31.3.19

Galería de favoritos 58 / Magritte



No es verdad lo que ves, todo está confiado a que los ojos saben mirar, pero no es cierto, ahí radica el error, en ese detalle estriba la razón por la que haya que insistir en lo falso de la realida, en su impostura, en el trampantojo. A poco que miras de cerca, cuando se asienta la imagen en tu retina y se produce el fogonazo de la visión, descubres que todo ha sido precipitado o que, si cierras los ojos y los abres de nuevo, lo que antes creíste ver ha mutado en otra cosa, ha dejado que una brizna de su presencia (plástica, corpórea, material, sensible) se haya desplazado y adquirido otro matices, tal vez varios. Ninguna de estas consideraciones caen en la cuenta del que mira cuando lo hace. Es después, no mucho después, cuando se cuestionan. Es bueno interrogar la realidad, ponerla en un aprieto, no dejarnos convencer por lo que nos ofrece. Hay una distorsión en esa poética de la mirada, en ese finalidad filosófica, si se quiere, en la que no vale la imagen (real o fotografiado o dibujada) sino la idea que esa imagen otorga, la posibilidad (por pequeña que sea) de que la impresión plástica sea falible y haya que transfigurar su evidencia (las figuras, los colores, el trazo) para que la hagamos nuestra. Hay que añadir otro matiz: esa propiedad no es duradera, ni tampoco fiable. Hay que transgredir, hay que ir más allá, hay que confiar en los ojos del interior, no los evidentes, los que registran la luminosidad (con su cromatismo, con su perspectiva) y envían la información al cerebro, para que éste lo convierta en perceptible, en cosa traducida, en verdad. Lo onírico, en cambio, permite entender, permite observar sin que nos engañe la vista. La imagen ya viene alterada, se ve como si fuese la primera imagen que vemos, se entiende como si no hubiésemos entendido nada previamente. El surrealismo es esa liberación de los sentidos en la que los hacemos descansar de la rutina y les encomendamos apropiarse de la nueva realidad. Confiamos en las imágenes surrealistas porque nos hacen pensar o nos hacen divertirnos. Hay quien cree que una mesa es siempre una mesa o una nariz, una nariz. Cortázar lo contaba en Las armas secretas: curioso es que la gente crea que tender una cama sea exactamente lo mismo que tender una cama. De ahí que exista Magritte, el surrealista y, por más que así nos lo hayan vendido, más que eso. Un surrealista sostiene que la belleza proviene del encuentro fortuito de una máquina de coser y un paraguas. El amable lector puede cambiar la máquina de coser por una manzana y el paraguas por un iPhone de última generación. De hecho, Magritte juega con todos los objetos que concurren alrededor suya. Incluso convoca a los que no tiene a mano, pero conoce bien y sabe qué puede extraer de ellos. Por eso hay árboles gigantescos sobre los que pacen sumisas nubes blancas enraizados en una mesa blanca o hay un hombre y una mujer besándose y una tela blanca les tapa completamente la cara o hay una pipa, que es una pipa y no puede ser otra cosa que una pipa, dibujada convencionalmente, sin demasiado esmero, pongamos, bajo la cual se lee que no es una pipa. A mí me encanta el Magritte que tiene ocurrencias divertidas. Curiosamente es esa pintura la que más me conmueve. Quienes saben de Magritte dirán lo que se les antoje decir, pero yo (menos versado, movido sólo por el entusiasmo de la contemplación artística) busco el placer hedonista, la alegría de las imágenes.  Amo el Magritte que piensa en sirenas y dibuja un pez con medio cuerpo de mujer o una mujer con medio cuerpo de pez  o el que se dibuja a sí mismo pintando un pájaro, pero es un huevo el que le sirve de modelo o el Magritte de los cuadros en los que hay cuadros de paisajes cuyas nubes exceden la dimensión estricta del cuadro. Amo las casas iluminadas y los faroles que las custodian que Magritte dibuja como si no fuese un dibujo, da la impresión de que lo que miramos es una fotografía. Se trata, en todo caso, de hacer que las imágenes hablen, cuenten una historia, pero ha de ser una historia extraña, ninguna historia que podamos entender, sino las más anómalas, las que contienen la suficiente cantidad de extrañeza como para buscar palabras que la expliquen. Es sabido que a todo se le pretende dar verosimilitud y que todo tiene que articularse en un discurso cabal y mensurable, pero Magritte dibuja botellas hechas de nubes o eleva sobre un mar una piedra ovalada de tamaño descomunal sobre la que se observa la figura precisa de un castillo. También (que recuerde) hay sillas con cola de león y manzanas sobre las que hay mesas. No hay que creerse nada o hay que creérselo todo. La naturaleza del surrealismo (y la de Magritte) es impura, es maravillosamente impura, aborrece de cualquier control o de cualquiera idea que pueda ser prevista y catalogada y medida y más tarde expuesta. Magritte es simbolista, es anárquico, es un poeta que prescinde de la sintaxis y de los vocablos. Es cosa de aprender a mirar.

30.3.19

Tos


La tos me ladra en el pecho, lo hace trizas con dentelladas bruscas, pero lo que duele de verdad es el espasmo después del bocado. No piensa uno en sus pulmones hasta que truenan. Es un fuego bastardo la tos. Quema a conciencia, se esmera en su oficio.  La tos, esta tos bronca de animal acorralado, es un festejo del mal. En cuanto flaquea la salud, hace uno sus cábalas, monta su chiringuito metafísico privado. No siendo nueva, intimo algo con ella, sé cómo procede, cuándo se retira, me atrevo a tutearla. La enfermeras es un género literario. De ahí que uno decida contar el destrozo, explicar cómo procede cuando irrumpe, si tiene piedad o arrambla a su antojadizo capricho. Al final hay luz, siempre la hay. Llevamos los dos veinte años de trato. La veo venir y no me entristece su visita. Es un peaje, quizá uno poco cruento, comparado con otros, puesto al nivel de los que se ven a diario y devastan con más entusiasmo y fiereza. Hoy he amanecido con un pulmón sano o quizá los dos. Es provisional la mejoría, volverá a emponzoñarme de nuevo, hará su casa en la mía. No hay remedio inmediato, tan solo el arnés de la paciencia, que es un placebo moral en el que uno tiene ya predicamento y soltura. Recuperaré la voz, habrá aire otra vez, irá a su bola por mi cuerpo, celebrando los dos ese ayuntamiento carnal. Alivia contar estos quebrantos minúsculos. Cuando acudan otros más graves, que vendrán y serán oscuros, no tendré con qué consolarme. Por eso escribo. Por inercia, por explicarme el mundo, nunca hubo otro motivo. 

Galería de favoritos 57 / Teniente Ripley



La teniente Ellen Ripley es la suboficial a bordo de la Nostromo, una nave de carga propiedad de la compañía Weyland. Sólo ella y nada más que ella podía destruir al monstruo, no una vez sino cuatro, las que haga falta. Cada una de esas veces más extraordinaria que la anterior. No importa que la clonen o que en su vientre (por obra de la genética interestelar) anide una reina alien para que prospere, una vez se produzca el feliz alumbramiento, una colonia de monstruos, de la que ella es la madre secreta, la madre amantísima y la madre perturbada, la que prenderá fuego a todos los huevos y mandará al infierno la infame camada.

Hubo noches en que la teniente Ripley se me aparecía en sueños. Unas veces portaba un arma más grande que un piano Steinway y su boca era sucia como la sala de turbinas de la Nostromo. En otras, recorría la nave entera, pese a que faltan dos minutos, tres, para que se acabe la cuenta atrás y reviente en la oscuridad de la noche galáctica (ya sabes, en el espacio nadie puede oír tus gritos) y se vaya la franquicia a la mierda. Sólo al final encontraba a un gato, al que rescataba con la heroicidad prevista, constituida así como ejemplo de la épica humana. Igual que la Ilíada tiene 24 cantos, uno para cada letra del alfabeto griego, el poema llamado Alien tiene cuatro y en cada uno de ellos, a cual más antológico, la teniente Ripley, Dios la tenga a su derecha y lo proteja de criaturas blasfemas, libra al mundo de la invasión extraterrestre. Porque eso es lo que pasaría si el bicho vence: llegaría a las alcantarillas de la Quinta Avenida y haría una escabechina con todos los yonkis y con todos los policías y con todos los accidentales transeúntes que tuvieran la mala fortuna de bajar al inframundo y vérselas con ellos.

Nada de eso pasa, no podría suceder: es Ripley la elegida para que prevalezca el orden y la vida siga tal y como la conocemos, sin que un mal venido de las estrellas arruine la función. Ya tenemos mal aquí, en la Tierra, parece pensar la teniente cuando está a punto de mandar al bicho al espacio exterior. Estará ahí flotando, eternamente mecido por el swing del cosmos, como si todos los violines de todos los valses de Strauss tocaran una pieza sólo para él y no acabe jamás su diáspora entre los astros y los agujeros negros. Esta noche, si miras con atención el negro del cielo, podrás ver al polizón de la Nostromo. No es empresa fácil, pero se franquea con facilidad si no miras de verdad, sino que imaginas que estás mirando. La ciencia-ficción pide que seas crédulo. Si no abandonas esa resistencia, nunca podrás aceptar que el hombre ha llegado al confín de la Vía Láctea (hace años que no uso esa expresión, Vía Láctea) y que tiene intención de ir más allá todavía y hacer de Marco Polo del futuro y traernos a la vuelta las sedas y espacias astrales.

