Uno habla mejor cuanto más percibe que lo escuchan. No importa toda la razón que se le dé a Hemingway cuando dijo que necesitamos pocos años para aprender a hablar y toda la vida para aprender a callarnos o algo así, no tengo a mano la cita. Creo que necesitamos ser escuchados en mayor medida que la necesidad de escuchar a los demás, lo cual es una paradoja tan siniestra y de tan brutales alcances que así nos va. No levantamos cabeza, el género humano digo, porque todavía andamos engolosinados con nuestra labia doméstica, con las palabras que nos piden a gritos ser aireadas, con las ocurrencias que exigen curso y timbre y desean con vehemencia ser compartidas, lograr su desembarco en los cuatro puntos cardinales, que son tres, el norte y el sur, como dejó escrito Huidobro en el precioso prefacio a sus Cantos. El mal no es una condena bíblica, no es un pago que estemos haciendo por algún desliz que tuviéramos en las edades pretéritas: se tiene del mal esa idea un poco metafísica, como sacada de una narrativa apocalíptica, pero una de sus bazas más fiables es el mismo hombre, el que se atropella cuando habla, el que prefiere su discurso (el que ya conoce, el que ha ido rumiando desde que abrió los ojos al entero mundo) antes que el discurso del otro. Porque el otro es el enemigo, se mire como se mire. Siempre hay un momento en que elegimos ponernos a salvo, aunque ese acto condene a quien lo desea a la vez que nosotros. Las guerras no las causa la tierra, ni el agua, ni la propiedad de los dioses: son el resultado de hablar más de la cuenta o de escuchar menos de lo deseable. Cuando abrimos la boca tenemos la obligación (absurda, por otra parte) de decir lo mejor de lo que somos capaces. Tenemos que dar lo mejor de nosotros mismos incesantemente. Se nos ha educado para triunfar, no para ser buenas personas o amar al prójimo o a la naturaleza o al ruido que hace la lluvia cuando repiquetea como un pájaro enfadado contra el suelo. Esas cosas están bien. Está bien la bondad, está bien la luz del sol y el agua de los ríos, está bien la lluvia, pero por encima de esas tiernas y hermosas consideraciones está la voluntad de quedar bien en todo lugar, de sobresalir, de hacer ver a los demás que hemos aprovechado cada minuto de nuestra formidable vida y que vamos a emplear con el mismo empeño la que nos quede en no salirnos de la senda y seguir dejando claro al que se nos cruce quiénes somos. Y hablamos mejor si tenemos la certidumbre de que se nos está escuchando. El arte de escuchar es el que salvará al mundo del caos al que incesantemente se abisma. Todos los políticos del mundo se obstinan en cuidar su lenguaje, en hacerse entender, en saber qué palabras usar para convencer y convencerse también, en una especie de juego especular, pero debieran aprender ese otro arte, el de abrirse de oídos, el de templar el ímpetu de explicarse y disfrutar el de comprenderse. Ninguna de estas cosas que pienso en esta mañana de martes un poco gris que se ha levantado en mi pueblo suena a nuevo, ninguna se cuenta ahora para poner remedio a nada. Yo mismo caigo en el error que ahora desgrano. Me envalentono y me explayo, cierro las orejas y abro la boca y se me atropellan las palabras como si las cargaran dios o el diablo, da igual quién de los dos, seguramente los dos, según el rato del día y la intención con la que hablemos. Escribir es también un ciego acto de desobediencia. Escribimos para que nadie nos calle. Mientras uno escribe, en ese rato de silencio o de ruido interior, allá cada escritor lo que elija para retratarse, tenemos la seguridad de que no vamos a ser interrumpidos. La literatura es una maquinaria diabólica. Las palabras, si nadie las escucha, un arma de destrucción masiva. En ocasiones, lo son incluso cuando se les concede audiencia y se las escucha. Que pasen un buen día.

27.8.17

Papeles antiguos


Poniendo en orden las cosas que no lo tenían, he descubierto una carpeta en la que guardé (imagino que fui yo, esas cosas son más de mi padre, que guarda todo lo que publico) recortes, reseñas, artículos. Para mi sorpresa, el domingo me ha traído unos cuantos. Me parecen ajenos, no tengo la impresión de que sean míos. Ni siquiera parece que sea yo el que aparece bajo el poema, fotografiado en el mismo diario, recuerdo, en los tiempos en los que tenía mi columna dominical. Ha llovido mucho, se suele decir. Ahora vuelve a llover. Será quizá ésa la razón por la que ha salido todo esto. La tierra tiene razones que la razón no entiende. Era joven, era prudente, era otro.





La siembra fue publicado en el suplemento que Cuadernos del Sur dedicó al III Encuentro de Poetas Andaluces, en el que participé. Abril de 1987.



Tres discursos breves para combatir la muerte se publicó en el homenaje a Juan Bernier que Cuadernos del Sur, el suplemento cultural del Diario Córdoba, hizo en noviembre de 1.990

26.8.17

Miedos


No hay miedo que el tiempo no derrote. El del tiburón de la película de Spielberg, observado con detalle, destripado, explicado para quien no alcanzara a entender, no impone, no eriza el vello, ni hace que, como entonces, abramos la boca y sintamos una punzada en la nuca y la amenaza de sueños terribles en los que, no se entiende bien por qué, se nos deja en alta mar y el monstruo nos ronda hasta que decide dar el ataque letal. La realidad siempre se explica a sí misma. Primero amedrenta, intimida, le busca la vueltas a nuestra cabeza para encontrar con qué apariencia nos vencerá. Conforme crecemos, canjeamos unos miedos por otros. Lo que antes nos aterrorizaba, ahora nos hace sonreír. El miedo es el mismo, no ha mutado, ni se ha adornado con otros trajes más espeluznantes, ni se ha sofisticado su puesto en escena: somos nosotros los que no somos los mismos. Nunca lo somos. No sé qué tengo en común con quien fui hace todos esos años o si el de ayer, sólo ese plazo corto de tiempo, no habrá cogido una senda inédita y se esté alejando, dejando atrás la parte mía que yo consideraba irreducible, íntima y sólida. Somos de forma incesante muchas personas embutidas en una sola. No se elige a cuál recurrimos, no hay voluntad en esa deriva vital. Podremos elegir, decidir con qué esperanzas viviremos, pero el azar es el que nos asigna el miedo y el que nos lo retira, ocupando otro nuevo el hueco desalojado. Ahora el tiburón terrible no causa pavor, se queda en un objeto sentimental, adquiere el peso de las cosas vencidas, las que no duelen, no hieren. 

25.8.17

No son buenos tiempos para Douglas Sirk


De mi edad hacia abajo no hay mucha gente que sepa quién es Douglas Sirk o Merle Oberon o Charles Laughton. La edad de oro de la televisión era la que programaba ciclos de cine negro o de la Hammer o de Alfred Hitchcock. Lo de ahora es negocio cainita, todo se cifra en la pasta que genera, no se considera al espectador como un destinatorio inteligente; es más, se rehúye ese perfil noble, el de la inteligencia, y se embadurna todo de mediocridad, de zafiedad, de burdas representaciones de la realidad. La televisión es, más que nunca, entretenimiento, sí, pero rebajado hasta lo inadmisible, considerado como una borrachera a la que luego hay que cuidar, de la que después se hace balance y se busca una sublimación de la resaca. Se nos quiere ebrios e insensibles, se nos educa para que no pensemos en demasía, porque el pensamiento está reñido con la televisión. La maquinaria del dinero no matrimonia bien con Douglas Sirk o con Merle Oberon o con Charles Laughton. Ninguna de esas referencias podrían distraer (he aquí el cancerígeno verbo causante de este sopor) como lo hacen los programas que aseguran una audiencia alta y unos ingresos pingües.