Sigourney Weaver, la mujer dentro de la teniente Ripley, dijo no a la película de Ridley Scott y también no a todas las demás, un no sin entusiasmo, por supuesto. Era una franquicia muy grande, habría demasiados compromisos, no se salvaría nunca de la etiqueta de matabichos. Todo eso debió pensar en ese no rotundo. Luego se dejó convencer, suele suceder. Entendió que era la primera vez que se rodaba una historia como aquella. Antes de Alien, Sigourney sólo había rodado un par de escenas en Annie Hall. Woody Allen no le ponía la cámara en la cara y la hacía sudar como Ridley Scott. Aún así, no hay actriz más convincente. En el momento en que uno siente la amenaza extraterrestre (en forma de marcianos o de parásitos residentes en vainas cósmicas o de monstruos sanguinarios y feos como un lunes amanecido con lluvia), pedimos a gritos (en el espacio no se pueden escuchar, pero aún así gritamos, por desahogo, por no salirnos del guion) que venga Ripley en ayuda y dé caza a todos esos repugnantes y babosos engendros que nos han hecho temblar y gritar.

29.3.19

Galería de favoritos 56 / Gustavo Adolfo Bécquer




Recuerdo que hace unos años vi a un mozalbete de corta edad (no sobrepasaba los quince) con una camiseta de verano en la que se veía, majestuosa y desafiante, la cara de Bécquer, el retrato que ha sido confiado a la galería de retratos famosos para que podamos ponerle un rostro. Lo pintó su hermano Valeriano, del que un servidor no conoce más obra que ésta, pero tampoco está uno puesto en pintura, como en tantas cosas. Me gustó mucho la camiseta, pensé en qué sucedería si pudiéramos salir a la calle con camisetas de nuestros héroes literarios. Pasearíamos con los ojos atentos a quienes se fijaran en ellas. Habría quienes no cayeran en un nombre y se alejasen de nosotros con esa incertidumbre, quienes no tuviesen ni la menor idea y (por fin) quienes sentirían que les hemos abierto una especie de puerta y les hemos dejado entrar en nuestra casa. Como si les dijésemos: mira, este de la camiseta es uno de mis poetas favoritos, lo leí de pequeño, pero lo leí mal, me hicieron leerlo mal, fue más tarde cuando decidí darle una segunda oportunidad y ahí es donde caí prendido, fascinado, encantado con el torrencial de belleza de sus leyendas y con la capacidad de sobrecogimiento de sus versos. Sin darnos cuenta, le estaríamos diciendo eso. El muchacho del paseo marítimo (fue en Fuengirola hace pocos veranos) me hizo buscar una tienda en la que hice que me imprimieran una camiseta con el puente de Manhattan con Woody Allen y Diane Keaton sentados en un banco. Creo que si volviese ahora y pidiese otra, me haría una de Bécquer. De pronto, sin venir a cuento, como la canción de Gabinete, me ha venido El monte de las ánimas, el cuento leído el Día de Todos los Santos, que es nuestro Halloween patrio, aunque el nacional provenga del foráneo. El idiota no era Bécquer ni Machado, el ganapán. A veces me sorprendo tarareando Camino Soria, la estupenda canción de Gabinete Caligari. Lo bueno que tienen los dos es que son poetas del pueblo, no en el sentido político o social, que también, en cierto modo, y más Antonio que Gustavo Adolfo, sino en un sentido mucho más ciudadano, de poeta aceptado por el pueblo, aprendido y amado, de hombre al que se ama y del que se recitan sus versos sin que, en ocasiones, se sepa la autoría.

Se tiene la idea equivocada de que Bécquer hace la poesía que gusta a los que no leen poesía y, a la inversa, la idea (por supuesto que equivocada también) de que hace la poesía que no gusta a los que la leen. Hay otras opiniones asentadas que no cuadran, a poco que se las piense, si uno hurga y se deja llevar por la literatura, no por su revista de prensa. Una muy dañina es que Bécquer fue un autor maldito. Antes que poeta, fue periodista y, casi con toda probabilidad, se valió de esa cercanía con los círculos literarios para promocionar su obra, que fue escasa (las rimas, las cartas, las leyendas, los artículos de prensa, que recuerde) y no le deparó, en vida, la fama que obtuvo cuando falleció. No vale que se le atribuya el tormento y el desencanto, no existe beneficio, no hay nada a lo que aferrarse cuando un poeta ha sido encajado en el estante del malditismo. Sólo hay que leer, pensar en ese ideal de belleza, permitir que la aparente sencillez no nos distraiga de lo verdaderamente importante. Lo que nos cuenta Bécquer con esa música suya y ese modo de hacer poemas tan llano y asequible (insisto en el peligro de esa reducción, a veces interesada) es tan valioso que de ahí partió todo lo demás, la gran poesía de la primera mitad de siglo XX. No tendríamos Blas de Otero, ni Juan Ramón Jiménez, ni Antonio Machado, recito de memoria, si no hubiésemos tenido Bécquer. Al igual que no habríamos tenido Lovecraft de no haber existido Baudelaire y antes, Poe. Las palabras se buscan, adquieren esa vocación de eco con la que la literatura (un eco amplificado e inabarcable) se abastece para perdurar y, en ese trayecto, no dar la sensación de que se agota. Bécquer hizo que existiera el 27. Así de sencillo. No hay discusión. No importa que fuese idiota, tal vez lo fuese, todos lo somos una parte del día, dejó dicho alguien después de que Warhol aludiera a lo de la fama pasajera, ya saben. Era un idiota con un propósito. Además escribió unas historias maravillosas. Si el lenguaje ha quedado un poco anquilosado, se desanquilosa, permítaseme. Si suena a cosa de otro tiempo, es que es verdad. Es que no es de este tiempo, es de otro. Uno en el que escribir no tenía casi nada que ver con el hablar. Sólo hay que pensar en Espronceda, que fue el otro romántico. Lo de los cañones por banda a toda vela es fantástico, es un verso fundamental en la Historia de Nuestra Poesía, pero a mí no me atrae lo más mínimo.

Luego están las golondrinas, los pájaros y su mantra de nidos, las oscuras y melancólicas golondrinas que vuelan para embeleso de los enamorados, las que no volverán. Son suyas, pertenencia invariable del poeta Bécquer, al modo que las palomas son de Alberti, las arañas radioactivas son de Stan Lee o los cerdos sobrevolando las fábricas en Londres son de Pink Floyd. No tengo ninguna duda de que Bécquer no ha sido explotado todavía. Hemos tenido una época larga de Bécquer escolar, en la que se recitaban poemas (yo habré estropeado alguno de pequeño, estoy poco dotado para ninguna declamación decente) que todavía persiste. Bécquer tiene que ocupar las plazas de los pueblos. Tenemos que poner retratos de Bécquer en los escritorios de nuestros ordenadores. Tenemos que hacer seminarios sobre el romanticismo tardío o sobre los templos de España o sobre los fantasmas o sobre las golondrinas. Todo está bien si se logra que se beneficie su figura, que no es la de otros. Tal vez porque no llegó tan lejos, me dice K. No se puede comparar la poesía de Lorca con la de Bécquer. Ni puedes ponerlo junto a Miguel Hernández, que hoy hace 77 años que murió. Siempre se queda detrás Bécquer. En una hipotética carrera de poetas, Bécquer se desfondaría, no pasaría el primer corte. No porque sea mala su poesía (lo de poesía eres tú también ha hecho su daño en las mentes blandas) sino porque no somos románticos en este país nuestro, no tenemos al amor como bandera, no blandimos esa bandera, no nos cuadra en el pecho esa insignia. Bécquer no era idiota. La voz de Jaime Urrutia viene de vez en cuando (así como tiene Urrutia la voz, nasal y chulapona) y me repite lo de la inteligencia de Bécquer. La palabra ganapán no la he usado jamás en el lenguaje de la calle. Idiota, muchas veces. Lo mismo hoy se invierte la moda. Mañana igual toca contar la historia de algunos de los mejores ganapanes. Hoy ha tocado recordar (me pienso leer enteras las rimas a poco que cierre el texto y desayune) la figura del poeta elegante, un dandy parecía. He visto mozos con esa pinta becqueriana, un poco cuidado y otro poco no, como si desafiaran al mundo con el pelo largo y el bigote con su barba avisada hasta la barbilla. Como Bécquer, que fue grande, grande como Lorca o como Machado. Fue (además) el primer poeta moderno. Ya se sabe que la modernidad siempre empieza en la poesía.

adenda:
Al billete de cien, hablo de pesetas, le encasquetaron la cara florida de Bécquer. Falta que al de euro (uno de ellos, da igual cuál, da lo mismo que lo ideen aquí o en Bruselas) le pongan la cara de Antonio Machado o la de Luis Cernuda o la de Federico García Lorca. Después de nuestra nómina de poetas ilustres, los gerifaltes europeos pueden tirar de patrimonio local, según sectores. Se admite que entre en la liza Lord Byron, Thomas Mann, Oscar Wilde o Charles Baudelaire. Ese billete con la cara de Baudelaire, el Baudelaire último, el más tocado, puede dar susto hasta dentro de la billetera.

28.3.19

Galería de favoritos 55 / Glenn Gould





I
En la cima de su carrera, lo cual en Glenn Gould no tiene mayor trascendencia, el mejor pianista de todos los tiempos decidió dejar de tocar en directo. Así que nadie pudo volver a verle descalzarse antes de acometer las piezas, ni sentarse precariamente en una silla de madera hecha a su medida por su padre, ni tararear como un poseído en las partes más líricas, entre algunas otras anomalías del comportamiento, todas celebradas por su insobornable masa de adeptos, que vibraban a cada excentricidad del genio, fascinados por ese vicio suyo de apartarse del talento clásico y campar a sus anchas, allá donde nadie había discurrido antes. Apartado de los circuitos de conciertos, reivindicó el esplendor de las grabaciones, puso todo su empeño (un empeño nada canónico) en hacer la mejor de las tomas posibles en cada pieza y se recluyó en su casa, convertido en una especie de Salinger de la música, pero con una más divertida extensión popular. También difundió su antipatía hacia Mozart y hacia los conciertos en directo, aunque seguro que adoraba a Mozart y añoraba los conciertos. De cualquier forma, no es que Gould fue un excéntrico, sino que los demás no habían visto jamás un pianista como él. 

II
Canturreaba entre las notas. Eran chillidos audibles, nada melódicos, integrados en la partitura. No le daba más importancia. Preguntado frecuentemente por esta costumbre suya, solía decir que no se había parado a darle una justificación. Tampoco se la había dado al modo en qué movía la cabeza al acometer alguna parte más enérgica de las obras que interpretaba o si sudaba más o menos que otros pianistas. 

III
Tenía una silla. Era un pianista con una silla. Se la hizo su padre. Le permitía tocar con el cuerpo volcado sobre el teclado. La subía, la desplegaba y, al acabar el concierto, la plegaba y se marchaba con ella. No la dejaba allí. No permitía que otro cuidase de ella. Era responsabilidad suya la silla. Como si fuese parte de su propio cuerpo, como si ella también contribuyese a que las piezas tocadas hubiesen salido todo lo bien que se esperaba.

IV
En cierta ocasión, un técnico de la prestigiosa firma de pianos Steinway le saludó con desautorizada camaradería dándole una palmada en la espalda. Probablemente Gould hizo después una interpretación mayúscula, pero la reprobó, salió del escenario completamente abatido. Decía tener el brazo dolorido y le dolía el cuello. 

V
Hay muchas leyendas sobre Gould. Algunas tienen que ser ciertas; otras son paparruchas, que es la palabra española para referirse a las noticias que se han difundido sin tener una base fiable, las que convienen y se airean y convierten en virales (otra palabra moderna), es decir, hay mucho fake (paparrucha) sobre Glenn Gould. Supongo que hará que su figura trascienda más y haga que sus discos se reediten con más frecuencia o los aficionados programen conferencias y homenajes, en fin, ese tipo de cosas. Es cierto que escribía. Solía decir que dejaría el oficio del piano por el de la literatura. En su apartamento de Toronto se encontraron montones de manuscritos. Letra menuda, nerviosa, a veces ilegible. 

VI
Como no sé tocar el piano, no puedo entrar a considerar la valía técnica de Gould. Escribo de oídas, refiero lo que recuerdo, todo lo que he leído o escuchado (hay podcasts estupendos sobre casi todo, algunos sobre Gould son excelentes) y, sobre todo, cuento lo que siento, expreso lo que me dice escuchar a Gould y que, en otros casos, en mi escasa educación musical, no extraigo (no me conmueve, no me hace sentir bien) cuando son otros los pianistas. Es posible que ahí entra el lado exhibicionista. Jimi Hendrix lo era. También Pete Townsend o Jim Morrison. El cuerpo también es un instrumento. Cuando la obra acaba, hay que seguir difundiendo su mensaje. Beethoven no termina cuando se pulsa la última tecla de la partitura. Beethoven sigue en la cabeza de quien lo ha escuchado, permanece ahí. No sólo es Beethoven la causa, también la del ejecutante, el que no interfiere en la verosimilitud de la exposición estrictamente musical, no cambiando un pasaje, ni permitiendo que la creatividad arruine el texto del autor, pero aunque respete y se quede al margen de esas incursiones excesivamente licenciosas, los buenos músicos saben hacerse notar, hacen que la melodía, siendo la misma, sea otra. Gould hace que piezas conocidas nos resulten novedosas. Hace que Bach suene como si nunca hubiésemos escuchado a Bach. No hace falta tener una experiencia musical enorme, ni saber música: sólo hay que abrirse de orejas, dejarse llevar, apreciar la respiración de la música, recordar una interpretación y compararla con todas las demás y pesarlas y sentir que, en su aparente igualdad, difieren, no cuadra cada nota de una sobre cada nota de la otra. Glenn Gould era el que sacerdote de ese minimalismo audiófilo. 

VII
Borges cayó por una escalera y se conminó a escribir relatos fantásticos, por ver si su cabeza, dolida por el golpe, tenía algún daño severo. Gould tuvo una aspiradora. La empleada de casa, usándola en el salón en donde tocaba, no le permitió en cierta ocasión ensayar a placer. El ruido de la máquina ocultaba el del piano. Lo que hizo Gould fue tocar de memoria. No escuchaba lo que hacía, no al menos por la vía tradicional: era dentro de su cabeza en donde se estaba ejecutando la pieza. Esa experiencia la llevó después a un grado de sofisticación absoluto. A veces no tocaba una sonata, pongo por caso, sino que la restituía íntegra en su memoria, sin que faltara una nota. A decir suyo, usaba el oído interno, el que no se distraía con el rigor de lo real, el menos falible.

VIII
Glenn Gould era un hipocondríaco, también un aficionado a hacer girar cualquier conversación alrededor de sus dolencias. Temía que el frío de Toronto estropease su digitación. En verano salía abrigado. Bufanda bien calada al cuello, abrigo recio, guantes. En invierno, salía poco de casa y, en ella, poco de su habitación. Pedía que le trajeran propanol y diazepan y valium. Quería estar despierto, pero el peaje del cuerpo (el suyo era menudo y frágil) le exigía que descansara y durmiera. Acabó rompiendo esa especie de armonía entre la vigilia y el sueño. Hay quien sostiene que esa fragilidad suya lo hizo mejor pianista. Curtió su cuerpo, lo domesticó, le hizo comprender que el dolor es una extensión más de todas las sensaciones posibles que pueda sentir. Nos duele vivir, el dolor no es un añadido impostado, es parte de todo, una parte considerable y a la que, mal que nos pese, no podemos renunciar. Gould fue un maestro de sí mismo. Eso no quiere decir que no sucumbiera y que su pedagogía fuese reprobable, pero la ejerció toda su existencia (breve esa existencia) y la aplicó en su técnica para tocar el piano. A veces cuando pienso en Gould me viene a la cabeza Michel Petrucciani. 

IX
Hay fotos suyas tocando el piano a los tres años. A un canario le puso de nombre Mozart. Sus padres no le explotaron al modo en que otros lo hacen cuando descubren que los hijos son prodigiosos y pueden hacerles más ricos o darles la notoriedad que no poseen. Glenn tocaba en la iglesia en domingo. Se imagina uno al pequeño esmerándose en Bach o en Handel, recibiendo halagos de los parroquianos, eludiendo que lo agobiasen. Fue así toda la vida. No quiso compañía que él no demandara. De ahí tal vez que sea falsa la leyenda de que era antipático y poco proclive a hacer amistades. Tenía su parte de humor y su charla, dicen de él, pero siempre disponía de la llave que abría y cerraba esa dependencia de su cabeza, la de la vida social, la de los otros, lo que no era esencialmente música. Porque Gould fue sobre todo una persona nacida para vivir la música incesantemente. Era una memoria puesta al servicio de cientos de partituras. 

X
Insisto en mi falta de competencia musical. Eso hace que escriba menudencias. De hecho, sólo se me ocurre escribir sobre la fascinación que ejerce Gould sobre mí, no sobre Gould, ni siquiera sobre su magisterio y su excelencia, que se citan inevitablemente, pero en las que uno no es posible que entre sin que se delaten las deficiencias, tal vez las simplezas. Es del aura de la que hablo. Anoche escuché nuevamente las Variaciones Goldberg. Me acoplé los cascos y me dejé mecer hasta que me venció el sueño. Me sentí feliz. Dicen que felicidad es una palabra que aparece en todos los idiomas. Por mucho que hayamos hablado sobre ella, no se ha insistido (creo) en el hecho de que no necesita perdurar. 

XI
Dio conciertos hasta los 32 años y murió a los 50. Ahí se radicalizó su misoginia, su misantropía, pero nunca fue un misógino o un misántropo a tiempo completo, vocacional o profesionalmente. Lo era si estaba en peligro su inspiración, la parte interior del metrónomo, donde buscaba una nota perdida o ejecutaba una partitura de cabeza, como si fuese una ecuación matemática muy complicada de la que hubiese que despejar una incógnita. No fue un pianista, fue más cosas. Era como una especie de trasunto del autor. Era Bach cuando interpretaba a Bach o Chopin si eran piezas de Chopin. Queda claro (a lo sabido) que nunca deseó ser Mozart, aunque en ocasiones (alguna partitura de Mozart tocaría) se convirtiera en él a su pesar. Era un poeta que usaba un teclado cuando podía usar una hoja en blanco. Un poeta o un filósofo. Su poesía era humanista, no romántica. Su filosofía busca una coherencia moral, un código válido para entender la música dentro de las elecciones intelectuales que tomamos a lo largo de la vida. Rehuyó la glorificación del numen, no le importó esa idea antigua de que el genio recibe la inspiración y la vierte hacia su público (escribiendo, actuando, tocando, etc). Gould prefería una visión más terrena de la capacidad artística. Proviene del trabajo, viene a decirnos en cada una de las conferencias y entrevistas que dejó. 