Quizá todo empezó cuando unos cuanto lumbreras de las cadenas descubrieron que cuenta más la realidad que la ficción. Así que trajeron a los platós a la clase baja y a la media y a la alta y les dejaron airear sus miserias y sus alegrías. Fascinaba esa sencillez democrática, esa exhibición impúdica del alma humana. Fuimos todos grandes hermanos y grandes gilipollas también. El ideal era aturdir, hacer que la mente se eclipsara con ese vértigo irresistible de asistir en primera fila al obsceno desfile de las vidas ajenas. En el fondo nada distinto a lo que hacía Douglas Sirk, un genio en el melodrama, un iluminado en la restitución elegante de las pasiones del género humano. La sobriedad, la distinción y la elegancia del director alemán exigían la preparación de la que adolecían las nuevas generaciones. No se aprende a disfrutar la cultura si no se expone uno a ella. Así de sencillo, así de contundente. Claro que cualquiera puede ver esta noche Escrito sobre el viento o Imitación a la vida. El problema, uno de muy trabajoso arreglo, es que no sabemos que esas joyas del cine existan, no tenemos el bagaje cultural que se precisa para elegir, se nos ha educado para que nos conformemos con la parrilla de contenidos que interesan a las grandes compañías y a los patrocinadores que las sufragan. De hecho no elegimos, no se produce el festivo momento en el que uno, de entre una variedad de posibilidades, escoge una sola, piensa con apasionamiento el porqué de ésa y no de otra o, mucho más sencillamente, se deja llevar por el instinto o por la voluntad de dejarse sorprender y se decide por una un poco al azar, tentado por la aventura del riesgo.

No se ve una derrota a corto plazo, se impone la idea contraria incluso: la de que esto irá a más y los perros que nos muerdan serán más fieros todavía. Está la constatación brutal de que importa más el nuevo look de Cristiano Ronaldo que la última novela de Javier Marías. Lo grave no es ese hecho en sí, la victoria de la frivolidad; quizá una nueva obra de Marías no recabe una atención masiva, pero no entra en cabeza bien amueblada que se le dé cobertura a un asunto de poco fuste, de tan liviano interés como puede ser el nuevo peinado de un astro del balón o el novio recién estrenado de cualquier cantante de verbena. Se orquesta con mimo toda esa rendición pública de nimiedades, se le da el peso informativo que no se concede a quien sí lo merece. Lo terrible es que luego, una vez se amainen los estragos, si es que tal cosa sucede, no podremos volver atrás, no se podrá regresar a los tiempos en los que la televisión programaba ciclos estupendos de gente absolutamente desconocida. Dejarán de ser desconocidos precisamente cuando se les exponga públicamente, cuando un lumbreras con talento elija a Douglas Sirk en lugar de a Steven Seagal. Que no pueda hacerlo una cadena privada es entendible: se deben a sus cuentas, viven de sus anuncios, sólo desean medrar, cotizar en bolsa, ocupar todos los trending topics del día. Y he aquì el problema: que podamos entenderlo. Que el mundo esté como está y todo esté en manos de unas cuantas grandes empresas. Ellas son las que colonizan nuestro gusto, las que nos calzan en la cabeza lo que les place calzarnos, las que nos dicen qué libros debemos leer o qué música debemos escuchar. Los raros son los de Douglas Sirk. Ya quedan pocos. En un par de décadas, si no menos, nadie sabrá quién fue, ni habrá visto sus melodramas magníficos. Nadie con la edad en que deben escucharse ciertos diálogos tendrá la oportunidad de que se le entregue uno como éste. Pertenece a Tiempo de amar, tiempo de morir, una película soberbia, llena de amor y de vida, filmada con esmero, artesana en estos tiempos en los que lo artesano es un obstáculo; en estos tiempos de HBO y de Netflix y de plataformas televisivas de pago, que son (ay) la única vía para que uno pueda meterse su ración favorita de melodrama. Pagando, claro está.

Ernst Graeber.— ¿Dígame, profesor, existe todavía algo en lo que se pueda creer? 
Profesor Pohlmann.— Sí, existe. 
Ernst Graeber.— ¿Qué es? 
Profesor Pohlmann.— Dios. 
Ernst Graeber.— ¿Sigue usted creyendo en él? 
Profesor Pohlmann.— Más que nunca. 
Ernst Graeber.— ¿Sin el menor asomo de duda? 
Profesor Pohlmann.— Claro que las tengo. Si no hubiera dudas, no habría necesidad de la fe. 
Ernst Graeber.— ¿Cómo se puede seguir creyendo en Dios con lo que está ocurriendo aquí? 
Profesor Pohlmann.— Dios no es responsable de lo que nos pasa. Y sí nosotros ante el de nuestras torpes y mañas acciones.
Ernst Graeber.— Si eso es cierto, ¿qué responsabilidad tengo yo, profesor? Quizás nuestro pueblo está sufriendo este castigo por haberse apartado de todas sus creencias. Las que practicaban nuestros padres y que todos hemos olvidado. He de tomar una decisión, profesor. Necesito saberlo. 
Profesor Pohlmann.— Nadie puede tomar esa decisión por usted. Ni si quiera su maestro. Cada hombre tiene que decidirlo por sí mismo. Pero primero hay que enfrentarse con la verdad, por horrible que sea. Se pierde la guerra, Ernest. Y lo más terrible es que la perderemos antes de que el país haya encontrado su alma



22.8.17

Mi padre sueña con caballos


El problema es no saber dejar la mente en blanco, no tener a mano nada con lo que cerrar toda intromisión externa. Anoche, cuando forcé un poco, apareció en mi cabeza un caballo. No estuvo antes, ni duró mucho una vez que aprecié su corpulencia, pero malogró esa voluntad mía de clausurar cualquier pensamiento y censuré el vacío, lo aparté con parecida firmeza a la que usé cuando lo anhelaba. Después quise entretener el silencio que me rodeaba con imágenes extraídas de mi infancia. Fui atrás y, no pareciéndome bien el tramo escogido, más atrás todavía. De pronto vi a mi madre en una playa. Estaban mis primos, estaba mi abuela. El mar era de un levantisco fiero y pictórico y de pronto pensé, apenado, en esos cuadros japoneses en los que se representa abrupta y pendenciosamente. No hubo manera de retirar esa irrupción viril, que arruinó de un modo lamentable mi escena familiar y marítima. Cuando el sueño me abrazó, antes de caer rendido, en ese limbo dulce que te ocupa, noté que la mente se emblanquecía, adquiriendo el tono neutro o aséptico que con tanta vehemencia busqué antes. Lo demás no me pertenece. No
Supe, al despertar en mitad de la noche, con qué transité ese sueño, qué paisajes visité, quiénes me acompañaron. Desé, inútilmente, que hubiese habido caballos. No tiene uno intendencia en ese territorio, no se le ocurre cómo gobernar ese país de su propiedad. Nada más de uno que lo soñado y, sin embargo, nada tan ajeno. Me gustaría pensar con qué suela ahora mi padre. Si habrá caballos o lo poblarán los sobrinos o tendrá ese mar antiguo y sentimental de los setenta. Ahora tiene que aprender a recordar. Le han borrado las palabras, se las contamos con paciencia, con dulzura, con infinito amor.

15.8.17

Elogio y refutación del orden


En parte, sin entrar en consideraciones serias, me encanta ser desordenado, pero hace unos años, en un día cualquiera de verano, me pillé un rebote considerable cuando no hubo manera de que diera con un disco de Charlie Parker que no tenía registrado. No abdiqué, insistí, me calmé como pude y encontré otro de Parker que me alivió. Fue entonces cuando me propuse inventariar los discos y las películas que hay en casa. Abrí una base de datos, me armé de paciencia y metí con ardoroso fervor todos los títulos y el lugar exacto en donde dar con ellos. Rehusé meterle mano a los libros. Fue una decisión razonada, fue un acto deliberado y asumido. Prefiero no saber si Benedetti está a la vera de Melville o si La Celestina comparte anaquel con Poeta en Nueva York. Cuando deseo releer un libro, paseo la vista por las baldas, me recreo en los lomos, saco uno con el que convivo un par de semanas (suele ser ése el tiempo en que despacho un libro) y lo restituyo después a su sitio, que bien podría ser otro, no es importante esa quebradiza estancia. Amo el orden, pero me roba el tiempo que puedo disponer para disfrutar de las cosas que ordeno. Por otra parte, el orden excesivo abotarga el ingenio, lo reduce ostensiblemente. No lo digo yo, lo dicen psicólogos de fuste. El desorden implica libertad, y ésta fomenta la creatividad, vienen a decir. En todo caso, quizá interese que un poco de orden acuda de vez en cuando. Puestos a ser completamente sincero, admito que el orden o el metodismo o la creencia en que organizados se vive mejor es más productivo para la sociedad, hace que la sociedad prospere con más firmeza, pero no para uno mismo. Da igual que de pronto no sepa dónde está el disco de Charlie Parker acompañado por una orquesta de cuerdas (uno con un dibujo soberbio en la portada, recordaba). Da lo mismo que en lugar de escuchar ese disco en concreto termine por colocar en la bandeja del reproductor otro que, por una u otra razón, me ha convencido de igual manera. Mi amigo Rafa me refirió el placer que contiene el momento en que de pronto das con el disco anhelado, esa plenitud absoluta, o la felicidad (leve y pasajera, como todas) que supone encontrar un disco que no sabías que tenías. Quizá valga la pena el desorden únicamente por ese hallazgo. También se puede afirmar (con cierta contundencia) que el tiempo invertido en ordenar a veces no es rentable, no aporta ningún signo de mejora en la calidad de vida que andamos buscando. No sé si el ideal es la mesa de Einstein. Parece que estaba así cuando el científico falleció y así alguien quiso registrarla en honor suyo. En lo personal, en el ámbito doméstico, soy un desordenado eficiente. Sé con más o menos certeza dónde andan las cosas, aunque llevo casi toda mi vida con una especie de culpa por no poseer una certeza mayor o incluso una absoluta. Me aterraría ese control total, ahora que lo pienso. De todas formas, en la otra mitad del escritorio tengo abierta la base de datos y me he levantado metiendo algunos pocos discos que anoche, fatigado, ya no quise registrar. Cuando en un año o en dos o en diez desee escuchar Charlie Parker with strings sólo tendré que abrirla y teclear el nombre. Dirá que número tiene y yo sabré en que balda o en qué funda buscarlo. Ahora, cuando cierre el editor del blog, antes de desayunar, me lo pongo bajito, para no despertar a los demás.


13.8.17

El blues del kraken / un paseo con viejos amigos / un poema automático

 I
me preguntaron si había previsto la luz,
me preguntaron si estaba la lluvia, el olor de la lluvia, el paisaje después de que llueva,
el tiempo que tarda la luz en rodear por entero una palabra y gobernar su tránsito por los días,
me preguntaron si en la creación de la sombra había procurado esconder un milagro sin aristas, un libro con un corazón dentro,
una ventana desde donde los cuerpos son únicamente fuego y tienen ira en los ojos y una lanza oxidada en el costado,
escribí la trama infinita de la lujuria, 
el pulso de las grandes palabras, 
devoré un pubis ecuménico, 
un alarde  de asteroides, 
un país verosímil
y aspiré el aire nuestro sin abril y floté espléndido,
en ese desorden multiplicado amé la blonda sublime del cuerpo profundo, 
amé el origen de las cosas, 
amé las mareas sobre las que un dios inventa naufragios, 
oscuramente amé también aquí la sed, 
el depósito antiguo de las palabras, 
el verbo al que alegremente le extirpamos la flor y el vuelo y queda en fuego manso, en la liberada costra que un día fue cáliz, 
amé los limones duros de
el ángel dio un aviso, la luz se astilla, 
la sombra proyecta pájaros, 
todas las almas acuden, 
las almas con su templo, el templo con sus dioses puros,
se instala la suprema evidencia de que algo verdaderamente importante va a suceder y vamos a contemplarlo, 
tengo desde anoche una fe absoluta en mis extremidades, 
tengo las certezas que nunca tuve, 
tengo todo el amor disponible, 
el amor ocupando el centro cartesiano de la semilla,
viene Dios esta tarde todavía fogosa, 
me busca un extravío de tristeza, 
hay tramas de muerte en la herida recién abierta o vamos a llenar todo de amor, manso amor, amor primordial y limpio,
la cópula perfecta entre el alma y la tierra, 
la cópula alada, 
la gran cópula de los músculos muertos, 
el cielo mismo a caballo de mis palabras, 
los vivos mirando la boca de la muertos, 
buscando la sílaba exacta tras la que la divinidad esconde su trampa antiquísima, 
y otra vez se enciende la memoria, 
trae ayer desparramado, 
eco, mansiones para el júbilo, 
creo en las horas frágiles del día, 
en las horas elementales por las que discurro y me esparzo,
en el camino humano donde la nieve cede al peso invisible de la mirada
II
creo en la gracia y rectamente procedo a notificar bajo notario su existencia,
los poetas están en guardia, alerta la palabra,
el tiempo de los poetas ha llegado,
hasta muy tarde anoche en las alas del texto, 
labor de amor, 
el río asciende la noche,  
la noche vibrando como un adjetivo en su plenitud de oro,
se me oculta la luz, 
todo es tangible, vagamente íntimo, 
en la sombra el gesto de ir a vivir sin que nada nos aturda, 
vivir así el regalo efímero de entendernos, 
el vuelo manso del verbo sin contaminar, 
el verbo autista, 
el verbo considerado el principio motor de la carne, 
luego vienen los profetas, los salmos, 
el monocorde ripio de las almas que buscan un lugar arriba en el cielo perfecto de la salvación, 
luego vienen los dueños de las horas, saquean lo que ven, nada queda libre, 
sólo hay muerte, 
iglesias vaciadas, la dulzura del credo convertida en óxido, 
el sueño de los perversos, 
todo lo que no se dice acaba por mordernos, 
tengo una fe absoluta en mis extremidades, en el miedo que me conquista el pecho y hace que mi corazón se desboque, se astille, 
se incendie, 
mirad el corazón astillado,
el músculo convertido en hueso,
el vértigo hecho fiebre y luego la fiebre volada al aire antiguo de los ojos que lo miran todo y a todo le extraen luz y en todo encuentran sombra, 
los ojos con vocación de bisturí, 
los ojos del artista que son los ojos del mundo, 
los ojos izados como un veneno cósmico, 
he aprendido a nombrar la dicha en las palabras, 
son mis ojos los que escriben,
esta caligrafía de bruma sin brahms, ni mordisco, se hace polvo de estrellas, 
se hace escritura, boca, vagina, túnel, 
se hace fábul, un pequeño incendio bebop, que vence la oscura la rancia, 
la quemada historia de las palabras y asciende la tarde, hasta pesar como un invierno severo o sin romper todavía, 
miro hacia adentro , en la propiedad más oculta del tiempo, 
soy casi ahora y me queda toda la vida para desabotonarme del todo y tumbar mi cuerpo en la cosecha infame de las horas, 
todas matan, la última hora debe ser la hora de la poesía, 
morir debe ser entregar un último verso, 
en ti todos los versos se parecen a un único gran verso con sordina, 
el verso abierto con el que el universo celebra su festín de secretos, 
el lunes a zancadas me preña el tedio me dicta una voz en la que cuento mis miedos, 
un pequeño incendio bebop acecha en las avenidas, 
una síncopa con colmo,
un terrible solo de arpa en el fondo exacto del alma, sí, sí
III
estamos en la niebla,
en la lluvia, que invade un sueño, 
escribo porque pronto olvidaré lo que escribo,
el poeta todavía esnifa adjetivos,
hilos de ternura a ras de sístole, 
toda la alegre construcción de la felicidad durante años entregados a la escritura.
me pongo un charlie parker, 
me pongo un stan getz, 
ya no acuden amantes, indagas, 
averiguas que el amor subsiste todo coronado, 
agua herrumbrada en todo caso, 
polen, eco, rizo del bello pubis, ya en declive como en una película de gloria swanson, 
fuera morir entonces, hermoso únicamente hermoso, 
es sólo es plumaje, el pájaro toma altura, 
perdura esto, el pájaro perdura, 
el desencanto trenzado, 
el menos doloroso, si anidan pájaros, en el pecho dulce, 
quebranto, 
tus dedos, naves, mi amor, te amo, 
qué hermoso es ver desfilar la tropa de los músculos rotos, 
arengan en una tribuna,
lo mismo que kavafis cabafis kavaphis cavaphis, 
pide que el camino sea largo,  
alguien jadea un pétalo, 
junio esconde savia , 
trinos que confunden, 
alta advocación del santo loor, 
compartir la gloria, 
el dulcísimo sonido donado en la noche, 
cómplice en esencia
IV
el astronauta aunque zurdo evita el trato, 
no está hecho para eso, es de otras miras, 
concretas volúmenes, que modulan el silencio, 
zubin, el peso de la orquesta flaquea, 
así hablo zaratustra, 
así hubo un afán y después del afán hubo una panorámica del afán, 
escribo porque tengo los dedos limpios, sí, ah sí, los dedos limpios,
el alma limpia,
no tengo brizna alguna del barro con el que se me hizo,
está el hombre frente a su espejo,
colocando las piezas, midiendo las piezas, solo, solo,
verosímil orquesta, radio skanton, la pluma, 
el tiempo es un sinfín de silbos próximos, 
oh nido, contribuye el músculo a adecentar el alma, 
la mano del azote divino, 
el onanismo convertido en arte como quería de quincey con el asesinato, 
como premisa válida, como baluarte, como paja bíblica, 
se desvanece el barco en la distancia, 
se pierde pues en la distancia,
todo se deja manejar mejor por la fábula, en fuga, 
todos los niños de londres aman a peter pan, 
todos los niños de londres aman a peter pan el formidable, 
en balde se diga moneda, 
salud, amor, te escribo precipitadamente este galope enfurecido, 
este galope sucede como lluvia, 
este galope finalmente desemboca en poema, 
en viena urdida por los nazis, 
unas frases que arden, 
un viento que asiste al actor en su papel principal, 
súbitamente héroe, ardor más bien, 
el material disperso es la memoria, 
el hilo, el punctum, el verso armónico despojado de retórica, 
en la geometría participan los amateurs en la memoria, 
flipa un payaso, pide que todo flote, alardea de globos que no son de este mundo,
el rito sin usura, por favor,
V
sedúceme esta noche, si puedes, 
ven, sedúceme esta noche,  
esta noche calma sobre todo, 
esta soledad de amantes, 
no vengas con los libros de kafka bajo el brazo, dan migraña, 
ya lo escribí, con tal de perderme por todos mis sentidos, 
la voz se astilla, 
la verdad es que muero por mis poros abiertos, 
rechaza la batalla, 
el fondo sin astros, 
el cuerdo contra el boxeador sonado, 
el verso final, 
todo así la decadencia latina del amante apresado en el rockefeller center,  
mientras afuera la banda toca gypsy woman varias veces, 
black magic woman varias veces, 
stairway to the stars varias veces, 
summertime varias veces, 
en la tempestad brinca dios, 
muda el inverno su vocación de pestillo, 
eso es lo que ocurre, la voz se astilla, 
funda el amor trozos de amor repartidos por los trozos antiguos como salmo, 
se invoca, se venera, se salva el que reza, 
el apestado es el ateo, el descreído, 
ay me he perdido en los mítines del alma, 
en contra de sí misma, tiendes la mano, la mano buena, 
pide el poeta vibrar en el sueño,  
morir, hay que ir muriendo el beso último, 
el astro numen, 
la nave como un rito se zafa del oleaje. 
nadie oye la proa cascada, 
el alma rota, dios sin aviso, 
sólo el timonel siente un ardor, un peso,  
el naufragio inminente, la soledad entonces tan lírica, 
república del kraken, 
amparo de verbos, añicos de jaula, 
toda la impresión fiable del tiempo a dentelladas abriendo el pecho, 
los sonetos a la vista, 
todos los sonetos escritos durante los inviernos, 
no tengo confianza en que la literatura, incluso la más alta, me salve, 
estoy condenado, estamos condenados, con lo único con lo que contamos es con nosotros mismos, no hay paraíso, edén
escalera al cielo,
huella de los siglos, 
me pierdo todas las cosas importantes, 
me quema esta rutina de cosas irrelevantes, 
el paseo con los invisibles, 
con todos los invisibles que me saludan y me cuentan la historia rosa y la historia gris, 
todas las historias posibles, 
oigo, razono, compendio, 
me esmero en no depender de las historias de los otros, 
me afino en contarme las mías, las comprimo, las mimo, las fuerzo a que me expliquen el cosmos, 
dios en las alturas, el dios en la sílaba, el dios plenipotenciario en mi disco duro, 
stan getz en bossa nova, tengo a stan getz en cascada, 
me revientan cien endecasílabos en el pecho, 
me cierro y me abro, 
tengo la impresión de que no he dicho nada enteramente todavía, 
escribo porque el aire es una palabra, 
escribo dios charlie parker
john coltrane en alphaville,
no sé a qué atenerme con estas imprecisiones, 
si desbarro o me desbarran, si el corazón entero es cosecha, 
si me pierden las dudas y no avanzo y todo es oscuro, en la luz todo se adensa, 
oigo el frío hacia adentro a nado ganando la herrumbre, 
frío que gasta palabras, las sílabas 