XII
Siendo hijo de Bach, en todos los términos, Gould fue también hijo de Dios. El suyo era un Dios de homilía, a la que asistió desde muy pequeño encaramado a su piano o a su órgano, cumpliendo lo que se le encomendaba, dejando que su talento impregnara el aire e hiciera que la palabra de Dios fluyera con más entusiasmo por el aire de la iglesia. Ecuménica y musical, la fe de Gould no le trabó su indagación espiritual interior. No creo que buscara a Dios, sino que permitía que Dios asistiera a la búsqueda que había organizado. Esa fe un poco pagana le ayudó a no abismarse en la mística. Hubiese acabado por afectar a su condición de pianista. Todo se circunscribe al piano, todo acaba relacionado con el piano. Uno de sus logros más importantes fue el de arruinar (o menoscabar, en todo caso) la concepción clásica de los conciertos, la que venía a decir que en las interpretaciones en vivo se producía una interferencia menor entre la obra y el escuchante. Gould se embarca en la persecución de la idea contraria: los registros sonoros en un estudio dan una perfección que no consigue la restitución en directo. Se puede trabajar el sonido, se puede repetir las veces que haga falta hasta que sea el óptimo, se puede escuchar íntegramente una vez que esté registrado y repetido si conviene, sin que esa repetición reste entusiasmo o valía al conjunto. 

XIII
Leí que Gould (Gold de apellido, pero sus padres lo cambiaron) era un ilusionista. Ofrecía una convincente sensación de magia. Su manera de tocar exigía el recogimiento del público, una complicidad más lejos de la naturalidad de lo que pudiera creerse en un principio. Es cierto que es la inercia (ese dejarse ir tan melómano en sí mismo) lo que activa el principio del placer, pero después la audición impone sus cualidades sonoras, su velocidad o su lentitud, su recreación en los detalles. Respecto a la velocidad, las variaciones Goldberg grabadas en 1955 duran casi un cuarto de hora menos que las grabadas en 1982. Las mismas piezas, distinto tiempo. Nunca hemos escuchado esas variaciones, más morosas, menos veloces, que no quiere decir menos arriesgadas, salvo en el disco. Las tempranas son diferentes a las tardías. Como si hubiese un Bach que corrigiese a otro e impidiera que las obras se anquilosasen y no se transformaran, un Bach que autorizara que el intérprete alargara o redujera la duración del sonido. La música es, en esencia, tiempo. 

XIV
Tengo varios discos de Glenn Gould. Sólo he comprado a posta, sabiendo que compraba un disco de Gould, no de Bach, las Variaciones Goldberg. Luego me las regaló un buen amigo en un paquete en el añadió una botella de cerveza. Era un rito lo de la cerveza y el disco. Me la despaché en el tránsito que va del aria introductoria a la primera variación. No supe darle el protocolo necesario. Nunca se lo he dicho. Él, en su mejor voluntad, creía que la haría durar. Sucede que cada vez que escucho esas Variaciones (suele pasar que no caen de golpe, los treinta y tanto o los cincuenta y tantos minutos, según el disco que ponga) sino que selecciono unas cuantas o le doy al play y dejo que la música avance mientras hago algo. Parece una blasfemia escucharlas mientras se realiza otra cosa o mientras bebes una botella de cerveza navarra, o era vasca, no sé. Tal vez me reprendiera el propio Gould si supiera que su música se consume como la de los Beach Boys o los Who, pero las veces en que te dejas absolutamente (es importante ese matiz) la música penetra absolutamente. Eres música, en esencia, tiempo con briznas de color, la melodía haciendo cuerpo en el alma, como si latiera el pensamiento y el movimiento lo hubiese compuesto Bach.

27.3.19

Galería de favoritos 54 / El Capitán Trueno


No sé de qué salva escribir, pero no puedo concebir una vida sin que me la cuenten, sin que otros escriban para que yo los lea. Cuando el volumen de lectura es brutal, no escribo. Prescindo de interferir en esa restitución metódica que proporcionan las historias ajenas, las que yo no controlo. De hecho se trata de una cuestión de control. El escribir te da la libertad que no te proporciona nada en este mundo. Insisto en decir que no hay nada parecido. Todas las cosas placenteras que ganan en esplendor a la escritura no alcanzan la satisfacción moral (o estética o intelectual) que te ocupa el alma entera cuando escribes. Es curioso otro hecho: el de la convivencia entre el lector y el escritor, entre quien elige la opción de que le narren o el que se decanta por narrar él mismo o, en el peor de los casos, en el más doméstico y también triste, el de narrarse. Lo que ocurre cuando uno lee es que la soledad adquiere un sentido formidable. Escribir también embellece la soledad, la acaricia y la adora sin doblez alguna. No buscamos nada, no se desea escapar del mundo, no es ése el motivo que causa ese placer, ese amor puro. Uno entra y sale de la realidad cuando lee o cuando escribe. Entradas y salidas de duración variable. Recuerdo haber estado una noche entera leyendo de modo convulso, un poco enfermizo. Se me reprendió en casa, creo recordar también, que castigara así mi vigilia, que la forzara a ese trasnoche libresco, que no tenía (a ojos de los que me censuraban) sentido alguno. Lo tiene, sí  lo tiene. La realidad, de la que no se huye necesariamente, está a mano y sólo el que ha metido su cabeza en un libro conoce la alegría que produce el regreso a lo real, a sus primores sencillos, incluso a su rudeza. Se sabe que existe un refugio, una especie de búnker, de patio privado, de sueño dirigido a placer por otro y volcado en nosotros. Nunca agradeceremos lo suficiente la existencia de que Robert Louis Stevenson escribiese La isla del tesoro o de que Robert Walser, antes de que le devorara la locura, dejase escrito Jakov Von Gutten, la novela que acabo de terminar hace poco más de una hora y de la que todavía no he salido, por más que me haya puesto un café en la cocina o de que haya estado hablando con mi mujer sobre lo que ha acontecido hoy en la escuela. Los libros de verdad son los que se quedan adentro. No se tiene una propiedad perenne, pero están siempre ahí cuando les pedimos asilo, cobijo, la posibilidad de que nos permitan volver a ellos, aunque no los toquemos, ni recordemos fiablemente cada pequeña trama de las muchas que nos confiaron.

A lo que no renunciamos es a esa posesión preciosa, no se sacrifica, no se canjea: en mi cabeza sigue existiendo el Capitán Trueno. Una parte considerable de todos esos recuerdos de la infancia está impregnados de sus aventuras. Las conozco, he vivido con ellas durante cuarenta años. Están a recaudo Goliath, Crispín y Sigrid. Ahora pienso en cómo la miraba. Sigrid, la reina de la isla de Thule, podría haber sido ese primer amor inalcanzable, la constatación brutal de que yo deseaba ser el Capitán Trueno y poder acudir en su ayuda cuando, ah Víctor Mora, ah Miguel Ambrosio, me la raptabais, la metíais en aventuras y la salvabais al final del capítulo, cuando todo parecía que estaba abocado al desastre. Ésa es la herencia que he recibido: la imagen imperecedera de su arrojo  y de su belleza, las dos cosas juntamente. Nunca después una heroína parecida o, de haber existido alguna, sería de rango menor, llegada a destiempo, en esa edad en la que uno ya conoce el valor de la fantasía y la crudeza de lo real. La literatura, no necesariamente la Gran Literatura, sino la pedestre, la de escuchar las historias y recorrer el mundo a sus lomos, perdura con la misma intensidad que los recuerdos de lo que hemos vivido. No es posible separar un ámbito del otro. 

En cierto modo, cuando pienso ahora en los años en que empecé a leer a Cortázar, se me viene a la cabeza la Facultad en la que estudié y los amigos que me hice y ahí anda, de por medio, entrando y saliendo de la escena, la Maga, fumando Gitanes, escuchando a los demás, sin entrar al trapo mucho o, de hacerlo, entrando con fiereza. Tantos años después, sin que flaquee ese aprendizaje, sigue uno leyendo historias. Las desea con más ardor, las anhela con mayor empeño. Hay historias que no sé contarme, que no es posible que yo pueda escribirlas. De ahí que lampe por encontrar una voz que me las susurre. Da igual que sea el Capitán Trueno o Funés el Memorioso, Travis Bickle, La Maga, Dorian Grey, Frankenstein, Gregor Samsa, el coronel Kurtz, Peter Parker, el capitán Ahab, Dartagnan, Gatsby, el reverendo Harry Powell, Jekyll o Hyde, Scrooge, Luke Skywalker, Norman Bates, Rufus T. Firefly, Smiley, Holden Caulfield, Humbert Humbert con su Lolita, Romeo con su Julieta, Alicia, Alonso Quijano, Peter Pan, Atticus Finch, Sherlock Holmes, Sam Spade, Jane Marple, Justine, Buzz Lightyear, Shylock, Bonnie con su Clyde, George Bailey, Darth Vader, el inspector Closeau, Harry Callahan, King Kong, José Arcadio Buendía, Roy Blaine, Jack Torrance, el Jabato, Conan el Bárbaro, Indiana Jones, Drácula, Monsieur Hulot, Vito Corleone, Norman Bates, Thomas Ripley, Tarzán, el Doctor Mabuse, Nosferatu, Juan de Mairena, Jim Hawkins, James Bond, Lisbeth Salander, Stephen Dedalus, Phileas Fogg, Oliver Twist, Pennywise, Hercules Poirot, El Pequeño Nicolás, Pippi Calzaslargas, Pinocho, Mickey con su Pato Donald, Scarlett O'Hara, el profesor Tarantoga, Mycroft, Othello, Joel Barish con su Clementine, John Silver el Largo, George Kaplan, el Padre Brown o Íñigo Montoya, y me dejo tantos...Los personajes van y vienen, pero nunca se van. Se puede contar con ellos, se dejan querer y nos acompañan a menudo sin que tengamos que llamarlos. Irán viniendo por aquí día a día, contaré de ellos, los llamaré, seguro que acuden. 