11.8.17

El que cuenta las sílabas / Redux estival / Poema automático

Ahora estoy aquí sentado en la enfermedad de las palabras. 
Las acecho, me esquivan, les insisto.
Me explotan cien alejandrinos en el pecho, pero el pánico asoma su boscoso lenguaje de trampas y de leche agria por la ventana. 
Patrullas de agentes lingüísticos escoltan un desatino semántico que amenaza con acostarse con todas las nínfulas del barrio. 
Tienen la boca fruncida, tienen el semblante severo, tienen el vuelo agitado como de pájaro sin convicción ni oficio.
Cuento las sílabas, las cuento de nuevo.
Me esmero en el computo, me esmero otra vez, pero lo que veo es desorden, brújula loca que avizora el horizonte y lo reprende.
Siempre tuvo éxito el pecado, siempre estuvo ahí, agazapado,
convencido de que nadie rivaliza con su comercio de pétalos, 
con su taimada conferencia de naipes.
Precisamente ahora uno de esos tozudos agentes ha hocicado su ojo hebreo por la hoja en blanco y temo que la burda canción devenga tragedia, vasallaje del tiempo al instinto, la menor de las voluntades de un dios caprichoso que aturde la tarde con su coro evangélico de pequeñas hostias musicadas. 
Me duele el oído interno, tengo el yunque devastado.
Me duele la boca de tensar todos los verbos que acuden a ella.
Siempre tuvo éxito lo clandestino. 
Ángeles de discreto aspecto victoriano fatigan las aceras a la caza de algún niño con anginas o de alguna princesa convocada para la ceremonia de la lluvia. 
Ahora mismo Chet Baker proclama la vigencia de las anfetaminas en el muestrario de vicios burgueses. 
A Chet Baker le partieron la boca en Holanda, pero se recompuso el sex-appeal, su aspecto dandy venido a menos y grabó algunos discos memorables en la vieja Europa. 
La música es lo que queda cuando te sacias del silencio.
No me preocupa el silencio. 
Recatado y puro, el dios de la cosecha, el dios del orden, mordisquea sin estridencias un salmo con versos endecasílabos. 
El poema es una bofetada sin mano, una hostia de los tiempos primeros,
cuando el aire no estaba viciado ni el mundo era gris y binario.
Vírgenes coreanas encienden incómodos verbos copulativos a la altura de todas las circunstancias.
Mi madre, que ha aparecido de improviso, viste un kimono rosa en donde puede leerse un verso de Mallarmé en vasco, un verso de Keats en ruso, montones de versos decimonónicos expuestos como un cielo sin nubes.
Los versos de Keats en el kimono rosa de mi madre, aparecida de improviso, imponen a la realidad una aureola de irrealidad o es justo al revés y yo estoy en la perplejidad del limbo, exploro el limbo como quien sale de casa y va al mercado y ve los puestos y se admira de la prolijidad de lo real. 
Lo dijo el poeta. 
Yo solo me dedico a poner al día los registros.
Solo soy el que en la vana noche cuenta las sílabas. 
El inútil.