La historia de favoritos que entrego cada mañana (hasta que las circunstancias lo permitan, será por la mañana, temprano) me está haciendo pensar en quién soy, en lo que tengo, en cuanto hubo (el pasado, glorioso o no, no es cosa ésa de mayor interés) y en lo que hay, en la cantidad de recursos fiables a los que acogerse, en los que pensar. El Capitán Trueno era (no va dejar de serlo jamás) el kiosko de la Loli, en la calle Jaén, era las mañanas de sábado en la escalera del bloque, leyendo por primera vez las historias del número recién comprado. Al término del día, lo habría leído diez veces, no crean que exagero lo más mínimo. Guardé todos esos cómics durante años y una mudanza lo desbarató, no he sabido nunca qué fue de ellos. Luego he ido comprando algún número suelto, pero sin el placer de antaño. Lo he vuelto a leer con absoluta gratitud, pero sin el temblor de antaño. Es el temblor lo que mide el amor. Si uno tiembla, ama. A veces tiembla cuando tose, pero eso es otra historia. 


26.3.19

Galería de favoritos 53 / Alejandra Pizarnik



"Sé, de una manera visionaria, que moriré de poesía. Esto no lo comprendo perfectamente, es vago, es lejano, pero lo sé y lo aseguro."

"Ahora sé que cada poema debe ser causado por un absoluto escándalo en la sangre. No se puede escribir con la imaginación sola o con el intelecto solo; es menester que el sexo y la infancia y el corazón y los grandes miedos y las ideas y la sed y de nuevo el miedo trabajen al unísono mientras yo me inclino hacia la hoja, mientras yo me despeño en el papel e intento nombrar y nombrarme."

Alejandra Pizarnik, Diarios

I

Siempre hay gente que jalea a los atormentados. Los animan al exceso, les piden una cabriola más, la descripción del infierno que ven desde la bruma, el paisaje de la desolación. No pudo Alejandra Pizarnik terminar ninguna rendición fiable de todo esas exigencias intelectuales: una sobredosis de seconal, un psicotrópico al que se hizo adicta, contradijo una frase suya, bien aireada, oída y leída incluso en algún bar, hace no tanto tiempo: "Escribo para no sucidarme". Antes del derrumbe, de la sublimación estética que supone un suicidio para un artista, Flora Alejandra Pizarnik lideró un movimiento de frescura en la Argentina de los 50. Después se fue al París de sus autores favoritos y regresó a Buenos Aires ebria de letras y hastiada de vivir en un desencanto perenne. Su poesía es un canto amargo a esa existencia tristísima. Releí anoche, nuevamente, algunos poemas suyos sueltos. Tardé en dar con el único libro que tengo: estaba cerrado por una fila de libros en una estantería alta, la más alta, la que linda al techo. Ahora le he dado un puesto de más fuste. Se ve el lomo, se deja querer más. Volveré a sus poemas cuando entre aquí en donde están mis libros y mis cosas y me dejaré caer por su depresión, por su lirismo quemado, por toda esa evidencia de cáncer en las palabras. De alguna secreta y no razonable forma sale uno pletórico tras la lectura, tocado por la gracia de la palabra. La poesía, dice ella, es un escándalo en la sangre. Debe ser cierto. Al final la jaula se ha vuelto pájaro.

II

Hay consignas invisibles, maneras de conducirnos sin que se aprecie que nos conducen. Basta percatarse una vez para que estemos después permanentemente alerta. Es lo que yo llamo la vigilia de la desconfianza. En cuanto nos dormimos, bajamos la guardia, dejamos que nos lleven y nos traigan por ese territorio huidizo. Los sueños son probablemente el lugar en donde somos verdaderamente nosotros mismos, donde se nos encuentra más fiablemente. En la vida real, en las horas en que no estamos durmiendo, no conviene perder de vista esa desconfianza, la misma que uso en estos días de verano en que uno no está en casa y busco afuera el alivio de lo nuevo, esa sensación de extrañeza que en ocasiones proporcionan los viajes, las camas nuevas, las habitaciones en donde depositamos las maletas y en donde concebimos un universo transitorio de equilibrio dentro del caos. Porque hay que amar el caos, hay que buscarlo incluso sabiendo que puede malograrnos, atropellar la parte de armonía a la que nos inclinamos a diario, en la creencia de que es buena y que nos va a hacer más felices. La felicidad está también en las afueras, en la periferia, en el espacio que no se conoce, observando las peripecias de los demas para encontrar esa felicidad, dejando que todo lo que uno ve penetre, se encastre adentro, permita que el alma (esté donde esté) salga de su estancia lirica, vuele un poco, adquiera altura y nos permita contemplar el paisaje sin la contaminación de lo pedestre. Todo esto se me ocurre hoy, a pie de playa, mirando ahora mismo gente zambulléndose en una piscina, charloteando cosas que llegan desde lo lejos, fragmentos de otras vidas, asuntos que también acuden aquí, mezclándose con los míos, modificando en una parte su singularidad, como si en la trama de esta pequeña representación teatral hubiese un narrador fabuloso que trenzase de aquí y de allá los hilos con los que todos nos vamos moviendo. Las consignas son ahora visibles: cojan un poco de bronce en la piel, tiéndanse en la toalla, abran un libro (estos días la alta poesía de Pizarnik, otra vez) y miren las nubes, allá arriba, contribuyendo de forma espléndida a la riqueza del atrezzo.



III

Alejandra Pizarnik es la primera poetisa maldita que he pensado. Podía haber caído en la cuenta de los Panero o de Bukowski (ambos traídos aquí recientemente) o de Emily Dickinson. Los cuatro franceses, Artaud, Mallarmé, Rimbaud y Verlaine, podrían satisfacer cualquier intento de contar qué es ser maldito, pero la Pizarnik (a mi amigo P. le gustaba decir la Pizanirk) es mi favorita. No sabía de pájaros, ni de fuego, pero su alma volaba y su cabeza ardía. Fueron 50 pastillas de Seconal lo que se metió cuando el alma voló demasiado alto o cuando la cabeza ardió y no supo o no quiso apagarla. Me viene ahora (escribo de memoria, no ando escribiendo ninguna biografía, sólo improviso) que le encantaba el sexo, el de su género y el del contrario; que estudiaba volcánicamente, sin orden, por encontrar los secretos de la existencia o por estar cerca de quienes los descubrieron; que Cortázar cuidó de ella y ella no se dejó cuidar; que Octavio Paz dijo que era libre como no lo fue nadie; que leía con voracidad a Novalis y que esa afición hizo que yo lo leyese también hace muchos veranos. Sé ésas y más cosas, pero me duele entrar en ellas, me afecta, siento que su padecimiento es el de cualquiera que haya sentido la fragilidad del mundo y se haya creído la suya propia. Hay una línea que une al que la lee con ella misma, aunque hace casi cincuenta años que no esté en el mundo. Leer poesía (leer, en general) es convertirse en poeta. Uno se reconstituye en poeta cuando el poema se impregna y se ven sus costuras, el abismo que ha abierto delante nuestra. Los de la Pizarnik son poemas malditos porque hablan de la locura y de la muerte, expresan con absoluta veracidad el compromiso interior con el desfallecimiento, con la enfermedad, con el roto pulso del corazón de las cosas, por decirlo un poco a su manera. La Pizarnik fue obscena de primera mano, no fue influida por los libros, la inspiró el Paris surrealista, el fallecimiento de su padre (asunto capital en su vida) y el veneno de la carne, el mismo que cantaba Baudelaire en Las Flores del Mal, el poeta embriagado, el atormentado, el volcado en cuerpo y en alma en dejarse perturbar, en aceptar que únicamente en ese estado de perturbación la vida es soportable y la escritura, la que no nace de la felicidad, puede acometerse sin pudor, libre, libre como hasta entonces nadie lo había sido tampoco. Borges dejó escrito que su destino era literario: que lo malo que cruzara su existencia se convertiría tarde o temprano en palabras, que la felicidad era un fin en sí mismo y no era preciso de ninguna manera contarla, verterla en párrafos o en estrofas. 

IV

Hace falta estar un poco ido para que los demás digan que se está de verdad maldito. Quizá no valga la pena. Hay poetas de poco recorrido que tuvieron vidas excéntricas, de las cultivadas a conciencia para adquirir la experiencia que produjese los versos más perturbadores. No vale la pena la poesía si la alumbra el desquicio: no vale la pena escribirla, sostengo. Otro asunto es asomarse a quienes perdieron la cordura o la dejaron atrás y acometieron la empresa de escribir sobre sí mismos y sobre el mal que los devasta. Se asoma uno con cuidado, teme caer, cree que podría ser posible abatirse, abrazar las causas terribles que exhibieron ellos, los malditos. Leí a Baudelaire cuando estudiaba en la Universidad. Es la época perfecta. En ella se concilia el descubrimiento del mundo, el del amor más puro, el del sexo más sucio y el del ansia por saberlo todo y en todo tener opinión y parte. Que ahí, en esa fiebre, entre Baudelaire o Artaud o Leopoldo María Panero (al que leí muchos años después) puede pasar factura o puede integrarse en el arrimo de todas esas otras cosas que conforman la personalidad de uno, la que más tarde paseará en la edad más adulta, cuando se hace uno responsable, se casa, trae hijos al mundo y trabaja lo mejor que puede de nueve a dos. Un poeta, maldito o no, no descansa, trabaja a destajo, tiene la responsabilidad de contar el mundo, a él se le encomendó la restitución de lo invisible, todo lo que no aflora y florece. La jaula se ha convertido en pájaro.

25.3.19

Galería de favoritos 52 / Alex DeLarge y Anthony Burgess




I/  Alex, vuestro humilde narrador, expía sus culpas a su manera

Un drugo aburrido es un drugo violento. El drugo máximo, un macho alfa de buena cuna y labia burguesa, bebe moloco, oye La gazza ladra, fornica con hippies con Beethoven como mantra psicótico y jalea a su banda para que dé caza a bandas menores y practiquen alegremente la ultraviolencia.

Un drugo puede vivir con sus padres y ejercer de vecino modélico, pero al caer la noche saca al personaje y lo entusiasma con imágenes de sexo extremo y delincuencia pura.

Un drugo revienta a bastonazos la cabeza de una señora mayor, rica, enferma de gatos y se ocupa de que la esposa joven y deseable de un escritor de éxito, talludito y excéntrico, cuya casa han violentado, pueda sentarse en primera fila y asistir al espectáculo de su humillación.

Un drugo aburrido es un drugo nihilista. El nihilismo, aplicado a un drugo, no es un concepto filosófico sino una excusa enciclopédica. Porque no es descabellado que un drugo, a pesar de su tendencia al gamberrismo, sea un individuo curtido, letrado, al cabo del vértigo de la cultura y de su periferia.

Un drugo, un verdadero drugo macho-alfa, acaba traicionado por los suyos, capturado por la autoridad, juzgado, conducido a una prisión y convertido en conejillo de indias de un programa del Estado, experimental, sin vuelo mediático, que le restituirá la bondad extinguida y hara de él, en un plazo escandalosamente breve, un antidrugo, uno que no bebe moloco ni viola amables ancianas, uno que se expresa con pulcritud y no tiene doble fondo, uno que no desafía al sistema, uno, en fin, domado y presentable en sociedad, aliño del programa político del partido.

Un drugo listo hace creer a sus carceleros que el programa funciona y que están haciendo de él un ejemplo, pero el drugo sobrevive o cree sobrevivir, guarda su desquiciamiento intacto en la podrida alma que no le han esquilmado, piensa que esas armas de tortura son inútiles y que engañará a sus captores, que le pondrán en la calle en breve, aparentemente reformado, listo para ronronear de fenómenos y actuar en consecuencia, violando, asaltando, robando la pureza del mundo a bastonazos, babeando ante la visión de una casa con pedigrí burgués, sola en la noche, promesa de jarana y chumba chumba a tutiplén.

Un drugo, sin embargo, por retorcido e inteligente que sea (se desprende que retorcimiento e inteligencia van a veces en comandita, en coyunda ideológica) se descompone si un equipo de hijos de Pavlov le droga y le satura los ojos de colirio al tiempo que un diabólico mecanismo le impide parpadear y se traga una orgía de ultraviolencia ajena. La sobredosis, antaño deleitosa, la que le producía cascadas de júbilo, le da ahora un pánico cerval, una aversión patológica.

El drugo reformado, el que el mismísimo Ministro ha tutelado y del que hasta se ha ahijado como hito en la político de reinserción social, es ahora un drugo vacío, un drugo muerto, un drugo desdrugado, uno capado para hacer el mal, uno al que le han extirpado quirúrgicamente la querencia por el daño y ahora carece de libre albedrío. Un drugo no drugo. Un zombi. Un drugo zombi. Un desecho. Un ciudadano aséptico. Un ideal para el Estado Total. Un zombi con capacidad de voto. Un sombra entre las sombras. Un pelele de drugo. 



II/ La cuerda del juguete

Quizás el hombre que elige el mal es en cierto modo mejor que aquél a quien se le impone el bien. Eso le dice el capellán a Álex, en prisión, en una de esas conversaciones sobre la moralidad que tantos gustan al gremio de la sotana. Burgess, católico a tiempo parcial, era un escritor sin excesivo futuro al que un falso tumor cerebral le empujó a trabajar estajanovistamente con objeto de dejar a su mujer en el mejor de los mundos posibles (económicamente hablando) cuando él ya no estuviera en este perro mundo. En esos tiempos de fatiga literaria y de errados diagnóstico nació La naranja mecánica. La historia de una banda juvenil que pasean un Londres de gris ciencia-ficción es, en cierto modo, un prodigio de anticipación sociológica porque la violencia que expide, predicada por jóvenes sin ideología, amancebados en un nihilismo naïf y hueco, brutalmente arrojados al mal y ferozmente jubilosos en ese mal, es la que después ocupó Europa (mayoprmente) con esos mismos jóvenes, provistos de confort, hijos de la buena clase media o de la formidable clase alta, pero desclasados, en el limbo de esa insatisfacción que produce no tener un norte o, como decía mi abuela, tenerlo todo y no saber aprovecharlo. La violencia que ejerce Álex, el criminal que nos regala Burgess, acaba por no interesarle, le aburre y planea crear en lugar de destruir. Burgess cuenta esto muy claramente en el author's cut de la novela, en la edición revisada y elevada a icono cultural años después de que fuese censurada (en los Estados Unidos, sobre todo) y en ciertos círculos de la pétrea vida inteligente europea de los sesenta y buena parte de los setenta. Los británicos, blandos, a decir de nuevo de Burgess, que miran el progreso moral con temor, vieron La naranja mecánica como un arrebato arrebatador, una especie de libro blasfemo, un panfleto agitador de la conciencia cristiana, que no deja que sus feligreses escojan entre lo bueno y lo malo, censurando el libre albedrío (tema absoluto de la obra) y haciendo que el hombre será en sustituyéndolos a los dos) le dará cuerda. Es tan inhumano ser totalmente bueno como totalmente malvadoLo importante (insiste Burgess) es la elección moral.



III/Lo que hicieron el doctor Brodsky y el doctor Branon en sus chaquetas blancas y lo que me obligaron a videar en aquel sótano en el que me amarraron con cintas y me abrieron muchísimo los ojos

Al lerdo de entendederas, al pánfilo en lo sustancioso del alma humana, le asustan las palabras. Al Alex que surca la travesía del mal y arriba al puerto del bien, bueno, un bien también mecánico, impuesto, obligadamente dulce y enjundioso, le duele al final de la trama que le tomen por tonto. No lo ha sido nunca durante los paseos por los barrios bajos, de cockney y de óxido de orín, ni lo ha sido en la cárcel, un poco maltratado, anulado, vejado hasta convertirlo en un pequeño zombi, pero siempre estuvo al frente de su conciencia, alerta y firme en la creencia de que una porción diminuta (pero latente) del yo antiguo late por debajo del yo recién deconstruido.

IV Alex dice adiós 

Vuestro humilde narrador ha tratado con toda especie de lacayos del sistema y ha visto cosas que superan en horror al horror que cometí (sin darme cuenta de lo que hacía, por supuesto, por puro juego, en mis parrandas con mis drugos) cuando era un hombre libre y me ponía pestañas postizas y escuchaba a Beethoven (mi Bogo bueno) mientras lubilubaba a unas ptitsas canijas y entusiastas. Ronroneo de fenómenos que de bien.






24.3.19

El viernes leí unos haikus victorianos




El viernes noche tocó leer en casa, en Lucena, en el Palacio de Erisana, entre amigos, unos haikus alrededor de una serie de televisión. Yo escogí Arriba y abajo, la antigua, la de los setenta. Salí con la intención de hacerme pasar por Lord Bellamy, pero enseguida supieron que era yo. Aún así, antes de atacar las diecisiete sílabas, fingí ser un aristócrata inglés, vivir en Eaton Place, que está en Belgravia, en la mejor zona de Londres. Les conté que me levanto, por lo común, me siento cerca de la chimenea y leo la prensa mientras desayuno británicamente. Después voy al club, juego unas partidas de cartas con los amigos de toda la vida y comentamos algunos de los chismes de la aristocracia del barrio. Vuelvo a casa, hago un almuerzo ligero (matizo que los ingleses podemos almorzar de pie) y doy una cabezadita en el sillón hasta media tarde. Ahí es Hudson quien entra en escena. Me despierta con otro té y despacho las cartas del día. Lo mejor son las noches, les confieso. Voy a fiestas, bailo foxtrot, bebemos whisky, ginebra y champán. Adoramos el champán. Añado, para ir acabando, que los Bellamy tenemos buen corazón. No hay que creerse todo lo que se dice de nosotros, los de la alta sociedad. Tenemos algunos vicios inconfesables, pero quién no. Y sobre todo cuidamos de nuestro servicio. Esto debe quedar muy claro. Sólo tienen que bajar y preguntarles. Yo creo (concluyo) que somos nosotros los que les servimos a ellos, aunque yo no sepa vestirme solo ni prepararme unos huevos con bacon. Cualquier día de éstos nos arruinamos. Está al caer. Son malos tiempos. Tendríamos que vender la casa, buscar un pisito de clase media en Chelsea o en Whitechapel. Espero no tener que recordar estas palabras. Después leí los haikus victorianos. O eran eduardianos, no sé ahora. Se leen en un soplo, pero es que los haikus son soplos. Algunos alumnos de la Escuela Municipal de Música y Danza de Lucena acompañaron la lectura con lo que saben hacer. Lo hicieron muy bien, por cierto.


Haiku no.1

No he sido un Lord.
Ni tengo casa en Londres.
Sólo hago haikus.

Haiku no.2

Llama al servicio.
Que suban unas pastas.
Se enfría el té.

Haiku no. 3

Hemos vendido
los muebles victorianos.
Se hundió la Bolsa.