10.8.17

John Ford



Fotografía: Richard Avedon


He aquí un hombre de cine, aunque hubo otros. Una de las cosas que hizo fue poner el western en la cultura global del siglo XX. Puedes haber nacido en las antípodas de los paisajes con los que nos contó el mundo para sentir que te pertenecen, aunque no puedas salir con el coche y buscarlos en tu comarca. El western es el género que mejor se incrusta en todos los demás géneros. No hablo del spaghetti-western, esa especie de pequeña aberración de masas, ni de la serie B, noble y sencilla de factura y de afectos, sino del gran cine del Oeste. Películas de Hawks, de Wellman, de Daves o de Zinnemann. Se me ocurren películas cuyo guión hubiese conmovido al mismísimo Shakespeare. La diligencia, Pasión de los fueres o Centauros del desiertos, tres de mis favoritos, son argumentos universales, no se adscriben a una topografía, ni siquiera precisan que los caballos o las pistolas sean imprescindibles. Son clásicos porque se revisan con absoluta novedad, no se relacionan en absoluto con el tiempo en que fueron creados y, sobre todo, exhiben arquetipos, es decir, constructos intercambiables, fiables, útiles para cualquier modelo de sociedad en cualquier tiempo en que esa sociedad se desarrolle.

La habilidad de John Ford, lo que le hace un clásico, es que informa con una verosimilitud absoluta. Uno ve un plano y sabe qué ocurrió antes y qué podría ocurrir después. Su único ojo vale más que cientos de otros directores fascinados por la técnica, sí, pero huérfanos de emoción. John Ford amaba los mitos, que son las historias fantásticas del pueblo, las que tocan las fábulas y las metáforas, la épica y la aventura. No hay pueblo que no posea los suyos. Tampoco ninguno impermeable a los mitos ajenos. El hombre sólo anhela que le cuenten el mundo en el que fue depositado. Las narraciones mitológicas son las que hicieron que medrara y se convirtiera en el dueño de la creación. De esos mitos hasta nacen los dioses. Se les inventa para que el tránsito por la realidad sea menos laborioso, no contraiga dolores tan grandes y, al final, cuando todo se apaga, tengamos esa conjetura maravillosa de que hay otro mundo que hará que no nos perdamos del todo. Por eso hay películas de ciencia-ficción que se contemplan como si fuesen películas del Oeste americano. Star Wars es un western antológico. Está el mundo civilizado y el que planea su aniquilación. Están los héroes y los villanos que los justifican.

A Luke Skywalker lo descubrimos en una especie de granja. Cuando la devastan, clamando venganza, sale de su apacible vida de granjero y se convierte en un héroe de la resistencia. El caballo es una nave espacial. Lo lamentable es que no sólo esté muerto John Ford, sino que se haya firmado el acta de defunción del género que engrandeció. El western está en todos lados, se aprecia en casi cualquier película, pero no en las obras inherentes, en las particulares, en las que podrían llevar el sello de la casa. Quizá lo que sucede sea que la moral del western no esté de moda y ya no se pueda hablar con libertad de algunos de los valores que el género esgrimía con desparpajo, desprejuiciadamente. Ahora hay abundante violencia, se exhiben miembros amputados, se privilegia la dinámica de la fuerza, pero se silencia el odio, se censura que alguien conjure su vida para dar con quien hirió o mató a los suyos. Se ha banalizado la violencia, pero se ha encallecido su discurso, se ha hecho fuerte la idea de que la justicia no se puede tomar con la propia mano. Nos escandalizamos más y más frívolamente. Se tachó a Ford de misógino, se le colocó la etiqueta de que era un hombre de derechas, una especie de caballero altanero y feudal, poco o nada humano, que narraba con pulso colonialista los mitos fundacionales de una nación que, al tiempo, fascinaba y repugnaba. Eran otros tiempos, ahora son otros también. La gente joven de ahora no ha visto El hombre que mató a Liberty Valance. No porque no sea una obra maestra, sino porque alguno (leído y formado) cree que la firma un fascista de tomo y lomo, un reaccionario, un tipo incendiario como pocos hubo en el cine. El patriotismo de John Ford repugnaba entonces y, mucho tiempo después, sigue levantando las mismas airadas reacciones. El Ford rojo, el liberal, el que filmó Las uvas de la ira o Qué verde era mi valle, crea la paradoja de que también era capaz de mirar el otro lado de la historia, el de los desvalidos, el de los desheredados, pero es que todo su cine tiene esa fascinación (y esa ternura) por los parias de la tierra, por todos los tonos grises de los paisajes menos festivos.

No hay posibilidad de que encontremos una comedia en su filmografía. El gesto de Ford es adusto. Viene a ser como una especie de Van Morrison del cine. Que defendiera a Nixon cuando lo de Vietnam no empuerca nada. El cine es un asunto; la vida privada, otro. Quien los mezcle se arriesga a perderse una visión lírica del mundo, una épica también. El cine de ahora viene de John Ford. Quizá la ideología no sea el instrumento con el que deberíamos abrir la caja de las maravillas del arte. Anoche, viendo por tercera o cuarta vez Centauros del desierto, sentí que este hombre me había hecho sentir feliz muchas veces. Todo lo demás es literatura.

9.8.17

El infierno está en todas partes

El infierno está en todas partes. Lo dijo un viejo con el que me crucé ayer por la mañana. No debió ser el calor el que lo animó a publicar la confidencia. Se paseaba bien a la sombra y corría el fresco que no suele. Quizá le pareció que estaba desahogándose por todo el calor que había padecido durante una vida entera. No lo dijo airadamente, no había dolor, tan sólo expresaba un pensamiento, como el que dice qué frío hace hoy o me duelen las piernas como nunca. Yo a veces me he sorprendido hablando en voz alta. No sabe uno bien qué dice en esos casos. Si expresa una voluntad secreta o sólo deja que prorrumpan las palabras que van a lo suyo en la cabeza y de pronto, sin que exista razón para que se entiendan, se abrazan, avanzan juntas y buscan palabras nuevas con las que ir más lejos o más hondo. El lenguaje es una cosa de lejanía y de hondura. No he visto todavía a nadie que diga que el cielo está en todas partes. El bien está menos valorado cuando uno cuenta lo que le bulle adentro. Dejé atrás al viejo de ayer por la mañana y proseguí mi camino sin pensar en esa revelación o en esa epifanía sobrevenida. La frase viene después, sin que tampoco atine a comprender las causas por las que fue ella que vino y no otra. O porque me he sentido arrebatadoramente obligado a dejar constancia de su presencia. Quizá para que no la olvide. Uno escribe para dejar algún registro o por evitar que el olvido nos derrote.

Se habla solo para decir lo que no se podría en compañía. Se dice lo que de verdad nos preocupa o lo que no deseamos que se revele. Se habla en voz alta para que lo dicho tenga el peso que a veces no tiene lo pensado. Por otra parte, ya lo dejó escrito Pavese, tan triste en su final: el infierno son los otros. Me lo dijo José Antonio por whatsapp poco después.

El niño gusano / Redux

El niño gusano en su caja de zapatos ha pedido que un punzón agujeree la tapa. Quiere ver qué hay afuera. Una vez al día la abren y lo miran o le cambian las hojas mordidas por las enteras. A veces ve el azul del cielo o el negro, cuando la noche. La mayor parte de las veces sólo alcanza a ver el techo o, en días contados, una lámpara enorme con muchos brazos. La caja es roma en las aristas. Por los golpes. Por el abandono también. El día en que abrieron un agujero el niño gusano sonrió. No por que le invadiera una alegría repentina, sino por repetir todos los gestos que había pensado que haría si le concedían ese deseo. Por el agujero el niño gusano se deja ver de cuando en cuando y de esa forma percibe el mundo. El amo, en la perspectiva abierta, es un gigante o un dios a los ojos del niño gusano. Es el amo mundo, el amo Dios y el amo del agujero. Un amo todo ojos y boca. Un amo que mima al niño gusano con hojas limpias de lechuga y piensa que estaría bien cambiarle la caja o abrir en la antigua otro agujero. Al niño gusano no se le ocurre escapar, no hay nada que hacer fuera de la caja, no es su mundo, no lo podría ser en ningún caso, además ya está mayor para aventuras. El niño gusano respira ya penosamente si se mueve a lo loco. Hará falta otro agujero, le oye decir al niño. O dos. O un ciento. Y si hacer agujeros no beneficia la respiración y el bienestar del niño gusano, hasta podría volarse la tapa. En un gesto rápido. Un manotazo. El niño gusano vería menos enorme al amo mundo. Advertiría que también su amo tiene una tapa. Azul o gris o negra según se tercie. Hay quien no percibe su cautiverio, no lo nota porque es feliz en su prisión grande sin agujeros ni lechuga. Dios reconforta así a sus criaturas y las libera de respiraciones costosas.