Al salir del teatro, me senté en el trono de hierro. Tampoco logré hacerme pasar por nadie, pero fue fantástico. Buen trabajo en el trono de Bea Reyes. Aplauso desde aquí por el curro y la ilusión. A Vicente Cabeza por lo mismo. Hacen buena pareja.



Galería de favoritos 51 / Cody Jarrett





Una vez que has estado en la cima del mundo no importa dejarlo. Se lo dice Cody Jarrett a su madre, que está muerta, en la refinería de petróleo donde termina White heat (Al rojo vivo). Vivir no siempre entraña el riesgo de aficionarse. La vida de un gángster tiene ese extra de fugacidad: atracas unos cuantos bancos, te echas una novia rubia que te sigue a todos lados y no permites que nadie le ponga la mano encima a tu madre. Cuidas de que no te alcance ninguna bala (volarán muchas) pero, llegado el momento, no llorarás cuando una haga blanco y te mande al otro mundo. Cody fue uno de los grandes. Hizo bien lo del tren correo. Lo de las víctimas fue inevitable. Hubo otros asaltos más limpios. Se entrega por uno de esos. La idea es cumplir unos cuantos años y luego darse la gran vida hasta que llegue lo de la bala. En la cárcel, hace amistad con Vic Pardo. Pardo es un policía infiltrado que trata de sonsacarle la historia del tren correo, el de las víctimas. En el trullo, Jarrett recibe la noticia de que su novia se la pega con otro. También la de la muerte de su madre, así que planea la venganza y se fuga. Cree lo que le han contado. Que el amante de su novia liquidó a su madre. Suele pasar que uno se queda en la periferia de las cosas. Valen a veces los argumentos que lo aclaran todo a la primera, sin entrar en detalle, dejando al margen la perversidad. La verdad acaba saliendo a la luz, se dice así en las películas. La novia liquida a la madre, que ha descubierto el pastel de los cuernos. En el fondo, el cine negro es un melodrama pasado de vueltas, en el que lo de menos es el uso de las armas o los robos. Es el amor el que va por debajo, impregnándolo todo, haciendo que todo fluya alrededor suya. Da igual que sea el amor maternal, el del dinero, el de la carne o el amor puro, el amor fou en el que los amantes, enfebrecidos, enloquecidos, toman decisiones extremas y hacen cosas que no haría nadie en su sano juicio, cosas que sólo se justifican cuando es el amor el que las anima. Al final, Cody Jarrett, cercado, viendo cerca el final, en la huida, decide encaramarse a un depósito en llamas. Ahí arriba es cuando de verdad alcanza el éxtasis, el del amor y el del éxito. Ha hecho cuanto se propuso. Fue el más grande. Los gángsters de las pelis de gángsters tienen ese deseo de sublimación absoluta. Quieren que se les recuerde por lo grandes que fueron. Cody era bajito (James Cagney era bajito), también Edward G. Robinson) pero tenía una mirada que daba miedo. El mal estaba ahí, en el momento en que miraba.



23.3.19

Galería de favoritos 50 / Spiderman




Al principio, cuando no había Kafka ni Borges, en el aquel tiempo primordial en donde una parte considerable de la felicidad estaba dentro de los cómics, yo era de la Marvel cuando otros de mi cuerda eran del Atlético de Madrid o de la cofradía de sus padres. Sentía que no podía pertenecer a varios sitios. Una fidelidad hacía peligrar otra. Luego todo se ha descomponiendo. Uno comprende las cosas tarde o las comprende mal y hace balance de lo que la vida le ha ido deparando dejando atrás matices, pequeños hurtos a la realidad que luego se echan en falta si se desea componer un retrato fiable. El mío no estaría completo sin que aparezca el trepamuros. Me acompañó en aquellos años felices de canicas los sábados, fútbol en la Plaza Zaragoza y películas del Oeste en una tele Telefunken en maravilloso blanco y negro. Peter Parker era tan real como José Ignacio, el vecino del bajo, mi compañero de travesuras en la calle Jaén. El malvado era siempre Kingpin, aunque el Duende Verde rivalizaba con él en ocasiones.

Cuando la Marvel inventó lo de las películas de superhéroes yo ya tenía un hijo y vi un filón en esa franquicia. Volvería a la infancia y lo haría de su mano. Era como si de pronto el azar o la suma de muchos azares hubiese concedido que la vida, una parte de ella, se repitiese, restituida con pasmosa verosimilitud. Creo que he visto todas las películas de todos los superhéroes, no hay ninguna a la que los dos no hayamos ido. Gana siempre Spiderman, es mi favorito, deja a todos los demás muy atrás en ese ranking privado. Me envía a mil novecientos setenta y tantos. Eso debe ser lo de la fractura del espacio-tiempo que nombran en muchas historias de ciencia-ficción.

Luego llegaron Kafka y Borges, el jazz y el cine negro de la RKO, la Rapsodia Bohemia y el corazón delator de Poe. Vinieron en tromba el vértigo de la carne y las turbulencias del alma, pero Peter Parker camina conmigo, no se ha alejado jamás. Ahora lo tienen al pobre Spiderman duplicado y viralizado, multiplicado y banalizado. Es el runrún de la caja la que lo mueve de bloque en bloque, tirando telas de araña y haciendo chistes sobre el infortunio o los desamores. Siempre hubo caja, cómo podría ser de otra manera, pero ahora parece que sólo hay caja. No sé qué pensarían Ditko, Romita o Lee, los padres fundamentales, la trinidad demiúrgica del espíritu del personaje. Probablemente acatarían el ímpetu comercial, dejarían que lo deconstruyeran y lo construyeran otra vez o que viajara por el tiempo y evitara que el Duende matara a Gwen Stacy, su amor absoluto, su Lois Lane particular. Tal vez convendría que los guionistas (hay más de uno) decidieran dejarlo crecer, por ver cómo envejece. No hacer que nazca una y otra vez en multiversos paralelos o en entregas cinematográficas excitantes (la última, animada, magnífica) sino que avance en el hilo del tiempo y la historia envejezca también, pero se hará lo que digan los mandamases de Sony y lo que dicte el tintineo de las monedas en taquilla. Nada que objetar a ese respecto, es un negocio, su objetivo primario es el lucro.

 Los guionistas (ahora no es el guionista) lo han cambiado. Parker no es un muchacho atribulado sino un empresario de éxito. La narrativa se ha adaptado a los tiempos, ha crecido con ellos, no ha permitido que su esencia impida que la historia continúe, aunque convertida en otra cosa, escindida del material original. Hace más años de lo que desearía que no compro un cómic de Spiderman. Si lo hiciera no encontraría a Peter Parker, sino a Miles Morales. Por imperativos políticos, por el yugo de la corrección o de la igualdad, el Spiderman de hoy es negro. Ni siquiera el traje es el de antaño. Ni tiene el mismo humor. Es una evolución natural del personaje, pero lo han destruido. Al menos para el lector antiguo, para todos los que estamos poco más arriba o poco más abajo de los cincuenta, Spiderman no puede ser playboy, no cuadra con el espíritu setentero, con la idea de un superhéroe tímido y un poco apocado, enamoradizo y frágil, casi como si fuese uno de los nuestros, uno cualquiera. En realidad era uno de los nuestros. Era al enfundarse la malla arácnida cuando empezaba la función. En mi memoria, a salvo, están los peterparkers que yo amé, las historias del Doctor Octopus o del Buitre o el Lagarto o el maravilloso Kraven, que era un Freddy Mercury asilvestrado y rústico. Todo a salvo en mi cabeza.










22.3.19

Galería de favoritos 49 / Darth Vader





Uno le tiene a Darth Vader un cariño que no ha remitido con los años, aunque hubieran existido motivos para que esa fijación sentimental quebrase y, en cierto modo, hasta fuese cancelada. El personaje ha ido deshaciéndose, calzado en obras menores de la saga de las galaxias, convertido en una mercancía huérfana, de la que no se sabe bien procedencia, a la que no se le puede adjudicar una épica. Será que estoy subestimando el lado oscuro o que las confesiones de un padre a un hijo no me calan como antaño. Darth Vader es en mi memoria el primer Darth Vader, el que me fascinó cuando yo tenía diez años y veía las películas (en orden real la cuatro, cinco y seis, no las otras, objetos de consumo fácil, profanaciones de las originales) en el cine de sala grande y más tarde en el VHS que un amigo alquilaba en el videoclub y veíamos enfebrecidos en su casa.

Se ha ido difuminando poco a poco esto de Star Wars, hasta se ha perdido el sonido del respirador de la mascarilla del personaje (por cierto, registrada en la Oficina de Patentes y Marcas de los Estados Unidos). El otro día vi al pobre Darth Vader dando forma a un pastel de chocolate. Puede usted encontrar llaveros, edredones, camisetas, tazas de té, salvapantallas, gorras con visera, relojes, calcetines p lápices de almacenamiento. Hay alumnos míos que conocen la música, la tararean con entusiasmo y sin dificultad, pero no logran ubicarla en una historia, no han visto las películas en el debido orden, sino sólo algunas de las recientes (más infamia, más canibalismo) en 3D con una bolsa indecente de palomitas y un abrevadero de Coca-Cola. No es algo que a uno le moleste especialmente. Se ha aprendido a convivir con el merchandising masivo. Incluso hay días en que uno es particularmente receptivo a los encantos de sus objetos, pero la máquina del dinero termina por corromper la de las ilusiones. Suele pasar, pasa casi siempre.




21.3.19

Galería de favoritos 48 / Luis de Góngora



Ficción en la que Don Luis de Góngora y Argote se despide de este mundo y espera que le acoja el venidero.