(Cuentos del astronauta zurdo, Emilio Calvo de Mora, Editorial Juan de Mairena, y de Libros, Lucena, 2.008)

8.8.17

Hanoi Hanoi Hanoi



                                                        Fotografía: Mamen Mo


Lo primero que me viene a la cabeza cuando escucho Hanoi es en Ho Chi Minh. No puedo evitarlo. Tal vez ni deba. Es algo que no es ni siquiera cosa mía. Como si otro eligiera lo que tengo que pensar y yo me limitara a restituir ese pensamiento y considerar que me pertenece. Ho Chi Minh se murió antes de ver a los americanos de vuelta a casa. Fue la selva la que los derrotó, no sólo la guerrila de los vietcongs. Siempre que pienso en Vietnam me vienen a la cabeza Wagner. Es el cine el que lo contamina todo. Piensas en Vietnam y acuden los helicópteros de Coppola en Apocalypse Now arrojando napalm, esa gasolina que olía a mermelada, mientras unos altavoces improvisados aireaban la cabalgata de las valkirias. El cine no es más cruel que la realidad, el cine no cuenta nada que no podamos ver sin que intermedie una pantalla. Lo que no hace, por mucho que se esfuerce, por más que arguya los ardides y las tramas, es suplantar a la realidad. Por eso hay gente que viaja a Vietnam y le trae al fresco que Ho Chi Minh, ese comunista obcecado en perder de vista la tutela gala, cayera sin ver la derrota yankee. No se les ocurre invitar a Coppola igual que nadie que venga a España piensa en la dictadura de Franco o en el proces catalán. Una vez que he pensado mucho en Ho Chi Minh y en el coronel Kurtz, me siento extrañamente aliviado. No es algo que ahora pueda explicar, pero igual, si le dedico tiempo, encuentro las razones que ahora no poseo.

A viajar se va puro. Conforme el viaje avanza, la pureza se transforma en otra cosa, en algo permeable, en algo abierto y cálido. Lo ideal sería regresar cansado, haber pedido y que se haya concedido que el viaje sea largo, como deseaba Cavafis. Ir vacío y volver lleno. No sé cuántos viajes de ésos he hecho yo. Alguno ha habido. No es que uno salga de su localidad y visite otras, estén en la otra punta del mapa o a una hora en coche. Es de uno mismo de donde se sale. No creo que visitar Hanoi y bajar esa cuesta empedrada que desemboca en las luces cambie notoriamente a nadie, no hace mejores personas, ni más inteligentes. Ni siquiera las faculta para tener más sensibilidad que quien jamás ha salido de su comarca. Lo que sí produce viajar es un temblor que no da un libro, ni una película. Tampoco el más vivido de los sueños, el más costeado. Uno de los peligros de no salir de la comarca es que se infravalora todo lo que queda apartado de ella. Es tan firme esa convicción en ocasiones que hay quien ha salido de su entorno con una idea incrustada en la cabeza: la de que no va a ver nada que compita con lo propio, que ni por asomo toda esa gente nueva que va a conocer o esos sitios en los que va a estar rivalizan con la gente que conoce y piensan como él y los sitios en los que ha vivido y forman parte indeleble de sí mismo.

Hay calles como las de la foto de mi amiga Mamen (un espíritu libre) en el barrio donde vivimos. Como ésa o con la misma esencia. Como si las hermanase la extrañeza del que las recorre o las mira con fascinación. Es mirando como se ofrece Hanoi, no está al alcance de todos, aunque monten en avión y surquen medio mundo para bajar esas escaleras y ver dónde conducen. Da igual qué haya al final, quizá otra escalera que nos lleve más abajo. Viajar es tomar esa escalera sin tener ninguna certeza de qué podamos encontrar cuando acabe. Todo lo demás, cualquiera otra consideración, se parece más al turismo, que es una forma de viajar en la que se tasa todo y todo se impregna de certezas o de previsiones. Lo malo de bajar esas escaleras es sospechar lo que nos ocultan a su término. Viajar es un asunto que sucede dentro de la cabeza, es cierto. Los días son también viajes y exhiben a veces escaleras. Como lo de darle la vuelta al día en ochenta mundos, que sentenció Cortázar. Hanoi está dentro de tu cabeza. Estuvo siempre. Hay un Hanoi para todo el que se interese en buscarlo. Hay quien se muere sin saber que tiene dentro todos los lugares del mundo, como si fuese un aleph privado. Ir muy lejos sirve para llegar muy adentro. Gente que va al confín del mundo para apreciar el regreso a casa. Cuando pueda, viajar no siempre es un acto deliberado y posible, iré a Hanoi. Le diré a mi mujer que este año podría ser Hanoi en lugar de otro destino más cercano. Si no es Hanoi, será Punta Umbría. Recuerdo una calle de Punta Umbría en la que el olor a pescaito recién frito me hizo sentir el hombre más dichoso del entero mundo. Lo juró por Ho Chi Minh.


adenda:
Dará igual que la calle fotografiada no sea de Hanoi sino de algún pueblo cercano, dará lo mismo. Ella se encargará de aclararme..

Adenda 2
Sapa. Mamen me aclaró. Ese es el nombre del sitio.

7.8.17

El verano es física cuántica pura

No sé cuántos veranos tengo, aunque sepa mi edad. El verano tiene muchos veranos dentro. Hay algunos que duran más de lo que uno comprende y se extienden durante los días enormes, comidos de sol y de pereza. Otros, sin que existan razones, se entretienen en la cal de las paredes, en la almohada de las siestas, en el cloro de las piscinas o en la canción de los grillos en la noche. Es la estación más elástica. También hay días que parecen muchos o que no llegan al volumen de uno solo. En lo que va de mañana he hecho más cosas que las cumplidas ayer. Si tuviera valor saldría al campo. Hoy es uno de esos días en los que me encantaría caminar por el campo, pero me arredra el calor, me postra, me convence de que no haga nada de lo que después pueda arrepentirme. En la radio hablan de Venezuela y después de un libro de poemas de no sé quién. Se mezclan las cosas en la cabeza, se podría pasar uno el día entero en ordenar lo que va entrando o seleccionar qué debe ser retirado. Puestos a que nada salga, deberíamos entrenarnos para que convivan todos los recuerdos. Ahora me acuerdo de un verano de hace muchos años en el que todos los primos estábamos en la playa en Fuengirola. No tengo ni idea el porqué de esa imagen, si hubo algo que la eligiera y censurara otras. Tampoco si dentro de una hora seguiré ahí firme, en la cabeza, pormenorizada, matizada, o la borraré para que ingrese una imagen que todavía no ha llegado. La memoria es un ejercicio de física cuántica. El verano es física cuántica pura.

5.8.17

Skubbs y cuentos de Carver

La parte del día que más me gusta es en la que cobran sentido las cosas que antes nunca lo hicieron. Siendo revelaciones ocasionales, no ocupan sitio en la memoria y acabo por perderlas. No es cosa que lamente. Pasa lo mismo con los sueños. Se tiene de ellos una brizna, una brizna maravillosa, pero nada perdurable, nada que pueda uno declarar pertenencia suya. Las otras partes del día, las que no revelan nada maravilloso, se ajustan admirablemente, confortan a su manera, nos hacen entender que se puede ir por ahí sin necesidad de entender nada. Incluso es mejor así a veces. Entender es decepcionarse. En verano, en esa bendita lujuria privada de no tener en la cabeza las ocupaciones habituales, los días adquieren una elasticidad asombrosa. Transcurren con morosa lentitud o se atropellan sus horas, como si temiesen ser las últimas. Días luminosos afuera y luminosos dentro. Ve uno lo que se oculta. Traduce La Luz, aunque después desbarate el hallazgo y pierda su significado. Lo hermoso es ese instante de plenitud en el que percibes la naturaleza de las cosas o la razón por la que tú andas ahí, de por medio. El altavoz del centro comercial en el que estoy anuncia en inglés la posibilidad de que te lleven a casa la compra. Un panel electrónico confiesa que estamos a 23 grados. Como en casa con el Mitsubishi del salón. Hay tiendas que se obstinan en hacerte sentir confortablemente insensible (como la canción de Pink Floyd de The Wall) y te ponen sillones para que te sientes. Tiendas que son casas simuladas. Ahora suena un jazz dulzón a lo Kenny G. La gente va despacio o va muy deprisa. Atestados todos los carros, me pregunto si han almorzado ya o si pagaran, irán a casa y lo harán allí. Será una cosa o la otra. Me fascina esa verosimilitud. Todo puede ser cierto o no serlo en absoluto. En el fondo no importa que la verdad triunfe y se conozca o que uno maquine narrativas alternativas. Como si fuese un cuento de Carver. Hoy veo historias de Carver. Ayer sólo me llegó una. Por la noche escribí un cuento muy largo sobre una pareja que se da cuenta de que no han tenido una conversación seria en todos sus años de cerrada convivencia. Han reído, han llorado, han fornicado, han comentado las noticias de la tele o han viajado a París en los aniversarios, pero no se han sincerado jamás. No han revelado nada que les preocupe, no han hablado como a veces se hablen los amantes franceses en las películas de la Nouvelle Vague. Ya estamos yendo para la cola de la caja. O no. No llevamos ningún skubb. Creo que en casa habrá alguno de la última vez que vinimos. Si ahora digo que está sonando Miles Davis y su So what tenéis derecho a ser incrédulos, pero juro por todos los skubbs de la historia que es cierto. Estos suecos saben vender. 

4.8.17

Rufus Wainwright hizo que me sintiera inusitadamente feliz durante casi cuatro minutos

Esperamos ser felices, dar con el libro que nos alivie el trasiego de la realidad, con la historia con la que podamos sentirnos a salvo del rigor de lo tangible, con la canción perfecta, con la conversación maravillosa, pero se obstina la vida en hacernos vulnerables o frágiles o heridos. No nos da lo que anhelamos cuando lo necesitamos o cuando vendría bien que se nos cruzara y lo abrazáramos. Tienen los días puertas que no siempre están a la vista o incluso que, cuando las vemos, se obstinan en no dejarse abrir, en dejarnos afuera cuando nuestro afán es franquearlas, acceder a su secreto dominio. Estamos hechos de historias. Ellas nos llenan, nos cubren, nos concilian con el girar de los planetas y con el latido del corazón. El error es desear esa felicidad de manera continua e ininterrumpida. Alguien me dijo el otro día que los reveses son buenos. Que está bien encontrarse con una situación dolorosa. El miedo y el dolor están hechos de la misma naturaleza. No se nos educa para acometerlos con entereza, no se nos dice qué cara debemos ponerles, qué palabras debemos usar para que no se nos incrusten y tan sólo nos rocen. Luego están los ratos felices, esos instantes de felicidad pura, inmarcesible, sin posibilidad de que nada las arruine ni las rebaje. Ratos en los que miras el cielo y admiras su azul o escuchas una canción (hoy una de Rufus Wainwright, Candles en directo) y adviertes que el pecho se te ensancha y los ojos se abren y el corazón se pone a latir sin estruendo, pero con más entusiasmo, como si él también apreciara la belleza de la voz de Wanwright o el esplendor del cielo ahí arriba. La asignatura pendiente es esa, la de la felicidad. Deberíamos darla por perdida. Bastaría con aprobar parciales, exámenes sueltos, lecciones fragmentarias, no la totalidad, no la materia completa. Rufus Wainwright hizo que me sintiera inusitadamente feliz durante casi cuatro minutos. Antes de tomar el camino a casa, saludé con alegría a un par de amigos, tomé un café y compré churros para mi hijo. Al llegar, recogí un par de cosas en el piso y me senté a leer el periódico. Sentí que todo lo que me pasaba era un cuento de Raymond Carver.

La llamada de Cthulhu



Uno se pone la ropa de siempre, sin que esa falta de novedades le ocupe ni un leve pensamiento. A veces, cuando algo no cuadra con la tradición, sale a la calle con una brizna de pudor, como si su desatino textil pregonara a los cuatro vientos otro interior. En cierta ocasión, viendo un señor muy mayor vestido con absoluta impericia, me dijo quien andaba conmigo que si a esa edad no podía ponerse lo que se le antojara cuándo. Con las otras edades, con las menos precipitadas al desenlace, bien podría valer ese argumento irrefutable. Porque de alguna forma somos lo que comemos, somos lo que leemos o lo que no leemos o lo que hablamos o dejamos de hablar, somos todas esas cosas consecutivamente y sucesivamente, pero somos también lo que nos ponemos encima. Es esa manera de ofrecernos a los demás la que probablemente más se apreste a no caer en el olvido. Se puede ser obeso, flaco, apuesto o abstracto, pero todas esas cosas, inevitables unas y muy difíciles de enmendar otras, se compensan si la vestimenta con la que nos cubrimos luce, reclama la mirada de los demás, seduce hasta hacer olvidar todo lo negativo que podamos exhibir sin que lo apreciemos. Aceptado el hecho de que la ropa anda cara, está ahora de moda la camiseta veraniega estampada con diferentes imágenes o textos. No es algo nuevo, pero no sé por qué, abundan más en estos días. La de hoy, la que abdujo mi atención en una calle céntrica de mi pueblo, ofrecía la cara de Marilyn con la gorra característica del Che, la de la estrellita en medio. A Marilyn no le faltaba un grueso puro, por supuesto. En este hilo castrista, he visto también monos ocupando la cara del Comandante. En esos casos, siempre acabo pensando lo mismo: lo que pensaría si pudiese ver en qué quedó su errática épica, su revolución doméstica y tropical. A Lovecraft le sobresaltaría ver que un tentáculo de una de sus criaturas mitológicas pasea las calles. Pensaría en eso de que al miedo se le combate haciéndole mofa, plantándole cara, en fin, mirándole a la cara y todo eso. O no pensaría nada de eso. En lo que puedo contar por mí, diré que anduve durante un tiempo con una en la que estampé el puente mítico de Manhattan, la película de Woody Allen. Sí, el puente que lleva diez años como imagen de cabecera de este blog, ese mismo. Me sentía raramente feliz cuando me la ponía. De algún modo me entusiasmaba mostrar que es una de mis películas favoritas, igual que el que se coloca una camiseta con el diez de Messi a la espalda le está contando al mundo que es culé o que adora al delantero argentino, pero lo de Cthulhu es distinto. Ahí entramos en consideraciones más sórdidas, en dioses primigenios, en los arquetipos, en caos cósmico, en los profundos, que eran mitad humanos, mitad batracios. Quien no haya entrado en esas turbias aguas, no se pondrá jamás esta camiseta. Incluso estoy por pensar que igual tampoco se la pone. No vaya a ser que despierte los terrores ocultos, la semilla del mal, la locura misma. Ah, queda también en mi  fondo de armario la camiseta de Heisenberg, regalo de un amigo e icono de los mejores veranos a pie de playa.