"Mientras que en la ligera sombra prospera el frío y los árboles desalojan el rumor oscuro de los astros y convidan a meditar sobre la mudanza de las cosas, fatigo las horas primeras de la mañana en esta pieza postrera, inclino mi voz y cuento lo que he visto, que es mucho y temo que la abundancia lo rebaje o me lo arrebate. Al poeta se le encomienda el registro de los prodigios y yo he sido un escriba poco fiable. Es verdad que no ha pasado un día en el que no me haya acostado con mis sátiros lascivos y haya paseado las montañas que circundan la villa a la búsqueda de ninfas bellas y de rudos pastores. A mi verso han acudido las cosechas de los años y el vértigo del mundo. Ni el enjambre enjundioso de los días ni la alquimia arcana de las noches me ha robado una brizna del ahínco con el que he cincelado el tallo agreste de la palabra. Es la única patria, no tenemos otra más privada y sincera que ella. 

Embastado el seso al cuerpo exigente del soneto, carifruncido y enfermo a veces, ciego al dolor en otras, cebado de sílabas, comido por las urgencias naturales de la vida y conminado a volcar en la hoja el dolor infinito de la muerte, busco quién sabe si a Dios en este dulce instrumento que es la poesía, pero no soy hombre de santos, aunque me haya sido canónigo catedralicio, ni tengo al cielo como el cobijo al que aspira mi alma por demás cansada. Sé, no obstante, que algunos festejarán mi ausencia. No ha sido mi elección la del afecto hacia los otros sino la puya y el desdén, obra de mi carácter, de escasa dulzura o ninguna, de poco apresto al concilio y de mucha inclinación al desplante. No buscando la fama, encontré cierto posición social que me hizo llevarla de la mano. Fui amigo de reyes y hasta gané la enemistad de algunos. La vida cortesana, tan rebajada a lo mundano, nunca me hechizó. Fui de los que paseó los pasillos palaciegos, abrió cancelas y platicó con sus dueños, pero lo hice campechanamente. Siendo mozo se me amonestaba cuando platicaba más de la cuenta en el coro o llegaba tarde a los oficios de misa por entretenerme en escrituras y en perezas. 

En mí se produjo el milagro de lo profano y de lo sacro y de esa mixtura dulcísima extraje una poco piadosa visión de las cosas. Quienes me condujeron a los cargos eclesiásticos que disfruté no cayeron en la cuenta de mis dispendios. No solo gasté en mis vicios sino que repartí entre los míos. Si eso contribuye a que mi figura no sea tan severa, lo aplaudo, pero no me resta sueño, en estos días últimos, si el futuro me viste con ropajes embusteros y de mí dicen lo que no procede. No solo me entregué a los libros y a las letras de los libros. Amé obstinadamente la vida al modo en que se ama lo que se sabe huidizo. En eso hay algo de mi sesgo crispado, de mi voracidad dialéctica, de todo eso que las habladurías, en ocasiones, cuentan de uno y que, a poco que se escuchen con atención, se advierten ciertas. No me cuidaré en desmentir, no está mal que por una vez calle, no saque las armas de la lengua y escuche qué dicen de mí, si gasté esmero en la convivencia con los otros o presté a ese desempeño maneras toscas, de las que zahieren y, al final, duelen. 

Dicen los que me tratan que me falla la memoria. Todavía alcanzo a escribir sin desmayo y nombro con absoluto rigor los dioses de la antigua Grecia y los héroes que en los libros me iluminaron. Muy de ordinario manejo las filigranas del verbo y hasta me acomodo con soltura en las cárceles del lenguaje, que son muchas y precisan de fineza y de ingenio como pocas. He andado camino, refugiado del invierno en posadas, conversado con el pueblo y me he arrimado, sin la ronza de algunos, a las castas de más fuste. Todas esas travesías han avituallado de milagros y de tristezas, de asombros y de penurias también, esta insobornable querencia mía a dejarlo todo por escrito. Encuentro en el oficio de escribir el placer que no hallo en el de la vida. Por eso seguí sombras y abracé engaños. El hospedaje de los años lo estoy pagando ahora en este lecho en el que yazgo. No poseo otra riqueza que mi nombre puesto que desconfío de lo que todavía me aguarda y no dudo de que me cubrirán ya sin remedio las entenebrecidas verdades del mundo. 

De mentiras viví mientras que las mentiras me colmaron. Y bien colmado que estuve. Gocé e hice tal vez gozar, aunque no es esto de lo que hablo asunto de lubricidades sino materia del espíritu. En la palabra, en su dormida ribera, fluye el río de la vida, en la que yo me he afanado y de la que ya, aquejado de quebrantos que no gobierno, me despido. Quiera el céfiro y también los astros en la callada bóveda de la infinita noche que sean mis letrillas alimento del que las busque. No hay otro fin en este viaje que concluye que el de legar algo que de algún modo alivie el dolor que padezco. En morir se deja uno a veces más de lo que dejó en vivir. Esplendor mucho, ceniza poca, he dejado escrito. Que el recinto que guarde mi cuerpo no se abrume de visitas y no se sepa a ciencia cierta en dónde me hallo y a qué inclemencias de las estaciones me expongo. 

En fin, no me extiendo más. Se me está haciendo larga la confesión y barrunto que no tiene mayor interés que continúe escribiendo ni vosotros, bendecidos de paciencia, leyendo. En la comisión de mi cabildo, me obstiné en el imposible de conceder prebendas a los míos. Conforme he ido avanzando en años y en dolores, pues la vida es un dolor minuciosamente administrado, he confirmado la idea de que la belleza salvará al mundo del caos y de la barbarie. Habrá quien en el futuro diga esto, pero a veces pienso que todo ha sido dicho ya. Lo dirían los griegos, especulo. Nosotros sólo lo repetimos. Como un eco, como una letanía. Los ejércitos librarán sus batallas en las extranjerías, los reyes recibirán las reverencias de la grey, pero los poetas conduciremos al alma al parnaso y la dejaremos allí, prendida a un endecasílabo redondo y febril, encendida de los abundantes júbilos de las letras. Las mías las dejo al antojadizo dictamen de mis críticos. 

Nada que decir de mi enemistad con Quevedo, ya inventarán en adelante que le odié y ni yo tengo a las mías que ese dictamen se acoja a la verdad. Mi obra está al cuidado de mis lectores, que son legión. Algunos hasta se embarcan en escribir a la manera mía y hay poemas que circulan a mi nombre, cuando no les di vida, ni están a la altura de mi ingenio. Cuando se lea una décima, un romance o una coplilla, recordarán que yo hice algunas y que su tono ligero y frívolo gustó en las cortes y en las calles. De más complejo recitado serán las obras que vinieron después. Quien quiera hacer fuego con ellas no se parará a pensar en si son altas y nobles sus intenciones o, muy al contrario, leves y juguetonas. La gloria no está a la mano en la tierra. De venir, si viene, la dará el porvenir, cuando se amansedumbren los ánimos, que se caldean con poco y nada. 


Sé que fui odiado como sé que odié. Sé que hubo quien hizo mecenazgo de mi causa, la de las letras, la del ardor culto, la del verbo encendido. Tuve acreedores y a fe mía que a la puerta de mi casa, aquí en Córdoba, donde he venido a morir, alguno habrá, aporreándola, pidiendo lo que no podré entregar. No fui hombre de armas y no me escondí en las sombras, a la espera de amandoblar a mi enemigo, que tuve en número grande. Fui hombre de latines y hasta me atreví con el portugués. Fui de mesas de juego y de vida dispendiosa. Me acerqué a los reyes, les di lo que querían escuchar, les hice la dulce ronza y no todos la aceptaron, ni le rieron las gracias. Hay un Conde Duque de Olivares que me la jugó cuando pudo. Yo también jugué mis cartas. En eso tengo talento, por desgracia. 

Voy perdiendo la memoria, se me van las palabras, ya no sé cuáles hacer valer en las cosas del escribir ni en las del vulgo hablar. Se me ponen levantiscas, no acuden cuando las urjo y reclamo. Me cuida mi sobrino, al que he dejado mi ración en la catedral. No he tenido más parientes que me den consuelo. Ni en estos malos tiempos ni en los que gozaron de la bondad y el esplendor. No hay mucho más que decir, nada que añadir. Gastaré el tiempo que me queda en urdir algún soneto postrero, pero no confío en que el numen me asista. Se ve trabucarán las palabras y hasta las razones. Vuela, pensamiento, llega alto. El ministerio de la sangre tiene su empeño en fuga. Todo es cosa ya de los santos y de vírgenes. No me pidan que entienda todo lo que me dicta la bruma del sueño. No tengo afinado mi más amado instrumento. Ya no hilo como antaño, ya no tengo el clave templado, ni acuden a mí como solían las sílabas exactas con el sentido justo. 

Se alegrarán de la noticia de mi muerte. A mi funeral acudirán todos. Lo harán para comprobar que me meten bien hondo y que me echan encima una buena cantidad de tierra. A cada paletada sobre la madera, mayor será su alegría. Los que me amaron, quienes tuvieron a bien dispensarme su afecto, nada les pido salvo eso que los que escribimos siempre llevamos bien a gala y que consiste en no dejarnos morir del todo. Que leyéndonos, vivimos. Que en el ejercicio de la lectura, nuestra voz se iza y perdura, ayuntada con las otras que también trabajaron en esta dura empresa de contar los sucedidos. Os dejo, parto, me siento bil y no gobierno ya ni lo que escribo. Seré tierra, humo, polvo, sombra, nada.