3.8.17

No sabiendo cómo llamarlo, le diré plegaria

Dice K. que hay un dios para cada roto. A lo que uno aspira es a que sea cierto. Que a poco que flaquee el espíritu haya una divinidad que lo conforte. Que en cuanto se venga abajo el cuerpo esté ahí también para restañarlo. De verdad que yo no pondría objeción a esa contención del alma. Se la trata tan mal, se la zahiere tanto. Al alma hay que procurarle siempre las atenciones mejores. No hace falta ver con los ojos, no es preciso contarlo todo y pesarlo, encontrarle el ángulo y estabularlo. La fe consiste en dejar que las metáforas guíen tu vida. Hay personas que no permiten que nada extraordinario los conduzca por las calles y les hable al oído y, al cerrar el día, los acueste y les lleve de la mano al sueño. No es de religión de lo que hablo. La creencia en algo superior que no comprendemos tiene y no tiene lazos con la religión con la que hemos crecido, estamos cerca de ella o la arrojemos lejos, como si apestase. No sé si tengo una vida después de ésta, pero no importaría andar por ahí convencido de que la hay, exhibiendo a cada momento mi esperanza en la vida eterna, poniendo todo por mi parte en la salvación de mi espíritu y, de camino, en la del ajeno que se me ponga a tiro. K. cree firmemente en que estamos aquí para algo. Que no puede ser solo el vacío final lo que lo cierre todo. Si fuese el vacío, me confiesa, sería la existencia más triste. Por otro lado, le cuento yo, vivir sabiendo que no hay más también es bueno. K. ha caído en la cuenta de lo maravilloso que es sentirse escuchado. Quizá por eso reza cuando encuentra ocasión. Lo hace de un modo que yo no conocía: entabla un diálogo profundo con la divinidad, la pone en aprietos, la concierne en lo suyo y, por último, la conmina a que medie en la fatalidad que lo devasta. No sé si ése es el camino, K. Rezar se me antoja a mí otra cosa, no eso que haces, le digo mientras paseamos. Yo no rezo porque no encuentro placer en hacerlo. No será por no haberlo intentado. No será por no insistir al modo en que lo hacen los demás, viendo cómo se reclinan, de qué devota manera exponen su cuerpo a la voluntad a la que elevan sus plegaria. La propia palabra plegaria me produce zozobra, K. El que reza tiene el crédito que no posee el que no lo hace. Seguimos en un mundo que adora al creyente. En el silencio del que cree hay a veces más honduras que en el silencio del pagano, de quien no consigna creencia alguna y va de otra manera, aquí o allá, sin ahondar, sin la metafísica. Es un mundo éste al que la metafísica lo está sublimando y lo está embarrando. La metafísica eleva o aplasta. Construye catedrales o alienta guerras. Será quizá imposible borrar a Dios del libro que es el mundo. Como si ya viniese en el pack. El mundo junto con un dios o con muchos, según al gusto de quienes los inventan. Se constata la brutalidad del hallazgo moral y también la dulzura, la bendita dulzura dirán algunos, de un Dios tutelando el viaje, consintiendo los errores, conduciendo el alma desde el vacío primero hasta el colmado último, donde nos avituallen para lo que venga después. K. dice que está ahí dios para el roto. Que se lo coserá. Yo voy con lo que me va llegando. Cualquier día me pongo serio y veo lo que no todavía no se me ha entregado. Y en ningún momento he caído en la gratuidad, inútil a mi entender, de dejar aquí nada consignado sobre la iglesia. No entra en estas consideraciones. De hecho son un asunto aparte. De haber un dios no creo que se entretenga en buscarse agentes espirituales. Seguro que no sabrían explicar nada. Seguro que lo emborronarían todo y lo convertirían en una historia de fantasmas y de resurrecciones. 

Una pequeña historia del teatro Apollo de Harlem



                                                               Fotografía: Franck Bohbot


En la noche del 21 de noviembre de 1934 una joven de dieciséis años llegó al Apollo con la esperanza de que la contrataran como bailarina. Hasta pocos años antes, el Apollo había sido el club nocturno de blancos, pero los arrendatarios, una pareja de judíos, vieron la pujanza de la música negra y decidieron meter aquellos ritmos endemoniados en el escenario. Entusiasmada por abrirse camino en el mundo del espectáculo, pero no muy convencida de su nivel,  entró en pánico, reculó y decidió no salir al escenario, a pesar de que el gerente ya la había anunciado. Obligada, se envalentonó y afrontó el marrón. Lo que hizo no fue bailar, sino cantar. Se embolsó 25 dólares y la atención de Benny Carter, un coloso del jazz de entonces. Primero fue esa joven que no quiso bailar, luego vinieron cientos. Fueron las Amateur Night Shows. El locutor, con fanfarria fonética, repetía cada noche que el Apollo era el lugar donde nacen las estrellas y se crean las leyendas. Ella Fitzgerald fue la primera. Agradecemos que se lanzase a cantar en lugar de contornearse y mover los brazos y las piernas. Las Edwards Sisters, que tenían el favor del público, bailaban justo antes que ella y debió sentirse derrotada. La orquesta de Chick Webb, el mejor swing de la época, la fichó poco después  y comenzaron a hacer bolos por la costa este. Lo demás es historia de la música popular del siglo XX. El jazz, el blues, el rhythm and blues o el soul contaron con este templo para no decaer y disponer de nuevas estrellas con las que afianzar el género. Aparte de Ella, aquí empezaron Stevie Wonder, Billie Holiday, Diana Ross, Aretha Franklin, Jimi Hendrix, Marvin Gaye o Michael Jackson y tocaron James Brown, Miles Davis, Charlie Parker, B.B. King, Sarah Vaughan, Louis Armstrong, Thelonius Monk o John Coltrane. Hay decenas de discos grabados en directo bajo su techo. En casa tengo el de James Brown y el de B.B. King.




                                                             Fotografías: Herman Leonard

Esta es una de las fotos del jazz que más me gusta, habiendo otras en las que se escenifiqué mucho mejor todo lo que el jazz significa. Duke Ellington está absolutamente embelesado y Ella hace lo que sabía: cantar como si sólo hiciera eso en el mundo. Al fondo creo que anda Benny Goodman. En la cara de ambos hay admiración pura, esa rendición ante el talento. No cambia esa expresión de arrobo intenso cuando la actuación acaba y la estrella (lo era de un modo rutilante en esos últimos años de los cuarenta) se sienta con el maestro y come algo. Fue la más grande. Es posible que Billie Holiday, de no haber sido más cabeza loca, le hubiese puesto en peligro el trono, pero eso nunca podremos saberlo. Las dos son las reinas del jazz. Nadie sedujo así, nadie llegó tan lejos.


2.8.17

La vida secreta de los patos


                                                                   Fotografía: Vivian Maier


Entra en lo razonable que haya lugares en donde salgas a la calle con un pato bajo el brazo sin que nadie le dé más importancia o lo censure o forme en su cabeza la idea de que no andas bien de la tuya. También que haya otros en los que esa anomalía urbana, la del señor que saca al pato como quien pasea un perro, borre todo lo que el señor en cuestión haya hecho en su vida (ser un buen padre o un marido ejemplar o un ciudadano comprometido) para que en adelante sólo exista el pato bajo su brazo. Siendo el mismo pato o el mismo señor, lo que inclina la balanza a un lado o a otro es el ojo que registra la imagen. Hay ojos que no permiten patos de paseo o gente joven con rastas o gente mayor con camisas hawaianas. Esa ofensa óptica debe causarles un estrago del que se tarda en salir, porque una vez ingresa en el ojo y se abre camino nervio arriba, se le da cobijo, asiento o alojamiento en la conciencia. De pronto hay una información inédita que pugna por conciliar su presencia con las otras, con las residentes de antaño. Hay imágenes que pugnan por parecerse a las demás, pero no prosperan, no tienen lo que las otras y terminan siendo apartadas, tachadas de apestadas, alojadas en el lugar en donde se arrumban las cosas que no entendemos. Una de esas cosas que no es de esperar que entendamos es que alguien lleve un pato bajo el brazo por una calle. Se puede inferir que el pobre animal está a poco de que se le degüelle y se haga foie con sus entrañas o que el pobre dueño, en un arrebato de animalismo militante, haya decidido despojarlo de servidumbres y esté por soltarle en una fuente en mitad de un parque para que retoce con los suyos y sepa finalmente a qué sabe la vida. No sabemos nada de la vida privada de los patos. Hemos pisado la luna y existe una cosa que se llama nanotecnología, una ciencia increíble que es capaz de entrar donde ni a la fantasía más desbordante se le ocurriría. Hemos sido capaces de escribir La divina comedia o Hamlet o El Quijote, hemos compuesto La Traviata o Yesterday y no sabemos nada de las cosas que discurre un pato cuando nota que algo malo está a punto de suceder. Alguien lleva uno bajo su brazo y parece que esté cometiendo un delito.